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La literatura europea está en deuda con Quinto Horacio Flaco (65-8 a. C.), uno de los más influyentes poetas de la Antigüedad. De amplia formación filosófica y con especial inclinación hacia el epicureísmo, tras un lapso como tribuno militar, se estableció en Roma, donde inició una brillante carrera literaria bajo la tutela del emperador Augusto y su consejero Mecenas. Su reflexiva poesía alcanza una extraordinaria perfección formal y plenitud que constituyen la esencia de lo clásico. Pensadas para ser leídas más que recitadas, las Odas son una de las cimas de la lírica latina, en las que el autor aborda temas universales, como el amor, la fortuna, la amistad, el ocio o la vejez. En este centenar de poemas, Horacio busca recrear la huella de los grandes poetas griegos, aunque también son piezas genuinamente romanas y pioneras en otros muchos aspectos, como en el uso de célebres tópicos como el del carpe diem o de la aurea mediocritas. «Hasta hoy no he sentido con ningún poeta el arrobamiento artístico que desde el comienzo me proporcionó una oda horaciana. En comparación con Horacio, el resto entero de la poesía se transforma en algo demasiado popular, en mera charlatanería sentimental». Friedrich Nietzsche
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Seitenzahl: 480
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Volumen original: Biblioteca Clásica Gredos, 360.
Asesor de la colección: Luis Unceta Gómez.
© del prólogo: Rosa María Marina Sáez, 2025.
© de la traducción y las notas: José Luis Moralejo Álvarez.
© de esta edición: RBA Libros y Publicaciones, S.L.U., 2025.
Avda. Diagonal, 189 – 08018 Barcelona
www.rbalibros.com
Primera edición en esta colección: septiembre de 2025.
RBA · GREDOS
REF.: GEBO720
ISBN: 979-13-8789-602-7
Composición digital: www.acatia.es
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47). Todos los derechos reservados.
Índice
PRÓLOGO POR ROSA MARÍA MARINA SÁEZ
ODAS
LIBRO I
LIBRO II
LIBRO III
LIBRO IV
NOTAS
HORACIO, ¿PERSONAJE BIOGRÁFICO?
Si tienes este libro entre tus manos, seguramente has oído hablar de algunos de los tópicos de mayor éxito en la cultura occidental. Porque ¿quién no conoce expresiones como carpe diem, aurea mediocritas o beatus ille, o sus variantes castellanas: «disfruta el momento», «busca el término medio», «feliz el que huye de las preocupaciones»? Podemos encontrarlas —sobre todo la primera— en todo tipo de manifestaciones literarias, pero también en el cine, en la música, en la publicidad, en objetos cotidianos como tazas o camisetas, y en conversaciones triviales mientras se disfruta de placeres y celebraciones de toda índole. Pues bien, aunque el nombre de Horacio sugiera una lectura culta y erudita, fue precisamente él quien popularizó esos tópicos.
Sin embargo, la personalidad del autor y la obra en la que se insertan estos tópicos son menos conocidas por el público en general, como sucede con buena parte de los autores que suelen denominarse clásicos y considerarse prestigiosos e imprescindibles, pero que, a la hora de la verdad, no son lo suficientemente leídos. No se puede negar que Horacio, Virgilio o Cervantes son autores en ocasiones difíciles, que hablan de contextos que pueden resultarnos lejanos y que están llenos de referencias eruditas, pero también pueden proporcionar goce estético o suscitar la reflexión. Horacio, en sus Odas, nos conduce a través de paisajes deliciosos, nos deleita con relatos mitológicos, nos invita a disfrutar de placeres sencillos, nos habla del amor y la amistad, de la vida y de la muerte, y también nos implica en la política de Roma.
Pero ¿quién es Horacio? ¿Qué sabemos sobre su vida, sobre sus relaciones, sobre sus inquietudes vitales? Frente a otros autores latinos como Plauto, de los que apenas se sabe nada, en su caso poseemos abundantes datos que nos ha legado la Antigüedad. En primer lugar, existen varias biografías latinas, entre las que destaca la atribuida a Suetonio, donde se combinan datos reales con detalles escabrosos, muy del gusto del biógrafo y de sus lectores. Asimismo, el propio Horacio ofrece algunas pinceladas a lo largo de su obra, cuya finalidad no es tanto contarnos su vida, sino construir su personalidad poética.
Sabemos que nació el 8 de diciembre de 65 a. C. en Venusia (Venosa, en la actual región italiana de Basilicata) y murió el año 8 a. C. en Roma. De su infancia poco se sabe. Ignoramos incluso el nombre de su madre. Sin embargo, sobre su padre habla siempre con orgullo. Porque su origen paterno lo convierte en un hombre hecho a sí mismo, dato que desea destacar en todo momento. Horacio dice ser hijo de un liberto, como nos cuenta en la Sátira I 6, cuando habla de los envidiosos que le echan en cara su origen (vv. 45-46), su ascenso social y su nombramiento como tribuno de una legión (v. 48), o la amistad con Mecenas, su poderoso amigo y protector (v. 47). Todas sus virtudes se las debe a la educación que le proporcionó su padre, quien, a pesar de su supuesta pobreza (véase, además, la Oda II 20, 5-6), costeó su educación en Roma (vv. 71-80). Al mismo tiempo, como un paterfamilias romano tradicional, supervisó personalmente sus estudios y su moralidad (vv. 81-84), por lo que el poeta se siente agradecido (v. 87).
En su autorretrato de la Epístola I 20, Horacio contrasta su humilde linaje con sus méritos y su talento poético, gracias al cual disfruta de buena relación con los poderosos (vv. 20-23). Le gusta presumir de su círculo de amistades literarias, el llamado círculo de Mecenas, formado por grandes poetas como Virgilio, un selecto grupo al que resultaba muy difícil acceder (Sat. I 6, 52-62). Pero también nos habla de su físico: en la Epístola I 20, Horacio se retrata como pequeño de cuerpo, canoso y de piel bronceada, rasgos muy alejados del canon de belleza masculino de las élites romanas, del que el poeta pretende distanciarse. Allí mismo describe su temperamento como irascible, pero fácil de calmar (vv. 23-25), mientras que, en la Sátira I 6, su personalidad aparece marcada por pequeños defectos y libre de otros mayores, como la avaricia o la afición a la prostitución más sórdida, así como por buenas cualidades como ser buen amigo de sus amigos (vv. 65-70), al tiempo que presenta su modo de vida, austero y libre de las ambiciones y ataduras a las que obliga un noble linaje (vv. 104-131).
En estas descripciones, Horacio combina la realidad y la ficción con el objetivo de construir su personalidad literaria. El hecho de que su padre hubiese sido liberto no implica en absoluto que la familia sufriera dificultades económicas. De hecho, desempeñaba el lucrativo cargo de exactionum coactor, una especie de intermediario en el cobro de las subastas, que le hizo ganar mucho dinero. De otro modo, resulta difícil explicar cómo pudo costearle una educación propia de las élites adineradas, primero en Roma y después en Atenas. En cuanto a su físico y carácter, aunque la descripción contuviera algunos rasgos objetivos, otros corresponden a la creación de un personaje coherente con el cultivo de la sátira, género que en Roma se caracterizaba por la variedad temática, el humor, la ironía y la crítica social en diversos grados. Horacio define su musa satírica como «pedestre» (Sat. II 6, 7), la identifica con el uso del estilo llano y, en consecuencia, caracteriza a su yo satírico como una persona corriente en cuanto a sus cualidades externas y, al mismo tiempo, libre de los vicios que critica.
