Odisea del hambre - Mariela Ghenadenik - E-Book

Odisea del hambre E-Book

Mariela Ghenadenik

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Beschreibung

En un futuro cercano, la Tierra es, finalmente, un planeta pacífico, sin fronteras entre los países, con un sistema único de gobierno. Sin embargo, aún hay peligros: la explosión demográfica apenas puede controlarse y la suma del peso de todos los humanos amenaza con descentrar el eje de la Tierra, lo que la acercaría fatalmente al Sol.    La policía de los cuerpos vigila cada ingesta de alimentos y persigue a los abundantes gravitacionales, quienes son obligados a pedalear para recontextualizarse ¿O para producir energía limpia?    Sofía es una decidida joven de 27 años que trata de acatar las leyes y de poner a raya el hambre y la ansiedad de cada día para recuperar privilegios: vivir más libremente y salvar a su abuela, ya en el límite de la edad vital permitida. Si no cumple, volverá al centro de rehabilitación en el que, años atrás, la encerró su terrible madrastra. Pero no hay esfuerzo que alcance: la realidad se muestra muy diferente a la del relato oficial.   ¿En quién confiar, qué hacer, cómo escapar cuando todo cambia de sentido? Romance, aventura, intriga psicológica y lucha por la igualdad de derechos.

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Seitenzahl: 356

Veröffentlichungsjahr: 2024

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MARIELA GHENADENIK

ODISEA DEL HAMBRE

Ghenadenik, Mariela

La odisea del hambre / Mariela Ghenadenik. - 1a ed - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Del Nuevo Extremo, 2024.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-609-846-5

1. Literatura Juvenil. 2. Ciencia Ficción. I. Título.

CDD A863.9283

© 2023, Mariela Ghenadenik

© 2023, Editorial Del Nuevo Extremo SA

Charlone 1351 - CABA

Tel / Fax (54 11) 4552-4115 / 4551-9445

e-mail: [email protected]

www.dnxlibros.com

Edición: Claudia Hartfiel

Diseño de tapa: WolfCode

Primera edición en formato digital (ePUB): junio de 2024

ISBN 978-987-609-846-5

Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor.

Hecho el depósito que marca la ley 11.723

Versión 1.0

Digitalización: Proyecto451

Índice de contenido

Portada

Portadilla

Introducción

Primera parte

Capítulo 01.

Capítulo 02.

Capítulo 03.

Capítulo 04.

Capítulo 05.

Capítulo 06.

Segunda parte

Capítulo 07.

Capítulo 08.

Capítulo 09.

Capítulo 10.

Capítulo 11.

Capítulo 12.

Capítulo 13.

Glosario

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Portada

Portadilla

Contenidos

Introducción

Primera parte

Segunda parte

Glosario

Para mis padres, Jorge y Victoria, y mis hermanos, Adrián y Gabriel. También para mi abuela Sara y para mis ancestros. Gracias por traerme hasta acá.

Introducción

Es el año 2067 y, si bien se han logrado superar algunos desafíos que amenazaban al planeta a comienzos del milenio –destrucción ambiental, cambio climático, crisis energética–, la contracara de los primeros años de bienestar produjo más longevidad y superpoblación.

Junto con el aumento poblacional se impuso la teoría de que la Tierra no podría soportar el peso de tanta gente, lo que alteraría su órbita y la acercaría al Sol, amenazando toda vida en el planeta. Esto generó la creación de nuevas leyes de regulación que determinan cuánto tiempo se puede vivir, cuánto se puede pesar y, sobre todo, cuánto se puede comer.

La falta de espacio y de trabajo por el aumento demográfico, la redistribución territorial y de recursos son algunas de las dificultades que se enfrentan. Por esta razón, ningún ser humano puede vivir más allá de los 90 años –100, si se logra juntar el dinero para una Extensión Vital–, y se busca impedir que el peso corporal sobrepase las regulaciones vigentes para evitar el cambio en la órbita terrestre.

La idea de comer por gusto y no por supervivencia pasó a ser el mayor problema a organizar. Para la ideología reinante, el apetito sin fin conduce a la indisciplina, que genera la sobrecarga en la producción de determinados alimentos, estresa los recursos planetarios y desestabiliza el clima.

A pesar de haberse solucionado globalmente el tema de la alimentación, todas las personas deben mantener un margen saludable de “hambre” constante para mantener a raya la gula individual, considerada el germen del desastre.

Las personas solo pueden ingerir alimentos de acuerdo con lo que establece el Plan de Alivio Planetario y no deben sobreestimular su afán por la comida. Quienes no pueden ajustar su conducta y peso –los denominados Abundantes Gravitacionales– son retirados del Plan y forzados a alimentarse con ingredientes altos en grasas y azúcares para “pedalear” y hacer funcionar máquinas generadoras de energía limpia, dado que aún no se han desarrollado mejores fuentes estables de energías no contaminantes que la potencia humana. Las energías contaminantes aún existen, pero se reservan estrictamente para el funcionamiento de la sociedad, como el alumbrado público, la producción del superalimento base y el agua corriente, entre otros.

La prioridad mundial es cuidar el planeta, reducir al mínimo sus desechos y recomponer el ecosistema dañado durante siglos. Los viajes en avión están reservados para una élite, las ciudades con automóviles son el privilegio de los organizadores, es decir, los que aportan al mundo tecnología y alta capacitación, y también los que aportan alimentos o su acopio natural de agua dulce.

