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En estos dos volúmenes se recupera la obra literaria completa de José Gutiérrez-Solana tal como fue concebida, sin las huellas de la censura de la que fue objeto. Aunque injustamente ensombrecida por la gran fama de su pintura, en su prosa puede apreciarse también la misma poética personal de lo grotesco y lo tenebroso, además de una extraordinaria capacidad para crear ambientes y un estilo seco y expresivo que refleja la realidad más sórdida de la España de su época. En el primer volumen se han reunido las dos series de Madrid, escenas y costumbres (1918) y en el segundo La España negra (1920), Madrid callejero (1923), Dos pueblos de Castilla (1924) y la novela Florencio Cornejo (1926). Se incluye un prólogo de Camilo José Cela, su discurso de ingreso en la Real Academia Española en 1957 sobre la obra literaria de Gutiérrez-Solana y otros dos textos breves que el premio Nobel escribió en 1973 para su revista Papeles de Son Armadans contra la censura a la que fueron sometidas las distintas ediciones del autor.
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Seitenzahl: 457
Veröffentlichungsjahr: 2023
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JOSÉ GUTIÉRREZ-SOLANA
JOSÉ GUTIÉRREZ-SOLANA
OBRA LITERARIA
TOMO I
Prólogo, discurso de ingreso a la RAE y otros textos sobre la obra literaria de Gutiérrez-Solana
Camilo José Cela
COLECCIÓN OBRA FUNDAMENTAL
© Fundación Banco Santander
Derechos cedidos por los familiares de José Gutiérrez-Solana
© Del prólogo, discurso y artículos firmados, herederos de Camilo José Cela, 1998
Reservados todos los derechos. De conformidad con lo dispuesto en el artículo 534-bis del Código Penal vigente, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes reprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica fijada en cualquier tipo de soporte sin la preceptiva autorización.
ISBN OBRA COMPLETA: 978-84-16950-73-7
ISBN TOMO I: 978-84-16950-74-4
LA SEMANA SANTA y su dolor ibérico, tridentino y reverencial, ese muermo del espíritu que dicen pariente de Lagartijo y el general Narváez, es buen tiempo para recordar la literatura del pintor Solana, la curiosa y recia obra literaria del pintor Solana a la que dediqué mi entusiasmo juvenil, mi atención erudita y mi discurso de recepción en la Academia hace ya más de cuarenta años, que no son nada porque en ese tiempo no envejece sino la carne mortal: no envejecen ni el sentimiento, ni la conciencia, ni las preferencias, nociones todas de evolución mucho más lenta y pausada. Los seis libros de José Gutiérrez-Solana no tuvieron demasiada suerte pese a ser tan inmediatos y castizos, y la incuria de los editores y la estulticia de los comentaristas se cebaron en ellos y los vapulearon y mutilaron sin mayor piedad, o sea, sin la menor piedad. Ahora la colección Obra Fundamental, en su benemérita pretensión de rescatar del olvido no pocas páginas injustamente olvidadas, publica estos textos una vez más. En esta ocasión, sin atribuciones dudosas ni frívolas, y sin irresponsables y sumisamente acatadas tachaduras censorias, y pienso que quizá fuera útil y saludable el volver sobre algunas ideas que tuvo Eugenio d’Ors y que no suelen ser recordadas por los estudiosos: me refiero a tres glosas de 1924 —El Madrid de Gutiérrez-Solana, Crudezas y La ejecución del cura Merino y el paso del tiempo— recogidas veintitantos años más tarde en el Nuevo Glosario.
Ors recuerda la queja del pintor Cézanne contra el pintor Gauguin:
—Yo tenía una pequeña sensación y me la ha robado; ha corrido el mundo con ella, llegó hasta Oceanía y ahora la ha dejado imposible para él y para mí.
Solana tenía una «pequeña sensación» de Madrid, que don Eugenio considera muy personal, muy ligada a la autenticidad de su propio temperamento, muy aguda y exacerbada, llena de simpatía enferma y viciosa, de bronco desgarro, de proba y bárbara exactitud, de lucidez y de rendimiento de lo inconsciente a lo misterioso cotidiano, vertida a una prosa de relentes agrios y fríos como un escabeche plebeyo. Nadie leyó jamás la prosa de Solana con mayor hondura e inteligencia. Ors piensa que el vivo modelo de esta literatura rueda ya por las calles (Ors habla del Madrid de hace setenta y cinco años), ha perdido su originalidad y se le ha evaporado el perfume, y se pregunta qué hará con su sensación de Madrid el pintor Solana. La respuesta es perspicaz y peligrosa: hará un libro nuevo, una réplica a dos o tres lustros de la primera versión, una réplica como las de Cézanne sobre Las bañistas.
Don Eugenio piensa que Solana ve Madrid con unos ojos a lo Valdés Leal, el Madrid callejero y canalla, un Madrid de perro vagabundo, con sus verrugas, sus llagas, sus tumores, sus derribos y desmontes, con la roña de los guetos (el maestro escribe todavía ghettos) y las caries de los arrabales, las sucias turbas y los desolados horizontes, las carnicerías con su pringue de sangre nueva y sus cementerios abandonados, su polvo espeso y su aceite frito, el pellejo de vino y el braguero de botica, las verbenas y los carnavales, las borracheras y las prostituciones, los crímenes y los patíbulos, las visiones que nadie se atreve a mirar y las palabras que nadie quiere escribir, todo en crudo. Todo esto es lo que da a la sensación del Madrid de Solana su intensidad, su terrible calidad auténtica. A su lado, Baroja parece un calígrafo y Goya casi un aséptico; aquí no hay literatura, ni caricatura, ni costumbrismo, nada de libido, una seriedad brusca, notarial: en lugar de placer, deber. No es frecuente que nadie lea a nadie con mayor hondura; y, sin embargo, la obra literaria de Solana fue olvidada, mejor dicho, no fue tomada en consideración.
Ors también nos habla de la página que dedica Solana a la ejecución en garrote del cura Merino, no el guerrillero carlista sino el que pinchó en el corsé a Isabel II. La escena es de 1852 y ahí están nuestros parientes y amigos viendo el paso de los reos de muerte desde el Saladero hasta la plaza de la Cebada, montados en un borrico, así llevaban a los condenados a muerte en garrote vil, con una imagen de la Virgen en las manos, vestidos con una humillante hopa y un birrete amarillo todo adornado con llamas o lenguas de fuego coloradas; lo más emocionante fue ver a tres obispos afanados en la degradación sacerdotal del cura Merino, cortándole el pelo de alrededor de la tonsura y rasgándole con un cuchillo las yemas de los dedos. Ors comenta que algunos aspectos de aquel Madrid los vivimos todavía nosotros.
La obra literaria del pintor Solana nos lleva a que nos sintamos sospechosos de ser pobres de espíritu, esa es su más abyecta virtud, su más ruin evidencia; la pobreza, decía Sebastián Chamfort, echa a perder todas las virtudes, lo que al menos es doloroso.
