Otro Manhattan - Donald Antrim - E-Book

Otro Manhattan E-Book

Donald Antrim

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Beschreibung

Los personajes que protagonizan estos siete cuentos son profesores, abogados, artistas sin obra, hombres atravesados por duelos que no parecen sanar, parejas que se desmoronan y amantes que se encuentran en departamentos prestados para representar vidas que esconden su propia fragilidad. Los trajes a medida, los tragos en bares y los ansiolíticos son para ellos una forma de mantener las apariencias, como si todos estuvieran al borde de la caída. En una ciudad con un ritmo y una lógica implacable, estos hombres y mujeres hablan, escuchan, anhelan y sueñan mientras se aferran al amor y la juventud, siempre en busca de un motivo que los mantenga a flote. A través de una prosa llena de humor y tristeza, ingenio y elegancia, Donald Antrim logra hacer de Otro Manhattan un libro memorable.

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Seitenzahl: 247

Veröffentlichungsjahr: 2022

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OTRO MANHATTAN

OTRO MANHATTAN

Donald Antrim

TRADUCCIÓN DE MATÍAS BATTISTON

COLECCIÓN DIRIGIDA POR FEDERICO FALCO

CHAI EDITORA

Índice de contenido
Portada
Portadilla
Legales
Un actor se prepara
Estanque, con barro
Consuelo
Otro Manhattan
Él lo sabía
Desde entonces
La luz esmeralda en el aire

Antrim, Donald

Otro Manhattan / Donald Antrim. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Chai Editora, 2022.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga

Traducción de: Matías Battiston

ISBN 978-987-48012-8-9

1. Narrativa Estadounidense. 2. Cuentos. 3. Depresión. I. Battistón, Matías, trad. II. Título.

CDD 813

Título orginial: The Emerald Light in the Air

Copyright © Donald Antrim, 2014

Copyright © Chai Editora, 2020 Copyright de la traducción © Matías Battistón, 2020

Diseño de tapa: Diseño gráfico Lamas Burgariotti.

www.lamas-burgariotti.com

Director de la colección: Federico Falco

Foto de tapa: Panda Nube

Diseño del interior: Gonzalo Segura

Primera edición: noviembre de 2020 ISBN: 978-987-48012-8-9

Hecho el depósito que marca la ley 11.273

Primera edición en formato digital: abril de 2022

Versión: 1.0

Digitalización: Proyecto 451

CHAI EDITORA

Austria 1840 depto V.

(C1425EGD) Ciudad de Buenos Aires, Argentina

www.chaieditora.com

Para Deborah Treisman

Un actor se prepara

Lee Strasberg, uno de los fundadores del Group Theatre y el gran maestro de la actuación de método, famosamente les advertía a sus alumnos que nunca “usaran” —para generar lágrimas, etc., en una escena dramática— material personal/histórico que no se remontara por lo menos siete años atrás en su pasado personal/histórico; de lo contrario, la memoria emocional (la muerte de un ser querido o algún otro suceso en la vida del actor que, cuando se lo evoca a través del recuerdo y la sustitución, puede hacer rodar el lagrimón, como dicen, en el momento exacto, noche tras noche, por más tiempo que la obra dure en cartelera), al tratarse de algo demasiado cercano, digamos, puede abrumar al artista y poner en juego el control absoluto que se necesita para representar el papel o, mejor dicho, para representarlo bien; puede, de hecho, desestabilizar la obra; si, por ejemplo, en ese momento de la escena donde se vuelve necesario que Nina o Gertrudis o Macduff se limpien las lágrimas y sigan adelante con sus vidas; si, en ese momento, el intérprete no puede dejar de llorar a los gritos; si, en otras palabras, el intérprete queda atrapado en la emoción mucho después de que el personaje ya haya pasado a una cena o el campo de batalla, entonces no cabe duda de que la obra descarrilará de un modo totalmente demencial.

