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Antología que recoge las mejores obras del escritor Rafael Dieste, uno de los olvidados del 27 y uno de sus mejores narradores. Defensor a ultranza de la diversidad cultural y lingüística española, supo reconducir numerosas tensiones entre Galicia y España, América y España, lo popular y lo culto, la tradición y la vanguardia, el teatro, la pintura y la música. Libertad, diálogo e integración fueron los tres pilares de su pensamiento. Darío Villanueva, catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la Universidad de Santiago de Compostela, ha sido el encargado de seleccionar los textos para esta compilación y de prologar el volumen. En él se recupera lo principal del teatro de Dieste, Viaje y fin de Don Frontán y Duelo de máscaras; su poesía con Rojo farol amante; una selección de sus textos ensayístico-filosóficos del libro La vieja piel del mundo, así como Historias e invenciones de Félix Muriel, uno de los mejores libros de cuentos en español.
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Seitenzahl: 609
Veröffentlichungsjahr: 2022
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RAFAEL DIESTE
RAFAEL DIESTE
OBRAS LITERARIAS
Selección y prólogo de
Darío Villanueva
COLECCIÓN OBRA FUNDAMENTAL
© Herederos de Rafael Dieste
© Fundación Banco Santander, 2006
© Del prólogo, Darío Villanueva
Reservados todos los derechos. De conformidad con lo dispuesto en el artículo 534-bis del Código Penal vigente, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes reprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica fijada en cualquier tipo de soporte sin la preceptiva autorización.
ISBN: 978-84-16950-21-8
DARÍO VILLANUEVA
EL ESCRITOR RAFAEL DIESTE, nacido en Rianxo en 1899 y fallecido en Santiago de Compostela en 1981, formó parte del grupo de la revista Hora de España, que constituye una de las unidades generacionales del 27 español y que en Galicia se identifica con la llamada «generación de 1925», si hemos de aceptar la propuesta del músico Jesús Bal y Gay1.
A este grupo generacional, que el historiador de la literatura gallega Ricardo Carballo Calero prefiere identificar como «novecentistas»2, pertenecen autores nacidos entre 1895 (el poeta Luis Pimentel) y 1909 (Aquilino Iglesia Alvariño), con nombres muy destacados como Manuel Antonio (1900-1931), natural de Rianxo como Dieste y traducido por él al castellano, el novelista Eduardo Blanco Amor (1896-1979) y el poeta Amado Carballo (1901-1928), ante cuya muerte prematura nuestro escritor se encargó de preparar para la imprenta su poemario O galo.
Pese a su indiscutida autonomía, esta generación gallega coincide punto por punto en sus referentes sociológicos, vitales y estéticos con la española del 27, homología que se refuerza por el hecho insólito de que una de las grandes figuras de esta última como fue Federico García Lorca (1898-1936) sea considerada común a ambas por su autoría de los Seis poemas galegos, publicados en 1935.
La cronología refuerza esta percepción de identidad entre los escritores en español y en gallego de que hablamos. Dieste nace el mismo año que Emilio Prados, y de 1898, además de Lorca, son Aleixandre y Dámaso Alonso. El espectro temporal del 27 nos lleva desde el 1891 de Pedro Salinas al 1905 de Altolaguirre, por atenernos exclusivamente al elenco de los poetas más destacados de aquella generación literaria.
Dieste no colabora en la revista Ronsel, portavoz del grupo lucense de la generación del 25, más literario que político y muy en contacto con los vanguardistas españoles del momento, pero sí encontramos su firma, esporádicamente, en la compostelana Resol. Tampoco aparecerá en las revistas del 27, Litoral, Verso y Prosa, Carmen, Gallo o Los Cuatro Vientos, pero su presencia es justamente reconocida en la nómina de sus poetas, ensayistas y narradores elaborada por críticos como Juan Manuel Rozas3, Gonzalo Soberano4 o Eugenio de Nora5. Esta ubicación de Rafael Dieste es obligada si se tiene en cuenta una modalidad flexible pero con sólidos fundamentos sociológicos de la teoría de las generaciones.
El descrédito que esta teoría se ha granjeado entre nosotros se justifica a causa del rigor mecanicista con que ha sido aplicada por ciertos historiadores de la literatura, ciegos ante la evidencia de que se trata en puridad de lo que Kant denominaría una «idea reguladora». Resulta, con todo, difícil negar, y el caso de Dieste es un buen ejemplo de esto, que a través de las agrupaciones generacionales lo individual se incardina en lo colectivo, pero ello no para disminuir la identidad creativa de cada escritor, sino para reforzarla en cuanto voz selecta que interpreta implícitamente el sentir de los muchos que con su recepción anuente de la obra ratifican su vigencia artística y social.
De la teoría sociológica de las generaciones formulada por Karl Mannheim6 se puede inferir, por caso, una verdadera fenomenología de la historia colectiva. Para este discípulo de Max Scheler, de la «situación de la generación», que es una suma de condiciones objetivas, se deriva una «conexión generacional» articulada sobre un número más o menos amplio de «unidades» o grupos, caracterizados cada uno de ellos por empujes afines y reacciones unitarias aunque se manifiesten opuestos entre sí, sin que ello sea otra cosa que una prueba más de aquella conexión.
Si puede decirse que el conocimiento cabal de un autor se alcanza tan sólo cuando, cerrada ya su trayectoria creativa y vital, nos resulta accesible el conjunto de su obra completa, se me figura que tal planteamiento es doblemente cierto en el caso de Rafael Dieste7. Gabriel Zaid, buen conocedor de su obra y personalidad desde los años cincuenta en que fuera alumno suyo en el Instituto Tecnológico de Monterrey, ha destacado con acierto la integridad creadora de Dieste, su poderoso talento creativo, que unificó gran variedad de facetas, empresas y realizaciones, acertando además a reconducir positivamente numerosas tensiones: entre Galicia y España; entre España y América; entre el gallego y el español; entre lo popular y lo culto; entre la tradición y la vanguardia; entre el teatro, la pintura, la música y las letras; entre el arte y la ciencia; entre la producción literaria y el quehacer político8. Y concluye con una atinada propuesta: la obra de Dieste es un cristal de muchas facetas pero de una sola pieza.
El propio Gabriel Zaid, en otra versión del citado escrito9, apunta una clave no individual de suma importancia para dilucidar trayectorias que como la de Rafael Dieste, especie de hombre del Renacimiento trasplantado a la modernidad, a fuer de ambiciosas semejarían desmesuradas. Viene a decirnos que no es lo mismo escribir desde un papel definido en una cultura unívoca, perfectamente asentada y establecida, que hacerlo desde una posición periférica que no renuncia, sin embargo, a ocupar un lugar propio en el concierto global.
Zaid ejemplifica esta idea con tres escritores y sus respectivas circunstancias, Goethe, Alfonso Reyes y Rafael Dieste, cuyas aparentes desmesuras creativas no lo son en realidad, sino que conforman todas ellas un intento, urgido por el compromiso con sus respectivas comunidades vernáculas, de «apoderarse de la cultura toda, expropiarla, recrearla, hacerla propia en forma viva; volverse participantes creadores de la conversación universal»10.
Lógicamente, la circunstancia personal y colectiva de cada uno de estos tres escritores es peculiar, y en el caso de Rafael Dieste surge de su nación gallega, con el condicionamiento fundamental que ello implica y el sustrato nunca preterido de una lengua que el escritor, partícipe de lo que él mismo llamaba «el bilingüismo pacífico», nunca sintió en conflicto con la castellana11.
Si cada idioma aporta, además de un código comunicativo, una determinada forma de entender la vida, una particular visión, no es forzado admitir que la posesión espontánea de dos de ellos, como ocurre en Dieste, acredita cuando menos una capacidad especial para asimilar diversidades, a lo que hay que añadir en este caso una trayectoria vital, común por otra parte a numerosos artistas e intelectuales españoles de la República, que a causa del exilio abrió nuevos horizontes ultramarinos. Mas Rafael Dieste no había esperado al desenlace del cataclismo guerracivilista para iniciar su periplo americano. Desde su pueblo atlántico de Rianxo la otra orilla era una realidad no más lejana que la de Madrid. Más aún, la aridez de la meseta parecía separar más que la fluencia dinámica de la mar, y así el ya entonces escritor en ciernes viaja en 1917 a México, donde le espera su hermano Antonio.
