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Jamás podría dejarle ver el modo en el que latía su corazón cada vez que él se acercaba... Nada más cruzar la puerta de aquel rancho, Kaya Cunningham supo que no había vuelta atrás. Estaba dispuesta a hacer cualquier cosa para salvar a su hija enferma, incluso quedar a la merced de su arrogante ex cuñado, Joshua Cunningham, y su poderosa familia. Joshua era un tipo increíblemente atractivo, pero él y su familia siempre habían creído que Kaya no era lo bastante buena para un Cunningham. De hecho, Joshua creía que ella había traicionado a su hermano. Por eso no podía confesarle su gran secreto…
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Seitenzahl: 191
Veröffentlichungsjahr: 2017
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2006 Ilse Dallmayr
© 2017 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Ocultando la verdad, n.º 2022 - septiembre 2017
Título original: The Rancher’s Redemption
Publicada originalmente por Silhouette® Books.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.:978-84-9170-085-2
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Portadilla
Créditos
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
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Alto!
Durante un instante, Kaya Cunningham se preguntó si podría llegar hasta el ascensor privado, que estaba tan sólo a dos metros de ella. Sin embargo, vio por el espejo de la pared que el guardia de seguridad se acercaba a toda prisa, con la mano apoyada en la culata del arma que llevaba a la cintura. Se sintió derrotada. Había estado tan cerca de conseguirlo…
–Jovencita, ¿adónde demonios cree que va? ¿Acaso no ha visto las señales que avisan de que ésta es la zona privada? –al verla de cerca, entrecerró los ojos desconfiadamente–. ¿No la vi aquí ayer? –le preguntó.
–Sí. Tengo que ver a Joshua Cunningham.
–¿Tiene cita?
–No.
–Entonces, lo siento, señorita. No puede subir sin cita previa.
–¡Pero tengo que verlo! Es muy importante –dijo. Su tono de voz debía de ser desesperado, porque la expresión del guardia se suavizó. Suplicante, ella añadió–: Sé que esto sonará a cliché, pero de verdad, es cuestión de vida o muerte –al pensar en el pequeño cuerpo tendido en la cama de un hospital, Kaya levantó las manos, rogándole al hombre–. Por favor –murmuró, con los ojos llenos de lágrimas.
El guardia carraspeó. Evitó su mirada como si aquella explosión de emociones lo hubiera azorado. Probablemente, pensaba que era una de las amigas de Joshua Cunningham, que había recibido calabazas.
–Por favor –insistió–. No diré cómo he llegado al piso privado. No le meteré en problemas. Se lo prometo.
–No le servirá de nada subir. Él no está.
–¡Pero me han dicho que estaba aquí!
–Estaba, pero se marchó –le explicó el guardia. Después miró a su alrededor y añadió en voz baja–: Me parece que le oí decir a alguien que había vuelto al Diamond C. Pero no se ha enterado por mí, ¿de acuerdo?
–No. Claro que no. Muchísimas gracias –dijo Kaya. Le dedicó una sonrisa de agradecimiento y salió apresuradamente del edificio, al que una discreta placa identificaba como la Cunningham Tower.
El rancho. Aquello tenía sentido. Al contrario que algunos de los Cunningham, Joshua siempre había preferido pasar el tiempo allí. Claro que eso era antes de que se convirtiera en la cabeza visible de Cunningham Enterprises. Seis años atrás, cuando ella vivía en el Diamond Cunningham, él era un vaquero honrado que se levantaba al amanecer para salir con los hombres a cuidar el ganado y que no regresaba hasta por la noche, lleno de sudor y agotado. Aunque sus ojos azules y su sonrisa cínica siempre conseguían que Kaya se quedara sin habla en su presencia, Kaya lo había admirado por trabajar tanto, cuando en realidad no tenía por qué hacerlo.
El rancho estaba lejos de Abilene. Antes de salir de viaje, pasaría por el hospital a ver a Natalie.
Aunque todavía quedaba tiempo para que comenzaran las horas de visita, la hermana Margaret fingió que no veía a Kaya cuando la vio dirigirse hacia la habitación de su hija. Kaya se detuvo en la puerta durante el tiempo necesario para conseguir pegarse una sonrisa a los labios. Oyó el sonido de los dibujos animados del sábado por la mañana incluso antes de entrar.
Natalie estaba tumbada de espaldas, con los ojos cerrados. El hecho de que no estuviera viendo sus dibujos animados favoritos significaba que su dolor de cabeza había empezado antes de lo habitual. Kaya se mordió el labio para reprimir el sollozo que amenazaba con escapársele de la garganta. En cuanto se hubo sentado al borde de la cama de su hija, la niña se despertó. Sus profundos ojos se iluminaron cuando vio a su madre.
–Hola, cariño. ¿Qué tal estás esta mañana? –le preguntó Kaya, mientras le acariciaba el pelo castaño y sedoso.
–Estoy bien, mami.
Qué mentirosilla más valiente era, pensó Kaya, con el corazón encogido de amor.
–Natalie, tengo que ir a un rancho a hablar con una persona. Lo más probable es que no vuelva a tiempo para visitarte esta tarde. ¿Estarás bien?
–¿Un rancho de verdad? ¿Con caballos y vaqueros y animales? –preguntó Natalie, animándose.
Kaya sonrió.
–Sí. Con caballos y vaqueros y animales.
–A lo mejor puedes llevarme cuando esté mejor. Quizá pudiera montar a caballo. Sería muy divertido.
–Sí, es cierto. Ya veremos. ¿Ya te has tomado las medicinas?
–Ahora justamente se las traía –dijo la hermana Margaret, que entraba en aquel momento en la habitación.
–He venido a decirle a Natalie que tengo que hacer un viaje corto, y que no podré volver antes de la hora de visita de esta tarde –le explicó Kaya, con preocupación.
–No pasa nada. Natalie es una niña muy mayor. Podremos pasar unas cuantas horas sin mamá, ¿verdad, cariño? –le preguntó la hermana, con una enorme sonrisa de cariño hacia la niña.
–Claro –respondió Natalie–. Casi tengo cinco años.
Kaya le besó la pálida mejilla.
–Entonces, nos veremos mañana por la mañana.
Le rompía el corazón tener que dejar a su pequeña allí, enferma y sola, de nuevo postrada por una fuerte anemia que persistía, pero Kaya no podía hacer otra cosa. Ya no podía seguir cuidando a Natalie. Por muy amargo que le resultara admitirlo, necesitaba ayuda.
Mientras salía de Abilene por el sur, Kaya ensayaba lo que iba a decirle a Joshua Cunningham. Usara las palabras que usara, acabaría pidiéndole dinero. Ella, que nunca había pedido nada en toda su vida, ni siquiera en los tiempos más difíciles, se veía obligada a mendigar. Sin embargo, la vida de su hija nunca había estado en juego. Por Natalie estaba dispuesta a rogar, negociar y bailar con el demonio, si era necesario.
Aunque hacía casi seis años que no había vuelto por el Diamond Cunningham, no tuvo problemas para encontrar el famoso rancho. Cuando detuvo el coche frente al porche, oyó el sonido del triángulo con el que se avisaba a los peones que la comida estaba lista.
Kaya salió del coche. Tenía el cuerpo entumecido del viaje, y la muñeca que se le había roto aquel año, en una caída, le dolía como siempre que iba a llover. Automáticamente, se la frotó. Después tomó aire y caminó hasta la puerta.
¿Y si Lily Cunningham estaba en casa? La mera idea de ver a su antigua suegra hizo que se le secara la boca. Sin embargo, el recordar a Natalie en la cama del hospital le dio a Kaya el valor que necesitaba para llamar a la puerta.
La casa estaba igual que el día que ella se había marchado con el corazón hecho pedazos y las ganas de vivir anuladas.
Oyó pasos al otro lado de la puerta y se preparó. Cuando Kaya vio al viejo vaquero, dejó escapar el aliento que había estado conteniendo.
–Hola, Clancy. Seguramente no te acordarás de mí…
–Claro que sí, señorita Kaya, aunque no la había visto desde antes de que su marido muriera. Nunca tuve oportunidad de decirle lo mucho que sentí lo de Derrick.
