Orar con Madeleine Delbrel - Bernard Pitaud - E-Book

Orar con Madeleine Delbrel E-Book

Bernard Pitaud

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Beschreibung

Madeleine Delbrêl es una mujer marcadamente diferente a las mujeres de su época; es incomparablemente distinta de la mayoría de los cristianos laicos de su tiempo; es única en su comprometido y alentador trabajo como mujer cristiana; es modelo por su entrega a las causas de los desfavorecidos; es verdaderamente especial en su diálogo y en sus relaciones en el medio filocomunista en el que vive y trabaja; es veraz en su interrelación con los pobres y, en general, con las gentes de los barrios y la gran ciudad.Este libro es un compendio de los principales ejes de la vida interior, social y eclesial de Madeleine Delbrêl. En él se ofrece un modo preciso de adentrarnos en su mística evangélica y en su espiritualidad misionera.

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Seitenzahl: 140

Veröffentlichungsjahr: 2019

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PRÓLOGO A LA EDICIÓN ESPAÑOLA

Madeleine Delbrêl es una mujer marcadamente diferente a las mujeres de su época; es incomparablemente distinta de la mayoría de los cristianos laicos de su tiempo; es única en su comprometido y alentador trabajo como mujer cristiana; es modelo por su entrega a las causas de los desfavorecidos; es verdaderamente especial en su diálogo y en sus relaciones en el medio filocomunista en el que vive y trabaja; es veraz en su interrelación con los pobres y, en general, con las gentes de los barrios y la gran ciudad; impresiona verla en el enfoque que hace de sus capacidades de modo personal y polifacético, especialmente en el campo del arte; fascina por su capacidad de escribir y comunicar de forma original; y, sin que ella lo pretenda, sabe llegar al corazón y sabe regenerar y reorientar el pensamiento de los que la leen o escuchan. Le apasiona la filosofía en su etapa universitaria en la Sorbona; le entusiasma ensayar, bailar y hacer pinitos literarios de gran originalidad. Y abre caminos, como pocos, en la opacidad de la contemplación silenciosa y en el apasionante mundo de la mística, de modo singular por su estado laico. Y, por último, impresiona verla gestando vida comunitaria entre sus hermanas de comunidad, como en la visita y la acogida de creyentes, a los que se une en la oración, tanto en la casa como en el centro de la vida de la Iglesia de su parroquia de Ivry. Podéis deteneros con un mayor empeño en la breve biografía que adjuntamos en este volumen.

Para los Amigos de Madeleine es un regalo indispensable contar con este volumen de Bernard Pitaud en español. Madeleine, de cuyas obras completas ya se han publicado más de diecisiete volúmenes en París, en la editorial Nouvelle Cité, es sumamente conocida en Francia, así como en Italia y Alemania, entre otros países. En España no hemos sido tan afortunados. Apenas contamos con algún libro traducido, con traducciones incompletas, y algunos de ellos ya agotados y sin reeditar. Era necesario, pues, abordar las dificultades de publicación, y por tanto de conocimiento, de Madeleine por parte de las comunidades cristianas y de los buscadores de profetas auténticos, de modo que puedan ir desvelando el secreto de esta cristiana fuera de lo común, de esta m ujer de Dios y de sus hermanos, mujer espléndida.

El libro que tienes en tus manos es un compendio de los principales ejes de la vida interior, social y eclesial de Madeleine. Nos ofrece un modo preciso de adentrarnos en su mística evangélica y en su espiritualidad misionera a través de quince meditaciones.

A través de esos ejes vamos a encontrar acceso a su espiritualidad del encuentro: la calle y la puerta abierta de su casa van a ser un símbolo de pertenencia a una muchedumbre de gente ordinaria, de gente sencilla metida en el espesor del mundo: «Nosotros, gente común y corriente, creemos con toda nuestra fuerza que esta calle, que este mundo en el que Dios nos ha puesto, es para nosotros el lugar de nuestra santidad».

Madeleine nos aparecerá siempre como una mujer deslumbrada por Dios, a la que el encuentro con Cristo le comunica una paz que nadie le podrá quitar. Y también como una mujer apasionada por el Evangelio: «La Palabra del Señor forma un todo. No se puede dislocar ni desmembrar». El Evangelio nos abre a las esperanzas más profundamente humanas. Hemos de «ponernuestro corazón a la escucha del corazón del otro».