Y ahora sólo me queda confesar que la mayor parte de las palabras de este papel no son mías sino de Eugenio d’Ors, pero yo no me siento culpable de su sagacidad. El orden no es más cosa que el hallazgo de la clave del caos; esto se me ocurrió la otra mañana, cuando retirábamos de la vía del tren los restos de mi cuñada Epigmenia Zambujal, que se había acercado a Fuentesaúco a comprar una arroba de garbanzos y seis frascos grandes de laxante vitaminado y granulado marca Cacaprón.
CAMILO JOSÉ CELA
AL PINTOR JOSÉ Gutiérrez-Solana, en sus escritos, le cabrían como anillo al dedo unas palabras de Pío Baroja hablando del estilo: «Yo creo que aquí [en la literatura, en el estilo] debe pasar como en un retrato, que es mejor como retrato (no como obra artística) cuanto más se parezca al retratado, no cuanto más bonito sea. Así, el hombre sencillo, humilde y descuidado tendrá su perfección en el estilo sencillo, humilde y descuidado, y el hombre retórico, altisonante y gongorino, en el estilo retórico, altisonante y gongorino. El hombre alto, que parezca alto; el flaco, flaco, y el jorobado, jorobado. Así debe ser. Las transformaciones de chatos en narigudos están bien para los institutos de belleza y otros lugares de farsa estética y popular, pero no para el estilo1».
Solana fue un clásico en cuanto no admitió desmelenamientos de ninguna suerte de romanticismos, en cuanto procuró reflejar lo que veía con la mayor precisión y la más exacta objetividad posibles. Esta actitud de Solana no fue antigua ni moderna sino —recordemos a Ortega— matemática, dialéctica y, desde luego, jamás caminadora por la senda florida e incierta de lo bello. Lo bello, como lo cómodo, fueron dos posturas ante la vida que Solana, más preocupado por lo cierto —aunque lo cierto fuera, como de hecho suele venir a ser, doloroso e inhóspito—, rechazó. En el sentido estricto que tendría la palabra de no haberse desgastado y desvirtuado, de Solana pudiera decirse que era un escritor académico: quizá el más académico —con Unamuno, con Baroja y con Azorín, cada cual por su camino— de todos nuestros últimos grandes escritores. Solana no admite las idealizaciones y piensa que los ojos sirven para ver y no para adornar la imagen que se mira; los oídos, para oír tanto la melodía como el trueno; la nariz, para oler el ámbar y la tibia cuadra del ganado; la boca, para gustar la miel y la guindilla, y la piel para percibir el áspero o suave tacto de las cosas: para sentir la delicada caricia, para padecer la llaga amarga y para aguantar el desabrido bofetón de la injuria. Y esto que en Solana apuntamos, Solana lo pensó —y lo realizó— tanto en su obra pictórica como en su curiosa y sintomática labor literaria.
Me interesa recalcar el hecho de que Solana fue, al tiempo, tan gran pintor como escritor. Díez-Canedo, en la nota que publicó en Revista de Occidente sobre sus cuatro primeros libros, nos dice: «El caso de que un pintor escriba no es raro ni nuevo. Menos frecuente, sin embargo, que las cualidades que muestra en una de las artes logren equivalencia cabal en la otra2». Azorín afirma: «La pintura, en José Gutiérrez-Solana, tiene su correlación lógica en el arte literario del pintor3». La literatura, para Solana, no fue un violín de Ingres sino una necesidad de expresarse, hondamente sentida. Solana tenía su verdad, no por tosca menos verdadera, y la decía por los medios que más dócilmente se domeñaban a su nervuda mano. Me decía, en cierta ocasión, un amigo, que España es un país tan pobre que no da para que puedan tenerse dos ideas de una misma persona. Aun sin encontrar muy sólidas razones, intuyo que el deber de todos es luchar contra el supuesto de mi amigo.
Solana, cuando —el 24 de junio de 1945— bajó al sepulcro, nos había dado, envueltos en prolija anécdota y arropados en su negra nube fabulosa, seis ejemplares y breves libros: los dos volúmenes de Madrid. Escenas y costumbres, La España negra, Madrid callejero, Dos pueblos de Castilla y Florencio Cornejo4. Sobre ellos vamos a ensayar algunas calas que nos permitan acercarnos, hasta donde podamos, a su insobornable corazón, a su más auténtico meollo.
Observemos, tras una lectura casi ni atenta de Solana, que la constante más clara de su labor literaria fue la de la consecuencia consigo mismo, la de la lealtad a su propio mundo. Solana se fabricó, a su imagen y semejanza, un mundo en el que vivir, otro en el que agonizar y aún otro, trágico y burlón, en el que morir. Los personajes, los temas y los escenarios de Solana hacen eclosión, como la flor que se abre, en sus primeras páginas y ya no le abandonarán hasta su muerte.
Sus chulos, sus criadas, sus mendigos, sus sacamuelas, sus charlatanes, sus boticarios, sus carreteros, sus pellejeros, sus modistillas, sus horteras, sus soldados, sus organilleros, sus criminales, sus cajistas, sus monstruos, sus enfermos, sus encuadernadores, sus verdugos —aquellos verdugos que, ¡vaya por Dios!, iban perdiendo la afición—, su chalequeras, sus peinadoras, sus tullidos, sus traperos, sus curas, sus zapateros y sus cigarreras, toda la abigarrada fauna ibérica de la que quiso rodearse, formó, en apretadas filas, en compacto y bullidor batallón, tras Solana, que gozaba, como un niño que descubre y que se inventa el mundo, sabiéndose escoltado por tan fiel —y saltarín y entrañable— guiñol de «cristobitas» de carne y hueso.
El temario de Solana se abre, de golpe y como en abanico, igual que sus personajes se nos presentan, para mostrarse, de buenas a primeras, en viva y proteica panorámica. La muerte y la enfermedad, los toros y las procesiones, las riñas de gallos y los bailes de la gente del bronce, las barracas de feria y los cementerios, el carnaval y las tabernas del morapio y los pajaritos fritos, las romerías y los viajes en tercera, todo y aún más, cuece y borbotea en la olla literaria de Solana, empujándose y haciéndose sitio a codazos, como en las fotografías de las bodas de pueblo, para no quedar fuera. Aquí no se engaña a nadie, pudiera haber sido el lema literario de Solana, quizá por aquello del «Hoy a mí y mañana a ti» que hace figurar, a modo de mote heráldico, en el dibujo del tabernario esqueleto que coloca, a guisa de colofón, en su Florencio Cornejo. Solana, en su primera página, se enfrenta descaradamente con el descarado mundo: «Me apeo del tranvía eléctrico en las Ventas; es domingo, y presenta aquel sitio la animación propia de esos días en Madrid5». La animación propia de los madrileños domingos de las Ventas es la misma que, en cada esquina y en cada párrafo, brota, como una caudalosa fuente, de la pluma de Solana; no deja de ser curioso el hecho de que Solana estrene su pluma de escritor con un baile dominical y jaranero.
