Ocho centímetros - Nuria Barrios Fernández - E-Book

Ocho centímetros E-Book

Nuria Barrios Fernández

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Beschreibung

¿Qué distancia separa el dolor de la felicidad? Un pastor evangelista gitano proclama ante sus enardecidos fieles en un poblado chabolista que la distancia entre uno y otra es de ocho centímetros. En ese intervalo mínimo se sitúan las historias de Nuria Barrios, intensas y vibrantes: allí donde no todo está perdido, donde la escritura hace reconocibles umbrales que raramente se nos muestran. Estos once relatos tienen aristas y brillan con dureza. Son once diamantes. Cortan. ¿No es acaso lo que esperamos de la literatura? Que indague, que nos ilumine, que nos duela.

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Veröffentlichungsjahr: 2016

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Nuria Barrios

Nuria Barrios, Ocho centímetros

Primera edición digital: mayo de 2016

ISBN epub: 978-84-8393-520-0

© Nuria Barrios, 2015

© De esta portada, maqueta y edición: Editorial Páginas de Espuma, S. L., 2016

Voces / Literatura 210

Nuestro fondo editorial en www.paginasdeespuma.com

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright.

Editorial Páginas de Espuma

Madera 3, 1.º izquierda

28004 Madrid

Teléfono: 91 522 72 51

El dolor no tiene voz, pero cuando encuentra una,

Ocho centímetros

 

Dos gitanos colocaban los bancos sobre el suelo de baldosas blancas y negras cuando la mujer y su marido entraron en la iglesia. Era una sala cuadrada sin más adorno que la tarima sobre la que se levantaba el atril del pastor. Escrito en la pared blanca, junto a una cruz de madera, se leía: cristo vive. El olor penetrante a lejía no ocultaba un leve hedor a cañerías.

El gitano más joven permaneció inclinado, sujetando el extremo de un banco, mientras el mayor se irguió para observarlos. Ella les preguntó por Yen. Hacía unos meses se había encontrado en el hospital al pastor de Caño Roto. Él le había contado que Yen había regresado de Argentina.

Los hombres intercambiaron una mirada.

–Suele venir media hora antes del culto –contestó el mayor–. Estará aquí a las ocho.

La pareja salió al inclemente sol de agosto.

–Vamos a tomar algo –dijo el marido.

En el descampado, un grupo de chavales jugaba al fútbol, jaleado por sus padres. Eran latinoamericanos.

–Antes en este barrio solo había gitanos –comentó ella.

Bajaron por la acera en sombra en busca de un bar. La mujer llevaba sandalias y notó el calor del asfalto subir por sus piernas. Algunas gitanas viejas habían sacado sillas a la puerta de sus casas y se abanicaban en silencio con la mirada perdida. Pasó un coche con los cristales tintados; por la ventanilla abierta del conductor escapaba un tunkatunka a todo volumen.

Encontraron en un esquinazo un local tan angosto que la barra parecía pegada a la puerta de entrada. El camarero y un hombre acodado en el mostrador tenían la vista clavada en el televisor, colocado en una repisa elevada. Retransmitían un partido de fútbol y, en el aire rancio del bar, brillaban los colores distorsionados de la pantalla: el verde tropical del césped, la piel roja de los jugadores. Pidieron dos botellas de agua; el camarero se limpió con desgana las manos en un trapo mugriento antes de tendérselas. El marido compró también una cajetilla de Marlboro y salieron a la calle a esperar.

Había una mesa metálica con tazas de café vacías y trozos de pan. Ella colocó las tazas en el suelo y apartó las migas de la mesa con una servilleta de papel. No había árboles en el barrio; los edificios de ladrillo se sucedían frente a ellos como un paredón. La ropa tendida en las ventanas colgaba inerte en el calor. Un hombre joven con una camiseta negra y unos pantalones de chándal negros con grandes letras doradas entró en el bar con un pitbull sujeto por una correa muy corta.

El marido encendió un pitillo.

–Este barrio invita a delinquir –murmuró, tras exhalar el humo, que pareció quedar detenido en el aire abrasador antes de desaparecer.

