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Las "Obras completas de Gustavo Adolfo Bécquer" son un compendio que reúne la esencia de la producción literaria de uno de los más estimados poetas y narradores del Romanticismo español. Su estilo se caracteriza por un lirismo melancólico y una profunda introspección emocional, donde la belleza se entrelaza con el sufrimiento. La obra, compuesta por poesías, leyendas y cartas, refleja un contexto literario en el que Bécquer, influenciado por la crisis romántica y la búsqueda de lo sublime, explora temas como el amor, la muerte y lo sobrenatural, utilizando una prosa que varía entre la simpleza y la musicalidad, en una forma de expresión íntima e introspectiva. Gustavo Adolfo Bécquer, naciendo en 1836 en Sevilla, se distancia de las convenciones de su tiempo, impulsado por sus experiencias personales, tales como la muerte de su madre y su desamor. Su vida, marcada por dificultades económicas y enfermedades, motivó su búsqueda literaria, que se manifiesta en la creación de un mundo onírico y fantasioso, logrando capturar la esencia del alma humana en su complejidad. Es un reflejo de su tiempo y su lucha por encontrar significado en un mundo que a menudo se le mostraba hostil. Recomiendo fervientemente la lectura de las "Obras completas de Gustavo Adolfo Bécquer" a todos aquellos interesados en la literatura española y en la exploración de emociones profundas. Este conjunto de obras no solo invita a la reflexión sobre la naturaleza del amor y el sufrimiento, sino que también ofrece un viaje estético a través de la fragilidad y la belleza de la existencia humana, convirtiéndose en un referente ineludible para los amantes del romanticismo. En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura: - Una Introducción amplia expone las características unificadoras, los temas o las evoluciones estilísticas de estas obras seleccionadas. - La Biografía del Autor destaca hitos personales e influencias literarias que configuran el conjunto de su producción. - La sección de Contexto Histórico sitúa las obras en su época más amplia: corrientes sociales, tendencias culturales y eventos clave que sustentan su creación. - Una breve Sinopsis (Selección) oferece uma visão acessível de los textos incluidos, ajudando al lector a seguir tramas e ideias principais sin desvelar giros cruciais. - Un Análisis unificado examina los motivos recurrentes e los rasgos estilísticos en toda la colección, entrelazando las historias a la vez que resalta la fuerza de cada obra. - Las preguntas de reflexión animan a los lectores a comparar las diferentes voces y perspectivas dentro de la colección, fomentando una comprensión más rica de la conversación general. - Una selección curada de citas memorables muestra las líneas más destacadas de cada texto, ofreciendo una muestra del poder único de cada autor.
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Veröffentlichungsjahr: 2023
Esta edición, Obras completas de Gustavo Adolfo Bécquer (texto completo, con índice activo), reúne en dos tomos un núcleo esencial de su prosa y su verso: la serie de Leyendas, piezas en canto y meditaciones poéticas, un artículo de arte y el ciclo epistolar Desde mi celda, además de sus textos liminares. El propósito es ofrecer un acceso integral y navegable a un conjunto que fijó una sensibilidad literaria decisiva. El índice activo permite transitar por obras, motivos y atmósferas, tanto en lectura continua como por saltos temáticos, sin perder la continuidad ni el orden interno que Bécquer proyectó para sus relatos y escritos de reflexión.
Figura capital del Romanticismo español, Bécquer elevó la prosa breve a un territorio de musicalidad y sugerencia que trasciende la anécdota. Su imaginación funde lo popular y lo culto, el rumor de la tradición y la mirada moderna, hasta construir una poética del misterio que rehúye lo enfático y privilegia lo insinuado. En estas páginas se reconoce su sello: una voz cercana y elegante que convoca escenarios, símbolos y emociones con economía de medios. El conjunto demuestra cómo su narrativa legendaria y su escritura reflexiva comparten un idéntico impulso: buscar, en lo visible, la huella de lo invisible.
El Tomo Primero se abre con Al lector, el Prólogo de la primera edición y una Introducción que sitúan al lector ante el programa estético y moral de la colección. No son meros umbrales editoriales: ofrecen claves de lectura, precisan la relación con la tradición oral y señalan la voluntad de conciliar historia, fantasía y observación. A continuación, las Leyendas despliegan su inconfundible arquitectura: relatos breves, de atmósfera intensa, en los que una voz testigo reconstruye hechos transmitidos o vividos, y cuya verosimilitud nace tanto del detalle concreto como de la dosificación de lo sobrenatural.
Entre las Leyendas de este primer tomo destacan piezas que han arraigado en la memoria lectora. Maese Pérez el Organista entrelaza música, devoción y noche; Los ojos verdes explora la atracción por una presencia esquiva junto a una fuente; La ajorca de oro enfrenta deseo y sacralidad en un templo; El caudillo de las manos rojas mira hacia un oriente fabuloso para pensar la culpa. En todas, el suceso extraordinario se enuncia desde la cercanía del narrador, con un ritmo que prepara la aparición de lo insólito y deja abiertas zonas de sombra que el lector completa.
El volumen incluye además composiciones como La creación y una serie de Cantos que, sin renunciar a la narración, acercan la voz de Bécquer a una respiración poética. Allí late una reflexión sobre el origen, la belleza y el anhelo, en diálogo con motivos que reaparecen en las Leyendas: el claro de luna, las ruinas, la huella de una cruz, la señal de fechas decisivas, la imagen de una calavera que interroga, la metamorfosis como enigma. Estas piezas consolidan su lenguaje simbólico y muestran cómo su prosa se nutre de procedimientos de la lírica para intensificar la emoción.
El Tomo Segundo prosigue el ciclo legendario con relatos memorables. Creed en Dios propone una encrucijada moral; La promesa se organiza en torno a un voto que atraviesa el tiempo; El beso se asoma al poder perturbador de una imagen; El Monte de las Ánimas sitúa la imaginación en una noche señalada; La cueva de la mora recoge una tradición de frontera; El gnomo habita el territorio de lo fantástico; El miserere acompaña la búsqueda de una música imposible. Cada leyenda inicia desde una premisa clara y cotidiana para, paso a paso, abrirse a lo extraordinario.
Junto a las leyendas, el tomo incorpora La arquitectura árabe en Toledo, artículo que revela el interés de Bécquer por el patrimonio artístico y la lectura histórica de la ciudad. Se suman prosas breves como ¡Es raro!, Las hojas secas y La mujer de piedra, que comparten la curiosidad por lo insólito, el apunte de costumbres y la capacidad de convertir una escena mínima en materia literaria. El conjunto muestra la versatilidad del autor en géneros limítrofes: crónica, ensayo de arte, cuento de atmósfera y viñeta, siempre con la misma precisión verbal y la misma sensibilidad.
Culmina el tomo con Desde mi celda, serie de nueve cartas escritas durante un retiro en un monasterio. En ellas, la mirada se posa sobre el paisaje, las estaciones, la vida cotidiana y las gentes del entorno, al tiempo que el autor medita sobre literatura, arte y memoria. Este epistolario, por su tono entre íntimo y observacional, dialoga con las Leyendas desde un ángulo distinto: donde aquellas tensan la realidad hacia el misterio, estas cartas restituyen la densidad de lo real, sin renunciar a la música de la frase ni a la delicadeza del detalle.
