Orgullo y Prejuicio - Jane Austen - E-Book

Orgullo y Prejuicio E-Book

Jane Austen.

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Beschreibung

Orgullo y Prejuicio, una de las novelas más célebres de Jane Austen, es un brillante ensayo sobre las costumbres sociales y las relaciones humanas de la Inglaterra del siglo XIX. A través de la historia de Elizabeth Bennet y su relación con el orgulloso señor Darcy, Austen explora los temas del orgullo, la clase social, el matrimonio y el prejuicio. Su estilo literario destaca por la ironía, el humor sutil y un profundo conocimiento de la psicología de sus personajes, lo que permite al lector sumergirse en un contexto social donde las convenciones dictaban las acciones individuales. La novela refleja de manera incisiva las limitaciones impuestas a las mujeres de su época y su lucha por la independencia y el amor verdadero. Jane Austen, reconocida como una de las figuras más importantes de la literatura inglesa, nació en 1775 en Hampshire. Su educación y el entorno familiar fomentaron su amor por la lectura y la escritura. 'Orgullo y Prejuicio', publicada en 1813, surgió en un momento en que la literatura comenzaba a cuestionar las normas sociales y el papel de la mujer, reflejando sus propias experiencias y las de sus contemporáneas. La habilidad de Austen para entrelazar comentarios sociales con historias románticas la consolidó como pionera en la novela de carácter femenino. Recomiendo encarecidamente 'Orgullo y Prejuicio' no sólo por su prosa exquisita y su humor agudo, sino también por su relevancia perdurable. Es un texto que, a pesar de su contexto histórico, dialoga con problemáticas contemporáneas sobre la identidad y el empoderamiento femenino, convirtiéndola en una lectura esencial para cualquier amante de la literatura. En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura: - Una Introducción sucinta sitúa el atractivo atemporal de la obra y sus temas. - La Sinopsis describe la trama principal, destacando los hechos clave sin revelar giros críticos. - Un Contexto Histórico detallado te sumerge en los acontecimientos e influencias de la época que dieron forma a la escritura. - Una Biografía del Autor revela hitos en la vida del autor, arrojando luz sobre las reflexiones personales detrás del texto. - Un Análisis exhaustivo examina símbolos, motivos y la evolución de los personajes para descubrir significados profundos. - Preguntas de reflexión te invitan a involucrarte personalmente con los mensajes de la obra, conectándolos con la vida moderna. - Citas memorables seleccionadas resaltan momentos de brillantez literaria. - Notas de pie de página interactivas aclaran referencias inusuales, alusiones históricas y expresiones arcaicas para una lectura más fluida e enriquecedora.

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Veröffentlichungsjahr: 2023

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Jane Austen

Orgullo y Prejuicio

Edición enriquecida.
Introducción, estudios y comentarios de Lucas Paredes
EAN 8596547767862
Editado y publicado por DigiCat, 2023

Índice

Introducción
Sinopsis
Contexto Histórico
Biografía del Autor
Orgullo y Prejuicio
Análisis
Reflexión
Citas memorables

Introducción

Índice

En un mundo donde el matrimonio funciona como brújula social y medida del carácter, una familia con cinco hijas navega entre salones, fortunas y juicios precipitados. Orgullo y Prejuicio sitúa esa tensión íntima y pública en el centro: el deseo de afecto verdadero frente a los dictámenes de clase, dinero y reputación. Jane Austen convierte la vida cotidiana en escenario de estrategias y malentendidos, donde una mirada, una palabra o un silencio inclinan destinos. La agudeza con que indaga en los motivos humanos confiere a su historia una vitalidad que no se apaga, porque lo que está en juego es la libertad de pensar y de elegir.

El estatus de clásico de esta novela se sostiene en su equilibrio excepcional entre deleite narrativo y análisis social. Austen combina una prosa nítida con una ironía cálida pero incisiva, capaz de revelar debilidades sin crueldad y de mostrar virtudes sin ingenuidad. Sus temas —la formación del juicio, las presiones del entorno, la negociación entre deseo y deber— continúan interpelando a lectoras y lectores. A ello se suma una arquitectura narrativa de admirable precisión, cuyo ritmo, escenas de sociedad y retratos psicológicos han modelado la tradición de la novela de costumbres y la comedia de modales en múltiples lenguas.

La autoría corresponde a Jane Austen, escritora inglesa nacida en 1775 y fallecida en 1817. Compuso una primera versión de esta historia hacia 1796–1797 con el título inicial de First Impressions, y la revisó años más tarde. Fue publicada en 1813, en plena era de la Regencia británica, de manera anónima como era costumbre en sus primeras obras. Situada en el tránsito entre el siglo XVIII y el XIX, la novela recoge cambios de sensibilidad y de estructura social que marcaron la Inglaterra de su tiempo, y los filtra por la vida privada de familias acomodadas de provincias.

El punto de partida es sencillo y fértil: en una comunidad rural, la llegada de nuevos vecinos de fortuna altera expectativas, conversaciones y proyectos. Los Bennet, con cinco hijas y un patrimonio limitado, afrontan la urgencia de asegurar el porvenir dentro de un sistema que privilegia la herencia masculina. En ese tablero de relaciones, la cortesía, el baile y las visitas se vuelven tácticas y lenguaje. Lo que parece mero entretenimiento social se revela como campo de prueba para la perspicacia, la integridad y la capacidad de leer a los otros sin dejarse arrastrar por primeras impresiones.

Austen sitúa su relato en un entorno de casas de campo, asambleas locales y paisajes que, más que decorado, funcionan como reflejo de costumbres y jerarquías. La etiqueta define accesos y barreras invisibles; las rentas, títulos y conexiones modelan reputaciones y márgenes de maniobra. El sistema de mayorazgo y de restricción de herencia condiciona el destino de las mujeres, al subordinar su seguridad económica a alianzas familiares. Sin acudir al panfleto, la autora muestra la fuerza de esos condicionantes, y cómo se filtran en conversaciones, expectativas y silencios que enmarcan la vida emocional y los proyectos de futuro.

Entre los personajes destaca una joven observadora y aguda, cuya inteligencia se abre paso en un ambiente saturado de opiniones ajenas. A su alrededor, figuras de temperamentos variados encarnan virtudes y flaquezas: amistades abiertas y afectuosas, señores reservados cuya posición provoca recelos, parientes bien intencionados pero indiscretos, y autoridades locales satisfechas de sí mismas. Austen les otorga voz y hábitos reconocibles, que emergen con rasgos discretos y constantes. El resultado es una galería que evita el trazo grueso y permite al lector reconocer en cada gesto una forma de estar en el mundo, con sus límites y sus posibilidades de cambio.

La técnica narrativa contribuye de modo decisivo a la fuerza del libro. La autora emplea con maestría el estilo indirecto libre, fundiendo la perspectiva de la narradora con la conciencia de sus criaturas de papel. Esa proximidad matizada permite percibir cómo se forman y se corrigen opiniones, y cómo los matices del lenguaje —una cortesía demasiado fría, una broma mal calibrada, un elogio torpe— modifican la lectura de un carácter. El humor, lejos de trivializar, afina la percepción; el ritmo, sostenido por escenas de conversación, cartas y visitas, otorga a lo cotidiano un pulso dramático constante.

En el corazón de la novela laten preguntas sobre el juicio moral: qué significa conocer a alguien, cómo pesan los sesgos de origen, riqueza o fama, de qué manera la educación sentimental puede fortalecer o extraviar la autonomía. El orgullo aparece como afirmación de valía que puede volverse ceguera; el prejuicio, como filtro cómodo que distorsiona evidencias. Austen no ofrece lecciones explícitas, sino situaciones que invitan a la reflexión. En ese espejo delicado, el lector observa la negociación entre amor propio y respeto al otro, y la necesidad de sostener convicciones sin anular la disposición a revisar puntos de vista.

