3,49 €
Niedrigster Preis in 30 Tagen: 3,49 €
El corazón de una madre, la fuerza de un hombre. Aquel tiempo en prisión por un delito que no había cometido le había destrozado la vida a Julia Tennant; la pérdida de su hija le había roto el corazón. Ahora que volvía a ser libre, tenía que enfrentarse al agente del FBI del que dependía su futuro, y decidió pedirle ayuda. Max Ross trataba de mantenerse frío, pero la ternura que se adivinaba en los ojos de Julia le dijo que debía escucharla. Aquel hombre tenía la fuerza de espíritu necesaria para ayudarla a recuperar a su hija... una vez que lo convenciera de que alguien había salido impune del delito que ella había pagado...
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 269
Veröffentlichungsjahr: 2017
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2002 Sandra Hill.
Todos los derechos reservados.
OCURRIÓ UNA NOCHE, Nº 52 - marzo 2017
Título original: The Night in Question
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises Ltd.
Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2003.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.
Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.
® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Books S.A.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
I.S.B.N.: 978-84-687-9810-3
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Portadilla
Créditos
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
No se parecía en nada a como la recordaba. Max Ross estudió la figura rígidamente inmóvil de la mujer que se hallaba sentada frente a él, mientras la camarera les servía los cafés.
—¿Algo más? —inquirió con tono antipático, desmintiendo el texto de la placa que llevaba en la solapa: «¡Hola! Soy Cherie. ¡Que pasen un buen día!».
Llevaba una mancha de ketchup en el uniforme. Max dudaba que aquella mujer, con aquel aspecto y aquellos modales, pudiera alegrarle el día a nadie. Al menos ese no era el efecto que estaba suscitando en su silenciosa compañera de mesa. Hasta el momento, Julia ni siquiera había dado muestras de advertir su presencia. Era como si estuviera rodeada de un escudo invisible. Un escudo que no dejara penetrar a nadie.
¿Y qué? Pensó fríamente que a él no podía importarle menos lo que le pasara a Julia Tennant. El simple hecho de que pudiera pasear por Boston como una mujer libre era bastante más de lo que se merecía.
—Eso es todo, gracias —sin alzar la mirada, Max le tendió un billete de veinte dólares—. Por favor, mantenga desocupada la mesa contigua durante una media hora.
El billete no tardó en desaparecer en su bolsillo, pero la camarera no se movió.
—Eso no se lo puedo garantizar, señor. Si se me queda libre alguna mesa, me pierdo las propinas. Cada vez es más duro ganarse la vida, ¿verdad, encanto?
Se había dirigido a Julia en un intento por ganarse su solidaridad femenina. Cuando Max vio que la camarera posaba ligeramente su mano sobre el hombro de Julia, se dispuso a intervenir. Fue demasiado tarde.
—Quítame la mano de encima… ¡ahora mismo!
En ningún momento había dejado de mirar fijamente su taza de café. Había siseado las palabras, casi sin mover los labios, con un tono inequívocamente amenazador. La camarera se había quedado de piedra.
—No soy tu «encanto». Y no me gusta que me toquen —añadió, alzando la mirada hacia ella—. Si te empeñas en insistir quizá puedas sacarle algún billete más, pero yo que tú no tentaría a la suerte.
Nadie más pareció haber advertido el incidente, y Max lo dejó estar. Le ofreció a la estremecida Cherie otro billete.
—Media hora. Es un asunto privado, ¿de acuerdo?
—De acuerdo —repuso, pálida—. Muy bien, señor… —y se retiró precipitadamente.
—Este café está asqueroso —Julia se palmeó un bolsillo del impermeable barato que llevaba y sacó un aplastado paquete de cigarrillos. Se puso uno en la boca y lo encendió, haciendo gala de la economía de movimientos que parecía caracterizarla. No dejó el paquete sobre la mesa, sino que se lo volvió a guardar.
—Antes no fumabas, ¿verdad? —le preguntó Max. Tan pronto como hubo pronunciado las palabras, se sintió un estúpido.
—No, señor Ross. Ante no fumaba. Durante estos dos últimos años he contraído algunos malos hábitos. Pero he perdido otros… como fingir que me importan las conversaciones tan estúpidas como esta. ¿Qué es lo que quiere de mí?
