Ojos como espejos - Marta Camoes - E-Book

Ojos como espejos E-Book

Marta Camoes

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Beschreibung

La novela sigue la historia de Robin, Luz, Hugo y María; sin embargo, María elige abandonar su vida y desaparecer, dejando un vacío en los corazones. Personajes condenados a reencarnar que parecen tener un pasado épico e intrincado. Leyendas, mitos, hechiceros y personas con habilidades impresionantes que han sufrido muchos sucesos desafortunados. La trama se desarrolla mientras todos ellos luchan contra las fuerzas oscuras de unas misteriosas gemelas que provienen del futuro y están causando anomalías en el siglo XXI. Los protagonistas deberán unir fuerzas y recurrir a poderes únicos para enfrentarse a estas amenazas y salvar el mundo. En el camino aprenderán sobre su verdadera naturaleza y se enfrentarán a desafíos inesperados que podrían cambiar el curso de sus vidas. Con un equilibrio cuidadoso entre el misterio, el drama y la acción, esta novela es una emocionante aventura que llevará al lector a través de un mundo de fantasía vívido y fascinante.

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Seitenzahl: 229

Veröffentlichungsjahr: 2023

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OJOS COMO ESPEJOS

Marta Camoes

AGRADECIMIENTOS

A todo el equipo de Black River Correcciones, gracias por habérmelo puesto todo fácil y darle forma a esta novela.

A Liza, quien confió en mi capacidad para proyectar una historia como vía de escape.

A Rubén, mi hermano pequeño, que leyó un capítulo aleatorio y me animó a seguir escribiendo.

A Leyre, que siempre me ha acompañado en los buenos y en los malos momentos como una hermana, con los brazos abiertos.

Al público que se haya sumergido en las profundidades de mi corazón.

A Gemma, que publicó su primer libro y me motivó de forma inconsciente a publicar el mío también.

A Xabier, que ha demostrado estar para mí y para los míos.

A mis hermanos, por haberme dado sabios consejos en los momentos más oscuros.

Gracias por leer esta novela y al apoyo de todo el público. Esta novela fue muy personal en un inicio, pero la convertí en una historia ficticia.

OJOS COMO ESPEJOS

Marta Camoes

Autor: Marta Camoes

Título original: Ojos como espejos

Corrección y diseño de portada: Black River Correcciones

© 2023 Marta Camoes

Gracias por comprar una edición original de este libro y respetar las leyes del copyright al no reproducir, escanear o distribuir esta obra por ningún medio sin permiso. Al hacerlo está respaldando a los autores y permitiendo que se sigan publicando buenos libros.

ISBN: 9789403707792

Los personajes y hechos descritos en esta novela son completamente ficticios. Cualquier parecido con personas o hechos reales es pura coincidencia.

Para todos y cada uno de mis hermanos.

Y para Leyre, mi mejor amiga.

Índice

Maleficio

Capítulo uno

Capítulo dos

Capítulo tres

Capítulo cuatro

Capítulo cinco

La mirada de las mil yardas

Capítulo seis

La tríada divina

Capítulo siete

El espejo

Capítulo ocho

Una maldición

Capítulo nueve

Una máscara

Capítulo diez

Metzli

Capítulo once

Libertad

Capítulo doce

El gran Leonard

Capítulo trece

Capítulo catorce

La fábula de los tres hermanos

Capítulo quince

Las fábulas de la abuela Teresa

Capítulo dieciséis

Un pasado en el futuro

Capítulo diecisiete

Lila y Luna

Capítulo dieciocho

Ilhuicaatl, Metzli y Tezcatl

Capítulo diecinueve

Intangible

Capítulo veinte

Gran revelación

Capítulo veintiuno

Una y otra vez

Capítulo veintidós

Capítulo veintitrés

Noche de luna nueva

Capítulo veinticuatro

El vacío y la nada y con ello el todo

.

Maleficio

A medianoche, había una muchacha con un vestido tan largo y oscuro que le cubría todo el cuerpo mientras ocultaba sus pies junto a la orilla del mar. La luna se plasmaba en el agua y a la vez reflejaba la silueta de aquella joven. Mientras le rezaba a la luna con susurros y cantos espeluznantes, avanzaba con pasos ligeros y delicados hacia el agua. El rastro de su pesado vestido borraba por completo sus pisadas de la arena húmeda.