¿A qué apunta todo esto? A que Strasberg se equivocaba. Siete años no son suficientes, como descubrí hace poco, durante una función vespertina de Sueño de una noche de verano, presentada en el parque de la universidad para conmemorar la fundación, ciento cincuenta años atrás, de la mano del reverendo William Trevor Barry —mi tatarabuelo paterno—, de la pequeña institución de humanidades que lleva nuestro apellido y nuestro sello. Soy Reginald Barry, decano de Asuntos Estudiantiles y titular de la cátedra William T. Barry de Dicción y Teatro en la Universidad de Barry, así que naturalmente me tocó dirigir nuestra producción celebratoria, descalza, de la gran comedia festiva de Shakespeare. Mientras estaba en eso, decidí hacerme un poco el actor yo también, en el papel de Lisandro. ¿Qué significaba exactamente un Lisandro de cuarenta y seis, flaco, bastante calvo, solterón y sin hijos —un doctor en letras viejo y peludo— en el contexto de un espectáculo por lo demás juvenil? No estoy seguro de poder responder a esa pregunta. En general a Lisandro lo interpretaría algún arquero de lacrosse pintón que espera su turno para invitar a salir y violar a la hermosa, delgadísima Mary Victoria Frost, nuestra Hermia, apenas en segundo año y ya la mejor actriz que hayamos tenido en todo mi tiempo en Barry, una candidata segura a Yale, o Juilliard, si puede aflojar con las drogas. Yo podría hacer de Egeo o Teseo, o quizá Oberón, rey de las hadas, si me sintiera capaz. Pero las elecciones audaces de casting son privilegio del director. Hace dos temporadas organizamos una función de La doma de la furia con un elenco integrado exclusivamente por tipos desnudos. La gente dijo que la ayudó a apreciar las posibilidades radicales del teatro isabelino.

La obra, entonces. Cuatro adolescentes obligados por ley y por sus padres a huir a un mundo verde gobernado por espíritus, donde todos —los niños y sus fantasmas— se entregan a los juegos del amor y los terrores de la noche.

Los adolescentes éramos Sheila Tannenbaum como Helena, Billy Valentine como Demetrio, Mary Victoria Frost y yo. Sheila, una alumna de primero, interpreta papeles secundarios cuando no juega al básquet para las Lady Bears, y sabía que sería una Helena aceptable aunque no del todo simpática, con sus manos grandes, su manera brusca de caminar y sus ojos marrones demasiado separados en lo que por lo demás era una cara torcida y asimétrica; pero elegir a Valentine como Demetrio era arriesgado. Valentine es uno de esos chicos rubios de clase media alta —tan comunes en cualquier escuela privada del país, imagino—, sarcástico, flacucho y con un promedio decepcionante, de quien, sin la menor evidencia, se rumorea entre sus pares que es un genio.

—No vengas a los ensayos drogado, Billy —le dije antes del ensayo preliminar.

—¿Drogado, señor Barry?

Y se rio. El viernes anterior, varios de nosotros habíamos terminado tirados en los sofás de mi oficina en Lower Hancock, fumando algo de la potentísima marihuana que Billy cultivaba en su casa.

—Venimos a trabajar —le contesté.

—¿No le parece que yo debería hacer de Puck?

—¿Estás con ganas de dirigir esta obra, Valentine? —le pregunté—. ¿No? Entonces mejor me preocupo yo del reparto.

—Ey, señor Barry. Está todo bien. Lo decía solamente porque Martin no puede leer su guion. O sea, no ve nada.

Ahí Billy Valentine estaba en lo cierto. Elegir a Martin Epps para hacer de Puck era como elegir, bueno, a no sé quién para hacer de no sé qué. ¿Qué podía decirse a favor de tener un Robin el Bueno más ciego que un topo avanzando a tientas por el escenario con un bastón plegable, salvo en teoría?

En términos dramatúrgicos, la teoría era bastante convincente, creía yo; así que inauguré los ensayos recitándola —de un modo algo oblicuo— a mi elenco. Ahí estaban ellos, la “mafia de las tablas”, en el sótano sin ventanas del Hancock Hall, veinticinco o treinta Enamorados, Nobles, Espíritus, Alegres Compañeros, maquinistas, técnicos y extras, todos vestidos con jeans cortados, camisas de tela Oxford y tops transparentes, casi todos —salvo Martin Epps, el chico ciego— fumando cigarrillos: un montón de gente aburrida, apática.

—La visión auténtica, expresada artísticamente por Shakespeare en el personaje de Puck, va más allá de poder abrir los ojos, mirar alrededor y ver qué tiene de malo tu vida —anuncié ante estos adictos al porro obsesionados con el sexo.