Los periódicos de Boston la habían llamado «La muñeca de porcelana», y Max se dijo que el nombre le había cuadrado a la perfección. Su cutis tenía en aquel entonces el brillo y el color de la porcelana más delicada. Recordaba bien su esplendorosa melena rubia, contrastando con los trajes oscuros y caros que solía llevar. Y sus ojos, los más azules que había visto en su vida, bordeados por largas pestañas negras. Unos ojos que tan a menudo había visto inundados de lágrimas…
Se había maravillado de su capacidad para echarse a llorar a lágrima viva, sin previo aviso. Recordó furioso aquellas lágrimas que solían anegar sus ojos, efectivas pero no lo suficientemente reales, sin embargo, para estropearle el maquillaje. Cuando tuvo lugar el juicio de Julia Tennant, Max contaba ya treinta y un años, y no era ningún novato del FBI, sino un veterano con más de diez de trabajo continuado en la Agencia. Pero incluso él se había preguntado más de una vez si no se habría equivocado con ella. La había visto a lo largo de los tres días que duró el juicio, y hacia el tercero había ofrecido una imagen tan conmovedora y maravillosamente hermosa… que nadie que la hubiera visto habría podido sospechar jamás que la estaban juzgando por múltiples cargos de homicidio.
De hecho, aquellas manos finas y delicadas habían entregado un paquete mortal a su marido, Kenneth Tennant, apenas unos minutos antes de que subiera a su avión privado. Y aquellos ojos azules probablemente habían fingido una bien ensayada expresión de horror cuando, al poco de su despegue, había explotado en el aire.
Pero, al final, a pesar de sus lágrimas y de sus protestas de inocencia, aquella joven viuda de veintitrés años había sido condenada por el asesinato de su marido y de las otras tres almas inocentes que lo habían acompañado en el avión aquella noche. Se había hecho justicia, se recordó aquel instante Max con sombría satisfacción. Lo único que lamentaba era que Julia no hubiera tenido cuatro vidas para pasarlas en prisión: una por cada víctima que había asesinado a sangre fría.
Pocos días atrás se había enterado de que estaban a punto de liberarla por un tecnicismo judicial. Al principio había pensado que se trataba de una broma de mal gusto.
—Si vamos a quedarnos aquí mirándonos la cara el uno al otro, le aseguro que yo tengo mucho mejores cosas que hacer, señor Ross —rezongó Julia, aplastando el cigarrillo en el cenicero y disponiéndose a levantarse—. Esta es mi primera noche de libertad. Es mejor que no le diga cómo pretendo pasarla…
—Siéntate.
Su tono no reflejó en absoluto la furia que le bullía por dentro, pero por un instante distinguió un fugaz brillo de aprensión en su mirada de asombro. Recogiéndose un delicado mechón de cabello detrás de la oreja, volvió a sentarse. Seguía pareciendo una muñeca: a pesar suyo, aquel pensamiento asaltó su cerebro. Excepto que ahora parecía una muñeca largo tiempo abandonada por una niña, una muñeca que había perdido, con los años, su color y su encanto. Aquellos ojos de color zafiro, que en otro tiempo habían resplandecido con lágrimas de diamante, lo miraban en aquel momento con frialdad, impasibles. No. Julia Tennant no volvería ya a llorar.
Y no había motivo alguno para que eso lo preocupara. Sin embargo, cuando volvió a hablar, empleó un tono mucho más duro de lo que había pretendido.
—No vas a volverla a ver. ¿Entendido?
—Descuide —desvió la mirada—. Ya me lo han advertido.
Max continuó como si ella no hubiera dicho nada.
—Si crees que algo ha cambiado simplemente porque te has salido con la tuya y has engatusado a algún juez, ya puedes ir olvidándote de ello. Si existiera un mínimo de justicia en este mundo, ahora mismo tendrías que seguir entre rejas. Te condenaron por asesinato, Julia. Si llego a sospechar siquiera que haces algún intento por localizarla…
—Déjelo ya, ¿quiere? Ya le he dicho que comprendo perfectamente mi situación.
