Ocho miradas esquivas - Cucha Cusacovich - E-Book

Ocho miradas esquivas E-Book

Cucha Cusacovich

0,0

Beschreibung

Un día cualquiera, ocho personas entran a un ascensor de un edificio céntrico, cada uno con sus rutinas personales, no se sabe de dónde vienen ni hacia dónde van… y de pronto, todo cambia. Quedan atrapados por un tiempo indeterminado… lo suficiente para destapar sus secretos. Una novela que recorre el presente y el pasado, el azar, el encuentro, las sincronías y la sorpresa. En un espacio pequeño, bajo presión, en donde los personajes están obligados a mirarse, aunque no lo quieran; se abren y se cierran historias incompletas, se reacciona de diferente manera, se arman alianzas, sin saber que en el exterior también suceden eventos extraordinarios. Vivimos una época complicada, llena de vorágine, de prejuicios e intolerancias, donde la única salida es la humanidad y el amor. Ocho miradas esquivas nos obliga a mirar y vernos, porque detrás de cada persona hay algo que puede rozar nuestras propias vivencias.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 276

Veröffentlichungsjahr: 2023

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Cucha Cusacovich

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz Céspedes

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Celia Jiménez

ISBN: 978-84-1181-869-8

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

.

Agradecimientos especiales a

Mi marido Antonio.

Claudio Gudmani.

Gabriela Pinochet.

Rodrigo Castro.

.

Dedicado a mi familia y a sus nuevos integrantes,

mis nietos queridos:

Vicente.

Martina.

María.

Clara.

Prólogo

Hace ya casi diez años atrás, comencé a dictar un taller de escritura en San Fernando, a petición de una entrañable amiga, Rosario, que dijo que en provincia nunca había posibilidades de desarrollarse en estas áreas artísticas, con algún profesor o artista de Santiago. Ella, por ese tiempo, trabajaba como gestora cultural en la restauración de un proyecto y como profesora de arte, de un colegio de la zona. En mi doble militancia de artista plástico y escritor, ya Rosario conocía de mi interés porque las personas desarrollaran sus talentos ocultos y guiarlas en eso.

Fue así como acepté ir una vez a la semana, desde la capital a su casa en las afueras, bien afueras de San Fernando, donde ella aglutina algunas amigas y conocidas que tenían interés por explorar la escritura.

Para mí fue como entrar a un ascensor, donde había distintas mujeres desconocidas, a las cuales en mi primera sesión observé de soslayo, mientras hablaba de la motivación de este taller y el enfoque que tenía. Me imagino que cada una se hizo una idea y yo de ellas, cuando nos presentamos en un juego lúdico de describir a la niña que fueron, a modo de un relato narrativo, que nos diera un semblante de quienes eran. Algunas de las participantes tenían una relación más cercana, otras eran nuevas y habían llegado de rebote. Al cabo de un tiempo, cuatro siguieron firmes, cada una con sus personalidades e historias, primero escribiendo cuentos, pero pronto derivando en novelas.

Recuerdo que Roxana Cusacovich aún no era «Cucha». Casada, con cinco hijos, era pintora aficionada, dueña de casa, sobre todo madre abnegada, muy entusiasta e histriónica. Al principio, tampoco era muy fluida en su uso de la palabra escrita, pero tenazmente, haciendo tareas, preguntas y tomando sus apuntes en su infaltable cuaderno, se fue convirtiendo en la más prolífica, constante y entretenida participante del taller. Primero terminó Viejo, mi querido viejo novela bastante autobiográfica, aunque con tintes muy imaginativos. Fue difícil contar la intimidad de una historia dura, pero vital. Y luego vino la duda… —¿Y ahora de qué escribo?— me dijo. Entonces, la inspiración bajó de un recuerdo de una casa familiar, particularmente con una fábrica aledaña: una curtiembre. Y de ella aparecieron personajes fantásticos, de época, como una inspiración mágica. Esa segunda novela se llamó Descuerados. Y con eso, el placentero vicio de escribir e inventar historias se apoderó de ella. Hasta el día de hoy es la única que continúa…

Esta nueva novela de Cucha Cusacovich nos interna en los laberintos de los seres humanos y me comprueba, una vez más, que un escritor atrapa lo que sucede en la sociedad y lo explora a través de la ficción, para mostrarnos las contradicciones en que nos vemos entrampados. Alejada de lo autobiográfico, nos entrega un relato atrapante, propio de nuestro país, de nuestro mundo de apariencias.