No está, pues, desencaminado Zaid al recordarnos el paralelismo entre Alfonso Reyes y nuestro escritor. Como tampoco es inoportuno el recuerdo de Goethe, cuyo pensamiento literario se compadece tan bien con esa consciente mixtura de reflexión, creación y actividad que caracteriza a Dieste. Él fue también, y pronto habrá que hacer referencia expresa a ello, tanto en Galicia como en el conjunto español y en el exilio bonaerense, un activista literario, cultural y, cuando fue preciso, también político. Su creatividad no mermó por ello, pues en definitiva ésa era otra manifestación del talante integrador de quien, como lo calificó Pedro Henríquez Ureña, fue «un poeta en la vida y en la obra». Y a todo se sobrepone un talante reflexivo que hace de la literatura una forma de conocimiento y revelación en términos cuyo más directo precedente entre nosotros nos lleva hasta Miguel de Unamuno. Domingo García-Sabell ha sido quien mejor ha interpretado ese su «impulso indagador», el «hábito de la razón» que caracteriza12 a Dieste.
Alienta su pluma la paradoja de quien escribe al dictado de una pugnaz exigencia de comunicación con el lector —de lo que hay un testimonio valiosísimo en su clasificación de «lectores aludidos» del ensayo El alma y el espejo (1948)—, y, sin embargo, no encuentra las condiciones más favorables para trenzar un pacto estable con el público en el transcurso de una asendereada vida, ni se preocupa, tampoco, de ser estratega de su fama literaria. El empuje de la creatividad de Dieste, que él sentía amputada si el círculo no lo cerraba el lector, absorbió gran parte de sus esfuerzos, dejando escaso margen a su proyección pública programada. Y como consecuencia de ello, adolecemos también de una aportación crítica no pareja a los valores del escritor. En este orden de la recepción crítica hay que destacar como auténticos hitos la publicación de sendos libros monográficos, en inglés (1979) y en español (1980), por parte de Estelle Irizarry, a la sazón profesora de la Universidad de Georgetown en Washington.
Queda ya apuntada como característica de toda la trayectoria de Rafael Dieste y de su personalidad una amalgama sin contradicciones entre un versátil impulso creativo, el compromiso con la realidad histórica de su entorno y su profunda racionalidad.
¿Cuáles son las coordenadas raciovitales que orientan —y éste es un verbo axial en la concepción del mundo de nuestro autor— su pensamiento y acción? Para Rafael Dieste nada es, nada se manifiesta como acabado. Ningún ser, sea individual o colectivo, resulta, por otra parte, reducible a unidireccionalidad: todo es tránsito; todo pluralidad.
De esa afirmación clamorosa de riqueza y vida nace su fenomenología del conocimiento, expuesta en Sobre la libertad contemplativa (1948) y perfilada en La Paloma Equis (1965). Se nos dice en el primero de estos ensayos que el conocimiento empírico tiene su germen en un momento de inocencia que es anticipo del despertar consciente. El ser sensible actúa así: tras un ordenado no hacer surge el poder hacer con fundamento. Dibuja Dieste, por tanto, la línea que enlaza aquella antesala del juicio con la libertad y la actuación. Y esto sin recelo posible por causa de las contradicciones íntimas del ser humano, por cuanto éstas son su más acendrado motor y constituyen, como bien sabía Unamuno, la cifra de la voluntad de ser.
Tales premisas gnoseológicas asientan la base de los principios éticos que siempre postulará Rafael Dieste: la necesidad de diálogo interior para conciliar aquellas contradicciones y jerarquizar los valores, la identificación (tan bergsoniana, por otra parte) de memoria y conciencia, y, finalmente, el anhelo de que todo ello se manifieste como proyecto compartido de actuación sobre la realidad. Ahí encontramos la explicación de las reacciones críticas de Dieste contra todo lo que supusiera reducción de horizontes y pluralidades, contra el determinismo del rumbo unívoco, contra la pasividad y cualquier actitud nihilista.
La revisión a posteriori de una trayectoria vital e intelectual como la de Rafael Dieste nos invita a realizar sobre ella una verdadera lectura, como si se tratase de otra creación del autor, la más ambiciosa y comprometida de todas las suyas. Y en su discurso cabe establecer ciertas divisiones a modo de capítulos que sólo en el marco de todo el conjunto adquieren plena significación.
El primero de estos capítulos en lo que a Rafael Dieste se refiere enlaza con el que será el último, pues ambos tienen como escenario determinante la Galicia de su nacimiento.
Ya nos hemos referido a la singular condición de un enclave de la Galicia atlántica como Rianxo, en donde la excentricidad del Finisterre se resuelve paradójicamente en un cosmopolitismo proyectivo hacia las Américas, subrayado además en la familia del escritor por la ascendencia portuguesa, la radicación brasileña de la rama materna y el encuentro de sus padres en Uruguay.
En Rianxo, el Dieste adolescente encuentra además extraordinarios mentores y compañeros de aventura intelectual: su propio hermano Eduardo, que naciera precisamente en Uruguay en 1882; el amigo de éste, cuatro años más joven, Alfonso Rodríguez Castelao; Roxerius (Rogelio Pérez) y el poeta vanguardista Manuel Antonio, nacido con el comienzo de siglo y muerto prematuramente en su villa natal en enero de 1930, cuando Rafael Dieste está a punto de trasladarse a Madrid y cerrar así su primera etapa gallega, luego reanudada a la vuelta del exilio en 1961.
Los años comprendidos entre 1910 y 1930 están marcados por los primeros escarceos literarios, la formación autodidacta enriquecida por la conversación con los citados artistas y escritores y otros tantos (Vicente Risco, Carlos Maside, Otero Espasandín, Valentín Paz Andrade, Bal y Gay o Luis Seoane), así como por la participación en múltiples iniciativas, sobre todo periodísticas, siempre en el marco de una actuación pública referida al resurgimiento cultural, político y social de Galicia.
Junto a testimonios más trascendentes de la expresión pública genuinamente gallega que Dieste experimenta en estos años hay que contar, por ejemplo, empresas insólitas como la revista Charamuscas, escrita íntegramente en la lengua de Rosalía y difundida en copias mecanográficas entre los defensores del fortín de Dar Drius, en el que Dieste sirvió durante la guerra del Rif en 1922 y 1923. De regreso a su tierra, se incorporará al diario Galicia, publicado en Vigo por un grupo galleguista en el que figuran Castelao y Valentín Paz Andrade, de donde pasará a la redacción de El Pueblo Gallego, de orientación liberal y federalista bajo la égida de Portela Valladares.
La contribución de Rafael Dieste, en castellano y gallego, a este periódico es sumamente reveladora de su actitud intelectual de aquellos años, como se puede calibrar fácilmente gracias a la recopilación de sus artículos en lengua vernácula escritos entre diciembre de 1925 y julio de 1927, que se publicó bajo el título Antre a terra e o ceo. Prosas de mocedade, poco antes de su muerte, en 1981.
La unidad de estos escritos no viene sólo dada por la lengua de su expresión, o por su pertenencia a una sección fija del periódico, titulada «Temas galegos», sino también por el mantenimiento de un mismo tono, talante y registro estilístico. Dieste concibe la función que la tribuna del diario le confiere como un eficaz instrumento de concienciación, fiel a su idea, presente también en su labor periodística en castellano, de que la tarea política consiste en la influencia consciente del individuo en el destino de su pueblo. En cierto modo el Dieste de estos años es un regeneracionista que confiesa su pretensión —«a nosa arela»— de hacer «un índice de problemas desesperantes», del que desea hacer partícipes a una minoría porvirista de gallegos puros e sereos.