Alzó ligeramente la barbilla, tensa, y por un instante el fantasma de la antigua Julia asomó a sus rasgos. Max había visto en cierta ocasión una fotografía suya en un periódico, en una gala de artistas. Llevaba el cabello recogido en un elegante moño, sujeto con broches de pedrería; las cejas, finas y bien delineadas, levemente arqueadas con actitud distante, displicente. Y mantenía levantada la barbilla de la misma aristocrática manera…
Kenneth Tennant, moreno, de sienes plateadas, también aparecía en la foto, rodeándole los hombros con un brazo, posesivo y protector, como si fuera un trofeo… Y sonriendo a la otra pareja presente en la imagen: su hermana Barbara y su flamante marido, Robert Van Hale. Tennant y Van Hale ya estaban condenados en aquel entonces. Los dos viajaban a bordo del avión cuando Kenneth abrió el paquete que le había entregado su esposa.
—Me sigue mirando igual que me miraba durante el juicio. Veo que no ha perdido esa mala costumbre —la voz de Julia contenía un cierto matiz de furia—. Supongo que debe de sentir una singular debilidad por las mujeres peligrosas, señor Ross… ¿o es que alberga algún tipo de fantasía sexual con las presas, como les sucede a algunos hombres?
—Quiero que esto te quede muy claro, Julia —pronunció, inclinándose hacia ella. Cuando vio que se disponía a apartarse, le sujetó firmemente las dos manos—. Tú no eres mi fantasía sexual. Eres una asesina. Una asesina que mató al padre de su propia hija, al marido de su mejor amiga y a otras dos personas que ni siquiera conocía.
—Ya, claro —repuso, tensa—. Esa es una reputación que tuve que defender desde el primer día que entré en prisión. Ya sabe usted cómo reciben a las novatas en ese ambiente.
—Estoy seguro de que te las arreglaste muy bien —seguía sin soltarla—. Eres como un gato: siempre consigues caer de pie. Eso ya lo has demostrado suficientemente.
—Sí. Es una pena que los tribunales tengan que tomar en cuenta pequeños detalles tan molestos y engorrosos como los derechos constitucionales de una persona, ¿verdad? Y ahora suélteme de una vez. Me está haciendo daño.
A pesar de su mirada impasible, había levantado la voz lo suficiente como para llamar la atención, de manera que Max tuvo que soltarla, frustrado. ¿Qué diablos había esperado? ¿Algún tipo de remordimiento? ¿Algún sentimiento, aunque fuera mínimo, de culpa?
Una parte de su ser siempre se había negado a creer que Julia era lo que aparentaba: una persona carente de emoción alguna, indiferente a las vidas que había destrozado. No había sido tan ingenuo como para esperar que su breve período de encarcelamiento hubiera podido rehabilitarla de alguna forma. Pero sí había albergado la leve y vana esperanza de que esa experiencia la hubiera hecho enfrentarse con sus propios actos. Nada podía conmover a Julia Tennant. Ni siquiera la pérdida de su hija.
Se recordó que había hecho lo que se había propuesto hacer. Le había transmitido el mensaje, aunque, por su reacción, al parecer no había sido necesario. Como el ave fénix, Julia había renacido de la pira funeraria de su antigua vida, y estaba dispuesta a comenzar otra, libre de toda carga de su pasado. Ya se disponía a levantarse, reacio a pasar un minuto más en su compañía, cuando de repente se detuvo.
—¿Qué es eso? —inquirió, con la mirada fija en el dorso de su mano izquierda.
—No creo que quiera saberlo, Ross —sonrió fríamente—. Destrozaría sus arraigados prejuicios acerca de que siempre consigo caer de pie —alzó la mano y contempló por un instante las marcas antes de enseñárselas abiertamente.
En el interior de la muñeca se distinguían las cuatro cicatrices, aún más profundas y llamativas. La expresión de Julia era firme y tranquila, con un ligero destello de burla. Y, sin embargo, no consiguió engañarlo. Detrás de aquella máscara se ocultaba una mujer que sufría. Julia Tennant había vivido un auténtico infierno.
Fue como si le hubieran hundido un puño en el plexo solar. De pronto, hasta le costó trabajo respirar. Sí, alrededor de Julia había un agobiante halo de desesperación, que casi se podía palpar…
—¿Eso es la huella… de algún tipo de arma blanca improvisada? —le preguntó, con la garganta seca.
