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Siete mujeres se encuentran en un espacio indefinido segundos después de su muerte. El tiempo, tal como lo entendemos, ha dejado de existir, y todas las sensaciones corporales han desaparecido. Ninguna de las mujeres, de distintas edades, ocupaciones y nacionalidades, puede recordar lo que les sucedió, dónde están o cómo llegaron allí. No se conocen. A su vez, intentan recordar, reconstruir los fragmentos de sus vidas, sus identidades, sus amores perdidos y señalar el momento en que dejaron atrás todo aquello. Jugando hábilmente con géneros desde el ensayo hasta la poesía, Oneiron es un trabajo asombroso que explora la cuestión de lo que sigue a la muerte y profundiza en las vidas y experiencias de siete mujeres inolvidables. Oneiron es una novela sorprendente, una fascinante y original reflexión sobre la vida y la muerte y un análisis muy realista sobre el poder y la impotencia. Así, describe cómo el cuerpo y lo corporal controlan las vidas de las mujeres, pero también los sentimientos, las experiencias y la creación femenina lo hacen.
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Seitenzahl: 629
Veröffentlichungsjahr: 2022
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LAURA LINDSTEDT
Oneiron
Fantasía sobre los segundos posteriores a la muerte
Traducción de Luisa Gutiérrez Ruiz
www.armaeniaeditorial.com
Título original: Oneiron, Teos Publishers, Helsinki, 2015
Primera edición: Junio 2022
Primera edición ebook: Agosto 2022
This work has been published with the financial assistance of Finnish Literature Exchange
Original text copyright © Laura Lindstedt, 2015 Original edition published by Teos Publishers, 2015
Spanish edition published by agreement with Laura Lindstedt and Elina Ahlback Literary Agency, Helsinki, Finland
Copyright de la traducción © Luisa Gutiérrez Ruiz, 2022
Imagen de cubierta: She fell asleep amid the white © Slevin Aaron.
Copyright de la presente edición en español © Armaenia Editorial, S.L., 2022.
Armaenia Editorial, S.L.
www.armaeniaeditorial.com
Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del «Copyright», bajo las sanciones establecidas por las leyes,la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.
ISBN: 978-84-18994-35-7
I
Cuando yo ya no exista, ¿qué habrá? No habrá nada. Entonces, ¿dónde estaré cuando ya no exista?
León Tolstoi, La muerte de Ivan Ilich
Danse macabre
Imagina que estás medio ciega. Menos once dioptrías. Imagínate en el oscuro cuarto de revisión visual de la óptica. Te sientas en una cómoda silla de cuero y tienes miedo de perder la vista por completo. Has posado con cuidado tus viejas gafas sobre la mesa. La montura de plástico, una azul eléctrico de hace diez años, está rayada. Has pegado una de las patillas con celo, has pintado de azul el celo con un rotulador. Año tras año has preferido ver mal a enterarte del estado real de tu vista. Has rechazado la idea de ir a la óptica del mismo modo que otros posponen la visita al dentista. Conoces a ese tipo de gente. Les huele el aliento, ellos mismos lo saben y por eso siempre hablan con ligeros murmullos y la boca apuntando hacia abajo y de refilón. Retroceden un paso cuando alguien se acerca demasiado. Tú, sin embargo, has aplazado la revisión de la vista. Cada año te comportas de manera más errática, más ausente; esa es tu explicación. En cuanto algo semejante a una persona asoma por el horizonte, bajas la mirada a la calzada, por si acaso. Los amigos participan en el juego y comentan: ¿Otra vez en las nubes? Yuju, ¿hay alguien en casa? Agitan la mano justo delante de tus ojos, como si quitaran la nieve del parabrisas. Tú ríes y les cuentas lo que esta vez te agobia. Mientes, claro. Un poco al menos. Revelas más detalles inventados de lo necesario. No quieres recordar que la realidad no es una bruma, una penumbra compartida y andar a tientas, sino de una claridad espantosa. No quieres reconocer que te ven, pero que tú no ves, ni ahora ni tal vez nunca más. Sientes terror. Temes que el mundo se quede sin dioptrías, sin culos de botella, y sin menoses. Que la próxima vez te ofrezcan un bastón blanco, te animen a que consigas un perro guía, una balanza parlante para el baño, pegatinas para las teclas del ordenador… De todos modos, ahora no pienses esas cosas. Concéntrate en imaginar el oscuro cuarto de revisión de la vista, el fondo de ese espacio oscuro, la tabla optométrica blanca sobre una pared blanca, iluminada. Es una de esas tablas antiguas de las que ya no quedan. En la tabla hay letras E que apuntan en cuatro direcciones. Letras que ahora no eres capaz de distinguir.
Tu optometrista empieza a cargar lentes en un aparato que descansa sobre el puente de tu nariz. Menos once dioptrías y ves igual que con tus gafas. Nebuloso, de cualquier manera, lo suficiente para arreglártelas a duras penas. De las letras E solo percibes con claridad la fila superior, la última letra de la siguiente hilera te causa problemas. El corazón te late despavorido con fuerza, pero déjalo que lata. Concentra tus pensamientos en este breve instante que dura un abrir y cerrar de ojos, pues justo este instante has de saber imaginarlo. La persona de la óptica añadiendo precisión a tu mirada, un cristal cada vez.
Vuelve la vista sobre las letras diminutas, del tamaño de hormigas, en la esquina inferior de la tabla. Cuando se deja de tener miedo y se permite que el tiempo se ralentice, empiezan a ocurrir cosas. Ya no se necesitan lentes, pues se ha logrado la lucidez deseada: unos pequeños seres han empezado a moverse. Serpentean, temblequean y se estremecen como una hebra negra sobre un suelo demasiado limpio. Igual que entonces, en la infancia. ¿Recuerdas? Observabas fijamente el extremo del hilo mientras colgabas boca abajo del respaldo de la silla, con la cabeza llena de sangre, los ojos pesados de la presión. Aquella culebra negra comenzaba a danzar. Tenía su propio ritmo, repetía su patrón sin equivocarse. Era la magia de tus ojos, la magia de la retina.
Ahora te sientas en un banco cómodo, tan blando que te hundes, donde la sensación de peso desaparece por completo. La película va a comenzar, la pantalla rebosa de luz ya antes de que la cinta eche a andar. Pero en esta ocasión la pantalla no se llena únicamente de luz, pues en la ventanilla para la película ha quedado atrapada suciedad. Crujientes pelusillas que fluctúan en la ráfaga de aire del ventilador. Las cuentas para pasar el tiempo. Hay seis. ¿El pelo de los nudillos del proyeccionista? ¿Son pelos de su mano? De todos modos, no pienses ahora en hombres. Concéntrate en la brillante pantalla blanca y en las seis pelusas. Oscilan lo suficientemente cerca y ahora hay que creérselo: una mujer, cada una de ellas. Ya no son finas pelusas, excepto una, la que está en el centro, de una delgadez atroz. Camina a la cabeza de las demás, tira del grupo cual líder de una bandada de grullas en formación de V. Una enorme nube de rizos castaños rebota cuando da pasos ágiles en el aire, pasos oscilantes sobre nada. Tras ella caminan cinco mujeres, dos a la izquierda, tres a la derecha. Aplastan el aire como si pisotearan agua, con una leve sensación de dificultad, excepto una de ellas; una de ellas da la impresión de danzar.
Es sencillo distinguir a las mujeres una de otra. A la izquierda se bambolean unos enormes pechos que no caben dentro de su camisa de piqué rojo magenta, aunque cuatro de los cinco botones están desabrochados. Los pechos pertenecen a una mulata robusta de rostro ahora vacío, carente de expresión. A su lado camina con delicadezael túmulo de una gran barriga; la mujer rubia vestida con una camisa negra y pantalones turquesa está embarazada. Emana bienestar y abundancia: sin arrugas, con impecabilidad y de la Mejor de las Calidades.