La trayectoria vital de Horacio fue similar a la de cualquier joven romano de clase alta. En torno al 45 a. C., cuando contaba veinte años, marchó a Atenas para estudiar Filosofía (Epist. II 2, 43-45). Allí también amplió sus lecturas de poetas griegos, e incluso se lanzó a escribir sus propios versos en dicha lengua (Sat. I 10.31). Pero Horacio no solo se dedicó a frecuentar escuelas de filósofos y a componer poemas, sino que se vio involucrado en la convulsa situación política derivada del asesinato de César en el 44 a. C. y de la huida de Marco Junio Bruto a Atenas. Horacio, junto con otros jóvenes, se unió al bando de Bruto, en el que sirvió como tribuno militar. Respecto a su participación en las acciones bélicas, Horacio cuenta en la Oda II 7, 9 que durante la batalla de Filipos (42 a. C.) huyó abandonando su escudo y salvó así su vida. Curiosamente, este relato es idéntico al de ciertos poetas griegos, como Arquíloco de Paros, es decir, que se trata de un tópico, aunque tampoco parece que Horacio fuese en absoluto un héroe de guerra. De hecho, tras la derrota del bando de los cesaricidas, se beneficia de la amnistía decretada por el nuevo triunvirato, pero debe comenzar de cero, ya que los bienes de su familia, según cuenta él mismo, habían sido confiscados como represalia (Epist. II 2, 50-51). Esto no significa que el poeta hubiese quedado en la miseria, pues su capacidad económica le permitió adquirir el cargo de scriba quaestorius, un puesto de funcionario de alto nivel, dependiente del cuestor y encargado de temas fiscales, que le permitiría ganarse la vida, dedicarse a la literatura en sus ratos libres y moverse en los círculos literarios más importantes. Su salto a la fama vendría dado por su amistad con Virgilio y Vario Rufo, quienes lo presentan a Mecenas en torno al 38 a. C., en cuyo círculo se integra nueve meses después (Sat. I 6, 54-63).
Mecenas es un personaje clave en la vida de Horacio, pues gracias a su amistad y protección logra codearse con el propio Augusto. Pero ¿quién es Mecenas y por qué es tan importante en la vida cultural romana? Se trata de un personaje de rancio abolengo, entroncado con la nobleza etrusca y poseedor de un inmenso patrimonio. Aunque nunca ocupó ningún cargo oficial, Mecenas fue el hombre de confianza de Augusto desde los comienzos de su carrera. Pero por lo que realmente es conocido Mecenas es por haber sabido atraer a su causa a los mejores poetas de la época, incluidos aquellos que, como Virgilio y el propio Horacio, militaron en el bando pompeyano, derrotado en las guerras civiles que en último término pusieron fin al régimen republicano y encumbraron a Augusto. En ocasiones se le ha comparado con una especie de ministro de cultura o de propaganda. Pero entre Mecenas y Horacio, como veremos, existió una relación más profunda, una amistad verdadera, más allá del interés mutuo.
Con unos treinta años, Horacio comienza a publicar las obras en las que llevaba tiempo trabajando: en el año 35 a. C. aparece el primer libro de Sátiras y en el 30 a. C., el segundo y los Epodos. En el 32 a. C. recibió el regalo, de parte de Mecenas o de Augusto, de una finca en la Sabina. Aparte de su valor, esta propiedad se convierte en argumento poético, será el idílico lugar donde Horacio ambienta las agradables veladas con sus amigos en torno a un buen vino, descritas en sus Carmina u Odas, cuyos tres primeros libros, dedicados a Mecenas, se publican en el año 23 a. C. Desde entonces, Horacio se dedica plenamente a la literatura y en el 20 a. C. aparece el primer libro de Epístolas. En 18 a. C. Augusto le ofrece el puesto de secretario personal, que el poeta rechaza por supuestos motivos de salud. Seguramente lo que hace Horacio es seguir el modo de vida ideal que propone en sus poemas, dedicado al ocio y la literatura, lejos de las preocupaciones de la política. En el 17 a. C. compone el Carmen Saeculare, y dos años después, el libro II de las Epístolas, seguido del cuarto libro de las Odas en el 13 a. C.
Respecto a su vida privada, poco se sabe, aparte de sus relaciones de amistad. No se le conocen matrimonios ni descendencia. Muere el 27 de noviembre del 8 a. C., a los cincuenta y seis años, dos meses después de su amigo Mecenas, dejando como heredero al emperador Augusto.
LAS ODAS Y LA REFLEXIÓN LITERARIA
Con estos datos podemos hacernos una idea de quién fue Horacio y cuáles sus obras. Es el momento de centrarnos en las Odas. Estos cuatro libros de poemas pertenecen al género lírico, que en la Antigüedad se definía básicamente por el uso de una métrica específica, la llamada métrica eólica, y en sus orígenes griegos, por el acompañamiento musical de la lira. La lírica nació en la Grecia arcaica, entre los siglos VII-VI a. C. Se trataba de un género vinculado al simposio, término que significa literalmente «bebida en compañía» y que alude a un tipo de reunión propia de varones de clase alta en torno al vino, la conversación, la música, el amor y el sexo con heteras y efebos. La temática de la poesía lírica es variada, desde himnos a los dioses, homenajes a atletas olímpicos, cantos al amor o a la amistad, al vino y el banquete hasta la actualidad política o la reflexión sobre la vida y la muerte, entre otros temas. En la antigua Grecia se desarrolló en dos variantes, la monódica y la coral. Horacio básicamente cultiva la primera modalidad, siguiendo como modelos a Alceo, Safo o Anacreonte, pero también se inspira en los principales representantes de la segunda, como Baquílides, Estesícoro y Píndaro. Además encontraremos rasgos tomados de la poesía alejandrina combinados con otros puramente romanos, dando lugar a una obra muy compleja y original, caracterizada por la combinación de motivos de diferente procedencia en cada uno de los poemas.
Uno de los elementos que llamará la atención al lector contemporáneo es el afán de Horacio por definir su obra y por caracterizarse como poeta. Ya hemos visto cómo construyó una imagen personal compuesta por datos reales y ficticios, en la que prima la idea de éxito a partir de unos supuestos orígenes humildes gracias a su talento poético. Pero Horacio no solo busca describirse como persona, sino también como artista. Esta autoconsciencia literaria no es algo nuevo, sino que bebe directamente de los poetas de época helenística o alejandrinos, que, junto con los líricos griegos arcaicos, son sus principales referentes. A lo largo de las Odas, Horacio reflexiona sobre su obra, sobre su público y sobre su entorno literario, creando así un programa literario personal.
Ya en la Oda I 1, dedicada a su amigo Mecenas, habla de la poesía como estilo de vida y medio preferente para alcanzar la fama frente a otros oficios o actividades a los cuales renuncia, lo que en retórica se denomina priamel. Además, mediante las alusiones a la hiedra, a los coros de ninfas y sátiros, a las musas Polimnia y Euterpe, o a la cítara lesbia, sitúa su obra dentro del género de la lírica y reivindica, además, como modelos a Alceo y Safo, poetas originarios de la isla de Lesbos. Horacio afirma que esta elección literaria le aleja del vulgo, en referencia al carácter elitista de su obra y del público al que va destinada. Su máxima aspiración consiste en ser incluido entre los vates, término cuyo significado en este contexto es el de poeta inspirado y poseído por la divinidad, que aspira a elevarse a la categoría divina.
Horacio se llama a sí mismo «amigo de las musas», lo que implica llevar una vida libre de tristezas y temores, al margen de la política y la guerra (I 26, 1). En la Oda IV 3 cuenta cómo Melpómene fijó su mirada en él en el mismo instante de su nacimiento, marcando así su destino: alcanzar la fama en el canto eolio y no en el deporte, la guerra o la política (IV 3). Esa predilección por la fama literaria frente a otras opciones es constante en las Odas, hasta el punto de considerarse superior a la que otorgan las hazañas bélicas (IV 8, 14-20). La idea de que la poesía es el mejor camino hacia la inmortalidad es expresada magistralmente en el poema que concluye el libro III, donde su obra se convierte en un monumento funerario «más perenne que el bronce y más alto que el regio sepulcro de las Pirámides» (III 30, 1-2). Cuando imagina su propia muerte, se ve a sí mismo ascendiendo sobre la tierra convertido en cisne (II 20). Los Campos Elíseos son el lugar donde Safo y Alceo cantan ante las sombras y los condenados que escuchan con atención y por un momento olvidan su castigo (II 13), pero también el lugar en que se ve a sí mismo al final de su vida.
Horacio es consciente de la novedad de su poesía: «Fui el primero en llevar el canto eolio a las cadencias itálicas», confiesa (III 30, 14). Y, de hecho, el poeta de Venosa fue el primero en adaptar de manera sistemática la lírica griega al ritmo latino, mediante una estricta regularización métrica. Esta adaptación es descrita como la combinación de lo viejo con lo nuevo, lo helénico y lo romano, idea que es expresada de diferentes formas. Por ejemplo, en la Oda I 26 dice que su lira sonará «con cuerdas nuevas y con el plectro lesbio» (v. 12), y en la I 32 le pide a esta, que antes había sido tocada por «el ciudadano lesbio» (v. 5), entonar «un canto latino» (vv. 2-3). De este modo, evoca a Alceo y se erige en su heredero. De Alceo nos dice, además, que, en medio de una vida marcada por la guerra y el exilio, cantaba al vino, al amor y a la poesía, temas que Horacio cultivará con asiduidad.
Al elegir un género poético relativamente novedoso para los romanos y renunciar a otros más prestigiosos, como la épica, Horacio siente la necesidad de justificarse, dentro de un tópico denominado recusatio. Con este fin, alega diferentes pretextos, entre ellos una supuesta falta de talento, como en I 6, donde delega en su amigo Vario Rufo la escritura de las hazañas de Agripa o de Augusto. Él, en cambio, se define como un poeta de paz, que habla de banquetes y de amores, y las únicas luchas que admitirá su poesía serán las de Eros:
Yo canto los banquetes, yo, los combates que las mozas aguerridas, con sus uñas aguzadas, entablan con los mozos y, eso, tanto si de amores estoy libre, como si ardo por alguno, liviano como soy y sin llevar la contraria a mi costumbre (Oda I 6, 17-20).
Los argumentos bélicos, sean reales o mitológicos, del pasado o del presente, no se acomodan bien a la lira, y la musa prefiere que el poeta cante al amor, como le dice a Mecenas en la Oda II 12. Horacio recurre al tópico de la recusatio no solo para expresar su rechazo de la escritura de poesía épica, sino también de las formas líricas más solemnes, como sucede en la Oda II 1, donde invita a su musa a continuar con sus juegos y a no desviarse del tono ligero frente al más serio de géneros líricos como el lamento fúnebre al estilo de Simónides de Ceos. O en la Oda IV 2, donde rechaza la propuesta de Julo Antonio de componer un poema al estilo de Píndaro en honor de Augusto, amparándose en la imposibilidad de alcanzar su nivel poético y augurando el destino de Ícaro a quien osara intentarlo. Aunque, en realidad, Horacio en esta ocasión está rehusando cortésmente cumplir el encargo de Julo Antonio mediante la excusa de la falsa modestia, ya que en otros casos demuestra que es perfectamente capaz de escribir a la altura de Píndaro, como en su himno a Apolo (IV 6), que se inspira en el Peán 6.
Horacio no solo se aleja de su propósito de componer lírica ligera cuando escribe himnos a los dioses. Existen múltiples poemas que tratan temas filosóficos —entre el epicureísmo y el estoicismo—, heroicos y políticos, como las seis composiciones que encabezan el libro III, denominadas Odas romanas, en las que ensalza la figura de Augusto y sus medidas políticas frente a la decadencia moral imperante. En la primera de ellas, de carácter programático, vuelve a erigirse en sacerdote de las musas, alude a la novedad de sus argumentos y restringe su público, expresando su aversión al vulgo no iniciado e incluyendo a la juventud romana, a la que pretende instruir en los valores del nuevo régimen:
Nada quiero con el vulgo profano y lo mantengo lejos. ¡Cuidad de vuestras lenguas!; que son cantos nunca oídos los que yo, sacerdote de las musas, entono para las doncellas y los mozos (Oda III 1, 1-4).
Para ello requiere de un registro diferente. En III 25 aparece como poeta poseído por Baco y dispuesto a expresar algo más grande y novedoso, nunca dicho antes, para ensalzar a Augusto. Frente a aquellos ejemplos en los que aboga por una musa ligera, en esta ocasión decide elevar el tono y el estilo: «Nada diré que sea poca cosa, ni con humilde estilo; nada que sea mortal» (vv. 16-18).
La imagen que construye Horacio de su personalidad poética resulta multifacética y en ocasiones contradictoria. Algo parecido sucede cuando habla del público destinatario de su obra. Como hemos visto, Horacio suele presentarse como un autor elitista, que escribe para iniciados y desprecia al vulgo, pero, cuando expresa sus anhelos de inmortalidad y de trascendencia de su obra, aspira a ser conocido en el mundo entero: «Mi verso aprenderán el estudioso ibero y el que bebe del Ródano las aguas» (II 20, 20-21).
HORACIO Y LAS RELACIONES HUMANAS:
AMOR, AMISTAD Y COMPROMISOS POLÍTICOS
Horacio traslada a Roma los personajes, ambientes y situaciones propios de la lírica griega arcaica y de los géneros poéticos helenísticos. En muchas de sus odas recrea el mundo del simposio griego como el espacio ideal para conversar con los amigos y olvidar las preocupaciones. En ese sentido, Horacio es considerado el poeta de la amistad, y, de hecho, las relaciones afectivas más profundas que refleja en sus Odas son las que mantiene con sus amigos. La mayor parte de los destinatarios de sus poemas son personajes con los que mantiene algún grado de amistad, dentro de la amplitud de este concepto en la cultura romana. Con ellos habla de literatura, política y filosofía, de vinos y de amores; comparte confidencias y reflexiones morales, y, ante la incertidumbre del futuro, les aconseja disfrutar de los placeres sencillos y buscar el término medio. Entre sus amigos destaca Mecenas, con quien comparte agradables veladas en su finca de la Sabina, donde el poeta le ofrece la posibilidad de descansar de sus tareas políticas (III 8), le prepara una fiesta de cumpleaños y le habla de sus problemas de amor (IV 11), o incluso, de forma irónica y en tono de confianza, le invita a beber un vino barato (I 20) o le reprocha su carácter hipocondriaco (II 17). Aparte de Mecenas, en las Odas aparecen otros personajes de la política o la literatura con los que Horacio se codeaba, como Lucio Sestio Quirinal (I 4), Marco Vipsanio Agripa (I 6), Lucio Munacio Planco (I 7), Quintilio Varo (I 24), Asinio Polión (II 1), Gayo Salustio Crispo (II 2), Quinto Delio (II 3), Quintio Hirpino (II 11), Virgilio (I 3), al que llama «mitad del alma mía» (v. 8) y Julo Antonio (IV 2), entre otros. En ocasiones busca contrastar las actividades e inquietudes de sus amigos y las suyas propias. En la Oda II 6, le dice a Septimio —quien estaría dispuesto a acompañarle al fin del mundo— que él prefiere la tranquilidad de un retiro en Italia. Horacio representa el reposo para sus amigos, y no solo de los poderosos, sino que ofrece un trato similar a un tal Pompeyo, compañero de derrota en Filipos al que ofrece un banquete bajo su laurel (II 7). Pero no todas estas composiciones son fruto de la amistad, algunas responden a los compromisos que mantenía con el poder, como sendos epinicios al estilo de Píndaro que dedica a Nerón Claudio Druso (IV 4) y a su hermano Tiberio (IV 14) por su victoria sobre los vindélicos, tal vez escritos a petición de Augusto.
Muy diferente es la actitud del poeta ante el amor. Frente a las pasiones desatadas y obsesivas que describen Catulo o los poetas elegíacos, en Horacio no encontraremos una historia romántica entre su yo poético y una mujer de gran personalidad, como Lesbia, Delia o Cintia. A cambio, las Odas presentan múltiples devaneos hetero y homosexuales con mujeres y efebos caracterizados por su belleza y sofisticación, con quienes mantiene relaciones fugaces. Se trata de personajes literarios, construidos según las convenciones propias de sus modelos poéticos y que reciben sugerentes nombres griegos que los vinculan directamente al mundo del placer.
En Horacio la idea del amor romántico no existe. El amor tiene principio y fin, y lejos de las relaciones tóxicas que describen otros poetas romanos, no hay apenas cabida para las pasiones desenfrenadas e irracionales. Por ejemplo, en la Oda I 13, a imitación de Safo, describe los síntomas del amor y los celos que siente al ver cómo Lidia es cortejada por el joven Télefo, pero, cuando observa sus peleas en medio del vino y las marcas que este ha infligido a la joven —desde la perspectiva actual, la escena se interpreta claramente como violencia de género—, augura un rápido final a la relación, para terminar haciendo apología de los amores tranquilos y duraderos. Pero Horacio no se aplica el consejo a sí mismo y, en la Oda I 19, un poema lleno de ironía, Venus, Baco y la «lasciva Licencia» (v. 3) se alían para hacerle revivir un antiguo amor por otra mujer distinta, llamada Glícera, al mismo tiempo que le apartan del cultivo de la poesía seria. El yo poético de las Odas no es siempre un amante sosegado, pues en alguna ocasión incurre en la violencia, generalmente verbal; es el caso de la Oda I 16, donde expresa su arrepentimiento por haber difamado a una mujer en sus yambos, a la que advierte de los peligros de la ira e insta a moderar sus pasiones, propias de edades inmaduras. Del mismo modo, el poeta trocará el ritmo yámbico que cultivó en su juventud por otros menos agresivos a fin de recuperar su amistad entonando una palinodia. En cualquier caso, Horacio no abandona la invectiva contra las mujeres en sus Odas, aunque es más moderada que en los Epodos. Esto sucede, por ejemplo, en la Oda I 25, contra Lidia, una mujer antes desdeñosa que, con el paso del tiempo, se verá despreciada, o en la III 15, donde aconseja a Cloris, una mujer casada, que deje de buscar, como su hija, los amores de los mozos y que se dedique a actividades propias de su edad. La desdeñosa Lice de la Oda III 10 ha envejecido en la IV 13 y ahora no acepta el paso del tiempo ni actúa de manera apropiada para sus años, pues sigue asistiendo a fiestas donde canta y se emborracha ante el desprecio de los jóvenes a los que intenta seducir.
Horacio se presenta como un amante de edad madura que ya no está dispuesto a sufrir las inclemencias del tiempo ante la puerta de Lice por mucho que la desee (III 10) y será capaz de aceptar un «no» por respuesta (III 6, 21-25). Esto no significa que el deseo no pueda volver a brotar, como en la Oda III 9, donde el poeta y Lidia, una antigua amante, entonan un canto amebeo, una especie de diálogo que mezcla los reproches y el ansia por el reencuentro. En la Oda III 26 aparentemente renuncia al amor dejando sus «armas» —obsérvese el uso de terminología militar— y su «cítara» como exvoto en el templo de Venus Marina, pero, antes de realizar su ofrenda, pide a la diosa que con su látigo atraiga hacia él a una tal Cloe. Venus es una diosa implacable, y en IV 1 incita al poeta a iniciar nuevas aventuras cuando contaba cincuenta años, una edad inapropiada según la mentalidad romana. Aunque Horacio considera el amor cosa de jóvenes y afirma que ya no le «placen mujer ni mozo alguno», se pregunta por qué Ligurino provoca sus lágrimas, le hace perder la elocuencia y es protagonista de sus sueños. Por cierto, este Ligurino, siguiendo la tradición del epigrama alejandrino de tema pederástico, es retratado en IV 10 como un joven soberbio y esquivo que no es consciente de que la juventud no es eterna.
Horacio también es confidente de los amores de sus amigos, como en la Oda I 33, donde consuela a Albio por su ruptura con Glícera, o en la II 9, donde insta al poeta Valgio a cesar el duelo por la pérdida de su esclavo favorito, Mistes. En otras ocasiones, se presenta como espectador distante de historias ajenas, como en la Oda I 5, a Pirra, sobre una antigua amante que goza de un joven al que pronto abandonará; en la I 8, donde Lidia aparta al bello Síbaris del ejercicio en el Campo de Marte, o en la II 4, donde insta al joven Jantias a no avergonzarse de sus amores con una esclava. En la Oda a Asterie (III 7), en la que la protagonista llora la ausencia de su enamorado Giges, el poeta habla de las tentaciones que acechan a los amantes separados; en la III 12, a Neóbula, que imita y romaniza un poema de Alceo, presenta a una joven que sufre por no poder disfrutar del amor y del vino a causa del miedo a la severidad de su tío paterno, probablemente a cargo de su tutela. En III 20 nos presenta un triángulo amoroso en el que el bello Nearco es objeto del deseo de Pirro y de una mujer que defenderá su posesión cual leona. También los amores mitológicos tienen presencia en las Odas, como los de Paris y Helena, ante cuyo rapto Nereo vaticina la expedición de los héroes griegos contra Troya y su posterior caída (I 15).
VINO, PAISAJE Y CARPE DIEM
Horacio es conocido popularmente por el carpe diem, tópico que aparece formulado en la Oda I 11, pero que impregna toda su obra. Ya en este poema está relacionado con otro elemento fundamental de la lírica horaciana, el vino como símbolo de todos los placeres. Frente a otros desarrollos del tema, como los que se encuentran en Garcilaso de la Vega o Luis de Góngora, aquí se insta a la destinataria, Leucónoe, a disfrutar del vino y no del amor. Tampoco la principal amenaza que se cierne sobre ella es la vejez, el dejar de ser objeto del deseo, sino una más universal, la incertidumbre del mañana. Así pues, Horacio llama a olvidar las preocupaciones y a disfrutar de los pequeños placeres, especialmente de la bebida en buena compañía, pues lo importante es vivir el presente.
En Horacio la ingestión del licor de Baco está sujeta a unas normas, que básicamente son las del simposio griego y que constituyen un signo de civilización. El poeta de Venosa invita a tomarlo con mesura, rebajado con agua y siguiendo un ritual establecido que nos distingue de seres mitológicos monstruosos, como los centauros (I 18), o de los bárbaros tracios y medos, caracterizados por su violencia y su falta de autocontrol cuando beben (I 27, 1-9). Frente a estos, Horacio celebra con sus amigos un exquisito simposio en el que los comensales beben recostados un exquisito vino falerno y, acompañados de la sofisticada Megira y su hermano, mantienen conversaciones ligeras sobre amores (I 27, 10-18). El vino suele aparecer acompañado por una serie de elementos placenteros, como los perfumes, las guirnaldas y las flores, como en la Oda IV 11, donde se trenzan coronas de apio y hiedra, y la casa se adorna de verbena.
Aunque en Horacio son habituales las refinadas escenas simposiacas al estilo griego —donde un grupo de amigos disfruta del vino, las rosas y las bellas cortesanas o efebos—, en ocasiones defiende la sencillez frente al lujo, como en la Oda I 38 donde rechaza «los boatos persas», «las coronas trenzadas con cáscaras de tilo» y «la rosa tardía», conformándose con el «simple mirto». Todo lo que rodea a un banquete es del máximo interés, como en la Oda III 19, donde el precio del vino de Quíos o el lugar donde se celebrará la fiesta importan más que las historias mitológicas. La descripción del ritual simposiaco con sus libaciones y la preparación de la mezcla de vino y agua es especialmente detallada:
Muchacho, sirve ya la copa de la luna nueva, sirve la de la media noche, sirve la del augurado de Murena; que con tres o nueve cazos bien se hace la mixtura de las copas. Quien de los números nones prefiere el de las musas —el vate en trance— por tres veces pedirá tres cazos; pero tomar más de tres prohíbe la gracia, sumada a sus hermanas desnudas, temerosas de la riña (III 19, 10-17).
En las Odas abundan las referencias a diferentes tipos de caldos, que, a modo de las actuales denominaciones de origen, presentan calidades y connotaciones literarias diversas. Por ejemplo, en I 20 el vino sabino que Horacio ofrecerá a Mecenas es de menor calidad que el cécubo, el falerno o el vino de Formias que su amigo acostumbra a tomar. Pero en IV 11 invita a Mecenas a disfrutar de un vino albano de más de nueve años. Los vinos de Quíos y Lesbos se asocian a ambientes helenizados (I 17, III 19). Asimismo, en la Oda I 37, donde el poeta invita a celebrar la victoria de Augusto en Accio con un «Ahora hay que beber», el cécubo romano se convierte en símbolo nacional frente al mareótico egipcio, que enloquecía la mente de Cleopatra.
Así pues, las Odas son un canto al consumo moderado del vino, al estilo mediterráneo. El licor de Baco proporciona gratas veladas con los amigos, anima los escarceos amorosos, se utiliza para celebrar victorias bélicas, pero también para olvidar las preocupaciones políticas (II 11; III 8), facilita el flujo de ideas, da nuevas esperanzas y valor ante los poderosos, y es recomendable incluso para las personas serias y reflexivas, como Mesala Corvino, seguidor de la filosofía socrática, que se compara con el austero Catón por su amor compartido al licor de Baco (III 21).
Muchas de las escenas descritas en las Odas se desarrollan en exteriores, en contacto con la naturaleza, descrita como un agradable locus amoenus. Resulta memorable la descripción de la fuente de Bandusia (III 13), lugar ideal para el descanso y el goce en un caluroso día de verano. O el ambiente rústico de la Oda II 17, presidido por Fauno e ideal para componer poesía y disfrutar del vino lejos de cualquier preocupación. Pero, en Horacio, el paisaje no es un simple marco decorativo ni su función meramente estética. Encontraremos poemas en los que los ciclos naturales contrastan con la linealidad de la vida humana. La idea no es totalmente original, ya que aparece en la lírica griega o en el famoso poema de los besos de Catulo, pero Horacio la ha desarrollado con especial profundidad. Por ejemplo, en la Oda I 4, las imágenes optimistas de la llegada de la primavera y la liberación de las nieves invernales dan paso a la reflexión sobre la inevitabilidad de la muerte, la negrura del Averno y la pérdida de los placeres. La primavera y la naturaleza renacida son el ámbito del disfrute del vino y del amor, pero solo nos ofrecen momentos fugaces que no se repetirán. La Oda IV 7, a Torcuato, comienza con imágenes del final del invierno y la llegada de la primavera tras las que se muestra la fragilidad de la condición humana. Mientras la naturaleza es cíclica «en cambio, nosotros […] no somos más que polvo y sombra» (vv. 14-16) y, tras el inevitable final, «no te han de volver a la vida linaje, elocuencia o piedad» (vv. 23-24). En la Oda IV 12, cuyo destinatario es un tal Virgilio, comerciante de perfumes, la primavera es el tiempo ideal para el goce del simposio. La reflexión en este caso es más superficial, pues Horacio se limita a exhortarle a postergar los negocios, a recordar «las negras piras» y a disfrutar de unos momentos de insensatez.
La belleza del paisaje, descrito como locus amoenus, lugar ideal para el disfrute, contrasta con la fugacidad de la vida en la oda a Delio:
¿Para qué el enorme pino y el blanco chopo gustan de unir sus ramas en hospitalaria sombra? ¿Para qué el agua fugaz se abre camino, trepidante, por el quebrado arrollo? Manda que traigan vino, perfumes y encantadoras rosas —flores en demasía pasajeras—. Mientras lo permiten tu patrimonio, tu edad y los negros hilos de las tres hermanas (Oda II 3, 9-16).
La descripción da paso a una escena demoledora: cuando Delio muera, un heredero se apropiará de todo lo que este ha atesorado a lo largo de la vida. Pero Horacio no solo habla de una situación particular, la muerte llegará a todos como «exilio interminable» (v. 28). En la misma línea, tal vez la oda que mejor expresa la fugacidad de la vida sea la dedicada a Póstumo (II 14): nada puede detener el paso de los años, es imposible escapar a la muerte y los infiernos. Aquí ya no predominan las imágenes de la naturaleza, sino las infernales, y la última estrofa incide en todo lo que se perderá: la tierra, la casa, la esposa, y los árboles cultivados con esmero, salvo los cipreses, símbolo de muerte. Y, de nuevo, el heredero será quien disfrute del cécubo acumulado.
En otras ocasiones muestra cierto optimismo, como en la Oda I 7, donde recurre al símil de los vientos que barren las nubes para exhortar a Planco a apartar la tristeza con dulce vino. O en la I 9, donde el frío invernal, el peso de la nieve y el hielo sirven de aviso sobre el carácter incapacitante de la vejez, y contrastan con la imagen de la morada de Taliarco, cálida por el fuego bien alimentado.
La naturaleza también es el reflejo de la actualidad política, como en la Oda I 2, donde una tormenta de nieve y granizo representa las guerras fratricidas y la degeneración moral de la Roma que le había tocado vivir. El mar, por su parte, se relaciona con el riesgo y la muerte; constituye un reto para los excesivamente osados y ambiciosos, que actúan en contra del sentido común (Oda I 3); representa los peligros del amor (Oda I 5), o las vicisitudes del Estado romano, encarnadas en la alegoría de la nave en medio de la tempestad (Oda I 14), ya presente en Alceo.
La temática política es protagonista de algunas de las odas, como la II 15, sobre el lujo decadente de su tiempo frente a la vieja austeridad, o las seis odas llamadas romanas que inician el libro III, y cuyo estilo está más cerca de la lírica elevada y la épica. En este grupo Horacio se erige en sacerdote de las musas y entona un canto solo destinado a los iniciados (III 1), recorre bosques sagrados donde las Cámenas —o musas romanas— se apoderan de su espíritu (III 4) y declara el imperio de Júpiter, que gobierna sobre los reyes, frente a la soberbia y la ambición humana (III 1). Al mismo tiempo, expone las cualidades en las que debe ser formado el ciudadano ideal, que combinan el pensamiento tradicional romano y los postulados estoicos, como soportar la escasez y la adversidad, estar dispuesto a luchar por la patria hasta las últimas consecuencias (III 2) y mostrarse impasible ante las circunstancias desfavorables (III 3). En este mundo en crisis y a punto de desmoronarse se erige la figura de Augusto, el único que traerá la paz y la vuelta a los valores romanos (III 4), y que gobernará en la tierra como reina Júpiter en el cielo. Aparecen las antiguas derrotas, la falta de espíritu combativo de los romanos contemporáneos frente a los ejemplos de virtud de los antepasados (III 5), así como la progresiva decadencia moral (III 6). Más adelante, dedica la Oda III 14 al retorno de Augusto victorioso de Hispania, lo que provoca la alegría generalizada. En la III 24 reflexiona contra el ansia constructiva, el lujo y la inmoralidad romana frente a la austeridad y la virtud de pueblos bárbaros nómadas que nada poseen, como escitas y getas, así como sobre la necesidad de aplicar las leyes. La Oda IV 5 expresa el deseo de que Augusto regrese de su viaje a Galia e Hispania en el 16 a. C., y la IV 15, escrita poco después del regreso de este viaje, incluye los principales elementos de la propaganda del régimen: la paz interna y externa, el retorno de la moral a través de nuevas leyes y la felicidad de los romanos, que disfrutarán de la fiesta y del vino en familia en un ambiente celebrativo romano que contrasta con las escenas simposiacas de otros poemas.
RECEPCIÓN
Horacio fue un poeta muy leído y admirado en la Antigüedad, hasta el punto de incorporarse al programa de las escuelas romanas. Sus ecos resuenan en los mejores poetas latinos, como Ovidio, Lucano o Marcial, que incorpora en diversos epigramas los tópicos del carpe diem y el beatus ille. En la Antigüedad tardía, su presencia no se limita a los autores de tradición pagana como Ausonio o Claudiano, sino que es posible encontrarla en la poesía cristiana de Prudencio, entre otros.
Aunque en la Edad Media fue mucho menos conocido que Virgilio u Ovidio, a partir del Humanismo, Horacio resurge con fuerza tanto en la poesía neolatina como en las literaturas vernáculas. En esta ocasión me limitaré a ofrecer unas breves pinceladas acotadas al ámbito hispano para quien desee ampliar sus lecturas o identificar y valorar la importancia del horacianismo en nuestras literaturas. En primer lugar hay que destacar a Garcilaso de la Vega y a Fray Luis de León, quienes, entre otros elementos horacianos, dieron lugar a lecturas muy diversas del beatus ille; el primero en la Égloga II, de temática amorosa y pastoril, y el segundo en la Oda a la vida retirada, de carácter ascético. Asimismo, Horacio es leído e imitado por los mejores poetas áureos, como Fernando de Herrera, los hermanos Bartolomé y Lupercio Leonardo de Argensola, Lope de Vega, Luis de Góngora, o la mexicana Juana Inés de la Cruz.
Durante el período de la Ilustración, Horacio continúa estando presente en las letras hispánicas, y su huella se encuentra en Menéndez Valdés y Leandro Fernández de Moratín, entre otros. La mirada horaciana se halla también en los románticos Espronceda, el duque de Rivas o Juan Valera. Su huella no desaparece en los poetas del siglo XX y XXI y puede hallarse en Antonio Machado, Manuel Reina, Jorge Guillén, Vicent Andrés Estellés y sus Horacianes, Víctor Botas, Luis Alberto de Cuenca, Luis Antonio de Villena, Juan Antonio González Iglesias, Estela Puyuelo o Aurora Luque, autora de títulos tan sugerentes como Carpe noctem (1994), Carpe marem (1996), Carpe verbum (2004) o Carpe amorem (2007). Pero Horacio no solo se encuentra en manifestaciones poéticas propias de la alta cultura, sino que el público en general puede acceder a su mundo de mano de grandes divulgadores como Irene Vallejo en sus artículos periodísticos —véase su «Entre asesinos» en El País Semanal
(12/09/2020)— o Emilio del Río con su libro Carpe diem: autoayúdate con los clásicos (2025). En definitiva, el lector contemporáneo puede disfrutar leyendo a Horacio porque, a pesar de la distancia temporal y cultural, plantea problemas que hoy en día siguen estando de actualidad. En un mundo caracterizado por la ambición, el consumismo y las prisas, ¿quién no ansía la tranquilidad, el equilibrio y el punto medio? ¿Quién no desea escapar de vez en cuando de las obligaciones cotidianas y disfrutar de una buena conversación con buenos amigos, ya sea en torno al vino o a una infusión ayurvédica, lejos de la vorágine de la ciudad? Horacio nos proporciona el marco ideal al abrirnos las puertas de su propia casa, la finca de la Sabina, donde nos hará sentir emociones diversas —tranquilidad, serenidad, melancolía, pesimismo e incluso indignación—, pero casi siempre se trata de emociones contenidas. La lectura de las Odas nos lleva a tomar distancia respecto a los problemas cotidianos y relativizarlos, la mejor terapia frente a la adversidad. Así pues, no te quedes en la puerta, entra en el mundo de Horacio y lee sus poemas. Carpe diem.
PARA SABER MÁS
Para el lector interesado en ampliar sus conocimientos sobre las Odas de Horacio son de gran utilidad las ediciones castellanas de Manuel Fernández-Galiano y Vicente Cristóbal, Horacio, Odas y Epodos (Madrid: Cátedra, 1990), con texto latino y traducción, y la de José Luis Moralejo, Horacio, Odas, Canto secular, Epodos (Madrid: Gredos, 2007). Ambas poseen buenas introducciones generales, incluyen un breve comentario a cada uno de los poemas y una abundante bibliografía que puede complementarse con obras recientes como las de Gregson Davis, A Companion to Horace (Chichester-Malden: Wiley-Blackwell, 2010) y Hans-Christian Günther, Brill’s Companion to Horace (Leiden-Boston: Brill, 2013). También útil y más accesible para el lector hispano es el libro de Jesús Luque Moreno, Horacio lírico: notas de clase (Granada, Universidad de Granada, 2012). Sobre el autorretrato de Horacio resultan fundamentales los trabajos de Eduardo A. Gallego Cebollada, «Horacio a los ojos de Horacio: el autorretrato del poeta en Epístolas 1, 20», RELat 19, 2019, pp. 11-28 y Corpus animusque: aproximación al retrato en la poesía latina (Virgilio, Horacio, Ovidio) (Zaragoza: PUZ, 2024). El vino, el simposio y el carpe diem son estudiados en Rosa M.ª Marina Sáez, «El tema del vino liberador y el carpe diem en Horacio», en Dulce Estefanía (ed.), Horacio, el poeta y el hombre (Madrid: Ediciones Clásicas, 1994, pp. 191-201); Vicente Cristóbal López, «Horacio y el carpe diem», en R. Cortés Tovar y J. C. Fernández Corte, Bimilenario de Horacio (Salamanca: Ediciones Universidad de Salamanca, 1994, pp. 171189), y Fran Ferrandis Huerta, «Enónimos en la lírica horaciana», LIBURNA 19, 2022, pp. 59-87. Sobre la poesía política es interesante el libro de Mercedes Enzinas Martínez, Lírica civil horaciana (Salamanca: Ediciones Universidad de Salamanca, 2001). Sobre su recepción, en especial en la literatura española, pueden consultarse Vicente Cristóbal López y Jaume Medina i Casanovas, «Horacio», en F. Lafarga y L. Pegenaute (coords.), Diccionario histórico de la traducción en España (Madrid: Gredos, 2009, pp. 533-537); Ismael Elías Muñoz, «Horacianismo», en F. García Jurado (dir.), Diccionario hispánico de la tradición y recepción clásica: conceptos, personas y métodos, 2021, pp. 384-394, o Rosa M.ª Marina Sáez, Pedro Peiré Santas, Juan Carlos Pueo Domínguez, Estela Puyuelo Ortiz, El horacianismo en Bartolomé Leonardo de Argensola (Madrid: Huerga y Fierro, 2002).
1
Esta oda, pórtico no sólo de su libro, sino también del corpus que formaban los tres primeros (de ahí que comparta metro con III 30, que lo cierra), cumple ante todo con la función de dedicatoria al amigo y protector Mecenas (1-2). Desempeña además una función programática: la de formular los ideales que el poeta se ha propuesto. Lo hace por medio de la forma literaria llamada priamel («preámbulo») por los filólogos germánicos (cf. el artículo de A. J. TRAVER, Veleia 17 [2000]: 279-291): un catálogo de ejemplos, en este caso de ideales de vida, que se van descartando: el de quien busca la fama, ya sea deportiva, ya política; el del que aspira a hacerse rico, bien como agricultor, bien como marino y comerciante, pasando por quien, sin mayores ambiciones, sólo desea seguir cultivando en paz las tierras paternas. Vienen luego el que gusta de solazarse en la paz de los campos, el que sigue el camino de las armas y el apasionado de la caza. Y así hasta llegar (v. 29) al ideal de la gloria poética al que el autor aspira; al de ganarse el título de lírico latino, con todo lo que ello significaba por entonces (vv. 29-36).
Mecenas, descendiente de regios ancestros1; ¡oh mi amparo y mi orgullo entrañable!: hay quienes gozan levantando en la carrera el polvo de Olimpia2; y la meta3 esquivada con ruedas ardientes 5 y la palma4 gloriosa los alzan hasta los dioses, señores del orbe5. Este otro es dichoso si la muchedumbre de los volubles quirites6 pugna por encumbrarlo con los triples honores; aquél, si en su hórreo ha guardado cuanto grano se barre de las 10 eras de Libia7. Al que goza cavando con su azada los campos paternos, nunca podrás —ni con las ventajas de Átalo8— moverlo a que, marinero medroso, surque el mar de Mirto9 en un leño de Chipre10. Por miedo del ábrego que lucha con las olas icarias11, 15 alaba el mercader la paz y los campos de su villorrio; pero arregla bien luego sus naves maltrechas, incapaz de soportar la pobreza. Hay quien no desdeña unas copas de másico añejo12, ni robarle al cargado día una parte, ya tendido a la sombra de un 20 verde madroño, ya junto a una mansa fuente de aguas sagradas. A muchos son los cuarteles lo que les gustan, el sonar de la trompa mezclado con el del clarín y las guerras, que las madres 25 maldicen. Pernocta el cazador bajo el frío de Júpiter13, de su tierna esposa olvidado, si acaso sus fieles perros han avistado una cierva, o si el jabalí marso14 ha roto sus bien trenzadas redes.
A mí las hiedras, premio de las frentes doctas15, me mezclan 30 con los dioses del cielo; a mí el fresco bosque y los coros ligeros de ninfas y sátiros16 me separan del vulgo, si Euterpe no hace que callen sus flautas, ni Polimnia17 se niega a templar la cítara lesbia18. Y si me cuentas entre los líricos vates19, en las alturas 35 tocaré con mi cabeza los astros.
2
Un horrendo temporal ha caído sobre Roma (1-20): el propio Capitolio ha sido herido por un ominoso rayo y el Tíber desmadrado amenaza con repetir los efectos del diluvio universal. En el v. 21 apunta la interpretación del desastre en clave político-moral: el pueblo romano, diezmado por las precedentes luchas fratricidas y dispuesto a reanudarlas, tiene graves culpas que expiar. ¿Qué dioses podrán ser sus valedores (29 ss.)? ¿Acaso Apolo, o Venus o tal vez el belicoso Marte? Más bien parece que será Mercurio, al que el poeta ve encarnado en la persona de César Octaviano. El llamado Augusto desde el 27 a. C. será quien lave las culpas colectivas, vengando el asesinato de César, y asegure a Roma la defensa frente a sus enemigos. Esta oda ha planteado grandes problemas de interpretación, muy ligados a sus claves cronológicas. Es claro que fue escrita después de la batalla de Accio (31 a. C.), pues hasta entonces no era asunto de Octaviano, sino de Antonio, la guerra con los partos («medos»), citados en el v. 51; además, siendo innegable la influencia del pasaje en que Virgilio (Ge. I 464 ss.) describe los prodigios que acompañaron a la muerte de César, hay que situarse después del verano del 29 a. C, en el que se dieron a conocer las Geórgicas. Ahora bien, ¿cómo se explican, en el contexto triunfal de los años 29-27 a. C., los patéticos temores que Horacio expresa sobre la suerte de su pueblo? Creo que el comentario de SYNDIKUS ofrece la explicación más satisfactoria: el poeta escribe por entonces; pero no se refiere a la situación del momento, sino que se remonta a los duros tiempos que mediaron entre la muerte de César y la restauración augústea. Por así decirlo, pues, recurre a los temores del pasado para ponderar la felicidad del presente.