—Fue un tenedor, Max —por un instante le temblaron los dedos—. Un día acorralaron a la nueva en una esquina de la galería, y le clavaron la mano a la mesa con un tenedor. Supongo que se trataba de un rito de iniciación, o algo parecido…
Le mostró las cicatrices durante unos segundos más, como si le estuviera enseñando una sortija, para que admirara su brillo.
—Bueno, me voy —pronunció, indiferente—. Necesito encontrar alojamiento para esta noche. Dado que no tengo habitación reservada en el Ritz, será mejor que me ponga a buscar cuanto antes una. Y si vuelve usted a acercarse a mí, Ross, le aseguro que se lo haré pagar con creces. ¿Entendido?
Aquella mujer lo estaba amenazando. La compasión que había sentido por ella se evaporó al momento.
—¿Qué es lo que andas planeando, Julia? ¿Otro paquete bomba?
—No. Una denuncia por intento de violación —respondió fríamente—. Vuelva a acercarse a mí y me rasgaré tan rápidamente la blusa que no tendrá tiempo de sacar su maldita credencial antes de que la policía se le eche encima. La acusación no prosperará, claro, pero mancillará su expediente. Piense en ello.
—Y piensa tú en esto —replicó Max, incapaz de dominar su furia por más tiempo—. Nunca dejaré de vigilarte. Me aseguraré personalmente de que jamás llegues a encontrarla. Tenlo bien presente si algún lejano día se te ocurre jugar a las mamás con ella. Se las está arreglando perfectamente sin ti. Está volviendo a llevar una vida normal… y no dejaré que se la arruines por segunda vez.
—¿Usted… usted la ha visto? —ya había empezado a volverse, cuando de repente se quedó paralizada—. ¿Cuándo la ha visto? ¿Se encuentra bien? ¿Le ha sucedido algo? —había formulado aquellas preguntas con una urgencia desesperada, atropellando las palabras.
Seguía mirándolo fijamente, conteniendo el aliento. Hasta que se recuperó. Esbozando una sonrisa burlona, se encogió de hombros. Encendió otro cigarrillo.
—Ahora lo entiendo. Por eso la ha mencionado. Porque quería ver si yo me conmovía… aunque solo fuera un poco.
—No te conmoviste cuando viste explotar el avión en el que viajaba tu marido. Tengo entendido que tampoco nadie te vio conmoverte en prisión. No. No esperaba nada de eso. Pero dime una cosa: ¿por qué no puedes pronunciar su nombre?
La sombra de dolor que por un instante creyó distinguir en sus ojos, desapareció tan rápidamente que la atribuyó a una distorsión del humo del cigarrillo. Lo había encendido con un fósforo, que seguía sosteniendo en la mano derecha, sin apagarlo. Con un movimiento deliberado, fue acercando lentamente el pulgar y el índice de la otra mano a la llama, sin dejar de mirarlo a los ojos. Max sabía que se estaba quemando, pero aun así continuaba sosteniéndole la mirada, imperturbable. Hasta que lo apagó. Ni siquiera había pestañeado.
—Willa. Se llama Willa, y solía ser mi hija, antes de que gente como tú me la arrebatara —comenzó a tutearlo, rabiosa—. ¿Lo ves, Max? Puedo pronunciar su nombre. Lo que pasa es que no hay razón para hacerlo… ya que nunca más volveré a verla.
Continuó mirándolo durante unos segundos más antes de cerrar los ojos, como si se hubiera cansado de la conversación. Y Max se lo dijo. No sabía por qué, pero se lo dijo.
—La vi antes de ayer. Está bien. No le ha pasado nada malo.
Julia seguía con los ojos cerrados, apretando los labios. Hasta que volvió a abrirlos. Aquellos fabulosos ojos de color zafiro que habían invadido sus sueños durante los dos últimos años.
—Gracias —repuso en un tono tan bajo que Max apenas pudo oírla.
En aquel instante, otra camarera se acercó a su mesa.
—Es el turno libre de Cherie —les informó—. ¿Quieren tomar algo más?
—No —respondió Max, que se había quedado desconcertado por la reacción de Julia—. Íbamos a marcharnos.