El impacto literario de Orgullo y Prejuicio ha sido amplio y sostenido. Desde su publicación, la novela ha gozado de gran lectura y ha sido objeto de admiración crítica por su equilibrio entre gracia y profundidad. Ha nutrido la novela de costumbres y la comedia romántica, y su huella se percibe en obras posteriores que exploran el lugar de la mujer, la vida doméstica y la relación entre sentimientos y estructuras sociales. Su presencia en la cultura se amplifica mediante adaptaciones para teatro, cine y televisión, que han llevado sus personajes y situaciones a nuevas generaciones sin agotar la frescura del original.

En el panorama de la narrativa inglesa, el libro ocupa una posición de puente: aprovecha la herencia de la novela dieciochesca, con su interés por la moral y la sociabilidad, y prepara el terreno para el realismo decimonónico, atento a la observación y al detalle. Su comicidad no es evasiva; es un lente que ilumina el conflicto entre interioridad y convención. La economía expresiva y la precisión de su diseño estructural permiten que cada episodio contribuya al cuadro general, de modo que las escenas, por pequeñas que parezcan, resuenen en la trama del entendimiento humano.

La premisa central —la confrontación entre primeras impresiones y comprensión madura— otorga al relato una dirección nítida y flexible. Las reuniones sociales, los paseos y las visitas familiares funcionan como catalizadores de percepciones, malentendidos y rectificaciones. Austen exhibe una paciencia narrativa que confía en la atención del lector y recompensa la observación de gestos y silencios. Sin recurrir a artificios extravagantes, levanta un arco emocional verosímil, sostenido por la coherencia del carácter y por la lógica de un mundo en el que el lenguaje y la conducta tienen consecuencias públicas y privadas.

Volver hoy a Orgullo y Prejuicio es descubrir su vigencia en debates sobre autonomía, apariencia y poder de las narrativas sociales. Persisten las presiones de pertenecer y de ser vistos favorablemente, aunque cambien los escenarios. La novela ofrece un espacio para pensar la formación del criterio, la escucha del otro y la responsabilidad afectiva. Su atractivo duradero reside en que, más allá del retrato de una época, propone una ética del discernimiento: aprender a mirar mejor. Esa invitación, sostenida por ingenio, claridad y humanidad, explica por qué la obra continúa viva, legible y necesaria para lectores de distintos tiempos.

Sinopsis

Índice

Publicada en 1813, Orgullo y prejuicio, de Jane Austen, se sitúa en la Inglaterra rural de la Regencia y observa con ironía las costumbres de la pequeña nobleza y la burguesía acomodada. La trama gira en torno a la familia Bennet, con cinco hijas y una herencia sujeta a mayorazgo que excluye a las mujeres. El matrimonio aparece como horizonte económico y social, más que como ideal romántico. La narración sigue de cerca a Elizabeth Bennet, cuya inteligencia y juicio independiente chocan con expectativas rígidas. A través de diálogos y escenas de convivencia, la novela explora jerarquías de clase, normas de conducta y tensiones entre deseo personal y presión comunitaria.

La llegada del acaudalado señor Bingley a la finca de Netherfield despierta expectativas en la comarca. En el primer baile en Meryton, su trato afable contrasta con la reserva del señor Darcy, cuya frialdad y un desaire hacia Elizabeth Bennet alimentan murmullos sobre su orgullo. Jane Bennet y Bingley muestran afinidad inmediata, mientras la señora Bennet fantasea con futuros arreglos. La comunidad, atenta a modales y fortuna, fija juicios veloces a partir de apariencias. Desde el inicio se plantean los ejes temáticos: cómo las primeras impresiones condicionan la valoración del carácter y cómo el rango y el dinero median el cortejo y la reputación.

Un pretexto social lleva a Jane a Netherfield; cae enferma y Elizabeth acude a cuidarla, prolongando su estancia entre Bingley, su hermana Caroline y Darcy. En las veladas del salón se cruzan cortesías, pullas y exhibiciones de gusto, donde la pretensión de Caroline contrasta con la sencillez de Jane y el buen humor de Bingley. Darcy observa el ingenio de Elizabeth en discusiones sobre lectura y modales, aunque mantiene una distancia gobernada por su sentido de la conveniencia. Estas escenas delinean diferencias de temperamento y educación, y muestran cómo la convivencia revela virtudes y flaquezas que la etiqueta, por sí sola, no alcanza a ocultar.

El señor Collins, clérigo y heredero de Longbourn debido al mayorazgo, visita a los Bennet. Fiel cortesano de su patrona, Lady Catherine de Bourgh, exhibe una mezcla de solemnidad y complacencia que provoca incomodidad y comicidad a partes iguales. Decidido a casarse por obligación práctica, propone matrimonio a Elizabeth, quien lo rechaza con firmeza para preservar su criterio y su bienestar. Poco después, Charlotte Lucas, amiga cercana, acepta una oferta suya desde una perspectiva pragmática. Austen contrapone así ideales afectivos con la seguridad económica que ofrece un enlace conveniente, subrayando la diversidad de motivaciones que sostienen la institución matrimonial en su época.

En Meryton, Elizabeth conoce al oficial Wickham, cuya simpatía y facilidad de trato ganan rápidamente adhesiones. Sus alusiones a un pasado conflictivo con Darcy, escuchadas en ambientes semiclandestinos y reproducidas por la conversación local, pintan a este último bajo una luz poco favorable. Predispuesta por el traspié del baile, Elizabeth se inclina a creer esa versión, reforzando su escepticismo. Austen examina aquí la credulidad selectiva, el atractivo del relato bien contado y la fragilidad de la reputación cuando depende de testimonios parciales. El contraste entre apariencias y carácter se intensifica, dejando al lector ante la pregunta de quién merece confianza.

De forma inesperada, Bingley abandona Netherfield rumbo a Londres, alentado por su círculo; Jane, discreta, disimula el desconsuelo. Elizabeth atribuye la separación entre ambos al orgullo de clase y a la intervención de amistades influyentes, entre ellas Darcy y la señorita Bingley. Más tarde viaja a Kent para visitar a Charlotte y al señor Collins, ahora establecidos, y conoce la fastuosidad de Rosings Park y a la imperiosa Lady Catherine. La presencia simultánea de Darcy y de su primo, el coronel Fitzwilliam, reaviva tensiones y malentendidos. Las conversaciones, cuidadosamente vigiladas por la etiqueta, exponen fricciones entre independencia de juicio y deferencia social.

En ese entorno, Darcy revela un interés que sorprende a Elizabeth y formula una propuesta que ella rechaza, apoyándose en motivos entonces plausibles. Después, él ofrece una explicación escrita de su conducta, incluyendo su papel en la relación entre Bingley y Jane y su versión del conflicto con Wickham. La carta funciona como contrapeso a los rumores, y desencadena en Elizabeth una revisión crítica de sus juicios, hasta entonces influidos por primeras impresiones y relatos halagadores. La trama cambia de signo: del cotejo de apariencias pasa a la autocrítica, sin resolver aún los desencuentros afectivos ni las barreras de clase que los enmarcan.

Meses más tarde, Elizabeth viaja con sus tíos Gardiner hacia el norte y, en una visita circunstancial, recorre Pemberley, la finca de Darcy. El testimonio del personal y la sobriedad del lugar sugieren una faceta de él menos ostentosa y más responsable. El reencuentro, casual y cortés, muestra gestos contenidos que reformulan las percepciones mutuas. Entonces irrumpe una crisis familiar: la hermana menor de Elizabeth toma una decisión imprudente que compromete el honor de los Bennet y coloca a todos bajo el escrutinio público. El foco se desplaza hacia las consecuencias sociales de la ligereza y la necesidad de respuestas efectivas.