Mas ni su actitud ni su expresión son desesperadas. Destaca ya en su pluma un rasgo que siempre la caracterizará (aunque hay atisbos de que era capaz de insuflarle, si era el caso, sarcasmo demoledor). Se trata de una irreductible voluntad integradora, que no excluye ni desacredita a nadie, limitándose, por caso, a traslucir cierto distanciamiento no tanto hacia personas concretas como hacia grupos sociales difícilmente integrables en su proyecto de regeneración para el país. A ello se añade como constante estilística una elegante y efectiva sencillez, nada retórica ni tribunicia, cercana al tono de un discurso oral sin estridencias que configurará buena parte de su obra.
Es índice de lo mismo el absoluto contraste que se puede percibir entre estos escritos de Dieste y el manifiesto «¡Máis alá!», que su paisano y amigo el poeta Manuel Antonio firmó en 1922 junto al dibujante Álvaro Cebreiro. Amén de un marcado despego hacia sus mayores, que alcanza incluso a Rosalía de Castro, Curros Enríquez y Eduardo Pondal, Manuel Antonio expresa una actitud radicalmente antiespañola, que le lleva a desacreditar la galleguidad de Ramón del Valle-Inclán. Sin llegar a ser, con todo, un verdadero manifiesto político, «¡Máis alá!» ofrecía un mensaje inconfundible de rechazo hacia la «metrópoli peninsular da barbarie civilizada».
En consonancia con los apuntes hasta aquí esbozados —relativos a una ética que rechaza las exclusiones—, Dieste se muestra partidario del diálogo intergeneracional y la convivencia cultural y lingüística. Ello dará motivo a Díez-Canedo para caracterizarlo años más tarde como «escritor a dos carrillos». De ahí su falta de acomodo en las filas del nacionalismo gallego de la época, o su alejamiento de Vicente Risco, cuya reivindicación atlantista frente al predominio de lo mediterráneo en la cultura española le atrajo positivamente en un principio, pero con el que sostiene una encendida polémica en agosto de 1926 que el escritor orensano intenta cerrar situando a Dieste con «os da outra banda» (los del otro lado). En el mes de marzo de ese mismo año había planteado nuestro autor, en su tribuna de El Pueblo Gallego, la necesidad de que la reflexión sobre el fenómeno nacional no quedase en delectación inmovilista y fuese trascendida en acción dinamizadora mediante la aspiración de no perder el horizonte de la solidaridad con otros pueblos. Su recelo contra ciertas formas de casticismo autocomplaciente le hace proclamar en su columna del 14 de septiembre de aquel 1926 lo siguiente: «Se acabaron para nosotros las nacionalidades reclusas».
Se produce así un distanciamiento no buscado con sectores nacionalistas que ilustra perfectamente una de las paradojas íntimamente más dolorosas de la peripecia vital e intelectual del escritor. Su defensa de posiciones de encuentro y concordia activa, su independencia de la dinámica de grupos y bandas (por muy nobles que fuesen sus causas y programas) le ocasionarán repetidas marginaciones y, en consecuencia, inatención a sus tesis. Esto ocurrió en el contexto que comentamos, se reiterará durante la guerra en forma de represalias y exclusión de auxilio económico, y resurge, de nuevo, en el exilio bonaerense cuando el grupo de los que eran considerados comunistas (además de él mismo, Lorenzo Varela, Luis Seoane y otros)13 es desplazado a la hora de constituir el Consello de Galicia en noviembre de 1944.
Por otra parte, y dentro de su periodismo de expresión castellana, cobra entonces especial importancia la aclaración personal en el ámbito de las ideas estéticas y políticas. Entiende el joven Dieste que una de las formulaciones que mejor respuesta han dado al conflicto interior y han favorecido la atención franca a «la razón de los demás» es la de Pirandello cuando transforma en personajes todas sus vocaciones íntimas.
A estas alturas, segunda mitad del decenio de los veinte, el escritor defiende un concepto de libertad que sorprende por su singular concisión y no deja de revelar lo que Dieste calificará, en una carta de 1973 dirigida a Francisco Caudet14, como «el influjo (alentador y magistral) de Ortega»: la libertad supone que al lado de la representación que el sujeto se hace de un acto se sitúe la representación de otros actos pensados como posibles, aun cuando éstos adopten la figura de contrarios. Por ello, prosigue Dieste, el amor por la libertad no puede significar más que amor a la diversidad. Es en esa dirección en la que se debe entender su insistencia entusiasta en la defensa de un liberalismo siempre identificado con la idea de diálogo. No se trata, pues, de un anclaje en las viejas ideas sobre el equilibrio de las libertades individuales y económicas, sino, más bien, como él mismo apunta, de un «estilo de pensar y de querer que se propone establecer un orden armonioso entre un máximum de valores y un pacto digno entre un máximum de poderes»15. Y ese orden quiere ser proyectado en la esfera de la ética, la estética y la política.
Como ya fue mencionado, en 1930 Rafael Dieste se traslada a vivir a Madrid. En seguida entablará relación con un grupo de pintores, escritores y músicos que se reúnen en distintas tertulias. Concretamente, la asentada en el café de la Granja del Henar tendrá muy especial influencia en el futuro inmediato de nuestro autor. Su núcleo humano, después ampliado en la experiencia de Misiones Pedagógicas y la publicación de la revista P.A.N. (siglas que correspondían a Poetas Andantes y Navegantes), pervivirá incluso en Hora de España y se convertirá en la referencia emocional más estimada y añorada por Dieste durante los largos años del exilio.
Además, en este tiempo Rafael tiene ocasión de disfrutar de la compañía y el magisterio de su hermano Eduardo, sin duda una de las personas que más influirían en su formación y en su modo de interpretar el lugar del arte y su razón de ser. Eduardo Dieste, polígrafo dotado de una exquisita finura literaria, había tenido que retornar a su Uruguay natal ya en 1910, tras unos episodios provocados por sus críticas al caciquismo desde el periódico El Barbero Municipal, promovido por él mismo y Castelao en Rianxo. Los hermanos Dieste vuelven a encontrarse en Londres por espacio de unos meses en 1928; allí ejerce Eduardo desde un año antes el cargo de cónsul general de su país. Pero en 1931 regresa a España también con cometidos consulares, estableciéndose finalmente en Madrid, donde desarrollará una importante labor cultural y de mecenazgo (es él quien financia la edición de Rojo farol amante y aun de otros textos, como el único poemario de Mariano Gómez) y publicará el volumen misceláneo Buscón poeta y su teatro. Entre sus aportaciones teóricas para una nueva comprensión del fenómeno literario interesa destacar sus intentos de superación de la estética por vía de lo que él mismo denominó una filosofía de la literatura, que tendría por primer cometido enraizar metafísica y acto creador. De la fraterna amistad y coincidencias críticas y estéticas de los Dieste nacerán en estos riquísimos años republicanos proyectos como el de P.A.N. y la escritura conjunta de la «comedia para el cine en tres actos» Promesa del viejo y de la doncella, finalmente publicada en 200516.
En el contexto antes reseñado de la colaboración de Rafael Dieste con las Misiones Pedagógicas va a encontrar el mejor acomodo un espíritu como el suyo, alentado por la necesidad de la comunicación y la búsqueda de la comunidad de intereses con los demás. Con Sánchez Barbudo, Ramón Gaya, Lorenzo Varela, Serrano-Plaja, Otero Espasandín, Fernández Mazas, Urbano Lugrís, María Zambrano y tantos otros, nuestro autor dará forma y aliento a las esperanzas de Cossío, en parte ya presentes en la Institución Libre de Enseñanza. Compromiso con el pueblo, proyección del espíritu del nuevo Estado republicano, educación, justicia social, pero también un afán lúdico de llevar diversión y ánimo a las aldeas más perdidas. En suma, como el propio Dieste dejó escrito, algo muy próximo a la Escuela Superior de Sabiduría Popular que era proyecto del Juan de Mairena machadiano.