La trama gira en torno a esas veces en la vida en que nos encontramos en el lugar equivocado, como si el destino decidiera provocar situaciones que nos hagan cambiar, para bien o para mal, las certezas que tenemos de nuestra propia vida. Porque nada es lo que parece y todo lo que imaginamos de un desconocido en la calle, dista mucho de la realidad que puede traer en su interior.

Estamos en un momento de nuestra sociedad en que no sabemos qué sucederá al otro día, todo se ha vuelto inseguro… desconocemos a las personas que más cerca tenemos, nos defraudan, no hay lealtades eternas… no hay convicciones morales, ni límites éticos…

De igual manera, la vida continúa, seguimos en la travesía cotidiana, yendo y viniendo de un lugar a otro, entrando a espacios que compartimos con otros, subiendo y bajando en el carrusel de las circunstancias… hay que soportar las sacudidas y nunca sabemos cómo reaccionaremos…

Finalmente, somos seres solitarios que nos encontramos, nos acompañamos y, tarde o temprano, nos separamos por las circunstancias de la vida. Solo unos pocos afortunados se miran a los ojos, se reconocen y pueden soñar un futuro juntos…

Me alegro nuevamente de acompañar a esta autora en la travesía de un nuevo libro. Siempre aparece con algo que me sorprende…

Claudio Gudmani

Escritor y tallerista.

Capítulo 1 El ascensor

Desde lo alto de un edificio del centro de Santiago, el ascensor desciende haciendo paradas intermitentes en distintos pisos, desconociendo de dónde vienen o hacia dónde van las personas. Los pasajeros actúan de diferentes maneras. Mientras unos pocos bajan y se despiden, el cubículo recibe a otros que saludan tímidamente en la medida que van ingresando. Muchas veces, la gente entra al elevador con la vista baja o miradas esquivas como no queriendo enfrentar y tampoco involucrarse en la vida del otro. Aprietan el botón del panel iluminado, indicando el piso número uno, al cual la mayoría se dirige, apoyando su rígido cuerpo en la baranda o en el centro de él, haciendo el equilibrio necesario, cuando se requiere. Ensimismados en sus pensamientos y preocupaciones los individuos oscurecen y enfrían el paisaje que los circunda con sus sombras, acompañados de un individualismo que los lame como enriqueciendo cada centímetro de su piel. Dos muchachas modernas y joviales que se incorporan al espacio actúan distintas, ríen a carcajadas sin ocultar el momento del que fueron testigos:

—Pero… ¿no lo viste…?

—Sí —le responde la otra—, lo recogió y se lo puso en la cabeza nuevamente…

—Ja, ja, ja… —continúan riendo, cambiando el semblante de los compañeros de ruta y provocando que se asome un rictus de coquetería en un moreno y atractivo hombre mayor, que las desviste con la mirada, mientras saca el mechón de cabello que cae en su frente. El flirteo no es mutuo, ellas parecen no verlo, por lo que él insiste acomodando su camisa polo dentro del pantalón, tratando de hacerse notar. Las mujeres continúan en un coloquio difícil de descifrar, principalmente para una anciana que parece cansada con los años y que es acompañada por una cuidadora.

En la esquina derecha, bajo una de las luces del ascensor, una joven crespa, morena y embarazada responde al pequeño que sostiene de la mano, quien no parece tener más de seis años, el que le pregunta:

—Manman… ¿Cuándo «nace» mi hermanito? ¿El pap va a venir?

La madre, que nerviosamente sostiene su barriga, pareciera no querer contestar, sobre todo cuando sus vidriosos ojos se encuentran con los de un muchacho, que por primera vez saca su mirada del celular para observarla atentamente.

—Manman —insiste el pequeño—, reponn mwen

—Non, no vendrá —le dice en un idioma que algunos recién logran identificar. Es creolé, la lengua de los haitianos que ha estado entrando al país el último tiempo.

En ese instante, los focos del lugar disminuyen su luminosidad junto con la detención del elevador. Las personas simulan estar tranquilas, pero la mayoría se impacienta, sin hacer comentarios, mirándose entre ellos casi por primera vez. Los espejos reflejan rostros de preocupación por lo ocurrido confundiéndose con lo agobiante de las rutinas del día, que ya se notan en la tarde.

—Voy a tocar la alarma —interrumpe el silencio una de las risueñas muchachas.

—¡Espera, Virginia! Ten paciencia, ya se arreglará —le dice la amiga.

—Pero… es que… —Cesa abruptamente la respuesta, tras observar con detención la barriga de la haitiana embarazada.

—Virginia, ¿qué te pasa?, te quedaste muda —le comenta su compañera.