Madeleine descubre la importancia de la adoración. Descubre su fuerza al leer a san Juan de la Cruz y a Carlos de Foucauld. Es lo infinitamente pequeño y pobre que se alegra ante la magnificencia divina. En medio de esta vida sencilla y ordinaria hacen faltan hombres y mujeres de adoración. En los desiertos contemporáneos, en el corazón de las ciudades, ella vive una fe capaz de glorificar a Dios. El P. Foucauld le influye positivamente: «En cuanto creí que había un Dios comprendí que no podía sino vivir para él». Para Madeleine, el desierto es la gran muchedumbre que no conoce a Dios.

Hemos de dejar a la Palabra de Dios hacerse carne en nosotros. «La Palabra de Dios no se lleva al final del mundo en un maletín. Se la lleva en uno mismo». «No se trata de rectificar la Palabra para ponerla al gusto de la gente». «Una vez que esa Palabra se encuentra en nosotros, no podemos guardarla solo para nosotros. Pertenece a aquellos que la esperan».

Existe, según ella, una palabra y un silencio apostólicos. Con el misterio de la encarnación, Jesús ha sellado una alianza indestructible e inaudita. «Empieza un día más. Jesús quiere vivirlo en mí. No está encerrado. Ha caminado entre los hombres. Conmigo está entre los hombres de hoy. Va a encontrarse con cada uno de los que entren en casa, con cada uno de los que me cruce por la calle... Todos serán los que él ha venido a buscar».

«Sin Dios todo es miseria». Deslumbrada por Dios, Madeleine es consciente de haber sido salvada del absurdo, de la nada, de la muerte y de la desesperación. «No hay otra evangelización sino la de llevar el Evangelio en nuestra piel, nuestras manos, nuestros corazones, nuestras cabezas...». Había sido deslumbrada por Dios y lo sigue siendo. Hay que desplazarse para ir al encuentro de los que dicen no creer. Estamos convencidos de que «el ambiente ateo es una circunstancia favorable para nuestra propia conversión».

Vivir la obediencia de la fe. Descifrar, discernir, contemplar la voluntad de Dios a través de los acontecimientos diarios es clave en la vida de Madeleine. Una obediencia que no es pasividad, sino llamada a amar: «Vivir la inmensidad real de la vida».

Somos solidarios de toda la humanidad... Somos alianza entre Dios y los hombres. Jesús se hizo solidario de los hombres ordinarios, de la gente de la calle que encontramos cada día. «Ser servidores los unos de los otros, ser los últimos». «Ser los que se humillan no es literatura, no es un mito: es la obediencia mutua cristiana». «Cristo se hizo obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz».

Para Madeleine, la bondad es la traducción del misterio de la caridad. «La bondad es la fuerza de la santificación de los santos, la fuerza de conversión de nosotros mismos, de nuestra misión entre los indiferentes, los no creyentes y los infieles absolutos». Tiene páginas de una gran belleza sobre la bondad, que, según ella, es «la carne de la caridad». Referencia de bondad para ella es el papa Juan XXIII, que «tendió sus brazos al mundo y lo abrazó».

La bondad del corazón que viene de Cristo, dada por él, es para el corazón no creyente o indiferente el sabor desconocido de Dios. No se anuncia el Evangelio a no ser que sepamos reproducir el «corazón a corazón» del cristiano con el Cristo del Evangelio. Nada en el mundo nos dará la bondad de Cristo sino el mismo Cristo. Nada nos dará el acceso al corazón de nuestro prójimo sino el hecho de haber dado a Cristo el acceso al nuestro.

Esta obra termina con una meditación sobre la oración. Hay que «perforar» la realidad, penetrar en el corazón del mundo para después llevarle hacia el cielo. Son las famosas perforaciones de las cuales nos habla Madeleine.

En 1997, el antiguo obispo de Créteil, François Frétellière, en una pequeña publicación con el título Cruce de caminos, hablaba de los dinamismos de Madeleine Delbrêl, y los resumía en seis puntos:

1. Es en la vida ordinaria donde Madeleine quiere vivir su fe, su misión; y donde quiere encontrar los caminos de la santidad.