Algunos de estos misioneros, dirigidos por José Otero Espasandín y con los auspicios de Eduardo Dieste, son precisamente quienes entre enero y julio de 1935 promueven la publicación de P.A.N. Debe concederse absoluta relevancia a este grupo que, como hemos visto, germina con los albores republicanos, descansa en la entrañable amistad que une a sus componentes y se moviliza por afinidades ideológicas y estéticas. Conviene precisar que en los últimos años de su vida Rafael Dieste solía aludir a este núcleo cuando se trataba de perfilar su ubicación histórico-literaria.
No omitiremos aquí el feliz encuentro que había tenido lugar en Valencia de Alcántara, justamente en la primavera de 1934 y en el marco de Misiones, entre Rafael Dieste y Carmen Muñoz, ya entonces inspectora de Primera Enseñanza. Su relación amistosa dará paso al matrimonio tan sólo unos meses después. Sería injusto no destacar el trascendental papel que Carmen Muñoz desempeñó, con entregada voluntad y fe, a lo largo de casi cincuenta años de convivencia con Rafael, e incluso tras su fallecimiento. Sobre la relación con su esposo, Carmen Muñoz escribió en los siguientes términos una carta a Carlos Gurméndez que se incluye como prólogo a la edición de La isla: «Me doy cuenta de que yo, a lo largo de nuestra vida, lo que no podía entender, o no podía abarcar, o me negaba a aceptar despierta, lo he venido a entender dormida, es decir, no por reflexión, sino por mi disposición siempre permanente de querer comprender a Rafael. Por eso he podido ser tan sumisa (¡oh, no es ésa la palabra; no soy nada sumisa!); por eso he podido, sin especiales votos ni estrategia alguna, obrar siempre conforme a la que fuese inclinación de Rafael, incluso en cosas en que mi opinión comenzaba por ser muy diferente»17.
A Carmen Muñoz debemos, entre muchas otras cosas, la conservación y memoria de tantos escritos y cuadernos de notas cuyo destino era por voluntad de su autor la desaparición en un fatídico crematorio de la bonaerense calle Lavalle; pero también su presencia y fortaleza en momentos tan graves como los meses últimos de la guerra, cuando ella misma se hace cargo de la revista Nova Galiza mientras Rafael marcha al frente de batalla. A ella pertenece, en fin, una voz que acomoda su valioso testimonio a una elegante y muy justa palabra, como puede comprobarse a través de sus colaboraciones en P.A.N., o en su presentación epistolar de obras como La isla.
El grupo de P.A.N. —en el que, visto lo anterior, habría que contar asimismo a Carmen Muñoz— se revela particularmente homogéneo en lo sustancial: la concepción del arte y su imbricación con la peripecia del hombre y la historia. Su director, Otero Espasandín, señala como positivo el magisterio de Unamuno, Cossío y Antonio Machado, pero siempre se deja claro que en el ánimo de la revista estaba el acercamiento a la libre expresión literaria, lo que no derivará en deslizamiento hacia las vanguardias ni en presencia de literatura comprometida; aquí no encontramos el sincretismo de Cruz y Raya, o de la Hoja Literaria de Azcoaga, Serrano Plaja y Sánchez Barbudo, por ejemplo. Una preocupación ética, un ánimo a veces voluntarista aglutina a sus miembros y los conduce a buscar «un sistema de principios capaz de dar cimiento al mundo laborioso, veraz y optimista que todos soñamos» (núm. 3, pág. 43). Resulta curioso que, a pesar de que en este primer semestre de 1935 Rafael Dieste se encuentra con su esposa disfrutando de su beca de estudios en Amberes y París, es él —a veces bajo el seudónimo de Gerineldos Delamar— quien más trabajos firma, en concreto diez; alguno de ellos corresponde a epístolas de corte ensayístico sobre pensamiento literario que cruza con su hermano Eduardo, pero también ve aquí la luz su misterio polemístico «Revelación y rebelión del teatro».
La atención a los escritores consagrados es mínima en P.A.N. Se cuentan tan sólo tres breves apuntes sobre Alberti, Cernuda y Aleixandre. Es precisamente su director quien reseña la edición de Poesía de Alberti, un volumen publicado en 1935 que presentaba a modo de antología su producción del periodo 1924-1930 y entonaba la palinodia por su contribución irremediable a la poesía burguesa. El director de P.A.N. no sólo secunda esta declaración sino que la extiende a la mayor parte de la generación del 27, rechazando una poesía de «línea purista» que, desde su perspectiva, se encontraba ahogada en la intrascendencia. Sin duda, el panorama histórico empezaba a ser otro.
La guerra tuvo que suponer en un espíritu como el de Dieste, amén de un desgarro afectivo y racional, una crisis en su idea de la conciencia de ser y de una cierta forma de abstracción del tiempo histórico inmediato que acaso habría promovido en él la singular filosofía de la literatura de su hermano Eduardo. Tanto es así que él mismo llegó a hablar de los zigzagueos y dudas que el enfrentamiento civil proyectó sobre su concepción del arte, resueltos en el paso de aquella abstracción temporal a la concreción de lo que significativamente él mismo quiso llamar la hora de España. Tal desgarro es, con certeza, una de las señas de identidad que nuestro autor comparte con la llamada generación del 36. Pero en Dieste sería difícil hablar estrictamente de una fase estética previa a otra fase ética, o que evolucione del yo al nosotros, como ocurre en alguno de sus compañeros de grupo, o en Garfias, Prados, y hasta en Aleixandre.
Ya dos años antes, en 1934, escribe Dieste en París su ensayo La vieja piel del mundo, desarrollo felicísimo de la memoria final tras el disfrute de la beca concedida por la Junta de Ampliación de Estudios para investigar las técnicas y perspectivas teatrales contemporáneas. En su concepto, La vieja piel del mundo es una aproximación a la filología de la historia universal, que está conformada por los cursos entrelazados de nuestras vidas y las de los inmortales. Pero se podría entender el ensayo, asimismo, como un prolegómeno a una ética no desarrollada. En el texto, con una técnica literaria que es recurrente en la obra de su autor, quedan encuadrados ciertos capítulos que, bajo el epígrafe de «Novela de los dos desnovelados», suponen una visión profética de la guerra civil, e incluso del holocausto ocasionado por el fascismo. Dos personajes innominados, como tantas otras veces, pero que responden a los títulos de el materialista y el idealista dirimen sus divergencias sobre las nociones de historia, memoria, finalidad o negación. Lamentablemente, «no veían que se completaban y que eran un solo espíritu partido en dos». Recién compuesto en los talleres madrileños de la editorial Signo el volumen de La vieja piel del mundo, estalla la guerra: el vaticinio cumplido.
Siempre, pues, la atención a la síntesis, la afirmación de que en cada uno de los mortales están en potencia todas las concepciones que actualizan las manifestaciones ajenas. De ahí el rechazo de lo unidireccional, de la estrechez de miras que es palmario, por ejemplo, en la praxis literaria de Dieste durante la circunstancia bélica. Cuando la Comisaría de Propaganda le encarga en Valencia una recuperación de los clásicos adaptada al momento, Rafael retorna a Cervantes para escribir el Nuevo retablo de las maravillas (Alberti había adaptado Numancia), donde todo se orienta al ensalzamiento del ejército republicano y los milicianos, pero donde también se deja un lugar para la reflexión no instrumental sino trascendida sobre «el engaño a los ojos» y la falaz ilusión que originan determinadas formas inducidas de lo real. Ni siquiera entonces encontraremos una limitación, al estricto rasero del presente histórico, de sus expectativas estéticas.