A la derecha de la flaca rizada da zancadas una matrona con sobrepeso, maquillaje descuidado y un abrigo de marta cibelina hasta las rodillas. En un pie lleva un calcetín rojo de lana, en el otro una impresionante bota que le llega hasta la rodilla. A su lado brinca una belleza alta cobriza, con vestido amarillo e inmenso peinado afro. En el extremo derecho, un tanto apartada de las demás, se escabulle una cabeza calva encogida dentro de su ropa de hospital verde veneno, la criatura más trágica que se pueda imaginar.
Seis mujeres caminan hacia ti en el vacío blanco. Te sobresaltas como si despertaras de un sueño, te giras, miras a los lados, arriba y abajo. No ves nada en lo que anclar tu mirada, no existe nada, excepto ese peculiar séquito que flota cada vez más próximo.
Te mareas. Sientes que se te taponan los oídos, que te zumba la cabeza. Te fallan las piernas. Caes en algún sitio. No es blando, no es duro. Ni frío, ni caliente. Te desplomas de espaldas como sobre una capa de nieve. Cierras los ojos y esperas despertar en otro sitio. ¿En el cine? ¿Justo antes del final de Solaris? Cuando la cámara se eleva a las alturas y revela que el regreso al hogar de Chris Kelvin es un sueño, una isla de tierra rodeada de un mar infinito. Cuando la música noise que acompaña la última imagen comienza a intensificarse, a penetrar en el cuerpo helado de frío por la somnolencia. De repente la música se interrumpe y en un silencio insoportable miras fijamente la pantalla blanca, las letras negras que aparecen allí, КОНЕЦФИЛЬМА. No oyes nada aparte de tu propio corazón, que aún bombea al ritmo de la música. ¿Así crees que te despertarás también esta vez?
Oyes sonidos de movimiento y no puedes evitar entreabrir los ojos. Delante de ti no susurran los que salen de la sala del cine, allí están las mujeres, esas seis criaturas que han aparecido de la nada. Se arrodillan a tu alrededor, te circundan por todas partes.
De repente, la líder, la delgada como un esqueleto, empieza a quitarte los zapatos. Te arranca los pantalones de pana, las bragas y te flexiona las rodillas y te abre las piernas. Dos mujeres te sujetan con fuerza por los tobillos, dos te agarran de los brazos. La calva triste te ha levantado el cuello sobre su regazo y te acaricia con ternura el pelo.
La mujer delgada mete la cabeza entre tus piernas y tú haces exactamente lo que es mejor en esa situación. Vuelves a cerrar los ojos. Te abandonas. Dejas que las cosas ocurran porque más no puedes. Sientes la punta de la lengua fría, suave, que se abre paso dentro de ti. Busca y encuentra tu punto más sensible. No te van a hacer daño. La esquelética parece saber cómo satisfacer a una mujer. Toma el clítoris entre los labios, chupa la pequeña protuberancia escondida bajo el pliegue. El glans clitoridis. O, si lo prefieres: lengua de Kleite, la reina guerrera; campanilla alegre rosa, botón del amor, gozosa lengüeta cantarina, pezón rojo del diablo… Eso comienza ella a lamer afanosa, con vigor y ligereza al mismo tiempo, variando el ritmo, unas veces presiona un poco más, otras el roce es leve.
Te abandonas. Otra cosa no quieres.
¿Cómo es posible pensar en el placer? En eso no se puede pensar. En su lugar piensa en luz. En luz brillante, que atraviesa los párpados. Te conviertes en parte de la llama naranja, del viento solar, de los estallidos de plasma, de los agujeros pulsantes en la corona. En tu interior está el núcleo del universo, un misterioso generador, ese nódulo divino con su perfecto campo de minas de ocho mil terminaciones nerviosas del que parten hilos hasta la médula espinal y el sistema nervioso central, hasta el sol, hasta el fondo del universo.
Tu cuerpo se tensa, se tiesa. Se prepara para la ola que comienza a formarse en lo más profundo. El torrente se compone de pequeños anillos de bordes frágiles que se ponen en marcha por impulsos e irradian ondas a todas partes. En la punta de los dedos de los pies y de las manos dan la vuelta, cambian de dirección, se arrojan con mayor estruendo de regreso al centro, se contraen formando una hondura de plomo en un punto y se hunden allí: un anillo, otro anillo, un tercer anillo. Cuatro. Cada uno es más pesado que el anterior, cada uno se zambulle más profundo que el precedente. Cinco. Ya casi duele, esa acumulación, pronto no va a caber más, tu cuerpo no va a poder mantenerlos dentro. Seis. Entonces viene el séptimo anillo. Se sumerge tan hondo que ya no te afecta. Atraviesa algo desde donde no hay regreso. Tu cuerpo lo sabe. La tensión muscular empieza a descargarse. Conoces esta sensación de irrevocabilidad, esa sensación concreta por la que el placer causa adicción. Un segundo antes del orgasmo. El séptimo anillo, que arrastra consigo los demás anillos en una avalancha, y salen disparados uno a uno de su escondite: se abren, se expanden y estallan contra el vientre.
Las mujeres te han soltado. Observan fijamente tu rostro crispado, la cabeza que reposa en el regazo de la mujer calva, la boca que suelta un grito, un gemido ascendente. Te bañas en un sudor frío y caliente, tu espalda está arqueada. Tus ojos están aún cerrados, eso es bueno, pues cuando los abras, nada será igual. Créeme.
A tu alrededor hablan agitadas, el final de las frases asciende. Preguntas. En cuatro idiomas. Si pudieras pescar al menos uno de ellos, si lograras entender. Kto vy? Otkuda vy? Cuánto esperan ellas que por tu rostro se extienda la expresión alegre del reconocimiento, la experiencia feliz de la familiaridad cuando oyes tu lengua materna tras la conmoción, tras un placer impactante. De onde você vem? Quem é você? Eso querrían, que encontraras en el grupo una ciudadana de tu país, una hermana, una amiga, un alma gemela… Qui êtes-vous? D’où venez-vous? Ojalá estallaras en palabras y les dijeras todo lo que sabes. Quién eres, de dónde vienes. Pues eso es lo que quieren oír: de dónde vienes y, sobre todo, cómo viniste. Por qué ahora también tú estás allí.
Abres los ojos. La delgada se acuclilla entre tus piernas, con sus dedos huesudos se quita vello de la boca. Caracolillos negros que sacude de tu rodilla cual mantel de un restaurante elegante. ¿Rizos negros? Te miras las manos. Son las manos de una muchacha. Las uñas son redondeadas, cortas, una de cada dos está lacada de negro, una de cada dos de blanco. Te miras las piernas con las rodillas aún flexionadas. Son más tersas y mucho, mucho más esbeltas, y claras. Las venas azules traslucen bajo la piel, así de blanca estás. Elevas la pierna izquierda. Sube con ligereza. Es una pierna tan ligera y flexible que podrías balancearla por encima de la cabeza. Sí, tienes las piernas elásticas de una jovencita. Bajas la pierna, al lado de la otra, abres la boca, pero no sale ni un susurro.
Good morning, Sleeping Beauty, espeta la mujer delgada, con voz algo ronca, where do you come from? Su voz es poderosa, extrañamente profunda para ese cuerpo frágil. Posa ambas manos sobre tus rodillas, te abre un poco las piernas, estira el cuello hacia ti. La voz asciende, se vuelve más suave, una pizca más amable, casi curiosa. Who are you?
Dices una sola palabra. El nombre. Lo dices con voz de niña, aguda por el llanto. La voz de una niña perdida cuando un amable adulto desconocido se arrodilla a su lado, trata de ayudar, se ofrece a acompañarte a buscar a tu madre, desaparecida en la multitud.
Dices: Ul-ri-ke.
Pronuncias cada sílaba por separado, lacrimosa e insistente, como exigiendo y al mismo tiempo pidiendo, casi suplicante. Entre sollozos dices quién eres.
Eres Ulrike, tienes 17 años.
No sabes de dónde vienes, pero tu hogar está en Austria, en Salzburgo.