Sin detallar desenlaces, el desarrollo posterior obliga a los personajes a sopesar orgullo, prejuicios y lealtades frente a los costos de la reputación en una sociedad vigilante. La novela avanza hacia ajustes de percepción que nacen de la honestidad consigo mismo y de una comunicación más franca, donde la empatía corrige errores de juicio. Orgullo y prejuicio perdura por su retrato agudo del mercado matrimonial, la movilidad limitada por clase y género, y el papel de la fortuna en las decisiones íntimas. Su humor y su mirada moral sin sermón le confieren vigencia, invitando a reexaminar cómo y por qué juzgamos.

Contexto Histórico

Índice

Orgullo y Prejuicio se enmarca en la Inglaterra georgiana tardía y la temprana Regencia, un mundo dominado por la nobleza titulada, la pequeña aristocracia rural y la Iglesia de Inglaterra. La narración transcurre mayormente en condados del sur y centro, con Londres como polo de influencia social. El tejido institucional se sostiene en el derecho de propiedad, la primogenitura y las redes de patronazgo, que determinan posición y destino. En ese escenario, la vida de provincias se articula en torno a casas solariegas, parroquias, mercados y asambleas locales, donde la reputación y la etiqueta obran como moneda de cambio. Austen observa ese orden con una mirada crítica, precisa y contenida.

El telón político es el ciclo de guerras contra la Francia revolucionaria y napoleónica (1793–1815). Aunque la novela evita discursos explícitos, la época imprime prudencia y vigilancia en la sociedad británica, preocupada por el orden y por el posible contagio de ideas subversivas. La Regencia, iniciada en 1811 por la incapacidad de Jorge III, consolidó un estilo cortesano fastuoso y, a la vez, una sensibilidad moral más severa en parte de la opinión pública. Orgullo y Prejuicio refleja ese ambiente mediante alusiones discretas al ejército, a la disciplina social y a la necesidad de moderación en el juicio y la conducta.

El conflicto con Francia movilizó milicias locales que se acantonaban temporalmente en pueblos y villas. Esas unidades, destinadas a la defensa interna, aportaban oficiales jóvenes que animaban bailes y visitas, y alteraban equilibrios de cortejo y reputación. La novela alude a un regimiento en un entorno provincial y a desplazamientos hacia plazas costeras de moda, como Brighton, donde la presencia militar y la sociabilidad ociosa se entrelazan. El interés por uniformes y rangos no es mero decorado: expone cómo el prestigio castrense y la fascinación por lo vistoso pueden encubrir deudas, oportunismos o imprudencias, poniendo a prueba la solidez moral de individuos y familias.

La economía social del relato es la de la pequeña aristocracia rural: ingresos de rentas agrarias, administración de fincas y jerarquías aseguradas por la ley de mayorazgo y los entails, que restringían la herencia a varones de una línea. En el caso de los Bennet, el patrimonio familiar está vinculado a un heredero masculino, lo que agrava la inseguridad de las hijas. Austen exhibe cómo normas jurídicas aparentemente técnicas condicionan el horizonte vital de las mujeres y la continuidad de los linajes. También muestra la vecindad, no exenta de fricciones, entre nobleza titulada y gentry acomodada, unidas por intereses, pero separadas por rango y trato.

El marco legal de la coverture hacía que, al casarse, la personalidad jurídica de la mujer quedara subsumida en la del marido, salvo protecciones pactadas en capitulaciones. Los bienes muebles y rentas femeninas eran, por lo general, administrados por el esposo. En ese contexto, el matrimonio opera como contrato económico y estrategia de seguridad social. La novela exhibe la presión por casar a las hijas de modo conveniente y el papel de dotes y arreglos patrimoniales. Aun así, Austen subraya la necesidad de compatibilizar prudencia económica y respeto a la agencia moral de las mujeres, cuestionando matrimonios concebidos solo como transacción.

A finales del siglo XVIII, el auge del comercio y de las manufacturas del norte de Inglaterra generó nuevas fortunas que aspiraban a integrarse en la élite rural. Orgullo y Prejuicio representa esa movilidad mediante personajes cuyo dinero procede de negocios, no de tierra ancestral, y que buscan una casa de campo y reconocimiento local. La interacción entre riqueza comercial y prestigio terrateniente introduce tensiones de gusto, modales y legitimidad. Austen no demoniza el origen mercantil del dinero, pero examina cómo la estabilidad, la formación del carácter y las redes familiares pesan tanto como la cifra de ingresos a la hora de reconfigurar jerarquías sociales.

Las prácticas de sociabilidad provinciana articulaban la vida pública: asambleas de baile, veladas, visitas regladas y paseos. La etiqueta establecía ritmos de presentación, cortesía y correspondencia, en los que pequeños deslices eran observados con lupa. La novela explota esos rituales para revelar afinidades y fricciones de clase, y para mostrar cómo el espacio comunitario del salón y el baile funcionaba como mercado matrimonial. Lejos de la capital, las elecciones individuales estaban intensamente mediadas por expectativas colectivas y por el control del rumor. Austen convierte ese teatro de modales en un laboratorio de juicio moral y percepción social.

La educación femenina de las clases acomodadas privilegiaba los llamados logros: música, dibujo, idiomas modernos, baile, labores y urbanidad, más que una formación académica sistemática. Manuales de conducta, como los sermones de Fordyce, circulaban como guías de recato y prudencia. Orgullo y Prejuicio confronta esos ideales con la realidad de temperamentos diversos, evidenciando la distancia entre decoro performativo y virtud efectiva. La autora sugiere que el criterio, la lectura y la capacidad de discernimiento son tan importantes como la destreza en el piano, y critica la teatralidad de las etiquetas cuando sirven para encubrir vanidad o vaciedad intelectual.

La Iglesia de Inglaterra vertebraba la vida local mediante parroquias, diezmos y beneficios eclesiásticos. El sistema de patronato permitía a propietarios laicos presentar clérigos a livings, combinando religión, sociabilidad y estructura de poder. En la novela, un clérigo dependiente del favor de una aristócrata ilustra esa red de deferencias y expectativas. El auge evangélico, influyente desde fines del siglo XVIII, promovía piedad práctica y reforma de costumbres, sin desplazar el peso del anglicanismo oficial. Austen observa al clero con ironía y respeto a la vez, diferenciando entre oficio, probidad personal y oportunismo social dentro de un orden confesional estable.

El contexto editorial es clave. Jane Austen redactó un primer texto titulado First Impressions entre 1796 y 1797, rechazado cuando su padre lo ofreció a un editor en 1797. Revisado años después, apareció en 1813 como Orgullo y Prejuicio, impreso por Thomas Egerton en formato de tres volúmenes y publicado anónimamente como obra de la autora de Sentido y Sensibilidad. Austen vendió el copyright por una suma fija, práctica común que limitaba sus ganancias futuras. Las bibliotecas circulantes facilitaron la lectura en préstamo, ampliando el público femenino y de clase media para la novela doméstica y de costumbres, que la autora perfeccionó con singular economía y agudeza.

La cultura epistolar estructuraba la comunicación privada. Antes de la tarifa postal uniforme de 1840, el franqueo se calculaba por distancia y número de pliegos, a menudo pagado por el destinatario. Para ahorrar, se practicaba la escritura cruzada en la misma hoja. Orgullo y Prejuicio incorpora numerosas cartas que aceleran decisiones, malentendidos y reconciliaciones, reflejando la centralidad del papel y del sello en la vida social. La inmediatez del correo, aunque limitada por la logística, confiere verosimilitud a cambios súbitos de planes, viajes y noticias, y ofrece a la narración un registro íntimo de voces, matices y omisiones.

Las mejoras en la red viaria impulsadas por trusts de peaje y el correo a caballo y en diligencia, modernizados desde la década de 1780, redujeron tiempos de viaje entre condados y Londres. Post houses, postillones y posadas articularon un paisaje de movilidad relativamente previsible para las clases acomodadas. En la novela, esa infraestructura permite visitas prolongadas, desplazamientos por asuntos familiares y excursiones, sin convertir el viaje en hazaña. Carrozas privadas y coches de posta señalan estatus, y el coste de caballos y postas incide en decisiones prácticas. La mejora del tránsito sostiene la trama de encuentros y desencuentros a escala regional.