Acaso por esa razón, y porque, como hemos visto, su ánimo repudia toda forma de sectarismo orientándose en pos de lo que denominaríamos una ética de la integración, no milita Dieste en partido alguno. Y ello a pesar de sus apreciables concomitancias ideológicas y estéticas con poetas que, como Alberti, Prados o Gil-Albert, también creen en la causa popular y ejercen una forma de acción política enraizada en la palabra poética. En esta encrucijada, el filocomunismo confeso de Rafael Dieste, patente en la carta de 1945 a su hermano Enrique a la que hemos hecho referencia ya, no desemboca en militancia porque, como confesó por escrito a Manuel Aznar Soler18, el espíritu que él propugnaba tanto en la Alianza de Escritores Antifascistas como en Hora de España no era amigo de exclusiones, sino de aquella integración tantas veces mencionada; la misma que apasionaba a Gide, como revelan sus confesiones a Walter Benjamin. Llegada la guerra, Dieste ocupa solidariamente su lugar en la trinchera de los leales, pero no siente la necesidad, para otros imperiosa, de abrir un nuevo capítulo estético que suponga abjurar del curso de su obra anterior.
Con ocasión de alguna de sus conferencias editadas póstumamente, en particular las dedicadas a Lorenzo Varela y a Celso Emilio Ferreiro, Dieste perfiló su interpretación de lo que él entendió siempre por compromiso. Ser poeta, afirma, exige necesariamente la noción de compromiso. De modo total, integral, puntualiza. En Dieste no se encontrará lugar alguno que asocie en exclusividad el compromiso a la contingencia, por muy brutal que ésta sea. Tampoco a la consigna. Y esto no es evasión. Con su maestro Kant, defiende la persistencia del ser. También la elección como potencia y fundamento existencial, la fidelidad a uno mismo —el más alto de los designios éticos según su valoración— y la «esperanza indomable» en el proyecto propio y en el compartido.
Ése es el tono que Dieste consigue imprimir en la que será la más alta y entrañada manifestación de la resistencia intelectual antifascista, Hora de España, la revista que él mismo funda e inspira junto con Sánchez Barbudo y Juan Gil-Albert. Es Francisco Caudet, estudioso de la publicación y antólogo de la misma19, quien nos ayuda a concretar las dos metas principales en el espíritu del grupo de Hora de España (recuérdese que en buena medida el núcleo es el mismo de P.A.N. y el círculo misionero que se formó en el transcurso de un periplo gallego en 1933): l. Defender el principio de libertad e independencia intelectual frente a cualquier dictado; 2. Desempeñar el necesario papel de integración cultural.
Se trata, como ha visto Waldo Frank, del mayor esfuerzo intelectual que haya brotado de cualquier conflicto bélico. En sus veintitrés entregas, encabezadas casi siempre por las reflexiones de Juan de Mairena, bien afines en tantos aspectos, por cierto, a las prosas periodísticas y ensayísticas de nuestro autor (anhelo de perfilar qué sea la alteridad, incorporación de diálogos apócrifos, fragmentarismo, referencias constantes a Nietzsche o Unamuno, presencia implícita de Max Schcler…), tuvieron cabida el ensayo, el verso, la crítica y hasta algunas piezas teatrales, entre las que se encuentran el Nuevo retablo de las maravillas y Al amanecer de Dieste, al lado de obras de Altolaguirre, Max Aub y Concha Méndez. Con Hora de España el humanismo pervive, prodigiosamente, en medio del fragor de las armas.
En febrero de 1939, tras la caída de Barcelona, Rafael Dieste toma, como tantos otros combatientes republicanos, la dolorosa ruta del exilio, que le lleva inicialmente, junto al grueso del comité de redacción de Hora de España salvo Manuel Altolaguirre, al campo de concentración de Saint-Cyprien, de donde consigue salir en breve plazo para reunirse con su esposa, herida durante un bombardeo en Figueres, y con ella, vía Rotterdam, embarcarse hacia Montevideo y fijar luego su residencia en Buenos Aires. La etapa del exilio comprenderá desde ese mismo año hasta 1961 y tendrá, además del bonaerense, otros dos enclaves principales: Cambridge en Europa y Monterrey en México.
Muy pronto, en 1943, Dieste escribirá una de sus obras fundamentales, llamada a desempeñar más adelante un papel de importancia vital en su inserción activa en el panorama de la literatura española contemporánea. Se trata de Historias e invenciones de Félix Muriel, libro narrativo en el que sobre sus valores literarios, que son muchos, cumple destacar ahora lo que significa como manifestación de una literatura que aspira a renacer en esperanza (habían transcurrido tan sólo cuatro años desde los desastres bélicos, con su carga de amigos y horizontes perdidos). Estelle Irizarry, en su excelente edición crítica de la obra, llama precisamente la atención sobre la ausencia de la guerra española en los relatos que la componen, lo que no significa escapismo, sino sublimación integradora y epifanía de la tragedia de todo un pueblo: «Alejado de su tierra y al margen de los eventos que se desarrollaban en ella durante aquellos años, Dieste, por medio de su Félix Muriel, ahonda en su pasado en busca del autoconocimiento, la caridad, la fraternidad, la compasión y la responsabilidad, que en el fondo están íntimamente arraigados en la coyuntura histórica de la guerra y la posguerra»20.
Rafael Dieste no vive en modo alguno aislado de sus compatriotas del exilio bonaerense, sino todo lo contrario. La propia génesis de Félix Muriel da fe de ello, pues es sabido cómo sus paisanos Luis Seoane y Arturo Cuadrado —a la sazón creadores de la editorial Nava, tras abandonar las ediciones Emecé, en donde habían trabajado hasta entonces como el propio Dieste lo hacía en Atlántida— lo comprometieron ante todos los contertulios gallegos del café Tortoni a aportar un libro a la empresa en ciernes mediante el expediente de leerles en sábados sucesivos sendas narraciones.
El escritor de Rianxo participa activamente de la vida y milagros del grupo gallego de exiliados, que no está al margen del resto de los españoles. Las memorias de Francisco Ayala dan buen testimonio de esto último. Su semblanza de Dieste, con quien trabajó en el proyecto de Ediciones Nuevo Romance junto a Rafael Alberti, incluye esta significativa apreciación: «Escritor de tan fina sensibilidad como finas eran las maneras del hombre civil cuya cortesía y delicada ponderación hacía contraste con la tónica desorbitada, gesticulante y gritona de nuestras tertulias»21.
Con todo, es perceptible en el Dieste del exilio una cierta retracción que, sin llegar al ensimismamiento, abre un paréntesis de intimidad tras una larga etapa de decidida presencia social. Es, en este sentido, muy revelador el dato ya comentado de que no figure en el Consello de Galicia fundado en Buenos Aires en 1944 a iniciativa, entre otros, de Castelao, con el fin de defender la reivindicación nacionalista gallega ante las instancias del gobierno de la República en el exilio. Sí participará, por el contrario, doce años más tarde, en la fundación de AGUEA (Agrupación Gallega de Universitarios, Escritores y Artistas).
Ese proceso de creciente interiorización del escritor, que dará sorprendentes frutos en seguida, se atenúa con el nuevo sesgo que la vocación pedagógica de Dieste adquiere. Nos referimos ahora a la docencia universitaria por él ejercida en la facultad de Humanidades de la Universidad de La Plata (1940 y 1959), en Cambridge —cuyo lectorado de español, servido con anterioridad por Luis Cernuda, desempeña en 1950 y 1951— y en la sección de Humanidades del Instituto Tecnológico de Monterrey en México.
El Dieste de estos años ha renovado su interés por la pintura y por la música, que ejecuta brillantemente al piano. Escribe varios ensayos sobre artistas gallegos como Maside, Souto y Colmeiro que le dan pie para redactar en 1941 un Breve discurso acerca de la pintura con el ejemplo de un pintor. De hecho, su viaje a Europa en 1948 surge de su cometido como asesor del Museo Nacional de Artes Plásticas del Uruguay.