Ella sonrió, mientras limpiaba la boca de la botella de plástico.

–Tenías que haber visto estas calles hace años. –Dio un sorbo y señaló uno de los bloques que había en la acera de enfrente–. La familia que vivía en el primero serró la barandilla de la terraza para colocar una escalera y los hijos subían y bajaban a la calle por ella. Y mira ahora, no hay una sola terraza que no tenga rejas.

Ya no hablaron más. Cuando faltaban diez minutos para las ocho, se levantaron y se dirigieron a la iglesia. La mujer cogió la mano de su marido, el estómago encogido por los nervios.

En un alto al final de la calle estaba el solitario edificio de ladrillo rojo con la cruz sobre el tejado de uralita a dos aguas. Había ahora numerosos coches aparcados y animados corrillos de hombres y mujeres, vestidos como si fuera domingo. Yen estaba en la puerta junto a los dos gitanos con quienes habían hablado. Aunque no llevaba el peluquín, ella lo reconoció enseguida: bajo, grueso, vestido de traje oscuro y con la Biblia negra en la mano. El mayor le dijo algo al oído y los señaló con el dedo.

–Hola, Yen, ¿te acuerdas de mí? –La mujer sonrió, ligeramente temblorosa.

Él permaneció inmóvil, con expresión severa. Cuando ella lo conoció, era uno de los líderes del movimiento evangélico gitano y el pastor de aquella iglesia de Orcasitas. Llevaba entonces un llamativo peluquín negro y un bigote espeso que le daban un aire a Charles Bronson. Ahora no solo se había quitado el peluquín, también se había afeitado y su rostro lampiño parecía mucho más ancho. ¿Cómo era posible que no se acordara de ella? ¿Cuántas payas iban a escucharle al culto veinte años atrás? El rostro de Yen se relajó.

–¡Sí, claro que me acuerdo! ¡Julia!

Julia le presentó a su marido. Al ver a los dos hombres estrecharse las manos con cordialidad, se alegró de haber hecho caso a Marcos cuando insistió en acompañarla. Estar casada, tener una familia, era la mejor tarjeta de visita después de tantos años.

Yen les hizo pasar a un pequeño cuarto dentro de la iglesia, atestado de cajas y sillas apiladas. No tenía más luz que la bombilla desnuda que colgaba del techo. En una esquina había una mesa. Separó dos sillas y les invitó a sentarse, mientras él se acomodaba tras el tablero desportillado. Hablaron de los hijos y Yen les contó de sus nietos y del tiempo que había pasado fuera, evangelizando a los gitanos de Argentina.

–Vosotros me diréis –les dijo finalmente. Parecía el director de un colegio que, tras un cordial intercambio de saludos con los padres de un alumno, decide que ha llegado el momento de abordar el asunto que les ha llevado hasta su despacho.

Julia se irguió en el asiento, la sonrisa había desaparecido de su cara.

–Necesito pedirte un favor –y se lo contó todo.

Su sobrina estaba enganchada al crack. Lo habían descubierto en Navidades, cuando le vació el joyero a la abuela. Sus padres consiguieron que ingresara en un centro de rehabilitación, pero no había aguantado ni un mes. El novio, un yonqui con mucha calle a sus espaldas, averiguó dónde se encontraba, llegó hasta allí, se apostó fuera del edificio y gritó su nombre hasta que ella se asomó. A la media hora estaba fuera, con él. Aquello sucedió en abril. Semanas después, llamó a sus padres para decirles que estaba en Madrid y se encontraba bien. Se reunió con ellos en un par de ocasiones: no estaba bien, nada bien, pero rechazaba volver al centro, aún no, todavía no. Les acusaba de querer separarla del novio. Su padre le dio un móvil para poder hablar con ella. Para saber que estaba viva, aunque solo fuera eso. Su madre la llamaba todos los días, hasta que ella dejó de contestar el teléfono. Acudieron a la policía para averiguar si estaba detenida por robar o por llevar droga encima, con la esperanza de localizarla, pero no estaba fichada. Desde principios del verano no sabían dónde estaba ni cómo se encontraba.

