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El 11 de septiembre de 2001, Jules Naudet registra en video (accidentalmente) el impacto del American Airlines 11 contra la torre norte del World Trade Center. La captura, además de hacerlo mundialmente famoso, lo consolida como el último representante de una raza de camarógrafos privilegiados que los especialistas denominan "Ojo Midas", raza a la que también pertenece Abraham Zapruder (responsable de la captura del asesinato de JFK) y William Deeke (responsable de la captura del incendio del Hindenburg). En la tradición de novelas como El hombre en el castillo de Phillip K. Dick o Roma Eterna de Robert Silverberg, Ojo Midas es una ucronía protagonizada por personajes reales de la industria cinematográfica (David Lynch, Paul Giamatti, Kevin McDonald), empresas audiovisuales de renombre (Sony, Panasonic, YouTube) y hechos probables que la "historia oficial" pudo haber ocultado: competencias rastreras entre marcas de cámaras, análisis exhaustivos de imágenes, pero sobre todo, intentos enfermizos por entender qué se esconde detrás de ese accidente para tratar de replicarlo y reproducirlo a voluntad, sin importar el costo
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Seitenzahl: 274
Veröffentlichungsjahr: 2022
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© 2021, Editorial Escarabajo S.A.S.
Calle 87A No. 12 – 08 Ap. 501
Bogotá, Colombia.
www.escarabajoeditorial.com
© 2021, Deivis Cortés Pulido
Edición: Diego Armando Peña
Diseño de portada: Tatiana Bedoya
Diagramación y diseño del interior: Juliana Saray Ramírez
Diseño de la colección: Escarabajo Editorial SAS & Abisinia Editorial
Logo de la colección La tejedora de coronas: Manuela Giraldo Zuluaga & Tatiana Bedoya
ISBN:978-958-53269-7-2
Queda hecho el depósito de ley.
Primera edición en Colombia Editorial Escarabajo S.A.S.
Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida de forma total o parcial, ni registrada o transmitida en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito del autor o la editorial.
Diseño epub:Hipertexto – Netizen Digital Solutions
Ojo Midas es una ucronía o historia alternativa. Cualquier parecido con la presente realidad es pura coincidencia. Cualquier parecido con cualquier realidad alternativa es mérito tanto del autor como del lector.
Ojo Midas menciona marcas reales y nombres de personas que existieron o existen. El autor se permite aclarar que dichas marcas y personas no financiaron esta novela.
La autopsia de un hecho histórico usando la ficción como escalpelo.
Alan Moore (Prólogo de From Hell)
Parte 1: Avatares de la estética accidental
Parte 2: McDonald y Giamatti
McDonald
Giamatti
Giamatti y McDonald
Parte 3: Ojo Midas INC
Parte 4: La deconstrucción del Ojo Midas
Notas al pie
Por Joshua Tennant
El 11 de septiembre de 2001 más de doscientas cámaras registraron el impacto del Boeing 767 contra la torre sur del World Trade Center. Solo una cámara capturó imágenes del impacto contra la torre norte, quince minutos antes. Una Sony PD-150 operada por un francés de veintinueve años. Jules Naudet registraba a un grupo de bomberos que inspeccionaban una fuga de gas en el bajo Manhattan. El sobrevuelo del American Airlines 11 llama su atención invitándolo a reaccionar, produciendo el milagro videográfico. Estética del azar, decía la mayoría. La exclusiva justificada por lo accidental.
No fue accidental, sin embargo, que la cámara llevara dentro un casete Panasonic; un MiniDV desportillado y reutilizado que reposaba en el bolsillo camisetero de Jules esa mañana, cuando su hermano le entregó la PD-150 y le ordenó acompañar la inspección rutinaria de los bomberos. Aunque Gedeon le había entregado dinero para que comprara un pack de cinco casetes nuevos y había dejado otro ejemplar, listo para usarse, dentro de la propia cámara, Jules realizó el cambio de último momento, reemplazando el casete de su hermano por su Panasonic fetiche. Y lo hizo a escondidas para evitarse la discusión que siempre retrasaba todos sus rodajes: el debate sobre compatibilidad de marcas. Gedeon encontraba aberrante introducir un casete Panasonic dentro de una cámara Sony, un casete TDK dentro de una cámara Samsung, un casete Maxell dentro de una cámara Canon o cualquiera de las combinaciones posibles. Argumentaba “coherencia de fabricante”, elemento no menor que se traducía en calidad y limpieza de imagen. Jules, por su parte, sostenía que la equivalencia, además de redundante, obedecía más a un gesto snob por no hablar de una práctica endogámica e incestuosa. Defendía y provocaba las mezclas (incluso en términos de repuestos y accesorios) argumentando que, tal como sucede con la reproducción humana, era necesario combinar los genes propios con los de familias externas a fin de expandir la influencia de la especie. Sea como fuere, pese a la oposición de su hermano, pese a las prohibiciones de sus profesores, pese a las advertencias del manual, fue ese casete y no otro el que terminó preñando a la cámara aquella mañana, fue ese casete y no otro el que terminó convirtiéndose en objeto de culto, y fue ese casete y no otro donde se alojaron las imágenes más célebres del siglo XXI.