—¡Nada! —miente la joven, tratando de modificar su impávida actitud.

Inmediatamente después, el elevador hace un ruido ensordecedor que los impacienta, pareciendo chirriar contra las paredes externas, para luego moverse nuevamente, sin lograrlo del todo, parando en forma brusca. Una de las asustadas jóvenes gira buscando el panel que manipula con desesperación, apretando una y otra vez las teclas, haciendo llorar al niño que la mira con pánico. Las luces que aún permanecen tenues, además del comportamiento alterado de Virginia, provocan angustia en el pequeño que le suplica a la madre que lo saque del lugar:

—¡Manman, tengo susto! Ann ale (bajémonos).

—No te preocupes, Emile, nap kite (ya saldremos) de acá —lo calma la madre con voz temblorosa.

—¡Pero la puerta no se abre! —grita el pequeño.

—Yo pral vine de nou (ya vendrán a ayudarnos). Ven, acércate más a mí.

La mayoría, a pesar de no conocerse, miran y empatizan con la actitud de la mujer con el niño, que se expresan bastante bien en español, a pesar de algunos términos en su lenguaje. Tratan de controlarse para evitar un caos mayor dentro del aparato que todavía no retoma su funcionamiento.

La señora, de edad avanzada, parece estar lejos de la realidad, sin entender lo que ocurre, siendo asistida por su gruesa ayudante que la aferra con fuerza hacia ella, posesionada de su indispensable rol. Sin embargo, el aire que también se ha interrumpido, le causa un pequeño malestar que lo manifiesta sacando de la cartera una revista para abanicarse junto a la anciana.

Por su parte, el hombre, que antes coqueteaba con las jóvenes mujeres, siente el imperioso deseo de sacarse la chaqueta y desabrochar la camisa tan bien acomodada con anterioridad.

—¡Qué calor está haciendo! —verbaliza al aire.

—Uf, sí —contesta Andrea, abriendo el cuello de su blusa junto con subirse las mangas. En seguida, se inclina a la altura del moreno niño, tratando de calmarlo—: ¿Así que te llamas Emile?

—Oui —responde tímidamente, tomándose del vestido de la madre que se siente más aliviada al percibir que la joven ha logrado el objetivo de tranquilizar a su hijo. Además, logra leer el título de una carpeta que esta lleva en sus manos, Desarrollo de la personalidad en niños preescolares, murmulla en voz inaudible.

—Trabajo con niños —se presenta al percibir que la haitiana la mira— ¿Quieres jugar conmigo? —agrega dirigiéndose nuevamente al pequeño.

Los tristes y asustados ojos de la madre de Emile se fijan sobre los de la profesional, suplicando en silencio que la respuesta sea afirmativa.

—Ven, acércate —lo llama, mientras saca de un bolso un juego para encajar piezas. El niño se distrae a pesar del poco espacio del que disponen.

Virginia mientras observa al pequeño caribeño y a su amiga, ya siente que sus piernas pierden fuerza y que el calor le sube hasta las orejas. Trata de manejar la crisis de pánico que padece desde hace un par de años, buscando recordar lugares que le provoquen paz, tal como se lo recomendó su terapeuta, pero no logra hacerlo. Siente que su corazón está a punto de estallar. En la desesperación recurre a su billetera floreada, que es donde guarda con especial cuidado un medicamento con el que supera ese estado. «Gracias a Dios, me quedan», piensa.

Por otra parte, el muchacho que aun manipula el celular, decide guardarlo en el bolsillo de su desteñido y agujereado blue jeans que lleva puesto, dando término a su whatssapeo. Su corte de pelo, rapado por los lados, le da un aspecto rudo, pero no le permite ocultar lo nervioso que se siente, menos aun cuando se lanza hacia las teclas del panel, oprimiendo exasperado cada una de ellas.

—¡Estamos atrapados! —grita, golpeando y rompiendo con fuerza uno de los indicadores de piso.

Su aspecto desaseado, las modernas zapatillas Nike, más su actitud agresiva, ponen en alerta a los presentes, principalmente cuando de un salto mueve una plancha del cielo falso del techo, buscando una salida y comentando vulgarmente:

—¡Puta la weá! ¡Estamos cagados!

—¡No se preocupe! —vocifera la distraída y elegante anciana—. Cuando pasemos las nubes, volveremos a ver el sol.

Las personas se miran con complicidad, captando el estado de la mujer que continúa diciendo:

—Los aviones son seguros, por eso sigo viajando en ellos.

La cuidadora acaricia las manos de su paciente, mientras trata de explicar con la mirada la enfermedad que esta padece.