El conjunto de obras aquí reunidas comparte temas reconocibles que actúan como hilo conductor: la lucha entre razón y superstición, el deseo que roza el peligro, la fe y sus signos, el peso del pasado en el presente, la naturaleza como teatro de revelaciones. La música —órganos, cantos, silencios— atraviesa narraciones y cartas como metáfora del anhelo. Bécquer no impone certezas: propone una mirada que se detiene en el borde, donde lo explicable roza lo imposible, y confía en la inteligencia del lector para completar las zonas de indeterminación.
Estilísticamente, la prosa de Bécquer es sobria y luminosa. Funde precisión y sugerencia, evita lo retórico, privilegia la imagen justa y el ritmo cadencioso. Su sintaxis, de respiración musical, sostiene escenas breves de gran densidad emotiva. Abundan símbolos —agua, piedra, sombra, luna, campanas— que, reapareciendo en contextos diversos, crean una red de resonancias. La técnica del marco —relatos oídos, documentos hallados, testimonios— aporta verosimilitud, mientras la elipsis y el final abierto preservan el temblor del enigma, incluso cuando la anécdota parece concluir.
La relevancia perdurable de estas obras se explica por su equilibrio entre tradición y modernidad. Las Leyendas contribuyeron a fijar una forma hispánica del relato fantástico y poético, de enorme influencia editorial y escolar. El artículo toledano dialoga con la conciencia patrimonial, y el ciclo epistolar ofrece un documento de sensibilidad y paisaje que sigue interpelando al lector contemporáneo. En todos los casos, la brevedad, la claridad de la premisa y la intensidad atmosférica facilitan múltiples lecturas y relecturas, tanto estéticas como éticas, sin depender de claves eruditas para conmover y perdurar.
Esta edición presenta el texto completo de las obras incluidas y facilita su consulta gracias a un índice activo que permite navegar por títulos, motivos y secciones. Se invita a leer de forma lineal, para apreciar el crescendo de ecos internos, o a recorrerla por núcleos de interés —música, fe, naturaleza, arte—, confiando en la cohesión que el propio autor imprimió al conjunto. Sin adelantar desenlaces, esta introducción solo propone un mapa de aproximación: la experiencia de lectura, inevitablemente personal, terminará de revelar la unidad secreta que Bécquer supo dar a sus páginas.
Gustavo Adolfo Bécquer (Sevilla, 1836–Madrid, 1870) es una de las voces decisivas del Romanticismo tardío en lengua española. Poeta, narrador y periodista, renovó la prosa y la lírica con un tono íntimo, musical y reflexivo que se apartó del énfasis declamatorio dominante en su época. Su nombre se asocia sobre todo a un conjunto de rimas y a un ciclo de leyendas publicadas en prensa, donde fundió lo maravilloso, la tradición y el paisaje peninsular. La presente colección de dos tomos reúne esa vertiente narrativa y ensayística, clave para entender la sensibilidad becqueriana y su influencia perdurable en la literatura hispánica. Figura puente entre el Romanticismo y corrientes posteriores, abrió camino a una modernidad expresiva basada en la sugerencia.
Nacido y criado en Sevilla, se formó en un ambiente de artes visuales y letras, con lecturas de la tradición romántica europea y española. Muy joven empezó a escribir y a colaborar en periódicos y teatros locales, aprendizajes que definieron su prosa viva y escénica. A mediados de la década de 1850 se trasladó a Madrid, donde continuó su formación práctica en la prensa, la crítica y la escritura por entregas. Su sensibilidad estética, atenta a lo legendario, a la música y al misterio, y su interés por el folclore y la historia artística de España, nutrirían después sus relatos.
En Madrid alternó encargos periodísticos con proyectos literarios personales. Publicó sus leyendas en diarios y revistas, depurando una prosa poética que explora el borde entre lo real y lo sobrenatural. En ellas el narrador dialoga con tradiciones orales y con escenarios reconocibles, modulando una atmósfera de sugestión antes que de descripción minuciosa. Esa estrategia, que privilegia lo insinuado, consolidó su estilo característico. La recepción fue gradual pero sostenida: los textos se recortaron, reimprimieron y circularon en colecciones diversas, fijando un corpus que la presente edición ordena en tomos y secciones, con paratextos como Al lector, Prólogo e Introducción.
El Tomo Primero recoge un conjunto emblemático. Leyendas como Maese Pérez el Organista sitúan la música como eje de lo prodigioso; Los ojos verdes o El rayo de luna exploran la fascinación y el espejismo; La ajorca de oro y La cruz del diablo indagan en la superstición y la culpa; El Cristo de la calavera, La corza blanca y La rosa de pasión cruzan fe, deseo y violencia ritual. Figura también El caudillo de las manos rojas y piezas como Tres fechas. Se añaden La creación y varios Cantos, que muestran una veta meditativa de alcance filosófico y simbólico.
El Tomo Segundo expande el mapa de escenarios y motivos. En El Monte de las Ánimas y El miserere, Soria y la tradición musical sacra articulan lo espectral; La promesa y El beso desarrollan pactos y reliquias que comprometen el destino; Creed en Dios propone una fábula moral; La cueva de la mora, El gnomo y La mujer de piedra reescriben motivos legendarios europeos en clave hispana. La arquitectura árabe en Toledo combina mirada histórica y sensibilidad estética. Junto a estos relatos conviven piezas breves como ¡Es raro! y Las hojas secas, en las que afloran el detalle urbano y el apunte costumbrista.
Desde mi celda (cartas primera a novena) prolonga esa sensibilidad desde la experiencia vital. Escrito durante su estancia en el entorno del Monasterio de Veruela, el ciclo combina crónica, contemplación de la naturaleza y reflexión literaria, con notas de intimidad y convalecencia. Las cartas ordenan un paisaje físico y moral que ilumina el trasfondo de las leyendas: ruinas, campanas, estaciones, silencios. A la vez, muestran al prosista atento a la materia social y artística de su tiempo, afinada en prosas como La arquitectura árabe en Toledo, o en cuadros breves —por ejemplo, ¡Es raro!— que revelan su oído para lo cotidiano.
Los últimos años del autor transcurrieron entre responsabilidades periodísticas, dificultades materiales y la inestabilidad política de su tiempo. Falleció en 1870, con parte de su obra dispersa en la prensa; amigos y colaboradores promovieron ediciones póstumas que consolidaron su reputación. Su legado se reconoce en la perduración de las Leyendas y en la influencia de sus rimas, cuya musicalidad íntima y dicción sobria marcaron a generaciones posteriores. Hoy se lo lee como un clásico que, con medios expresivos económicos y una imaginación de raíz popular, abrió vías a la modernidad literaria española y a una sensibilidad simbólica aún vigente.
Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870) escribe la mayor parte de los textos reunidos en esta colección entre mediados de la década de 1850 y finales de la de 1860, en plena transición del Romanticismo a una sensibilidad posromántica. La obra abarca leyendas, crónicas, críticas de arte y cartas, en diálogo con una España que moderniza infraestructuras y prensa mientras convive con fuertes herencias medievales y barrocas. Los dos tomos permiten seguir una trayectoria que va del experimento estético y el rescate de tradiciones al comentario cultural desde la experiencia periodística. El conjunto refleja una época inestable, de búsquedas espirituales y avances materiales simultáneos.