Además de la importante tarea narrativa que aborda entonces, hay que subrayar la relevancia que el ensayo, como expresión de una creatividad racionalizadora, adquiere para él. Prueba evidente de ello es la atracción creciente que desde 1950 experimenta por el estudio de los modelos geométricos de Euclides, Riemann y Lobachevski, de la que son fruto tres obras: Nuevo tratado del paralelismo (1956), ¿Qué es un axioma? (1967) y Testamento geométrico (1975), y, ya antes, las reflexiones filosóficas que reúne en Luchas con el desconfiado (1948). Esta dedicación nace de una exigencia intelectual de Dieste para consigo mismo, comprensible a la luz de ese su anhelo renacentista de penetrar en la esencia misma de las cosas y abordar en todas sus implicaciones el problema del conocimiento, pese a lo que ello representaba de alejamiento de la literatura. Carmen Dieste ha reflejado muy bien este desgarro: «Una de las mayores pruebas que yo he tenido que sufrir ha sido la dedicación de Rafael, durante años —en el tiempo no dedicado al duro trabajo de ganar el pan— a sus investigaciones filosófico-matemáticas […]. Era como estar al lado de una fuente clarísima que por un fenómeno geológico desvía temporalmente su cauce. Y hay que esperar a que cambien esas circunstancias. Rafael sabía —no olvidaba— que yo estaba allí, esperando otras cosas, y se sentía seguro de dármelas. De cuando en cuando me decía: "Pronto voy a hacer otras cosas"»22.
En agosto de 1961 los Dieste regresan definitivamente a España, tras un primer viaje de Carmen en 1949 por completo desalentador. Pese a que Madrid es un poderoso centro de atracción para fijar su residencia, la Galicia natal del escritor acabará imponiéndose. Rianxo y A Coruña serán los dos enclaves vitales de sus últimos años, fecundamente empleados en un reencuentro con Galicia y su cultura.
El Dieste de los años sesenta y setenta se ocupa de reeditar definitivamente o, en su caso, de reunir su obra en gallego, al tiempo que prolonga en cierto modo sus «misiones pedagógicas» pronunciando numerosas conferencias en pueblos y ciudades de Galicia, a veces ilustradas por él mismo al piano. Gracias a grabaciones magnetofónicas atesoradas por Carmen Muñoz, gran parte de estas últimas aportaciones orales de Dieste se han podido transcribir y recuperar23.
Como índice, por lo demás, de la profunda noción que Dieste tenía de la amistad como proyecto creativo, y de la cultura como manifestación solidaria, destaca en estos años su colaboración con los artistas Luis Seoane e Isaac Díaz Pardo, con los que ya había coincidido en Buenos Aires, para levantar una de las empresas más admirables en cuanto continuadora de las acciones de la República en este terreno: el complejo formado por el Laboratorio de Formas de Galicia, con su faceta editorial (Ediciós do Castro) y el Museo Carlos Maside, muy cerca de Sada, en la marina coruñesa. De los breves párrafos del Manifiesto fundacional del Laboratorio de Formas destaca la apertura de miras que reclama el establecimiento de puentes entre el rechazo de John Ruskin al industrialismo deshumanizador y las propuestas del constructivismo ruso, entre la estética de base popular y la experimentación de técnicas y formas. Su apelación a la Bauhaus se entiende hoy como una muestra más del espíritu conciliador entre la artesanía y la renovación que ilumina sus quehaceres.
Dieste es precisamente quien pronuncia en 1970 la conferencia inaugural del Museo Carlos Maside, que versa sobre su concepto del arte y su relación con el pueblo. Es muy significativo que al año siguiente su discurso de ingreso en la Real Academia Gallega trate de la misma relación pero en el ámbito de la expresión oral: «A vontade de estilo na fala popular» («La voluntad de estilo en el habla popular»).
La preocupación que estos dos discursos gallegos de Dieste revela está en la entraña de su personalidad. En cierto modo revivifica aquella experiencia del escritor, cuarenta años antes, que él mismo ha contado: «Recuerdo que en una Misión nos acompañaba un inspector, que no se compenetraba con nuestra labor y tomaba actitudes especialmente distantes. En una ocasión hizo un discursito en el que apuntaba con el dedo de una manera feroz hacia el público para decirles: "Vosotros —y cada vez que decía vosotros extendía como una lanza el índice contra ellos—, que no respetáis los árboles; vosotros que no tenéis amor a la cultura; vosotros que estáis dormidos, a ver si despertáis en presencia de estos señores…", y así una sarta de barbaridades. Entonces María Zambrano me dijo: "Bueno, esto lo ha echado a perder este buen señor, tienes que hablar tú, Rafael, no hay más remedio". Subí a la pequeña tribuna y comencé a decirles: "Vosotros, que habéis labrado estos campos de una manera maravillosa, es el tapiz más hermoso que he visto en mi vida; vosotros, que conocéis los amaneceres y los atardeceres y esperáis el don de la lluvia cuando hay sequía, y nos dais el pan… Vosotros sois los depositarios de la lengua que hablaron Cervantes y las gentes que antaño la esparcieron por el mundo, y todavía la habláis de esa manera. Vosotros que tenéis tan maravillosas canciones y tan buenas mozas y tan buena gente, ¡a ver si os conserváis así!". No recuerdo con exactitud lo que dije, pero les hice una descripción de toda su cultura, de todos sus saberes, y al terminar de hablar se vino la gente hacia mí y quería tocarme. Hubo un viejo que extendió su mano sarmentosa hasta que consiguió agarrar la mía y me la besó»24.
Con el éxito de crítica que obtiene la nueva edición de Historias e invenciones de Félix Muriel, en 1974 se inicia el reconocimiento y definitivo rescate de la obra de Rafael Dieste, a lo que contribuye asimismo la publicación en 1981 de su Teatro en dos volúmenes y de sus ensayos reunidos en El alma y el espejo, y de forma muy destacada la labor crítica de Estelle Irizarry, con sus dos monografías de 1979 y 1980.
En 1926 Rafael Dieste inició su trayectoria como escritor publicando precisamente un libro de narraciones gallegas titulado Dos arquivos do trasno. Contos do monte e do mar (De los archivos del trasgo. Cuentos del monte y del mar) y compuesto entonces por un breve «Limiar» o prólogo aforístico y ocho relatos. La versión definitiva de este libro, publicada en 1973, prescinde del subtítulo y reúne ya un conjunto de veinte textos, algunos de ellos escritos en los años cincuenta, antes del regreso definitivo de los Dieste a Galicia. Comienza, pues, nuestro autor su producción narrativa con un sutil y certero esbozo de teoría del cuento a través de seis aforismos, forma concentrada que por aquellos mismos años otros escritores del novecentismo prefirieron para expresar sus concepciones sobre el arte literario (y pienso, por ejemplo, en el Benjamín Jarnés de Ejercicios, 1927).
Las ideas de Dieste sobre el cuento se basan en la noción de «unidad emotiva», que viene dada por un cierre capaz de enlazar en el espíritu del lector las imágenes sucesivas desarrolladas a lo largo del discurso, que, en todo caso, no será sino breve e intenso como el de un poema. De tal forma, Dieste se incardina, no conceptualmente sino desde su propia experiencia de la escritura, en la tradición más certera y fecunda de la teoría del cuento. En especial, Anxo Tarrío25 ha destacado su coincidencia con Edgard Allan Poe, que en su reseña de Twice-Told Tales de Nathaniel Hawthorne insiste en una regla, la «unidad de efecto o impresión», válida tanto para el poema como para el cuento, al que de esta forma se le reconoce un estatuto compositivo propio, distinto al de la novela, y no se lo considera meramente por la cortedad de su extensión, extremos en los que insistirá en 1956 Julio Cortázar en el prólogo a su traducción y selección de los ensayos y críticas del autor de The Raven. El último aforismo de Dieste expresa, en una brillante comparación, estos extremos: «O conto é un remuiño que fan arredor dunha lámpada moitas volvoretas, todas mergulladas na mesma luz» («El cuento es el remolino que hacen alrededor de una lámpara muchas mariposas, todas inmersas en la misma luz»).