Con la publicación de algunas imágenes del casete en la revista Life (Edición especial conmemorativa. Primer año sin el World Trade Center. 365 páginas a todo color. Incluye DVD y póster gigante), Panasonic registró un incremento del 542% en la venta de MiniDVs, lo que permitió a los ejecutivos de la firma, a los agentes de prensa y a los propios vendedores rasos caminar erguidos, levantar la frente y hasta mostrarse arrogantes con la competencia en las ferias tecnológicas, congresos y eventos de envergadura. Sony, por su parte, acababa de vivir una de sus mejores rachas: el 93.7% de las cámaras que registraron el atentado del 11-S eran marca de la casa y la reciente campaña publicitaria enfocada en relacionar Sony con New York gracias a la conexión de las iniciales de la ciudad (NY) con las últimas letras de la firma (NY) había sido todo un éxito. De hecho, el slogan “Sony: So New York!”, había arrasado con los premios Clío de ese año. Pero las vacas gordas estaban llegando a su fin. El fetichismo volcado sobre el casete Panasonic no solo disminuyó las ventas de sus propios MiniDVs (centenares de cajas continuaban amontonadas en bodegas y varias solicitudes formales de devolución estaban en estudio); provocó también el desmonte del mito urbano con el que la compañía y la industria en general se habían lucrado durante años: la compatibilidad de marcas tan discutida por los Naudet.
Kunitake Ando, CEO de la firma por entonces, lo expresó en términos precisos: “Es necesario combatir fuego contra fuego, redirigir la atención hacia la cámara, aunque eso implique aplicar métodos poco ortodoxos”2. En consecuencia, la casa matriz de Nueva York organizó un congreso falso, una suerte de muestra previa de un nuevo producto próximo a lanzarse y convocó a los redactores más influyentes de revistas especializadas: Interfilm, CinephileMood, Movie Times, The Hollywood Reporter, American Cinematographer. Los alojaron en el Hilton durante un fin de semana y cuando ya los tenían cebados de comida, alcohol, drogas y mujeres, destaparon sus cartas. No había producto nuevo. No había lanzamiento. Lo que sí había era un trabajo off the record muy bien remunerado: redactar artículos, ensayos y reportajes resaltando los valores de la PD-150, subrayando el rol preponderante que había desempeñado la casa Sony en la producción del documento naudetiano. Algunos rechazaron la oferta alegando principios insobornables. Tuvieron que pagar sus propias facturas. El resto, mucho más pragmáticos, agradecieron las atenciones, se embolsillaron los cheques y se pusieron manos a la obra.
Un mes después, American Cinematographer publicó en su portada una apetitosa fotografía de la PD-150 y en páginas interiores un corte transversal, un despiece impresionante, diagramas que explicaban la incidencia de la tecnología Sony en la captura. Cualquier otra cámara, una Panasonic VJ-78, por ejemplo, posiblemente se habría apagado por problemas de alimentación eléctrica o habría registrado un desenfoque típico en esas condiciones de luz, errores que la tecnología patentada de Sony había logrado evitar tras años de investigación y desarrollo.
CinephileMood, por su parte, se arriesgó con una aproximación mucho más acorde al perfil de sus suscriptores. Publicaron un informe inventariando los autores contemporáneos y las películas recientes que se estaban realizando en video, haciendo especial énfasis en Dancer in the Dark, estrenada un año antes del atentado y galardonada con la Palma de Oro. Lars Von Trier y Jules Naudet: Dos nombres y dos grandes productos unidos gracias a la Sony PD-150. A los ejecutivos de Sony les gustó el título y el artículo en general, no solo porque mencionaba la marca al menos una vez por frase sino porque les dio una idea poderosa que abría todo un campo de posibilidades. Podían oficiar como co-productores y convencer a cineastas reputados para que usaran sus cámaras a cambio de financiación. Le propusieron el trato a varios realizadores, pero solo Michael Winterbotton y David Lynch se mostraron interesados. Así, In This World (2002) e Inland Empire (2006) se rodaron con la PD-150 y sus respectivos directores resaltaron las virtudes de la firma Sony en cada declaración y cada rueda de prensa. “Actualmente utilizo una cámara de video digital Sony PD-150. Registra en menor calidad que las cámaras HD. ¡Y me encanta esta menor calidad! (…) Si quedan dudas acerca de lo que estás viendo, anima a soñar”3.