El confundido niño, que aún juega con las piezas que le pasó la joven, mira a su mamá preguntándole:

—Esto no se llama avión, ¿verdad?

La madre, que le sonríe guiñándole un ojo, le susurra:

—No hijo, esto es un elevador. Dam nam malad (la señora está enferma) —le dice en creolé, para no incomodar—, se le olvidan las cosas y se equivoca cuando habla —le argumenta.

—Igual que nosotros cuando llegamos acá —afirma sonriendo mientras continúa con el rompecabezas

—Oui, mi niño, oui.

Capítulo 2 Edificio residencial

En las inmediaciones del lugar en donde se ubican los ascensores del edificio que otrora fue exclusivo y residencial, nadie de los vecinos se percata del accidentado aparato y, menos aún, del llamado efectuado al conserje, el que tampoco se encuentra en su sitio de trabajo. La construcción es relativamente antigua, por lo que el elevador fue remodelado, manteniendo las clásicas puertas verticales de acero, además de otra gruesa, semiautomática que abre hacia afuera.

La desesperación de las personas, que aún permanecen enclaustradas, comienza a notarse con mayor intensidad cuando la cuidadora de la anciana busca ansiosa algo en la cartera, que parece tener todo tipo de cosas. Después de unos segundos, extrae un rosario muy bien acomodado en una pequeña caja de acrílico transparente, con el que comienza a rezar:

—Padre nuestro que estás…

Virginia, que ha logrado recuperar algo de serenidad, con la plegaria se vuelve a inquietar, mientras que el presumido hombre ya siente un embate del encierro, cuando la fatiga parece apoderarse de su cuerpo, sobre todo al aspirar el aroma a rosas que libera cada cuenta del rosario al ser manipulado por la enfermera. Recuerda los viajes de sus padres, principalmente a Roma, cuando regresaban cargados de regalos religiosos, según él para tranquilizar sus conciencias, después de una larga ausencia. Concentrado en el rezo del primer misterio, supone que la mujer lo ha adquirido de parte de algún pariente de su protegida, ya que nota que es bastante fino.

—¿Por qué rezas? —pregunta la alterada anciana—. ¡Ya te expliqué que el avión es seguro! ¡Entiende!

—Señora Silvia —responde la auxiliar con paciencia—, usted sabe que a mí me gusta hacerlo.

—Mmm, chiquilla, no sé cómo no te hiciste monja, mejor…

Las amigas sonríen al unísono, logrando relajar un poco el ambiente. En los siguientes minutos, el elevador comienza a moverse lentamente, haciendo que sus integrantes vuelvan a retomar la compostura habitual, principalmente el maduro hombre de ojos azules, que pasa la mano por su canoso cabello, para luego comentar con una seductora voz:

—Mantengamos la calma, pronto se va a solucionar.

La mujer haitiana, que a pesar de su embarazo posee una marcada y singular figura, lo mira extrañada, como recién notando su existencia. Sin embargo, la tristeza acompañada del temor que refleja su semblante no pasa inadvertido para nadie.

—Manman —le dice el hijo que la saca de sus reflexiones—, no quiro jugar más.

—¿Por qué?, esto es mucho entretenido.

—Tengo sueño, quiro dormir.

En ese instante, el ascensor vuelve a detenerse.

—¡Llegamos manman!

—Oui, parece que llegar —miente con una mueca de dolor y de desconfianza, sudando mientras recuerda el trayecto que debió recorrer desde Puerto Príncipe a Chile, encerrada en un avión, transporte que jamás había utilizado y que le provocó una leve claustrofobia.

En el otro extremo, el joven de zapatillas con aspecto de no tener mucha paciencia permanece atento a la puerta. Se adelanta avanzando un poco, esperando que se abra, pero, al notar que esta continúa hermética y que siguen atrapados, nuevamente golpea el panel. Luego, con una fuerza descontrolada que lo impulsa hacia la entrada, trata de separarlas con las manos.

—¡Concha’ su madre! ¡Abran, estamos encerrados! —grita desmesuradamente.

—¡Cállate muchacho! No ves que hay mujeres y un niño —le reprocha el cincuentón.

—¿Qué tení chucha tu maire?, voy a salir de acá como sea.

—¡Cálmate! —Vuelve a interceder el compuesto hombre, con algo de temor.

—¡Tengo caleta de trabajo! —insiste el maleducado joven.

La vieja mujer, impresionada con lo oído, le llama la atención:

—¡Te voy a dar un varillazo en las manos! ¡Tú no le puedes contestar así a los mayores!