El escenario de Solana se acorda, en todo momento, con sus personajes y con sus temas. Madrid y la España árida, la carpetovetónica España de la barbechera y el rebaño merino, deben a Solana una atención excluyente de toda otra, una amorosa y puntual dedicación, una entrega sin reserva alguna y sin compensación posible.
El mundo de Solana, el triple mundo de sus dramatis personæ, su temario y su decoración, no es un cosmos cerrado sino un mar abierto. En este mar tumultuoso, el viento no sopla siempre en la misma dirección, ni procede jamás del mismo cuadrante. La rosa de los vientos de la literatura de Solana podría trazarse contraponiendo, en tres círculos concéntricos, los tres aludidos cielos de su mundo. El primer cielo, aquel que más próximo queda al aire que todos respiramos, representa su geografía; el segundo, su temática, y el tercero —el que más cerca está de su corazón—, sus criaturas. Imaginemos la trayectoria de Solana —como realmente fue— caminando a contrapelo, sinestrorsum, en inverso sentido al de las agujas del reloj. Partamos del norte. En el Mediterráneo —el mar al que, siendo atlántico como soy, me fui a pensar en el mesetario y cántabro Solana—, al cierzo o viento del N., según Fray Antonio de Guevara en su Libro de los inuentores del arte de marear y de los muchos trabajos que se passan en las galeras6, le llaman tramontana. La tramontana es viento que seca la atmósfera y limpia el aire. Cuando sopla la tramontana —me decía Josep Pla en Palafrugell— el Ampurdán es como un diamante.
En la rosa de Solana el rumbo N., llegando al primer cielo, corresponde —andamos por el 1913— a Madrid; cortando el segundo cielo, a los bailes, los toros, las romerías, el carnaval, algunas festividades religiosas, los animales, los monstruos, los carros, la mujer, y el callejero de Madrid, y cruzando el tercero, al Rana y Paca la Roja, a Rafael el Gallo y a Vicente Pastor, al maestro Dimas Topete, alias Sacatripas, a la Trini, a la Patro, a la Encarna, a Lola la peinadora y al carretero Salustiano Pantorrillas, que sale para Cuenca, en su galera, del Parador del Dragón, Cava Baja, 14. Volvemos la última página de Madrid. Escenas y costumbres (1.ª serie), publicado mientras su autor vivía en la histórica, destartalada y entrañable Posada del Peine.7 Solana tiene entonces veintisiete años.
Del rumbo NW. sopla el mistral, viento alborotador que cesa a boca de noche y que crece cuando sube el sol. En nuestra rosa, el rumbo NW., en el punto que corta al primer cielo, también toca a Madrid. Han pasado cinco años y vamos por el 1918: Madrid. Escenas y costumbres (2.ª serie). En el segundo cielo bullen de nuevo los toros, el callejero, el carnaval y la mujer; desaparecen los bailes, las romerías, las festividades religiosas, los animales y los monstruos —al menos como tema central y dominante—; pasa la alegre rueda de la trajinería a chirriar en la rueda amarga del carro de Vistas e irrumpen, con arrestos violentos y casi inexplicables, los oficios honestos y pintorescos, el circo y sus parientes, y las cien duras aristas del dolor. En el tercer cielo se agolpan —riñendo o paseando en amistoso son, amándose o haciéndose la pascua; viviendo, que es de lo que se trata, y luchando a brazo partido por vivir— José Redondo el Chiclanero y Julián Casas, alias Salamanquino; Antonio López, el inventor y fabricante de la pierna articulada más práctica que se conoce; Tadeo Fariñas, panadero muerto; Adila, la adivinadora; Modesto Escribano, el ciego que hablaba en verso —«No tengas coraje, que tienes que comer potaje»; «Si Dios no lo remedia, darán las doce y media»— y que dictó a su hija los famosos romances del crimen de la Cecilia y del de la Higinia Balaguer, dama ésta cuya muerte en garrote contempló Pío Baroja —en la Moncloa y sobre la tapia de la cárcel Modelo— cuando era alumno del último curso del bachillerato en el Instituto de San Isidro8»; el trapero el Perro; el ventrílocuo Sr. León; la Garbancera, la Frescachona y Benita Cazalla, Chata de Jaén, mozas toreras; los taberneros el Tuerto y el Sepulvedano, y el chaval Becerro, a quien el señor maestro, por torpe y cabezón, encerró en un cuarto oscuro en compañía de un esqueleto.
Del rumbo SW. silba el lebeche —el libeccio de los italianos y el Ilebetx9 o Ilebeig10 catalán—, viento que levanta dolor de cabeza en los marineros —que lo escriben con v y allá cada cual— y en algunos diccionarios, que lo hacen venir del SE. En la isla de Cabrera, que se ve, en las mañanas claras, desde mi casa de Palma de Mallorca, hay un morro Lebeche, cortado a pico sobre la mar, a cuyo pie se abre la Cova Blava, en cuyas aguas marinas, un pañuelo blanco se torna azul como la piedra que dicen aguamarina. En esta rosa que hoy pintamos, el lebeche, volando el primer cielo, nace en Santander y va a morir a Zamora después de haberse pateado Santoña y Medina del Campo, Valladolid y Segovia, —Ávila y Oropesa, Tembleque y Plasencia, Calatayud y Terrer. Es ya La España negra y vivimos en el 1920. En este libro, el segundo cielo —el cielo de los temas— se nos presenta pegado, como la venda a la llaga, al primer cielo, el cielo de la geografía. Sería dolorosa —y también inútil— operación tratar de despegarlos. Solana se echa a andar —tras salir del sueño en el que se soñó muerto y en un ataúd con sus iniciales, J.G.S-. «en tachuelas tiradas a cordel11»— y en cada ciudad y en cada pueblo vuelve, aplicadamente, sobre cada gajo de la enorme y sangrante granada de su temario. En La España negra aparece —si bien de pasada— su primera alusión a la Academia de la Lengua, novedad en su naipe literario: «…oía continuamente una voz escalofriante —nos dice de sí mismo en la página inicial—, una voz que me producía calambres y que me repetía a todas horas: tú no verás publicado tu libro; si lo llevas a un editor, te lo rechazará; tienes que tener en cuenta que todos los editores y libreros son muy brutos, y que la mayoría, antes de serlo, han sido prestamistas o mulas de varas, y si lo llegaras a dar a la estampa por tu cuenta, no dejaría de ser un atentado a la Academia de la Lengua; esto no te debe preocupar, porque todos los académicos no son más que idiotas, mal intencionados12». En El día de difuntos —en su primer libro— pinta una monda en el Panteón de Hombres Ilustres, monda —¡cómo no!— en la que canta las momias de los académicos «en las actitudes más retorcidas13», con la misma ejemplarizadora intención con que Ferrant Sánchez Calavera, Comendador de Villarubia, se preguntaba, en noble y sonoro verso:
¿Qué se fizieron los emperadores,papas e reyes, grandes perlados,duques e condes, cavalleros famados,los ricos, los fuertes e los sabidores,e cuantos servieron lealmente amoresfaziendo sus armas en todas las partes,e los que fallaron ciencias e artes,doctores, poetas e los trobadores14?