Mejor publicidad que esa no se podía comprar.
En retrospectiva, es justo decir que fue bastante inteligente por parte de Sony concentrarse en la cámara y dejar de lado el casete. La batalla empresarial era una cosa, pero la contienda contra el mito era algo mucho más difícil de sortear, especialmente con un elemento abordo tan poderoso como lo era la esquina desportillada del casete, supurando superstición en cantidades industriales. Su significado y sus implicaciones no podrían traducirse en términos de marca. Por eso, aquellos usuarios que compraron masivamente casetes Panasonic, también procedieron a desportillarlos para sacarlos del anonimato serial, dotándolos de rostro al tiempo que los acercaban al modelo mítico, el arquetipo naudetiano. Mutilaban el plástico armados de martillos, cinceles, alicates, destornilladores, hasta que a fuerza de repetición y muchos soldados caídos, uno que otro artesano logró emular la esquina desportillada con la eficacia suficiente para ganarse un lugar en el terreno de la falsificación. La falsificación de la imperfección.
Algo similar ocurrió cuando se divulgó que el casete naudetiano estaba pregrabado. El conocido reportaje “Mecánicas Internas del documento Naudetiano”4, demostró que Naudet llevaba poco más de quince años trabajando con el mismo casete. Lo utilizó para grabar cortometrajes y trabajos universitarios, pero también para registrar cumpleaños, bodas, picnics, cenas familiares, incluso encuentros íntimos y confesiones personales; materiales que iban quedando superpuestos por capas mediante el sistema de reescritura magnético-digital que regía al MiniDV. Así pues, el atentado no se había registrado sobre cinta virgen, sino sobre varias capas de materia videográfica caduca. Y esas imágenes canónicas del Boeing estrellándose contra la torre tampoco figuraban recién empezado el casete o como cierre del mismo, sino justo en la mitad, con varios materiales bastardos de preámbulo y otros tantos como epílogo. Muchos teóricos de la comunicación (Guattari, Del Búfalo, Mattelart) se agarraron de allí para deslegitimar la pureza del documento por su irrespeto al soporte, pero esas imperfecciones no hacían más que nutrir la mitología y cebar el culto. Los fans se esforzaron por replicar también ese efecto y pronto se acuñó el concepto de “casete preparado” o “casete caliente”, para referirse al burbujeante caldo de cultivo previo que incrementaba las posibilidades de generar una captura monumental. Muchos de los que querían participar del fetichismo, pero no podían permitirse comprar casetes nuevos (78% más costosos dada la coyuntura y la demanda), se mostraron aliviados con el giro favorable que había tomado el plot del culto. Sin embargo, pronto se hizo evidente que no cualquier casete serviría; solo aquellos que contuvieran la misma cantidad y el mismo tipo de materiales superpuestos, respetando el orden y la disposición originales para propiciar con efectividad el efecto prólogo-soporte-epílogo. Surgieron técnicos especialistas, compañías, incluso filiales de la propia Panasonic que ofrecían el servicio. Recibían el casete nuevo los viernes y el lunes lo entregaban ya adobado y listo para ejecutar la grabación monumental. A ese producto se le denominaba Casete Abierto y se vendía muy bien entre los que aspiraban a replicar la hazaña de Naudet; periodistas, comunicadores y realizadores audiovisuales que los expertos pronto empezaron a llamar “camarógrafos neonaudetianos”. Para los meros coleccionistas que se conformaban con la contemplación estaba el Casete Cerrado, una pieza redonda donde se había incluido una copia de la grabación del atentado en disposición idéntica a la del casete original. En algunos casos el segmento había sido grabado de televisión o había sido generado por computadora. En ciertas sucursales se ofrecía una copia gemela, aparentemente obtenida del master original, aunque no había forma de corroborar que fuera auténtica.
Se dice que algunas de estas copias cerradas se filtraron en el mercado de subastadores, otras llegaron a comercializarse en Amazon, algunas en ebay y una, no precisamente la mejor, terminó en el Museo Nacional de Historia Americana, donde se exhibió junto a la cámara de Naudet en exposiciones respaldadas por un gran despliegue publicitario. Pero el público no respondió y en consecuencia, tanto casete como cámara fueron relegados a la vitrina de la sala menos concurrida (Ala Noroeste – Tercer piso, dos puertas antes de los baños de servicio). Los escasos visitantes del museo se mostraban interesados en otro tipo de objetos: la insignia de Wyatt Earp, el vestido rosado de Jackie Kennedy, la escafandra de Neil Armstrong. Nadie se detenía a contemplar la vitrina que contenía el casete. Nadie leía los folletos. Nadie hacía preguntas. Y tal vez por eso Michelle Delaney, curadora en jefe, se negó a adquirir la pieza faltante de la iconografía fundamental naudetiana. Aunque se la ofrecieron varias veces y a precio bastante razonable, la factura de compra del MiniDV nunca fue exhibida en el museo.
