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Las "Obras completas de Gustavo Adolfo Bécquer" constituyen un compendio significativo que refleja la rica producción poética y narrativa de uno de los más destacados exponentes del Romanticismo español. Bécquer, a través de sus rimas, nos presenta una lírica intimista y melancólica, que explora los temas del amor, la muerte y la trascendencia. Su prosa, marcada por un estilo sencillo pero profundamente emotivo, se entrelaza con lo sobrenatural en cuentos como "La novia de E.T.A. Hoffmann". Estas obras, escritas en un contexto de cambios sociales y culturales en España, capturan la esencia de una época en la que el individualismo y la expresión personal eran centrales en la literatura. Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870) surge del contexto romántico de su periodo y su experiencia personal, incluida su salud frágil y su vida marcada por la incomunicación y el sufrimiento, influenció su visión estética. Huérfano desde una edad temprana, Bécquer vivió en un entorno familiar complejo que estimuló su sensibilidad artística. A lo largo de su vida, trabajó como periodista y editor, lo que le permitió cultivar su estilo y abordar conversaciones sobre el arte y la literatura de su tiempo. Recomiendo encarecidamente las "Obras completas de Gustavo Adolfo Bécquer" a cualquier amante de la literatura que busque un viaje introspectivo y emocional a través de la experiencia humana. Sus páginas no solo son un testimonio del Romanticismo, sino también un reflejo atemporal de los anhelos y desamores que nos conectan a todos. Bécquer es un autor que merece ser leído y re-leído, ya que su obra sigue resonando con la sensibilidad contemporánea. En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura: - Una Introducción amplia expone las características unificadoras, los temas o las evoluciones estilísticas de estas obras seleccionadas. - La Biografía del Autor destaca hitos personales e influencias literarias que configuran el conjunto de su producción. - La sección de Contexto Histórico sitúa las obras en su época más amplia: corrientes sociales, tendencias culturales y eventos clave que sustentan su creación. - Una breve Sinopsis (Selección) oferece uma visão acessível de los textos incluidos, ajudando al lector a seguir tramas e ideias principais sin desvelar giros cruciais. - Un Análisis unificado examina los motivos recurrentes e los rasgos estilísticos en toda la colección, entrelazando las historias a la vez que resalta la fuerza de cada obra. - Las preguntas de reflexión animan a los lectores a comparar las diferentes voces y perspectivas dentro de la colección, fomentando una comprensión más rica de la conversación general. - Una selección curada de citas memorables muestra las líneas más destacadas de cada texto, ofreciendo una muestra del poder único de cada autor.
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Veröffentlichungsjahr: 2023
Esta edición, Obras completas de Gustavo Adolfo Bécquer, texto completo, con índice activo, reúne en dos tomos una selección vertebral de la prosa del autor: sus leyendas, artículos y cartas. El propósito es ofrecer, de manera íntegra y ordenada, el conjunto de piezas aquí incluidas, preservando su continuidad interna y facilitando un acceso ágil por medio de un índice navegable. No se trata de fragmentos ni resúmenes, sino de textos completos tal como dialogan entre sí en la tradición becqueriana. La disposición por tomos permite recorrer un itinerario estético coherente, desde los paratextos iniciales hasta las cartas finales, y restituye la arquitectura de lectura pensada para un conjunto unitario.
El corpus representado abarca varios géneros de la prosa romántica tardía: relatos legendarios y fantásticos, prosas de reflexión y crónica, artículos de tema artístico y urbano, así como una serie epistolar. En el Tomo Primero predominan las leyendas y piezas de tono lírico-narrativo; en el Tomo Segundo continúan los relatos y se suman un artículo de arte, textos breves de observación y las cartas Desde mi celda. Esta variedad permite apreciar los registros complementarios de Bécquer: la narración concisa, la descripción evocadora, la meditación íntima y el diálogo con tradiciones orales y motivos populares, sin incurrir en géneros no representados aquí.
El conjunto se inscribe en el horizonte del Romanticismo español de mediados del siglo XIX, en su vertiente más depurada y reflexiva. Bécquer articula una prosa musical y transparente, de economía expresiva y poderosa sugestión, donde lo inexplicable se roza con lo cotidiano y lo poético ilumina lo narrativo. La ambigüedad, la elipsis y el simbolismo sostienen historias que privilegian la atmósfera sobre la peripecia, y que interrogan el deseo, la fe, la memoria y el temor. La mirada del autor, atenta al rumor de la tradición, convierte paisajes, voces y creencias en materia estética perdurable, con una modernidad que descansa en la insinuación.
El Tomo Primero abre con Al lector, el Prólogo de la primera edición e Introducción, tres umbrales que orientan la recepción y fijan la relación entre autor, obra y lector. Tras ese pórtico, las Leyendas constituyen el núcleo narrativo. Se trata de relatos breves donde la tradición popular, las creencias y el misterio se articulan en escenas nítidas, sostenidas por una prosa rítmica. La creación y otras piezas de aliento meditativo tejen un diálogo entre origen, mito y lenguaje. El orden favorece una lectura continua, sin confundir la singularidad de cada leyenda, que se sostiene en su propio clima y en una dosificación precisa de lo maravilloso.
Entre las leyendas del primer tomo destacan Maese Pérez el Organista, con su exaltación de la música como puente entre mundos en el marco de una celebración, Los ojos verdes, cuyo motivo central es el hechizo de una presencia junto al agua, y La ajorca de oro, que explora la tentación y el límite entre lo sagrado y lo profano. El rayo de luna traza la persecución de un ideal y su resplandor elusivo. La cruz del diablo, Tres fechas y El Cristo de la calavera amplían el arco temático hacia lo histórico-legendario, siempre con una intriga contenida, de intensidad creciente y desenlace sugerido, sin énfasis efectista.
La corza blanca y La rosa de pasión incorporan el motivo de lo extraordinario apareciendo en lo familiar, y la tensión entre creencia, deseo y norma social. En todas, el lector percibe un sistema de motivos que se repiten con variaciones: la noche, el rumor del bosque, el brillo de metales y piedras, el silencio interrumpido por un canto o un tañido. La voz narradora, a menudo testigo o relatora de lo oído, subraya la procedencia de la historia y preserva su aura. La historicidad opera como escenario y eco, no como lastre, y permite que la fábula respire más allá de su tiempo.
En este primer tomo aparecen también piezas designadas como Canto primero, Canto tercero, Canto cuarto, Canto quinto y Canto sexto, junto a La creación, que dialogan con la tradición lírico-narrativa. Su disposición entre leyendas ilumina la continuidad entre el impulso poético y la narración en prosa. Bécquer traslada cadencias y recursos de la lírica a la estructura del relato: paralelismos, imágenes recurrentes, pausas meditativas. El resultado es una prosa de densidad simbólica que, sin abandonar la claridad, convoca una escucha atenta y una lectura rítmica, en la que la emoción se modula tanto por lo dicho como por lo que se deja en penumbra.
El Tomo Segundo prolonga el itinerario de las leyendas con Creed en Dios, La promesa, El beso, El Monte de las Ánimas, La cueva de la mora, El gnomo y El miserere, entre otras. Se acentúa aquí la conjunción de lo religioso, lo popular y lo fantástico, con escenarios que incluyen ermitas, montes, cuevas y espacios de retiro. La intriga vuelve a apoyarse en encuentros, voces, apariciones o signos, más que en acciones complejas, y cada relato busca una impresión única, memorable. El Monte de las Ánimas, por ejemplo, condensa superstición y atmósfera nocturna en una anécdota precisa, de alcance que excede el mero sobresalto.
