Otra - Natalia Carrero - E-Book

Otra E-Book

Natalia Carrero

0,0

Beschreibung

«Un libro brutal y necesario. Sanador». —Constantino Bértolo Una mujer escribe a su hermano. Recuerda cómo cuando eran niños «un manotazo gigante» acabó con sus sueños; fue ahí cuando ella comenzó a beber hasta la adicción, glugú. Le presenta a Mónica, la protagonista de su novela, en cuyas 'Memorias de una buena borracha' la vemos ejercer cuidados, criar, emitir facturas convencida de que el éxito está en producir. Pero sobre todo la vemos beber y volar, glugú. Natalia Carrero escribe con un sentido del humor único y una mirada incisiva sobre los estigmas y el mundo como enfermedad; sobre el trabajo y la precarización; sobre qué significa ser una mujer contemporánea que bebe en casa o a escondidas, cualquier día. ¿Se trata de una pulsión, de una disfuncionalidad? Otra es una celebración de esas mujeres y vidas que pocas veces atraen la atención y casi nunca son escuchadas. Advertencia para la gente estupenda: esta obra no contiene glamur, aquí sólo se bebe cerveza y algún vino sin denominación de origen. Novela exenta de postureo y gintonics. «Natalia Carrero es una escritora singularísima, con una honestidad hacia sí misma de la que no todos son capaces. Me interesa esa especie de borrarse escribiendo mientras busca explicarse. Además, tiene gracia y capacidad de síntesis y análisis y sabe dibujar. Todo eso está aquí». —Aloma Rodríguez «Otra es el retrato de una clase media obediente y temerosa de perder sus falsos privilegios: las cuatro paredes, el techo, sus comidas navideñas abundantes y obscenas; tras el bótox, las almas muertas». —Begoña Méndez

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 105

Veröffentlichungsjahr: 2022

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Otra © Natalia Carrero, 2022

© de esta edición, Editorial Tránsito, 2022

DISEÑO DE COLECCIÓN: © Donna Salama

DISEÑO DE CUBIERTA: © Donna Salama

FOTOGRAFÍA DE SOLAPA: © Jorge Bernabéu

IMPRESIÓN: KADMOS

Impreso en España – Printed in Spain

IBIC: FA

ISBN: 978-84-123036-9-8

eISBN: 978-84-125122-8-1

DEPÓSITO LEGAL: M-402-2022

www.editorialtransito.com

Síguenos en:

www.instagram.com/transitoeditorial

www.facebook.com/transitoeditorial

@transito_libros

Todos los derechos reservados. No está permitida ninguna forma de reproducción, distribución, comunicación o transformación de esta obra sin autorización previa por escrito por parte de la editorial.

OTRA

natalia carrero

Esta tiene que funcionar.

No sólo era la botella.

Evaporación del poema Bébeme.

Elucubraciones obsesivas sobre la pérdida, abandonos y por ahí.

También podéis considerarme una novela polimórfica:

nunca termina de arrancar, como la lengua ebria que tropieza mientras anuncia kdlkjkfjhdjhf.

Otra tentativa papelística abocada al fracaso, en fin y principio

Tabla de contenidos

Personae

Memorias de una buena borracha

1. Ann 55 Fisioterapeuta, 2014

2. María J. 52 Trabaja en una marisquería, 2005

3. Teresa 48 Restauradora de muebles, 2017

4. Adriana 63 Bibliotecaria jubilada, 2003

5. Blanca 37 Periodista freelance, 2010

6. Eli 27 Librera encargada de sección bolsillo autoayuda y moda, 2001

7. Trini S. 41 Sin profesión definida pero currante, 2011

8. Janis Peral 45 Bibliotecaria, 2015

9. Unica 47 Fue relaciones públicas de una discográfica desaparecida actualmente jardinera, 2005

10. Ana 40 En el paro hoy depende de su pareja, 2009

11. Silvia G.M. 62 Planchadora en lavandería, 2007

12. MP 32 Abandonó el máster de Arquitectura y Sostenibilidad sufrió un ataque de ansiedad y necesitó parar vive con su madre, 2007