Esa misma factura que Naudet portaba en su billetera (Walmart. NY / 1 Casete MiniDV. Panasonic / 3 camisetas Polo. Talla M. / 1 Paquete de Doritos 300 gr / Pago: Tarjeta de crédito. 6 cuotas), fue lo único que exigió la CBS para comprar los derechos internacionales de sus imágenes. También se la solicitaron como respaldo en el momento de firmar el contrato anómalo, desbordado y casi inédito que Recursos Humanos se resistió a aprobar por inviabilidad. Tuvo que sustentarse ante varios comités esgrimiendo razones técnicas: destreza en el encuadre, capacidad de reacción, agudo sentido de la oportunidad. El objetivo era saltarse el protocolo de ascenso escalonado que debían cumplir los pasantes y novatos. No se podía dejar escapar la oportunidad de capitalizar el don de Naudet y servírselo en bandeja de plata a la competencia. Más aún cuando todo parecía indicar que el camarógrafo francés se constituía como el último representante de una raza de observadores privilegiados, personas con miradas capaces de alterar los escenarios observados. Los desequilibraban, los ponían a burbujear hasta sacarlos de su frecuencia nativa, desplazándolos hacia lo insólito, usualmente hacia lo caótico. Según la leyenda, cada cierto tiempo aparece uno de estos Ojos Midas, mirones privilegiados cuya excepcionalidad permanece latente hasta que se pone en funcionamiento cuando el sujeto empuña una cámara acorde en el marco de un hecho afín.
El pionero de la tendencia apareció por vez primera en la figura seminal de William Deeke quien capturó el aterrizaje incendiario del Hindenburg en 1937. Pero, como si de un dopplegangger se tratara, su entidad Midas tuvo varias encarnaciones a lo largo de la historia. Abraham Zapruder y el asesinato de John F. Kennedy. Jeremy Cox y el asesinato de Lee Harvey Oswald. Jules Naudet y el 11-S. Aunque se desbalanceara el presupuesto de la cadena, aunque los veteranos del gremio protestaran y se rehusaran a trabajar, aunque algunos encorbatados tuvieran que ser despedidos para equilibrar la nómina, eran costos menores en comparación con la posibilidad de descifrar el misterio y reunir la información suficiente para replicar el efecto a voluntad. Porque había algo que pocos admitían aunque saltaba a la vista si se revisaba cuidadosamente el historial. La habilidad del Ojo Midas era única, fugaz, irrepetible. Solo podía emplearse una vez.
Zapruder intentó filmar de nuevo, pero nada más iniciada la obturación, volvía a ver la cabeza de Kennedy estallando. Dejó de usar su Bell & Howell y durante los seis años que vivió después del magnicidio, procuró mantenerse alejado de esos “aparatos infernales” a los que secretamente culpaba de su cáncer estomacal. No obstante, su caso fue el menos grave. Era el único camarógrafo de la dinastía Midas 100% amateur: no se ganaba la vida con el oficio audiovisual y por ende el abandono y la abstinencia no tuvieron consecuencias nefastas. Tanto Deeke que trabajaba para Pathe News como Cox que trabajaba para NBC, tuvieron que seguir rodando, y la permanencia en el oficio los forzó a ser testigos de la autodestrucción irremediable. Sus jefes continuaban solicitándoles materiales semejantes (hiperbólicos, desbordados, explosivos) y ellos, aunque hacían todo lo posible, fracasaban intento tras intento, desintegrándose en el proceso, dejando de dormir, comiendo mal, en algunos casos refugiándose en el alcohol para encajar mejor los golpes y en el caso concreto de Cox, sucumbiendo ante la presión y suicidándose en consecuencia. Habían gastado todos los cartuchos en una sola presa y en un solo disparo, habían derrochado toda la energía audiovisual en un solo evento, la misma energía que otros dosifican con sensatez salpicando varios productos esporádicos, conformando una filmografía irregular pero en todo caso aceptable gracias a ese destello de autenticidad que alcanzaba a vislumbrarse bajo el metraje corriente. Pero los Midas no. Ellos tienen su propia manera de hacer las cosas.
Por eso, aunque se sabía que Naudet no podía repetir el acierto, convenía tenerlo contento, colmarlo de atenciones, hacerlo sentir importante; estudiarlo para aislar su excepcionalidad. Así que las directivas de la CBS empezaron enseguida utilizando como excusa el Examen de Salud Ocupacional que la cadena practicaba a sus nuevos empleados. Tomaron varias muestras de tejido y fluidos para realizar pruebas de ADN, a fin de identificar compatibilidades y relaciones de parentesco con los Ojos Midas predecesores, ya que entonces (Marzo de 2002) se pensaba que el gen Midas era una suerte de mutación producida por incesto, accidentes durante el embarazo o arbitrariedades hereditarias. Si se demostraba parentesco, pero más aún, si se lograba aislar el presunto gen, podía plantearse la clonación, la producción masiva de un ejército de camarógrafos excepcionales, capaces de cambiar para siempre la historia del registro. La identificación de los rasgos hereditarios también permitiría trabajar en la teoría de la memoria genética, según la cual Naudet, si entraba en determinado estado de trance (inducido por sustancias alucinógenas o por hipnosis), podría viajar a la memoria de su ancestro Zapruder y contemplar sus acciones durante la captura del asesinato de Kennedy. Esa conexión metafísico-genética entre camarógrafos, teóricamente, solo permitía contemplación; no obstante, si se lograban grados de compatibilidad, ajuste, acople y concentración superiores, se haría posible cierta intervención, un rango concreto de acciones en el marco limitado de esos veintiséis segundos que había durado la captura. Así, de lograrse la conexión y la sincronización de conciencias, Naudet podría modificar el registro de Zapruder, cambiar el ángulo, alterar los movimientos de cámara, hacer un zoom más radical para ver con mayor detalle el estallido cerebral del presidente o hacer un paneo hacia el depósito de libros para comprobar si efectivamente Oswald estaba allí. Aunque también era cierto que esa alteración del registro y de la mirada podría generar toda una reacción en cadena que impediría el nacimiento del propio Naudet o de alguno de los especialistas que supervisaban la prueba. Estaban contemplando las angustias que generarían semejantes paradojas temporales, cuando la alarma del medidor indicó que la prueba había resultado negativa.
Siguieron los estudios oftalmológicos, pero los ojos del francés no manifestaron nada fuera de lo normal, salvo un caso leve de astigmatismo que se apresuraron a sintetizar en forma de prescripción oftalmológica para formularle gafas, lentes de contacto y hasta cirugía láser a todos los camarógrafos de la cadena, a fin de que distorsionaran visualmente la realidad como él venía haciéndolo desde los ocho años, según la historia clínica. La fórmula se filtró y empezó a circular en el mercado negro. En los barrios populares se podían ver ópticas que ofertaban los llamados “Lentes Naudet”, una versión pirata que causaba mareo y que solía venderse en combo con la “Malteada Naudetiana”, batido hecho a base de zanahoria, espinaca y coles, rico en vitamina A, luteína y zeaxantina.
Ya que no habían conseguido explicar el logro de Naudet desde lo fisiológico, los investigadores se concentraron en abordar el ángulo sicológico-motivacional. Posiblemente, durante el registro, había tenido algún pensamiento impuro, o recordado algún episodio colegial, o había experimentado deseos censurables. En esa medida, un ejército de sicólogos se concentró en indagar sobre sus pensamientos exactos durante el momento de la captura. La idea era rastrear un hecho determinante ocurrido durante la infancia, un trauma capaz de codificar, explicar y condicionar sus acciones adultas, incluyendo la captura misma. Y ese hecho tenía que estar relacionado, necesariamente, con el visionado obsesivo de uno o varios documentos accidentales previos. Les gustaba la imagen de Naudet adolescente, sentado en la oscuridad, solo, sin comer ni dormir, aplicándose gotas para aliviar la irritación ocular, sin bañarse ni cambiarse de ropa, revisando durante semanas las imágenes Zapruder, proponiéndose replicarlas a base de esfuerzo, entrenamiento y voluntad espiritual. Revisión, desglose, análisis e implementación. Ese era el patrón que pudieron haber aplicado el resto de Ojos Midas, cada uno con el documento y el autor predecesor, tomándolo como maestro tutelar para luego autoimponerse la misión de continuar y actualizar su legado. Sonaba bien y se veía coherente en los informes, subrayado, con sangría y tipografía estilizada. Pero los hechos se encargaron de desmontar la fantasía.
Deeke, al constituirse como pionero, no había visto ningún material Midas previo. Zapruder trabajaba tanto que ni siquiera tenía tiempo para ver películas. Y Naudet, aunque era estudiante de cine y estaba en una época donde los materiales circulaban con mayor facilidad, nunca había oído hablar del documento Deeke. Sí había leído sobre la película Zapruder, pero no se consideraba precisamente un entusiasta. De hecho, Bruce Chapman, pionero en análisis de etología audiovisual, esgrimía una hipótesis más atrevida: el camarógrafo francés había desarrollado una suerte de sistema inmunológico, una habilidad extraordinaria para evadir el material, el cual, a su vez, parecía ansioso por salirle al paso.
Cuando la película Zapruder se exhibió por primera vez en televisión (1978), Naudet contaba con seis años, aún estaba en Francia, y aunque Canal Plus se encargó de retrasmitir, la fracción de segundo que alcanzó a ver mientras hacía zapping no fue suficiente para engancharlo. Primera oportunidad perdida.
Ya en USA, dos años después de instalarse como residente, tuvo lugar el estreno monumental de JFK (1991), película donde se reprodujo íntegro el documento Zapruder. Hubo análisis, explicaciones e interpretaciones complejísimas, responsables de trasmitir el virus obsesivo a la siguiente generación. Pero para entonces Naudet ya odiaba a Oliver Stone por el éxito inmerecido de Platoon (1986), ese drama bélico anodino que le arrebató el Oscar a The Mission, su favorita entre los nominados de ese año. Por eso se resistió a ver JFK con un activismo combativo que se mantuvo firme pese a la fotografía de Richardson, el montaje de Scallia, la interpretación de Costner y la música de Williams. Stone se estaba esforzando bastante para hacerlo flaquear, pero su fuerza de voluntad era mayor. Segunda oportunidad desperdiciada.
Tanto en los cursos libres que tomó en NYU como en la carrera formal que adelantó en Tisch School of the Arts, estaban programadas las reproducciones de los documentos Deeke y Zapruder en las asignaturas Teoría e historia del documental V y Seminario de Arqueología Audiovisual II. Naudet se ausentó de ambas sesiones (Semana 12, 1998 y Semana 7, 2000); una por culpa de un ligue que lo arrancó del compromiso académico solo para dejarlo plantado, y otra, veinticinco meses más tarde, por una entrevista laboral para un puesto que no obtuvo. No obstante, si se revisan actualmente los registros de NYU, dichas ausencias no figuran. De hecho, pese a no haber terminado la carrera, el francés fue graduado con honores y la foto que presentó para matricularse (fondo blanco, desenfoque ligero, mirada perdida) fue incluida en los folletos promocionales. Incluso, durante el discurso de bienvenida a los nuevos admitidos, el rector Víctor Smith mencionaba todas las asignaturas que había cursado Naudet (Literatura francesa del siglo XIX, Yoga Avanzado, Finanzas personales), materias que según el mismo funcionario, eran “directas responsables del acervo cultural que había contribuido a la formación visual del camarógrafo”. Lo que siempre omitía Smith era el hecho de que algunos profesores, aprovechando la coyuntura, habían solicitado vacaciones anticipadas o directamente su año sabático para escribir su libro de memorias o su artículo indexado a propósito de sus relaciones con el francés. “Naudet y yo: Cine, fallas y créditos”. “Mis refrigerios con Jules: Un comentario descafeinado sobre el documental”. “La tarde que reprobé al Ojo Midas”.
En total Jules tuvo dieciocho oportunidades para ver el producto, ya fuera en su versión pura (celuloide, 8 mm, veinte seis segundos) o bajo la custodia de otros materiales fachada (remakes, videoclips, alusiones), pero siempre pasaba algo que lo desviaba del encuentro: rodajes, muertes de familiares, enfermedades propias y ajenas, atascos vehiculares, bloqueos de su tarjeta de crédito. Aunque esa evasión complicaba el trabajo de los analistas y truncaba sus pretensiones explicativas, le fue muy útil a Naudet: encontrarse libre de referentes permitió que se constituyera como un auténtico innovador, aun en el terreno pantanoso de los documentos accidentales. Porque no existe un solo tipo de Ojo Midas. Es posible hablar de un Ojo Midas Primitivo, concepto que engloba a Deeke, a Zapruder, a Cox y a otros muchos más alrededor del mundo, incluyendo al coreano Pue Heig y al colombiano Jesús Quintero. El Ojo Midas Primitivo describe a un realizador que registra un evento (Dirigible Hindenburg, visita de Kennedy a Dallas, hundimiento del trasatlántico Jaynes) y justamente por estar inmerso en el registro, tiene la suerte de capturar también el momento en que ese mismo hecho deriva en caos. Pero desde 2001 puede hablarse también existe un Ojo Midas Radical que se distancia drásticamente del Primitivo al presentar un patrón de operación distinto. El objeto o la situación que captura inicialmente no es el mismo que figura en el documento definitivo. Así pues, el Ojo Midas Radical, cuyo único exponente hasta la fecha sigue siendo Jules Naudet, representa un salto cualitativo superior, justamente por el paneo que incluye su registro: un movimiento de cámara disruptivo, brusco y claramente radical que abandona al objeto de estudio inicial (bomberos inspeccionando fuga de gas) para volcarse sobre otro hecho (avión estrellándose contra WTC) que ocurre fuera de los contornos de ese primer encuadre.