Siguió avanzando a contracorriente hasta que el agua le subió poco más de las caderas. Forzó a posar su mirada sobre la luna llena, brillante y fría, cuando de pronto, parecía quedar hipnotizada. Una mirada sólida y apagada le cubría el rostro, en el cual lucía unas terribles ojeras. Como si hubiera estado llorando toda su vida. A pesar de aquello, improvisó una sonrisa y comenzó a dar vueltas sin parar en la misma dirección, hasta trazar un círculo. De pronto, el mar tranquilo se tornó negro, comenzó a subir la marea hasta engullir el cabello negro azabache de la joven. Unas fuertes oleadas llegaron con violencia hasta poco más de la superficie. La muchacha había desaparecido. La luna se ocultó detrás de una humareda grisácea que apenas se podía distinguir entre las nubes.

A la mañana siguiente, se oyeron los ecos de una mujer que gritaba mientras le caía una cuantiosa cantidad de lágrimas por la cara.

—¡Mi bebé! —repetía—. ¡Mi bebé ha desaparecido! —Interrumpida por el sonido de la campana del lugar y gritos de más mujeres, proseguía la mujer—. ¡Ayuda, por favor!

Una cantidad enorme de niebla ocultaba la playa y a los pies de su vestido se podía ver que el suelo estaba húmedo y manchado por una sustancia opaca. Cuando la joven madre llegó a la playa, un círculo de varias personas impedía ver lo que había sucedido. La campana en señal de alarma seguía emitiendo unos sonidos estruendosos. Un grito, acompañado de un fuerte llanto, se oyó en cuanto la muchedumbre se apartó. Era el cadáver de un bebé, cubierto por unas mantas manchadas de tinta oscura. Lo habían asesinado.

Una matrona alegó que habían encontrado a la pobre criatura flotando en el mar con las mantas y que no entendían qué había podido ocurrir.

—Estaba acompañada de dos ayudantes cuando lo vimos, lo siento…

De fondo gritó una anciana:

—¡Brujería!

La gente del pueblo se alarmó y aparecieron los guardias. Una voz proveniente de uno de ellos sonó en un tono acusador dirigiéndose hacia las comadronas:

—¿Qué ha pasado aquí? —Señalando con el dedo índice a las jóvenes añadió—: ¡Ustedes! —Una mirada desconcertante surgió del rostro de los guardias en cuanto vieron el cadáver del bebé—. ¡Deben acompañarnos ahora mismo!

La anciana repitió mirando a las jóvenes parteras:

—¡Brujería! —Hizo una pausa y casi tartamudeando dijo—: ¡Son brujas!

Un grito ahogado de la muchedumbre salió a la luz. La joven madre con incredulidad dudó por un momento de la declaración de las muchachas. Dejando a un lado la razón, miró a las jóvenes con incertidumbre.

—Habéis sido vosotras… —lloraba—. ¿¡Cómo habéis podido!?… ¡Claro!… —Miró a la matrona a los ojos y añadió—: La anciana tiene razón, ¡son brujas!

A las muchachas, con asombro, les hundió el pánico y miraron a su alrededor. Defenderse no serviría de nada. El pueblo había decidido su castigo, sin el beneficio de la duda. Las acusaron de practicar magia. —¡A la hoguera! —gritaba el pueblo mientras apedreaban a las muchachas. Intervino la guardia para advertir que las llevarían de inmediato a la corte para juzgarlas; sin embargo, la justicia no existía, ya que se discriminaba a los seres diferentes, ya que la racionalidad de las personas se basaba en la desconfianza y no tenía lógica.

Arrestaron a las jóvenes parteras y el pueblo, tras ellas, había convocado un juicio. Asustadas las mujeres suplicaron que las escuchasen.

—Soy el juez Mathius y yo voy a ser quien juzgue los acontecimientos y quien sentencie, en caso de ser acusadas, a estas muchachas —dijo en un tono serio, con tranquilidad, de pie junto a la mesa del tribunal. Miró a su alrededor y ordenó callar a la multitud—. ¿De qué se acusa a estas mujeres?

Al fondo, la misma anciana se acercó y dijo en un tono convincente:

—¡Brujería! —Hizo una breve pausa mientras le preguntó el juez—: Explíquese.

—¡Estas muchachas son brujas! Llevan años practicando la nigromancia y han asesinado al bebé de la señora Williams.

