Ochenta cartas - Mitia Chiarin - E-Book

Ochenta cartas E-Book

Mitia Chiarin

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Beschreibung

“Lo quieran o no, lo sepan o no, los fabuladores, al inventar historias, propagan la insatisfacción, mostrando que el mundo está mal hecho, que la vida de la fantasía es más rica que la de la rutina cotidiana” (Mario Vargas Llosa). Mitia Chiarin parece saber esto muy bién. Y derrama esta ferocidad en sus cuentos. Ochenta Cartas describe la provincia burguesa. Cuenta la historia de personas bastante ricas como para ver sus sueños hacerse añicos. Y los sueños se hacen añicos con un ruido espantoso. Y leyendo este libro nos llega ese fragor, delicado y profundamente doliente. Son casi biografías, delineadas con un realismo brutal, que nos presentan ese tan hodierno mal de vida, enganchado a una enorme cantidad de certezas, falaces. Encontramos las historias de una infancia que se pierde en los añs 70 y la dificultad de llegar a fin de mes y de la crisis económica que son tan siglo XXI, no hay autocomplacencia, una narración llana, verista, sin pretensiones.

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Veröffentlichungsjahr: 2012

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Mitia Chiarin

Ochenta cartas

traducciòn de Ana Pace

www.blonk.it

Portada de Gianguido Saveri

(c) Blonk Editore

ISBN: 9788897604013

Los dos corazones del cuento.

Estos cuentos de Mitia Chiarin, tan singulares (como las historias de la Kristof que cita y que parece amar), irónicos y desconcertantes (como los cuentos de Grace Paley), tan ácidos a primera vista, que podrían ser leídos escuchando y homenajeando a Amy Winehouse, pero tan cársicamente tiernos (en el sentido que bajo la dura tierra de palabras antiretóricas contienen amor y piedad, gesto raro y apreciable en tiempos de sentimientos gamberros e insinceros), trabajan sobre la realidad como es deber de todo gesto creativo. Narrar, escribir, es exactamente eso: trabajar sobre la realidad, no simplemente describirla, no solo reflexionar sobre ella. Trabajar la realidad significa penetrarla, excavarla, revelar aspectos y tendencias que a menudo pasan desapercibidos al ojo normal y algunas veces hasta al más atento. Es el gran juego, la gran tarea de la literatura, de la narración en este caso. Una fila de palabras bien elegidas que, juntas, dicen más de lo que parecieran decir, muestran más de lo que estamos acostumbrados a ver.

En el primer cuento, uno de los mejores, el especialista en “eliminación” a domicilio de los sentimientos se ve obligado a ajustar cuentas con lo que, transformándolo en killer del amor no correspondido, le endurece a su vez el corazón y la carne hasta volverlo de piedra, libre de extorsiones emotivas pero despojado de uno de los principales atributos humanos. Se puede sentir una desoladora nostalgia de estos atributos, hasta imaginar incluso que se dialoga con un cajero automático, el Alfa 89 del cuento “El terminal”, casi una grotesca revisitación del diálogo entre Hal 9000 y el astronauta de “2001: Una odisea en el espacio” de Kubrick. La odisea, aquí y en los demás cuentos, no posee sin embargo la épica, ni tampoco la forma que en cierta medida permanece, aunque inmersa en el cotidiano, del Ulises joyciano. Estamos en las derivas y en los espejismos del tiempo actual y de sus personajes mediocrizados, el pueblo de la “gente estúpida”, que a menudo es también hipócrita, que engaña y se engaña y no sabe hacer otra cosa sino soportar y resignarse por miedo de cambiar, por miedo de ser sincera, como el protagonista del cuento que de esa gente lleva el título: “Hace seis meses que mi mujer me duerme al lado como si estuviera muerto. Me da la espalda para no respirar mi aliento y si la toco, se aleja como si sintiera un asco directamente en la piel. Y cada noche, me dan ganas de decirle que desaparezca de mi vista, que si le doy tanto asco en la piel, sería mejor que desapareciera ella y toda su estirpe y al final no se lo digo, porque se, que después, estaría solo y no sabría qué hacer con mi libertad a los sesenta años. Así que me trago el vete a la porra y trato de dormir?.