La economía de guerra multiplicó la deuda pública y estimuló ciertos sectores, mientras otros sufrieron carestías e incertidumbre crediticia. En la esfera doméstica, el consumo de telas, encajes, cintas y novedades urbanas marcaba modas y aspiraciones. Comerciantes locales y tiendas londinenses canalizaban bienes que funcionaban como signos de gusto y rango. La novela retrata paseos de compras y la atracción de la capital, exponiendo tanto el placer legítimo del adorno como la propensión a la vanidad. En ese microcosmos, el dinero no solo compra objetos: compra tiempo, educación, desplazamientos y, sobre todo, margen de elección dentro de un rígido horizonte social.

La transformación del campo por los cercamientos, intensa entre mediados del siglo XVIII y comienzos del XIX, consolidó explotaciones más eficientes y alteró patrones comunitarios. Paralelamente, la fiebre del improvement y el paisajismo de Brown y Repton promovieron parques naturales y arquitecturas del gusto que unían utilidad y belleza. En la novela, la visita a una gran finca ilustra la ética del buen administrador, para quien la armonía del paisaje es reflejo de prudencia y responsabilidad. Austen sugiere que el gobierno de la tierra delata el gobierno de uno mismo, sin necesidad de discursos, a través de caminos, arboledas, granjas y casas bien mantenidas.

El orden social exigía vigilancia de la reputación, especialmente femenina. El acompañamiento adecuado, la corrección en el baile, el control del coqueteo y la distancia frente a extraños formaban parte de un código tácito. Huídas impulsivas y matrimonios precipitados eran objeto de censura pública y podían arruinar perspectivas de toda una familia, como recordaban los relatos de fugas a Gretna Green en la frontera escocesa. Austen explora la frontera entre afecto genuino y temeridad, y los límites de la indulgencia social, más preocupada por la apariencia que por el arrepentimiento o la mejora moral sostenida.

Los ingresos anuales, expresados en cifras redondas, operaban como señal social tan elocuente como un título. Unos diez mil al año indicaban un rango muy alto dentro de la gentry; cuatro o cinco mil, una holgura considerable; sumas menores, respetabilidad con restricciones. La novela escenifica cómo la audiencia comunitaria escruta montos, orígenes del dinero y hábitos de gasto para calibrar a los candidatos a matrimonio. Sin embargo, Austen insiste en que la magnitud de la renta no sustituye a la integridad del carácter ni a la capacidad de juicio, relativizando la tiranía del ingreso en la escala de valores personales.

La tradición literaria que alimenta la obra incluye la novela doméstica y de costumbres del siglo XVIII, las sátiras de modales y la narrativa de cortejo. Sin proclamas partidistas, Austen se distancia de la retórica extremada de novelas jacobinas y antijacobinas de la década de 1790, prefiriendo la ironía y el examen del mérito individual. Su prosa depurada, atenta al matiz del diálogo y al pensamiento indirecto, acompasa la crítica de la afectación, del esnobismo y de la credulidad. La novela muestra cómo la autoconciencia puede corregir errores, sin que la rectificación suponga una renuncia al discernimiento propio ni a la independencia de espíritu dentro de lo posible para su tiempo.」「El Imperio británico y el comercio atlántico constituían el telón económico más amplio de la época, con fortunas ligadas a colonias y redes globales. Aunque Orgullo y Prejuicio no tematiza directamente la esclavitud ni la empresa colonial, su mundo social descansa en una economía que integraba ingresos de la tierra, negocios manufactureros y circuitos mercantiles de alcance internacional. La abolición del tráfico de esclavos en 1807 y el debate moral que la acompañó forman parte del horizonte cultural. La novela, sin entrar en esa controversia, subraya que el origen del dinero requiere escrutinio ético y que la respetabilidad no es un atributo automático del patrimonio.」「En suma, Orgullo y Prejuicio funciona como espejo y crítica de su época al representar las intersecciones de ley, economía, guerra y moralidad cotidiana que condicionaban vidas y elecciones. Austen observa con precisión el teatro social de la gentry provincial y usa el romance como prisma para interrogar privilegios, prejuicios y expectativas. La obra confirma la fuerza civilizadora de la conversación, del juicio informado y de la responsabilidad en el uso de la riqueza, sin desconocer los límites que el sistema imponía, en especial a las mujeres. Así, la novela permanece como documento literario y sociológico de la Inglaterra de fines del siglo XVIII e inicios del XIX.

Biografía del Autor

Índice

Jane Austen (1775–1817) fue una novelista inglesa de la transición entre los periodos georgiano y de la Regencia, reconocida por su agudeza narrativa y por sentar un modelo de la novela de costumbres. Sus relatos, centrados en la vida de la pequeña nobleza rural, exploran con ironía las tensiones entre afecto, dinero y normas sociales. Con una prosa sobria y un control excepcional del punto de vista, su obra consolidó recursos que marcarían el realismo posterior. Durante su vida publicó de manera anónima, pero su prestigio se amplificó tras su muerte, hasta ocupar un lugar central en el canon literario en lengua inglesa.

Austen recibió una formación irregular, con etapas breves en escuelas y largos periodos de lectura autodidacta. Desde joven frecuentó bibliotecas de préstamo y fue una lectora atenta de la novela del siglo XVIII. Le influyeron, entre otros, Samuel Richardson, Henry Fielding y Fanny Burney, así como la narrativa moral, la sátira y el teatro doméstico de su época. También conocía la ficción gótica popular y la parodió con ingenio. Sus escritos tempranos muestran gusto por la burla literaria, el intercambio epistolar y los experimentos formales, rasgos que más tarde confluirían en una técnica madura de narración indirecta libre y una ironía sostenida.

En la adolescencia y primera juventud compuso cuadernos de piezas breves hoy conocidos como juvenilia, donde ya ensayó parodias, cartas ficticias y escenas teatrales. A fines de la década de 1790 trabajó en versiones tempranas de novelas que revisaría años después. De ese periodo data también Lady Susan, relato epistolar de tonos satíricos, difundido póstumamente. Comenzó además The Watsons, que quedó inconclusa. En estos intentos tempranos afinó su oído para el diálogo, la construcción de situaciones sociales y la dosificación de la información narrativa, habilidades que sostendrían la arquitectura emocional y moral de sus libros maduros.

Su madurez pública se inauguró con Sense and Sensibility (1811), firmada anónimamente "By a Lady". La siguieron Pride and Prejudice (1813), Mansfield Park (1814) y Emma (1815), todas publicadas por editores londinenses. Estas novelas consolidaron su reputación entre lectores atentos y reseñistas, que valoraron la verosimilitud social, el ingenio y la conducta moral de los personajes. Aunque los tirajes fueron contenidos y los ingresos limitados, cada título amplió su base de lectores. Austen mantuvo un cuidadoso control de sus textos y negoció correcciones en reimpresiones, consciente de la importancia de la estructura, el ritmo y la precisión del lenguaje.

Tras su fallecimiento aparecieron Northanger Abbey y Persuasion (1818), acompañadas por una nota biográfica que reveló su autoría. La primera dialoga con la tradición gótica desde una perspectiva crítica; la segunda ofrece una mirada serena y reflexiva sobre madurez y elección. Ese mismo periodo tardío la encontró comenzando Sanditon, novela que quedó incompleta. Textos como Lady Susan y The Watsons circularon más tarde en ediciones póstumas. Con este cierre editorial, el conjunto de su obra proporcionó un panorama coherente de la vida provincial inglesa y dejó fijados procedimientos narrativos que influirían de modo decisivo en la prosa del siglo XIX.