13. Marta 35 Maquilladora, 2004

14. Eva 49 Traductora, 2015

15. Lola 75 Actriz de doblaje, 2011

Alerta

Otra más

Dedicatoria

Quisiera hablarte de la historia poco lineal y reiterativa, condensada y evaporada en distintos tramos que aún sigo escribiendo y borrando. Llevo tantas noches con este forcejeo de novela que desearía abandonarla, obviarla. No he alcanzado esa clase de final o redondez supuestamente magistral que, de haber tenido la destreza de medir bien cada frase y cadencia, cada silencio, así como otras variables que nunca pretenderé controlar, tal vez aportara cierta sensación de calma después de turbulencias, aire fresco sobre paisaje al atardecer. Exento de virus, añado ahora.

Comprobarás que esta escritura con ambiciosos precipicios a los que me asomo y en los que no evito perderme como una buena ménade desea reconocimiento, ser apreciada, valorada como digna de ser leída con fines no sólo retóricos. A estas alturas de mi vida, a novecientos metros sobre el nivel del mar junto a un círculo de poco más de diez personas, soy consciente de que no todo es ni puede ser literatura.

Pienso ahora en el mundo como una enfermedad perenne. ¿Y si algunas reflexiones, o la lenta escucha de determinadas líneas, esta y otras voces cargadas de resonancias, lograran desplazar ciertos malestares que impelen a creer en la dependencia de tal o cual droga? Me refiero a cualquier sustancia que genere modificaciones en nuestro cuerpo; no importa si líquida o sólida, si extraída de la tierra o sintetizada en laboratorio, si dispensada en farmacias localizadas desde una aplicación de móvil o en esquinas poco frecuentadas a la luz mortecina de una farola.

No dice directamente esta escritura que busca amor, pero cómo lo desea. Amor es comprensión que acompaña y alegra la vida en su conjunto, no en plan individualista; una emoción nada fácil de fotografiar pues no se trata de un beso ni de una pose artificial. Al igual que algunas drogas, el amor también puede aportar serenidad, consuelo y cierta predisposición contemplativa. Puede calmar a quienes atravesamos situaciones tan agitadas que formas y colores se fundieron y confundieron en una oscuridad casi compacta. En esa densidad que trato de referir después de haberla experimentado, incluso las palabras dejaron de fluir; silencio y casi muerte.

Un manotazo gigante despejó nuestros sueños. Los ojos abiertos notificaron que algo estaba ocurriendo. No llegamos a saber qué. El piso familiar donde crecimos azuzados por el miedo apenas significó refugio. La palabra bienestar, que entonces no se aplicaba con la falsa corrección actual, hubiera sonado a chiste vacuo.

En esa desesperanza se filtró sin embargo la posibilidad de vivir lo que tocara vivir o desesperar, para contarlo más adelante. Ya sabes que hablo en retrospectiva, desde un asiento con respaldo y vistas a los libros. Abrí los ojos para ir captando imágenes que serían archivadas en un fondo de memoria particular que, al cabo de los años y los avatares, visito con frecuencia para ir elaborando el recuerdo, los recuerdos, a conveniencia.

Una mañana de invierno en un café solitario se presentó la pregunta. Cómo elegir entre tantas maneras de organizar esa narración de la infancia no recuperada, casi devastada. Quisiera enfocarla desde un presente con futuro, con un porvenir más justo y amable, menos desbocado y suicida.

Vuelvo a la historia concreta que nos desunió, Charli; aún somos fragmentos tratando de reunirse. No me hago películas, reconozco mi obsesión por ese tiempo que la inercia y este pensamiento cada vez más aplanado tienden a considerar en términos absolutos. A intervalos desprendidos de las servidumbres cotidianas me sumerjo en este documento que nadie me ha pedido, a la busca no de la nostalgia sino del sentido reelaborado, para el que desearía ese nunca acabar de los cuentos para no dormir.

En el álbum al que recurro cuando me posee la inquietud encuentro demasiadas tomas confusas. Nuestros rostros lucen expresiones que más parecen burdas pinceladas color carne; de tan movidas, apenas se distinguen los ojos de las bocas y, en más de un jirón de los pigmentos —declaro en voz alta—, aún se filtra la violencia.

