Operación Gominolas - María López Ribelles - E-Book

Operación Gominolas E-Book

María López Ribelles

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Beschreibung

Un verano que prometía ser largo y aburrido terminó siendo todo lo contrario. ¿Quién hubiera imaginado que un puñado de gominolas lo cambiaría todo? Acompaña a Mateo y a Sofía por Valencia en esta primera aventura que no te dejará indiferente. Sigue el proyecto «Veo mi mundo» en vemimun.es para más aventuras y actividades.

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Seitenzahl: 143

Veröffentlichungsjahr: 2023

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OPERACIÓN GOMINOLAS

MARÍA LÓPEZ RIBELLES

OPERACIÓN GOMINOLAS

EXLIBRIC

ANTEQUERA 2023

OPERACIÓN GOMINOLAS

© María López Ribelles

Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico Exlibric

Iª edición

© ExLibric, 2023.

Editado por: ExLibric

c/ Cueva de Viera, 2, Local 3

Centro Negocios CADI

29200 Antequera (Málaga)

Teléfono: 952 70 60 04

Fax: 952 84 55 03

Correo electrónico: [email protected]

Internet: www.exlibric.com

Reservados todos los derechos de publicación en cualquier idioma.

Según el Código Penal vigente ninguna parte de este o

cualquier otro libro puede ser reproducida, grabada en alguno

de los sistemas de almacenamiento existentes o transmitida

por cualquier procedimiento, ya sea electrónico, mecánico,

reprográfico, magnético o cualquier otro, sin autorización

previa y por escrito de EXLIBRIC;

su contenido está protegido por la Ley vigente que establece

penas de prisión y/o multas a quienes intencionadamente

reprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria,

artística o científica.

ISBN: 978-84-19520-55-5

MARÍA LÓPEZ RIBELLES

OPERACIÓN GOMINOLAS

A mi equipo. Que esta historia sea el principio de una gran aventura.

A mi compañero de viaje. Sin él, Sofía no sería la misma.

OPERACIÓN GOMINOLAS

Proyecto:

Operación Gominolas

Creado por:

Loli Iborra

María López

Bernat Llopis

Juan Quereda

Con el objetivo de dar a conocer la ciudad de Valencia con sus distritos y sus barrios.

Para más actividades, entra en nuestra web y diviértete con nosotros.

www.vemimun.es

Planos diseñados por Pepi Ribelles Liern.

Mateo

Cuando Ismael me llamó diciéndome que Rosa tenía un plan para nosotros esta tarde, temblé.

«Planazo, tío. Pla-na-zo». Me lo imaginé con los carrillos llenos de ganchitos y los dedos pringosos de sustancia anaranjada. Ismael siempre iba donde le mandaba Rosa, daba igual el lugar y la hora. Él siempre estaba allí.

—Venga, nano, que es gratis.

—Miraré en la agenda… —le dije, mientras pasaba por delante de la puerta del estudio de mi padre.

Me dedicó un par de burradas de las suyas, esas con las que se le llenaba la boca y que me resbalaron. Mi atención la tenía mi padre. En el interior de la oficina, a la luz del flexo, se rascaba la oreja mientras miraba fijamente un dosier de papeles arrugados, que ya había perdido la cuenta de las veces que lo había leído.

—Tengo que ir con mi padre a un sitio, ¿verdad, papá? —le pregunté en busca de apoyo.

Sacudió la mano, como si dirigiera una banda de música invisible, y adiviné que me escuchaba a medias. Quise lanzar los papeles por la ventana y que estos volaran lejos tan pronto como vi su gesto despreocupado. Abrió uno de sus cajones del escritorio y sacó una cajita parecida a un pastillero de color rojo brillante, que también estaba acostumbrado a tenerlo alrededor.

—Tu padre pasa de ti —me comentó Ismael, como si supiera lo que estaba ocurriendo en aquel momento—, ven con nosotros. Esta vez lo vamos a pasar bien.

El aburrimiento fue el que me hizo salir de casa, no las palabras de mi amigo. Hoy en día me pregunto qué hubiera pasado si me hubiera quedado con él. ¿Nos habrían atrapado a ambos? ¿El mundo que conocemos habría cambiado?

Lo cierto es que me fui de allí, sin despedirme, teniendo la certeza de que lo vería a mi regreso y que todo sería igual que antes. Qué equivocado estaba. Pero no me adelanto a los acontecimientos, todavía no.