Es sintomático anotar —siquiera tan prendido con alfileres como lo hacemos— esta concomitancia, que tampoco es la única, del temario de Solana con los temarios en boga en la Edad Media. Solana, al arremeter contra la Academia y los académicos —también en La España negra habla de unas «mujeres que no había día que no riñeran y discutieran con una riqueza de palabras que para sí quisiera la Academia de la Lengua15»; en el Florencio Cornejo nos llama «zotes16», etcétera—, no hace más cosa que prestar oídos al vetusto mito de la macabra e igualadora Danza de la Muerte, canto anarquista —y profundamente católico— de los siglos XIV y XV. Ramón Gómez de la Serna, quizá el hombre que más hondo caló en su secreto, nos lo presenta como academicista invernal y estival antiacademicista: «Así como en invierno no compra más que libros —nos dice— en que ponga: "De la Real Academia Española", en verano grita: "¡Los incurables, a la Academia!", y sostiene que los discursos de recepción "se los escriben", porque ellos son incapaces de hacerlo17». Baroja, en sus Memorias, al relatarnos las andanzas de ambos por París, nos cuenta que Solana decía «que tenía que ser académico de la Academia Española18».
Esta curiosa alternancia de los sentimientos de Solana (que no es más que una alternancia aparente porque a Solana, que no era un lógico sino un iluminado, un poseso, no se le podía exigir consecuencia fuera de su arte, que fue precisamente donde la tuvo) no es otra cosa que la confirmación de que jamás osó pararse en barras adjetivas, yendo derecho, como siempre fue, a los pocos puertos substantivos que le interesaron. Gómez de la Serna le achaca —y nada infundadamente— el lema de: «Acierta lo principal, que lo mismo da errar lo secundario19».
En el segundo cielo de La España negra —estábamos contemplando sus constelaciones— se borra el carnaval y desaparecen —claro es, puesto que el escritor andaba por otras trochas— los paseos por Madrid. El mundo de Solana en este libro —no olvidemos su título— es aún más sombrío que en los anteriores y su musa parece como gozarse en bucear la España más amarga, más estática, más seca y monstruosa. Incluso cuando, al pasar por Valladolid, vuelve la espalda al vivo mundo latidor que tanto ama y hace crítica de arte en torno a «la escuela española y estupenda20» de escultura, habla de los Cristos y de los santos de palo de Berruguete y de Juan de Juni y de Gregorio Hernández, con la misma proximidad e idéntico calor con que pudiera hacerlo de su amigo el barbero, de su amigo el librero de viejo, de su amigo el santero que marcha por el polvoriento camino: «…parece que se sienten los gritos y lamentaciones de estas figuras —nos dice—, que dan a este museo un ambiente trágico21». Cámbiese la voz «figuras» por la voz «hombre», póngase «calle» o «plaza de toros» donde se dice «museo», y sáquense las inmediatas consecuencias.
Los curas y las monjas —monjas de Ávila con sus «tocas negras, encuadradas por el blanco tieso como el papel de barba con un crucifijo de bronce al pecho o de cruz de madera negra con cantoneras y Cristo de bronce22»; curas pobres de Zamora, que «llevan sombreros con el felpudo caído; sotanas de color verde, parduzca, color de ala de mosca, que ha sido negro en algún tiempo, zurzidas, con muchos hilachos en las bocamangas23»— se nos presentan, en las páginas del libro que ahora leemos, atónitos como pájaros sorprendidos, graves y resignados igual que mártires de las iglesias antiguas. Es éste de los clérigos y de la religión, punto sobre el que hemos de volver.
La feria, con sus figuras de cera y su pim-pam-pum de la risa, vuelve a mostrársenos; el dolor —y también la caridad— se refugia en las procesiones, los cementerios, el presidio, el hospital y la ramería, aunque flota, como un fatum amargo, por todo el libro; los carreteros, los carros y los animales encuentran en Tembleque la loa de sus artesanías, y la mujer —la garrida, y bien aplomada mujer de todas sus páginas— se nos presenta, una vez más, a cada amanecida y a cada puesta de sol. Quisiéramos anotar un curioso elemento que quizá pudiera ayudarnos a entender mejor la extraña y casi heroica idea que tenía Solana de la mujer. En Terrer24, poblacho del partido judicial de Calatayud, en el que ejerce de barbero el practicante Lorenzo Camuesco, al describirnos el monumento de la degollación de los inocentes —que está en la iglesia de Santa María y «es muy bárbaro y tiene mucha tragedia y crueldad25»— nos habla de un judío «con barba cuadrada, [que] tiene unas faldas blancas como un valenciano y el pecho con vergonzosos pelos rizados como las mujeres26». Nos limitamos a dejar constancia del término de comparación empleado por Solana.
En el tercer cielo —el cielo de sus criaturas— Solana rehuye, en este libro, los nombres propios. Solana, que va de camino, no ha tenido tiempo de aprenderlos y no quiere colgar, a sus personajes reales, nombres ficticios. No es, en todo caso, su actitud sino muestra de su honradez y de aquella lealtad consigo mismo que más arriba señalábamos. Los nombres que más pesan en el ánimo del lector de La España negra, son los de los reclusos del penal de Santoña, nombres ciertos y verdaderos, nombres que tuvieron muy triste actualidad en las páginas de la prensa sensacionalista de su tiempo: «…Planas, que está condenado en este penal a cadena perpetua. Porque un juez de su pueblo pegó una bofetada a su anciana madre, Planas le mandó al día siguiente un regalo en una caja, y al abrirla el juez estalló la dinamita que contenía y quedó ciego y manco de las dos manos27». «¿Ve usted ese preso que está apoyado en esa puerta? —le dijo el guardián a Solana—. Es un anarquista que atentó contra Alfonso XIII en una jura de bandera. Es Sancho Alegre28». «En esto se acercó un viejo burlón —nos dice poco más abajo—, con gorro de lana y gruesas zapatillas y levitón de presidiario, riendo y tirándonos de la americana; abrió una boca desdentada y nos dijo que él mató a siete moros con un fusil. Luego supe que era el tío Lobo, que andaba mal de la cabeza, pero que era ya inofensivo; lo de los moros, que se empeñaba él en creerlo, no era sino cinco soldados españoles que mató él estando de centinela, cuando era mozo, en un ataque de locura29». Pocos más nombres actúan en La España negra y no a muchos más se alude: citemos, entre los primeros, al ya mencionado barbero Lorenzo Camuesco y a Pedro Conejo, alias Oso, mendigo de Oropesa que vive en un carro tumbado y sin ruedas, padece de ataques y tiene una úlcera en una pierna. Apuntemos, entre los segundos, aparte de los reyes, príncipes, condes, maestrantes, inquisidores, guerreros, santos y figuras de cera que pululan por el itinerario de Solana, y aparte también de los escultures del Museo de Valladolid y de los donadores de exvotos —la niña María del Rosario Cornejo, Julia Rodríguez Rojo, la joven Felisa Barbero Stévez— y expulsadores de tenías —el señor gobernador de Ávila; el señor obispo; el canónigo don Pedro Carrasco; el maestro de escuela don Juan Espada; el jefe de la Adoración Nocturna, don Peláez; doña María del Olvido, dama noble, comendadora y provisora del ropero de los pobres—, apuntemos, íbamos diciendo, al pintor Sorolla y al escultor Benlliure, que «los dos son dos zapateros30», según Solana; a los toreros el Guerra y Mazzantini, «a cual más malo»; a la Chuchi, que «está en el hospital», y a la Manca de Tetuán, recién suicidada, amarga carne de burdel zamorano; a Zuloaga, «el gran pintor vascongado31», a quien dedica un capítulo, y a los amigos de la tertulia de Ramón Gómez de la Serna en Pombo, de cuyo histórico cuadro hace una cumplida descripción en el epílogo del libro que nos ocupa.