—¿Es eso cierto, señora Williams? —Penetró la mirada en la joven madre y la mandó subir al estrado.

—Sí… —respondió en voz baja—. Sí, señoría. Me levanté esta mañana y cuando fui a coger a mi bebé, me di cuenta de que había desaparecido. Las únicas mujeres que habían entrado antes a mi casa habían sido estas comadronas.

—¿Tiene usted evidencia alguna de lo que está alegando? —preguntó el juez en un tono despreocupado.

—Sí, señoría. Permítame, las muchachas han sido halladas en el lugar del crimen.

—Entiendo…, gracias, señora Williams. —Alzó la vista a toda la sala y cuestionó—: ¿Cargos?

Salió un joven muchacho y dijo asustado:

—¡La arena… estaba… manchada… de algo oscuro!

La sala murmuró, cuando se animó un señor de unos cuarenta y cinco años:

—¡Es cierto, y estaban conjurando a la luna!

El juez, sorprendido, se levantó y se acercó a las muchachas, cuando de pronto apareció una joven con un vestido largo y una capucha que apenas dejaba al descubierto su rostro y gritó:

—¡Señoría! —Se quitó la capucha y fijó la mirada en el juez. Le caía una melena de color azabache por los hombros—. En defensa de las muchachas, diré que se encontraban en el lugar de los hechos por casualidad. Nadie las ha visto asesinar al bebé y no se puede verificar el testimonio de los testigos.

—¿Antecedentes? —dijo el juez ofendido y riendo entre dientes con malicia.

La joven añadió:

—Estas jóvenes no tienen antecedentes y son matronas, lo cual explica por qué se encontraban a deshoras en la orilla del mar. —Hizo una breve pausa y prosiguió—: Como cualquier persona normal, cuando vieron el cadáver de la pobre criatura, se acercaron a socorrerla. Nadie les ha dejado defenderse.

—Bien, es cierto que cabe la posibilidad de que los hechos se hayan malinterpretado; no obstante, el testimonio de los testigos no debe pasarse por alto. Conjurar a la luna y practicar magia va en contra de la ley. Y por el simple hecho de que puedan ser brujas hay que hacer algo al respecto. Debemos proteger a nuestro pueblo y luchar contra la oscuridad. ¿Algo que añadir? —dijo el juez enfurecido.

—Si usted me permite, diré algo en defensa de la hechicería. En caso de que existiera, nadie les daría a ustedes el derecho de quemar o de ahogar a magos y brujas solo porque les diera miedo. Se supone que todas las razas son bienvenidas al mundo.

El juez se alarmó y alegó:

—Con esta declaración es más que suficiente para sentenciar a estas muchachas, junto a usted, a la hoguera. Acaba de demostrar ante todo el pueblo que son hechiceras y que está hablando en nombre de la oscuridad; ¡por lo tanto, sin nada más que añadir, este caso está totalmente cerrado! —Sonó convincente.

—Si usted nos asesina, querrá decir que el mundo está en contra de los hechiceros; por lo tanto, doy por hecho que usted es consciente de que está proclamando una caza de brujas.

El pueblo se asustó y el juez dictó el veredicto. Había sentenciado a las jóvenes a morir quemadas en la hoguera ese mismo día.

Capítulo uno

Robin

Queda una semana para una de las celebraciones tradicionales más importantes de la vida de una persona, una boda. Me voy a casar en poco menos de siete días. Me encuentro en un hotel preparándome para la fiesta de despedida de soltero que me han organizado mis amigos. Solo de pensar en el tema me pongo nervioso y me estreso. No sé, será cierto eso que se dice de que, en los momentos más importantes de nuestra vida, dudamos de todo aquello que creíamos querer. Pues eso me está pasando, una sarta de preguntas y de dudas me invaden la mente.

Me levanto del sofá del hotel y me voy a refrescar la cara. «Lo necesitaba». Fijo la mirada en el espejo, el cual está sucio y tiene aspecto de ser tan antiguo como los teléfonos de cabina. Ese espejo ha pasado desapercibido hasta que he sentido un escalofrío al ver una silueta deforme que pasaba a través de aquel cristal. Decido no darle tanta importancia, ya que se trata de un objeto y dicen que la mente a veces juega malas pasadas. Incluso es traicionera, como los sentidos.