Shlomith se prepara para compartir su información (por sexta vez)
Ulrike fue la última en llegar. Como es de adivinar, estaba alterada por lo que acababan de hacerle, aunque había sido enormemente placentero, o quizás por eso. Era lo más sensual que nadie le había hecho jamás, Hanno no era capaz de algo así. Hanno era Hanno. Y ahora esa mujer espantosa lo había hecho. Por sorpresa, a la fuerza, con la ayuda de un grupo numeroso, y aun así la experiencia no había sido en absoluto desagradable. Algo así puede ocurrir dormida, en sueños, en los sueños puedes acabar en orgías, en promiscuo apareamiento con absolutos extraños. Pero ahora no es de noche y Ulrike no duerme. Eso lo comprende, apenas. Aturdida, examina a cada una de las mujeres sentadas a su alrededor, aguarda, abre la boca, la cierra. Y cuando nadie cree conveniente hacer nada, ni un gesto, cuando nadie considera necesario soltar ni una palabra, aparecen los sentimientos. La rabia el primero.
Ulrike se pone en pie y se aparta el pelo apelmazado en la frente. En su rostro se endurece una altiva expresión de Cleopatra: la barbilla levantada y la boca cerrada con gesto austero, las narinas ligeramente abiertas, en los ojos un guiño demoníaco.
Y como el temperamento de Ulrike es de los que se acaloran, pues bufa un Scheiße!, y se refiere a todas, Scheiße! y se refiere especialmente a ese adefesio flaco sentado con las piernas cruzadas frente a ella. La mujer la mira con dulzura y Ulrike le devuelve la mirada. La han violado, eso lo entiende. Se siente estúpida, una completa idiota. Que le den a la orgía —cualquier cosa puede ocurrir si eres una cabeza loca, y ella lo es, en buena compañía y borracha es una temeraria, dispuesta casi a cualquier cosa. Que le den al lugar y a las mujeres; esto es una especie de rollo eyes wide shut, tal vez gotas narcóticas, quizá Candid Camera para mayores de dieciocho. Pero la han hecho llorar y eso no se lo va a perdonar. La han obligado a decir su nombre, su edad, casi la dirección de su casa, aunque a casa no quiere regresar jamás. Scheiße! susurra apenas audible, y continúa mirando con descaro. No va a ser la primera en bajar la mirada. Esta partida no la va a perder.
La mujer delgada ya ha visto varias veces esta conmoción. Cinco veces. Primero ella misma, sola, completamente sola. Luego vino Polina la cotorra, con su abrigo de marta cibelina y una sola bota; luego, la imprevisible Rosa Imaculada, Rosa la loca, sin la cual se podría estar. Luego apareció la pequeña Nina, de Marsella, con la barriga puntiaguda; después Wlbgis, de Holanda, de Zwolle, desfigurada por el cáncer; luego la orgullosa Maimuna de Dakar, y por último, la hermosa Ulrike, de la ciudad natal de Mozart. La hermosa y enfadada Ulrike. La más joven de todas. Tan inocente como suelen ser las recién llegadas. La mujer delgada observa fijamente el rostro de la joven. Trata de grabarse la imagen en la memoria: la barbilla levantada, la forzada expresión de dureza, la mirada que ahora se aparta. Los ojos claros, azul violeta de la chica empiezan a lanzar miradas furtivas, se topan con el blanco que está en todas partes y en ningún sitio. Sus ojos contienen angustia.
La mujer delgada ha visto esto. Varias veces ha tenido que hablar, pero qué importa, ella habla, casi le gusta. Al mismo tiempo se habla a sí misma, repite cómo son las cosas, lo cuenta lo mejor que puede. Entonces todas guardan silencio, escuchan con atención. Entonces todas oyen, una vez más, dónde están, ahora, quizá. Oírlo es importante. Igual que asistir a misa puede ser importante para alguien, o encender un cigarro después de la comida, o la manicura pedicura una vez por semana, o quitarse a diario la piel muerta de las cutículas secas, igual de compulsivo, tal vez menos doloroso, pero sí placentero, pues sí, lo va a contar. ¡Lo va a contar con mucho gusto!
La mujer delgada recuerda cómo se sintió al despertarse aquí. Al abrir los ojos,sentarse, palpar incrédula la superficie blanca. ¿Es tierra, nieve helada? No está fría, no está caliente. ¿Plástico? ¿Látex? ¿Hormigón pintado? No es blanda ni dura. Se puso en pie, se sintió espléndida, vacía e insensible, en el buen sentido: el dolor que endurecía su barriga y el vértigo aturdidor habían desaparecido por completo. Aunque se había llevado estupendamente con sus dolores y mareos, al fin y al cabo era una profesional del dolor, una artista del hambre. «No, no y otra vez no»: esa había sido la opinión de los médicos sobre su último proyecto. En secreto, claro, habían deseado que continuara hasta el final. Querían ver, aunque no lo habían admitido, cómo se comportaban el organismo y la mente en una situación extrema casi controlada. Oficialmente no les había quedado más remedio que advertirla, casi amenazarla, profesionalmente no habían podido hacer más que exigirle que interrumpiera «la prueba», que pusiera «punto final» al controvertido experimento. No era la primera vez que la regañaban y la miraban con una mezcla de veneración y terror.
Empezó en el cubículo de Carroll Street. Con la mirada de su madre. Ahí empezó. Pero el hecho de que su arte hubiera comenzado a despertar el interés científico… eso era nuevo, la motivaba a seguir. Sus procedimientos de adelgazamiento eran metódicos como los de un yogui asceta. De vez en cuando la habían conducido al trance y ella se había atrevido a continuar apretando la tuerca. El último día del experimento, unas horas antes de subir al escenario, había bebido varias tazas del pálido té ayurveda «Paz interior».Su mente había girado como un derviche, vueltas, vueltas, vueltas, ella se había tambaleado en la cocina reservada al personal del Jewish Museum, con los párpados cerrados, en su mano el papel en el que había impreso la conferencia que en breves momentos leería en el auditorio del museo. Había sido algo extático y al mismo tiempo de una fragilidad espantosa. Pasajero. Ninguna persona, ni siquiera ella, podía vivir infinitamente solo a base de adrenalina, dolor y vértigos.
Había aprendido a sentir los giros derviches hacía tiempo. Había estado deambulando con su amiga por Coney Island, por Astroland, que acababa de abrir, doblada hacia delante a causa de los espasmos del hambre, y había montado muchas veces en el Cyclone, y por la noche la cama le daba vueltas y temblaba en cuanto cerraba los ojos. Era su quinta semana dedicada a adelgazar y la primera noche que lo comprendió definitivamente: esta relación y solo esta relación está destinada a durar toda la vida. El hambre, mi amor. Bajo las sábanas ambos firmaron un pacto secreto: yo confío en ti, tú confías en mí, no te consumiré y tú no dejarás de luchar a mi lado.
Se produjeron algunos pequeños deslices, claro. En la fiesta bar mitsva de un primo, ella devoró en secreto veinte galletas de mazapán. El hambre se pilló un enfado tremendo y amenazó con abandonarla para siempre, pero ella pidió perdón y vomitó. Esa vez el hambre se calmó.
Tenía diecisiete años cuando obtuvo las llaves de su primer hogar propio. Aunque aquel armario estaba pegado al apartamento de sus padres, allí tenía la oportunidad de hacer lo que le viniera en gana y eso a sus progenitores les aterrorizaba. Llevó a cabo algunos experimentos, claro. Se inyectó en el muslo Smirnoff con la jeringa de insulina de su amiga. De vez en cuando fumaba hierba con un par de colegas. Alguna que otra vez follaba con moderación. Pero el hambre era lo más importante, lo más querido, luchaba a su lado como un amigo fiel, contra los enemigos, hasta que ella cometió el error de su vida y la traicionó. Por un hombre.
La mujer delgada sabía que había expiado su traición juvenil ya muchas veces. El hambre había regresado tras una serie de ciclos de reconciliación, pero aun así estaba, de alguna manera, ofendida, de alguna manera…, ¿ponía condiciones? Parecía exigir más y más, el día de cinco zanahorias ecológicas fue para ella un logro sin importancia, nada de gracias, nada de euforia. Por no hablar de los giros derviches; el hambre no decía ni pío. Al final ella perdió la paciencia. ¡Está bien! Selló un nuevo pacto, prometió ir más lejos que nunca, más lejos que nadie, mientras luego pudiera volver. Se mantendría hasta el fin de sus días suficientemente delgada, haciendo equilibrios en el fascinante límite entre la salud y la enfermedad. ¿Le valía? Y firmaron un nuevo acuerdo.