Yen escuchaba, con los codos en la mesa y la barbilla apoyada sobre las manos cruzadas.

–La droga es una desgracia muy grande –dijo con solemnidad–. A los gitanos también nos ha hecho mucho daño. Cuando entra en un hogar, a través de uno va cazando a los demás. Muchas familias acuden desesperadas a pedirnos ayuda, pero el problema es muy complicado y nos viene demasiado grande. –Yen hizo una pausa–. ¿Cuántos años tiene tu sobrina?

–Veintisiete, aunque parece una niña. Es psicóloga, ¿te lo puedes creer?

Yen enarcó las cejas.

–Si supierais la gente que está enganchada: banqueros, policías… Hasta jueces.

El sonido de una cisterna atravesó el delgado tabique.

–¿Y sus padres? –preguntó el pastor.

–Están desesperados. Ya no saben qué hacer…

Estaban desesperados y también hartos, hartos de dar palos de ciego, hartos de su propia desesperación. El psicólogo al que acudían desde que su hija abandonó el centro les aconsejó no ir tras ella y esperar a que les llamara o regresase a casa para pedir ayuda. Lo mismo les habían dicho los policías y los padres de otros yonquis y los propios yonquis con quienes habían hablado. Fue entonces cuando sus tíos comenzaron a buscarla. Cada vez que surgía un problema serio, cerraban filas como si fueran sicilianos. Entre ellos, en broma, se llamaban La Famiglia. No sirve de nada, dijeron los padres, pero no se opusieron.

Siguiendo la pista de su sobrina, fueron trazando el mapa de los yonquis, la ciudad tóxica debajo de la ciudad que conocían. Fueron a la glorieta de Embajadores y a la estación de Atocha. De allí salían las cundas, que llevaban a los drogadictos al poblado de la Cañada Real para comprar su dosis. A última hora de la tarde, en el aire cuajado por el calor, iban apareciendo hombres y mujeres silenciosos y consumidos, como la Santa Compaña. Ocupaban los bancos, se recostaban contra las paredes, andaban de un lado a otro con movimientos rotos y una ansiedad idéntica en el rostro mientras aguardaban a que llegara la cunda.

Conocían a su sobrina y al novio, les dijeron. Iban siempre juntos, arrastrando una maleta. Se ganaban la vida en Atocha engañando a la gente. Contaban a los pasajeros que les habían robado, lloraban incluso. Él le había enseñado a ella. Lo hacían muy bien.

Los miembros de LaFamiglia utilizaban cada brizna de información que les sacaban para obtener, en la siguiente ocasión, una información nueva. Preguntaban con timidez, para no espantarles, si el novio le pegaba; si ella se prostituía para pagar la droga que ambos consumían; cómo se encontraba físicamente. Los yonquis se encogían de hombros. Algunos les pedían dinero. Ellos iban siempre con la ingenua esperanza de que su sobrina apareciera mientras estaban allí, pero se marchaban ya avanzada la noche sin haberla visto. Sin saber siquiera si lo que les habían contado era verdad o mentira. Volvían a sus casas como quien se esfuerza por despertar de un sueño desasosegante y febril.

La buscaron de noche en los parques que había cerca de la estación, entre los cuerpos tendidos sobre la hierba, desplomados en los bancos. La buscaron en el aeropuerto, entre los que se refugiaban de madrugada en las terminales desiertas y extendían sus sacos de dormir y hasta colchonetas hinchables para pasar la noche. Preguntaron en la comisaría, que está junto al McDonald de la T4. Conocían a su sobrina y al novio, iban a la T2 y a la T4 a pedir dinero y, a veces, se quedaban a dormir, pero hacía semanas que no les veían.

Casi habían perdido la esperanza de encontrarla cuando, pocos días atrás, un yonqui le dijo a Julia que el novio trabajaba de machaca para dos gitanas de la Cañada Real. Pasaba el día y la noche apostado en su puerta para avisarlas si aparecía la policía. Le pagaban con droga, así lo tenían sujeto como a un perro.