A pocas horas de la fiesta, me llama mi primo Álvaro para decirme que ya está todo organizado y añade:

—Luego me paso a recogerte, no tardes porque hemos reservado para cenar en uno de esos restaurantes pijos y si no eres puntual, pues a tomar por culo el plan.

Ríe y cuelga antes de que yo siquiera pueda pronunciar una sola sílaba. «Mi primo tan fino como siempre», pienso irónicamente.

Decido salir a pasear un rato, un poco de aire y tranquilidad siempre vienen bien. Voy a la playa a apreciar el precioso paisaje que allí se plasma. Elevo la mirada hacia el estrellado cielo que luce una parte de la luna. Cuarto menguante. Una vorágine de recuerdos me invade el alma y uno, en particular, puedo hasta oírlo, cómo María decía con soltura—: «La luna, a veces pienso que la luna es especial, tiene una belleza paranormal». Mientras clavaba sus ojos, los cuales parecían un espejo. Eran capaces de reflejar todo a la perfección de lo brillantes que eran.

Me pregunto qué será de María, dónde estará y en los brazos de quién dormirá. «Nunca me fui del todo», susurro.

Al pronunciar esas palabras siento una ráfaga de viento que provoca que se me erice la piel.

Mientras trazo el camino de vuelta al hotel por la acera, me doy cuenta de que tengo varias llamadas perdidas de Álvaro. Abro la bandeja de mensajes y veo varios SMS, en los que mi primo dice que me estaba esperando en el parking del hotel. De pronto, pienso que no me apetece ir a ningún lado, que quiero seguir conmigo mismo un rato más. Me apetece seguir en la playa hundiéndome en mis pensamientos, solo por una vez.

Me bajo del coche y me fijo en el letrero del restaurante «la dama de Metztli»,con letras redondeadas, iluminadas de un blanco artificial. Al entrar, puedo apreciar las mesas redondas y la oscuridad del restaurante. Hay lámparas de araña colgando cerca de la mesa central. Aunque el restaurante carece de luz, lo cierto es que está iluminado por una luna de plástico, esférica e imperfecta. Casi como la luna que conozco.

Los camareros, vestidos con túnicas negras, nos llevan a una mesa que parece estar apartada de las demás, separada por unas paredes entreabiertas. Llegamos a la mesa y se puede apreciar el cuarto menguante del auténtico satélite.

—Una débil luz atraviesa las grandes vidrieras del local. Increíble —digo asombrado y prosigo contemplando todo a mi alrededor—. Nunca había visto un lugar similar.

—Ya sabes que somos los mejores en organizar fiestas, pero cuando se trata de cenar bien, incluso sabemos ser finos. —Halagado por mis palabras, balbucea Álvaro.

—¿Cómo has conseguido encontrar un lugar así en Guernsey?

—La verdad es que no ha sido muy difícil si cuentas con la información adecuada, muchas personas de aquí opinan que es el mejor restaurante.

Nos interrumpe una delicada y suave melodía, acompañada de una voz débil pero preciosa. Se ofrece un espectáculo a los clientes. La cantante lleva puesto un vestido negro y una peluca de color platino, parece un disfraz no tan bien hecho. A su lado hay una asiática con una melena que le cae por los hombros. Del lado derecho aparece una silueta, proveniente de una muchacha joven con un cabello tan oscuro como el mar de noche. Forman parte del espectáculo. Bailan al ritmo de la música, cuando de pronto empieza a sonar de fondo un sonido tribal. La joven de cabello oscuro comienza a dar vueltas alrededor de una pieza artesanal que representa el océano.

No logro entenderlo bien. Parece un espectáculo acompañado de un ritual. Cuando de repente, son interrumpidas por la voz autoritaria del restaurante.

—Y esto es la representación humana de la leyenda de la dama de Metztli —dice en un tono de voz bastante grave.

—¿Una leyenda?, un dato curioso que no sabía, llevo aquí una semana y no sabía nada sobre ninguna leyenda. Me invade una ola de curiosidad, así que me acerco a las actrices para preguntarles lo que sabían del mito.

—Perdonad, ¿qué es exactamente lo que habéis representado?

La chica con rasgos asiáticos me lanza una mirada asesina, las otras dos sueltan un par de carcajadas y comenta la de la peluca platino.

—Si no sabes nada sobre este mito, quiere decir que no eres de aquí… —Hace una pausa y prosigue la del cabello negro.