Del rumbo S. chifla el viento ábrigo, al que en galeras dicen mediojorno; el mediojorno es viento que moja el suelo, alborota la atmósfera y pica la mar; el mediojorno es viento moro —ábrego o ábrigo viene del latín africus—, viento poco cristiano y de no mucha confianza. En la rosa con la que navegamos, Madrid vuelve al primer cielo del viento mediojorno. Han pasado tres años —suena en el reloj de la Puerta del Sol el año 1923— y Solana publica su cuarto libro: Madrid callejero, cuyo título, ciertamente, a nadie puede desorientar. Madrid callejero forma un volumen de la misma extensión poco más o menos, que cada una de las dos series de Escenas y costumbres y es algo más breve que La España negra. En Madrid callejero —vayamos a su segundo cielo—, los temas ya puestos en juego se clarifican y, sin perder su espontaneidad, se adensan y aprietan. Algunos desaparecen: las festividades religiosas —La fiesta de San Antón no lo es, propiamente— y los monstruos de las barracas de feria, por ejemplo. Otro tema presente en sus tres libros anteriores —los toros—, huye aquí de la plaza donde se nos mostrara inmediato y actor, para refugiarse —evocación amarga, venenosilla droga para pasto de pobres— en el Museo Granero, gran barracón de la verbena del Carmen donde se quintaesencia todo el horror que, cuando la tarde pinta en bastos, puede darse en la fiesta. Dos elementos por estrenar, o casi por estrenar, saca Solana a colocación en este libro: los cementerios abandonados y los tipos populares, la fauna del asfalto madrileño. En Los cementerios abandonados, Solana nos habla, con artesano sosiego y macabro acento, del de San Martín, «una maravilla de severidad y buen gusto32», y del de la Patriarcal, en el que «todo está abandonado; el verdín se ha extendido por los campos de sepulturas; como una huerta, para plantar coles y patatas; quedan muy pocos cipreses, pues han sido arrancados muchos para aprovechar su madera; las cruces de mármol, rotas y tiradas por el suelo; las cornisas de piedra de las galerías, metidas en la tierra y casi enterradas por las lluvias, y muchos ángeles de mármol y de piedra, tirados por el suelo y maltrechos, descabezados y con las alas rotas33».
En El ciego Fidel y en Garibaldi y su mujer —y rozamos ya el cielo tercero—, el escritor nos fija la menuda y viva historia del arroyo, la crónica sin gloria —aunque con pena— de la plaza pública, esa bendición de Dios que es del primero que la pisa. El ciego Fidel, «con su gran tipo de tenor italiano…, sus melenas románticas y la nobleza de la figura…, es hombre ingenioso y frecuenta los cafés más concurridos de Madrid vendiendo botonaduras de dublé fino, pipas, corbatas y piezas de paño, acompañado de su criado, con el metro en la mano, y de cuyas piezas él cortaba, por tanteo, con una gran tijera sin equivocarse ni un centímetro más ni menos (pues dándole con el codo a su criado le preguntaba por lo bajo: "¿Por dónde corto?"), y el parroquiano se quedaba sorprendido del buen tacto del ciego Fidel; y como ganaba bastante, se daba buena vida y pudo conservar la tripa comiendo en los cafés buenos bistefs con patatas34». El ciego Fidel es un tipo clásico de la resignada picaresca española y su figura estrafalaria —con «la americana llena de brillo y de grasilla35» y con su cara «con un ojo abultado de huevo que se clava en el techo36—parece espigada de una página de Quevedo o de Alonso Jerónimo de Salas Barbadillo. A diferencia de lo que sucede en el Lazarillo de Tormes, aquí el amo ciego es el eje del cuento y el criado mozo se queda en un discreto segundo término y sin bautizar. El ciego Fidel, que mira —él, que no ve— «a lo alto, como un san Francisco de Asís», es un golfo doliente que vive a salto de mata y que subsiste y va comiendo porque «tiene una gran experiencia del corazón humano37».
Garibaldi —Baldomero el Cubero cuando, sano aún, ejercía su oficio— fue un loco (aunque Bernaldo de Quirós y Llanas Aguilaniedo, como ahora veremos, no lo creían así) con veleidades políticas, de «enérgica y diminuta figura…, recubierto por un levitón negro y un viejo sombrero de picos galoneado, con unas plumas negras, parecido al que llevan los ministros en los días de recepción, o al de los porteros del Banco de España y Ministerios», con el pecho «lleno de condecoraciones y arrollado a la cintura un fajín de mando», que se paseaba por Madrid bebiendo vino —y no más que vino— y arengando a los estudiantes y a los desocupados con pintorescas soflamas que remataba siempre con el cuádruple grito de: ¡Viva la República! ¡Arriba, caballo moro! ¡Mueran los carcas! ¡Viva Garibaldi! Cuando Solana publica su Madrid callejero, el pobre títere ya ha muerto. Poco antes le había precedido su mujer: «Se murió de una borrachera por beber aguardiente. Ya se lo dije yo. Si hubiera bebido vino, no se hubiera muerto nunca38». Por el tiempo en que Solana nos habla de Garibaldi éste ya no era un niño. Bernaldo de Quirós y Llanas Aguilaniedo lo mencionan en 1901, en su libro La mala vida en Madrid, con cincuenta y ocho años. He aquí un extracto de la ficha que de él nos ofrecen: «Hay gran diferencia entre verle en la calle…, dando vivas a la República, tuteando a Prim…, tratando de Excelencia a todo aquel que le invita a una copa…, y verle en la cárcel…, perdidos sus bélicos arreos, mustio el semblante, la actitud humilde, substituido el tricornio por un gran gorro verde con arabescos. Garibaldi…, está bastante bien conservado, es bajo de cuerpo, y marcialmente plantado. Su madre fue cantinera en el penal de Tarragona; su padre, portero de una Casa de Socorro, murió de un ataque de alcoholismo… Ya el abuelo había sido aficionado al vino, como lo es uno de los hijos de Garibaldi, adolescente todavía ligeramente giboso…, dado a todo género de vicios… [Garibaldi] fue cubero de oficio hasta que pudo convencerse de las ventajas que ofrecía hacerse el loco popular, y convertirse en parásito… Garibaldi es microcéfalo; fisonomía simpática, ojos empequeñecidos por la ligera elevación del párpado inferior…, acné rosácea marcada, surcos naso-labiales hundidos inferiormente, temblor de la lengua…, sed y hambre crónicas. Odia el aguardiante, por el cual se perece su mujer, más adelantada que él en la intoxicación. Bebe sólo vino, y actualmente delira de veras. Se embriaga a diario, y según le da el vino, va desde la calle a la cárcel o a su casa39».