Los veraneos en playas paradisíacas, la exploración de senderos montañosos, la contemplación de la naturaleza en su estado más genuino solo son accesibles a quienes pueden pagarlos, mientras que las personas que trabajan deben vivir en zonas designadas y, a cambio de eso, se les permite acceder a “experiencias sensoriales recreativas no contaminantes”.

Sofía Martínez Castro nació en 2040, considerado el inicio de la Etapa de Acomodamiento. Perteneció a una casta privilegiada que, supuestamente, no suele exceder su tamaño corporal ni su conducta alimentaria. Pero, en 2050, se superó la cantidad esperada de población y entró en vigencia de manera urgente y mundial el Plan de Reparación Posible.

Cinco años después, Sofía cometió un acto considerado impropio y su madrastra confabuló para mandarla a un Campo de Recontextualización. A partir de ese momento comenzó una pesadilla que cambió su vida por completo.

Primera parte

01.

Los Controladores Subterráneos sobrevuelan el techo de la estación. Sofía se estira todo lo posible para respirar un poco de aire entre la muchedumbre mientras aguarda a que llegue el siguiente tren. El calor es agobiante, hoy no le toca comer, y beber antes de subir al transporte está fuera de posibilidad; deberá esperar hasta después de pesarse en la sesión grupal. ¿Es sugestión o falta el aire? Cierra los ojos e intenta controlar su respiración; el corazón le late tan fuerte que mueve la tela de su camisa. Arrepentida de haber elegido el tren subterráneo, debería haber tomado la correvía; piensa en las zapatillas que olvidó en la puerta de su casa o, mejor dicho, que su abuela le pidió que no llevara, “te vas a cansar demasiado si vas y venís corriendo”, le había dicho. Y tenía razón, el agotamiento corporal en los días que no le toca comer es muy intenso.

Balancea su postura: separa un poco los pies, procura que se toquen todos los apoyos, endereza la cadera para repartir bien el peso y sube un poco el torso para levantar la cabeza. Así puede mirar por los ventanales artificiales ubicados en las paredes de la estación; estos simulan una geografía que ya muy pocos tienen el privilegio de ver en vivo y en directo. Un glaciar gigante, con tonalidades azules se rompe en pedazos que rebotan contra un río helado. La frescura de esa imagen la alivia un poco mientras recuerda las veces que su abuela le contó lo emocionante que fue para ella ver un pedazo de roca congelada desmoronarse sin motivo aparente. En otro ventanal, unas cataratas descomunales rompen contra un río oculto tras el vapor que sube hacia un cielo azul intenso. La escena cambia y un lago color esmeralda refleja una cordillera de hermosas montañas nevadas.

Las imágenes de frescura la alivian un poco, pero la tremenda sed la hace dejar de mirar los ventanales artificiales y nota que las sensaciones corporales se hacen cada vez más difíciles de gestionar. Tranquila, Sofía, hay aire suficiente, piensa. Ideas catastróficas se agolpan en su cabeza a tal velocidad que no logra desarmarlas con la lógica, y la certeza de que va a morir asfixiada o aplastada dentro de instantes es tan fuerte que comienza a transpirar y le cuesta serenar su respiración entrecortada.

Si tuviera su bicicleta no tendría que forzarse a tomar ese tren espantoso. Hace un cálculo mental del tiempo que le falta para cobrar su sueldo y retirarla del taller de reparaciones. Trata de recrear el frescor de sentir la brisa en la piel y poder olvidarse de la nuca transpirada que tiene delante de ella.

Analiza una vez más la situación: si pudiera ingeniárselas para salir, igualmente llegaría tarde a su reunión. Ya no tiene margen de tiempo para ir caminando ni dinero para pagar un vehículo aéreo no tripulado. Quedarse donde está es su única opción.

Se estira otra vez para tomar aire; sin querer, abre los ojos y el corazón casi se le sale de la boca al ver que la muchedumbre se agolpa hasta la escalera de entrada. Está atrapada y la noción de que no tiene escapatoria si sus ideas catastróficas se hicieran realidad se convierte en sensaciones corporales cada vez más intensas. No puedo morir acá. No puedo morir así.

—Ni se te ocurra llamar a los Controladores, Sofía. —Leandro la frena antes de que siquiera comience el gesto.

—No soporto más, me asfixio, quiero que me saquen de acá. —Leandro toma a Sofía de la mano, que intenta soltarse sin éxito.

—Concentrate, no te desmayes, solo faltan dos minutos. —La sostiene de la cintura—. Cerrá los ojos y respirá —le dice al oído, pero Sofía no puede dejar de mirar el enjambre de hombres y mujeres armados que flotan con arneses por encima de la gente y quiere llamarlos para que la saquen de la multitud. Me estoy muriendo, es lo que quisiera gritarles como pedido de ayuda.

Si no fuera porque necesita que le firmen la libreta sanitaria se permitiría desmayarse de una buena vez y dejar que los arneses la saquen del lugar. Pero Gerónimo, su jefe, le advirtió que “la cosa se está poniendo espesa”. “Están muy tercos los de Recursos Humanos, Sofi. Todos los Residentes tienen que presentar la libreta; ya no sirven las exenciones bianuales”.

Claro, fácil para un Normalizado, piensa. Volver al grupo de Tratamiento y Control es una pesadilla después de tantos años.

Los chalecos le pasan rozando, generando una pequeña brisa que hasta sería reconfortante si no le gritaran: “¡La vista al frente, señorita!”.

Vuelve a acomodar su postura: vista al frente, brazos a los costados, pies paralelos. Una de sus manos encuentra una dosis sublingual que, apenas se alejan los Controladores, logra ubicar con disimulo dentro de su boca. En menos de un minuto le hace efecto; en menos de ese tiempo comienzan a aquietarse los latidos de su corazón, dejan de transpirarle las manos y puede hacer al menos una respiración profunda. Poco a poco, logra serenarse.

“ASISTENCIA ANTE EL CRECIENTE DESAFÍO POBLACIONAL”, dicen las letras alrededor de un planeta Tierra en la parte de atrás del chaleco de los Controladores.

¿Aún existirá alguien que crea que la tarea de estas personas es la de asistir y ayudar? Se detiene un instante a pensar en las palabras desafío poblacional. Lo que iba a ser un acuerdo mundial temporario para salir de la crisis que amenazaba al planeta terminó por establecer una forma de vida que dista mucho de ser lo que prometieron: una transición cuidada, un esfuerzo colectivo para lograr el bienestar de la humanidad.

Con estas y otras frases le taladraron el cerebro apenas llegó al espacio cuidado donde la iban a recontextualizar corporalmente en pos de un beneficio global. Un pequeño sacrificio altruista que ella y las demás personas que presentaban desafíos dimensionales debían hacer. Pero lo que al principio era una renuncia heroica pronto se convirtió en el horror, después de que uniformados similares a los que sobrevuelan a su alrededor la pesaran, midieran y recategorizaran a ella y a centenares de personas que llegaron igual de desorientadas al Espacio Cuidado de Recontextualización Corporal para Personas con Desafíos Dimensionales y Abundancia Gravitacional.

Todo es culpa de Leandro. También esto es su culpa. Tuvo que tomarse este transporte del infierno porque él la retuvo a la salida del trabajo con su insistencia de querer hablarle, de compartir al menos unas calles juntos. Sofía terminó por acceder para no hacer una escena delante de sus compañeros. ¿Después de todos estos años, Leandro? No le preguntó cómo ni por qué fue a parar a la misma unidad que ella. Estará aburrido y necesitará hacer algo con su tiempo, pensó; pero quién en su sano juicio pediría trabajar en la Agencia. Levanta la vista: ve algunas canas incipientes en su abundante pelo castaño. Prefiere recordarlo como cuando eran adolescentes. ¿Cuánto tiempo convivieron en total? Sofía hace cálculos desde el año en que su padre se casó con Soledad, luego de la muerte de su madre, y el tiempo que tardó en hacer un bolso e irse a vivir con la abuela. ¿Un mes? ¿Una semana? Después de eso, apenas se saludaban cuando Sofía iba de visita; pero lo que se dice vivir bajo el mismo techo… ¿cuánto habrá sido?… sí, tal vez, un mes. Se estremece, la sola idea de recordar algo de esa etapa le trae una profunda amargura.

—Ya me siento mejor, Leandro, soltame, por favor —dice; él la mira para asegurarse de que está bien.

Cuando se vieron por primera vez, hace más de doce años, le había parecido el chico más lindo y bueno del mundo. Su papá le había anticipado información sobre su nueva mujer, pero no se le ocurrió presentársela antes de casarse. Fue conocer a Soledad y a Leandro y empezar a convivir los cuatro en el mismo momento. Apenas abrió la puerta y los vio ahí parados, sintió cómo su vida cambiaba para siempre; Soledad acercó su cara para darle un beso al aire y le soltó esta advertencia: “ni se te ocurra decirme madrastra”. Leandro le sonrió sin quitar la vista del suelo. Tenía los ojos más verdes y brillosos que había visto; quién iba a decir que gracias a ese desconocido con cara de desamparo la vida le daría un vuelco tan grande como para saber en carne propia lo que sucede realmente en los Espacios Cuidados de Recontextualización Corporal para Personas con Desafíos Dimensionales y Abundancia Gravitacional.

—¿Te enteraste de que ahora vamos a cobrar a sesenta días? —Sofía lo mira. Sin bicicleta y sin dinero para pagar el arreglo tendrá que levantarse aún más temprano e ir caminando al trabajo. El subterráneo por la mañana es aún más imposible que por la tarde.

El único consuelo es que el pago de las cuotas de su NyC no está en riesgo; prefiere ir en cuatro patas a trabajar que atrasarse un día en pagar la mensualidad que le permitirá volver a ser una Nacida y Criada, una vez que rinda el examen. Cualquier detalle que un ser normal dejaría pasar por insignificante puede convertirse en un dato para rechazar su solicitud, y no quiere arriesgarse por nada del mundo. Son unos meses más, suspira. Después ya nadie podrá cuestionarla ni intimidarla en plena calle, ni hacerle rendir cuentas sobre su pasado. Volverá a ser una Nacida y Criada. De las que trabajan, pero NyC otra vez al fin.

—¿Cómo es eso de los sesenta días? ¿Hábiles? ¿Corridos? —Trata de respirar, otra vez le falta el aire—. Estoy bien, mantenete en tu espacio, Leandro.

Una anciana delante de ella pela una lámina de sustituto de caramelo y le hace un gesto a Sofía de que no diga nada, “a mí también me está por bajar la presión”, le explica y le ofrece uno. Ella no responde, aunque su estómago cruje ante el dulce aroma a cereza.

Aprieta los puños, tensa el ombligo y traga saliva para aplacar el hambre; ruega que los Controladores no vean a la mujer hablándole ni descubran la sustancia aromática.

—Tal vez sean menos. Sesenta es muchísimo —dice Leandro.

Sofía se pone en puntas de pie para respirar algo del oxígeno que los Controladores finalmente deciden echar. No era solo mi idea que faltaba el aire.

—¿Querés que te alce? —Antes de responder, Leandro la levanta durante unos segundos y Sofía al fin respira un poco mejor. Delante de ella, el océano de cabezas se asemeja a las rocas del fondo del mar. Pronto ve acercarse el tren y el frescor de la velocidad junto con el oxígeno renovado resultan un momentáneo alivio.

—Ya está bien, gracias —le dice mientras la fila avanza veloz y ordenada. Se escucha el ping del escalón-balanza por cada uno de los que suben. En menos de un minuto los vagones se completan y los Organizadores Corporales empujan a los últimos para que puedan cerrarse las puertas.

Sofía, Leandro y el resto de los pasajeros quedan más cerca del andén y más libres de movimientos; se respira mejor.

“Aléjense de la línea amarilla”, los Organizadores Corporales tocan a los primeros de la fila con un puntero. “Aléjense de la línea amarilla”, vuelven a gritar y a empujar a todos hacia atrás, mientras la marea humana que viene de la entrada presiona insistente al escuchar un nuevo tren acercarse a la estación. Leandro atina a proteger a Sofía antes de que se caiga y quede presa de la estampida.

—Te tengo que entrenar en esto de viajar en transporte público, Sofi —ella no responde—. Tranquila, que ya pronto subimos. Esta tarde no hubo incidentes, así que con suerte no habrá interrupciones en el servicio. ¿Querés un poco de agua? ¿Gel hidratante?

—No, no quiero nada —responde fastidiada. Aunque se muere de sed, mejor no arriesgar sus chances de viajar.

La muchedumbre empuja otra vez y Sofía pisa un panfleto que dice “BASTA DE MENTIRAS. EL PLANETA ESTÁ EN SU ÓRBITA”. La fila avanza para entrar al vagón y Sofía se agacha para agarrarlo y lo esconde rápidamente antes de que el Organizador o alguno de los Controladores descubran el papel.

El escalón-balanza acepta el peso de Sofía, el de Leandro y el de los pasajeros que los rodean. Se acomodan cerca de la ventana del otro extremo con los brazos cruzados sobre el pecho para ocupar menos espacio mientras el escáner revisa que todos estén optimizando su lugar.

—La señorita de los pantalones morados, descruce las piernas que esto no es una reunión familiar —grita el Controlador desde el techo de vidrio— y usted, el señor de la camisa amarilla, ponga los brazos en cruz y la mochila entre las piernas o lo bajo del vagón.

Después le grita al Organizador de la puerta que haga ingresar a algunos pasajeros más. Sofía vuelve a tomar una bocanada de aire, aliviada de al menos estar cerca de la ventanilla.

—Ya están empujando a los últimos y cierran la puerta —Leandro intenta calmar a Sofía, detrás de las personas que quedaron entre ambos—. Pronto bajamos.

Pero apenas Leandro dice esto se apagan las luces y comienza a sonar la alarma de la balanza, “todos quietos”,gritan por altoparlante, mientras los arneses aterrizan con linternas sobre el techo vidriado del convoy y rodean al excedido.

—Por favor, tengo que llegar a mi casa, es una emergencia, déjenme viajar —se escucha entre las sombras a lo lejos.

—¡Bajesé! —grita uno de los soldados.

—Son solo doscientos gramos...

—A las bicicletas. Dos horas de pedaleo y después se podrá ir.

—Tengo que ir a mi casa urgente, por favor —implora el hombre, la voz cada vez más lejana mientras lo abducen fuera del vagón.

El altoparlante comunica que ya fue normalizado el servicio; las puertas se cierran y, aunque Sofía tiene una masa de gente sobre su espalda, al menos se siente aliviada de no estar entre los que quedaron varados en el andén y deberán esperar a que terminen de reducir al infractor. Atrás queda el operativo que tendrá a la gente atascada durante media hora más como mínimo, según comentan algunos pasajeros.

Pronto el vagón en el que se encuentra entra en un túnel y otra vez se apagan las luces. Sofía tiene cada vez más personas encima de ella.

—Qué te pasa, huesuda, dejá de moverte —le dice alguien a su espalda.

—Me estás aplastando —responde Sofía.

—¿Y dónde querés que me ponga? Si no te gusta tomate un dron, inadaptada.

Llegan a la estación y la frenada reacomoda a los pasajeros, pero el hombre no se mueve de encima de Sofía con tal de estar más cerca de la ventanilla.

—Ey, estúpido, la estás ahogando. —Leandro atina a tocar el hombro de Sofía—. Ella es peso pluma y vos estás rozando la abundancia. Movete un poco o te denuncio por exceso de masa muscular.

—A quién vas a denunciar, polilla —le contesta amenazante.

—Basta, por favor, que todos necesitamos llegar a nuestras casas —les gritan desde atrás.

—Que se la aguante si se ubica cerca de la ventanilla —responde al aire con un mínimo gesto que simula reacomodarse dentro de su espacio.

—Sofía, ¿estás bien? Ya llegamos —susurra Leandro. Ella asiente.

—Permiso, por favor, ¿baja? ¿Usted baja? Salga de la puerta que está estorbando —dice Sofía a un rubio demasiado alto e inmóvil mientras se desmolda fuera del vagón.

—Sofía, esperá. ¿Vas para tu casa? —Leandro le toca el hombro y esquiva el tumulto hasta quedar al lado de ella.

—Voy para otro lado.

—¿Novio?

—Tengo unas cosas que hacer.

—¿Puedo acompañarte?

—No.

—Hasta cuándo vas a seguir odiándome, Sofía. Por favor, dejame acompañarte.

—Estoy apurada, quiero ver si puedo recuperar la bicicleta. Nos vemos mañana en el trabajo.

Sube la escalera de dos en dos por la vía rápida; con unas maniobras de parkour trepa por los molinetes y las paredes de la estación y pronto gana la calle. Afuera está lloviendo y los Agentes de Movilidad gritan a los que tienen paraguas que despejen los techos; ella se ubica en ese carril, pero va mucho más despacio que el carril de la lluvia.

¿Cuánto puede pesar el pelo mojado si voy del lado de la lluvia?, piensa y apura el paso lo más posible.

02.

—A qué grupo venís.

—Mantenimiento y Control. —Sofía mira los afiches verdes a su alrededor. Sus frases imperativas con verbos en infinitivo en tercera impersonal dejan en claro que lo que expresan es una verdad general, probablemente absoluta: “Reconocer los propios defectos es una oportunidad para ser feliz; Intentar algo nuevo es la manera de encontrar el propio eje; Tener presente las metas es el secreto del éxito”.

—Hacé la fila allá para pesarte, acordate de no tocar la balanza y bajá recién cuando yo te lo indique. —La recepcionista con ambo celeste le señala el pasillo donde esperan unos diez hombres y mujeres.

—Solo necesito que me firmen la libreta sanitaria.

—Cuando termine el grupo —le contesta, sin quitar la vista de un monitor que Sofía no puede ver desde donde se halla, pero sabe que está observando a una persona arriba de la balanza, totalmente desnuda.

—¿Es necesario?

—Tengo que anotar tu peso y medidas y dárselo a la coordinadora. Es ella quien reparte las libretas. Andá a la fila, por favor.

Dos personas, serán dos minutos de espera por cada una más la que está dentro, cinco en total. Tiempo suficiente para pasar por el baño y así pesar un poco menos.

Solo siete minutos y después por fin dos vasos grandes de agua fresca. Tal vez podría tomar tres bien despacio. No, mejor solo dos para no estresar el estómago vacío, concluye. Después me tomo un café.

Le llega el turno de pesarse y se desviste a toda velocidad, ropa interior incluida.

—Subite —dice la coordinadora por el parlante—. Ahora, quedate quieta. —Los números de la balanza son los esperados. Alivio y pase asegurado—. Ya podés bajar, Sofía.

//

—¿Te fue bien con el peso, Sofi?

—Sí, Rosa, todo bien. ¿Me pasás el polvo láctico y el endulzante cuando termines de usarlos? —Rosa le alcanza los frascos y le pregunta otra vez por el peso.

—¿Y a vos cómo te fue, Rosi?

—Qué velocidad para beber el café. Estabas desesperada.

—Me moría de sed. El subterráneo estaba peor que nunca.

—¿Y la bicicleta?

—En el taller. No tengo ni un centavo para sacarla. Además, en el trabajo nos avisaron que nos van a pagar a sesenta días. O a cuarenta y cinco. Algo así.

—¿Por qué no renunciás de una buena vez a ese trabajo de porquería?

—Algunas personas no tenemos tu suerte y necesitamos trabajar.

Rosa se queda en silencio. Luego de unos instantes responde, incómoda: —Sabés muy bien que si pudiera te ayudaría con el dinero de mi pensión, pero no me dejan extraer más que lo estrictamente estipulado hasta que me desbloqueen la cuenta cuando finalice la probation.

—No fue un reclamo, Rosi, y mucho menos un pedido solapado. Solo que me gustaría no tener que trabajar más.

—Entonces planificá un accidente en un dispositivo no tripulado y listo —Rosi ríe secamente—; lo único malo de romperte cada uno de los huesos de la pelvis es que después se complican algunas cuestiones como caminar o vivir. Pero sí, tengo mi salario asegurado hasta mi terminación vital porque tuve la suerte de que el accidente saliera en todos los medios y que se necesitara ocultar lo que en realidad pasó. —Hace un gesto de desdén y cambia de tema—: Me muero por algo dulce.

—Callate, Rosa —la reprende por lo bajo Sofía y recuerda el aroma a caramelo que desprendía el sustituto que tenía la anciana del tren. ¿Cuándo fue la última vez que comió uno de verdad?

—No digas nada, Sofi —la interrumpe su amiga con picardía—, pero el fin de semana comí algo que empieza con hache y algo que empieza con pe y termina con fritas. —Contiene tanto la risa que se pone roja y le lloran los ojos.

—¿De qué estás hablando? ¡Silencio que te pueden escuchar! —murmura Sofía entre dientes, mirando para todas partes—. ¿Por qué hiciste eso? ¿Dónde lo conseguiste?

—Nah, es un chiste. Me fui a un spa inmersivo.

—Que yo sepa, ninguno de esos lugares ofrece experiencias de la Otra Época —la reprende—. ¿No está prohibida esa clase de estimulación?

—Usé mi permiso de consumo medicinal. Otro de los beneficios de romperte todos los huesos, caer en depresión aguda y no querer vivir más —le guiña el ojo—. Cuando quieras te lo presto.

Sofía ignora el sarcasmo y le pregunta de dónde sacó ese lugar tan específico.

—Otro día te cuento bien; ya tenemos que entrar. O te llevo, mejor, si dejás de querer ser siempre una ciudadana ejemplar.

—Las paredes oyen, Rosa. Por favor, no me hables más de estas cosas —dice por lo bajo, y recuerda el panfleto que tiene en el bolsillo; resuelve que será mejor tirarlo en su casa.

—No seas tan paranoica.

—Shhh.

Rosa suspira y bebe el café.

—Lo tierno que estaba el pancito… todo húmedo por la carne jugosa… Tenía el mismo sabor de antes, a manteca y leche; suave y esponjoso… no como esta bazofia que nos dejan comer. —Rosa termina el café con cara de asco—. No te conté que hoy tenemos a Julia como instructora —repite la mueca—, yo la tuve en un grupo hace mucho y es muy, muy detallista… por decirlo de alguna manera.

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De pie y tomados de la mano, la ronda dice a coro, en voz alta: “Planeta, concédenos serenidad para enfrentar nuestra descontextualización, valor para cambiar nuestra disforia gravitacional, fortaleza para redimensionarnos en sociedad y gratitud por esta segunda oportunidad para habitar el Universo”.

—Bueno, vamos a empezar la sesión de hoy. Mi nombre es Julia y soy la nueva coordinadora.

—Bienvenida, Julia —responde el grupo al unísono.

—Gracias. No me voy a extender mucho sobre mí porque el enfoque es escucharlos a ustedes. Pero, a modo de presentación, quiero decirles que para mí esta tarea es más que un trabajo, es una vocación. —Julia hace una pausa y mira a cada participante sin pestañear—. La contextualización de las personas con desafíos corporales es una enfermedad crónica y debe tratarse con dedicación y seriedad. Por eso, les aclaro, que acá no solo venimos a controlar el peso y las medidas e irnos a casa, acá venimos a trabajar para vencer nuestros propios límites. Así que, dicho esto, quiero escucharlos, conocerlos. A todos.

—Te dije —susurra Rosa.

—Basta, Rosi.

—¿Por ahí alguien dijo algo…? ¿Tu nombre? —Julia clava la mirada en Sofía, que se pone de pie.

—Sofía Martínez Castro.

—Sofía… Bueno, recordá que “si escuchamos y obedecemos, más livianos quedaremos”. Así que en las reuniones tenemos que hacer silencio, tolerar mantener la boca cerrada, ¿mmm? “Cuando la boca cerramos, más felices estamos”. —Julia sonríe y vuelve a mirar a cada uno de la ronda—. Empecemos con vos entonces, Sofía. A ver… Ajá… Según tu ficha, llevás casi diez años sin variaciones… Varias exenciones por conducta impecable... Muy bien. ¿Fuiste una recontextualizada juvenil?

—Mi seudofamilia me lo dio como regalo cuando cumplí los quince —dice Sofía seria. Rosa contiene la risa.

—Un excelente regalo el que te dieron: tu salud —dice Julia sin pescar la ironía—. Contanos más sobre vos. Cuál fue tu peso máximo.

Sofía mira alrededor, hace años que no dice cuánto llegó a pesar en público y no quisiera hacerlo. Lo dice en voz muy baja, Julia asiente. Los demás se remueven en sus sillas.

—¿En tu familia hay también personas con disfuncionalidad corporal?

—Soy la única excedida de la familia, la excepción de todo un árbol genealógico intachable.

—No hablamos así, Sofi. La autoagresión es como morderse a uno mismo, la antesala del bocado, ñam, ñam —dice Julia, mientras muerde el aire.

—…

—Si lo vemos positivamente, la genética está de tu lado. Eso es bueno.

—Excepto por mi abuela, para los demás, yo arruiné el apellido.

—No seas tan dura con vos misma… La precisión entre la ingesta y el gasto calórico es casi un arte que exige un profundo autoconocimiento y disciplina. Pero volvamos un poquito para atrás… A ver, sos de la generación del ’40, una de las más difíciles. Debés haber vivido el tiempo del Acomodamiento.

—Sí.

—Y cómo fue —con un gesto de las manos, Julia insta a Sofía a contar más.

—No quiero hablar de esa época.

—Está bien —Julia lee la ficha—: Residente juvenil en Espacios Cuidados para la Recontextualización Corporal a los quince; finalización a los diecisiete; residente desde los diecinueve; eximida cada dos años desde hace seis. Un legajo intachable. —La mira por encima de sus anteojos—. Pero igual no hay que confiarse nunca, Sofía —dice y luego se dirige al resto del grupo—. Como les dije cuando empezamos, acá no venimos solo a pesarnos. La verdadera curación se logra mediante la palabra. Soltar las palabras nos libera. Lo que sale de la boca no vuelve a entrar. Hay que abrir la boca para poder cerrarla, ¿mmm?

El grupo hace silencio y espera a que Sofía hable. Sofía sabe que cuando es el turno de hablar, hay que hacerlo. Respira hondo y termina el café antes de decir:

—Desde que tengo uso de razón que en casa y en el colegio se hablaba del 2050, de qué pasaría cuando naciera el niño o la niña nueve mil quinientos millones, de la grieta por cómo debería ser una alimentación sostenible... Así que, ciertos miembros de la familia, por decirlo de alguna manera, empezaron a perseguirme para que deje de comer y desde los quince años que paso hambre.

—Sofía, quiero recordarte que no usamos la palabra “hambre”. No “pasamos hambre” sino que “nos reeducamos y encontramos la satisfacción en el límite”. El hambre no define a la humanidad. Acá en tu ficha veo que dice ingesta en exceso de subalimento. No voy a entrar en detalles, pero me parece que tu familia no tuvo más remedio que enviarte al Campo de Recontextualización.

—Me comí unos alfajores, sí. Seis para ser más exacta —dice, y enseguida comienzan los murmullos y algunas risas.

—Silencio, grupo. —Julia se levanta. —Después de tantos años ya deberías conocer las reglas, Sofía, no se nombran los subalimentos de la Otra Época, no hablamos de “sentir hambre” y cuidamos este espacio sagrado que hacemos entre todos. —Se acerca a una pizarra, destapa un rotulador y traza un garabato indescifrable en rojo—. Repasemos el concepto: cuando pensamos en términos absolutos, como “hambre”, se activa el sector del cerebro relacionado con la supervivencia y se dispara la urgencia de comer. —Hace una pausa mientras tapa el rotulador y contempla los círculos y líneas que dibujó en la pizarra antes de volver a sentarse—. Seguramente en un par de generaciones esto ya no ocurrirá más, pero hace apenas unas décadas que se erradicó el hambre, que el hambre dejó de definirnos, y aún no llegamos a evolucionar tan rápido como para superar este temor primitivo —explica—. Sofía, gracias por compartir tu historia. Muy valiente de tu parte. Ahora veamos tu peso y medidas… —Julia revisa la ficha y asiente—. Estás muy bien, felicitaciones.

—La libreta, ¿me la das ahora?

—No, ahora las doy al finalizar las sesiones así tenemos tiempo de escuchar a todos.

—La necesito para poder entrar al trabajo mañana.

—Al finalizar la reunión daremos las libretas sanitarias. Me preocupa tu insistencia, Sofía. ¿Tenés sesión de terapia individual?

—No, vengo solo por una formalidad de mi trabajo.

—A la salida agendaremos una reunión para esta semana. Mañana es tu día de comida, ¿estás preparada?

—…

—Sofía, es parte de la dinámica, si se te hace una pregunta tenés que responder.

—Tengo todo listo, sí.

—¿Quién es tu compañero o compañera de alimentación?

—Nadie. Hace años que me manejo bien sola.

—A mí me gustaría que volvieras a las fuentes, siempre es mejor hacer las cosas como se deben. Además, te noto ansiosa y quiero que te reportes con alguien mañana. ¿Algún voluntario para patrocinar a Sofía?

—Yo puedo.

—Bien, entonces Tatiana será quien reciba tu reporte de peso y listado de alimentos ingeridos —dice y señala a la chica que le hace un gesto para verse cuando termine la sesión.

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—Pasame tu número así te agendo —dice Tatiana mientras pestañea unos segundos para tomar una foto del teléfono. Sofía le envía un mensaje de voz para quedar conectadas.

—Interesante tu historia, Sofi. ¿En dónde trabajás? —Cierra la pantalla ocular y se acomoda la riñonera.

—En AGIL —Tatiana hace un gesto de no entender—. En la Administración General de Ingesta Local.

—Qué raro que te dejen trabajar ahí.

—Solo mi jefe sabe que tengo tendencia a ser excesiva corporal.

—Una persona en reinserción —la corrige Tatiana.

—…

—Te estaba haciendo una broma, podés hablar como quieras, estamos en confianza. —Le guiña el ojo. Detrás de ellas, el resto del grupo se despide y organiza para salir—. ¿Y cómo te arreglás cuando no te toca comer? ¿Ahí son todos Normalizados?

—La verdad es que es peor cuando sí me toca… —suspira Sofía.

—¿Vamos yendo, Sofi? —Rosa las interrumpe y hace un gesto de que corte la conversación.

—Esperá un poco que estamos conversando.

—Escuché en las noticias que hay bastante lío ahora en la AGIL —dice Tatiana—. Se separa del Sistema Único de Racionamiento, ¿verdad?

—Sí. Están reduciendo puestos, monitoreando que no haya gente de más… Hoy me enteré que con suerte nos pagarán a sesenta días. O cuarenta y cinco, algo así…

—Es complicado el tema con tanta gente… No sé cómo van a resolverlo en el mediano plazo. Pero yo de política mucho no entiendo y peor es estar en un Campo de Recontextualización —dice Tatiana—. Qué raro que te hayan metido ahí por unos alfajores. En esa época no eran tan estrictos.

—Te lo sintetizo, Tatiana —interrumpe Rosa—: la segunda esposa del padre la metió ahí porque, según decía, no quería tener problemas con la Asociación de Nacidos Originarios, pero en realidad lo que quería era sacársela de encima. Así que, cuando un día la encontraron comiendo alfajores, vio la oportunidad de quedarse con todo.

—¿En serio te comiste seis? —pregunta Tatiana haciendo caso omiso de la versión de Rosi.

—No importa. Fue hace muchos años. ¿Vamos, Rosi?

—No, esperá —Tatiana la detiene—. Nunca conocí a nadie que haya estado en un CR; acá la mayoría somos Normalizados que alguna vez nos excedimos y nos dieron la oportunidad de “volver a la buena senda para evitar caer en desgracia”. Pero salir de un CR, eso nunca lo había escuchado. ¿Cómo fue estar ahí? ¿Cómo saliste?

—¿Podemos dejar la novela para otro día? Me quiero ir —dice Rosa.

—Me sacó mi abuela.

—Yo también estuve —interrumpe Rosa—. Todo muy feo salvo porque allí conocí a mi amiga. ¿Vamos, Sofi?

—¿Y vos? ¿Por qué te llevaron a un CR, Rosa? —insiste Tatiana.

Rosa exhala y explica a toda velocidad: —Tengo la extraña capacidad de subir y bajar decenas de kilos en muy poco tiempo. Me encontraron en el cine durante una razia, cuando empezaron a controlar lo que se llevaba al interior. Antes te podías llevar ahí un bolso repleto de comida y durante dos horas nadie cuestionaba lo que te metías en la boca —dice en tono monocorde—. Mientras estaba en el CR, un excompañero de colegio me mandaba cartas de amor, nos casamos, salí del infierno, me dieron una NyC por matrimonio porque en esa época a algunos nos las otorgaban; después me quedé viuda en un accidente en un vehículo no tripulado donde viajábamos juntos y ahora estoy en probation por supuesta mala conducta, fin de la historia. ¿Necesitás saber algo más, Tatiana?

—Basta, Rosi —la reprende su amiga.

—Encantada de conocerte, Sofi —dice Tatiana y se da media vuelta luego de dedicarle a Rosa una mirada de desdén.

03.

Antes de entrar en su casa, Sofía revisa que no haya nadie en el rellano de la escalera y abre la habitación de reciclado sin usar la llave magnética por precaución. Sabe que es improbable que alguien encuentre algún rastro que la relacione con el panfleto que ahora va a triturar, pero si algo aprendió desde muy chica es a no confiar en nadie. Sin encender la luz, busca la máquina, abre el papel, alumbra con la pantalla del teléfono y lee antes de engancharlo en la ranura:

BASTA DE MENTIRAS, ¡EL PLANETA NO SE SALE DE SU ÓRBITA!

Estamos en contra del Plan de Alivio Planetario, ¡la mentira más grande del siglo!

Somos un grupo de profesionales especialistas en cartografía, geodesia y astronomía, entre otras ciencias. Según nuestras investigaciones, la información de la Unión de las Soberanías es TOTALMENTE FALSA E INCORRECTA. No es cierto que el planeta esté modificando su órbita, producto del aumento del peso sobre la Tierra. La posibilidad de acercarnos un minuto más al Sol, con las consecuencias que eso implicaría, es una fábula ignorante diseñada para envolvernos con mentiras y controlar nuestras vidas.

El satélite balanza BLNZ1 indica que la sumatoria del peso de nuestros cuerpos es despreciable en relación con la masa total de la Tierra. Hasta un escolar con mínimos conocimientos de física entendería que no hay manera de que podamos aumentar el peso del planeta y acercarnos al Sol o alterar la órbita de la Luna.

En este siglo logramos nivelar la amenaza climática y las plagas, saneamos el agujero de ozono en varias zonas del planeta, redujimos la huella de carbono, erradicamos el hambre. Nuestra existencia nunca conoció una etapa más plena y, sin embargo, vivimos la pesadilla impuesta por un grupo de poderosos enfermos de ambición e ignorancia.

Sí, somos muchos más en el planeta. Nos reprodujimos y multiplicamos, ocupamos el hábitat en perfecta armonía con la naturaleza. A diferencia de nuestros antepasados, encontramos la manera de estar sin invadir, de producir sin erosionar, de consumir sin desechar. ¿Que somos demasiados para el planeta? ¿Que no puede soportar más que un peso determinado? ¿Qué estudios nos hacen creer en estas conclusiones?

BASTA DE MENTIRAS. BASTA DE HAMBRE. SEAMOS LIBRES AL FIN.

Sofía escucha unos ruidos, apura el proceso y revisa que no haya quedado ninguna porción fuera de la máquina. Una vez dentro, se mezclará con el resto de papeles que se reciclan a diario. Sabe que, aunque sería lo más normal del mundo estar en la habitación de reciclado deshaciéndose responsablemente de la basura, si alguien le encontrara ese panfleto, tendría una multa o la detendrían. Sale sin hacer ruido y camina con cautela, sin encender la luz del pasillo.

—Buenas noches, vecina.