El reinado de Isabel II (1833-1868) estuvo marcado por alternancias políticas, reformas y conflictos, pero también por la expansión de periódicos y revistas ilustradas. En ese ecosistema se publicaron muchas leyendas y artículos de Bécquer, y en él cobran sentido piezas paratextuales como Al lector y el Prólogo de la primera edición, que explican condiciones de producción, circulación y recepción del texto breve. La prensa seriada favoreció historias autónomas, episódicas y de tono evocador, adecuadas al nuevo público urbano alfabetizado. Al mismo tiempo, la religiosidad popular y la sensibilidad católica condicionaron temas y símbolos que aparecen de modo recurrente en su prosa.
La Introducción, La creación y los Cantos evidencian el horizonte intelectual de un escritor que asimila el Romanticismo europeo —medievalismo, subjetividad, misterio— y lo filtra por una reflexión metafísica. A mediados del siglo XIX, el progreso científico y técnico convivía con preguntas sobre origen, destino y trascendencia. Bécquer convierte esa tensión en materia poética: la naturaleza como altar, el arte como vía de conocimiento y el mito como lenguaje de verdades íntimas. Estas piezas dialogan con corrientes contemporáneas que privilegiaron la interioridad y la sugerencia frente a la declamación épica que había dominado décadas anteriores en España.
Las Leyendas responden a un movimiento más amplio de recuperación de tradiciones locales y relatos orales, alentado por la etnografía incipiente y la curiosidad romántica por lo “popular”. Suelen situarse en paisajes históricamente cargados y en fiestas del calendario litúrgico. Maese Pérez el Organista, ambientada en Sevilla y vinculada a la misa de gallo, transforma la devoción y la música sacra en misterio estético. La circulación festiva y el espacio catedralicio muestran el peso social de la Iglesia, incluso mientras avanzaban la secularización administrativa y la reorganización del patrimonio eclesiástico durante el siglo XIX.
Los ojos verdes, El rayo de luna y La ajorca de oro exhiben el choque entre percepción racional y fascinación por lo inexplicable. En la España de ferrocarriles, telégrafos y escuelas normales, persistían supersticiones y creencias arraigadas que convivían con la modernidad. Estas narraciones sitúan el deseo, la visión y el engaño en escenarios naturales y monumentales para interrogar los límites del conocimiento. El tono elegíaco y la ambigüedad final reflejan una sensibilidad que cuestiona certezas ilustradas sin renunciar a la observación del mundo, iluminando el clima intelectual de una sociedad que avanza sin olvidar sus sombras.
El caudillo de las manos rojas introduce un exotismo acorde con la moda orientalista que recorrió Europa en el siglo XIX. Aunque España no lideró entonces grandes expediciones asiáticas, su prensa siguió con interés acontecimientos internacionales, y la literatura exploró escenarios remotos como laboratorio moral y estético. La “India” de la narración funciona como espejo de pasiones universales y como prueba del gusto por lo raro y lo antiguo. Este desplazamiento geográfico no abandona, sin embargo, los dilemas centrales del periodo: culpa, destino y redención, temas que Bécquer resignifica con una prosa de impronta legendaria.
La cruz del diablo, Tres fechas y El Cristo de la calavera revisitan códigos de honor y violencia de la España medieval y de los Siglos de Oro. En tiempos de reformas legales y consolidación del Estado liberal, estos relatos despliegan duelos, juramentos y reliquias para interrogar la justicia y la venganza más allá de la ley positiva. La evocación de caballeros y penitencias ilumina un debate decimonónico: cómo integrar tradiciones de larga duración en un orden moderno. La imaginería procesional y los objetos sagrados actúan como soportes de memoria en un país que discutía, con pasión, su identidad histórica.
La corza blanca y La rosa de pasión ilustran el cruce entre folclore rural y memoria de minorías. La segunda remite a la comunidad judía toledana y a la intolerancia religiosa de la Edad Media, convertida aquí en meditación sobre fanatismo y sacrificio. En el siglo XIX, las polémicas sobre la nación “católica” y la herencia de 1492 convivieron con un interés creciente por la pluralidad cultural peninsular. Bécquer transforma este trasfondo en alegorías donde lo maravilloso y lo trágico señalan el costo humano de los absolutos, a la vez que rescatan escenarios urbanos que el turismo romántico empezaba a popularizar.
En el Tomo Segundo, Creed en Dios, La promesa y El beso abordan la memoria de la Guerra de la Independencia (1808-1814) y sus huellas en ciudades como Toledo. La figura del soldado francés y el choque con imágenes sagradas condensan el trauma nacional y el orgullo cívico que, décadas después, seguían alimentando ceremonias, monumentos y relatos. En la prensa de los años 1850-1860, estos episodios ofrecían un repertorio de símbolos patrióticos útiles para una España que buscaba cohesión. Bécquer aporta una lectura moral, más que épica, atenta al destino individual frente a la Historia con mayúsculas.
El Monte de las Ánimas sitúa su terror en Soria y en la leyenda de caballeros templarios, orden suprimida en el siglo XIV pero muy presente en la imaginación romántica. La pasión por ruinas e instituciones extinguidas coincidió con campañas decimonónicas de catalogación de monumentos y con la arqueología naciente. El relato convierte paisaje y tradición oral en archivo emotivo, donde resonaban, para los lectores contemporáneos, debates sobre conservación y pérdida. La noche de difuntos, el cementerio y la nobleza antigua funcionan como escenarios para pensar el precio de la temeridad y el peso de lo heredado en la vida moderna.
La cueva de la mora y El gnomo combinan memorias de frontera —cristianos y musulmanes— con criaturas de raíz europea, en sintonía con la circulación de colecciones de cuentos y mitos por toda Europa. La España rural de mediados del siglo XIX, con economías aún agrarias y ritmos tradicionales, ofrecía un terreno fértil para estas fabulaciones, mientras las ciudades crecían y se industrializaban lentamente. Bécquer usa cavernas, bosques y aldeas para interrogar la persistencia de lo “primitivo” en un país que empezaba a transformarse por el comercio, la obra pública y los nuevos medios de transporte.
El miserere convierte la tradición musical de Semana Santa en drama espiritual. En la centuria, la música sacra fue objeto de intensos debates sobre pureza estilística, decoro y función litúrgica, en paralelo a corrientes europeas de reforma. Bécquer inserta su reflexión en la España devocional, donde cofradías, monasterios y romerías sostenían prácticas colectivas de larga data. La representación de partituras perdidas, voces espectrales y penitencias enlaza arte y culpa, eco de un siglo que discutía el papel del arte entre culto y estética, y que recuperaba archivos parroquiales y conventuales para su historia cultural.
La arquitectura árabe en Toledo participa de la revalorización decimonónica del patrimonio andalusí y mudéjar. Desde la creación, en la década de 1840, de comisiones de monumentos, proliferaron catálogos, restauraciones y polémicas sobre “estilo nacional”. Toledo, cruce de herencias islámica, judía y cristiana, permitió a Bécquer ejercer la crítica artística y la crónica urbana. Sus observaciones se inscriben en una sensibilidad romántica que celebró arcos, yeserías y patios como signos de un pasado complejo, en diálogo con viajeros extranjeros y con la incipiente idea de que la identidad española debía incluir estas capas históricas.
¡Es raro!, Las hojas secas y La mujer de piedra vuelven la mirada hacia la vida cotidiana y las modas urbanas, con la ironía sobria del columnista. El Madrid de los años 1860 conoció cafés, tertulias, espectáculos y una cultura del consumo creciente, alimentada por novedades técnicas e ilustración popular. Estos relatos exploran lo efímero, la reputación y la apariencia, contraponiendo la volatilidad moderna a la supuesta estabilidad del pasado. La prosa de Bécquer funciona aquí como diagnóstico de una clase media en ascenso, sensible a lo nuevo pero también deseosa de rituales y certezas que den forma a la experiencia.