Cogí el metro y, en cuestión de minutos, llegué a la parada de Colón, calle de tiendas en la que a Rosa le gustaba perderse y fantasear con la ropa de cada escaparate, una de las muchas actividades en las que habíamos perdido el tiempo este verano, que parecía interminable. Nuestros compañeros se habían ido de vacaciones al extranjero, al pueblo, al quinto pino… Nosotros nos habíamos quedado en la ciudad, olvidados y sufriendo un calor de mil demonios.

Fui el primero en aparecer por allí, aun habiendo llegado diez minutos tarde de la hora prevista. Estaba distraído con el teléfono móvil cuando Ismael saltó sobre mí y casi consiguió arrancarme el brazo. Rosa rio como una gallina.

—¿Ya estamos todos?

—¿Quién falta? —cuestioné extrañado, pues siempre nos reuníamos los mismos.

Y antes de que pudieran decir su nombre, la vi bajar del autobús al otro lado de la calle. Con una mueca de disgusto y las manos en los bolsillos, intentaba evitar que la tocaran. Me extrañó su presencia, tan fuera de lugar y lejos del instituto. Pensaba que habría salido de Valencia, ya que Rosa nunca nos habló de ella y me constaba que sus madres eran amigas.

—¿Sofía? ¿En serio?

—No me digáis nada. Me ha obligado mi madre a llamarla para que salga de casa. Dice que se pasa mucho tiempo en la habitación.

Ismael bufó molesto y le recriminó por no haberle avisado antes, aunque aquello no hubiera cambiado nada, ya que aquel encuentro lo había convocado Rosa. Nuestra compañera la llamó en la distancia, gritando su nombre a los cuatros vientos como si la estuvieran matando, y Sofía nos buscó con la mirada.

Se acercó rápidamente, esquivando a un grupo de turistas que visitaban la ciudad, con pasos algo torpes y con expresión nerviosa.

—Hay mucha gente —musitó, claramente incómoda.

—Es lo que tiene el centro… No haber venido —lanzó Rosa un dardo envenenado sin despegar la vista de sus uñas.

—Si no quería.

Se avecinaba tormenta. Conocíamos a Rosa, así que antes de que pudiese estallar el segundo diluvio universal, le preguntamos por aquel maravilloso plan por el que nos había obligado a salir de nuestras casas. Por unos instantes, nos miró mal, temimos por nuestra vida, pero enseguida se emocionó al recordar por qué estábamos allí.

Sacó su teléfono y entró en una web que no habíamos visto nunca. Nos habló de un juego, una especie de búsqueda del tesoro por la ciudad, en la que teníamos que localizar balizas, así las llamaban, a través de unas pistas y unas coordenadas, que nos llevaban a unos puntos claves con los que conseguiríamos un tesoro al final. Cerca de la estación de Colón había unas cuantas y Rosa decidió que yo sería el indicado para elegir la mejor. Cualquier excusa era buena para culpabilizar a otro por haber escogido mal la actividad. Todas tenían nombre de películas de aventuras, así que me decidí por la única de la que desconocía su significado y la que tenía límite de tiempo.

—¿Viaje de una vellutera en ochenta minutos?

Aceptaron sin rechistar y yo me pregunté: «¿De verdad soy el único que no sabe lo que es una vellutera?». A mí me sonaba a variedad de mosca, la mosca vellutera. Me alegro de no haberlo preguntado en voz alta, hubiera hecho el ridículo. «¿Sabes tú lo que es una vellutera?».

La búsqueda del tesoro nos hizo recorrer el distrito de Ciutat Vella o el centro histórico, como lo conocemos todos. No te voy a decir por dónde encontramos las cajas, por si quieres hacer tú la ruta. Algunas eran menudas, como un bote de carrete de fotos, que casi pasamos de largo por pensar que era basura; otras eran bastante más grandes, como una fiambrera medio oculta entre unos matorrales. Solo te diré que anduvimos hasta que nos dolieron los pies, porque recorrimos los seis barrios que componen el centro. De eso se trataba la búsqueda, de acompañar a una vellutera por el centro, una mujer que trabajaba con la seda —nada que ver con las moscas— y empezaba su aventura en el barrio de San Francesc, llamado así porque en su época hubo un monasterio con ese nombre. Nos llevó hasta La Xerea, donde hicimos una parada en el Palacio del Marqués de Dos Aguas, en la actualidad un museo de cerámica. No desvelaré el lugar exacto, obviamente, pero nos hizo falta mirar su fachada y leer el cartel de la entrada para que nos dirigiera a otro sitio.

La vellutera nos guio por un camino y nos mareó en el barrio de La Seu. ¿Podía tener Valencia tantas iglesias juntas? Entre la catedral, la basílica, la iglesia de Santa Catalina… Menos mal que no tuvimos que subir al Miguelete; no hubiéramos llegado a casa luego.