Junto a las leyendas, el Tomo Segundo incorpora prosas de diverso registro. La arquitectura árabe en Toledo es un texto de observación artística y urbana que, sin renunciar al rigor descriptivo, mantiene el pulso evocador característico. Piezas como Es raro, Las hojas secas y La mujer de piedra muestran una sensibilidad atenta a lo insólito cotidiano, a los ciclos de la naturaleza y a la persistencia de lo pétreo como signo. En todas, el tono se adecua al objeto: cuando reflexiona, la prosa se vuelve analítica; cuando narra, recobra su tensión musical; cuando describe, se afina en detalles significativos.
Desde mi celda, integrada aquí por nueve cartas, ofrece la perspectiva epistolar de Bécquer. No son misivas circunstanciales, sino ejercicios de mirada y pensamiento en forma de carta, donde el retiro favorece la contemplación, la memoria y el ensayo breve. El paisaje, las lecturas y la experiencia cotidiana se decantan en observaciones que enlazan lo íntimo con lo público, lo sensible con lo intelectual. La forma epistolar confiere un carácter dialogante y confidente al discurso, a la vez que ordena la materia en un curso temporal. Así, el volumen suma un modo de presencia autoral distinto del narrador de las leyendas.
A lo largo de ambos tomos se reconocen constantes temáticas y formales: la atracción por lo desconocido, la tensión entre fe y duda, el amor ideal y su sombra, el poder de la música y del silencio, el agua y la piedra como símbolos, las estaciones y las horas nocturnas. La voz becqueriana rehúye la grandilocuencia y confía en la precisión, la sugerencia y la imagen. Su modernidad radica en esa economía expresiva y en la construcción de atmósferas, rasgos que han asegurado la perdurabilidad de estas páginas en la lectura contemporánea y su presencia constante en el horizonte de la literatura en lengua española.
El carácter de texto completo y el índice activo persiguen facilitar tanto la lectura continua como la consulta puntual. Quien busque un recorrido lineal hallará una secuencia pensada para acumular resonancias; quien prefiera saltar entre motivos, géneros o títulos, encontrará navegación inmediata. Esta edición pretende servir al disfrute estético y al estudio, al lector que entra por primera vez y al que regresa para matizar una interpretación. Reunidas en este orden, las obras no sólo se preservan, sino que dialogan en una polifonía de ecos y correspondencias que refuerza su sentido y confirma su vigencia.
Gustavo Adolfo Bécquer (Sevilla, 1836 – Madrid, 1870) fue uno de los nombres decisivos del posromanticismo español. Poeta de las Rimas y narrador de las Leyendas, reformuló la expresión lírica y la prosa breve con un tono íntimo, musical y sobrio. Su obra, difundida en gran medida a través de la prensa y reunida en colecciones póstumas, dialoga con lo medieval, lo popular y lo sobrenatural sin perder el pulso moderno. En esta colección se agrupan numerosas Leyendas y las cartas “Desde mi celda”, conjunto que permite recorrer la amplitud de su prosa, su sensibilidad histórica y su imaginación simbólica.
Nacido en un entorno ligado a las artes, se formó en Sevilla con inclinación temprana por el dibujo y la lectura de los románticos. A mediados de la década de 1850 se trasladó a Madrid, donde buscó hacerse un lugar en el periodismo y la literatura. Allí asimiló corrientes del romanticismo europeo —con ecos de Heine— y de la tradición española —de Espronceda y Zorrilla—, a la par que afianzaba una prosa clara y un lirismo contenido. La capital le proporcionó redes intelectuales, acceso a imprentas y redacciones, y el marco urbano e histórico que nutre parte esencial de sus textos.
Su actividad periodística fue constante: escribió crónicas, cuadros de costumbres y crítica artística para diarios y revistas, entre ellos El Contemporáneo. En ese ámbito aparecieron piezas que luego integraría en libros. Un hito de su prosa son las cartas “Desde mi celda”, escritas durante una estancia de reposo en el monasterio de Veruela, en Aragón. En ellas combina paisaje, historia local y reflexión íntima, con una mirada atenta a lo cotidiano y a lo legendario. La serie, que en la presente colección se ofrece completa —de la Carta primera a la novena—, evidencia su talento para la observación y la atmósfera.
Las Leyendas constituyen su vertiente narrativa más conocida. En el primer tomo se reúnen relatos donde un narrador sobrio introduce lo extraordinario en escenarios reconocibles. Destacan “Maese Pérez el organista”, “Los ojos verdes”, “La ajorca de oro”, “El rayo de luna”, “La cruz del diablo”, “El Cristo de la calavera”, “La corza blanca”, “La rosa de pasión”, así como “El caudillo de las manos rojas” y “La creación”. Publicadas originalmente en la prensa, estas piezas mantienen un equilibrio entre sugestión poética y trama, y exploran la superstición, el deseo, la culpa y la fuerza del misterio sin recurrir al efectismo.
El segundo tomo amplía ámbitos y motivos, con relatos como “El Monte de las Ánimas”, “El beso”, “La promesa”, “El miserere”, “La cueva de la mora”, “El gnomo”, “Creed en Dios” y “La mujer de piedra”. Completan el conjunto textos de tema histórico y artístico, como “La arquitectura árabe en Toledo”, y otras piezas breves, entre ellas “¡Es raro!” y “Las hojas secas”. La geografía literaria se abre a Soria, Toledo y paisajes castellanos, donde lo legendario y la tradición oral dialogan con una ética de consecuencias y responsabilidades. El estilo, de frase corta y ritmo musical, sostiene la tensión narrativa.
En paralelo a su prosa, Bécquer compuso las Rimas, serie lírica de tono confidencial que circuló en manuscritos y periódicos y quedó fijada tras su muerte. En esos poemas, de dicción depurada y simbólica, indagó en el amor, la inspiración y el silencio, y renovó la métrica con naturalidad musical. Buena parte de su obra se publicó póstumamente, ordenada por amigos y colegas, lo que consolidó la imagen de un autor unitario en voz y temas. La afinidad entre las Rimas y las Leyendas —sugerencia, musicalidad, imaginación— hace de esta colección un panorama coherente de su sensibilidad creadora.
Sus últimos años estuvieron marcados por la precariedad y la inestabilidad política. Desempeñó trabajos en redacciones y ocupó funciones vinculadas a la censura de novelas en la administración, responsabilidades que las convulsiones de 1868 alteraron. Murió en Madrid en 1870, con apenas treinta y pocos años. Poco después, sus amigos editaron sus escritos en volúmenes que difundieron de forma duradera las Leyendas, las cartas “Desde mi celda” y su poesía. La huella de Bécquer se advierte en la lírica española posterior —de Machado a Juan Ramón Jiménez— y permanece vigente por su poder de sugerencia y su modernidad emotiva.
Gustavo Adolfo Bécquer, nacido en Sevilla en 1836 y fallecido en Madrid en 1870, escribe la mayor parte de los textos reunidos en esta colección entre finales de la década de 1850 y los años sesenta, en plena crisis del Romanticismo y en el tránsito hacia nuevas formas realistas. Su obra se alimenta de la inestabilidad política y del auge de la prensa, y reimagina el pasado medieval, la tradición popular y la religiosidad. Tras su muerte, amigos y colegas ordenaron y difundieron sus leyendas, artículos y cartas, fijando un corpus que, como el aquí reunido, testimonia tanto la sensibilidad tardorromántica española como el laboratorio periodístico donde esa sensibilidad se forjó.