Dos arquivos do trasno incide en la temática más característica según el canon de la literatura galaica fijado desde el libro inaugural de su «Rexurdimento», los Cantares gallegos: la muerte, la saudade y la morriña, la presencia viva de los difuntos —que Rosalía de Castro expresaba a través del símbolo de las «sombras»—, el misterio e, incluso, la emigración. Tan sólo se echa en falta la dimensión del pesimismo metafísico que el fracaso esencial del ser humano le inspira a Rosalía y la temática religiosa, tan compleja y contradictoria en ella. Por todo, es indudable el fundamento antropológico en la realidad de su Galicia natal que el primer libro narrativo de Dieste refleja. César Antonio Molina ha calificado, así, al escritor de Rianxo como «archivero de la colectividad»26.
Los primeros cuentos de Dieste se caracterizan por la transformación de dos muy evidentes sustratos populares gallegos en sendas realizaciones estéticas de proyección universal. La primera de ellas tiene su raíz en la estructura del relato oral. En este punto parece haberse dado una fecunda confluencia entre una práctica fundamental en el sistema de la cultura gallega y una característica personal muy señalada en el escritor. Según Ramón Piñeiro, frente a la identificación común y casi exclusiva entre cultura y libro, Dieste, que era un hombre extraordinariamente culto, expresaba con frecuencia su personalidad por medio de la palabra oral: parolando, como se dice en gallego. Y así, este «admirable artista del diálogo» convertía continuamente el conocimiento en sabiduría y la entregaba con generosidad inagotable charlando27.
La estrategia fundamentalmente dialogística que Dieste aplica a sus textos narrativos, enraizada no sólo en su vivencia autobiográfica y en la comunidad natal del escritor sino también en su propia ideología política y su concepción estética, se ve reforzada por una constante que se perpetúa asimismo en su segundo libro narrativo, Historias e invenciones de Félix Muriel. Se trata de la presencia en sus relatos, junto a un eficaz elenco de narradores, de la figura correlativa en la órbita de la recepción del discurso. Me estoy refiriendo a lo que la narratología viene denominando como narratarios, concepto este por el que hay que entender todo receptor inmanente de un discurso narrativo que justifica la existencia del mismo como tal. Es de destacar, en este sentido, cómo Dieste teorizará sobre el papel del destinatario en literatura a lo largo de su ensayo, publicado originariamente en Buenos Aires en 1948, El alma y el espejo, que incluye una «clasificación de los lectores aludidos»28.
El segundo sustrato gallego que en Rafael Dieste da lugar a una realización estética de vigencia universal es una peculiar concepción de la realidad que trasciende los límites de lo objetivo, lo meramente empírico y lo racional.
En una de sus últimas entrevistas, titulada «Félix Muriel ou o misterio do cotián» («Félix Muriel o el misterio de lo cotidiano»)29, el escritor, que no deja pasar la oportunidad de enaltecer la extraordinaria riqueza de la cultura gallega hablada, reconoce su tendencia a «inquietar a los que tienen un racionalismo estrecho», pues para él «la realidad es lo más mágico que hay». Bien lo subrayó Domingo García-Sabell en su discurso de acogida a su amigo en la Real Academia Gallega: «Rafael Dieste representa a comunicación total ca realidade total», esto es, «a realidade lóxica i a realidade trans-lóxica»30.
Porque Rafael Dieste, desde su primer libro narrativo de 1926, está contribuyendo ya a lo que Alejo Carpentier define en su prefacio a la novela El reino de este mundo (1949) como lo real maravilloso, consistente en dejar que lo trans-lógico «fluya libremente de una realidad estrictamente seguida en todos sus detalles», privilegio que no considera único del Haití donde se sitúa la acción de su novela, sino «patrimonio de la América entera».
Ese sustrato antropológico es común, como ya quedó apuntado, a la cultura gallega, lo que explica en su literatura —y junto a Dieste se impone la figura de Cunqueiro— la presencia de lo que Antonio Risco denominó «lo maravilloso explicado», que no debe ser confundido con la literatura fantástica. Tanto en el «realismo maravilloso» como en ésta, el discurso presenta dos planos perfectamente diferenciables, el de lo natural y el de lo sobrenatural; cambia, no obstante, la manera en que ambos planos se relacionan entre sí. La antinomia irreductible de lo fantástico se resuelve en armonía por gracia del tratamiento formal característico del «realismo maravilloso», también denominado por otros «realismo mágico» a partir del libro de Franz Roh Nach-Expressionismus (Magischer Realismus), aparecido en 1925 y dos años más tarde traducido al español por Revista de Occidente. Rafael Dieste participa de estas ideas mucho antes de la poderosa irrupción de los grandes novelistas hispanoamericanos del llamado boom. Para ellos, como para el escritor gallego, lo irreal no es presentable como problemático. Se trata, en definitiva, de utilizar los mismos registros y artificios formales para narrar tanto lo empíricamente admisible como lo peregrino, configurando así desde el texto la reacción de sus destinatarios, y ello no de forma gratuita, sino por ese convencimiento profundo de que la realidad es más misteriosa y compleja de lo que a simple vista se alcanza.
El «realismo maravilloso» de Rafael Dieste mantiene toda su vigencia en su segundo libro narrativo, Historias e invenciones de Félix Muriel, publicado en Buenos Aires en 1943, un año antes de otro título capital para el realismo mágico hispanoamericano, Ficciones, de Jorge Luis Borges. La obra va acompañada de dibujos de Luis Seoane, que había sido, en cierto modo, el responsable de su escritura al comprometer a Dieste para que le entregase un volumen de narraciones para la Editorial Nava que acababa de fundar junto a Arturo Cuadrado.
Como hemos adelantado ya, Dieste asumió el compromiso con una peculiaridad que en seguida podemos relacionar con uno de los rasgos compositivos más destacados de Dos arquivos do trasno: la oralidad. A lo largo de nueve sábados, interrumpidos tan sólo por las vacaciones veraniegas de febrero en la playa de Miramar, Rafael leyó sendas historias o invenciones de Félix Muriel a sus amigos y contertulios del bonaerense café Tortoni. Ello se percibe en las huellas pragmáticas que la estructura oral deja en todos estos relatos, en los que la reiteración de los narratarios es fundamental. Así en «y ahora quiero explicaros lo que pasó una noche, una noche de gran silencio en toda la casa, en todo el pueblo, creo que en todo el mundo» del relato «Este niño está loco», o en «Os pido mil excusas y sobre todo os ruego que no extreméis la atención» de «Juana Rial, limonero florido», hasta el «y ahora os diré cómo eran él y ella, uno a par del otro» de «La asegurada». Aquella polifonía dialogística que también encontramos en Dos arquivos do trasno cuando la función narrativa se va transmitiendo de voz a voz en virtud de sucesivas desconexiones tiene aquí otra muestra arquetípica en el juego de un narrador y dos paranarradores que configuran «El loro disecado».
Fue muy positiva la primera acogida que Historias e invenciones de Félix Muriel tuvo en los ambientes del exilio bonaerense y en ciertos medios literarios hispanoamericanos. Publican reseñas de la obra, entre otros, Esther de Cáceres, Juan Gil-Albert, Arturo Serrano-Plaja, Lorenzo Varela y Octavio Paz, quien destaca en los dos primeros relatos y en el último del libro un rasgo decisivo sobre el que será obligado volver: «La memoria, madre de la poesía tanto como la imaginación, vence y logra revivir (no esclarecer) una figura, un momento olvidado, un instante pleno y lleno de sí mismo, henchido, al mismo tiempo, de soledad y de fraternidad, de asombro y de amor»31. No obstante, el libro habrá de esperar más de treinta años, hasta 1974, para reaparecer ya en España sin ninguna modificación textual, pero desprovisto de las ilustraciones, y obtener un reconocimiento unánime, que en el caso de Javier Alfaya lo lleva a encumbrarlo como «tal vez el mejor libro de cuentos en lengua española de nuestro siglo»32. En términos igualmente entusiastas lo reciben otros destacados críticos españoles como José María Alfaro (Abc), Concha Castroviejo (Hoja del Lunes), José Domingo (Ínsula), Gustavo Fabra Barreiro (Informaciones), Pere Gimferrer (Destino), J. A. Gómez Martín (Triunfo), Miguel González Garcés (La Voz de Galicia), Joaquín Marco (La Vanguardia), Dámaso Santos (Pueblo), Luis Suñén (Hogar y Pueblo) y Antonio Valencia (Arriba).