Entonces ocurrió algo. Algo tomó las riendas y sin pedirle permiso decidió continuar el experimento que ella ya había completado. Y la arrojaron hasta este lugar, al blanco deslumbrante, y no llegaban instrucciones de ningún sitio. De golpe todo era distinto. Incluso el hambre había desaparecido sin dejar rastro, desaparecido de una vez por todas, y ella no se había percatado siquiera de echarla de menos.
Si tras la conmoción inicial hubiera caído en la cuenta de analizar su situación, tal vez se le habría ocurrido una idea que después, a posteriori, supo referirle a Polina, que apareció en aquel espacio, perpleja y llorosa. Le había contado a Polina algo así: «En un principio sentí como si hubiera dormido el mejor sueño de toda mi vida, uno profundo, un sueño sin sueños». Y luego: «Poco a poco me sentí más y más ligera, se evaporó el dolor de estómago que me había acompañado desde hacía tanto tiempo, y no me dolía nada; me parecía estar en el séptimo cielo». Pero cuando estás más sola que la una en semejante sitio y por allí no hay una sola alma viva presente, no piensas de esa manera. No se nota que el dolor y el malestar han desaparecido hasta más tarde, cuando la mente en pánico ha dado vueltas a dos o tres alternativas, callejones sin salida, una y otra y otra y otra vez.
Teoría número 1: ¿Está ciega? El primer pensamiento tras abrir los ojos es comprensible. La blancura a su alrededor es lo mismo que una enfermedad, es lo mismo que una ceguera, es lo mismo que la conclusión: «Así que de esta manera me han castigado». Y no se trata de una teoría descabellada, pues existen enfermedades cuyo primer y dramático síntoma puede ser perder la vista de repente (así es, por ejemplo, la inflamación de los vasos sanguíneos de las sienes, la arteritis temporal, que ataca típicamente a mujeres de edad avanzada).
La teoría de la ceguera, sin embargo, se invalidó bastante rápido, pues ella cayó en la cuenta de mirarse, primero las manos, y allí estaban. Su muñeca flaca sobresalía por la boca de la manga del caftán negro, las venas del dorso de la mano brillaban más azules que nunca. Los alargados y delgados dedos, las largas uñas rojas, las articulaciones como joyas, los nudillos cual puños de acero. Pujó por ponerse de pie sobre sus piernas arqueadas y finas como palillos. Una simple oscilación, un movimiento sin la resistencia del aire, y de pronto estuvo de pie.
Teoría número 2: Se encontraba en una especie de casa. Tenía que existir una superficie que revelara si la estructura era una cúpula, o un cubo, o una esfera. Llegados a ese punto, empezó a sentir rabia. ¡Ellos de verdad le habían hecho eso! No les había bastado con que ella hubiera puesto en orden sus asuntos, calculado con exactitud todas las calorías que entraban y salían de su cuerpo. Con que hubiera dispuesto, claro que sí, un tratamiento posterior y realizado numerosos planes de seguridad. Nada dependía del azar. No estaba metiendo la pata. Y aun así, ellos la habían atrapado y encerrado en… sí, ¿dónde?
Trató de dar un paso, pero no llegó a ningún sitio, sus piernas se movían, pero era imposible decir si avanzaba, se lanzó de bruces y notó un leve bamboleo en el vientre, no sintió trompazo, ni dolor, aún no distinguía nada en ningún sitio, si un solo punto de referencia. Frunció los ojos, buscó cámaras ocultas, sensores de movimiento, algo oscuro que se perfilara en el fondo. Alguien tenía que estar observándola desde un monitor. Algo semejante puede ocurrir, era de esperar, había oído rumores: abducciones científicas.
Y ahí estaba, la teoría número tres, un salto natural y lógico desde la teoría dos. Estos días, la necesidad de obtener información referente al comportamiento humano era más acuciante. Información real, cruel, y su recogida no seguía escrupulosamente las normas. Y ella había sido un objeto de enorme interés, de interés explícito. Ellos querían saber más. ¿Cómo iba a sobrevivir? ¿Cómo había sobrevivido hasta ahora? Y, ante todo, ¿cómo se las iba a arreglar ahora, en circunstancias controladas? ¿Cuál era su secreto?
Jubilosa por la victoria se metió el dedo en la mata de pelo. Estaba convencida de su pronto hallazgo. Sensores. Escarbó más, tiró de la raíz de los rizos, las uñas rascaron el cuero cabelludo. Antenas, antenas. Al menos una. Una pequeña. ¿Es esto? Una costra. Un microchip. Implantado profundamente. ¿Un lunar? Una pequeña herida. Soriasis. ¡No! Un aparato. Tecnología, seguro. Lo último de lo último, una tecnología casi invisible. Que ahora se ensaya por primera vez.
Se tiró del pelo. Se quitó la ropa. Dio la vuelta a las prendas y las examinó de arriba abajo, las puso del revés y las volvió a examinar con idéntica precisión. Hizo cosas que habrían parecido raras y puede que también obscenas, si alguien hubiera estado observando; la metáfora de una serpiente mordiéndose la cola no resultaba inverosímil cuando acabó poniéndose de cuclillas para buscar artilugios extraños en su interior.
—Shlomith.
La mujer delgada extiende su mano a Ulrike y se presenta. Añade el dato más importante, la situación cuyo objetivo sería explicarlo todo: I was the first one here. Las otras cinco mujeres se han acercado y sentado a su lado. Dan la impresión de venerar temerosas la fría frase de Shlomith, y también a la misma Shlomith, a esa mujer de obscena delgadez y aspecto anciano. Ahora que el pelo ya no se interpone, su rostro se distingue en todo su horror: la piel surcada de arrugas y quebradiza, sencillamente de papel, como si un soplido lograra moverla de su sitio. Los pómulos estaban levantados, ocultarían debajo enormes sombras si la luz no fuera tan uniforme. Así podría describirla Ulrike si quisiera: una vieja bruja, pelo castaño, un sacacorchos; los ojos grandes, iris desbordados de un marrón relampagueante, enormes ojos de belladona hipnóticos. Una mirada demasiado intensa, casi molesta y desvergonzada, que seguro que no se aparta la primera de quien se atreve a devolvérsela. Una líder. No hay la menor duda. Shlomith es la Líder.
Resumamos.
La primera, ella misma, la primera con todas las de la ley: Shlomith.
Segunda: Polina
Tercera: Rosa Imaculada
Cuarta: Nina (en su vientre, pequeño Antoine & pequeña Antoinette).
Quinta: una W dibujada en el aire con el dedo (la W de Wlbgis).
Sexta. Maimuna.
Se presentan una a una, cada cual a su manera, y estrechan amables la mano de Ulrike. El orden de llegada da la impresión de ser para ellas un asunto muy relevante, pues levantan como de mutuo acuerdo la cantidad adecuada de dedos, su número de llegada, suyo y de nadie más. Si esto ocurriera en cualquier otro sitio, en un polideportivo donde la gente se ha refugiado de un huracán, en una ciudad de tiendas de campaña donde se agrupa a los refugiados de una guerra civil, Ulrike, que desde niña se ha entretenido con fantasías de catástrofes, estallaría en carcajadas. Las mujeres son tan cómicas, tan desmedidamente serias, los dedos aún levantados en el orden de llegada. En la comisura de los labios de Ulrike comienza a crisparse una sonrisa.