Ya bastante nieve y siniestra granizada ha hecho caer sobre la tierra el Padre20; y tras herir con su diestra enrojecida21 las saradas ciudadelas22, ha aterrado a la urbe y a las gentes, haciéndoles 5 temer que volviera el duro siglo en que Pirra23 se dolió de insólitos prodigios; cuando Proteo24 llevó a todo su rebaño a visitar las alturas de los montes, y el linaje de los peces alcanzó la cima de los olmos, que antes fuera morada consabida de palomas, 10 y los tímidos gamos nadaron sobre las aguas desbordadas. Hemos visto cómo el rubio Tíber25, rechazado con fuerza su rabión por la ribera etrusca26, marchaba a derribar los monumentos 15 del rey y los templos de Vesta27; cuando, alardeando de vengador de una Ilia28 quejosa en demasía, sin la venia de Júpiter erraba desbordado por su orilla izquierda, río esclavo de su esposa. 20
Oirá que los ciudadanos han afilado unos aceros con los que mejor perecieran los terribles persas29, oirá hablar de guerras una juventud escasa por los vicios de sus padres30. ¿A qué dios 25 ha de invocar el pueblo por la suerte de su imperio claudicante? ¿Con qué ruegos han de importunar las vírgenes sagradas31 a una Vesta que apenas ya escucha sus cánticos? ¿A quién encomendará Júpiter la expiación de este delito? A ti te rogamos 30 que, al fin, vengas, ceñidos tus cándidos hombros de una nube, augur Apolo32; o ven tú, si lo prefieres, Ericina33 sonriente, en torno a la que el Juego y el Amor34 revolotean; o bien tú, de 35 quien venimos35, si es que, harto de un juego —¡ay!— ya largo en demasía, miras a tu linaje abandonado y a tus nietos; tú, que gustas del griterío y de los yelmos bien pulidos, y del gesto feroz 40 con que el infante marso36 mira a su enemigo ensangrentado; o bien tú, hijo alado de la bienechora Maya37, si mudando de figura asumes en la tierra la de un joven38, dejando que vengador de César39 se te llame. Retorna tarde al cielo y quédate a 45 gusto largo tiempo entre el pueblo de Quirino40; y no te arrebate una brisa demasiado rauda, por nuestros vicios enojado. Más bien has de gustar aquí de los magníficos triunfos, de que padre 50 y príncipe te llamen; y no dejes a los medos41 cabalgar impunes, siendo tú nuestro caudillo, oh César42.
3
El propemptikón era un canto o poema de despedida que podía dedicarse tanto a un difunto como a un viajero. Este último es el caso de esta oda, escrita para un amigo entrañable, el poeta Virgilio, que se embarcaba para Grecia. Como se verá, no es él, sino la nave que lo lleva, la destinataria directa de los buenos augurios de Horacio. Tras invocar a las divinidades protectoras de la navegación, el poeta recurre (9 ss.) al tópico clásico en la materia: la audacia impía de los primeros navegantes, que no temieron a los terribles peligros del mar ni respetaron el orden natural establecido por los dioses. Habida cuenta de la cronología de Odas I-III, parece que este viaje de Virgilio a Grecia no es el que hizo en el 19 a. C., y del que volvería enfermo de muerte.
Que la diosa43 que de Chipre es soberana, que los hermanos de Helena44, luminosos astros, te conduzcan, y también el padre de los vientos45, sujetando a todos salvo al yápige46, oh nave 5 que nos debes a Virgilio47, que a ti te ha sido confiado. Te ruego que se lo devuelvas sano y salvo a los confines del Ática48, y que guardes a quien es la mitad del alma mía.
Roble y triple bronce en torno al corazón tenía el primero 10 que confió una frágil barca al mar terrible; y no sintió temor del ábrego sin freno, que con los aquilones49 lucha, ni de las Híades50 sombrías, ni de la rabia del noto51, que en el Adriático 15 manda más que nadie, ya quiera encrespar, ya apaciguar las aguas. ¿Qué miedo va a tener al paso de la muerte quien con ojos enjutos ha visto los monstruos que nadan en las aguas, el mar encrespado y los Acroceraunios52, escollos de siniestra 20 fama?
En vano un dios providente separó las tierras del Océano, haciendo que con ellas no se mezcle53, si, pese a todo, impías naves cruzan las aguas que tocarse no debieran54. La osada estirpe 25 de los hombres, dispuesta a soportarlo todo, se lanza al vedado sacrilegio; el osado vástago de Jápeto55 trajo a las gentes el fuego con un malvado engaño. Y una vez que el fuego fue robado 30 de la celeste morada, la miseria y una desconocida legión de enfermedades sobre la tierra cayeron, y la muerte inevitable, antes lejana, apresuró su paso. Tentó Dédalo56 el vacío de los aires con alas no concedidas a los hombres; el esfuerzo de Hércules 35 se abrió paso a través del Aqueronte57. Nada se hace cuesta arriba para los mortales: en nuestra insensatez pretendemos alcazar el mismo cielo58, y con nuestro pecado no dejamos que Júpiter deponga sus rayos iracundos. 40
4
La oda a Sestio (véase nota al v. 14), al igual que la IV 7, nos presenta, en llamativo contraste, dos grandes temas que en principio parecen mal avenidos. En primer lugar (1-12), el del retorno de la primavera, con el que renace la vida en el mar y en los campos, y que Venus celebra con sus cortejos de ninfas y gracias. Y el propio poeta invita a sumarse a ese sacre du printemps (9-12). Pero las dos últimas estrofas, a partir del v. 13, nos recuerdan que a todos nos aguarda la Muerte, que nos veda las esperanzas a largo plazo y que nos ha de llevar a un lugar en el que no habrá festines ni gratos amoríos. No está claro hasta qué punto Horacio es original al poner en contexto y en contraste esos dos grandes tópicos (véase la nota introductoria de NISBET-HUBBARD); pero la idea de fondo que parece inspirarlo recuerda, al menos, a CATULO 5, 4 ss.: se acaba un día y viene otro; pero los hombres, cuando se les apaga su «breve luz», han de dormir una noche sin fin; es decir, el tiempo de la naturaleza es cíclico, mientras que el tiempo humano, lineal, camina derecho hacia su acabamiento.
Toca a su fin el duro invierno con la grata vuelta de la primavera y del favonio59; arrastran los cabrestantes las carenas60 secas, ya no está a gusto el ganado en los establos ni el labrador junto a la lumbre; y ya no blanquea los prados la canosa helada.
Ya Venus Citerea61