Nos perdimos por El Carme y casi abandonamos la búsqueda. Rosa perdió el interés y prefirió distraerse con el arte callejero y las pintadas de las paredes. Y a pesar de que la vellutera nos llevó al portal de Valldigna, fue uno de esos grafitis el que nos dirigió al penúltimo barrio, El Mercat, llamado así por estar allí el mercado central, donde la vellutera aprovechó para comprarse un kilo de naranjas. Se cruzó con su tío, un mercader, en las puertas de la lonja, al que le contó su plan. Este se enfadó tanto que la mandó a otro distrito. Ahí nos dimos un susto enorme, toda la tarde andando por la ciudad para luego desplazarnos bien lejos.

Pero nuestra aventura no terminó ahí, la vellutera se escapó de las garras de su tío y huimos al último barrio, El Pilar. Con cada pista que encontrábamos se nos daba a conocer un retazo de historia, en la que nos explicaba cómo luchaba por defender sus derechos laborales. Los mismos derechos por los que se lucha hoy día, por una jornada laboral digna con un descanso mínimo para poder comer.

Ismael y Rosa fueron los primeros que se aburrieron del juego y nos seguían por eso mismo, por aburrimiento, porque no querían regresar a casa. Propusieron otros planes, pero para ese entonces yo me sentía el protagonista de una película tras la pista de la vellutera y moría de ganas por averiguar el paradero de la última baliza. Me hizo sufrir y casi darme por vencido. Habíamos superado el límite de tiempo que establecía el juego para localizar la última pieza de aquel juego, y no se me ocurría dónde buscar, hasta que Sofía la descubrió en el interior de unos arbustos que rodeaban el parque. Se ensució las manos para conseguirla y cuando por fin la tuvo en su poder, Rosa se la arrebató de muy malas formas.

No pareció que aquello le importase mucho a Sofía. En cambio, yo me sentí tan ofendido que protesté. Nos habían arrastrado a aquel absurdo plan para luego quitarnos el triunfo de entre los dedos… Les hubiera hecho tragar la caja entera. Sofía estaba más preocupada por el asco que sentía al haberse ensuciado las manos que por las ansias de la otra.

—¡Vamos a abrirla! —Rosa sacudió la pequeña caja de metal por encima de su cabeza.

—¿Qué hay? ¡Déjame ver!

La abrió sin cuidado y lo que había en su interior se esparció sobre el suelo. El recipiente era pequeño, así que su contenido, por obligación, era escaso. Una pulsera de cuentas rojas, un llavero de Piolín, un botón verde y un par de folios doblados alrededor de un bolígrafo enano, que se desplegaron ante nosotros.

Rosa fue la primera en reaccionar y se apropió de la pulsera. Nos miró guasona y entrecerró los ojos para mirarnos de forma amenazadora.

—¡Esto es mío!

—Rosa, has cogido lo único que vale la pena —bufó Ismael, observando de cerca el llavero—. Tienes que dejar algo para el que venga detrás.

—¿Crees que va a haber otro pringao que haga esta tontería? Menudo ojo has tenido para escoger jueguecito, chaval.

Me mordí la lengua para no discutir, no me quedaba paciencia y no tardaría en sacarme de mis casillas.

—Voy a intercambiar mi llavero por este. Aunque no me gusta mucho… ¿Qué vas a poner, Sofía?

Rosa puso el botón verde en mi mano, un botón enorme, mucho más grande que el nuevo llavero de Ismael.

—Para Sofía no hay nada, así que no hace falta que ponga nada.

La cara de Sofía no mostraba emoción alguna, continuaba limpiándose las manos con el pañuelo y evitaba mirarnos fijamente.

—¿Quieres el botón? —le ofrecí.

—¿Y para qué quiero yo un botón?

Su tono fue cortante, casi me sentí ofendido por la manera en que me lo dijo. Como si parte de la culpa de lo que había sucedido fuera mía. Podía entender que estuviera molesta por los desplantes continuos de Rosa, pero yo no le había hecho nada.

Su pregunta le sirvió para ganarse un par de maldiciones de la bruja, a la que observaba de reojo sin contestarle a ninguna de sus provocaciones. Un papel crujió bajo mis zapatillas, el mismo que habíamos visto al caer la caja pequeña al suelo y que habíamos olvidado. Eran varias hojas dobladas en las que otras personas antes que nosotros, tras haber andado el mismo camino, habían firmado como si se tratara de un libro de visitas. Algunos habían dejado mensajes breves en aquellas líneas recordando a los velluteros y, sobre todo, a aquella que nos había motivado a seguir.