Al lector, el Prólogo de la primera edición e Introducción registran la materialidad del siglo XIX: lectura en entregas, diálogo con el público urbano y un mercado literario creciente. Bécquer escribió en periódicos y revistas —prensa diaria e ilustrada— sometidos a leyes de imprenta cambiantes y a vaivenes políticos. El formato seriado condiciona la economía narrativa de piezas como las Leyendas o los artículos de costumbres: entradas cortas, clímax eficaces, y un pacto con el lector que reconoce el placer de lo maravilloso. Esos textos justifican y encuadran el repertorio, revelando su origen periodístico y su aspiración a perdurar en libro.
El trasfondo político abarca el reinado de Isabel II, el Bienio Progresista, la Unión Liberal y la crisis que desemboca en la Revolución de 1868. A esa inestabilidad se suman las huellas de las guerras carlistas y los pronunciamientos. Bécquer trabajó en la administración y en la prensa; la revolución le hizo perder un cargo y reorientar su sustento hacia publicaciones como La Ilustración de Madrid. La ansiedad histórica, las pérdidas y la intermitente censura resuenan en la atmósfera de fatalidad y de sospecha ante la modernidad que atraviesa relatos como El rayo de luna, Los ojos verdes o La cruz del diablo.
La España del XIX vivió una revalorización del patrimonio medieval. Las Comisiones de Monumentos (desde 1844) y los viajeros románticos consagraron ciudades como Toledo, Soria o Sevilla como escenarios de identidad. La arquitectura árabe en Toledo participa de ese movimiento: inventaría formas islámicas, mudéjares y cristianas, y discute su lugar en una historia nacional en construcción. El artículo se inscribe en debates de erudición, turismo incipiente y restauración de monumentos en un siglo marcado por desamortizaciones que habían vaciado conventos e iglesias, al tiempo que la nación buscaba símbolos arquitectónicos para narrarse a sí misma.
Maese Pérez el Organista sitúa su anécdota en la Sevilla devota y musical de Navidad, donde la misa del Gallo convoca a toda la comunidad. La pieza refleja prácticas religiosas populares, jerarquías sociales y un tejido urbano que gira en torno al templo. En un siglo de reformas eclesiásticas y disputas Estado-Iglesia (Concordato de 1851), Bécquer captura el poder social del culto y de la música sacra como experiencia compartida y memoria colectiva. La dimensión sonora —el órgano, la acústica de la iglesia— funciona como archivo vivo de una religiosidad que la modernización no logra desactivar por completo.
Los ojos verdes, El rayo de luna y La corza blanca exploran la frontera entre naturaleza y creencia, en bosques, montes y riberas donde perviven supersticiones. El siglo XIX vio nacer el interés por el folclore, la recopilación de cuentos y coplas y la ciencia positivista; Bécquer contrapone el racionalismo emergente con el encanto y la inquietud del mito. En esos escenarios, a menudo indeterminados pero verosímiles, conviven el prestigio de lo científico y la persistencia de lo numinoso, mientras la mirada romántica convierte el paisaje —sierra, claras de luna, aguas— en interlocutor de pasiones y terrores ancestrales.
Toledo, ciudad palimpsesto, acoge varias leyendas. La ajorca de oro y El Cristo de la calavera se nutren del culto a las reliquias y de códigos de honor en un entorno donde las piedras hablan de cruzadas y cofradías. El beso introduce la memoria de la ocupación napoleónica, episodio traumático de 1808-1814, y mezcla tropa extranjera, arte sacro y sacrilegio para medir fricciones culturales. La rosa de pasión, ambientada en la antigua judería, aborda la herencia de la intolerancia religiosa y los imaginarios de Semana Santa. Así, Bécquer hace del casco histórico un escenario donde se cruzan historia, devoción y violencia simbólica.
El Monte de las Ánimas sitúa su mito en Soria y la festividad de Difuntos, cruce entre calendario litúrgico y memoria caballeresca. La pieza remite a relatos de templarios, cacerías nobles y ruinas que el siglo XIX resignificó como espectáculo romántico. El propio auge del viaje interior —facilitado por carreteras y, cada vez más, por ferrocarril— acercó a lectores urbanos paisajes castellanos percibidos como primordiales. Bécquer convierte ese espacio en teatro de miedos colectivos y tensiones de género, a la vez que registra la persistencia de ritos y leyendas en una España que se urbaniza sin romper del todo con su pasado oral.
El miserere reelabora tradiciones de monasterios norteños y música penitencial. Tras las desamortizaciones de 1836 y 1855, muchos cenobios quedaron arruinados o secularizados, y la cultura monástica se volvió objeto de nostalgia e investigación. La pieza de Bécquer conversa con el interés por el canto llano, los archivos litúrgicos y la memoria sonora de la Semana Santa. No es un tratado musicológico, sino una leyenda que, desde el periodismo cultural, condensa debates sobre patrimonio, autenticidad y el lugar de lo sagrado en una sociedad que institucionaliza museos y archivos mientras pierde prácticas vivas.
La creación y El caudillo de las manos rojas muestran dos horizontes románticos: la especulación cosmogónica y el orientalismo literario. En Europa, lo “oriental” circuló por traducciones, crónicas y relatos de viajeros; la prensa difundía imágenes de religiones y costumbres diversas, a menudo filtradas por estereotipos. Bécquer recoge ese clima lector y articula fábulas donde el exotismo sirve de espejo para inquietudes morales o metafísicas. Al mismo tiempo, la ambición de contar orígenes o mundos remotos convive con una técnica periodística de brevedad y ritmo que acerca lo extraordinario al lector de entregas, sin pretensiones etnográficas.
Creed en Dios y La promesa giran en torno a juramentos, expiación y justicia trascendente. El contexto es una España de recomposición católica tras el Concordato de 1851, con misiones populares, cofradías activas y una moral pública que veía en la palabra empeñada y en las promesas votivas instrumentos de cohesión social. Bécquer dramatiza esos resortes culturales sin convertirlos en tesis doctrinales: registra cómo la devoción estructura sociabilidades, y cómo la duda, la culpa y el miedo operan en comunidades donde el confesionario, la romería o el exvoto articulan la experiencia del tiempo, la enfermedad y la esperanza.
La cueva de la mora, La cruz del diablo y El gnomo cruzan iberismo y Europa folclórica. La figura de la “mora” condensa memorias de frontera medieval; la “cruz” maldita dialoga con tradiciones pirenaicas; el “gnomo” remite a imaginarios germánicos difundidos por traducciones románticas. En el XIX se consolidó la curiosidad por leyendas locales, a la vez que el progreso técnico —telégrafo, ferrocarril— cambiaba ritmos de vida. Las narraciones de Bécquer hacen visible ese desajuste: pueblos que modernizan sus comunicaciones mantienen relatos que ordenan el miedo, la culpa o la propiedad, y dan sentido comunitario a parajes y objetos.
Tres fechas reflexiona sobre la memoria íntima y el calendario social en un siglo que multiplicó aniversarios, efemérides y rituales cívicos. La cultura del recuerdo —almanacs, prensa, conmemoraciones— convivió con la volatilidad de la experiencia urbana. Bécquer aprovecha la sensibilidad pública a las “fechas señaladas” para explorar cómo el tiempo personal se ancla en marcas colectivas. Sin convertirlo en agenda política, el texto participa de una pedagogía sentimental que la prensa fomentó: enseñar a leer la biografía en el reloj de la ciudad y en el santoral, mientras la modernidad organiza la vida mediante horarios, campanas y, cada vez más, estaciones.
Las hojas secas, La mujer de piedra y ¡Es raro! pertenecen a la miscelánea periodística que poblaba los diarios con viñetas morales, sucesos insólitos o estampas urbanas. En una España que acelera su urbanización, introduce alumbrado, ferrocarril y exhibe novedades científicas, estas piezas juegan con lo asombroso cotidiano: un detalle natural, una estatua, un comportamiento fuera de norma. Bécquer convierte lo efímero en signo, y muestra cómo el público se acostumbró a leer pequeños relatos que, sin gran aparato argumental, sugerían debates sobre consumo, espectáculo, credulidad y el fino borde entre fenómeno y explicación.
Desde mi celda (cartas primera a novena), escritas en 1864 desde el monasterio de Veruela, cerca del Moncayo, proyectan una mirada de retiro sobre Aragón rural. El cuadro abarca paisajes, costumbres, ecos de brujería en lugares como Trasmoz y recuerdos de conflictos pasados que aún pesaban en la memoria local. El retiro fue posible por la secularización de los cenobios tras las desamortizaciones; ruinas y soledad se convierten en observatorio de economía campesina, clima, fiestas y supersticiones. La forma epistolar documenta el periodismo literario y la sed de “España interior” de lectores madrileños y sevillanos.
La arquitectura árabe en Toledo, en diálogo con otras notas artísticas del autor, también pertenece a un siglo de manuales, guías e inventarios que fijaron categorías como “mudéjar” o “mozárabe”. Bécquer divulga y poetiza, a la vez que contribuye a nacionalizar el arte islámico integrándolo en un relato español. La intervención institucional sobre templos y sinagogas, la restauración de fachadas y la apertura de archivos daban nuevos usos al pasado. En ese contexto, el artículo no solo describe formas: dialoga con polémicas sobre autenticidad, reapropiación y pedagogía del patrimonio en una ciudad emblema.
Los Canto primero, Canto tercero, Canto cuarto, Canto quinto y Canto sexto evocan una vena baladística que el Romanticismo español heredó de romances viejos y de modelos europeos. En el XIX resurgió el gusto por poemas narrativos de asunto caballeresco o legendario, que circularon en prensa y recitales. Bécquer adapta esa tradición a la concisión moderna, modulando registro épico y tono íntimo. Los cantos no reconstruyen una Edad Media “real”, sino una Edad Media literaria útil para pensar honor, destino y memoria. Funcionan como eslabón entre el romancero y formas posteriores de la lírica narrativa española de fin de siglo y comienzos del XX.....................................................................................
Estas piezas enmarcan el conjunto y exponen la poética de Bécquer: una imaginación romántica sobria, atenta al misterio cotidiano y a la musicalidad de la prosa.
Preparan al lector para una obra donde lo legendario, lo íntimo y lo reflexivo conviven, señalando temas como el amor ideal, la fe y la duda, y la persistencia de lo maravilloso en la vida común.
Poemas de aliento filosófico y visionario, estructurados en cantos, que meditan sobre el origen, el orden del mundo y el lugar del ser humano.
El tono oscila entre lo épico y lo contemplativo, con imágenes cósmicas y un impulso musical que enlaza lo sagrado con lo poético.
La fragmentariedad de los cantos añade un aire de proyecto inacabado, donde la intuición lírica pesa tanto como el argumento.
Conjunto de relatos donde la pasión, la superstición y el deseo convocan irrupciones de lo sobrenatural en escenarios medievales y urbanos.
Desde la mística de la música sacra hasta la fascinación por lo prohibido y los espectros del amor idealizado, cada leyenda explora la frontera entre fe y tentación.
La prosa rítmica, las atmósferas nocturnas y los símbolos —joyas, cruces, miradas, animales y flores— fijan el sello becqueriano de belleza inquietante.
Este bloque profundiza en culpa, voto y transgresión, confrontando el terror gótico con una sensibilidad lírica y sugerente.
Paisajes castellanos, ruinas y noches de difuntos enmarcan episodios de milagro, música y apariciones, donde la emoción humana contrasta con la dureza del destino.
Se impone una economía narrativa que confía en la insinuación y en el crescendo atmosférico, consolidando motivos centrales de la obra de Bécquer.
Tríptico de prosas que muestra el registro ensayístico y costumbrista del autor junto a su vena fantástica.
El artículo sobre Toledo combina descripción artística y mirada romántica, mientras los relatos breves exploran lo insólito y lo melancólico con ironía y concisión.
Predomina la observación precisa que deviene símbolo, puente entre crónica y ensoñación.
Serie epistolar en la que el autor, retirado en un entorno monástico y montañoso, convierte el paisaje en espejo interior.
Las cartas alternan cuadros de costumbres, historia y naturaleza con meditaciones sobre el arte, la salud y el paso del tiempo.
El tono íntimo y contemplativo depura la prosa hacia una musicalidad sobria, marcando una evolución desde lo pintoresco hacia lo simbólico.
Pronto, el 22 de Diciembre, hará siete años que voló a su Creador el espíritu inmortal de Gustavo Adolfo Bécquer.
La primera edición, que editó la caridad, agotose hace un año y el que murió oscuro y pobre es ya gloria de su patria y admiración de otros países, pues apenas hay lengua culta donde no se hayan traducido sus poesías o su prosa.
No es mi propósito hacer nueva enumeración de las desgracias y méritos del escritor. Las primeras se compensan con su gloria; los segundos son ya del dominio frío y severo de la crítica.
Sólo una cosa advertiremos siempre a los lectores de Gustavo: que nada de lo que dejó escribiolo con intención de que formase un libro; y, como dijimos en la primera edición, sus grandes imaginaciones, sus alegatos de merecimiento ante la posteridad, bajaron con él al sepulcro. Calcúlese ahora, por la popularidad y el respeto que su memoria ha alcanzado con fútiles destellos de su preclara inteligencia, a qué altura se hubiera elevado, si la miseria, aguijándole y faltándole la vida, no hubieran sido éstos los cauces imprescindibles de aquel atormentado cerebro.
Dos palabras más sobre Gustavo.
Hay quienes han querido censurarle por su novedad.
Hay muchos que han intentado imitarle.
Ni unos ni otros le han comprendido bien.
Las Rimas de Bécquer no son la total expresión de un poeta, sino lo que de un poeta se conoce. Por consecuencia, el tamaño, carácter y estilo de sus composiciones no tienen más forma que aquella en que estuvieron concebidas y calcadas, y éste es su principal mérito.
Defenderse con el Diccionario, arrebatar el oído con el fraseo de ricas variaciones sobre un mismo concepto, disolver una idea en un mar de palabras castizas y brillantes, cosa es digna de admiración y de elogio; pero confiarse en la admirable desnudez de la forma intrínsica, servir a la inteligencia de los demás la esencia del pensamiento y herir el corazón de todos con el laconismo del sentir, sacrificando sin piedad palabras sonoras, lujoso atavío de amontonadas galas y maravillas de multiplicados reflejos, a la sinceridad de lo exacto y a la condensación de la idea, y obtener únicamente con esto aplauso y popularidad entre las multitudes, es verdaderamente maravilloso, sobre todo en España, cuya lengua ha sido y será venero inagotable de palabras, frases, giros, conceptos y cadencias.
No menos digno de llamar la atención es que el poeta haya conseguido tan rápida celebridad sin tocar en sus fantasías ni en sus realidades nada que directamente excite el interés o las pasiones colectivas de sus contemporáneos.
Como en las de los grandes maestros, en su paleta no figuran más colores que los primordiales del iris, descompuestos en el prisma de la imaginación y del sentimiento; universales, sencillos y espontáneos, sin encenderse al contacto de pasiones políticas o de problemas sociales y religiosos.
Tienen en sí el germen de todo lo ideal; pero sin acomodamiento de época ni dudas, indignaciones o esperanzas de impíos o fanáticos.
No podrá nunca, pues, ser juzgado en tal terreno, y, como esos astros ingentes que parecen chicos porque desde abajo se les mira en un planeta menor, jamás podrá alternar entre el agitado vaivén de los que le examinen, cegados por el polvo de la tierra, o envueltos por la atmósfera de una época dada y los pasajeros brillos de fugaces meteoros.
Esto a los que no han sabido censurarle, lo cual no prueba que le creamos exento de censura.
A los que le imitan, por más que esto honre al poeta tenemos que decir algunas palabras que expresarán conceptos a largo tiempo arraigados en nuestra conciencia.
No creemos en el progreso indefinido de una escuela. Si la historia del arte no lo probara definitivamente con la muerte irreemplazable de sus grandes hombres, lo haría ver la reflexión del buen sentido.
De ningún modo aconsejamos que se dejen de consultar los grandes maestros de la forma, estudiándolos con fe e imitándolos con trabajo en secreto, sin perder nunca de vista la naturaleza para el arte y la moral absoluta para las ideas. Pero de esto a encastillarse en la forma del que primero fue original en ella, hay un gran abismo.
Si alguien es difícil y comprendido para imitado en poesía, es Bécquer.
Como galanura de forma, pureza de dicción y corrección de estilo hay muchos que le aventajen, y éstos son los que deben de imitarse siempre.
Pero lo imposible de imitar en Bécquer es su propio espíritu, su manera de ver, como dicen los pintores, su idiosincrasia, como lo llaman los naturalistas.
En ser Bécquer o no serlo está todo el quid de la dificultad, y creer que se ha conseguido tal propósito encerrándose en su forma y contando el número de sus versos, es no haber realizado nada, si antes no se cuenta con el original tesoro de ideas prácticas y reales que en sus composiciones existe.
Repárese bien que ni al principiar Bécquer una composición ni al terminarla en crescendo, deja de pensar o de sentir algo de general y profundo. De cada cuatro versos suyos puede hacerse una larga poesía descriptiva; pero herir las cuerdas de la idea o del sentimiento en menos palabras, es casi imposible. La idea, pues, sin más adorno que el necesario, como él decía, para poderse presentar decente en el mundo, tiene una importancia real y sólida en sus composiciones. Hacer, por tanto, versos como los suyos, sin hallarse provisto de algo importante, práctico y hondo en el terreno del sentir o del pensar, es querer construir perdurable estatua solamente con la gasa que la envuelve, y lo que consigue entonces quien imita, es quedar indefenso ante el público, resultando valadí, vulgar, pretencioso o vano en el mismo metro y con las mismas líneas que Bécquer, por haber querido narrar lo imposible, es decir, la nada, porque nada había brotado del cerebro del imitante.
De esto resulta una serie de vulgaridades concisas, que por lo mismo son más vulgares aún, o una porción de nebulosidades y misterios, capaces de tener pensando todo un siglo a quien trate de descifrar el enigma.
En una palabra, y aunque se ha repetido mucho Shakespeare lo ha dicho mejor que nadie.
Los imitadores olvidan el ser o no ser del trágico eminente, y al hacerlo caen en ese abismo sin fondo de que nos habla el creador de Hamlet: ¡Palabras, palabras, palabras[1q]!
Nos hemos extendido más de lo que queríamos, pero sentíamos comezón de libertar la memoria de nuestro pobre amigo del ataque de los que no le han comprendido y de complicidad con algunos de sus imitadores.
Cumplida nuestra tarea, sólo nos resta dar en nombre del arte, del público, que lo pedía con ansia y de nuestro pobre amigo, al editor, por esta magnífica edición, ilustrada con el verdadero retrato del autor, no acabado de expirar, como figura en la edición primera, sino lleno de vida y esperanzas, tal como se agitó en el mundo.
Va aumentada esta edición con otros trabajos de Bécquer, que añadirán nuevos quilates a su justa fama, tales cuales Las Cartas a una Mujer, y otros artículos eminentemente literarios, como el prólogo a Los Cantares de su íntimo amigo el Sr. Ferrán.
RAMÓN RODRÍGUEZ CORREA
Gustavo Adolfo Bécquer
Confieso que he echado sobre mis hombros una tarea superior a mis fuerzas. En vano he retardado el momento. La edición está ya terminada; todo el mundo ha cumplido con el deber que impuso una admiración unánime, y las páginas que siguen, donde se contiene todo lo que precipitadamente trabajó en su dolorosa vida mi pobre amigo, sólo aguardan estos oscuros renglones míos para convertirse en una obra que edita la caridad y que el genio de su autor hará vivir eternamente. ¡Póstuma y única recompensa que él puede dar al generoso desprendimiento de sus contemporáneos y amigos! ¡Salga, pues, de mi pluma, humedecido con el tributo de mis lágrimas, antes que el relato de la vida y el juicio de las obras del malogrado escritor, un testimonio de justicia hacia esta generación entre la cual me agito, generación que a riesgo de su vida ahuyenta la muerte de los infectos campos de batalla y da su oro para el libro de un poeta!
Majestades de la tierra, artistas, ingenieros, empleados, políticos, habitantes de la ciudad, de las aldeas escondidas, todos los que en esa larga lista que ante mí tengo, habéis depositado, desde la cantidad inesperada, por lo magnífica, hasta el óbolo modesto, recibid por mi conducto un voto de gracias, a que hacen coro los temblorosos labios de hijos sin padres y de madres sin esposos; pues no sólo habéis salvado del olvido las obras de Bécquer, sino que al borde de su tumba habéis allegado el pan cotidiano que libertará de la miseria a seres desvalidos.
Los encargados de llevar a cabo tal empresa, hubieran tenido un gran placer en poner al frente de la edición los nombres de los que a ella han contribuido; pero la caridad acreciolos tanto, que su inserción hubiera aumentado el gasto notablemente. El distinguido pintor Sr. Casado, a cuya iniciativa, actividad y arreglo se debe casi todo el éxito de la recaudación, publicará en tiempo oportuno, y en unión con los demás amigos que han llevado a término esta obra, las cantidades recibidas y las que se han invertido, para justa satisfacción de todos. No menos alabanza merece el Sr. D. Augusto Ferrán, inseparable amigo del malogrado Bécquer, que no se ha dado punto de reposo en el asiduo trabajo de allegar materiales dispersos, coleccionarlos, vigilar la impresión y demás tareas propias de estos difíciles y dolorosos casos, ayudado del Sr. Campillo, tan insigne poeta como bueno y leal amigo. Hasta aquí, lo que sus admiradores han hecho para perpetuar la memoria del que se llamó en el mundo Gustavo Adolfo Bécquer.
Hablemos de él.
Toda mi vida de poeta, todos los delirios, esperanzas, propósitos y realidades de mi juventud han quedado sin diálogo con su último suspiro. Al extender la muerte su fría mano sobre aquella cabeza juvenil, inteligente y soñadora, mató un mundo de magníficas creaciones, de gigantescos planes, cuyo pálido reflejo son las obras que contiene este libro. Todo su afán era conseguir un año de descanso en la continuada carrera de sus desgracias. Pobre de fortuna y pobre de vida, ni la suerte le brindó nunca un momento de tranquilo bienestar, ni su propia materia la vigorosa energía de la salud. Cada escrito suyo representa o una necesidad material o el pago de una receta. Las estrecheces del vivir y la vecindad de la muerte fueron el círculo de hierro en que aquel alma fecunda y elevada tuvo que estar aprisionada toda su vida. Antes de morir, sospechó que a la tumba bajaría con él y como él, inerte y sin vida, el magnífico legado de sus imaginaciones y fantasías, y entonces se propuso reunirlo en un libro. La muerte anduvo más deprisa, y sólo pudo escribir la introducción con que van encabezados sus escritos, las rimas y el fragmento titulado La Mujer de Piedra, que, además de revelar su poderosa inventiva, lleva el sello de su idoneidad y no común saber en las artes plásticas.
Nació Bécquer en Sevilla el 17 de Febrero de 1836, siendo su padre el célebre pintor e inspirado intérprete de las costumbres sevillanas. A los cinco años de edad quedó huérfano de éste, empezando sus estudios de primeras letras en el colegio de San Antonio Abad, donde permaneció hasta los nueve años, en que entró en el colegio de San Telmo para estudiar la carrera de náutica. A los nueve años y medio viose huérfano de madre, y a los diez salió de dicho colegio por haberse suprimido. A tal edad encargose de Gustavo su madrina de bautismo, persona regularmente acomodada, sin hijos ni parientes, por cuya razón le hubiera dejado sus bienes, a no haber él renunciado a todo por venir a Madrid a los diez y siete años y medio, con el objeto de conquistar gloria y fortuna. ¡Como si en el campo de las letras se hubiera nunca conquistado en España ambas cosas! Quería su madrina hacer de él un honrado comerciante; pero aquel niño, que había aprendido a dibujar al mismo tiempo que a escribir, cuya desmedida afición a la lectura le hacía encontrar horizontes más anchos que el de la teneduría de libros, y que jamás pudo sumar de memoria, sólo encontraba aplausos para sus primeras poesías, lo cual le decidió a vivir de su trabajo, armonizándolo con la independencia de su carácter, y a venir a Madrid, como lo verificó el año 54, sin más elementos que lo necesario para el viaje. Corría el año 56, y entonces llegué también a buscar lo mismo que Gustavo, con quien en los primeros pasos me encontré en el terreno de las letras. Mi carácter alegre y mi salud robusta fueron acogidos con simpatía por el soñador enfermizo, y casi niños, se unieron nuestras dos almas y nuestras dos vidas. Prolijo sería enumerar las peripecias de la suya, monótona en desdichas. El año 57 se vio acometido de una horrible enfermedad, y para atender a ella y rebuscando entre sus papeles, hallé El Caudillo de las manos rojas, tradición india, que se publicó en La Crónica, siendo reproducida, con la singularidad de creerse que el título de tradición era una errata de imprenta; pues todos los que la insertaron en España o copiaron en el Extranjero, la bautizaron con el nombre de traducción india. ¡Tan concienzudamente había sido hecho el trabajo!
Compadecido un amigo de sus escaseces, buscole un empleo modesto, y juntos entramos a servir al Estado en la Dirección de Bienes Nacionales, con tres mil reales de sueldo y con la categoría de escribientes fuera de plantilla. Cito este detalle, porque la cesantía de Gustavo en aquel destino forma un rasgo descriptivo de su carácter soñador y distraído.
Tratose de hacer un arreglo en la oficina, y el Director quiso por sí mismo averiguar la idoneidad y el número de los empleados, visitando para ello todos los departamentos.
Gustavo, entre minuta y minuta que copiaba, o bien leía alguna escena de Shakespeare, o bien la dibujaba con la pluma, y, en el momento en que el Director entró en su negociado, hallábase él entregado a sus lucubraciones. Como sus dibujos eran admirables, ya se habían hecho casos de atención para todos, que se disputaban el poseerlos, aguardando a que los concluyera, mientras seguían con la vista aquella mano segura y firme, que sabía con cuatro rasgos de pluma hacer figuras tan bien acabadas. El Director se unió al grupo, y después de observar atentamente aquel tan raro expediente en una oficina de Bienes Nacionales, preguntó a Gustavo, que seguía dibujando:
-Y ¿qué es eso?
Gustavo, sin volverse y señalando sus muñecos, respondió:
-¡Psch!… ¡Ésta es Ofelia, que va deshojando su corona! Este tío es un sepulturero… Más allá…
En esto observó Gustavo que todo el mundo se había puesto de pie y que el silencio era general. Volvió lentamente el rostro, y…
-¡Aquí tiene usted uno que sobra! -exclamó el Director.
Efectivamente Gustavo fue declarado cesante en el mismo día.
Excuso decir que él se puso muy alegre; pues aquel alma delicada, a pesar de la repugnancia que le inspiraba el destino, lo aceptó por no hacer un desaire al amigo que se lo había proporcionado.
Habíase propuesto Gustavo no mezclarse en política y vivir sólo de sus artículos literarios, cosa imposible en España, por lo escaso de la retribución y lo raro de la demanda; así es que tuvo que alternar los escritos con otros trabajos. De este género son las pinturas al fresco que deben de existir en el palacio de los señores maqueses de Remisa, cosa que ignorará el propietario, pues encargó la obra a un pintor de adorno, que, no sabiendo pintar las figuras, dio un jornal por ellas a Gustavo.
Fundose después El Contemporáneo, y al brindarme con una plaza en su redacción el fundador y mi amigo D. José Luis Albareda, conseguí que también entrase a formar parte de ella el autor de este libro. Entonces escribió la mayor parte de sus leyendas y las Cartas desde mi celda, que causaron admiración grande en los círculos literarios de España.
Para Gustavo, que sólo hallaba la atmósfera de su alma en medio del arte, no existía la política de menudeo, tan del gusto de los modernos españoles. Su corazón de artista, amamantado en la insigne escuela literaria de Sevilla, y desarrollado entre catedrales góticas, calados ajimeces y vidrios de colores, vivía a sus anchas en el campo de la tradición; y encontrándose a gusto en una civilización completa, como lo fue la de la Edad Media, sus ideas artístico-políticas y su miedo al vulgo ignorante le hacían mirar con predilección marcada todo lo aristocrático e histórico, sin que por esto se negara su clara inteligencia a reconocer lo prodigioso de la época en que vivía. Indolente, además, para las cosas pequeñas, y siendo los partidos de su país una de estas cosas, figuró en aquél donde tenía más amigos y en que más le hablaban de cuadros, de poesías, de catedrales, de reyes y de nobles. Incapaz de odios, no puso sus envidiables condiciones de escritor a servicio de la ira, que, a haberlo hecho más positivas hubieran sido sus ventajas y más doradas las cintas de su ataúd. No estando destinado, por lo dulce de su temperamento, a causar el terror de nadie, ni apto su carácter noble para la adulación o la asiduidad del servilismo, condiciones que sustituyen con ventaja y provecho propio a la acometividad y energía. Gustavo no podía hacer gran papel entre las revueltas, distingos, escándalos, exhibiciones y favoritismos de los que, salvando rarísimos ejemplos, forman la mayoría de los afortunados en política, con relación a los bienes materiales; y hecho fiscal de novelas, desempeñó su destino lo mejor que pudo, haciendo dimisión tan luego como cayó del poder la persona que había firmado su nombramiento, el excelentísimo Sr. D. Luis González Bravo, artista como pocos y apreciador sincero y leal del mérito de Gustavo.
El año 62, su hermano Valeriano, célebre ya en Sevilla por sus producciones pictóricas, vino a reunirse y a vivir con él, como en los años de su niñez trabajosa. Después de graves disgustos domésticos que ambos experimentaron, cesante el poeta, el pintor sin la pensión, que devolvía en magníficos cuadros de costumbres al Ministerio de Fomento, la muerte comenzó a prepararles un recibimiento tan ingrato y oscuro como el que tuvieron en los primeros pasos de su vida. Volvieron los ímprobos trabajos de los primeros días, el malestar de la hora presente, la cruel incertidumbre de lo cercano; pero la desdicha tenía que habérselas con veteranos de sus rigores. Ambos hermanos unieron sus esfuerzos, y mientras el uno dibujaba admirablemente maderas para Gaspar y Roig o La Ilustración de Madrid, el otro traducía novelas insulsas o escribía artículos originales, como el de Las hojas secas, contentos con vivir juntos llevar pan a sus tiernos hijos, hablando el pintor de sus futuros cuadros, para cuando tuviera lienzos, y el poeta de sus grandiosas concepciones, para verlas realizadas cuando la perentoria necesidad del día no fuese precipitado final de sus ensueños.