Desde mi celda (Cartas primera a novena) fue escrita en 1864 durante la estancia del autor en el entorno del monasterio de Veruela, en el Moncayo. La desamortización de bienes eclesiásticos del siglo XIX había transformado muchos cenobios en espacios semirruinosos o reutilizados, idóneos para el retiro y la observación. Publicadas en la prensa, las cartas combinan paisaje, historia local, tipos populares y reflexiones de salud y trabajo. El contraste entre el aislamiento rural y la red ferroviaria y telegráfica que ya unía capitales acentúa un motivo clave del siglo: la coexistencia de velocidades temporales distintas dentro de un mismo país.
La actividad periodística de Bécquer se desarrolló en un ecosistema de revistas ilustradas y diarios políticos que articulaban opinión y entretenimiento. La xilografía y otras técnicas abarataron imágenes, y su propio interés por el dibujo (compartido con su hermano Valeriano) dialogó con ese auge visual. En este marco, Al lector y los paratextos dan cuenta de compromisos, ritmos de entrega y mediaciones editoriales. El público esperaba emoción, misterio y costumbrismo; el autor ofreció todo ello sin renunciar a una poética de la sugerencia. La colección refleja esta economía cultural, donde creación y periodismo se nutren mutuamente.
El final de la década de 1860 fue convulso: la revolución de 1868 derrocó a Isabel II y abrió un periodo de redefiniciones. Bécquer, que falleció en 1870, vivió las incertidumbres laborales que afectaron a muchos escritores dependientes del Estado y la prensa. Tras su muerte, amigos y colegas ordenaron y difundieron sus textos, consolidando una imagen autoral íntima y melancólica. El Prólogo de la primera edición y otros materiales editoriales registran ese esfuerzo de fijación. El resultado fue un canon que integró leyenda, crítica y crónica como partes de un mismo gesto estético ante una España en transformación permanente. La colección, leída en perspectiva, funciona como comentario histórico en clave simbólica sobre debates decimonónicos: religión y razón, tradición y progreso, centro y periferia. Cada pieza ilumina una fracción de ese mapa de tensiones. Con el tiempo, nuevos lectores —del Modernismo a la Generación del 98, y la escuela del siglo XX— han visto en Bécquer un puente entre romanticismo y modernidad. Sus escenarios —Soria, Toledo, Sevilla, el Moncayo— nutren imaginarios turísticos y patrimoniales, mientras ediciones críticas y digitales continúan releyéndolo como testigo delicado de su época.
Breve pórtico donde Bécquer enmarca su proyecto estético, dialoga con quien abre el libro y perfila su idea de la leyenda y la poesía como revelaciones de lo invisible. Fija preocupaciones centrales —amor, fe, misterio, memoria— y anticipa una prosa musical, íntima y sugerente.
Etiqueta que reúne relatos breves en los que lo sobrenatural irrumpe en lo cotidiano y la tradición popular se funde con una sensibilidad moderna. Predominan atmósferas nocturnas, escenarios históricos o urbanos y un narrador envolvente que explora la tensión entre deseo, fe y razón.
Conjunto poético-narrativo de impulso mítico que mira al origen y al destino humanos con tono simbólico y cadencia de canto. Alterna visiones épicas con momentos de intimidad reflexiva, insistiendo en temas de belleza, muerte y trascendencia, y consolidando la musicalidad prosística del autor.
La música actúa como puente hacia lo numinoso, convirtiéndose en protagonista y misterio a la vez. Bécquer explora la relación entre arte, devoción y prodigio con una prosa de ritmos litúrgicos y crescendos que sustituyen explicaciones racionales por experiencia estética.
El deseo de lo inalcanzable convoca visiones que confunden belleza y fantasma, y la persecución del ideal revela su filo de autoengaño. Paisajes de bosques, ruinas y noches festivas sostienen un tono romántico y fatal, donde la ambigüedad entre lo real y lo imaginado es el verdadero argumento.
Juramentos incumplidos, reliquias transgredidas y pruebas temerarias ponen en juego culpa, deseo y fe. Los relatos combinan tensión moral y fascinación por lo prohibido, dejando que la justicia —humana o sobrenatural— aparezca como consecuencia inevitable del gesto impulsivo.
El autor viaja a ámbitos legendarios —orientales, fronterizos o fabulosos— para explorar poder, amor y destino en clave de mito. La prosa, rica en color y relieve, concilia violencia y ternura con un encanto narrativo que privilegia la maravilla.
Los objetos cargados de memoria funcionan como catalizadores de historias de culpa y violencia. En escenarios de piedra y sombra, Bécquer indaga cómo el pasado deja huellas materiales que condicionan el presente, manteniendo una atmósfera de ruina, superstición y cautela moral.
Relato articulado en torno a hitos temporales que marcan una biografía y sugieren un dibujo secreto del destino. La estructura episódica permite una reflexión melancólica sobre el sentido de los acontecimientos y el peso de la memoria.
Ensayo y estampa se combinan para observar arte hispano-árabe, costumbres y rarezas cotidianas con mirada atenta e irónica. La escritura oscila entre la precisión descriptiva y la sugestión poética, revelando una sensibilidad crítica que no renuncia al asombro.
Serie epistolar que mezcla contemplación del paisaje, recuerdos y meditación sobre la vida y la escritura desde un retiro voluntario. Con tono íntimo y reflexivo, las cartas alternan escenas, observaciones y estados de ánimo, componiendo un autorretrato en movimiento.
Pronto, el 22 de Diciembre, hará siete años que voló a su Creador el espíritu inmortal de Gustavo Adolfo Bécquer[1q].
La primera edición, que editó la caridad, agotose hace un año y el que murió oscuro y pobre es ya gloria de su patria y admiración de otros países, pues apenas hay lengua culta donde no se hayan traducido sus poesías o su prosa.
No es mi propósito hacer nueva enumeración de las desgracias y méritos del escritor. Las primeras se compensan con su gloria; los segundos son ya del dominio frío y severo de la crítica.
Sólo una cosa advertiremos siempre a los lectores de Gustavo: que nada de lo que dejó escribiolo con intención de que formase un libro; y, como dijimos en la primera edición, sus grandes imaginaciones, sus alegatos de merecimiento ante la posteridad, bajaron con él al sepulcro. Calcúlese ahora, por la popularidad y el respeto que su memoria ha alcanzado con fútiles destellos de su preclara inteligencia, a qué altura se hubiera elevado, si la miseria, aguijándole y faltándole la vida, no hubieran sido éstos los cauces imprescindibles de aquel atormentado cerebro.
Dos palabras más sobre Gustavo.
Hay quienes han querido censurarle por su novedad.
Hay muchos que han intentado imitarle.
Ni unos ni otros le han comprendido bien.
Las Rimas de Bécquer no son la total expresión de un poeta, sino lo que de un poeta se conoce[2q]. Por consecuencia, el tamaño, carácter y estilo de sus composiciones no tienen más forma que aquella en que estuvieron concebidas y calcadas, y éste es su principal mérito.