—¡Iñora, no se meta mejor! ¡Cállela! —le dice a la cuidadora, amedrentándola con la vista.

El incómodo y galante varón, que se mantiene rígido y erguido, enmudece ante la escena, sobre todo porque no recibe de buena manera la alusión de la anciana, respecto a él como «hombre mayor», y tampoco quiere que el muchachote se violente más. «¿Qué se cree esta señora?», piensa, «ella sí que tiene sus años». Ernesto, como era su nombre, observa que el niño haitiano está a gusto en el piso y que el muchacho, con aires de marginal, en cualquier momento lo puede pasar a llevar; decide entrar en acción ayudando al pequeño, para ubicarlo junto a la madre en el otro costado del ascensor, argumentando que deberán usar ese espacio para hacer palanca en las puertas y tratar de abrirlas. Al recoger a Emile, su cercanía con el suelo, lo hace oler la fétida zapatilla del joven al lado de él. «¡Qué hediondez!», piensa, «¿Qué hará acá y a qué habrá venido? ¿Qué trabajo andará haciendo?», medita con suspicacia y preocupación.

El calor y la mezcla de olores aumentan considerablemente, hasta que Virginia intenta reiteradamente recuperar el funcionamiento del ventilador, lográndolo. Manipula varias veces la tecla, evaporando parte del aroma a rosas del rosario que le produce náuseas, tras acordarse del colgante del taxi que la trasladó por primera vez hacia el lado oscuro de la maternidad.

—Dios te salve María… —continúa rezando tímidamente la ayudante de la anciana, simulando el pánico que le causa la mirada inquisidora del adolescente.

La madre haitiana con dolor sostiene su vientre, mientras su cuerpo se manifiesta doblándose ante cada contracción. No emite sonido, incluso llora en silencio. Transpira ante los espasmos, pero vuelve a recuperarse.

—¿Te sientes mal? —le pregunta la psicóloga que ya no atiende al niño y que es la única que parece notar su estado.

—Oui —susurra.

—¿Cuándo nace tu hijo?

—En un mes más.

—Entonces siéntate —le aconseja Andrea—. Respira hondo y luego bota por la boca, así te irás calmando y sintiendo mejor. Hazlo varias veces, ¿me entiendes? —le habla con suavidad.

—Oui, oui. Merci.

—¿Cómo te llamas? —Se interesa en preguntar la profesional.

—Lisette —contesta la adolorida madre.

Una vez apoyada en el piso, comienza con lo recomendado, hasta lograr recuperarse y sonreír nuevamente, más aún cuando ve que la anciana también intenta sentarse, siendo detenida por la cuidadora quien se lo evita.

—¡Deja de rezar, mujer, por Dios! y ¡deja que me siente!, me tienes aburrida.

La asistente la mira con una mezcla de compasión y rabia, sin cumplir la orden.

—Es mejor que no lo haga, después le costará mucho levantarse y ya, pronto saldremos de acá —acota Ernesto.

Capítulo 3 Virginia

Una vez dormido el pequeño, las luces del ascensor vuelven a parpadear, causando en Virginia, a pesar de estar medicada, un alboroto incontrolable. Los gritos y las ansias de arrancar del lugar se ven interrumpidos por la ayuda oportuna de su amiga Andrea, que le conversa calmadamente tratando de detener su crisis, mientras la claustrofobia hace de lo suyo.

—¡Tranquila, Virgi! —le repite una y otra vez la amiga, que además le soba fuertemente uno de los delgados brazos. Luego, continúa diciendo—. ¿Te acuerdas cuando fuimos a Miami? Lo bien que lo pasamos… el agua tibia que tanto te gustaba… ¡Te bañabas todo el día! Yo me iba a vestir y tú salías del mar para continuar en la piscina. ¿Lo recuerdas?

La joven no muestra mejoría, es más, su semblante refleja una palidez abismante.

—¡Reacciona! —le dice, Andrea, esta vez enérgicamente.

Pero la muchacha cree morirse, sintiendo que el corazón va a salir de su boca, causando en ella una angustia desenfrenada que la atrapa hasta desmayarse. Cae, desgraciadamente en los brazos del malhumorado adolescente que la recibe reclamando.

—¡Chuta, a la pelolais se le pelaron los cables! ¡Tómala tú figurín! —dice dirigiéndose a Ernesto.

Ella en su estado de semi inconciencia escucha a lo lejos la voz del hombre que la contiene, pidiendo espacio a los demás para darle aire; cree revivir el momento que no desea recordar, ocurrido hace un par de semanas atrás, cuando realizó en taxi el trayecto hacia esa dirección indicada por ella en la zona sur de la capital:

—Me lleva al barrio Franklin, por favor, calle San Isidro 2014.