¿Debe el realizador permanecer fiel a su objeto de estudio sin importar que la realidad circundante se torne más prometedora o debe entregarse de lleno a la promiscuidad de lo externo justificada por la reacción refleja? La clásica discusión bizantina resucitó con la aparición de Naudet. Saltaba de teórico en teórico, de retórico en retórico y la balanza se inclinaba hacia uno u otro lado dependiendo de la habilidad del argumentador de turno. De hecho, las argumentaciones pronto migraron de la academia a los tribunales, porque cuando Naudet adquirió fama mundial y se hizo pública su posición privilegiada en la CBS, fue demandado por el equipo de bomberos en cuestión.
La demanda tenía un soporte más o menos sólido. Tanto Jules como Gedeon habían firmado un contrato con el cuerpo. Según la cláusula 15.7, se comprometían a seguir a los bomberos desde Junio 12 hasta diciembre 18 de 2001, para registrar sus rutinas, su cotidianidad y exaltar sus logros. Pero solo cumplieron parcialmente, dejando incompleta la pieza audiovisual definitiva sobre la institución, un documental que ayudaría a limpiar la imagen del cuerpo ensuciada por varios escándalos de negligencia acumulados. El objetivo del documental era persuadir al ayuntamiento para que los tomara en serio de nuevo y reforzara la inversión que tanto hacía falta para comprar el nuevo camión y remodelar el ala norte de la sede. Pero nada de eso sucedió porque tuvo lugar el 11-S y, como lo evidencia el propio video Naudet, el realizador francés, mediante un paneo veloz de derecha a izquierda, literalmente abandonó la causa de los bomberos para rendirse a la causa de Al Qaeda.
Ese fue el argumento principal que expuso el abogado Patrick Trank, representante legal del jefe Joseph Pfeifer, del novato Tony Benetatos (protagonista del documental inconcluso) y del Cuartel de Bomberos Numero 1 de Manhattan en general. Utilizó como testigos peritales a varios teóricos y documentalistas ultra conservadores (Wiseman, Nichols, Levmanovich) que subieron al estrado para sostener, palabras más palabras menos, que la ética del documentalista no solo recomendaba sino que exigía al realizador permanecer fiel a su objeto de estudio inicial, sin importar lo que sucediera alrededor. En ese sentido, Naudet no solo era culpable de incumplimiento contractual, sino que técnicamente no podía oficiar como documentalista, por más título y experiencia que tuviera, y por ende se recomendaba a la CBS deshacerse cuanto antes del parásito que manchaba su nómina. El juicio estaba prácticamente ganado y los bomberos ya estaban planeando la fiesta descomunal que realizarían con el primer adelanto para la remodelación. Pero entonces James Burwell, abogado defensor de Naudet contratado por la CBS, convocó a su testigo sorpresa.
Hank Baiz, 48 años, oftalmólogo experimental, Doctor en Harvard, Jefe de investigadores del Departamento Nacional Ocular, optómetra reputado. Un especialista importado desde Boston que tras presentar sus credenciales se despachó un discurso sobre una enfermedad que nadie había escuchado nombrar hasta entonces: el estrabismo potencial. Según el especialista, en un 2% de los casos el estrabismo clásico no se alcanzaba a desarrollar por completo en el paciente. Ciertos genes recesivos contenían la manifestación física. En otros casos, si el estrabismo se detectaba a tiempo, era susceptible de frenarse mediante fármacos y rutinas de ejercicios, pero con un costo significativo: la desviación, al no manifestarse en el ojo, se trasladaba a la mirada. Por eso los niveles de concentración visual de Naudet eran mínimos y su tendencia a desplazar la mirada hacia la izquierda era bastante frecuente. Varios testigos anexos (profesoras de escuela elemental, ex novias, antiguos jefes) juraron sobre La Biblia y la constitución haber notado que Naudet, a pesar de encontrarse ante un evento relevante y de suma importancia, desviaba la mirada de manera brusca y repentina hacia la izquierda, como expresando desprecio y desinterés por el interlocutor-situación-objeto. Era algo que no podía evitar, un gesto reflejo, un movimiento involuntario que a veces se acompañaba con movimiento de cuello, cabeza, cadera y en casos extremos se daba el desplazamiento del cuerpo entero, según la potencia del impulso estrábico. Y todas estas personas lo habían juzgado, lo habían criticado y lo habían rechazado por sus acciones, cuando en realidad tenían que disculparse y compadecerse porque era prácticamente un discapacitado que no podía evitar hacer lo que hacía.