Nadie habló o se dignó siquiera a levantar los ojos, y tuve esa sensación horrible que siempre me invade al inaugurar cualquier período de ensayos, cuando veo las enormes decepciones que me esperan.

—Bueno, no importa. Teseo, la obra empieza con diálogo tuyo —dije.

Silencio.

—Danielle, ¿tendrías la lista del elenco? —le pedí a mi directora de escena, una alumna de segundo.

—Un momento, señor Barry, está por acá en algún lado.

—Prefiero que me digas Reg —dije—. Mientras dure la obra, somos todos iguales.

Se me quedó mirando como si no estuviera convencida. En general, los códigos de etiqueta poco ortodoxos confunden a los jóvenes. Sacó la lista y la agitó —en un aparente gesto “teatral”—por encima de su cabeza.

—Greg Lippincott, Teseo es tu personaje.

—Ah, ¿así se pronuncia “Teseo”? —preguntó Greg.

Costaba creer que era uno de los Lippincott de Filadelfia. Le dio una pitada al cigarrillo. Se oyeron algunas risas. Tardamos cuatro horas en pasar la obra una vez. Danielle le leía a Martin Epps lo que tenía que decir, y Martin repetía cada línea de diálogo, palabra por palabra, como un espía al que le están explicando un plan.

—Pondré un cinto a la tierra en cuarenta minutos —recitó Danielle.

—Pondré. Un cinto. A la tierra. En cuarenta minutos —repitió Martin.

Me dije que después le pediría que se apurara un poco y no marcara las cadencias en el piso con el bastón. Y a Jim Ferguson le pediría también que dejara de insertar la frase “como que” en los parlamentos de Oberón a Titania. Me preocupaba tener que explicarles a las hadas y duendes que iban a usar tangas y cubrepezones.

Siempre puedo dar gracias, en este tipo de situaciones delicadas, por nuestra vestuarista, mi novia, Carol.

Carol vino más tarde esa semana, durante nuestro primer ensayo, y defendió sus trajes reveladores.

—Me parece que vamos a poder ver, por cómo se visten, que estas hadas son muy juguetonas y muy peligrosas, terrenales pero demoníacas, con más hincapié en la cuestión de género, y esto no solo socava nuestra cultura patriarcal, sino que además resalta la crueldad con la que los jóvenes enamorados se tratan entre sí en el bosque de Atenas —anunció ella, sin sacarme los ojos de encima.

¿Hacía falta que ella viera todo como un reflejo de los antagonismos sexuales en nuestra propia relación, con sus continuas rupturas y reconciliaciones?

Carol mostró los bocetos de las hadas —Telaraña, Flor de Guisante, Polilla y Mostacilla— bajo la luz intensa del techo. Una chica de shorts y remera protestó:

—Ni loca. No voy a salir desnuda.

—Esto es teatro, linda. No estás desnuda, el que está desnudo es el personaje.

—Buen punto, Carol —interrumpí, lo que no fue muy sensato de mi parte.

Carol me lanzó una de sus miradas de furia, recordándome que estaba por llegar a un punto de quiebre en nuestra relación. ¿Qué puedo decir al respecto? Después de cinco años, es algo bastante recurrente. La verdad es que nunca fuimos muy felices juntos. Nos buscamos roña y nos trenzamos en peleas sórdidas. No voy a dar detalles, salvo que cuando pienso en nuestras discusiones, o en el alcoholismo de Carol, siento pena por nosotros, y me dan ganas de llamarla y preguntarle si está bien; y eso, como bien sabrá cualquiera que haya estado aunque sea brevemente en una relación erótica hostil, casi siempre es el preludio a un polvo espectacular.

—¿Y qué voy a usar yo? —gritó un chico en el fondo del subsuelo.

El chico era Sam English, actor frecuente en nuestras obras, barbudo y de voz grave; era mi Bottom. Carol le dijo a él y a todo el elenco:

—El vestuario está diseñado para sugerir un período histórico y una clase en particular, aludiendo al mismo tiempo a la ropa moderna. Bottom y los demás Artesanos van a usar cinturones de gimnasio por encima de sus túnicas de lana, con los nombres de los personajes en papel transfer.

Había sido mi idea representar a los artesanos rústicos de Shakespeare como un grupo de levantadores de pesas isabelino. Me los imaginaba llevando packs de cervezas colgando de esos anillos de plástico transparente.

—Quiero ver a Bottom y a sus hombres al frente, rápido —exclamé, para empezar el ensayo de la obra dentro de la obra, la irresistible “breve y fastidiosa obra del joven Píramo y su amada Tisbe” en el quinto acto.

Se acercaron Quincio, el carpintero; Bottom, el tejedor; Flauta, el remiendafuelles; Soplete, el calderero; Ajuste, el ebanista; y Malcomido, el sastre: en realidad, un rejunte de estudiantes de Ciencias políticas y Ciencias de la religión. Los seis se ubicaron alrededor mío. Les dije:

—No sirven para una mierda y son feos. Son una manga de dipsomaníacos analfabetos, y me sorprendería que alguno de ustedes no fuera virgen. A sus madres debería darles vergüenza haberlos tenido.

Los chicos parecían perplejos, y sabía que los tenía justo donde quería. Es útil, cuando se dirige, borrar los límites entre actor y personaje, para inaugurar, con unas pocas palabras ásperas, si es necesario, cierta inestabilidad emocional; en este caso, estaba explotando las acostumbradas inseguridades de mis alumnos para llevarlos a identificarse con los variopintos artesanos de Shakespeare.

Entonces procedí a darles a estos Alegres Compañeros mi charla admonitoria sobre lo difícil que era la vida en el teatro. En un momento, noté a Danielle —la podía ver por encima de la cabeza desproporcionada de Sam English; agitaba la mano y me señalaba su reloj, haciendo esos gestos y caras que hace la gente cuando necesita llamarte la atención pero te tiene miedo—, así que resumí:

—Chicos, el punto es este. La gente piensa que el teatro es romántico y mágico. Y es cierto, a veces. Pero en general es una cagada y no le interesa a nadie.

—¡Hora de improvisar animales! —gritó Danielle.

Sueño de una noche de verano, según nos dicen los historiadores, con toda probabilidad se estrenó en una boda real celebrada, justamente, en verano, en una casa de las afueras de Londres. Cabe imaginar que los invitados, como los invitados a todo casamiento a lo largo de la historia, se intoxicaron con alcohol y con el espíritu afrodisíaco del evento. Las parejas jóvenes, entrando y saliendo por las puertas, escabulléndose para coquetear o pelearse o hacer el amor, tenían su contraparte dramática en los desdichados niños, perdidamente enamorados, en el bosque imaginario de Shakespeare. ¿Cuántos amantes de verdad se habrán despertado después de la ceremonia, con resaca y náuseas, y se habrán descubierto despatarrados en el jardín, enlazados a alguien que acababan de conocer durante la fiesta de la noche anterior? Yo quería crear un mundo donde el amor fuera mercurial, desenfrenado, bestial. En nuestra producción de Sueño de una noche de verano, los tórtolos núbiles se quedarían dormidos después de perseguirse mutuamente por el bosque; luego, bañados con el néctar de la flor de Puck, se darían vuelta, se refregarían los ojos y se cogerían a la persona equivocada.

—Pongámonos todos en cuatro patas —dije.

Y en cuatro nos pusimos. De inmediato noté que Mary Victoria Frost y varias hadas parecían estar actuando como gatitas: arqueaban la espalda, proyectaban el culo felinamente en el aire y bufaban. A Sheila Tannenbaum —que en el segundo acto, escena uno, repite la famosa frase: “Trátame como perra, dame golpes, patadas”— le estaba saliendo muy bien hacer de cachorra sumisa, revolcándose y sacando la lengua para lamer a Billy Valentine, que reptaba por ahí con la panza contra el suelo. El León rugía y Bottom rebuznaba como un burro, y Sarah Goldwasser, nuestra Titania, respondía frotándose contra Sam: era evidente que esos dos se estaban buscando. Eso es algo que me gusta ver. El sexo mejora cualquier espectáculo.

—Oink, oink —le dije a Mary Victoria Frost.

Amo el teatro. Realmente lo amo. Y adoraba a mi elenco. Ellos se adoraban entre sí, además; estos jovencitos y estas jovencitas —a medida que los días se hicieron semanas y la obra fue tomando forma— se atraían de una forma cada vez más desinhibida. Ya era mediados de mayo, y el verano se empezaba a sentir en el aire. En el subsuelo hacía un calor que sofocaba, gracias a la caldera recalentada en el rincón.

—Todavía no acabamos —anuncié al comienzo de nuestra tercera semana—. Los que todavía no se saben sus diálogos de memoria, nos están retrasando a los demás. Demetrio, quiero que calcules bien cuándo te toca entrar para que Helena no tenga que esperar al frente del escenario. Titania, menos besos y más provocación cuando te entregues a Bottom en el cuarto acto. No le dejes todo servido.

—¿Reg? —se oyó decir a una voz aguda que venía del grupo.

Era Sarah Goldwasser, la estrellita insufrible.

—¿Sí, Sarah?

—¿Cuándo vamos a irnos de este subsuelo mugriento y empezar a ensayar en el parque?

—En cualquier momento. Roger y Emil están construyendo las plataformas en los árboles, y tienen que cavar el agujero para Puck. Cuando el cráter de Puck esté listo, nos vamos.

—¿Cráter?

Era Martin Epps.

—Claro. En nuestro Sueño de una noche de verano, los demonios no solamente van a revolotear por ahí como espíritus del bosque; también van a salir de la tierra para agarrarnos y arrastrarnos al infierno. En cualquier caso, Martin, no creo que tu agujero sea un gran problema después de uno o dos ensayos in situ. Vas a ver —le aseguré al joven ciego.

Fue uno de esos momentos donde una persona (yo, en este caso) dice algo totalmente fuera de lugar y después, cuando se da cuenta del error y sus implicaciones, enseguida intenta remediarlo a ciegas —no hay otra manera de describir esto: es la mayor de las cegueras verbales— exclamando más despropósitos.

—Lo que quise decir es que… los demás vamos a… verte arrastrarte… cubierto de tierra y ramas… Te darás cuenta qué imagen… o sea, no literalmente…

—Está bien, señor Barry —dijo Martin Epps.

—Mejor Reg —le recordé, a modo de disculpa.

Después, dirigiéndome al grupo entero, traté de recuperar mi autoridad:

—Bueno. Todos los jóvenes enamorados, vayan al rincón. No toquen la caldera.

Posiblemente —debería decir probablemente— era un riesgo de mi parte tratar de simular relaciones sexuales con alumnos de licenciatura.

—¿Qué piensan, muchachos? ¿Están cómodos con hacer esto enfrente del público?

Estábamos todos juntos —Mary Victoria Frost, Sheila Tannenbaum, Billy Valentine y yo— sentados en ronda en el piso. Billy, observé, le había puesto el ojo a Mary; reclinado al lado suyo, se notaba que quería encontrar una parte abierta de la blusa para espiarle una teta. Mary tomó la palabra:

—¿Cuánta luz va a haber?

—Poca. Para el tercer acto ya se va a estar poniendo el sol. Con algo de suerte puede que sea una noche húmeda y haya luciérnagas.

—¡Va a ser hermoso! —exclamó Sheila.

Asentí.

—Claro, Sheila. Cuando uno hace el amor, está haciendo el trabajo de Dios en la Tierra.

Dicho eso, nos quedamos un tiempo sentados. El clima se puso agradablemente incómodo. Esta sensación de un malestar emocional profundo y compartido quizá se haya visto exacerbada por la presencia de la caldera, que siseaba y apestaba a combustible quemado, haciendo que en nuestro rinconcito hubiera un aire caliente nauseabundo, sofocante. Al final Billy rompió el hielo con un chiste homofóbico:

—Reg, ¿voy a tener que darte?

—En cierto sentido, Billy. Lisandro, Hermia, Demetrio y Helena van a ir y venir en una especie de abrazo ciego y giratorio. La posibilidad erótica, no como signo de inmoralidad sino de inmortalidad, es el verdadero goce de los enamorados solteros. Así que vamos a darle.

—Como en mi dormitorio —rio Valentine.

Después nos estiramos todos en el piso y empezamos a ensayar posiciones. Saltaba a la vista que estos chicos —¿cómo decirlo?— tenían experiencia en ciertas cosas y no en otras. Sheila Tannembaum se reía cuando la tocaban; de linda esta larguirucha tenía poco y nada, pero era tímida y por lo tanto sexy. Billy Valentine no era sexy. Me molestaba ver cómo toqueteaba a Mary Victoria Frost. Era muy atolondrado y, hasta donde yo podía ver, a ella no le importaba. Le di la señal a todos para que cambiáramos de pareja, y Mary me envolvió con sus piernas. Interpreté que me estaba dando permiso para acunarla en mi regazo. No pesaba prácticamente nada. ¿Sería una de esas chicas que viven a cereal y anfetaminas? Hundí la cara en su pelo y respiré sus aromas a aceite de baño y nicotina. Ah, mi corazón. Apoyé la cabeza en su hombro y miré cómo Billy Valentine cabalgaba a Sheila. Parecía estar lastimándole la garganta —¿qué hacía, le aplicaba una toma?—, hasta que ella, con un movimiento atlético de las piernas, le hizo una tijera y lo tiró con fuerza al piso. Pum. Sin perder un segundo, me estiré y tomé a Sheila, trayéndola hacia mí, quedándome de este modo con dos chicas y obteniendo una clara victoria sexual sobre alguien lo suficientemente joven como para ser mi hijo.

Billy Valentine se sentó a un costado con las piernas cruzadas, cabizbajo. Tuve la sensación, al mirarlo, de que lo estaba viendo en un momento de vulnerabilidad, y en una postura y actitud que expresaba un estado esencial de su ser. Estaba siendo testigo, pensé, de algo parecido a la tristeza pura; y hubiera apostado plata a que Billy era hijo de padres divorciados, probablemente alcohólicos. Me acurruqué con las chicas y en un arranque de, supongo, empatía, le conté:

—Te voy a decir algo, Billy, mi mamá y mi papá se emborrachaban y discutían todo el tiempo. La verdad es que se trataban de un modo horrible. Yo pensaba que nunca me iba a reponer de eso, y calculo que quizá nunca lo hice.

Por un instante, pareció que Billy se iba a echar a reír. Pero no se rio. Me miró con unos ojos enormes, bien abiertos, que daban la impresión de abrirse más y más, y le cambió la cara totalmente, con lo cual me refiero no tanto a su aspecto, sino a la impresión que generaba: sus facciones se relajaron, y él agachó la cabeza.

—¡Todos acomódense para el segundo acto, escena uno! —grité, dirigiéndome a Danielle y al elenco—. Vamos a ensayar la obra desde que Puck le dice al hada: “Estás en lo cierto; yo soy ese alegre andarín de la noche”. Puck, estás al frente del escenario, saliendo a rastras de tu agujero.

—Estás en lo cierto. Yo soy ese alegre. Andarín de la noche —recitó mi invidente Puck.

—Un minuto, Martin. Quiero que repitas eso, pero como si odiaras tu vida. Quiero que digas esas palabras como si estuvieras solo en el mundo y te dieras asco.

—Estás en lo cierto; yo soy ese —ahí hizo una pausa especialmente larga, como si tratara de resolver un problema difícil— alegre andarín de la noche.

—A ver. Puck no es un payaso dicharachero. ¡Es el duende! ¡Belcebú! ¡Lucifer! ¡El enemigo del amor! Puck es una criatura miserable, que destruye porque le gusta. Hagamos un ejercicio rápido. Quiero que repitas: “Soy una criatura miserable, destruyo porque me gusta”.

—Soy una criatura miserable, destruyo porque. Me gusta.

—Todo lo que hago causa dolor.

—Todo lo que. Hago causa dolor.

—Nadie me quiere.

—Nadie. Me quiere.

—Soy un energúmeno.

—Soy un ener…

Estaba resoplando. Se le quebró la voz. ¿Le caían lágrimas? No podía ver los ojos de este joven actor por sus lentes oscuros. Me le acerqué a mi Puck, para gruñirle en el oído:

—Llevo el número de la bestia.

—¿Eh? —gimió.

Le di un golpe a mi cieguito en el hombro.

—Ensayemos la obra, Martin, digo, Puck. Cuando lleguemos a la parte donde vas persiguiendo a los jóvenes enamorados por el bosque, quiero que nos pegues en las piernas con el bastón.

Y dirigiéndome al elenco, a los Nobles y los rústicos Artesanos, a los demonios, los diablitos y los niños perdidos, proclamé:

—El espectáculo tiene que fluir, gente. ¡Es una comedia!

¿O no lo era? Los estudiosos de Sueño de una noche de verano sin duda conocerán la tendencia, en años recientes, a poner de relieve el elemento de terror de la obra: las hadas se interpretan como espíritus malignos, Oberón como un abusador; la transformación de Bottom se presenta como una mutilación grotesca, literalmente bestial. Este impulso contra el tradicional espíritu divertido y juguetón tiene algo de reaccionario; interpretar el Sueño como una pesadilla sexual, demoníaca, en vez de una fiesta inocente al aire libre es un modo de hacerla más “moderna” en tiempos de la posguerra, el posholocausto, la bomba atómica y el psicoanálisis.

—Máxima fealdad —le pedí al reparto en la última semana antes del estreno.

Era un sábado por la tarde, en nuestro primer —y único, gracias a las tormentas— ensayo a la intemperie. El cielo estaba encapotado y hacía un frío poco veraniego, con viento norte cargado de olor a lluvia. Había cuervos posados en las ramas de los árboles y en las plataformas de las hadas, decks de madera terciada unidos por puentes colgantes, todo instalado bien arriba, en precario equilibrio, sobre el pesado ramaje de roble, que proyectaba su sombra en el profundísimo agujero de Puck, cavado al frente del “escenario”, en el borde más al sur del parque de la Universidad de Barry, nuestro teatro.

—A los árboles, hadas, vamos —grité.

Las chicas se turnaron para trepar. A algunas les costaba subir. Sarah Goldwasser, la majestuosa Titania, se me acercó imperiosamente:

—Reg, ¿le podrías decir a Oberón que deje de pellizcarme los pezones en la escena donde peleamos?

—Me parece que suma bastante a la escena, Sarah.

—Lo hace muy fuerte. A mis pezones no les gusta tan fuerte —dijo, indignada, antes de irse a su pérgola.

—Se viene la lluvia —exclamó un chico al lado mío.

—Te agradecería si te concentraras en actuar en vez de preocuparte por el tiempo, Billy.

—¿Cómo se supone que actuemos si todo el escenario es un agujero en el piso?

Era una buena pregunta. Y yo tenía una buena respuesta.

—Los patrones circulares que van a dibujar nuestros movimientos alrededor del pozo son una ilustración de lo cerca del abismo que está la humanidad, y eso a su vez es una alusión dramatúrgica a los temas de revolución y renovación en la danza tradicional inglesa Morris, que, según vimos la primera semana de ensayos, como bien recordarás, Billy, se conoce como la fuente folklórica de las comedias estivales de Shakespeare.

Ojalá pudiera decir que quedé satisfecho con esa perorata improvisada. Las observaciones puramente técnicas sobre las implicaciones más profundas del arte teatral conviene dejarlas para el aula, porque in situ, por así decirlo, oscurecen más de lo que aclaran. Billy parecía desesperado. Evidentemente no me equivoqué al suponer, durante el ensayo de la escena de sexo de la semana anterior, que tendría una historia familiar tristísima. Le puse una mano en el hombro y dije, con el tono más paternal que me salió en el momento:

—Ya sé que es un agujero muy grande, Billy. Todos vamos a tener que estar muy atentos para no caernos y partirnos las piernas. A veces en el teatro, como en la vida, damos lo mejor de nosotros cuando nuestra mayor preocupación es no hacer el ridículo.

—Es típico que un hombre diga eso, ¿no? —declaró una voz de mujer.

Me puse tenso de inmediato. Era Carol, que había aparecido subrepticiamente a mis espaldas y ahora estaba parada con los brazos cruzados contra el pecho, postura que adoptaba cuando se ponía en modo beligerante, clara indicación de que había estado bebiendo.

—Hola, Carol.

—Ni te molestes con los buenos modales, Reg —dijo ella—. No te quedan bien.

Se tambaleaba un poco, oscilando sin moverse de su lugar, como cuando un actor hace de borracho, pensé. He aquí un ejemplo de algo análogo a un cliché escénico pero en la vida real.

—Vamos a empezar a ensayar, Carol. ¿Supongo que habrás venido a tomar algunas medidas de último momento para el vestuario?

—Hijo de puta.

—No hagamos una escena otra vez, Carol, no ahora, en frente de los chicos, por favor, ¿okey?

—Ah, miren quién habla. El defensor de los chicos en persona. —Se dirigió a Billy—. Me imagino que te cae bien tu profesor, ¿no?

—Supongo.

—¿Supongo?

Parecía que iba a caerse en cualquier momento. El tono de voz era histérico y cruel.

—¡Va a llover! ¿Alguna vez se te dio por coger bajo la lluvia? ¡A tu profesor le gusta coger bajo la lluvia!

—Por Dios, Carol.

—¡Le gusta coger bajo la lluvia y le gusta encima del escritorio y en los autos y en casas ajenas!

A esa altura ya se había ido acumulando gente, un círculo de actores y actrices, personas que pasaban por ahí, ningún profesor o colega decano, esperaba yo, todos reunidos para disfrutar el espectáculo de Carol gritando:

—¡Iba a tener un bebé! ¡Este tipo no me dejó tener a nuestro bebé!

Me di cuenta de que Billy mantenía una expresión sorprendentemente calma (aunque algo ida), como si estuviera acostumbrado al exhibicionismo violento de los adultos. Nada parecía resultarle más natural que la furia de una borracha.

—Perdón, hijo —le dije cuando Carol al fin terminó de gritar.

Tuve la incómoda sensación de estar imitando impecablemente, en cierto sentido, al verdadero padre de Billy, un hombre —si me guiaba por nuestro episodio en el parque de la universidad— algo pusilánime.

—Todo bien —suspiró Billy.

Luego vino la lluvia. A las primeras gotas le siguieron el viento y un trueno enorme, que retumbó notablemente. Las ramas de los árboles se empezaron a agitar y las hadas bajaron a toda prisa de sus plataformas, no mucho antes de que un relámpago arborescente cayera a poca distancia, tiñendo el cielo por un instante de un blanco fantasmal. Los actores y el resto del equipo salieron corriendo para cualquier lado. Era una de esas tormentas que marcan el comienzo del verano; no tenía sentido tratar de no mojarse. Me estiré y tomé a Carol del brazo, para tranquilizarla y que se apoyara en mí. La lluvia le había mojado todo el pelo, que ahora le caía en varios mechones.

—Vayamos adentro, así te busco un toallón calentito —le grité, para que me oyera por encima de los truenos, y ella zafó el brazo de un tirón y trastabilló hasta el borde del agujero de Puck.

Carol me lanzó una de sus miradas intensas, inimitables, de puro asco; luego se agachó, puso las manos sobre las rodillas para estabilizarse, y vomitó en el pozo. Fue rápido, y terminó antes de que Billy o yo atináramos a hacer nada para ayudarla. Un par de arcadas después, largó una última escupida. Estaba hecha un espanto, como una de las brujas en la obra escocesa, pensé, o una de esas descendientes modernas de las arpías en los páramos, las muertas vivientes que salen de las tumbas en las películas de terror. Estaba borrachísima, por supuesto. Dirigiéndose a Billy (estaba mirando más que nada al chico, aunque es de suponer que pensaba en mí, o quizá ni en Billy ni en mí), dijo:

—Te tendrías que mirar. Me das asco. Igualito al padre. Él hace lo que se le canta con la gente. Es una mierda. No hay amor en esta familia.

Después se alejó a los tumbos por el parque. Billy y yo la vimos girar tambaleándose en una esquina y desaparecer detrás de Lunbeck Hall; nos dimos vuelta, nerviosos y avergonzados, dos hombres que cargaban con la misma humillación, y nos fuimos caminando en el sentido opuesto. Teníamos la lluvia que nos daba en la cara y las manos enfundadas en los bolsillos. El viento y el agua nos obligaban a bajar la vista. Nos chapoteaban los zapatos. Había charcos por doquier.

El primero que habló fue Billy.

—No creo que yo pudiera correr así, si acabara de vomitar.

Ese comentario hizo sentir una simpatía inmensa por el joven Valentine.

—Te debería haber tocado el papel de Puck.

Esto no lo dije para evitar hablar de Carol, su exabrupto o su vómito, tanto como para aliviar la culpa y la vergüenza que sentía a través de algún gesto, por pequeño e insignificante que fuera. Billy contestó, captando el espíritu de la situación:

—El de Demetrio es genial.

—Me alegra que pienses eso, Billy. ¿Tendrías más de esa droga buenísima y potente de la otra vez? —pregunté, chorreando agua.

—No, señor. No encima.

—Qué lástima.

Por razones que no pude precisar, agregué: