ODÍN y las runas mágicas - David Domínguez - E-Book

ODÍN y las runas mágicas E-Book

David Domínguez

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Beschreibung

Resuelto a evitar el Ragnarök, Odín implora a la diosa Freya que le desvele los secretos de la magia vane, el seid. Después de muchos ruegos, Freya accede finalmente a las demandas del dios a cambio de recibir la mitad de los caídos en el Valhalla. De este modo, Odín logra, con ayuda del seid, comunicarse con el árbol Yggdrasil y el gran fresno le revela la existencia de una nueva forma de magia: las runas, los arcanos símbolos que encierran los poderes que impregnaban el Ginnungagap, el gran vacío que antecedió a la creación. Mas para hacerse con ese valiosísimo lenguaje, Odín habrá de caminar sobre el filo de la vida y de la muerte.

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Seitenzahl: 157

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Índice

Dramatis personae

1. Visiones y susurros

2. El salón de los Caídos

3. Magia oscura

4. El largo camino

5. De donde no se vuelve

Galería de ilustraciones

El secreto de las runas

Notas

© Álvaro Marcos por el texto de la novela

© Juan Carlos Moreno por el texto de Mundo vikingo

© Verónica Navarro por la ilustración de cubierta

© Diego Olmos por la ilustración de portadilla

© Santi Arcas por las ilustraciones de interior

© 2019, RBA Coleccionables, S.A.U.

Diseño de cubierta: Tenllado Studio & Llorenç Martí

Diseño interior: Luz de la Mora

Fotografías: Archivo RBA: 104; Peter Rydén, magnificat.se/Wikimedia Commons: 110

(izq); Sven Rosborn/Wikimedia Commons: 110 (dcha.)

Realización: EDITEC

Dirección narrativa: Marcos Jaén Sánchez

Asesoría histórica: Laia San José Beltrán

© de esta edición: RBA Libros y Publicaciones, S. L. U., 2025

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

Primera edición en libro electrónico: septiembre de 2025

REF.: OBDO670

ISBN: 978-84-1098-564-3

Composición digital: www.acatia.es

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47). Todos los derechos reservados.

DRAMATIS PERSONAE

Dioses

ODÍN — señor de Asgard y primero de los dioses, vigila los nueve mundos, prepara a los dioses y estudia los secretos del universo para evitar que se cumpla la profecía del Ragnarök.

NJÖRD — primero de los vanes, dios de la tierra fértil, de la costa marina y de los vientos, viejo amigo de Odín, a quien ayudó a llenar el mundo de vida en el principio de los tiempos.

FREYA — hija de Njörd, la diosa más hermosa e importante de los la creación por sus poderes sobre la fertilidad, el amor y la belleza, pero también por ser la mayor conocedora y practicante de la magia seid.

FREY — hijo de Njörd y hermano de Freya, es uno de los vanes principales, un dios de gran hermosura con poder sobre la lluvia y el buen tiempo, asociado a la fertilidad viril.

Seres de la creación

YGGDRASIL — es el árbol de la vida, un fresno gigantesco, solo visible para los iniciados, que mantiene unidas las distintas partes del universo; los diferentes mundos crecen entre sus ramas, alrededor del tronco y en sus raíces.

NORNAS — tres criaturas primordiales, tejedoras del destino, que habitan en las raíces de Yggdrasil; son Urd —la que sabe lo que ha sucedido—, Verdandi —la que sabe lo que sucede— y Skuld —la que sabe lo que sucederá. A través de ellas Yggdrasil dio conocimiento del Ragnarök a Odín.

—1—

Visiones y susurros

a tarde comenzaba a declinar sobre la celeste Asgard. Al iniciar su lento descenso, el sol proyectó una vez más sus rayos sobre las torres que asomaban rutilantes entre la espesura. El mundo de los dioses era un vergel dominado por el verde esmeralda de los bosques y el chispeante azul de ríos, cascadas colosales y mares bravíos. Pero a este paisaje de exuberancia natural se le sobreponía una red micélica de construcciones soberbias, palacios de encumbrados techos, salones de proporciones inmensas, fuentes y plazas para las grandes reuniones, las villas de los servidores de los dioses —cada vez más populosas y vibrantes—. Edificadas con los más preciosos metales, las mansiones de los dioses guerreros devolvieron la caricia vespertina del astro sol con mil reflejos irisados.

Reinaba la calma en aquella parte de la creación. Atrás quedaban los días funestos en que los dioses de la estirpe de los vanes, divinidades telúricas de la fertilidad y la naturaleza, se habían enfrentado al linaje de Odín Padre de Todos, los dioses ases, en una larga guerra que no trajo más que destrucción. La paz había unido ambas familias divinas y traído de vuelta la prosperidad.

Contra el cielo levemente anaranjado se recortó la silueta de una figura encapuchada y cubierta por una capa verde bajo la cual se insinuaban formas femeninas. Portaba un zurrón de cuero cruzado en el pecho. Se internó en el silencio del bosque y solo entonces, viéndose en soledad, se descubrió y dejó que sus largos y hermosos cabellos dorados se le desparramasen por los hombros. Una vez más, Freya iniciaba un enigmático paseo cuando la febril actividad diurna de Asgard ya decaía. El repiqueteo de los martillos sobre los yunques y el metal candente se iba espaciando mientras era el cielo el que adquiría las tonalidades de una fragua.

Se quitó las botas y caminó descalza, moviéndose ágil en el bosque profundo. La bellísima diosa rezumaba vida. Sin pretenderlo, por la mera alegría de bañarse en los aromas de la fronda, hacía que los pétalos de las flores se abriesen a su paso, las plantas reverdecieran y las hojas murmuraran en los árboles. A intervalos, se agachaba para recoger raíces, ramas y plantas singulares; también piedras y algún que otro resto de animal que cualquier otro hubiera alejado de sí con desagrado. Permanecía absorta en sus cavilaciones mientras engrosaba el zurrón con aquel botín variopinto y extraño.

Desde que había llegado para visitar a su padre Njörd y a su hermano Frey —desplazados allí como embajadores para sellar la concordia tras la guerra—, todo Asgard se había prendado de ella. «Cuídate de estos dioses guerreros», le dijo su padre el primer día, «porque no tardarán en buscarte para conseguir algo de ti». Y no le faltaba razón. Pronto el señor de Asgard puso su atención sobre ella. Pero ella, asimismo, había descubierto en él un dios fascinante y peligroso, magnético, de seductora madurez. El poder y la inteligencia de ambos parecían abocarlos a la admiración mutua y pronto se había establecido entre ellos un extraño vínculo.

Solo ellos conocían la verdadera naturaleza de aquel juego que ante el resto aparecía disfrazado con los velos de la seducción. Pues si la belleza arrebatadora de Freya y su sensualidad desbordante eran manifiestas a los ojos de todos, calibrar en toda su magnitud el enorme poderío que atesoraba requería de una percepción sutil como la de Odín. Y eran el conocimiento y las secretas artes de Freya, su dominio de la magia seid y no su deslumbrante hermosura, lo que más anhelaba poseer el primero de los dioses.

Sin duda —juzgaba Freya—, Odín superaba a los suyos en curiosidad y sabiduría tanto como los excedía en potencia, pues conocimiento y poder eran en él una y la misma cosa. Por todo ello, también los sobrepasaba en responsabilidad. Los de Asgard se preguntaban por qué el ánimo de su caudillo contrastaba tan vivamente con la alegre bonanza que experimentaba su mundo. Por qué se había tornado más meditabundo a medida que su saber se acrecentaba. Por qué sus ausencias eran tan frecuentes y prolongadas. ¿Qué era lo que ocupaba el pensamiento del más supremo de los dioses, al que con justicia llamaban Padre de Todos?