–Gracias –murmuró Kaya.
–Bueno, demonios, ¿dónde está mi buena educación? Pase, pase, por favor.
–¿Está Lily?
Clancy soltó una carcajada desdeñosa.
–Si su alteza estuviera de visita, ¿usted cree que yo podría pasar a la cocina? Pues no. Hace cuatro años, Lily se marchó con su cocinera francesa a vivir a Dallas –dijo Clancy, sonriendo–. Y ninguno de ellos lamenta que seguramente no vaya a volver –le confió a Kaya con un guiño.
–¿Y Joshua?
–Sí. Volvió hace un rato de la ciudad, pero cuando se enteró de que uno de los caballos estaba enfermo, fue directamente al establo. Supongo que vendrá dentro de un rato. Venga a la cocina, tengo unos pasteles en el horno y necesito echarles un vistazo.
Kaya siguió a Clancy a la cocina. Parecía que su cojera, recuerdo de una caída de un caballo, era más pronunciada que antes, pero aparte de eso, estaba igual que siempre.
La enorme cocina olía a manzanas y canela. Clancy sacó dos pasteles de manzana del horno y los puso sobre la encimera, junto a otros dos que ya se estaban enfriando allí.
–Tengo que llevarlas a las barracas de los peones. Bueno, salvo un pedazo. Josh sigue siendo un goloso –dijo Clancy, y puso tres de los pasteles en una bandeja.
Él era el único que llamaba Josh a Joshua Cunningham. Nadie más se atrevía. Y aquello era más lógico, porque no había nada que justificara el uso de un diminutivo para aquel hombre. No sólo era grande y alto, sino que también era valiente y generoso, al menos con aquellos que eran leales a su persona.
Joshua Cunningham se había hecho cargo del Diamond C cuando tenía poco más de veinte años. A su padre le habían diagnosticado un cáncer, y el rancho atravesaba una difícil situación económica. Le había costado años de duro trabajo, pero Joshua se las había arreglado para que el Diamond C volviera a ser autosuficiente.
–¿Quiere un café, señorita Kaya?
–Sí, gracias.
–Sírvase –le dijo él, señalándole con la cabeza la cafetera eléctrica.
Kaya le abrió la puerta para que saliera. Después se sirvió una taza de café. Se apoyó en la encimera y tomó un trago del líquido amargo y fuerte. Necesitaba el estímulo del café. El largo viaje, las noches de insomnio desde que Natalie se había puesto enferma, la preocupación constante… de repente, todo aquello había conseguido que se sintiera exhausta.
No había dado más que tres o cuatro sorbos cuando oyó los pasos de alguien que se aproximaba a la cocina. Kaya no tuvo que ver a la persona para saber quién era. Se irguió junto a la encimera, aunque le temblaban las piernas y el corazón se le había subido a la garganta.
Cuando Joshua la vio, se quedó inmóvil, mirándola con sus intensos ojos azules como si ella fuera un fantasma. Si alguien le hubiera dicho que era posible que Joshua Cunningham se quedara sin palabras, no lo habría creído. Hasta aquel momento.
Llevaba un traje gris, aunque se había aflojado la corbata y se había desabrochado los dos primeros botones de la camisa. Era la imagen del hombre de negocios con éxito. Del hombre de negocios tejano, añadió Kaya mentalmente al ver sus botas de vaquero. Era el heredero del imperio Cunningham. Ella estaba acostumbrada a recordarlo como un vaquero trabajador, así que aquella nueva imagen de ejecutivo la dejó confundida durante unos instantes. Ni siquiera recordaba una palabra del discurso que se había preparado.
–Dios mío –dijo Joshua por fin, en tono de incredulidad–. Me hubiera esperado encontrarme a Julia Roberts en mi cocina, antes que a ti.
Ella se las arregló para sonreír débilmente antes de hablar.
–Créeme, yo tampoco habría creído nunca que volvería a pisar tu cocina.
–Por la forma en que dejaste a Derrick, habría pensado que éste era el último lugar de la tierra donde querrías estar.
A Kaya se le borró la sonrisa de los labios.
–Yo no dejé a Derrick.
Él frunció el ceño.
–¿No? ¿Cómo describirías tu marcha, entonces?
–No me pidió que me quedara.
–¿Y hay diferencia?
–Una gran diferencia.
–Bueno, son juegos de palabras –respondió él. Se quitó la americana y la colocó en el respaldo de una de las sillas de la cocina–. Me vendría bien un trago. ¿Te apetece algo?
–Con el café me basta, gracias.
–Se me había olvidado que tú nunca te permites beber alcohol.
–No veo qué ventaja tiene beber alcohol si no me gusta el sabor. Además, entonces yo sólo tenía diecisiete años y era demasiado joven como para beber legalmente. Aunque para Derrick no fuera un impedimento.
Joshua sonrió.
–Sí. En cuanto se sacó el carné de conducir, pensó que podía hacer todo lo que hacían los hombres adultos.
«Y ninguno de vosotros le dijisteis que no podía», pensó Kaya. Le costó no pronunciar aquellas palabras, pero sabía que discutir con Joshua no iba a facilitarle conseguir el dinero que necesitaba. Al pensar en Natalie, Kaya apretó con fuerza la taza. Esperó a que Joshua hablara. Ella sentía todo tipo de vibraciones que emanaban de aquel enorme hombre mientras la miraba. Por experiencia, sabía que el silencio y la paciencia eran sus mejores armas.
Joshua tomó una botella de coñac de uno de los armarios de la cocina y se sirvió un poco en un vaso. Después le añadió dos cubitos de hielo. Se apoyó contra la encimera y siguió estudiándola con atención de pies a cabeza. No hizo ningún esfuerzo por disimular que la estaba examinando. Kaya hizo todo cuanto pudo por ocultar el nerviosismo que le causaba aquella situación, porque hacía años que había aprendido que si uno tenía una debilidad, lo mejor era no revelársela a un Cunningham para que no la explotara en su provecho.
–Bueno, ¿cuál es el veredicto? –le preguntó, cuando la mirada de Joshua alcanzó sus ojos. Y, al ver que no respondía, añadió–: Me has estudiado minuciosamente, así que oigamos lo que tienes que decir. No recuerdo que fueras tímido.
–Vamos, Kaya. Sabes muy bien cómo eres. Por lo que yo sé, las mujeres os pasáis el suficiente tiempo ante el espejo para saber cuáles son vuestros encantos.
Kaya sacudió la cabeza cansadamente.
–Quizá las mujeres como tu madrastra, que no tienen nada más que hacer que preocuparse de su apariencia.
–¿Qué ocurre? ¿La vida se ha portado mal contigo desde que abandonaste la seguridad del dinero de los Cunningham?
Kaya sintió que le ardía la cara.
–Por un momento se me había olvidado lo crueles que podéis llegar a ser en esta familia.
–Y a mí se me había olvidado lo frágil que eras. Sé que Lily se aprovechaba de tu sensibilidad. Lo creas o no, había veces en las que quería salir en tu defensa, pero eso sólo habría intensificado la ira de mi madrastra. Además, a tu modo, callada, te mantenías fuerte frente a Lily.
Aquel tono de aprobación de Joshua, totalmente inesperado, hizo que Kaya se quedara confusa durante un instante. Ella recordaba muy bien aquellas escenas con su suegra. En presencia de las visitas, Lily decía que su nuera de ojos verdes y pelo negro era exótica. En otras ocasiones dejaba la corrección política aparte y se refería al origen de la familia de Kaya en término poco halagadores. Incluso seis años después, aquellos recuerdos hicieron que sintiera dolor. Tuvo que respirar hondo antes de continuar.
–No he venido a hablar del pasado.
–No, supongo que no –respondió Joshua, sin apartar los ojos de ella–. ¿Para qué has venido, Kaya? ¿Por qué ahora, después de tantos años? Ni siquiera hemos recibido una felicitación tuya por Navidad.
–Lily la habría tirado a la basura sin mirarla, así que, ¿para qué iba a enviarla? De todas formas… –Kaya volvió a tomar aire. «Allá voy», pensó, con el corazón acelerado–. Intenté ir a verte en Abilene, pero los guardias de seguridad no me permitieron acercarme a ti. Lo único que quiero es hacerte una pregunta.
Joshua arqueó una ceja.
–¿Has venido desde Abilene para hacerme una pregunta? Tiene que ser interesante. Quiero oírla.
Kaya tenía la boca tan seca que tuvo que tomar un sorbo de café antes de hablar.
–Cuando el abogado de los Cunningham vino a verme con los papeles del divorcio, también me dio un papel con el número de una cuenta bancaria. ¿Lo sabías?
Joshua asintió.
–Era una oferta generosa que tú rechazaste orgullosamente. ¿Qué pasa? ¿Ahora te arrepientes de aquel gran gesto?
Ella percibió cómo la voz de Joshua tomaba un tono helado. Aquello iba a ser más difícil de lo que había pensado.
–Sé que ha pasado mucho tiempo, pero… ¿todavía tengo acceso a esa cuenta? –le preguntó. Si a él le sorprendió aquello, no lo dejó traslucir.
–¿Para qué quieres el dinero? –le preguntó Joshua, mirando el vaso de coñac con una estudiada expresión de aburrimiento.
Sin embargo, Kaya no se dejó engañar por su pose de desinterés. Ojalá pudiera hablarle de Natalie. Si Joshua supiera quién era su padre… No. Era demasiado arriesgado. No se atrevía a decírselo. Tan despreocupadamente como pudo, volvió a hablar.
–¿Que me des ese dinero depende de lo que vaya a hacer con él?
–No recuerdo si había alguna limitación implícita en el contrato, pero no puedes culparme por tener curiosidad. Primero rechazas la asignación en un gesto dramático, y años después, la quieres –dijo Joshua, mirándola con los ojos entrecerrados–. ¿qué ha ocurrido? ¿Te has echado un novio que no tiene dinero? ¿Ha averiguado que tienes medios de acceder a la fortuna de los Cunningham? ¿Quiere echarle las manos encima a ese dinero?
Kaya se congestionó. Se olvidó de la amabilidad y de la prudencia y estalló.
–¿Por qué los Cunningham siempre piensan lo peor de mí? Admito que no soy de vuestra clase social, ni tampoco tengo dinero. Y sí, tengo antepasados nativos americanos e hispanos, pero, por Dios, ¡eso no hace que sea inferior! ¡Me asquea que me trates como tal!
–Yo nunca…
–¡Sí! ¡Acabas de hacerlo ahora mismo! Puede haber muchas razones legítimas por las que necesito el dinero. Puede que me haya quedado sin trabajo, o que haya habido un incendio en mi apartamento, pero ¿has pensado tú algo de eso? No. Inmediatamente has pensado la más fea de las razones. Me has juzgado. ¿Cómo te atreves?
Joshua le lanzó una mirada dura a Kaya y apretó los labios.
–Me atrevo porque más tarde o más temprano, todo el mundo quiere algo de nosotros. Si eres un Cunningham, aprendes muy pronto que la gente sólo se acerca a ti para sacar algo.
–¿Y eso es lo que crees que estoy haciendo yo? ¿Alguna vez te he pedido un céntimo de tu precioso dinero?
–No. Pero posiblemente, eras demasiado joven como para darte cuenta de la oportunidad dorada que tenías de hacerte con una buena parte de la fortuna de los Cunningham. Ahora eres mayor y más sabia, sabes cómo funciona el mundo, y quizá hayas decidido remediarlo.
Kaya sacudió la cabeza. No podía hablar. Estaba humillada y desesperada. Si no necesitara aquel dinero con tanta urgencia… No. No podía perder el control. Por su hija, tendría que ser amable, aunque aquello le mordiera el orgullo.
–¿Me estás diciendo que la cuenta está cerrada?
–No, no es eso lo que te he dicho. No sé si había un límite temporal para ese acuerdo.
Al menos, aquello no era una negativa rotunda. El alivio que sintió fue tan grande que se agarró al borde del fregadero, donde acababa de dejar la taza de café, para mantenerse firme. Sintió bajo las palmas de las manos sudadas el frío de la porcelana.
–Si me das el número de esa cuenta, saldré de esta casa y de tu vida, y no volveré a molestarte más.
–¿Huyendo de nuevo? –le preguntó él, provocador.
–No. No estoy huyendo, pero no quiero quedarme en un sitio donde nunca fui bienvenida.
–Ahora, ésta es mi casa, y no de Lily.
–Y aún así, no soy bienvenida –dijo Kaya. Ella misma percibió la amargura de su voz. ¿Por qué tenía que importarle si Joshua Cunningham hacía que se sintiera bien acogida o no?
Él se terminó el coñac de un trago antes de hablar de nuevo.
–Vamos a mi despacho. Ese documento tiene que estar en algún archivador. Vamos a ver si hay un límite de tiempo.
Kaya lo siguió por el pasillo. En el despacho, todas las superficies estaban cubiertas de papeles, carpetas, libros, facturas, catálogos de piensos y recibos. ¿Cómo demonios iba a encontrar algo allí?
Al ver la expresión del rostro de Kaya, Joshua le dijo en tono defensivo:
–Puede parecer que todo está desorganizado, pero yo soy capaz de encontrar todo aquello que necesito.
–Deberías traer a alguna de tus secretarias a trabajar aquí, al rancho –le dijo Kaya.
–Tengo una, pero está de baja maternal –respondió Joshua. Abrió un archivador y comenzó a mirar en unas carpetas hasta que encontró la que necesitaba–. Aquí está –dijo, y sacó un sobre.
Kaya tuvo la tentación de lanzarse hacia Joshua, tomar el sobre y salir corriendo, pero sabía que no le serviría de nada demostrar lo desesperada que estaba. Se quedó inmóvil mientras él leía el documento.
Al mirar de nuevo dentro de la carpeta, Joshua debió de ver algo que hizo que agravó su expresión.
–Bueno, bueno. Mira lo que he encontrado –dijo, y le mostró una fotografía a Kaya–. ¿Lo reconoces? ¿Te acuerdas del hombre al que abandonaste?
Ella sintió una punzada de dolor y de ansiedad en el estómago.
–Derrick –susurró. Kaya se apretó una mano contra el pecho para intentar calmar el ritmo frenético de los latidos de su corazón–. Yo no lo abandoné. No fue así –mirando la foto, murmuró–: Algunas veces se me olvida lo increíblemente guapo que era.
–Sí. Aquí, todo el mundo lo llamaba el chico de oro desde que nació.
¿La voz de Joshua había sonado con un extraño tono? A Kaya nunca se le había ocurrido que Joshua, siendo un hombre normal, pudiera envidiar la belleza impresionante de su hermanastro pequeño. Salvo que Kaya nunca había pensado que Joshua fuera normal. No era guapo según los cánones, pero era sólido como una roca y vivía según un código de honor propio. Kaya había apreciado intuitivamente aquellas cualidades de Joshua, e incluso había deseado secretamente que Derrick hubiera heredado aquellos rasgos en vez de su físico de rompecorazones.
Y además, Joshua tenía algo más que ella, a los diecisiete años, no había podido nombrar, un áurea de masculinidad y un profundo atractivo sexual. Entonces, y en aquel mismo momento, aquella masculinidad atraía a Kaya desde lo más primitivo de su ser, la alarmaba y hacía que se pusiera en guardia. Inexplicablemente, aunque aquello era peligroso, también le insinuaba fuerzas oscuras y prohibidas que le causaron un escalofrío de excitación en la espalda.
Joshua puso la fotografía de nuevo en la carpeta.
–¿Podría quedármela para dárse… –Kaya se interrumpió, horrorizada. Había estado a punto de decir que quería darle la fotografía a su hija. A la hija de Derrick. Después de haber tomado tantas precauciones durante aquellos años, había estado a punto de estropearlo todo. Rápidamente, repitió–: ¿Podría quedarme con la foto?
–¿Por qué? ¿Qué has hecho con las tuyas? ¿Las has roto todas para borrar los recuerdos del hombre que te adoraba de tal forma que, cuando lo dejaste, se mató?
Kaya se sintió como si Joshua le hubiera dado un puñetazo en el pecho y le hubiera cortado la respiración.