El volumen está compuesto por nueve relatos que van desde la extensión de una breve viñeta lírica como es la primera, «El quinqué color guinda», o de un cuento como lo son los dos siguientes, «Este niño está loco» y «Juana Rial, limonero florido», hasta dimensiones más propias de una auténtica novela corta en el caso de «El jardín de Plinio», «La peña y el pájaro» o, incluso, «La asegurada». No falta, con todo, unidad entre las piezas que componen el conjunto, para lo que el propio título no deja de aportar interesantes indicaciones.
En efecto, la función de Félix Muriel en cada relato permite diferenciar los cinco que son historias por él narradas desde la posición de protagonista o testigo, y los tres restantes, «El libro en blanco», «La peña y el pájaro» y «Carlomagno y Belisario», en los que la existencia de un narrador distinto y distanciado que no es Muriel permite clasificarlos como invenciones de este personaje.
En cuanto al nombre de quien es el eje de todo el libro, la hipótesis de un álter ego resulta harto plausible. Amén de la existencia de un relato de 1942 titulado «De cómo vino al mundo Félix Muriel», Estelle Irizarry recuerda los antecedentes familiares de tal apellido, que llevaron el padre del escritor, Eladio Dieste Muriel, y un antepasado suyo, el fraile pintor Félix Muriel. También se recuerda cómo Dieste empleó este seudónimo para firmar algunos escritos de los por él publicados en Nova Galiza, la revista gallega editada en Barcelona durante la guerra civil. Mas esa transferencia de identidad ya se daba en el número 6 de P.A.N., en una «Galería de espejos fieles» firmada por Félix Muriel.
No me parecen, por tanto, faltas de fundamento afirmaciones como la de Estelle Irizarry en el sentido de que, en comparación con Dos arquivos do trasno, «las narraciones de Félix Muriel nacen de una estética distinta y su unidad procede de sutiles vinculaciones de personajes y temática que les otorgan una unidad que se aproxima a la novelesca»33. Con ella coinciden otros críticos, como Dámaso Santos, que habla de «novela poemática»34; Pere Gimferrer, que define la obra como «una novela atomizada, la biografía fragmentaria y discontinua de un personaje que habita el ámbito de las correspondencias entre lo real y lo fantástico»35; Gustavo Fabra Barreiro, para quien estos relatos «poseen, tras su dispersión aparente, una profunda unidad y configuran lo que podríamos definir como una novela de la memoria analítica y voluntaria»36; o Eugenio de Nora, cuando afirma que la obra de Dieste «se encuentra respecto a la novela en situación de inminente proximidad, pero fuera todavía del género»37. Porque, en última instancia, Rafael Dieste está muy cerca de la estética de la libertad creativa que Benjamín Jarnés ponderaba en su artículo «Libros sin género». La afirmación del autor de Locura y muerte de Nadie en el sentido de que todo escritor que se precie de tal es un poeta, y todo lo que está en un libro que merezca el rango de literario es poesía, casa asimismo a la perfección con la impronta lírica que hace inconfundible todo lo escrito por Rafael Dieste, y en especial Historias e invenciones de Félix Muriel. Uno de los ensayos incluidos en Tablas de un naufragio, que se titula «Alas que se nos dan con la palabra», justifica también esa poeticidad expandida a toda la escritura, pues poesía no es otra cosa que «el puro amanecer constante de la palabra»38.
En este sentido, resulta de sumo interés constatar cómo la llamada «novela lírica», que se cultiva profusamente en la primera mitad del siglo XX, se identifica en gran medida con una singular manifestación del Bildungsroman o novela de aprendizaje, también llamada «de autoformación»: el relato autobiográfico de la constitución de una sensibilidad artística, encarnada en un personaje emblemático, álter ego del autor39.
Ese modelo sirve para comprender Historias e invenciones de Félix Muriel, con las salvedades que impone la reluctancia de Dieste a las formas genéricas cerradas. El protagonista construye sus relatos sobre la dialéctica que se establece entre el tiempo y la memoria en beneficio del autoconocimiento, como apuntaba ya Octavio Paz en su reseña mexicana de 1943. Y en aquellas narraciones que son «historias» se va trazando un proceso que parte del inicio de la vida consciente («El quinqué color guinda»), pasa por el descubrimiento de la alteridad, del contorno humano y espacial doméstico en «Este niño está loco», o de la realidad externa más inmediata en «Juana Rial», para que el personaje alcance en «El loro disecado» la mayoría si no de edad, sí al menos de sensibilidad, pues Félix entiende ya al cierre de este relato a los misteriosos adultos. Este conocimiento se ratifica luego en «El jardín de Plinio», en donde Félix Muriel es visto desde fuera, en tercera persona, como un «huésped estudiante», aunque el último párrafo nos deje en la duda de si el narrador no es el mismo Muriel, que ha disociado su voz del papel de actor que desempeña en la historia: «Era una mañana fresca y hermosísima, que el autor o testigo de esta historia siempre recuerda»40.
Finalmente, en «La asegurada», la pieza que la crítica ha destacado, junto a la inicial, como la más perfecta de todo el volumen, Félix Muriel, de nuevo en primera persona, narra una historia de profunda ambientación gallega. Tiene su origen en un motivo autobiográfico que Carmen Muñoz ha revelado y se centra en un tema que viene asimismo de Galicia y de Dos arquivos do trasno, pero que está íntimamente enraizado en la vivencia personal y generacional del escritor de Rianxo a la altura de 1943. Cumple desarrollar estos dos aspectos con algún detalle, comenzando por el mencionado en último lugar.
Resulta sorprendente la serenidad con que el escritor aborda en su libro la recuperación de un pasado que parece doblemente perdido en la distancia por la brecha terrible de la guerra civil. Nada de ella trasluce en sus páginas, hasta el extremo de que un crítico republicano que permaneció en España y firmaba con un nombre, José Domingo, que no era el suyo llegó a afirmar que Félix Muriel correspondía «a una época anterior a nuestra contienda; una obra que ya estaba escrita al dejar España, o, al menos, muy madurada en la mente y propósito del autor»41.
Todos los datos de que hoy disponemos nos permiten desautorizar esa hipótesis. Dieste escribió las narraciones de Félix Muriel para un grupo de compatriotas exiliados como él, a quienes se los leyó en fecha tan cercana al desgarro incivil como era 1943. No hay en ello escapismo, ni flaqueza en el compromiso, como el propio Domingo tiene que reconocer. El talante positivo de la personalidad del autor, proclive a la generosidad fraternal, unanimista, brilla desde el primer libro de Dieste. Pero hay, sobre todo, una recia convicción estética detrás de todo ello. Y no es otra que la impasibilidad por la que abogaba Valle-Inclán; la serenidad que ideaba Stephen Dedalus, otro protagonista álter ego de su autor en una novela lírica de autoformación, Portrait of the Artist as a Young Man (1916): «The esthetic image in the dramatic form is life purified in and reprojected from the human imagination. The mystery of esthetic like of material creation is accomplied. The artist, like God of the creation, remains within or behind or beyond or above his handiwork, invisible, refined out of existence, indifferent, paring his fingernails»42.
En lo que se refiere a la fuente biográfica de «La asegurada», motivo para el desarrollo del otro aspecto fundamental de Félix Muriel que es preciso desvelar, conocemos el episodio en que Carmen Muñoz descubre en sus sueños la clave de ciertos problemas filosóficos que su esposo le comentaba en Bruselas, allá por el año 1934. La apostilla de Rafael —«¿Sabes que eres mucho más inteligente dormida?»43