Muy pocos había que tenían conciencia de las muchas piezas del rompecabezas, pues Odín envolvía siempre sus acciones y decisiones en misterio y se expresaba enigmáticamente. Apenas unos pocos escogidos, los más cabales y con más señorío, tenían conciencia sobre el peso invisible que se había impuesto a sí mismo sobre los anchos hombros.

Tiempo atrás, las tres nornas que habitaban en las raíces del gran fresno Yggdrasil —el árbol de la vida, que brindaba sostén a los mundos superiores— le habían revelado que el destino de los dioses, el Ragnarök, estaba decidido: sería un combate final contra el caos que provocaría la ruina de la creación que él había ordenado con esfuerzo. Desde entonces vivía obsesionado con la idea de torcer la ominosa profecía e impedir su cumplimiento a cualquier precio. Gracias a sus espías alados y al propio Yggdrasil —cómplice en la tarea descomunal de preservar el orden— conocía las fuerzas oscuras que bullían en las regiones más remotas y desabridas de los nueve mundos. Consciente de que debía aprender a contenerlas para mantener el equilibrio y truncar el advenimiento del Ragnarök, vivía entregado a la tarea de saber todo cuanto acontecía, había acontecido y había de acontecer.

Sus desapariciones en lugares ignotos, sus intrigantes reclusiones en recónditas estancias de Valaskjalf, la conducta retraída, el aparente flirteo con Freya, todo ello respondía al mismo aprendizaje. El plan que le enfrentaba al más colosal enemigo: el tiempo y su transcurso inexorable.

La diosa hizo un pequeño descanso en su recolección y contempló el bosque. Para ella estaba lleno de sentido, mientras que para los dioses de Asgard no era más que una maraña oscura. ¿Para todos? No. Odín le había demostrado ya que era capaz de verlo igual que lo percibía ella. Un nuevo instinto lo guiaba. El dominio que tenía el dios sobre la magia de los vanes, el seid, todavía era precario, pero sus avances eran prodigiosos.

Mediante un desgarro en la realidad, los rituales seid le abrían una puerta que daba acceso a otra realidad, a otro modo de lo existente y su devenir. Cada vez que Odín regresaba de uno de aquellos viajes más allá de los sentidos, volvía transformado de una manera sutil. Gradualmente, estaba modificando su relación con el afuera, poniéndolo en conexión con el espíritu de todo lo vivo; de las criaturas y de la tierra. Gracias al seid, empezaba a sentir que la creación entera le hablaba mediante un lenguaje que hasta entonces no había sido audible.

Ahora bien, si la magia de los vanes podía ser una llave a otros planos de la existencia que trascendían lo sensible, también era un instrumento para el engaño de los sentidos, para hacer ver lo que no estaba e ignorar lo presente, para debilitar o fortalecer más allá de la capacidad del cuerpo. El seid era una alteración de la percepción tan trascedente como arriesgada. A lo largo de su incompleta formación autodidacta, el dios había aprendido que las cosas no son lo que parecen y que las cosas pueden parecer lo que no son. Lo primero había hecho de él un ser más cauto y sabio; lo segundo podría hacerle más astuto y manipulador.

Una brisa gélida alborotó las hojas de los árboles e hizo consciente a la diosa de que el crepúsculo la había atrapado. En efecto, Odín era voraz, pero en su voracidad implacable se cifraba toda la esperanza de la creación. Echándose al hombro el zurrón repleto, la diosa emprendió el camino de regreso. Tenía cuanto precisaba.

A sus espaldas, el viento silbó como si quisiera avisarle de algo. Que se apresurara, tal vez. O más bien, que tuviera cuidado. Aligeró el paso, porque de pronto creyó que distinguía bosque adentro el chasquido de ramas quebradas, una marcha acelerada, cuatro patas. Era un gran animal que se le acercaba. Ya pensaba en correr cuando oyó que la fronda se agitaba a su espalda. Al volverse, halló un hermoso y fuerte lobo gris a quien ya conocía.

Geri era uno de los dos lobos que Odín había apostado para que guardasen el refugio al que se retiraba para practicar el seid en secreto. Escondía sus intentos de dominar la magia a los suyos, porque no la entendían y la deploraban como algo mujeril, tal como habían aprendido por culpa de los sucesos que dieron causa a la guerra1. El animal clavó en ella unos ojos intensos, acongojados, el ceño fruncido. Resollaba al borde del ahogo, sin aliento. Había venido a la carrera a través de todo Asgard. Habiendo captado la atención de la diosa, miró hacia el norte, a las altas montañas de nieves perpetuas donde el dios tenía su refugio, como diciendo «ven conmigo». Freya soltó toda la carga y fue tras él. El Padre de Todos estaba en peligro.

Aquel lugar podía considerarse el más remoto de toda la tierra de los dioses. Desde la cumbre más elevada de la cordillera se vislumbraba un panorama ininterrumpido sobre la legión de moles heladas que tocaban el cielo de Asgard. Era como contemplar el mundo desde su mismo techo. Al final de un sendero que parecía un ascenso sin fin, se descubría lo que parecía un palacio excavado en la roca, donde el pináculo de la cumbre prestaba la forma de un tejado. Por un ingenioso truco de construcción, la portada del palacio solo se ofrecía a la vista al situarse directamente frente a ella. Si uno se apartaba hacia un lado, sus formas se confundían con las de la montaña. Allí llegó Freya remontando a toda prisa la escarpada pendiente montañosa detrás de Geri. Una intensa humareda escapaba por la entrada, mezclándose con las nubes, y Freya comprendió que la naturaleza de la niebla de la montaña era mágica.

«¡Insensato!», pensó. Y se lanzó corriendo adentro.

Cubiertas la nariz y la boca con un pañuelo, atravesó el humo que anegaba los pasillos y las salas del refugio excavado en la roca, que recordaba de su última visita. Se dirigió sin demora a la estancia más profunda, al final de una escalera de caracol tallada en la piedra: una desordenada cueva abarrotada de tarros, vasijas, calderos y toda clase de hierbas, raíces, despojos y hongos que colgaban de las paredes y colmaban varias repisas. Una hoguera intensa humeaba en el gran hogar que se abría en una pared, ocupándola por completo.

Encontró a Odín delante de ella, tendido en el suelo al lado de una mesa, que, al parecer, había intentado alcanzar pues había allí un preparado líquido que a buen seguro hubiese anulado el efecto tóxico de las raíces sarmentosas que ardían en el fuego. Su cuerpo se sacudía sin control por causa de horribles espasmos. Freya se arrodilló ante él y lo tomó por los brazos intentando detener sus movimientos. El dios se había extraviado en un lugar muy remoto, cuyos paisajes desconocidos admiraba con sus ojos completamente negros.

La luz de la mañana bañaba la entrada del refugio. Odín vio la grácil figura de Freya delante de él desde el lugar en que yacía postrado, una suerte de lecho que ella había improvisado para él.

Habían transcurrido días completos desde que la diosa lo sacara del trance en el que había estado a punto de quedar fatalmente atrapado. Seguía extenuado por el esfuerzo y también por el desasosiego que habían causado en él las terroríficas visiones. Solo muy recientemente, muy poco a poco, había cesado la sensación que martilleaba su cabeza, la de seguir girando mientras caía en un pozo sin fondo. Si cerraba el ojo, algunas de las imágenes todavía acudían a él, más débiles y pálidas, inconexas pero persistentes. Un fragor sordo seguía rompiendo en algún recóndito rincón de su oído, como un mar distante pero embravecido.

El dios recordaba los ojos de la diosa en mitad del remolino relampagueante y la mano firme que había asido la suya para rescatarlo del vórtice del que no podía escapar. Creía haberla visto luego también a intervalos, entrando y saliendo de su alcoba durante las jornadas de confusa duermevela que habían seguido al peligroso viaje interior. No habían cruzado palabra todavía.

—Te advertí de los riesgos que corrías —dijo ella al fin, rompiendo su silencio, sin despegar la vista del paisaje que se extendía a sus pies.

Se veían aves rapaces surcando los cielos por encima de un magnífico paisaje que alternaba picos nevados con frondosos valles. La naturaleza continuaba su curso allá afuera, ajena a la pesadilla del señor de Asgard y a las amenazas aterradoras que se cernían sobre el mundo.

—Como toda magia, el seid remueve potencias con las que no se debe jugar —añadió la diosa, volviéndose hacia el convaleciente y dirigiéndole una mirada reprobadora.

—¿Qué potencias son esas? —replicó el otro. Ella no dijo nada—. Me pregunto si no quieres decírmelo o si acaso no lo sabes.

La diosa siguió en silencio. Su presencia cautivadora era suficiente para revigorizar al más enfermo. Odín sentía que le volvían las fuerzas meramente por tenerla delante. Aunque ella llevaba largo tiempo resistiendo a su asedio, sin decidirse a desvelarle sus secretos, él era tenaz.

—Se pierde quien carece de guía —acabó por decir el dios, mientas se recostaba levemente. Los huesos le dolían como si un coloso de hielo le hubiera pasado por encima.

Acompañándole en sus visiones, Freya había visto lo mismo que él: su fin y el fin del mundo. Monstruosas hordas de hielo y fuego se aprestaban en los límites de la creación. Y no estaban solas. Una hueste de gigantes y espectros se uniría también a ellas. Los conocimientos de la diosa acerca del seid eran muy superiores a los de él. Por grande que fuera su audacia, Odín no dejaba de ser un neófito. La necesitaba para que le enseñase a penetrar en aquel otro plano de lo existente, porque allí era donde habitaba el árbol de la vida, en cuyos dominios era posible vislumbrar el alma de todas las cosas y asomarse al tiempo. Ella sabía cómo abrir un desgarro en la realidad para acceder a él, un acceso estable y seguro para entrar y salir sin extraviarse. Sin embargo, Freya nunca había podido ver a Yggdrasil, porque era el gran fresno el que escogía a quien mostrarse. Y había escogido a Odín.

—El árbol desea comunicarme más de lo que soy capaz de interpretar —dijo el dios—. Su lenguaje es solo parcialmente inteligible para mí. Tengo tantas preguntas que formularle como respuestas me brinda que todavía me son oscuras. Preciso de tu magia para ver lo que ve y sentir lo que siente, para entender las entrañas de la creación que sostiene. Ya he pagado con un ojo para ello, pero no es suficiente. ¿Cuántas veces más podré pagar tan elevado precio? Solo tú puedes mostrarme un camino seguro.

La diosa se volvió hacia Odín impasiblemente. Ahora bien, a pesar de su frialdad exterior, se debatía en una duda terrible en su fuero interno. Ciertamente, lo que había vislumbrado en aquellas infaustas visiones sobre el fin del mundo le había helado el corazón. Pero recelaba del señor de Asgard, y del uso que pudiera dar a las artes que los vanes habían guardado durante un tiempo incontable. Si le regalaba el seid, el poder de Odín, que ya era grande, se haría inmenso, y tal vez lo convirtiera en una potencia aún más peligrosa que sus enemigos. Por eso seguía reacia a compartir sus secretos con aquel dios voraz e impaciente, a quien a veces le daba el nombre del Dios Cuervo por los alados espías —Hugin y Munin— con que la vigilaba, siempre con el ojo en los asuntos ajenos.

Como el otro todavía la miraba, esperando alguna respuesta, ella habló ásperamente:

—Si la salvación de todo depende de este dios tuerto y taimado que tengo ante mí, el destino es tan burlón como cruel —dijo—. Por grande que sea mi poder, ¿quién soy yo para interponerme en el cumplimiento de lo que está inscrito en las entrañas de la creación desde su mismo nacimiento?

La paciencia de Odín se estaba agotando.