La puerta del cuartito se abrió y hasta ellos llegó un alboroto de voces y de risas. Un joven asomó la cabeza, pero, al verlos, se disculpó y desapareció. Marcos acarició las manos de Julia, crispadas en el regazo. Ella no le había contado a Yen que aquel yonqui, un hombre alto, con unos enormes ojos azules y sin dientes, había mascullado con odio que él nunca trabajaría para los gitanos. Nunca, repitió, y mira cómo estoy.

–Hacemos mucho ruido. –El pastor sonrió a Marcos, mientras con la cabeza señalaba hacia la puerta cerrada–. Si ahora se conoce más la iglesia evangélica es por el pueblo gitano, porque le hemos dado más marcha. –Julia lo miró un instante y luego bajó la vista al estropeado tablero de formica de la mesa. La voz de Yen se alzó con gravedad sobre la algarabía que se colaba en la habitación–: ¿Cómo puedo ayudaros?

La mujer alzó el rostro. Hacía veinte años, Yen le había abierto la puerta al cerrado círculo familiar de los gitanos: sus hogares, el culto, la chatarra, el mercadillo, los bautizos, los pedimientos… Ahora necesitaba que le abriera la puerta para entrar en el mundo marginal de los gitanos: las drogas, la hostilidad, la violencia... Cogió aire y habló con cautela para no ofenderle.

–Yen, ¿hay un culto en la Cañada Real?

–Sí –contestó el pastor, lacónico.

El corazón de Julia se aceleró. Se echó hacia delante, el cuerpo tenso como un cable.

–Si el novio de mi sobrina trabaja de machaca, eso significa que mi sobrina vive en el poblado, con él. –Se detuvo un instante–. Esas gitanas se llaman La Bea y La Veleta. Ningún yonqui ha querido acompañarme hasta su chabola. Dicen que no quieren problemas. Pero si el pastor del poblado viniera conmigo, podría llegar hasta allí y encontrar a mi sobrina. Entre los gitanos os respetáis.

Con paciencia, como si intentara calmar el desatino de unos padres angustiados, Yen movió parsimoniosamente la cabeza de un lado a otro.

–Si tu sobrina no quiere dejar la droga, no servirá para nada.

Julia asintió.

–Lo sé, pero si La Bea y La Veleta ven a un pastor gitano preguntando por ella, la tratarán mejor. –No le dijo que no la tratarían como a otra paya de mierda. No hacía falta–. Dios sabe cómo estará si ya vive en el poblado.

En la iglesia habían empezado a cantar y a dar palmas. Yen se levantó:

–Veremos qué puedo hacer, déjame que hable con el pastor de la Cañada Real y te llamaré. –Estrechó la mano de Marcos y retuvo un instante la de Julia entre las suyas–. A partir de hoy, en el culto, vamos a orar por tu sobrina. No te desesperes, está en manos de Dios.

Al salir, la luz y el estruendo de la música hicieron encogerse involuntariamente a Julia. Marcos le pasó un brazo por los hombros. Varios hombres que charlaban en la puerta los miraron con curiosidad mientras se alejaban hacia el coche.

No era la primera vez que a Julia la despedían con la promesa de una llamada. En Atocha, le había dado su número de móvil a un borracho que aseguraba haberle prestado una manta a su sobrina para pasar la noche.

–Mira, aquí está, yo siempre digo la verdad. –Y sacó una manta de un hueco entre dos bancos cubiertos con sacos de dormir sucios y cartones de vino.

Julia apartó la mirada de la manta andrajosa. ¿Cómo había llegado su sobrina hasta allí? ¿Cómo había llegado toda la familia hasta allí? La voz del borracho la sacó de su ensimismamiento.

–Es una chica muy guapa, ya me gustaría tener una novia así. Oye, pero si se entera de que te estoy llamando para avisarte de que anda por aquí, se va a dar el piro. –Se dio unos golpecitos con el índice en la sien–. No se me escapa una, ¿eh? Mejor te llamo, te digo una palabra secreta y cuelgo para que no se entere. ¿Qué puedo decirte? –Los ojos vidriosos brillaron en el rostro embrutecido–. Ya sé: grito «Ole», y corto. ¿Lo entiendes? Ole, y corto –repitió, entusiasmado por su ocurrencia.