Hablar en voz alta al menos una vez en la vida debería ser un rito obligado para quienes nacimos de mujeres discretas hasta la exasperación, educadas para ausentarse dentro de sí mismas hasta el máximo abandono, morir tal cual.

Llegaba a casa el padre seguramente vapuleado por las gestas laborales y los ardores del alcohol de no poca graduación. Eran tiempos del macho ibérico mezclado con western Marlboro piel curtida, whisky de malta y de marca, puros Montecristo y, de vez en cuando, alguna prostituta para inflar aún más la hombría en su máxima acepción ególatra.

Descargó su agresividad sobre todo en ti, el primogénito. Una tarde arrojó por la ventana que daba al patio del edificio contiguo el material escolar desordenado sobre tu escritorio: libros, carpesano, estuche y lápices alpino, cuaderno, escuadra y cartabón, la cartera y la merienda olvidada. Energías desplazadas creo que lo llamarían ahora en algunas terapias psicológicas, a sesenta o setenta euros la sesión con cita previa. Tal vez en la última reunión sobre balances mensuales los colegas le habían negado al señor Ordeno y Mando, nuestro padre, un pedazo de tierra o de tal comisión. Qué importa. Por la tarde te tocó recibir lo que entonces llamábamos hostia, y luego tus pertenencias ventana abajo. Te prohibía llorar aunque doliera, obstaculizaba tus aprendizajes. No llores, aguanta como un hombre hecho y derecho. Ahora ya puedes lagrimear con razón, por el bofetón que te he dado para hacerte un favor. Un día me lo agradecerás.

A pesar de que, encerrada en mi cuarto del pasillo, me centraba en la perfección de mis deberes, cálculos y redacciones de EGB, las voces fuertes se imponían, impedían que avanzara. Trataba de comprender por qué el insulto, la humillación y la amenaza. Por qué te preguntaba si eras imbécil o idiota y te llamaba cretino. Eso es lo que eres, proclamaba. A qué venía tanta violencia sin haber hecho nada más que estar, encontrarse ahí siendo el hijo.

Charli, imposible creer en algo que abrazara y cuidara. A qué agarrarse cuando suelo, paredes y techo retumbaban en el momento menos pensado. Comencé a realizar llamadas desesperadas sobre el papel: ciertas escrituras urgentes, a menudo deformadas, que con el tiempo acaban exigiendo orden, simplificación, acaso sentido, a no ser que optemos por entregarnos a una gran desestructuración vital. Días oscuros y noches blancas, el cielo en la tierra y los pies en la cabeza, pura confusión de tiempos y coordenadas. Trataba de comunicar lo que estábamos viviendo, llevarlo más allá de las paredes revestidas de papel pintado que impedían trasladar los abusos a la vía pública. ¿Por qué lo que ocurría en casa debía quedarse en casa como algo secreto, además de privado?

Escribir o intentar escribir como espera desesperada en busca de más fuerzas, alianzas, compañías que escucharan. Abrir el cuaderno y percibir ante la página blanca el mar de posibilidades. Durante noches anoté lo que sucedía en el pasillo, la cocina, el comedor. Nueva tanda de gritos, golpes que son portazos. Martillazos que la imaginación expande como nubarrones de plomo que aplastan el mundo. Llantos de la madre. El hijo reducido. Otra intimidación del padre. El insulto final.

Dejé de verte, te ingresaron en el antiguo Hospital Militar, te aislaron en una de las habitaciones para locos que asemejaban celdas carcelarias. Paralelismos no tan casuales entre las instituciones penitenciarias y psiquiátricas; sus arquitecturas, ubicaciones, regímenes internos.

A pesar de que hubo traslados posteriores a otras residencias céntricas y periféricas, privatizadas y concertadas, con diseños y logotipos actualizados, a veces con jardín y trato amable, nunca sortearías el rígido molde social que se te impuso debido a tu mente demasiado imprevisible. La afirmación es un enfermo mental no sonaba a diagnóstico sino a sentencia, a justificación lógica de tu ausencia; una pena que debía ser cristianamente asumida por quienes disfrutábamos de la libertad de crecer y emborracharnos cuando quisiéramos.

Ahora eres este nombre elegido, Charli, no como antes, con y. Antes fuiste Luischarli, todo junto. Variaste, al igual que tu cuerpo engordó y adelgazó, se contrajo hasta quedar con el eje desviado, produjo excesiva salivación, temblores de manos, oyó voces que arremetían contra ti, no te dejaban en paz. Fueron algunos efectos resultantes de la medicación; el manicomio químico que con los años terminó por convertirse en tu hábitat, tu medio, puede que también refugio. Asumiste todos los venenos recetados hasta apropiártelos; cada vez que sonríes estás superándolos.

A veces pienso que no volví a descansar desde la madrugada de la ambulancia que alteró el sueño de la calle Platón. Cualquier momento de reposo quedó con la luz roja encendida, la vida en estado de alerta. Te redujeron dos hombres; batas blancas como en las películas cuyas escenas aún pueblan el imaginario colectivo, ese miedo ancestral a ser etiquetado con la palabra locura. Cada uno te agarró por un hombro como si fueras peligroso, un monstruo capaz de alterarse en cualquier momento y tergiversar el orden universal. Ofreciste resistencia, tus rodillas en el suelo fueron arrastradas hacia la puerta.

Transcurrieron años sin verte ni hablar por teléfono. Evité pensar en ti para creer que podía seguir con mi vida como si no fuera cómplice de tu cambio de estatus. En adelante serías un marginal, un ocupante de distintas habitaciones en cuya puerta había una placa con un número.

Hospital psiquiátrico, centro de día, la quinta planta del Clínico, residencia para enfermos mentales, discapacitados psíquicos o personas que no se comportan como la mayoría, disfuncionan. Como cualquier disciplina, la psiquiatría obedece en sus prácticas, protocolos y literaturas a las actualizaciones de su época más o menos líquida.

Estimada clase media que vas acumulando malestares, desajustes y nuevas enfermedades: mientras adquieres un nuevo dispositivo móvil y descargas la última aplicación para realizar gestiones bancarias, recibe esta cálida bienvenida a nuestras áreas de tratamientos y cuidados específicos, siempre que puedas abonarlos; en caso negativo, solicita una hipoteca hasta el futuro. Es la doctrina del presente: no vivir con sentido común. Conviene invertir en un seguro médico privado, permitir que nos tomen la presión arterial hasta la obsesión y de paso el pelo, tiene usted otra cita médica innecesaria, no la olvide. No toda la sanidad puede ser pública. La salud a la carta se encuentra escaneando el código, a vuestro servicio. La sanidad es primordial.

La palabra esquizofrenia. La palabra paranoide. El orden de las palabras y las siglas. Los protocolos a seguir dependiendo del diagnóstico de cada especialista. Nuevas patologías en la denominada clasificación universal de desórdenes mentales, Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, esa biblia de consulta obligada para la psiquiatría occidental. Moldes, esquemas, patrones. Despersonalizaciones. Algo así, Charli, algo de todo ese meollo te concernió directamente. Un diagnóstico conformaría tu vida más que los vínculos con tus padres y hermanos. Dejaste de recibir nuestros abrazos y pellizcos demasiado pronto; ningún cómo estás acompañado de una mirada interesada, ninguna mano sobre tus manos temblorosas.

Su locura ya tiene denominación moderna. Es un esquizofrénico paranoide. Años ochenta. Con su aura sofisticada esa palabra aterrizó sobre las mesas y las arcas de las consultas psiquiátricas. En qué tiempos se te ocurrió tener un brote, Charli, y con qué celeridad se actuó con el objetivo de controlarte, ocultarte del entorno donde podrías ser motivo de ¿vergüenza? No digas nada a tus amigas, me instruyó nuestra madre antes de ir al colegio. Experta en silencios, mentiras y otras difuminaciones. No pronuncies la palabra esquizofrenia. ¿Y qué, si la decía?