Una de las formas que más complacen a la Desgracia, entre el sinnúmero de sus horribles disfraces, es la de la Felicidad. Como el tigre con su presa, parece jugar con sus víctimas; y cuando el golpear de sus fatales hábitos ha embotado las sensaciones, semeja abandonar a los que atormenta, y siempre acechando, deja que se olviden de ella, permite que el bienestar se introduzca temeroso aún en su morada, que los sueños color de rosa acaricien tímidas fantasías; y cuando ya el mortal, objeto de sus odios, creese libre de sus ultrajes, tiende de pronto su garra certera y pone fin con un tormento inesperado e irremediable a todas las agonías, helando en los labios la sonrisa de aquellos que ya empezaban a regocijarse con su huida.
Esto aconteció en la morada de los hermanos Bécquer. Cuando ya habían conseguido unificando esfuerzos, organizar modesta manera de vivir; cuando un porvenir artístico e independiente les sonreía; cuando el trabajo comenzaba a ser en aquella casa de sosiego del precavido y no la precipitación del destajista; cuando ya se podía retratar a un amigo por obsequio y escribir una oda por entusiasmo, la muerte de Valeriano tiñó de luto el alma de sus amigos y contaminó con su frío el corazón de Gustavo, siéndole tanto más sensible el golpe, cuanto más refractario era aquel espíritu ideal a la seca verdad del no ser.
Herida sin cura aquel alma fuerte, pronto había de destruirse la débil materia que, a duras penas la había contenido. El 23 de Septiembre del año 70 dejó de existir Valeriano. El 22 de Diciembre del mismo año exhaló Gustavo su último suspiro.
¡Extraña enfermedad y extraña manera de morir fue aquélla! Sin ningún síntoma preciso, lo que se diagnosticó pulmonía, convirtiose en hepatitis, tornándose a juicio de otros en pericarditis; y entre tanto el enfermo, con su cabeza siempre firme y con su ingénita bondad, seguía prestándose a todas las experiencias, aceptando todos los medicamentos y muriéndose poco a poco.
Llegó por fin el fatal instante, y pronunciando claramente sus labios trémulos las palabras ¡TODO MORTAL[2q]!… voló a su Creador aquel alma buena y pura, dotada de tan no comunes facultades artísticas, que yo, pudiendo apreciar por el continuado trato las mayores capacidades literarias de mi época, no vacilo en asegurar que ninguna he visto dotada a un tiempo de tantas condiciones creadoras, unidas a un gusto tan exquisito y elevado.
Aunque, como se verá después en el rápido examen que de sus obras haga, deja impreso en ellas lo bastante el carácter del genio para que se le señale un puesto entre nuestros escritores y poetas, los que le conocíamos admirábamos a Gustavo, más por lo que esperábamos de él que por lo que había hecho. Puede decirse que todo lo que concibió está escrito al volar de la pluma, sin recogimiento previo de las facultades intelectuales, y entre la algazara de redacciones de periódicos o bajo el influjo de premiosos instantes. Esto mismo, que ve la luz pública tal cual lo hemos hallado, no pensaba él publicarlo sin corregirlo antes cuidadosamente, porque lo había escrito deprisa y como para que no se le olvidasen asuntos e ideas que no le parecían malos.
En cada punto de España que había visitado durante su vida artística, había levantado su fantasía poderosa, unida a su nada común saber, un mundo de tradiciones y de historia, sólo con ver brillar el bordado manto de santa imagen, o leyendo apenas una inscripción borrosa en oscuro rincón de arruinada abadía. Esto explica su estancia en el monasterio de Veruela, sus correrías por las provincias de Ávila y de Soria, y las idas y venidas a Toledo, donde vivió un año, y en donde estuvo tres días veinte antes de morir. Para él Toledo era sitio adorado de su inspiración; y la primera vez que con su hermano fue a visitarle, ocurrioles un suceso por demás extraño.
Una magnífica noche de luna decidieron ambos artistas contemplar su querida ciudad, bañada por la fantástica luz del tibio astro. Armado el pintor de lápices y el poeta-arquitecto de recuerdos, abandonaron la vetusta corte, y sobre arruinado muro entregáronse horas enteras a su charla artística, que puede el lector apreciar cuán interesante e instructiva sería leyendo los artículos sobre el Arte árabe en Toledo, La basílica de Santa Leocadia y La historia de San Juan de los Reyes, hecha por Gustavo en la magnífica obra que con el título de Historia de los Templos de España, comenzó a publicarse en Madrid por los años 57 y 58, bajo su dirección y propiedad; obra grandiosa, imaginada por él, y que, a haberse continuado, sería la mejor y más a propósito para hacer la crónica filosófica, artística y política de nuestra patria.
Hallábanse departiendo los hermanos, cuando acercose una pareja de Guardias civiles, que por aquellos días, sin duda, andaban a caza de malhechores vecinos. Algo oyeron de ábsides, de pechinas, de ojivas y otros términos a la cual más sospechosos y enrevesados, unido a disertaciones sobre el género plateresco de Berruguete y Juan Gúas, sobre el artificio de Juanelo, etc., y examinando el desaliño de los que tal hablaban, sus barbas luengas, sus exaltados modales, lo entrado de la hora, la soledad de aquellos lugares, y obedeciendo, sobre todo, a esa axiomática seguridad que tiene la policía de España para engañarse, dieron airados sobre aquellos pajarracos nocturnos, y a pesar de protestas y de no escuchadas explicaciones, fueron éstos a continuar sus escarceos artísticos a la dudosa y horripilante luz de un calabozo de la cárcel de Toledo. También el gobernador debía aguardar por aquellas cercanías la visita de temidos conspiradores, cuando, al amanecer, los delincuentes honrados continuaban en su mazmorra.
Supimos todo esto en la redacción de El Contemporáneo, al recibir una carta explicatoria de Gustavo; toda llena de dibujos representando los detalles de la pasión y muerte probable de ambos justos. La redacción en masa escribió a los equivocados carceleros, y, por fin, vimos entrar sanos y salvos los presos parodiando ante nosotros con palabras y lápices las famosas prisiones de Silvio Pellico. ¿Quién en aquellos ojos brillantes, risas estripitosas y sorprendentes facilidades para todo lo que era expresión de cualquier arte, hubiera podido predecir estéril e inoportuna muerte?
Tal fue la vida de Gustavo. Diré algo sobre sus costumbres y carácter antes de hablar del escritor, porque esto que llamaré prólogo va haciéndose pesado, aunque los lectores buenos me lo dispensarán. Paréceme al escribirlo que estoy hablando con algo suyo; que al estampar cada frase en su alabanza, su infantil modestia se subleva, y que a cada error de estilo o grosería de lenguaje míos, sus nervios artísticos se crispan y su voz cariñosa me riñe, como otras veces, por mis innumerables descuidos y mi prisa en entregarme a la pereza.
Gustavo era un ángel. Hay dos escritores a quienes en la vida he oído hablar mal de nadie. El uno era Bécquer, el otro es Miguel de los Santos Álvarez. Si a alguien se satirizaba injustamente, él lo defendía con poderosos argumentos; si la crítica era justa, un aluvión de lenitivos, un apurado golpe de candoroso ingenio o una frase compasiva y dulce cubría con un manto de espontánea caridad al destrozado ausente. Alguna vez escribió críticas. No hemos querido insertarlas; pues, cuando cumpliendo alguna misión las hacía de encargo, a cada línea protestaba de lo que censurando iba, y era de ver su apuro, colocado entre el sacerdocio de la verdad y del arte, y la mansedumbre de su buen corazón. Si desde el cielo, en que de seguro habita, pues no es dado hallar infierno en otra vida al que en la tierra le tuvo, tiende los ojos sobre este libro, sólo hallará en él lo que escribió sin remordimientos de su bondad.