Defenderse con el Diccionario, arrebatar el oído con el fraseo de ricas variaciones sobre un mismo concepto, disolver una idea en un mar de palabras castizas y brillantes, cosa es digna de admiración y de elogio; pero confiarse en la admirable desnudez de la forma intrínsica, servir a la inteligencia de los demás la esencia del pensamiento y herir el corazón de todos con el laconismo del sentir, sacrificando sin piedad palabras sonoras, lujoso atavío de amontonadas galas y maravillas de multiplicados reflejos, a la sinceridad de lo exacto y a la condensación de la idea, y obtener únicamente con esto aplauso y popularidad entre las multitudes, es verdaderamente maravilloso, sobre todo en España, cuya lengua ha sido y será venero inagotable de palabras, frases, giros, conceptos y cadencias.
No menos digno de llamar la atención es que el poeta haya conseguido tan rápida celebridad sin tocar en sus fantasías ni en sus realidades nada que directamente excite el interés o las pasiones colectivas de sus contemporáneos.
Como en las de los grandes maestros, en su paleta no figuran más colores que los primordiales del iris, descompuestos en el prisma de la imaginación y del sentimiento; universales, sencillos y espontáneos, sin encenderse al contacto de pasiones políticas o de problemas sociales y religiosos.
Tienen en sí el germen de todo lo ideal; pero sin acomodamiento de época ni dudas, indignaciones o esperanzas de impíos o fanáticos.
No podrá nunca, pues, ser juzgado en tal terreno, y, como esos astros ingentes que parecen chicos porque desde abajo se les mira en un planeta menor, jamás podrá alternar entre el agitado vaivén de los que le examinen, cegados por el polvo de la tierra, o envueltos por la atmósfera de una época dada y los pasajeros brillos de fugaces meteoros.
Esto a los que no han sabido censurarle, lo cual no prueba que le creamos exento de censura.
A los que le imitan, por más que esto honre al poeta tenemos que decir algunas palabras que expresarán conceptos a largo tiempo arraigados en nuestra conciencia.
No creemos en el progreso indefinido de una escuela. Si la historia del arte no lo probara definitivamente con la muerte irreemplazable de sus grandes hombres, lo haría ver la reflexión del buen sentido.
De ningún modo aconsejamos que se dejen de consultar los grandes maestros de la forma, estudiándolos con fe e imitándolos con trabajo en secreto, sin perder nunca de vista la naturaleza para el arte y la moral absoluta para las ideas. Pero de esto a encastillarse en la forma del que primero fue original en ella, hay un gran abismo.
Si alguien es difícil y comprendido para imitado en poesía, es Bécquer.
Como galanura de forma, pureza de dicción y corrección de estilo hay muchos que le aventajen, y éstos son los que deben de imitarse siempre.
Pero lo imposible de imitar en Bécquer es su propio espíritu, su manera de ver, como dicen los pintores, su idiosincrasia, como lo llaman los naturalistas.
En ser Bécquer o no serlo está todo el quid de la dificultad, y creer que se ha conseguido tal propósito encerrándose en su forma y contando el número de sus versos, es no haber realizado nada, si antes no se cuenta con el original tesoro de ideas prácticas y reales que en sus composiciones existe.
Repárese bien que ni al principiar Bécquer una composición ni al terminarla en crescendo, deja de pensar o de sentir algo de general y profundo. De cada cuatro versos suyos puede hacerse una larga poesía descriptiva; pero herir las cuerdas de la idea o del sentimiento en menos palabras, es casi imposible. La idea, pues, sin más adorno que el necesario, como él decía, para poderse presentar decente en el mundo, tiene una importancia real y sólida en sus composiciones. Hacer, por tanto, versos como los suyos, sin hallarse provisto de algo importante, práctico y hondo en el terreno del sentir o del pensar, es querer construir perdurable estatua solamente con la gasa que la envuelve, y lo que consigue entonces quien imita, es quedar indefenso ante el público, resultando valadí, vulgar, pretencioso o vano en el mismo metro y con las mismas líneas que Bécquer, por haber querido narrar lo imposible, es decir, la nada, porque nada había brotado del cerebro del imitante.
De esto resulta una serie de vulgaridades concisas, que por lo mismo son más vulgares aún, o una porción de nebulosidades y misterios, capaces de tener pensando todo un siglo a quien trate de descifrar el enigma.
En una palabra, y aunque se ha repetido mucho Shakespeare lo ha dicho mejor que nadie.
Los imitadores olvidan el ser o no ser del trágico eminente, y al hacerlo caen en ese abismo sin fondo de que nos habla el creador de Hamlet: ¡Palabras, palabras, palabras!
Nos hemos extendido más de lo que queríamos, pero sentíamos comezón de libertar la memoria de nuestro pobre amigo del ataque de los que no le han comprendido y de complicidad con algunos de sus imitadores.
Cumplida nuestra tarea, sólo nos resta dar en nombre del arte, del público, que lo pedía con ansia y de nuestro pobre amigo, al editor, por esta magnífica edición, ilustrada con el verdadero retrato del autor, no acabado de expirar, como figura en la edición primera, sino lleno de vida y esperanzas, tal como se agitó en el mundo.
Va aumentada esta edición con otros trabajos de Bécquer, que añadirán nuevos quilates a su justa fama, tales cuales Las Cartas a una Mujer, y otros artículos eminentemente literarios, como el prólogo a Los Cantares de su íntimo amigo el Sr. Ferrán.
RAMÓN RODRÍGUEZ CORREA
Gustavo Adolfo Bécquer
Confieso que he echado sobre mis hombros una tarea superior a mis fuerzas. En vano he retardado el momento. La edición está ya terminada; todo el mundo ha cumplido con el deber que impuso una admiración unánime, y las páginas que siguen, donde se contiene todo lo que precipitadamente trabajó en su dolorosa vida mi pobre amigo, sólo aguardan estos oscuros renglones míos para convertirse en una obra que edita la caridad y que el genio de su autor hará vivir eternamente. ¡Póstuma y única recompensa que él puede dar al generoso desprendimiento de sus contemporáneos y amigos! ¡Salga, pues, de mi pluma, humedecido con el tributo de mis lágrimas, antes que el relato de la vida y el juicio de las obras del malogrado escritor, un testimonio de justicia hacia esta generación entre la cual me agito, generación que a riesgo de su vida ahuyenta la muerte de los infectos campos de batalla y da su oro para el libro de un poeta!
Majestades de la tierra, artistas, ingenieros, empleados, políticos, habitantes de la ciudad, de las aldeas escondidas, todos los que en esa larga lista que ante mí tengo, habéis depositado, desde la cantidad inesperada, por lo magnífica, hasta el óbolo modesto, recibid por mi conducto un voto de gracias, a que hacen coro los temblorosos labios de hijos sin padres y de madres sin esposos; pues no sólo habéis salvado del olvido las obras de Bécquer, sino que al borde de su tumba habéis allegado el pan cotidiano que libertará de la miseria a seres desvalidos.