Cuando se volvió nuevamente hacia ella, vio que estaba apagando tranquilamente el cigarrillo que acababa de encender. Había vuelto a recuperarse. Cualquier vulnerabilidad que hubiera mostrado unos segundos antes, había desaparecido por completo. Y sus ojos ya no tenían el cálido brillo del zafiro. Tenían un tono azul frío, helado.
—No vuelvas a hacerlo, Ross —volvió a amenazarlo—. Tú, mejor que nadie, deberías saber lo muy bajos que pueden llegar a ser esos golpes.
—Hey —frunció el ceño, sorprendido—, yo no he…
Pero ella lo interrumpió:
—Sé mucho más de lo que crees. ¿Sabes una cosa? Me he tomado la molestia de averiguar todo lo posible sobre el hombre que me destrozó la vida —su expresión se ensombreció—. Perdiste a un hijo, ¿verdad?
De repente, Max dejó de oír el bullicioso ruido de la cafetería. Un estruendo comenzó a atronarle los oídos. ¿Cómo había podido saberlo? Se sentía violado, mancillado. Aquella mujer había investigado sus antecedentes. No sabía cómo lo había conseguido, pero de alguna forma había averiguado más cosas sobre él, durante aquellos dos años en prisión, que lo poco que sabían sus más cercanos compañeros de trabajo. No tenía ningún derecho a…
—No te gusta que una desconocida meta las narices en tu vida personal, ¿verdad? Pues la mía apareció en las páginas de portada de los periódicos, Max… gracias a ti y a tus compinches. Como te dije antes, yo tampoco quiero que te acerques a mí.
En esa ocasión, cuando se volvió para marcharse, Max esperó a que llegara a la puerta para llamarla. Furiosa, lo miró por encima del hombro.
—¿Qué diablos quieres, Ross? —inquirió con tono impaciente.
Señaló el paquete de cigarrillos que estaba en una esquina de la mesa.
—Olvidas tu tabaco, Julia. Yo no fumo.
Dio un paso hacia él. Pero de inmediato se frenó en seco.
—Yo tampoco, Max. Acabo de dejarlo ahora mismo —sonrió, tensa—. A partir de ahora, seré una ciudadana modelo.
Y se marchó. Max bajó la mirada a la mesa. Aquel paquete de cigarrillos y su taza vacía de café constituían la única prueba de que Julia había estado allí.
Se había estado burlando de él, pensó, súbitamente furioso. Incluso su último comentario había contenido un mensaje oculto, que sabía que comprendería. Le había estado diciendo, en todo momento, que poseía la fortaleza y voluntad necesarias para hacer lo que quisiera. Para obrar a su antojo.
Se había estado burlando de él. Y le había mentido.
Julia Tennant estaba absolutamente decidida a buscar a su hija.
—Hueles a fiesta, mami…
Julia besó en la mejilla a su hija, que seguía aspirando profundamente, deleitada, su caro perfume. Mientras la estrechaba con fuerza entre sus brazos, rezó para poder contener las lágrimas en aquellos momentos finales. Afortunadamente, la atención de Willa se hallaba centrada en otra cosa.
En aquel instante estaba acariciando los pendientes de perlas que, en un gesto de coraje, se había puesto aquella mañana.
—Pareces una princesa, mami.
—¿Tú crees, gatita? —la garganta se le cerró de dolor en el mismo instante en que pronunció aquel cariñoso apelativo. No podía hacerlo, pensó desesperada. No podría soportarlo. Si en aquel momento le preparaba una maleta a Willa, podrían estar en el aeropuerto antes de que cualquiera se diese cuenta… Podrían abandonar juntas el país, cambiar de nombre, comenzar una nueva vida…
Solo que no tenía pasaporte. Y, cuando el tribunal descubriera su desaparición, todas las autoridades del país la buscarían a ella y a su hija. No podía hacerlo. No tenía otra opción.
Abrió los ojos justo cuando María, el ama de llaves, ahogaba un sollozo, a unos pasos de ella. Thomas, el fiel chófer, esperaba al lado de la puerta, retorciendo nervioso la gorra entre sus dedos. Había llegado el momento de marcharse. Y aunque tenía la sensación de que le estaban arrancando el corazón del pecho, tenía que conseguir que aquella despedida fuera lo más normal y natural posible. Por el bien de su hija.
—¿Por qué estás llorando, mami?