Se trata de gente que, más que ningún otro, tiene el problema de “hacer cuadrar las cuentas" donde las cuentas son obsesivamente cuentas económicas, no solo en la empresa sino también en microcosmos en los cuales solo esto parece tener algún significado (aunque al final hay quien busca consolaciones milagrerísticas, en cajas que contienen muñequitas mágicas o quien se descubre deseando “todos los besos del mundo” o sintiendo la nostalgia de un tiempo en el cual para emocionarse bastaba una canción, “Slave to Love” de Brian Ferry, por ejemplo).

La mirada de Mitia Chiarin procede en dos direcciones, excava hondo, y ve la avería, la parodia, la mentira, pero no se detiene aquí, va más allá y advierte lo que podría ser. Es como su Doro, el joven protagonista de uno de sus textos más secos y sugestivos. Doro se siente trasparente y con los dos corazones de los padres en su pecho, porque es así, le han explicado, que nacen los niños: volviéndose, los padres, transparentes el uno al otro y cambiándose los corazones, que luego pasan a él, hijo extraordinario (como dicen siempre los padres a los hijos, tierna mentira que si al final no se muta en madura conciencia es fuente de profundos descontentos).

Este muchacho de doble corazón, que se toma muy en serio, conoce de esta forma los dos lados de la realidad, el trasparente, su esencia, y el visible, a colores, su apariencia: “Yo les dije a mamá y a papá, cuando me contaron del amor y de como me habían hecho nacer, que estoy cansado de andar siempre vestido, fuera de casa. Cuando siento los primeros rayos de sol, en primavera, quiero correr por la hierba y volverme así de verde, y echarme y volverme rosa y después fucsia y observar la rana allá en el fondo, en el lecho del lago y volverme azul”. Pero, atención: “Yo soy un maestro, en eso de volverse azul. Pero puedo hacerlo solo en mi cuarto [...] Fuera de casa no puedo jugar con los colores...”.

En el cuarto de la escritura todo es posible, como en el cuarto de Doro. Afuera, “los otros me harían daño”. Por otro lado, si viniera de visita a su casa, donde él podría mostrarle como logra cambiar color, su pequeña amiga vería que los padres de Doro son transparentes y, a su vez, tendría miedo. Y entonces a Doro no le queda sino imaginar que ella viene a visitarlo y fantasea que le muestra sus poderes y que le regala su doble corazón revelándole, al final, como ella también es transparente aunque aún no lo sepa.

A menudo la literatura, el arte, son así. Conviven como cuartos separados en nuestra demora, como partes desconocidas y (aparentemente) infrecuentables de nuestra experiencia, como un corazón desconocido junto a ese que nos late en el pecho. Es tarea de quien escribe hacer sentir ese latido, abrir la puerta de ese cuarto, revelar aquel lado secreto presente en toda experiencia.  Pueden albergar riesgos, producir revelaciones desagradables, quizás sobrecogedoras. No obstante, nos hacen más conscientes, más libres.

Doro renuncia, por el momento. “Con un clic”, dice, “apaga el doble latido”, acepta el realismo gris. Pero él es solo un personaje. Mitia, su autora, que en el arte de contar historias, mostrando sobretodo el lado documentable de manera ordinaria, de crónica, es una maestra, encuentra en el cuento la fuerza creativa de trascender el relato falsamente “realista” superando además estos mismos temores – Doro apaga el doble latido, renuncia a mostrarse a colores, porque teme que su amiga se asuste – y, confiando en la capacidad de la narración de recompensarnos por el miedo que podemos experimentar osando recorrer los senderos más inquietantes, da rienda suelta a su fantasía y a su agudeza indagadora. Sabe perfectamente que en la realidad se pueden escribir decenas y decenas de cartas, hasta ochenta como en el cuento epónimo, y no obtener respuesta y llegar a descubrirlas al fin vacías. Pero sabe también que, escribiendo, cuando se crea esa realidad especial que la escritura describe y que al mismo tiempo transforma trabajándola, no hay hoja que quede vacía, no hay historia que quede sin respuesta en la mente del lector, en su experiencia.

Gianfranco Bettin

EL ELIMINADOR

«Esta es la tercera vez que pruebo su medicina, don Guadalupi. No funciona».

Ersilia Santini tenia en la mano la botellita vacía. Se dirigió a Guadalupi después de un momento de silencio, obligado, porque el hombre hablaba por teléfono con un cliente.