Los encargados de llevar a cabo tal empresa, hubieran tenido un gran placer en poner al frente de la edición los nombres de los que a ella han contribuido; pero la caridad acreciolos tanto, que su inserción hubiera aumentado el gasto notablemente. El distinguido pintor Sr. Casado, a cuya iniciativa, actividad y arreglo se debe casi todo el éxito de la recaudación, publicará en tiempo oportuno, y en unión con los demás amigos que han llevado a término esta obra, las cantidades recibidas y las que se han invertido, para justa satisfacción de todos. No menos alabanza merece el Sr. D. Augusto Ferrán, inseparable amigo del malogrado Bécquer, que no se ha dado punto de reposo en el asiduo trabajo de allegar materiales dispersos, coleccionarlos, vigilar la impresión y demás tareas propias de estos difíciles y dolorosos casos, ayudado del Sr. Campillo, tan insigne poeta como bueno y leal amigo. Hasta aquí, lo que sus admiradores han hecho para perpetuar la memoria del que se llamó en el mundo Gustavo Adolfo Bécquer.
Hablemos de él.
Toda mi vida de poeta, todos los delirios, esperanzas, propósitos y realidades de mi juventud han quedado sin diálogo con su último suspiro. Al extender la muerte su fría mano sobre aquella cabeza juvenil, inteligente y soñadora, mató un mundo de magníficas creaciones, de gigantescos planes, cuyo pálido reflejo son las obras que contiene este libro. Todo su afán era conseguir un año de descanso en la continuada carrera de sus desgracias. Pobre de fortuna y pobre de vida, ni la suerte le brindó nunca un momento de tranquilo bienestar, ni su propia materia la vigorosa energía de la salud. Cada escrito suyo representa o una necesidad material o el pago de una receta. Las estrecheces del vivir y la vecindad de la muerte fueron el círculo de hierro en que aquel alma fecunda y elevada tuvo que estar aprisionada toda su vida. Antes de morir, sospechó que a la tumba bajaría con él y como él, inerte y sin vida, el magnífico legado de sus imaginaciones y fantasías, y entonces se propuso reunirlo en un libro. La muerte anduvo más deprisa, y sólo pudo escribir la introducción con que van encabezados sus escritos, las rimas y el fragmento titulado La Mujer de Piedra, que, además de revelar su poderosa inventiva, lleva el sello de su idoneidad y no común saber en las artes plásticas.
Nació Bécquer en Sevilla el 17 de Febrero de 1836, siendo su padre el célebre pintor e inspirado intérprete de las costumbres sevillanas. A los cinco años de edad quedó huérfano de éste, empezando sus estudios de primeras letras en el colegio de San Antonio Abad, donde permaneció hasta los nueve años, en que entró en el colegio de San Telmo para estudiar la carrera de náutica. A los nueve años y medio viose huérfano de madre, y a los diez salió de dicho colegio por haberse suprimido. A tal edad encargose de Gustavo su madrina de bautismo, persona regularmente acomodada, sin hijos ni parientes, por cuya razón le hubiera dejado sus bienes, a no haber él renunciado a todo por venir a Madrid a los diez y siete años y medio, con el objeto de conquistar gloria y fortuna. ¡Como si en el campo de las letras se hubiera nunca conquistado en España ambas cosas! Quería su madrina hacer de él un honrado comerciante; pero aquel niño, que había aprendido a dibujar al mismo tiempo que a escribir, cuya desmedida afición a la lectura le hacía encontrar horizontes más anchos que el de la teneduría de libros, y que jamás pudo sumar de memoria, sólo encontraba aplausos para sus primeras poesías, lo cual le decidió a vivir de su trabajo, armonizándolo con la independencia de su carácter, y a venir a Madrid, como lo verificó el año 54, sin más elementos que lo necesario para el viaje. Corría el año 56, y entonces llegué también a buscar lo mismo que Gustavo, con quien en los primeros pasos me encontré en el terreno de las letras. Mi carácter alegre y mi salud robusta fueron acogidos con simpatía por el soñador enfermizo, y casi niños, se unieron nuestras dos almas y nuestras dos vidas. Prolijo sería enumerar las peripecias de la suya, monótona en desdichas. El año 57 se vio acometido de una horrible enfermedad, y para atender a ella y rebuscando entre sus papeles, hallé El Caudillo de las manos rojas, tradición india, que se publicó en La Crónica, siendo reproducida, con la singularidad de creerse que el título de tradición era una errata de imprenta; pues todos los que la insertaron en España o copiaron en el Extranjero, la bautizaron con el nombre de traducción india. ¡Tan concienzudamente había sido hecho el trabajo!
Compadecido un amigo de sus escaseces, buscole un empleo modesto, y juntos entramos a servir al Estado en la Dirección de Bienes Nacionales, con tres mil reales de sueldo y con la categoría de escribientes fuera de plantilla. Cito este detalle, porque la cesantía de Gustavo en aquel destino forma un rasgo descriptivo de su carácter soñador y distraído.
Tratose de hacer un arreglo en la oficina, y el Director quiso por sí mismo averiguar la idoneidad y el número de los empleados, visitando para ello todos los departamentos.
Gustavo, entre minuta y minuta que copiaba, o bien leía alguna escena de Shakespeare, o bien la dibujaba con la pluma, y, en el momento en que el Director entró en su negociado, hallábase él entregado a sus lucubraciones. Como sus dibujos eran admirables, ya se habían hecho casos de atención para todos, que se disputaban el poseerlos, aguardando a que los concluyera, mientras seguían con la vista aquella mano segura y firme, que sabía con cuatro rasgos de pluma hacer figuras tan bien acabadas. El Director se unió al grupo, y después de observar atentamente aquel tan raro expediente en una oficina de Bienes Nacionales, preguntó a Gustavo, que seguía dibujando:
-Y ¿qué es eso?
Gustavo, sin volverse y señalando sus muñecos, respondió:
-¡Psch!… ¡Ésta es Ofelia, que va deshojando su corona! Este tío es un sepulturero… Más allá…
En esto observó Gustavo que todo el mundo se había puesto de pie y que el silencio era general. Volvió lentamente el rostro, y…
-¡Aquí tiene usted uno que sobra! -exclamó el Director.
Efectivamente Gustavo fue declarado cesante en el mismo día.
Excuso decir que él se puso muy alegre; pues aquel alma delicada, a pesar de la repugnancia que le inspiraba el destino, lo aceptó por no hacer un desaire al amigo que se lo había proporcionado.
Habíase propuesto Gustavo no mezclarse en política y vivir sólo de sus artículos literarios, cosa imposible en España, por lo escaso de la retribución y lo raro de la demanda; así es que tuvo que alternar los escritos con otros trabajos. De este género son las pinturas al fresco que deben de existir en el palacio de los señores maqueses de Remisa, cosa que ignorará el propietario, pues encargó la obra a un pintor de adorno, que, no sabiendo pintar las figuras, dio un jornal por ellas a Gustavo.
Fundose después El Contemporáneo, y al brindarme con una plaza en su redacción el fundador y mi amigo D. José Luis Albareda, conseguí que también entrase a formar parte de ella el autor de este libro. Entonces escribió la mayor parte de sus leyendas y las Cartas desde mi celda, que causaron admiración grande en los círculos literarios de España.
Para Gustavo, que sólo hallaba la atmósfera de su alma en medio del arte, no existía la política de menudeo, tan del gusto de los modernos españoles. Su corazón de artista, amamantado en la insigne escuela literaria de Sevilla, y desarrollado entre catedrales góticas, calados ajimeces y vidrios de colores, vivía a sus anchas en el campo de la tradición; y encontrándose a gusto en una civilización completa, como lo fue la de la Edad Media, sus ideas artístico-políticas y su miedo al vulgo ignorante le hacían mirar con predilección marcada todo lo aristocrático e histórico, sin que por esto se negara su clara inteligencia a reconocer lo prodigioso de la época en que vivía. Indolente, además, para las cosas pequeñas, y siendo los partidos de su país una de estas cosas, figuró en aquél donde tenía más amigos y en que más le hablaban de cuadros, de poesías, de catedrales, de reyes y de nobles. Incapaz de odios, no puso sus envidiables condiciones de escritor a servicio de la ira, que, a haberlo hecho más positivas hubieran sido sus ventajas y más doradas las cintas de su ataúd. No estando destinado, por lo dulce de su temperamento, a causar el terror de nadie, ni apto su carácter noble para la adulación o la asiduidad del servilismo, condiciones que sustituyen con ventaja y provecho propio a la acometividad y energía. Gustavo no podía hacer gran papel entre las revueltas, distingos, escándalos, exhibiciones y favoritismos de los que, salvando rarísimos ejemplos, forman la mayoría de los afortunados en política, con relación a los bienes materiales; y hecho fiscal de novelas, desempeñó su destino lo mejor que pudo, haciendo dimisión tan luego como cayó del poder la persona que había firmado su nombramiento, el excelentísimo Sr. D. Luis González Bravo, artista como pocos y apreciador sincero y leal del mérito de Gustavo.
El año 62, su hermano Valeriano, célebre ya en Sevilla por sus producciones pictóricas, vino a reunirse y a vivir con él, como en los años de su niñez trabajosa. Después de graves disgustos domésticos que ambos experimentaron, cesante el poeta, el pintor sin la pensión, que devolvía en magníficos cuadros de costumbres al Ministerio de Fomento, la muerte comenzó a prepararles un recibimiento tan ingrato y oscuro como el que tuvieron en los primeros pasos de su vida. Volvieron los ímprobos trabajos de los primeros días, el malestar de la hora presente, la cruel incertidumbre de lo cercano; pero la desdicha tenía que habérselas con veteranos de sus rigores. Ambos hermanos unieron sus esfuerzos, y mientras el uno dibujaba admirablemente maderas para Gaspar y Roig o La Ilustración de Madrid, el otro traducía novelas insulsas o escribía artículos originales, como el de Las hojas secas, contentos con vivir juntos llevar pan a sus tiernos hijos, hablando el pintor de sus futuros cuadros, para cuando tuviera lienzos, y el poeta de sus grandiosas concepciones, para verlas realizadas cuando la perentoria necesidad del día no fuese precipitado final de sus ensueños.
Una de las formas que más complacen a la Desgracia, entre el sinnúmero de sus horribles disfraces, es la de la Felicidad. Como el tigre con su presa, parece jugar con sus víctimas; y cuando el golpear de sus fatales hábitos ha embotado las sensaciones, semeja abandonar a los que atormenta, y siempre acechando, deja que se olviden de ella, permite que el bienestar se introduzca temeroso aún en su morada, que los sueños color de rosa acaricien tímidas fantasías; y cuando ya el mortal, objeto de sus odios, creese libre de sus ultrajes, tiende de pronto su garra certera y pone fin con un tormento inesperado e irremediable a todas las agonías, helando en los labios la sonrisa de aquellos que ya empezaban a regocijarse con su huida.
Esto aconteció en la morada de los hermanos Bécquer. Cuando ya habían conseguido unificando esfuerzos, organizar modesta manera de vivir; cuando un porvenir artístico e independiente les sonreía; cuando el trabajo comenzaba a ser en aquella casa de sosiego del precavido y no la precipitación del destajista; cuando ya se podía retratar a un amigo por obsequio y escribir una oda por entusiasmo, la muerte de Valeriano tiñó de luto el alma de sus amigos y contaminó con su frío el corazón de Gustavo, siéndole tanto más sensible el golpe, cuanto más refractario era aquel espíritu ideal a la seca verdad del no ser.
Herida sin cura aquel alma fuerte, pronto había de destruirse la débil materia que, a duras penas la había contenido. El 23 de Septiembre del año 70 dejó de existir Valeriano. El 22 de Diciembre del mismo año exhaló Gustavo su último suspiro.
¡Extraña enfermedad y extraña manera de morir fue aquélla! Sin ningún síntoma preciso, lo que se diagnosticó pulmonía, convirtiose en hepatitis, tornándose a juicio de otros en pericarditis; y entre tanto el enfermo, con su cabeza siempre firme y con su ingénita bondad, seguía prestándose a todas las experiencias, aceptando todos los medicamentos y muriéndose poco a poco.
Llegó por fin el fatal instante, y pronunciando claramente sus labios trémulos las palabras ¡TODO MORTAL!… voló a su Creador aquel alma buena y pura, dotada de tan no comunes facultades artísticas, que yo, pudiendo apreciar por el continuado trato las mayores capacidades literarias de mi época, no vacilo en asegurar que ninguna he visto dotada a un tiempo de tantas condiciones creadoras, unidas a un gusto tan exquisito y elevado.
Aunque, como se verá después en el rápido examen que de sus obras haga, deja impreso en ellas lo bastante el carácter del genio para que se le señale un puesto entre nuestros escritores y poetas, los que le conocíamos admirábamos a Gustavo, más por lo que esperábamos de él que por lo que había hecho. Puede decirse que todo lo que concibió está escrito al volar de la pluma, sin recogimiento previo de las facultades intelectuales, y entre la algazara de redacciones de periódicos o bajo el influjo de premiosos instantes. Esto mismo, que ve la luz pública tal cual lo hemos hallado, no pensaba él publicarlo sin corregirlo antes cuidadosamente, porque lo había escrito deprisa y como para que no se le olvidasen asuntos e ideas que no le parecían malos.
En cada punto de España que había visitado durante su vida artística, había levantado su fantasía poderosa, unida a su nada común saber, un mundo de tradiciones y de historia, sólo con ver brillar el bordado manto de santa imagen, o leyendo apenas una inscripción borrosa en oscuro rincón de arruinada abadía. Esto explica su estancia en el monasterio de Veruela, sus correrías por las provincias de Ávila y de Soria, y las idas y venidas a Toledo, donde vivió un año, y en donde estuvo tres días veinte antes de morir. Para él Toledo era sitio adorado de su inspiración; y la primera vez que con su hermano fue a visitarle, ocurrioles un suceso por demás extraño.
Una magnífica noche de luna decidieron ambos artistas contemplar su querida ciudad, bañada por la fantástica luz del tibio astro. Armado el pintor de lápices y el poeta-arquitecto de recuerdos, abandonaron la vetusta corte, y sobre arruinado muro entregáronse horas enteras a su charla artística, que puede el lector apreciar cuán interesante e instructiva sería leyendo los artículos sobre el Arte árabe en Toledo, La basílica de Santa Leocadia y La historia de San Juan de los Reyes, hecha por Gustavo en la magnífica obra que con el título de Historia de los Templos de España, comenzó a publicarse en Madrid por los años 57 y 58, bajo su dirección y propiedad; obra grandiosa, imaginada por él, y que, a haberse continuado, sería la mejor y más a propósito para hacer la crónica filosófica, artística y política de nuestra patria.
Hallábanse departiendo los hermanos, cuando acercose una pareja de Guardias civiles, que por aquellos días, sin duda, andaban a caza de malhechores vecinos. Algo oyeron de ábsides, de pechinas, de ojivas y otros términos a la cual más sospechosos y enrevesados, unido a disertaciones sobre el género plateresco de Berruguete y Juan Gúas, sobre el artificio de Juanelo, etc., y examinando el desaliño de los que tal hablaban, sus barbas luengas, sus exaltados modales, lo entrado de la hora, la soledad de aquellos lugares, y obedeciendo, sobre todo, a esa axiomática seguridad que tiene la policía de España para engañarse, dieron airados sobre aquellos pajarracos nocturnos, y a pesar de protestas y de no escuchadas explicaciones, fueron éstos a continuar sus escarceos artísticos a la dudosa y horripilante luz de un calabozo de la cárcel de Toledo. También el gobernador debía aguardar por aquellas cercanías la visita de temidos conspiradores, cuando, al amanecer, los delincuentes honrados continuaban en su mazmorra.
Supimos todo esto en la redacción de El Contemporáneo, al recibir una carta explicatoria de Gustavo; toda llena de dibujos representando los detalles de la pasión y muerte probable de ambos justos. La redacción en masa escribió a los equivocados carceleros, y, por fin, vimos entrar sanos y salvos los presos parodiando ante nosotros con palabras y lápices las famosas prisiones de Silvio Pellico. ¿Quién en aquellos ojos brillantes, risas estripitosas y sorprendentes facilidades para todo lo que era expresión de cualquier arte, hubiera podido predecir estéril e inoportuna muerte?
Tal fue la vida de Gustavo. Diré algo sobre sus costumbres y carácter antes de hablar del escritor, porque esto que llamaré prólogo va haciéndose pesado, aunque los lectores buenos me lo dispensarán. Paréceme al escribirlo que estoy hablando con algo suyo; que al estampar cada frase en su alabanza, su infantil modestia se subleva, y que a cada error de estilo o grosería de lenguaje míos, sus nervios artísticos se crispan y su voz cariñosa me riñe, como otras veces, por mis innumerables descuidos y mi prisa en entregarme a la pereza.
Gustavo era un ángel. Hay dos escritores a quienes en la vida he oído hablar mal de nadie. El uno era Bécquer, el otro es Miguel de los Santos Álvarez. Si a alguien se satirizaba injustamente, él lo defendía con poderosos argumentos; si la crítica era justa, un aluvión de lenitivos, un apurado golpe de candoroso ingenio o una frase compasiva y dulce cubría con un manto de espontánea caridad al destrozado ausente. Alguna vez escribió críticas. No hemos querido insertarlas; pues, cuando cumpliendo alguna misión las hacía de encargo, a cada línea protestaba de lo que censurando iba, y era de ver su apuro, colocado entre el sacerdocio de la verdad y del arte, y la mansedumbre de su buen corazón. Si desde el cielo, en que de seguro habita, pues no es dado hallar infierno en otra vida al que en la tierra le tuvo, tiende los ojos sobre este libro, sólo hallará en él lo que escribió sin remordimientos de su bondad.
La fecundidad e inventiva de Gustavo eran prodigiosas, y puede decirse que esto perjudicó a la importancia de sus escritos. Su manera de concebir no era embrionaria, sino clara, metódica y precisa, tanto, que a sus imaginaciones sólo faltaba un taquígrafo; pero encariñado con ellas y no queriéndolas escribir con la precipitación del oficio, sino con el reposo del artista, íbalas dejando para cuando pudiera conseguirlo.
A fin de poseer el sustento, escribió mucho y en géneros diferentes, como zarzuelas, traducciones, artículos políticos y de crítica, un tomo sobre Los Templos de España, y tenía meditadas y bosquejadas, a la manera que antes he dicho, multitud de obras, cuyos títulos sólo revelan facultades extraordinarias.
Para el teatro tenía concebidas, sin que faltara el más pequeño detalle, las obras siguientes: El cuarto poder, comedia. -Los hermanos del dolor, drama. -El duelo, comedia. -El ridículo, drama. -Marta, poema dramático; -¡Humo!, ídem.
Entre las novelas encuentro en sus apuntes los títulos que siguen: Vivir o no vivir. -El último valiente y El último cantador, de costumbres andaluzas. -Herrera. -Crepúsculos. -La conquista de Sevilla.
En fantasías y caprichos, los que siguen: El rapto de Ganimedes, bufonada. -La vida de los muertos, leyenda fantástica. -La Diana india, estudio de la América. -La amante del sol, estudio griego. -La Bayadera, estudio indio. -Luz y nieve, estudio de las regiones polares.
Tenía perfectamente ideadas las siguientes leyendas toledanas: El Cristo de la Vega, pintando un judío. -La fe salva. -La fundadora de conventos. -El hombre de palo, estudio sobre Juanelo. -La casa de Padilla, ocurrido sobre el solar abandonado. -La salve. -Los ángeles músicos. -La locura del genio, estudio sobre el Greco. -La lepra de la infancia, estudio sobre el Condestable de Borbón.
Lo primero que pensaba escribir a conciencia, según decía, era un poema en cuatro cantos, titulado Las estaciones.
Además tenía proyectadas y hasta versos hechos, de las siguientes poesías, que cada una había de formar un libro, a saber: La oración de los reyes. -Los mártires del genio, poemas sobre los dolores de los hombres famosos. -Las tumbas, obra artística y poética; meditaciones sobre las sepulturas célebres. -Un mundo, poema sobre el descubrimiento de las Américas; y otros títulos y otros planes que la muerte ha encerrado con él en la tumba y cuya historia se haya escrita brevemente en el magnífico prólogo, original suyo, que a éste mío sigue, donde se hallan indicados la sospecha de su muerte y el martirio que tantas creaciones, a las que sólo faltaba un poco de actividad sosegada para ser reales, causaban en aquel cerebro tan potente y seguro.
Todas las obras que contienen estos tomos han sido escritas, como ya he dicho, sin tomarse más tiempo para idearlas, que aquel que tardaba en dibujar con la pluma lo que había de describir o ser objeto de su inspiración; y era de ver los primores de sus cuartillas, festoneadas de torreones ruinosos, mujeres ideales, guerreros, tumbas, paisajes, esqueletos, arcos, guirnaldas y flores. Rara era la carta que salía de su mano sin ir llena de copias de lo que veía o caricaturas admirables sobre lo que narraba.
Ni de su triste vida, ni de sus dolores físicos, quejábase nunca ni maldecía jamás. Mudo cuando era desgraciado, sólo tenía voz para expresar un momento de alegría. Cuando refería contrarios sucesos de su vida, lo hacía entre burlas o poetizando alegre y simpáticamente la desgracia. Así es que cuando leí sus Rimas me afectaron profundamente. La única vez que exhalaba quejas lo hacía en verso, y era que en aquella naturaleza artística, hasta el grito del dolor había de escucharse sin vulgaridad, y semejante a los gladiadores antiguos que dejaban caer con gracia el moribundo cuerpo, él no dejaba ver su lacerado espíritu, sino envuelto entre las elegantes formas del plasticismo sevillano, pura y rígida escuela a que sólo ha faltado ser más subjetiva y franca para ser perfecta.
Tal era el hombre. Ocupémonos por fin del escritor y del poeta.
Llegado a este punto, preciso es que abandone el alto criterio que las deslumbradoras facultades de Gustavo y la especialidad de su trato habían engendrado en mis juicios, para examinar el conjunto de obras que nos lega; las cuales, a pesar de no ser aquellas en que yo fundaba mi segura confianza, forman, sin embargo, un conjunto que basta a dar idea fija de su importancia en el terreno de nuestra literatura.