El chofer con un marcado acento argentino, además de la prisa para manejar, parece tener verborrea. No disimula el resentimiento que tiene a los chilenos, comparándolos permanentemente con su país. ¿Por qué estará acá entonces?— se pregunta Virginia en silencio.

—Mira, muchacha, te diré que yo que viví siempre en Córdoba, nunca vi la pobreza que he notado en Chile, además que ustedes son… —y agrega una serie de situaciones con el acento propio de su provincia natal.

A la joven nada le interesa, aunque obligadamente escucha lo que comenta el hombre, ya que dentro del nerviosismo que padece por la situación a la que será sometida, esto le sirve como excusa para evadirse. «Seguro que no hay pobreza», piensa irónicamente «cuando estuve en su país, la gente dormía en la entrada de los edificios o dentro de los cajeros automáticos… y qué decir de los recolectores de basura que habitualmente, entre desesperanzados e ilusionados, buscaban algo para comer y sobrevivir en una selva cargada de seres engreídos y de personalidad avasalladora…».

En todo caso, a esas alturas el tipo la tiene sin cuidado, sobre todo cuando siente un miedo paralizante al recordar que el largo trayecto que recorre, no lo hace para carretear, ni para viajar a la playa que tanto le gusta. Cavila desmenuzando cada momento, desde que sale de su casa en San Carlos de Apoquindo, en donde sus tres hermanos ya regresaban de las universidades, sin imaginar siquiera el trance que ella vivía. Su padre viudo, abogado, trabajaba sin límites en un bufete del cual era socio. Según Virginia, el hombre se obsesionó con la labor de buscar a los culpables del fallecimiento de su esposa, hace ya cuatro años, tras un inesperado accidente, por lo tanto, ya sabe que no cuenta con él y tampoco con sus hermanos que solo tienen ojos para sí mismos. Piensa en su madre —cuanto la extraña— principalmente hoy a sus veintiocho años, que es cuando más la necesita, sin embargo, no escucha las súplicas y tampoco su triste corazón. En seguida, hurga dentro de la mochila, de donde extrae su fotografía que siempre lleva consigo y con la que habla habitualmente, aunque considera que esta ocasión no lo hará, ya que no quiere imaginar sus reproches. «No tendré a esta guagua bajo ninguna circunstancia»,medita.

Una brusca frenada y el alegato del argentino con un transeúnte, la sacan por un instante de sus pensamientos, mientras se inclina hacia adelante para recoger la foto que vuela por los aires.

—Acá la tienes —le dice el taxista—. ¿Es tu madre? Es muy parecida a ti, más «rellienita» no más —Volviendo a marcar su acento.

La joven molesta, se la arrebata de las manos, notando por primera vez el exceso de peso de su mamá. Observa la imagen impresa con atención, con la mirada fija en su barriga. «¿Estaría embarazada?» se pregunta, mientras siente su rostro húmedo empapado de emoción…

—No puedo hacerlo —murmura.

—¿Qué dices? —pregunta el conductor.

—¡Deténgase, por favor!, me bajo acá —dice con lágrimas en los ojos.

—¡Pero muchacha! Aún nos faltan algunas cuadras para llegar a San Isidro… ¿te ocurre algo?

—No, nada, pronuncia con voz entre cortada… ¿cuánto le debo?

—¿De verdad no necesitas ayuda?

—¡No, gracias! —gime la muchacha—. ¿Cuánto es? —repite.

—$ 17000, pero dame $ 15000 no más.

Después de cancelar el taxi, Virginia se baja intentando recomponerse a la impresión que le produjo la imagen de su madre, supuestamente encinta… Ahora no se imagina asesinando a su pequeño y, mientras camina por las calles, se confunde entre la muchedumbre que la aturde. Abandonada en sus reflexiones, ingresa a unas bodegas que ya cierran sus puertas, repletas de muebles que han sido testigo de generaciones de familias. El olor a rosas que saturó el taxi durante toda la travesía recién acaba de diluirse, dándole paso al pegamento característico del trabajo con maderas.

Su andar la conduce por el persa Bío-Bío, perdiéndose entre pensamientos y sentimientos de soledad que la acompañan hace un mes, cuando notó que esperaba un hijo. «¡Mamá, si estuvieras acá!» le reclama en su alma. Levita entre mesas de estilo, cómodas y sillas abandonadas por sus dueños, que hoy optan por la modernidad y el minimalismo. «Cuánta historia habrá en cada uno de ellos», piensa, «infidelidades, amores y…»

—¡Chiquilla lesa! —Escucha gritar a un automovilista, frenando bruscamente frente a ella, que cruza la calle sin atención y sin inmutarse.