Aunque los malabarismos retóricos de Burwell permitieron ganar el juicio, las directivas de la CBS estaban empezando a preocuparse. El análisis fisiológico había fallado, así como la búsqueda de móviles sicológicos. Solo restaba efectuar un análisis meramente técnico de las imágenes que permitiera deducir procedimientos mecánicos y tendencias operativas. Se realizaron pruebas de vectorscopio, osciloscopio, análisis cuadro a cuadro, revisiones invertidas, compresiones usando codecs inéditos, telecinados, rotoscopia, reproducciones con bandas sonoras diversas (altisonantes, disonantes, discordantes, atonales) y todo lo necesario para producir efectos chocantes que permitieran dislocar la mirada. También se implementaron cálculos con cifras: pixeles menos duración más número de cuadros por segundo sobre fecha; referencia más año de fabricación sobre edad del camarógrafo por hora del registro al cuadrado; raíz de temperatura ambiente menos calorías sobre velocidad del zoom más grados de inclinación.
Así pues, el análisis minucioso de los materiales que entregaba a la cadena combinado con la observación presencial de Naudet permitió notar que tendía a repetir la secuencia de movimientos que lo hicieron famoso: tilt up, paneo hacia la izquierda, zoom in, zoom out. No importaba qué estuviera registrando, un objeto móvil, uno estático, una entrevista periodística o imágenes de apoyo. Daba igual. Retomaba invariablemente el patrón, probablemente a conciencia aunque no era descabellado pensar que se hubiera contagiado por la histeria colectiva que reinaba en el gremio. En efecto, los camarógrafos neo-naudetianos, portadores o no de casetes abiertos, empezaron a imitar la secuencia móvil. Tras presionar REC, ejecutaban el patrón convencidos de que el trazo cinemático que involucraba muñeca, brazo y cadera, contenía la clave que forzaba el dislocamiento de la realidad encuadrada, como si se tratara de un movimiento de batuta para indicar a los músicos que era tiempo de empezar a tocar la sinfonía trágica.
Pero ni el compositor original ni los replicadores, pese a la exactitud de la ejecución y el rigor de la partitura, lograban sonar en la tonalidad adecuada. La fórmula de movimientos no solo no funcionó sino que empezó a desgastarse hasta el límite de la parodia, socavando también la credibilidad en la leyenda del Ojo Midas y la convicción de que la captura accidental pudiera reproducirse o repetirse a voluntad. Y aunque la desmitificación generó la rápida desaparición de los camarógrafos neonaudetianos, alcanzaron a sobrevivir algunos supersticiosos periféricos que desde el principio estaban convencidos de una teoría menos popular: el mérito de la captura, lejos de concentrarse en personas, en objetos o en dispositivos, residía más bien en aspectos contextuales. Así como la Zona Cero era visita obligada de turistas y simpatizantes de las víctimas, la esquina de la calle Church con Lispenard, donde Naudet había registrado el siniestro a siete cuadras del World Trade Center, se convirtió en la Meca de los replicadores, un culto tan acérrimo como el que pesaba sobre el casete y la PD-150. Llegaban de todas partes del país, de varias zonas de New York y de otras partes del mundo. Y aunque fuera su primera vez en la Gran Manzana, omitían el turismo obvio (Ellis Island, Central Park, Royal Music Hall) para concentrarse en el turismo audiovisual. Una vez llegaban a la intersección, trataban de permanecer el mayor tiempo posible para recorrerla, sentir la energía del lugar y las vibraciones del espacio. Practicaban ejercicios respiratorios a fin de cargarse de esa energía intangible que juraban era la responsable del registro exitoso y pretendían apropiársela para luego trasmitirla a la cámara que cada uno operaba en sus ciudades y países natales. Hubo comitivas más académicas que llegaron acompañadas de geógrafos y geólogos encargados de medir y estudiar el suelo para tratar de identificar anomalías geográficas. También se recogieron muestras de aire para determinar la humedad, el pH y la presión barométrica, mediciones de luz con exposímetros, fotografías satelitales y demás; todo en pos de aislar, abstraer y replicar en laboratorio las condiciones precisas del lugar, o cuando menos sistematizarlas para buscar un sitio análogo en otro lugar del mundo. Y la gente estaba tan preocupada por las propiedades del lugar que no miraban alrededor y no reconocían a sus pares fetichistas: ninguno fue capaz de identificar que entre la multitud se hallaba el propio Naudet.
Las constantes pruebas fallidas, el resultado negativo de la prueba de ADN, su pobre desempeño como camarógrafo y, en menor medida, el impacto mediático de los Testimonios Willis, socavaron la credibilidad de Naudet. La CBS no tardó en degradarlo al cargo de freelance