En la otra hoja, firmada por una vellutera anónima, la protagonista de nuestra historia, nos hablaba de que gracias a nosotros el recuerdo de su historia no caería en el olvido. Que otras velluteras o artistas de la seda, como a ella le gustaba llamar a su profesión, consiguieron con su huelga mejorar sus condiciones laborales en 1902.

—Es curioso que por mucho que pasen los años, la historia sigue siendo la misma.

Antes de que pudiéramos contestar a Sofía, esta se marchó sin apenas dirigirnos la mirada, y mucho menos despedirse.

Yo pensé que no la volvería a ver en lo que restaba de verano. ¿Cómo iba a pensar que la vería esa misma noche con otros ojos y nos embarcaríamos en una aventura?

Sofía

Estar con Rosa me agotó, física y mentalmente. El sonido de su voz era chirriante y molesto. Creo que en el pasado no le caía muy bien. Yo, desde luego, no la soportaba.

Aquella tarde parecía eterna y, aunque el juego fue emocionante, contaba cada segundo deseando que aquello llegara a su fin. Me cansé de fingir que no me importaban sus groserías y estuve más tiempo del que me obligó mi madre. Dos horas completas de reloj y veintitrés minutos. Ni uno más ni uno menos.

Me escabullí como pude entre el gentío, evitando que me rozaran, y me adentré en una Valencia llena de callejuelas estrechas con muchas tiendas de ropa. Bordeé la calle Colón, evitaría a toda costa guiar mis pasos por allí, y anduve por aquellas menos transitadas que conseguían apagar las voces de la gente. Podía respirar con mayor tranquilidad y menos agobio.

Tenía los pies doloridos, pero no quería regresar a casa. No, porque sabía que mi madre invadiría mi habitación con preguntas insistentes y tendría que mentir para que me dejara en paz. Y a mí no me gusta mentir. Lo odiaba y lo sigo odiando.

Sin volver a meterme en el distrito de Ciutat Vella —ya había tenido bastante por una temporada de caminar por el centro—, me adentré en el distrito vecino, Eixample. Recorrí el Pla del Remei, uno de los barrios más exclusivos de Valencia, donde las fachadas modernistas y neogóticas de los edificios eran verdaderamente hermosas. Como la fachada de la casa de los dragones con sus ojos punzantes, que te atravesaban y conseguían convertirte en un ser menudo como una hormiga.

El poder adquisitivo en aquella zona es mayor, así te lo gritaban los escaparates y los restaurantes. El lujo se pavoneaba sin tapujos, mostrándose orgulloso en la calidad de los tejidos. Sin embargo, para mí eran tan poco interesantes que ni les dediqué un segundo de mi tiempo.

Fue una larga caminata, pero por fin llegué a mi objetivo: los jardines del cauce del río. Me encantaba bajar por las escalinatas de piedra y oler el césped y la tierra. Los ciclistas y los corredores cruzaban por los senderos como si les pertenecieran. Tampoco me interesaban y los dejé atrás.

El Palau de la Música siempre me ha maravillado, al igual que la explanada que se extiende delante de él. Mi padre, amante de la arquitectura, me había hablado de Ricardo Bofill, el arquitecto que diseñó este tramo del jardín con un sendero de naranjos, y no nos olvidemos de la fuente.

Concluí la tarde de la mejor manera que sabía, me senté a observar a los perros en su paseo vespertino. Un golden retriever, peludo y bien repeinado, corría como un loco con una pelota de tenis en la boca. Se la había robado a otro perro, mestizo, parecía una mezcla de galgo y mastín de color canela. Luego llegó un bichón maltés ruidoso y blanco como la nieve, de ojos brillantes. Una pareja de chihuahuas frenéticos ladraba a todo aquel que los miraba.

Mi alegría fue mayúscula cuando vi al chico del monopatín con un hurón en sus brazos. Un Mustela putorius furo. Impresionante. Siempre atraía la atención de todos en el lugar y bombardeaban al chico con preguntas, en su mayoría, estúpidas. Si se molestaran en buscar en Internet se darían cuenta de lo absurdas que resultaban.

Yo quería acercarme, preguntarle, pero ¿cómo hacerlo? Me quedaba mirando desde lejos, tragando saliva e imaginándome cómo iniciar una conversación normal en la que fluyeran las palabras, sin necesidad de tanto ensayo en mi imaginación. ¿Por qué no podía acercarme y hablar como todos ellos?