—Estábamos transmitiendo el ritual que hizo la dama de Metztli para conjurar a la luna, un pacto que hizo con la diosa de la luna hace unos ciento cincuenta años.

La de la peluca platino añade con tono seductor.

—Así es y yo estaba representando a Selene, diosa griega. —Señala a la asiática y agrega—. Ella estaba haciendo de Yue, diosa de origen chino, relativa a la luna. Y ella. —La coge de la mano, la levanta y la halaga riéndose mientras le da un beso en la parte superior de la mano, acompañado de una reverencia— de Metztli, diosa de la luna, en náhuatl. Por cierto, me llamo Grace, nuestra diosa Yue, aquí presente, se llama…

Interrumpida por Yue, se presenta de manera borde.

—Yun Ho.

Finalmente, la que había hecho de Metztli me clava su mirada.

—Luz, me llamo Luz a secas. —Tose—. Y soy vidente, así que ya sabes, si quieres que te lea el futuro, aquí tienes mi tarjeta —Dice en un tono amable mientras sus ojos acompañan su sonrisa.

—Encantado de conoceros, yo soy Robin. —Hago una pausa breve mirando a Luz y añado—: Robin a secas. —Reímos todos excepto Yun Ho, que me acusa con la mirada.

Se acerca Álvaro para decirme que en breve llegan todos nuestros amigos y amigos de amigos para reunirnos enseguida.

—Hemos quedado en el puerto en media hora, así que vete despidiendo de estos bomboncitos.

Mientras mira a Luz, las tres le lanzan una mirada asesina.

Mi primo a veces puede llegar a ser bastante baboso y estúpido. Normalmente le siguen el rollo «por amabilidad» supongo; sin embargo, esta vez no se ha salido con la suya. Por fin se le bajan los aires que siempre lleva encima de la manga. —Respecto a la leyenda, me gustaría saber más acerca de ella.

—No te preocupes, si tanta curiosidad tienes por saberlo, puedes consultar en internet e incluso comprar el pack del turista que venden en el kiosco —comenta Yun Ho, reprimiendo cualquier posibilidad de encuentro.

—Aunque, si quieres saber algo más, estaremos encantadas de contártelo, pásate un día de estos por aquí y tomamos algo —dice Grace mientras lanza una sonrisa coqueta.

—Perfecto —respondo, y mientras Álvaro me mete una prisa infernal, me despido de las muchachas.

Una vez montados en el vehículo recibo un mensaje de Clara acompañado de una foto. Ella también está celebrando hoy su despedida de soltera. Sus amigas la han llevado a París a pasar las vacaciones. Aunque la imagen está borrosa y es de mala calidad, se puede distinguir a seis mujeres, yo solo conozco a sus dos mejores amigas, Olivia y Rose. Olivia es la que está al final de la fila india de la imagen agachando las rodillas con un vaso de tequila en la mano y Rose es la que está de pie tranquila y sonriendo tímidamente. Clara se encuentra en el centro de la fila acompañada de una bebida y unos globos plateados, está preciosa. A las demás solo las conozco de vista y de haber ido a tomar algo en alguna ocasión con Clara. Se la ve feliz e ilusionada.

—Ya verás, Robin, ¡esta va a ser una de las mejores noches de tu vida! —grita Álvaro emocionado mientras conduce.

—Si tú lo dices, entonces me lo creo —digo irónicamente.

Me mira de reojo y tuerce los labios para decir:

—No me hace falta decírtelo porque tú mismo lo vas a admitir después de vivir a lo grande esta noche. —Hace una breve pausa y me mira con una expresión seria—. Por cierto… —Respira y detiene el coche en una zona de descanso directa a la playa.

—¿Qué haces? —le interrumpo.

— A ver, Robin, quiero hablar contigo en serio esta noche, creo que es importante hablar de esto antes del acontecimiento más importante de tu vida y no quiero que te arrepientas de nada. Si quieres tener la mejor noche de tu vida, será mejor sacarte este tema para no volver a hablar de ello nunca más.

—A ver, habla.

—Me parece bien que te vayas a casar, siempre y cuando quieras, es tu vida, pero me preocupa una cosa: ¿puedes casarte sabiendo que todavía amas a María? —dice en tono amenazador y no puedo responder, me ha pillado de imprevisto y me sorprende que me hable de ella—. El silencio habla por ti, primito. —Mete una de las manos en el bolsillo para sacar un mechero, se enciende un cigarrillo y prosigue—. Te voy a decir lo que pienso, Clara es solo un parche para ti y te casas para olvidarte de otra persona pensando que así podrás ser feliz, pero te equivocas. —Hace una breve pausa y me mira desconcertado—. ¿Por qué te quieres casar tan rápido?