Julia se lo agradeció y, conteniendo la respiración, le dio dos besos al despedirse. Apenas se había alejado unos pasos cuando el borracho alzó la voz:

–¡Eh! ¡Yo le he metido muchos goles al Iker! –Al ver el rostro perplejo de la mujer, colocó las piernas como si fuese a lanzar un penalti–. ¡Al Iker Casillas! ¡Íbamos juntos al colegio en Móstoles! ¡Yo jugaba mucho mejor que él! –Y se rio.

Ella también se rio y, tan pronto le dio la espalda, se frotó la boca con el dorso de la mano hasta que le escocieron los labios. En el coche, camino a casa, bajó las ventanillas para respirar el aire recalentado que despedía el asfalto y librarse del hedor a mugre y a alcohol que seguía oliendo, como si estuviera atrapada debajo de aquella manta asquerosa.

Durante varios días estuvo pendiente del móvil. Cada vez que sonaba, se lanzaba a contestar esperando oír Ole, pero el amigo de Iker Casillas no llamó.

También les dio su número de móvil a dos yonquis jovencitas que conoció en Embajadores, Laura y Verónica, pero esta vez guardó en la agenda los números de ellas. Después de una semana sin tener noticia alguna, Julia las llamó. Marcaba el número y empezaba a cantar Joaquín Sabina. Las dos lo tenían como tono en el móvil. Ninguna contestó.

Pero Yen sí llamó, y Marcos y ella volvieron a Orcasitas. Dejaron de nuevo el centro de la ciudad para adentrarse en la barriada. El pastor de la Cañada Real, el Tío Caracoles, había aceptado ayudarles. Julia no dijo nada a La Famiglia. ¿Para qué? No era seguro que su sobrina estuviese en la Cañada Real. El propio Marcos le había preguntado para qué servía tanto ir y venir desesperados por Madrid, interrogando a yonquis. Si no encontraban a su sobrina era porque ella no quería dejarse encontrar. Además, insistía él, quienes deberían estar buscando a la chica eran sus padres. ¿Qué le importaban a ella sus tíos? Marcos tenía razón, pero Julia necesitaba verla, tocarla, abrazarla. Ah, bueno, entonces lo haces por ti, le dijo Marcos. Ella no le contestó. Era verdad. Actuaba de forma instintiva, impelida por un dolor casi físico. El fantasma de su sobrina la envenenaba. Y, aunque sabía que la euforia que sentía desde que Yen la había llamado era infundada, se dejaba llevar por ella porque lo necesitaba.

Ante la puerta cerrada de la iglesia les esperaba Yen junto a otro hombre. Ambos iban trajeados y con la Biblia en la mano. A unos pasos de ellos charlaban dos gitanas.

–La del vestido de flores es la mujer de Yen –dijo Julia, aún en el coche. Rostros que creía olvidados surgían en su memoria sin esfuerzo, como peces que hubieran permanecido escondidos bajo el lecho fangoso de un río–. La pastora de Orcasitas. No recuerdo cómo se llama.

–Es muy guapa –dijo Marcos.

Vitoria. Así se llamaba, así lo pronunció Yen: Vi-to-ria. Era más alta que el marido, llevaba el pelo negro recogido en una coleta y tenía unos ojos pequeños y brillantes. Le dio un abrazo tan pronto Yen hizo las presentaciones.

–Verás cómo sale tu sobrina de la droga con la ayuda de Dios.

Hacía un calor sofocante aun en la sombra. El pastor de la Cañada Real, el Tío Caracoles, se llevó la mano al nudo de la corbata con ademán nervioso y tiró de él para aflojarlo.