«Porque cuando hoy entre en el tribunal, estoy segura de que ya no volveré a salir, cariño. Porque doce personas que no me conocen de nada probablemente me encontrarán culpable de un acto horrible. Porque tú eres mi vida. Y porque tengo un miedo horrible a no volver a verte más». Forzó una sonrisa. Y vio que la sombra de preocupación que había visto en la mirada de su hija desaparecía rápidamente.
—Porque las perlas hacen llorar, corazón. Es lo que se dice. Y ahora, vuelve con María a la cocina y termínate tu tostada, ¿de acuerdo? Hasta luego, gallinita roja.
—Hasta luego, cocodrilo —rio Willa, repitiendo una vez más su saludo secreto, que solo ellas conocían—. Te quiero billones —y, mientras seguía pronunciando las palabras de aquel divertido ritual de complicidad, echó a correr hacia la cocina, saltando de alegría.
—Te quiero billones —susurró Julia antes de que las lágrimas corrieran al fin, libremente, por su rostro. Acababa de atesorar aquella preciosa imagen de su hija en la memoria, justo antes de que doblara la esquina del pasillo y desapareciera de su vida—. Billones y trillones —añadió, sin aliento—. Para toda la eternidad, gatita mía.
Lentamente se volvió hacia la puerta, donde Thomas la estaba esperando. Y el interminable dolor dio comienzo.
Julia se abrazaba con fuerza a la húmeda almohada, luchando por no despertarse. A veces el sueño se repetía. Y a pesar de la atroz angustia que revivía noche tras noche cuando llegaba a su final, merecía la pena aferrarse a él. Aferrarse, aunque solo fuera en su imaginación, a aquel pequeño cuerpecillo, apretar el rostro contra aquella deliciosa melenita rubia, aspirar el dulce y limpio aroma de la piel de Willa. Pero, en aquella ocasión, eso no le hizo ningún bien. Con gesto cansino, abrió los ojos. Y se encontró en una habitación extraña, que no le sonaba de nada…
Segundos después se sentó bruscamente en la cama, con el corazón acelerado. Ya no estaba en la cárcel. Era libre. ¡Libre! Apartó la manta con rapidez y se levantó. No importaba que estuviera en la habitación más barata del motel más barato que había podido encontrar la noche anterior. Era libre, se repitió, temblando de emoción. A veces había llegado a pensar que aquel momento jamás llegaría.
Y estar libre significaba que podía empezar a buscar a Willa. Apenas podía creer que fuera cierto. No le extrañaba que estuviera temblando como una hoja.
—Has salido —susurró, mirándose en el espejo—. Te decían que eras demasiado blanda, demasiado mimada… y que nunca sobrevivirías. Se equivocaban. No sabían que tenías un motivo para vivir.
Sin dejar de mirarse, apoyó las palmas de las manos en el espejo. Había dormido con el sostén de algodón y las sencillas bragas que constituían toda la ropa interior que poseía. Contra la palidez de su piel, los tirantes del sostén parecían deslucidos de tantos lavados como le había hecho, y sintió una punzada de humillación. Había entrado en la cárcel luciendo un traje de alta costura, calzando zapatos artesanales italianos, llevando lencería de satén y encaje. Y había salido, casi dos años después, con un blusón de poliéster, sin forma. Su propia ropa se había perdido, o al menos eso era lo que le habían dicho. Por eso, lo primero que había hecho cuando salió el día anterior fue gastarse unos pocos dólares en una tienda de ropa de segunda mano.
Había dejado el blusón en el probador de la tienda y durante cerca de una hora había vagado por las calles, sin sentir el frío de abril, ebria de júbilo, de excitación. Poco a poco había ido acostumbrándose a las luces, a los letreros de neón, a la gente que invadía las aceras. Hasta que un hombre alto se detuvo repentinamente frente a ella, bloqueándole el paso.
Con pasmosa facilidad, Max Ross le había arrancado toda ilusión que pudiera haberse hecho de haber dejado atrás su pasado. Nada más verlo se había sentido vulnerable, expuesta, como si todo el mundo a su alrededor supiera quién era y dónde había pasado los últimos veintitrés meses de su vida. Y él había querido que se sintiera así.
Pero había cometido un grave error, pensó con una fría punzada de furia. Había creído estar hablando con Julia Tennant. La Julia Tennant de hacía dos años, la mujer a cuyo encarcelamiento había contribuido. Aquella mujer habría aceptado seguramente su advertencia.
Pero aquella mujer había dejado de existir.
—Me has enseñado tus cartas, Ross. Eso no ha sido nada inteligente —le dijo a su imagen reflejada—. No deberías haberme dejado saber lo mucho que me odias, porque a partir de ahora, ya estoy advertida. Y vigilaré mis pasos.
A pesar de sus palabras, se estremeció al recordar el breve y hostil encuentro que habían mantenido durante el día anterior. Por un instante volvió a ver su expresión, implacablemente rencorosa. Haría cualquier cosa con tal de detenerla. Sintió miedo. En el espejo, su propia imagen tembló levemente, y cerró los ojos con fuerza.
A veces, el sueño que había tenido continuaba. Y los acontecimientos desfilaban delante de sus ojos como en una sucesión de fotografías. Las caras de los miembros del jurado. La expectación de los periodistas. Su propia confusión e incertidumbre hasta que un policía le puso las esposas. Y, cuando abandonaba el tribunal, el fugaz pero inequívoco brillo de compasión de unos ojos: los de Max Ross.
Se irguió bruscamente, desechando aquellas imágenes. Se lo habría imaginado. La piedad no era una de las virtudes de Ross. Si aquel hombre poseía algo de humanidad, ciertamente no la malgastaría en una mujer a la que consideraba una asesina sin entrañas. Y, por lo que había sabido durante aquellas últimas semanas, él no era el único en pensar eso.
—Tu cuñada solo aceptó testificar contra ti después de que las autoridades le garantizaran su seguridad —le había informado Lynn Erikson, compañera suya en la cárcel—. ¿Que si creo que existe alguna posibilidad de que tu sentencia sea anulada después de la desautorización de las pruebas que encontró la policía en tu casa de verano? Rotundamente, sí.
Lynn se había encogido de hombros. Y, en aquel pequeño gesto, Julia casi había podido ver a la poderosa y brillante abogada que había sido antes de que la adicción a la cocaína la hubiera destrozado y robado la libertad.
—La policía no necesitó una orden judicial para registrar la casa que había sido de tu marido, pero la residencia de verano de Cape Ann siempre había estado exclusivamente a tu nombre. Sin embargo, los cables y productos químicos que fueron encontrados allí nunca debieron ser formalmente utilizados como prueba, y sin ellos, lo único que tienen contra ti es el testimonio de Barbara afirmando haberte visto entregando el paquete a Kenneth justo antes de subir al avión. Y eso no basta para demostrar que tú conocías su contenido.
Julia la había escuchado esperanzada. Pero acto seguido la antigua abogada había agregado, con tono pesaroso:
—Sin embargo, eso no cambia el acuerdo al que llegó Barbara con las autoridades, o el hecho de que consiguiera la custodia permanente de Willa cuando a ti te encarcelaron. Oh, quizá después de una larga y laboriosa batalla legal podrías, con mucha suerte, recuperar a tu hija… pero lo dudo. Incluso aunque tu cuñada no tuviera el respaldo de la fortuna de los Tennant, se ganaría de todas formas la comprensión y la compasión de cualquier tribunal. Su propio marido iba a bordo de aquel avión… ¿quién se atrevería a arrebatarle la niña a una pobre viuda, para entregársela a la asesina de su marido y de su cuñado? —antes de continuar, suavizó su tono de voz—. Dices que Barbara siempre adoró a Willa. Al menos sabes que tu hija está en manos de alguien que la quiere. Muchas de las mujeres que están encerradas aquí ni siquiera tienen esa esperanza.
Le debía su libertad a Lynn, pensó Julia mientras se alejaba del espejo para asomarse a la ventana. Quizá lo más lógico y sensato fuera seguir el consejo de la brillante abogada y asumir que había perdido a su hija para siempre. Pero no podía. Porque si lo hacía, no tendría ya ningún motivo para seguir viviendo.
El elegante traje azul que había llevado aquella última mañana, cuando se despidió de Willa, no había sido encontrado cuando recogió sus pertenencias a la salida de prisión. Con el corazón en un puño, había esperado en la entrada a que le devolvieran el resto de sus posesiones. Cuando la funcionaria le espetó que su bolso de piel también estaba perdido, y que ya la avisarían cuando se lo encontraran, lógicamente temió lo peor.