La fecundidad e inventiva de Gustavo eran prodigiosas, y puede decirse que esto perjudicó a la importancia de sus escritos. Su manera de concebir no era embrionaria, sino clara, metódica y precisa, tanto, que a sus imaginaciones sólo faltaba un taquígrafo; pero encariñado con ellas y no queriéndolas escribir con la precipitación del oficio, sino con el reposo del artista, íbalas dejando para cuando pudiera conseguirlo.
A fin de poseer el sustento, escribió mucho y en géneros diferentes, como zarzuelas, traducciones, artículos políticos y de crítica, un tomo sobre Los Templos de España, y tenía meditadas y bosquejadas, a la manera que antes he dicho, multitud de obras, cuyos títulos sólo revelan facultades extraordinarias.
Para el teatro tenía concebidas, sin que faltara el más pequeño detalle, las obras siguientes: El cuarto poder, comedia. -Los hermanos del dolor, drama. -El duelo, comedia. -El ridículo, drama. -Marta, poema dramático; -¡Humo!, ídem.
Entre las novelas encuentro en sus apuntes los títulos que siguen: Vivir o no vivir. -El último valiente y El último cantador, de costumbres andaluzas. -Herrera. -Crepúsculos. -La conquista de Sevilla.
En fantasías y caprichos, los que siguen: El rapto de Ganimedes, bufonada. -La vida de los muertos, leyenda fantástica. -La Diana india, estudio de la América. -La amante del sol, estudio griego. -La Bayadera, estudio indio. -Luz y nieve, estudio de las regiones polares.
Tenía perfectamente ideadas las siguientes leyendas toledanas: El Cristo de la Vega, pintando un judío. -La fe salva. -La fundadora de conventos. -El hombre de palo, estudio sobre Juanelo. -La casa de Padilla, ocurrido sobre el solar abandonado. -La salve. -Los ángeles músicos. -La locura del genio, estudio sobre el Greco. -La lepra de la infancia, estudio sobre el Condestable de Borbón.
Lo primero que pensaba escribir a conciencia, según decía, era un poema en cuatro cantos, titulado Las estaciones.
Además tenía proyectadas y hasta versos hechos, de las siguientes poesías, que cada una había de formar un libro, a saber: La oración de los reyes. -Los mártires del genio, poemas sobre los dolores de los hombres famosos. -Las tumbas, obra artística y poética; meditaciones sobre las sepulturas célebres. -Un mundo, poema sobre el descubrimiento de las Américas; y otros títulos y otros planes que la muerte ha encerrado con él en la tumba y cuya historia se haya escrita brevemente en el magnífico prólogo, original suyo, que a éste mío sigue, donde se hallan indicados la sospecha de su muerte y el martirio que tantas creaciones, a las que sólo faltaba un poco de actividad sosegada para ser reales, causaban en aquel cerebro tan potente y seguro.
Todas las obras que contienen estos tomos han sido escritas, como ya he dicho, sin tomarse más tiempo para idearlas, que aquel que tardaba en dibujar con la pluma lo que había de describir o ser objeto de su inspiración; y era de ver los primores de sus cuartillas, festoneadas de torreones ruinosos, mujeres ideales, guerreros, tumbas, paisajes, esqueletos, arcos, guirnaldas y flores. Rara era la carta que salía de su mano sin ir llena de copias de lo que veía o caricaturas admirables sobre lo que narraba.
Ni de su triste vida, ni de sus dolores físicos, quejábase nunca ni maldecía jamás. Mudo cuando era desgraciado, sólo tenía voz para expresar un momento de alegría. Cuando refería contrarios sucesos de su vida, lo hacía entre burlas o poetizando alegre y simpáticamente la desgracia. Así es que cuando leí sus Rimas me afectaron profundamente. La única vez que exhalaba quejas lo hacía en verso, y era que en aquella naturaleza artística, hasta el grito del dolor había de escucharse sin vulgaridad, y semejante a los gladiadores antiguos que dejaban caer con gracia el moribundo cuerpo, él no dejaba ver su lacerado espíritu, sino envuelto entre las elegantes formas del plasticismo sevillano, pura y rígida escuela a que sólo ha faltado ser más subjetiva y franca para ser perfecta.
Tal era el hombre. Ocupémonos por fin del escritor y del poeta.
Llegado a este punto, preciso es que abandone el alto criterio que las deslumbradoras facultades de Gustavo y la especialidad de su trato habían engendrado en mis juicios, para examinar el conjunto de obras que nos lega; las cuales, a pesar de no ser aquellas en que yo fundaba mi segura confianza, forman, sin embargo, un conjunto que basta a dar idea fija de su importancia en el terreno de nuestra literatura.
Sin entrar todavía en el campo de las relaciones, basta abrir esta obra por cualquiera de sus páginas para sentir en el mismo instante el ánimo agradablemente sorprendido, encontrándole fuera de esa atmósfera de lo vulgar, que tantos se afanan por romper, domeñando, sobre todo en España, la dificultad del lenguaje para expresar lo ideal y analítico del sentir moderno. Aunque Gustavo, cuando escribía en reposo, jamás olvidaba que su cuna literaria se había mecido en la patria de Herrera, Rioja, Mármol y Lista, como quiera que es un escritor eminentemente subjetivo, jamás deben desligarse en el análisis para su crítica la forma y la idea, dueña casi siempre ésta de aquélla, la una dictando, obedeciendo la otra. En el fondo de sus escritos hay lo que podría llamarse realismo ideal, único realismo posible en artes, si no han de ser mera imitación de la naturaleza o anacronismo literario y han de llevar el sello de algo, creado por el artista. Sorprende a veces su semejanza con ciertos autores alemanes, a quienes no había leído hasta hace muy poco, y a los que se parece, porque sus producciones están pensadas y escritas con la razón y la imaginación, que son en aquéllos inseparables y como dos buenas hermanas entre las que no hay secretos ni odios, reinando siempre armonía inalterable, producto del largo uso de la libertad de conciencia. Vese en Gustavo dominar siempre la idea a la forma, por más que ésta sea brillante y riquísima y oculte en apariencia a aquélla primorosamente; pues artista verdadero, es decir, hombre de sentimiento que atisba y oye repetirse dentro de su ser en mil ecos cualquier sensación externa, sabe permanecer siempre dentro del arte, o sease de lo bello, de lo bueno, de lo simpático, de lo sublime que casi todos fantaseamos aunque necesitemos las más de las veces que alguien, el genio, nos lo enseñe y explique para comprenderlo y precisarlo. Como todos los autores de estima, es Gustavo revolucionario, es decir, innovador y creador, amante de la verdad. En sus escritos tiende más a conmover que a enseñar; porque el tiempo y la razón a él y a aquéllos han demostrado que despertar los sentimientos que duermen en el fondo del alma es dar a los hombres la mejor enseñanza, llevándolos por el camino de lo bello (en cualquier sentimiento fingido no hay belleza), a cuyo término está la única moral, la moral subjetiva, por decirlo así, la que se desprende de todas las sensaciones que han agitado una vida. Todo hombre que siente, esto es, que puede conmoverse profundamente, está en vías de perfeccionarse y de llegar a la verdadera moral; la moral, que a mi juicio es la vida de la idea, la Oda del cuerpo y del alma que viven en paz y armonía.