–Ya le he dicho a Yen que nuestro culto no está donde se vende la droga, pero vamos a intentar ayudaros. –Por su tono estaba claro que no le parecía una buena idea. Tenía unos ojos oscuros y opacos, como dos piedras polvorientas en el rostro de rasgos gruesos y desconfiados. Su cabello, abundante y canoso, carecía de brillo, como el pelo muerto que se amontona en el suelo de las peluquerías.

–Muchas gracias –dijo Julia, y sacó unas fotos de su sobrina, que había ampliado para repartirlas.

Vitoria tendió la mano con curiosidad.

–Ay, qué guapa, tan jovencita –exclamó, y le mostró las fotos a la otra pastora–. Se le ve cara de buena persona.

–No sé qué aspecto tendrá ahora. –Julia se encogió de hombros–. Está enganchada al crack y vive en la calle desde hace meses.

La mujer del Tío Caracoles miró las fotos sin gran interés, sacó del bolso un abanico y lo abrió con un restallido. A cada golpe de muñeca, los pájaros estampados en la tela negra aparecían un instante, como si cogieran aire, antes de estrellarse contra su pecho. Vestía de oscuro, con una falda larga y una camiseta marrón.

–Su sobrina es psicóloga –le explicó con énfasis Vitoria–. Intentó ayudar al novio a salir de las drogas y, al final, él la arrastró por el mal camino.

–El novio trabaja para unas gitanas que se llaman La Bea y La Veleta –Julia pronunció lenta y claramente los dos nombres.

La pastora de la Cañada chascó la lengua.

–¡Qué listas son! Esos no son nombres gitanos. ¡Se los cambian para que no las reconozcan!

Julia se giró hacia el Tío Caracoles para darle una foto.

–¿Le suenan esos nombres: La Bea y La Veleta?

El pastor resopló, se llevó de nuevo la mano al nudo de la corbata, lo aflojó con mayor decisión y se desabrochó el botón que cerraba el cuello de la camisa.

–No conocemos a los gitanos que venden droga –contestó, tajante–. Esos tienen el corazón muy duro y no vienen al culto. Nuestra iglesia es muy trabajosa, de gente muy humilde que no se mete con nadie. Nosotros, por la gracia de Dios, andamos en la formalidad, el respeto y el orden. Vivimos de la venta de la fruta, de la chatarra, de los claveles… De lo que nos dejan –zanjó con acritud.

Vitoria suspiró:

–Hay muchos prejuicios. La gente ve a un gitano y ya piensa que es chabolero y traficante, pero esos son una minoría.

La pastora de la Cañada Real cerró el abanico con un golpe seco.

–Hay traficantes gitanos, como en todos los pueblos, razas y colores, pero los que mueven la droga no son los gitanos.

Tres hombres subían por la acera hacia ellos. Saludaron a Yen y siguieron de largo, hacia la iglesia. Yen se volvió hacia Julia y Marcos.

–Venga, vámonos, que se está haciendo tarde y he prometido dar hoy el culto en la Cañada.

Se montaron en los coches: El Tío Caracoles y su mujer, en el suyo, un pulcro Renault Megane azul con muchos kilómetros encima; Yen y Vitoria, con Marcos y Julia. Marcos indicó a Vitoria que se sentara delante y él se acomodó detrás con Yen. Cuando pasaron por delante de la iglesia, los tres gitanos, que estaban en la puerta, levantaron los brazos, alborozados:

–¡Las mujeres al poder! ¡Vivan las mujeres! –gritaron entre risotadas.

Yen se volvió hacia Marcos:

–Entre nosotros es el hombre quien conduce siempre –dijo como si se excusara–. Los gitanos estamos todavía un poquito atrasados.

–Vaya, lo siento –se disculpó Marcos–. Es que yo no conduzco.

Julia miró al pastor por el espejo.

–¿Quieres que pare y te sientas delante conmigo?

–No, no, qué va –rechazó Yen–. A mí no me importa.

–Donde sí están atrasados –intervino Vitoria– es en Argentina, como los españoles hace cincuenta años. Estaban huérfanas las iglesias de allí y mandaron a Yen a evangelizar y ahora están muy bien. ¡Gloria al Señor!