«No puedo matar a este niño», le da vueltas una y otra vez en su cabeza.

Después de atravesar la calle, ingresa por unos pasillos colmados de ropa que la marean y la envuelven en una serie de confusiones que debe enfrentar y decidir. «Ellos nunca deben saberlo. Perdería a mi amiga para siempre y no estoy dispuesta a ello», murmura tras encontrarse en el sector de comida, donde cae violentamente.

—¡Despierta, Virgi! —Oye decir a Andrea, mientras aún permanecen dentro del ascensor. Esta trata de reanimarla, golpeándole leve y reiteradamente en la mejilla, ofreciéndole agua de una botella que le ha pasado la mujer haitiana.

Capítulo 4 La anciana

La anciana, que ha permanecido quieta y atenta a lo que ocurre, dentro de su locura, rememora sus años de docencia replicando en voz alta:

—1, 2 y 3… ¡Ponte de pie, muchacha! —Espera un instante y repite la orden.

Andrea, sin dejar de atender a su amiga, la mira triste y desconcertada. «Qué pena esta señora, parece tan perdida», piensa.

Entre tanto, la madre y el niño haitianos aún descansan apoyados en la esquina del ascensor, poniendo más inquieto al muchacho de zapatillas con caña alta, que adolece de empatía diciendo:

—¡¿Cómo pueden estar tan tranquilos? ¡Si esto de repente se va a caer!

De pronto, un fuerte movimiento del elevador sorprende a la mayoría de los pasajeros, excepto a Emile, que se reacomoda en su inconciencia pateando a su madre, quien abre los ojos que mantenía semicerrados tratando de controlar sus molestias.

—¡Les dije que esto iba a pasar! —grita el descontrolado joven que saca el moderno celular de su bolsillo, creyendo encontrar la señal que necesita para comunicarse con sus amigotes—. ¡No tengo ni una raya tampoco! —vocifera indignado golpeando el suelo, lo que provoca una nuevo bamboleo del cubículo.

Ernesto lo mira cargado de ira, pero no pronuncia palabra alguna.

—¿Te pasa algo, figurín? Que me miras tan feo… tai igual al tío del Sename —le reprocha el muchacho que a pesar de parecer de dieciséis años, lo intimida.

Con aquella información, las miradas de los presentes vuelven a encontrarse, esta vez con más temor que anteriormente, preguntándose en sus mentes cuál sería el motivo de la estadía de este tipo en aquel lugar.

En seguida, la mujer mayor decide acomodar su famélico trasero en el frío suelo, que la recibe cómodamente gracias al pañal que lleva puesto. La cuidadora se asombra con la facilidad que lo logra, sin recibir su ayuda, sobre todo cuando estira las piernas, de las que normalmente suele quejarse cuando desea cambiar de posición. Su postura incomoda al resto de los ocupantes que deben reubicar sus extremidades.

—Mire, guapo —le dice al sorprendido Ernesto.

—¿Me dice a mí? —pregunta el compuesto hombre, fijando la vista hacia abajo, que es donde se encuentra la anciana.

—Sí, a usted le digo… es muy parecido a mi hijo, igual de buen mozo… ¿pero sabe?, hace mucho que no lo veo, él está preso… —manifiesta con una tranquilidad abismante, haciendo que el resto de las personas reunidas piensen que no está en su sano juicio—. Pero fue culpa mía —pronuncia lentamente, como desglosando cada sílaba.

La auxiliar que la asiste le baja el perfil a la supuesta confesión de su paciente, ya que tiene claro que por más que intente detenerla en sus escalofriantes y creativos comentarios, nada hará obedecerle, así que la estrategia usada desde hace algún tiempo ha sido distraerla.

—Señora Silvia, ¿le doy su Ensure?

—¡Qué vergüenza, Carmen!, eso es para los niños y los viejos. Mejor esperemos a ver qué nos van a servir las aeromozas.

El grupo sonríe en complicidad con la cuidadora, menos el maleducado muchacho que recibe con agrado la entrada de un llamado:

—Bas…Basti…Bastia —se logra escuchar.

—Hermano, llevo caleta de rato encerrao… ¡puta la huevá, se cortó! —grita enfurecido, mientras pierde la señal.

La anciana, en su verborrea, se lanza a contar el motivo del por qué su hijo estaba en prisión.