2. La carta magna del cristiano es el Evangelio.

3. Madeleine, por tanto, considera que lo esencial es vivir en lo cotidiano la fraternidad de la calle, el amor concreto de toda persona que sale a nuestro encuentro.

4. Madeleine se dirige de manera natural hacia aquellos que no comparten nuestra fe.

5. Para mantenerse firme en esta situación del creyente en medio de una sociedad que discurre por otro camino, la oración es totalmente necesaria.

6. Y, como colofón, su fidelidad sin «fisuras» a la Iglesia, condición indispensable para quien quiere ser fiel a Jesucristo, al Evangelio, a la fe y a la misión.

Para la Asociación de los Amigos de Madeleine Delbrêl en España es una inmensa satisfacción poder prologar este libro soñado y esperado desde hace años. Hemos de dar gracias al P. Napoleón Ferrández, sacerdote de la diócesis de Madrid y profesor de la Universidad Eclesiástica San Dámaso, y a su ayudante, Dª Inmaculada Bustamante Gil, gracias a los cuales hemos podido obtener una magnífica traducción del francés de la obra que os presentamos. El texto es un importante y adecuado resumen del pensamiento y de los textos esenciales de Madeleine Delbrêl. Estamos felices y agradecidos a PPC y a su director, D. Pedro Miguel García Fraile, por la rapidez en la decisión de apostar por la publicación de este libro de Madeleine y de otros que pudieran llegar, como una próxima biografía (Poète, assistante sociale et mystique), en cuya traducción se trabaja en estos momentos; así como por el empeño en hacer una magnífica presentación de este volumen y por el entusiasmo puesto en esta ardua y apasionante tarea de dar a conocer en profundidad la obra de Madeleine Delbrêl.

ASOCIACIÓN DE LOS AMIGOS DE

MADELEINE DELBRÊL EN ESPAÑA

PRIMER DÍA

NOSOTROS, GENTE DE LA CALLE

Hay lugares donde sopla el Espíritu, pero hay un Espíritu que sopla en todos los lugares.

Hay personas a las que Dios toma y pone aparte.

Hay otros a los que deja en medio de la gente, a los que «no retira del mundo».

Esta es la gente que tiene un trabajo ordinario, que tiene un hogar ordinario o son solteros ordinarios. Gente que tiene enfermedades ordinarias, con su pena ordinaria. Gente que tiene una casa ordinaria, que viste ropas ordinarias. Es la gente de la vida ordinaria.

La gente que se encuentra en cualquier calle. Aman la puerta que da a la calle, como sus hermanos invisibles al mundo aman la puerta que se cierra definitivamente tras ellos.

Nosotros, la gente de la calle, creemos con todas nuestras fuerzas que esta calle, que este mundo donde Dios nos ha puesto, es para nosotros el lugar de nuestra santidad.

Creemos que no carecemos de nada, porque, si algo de lo necesario nos faltara, Dios ya nos lo habría dado (O. C. VII, pp. 23-24).

Estas pocas líneas, que constituyen el inicio de un texto muy conocido, fueron escritas por Madeleine en 1938, solo cinco años después de su llegada a Ivry. Dan título al primer volumen de sus escritos, publicado tras su muerte, en 1966, Nosotros, gente de la calle. Estas palabras expresan bien sus primeras intuiciones apostólicas, que todavía permanecen vivas en ella y que no han dejado de crecer y enriquecerse.

Aunque ella no haya retomado la imagen frecuentemente en sus obras posteriores, en el pensamiento de Madeleine es un lugar con una gran carga simbólica. Se trata de la calle por donde transitan las masas anónimas; pero para ella es también el lugar del encuentro si se acepta salir del anonimato y se ayuda a otros a salir consigo. La calle, tanto en París como en las afueras, está, de alguna manera, prolongada por el metro, donde se amontonan las multitudes y desde donde son vertidas de nuevo a la calle. Si queremos encontrar a la gente, es necesario abrir nuestra puerta y salir a la calle, a menos que sean ellos los que acepten entrar en nuestras casas. Sin embargo, solo entrarán en nuestra casa si nos acercamos a ellos. En cualquier caso, es necesario que la puerta de nuestra casa esté abierta. La puerta del número 11 de la calle Raspail, en Ivry, donde Madeleine vivía con sus compañeras, siempre lo estaba. Madeleine la cruzaba constantemente para encontrarse con la gente de la calle, la gente ordinaria de la que ella formaba parte. De esta manera, cualquiera podía entrar. En otro texto, escrito en 1956, ella habla de la casa, «que tendría que estar constantemente preparada para ser abandonada; así como estar preparada para la hospitalidad... Una casa que diga: “Soy una casa donde todos somos transeúntes: ni más ni menos”» (J. C., p. 158).

No es tan fácil abrir nuestra puerta, salir al encuentro de los demás, dejarles entrar en nuestra casa. Supone una disponibilidad, una pobreza, una apertura de corazón. Habitualmente estamos tan bien instalados que no tenemos ganas de salir de nosotros mismos; o bien nos refugiamos rápidamente, solos, por supuesto, pues solo hay sitio para nosotros. Solo el amor puede sacarnos de nosotros. Por eso, sin duda, Madeleine nos dice que tenemos necesidad de amar nuestra puerta que se abre a la calle. Ciertamente, la expresión «amar una puerta» puede sorprendernos. Amar a la gente es fácil de entender, pero ¿por qué amar una puerta?

En el evangelio de Juan, Jesús dice que él es «la puerta de las ovejas» (Jn 10,7). Es por él, y solo por él, por quien las ovejas entran y salen del redil. La puerta que nos da acceso a la calle la amamos porque es el mismo Cristo, que nos envía hacia los hermanos; como los monjes aman esa puerta que se cierra detrás de ellos porque es Cristo quien les abre al silencio y a la contemplación del Padre. Es Cristo, en quien podemos poner nuestro amor, quien nos lleva al encuentro con los demás. Como él mismo ha «salido» del Padre para venir a nuestro encuentro, así nosotros salimos de nosotros mismos para abrirnos a aquellos que pasan por la calle o que se apresuran en el metro. En cualquier caso, cuando Madeleine emplea la imagen de la puerta, es para hablar del amor: «Porque es en las virtudes como las vírgenes prudentes, con la lámpara en sus manos, permanecen acurrucadas en la única puerta, la puerta del amor, de la solicitud fraterna, la única puerta que se abre para las nupcias de Dios con sus amigos» (O. C. III, p. 47). ¿Será la calle la nueva sala donde Dios se una con sus amigos?

Para nosotros, gente de la calle y de la vida ordinaria, la puerta nos entrega a los hermanos a través de la banalidad de la vida cotidiana que compartimos con ellos. Pertenecemos a esa multitud innumerable de gente ordinaria a la que Dios no ha retirado del mundo. La vida que llevamos habitualmente no tiene nada de extraordinaria. Por tanto, con sus penas y sus alegrías ordinarias, constituye para nosotros el lugar de nuestra vocación cristiana. No tenemos que ser puestos aparte, como los monjes, nuestros «hermanos invisibles al mundo»; como los misioneros, nuestros «hermanos blancos», como Carlos de Foucauld, hacia el que Madeleine profesaba una profunda admiración. Nosotros hemos sido dejados en el mundo. Pero, atención, si Dios nos deja en el mundo, es, en primer lugar, porque nos ha puesto en él, nos ha enviado. Aquí y no en otra parte es donde estamos llamados a la santidad, porque aquí es donde Dios quiere que estemos hoy.

Si esa es su voluntad, está claro que también nos ha dado los medios con los que poder responder. «No nos falta nada de lo necesario», dice Madeleine. Como perpetuos insatisfechos, soñamos permanentemente con vivir otras circunstancias, con amar a otros hermanos, con instalarnos en otras condiciones. Sin embargo, lo que se nos ha dado es nuestro hoy tal y como es en su realidad. Somos «personas hundidas en lo más profundo de la espesura del mundo, separadas de este mundo por ninguna regla, por ningún voto, ningún hábito, ningún convento» (O. C. VII, p. 82).