Solana no nos da el nombre de la mujer de Garibaldi; Bernaldo de Quirós y Llanas Aguilaniedo tampoco lo hacen. Aunque Garibaldi paseó, a veces, en compañía de la tonta de la Pandereta —también distinguido eslabón de la «golfería» del Madrid de entonces—, circunstancia que hizo que algunos la creyeran su esposa, la verdadera mujer de nuestro héroe se llamó María Díaz40. Solana nos dice que «Garibaldi la respeta y la admira porque bebe más que él41» y que el matrimonio vive «en el barrio de las Cambroneras, cerca del puente de Toledo y en las márgenes del río Manzanares42». ¡Pobre Garibaldi, y qué vuelta de vino se pegó en vida!
Sigamos el camino de nuestra rosa. Del SE. viene el viento jaloque, el ardiente y africano siroco que cambia las arenas de sitio y despierta las malas inclinaciones en el corazón. Dos pueblos de Castilla —año 1924— es un breve librillo de setenta y cinco páginas en octavo, que cuenta la excursión de Solana a Colmenar Viejo y a Buitrago del Lozoya, pueblos ambos de la provincia de Madrid. El temario se mantiene, vuelto a emparentar, quizá con menos tintas negras, con el de La España negra, y un hálito artesano y campesino se respira en él, del cabo al rabo. Si en este libro los dos primeros cielos —el de la geografía y el de los temas— son sencillos de ver y señalar, más aún lo es el tercero, el de las criaturas, que aparece vacío de nombres propios de actores. En Colmenar «sobre [los] tres extraños peñascos llamados las "Tres Mantecas" y el cerro Castillejo [que] contribuye a servirle de fondo», Solana no se topa más que con cuatro nombres propios, ninguno de los cuales toma parte en la acción: Pedro Pérez, propietario de la corrida que se echó al campo, y los niños Eduardo y Gonzalo Ortega y la familia Amores, cuyos nombres se leen en sus sepulturas. En Buitrago, Solana vuelve a darnos otros cuatro nombres que, como los cuatro nombres de Colmenar, tampoco actúan: el herrero Santiago Alonso, cuyo taller, que está al lado de la zapatería del botero Cayetano Díaz, hace de chiquero para el toro de la función, y el pastelero y confitero Narciso y el sastre Valentín Sanz que ofician sus oficios en la plaza; el botero Díaz, según parece, sobre zapatero es también tabernero. El oficio de botero limita, por fuera, con el de zapatero y, por dentro, con el de tabernero.
Solana, en Dos pueblos de Castilla, quizá el más sabio —en ningún caso el más emocionado— de sus libros, hace (no dudo que sin proponérselo) un alarde de virtuosismo de la sencillez y de la eficacia narrativas. Es posible —y lo expreso con todas sus consecuencias— que la literatura quiebre y se enmohezca a manos de los literatos, y crezca, lozana y llena de frescor, a manos de los hombres sencillos que cuentan las cosas que pasan tal como las ven. Es también posible —y no intentamos decir nada nuevo, aunque sí de otra manera— que la literatura se pudra en sí misma, igual que una bella flor a la que la falta de aire intoxicara con su propio veneno, y se vivifique y oree cuando se le abren las puertas de su esotérico claustro. Este cuaderno de Solana, tan corto de cuerpo como modesto de intención, tan largo y trascendente de enseñanzas, mucho me ha dado que pensar. Dejemos la cuestión enunciada, para que venga sobre ella quien se encuentre con fuerzas de abordarla en toda su peligrosa amplitud. Dos pueblos de Castilla es una filigrana áspera y cerrera, una cuidadosa y siempre bien trazada miniatura, en la que todo está pesado y medido —o adivinado, que tanto monta— con primor. Por Colmenar Viejo y por Buitrago del Lozoya se paseó, a sus treinta y seis o treinta y ocho años, el más maduro Solana escritor.
En galeras —volvamos a invocar a fray Antonio de Guevara— al viento solano le dicen levante. El levante, en el Mediterráneo, es viento marero, temeroso y agónico, viento racheado y casi siempre frescachón, que impide orientar las velas como Dios manda. Estamos en el rumbo E. de la rosa, en el año 1926 y en el libro Florencio Cornejo, al que Solana llama novela. Florencio Cornejo es quizá aún de más escasas carnes que Dos pueblos de Castilla. Florencio Cornejo —novela o no novela, ¿qué más nos da?— es la crónica de la agonía, muerte, velatorio y entierro del pariente del narrador que da título al libro y del viaje que el cronista hace desde Arredondo, donde vive, hasta Ogarrio, donde Florencio muere. En la diligencia que lo conduce —llueve y «a través de los cristales y en las sombras de la noche, el paisaje no tenía interés ninguno43»—, el autor del relato se queda dormido y, en sueños, rememora los ya lejanos y divertidos veinte días pasados con Florencio en Madrid: la posada del Barbas, en la calle de Toledo; los carreteros que traían pellejos de vino desde El Tiemblo, Móstoles, Barajas y Valdemoro; los elefantes que alborotaban, las gallinas, las vacas, los burros, las mulas y las yeguas del patio del parador; el hartazgo que se dio el elefante Pizarro en una tahona; las compras de Florencio en las tiendas de los toneleros, los albarderos, los cuchilleros, los relojeros y los fabricantes de guitarras y de acordeones; la Puerta del Sol, con su fuente de pilón y su surtidor, y la plaza Mayor, con su estatua ecuestre del rey Felipe; las niñeras y los soldados, los titirimundis, los sombrereros, los pañeros y los ferreteros; los ripes, los tranvías de mulas y los carromatos; los hoteles: Hotel París, Hotel de la Paix, Hotel Universo; las filas de simones y los carros de bueyes cargados con piedra berroqueña de El Escorial; las sopas de ajo y el cocido; los ciegos de los romances; los mieleros alcarreños y los queseros manchegos; los periódicos: El Progreso, La Iberia, El Globo, El Resumen; los muñecos autómatas, el amaestrador de pulgas, las figuras de cera, el hombre-esqueleto, el gigante chino y la ascensión de un globo; la proclamación de la República; un discurso de Castelar; la muerte en garrote del viejo matrimonio dueño de la taberna La Misería; las burras de leche; el Paseo del Prado y el Jardín Botánico; el cerrillo de San Blas, la fábrica de tabacos, el Rastro y el café cantante La bella Criolla; la parada de la plaza de Oriente; el Teatro Real, el Teatro de Apolo, etc., etc. De la fecha de alguno de los sucesos enumerados, y sobre todo y para que no haya lugar a dudas, de la declaración del narrador de que el viaje a Madrid lo hicieron «allá por el año 73»44, o sea, trece años antes de que Solana naciera, se colige que quien cuenta lo que pasa y el verdadero autor del Florencio Cornejo no son el mismo personaje. Es éste, el único libro de Solana en que la primera persona usada por el relator se traslada —aun sin decirlo, si bien dándolo a entender— a un ente de ficción.
Arredondo y Ogarrio son dos pueblos del interior de la provincia de Santander. A Ogarrio fue a donde al padre de Solana, niño aún de ocho años —el padre, que no Solana—, envió su padrastro desde Méjico. En Arredondo vivían otros Gutiérrez-Solana: los hermanos Manuela y Segunda, señoritas, al parecer, de gran belleza, y Florencio, medio tonto y medio paralítico. Solana, padre, don José Tereso Gutiérrez-Solana y Gómez de la Puente, casó con su prima doña Manuela, que le dio, entre otros hijos, al autor del Florencio Cornejo. La vida y las costumbres de Ogarrio y de Arredondo no eran, pues, extrañas a Solana, sino familiares y conocidas.
La narración está llevada en primera persona, como decíamos, y un poco con la sencilla técnica lineal de los cuentos al amor de la lumbre. Solana, en este libro, acusa, a veces, cierta preocupación literaria, y sólo cuando la olvida y torna a su decir llano y directo, lo vemos volviendo, con los arrestos de siempre, por su fuero. Las páginas de la agonía y muerte de Florencio tienen la firme impronta de la mano maestra, y la descripción del velatorio —con su mudo alborotador y gruñón, sus frailes, su coronel retirado, su pastelero, su veterinario, su secretario del Ayuntamiento y sus viejas gordas, asmáticas, reumáticas y rezadoras —es un «apunte carpetovetónico» de la mejor ley. Y con todas las de la ley.
No me resisto a traer aquí dos breves párrafos, descarados y violentos, que pintan, en dos amargos brochazos de humor negro, dos tipos y dos caracteres. Habla, el primero, del «veterinario, hombre flaco y largo, que padecía del hígado, de carácter dulce y sentimental, [que] tenía afición a la poesía y la quien] le gustaban las flores y los pájaros; se levantaba muy temprano, para oírlos cantar, y cuando podía, los cazaba con liga, para comérselos fritos45». Reproduce, el segundo, la parrafada que suelta una señora del acompañamiento: «Pues a mí lo que más me dolió fue la primer muela que me sacaron después de parida; ahora me ha salido un cáncer en el estómago, y el otro día, mi hermana, que es mujer de buenas carnes, se subió a un árbol a coger nidos, y se quedó enganchada por la falda; al caer, se desgarró una nalga con una quima, y la tuvieron que dar más de veinte puntos46».
De los treinta y dos rumbos principales de la rosa de los vientos, nos hemos detenido, sin hacer tampoco demasiado hincapié, en seis de ellos: tantos como libros publicó Solana. Antes, nos permitimos sugerir que en cada una de sus páginas —y también en su conjunto— nos salta, como un pez vivo, la constante de la consecuencia y de la lealtad consigo mismo y con su mundo. Quisiéramos ahora añadir que este viejísimo mundo en que Solana se movía y hacía moverse a sus criaturas, fue, en él, un mundo inventado, un mundo creado y vuelto a crear, desde el principio al fin y una vez y otra, para su mejor y más emocionado reflejo: un mundo estrenado —en su tiempo— por él; un mundo de primera mano, no obstante su aspecto de trasnochado bazar de chamarilero o de abigarrado y sangrante escaparate de casquero.
Pudiera decirse que la España de Solana —o, mejor, la sola España de Solana— no es España o, dejémoslo aún más claro, no es toda España. Probablemente, no se encontrarían razones lo bastante sólidas para contradecir o, al menos desvirtuar tal aseveración. Y, sin embargo, tampoco podría negarse —quien este argumento esgrimiera— a admitir que la España de Solana sí fue, en su macabra violencia, en su doliente desnudez, un poco el alcaloide de la España eterna, de la España que duerme —a veces con hambre saltándole en la panza— con la cabeza debajo del ala sin plumas y, en la cabeza, las más estrafalarias y descomunales figuraciones.
Abordemos ahora, para intentar seguir situando a nuestro autor en la breve panorámica que de él quisiéramos dibujar, algunos cabos sueltos con los que quizá pudiéramos tejer el cañamazo que nos ayudara a enmarcar su figura.
Solana —y no sólo en sus cuadros— trata el tema religioso a la española. Cuando, al hablar de La España negra, pasamos por Ávila, anunciamos que habríamos de volver sobre el tema de la religión o, mejor, sobre el tema del sentimiento religioso. Pensamos que éste es el momento. Solana —decíamos— trata a la española el tema religioso. Todo, en él, está siempre visto a la española y costaría trabajo imaginárnoslo nacido en otras latitudes. Con Ribera, con Valdés Leal, con Goya —en la pintura—, con Quevedo, con Torres de Villarroel, con Unamuno —en la literatura—, se nos presenta idéntico fenómeno. Diríase que bajo el ser español late un entendimiento a la española, que aflora como un raro Guadiana, de vez en vez. Las etapas de este firme e intermitente enseñarse no habrían de ser difíciles de marcar. Su constante es el cariz sobrehumano —y con frecuencia insensato— del empeño, que cobra mayores y más acusadas proporciones con el paso del tiempo: de ahí el aire legendario que nimba a no pocas figuras históricas españolas. Sus determinantes pudieran señalarse por tres desprecios: el desprecio de la vida en torno y de las formas que marca la costumbre, el desprecio de la lógica y el desprecio del posible premio terrenal.
El héroe y el santo desprecian su propia vida: aquello que no suele ser costumbre despreciar. Pero obsérvese que ese desprecio de la vida propia tampoco llega a constituir costumbre en ellos, que lo practican siempre esforzadamente o, lo que es lo mismo, saliéndose de la costumbre. De ellos —y por ese ánimo esforzado al que aludo— no pudiera decirse que su falta de costumbres (ni aun que su falta de respeto, su desprecio a la costumbre) llegue a ser, también, una costumbre.