Austen exploró el entramado social que regula el matrimonio, la herencia y la reputación, mostrando cómo los afectos se ven condicionados por recursos materiales y expectativas de clase. Su técnica, célebre por el uso de la narración indirecta libre, integra comentarios irónicos y una focalización cambiante que acerca al lector a la conciencia de los personajes sin renunciar a la distancia crítica. El diálogo preciso y la economía de la intriga sostienen escenas donde se negocian deber y deseo. Aunque no formuló programas explícitos, su obra cuestiona con sutileza las restricciones de género y los mecanismos de poder cotidianos.

En sus últimos años se dedicó con disciplina a revisar y completar manuscritos, aun cuando una enfermedad progresiva mermaba sus fuerzas; la causa exacta ha sido objeto de debate. Murió en 1817 en Winchester y fue enterrada en su catedral. La recepción de su obra creció sostenidamente durante el siglo XIX y alcanzó gran difusión en los siglos XX y XXI, con innumerables reediciones, estudios académicos y adaptaciones audiovisuales. Escritores y críticos han destacado su maestría técnica, su ironía y su comprensión de la vida social. Su vigencia radica en la claridad con que observa la conducta humana y sus ambivalencias.

Orgullo y Prejuicio

Tabla de Contenidos Principal
CAPÍTULO I
CAPÍTULO II
CAPÍTULO III
CAPÍTULO IV
CAPÍTULO V
CAPÍTULO VI
CAPÍTULO VII
CAPÍTULO VIII
CAPÍTULO IX
CAPÍTULO X
CAPÍTULO XI
CAPÍTULO XII
CAPÍTULO XIII
CAPÍTULO XIV
CAPÍTULO XV
CAPÍTULO XVI
CAPÍTULO XVII
CAPÍTULO XVIII
CAPÍTULO XIX
CAPÍTULO XX
CAPÍTULO XXI
CAPÍTULO XXII
CAPÍTULO XXIII
CAPÍTULO XXIV
CAPÍTULO XXV
CAPÍTULO XXVI
CAPÍTULO XXVII
CAPÍTULO XXVIII
CAPÍTULO XXIX
CAPÍTULO XXX
CAPÍTULO XXXI
CAPÍTULO XXXII
CAPÍTULO XXXIII
CAPÍTULO XXXIV
CAPÍTULO XXXV
CAPÍTULO XXXVI
CAPÍTULO XXXVII
CAPÍTULO XXXVIII
CAPÍTULO XXXIX
CAPÍTULO XL
CAPÍTULO XLI
CAPÍTULO XLII
CAPÍTULO XLIII
CAPÍTULO XLIV
CAPÍTULO XLV
CAPÍTULO XLVI
CAPÍTULO XLVII
CAPÍTULO XLVIII
CAPITULO XLIX
CAPÍTULO L
CAPÍTULO LI
CAPÍTULO LII
CAPÍTULO LIII
CAPÍTULO LIV
CAPÍTULO LV
CAPÍTULO LVI
CAPITULO LVII
CAPÍTULO LVIII
CAPÍTULO LIX
CAPÍTULO LX
CAPÍTULO LXI

CAPÍTULO I

Es una verdad mundialmente reconocida que un hombre soltero, poseedor de una gran fortuna, necesita una esposa.
Sin embargo, poco se sabe de los sentimientos u opiniones de un hombre de tales condiciones cuando entra a formar parte de un vecindario. Esta verdad está tan arraigada en las mentes de algunas de las familias que lo rodean, que algunas le consideran de su legítima propiedad y otras de la de sus hijas.
―Mi querido señor Bennet ―le dijo un día su esposa―, ¿sabías que, por fin, se ha alquilado Netherfield Park?
El señor Bennet respondió que no.
―Pues así es ―insistió ella―; la señora Long ha estado aquí hace un momento y me lo ha contado todo.
El señor Bennet no hizo ademán de contestar.
―¿No quieres saber quién lo ha alquilado? ―se impacientó su esposa.
―Eres tú la que quieres contármelo, y yo no tengo inconveniente en oírlo.
Esta sugerencia le fue suficiente.
―Pues sabrás, querido, que la señora Long dice que Netherfield ha sido alquilado por un joven muy rico del norte de Inglaterra; que vino el lunes en un landó de cuatro caballos para ver el lugar; y que se quedó tan encantado con él que inmediatamente llegó a un acuerdo con el señor Morris; que antes de San Miguel vendrá a ocuparlo; y que algunos de sus criados estarán en la casa a finales de la semana que viene.
―¿Cómo se llama?
―Bingley.
―¿Está casado o soltero?
―¡Oh!, soltero, querido, por supuesto. Un hombre soltero y de gran fortuna; cuatro o cinco mil libras al año. ¡Qué buen partido para nuestras hijas!
―¿Y qué? ¿En qué puede afectarles?
―Mi querido señor Bennet ―contestó su esposa―, ¿cómo puedes ser tan ingenuo? Debes saber que estoy pensando en casarlo con una de ellas.
―¿Es ese el motivo que le ha traído?
―¡Motivo! Tonterías, ¿cómo puedes decir eso? Es muy posible que se enamore de una de ellas, y por eso debes ir a visitarlo tan pronto como llegue.
―No veo la razón para ello. Puedes ir tú con las muchachas o mandarlas a ellas solas, que tal vez sea mejor; como tú eres tan guapa como cualquiera de ellas, a lo mejor el señor Bingley te prefiere a ti.
―Querido, me adulas. Es verdad que en un tiempo no estuve nada mal, pero ahora no puedo pretender ser nada fuera de lo común. Cuando una mujer tiene cinco hijas creciditas, debe dejar de pensar en su propia belleza.
―En tales casos, a la mayoría de las mujeres no les queda mucha belleza en qué pensar.
―Bueno, querido, de verdad, tienes que ir a visitar al señor Bingley en cuanto se instale en el vecindario.
―No te lo garantizo.
―Pero piensa en tus hijas. Date cuenta del partido que sería para una de ellas. Sir Willam y lady Lucas están decididos a ir, y sólo con ese propósito. Ya sabes que normalmente no visitan a los nuevos vecinos. De veras, debes ir, porque para nosotras será imposible visitarlo si tú no lo haces.
―Eres demasiado comedida. Estoy seguro de que el señor Bingley se alegrará mucho de veros; y tú le llevarás unas líneas de mi parte para asegurarle que cuenta con mi más sincero consentimiento para que contraiga matrimonio con una de ellas; aunque pondré alguna palabra en favor de mi pequeña Lizzy.
―Me niego a que hagas tal cosa. Lizzy no es en nada mejor que las otras, no es ni la mitad de guapa que Jane, ni la mitad de alegre que Lydia. Pero tú siempre la prefieres a ella.
―Ninguna de las tres es muy recomendable ―le respondió―. Son tan tontas e ignorantes como las demás muchachas; pero Lizzy tiene algo más de agudeza que sus hermanas.
―¡Señor Bennet! ¿Cómo puedes hablar así de tus hijas? Te encanta disgustarme. No tienes compasión de mis pobres nervios.
―Te equivocas, querida. Les tengo mucho respeto a tus nervios. Son viejos amigos míos. Hace por lo menos veinte años que te oigo mencionarlos con mucha consideración.
―¡No sabes cuánto sufro!
―Pero te pondrás bien y vivirás para ver venir a este lugar a muchos jóvenes de esos de cuatro mil libras al año.
―No serviría de nada si viniesen esos veinte jóvenes y no fueras a visitarlos.
―Si depende de eso, querida, en cuanto estén aquí los veinte, los visitaré a todos.
El señor Bennet era una mezcla tan rara entre ocurrente, sarcástico, reservado y caprichoso, que la experiencia de veintitrés años no habían sido suficientes para que su esposa entendiese su carácter. Sin embargo, el de ella era menos difícil, era una mujer de poca inteligencia, más bien inculta y de temperamento desigual. Su meta en la vida era casar a sus hijas; su consuelo, las visitas y el cotilleo.