De pronto, Rosa Imaculada retrae los tres dedos salientes dentro de la palma de la mano. Da un paso hacia Ulrike, amenaza con el puño y comienza a explicar algo en un revoltijo de portugués e inglés. A partir de ahí, la función les resulta familiar a todas salvo a la espantada Ulrike. Las mujeres siempre se incomodan cuando arranca el espectáculo de pánico de Rosa. En sus rostros aparecen líneas, surcos de impaciencia y exasperación característicos de cada fisonomía, cuya esencia depende, además del temperamento, también de la edad, de la calidad de la piel, del porcentaje de grasa. El rostro de Shlomith es naturalmente el más ajado. Pero Rosa simula no verlo. Habla a borbotones, su voz se torna estridente, las manos no paran un instante. De vez en cuando se agacha para propinar un puñetazo al blanco que está debajo. Los golpes causan un sonido hueco, que se inicia agudo, pero enseguida pierde su filo, como si alguien repiqueteara una obra de drenaje con una vara de metal, cubierta con un calcetín de lana.
Ulrike comienza a entender. Rosa Inmaculada quiere que les cuente algo que las demás no han sido capaces de contar. Rosa Inmaculada se golpetea el cráneo con el dedo, aguarda una respuesta, aunque tiene que comprender que la pobre joven llorosa no la tiene.
Ulrike reúne valor, despierta la rabia ya apagada. Abre la boca y le grita a Shlomith con su inglés de secundaria, con su pronunciación de secundaria, con su vocabulario de secundaria, con la imprudencia de secundaria de una joven de secundaria de diecisiete años y de pequeño tamaño (con esa seguridad desafiante propia de las chicas jóvenes que saca de quicio a algunos hombres más creciditos), le grita y le exige que lo cuente todo, absolutamente todo, porque sabe que Shlomith lo sabe, tiene que saberlo. Al fin y al cabo, ella fue la primera en llegar.
Y a Shlomith no le queda otra opción. Tiene que contarlo, como siempre. Ha de contarlo de nuevo, y ahora también ha de sacar a la luz asuntos de carácter más delicado. Por qué desnudó a Ulrike de cintura para abajo (hasta ahora Ulrike no cae en la cuenta de subirse los pantalones), por qué Polina y Nina sujetaban a la chica por los brazos (la vergüenza estalla en Ulrike de nuevo: ¡cómo se ha quedado allí sentada con el coño al aire!), por qué Maimuna y Rosa Imaculada se ocupaban de las piernas y las mantenían abiertas a la fuerza (Scheiße! Scheiße! Scheiße!), por qué Wlbgis le levantó la cabeza y la posó sobre sus rodillas y por qué esa, Shlomith, la peor de todas, metió su lengua en el lugar más privado de la joven.
Fuego de campamento
Ven, le dijo Shlomith a Ulrike, vamos a acercarnos a la hoguera. Y antes de que Ulrike alcanzara a comprender de qué se trataba, se dio cuenta de que se había soltado e incorporado con ligereza, de que estaba de pie y sentía mareo (ese vértigo mezclado con expectativas que causa el primer balanceo de verdad en un aparato que oscila de un lado a otro, como el barco vikingo en el parque de atracciones o un balancín tradicional escandinavo).
Ulrike estaba de pie y extendía instintivamente las manos, buscaba equilibrio y cerró un momento los ojos, los volvió a abrir y miró hacia abajo, a sus pies, trató de saltar, pero no lo logró. Ninguna de las mujeres a su alrededor había cambiado de lugar. Ella no se alzaba ni un milímetro.
Maimuna ya no pudo resistir la tentación. Se agachó y tomó impulso y se elevó zumbando en el aire, las rodillas flexionadas le llegaban a Ulrike por el cuello y, lo más desconcertante, la otra permanecía allí (como prisionera para la fotografía perfecta, la modelo vestida con prendas deportivas brinca en el trampolín en un estudio de iluminación penetrante, just do it, el telón de fondo es fuerte, monocolor, pero sin duda chillón, just do it, la modelo salta, salta, salta y no suda ni una gota, do it, do it, do it, salta y se queda eternamente en el aire y no envejece ni una pizca).
Shlomith le lanzó una mirada airada a Maimuna que, obediente, inició el descenso sin más trucos. Sí, Maimuna descendía, en otras palabras, hincó las rodillas y comenzó a rotar hacia abajo cual tornillo, pegando los brazos a las costillas y empujando el torso de izquierda a derecha con movimientos rápidos y secos. Su descenso era espasmódico. Se dejaba caer poco a poco, giro a giro, a la altura de las demás, y acabó de rodillas delante de Ulrike, con fingida humildad, y entonces Shlomith volvió la espalda, agitó la mano impaciente y empezó a caminar, Shlomith comenzó, como se dice, a avanzar.
LA MUERTE ES LA VENGANZA DE DIOS. En el preciso momento en que Shlomith se dio la vuelta, esa idea, justo esa y no otra, destelló en la cabeza de Ulrike. El miedo se apoderó de ella, pues no tenía por costumbre pensar en Dios. Dios, dicho de alguna manera, no le hablaba. Dios no era un chiste, una negación, un asunto de disputa, nada de nada, excepto un evento en el calendario, ese Dios sí existía, del todo invisible, pero si hacía falta detenía todos los negocios como una mole mágica. Así era Dios. Dios irradiaba su resplandor litúrgico los días de fiesta, las noches en las que incluso la parte del pueblo de Austria no temerosa de Él pero suficientemente consciente de la tradición marchaba a las misas, porque era costumbre, allí había una especie de Dios, o por lo menos una imagen del hijo de Dios y la Virgen María, y si hay una madre y un hijo, entonces tiene que haber también un padre, aunque ausente. En misa te podías arrodillar (¡era para el bien del alma!), siempre y cuando no sufrieras severos achaques en las rodillas (entonces te podías sentar con la conciencia tranquila), podías cantar y dar la mano a las personas sentadas al lado y finalmente ir a buscar la comunión. Sin embargo, nadie requería fe.
Dios in persona no existía para Ulrike o su familia. En una línea de parientes lejanos había cierta tía que rezaba completamente en serio, asistía a misa y se arrepentía de todos los pecados cometidos y también de los no cometidos pero pensados, pues su Dios lo veía todo, incluso cada pensamiento, y el pensamiento detrás de cada pensamiento y la asociación de ideas que acechaba en la raíz del pensamiento, y esa tía acabó en la casa de locos.
Pero ahora, de pronto, de la nada, en la mente de Ulrike destelló la afirmación: LA MUERTE ES LA VENGANZA DE DIOS. De repente todo era opresivo y sofocante, la espera de una tormenta, una opresión, una opresión terrible. O mejor: cansancio cerebral. Con este término, Ulrike se refería al estado mental tras un examen, a esos minutos que comienzan una vez entregado el examen de matemáticas delante de la clase, en la mano del profesor, cuando sales por la puerta al pasillo, tal vez incluso al patio de la escuela: la sensación no es de alivio, aunque no existe la mínima duda de que la nota va a ser buena, probablemente la mejor de la clase, los números y los vectores pasan zumbando, maliciosos, por la mente, y todo eso dura al menos hasta el tercer cigarrillo. Su cabeza no era en absoluto una cabeza normal, era proclive a pensamientos de los que causan malestar.
Ulrike se esforzó por recomponer su mente: no existe un Dios que pudiera vengarse con la muerte. Dios no existe. Ulrike apretó los párpados y se esforzó aún más: clic dice el mechero Colt. Emerge una llama (este es el mejor momento), que se absorbe en el cigarrillo Lucky Strike, y se llenan los pulmones, hormiguea el cuerpo entero, la cabeza estalla y Dios desaparece. ¡Así!
Ulrike abrió los ojos y decidió concentrarse en el movimiento, en alcanzar a Shlomith, que ya se había distanciado. Shlomith se había vuelto más pequeña que las demás (no más delgada, gracias al creador, sino más pequeña, es lo que se llama perspectiva, un fenómeno que siente incluso una persona ciega de nacimiento, no se trata de una convención, Picasso estaba equivocado, la perspectiva es más real que un dios o una diosa).
Y así, Ulrike dio su primer paso.
Si alguien describiera ese paso, comparándolo por ejemplo con aquel de Neil Armstrong, un salto grande (para la humanidad) y pequeño (para él mismo) en la superficie de la luna, mentiría. Ulrike no saltó. Y su paso tampoco recordó a los primeros empujones de piernas hacia los lados de un bebé de diez meses (a los que con frecuencia siguen un culetazo, luego el llanto, luego un nuevo intento), porque Ulrike caminó detrás de Shlomith, sin vacilar. Pero tampoco se trató de un paso corriente. Aunque el pie derecho se movió 60 centímetros más lejos que el pie izquierdo (era una zancada tipo «ahora hay prisa» completamente normal para sus piernas de 159 centímetros) y aunque Ulrike trasladó el pie izquierdo detrás del derecho (o mejor dicho, delante del derecho, lo usual cuando se camina), no avanzó o se alejó de las demás. Estupefacta, giró la mirada hacia Maimuna, que se había incorporado, pero esta se limitó a sonreír burlona y echó a andar a grandes zancadas detrás de su lideresa, sin hacer el menor gesto para orientar a la desamparada recién llegada.
En su ayuda acudieron Nina y Polina. La agarraron con determinación del brazo, una por un lado, otra por otro. Da primero un paso en el sitio. Think about a swamp. Esto lo sugirió Polina, pero comprendió que Ulrike carecía de experiencia en los pantanos, al contrario que ella, que acababa de leer un extenso artículo con excelentes ilustraciones sobre el paisaje de turberas de Siberia Occidental. Y no alcanzó a preguntar a Ulrike sobre sus posibles excursiones a la orilla del Danubio, cuando esta ya avanzaba impecable con paso pesado en su sitio. La joven imitaba con gran habilidad los movimientos de los pies de Nina y Polina. Era como amasar con la fuerza de las piernas, hay que imaginarse más peso en los pies, hay que imaginar una resistencia. Cada una de las mujeres tenía, esto Ulrike lo escucharía al cabo de un momento, su propia resistencia: Polina, el pantano; Wlbgis, la nieve; Rosa Imaculada, un almohadón de plumas ligeramente empapado; Nina, unos flotadores en los pies en el extremo más profundo de una piscina (esos manguitos infantiles de color naranja que venden en cada almacén barato la bouée pour les enfants à partir de 12 mois); Maimuna, mil y un pensamientos. En esa materia blanca, Maimuna sabía hacer toda clase de trucos raros, Ulrike ya se había dado cuenta, porque (y eso no lo sabía ni Ulrike ni tampoco el resto) al moverse no imaginaba ninguna resistencia. Shlomith, por su parte, pensaba en diversos manjares. Al final, quizá lo más difícil era soportar el no poder siquiera rechazar una gota de comida. Estaba muy acostumbrada a abstenerse, lo que alumbraba una profunda sensación de bienestar en su interior, un mecanismo casi pavloviano. Por eso pisoteaba mentalmente una alfombra de un kilómetro cuadrado hecha de malvaviscos tostados, o aplastaba un empalagoso pudin de patata o luego (si por un motivo u otro quería avivar el paso) vadeaba por su comida favorita, una piscina de sopa de miso repleta de abundantes cuadraditos de tofu.
Movimiento y pensamiento. Muy simple. Ulrike pensó en la cama de agua de los padres de Hanno en la que follar resultaba demasiado complicado, a ritmos completamente distintos, demasiado humillante.
Así pudieron al fin ponerse en marcha. Ulrike, Nina y Polina caminaban en fila, Rosa Imaculada y Wlbgis aporreaban detrás de ellas el suelo. Cada una con su estilo propio. El estilo de Ulrike probablemente se formó como resultado de esta primera imagen, en cierto modo traumática, convertido en un flamenco furioso, un ritmo de repiqueteo ejecutado con la espalda exageradamente recta: así rasgan los tacones y las puntas de los zapatos poco a poco, pisoteo a pisoteo, el colchón de agua, la doble superficie laminada, hasta romperlo… Que venga el diluvio… Que se ahoguen todas…
Delante, más allá de la fina pierna de Shlomith, se enciende de pronto algo rojo. Desaparece un instante detrás de Shlomith y reaparece de nuevo, una minúscula mota roja que crece, desaparece, vuelve a aparecer en el campo de visión una pizca más grande que antes. Comienza a perfilarse algún tipo de forma, no es una mancha ni un orificio sino una entidad separada, como Ulrike misma y las otras mujeres, algo que se puede tocar, que claramente se puede tocar, pero ¿qué es? Rojo, ondeante. Parece estar a más altura; cuanto más se acercan con sus pisotones, más claro se distingue sobre ellas. Y entonces: están debajo. Ulrike flexiona la cabeza y se asoma al interior. Un cesto hueco semejante a un calabazo, cabellos rojos que se extienden en forma de abanico a su alrededor, como si flotara en el agua y aun así completamente inmóvil.
Ahora a Ulrike no le queda otra que aprender una nueva habilidad, la habilidad de ascender. Maimuna ya se ha zambullido en la superficie: el cabello rojo se ha convertido en el plano que determina todo lo demás, hacia allí se dirigen todas, al nivel del pelo, allí tendría que subir también ella, pero otra vez: ¿cómo?
Maimuna había levantado los brazos cual buceadora, había apretado la cabeza entre sus largos brazos (¡tápate los oídos!) y el dedo gordo de la mano derecha dentro del puño de la mano izquierda (¡agárrate fuerte!), luego había tomado impulso y ahora estaba allí. Polina de los pantanos agarró algo con la mano (¿un esfagno de turbera, la raíz de una tormentila, el tallo de una hepática blanca, una brizna de cárice de pantanal?) y se izó poco a poco, resbalones incluidos. Wlbgis de las nieves sencillamente se abrió camino hacia arriba, excavó a paladas una cavidad por la que entró. Rosa Almohadón de Plumas se lamió las palmas, estrujó y rotó el vacío en sus manos y finalmente colocó unas pequeñas bolas aparentemente duras como piedras en forma de escalones por las que escalar. Nina Manguitos se debatió y se cayó y fue movida de un tirón, y Shlomith Sopa de Miso se entregó a una serie de movimientos semejantes a la acción de vomitar; salió disparada entre espasmos, la espalda hacia delante y, con la fuerza del vómito, se colocó justo al lado del pelo.
Ulrike pensó en un diluvio. Pensó en Hanno desnudo tumbado boca abajo en la cama de agua vaciada, ahogado. Pensó en sus zapatos, en los jirones de tela de PVC reventada que se le habían enganchado en los tacones, pensó en el dormitorio de los padres de Hanno, en el feo papel pintado antiguo y marrón y en las manchas de filtraciones. Empezó a caer. Poco a poco comenzó a derramarse lejos de las mujeres y del cabello rojo. Levantó instintivamente el brazo hacia ellas como una niña que busca a tientas un regazo; pataleaba y pataleaba y cada vez se alejaba más del grupo. Gritó como quien se ahoga (aunque quienes se ahogan en realidad no gritan), chilló y sintió que el sonido desaparecía, como si jamás hubiese escapado de su garganta. Oía su grito de ayuda, el alarido flácido sin eco, y aun así parecía proceder de algún otro sitio. Agitaba los brazos y se hundía hasta que sintió el fuerte agarre de Maimuna bajo sus axilas. Do not think bad things, le susurró Maimuna, only good things, y una Ulrike angustiada pensó en ciclámenes. Eyes: shut! pidió Maimuna, y Ulrike cerró obediente los ojos, se hizo un ovillo en medio de un campo de ciclámenes. El sol brillaba, los pájaros cantaban, una mariposa se posó en su brazo, y ambas empezaron a elevarse.
Ahí estaba su fuego de campamento. Su lugar de reunión. Hasta aquella peluca de Wlbgis acudían, contó Shlomith, siempre que querían charlar juntas de algún asunto. Wlbgis había sido muy amable, it was veeeery kind of her, se desperezó Shlomith, por haber donado su bonito cabello artificial para este fin. En su interior, sin embargo, Shlomith opinaba que la peluca de Wlbgis era bastante mediocre. Y que las pelucas de verdad bonitas, las de aspecto auténtico, solo se conseguían en los judíos jasidíes de Borough Park, que querían ocultar la cabeza de sus mujeres casadas, no con velos, sino con creaciones a cuál más espléndida. Estas mujeres que cubrían su cabello con un sheitel siempre iban acicaladas, envidiablemente arregladas, casi como maniquíes; la expresión bad hair day no formaba parte de su vocabulario. La madre de una familia que conocía había enfermado de cáncer y, nada más comenzar el tratamiento de quimioterapia, había exigido ir de compras a Borough Park. Su peluca jasidí había sido más hermosa y natural de lo que jamás había sido su cabello propio. El cáncer se llevó a la mujer, pero la familia no quiso renunciar a la peluca. La colocaron en una cabeza de maniquí de terciopelo color beige y la cabeza de maniquí en la cómoda del salón, y le contaban a cada una de sus visitas que a veces, si la cosa sale bien, una vanidad alegre puede agarrar al miedo a la muerte por las pelotas.
Ulrike echó una ojeada a Wlbgis, a su cráneo deforme, grumoso y su coronilla chata; en realidad, la cabeza entera se asemejaba a un pepinillo. El sacrificio, indiscutiblemente, había sido grande. O no. Tal vez no había supuesto ningún sacrificio. Llegadas a este punto, ¿acaso importaban ya cosas como cabello, ropa, higiene? Llevada por un impulso, Ulrike levantó el brazo y se olfateó la axila, y no olió nada, ni bien ni mal, ni sudor ni Angel de Thierry Mugler, que sin ninguna duda se había aplicado por última vez por la mañana al ir al trabajo. Un regalo patético de Hanno; había deseado perfume, pero había recibido desodorante.
We don’t stink anymore, espetó Shlomith al percatarse del gesto, because we might not be alive anymore. Así. Directa al grano. Ese era el estilo de Shlomith. Ella podía ser poco estadounidense y soltar las cosas sin rodeos atenuantes, y por eso habían ido junto a la peluca, para explicarle a Ulrike la situación. La hoguera-peluca había sido en un principio idea de Nina. A la bonita y pequeña cabeza de Nina se le había ocurrido que iban a necesitar un punto de referencia, un refugio común, así que por qué no crear uno. Nina había explicado el asunto agitando las manos, arrastrando la erre, y Polina había sido la primera en entender a qué se refería: Nina hablaba de la peluca que llevaba Wlbgis en la cabeza. De este pelo artificial rojo poco natural, pero al parecer muy adecuado para esta mujer carcomida por el cáncer. Eso es lo que Nina apuntaba sin cesar, pero no se atrevía a decirlo en alto, que ahora Wlbgis debía renunciar a su pelo. Que con él quería construirles un pequeño hogar acogedor, un lugar alrededor del cual charlar. ¿Pues no es así como todas las historias del mundo se han contado alguna vez, alrededor de una hoguera? Cómo nació el mundo de un huevo; el caballo, de la arena; el potro, de la espuma del mar. Un lobo, de una mujer fecundada por el viento; el hierro, del pecho de los espíritus de la naturaleza; la escarcha, de un gusano que mamaba en los pezones. La angustia, de la piedra del dolor que se frota contra la colina de la agonía. El tumor, del ovillo dorado que un zorro arrastra a la playa. La muerte, de las flechas talladas con las astillas del árbol del mundo. ¡Y el niño de verano trajo la sangre! Más tarde, con todo el mundo ya bien asentado, sonadas las narices y secadas las lágrimas, cuando todos se han acomodado alrededor del chisporroteo reconfortante de la hoguera, comienzan las confesiones. Ahora o nunca: Mamá, estoy embarazada. Hijo, ya no me queda mucho. Padre, voy a mudarme a Sicilia. Querida hija, nunca me han gustado las mujeres de esa manera, ni siquiera tu madre. Querida amiga, he hecho algo espantoso, algo irreparable. He vivido todos estos años en una mentira. Ya no te quiero. Quiero a otra persona. He vaciado nuestra cuenta común para la jubilación e invertido el dinero en acciones que hoy se han desplomado…
Hacía tiempo que Polina había dejado de escuchar los torpes argumentos persuasivos de Nina. Miraba fijamente el pelo de Wlbgis. Las fibras entrelazadas eran hipnóticas, escondían en su interior infinitos nuevos filamentos relucientes como las llamas, nuevos secretos ardientes. Confesiones que podría ser agradable escuchar cual mosca en el techo. Ella misma no sabía imaginarse confesándose, contándoles a las demás sus asuntos personales, en realidad ni siquiera los tenía, pero veía que el resto sí. Polina vio a Shlomith abriéndose sobre los motivos de su anorexia, sobre esa imagen femenina despiadada que había mantenido aprisionada a la pobre mujer durante décadas. Vio a Nina desahogando sus problemas de pareja y a Rosa Imaculada llorando por la violencia que había vivido. ¿Y probablemente alguien había tratado mal a Maimuna también? ¿No las habían hecho daño a todas de alguna manera? En la visión de Polina, incluso Wlbgis, que había perdido el habla, rompía a hablar.Si alguien parecía una víctima esa era Wlbgis, y no se debía a la enfermedad, sino que brotaba de la mirada de la mujer. Polina había visto miradas de moribundos y contenían nobleza, determinación y dignidad, pero la mirada de Wlbgis era igual que la de su madre moribunda en las últimas semanas: servil, falsa, temerosa del tiempo. ¡Mientras me visites día tras día, la muerte se mantendrá alejada! Eso es lo que la mirada de su madre le comunicaba, y era mentira.
Polina no pudo contenerse más. Agarró el pelo de Wlbgis y le arrancó la peluca de la cabeza. ¡Ya! ¡Aquí tenemos la hoguera alrededor de la cual hablar! Polina lanzó el postizo con todas sus fuerzas hacia abajo y como por arte de magia el cabello se abrió y empezó a descender despacio, a la deriva, hacia un lado, colocándose a medio metro debajo de la planta del pie de Polina, hermoso como la melena de un león.
De esta manera, un tanto violenta, se había encendido su hoguera. A Wlbgis, claro, no le había gustado este giro. Las demás también se asombraron. ¡Cómo se había atrevido Polina, y de esa manera! ¡Y así, de pronto! La peluca separada de la cabeza resultaba sin embargo fascinante. Cuando se observaba fijamente, la paz invadía la mente y era más sencillo concentrarse. A la enfurruñada Wlbgis trataron de apaciguarla entre todas. Pero si allí no iba a tener que mirar su cabeza calva, la consoló Nina. Ahora vería siempre que quisiera su magnífico pelo en todo su esplendor, exclamó Shlomith. Maimuna dijo oooooh! y cayó de rodillas y apoyó la mejilla en el pelo, y Rosa Imaculada la imitó, suspiró beleza!, pero, a pesar de la visible flexión de las rodillas, por algún motivo no acertó a descender junto al postizo.
Wlbgis no tenía elección. O agarraba las manos de Nina, que ya estaban puestas en el pelo, estirándolo y ahuecándolo, las retorcía y se mostraba difícil, y daba una patada a Maimuna aplastándola con violencia y alejándola de su pelo, o dejaba las cosas estar. Y decidió dejar las cosas estar.
Ulrike se sacó la nariz de la axila y miró a Shlomith, que no esquivó la mirada embobada de la muchacha. Al contrario, observaba codiciosa a Ulrike, aguardando ávida una reacción. ¿Susto? ¿Incredulidad? ¿Carcajada? Ya lo había vivido todo. Todo excepto la aceptación impasible, esa que podía expresarse por ejemplo con un asentimiento: está bien, quizá ya no estamos vivas.
Ulrike miró a las mujeres congregadas alrededor de Shlomith, una a una. ¿Comprendían lo que sugería esa mujer deforme? Que aquí estamos y sin embargo no estamos, verdammt! ¿Así lo explicaba todo ese saco de huesos?
Era una explicación, sí. Una posible teoría. No inventada por Shlomith, sino por la llegada en segundo lugar, Polina. Cuando la número cinco, Wlbgis, había aparecido y formado con sus labios las palabras extasiadas ¡estoy viva! ¡no más dolor!, en ese momento estuvo totalmente claro para Polina. Desaparecieron sus últimas dudas. Todas estaban muertas y bien muertas. Podían aguantar sin comida, sin bebida. No tenían necesidad de dormir (de privacidad sí, y entonces cerraban los ojos). No tenían necesidad de realizar ninguna de las funciones corporales diarias normales, como orinar o defecar, por ejemplo. Nadie echaba de menos la serie de movimientos y gestos relacionados con mear y cagar, no se imitaban por la diversión de hacerlo, al contrario que la coreografía de comer (aunque también de esto se habían aburrido pronto). Solo el vientre de Maimuna había funcionado una vez. Ocurrió al llegar; ella se había acurrucado tumbada y materializado en el blanco. Se puso de cuclillas, estrujó por el ano un zurullo pequeño seco, las demás se reunieron a mirarlo con sorpresa y admiración (no olía, eso lo notaron), y eso fue todo. La única mierda del lugar, según se sabe. Esa clase de cosas simplemente dejaban de existir, la sensación de pesadez en la vejiga, los gruñidos del intestino, los dolores persistentes, la presión en el ano, las contracciones del esfínter, la rítmica de la retención y liberación.
El excremento de Maimuna existía. Existía con tanta fuerza, tan perturbador, que decidieron de mutuo acuerdo alejarse de su presencia. En realidad, la mierda no repugnaba a nadie, era solo que su mera presencia desconcertaba demasiado, era algo demasiado conocido y al mismo tiempo demasiado raro, la Última Vez materializada en forma de mierda. Y por eso comenzó a significar cosas que aún no se deseaban recordar. Una persona condenada a muerte no comerá con alegría su última cena, ¿no? (Una hamburguesa con queso y patatas fritas era la última cena preferida según un antiguo cocinero de prisión, que llegó a preparar ٢٢٠ últimas cenas en Texas entre los años ١٩٩١-٢٠٠٣, mientras cumplía una condena de catorce años por secuestrar a su cuñado y violar a su exmujer. Resulta un tanto triste que un asesino promedio que va a ser ejecutado con inyección letal desee comer precisamente esa adaptación de la hamburguesa desarrollada en Estados Unidos en el año ١٩٣٥, y no por ejemplo una hamburguesa con doble de queso o una hamburguesa con queso y bacon, sin hablar ya de otros platos. ¿Por qué nadie ha pedido jamás un vorschmack, por ejemplo? Algunos, por suerte, saben despedirse. Se hinchaban tanto a comer, que la muerte tenía que parecerles un alivio en lugar de un castigo).
O cuando una persona hace el amor por última vez con su amante (o con cualquiera), ¿no es esto también triste? Por lo menos es algo. Es raro y significativo. El último coito antes de un accidente en el que fallece la pareja. O, el caso más habitual, la última relación sexual después de la cual cesan todas las relaciones sexuales. Se es demasiado mayor. Ni se puede ni se tienen fuerzas. No apetece. Nos acostamos hace cinco años el seis de abril, en la familiar cama de casa, ya con un poco de dificultad, flojo, como se suele decir, seco, torpe, pero con buena voluntad y después, eso fue todo. Todo el sexo de mi vida.
And there is always the last time, rompió Shlomith el largo silencio, eliminó los posibles pensamientos incompletos que quizás ya daban vueltas por la cabeza de la recién llegada. La última Última vez. Y como en estas circunstancias excepcionales era posible experimentar esa específica última vez (por suerte Ulrike era muy capaz), no había motivo para omitir la intervención. Simple y llanamente: le lamieron a Ulrike sus partes íntimas, porque pronto ya no sería capaz de experimentar nada similar. Ni placer físico, ni dolor. Le lamieron a Ulrike sus partes íntimas porque cada una de las mujeres allí presentes —Shlomith, Polina, Rosa, Nina, Wlbgis y Maimuna— echaban de menos (cada una a su manera) el placer, o al menos el contacto. La lamieron, no la golpearon, por ejemplo, porque estas mujeres no eran unas sádicas y de serlo, allí no podían permitirse repentinos estallidos de violencia desmesurada. Sabían sin expresarlo que no merecía la pena agitar el barco. La simple idea de la violencia resultaba aquí más inoportuna que en ese otro mundo donde había policías, códigos de leyes, juicios, sentencias, multas, prisión y, en algunos estados, incluso pena de muerte. Aquí no había nada. Probablemente el objeto del ataque ni siguiera se dañaría, al menos no para siempre. Esta era una de sus hipótesis y hasta la habían ensayado con precaución un poco antes de que apareciera Ulrike: se habían pellizcado unas a otras. Cada una de ellas acabó dándose cuenta de que un pellizco se asemejaba a un apretón o arañazo en la piel de un brazo que se ha quedado dormido debajo de la almohada, no se sentía nada, los ojos veían, pero la piel no reaccionaba, y les había empezado a entrar la risa. Allí estaban sentadas unas al lado de las otras y se arañaban, pellizcaban y mordían. Nada de lo que antes era válido valía ahora, eso es lo que querían demostrarles a las demás y a sí mismas con los pellizcos, aunque ni una sola de ellas sabía qué hacer con ese hecho, si consolaba, si infundía fe, si brindaba un motivo para seguir, y qué era eso de seguir, qué demonios harían después de dejar de pellizcarse una a otra. Ni una sola de ellas lo sabía y por eso todas reían.
Y rieron hasta que Shlomith reparó en la presencia distante de un fardo que recordaba a una persona tumbada, una figura que luego resultaría ser Ulrike. Cuando echaron a andar hacia allí, decidieron satisfacer a esa criatura, se tratara de una mujer o de un hombre (en el caso de un niño, hubieran desistido de su plan). La idea se le ocurrió a Shlomith, animada por los pellizcos, y a cada mujer, acicate de la risa, le pareció estupenda. Decidieron que Shlomith lamiera y chupara las zonas erógenas de la criatura tumbada en el suelo hasta que aquel ser se corriera, si es que aún conservaba la capacidad de disfrutar. Sería un regalo de bienvenida por partida doble, un regalo para esa nueva miembro de la comunidad y un regalo para todas ellas: ser testigos de la excitación, de correrse, del sudor en las corvas y recordarlo, al menos de lejos.
Thank you, Ulrike, dijo Nina, y acarició su barriga redonda. Thank you, dijo Shlomith. Thank you so very much, liebe Ulrike, dijo Polina con cariño. Obrigada! dijo Rosa Imacu- lada. Merrrrrci! dijo Maimuna, arrastrando alegre la erre. Wlbgis sonrió con tristeza, su cabeza calva asintió y la mano acarició el cabello-hoguera, su pobrecito pelo eterno que al menos era de naturaleza permanente, al contrario que el orgasmo de una adolescente; y una sensación estancada que recordaba a la envidia le hirvió en el cerebro. Nadie le había proporcionado placer jamás. Si alguna vez había jadeado, y lo había hecho, pues había dado a luz a un niño hacía una eternidad, había jadeado de dolor y de miedo, había chillado de tormento, de desgarro y golpes, también después de los golpes había jadeado. Vendrían más, y una y otra vez gemía de pura incredulidad. ¿Cuántas veces hay que pegar a una persona antes de que crea que de verdad la están golpeando? Que no se trata de una pesadilla. El mismo hijo que la había desgarrado al abrirse paso fuera de su vientre, la había golpeado más tarde de tantas formas y en tantos lugares sensibles, que Wlbgis había perdido la cuenta. Poco a poco se había rendido y se había dejado convertir en una mujer a la que le habían hecho mucho mal, a la que compensarían solo en el juicio final. ¿Hacia allí se dirigía?
Los dedos de Wlbgis desaparecieron en el interior de la peluca. ¿Qué creía saber de la vida esa niñata? ¡Ja! Pues aquí estaba ella también, toda ayuda fuera de su alcance. Una descarnada alegría maliciosa inundó la mente de Wlbgis.
Existían otras evidencias indiscutibles a favor de la teoría de la muerte. Shlomith seguía estupendamente, aunque, al igual que Wlbgis, tenía que estar muerta y bien muerta. So it’s just beyond dispute!