—Tenía también unos pendientes —le había dicho a la funcionaria—. No eran caros, pero tenían un valor sentimental para mí… ¿Todavía están?
La mujer había intercambiado una irónica mirada con el guardia de la puerta.
—¿Valor sentimental? ¿Acaso era un regalo de tu último marido, cariño? Aquí están.
Y descuidadamente lanzó los grandes pendientes de perla sobre el mostrador, en un gesto de inequívoca hostilidad. Pero Julia estaba acostumbrada a aquel trato. La mayor parte del personal de la cárcel le había dejado muy claro que desaprobaba su liberación.
—Sinceramente, he visto imitaciones mejores en las máquinas de bolas de chicle. Tenía entendido que las zorras ricachonas como vosotras nunca llevabais perlas verdaderas, pero… ¿no podías haberte permitido algo menos basto?
Evidentemente, por eso no se los habían robado. Porque equivocadamente habían pensado que las perlas eran falsas, de tan grandes como eran.
A través de la sucia ventana de la habitación del motel, Julia podía ver a un grupo de peatones esperando a que cambiara un semáforo, allá abajo. Por un instante creyó haber reconocido a Max Ross destacándose entre ellos, y se quedó paralizada. Alto. Hombros anchos. Pelo oscuro. Pero cuando el semáforo cambió a verde y el hombre echó a andar, pudo verle la cara y se tranquilizó. No era él. Por el momento, estaba a salvo.
Sus vaqueros estaban doblados sobre el respaldo de la silla. Rebuscando en uno de los bolsillos delanteros, sacó dos objetos envueltos en pañuelos de papel. Los desenvolvió cuidadosamente. Eran los pendientes de perlas.
Willa los había llamado sus «pendientes de princesa». Kenneth se los había comprado como regalo de bodas, insistiendo en que se los pusiera siempre que salieran juntos. En una ocasión le había comentado que le encantaba exhibir sus impecables gustos… tanto en joyas como en mujeres.
Para Kenneth, las apariencias siempre habían sido lo fundamental. Demasiado tarde descubrió Julia que sus regalos y sus atenciones hacia ella eran tan vacíos como, con el tiempo, llegaría a ser su matrimonio. Y todavía tardó más tiempo en descubrir que su hija le importaba igual de poco. Willa y ella solamente habían sido para él como un decorado en su vida. El decorado más apropiado para un hombre de su riqueza y posición.
Era la persona más fría e insensible que había conocido… tanto en su vida personal como profesional. En el fondo, Julia siempre había estado convencida de que ese y no otro había sido el motivo de su muerte. Algún rival que había destruido, algún ejecutivo al que había arruinado… Alguien había encontrado una manera de matarlo y, al mismo tiempo, presentarla a ella como autora del crimen. Pero aunque aquel anónimo enemigo le había robado dos años de su vida, no tenía ninguna intención de descubrir su identidad. Solo estaba interesada en una cosa. Y no era la venganza.
Los pendientes que Kenneth le había regalado conservaban todo su valor. Eran perlas de los Mares del Sur, enormes, ribeteadas de diamantes. Y esas perlas la ayudarían a recuperar a su hija.
—Voy a encontrarla, Ross —pronunció en medio del silencio de la habitación—. Quiero lo que tú y otros como tú me habéis quitado: mi hija, mi vida, mi libertad… y lo conseguiré. Y cuando lo consiga, desapareceremos tan completamente que nunca más volverás a saber de nosotras.
—¿Que tú qué?
Julia se quedó mirando de hito en hito al joven obeso, de pelo largo, que estaba sentado delante del ordenador.
—He dicho que solo tardé un par de horas en cumplir tu encargo después de que te marcharas el martes. Debiste haberme dado un número para que pudiera localizarte —se recogió una grasienta greña detrás de la oreja—. Así que has estado allí, ¿eh? ¿Por qué? ¿Tráfico de drogas?
Había una distraída curiosidad en su tono, porque la mayor parte de su atención estaba concentrada en la pantalla. Pulsó una tecla sin esperar su respuesta. Julia se dijo que, en cualquier caso, no iba a revelarle la verdad.