CAPÍTULO II

El señor Bennet fue uno de los primeros en presentar sus respetos al señor Bingley. Siempre tuvo la intención de visitarlo, aunque, al final, siempre le aseguraba a su esposa que no lo haría; y hasta la tarde después de su visita, su mujer no se enteró de nada. La cosa se llegó a saber de la siguiente manera: observando el señor Bennet cómo su hija se colocaba un sombrero, dijo:
―Espero que al señor Bingley le guste, Lizzy.
―¿Cómo podemos saber qué le gusta al señor Bingley ―dijo su esposa resentida― si todavía no hemos ido a visitarlo?
―Olvidas, mamá ―dijo Elizabeth― que lo veremos en las fiestas, y que la señora Long ha prometido presentárnoslo.
―No creo que la señora Long haga semejante cosa. Ella tiene dos sobrinas en quienes pensar; es egoísta e hipócrita y no merece mi confianza.
―Ni la mía tampoco ―dijo el señor Bennet― y me alegro de saber que no dependes de sus servicios. La señora Bennet no se dignó contestar; pero incapaz de contenerse empezó a reprender a una de sus hijas.
―¡Por el amor de Dios, Kitty no sigas tosiendo así! Ten compasión de mis nervios. Me los estás destrozando.
―Kitty no es nada discreta tosiendo ―dijo su padre―. Siempre lo hace en momento inoportuno.
―A mí no me divierte toser ―replicó Kitty quejándose.
―¿Cuándo es tu próximo baile, Lizzy?
―De mañana en quince días.
―Sí, así es ―exclamó la madre―. Y la señora Long no volverá hasta un día antes; así que le será imposible presentarnos al señor Bingley, porque todavía no le conocerá.
―Entonces, señora Bennet, puedes tomarle la delantera a tu amiga y presentárselo tú a ella.
―Imposible, señor Bennet, imposible, cuando yo tampoco le conozco. ¿Por qué te burlas?
―Celebro tu discreción. Una amistad de quince días es verdaderamente muy poco. En realidad, al cabo de sólo dos semanas no se puede saber muy bien qué clase de hombre es. Pero si no nos arriesgamos nosotros, lo harán otros. Al fin y al cabo, la señora Long y sus sobrinas pueden esperar a que se les presente su oportunidad; pero, no obstante, como creerá que es un acto de delicadeza por su parte el declinar la atención, seré yo el que os lo presente.
Las muchachas miraron a su padre fijamente. La señora Bennet se limitó a decir:
―¡Tonterías, tonterías!
―¿Qué significa esa enfática exclamación? ―preguntó el señor Bennet―. ¿Consideras las fórmulas de presentación como tonterías, con la importancia que tienen? No estoy de acuerdo contigo en eso. ¿Qué dices tú, Mary? Que yo sé que eres una joven muy reflexiva, y que lees grandes libros y los resumes.
Mary quiso decir algo sensato, pero no supo cómo.
―Mientras Mary aclara sus ideas ―continuó él―, volvamos al señor Bingley.
―¡Estoy harta del señor Bingley! ―gritó su esposa.
―Siento mucho oír eso; ¿por qué no me lo dijiste antes? Si lo hubiese sabido esta mañana, no habría ido a su casa. ¡Mala suerte! Pero como ya le he visitado, no podemos renunciar a su amistad ahora.
El asombro de las señoras fue precisamente el que él deseaba; quizás el de la señora Bennet sobrepasara al resto; aunque una vez acabado el alboroto que produjo la alegría, declaró que en el fondo era lo que ella siempre había figurado.
―¡Mi querido señor Bennet, que bueno eres! Pero sabía que al final te convencería. Estaba segura de que quieres lo bastante a tus hijas como para no descuidar este asunto. ¡Qué contenta estoy! ¡Y qué broma tan graciosa, que hayas ido esta mañana y no nos hayas dicho nada hasta ahora!
―Ahora, Kitty, ya puedes toser cuanto quieras ―dijo el señor Bennet; y salió del cuarto fatigado por el entusiasmo de su mujer.
―¡Qué padre más excelente tenéis, hijas! ―dijo ella una vez cerrada la puerta―. No sé cómo podréis agradecerle alguna vez su amabilidad, ni yo tampoco, en lo que a esto se refiere. A estas alturas, os aseguro que no es agradable hacer nuevas amistades todos los días. Pero por vosotras haríamos cualquier cosa. Lydia, cariño, aunque eres la más joven, apostaría a que el señor Bingley bailará contigo en el próximo baile.
―Estoy tranquila ―dijo Lydia firmemente―, porque aunque soy la más joven, soy la más alta.
El resto de la tarde se lo pasaron haciendo conjeturas sobre si el señor Bingley devolvería pronto su visita al señor Bennet, y determinando cuándo podrían invitarle a cenar.