—Mi primogénito me sugirió que nos deshiciéramos de su hermano enfermo y yo acepté sabiendo que él siempre acata mis órdenes —comienza con el relato.

Todos la oyen desconcertados, especialmente Lisette que no sale del asombro, suponiendo que quizá no comprendió bien el idioma.

—«Shii» y se veía tan tierna la vieja —comenta irónicamente el rapado joven.

—¿Cierto, Carmen, que es verdad? —pregunta la abuela a la ayudante, esperando la apoye—. Tú conoces la historia, no te hagas la loca —prosigue.

La incómoda acompañante responde con un rictus en la cara, sugiriendo al resto que su paciente padece de algún tipo de demencia.

—¡Por Dios que se demoran en traer la comida estas mujeres! ¡Se ponen a coquetear con los pilotos y no atienden a los pasajeros!

—Señora Silvia, acá tiene algo para beber —sale al paso la cuidadora.

—¿Qué tienes para darme mujer?

Carmen hábilmente responde:

—Vaina, señora. Se la traje en un jarro especial, que usamos en los aviones.

—¡Gracias, linda! ¿Y le podrás poner canela?

—Claro que sí —miente la asistente, mientras incorpora el clonazepam molido sobre el complemento nutricional que la invitará al sueño, evitando con esto que siga hablando.

Carmen recuerda que cuando fue contratada por el hijo menor de Silvia, hace un par de años atrás, el hombre le habría comentado en forma muy acotada, sobre el estado de la anciana:

—Mi madre sufre de demencia senil, acompañada de un cuadro de angustia desde la muerte de mi papá. Hay medicamentos que a veces le provocan ciertos problemas —continuó diciendo—. Así que no se preocupe, cuando la escuche hablar cosas absurdas, ya sabe que es parte de su enfermedad. Usted solo le administrará algo para calmarla.

En ese entonces, recién contratada como enfermera, a los cincuenta y cinco años, tenía mucha experiencia, por lo que era capaz de identificar los problemas de la mayoría de los pacientes que había cuidado y este diagnóstico y tratamiento no le calzaba. Es más, ella a veces pensaba que atendía a una asesina, ya que las historias relatadas por su empleadora eran demasiado reales y continuas. Su dedicación y discreción la hacían merecedora de un excelente sueldo y de muchas garantías más. Los hijos de Silvia depositaban toda la confianza en ella, incluso entregándole el dinero que debía administrar para los medicamentos y la manutención de su madre. No disimulaban su gratitud con ella, autorizándola cada veinte días para que visitara por una semana a sus hermanas en el sur, siendo remplazada por una joven y copuchenta mujer a la que debían mantener a cierta distancia, para no caer en sus pelambres.

La señora Silvia, antes de dormirse, continúa hablando sobre el hijo fallecido:

—Yo no tenía vida, debía cuidarlo permanentemente y tampoco dormía bien, porque cuando se ahogaba era terrible, teníamos que reanimarlo. ¡Pobre mi niño!, no podía estar solo, así que debí dejar la docencia y dedicarme solo a él… Y me dio depresión… —Termina diciendo, como justificando lo que pronto argumentaría—. Entonces, Carlos, mi hijo dentista, me ayudó a tomar la difícil decisión —explica sin ninguna expresión en su rostro, exceptuando sus ojos que ya se cierran.

La abuela ahora duerme bajo la mirada inquisidora de los atrapados, que confían en que esta historia corresponde a una película de terror y no a la realidad. Carmen, la exculpa saliendo en su defensa:

—Mi señora es muy ingeniosa, además no le hace bien ver series, porque su mente la lleva a creer que eso le ocurrió a ella.

Todos permanecen en silencio unos segundos y luego varios sonríen, pero en el fondo, las dudas acrecientan la angustia de estar encerrados con personas desconocidas.

Capítulo 5 La psicóloga

La apacible vida de Andrea la hace merecedora del cariño de mucha gente, en especial de los niños, que son con quienes trabaja habitualmente en los hospitales y clínicas que atiende. El amor por ellos es infinito, dando todo de sí, sobre todo después de haber descubierto, al hacer la práctica en un psiquiátrico con adultos, que su vocación no iba por ese lado. Tanta fue su desilusión al no ver resultados elocuentes en pacientes crónicos, que creyó haber errado su profesión.

El dulce carácter que poseía enterneció a algunos internos, que veían en ella el cariño y dedicación de una madre, hermana o amiga, que con el tiempo se había esfumado y que necesitaban con ansias, sin imaginar siquiera el esfuerzo que la mujer ponía para ingresar al lugar.