«¿No funciona? Eso lo dice usted, señora Santini. ¿Quiere que le vuelva a mostrar las cartas de los clientes satisfechos que escriben agradeciéndome? La llamo a mi secretaria, ¿Quiere leerlas todas otra vez?».

Ersilia Santini no respondió. Se limitó a empujar la botellita sobre la mesa hasta dejarla frente a Guadalupi.

«Tiene que haber un error en la preparación. Le repito que no funciona. Tampoco mejoré esta semana, sigo estando mal, no me pasa. Y sin embargo tomo una cucharada al día, como me dijo usted».

Guadalupi la miró a los ojos, ignorando la botellita que la mujer le había colocado adelante.

«Señora Ersilia, algunos casos son más difíciles que otros. Recuerdo el del profesor Calvari, estaba tan enamorado de la directora de esa escuela donde trabajaba que no lograba dormir de noche. Tuvimos que hacer algunos ajustes en la dosis. Señora, usted me tiene que ayudar».

Ersilia Santini asintió.

«¿Y cómo, Don Guadalupi?».

«Ersilia usted tiene que creer que es posible».

«Pero si yo lo hago! Yo le creo».

«No lo suficiente», replicó el hombre levantándose del sillón y caminando nervioso de un extremo a otro del comedor, transformado en oficina.

Gianni Guadalupi, jubilado de Correos, setenta años bien llevados, en lugar de jugar con sus nietitos en el parque, como todos los abuelos de su edad, se había inventado un trabajo a domicilio. El de eliminador.

Mataba el amor por encargo de sus clientes, cansados de experimentar sentimientos no correspondidos, rechazados o consumidos por el dolor y por los tormentos que debían soportar.

Se lo había hecho imprimir en una tarjeta de visita aquel título. La suya era una credencial con historia y todos en el pueblo la aceptaron sin objetar, porque todos sabían quien era.

Antes de jubilarse, de día trabajaba en las oficinas del servicio postal. De noche, durante veinte años seguidos, se había sentado en el mostrador de la taberna de la Florinda y le había hablado de amor. Y ella jamás, ni siquiera una vez, había esbozado un gesto de comprensión o asenso, con esa cabeza rubia artificial y luego, con el pasar de los años, canosa natural. Florinda no escuchó ninguna de sus palabras porque simplemente lo veía como a un cliente más, con el vaso de vino siempre en la mano.

Y a Guadalupi le llevó años entender que nunca habría tenido una conversación en serio con la Florinda. Una tarde, de regreso a casa con paso desolado, convencido de haberse vuelto transparente para el mundo, se detuvo frente a un campamento de gitanos y una mujer anciana, con arrugas que le habían excavado el rostro hasta esconderle los ojos, se le acercó y le preguntó si le hacía falta algo, que se veía que estaba afligido.

Él, ebrio de vino y de tristeza, le respondió a gritos que le hacía falta un medico, no, mejor un asesino que matara el amor inútil que llevaba en el pecho. La  vieja lo arrastró hasta su carpa, hizo que entrara y se tendiera  en la cama y  luego le dio de beber de una botellita oscura y lo invitó a relajarse mientras le cantaba una canción de palabras incomprensibles.  

Guadalupi se despertó al alba, bañado en sudor. No recordaba los sueños de la noche, tenía las muñecas marcadas, come si se las hubieran atado con cuerdas. Salió de la carpa y no halló a nadie, el campamento había sido levantado de prisa y corriendo, los fuegos apagados con agua. En el bolsillo de la chaqueta encontró la botellita oscura, llena de un liquido negruzco. Volvió a su casa y durmió el resto del día, sin preocupaciones.

Y a la mañana siguiente fue a la oficina y los amigos lo notaron extraño, sereno, ya no tenía esa mirada perdida detrás del vidrio que lo separaba de de los clientes.  Y por la noche nadie lo vio entrar en la taberna de la Florinda. Se había ido derecho a casa, a ver la televisión. Y a refregar la botellita oscura entre los dedos. Y cuando los amigos fueron a buscarlo después de días, sorprendidos de no escucharlo prodigar sus elogios hacia la Florinda sin importar cuan ajada estuviera, él les mostró la botellita y les explicó que allí se encontraba la medicina que había transformado su corazón en una piedra. Liberándolo.

Con la ayuda de un amigo químico había analizado el contenido: estramonio, vinagre y limón en partes iguales. Y entonces se le ocurrió transformar la suerte en trabajo y comenzó a producir botellitas oscu [...]