Preguntado Solana sobre la lógica, responde: «Eso no me importa47». Ésta pudiera ser la respuesta universal de un héroe o de un santo. Ésta pudiera ser también la respuesta española de un picador de toros. Ortega —tan europeo, él— nos aclara: «…cuando se ha querido en serio construir lógicamente la Lógica —en la logística, la lógica simbólica y la lógica matemática— se ha visto que era imposible, se ha descubierto, con espanto, que no hay concepto última y rigurosamente idéntico, que no hay juicio del que se pueda asegurar que no implica contradicción, que hay juicios los cuales no son ni verdaderos ni falsos, que hay verdades de las cuales se puede demostrar que son indemostrables, por tanto, que hay verdades ilógicas48».
Aunque vestido, a veces, con el ropaje del pragmatismo, el entendimiento a la española del mundo —de éste y del otro mundo— es, antes que nada y por delante de ninguna otra cosa, ascético y sobrecogedor. El Cid y el Arcipreste —polvo de tan análogos caminos sobre el mismo sudor en frentes tan distintas—, Núñez de Balboa y Cabeza de Vaca —el ánimo pesando sobre los lomos históricos y alucinados—, san Ignacio y Miguel Servet —fiebre de la verdad que se mantiene y se proclama porque, oculta, perdería su eficaz y abnegada razón de ser— y la pléyade de los iluminados y claros varones de las tamañas empresas sin sentido común —que es un sentido que no precisan los hombres no comunes, que es un sentido, por cierto, nada despreciable pero no más que comercial y artesano— son quienes han movido, a firme pulso, el pesado carro de España, esa galera que jamás premia a quienes se afanan en empujarla hacia adelante.
Solana ve el universo mundo a la española. Para Solana, «la Patria es España». Para Solana «a España se le debe dar todo, lo primero la vida». Solana piensa que «hay que ser patriota ante todo. Hay gentes que les da igual una cosa que otra. Ésta es gente de conveniencia. Uno sólo puede vivir en España; fuera le falta a uno algo. Hay que ser ante todo español —termina en su emocionado e ingenuo patriotismo—, porque eso es lo mejor49». «Solana ve lo religioso a la española porque lo religioso, en su ánimo, en su cabeza y en su mirar, no podía hacer excepción a la involuntaria e inexorable regla a que obedecía. Marañón, hablando sobre este punto de la religiosidad de Solana, ha pronunciado unas palabras que entendemos como un muy certero diagnóstico: «Siempre me ha parecido, con escándalo de casi todos los que me han oído esta opinión, que la vena profunda de la pintura de Solana es la religiosidad. (La misma sangre —recordamos nosotros aquí— corre por la misma vena profunda de su literatura). Porque nada tiene —sigue diciéndonos Marañón— un sentido religioso y, sobre todo, un sentido religioso español, como el sentimiento de la fugacidad de la belleza, de la alegría, de la gloria; y esto es, precisamente lo que sobrecoge en la obra de Solana50». ¿No es ésta la misma trágica y católica conciencia que nimba los Cristos de Montañés? ¿No es éste el mismo trágico y católico espíritu que anima los piadosos y estremecidos versos de El Cristo de Velázquez de Unamuno? «Los hombres quisieran —continúa Marañón— que esta verdad terrible, la terrible verdad de la fugacidad de los bienes terrenales se les olvidara. Y los artistas han hecho lo posible por neutralizar el atroz morir habemus con su antídoto de alegorías magníficas, de paisajes románticos o luminosos, de retratos ungidos de hermosuras y de noblezas. De los museos se suele salir con la impresión de que la tierra está poblada de héroes y de hadas y de santos gloriosos, con algún que otro demonio, que acaba siempre por ser encadenado y vencido. La otra verdad terrible, que quisiéramos olvidar, surge solo de cuando en cuando. Casi todos los que se atreven a recordarla, acaso sin darse cuenta de lo que hacen, son españoles. Solana es uno de esos pintores —y escritores, añadimos aquí— del tremendo y saludable Memento Homo». Sabias y ciertas palabras, elementales y diáfanas palabras que algunas gentes se empecinan en no querer entender.
Nada me extrañaría que en el próbido subconsciente de Eugenio d’Ors latiera un pensamiento paralelo al nuestro de hoy cuando, al hablar de Solana, nos asevera: «Hay quien nace con vocación de estafado: las consecuencias de un tal nacer pueden acompañarle toda la vida. Más: llegan a sobrevivirle. Como se conocen éxitos póstumos, se conocen póstumas defraudaciones de gloria. El Cid ganaba batallas después de muerto; hubiera podido, a presencia igual, a mérito igual, perderlas51».
Bajando muchos escalones, muchos, todos los que llevan desde la alta gloria de la religión como concepto transcendente —como revelación— hasta el bajo mundo del religioso como carne mortal —como efímera gusanera—, seguimos encontrándonos con el sentimiento religioso a la española de Solana, ahora vestido con el tierno y doloroso amor que nuestro hombre sintió hacia las criaturas. El brevísimo —y bellísimo— capitulillo en que nos habla del cura de Buitrago podrá ser nuestro botón de muestra: «Es un cura montado a la antigua, modesto en el vestir. Su sotana, muy remendada, verdea por algunos sitios y ha tomado un color pardo de miseria. Luce grandes hebillas de hierro en los zapatos, es muy madrugador, usa un gran sombrero pasado ya de moda, pero que sienta bien con sus hábitos, y en verano se quita el sudor de la calva con su gran pañuelo de hierbas. Cuando fuma lo hace siempre a horas determinadas, sacando los cigarrillos —que él hace— de una vieja petaca de cuero ya aculatada por el tiempo, que enciende en un mechero con la piedra pedernal. Es tan metódico, que aunque no usa reloj siempre sabe la hora. Después de comer se asoma al balcón, y en el periódico del día reparte migas de pan a los pájaros, que son muy amigos suyos, se posan en sus hombros y se montan encima de su cabeza. Buen labrador, cava la tierra y cuida de sus coles. Después de decir misa, recorre el pueblo y habla con los vecinos de la labranza; se interesa por la salud de los chicos pequeños, por el bien estar de todos, y a los más necesitados los socorre de su bolsillo52». Aquí termina Solana el dibujo del cura de Buitrago. Pocas veces, en la literatura española, se habrá hablado de un cura con más amor, con más respeto, con más delicada piedad.
Cierto es, también, que Solana, en no pocas ocasiones, pinta los curas —cuando no peor— como patanes curtidos por el sol, como labradores, como carreteros que vociferan, como banderilleros de plaza de carros. Entendemos que Solana, al hacerlo así, no se propuso describirlos sino como españoles, como hombres del pueblo español: ese hervidero en el que todos, con ser tan diferentes, tenemos cara de españoles.
Solana —bien claro nos lo dice su labor— pinta, con el pincel o con la pluma, lo que ve delante de sus ojos, pero —cuidado— no exclusivamente lo que ve delante de sus ojos, sino tamizadamente, analíticamente, lo que ve con sus ojos. «La pintura es un arte magnífico —nos dice— pero no tomado así, como un reflejo del natural, sino llegando al realismo». ¿Qué entiende Solana por realismo? ¿En qué matiz estriba la diferencia que establece entre realismo y reflejo del natural