CAPÍTULO III

Por más que la señora Bennet, con la ayuda de sus hijas, preguntase sobre el tema, no conseguía sacarle a su marido ninguna descripción satisfactoria del señor Bingley. Le atacaron de varias maneras: con preguntas clarísimas, suposiciones ingeniosas, y con indirectas; pero por muy hábiles que fueran, él las eludía todas. Y al final se vieron obligadas a aceptar la información de segunda mano de su vecina lady Lucas. Su impresión era muy favorable, sir William había quedado encantado con él. Era joven, guapísimo, extremadamente agradable y para colmo pensaba asistir al próximo baile con un grupo de amigos. No podía haber nada mejor. El que fuese aficionado al baile era verdaderamente una ventaja a la hora de enamorarse; y así se despertaron vivas esperanzas para conseguir el corazón del señor Bingley. ―Si pudiera ver a una de mis hijas viviendo felizmente en Netherfield, y a las otras igual de bien casadas, ya no desearía más en la vida le dijo la señora Bennet a su marido.
Pocos días después, el señor Bingley le devolvió la visita al señor Bennet y pasó con él diez minutos en su biblioteca. Él había abrigado la esperanza de que se le permitiese ver a las muchachas de cuya belleza había oído hablar mucho; pero no vio más que al padre. Las señoras fueron un poco más afortunadas, porque tuvieron la ventaja de poder comprobar desde una ventana alta que el señor Bingley llevaba un abrigo azul y montaba un caballo negro.
Poco después le enviaron una invitación para que fuese a cenar. Y cuando la señora Bennet tenía ya planeados los manjares que darían crédito de su buen hacer de ama de casa, recibieron una respuesta que echaba todo a perder. El señor Bingley se veía obligado a ir a la ciudad al día siguiente, y en consecuencia no podía aceptar el honor de su invitación. La señora Bennet se quedó bastante desconcertada. No podía imaginar qué asuntos le reclamaban en la ciudad tan poco tiempo después de su llegada a Hertfordshire; y empezó a temer que iba a andar siempre revoloteando de un lado para otro sin establecerse definitivamente y como es debido en Netherfield. Lady Lucas apaciguó un poco sus temores llegando a la conclusión de que sólo iría a Londres para reunir a un grupo de amigos para la fiesta. Y pronto corrió el rumor de que Bingley iba a traer a doce damas y a siete caballeros para el baile. Las muchachas se afligieron por semejante número de damas; pero el día antes del baile se consolaron al oír que en vez de doce había traído sólo a seis, cinco hermanas y una prima. Y cuando el día del baile entraron en el salón, sólo eran cinco en total: el señor Bingley, sus dos hermanas, el marido de la mayor y otro joven.
El señor Bingley era apuesto, tenía aspecto de caballero, semblante agradable y modales sencillos y poco afectados. Sus hermanas eran mujeres hermosas y de indudable elegancia. Su cuñado, el señor Hurst, casi no tenía aspecto de caballero; pero fue su amigo el señor Darcy el que pronto centró la atención del salón por su distinguida personalidad, era un hombre alto, de bonitas facciones y de porte aristocrático. Pocos minutos después de su entrada ya circulaba el rumor de que su renta era de diez mil libras al año. Los señores declaraban que era un hombre que tenía mucha clase; las señoras decían que era mucho más guapo que Bingley, siendo admirado durante casi la mitad de la velada, hasta que sus modales causaron tal disgusto que hicieron cambiar el curso de su buena fama; se descubrió que era un hombre orgulloso, que pretendía estar por encima de todos los demás y demostraba su insatisfacción con el ambiente que le rodeaba; ni siquiera sus extensas posesiones en Derbyshire podían salvarle ya de parecer odioso y desagradable y de que se considerase que no valía nada comparado con su amigo.
El señor Bingley enseguida trabó amistad con las principales personas del salón; era vivo y franco, no se perdió ni un solo baile, lamentó que la fiesta acabase tan temprano y habló de dar una él en Netherfield. Tan agradables cualidades hablaban por sí solas. ¡Qué diferencia entre él y su amigo! El señor Darcy bailó sólo una vez con la señora Hurst y otra con la señorita Bingley, se negó a que le presentasen a ninguna otra dama y se pasó el resto de la noche deambulando por el salón y hablando de vez en cuando con alguno de sus acompañantes. Su carácter estaba definitivamente juzgado. Era el hombre más orgulloso y más antipático del mundo y todos esperaban que no volviese más por allí. Entre los más ofendidos con Darcy estaba la señora Bennet, cuyo disgusto por su comportamiento se había agudizado convirtiéndose en una ofensa personal por haber despreciado a una de sus hijas.
Había tan pocos caballeros que Elizabeth Bennet se había visto obligada a sentarse durante dos bailes; en ese tiempo Darcy estuvo lo bastante cerca de ella para que la muchacha pudiese oír una conversación entre él y el señor Bingley, que dejó el baile unos minutos para convencer a su amigo de que se uniese a ellos.
―Ven, Darcy ―le dijo―, tienes que bailar. No soporto verte ahí de pie, solo y con esa estúpida actitud. Es mejor que bailes.
―No pienso hacerlo. Sabes cómo lo detesto, a no ser que conozca personalmente a mi pareja. En una fiesta como ésta me sería imposible. Tus hermanas están comprometidas, y bailar con cualquier otra mujer de las que hay en este salón sería como un castigo para mí.
―No deberías ser tan exigente y quisquilloso ―se quejó Bingley―. ¡Por lo que más quieras! Palabra de honor, nunca había visto a tantas muchachas tan encantadoras como esta noche; y hay algunas que son especialmente bonitas.
―Tú estás bailando con la única chica guapa del salón ―dijo el señor Darcy mirando a la mayor de las Bennet.
―¡Oh! ¡Ella es la criatura más hermosa que he visto en mi vida! Pero justo detrás de ti está sentada una de sus hermanas que es muy guapa y apostaría que muy agradable. Deja que le pida a mi pareja que te la presente.
―¿Qué dices? ―y, volviéndose, miró por un momento a Elizabeth, hasta que sus miradas se cruzaron, él apartó inmediatamente la suya y dijo fríamente: ―No está mal, aunque no es lo bastante guapa como para tentarme; y no estoy de humor para hacer caso a las jóvenes que han dado de lado otros. Es mejor que vuelvas con tu pareja y disfrutes de sus sonrisas porque estás malgastando el tiempo conmigo.
El señor Bingley siguió su consejo. El señor Darcy se alejó; y Elizabeth se quedó allí con sus no muy cordiales sentimientos hacia él. Sin embargo, contó la historia a sus amigas con mucho humor porque era graciosa y muy alegre, y tenía cierta disposición a hacer divertidas las cosas ridículas.
En resumidas cuentas, la velada transcurrió agradablemente para toda la familia. La señora Bennet vio cómo su hija mayor había sido admirada por los de Netherfield. El señor Bingley había bailado con ella dos veces, y sus hermanas estuvieron muy atentas con ella. Jane estaba tan satisfecha o más que su madre, pero se lo guardaba para ella. Elizabeth se alegraba por Jane. Mary había oído cómo la señorita Bingley decía de ella que era la muchacha más culta del vecindario. Y Catherine y Lydia habían tenido la suerte de no quedarse nunca sin pareja, que, como les habían enseñado, era de lo único que debían preocuparse en los bailes. Así que volvieron contentas a Longbourn, el pueblo donde vivían y del que eran los principales habitantes. Encontraron al señor Bennet aún levantado; con un libro delante perdía la noción del tiempo; y en esta ocasión sentía gran curiosidad por los acontecimientos de la noche que había despertado tanta expectación. Llegó a creer que la opinión de su esposa sobre el forastero pudiera ser desfavorable; pero pronto se dio cuenta de que lo que iba a oír era todo lo contrario.
―¡Oh!, mi querido señor Bennet ―dijo su esposa al entrar en la habitación―. Hemos tenido una velada encantadora, el baile fue espléndido. Me habría gustado que hubieses estado allí. Jane despertó tal admiración, nunca se había visto nada igual. Todos comentaban lo guapa que estaba, y el señor Bingley la encontró bellísima y bailó con ella dos veces. Fíjate, querido; bailó con ella dos veces. Fue a la única de todo el salón a la que sacó a bailar por segunda vez. La primera a quien sacó fue a la señorita Lucas. Me contrarió bastante verlo bailar con ella, pero a él no le gustó nada. ¿A quién puede gustarle?, ¿no crees? Sin embargo pareció quedarse prendado de Jane cuando la vio bailar. Así es que preguntó quién era, se la presentaron y le pidió el siguiente baile. Entonces bailó el tercero con la señorita King, el cuarto con María Lucas, el quinto otra vez con Jane, el sexto con Lizzy y el boulanger…
―¡Si hubiese tenido alguna compasión de mí ―gritó el marido impaciente― no habría gastado tanto! ¡Por el amor de Dios, no me hables más de sus parejas! ¡Ojalá se hubiese torcido un tobillo en el primer baile!
―¡Oh, querido mío! Me tiene fascinada, es increíblemente guapo, y sus hermanas son encantadoras. Llevaban los vestidos más elegantes que he visto en mi vida. El encaje del de la señora Hurst…
Aquí fue interrumpida de nuevo. El señor Bennet protestó contra toda descripción de atuendos. Por lo tanto ella se vio obligada a pasar a otro capítulo del relato, y contó, con gran amargura y algo de exageración, la escandalosa rudeza del señor Darcy.
―Pero puedo asegurarte ―añadió― que Lizzy no pierde gran cosa con no ser su tipo, porque es el hombre más desagradable y horrible que existe, y no merece las simpatías de nadie. Es tan estirado y tan engreído que no hay forma de soportarle. No hacía más que pasearse de un lado para otro como un pavo real. Ni siquiera es lo bastante guapo para que merezca la pena bailar con él. Me habría gustado que hubieses estado allí y que le hubieses dado una buena lección. Le detesto.

CAPÍTULO IV

Cuando Jane y Elizabeth se quedaron solas, la primera, que había sido cautelosa a la hora de elogiar al señor Bingley, expresó a su hermana lo mucho que lo admiraba.
―Es todo lo que un hombre joven debería ser ―dijo ella―, sensato, alegre, con sentido del humor; nunca había visto modales tan desenfadados, tanta naturalidad con una educación tan perfecta.
―Y también es guapo ―replicó Elizabeth―, lo cual nunca está de más en un joven. De modo que es un hombre completo.
―Me sentí muy adulada cuando me sacó a bailar por segunda vez. No esperaba semejante cumplido.
―¿No te lo esperabas? Yo sí. Ésa es la gran diferencia entre nosotras. A ti los cumplidos siempre te cogen de sorpresa, a mí, nunca. Era lo más natural que te sacase a bailar por segunda vez. No pudo pasarle inadvertido que eras cinco veces más guapa que todas las demás mujeres que había en el salón. No agradezcas su galantería por eso. Bien, la verdad es que es muy agradable, apruebo que te guste. Te han gustado muchas personas estúpidas.
―¡Lizzy, querida!
―¡Oh! Sabes perfectamente que tienes cierta tendencia a que te guste toda la gente. Nunca ves un defecto en nadie. Todo el mundo es bueno y agradable a tus ojos. Nunca te he oído hablar mal de un ser humano en mi vida.
―No quisiera ser imprudente al censurar a alguien; pero siempre digo lo que pienso.
―Ya lo sé; y es eso lo que lo hace asombroso. Estar tan ciega para las locuras y tonterías de los demás, con el buen sentido que tienes. Fingir candor es algo bastante corriente, se ve en todas partes. Pero ser cándido sin ostentación ni premeditación, quedarse con lo bueno de cada uno, mejorarlo aun, y no decir nada de lo malo, eso sólo lo haces tú. Y también te gustan sus hermanas, ¿no es así? Sus modales no se parecen en nada a los de él.
―Al principio desde luego que no, pero cuando charlas con ellas son muy amables. La señorita Bingley va a venir a vivir con su hermano y ocuparse de su casa. Y, o mucho me equivoco, o estoy segura de que encontraremos en ella una vecina encantadora.
Elizabeth escuchaba en silencio, pero no estaba convencida. El comportamiento de las hermanas de Bingley no había sido a propósito para agradar a nadie. Mejor observadora que su hermana, con un temperamento menos flexible y un juicio menos propenso a dejarse influir por los halagos, Elizabeth estaba poco dispuesta a aprobar a las Bingley. Eran, en efecto, unas señoras muy finas, bastante alegres cuando no se las contrariaba y, cuando ellas querían, muy agradables; pero orgullosas y engreídas. Eran bastante bonitas; habían sido educadas en uno de los mejores colegios de la capital y poseían una fortuna de veinte mil libras; estaban acostumbradas a gastar más de la cuenta y a relacionarse con gente de rango, por lo que se creían con el derecho de tener una buena opinión de sí mismas y una pobre opinión de los demás. Pertenecían a una honorable familia del norte de Inglaterra, circunstancia que estaba más profundamente grabada en su memoria que la de que tanto su fortuna como la de su hermano había sido hecha en el comercio.
El señor Bingley heredó casi cien mil libras de su padre, quien ya había tenido la intención de comprar una mansión pero no vivió para hacerlo. El señor Bingley pensaba de la misma forma y a veces parecía decidido a hacer la elección dentro de su condado; pero como ahora disponía de una buena casa y de la libertad de un propietario, los que conocían bien su carácter tranquilo dudaban el que no pasase el resto de sus días en Netherfield y dejase la compra para la generación venidera.
Sus hermanas estaban ansiosas de que él tuviera una mansión de su propiedad. Pero aunque en la actualidad no fuese más que arrendatario, la señorita Bingley no dejaba por eso de estar deseosa de presidir su mesa; ni la señora Hurst, que se había casado con un hombre más elegante que rico, estaba menos dispuesta a considerar la casa de su hermano como la suya propia siempre que le conviniese.
A los dos años escasos de haber llegado el señor Bingley a su mayoría de edad, una casual recomendación le indujo a visitar la posesión de Netherfield. La vio por dentro y por fuera durante media hora, y se dio por satisfecho con las ponderaciones del propietario, alquilándola inmediatamente.
Ente él y Darcy existía una firme amistad a pesar de tener caracteres tan opuestos. Bingley había ganado la simpatía de Darcy por su temperamento abierto y dócil y por su naturalidad, aunque no hubiese una forma de ser que ofreciese mayor contraste a la suya y aunque él parecía estar muy satisfecho de su carácter. Bingley sabía el respeto que Darcy le tenía, por lo que confiaba plenamente en él, así como en su buen criterio. Entendía a Darcy como nadie. Bingley no era nada tonto, pero Darcy era mucho más inteligente. Era al mismo tiempo arrogante, reservado y quisquilloso, y aunque era muy educado, sus modales no le hacían nada atractivo. En lo que a esto respecta su amigo tenía toda la ventaja, Bingley estaba seguro de caer bien dondequiera que fuese, sin embargo Darcy era siempre ofensivo.
El mejor ejemplo es la forma en la que hablaron de la fiesta de Meryton. Bingley nunca había conocido a gente más encantadora ni a chicas más guapas en su vida; todo el mundo había sido de lo más amable y atento con él, no había habido formalidades ni rigidez, y pronto se hizo amigo de todo el salón; y en cuanto a la señorita Bennet, no podía concebir un ángel que fuese más bonito. Por el contrario, Darcy había visto una colección de gente en quienes había poca belleza y ninguna elegancia, por ninguno de ellos había sentido el más mínimo interés y de ninguno había recibido atención o placer alguno. Reconoció que la señorita Bennet era hermosa, pero sonreía demasiado. La señora Hurst y su hermana lo admitieron, pero aun así les gustaba y la admiraban, dijeron de ella que era una muchacha muy dulce y que no pondrían inconveniente en conocerla mejor. Quedó establecido, pues, que la señorita Bennet era una muchacha muy dulce y por esto el hermano se sentía con autorización para pensar en ella como y cuando quisiera.

CAPÍTULO V

A poca distancia de Longbourn vivía una familia con la que los Bennet tenían especial amistad. Sir William Lucas había tenido con anterioridad negocios en Meryton, donde había hecho una regular fortuna y se había elevado a la categoría de caballero por petición al rey durante su alcaldía. Esta distinción se le había subido un poco a la cabeza y empezó a no soportar tener que dedicarse a los negocios y vivir en una pequeña ciudad comercial; así que dejando ambos se mudó con su familia a una casa a una milla de Meryton, denominada desde entonces Lucas Lodge, donde pudo dedicarse a pensar con placer en su propia importancia, y desvinculado de sus negocios, ocuparse solamente de ser amable con todo el mundo. Porque aunque estaba orgulloso de su rango, no se había vuelto engreído; por el contrario, era todo atenciones para con todo el mundo. De naturaleza inofensivo, sociable y servicial, su presentación en St. James le había hecho además, cortés.
La señora Lucas era una buena mujer aunque no lo bastante inteligente para que la señora Bennet la considerase una vecina valiosa. Tenían varios hijos. La mayor, una joven inteligente y sensata de unos veinte años, era la amiga íntima de Elizabeth.
Que las Lucas y las Bennet se reuniesen para charlar después de un baile, era algo absolutamente necesario, y la mañana después de la fiesta, las Lucas fueron a Longbourn para cambiar impresiones.
―Tú empezaste bien la noche, Charlotte ―dijo la señora Bennet fingiendo toda amabilidad posible hacia la señorita Lucas―. Fuiste la primera que eligió el señor Bingley.
―Sí, pero pareció gustarle más la segunda.
―¡Oh! Te refieres a Jane, supongo, porque bailó con ella dos veces. Sí, parece que le gustó; sí, creo que sí. Oí algo, no sé, algo sobre el señor Robinson.
―Quizá se refiera a lo que oí entre él y el señor Robinson, ¿no se lo he contado? El señor Robinson le preguntó si le gustaban las fiestas de Meryton, si no creía que había muchachas muy hermosas en el salón y cuál le parecía la más bonita de todas. Su respuesta a esta última pregunta fue inmediata: «La mayor de las Bennet, sin duda. No puede haber más que una opinión sobre ese particular.»
―¡No me digas! Parece decidido a… Es como si… Pero, en fin, todo puede acabar en nada.
―Lo que yo oí fue mejor que lo que oíste tú, ¿verdad, Elizabeth? ―dijo Charlotte―. Merece más la pena oír al señor Bingley que al señor Darcy, ¿no crees? ¡Pobre Eliza! Decir sólo: «No está mal. »
―Te suplico que no le metas en la cabeza a Lizzy que se disguste por Darcy. Es un hombre tan desagradable que la desgracia sería gustarle. La señora Long me dijo que había estado sentado a su lado y que no había despegado los labios.