Me ha dejado pensativo y no sé qué decir, me siento en la escalera de la playa y apoyo mis manos sobre la cabeza mirando el cielo.

—Tienes razón, no puedo sacármela de la cabeza, pero también quiero a Clara y a ella le hace ilusión todo esto. No quiero defraudarla.

—Lo siento, Robin, no quería…

Le interrumpo y añado:

—Álvaro, María es alguien que me ha marcado de por vida. Llevo años pensando en ella, pero la dejé ir hace mucho tiempo; sin embargo, la sigo teniendo muy presente.

—¿Todavía…? ¿Qué tiene María que no tenga yo? —bromea mientras se sienta a mi lado y dice—: La verdad, no sé nada. No te culpo, es amor y amor de verdad, pero no porque sea amor quiere decir que la quieras en tu vida.

Mientras intento contener las lágrimas, cojo respiración y me sincero.

—La sigo queriendo, pero no sé nada de ella. Si la viese por la calle, me acercaría. Daría la vida por ella, pero sé que no sería recíproco. Hace tres años intenté contactar con María, no puedo saber nada de ella y sus familiares tampoco han colaborado mucho en mi búsqueda. Le hice daño, nunca estuve para ella, pero María siempre estuvo para mí. Es algo que no me voy a perdonar nunca.

—Eres valiente, Robin, quizá necesites un tiempo para ti mismo, ¿no crees?

—Sinceramente, no sé qué hacer.

—Te voy a decir lo que deberías hacer. —Hace una mueca extraña y clava sus enormes ojos marrones, ocultos por el ocaso—. Deberías tomarte estos días de descanso para ti y olvidarte de todo. Esta fiesta seguirá siendo tu despedida de soltero, pero imagina que es una fiesta normal y corriente. Tú decides, todavía no te has casado, así que aleja la presión de la boda de tu vida. Disfruta estos días y si resulta que no quieres casarte, pues no te cases, joder, y en el caso contrario pues habrá servido para que te des cuenta de lo que de verdad quieres, chaval.

Me llama chaval, cuando ya tengo veinticinco años y me resulta gracioso, le sonrío y añado agradecido.

—Quién diría que el ignorante de mi primo serviría para algo…, gracias.

—Oye, no te pases, que también tengo mi lado sensible y comprensivo —alega ofendido.

Le doy la razón y volvemos al coche, rumbo a la fiesta.

Un puerto iluminado por fogatas y la luz de la luna armoniza la fiesta. Gabriel, el hermano de María, está sentado en la arena junto a una fogata mientras contempla el reflejo del satélite. Me dirijo hacia él para saludarlo, pero se adelantan para felicitarme bruscamente mis mejores amigos. Richard, el más serio de todos, sin duda, el que a más mujeres atrae. No puedo negar que su genética es la más favorable del grupo. Braulio, el más deportista, basta una sola mirada para saber que pasa la mayor parte del año en el gimnasio o escalando montañas alrededor del mundo. Leonard, un buen consejero, una persona que es capaz de analizar a otra en menos de una hora gracias a sus habilidades psicológicas, empáticas e inductivas. Y por último Gabriel, el mejor amigo de Clara. Desde que se mudó a Inglaterra, nos vemos un par de veces al año. Los lazos que tengo con él son confusos debido a mi historia con su hermana María y al ser a la vez amigo de mi pareja resulta algo incómodo tratar de llevarnos bien.

Él piensa que soy un auténtico imbécil y la verdad es que odio admitirlo, pero a veces hasta pienso que puede tener razón. La mayor parte del tiempo me siento juzgado por mis errores, además de acomplejado por su intelecto. Él es exactamente lo que a mí me habría gustado ser.

Saludo a mis amigos y disfrutamos de la noche. Tras la combinación de varias cervezas con otras bebidas alcohólicas, caemos rendidos en la arena. Hablamos de varias cosas, entre ellas los viajes de Braulio, la universidad y las ex tóxicas de Richard, de chicas, de psicología y de la vida en general.

—¿Cómo es eso de que te nos casas, cabrón? —dice Braulio mientras acerca una mano a mi hombro derecho para pegar un par de golpes amistosos.

—Pues ya veis, forma parte de la vida de un ser humano —respondo por lo alto.

—La última vez que nos vimos fue en una discoteca y creo recordar que estabas acompañado —dice Richard, aclarándose la garganta en tono burlón.

—Las cosas cambian, chavales, no sé…, supongo que el compromiso es algo que hay que celebrar.

En ese instante, los ojos grises de Leonard se abren exageradamente y se posan sobre los míos.

—Supones —añade Leonard apoyando sus dedos sobre la barbilla, la tensión y mi incertidumbre se hacen notar en el ambiente.

Richard peina su melena dorada para ponerla hacia el lado opuesto. Braulio hace amago de hablar, pero me adelanto.

—Bueno, es una manera de hablar. —Una risa nerviosa sale de mis labios. Pillado por Leonard, intento disimular mi inseguridad cambiando de tema, cuando de pronto aparece un montón de gente y se acerca a nuestra fogata.

—Vamos a comprobar si está el famoso círculo mágico —dice una adolescente que aparenta unos dieciséis años.

Un grupo de jóvenes la acompaña. Se acercan a la orilla del mar y se adentran en el agua al ritmo de la marea.

—¿En serio crees que pueda existir? ¡No es más que un cuento infantil! —responde un muchacho pelirrojo mientras los demás corren a comprobarlo.

—¡Menuda bazofia! ¡Aquí no hay nada! ¡Menudo timo! —Se oye un murmullo de parte de los demás adolescentes y añade otro de ellos.

—Pues nada, está más que comprobado, pero… ¿qué es lo bueno de las leyendas? —Una mueca extraña sale de la mayoría de las personas de aquel entorno—. ¿Nadie? Pues que se convierten en creencias. ¿Y qué es lo bueno de las creencias? —Mira a su alrededor y suspira con decepción—. Bueno…, lo bueno es que las personas que creían en las leyendas las convertían en tradiciones y las tradiciones se celebran con fiestas, historias, etc.… —Hace una pausa y prosigue con emoción—. ¡Pues ya que sabemos que no es más que un mito, podemos proseguir con la fiesta! —La gente se anima y afirman con emoción.

—¡Sí!

La joven que incitó a descubrir aquel símbolo sale y añade:

—¡Pero qué dices, Byron!, ¡si sabes que se celebra desde siempre! ¡Eso no es algo nuevo!

—Vaya por Dios, ya me quieres quitar mérito como siempre, Ginny.

Refunfuñan ambos y Ginny contesta:

—¡Pero qué mérito si se lleva celebrando más de ciento sesenta años! Además, has de saber que si no hemos encontrado el círculo místico es porque es un símbolo mágico; por lo tanto, se mantendrá oculto —alardea Ginny de su deducción.

Apartando la vista de aquellos jóvenes, me volvió a invadir la curiosidad. «La dama de Metztli»,recordé.

Mi primo se había perdido entre la multitud, así que decidí alejarme un poco de la fiesta buscando tranquilidad, cuando de repente vi a Gabriel.

–Hola, Gabriel, cuánto tiempo, ¿no?

—Veo que has estado muy ocupado con tus colegas —dice en un tono borde y distante.

—Creía que no ibas a venir… La verdad es que me has sorprendido.

—Tú me pediste que viniera. ¿no? ¿Por qué no iba a hacerlo? —me pregunta con un acto despreocupado y se levanta sacudiéndose los restos de arena que se le había quedado pegada.

—Sí, me alegra… Gracias por haber venido. ¡Anda! ¡Vamos a dar una vuelta y hablamos como en los viejos tiempos! —digo recuperando la conexión que alguna vez tuvimos.

Al principio me mira de manera frívola y extraña, pero después tuerce el labio hacia un lado soltando una risa reconocible, como solía hacer en tiempos lejanos.

—¡Interesante! ¿A dónde quieres ir?

—Me apetecía alejarme un poco de la fiesta y observar el paisaje.

—Buena idea, yo lo llevo admirando desde que hemos llegado —responde con un tono más cercano a mí.

Nos sentamos en un banco, en frente de la colina de una de las montañas que se puede apreciar como una pequeña y oscura sombra lejana. La tranquilidad del momento se esperaba. Después de un rato largo dice: