Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Hay ventanas en los cerros del viejo Puerto para ver la vida pasar junto a los años con aromas de mar, los sueños, el amor. Amigos, los invito a explorar del brazo en esta novela las copas, las charlas de dos ancianos locos y entrañables para mí; el universo de disímiles ideas acerca del arte, la belleza, la cultura, la religión, la filosofía, el amor y la muerte. La razón, la fe. Es un viaje hacia la conversión mediante el impacto del dolor, el gran maestro de la existencia y a su vez en busca del propósito de tal existencia.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 245
Veröffentlichungsjahr: 2025
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
OVANID ©Paz Sekul Primera edición: diciembre 2024 © MAGO Editores Director: Máximo G. Sá[email protected] Registro de Propiedad Intelectual: N° 2024 A-8544 ISBN: 978-956-317-806-7 Diseño y diagramación: Sergio Cruz Edición y corrección: Liany Vento Fotografía autora: Andrea Muñoz Impreso en Chile / Printed in Chile Derechos Reservados
Hay ventanas en los cerros del viejo Puerto para ver la vida pasar junto a los años con aromas de mar, los sueños, el amor. Amigos, los invito a explorar del brazo en esta novela las copas, las charlas de dos ancianos locos y entrañables para mí; el universo de disímiles ideas acerca del arte, la belleza, la cultura, la religión, la filosofía, el amor y la muerte. La razón, la fe. Es un viaje hacia la conversión mediante el impacto del dolor, el gran maestro de la existencia y a su vez en busca del propósito de tal existencia. " Fides quaerens intellectum" San Anselmo de Canterbury. " Credo ut intellectum et intelligo ut credam” San Agustín de Hipona.
Soñó su seudónimo, Ovanid, una fantasía para lucir en la marquesina del teatro. De procedencia oculta, quizá nacido en lejanas y frías tierras, le pareció sonoridad apropiada a su condición de actor. Envejeció de golpe y suplicios, cumplió setenta años. De actor fracasado pasó a mimo callejero y ocasionalmente payaso al estilo de bufón de corte, como Yorick. Amaba el monólogo de Hamlet. No obstante, triunfar en el teatro clásico era “vanidad de vanidades y todo vanidad…”. ¡Oh vanidad! Era soñador y poeta. Soñaba con ella, derramando sus delirios en su boca y todas las compulsiones de su amor desesperado cayendo sobre la rosa, haciendo florecer esos pétalos sangrantes, penetrándola hasta abismos insondables en el paroxismo del placer y del dolor. Ella no era desnuda en su pudor virginal, anatema de besos, sucia de leche y miel. Y él se preguntaba en medio del delirio, ¿todavía me espera? Pensó que se había restado de asistir a la fiesta de la vida; que no había escuchado la sentencia: creced y multiplicaos. Ella, la musa soñada, existía en otra realidad y sabía de aquella rotunda imposibilidad, jamás podría introducirse en los misterios de Ovanid y sus cofrades mentales torturados por nostalgias de paraísos y de magias ancestrales. Eran laberintos insondables tras la sonrisa de payaso o del desdichado monólogo de Hamlet. Ella no podía seguirlo por las calles del viejo Puerto. Ella y su pasión desmesurada pensaban en la imposibilidad de aquel amor conturbador de azucenas. Algo abismal la conducía a derramarse en los espejos buscando una salida liberadora. Solamente al amparo del sueño febril podía acompañarlo; ella y Ovanid eran prisioneros de sí mismos en otra realidad, en el sueño eran cautivos en esa inmensa soledad del cosmos; muñecos atrapados en el dolor Universal, en el incomprensible y espantoso silencio de Dios. Así, Ovanid caminaba por la antigua historia del Puerto.
Ella era dulce como miel de casandras en el té. Velaba su sueño de profundas aguas. Como luna tejedora de espumas le musitaba al oído: «Te sembraré en el viento y te haré poeta. Soy una jarra de mares en tu boca. Tu primera caracola llamada Eva, yo soy la turbulencia nupcial en las raíces de la vida, carne desnuda, beso ubérrimo, oscuro y solemne; eran mis muslos abiertos lámpara de tus deseos y catedral profunda de tu espiga. Mi amado Ovanid, déjame entrar en tus sueños a vestir la madrugada de fiebre e infierno, roja pasión mía, escancia tus ríos en mis rosas. Déjame acariciar con silencios tu almohada en el ardor derramado y mi dolor ya ausente». A ninguno de los dos amantes les importaban las agonías metafísicas de la razón, la embriaguez estúpida, sus discursos ni la vaguedad de las palabras lúcidas. Desde otras encarnaciones aurorales y traidoras que precipitaban demonios perfumados, ellos se habían caído al mundo desde una constelación de lirios y búhos. A veces reían con sonido de campanas difusas. A veces lloraban en la desesperanza de muñecos desolados, enredados en el juego de las pasiones densas, en cópula púrpura de carne y metales, eran trapos vivos en una costura de tierra y cielo. Entraban en los laberintos insondables del placer y del dolor con malditos besos y sagrados orgasmos. Se abrazaban con silencios de muerte y disparos de luz enceguecedora y derramándose en los espejos buscaban una salida liberadora.
Venciendo los miedos, ella lo acompañaba desde la soledad sideral y delirante de la ancianidad de jarra de vino junto a la pequeña luz del pan sobre la mesa en el banquete humilde de su amor y, sin embargo, él no la conocía. Ella musitaba en su oído y Ovanid en su sueño extraviado no alcanzaba a escucharla. «Mi dulce Ovanid, ángel de mis fatalidades, mi sabandija traviesa, ¿sabías que desde hace siglos te espero, te sueño y te escribo? Estás hecho de papel y de palabras, generado desde un lápiz y una medusa en divina masturbación. Yo soy tu encarcelada, te beso y quedo maldita. Expulsada del santo palacio de los Dioses. Mi Ovanid, mi juguete intemporal y consagrado al silente cosmos. Eres lejanía de alboradas infinitas, te veo y me deleitas, adquieres porte de príncipe y de ensueños, mi precioso reptil azul. En el apogeo y la exultación mis entrañas seniles se tornan noveles. Incontenible deseo de eternidad madre y esposa de la vida misma. Yo, mi divino y mortal Ovanid, soy tu sombra siniestra, el comienzo y el final de tus desvelos; para olvidarme ríes, rezas. ¡Ah, confusa precariedad de la razón! Apoteosis del pensamiento reflexivo que desvela y tortura a las ansias de inmortalidad. Tú eres carne que palpita y clama sus derechos a existir, el grito preadamítico convertido en flecha ígnea disparado a la matriz del infinito. Me obsesiono contigo y desnuda te espero; amo tu locura precoz, tus luchas entre la razón y la pasión te conducen a mis oscuros dominios, a mis pechos nocturnos llenos de olvido. Deja en mí las huellas de la víbora edénica y del sacro vino imperturbable a través de la historia humana. Amor mío, quién es aquel que no tuvo la entereza suficiente para salir corriendo en pos de las estrellas altas y gritar al oído de Dios: «Aquí estoy, condenado y sufriente, cautivo en las fauces del tiempo». En las sombras proyectadas de los ojos ciegos, la muerte camina depredadora y voraz; yo soy la infeliz criatura expulsada del Jardín de las delicias hacia un horizonte de lágrimas y huesos, ahora hijo de Eros y de Tánatos. Prisionero de una larga cadena de engaños e ignominias, envenenado de Dioses y de máscaras.
Yo soy tuya mi Ovanid, tu boca me enloquece; apiádate de mí, yo soy inefable como las arañas, capturando y capturada. Huye de mí, huye de la transitoriedad de la vida, renuncia a los flagelos de la conciencia y hazte santo… No duermas, sueña tus delirios y exalta en mí tus impuros deseos de libertad, mía es tu vigilia desesperada de amor, el sudor desquiciado y caliente de dos cuerpos buscando perdón y eternidad, buscando el verdadero proyecto de la vida más allá de la fe y la razón. Yo soy tu luna patrona de las quimeras de la carne, de los afanes del óvulo y delicada como templo de espejos y vitrales.
Ovanid solía despertar de madrugada y ella jamás estaba, creía haber escuchado su voz recurrente en el sopor y la inconsciencia del descanso nocturno, no tenía certeza de aquello; las figuras femeninas que conservaba en la vieja memoria eran difusas. La voz de ella y su cadencia misteriosa le recordaban una imagen antigua. Durante sus clases de teatro —en otro mundo— visitando un circo, se enamoró de la equilibrista, muy arriba de la cuerda, con pasos artísticos equilibrando un quitasol multicolor, ella se mantenía graciosamente a punto de caer a un precipicio de payasos y de aplausos. Este recuerdo juvenil e imposible como los grandes amores de la historia, siempre trágicos o dramáticos, estaba sublimado por esa locura de Ovanid, por las bondades del tiempo transcurrido. Ella era lejana e inalcanzable, un violín de seda sonando en el confín del Universo, música divina que sólo él escuchaba en su negro acontecer mental.
Bostezó como suelen hacerlo los grandes y voluminosos viejos extranjeros, tragándose todo el aire disponible de mañana porteña en la década de los 80…
Se levantó y fue a mirar por la ventana; aún no se iban las estrellas del patio del conventillo cuando se inició la danza de los ogros, el desfile secular de sus compañeros de vicisitudes, el esperpéntico retorno de sus camaradas de pobreza y oficio retornando a casa luego de una noche de juergas. El Guadañero y el Pontífice, montando corceles dorados cual escobas del Olimpo, presidían el cortejo; les precedía en ángel alquimista en su carro de la templanza. Magos y rabdomantes ejecutando pasos de baile avanzaban tambaleantes por la vereda rumbo al patio del conventillo; más atrás el prestidigitador lucía capa de aéreas lentejuelas, venía jugando con cruces, dados y pirámides… Finalmente el malabarista lanzaba mendrugos de pan hacia las constelaciones australes, los que volvía a recibir convertidos en piedras preciosas sobre sus manos agradecidas de tal milagro. Cerraba el desfile de sus delirios la cuadrilla de los penachos rojos; un encapuchado tiraba un coche de juguete con un pequeño ataúd de cristal rosa en cuyo interior reposaba un quitasol multicolor, más atrás le seguía un perro flaco con los ojos luminosamente tristes.
Así, madrugada tras madrugada, Ovanid los veía llegar al patio común de derruida casa; eran sus vecinos, todos envueltos en etílicos vapores. Algunos harapientos, otros no tanto. Profesionales que imploraban la caridad pública en la Plaza del Mercado; timadores de poca monta y ladronzuelos. Regresaban desde las tinieblas del delirio a dormir en cualquier rincón de la vieja casona, antigua construcción de rancio abolengo francés, abandonada en aquellos años, hoy inexistente. Ovanid se había apoderado de una habitación en la mansarda, un lujo. Se quedaba quieto, sin vida, con la nariz achatada pegada al vidrio de la ventana, intentando aprisionar en su mirada vieja de añil, las últimas estrellas; tratando de dilucidar si aquel desfile de esperpentos era real o fruto de su imaginación febril.
Amaba la música de Chopin y de Debussy. Recordaba alucinado sus primeras clases de teatro, aquella vez que debió ir al circo para estudiar esas artes escénicas… Un payaso le había obsequiado una gorguera de tul, un chaleco de lentejuelas y unos enormes zapatos rojos. Si ahora se asomaba debajo de la cama, aún encontraría los restos de aquel regalo, ese añorado vestuario circense, diseminado por el piso de madera húmeda y añosa, artísticas reminiscencias de terciopelo y telarañas.
Hoy usaba un pantalón cualquiera, camiseta regalada por la caritativa amistad del viejo marmolista Murillo, abrigo de lana gris y bufanda verde… De tarde en tarde en la apoteosis del delirio, calzaba los zapatos rojos de colosales dimensiones. Con ellos sentía que iba y venía por la cuerda floja de la vida en su tramo final, a punto de caer al otro mundo. Con zapatos rojos equilibraba tormentos y pasiones… en la certeza de una próxima y libertaria caducidad. «Mi dulce niño, amadísimo hijo», recordó que le decía su madre carnal, en otro idioma, extraño y casi olvidado. Lo había acariciado allá muy lejos, en distinto continente y tal vez en tiempo prenatal.
Los años venían en su auxilio, ayudándolo a caracterizarse eficazmente. Ya no requería los artificios de las ridículas pelucas para aparecer semicalvo en escenas épicas de trágicos e históricos personajes; unos cuantos cabellos canos en las sienes y otros tantos dispersos graciosamente por toda la testa, obraban el efecto milagroso de otorgarle auténtico aspecto grotesco. Ovanid creía asustar a los niños con su gran tamaño y voluminosa panza y, aunque así no fuese, los años lo habían alejado de las risas inocentes y pueriles; no olvidaba que, para financiar su carrera teatral, disfrazado de payaso, animaba fiestas infantiles; tiempo que yacía en otra dimensión. No obstante, siempre creyó que solamente en la mente colectiva de los niños y los locos, los payasos son verdaderamente admisibles en su ficticia imagen de la alegría y la felicidad.
—¡Ey, Ovanid! —le gritaban los vecinos— ¿por qué no te lavas la cara? ¡Ese gringo está loco!
Eran todas alusiones a su —a veces— empolvada caracterización de mimo publicitario; él conservaba su rostro blanco por varios días. En ciertos delirios nocturnos y horrorosamente solitarios, pensaba que nadie sospechaba que su espíritu bufonesco estaba maldito, que era un hombre castigado, convertido en espejo de los demás hombres para que en él se reflejasen sus tragicómicas historietas de vida y las patéticas máscaras. Rara vez solía asomarse al espejo, le temía a su rostro. Un abominable designio supranatural lo había maquillado a perpetuidad, denigrando la faz para que no quedase huella alguna de imagen o semejanza con otra sacra faz… Ciertamente Ovanid no parecía hecho a imagen y semejanza del celestial jardinero del Edén. La huella divina estaba cubierta por una gruesa capa de polvos cosméticos. Creía que lo habían sentenciado: «Conocerás las delicias de la evasión compulsiva y el supremo valor de la búsqueda de la felicidad». Él no tenía realidad… Era un actor, un personaje constante proporcionando extravagantes distracciones, risas estúpidas, placeres idiotas. Constructor de un yo social, colectivo. Desde el cielo raso de su habitación, surgiendo desde el suelo, arrastrándose por las paredes, un discurso oscuro y sobrenatural lo invadía en ciertas noches. Le temía a esa voz desconocida, la escuchaba con estupor: «Permanecerás en la cárcel de las banalidades, eres un individuo vulgar e insignificante, contemplativo y contemporáneo en una sociedad presumida, ilimitadamente soberbia e imperfecta. Allí estarás cuando el nuevo éxodo de mi pueblo vaya desesperado a buscar una razón de validez universal que responda a su angustia existencial y persiga la noche y el exterminio junto al primigenio valor del sexo como última y única fuente de satisfacción suprema. Entonces tú sumarás la sutileza de la inteligencia cruel que necesita reír, matar el hastío; en polémicos recreos olvidarán el absurdo de la existencia gracias al advenimiento de las trivialidades del pensar como método de supervivencia. Se producirán desdichas, torturas físicas y metales aceptadas socialmente, consagradas a refinadísimas vanidades». Y continuaba escuchando voces de ultratumba: «Simbolizarás a toda una gama de seres humanos, causas y cosas disponibles para cuando la motivación real de subsistencia haya desaparecido. Impotente te rebelarás buscando el sentido de tan insoportable designio; intentarás hallar sin éxito al hombre superior y celeste, que se extravió en los escenarios de la vida cumpliendo roles tristes en el transcurso de la historia humana. Confundiré todavía tu ideal religioso, pues he arrojado mis huestes sobre las pequeñas inteligencias y tergiversaré las lenguas de la razón… Te brindaré solamente una oportunidad única de redención: busca al Eremita que porta en sus manos un candil y un bastón, él posee la clave secreta que abre las puertas misteriosas tras las que se oculta la fuente de aguas virginales y genésicas en las que podrás lavar tu rostro, tu cuerpo y vestiduras. Quedarás liberado impoluto, accederás así a la posibilidad de inmortalidad…».
Con el paso de los años, Ovanid perdió toda esperanza de encontrar al exótico Eremita personaje de sus pesadillas alcoholizadas, consolándose con la idea de que solamente la muerte lo liberaría de todo martirio; en todo caso, la inmortalidad era un juego conceptual al que no era muy adicto… Además, aquellos polvos blancos que a veces maquillaban su cara, bien podrían ser un resabio de un antiquísimo ceremonial de aquellos descritos en los tratados antropológicos, cuya finalidad según los eruditos, es la expresión cultural tribal que atrae o ahuyenta demonios. Todos sus conocidos creían que efectivamente estaba perdiendo la razón, que procedía a embadurnarse el rostro con talco y luego olvidaba el episodio. Quienes dudaban de su bienestar psicológico, sabían que la medicina pública de entonces no ofrecía mayor remedio a la salud psiquiátrica de la población vulnerable… Muchos dementes deambulaban por la periferia de la ciudad; Ovanid no era el único con inestabilidad senil caminando por ahí y por allá... Con el objeto de mantener la rutina y la vigencia histriónica alguna mañana, venciendo su miedo al enfrentarlo, se asomaba al temible espejo para ensayar muecas graciosas, simpáticas gesticulaciones; este ajetreo matutino y decadente, acababa por entristecerlo. Frente a la pieza que él ocupaba en el “cité” había dos enigmáticas habitaciones, desocupadas desde hacía diez años; los vecinos conjeturaban historias fantasmales respecto de aquellas y sus antiguos moradores que con el tiempo se transformaron en mitos y leyendas urbanas. En resumen: una década de espectros, almas en pena y desconsuelo frente a su vivienda. Lejos, en otro planeta, al fondo del patio en una habitación de segundo piso, vivía Marina… Estaba sometida en cuerpo y alma a una prematura senectud; la precariedad de la pobreza hace envejecer con prontitud… En tanto, los perros vagos y famélicos, criaturas fetiches y de culto que poseen los barrios populares, tenían su club de sueños también al fondo del patio porque Marina solía compartir con ellos el pan y la tierna mirada hacia la nada. Alguien le había dicho: «Hija mía, los pecados de la carne mueren con la carne». Ante tal certeza, ella olvidó su pecaminoso pasado y se dedicó a esperar morir sin temor al infierno, temía que no lo hubiese, y tampoco cielo… Entonces en medio de una ocasional borrachera se preguntaba: «¿Dónde andará el Cristo de la Magdalena, el Jesús que camina al lado oscuro del ser humano, que habla en el dolor, en el error, en la imperfección, que enjuga las lágrimas y carga nuestros lastres?». En el esplendor de la rebeldía se embriagaba junto a Cronos, cuando ello sucedía, quedaba indecorosamente tirada en la vía pública; sobre la calle ascendente y empedrada Marina soñaba ebria de infancia y olvido. Ovanid solía recogerla, cargándola en brazos la conducía hasta el portal de los cánidos amigos e intentaba dejarla a buen resguardo de éstos para que no se orinaran en la falda de la desventurada Marina, porque de alguna manera, doliente, tremenda, Ovanid la amaba profundamente. Ella era su equilibrista, su quitasol multicolor. La mujer sabia, inteligente, educada y bellísima que en alguna esquina de la vida había caído de la cuerda floja. Será porque la belleza es codiciada, hizo fatal a esta artista de las alturas.
El circo Apolo, con su magia de luz y color, había recorrido casi todo el mundo; una tarde calurosa y primaveral, trayéndolo a bordo el buque Anubis, recaló en la bahía porteña. Sobre la cubierta del barco, los artistas del famoso espectáculo se maravillaron con el paisaje y geografía alucinante del Puerto. Después de las exitosas funciones el circo retornó al extranjero. Sólo para Marina fue un desembarco y función definitiva, ancló para siempre en el Puerto… Se fue a vivir en las entrañas telúricas de los cerros junto a poetas, brujos y arcángeles en el exilio. Se había enamorado de un místico (menor que ella) y fue feliz durante el tiempo que él vivió. A causa de excesos y tóxicos su enamorado falleció prematuramente; desde entonces los siglos se precipitaron sobre ella como una tormenta sobre sus sienes, su vida y su aislamiento. Así las cosas y la historia, Ovanid la amaba.
A esta hora matutina, Ovanid consumaba sus rituales domésticos, era bastante decoroso en cierto vestuario, y cuando olvidaba empolvarse la cara, parecía muy normal, lo cual no era frecuente. Hoy saldría a transitar por la existencia, por el día tibiamente soleado de fines de abril. Le gustaba asomarse en el alféizar de la ventana y ver cómo por un rayo de sol subían a su cabeza una procesión de escarabajos sagrados e iniciados en antiguos misterios y liturgias, pero el Sol le habló desde su potestad majestuosa, suprema: «Son sólo cucarachas domésticas, no van a coronar tu cabeza, buscan un escondrijo entre la madera añosa del muro, sus orgías profanas buscan algo de alimento. Ovanid desde muy joven, en sus estudios actorales e intelectuales buscaba disciplinas espirituales que le respondieran esas eternas preguntas acerca de la causa, el objetivo y la finalidad de tan aciago destino.
La penosa verdad que encontraba era: nada. Recordaba sus lecturas más exquisitas… Desde los escolásticos a Marx, Gnosis y Ateísmo…Y helo allí; confundiendo escarabajos sagrados en hondas meditaciones con cucarachas domésticas en bacanales de estilo culinario solamente…
La confusión de deidades y jerarquías celestiales eran variadas en su panteón de divinidades de poderosos alquimistas, avatares y revelaciones metafísicas. Aun con tanto esfuerzo y desvelo… ¿Dónde hallaría la verdad que su refinado intelecto ansiaba, aun en ciertos desvaríos de la razón? Sin embargo; luego de estas altas consideraciones, abandonó su casa rumbo a las vulgaridades y calamidades de un nuevo día que le aguardaban en esas calles porteñas y pecaminosas… Bajó por una pendiente empedrada hasta la escalera de cien peldaños que los zapatos rojos devoraron uno a uno como si bajasen al averno, firmes y resueltos. El ascensor, esa desarticulada y peligrosa caja de madera vetusta y apolillada que iba y venía por la ladera del cerro, subiendo y bajando, mezclando a los habitantes de la tierra con los del cielo, mortales e inmortales; desde las alturas a las profundidades y viceversa, el ascensor transportaba a aquellos que estuviesen ávidos de luz y otros de sombra. No obstante; hoy no funcionaba, permanecía en eternas y sospechosas reparaciones. Abajo en un rincón del barrio se encontraba el taller del maestro marmolista Murillo; hombre de oficio ancestral en la confección de lápidas y demás artículos de ornamentación mortuoria. Viejo solitario y gruñón, lo habían desalojado de las inmediaciones del cementerio debido a sus continuas rencillas con los demás artesanos del rubro, su ego artístico excedía en mucho su estatura física. Era en ese tiempo el único amigo que aceptaba y trataba de entender las locuras de Ovanid, proporcionándole esporádicos trabajos remunerados. A solas, Murillo despotricaba contra los caprichos de la Santa Madre Naturaleza de los que él, en particular, era víctima. Antaño los médicos intentaron explicarle el asunto en lenguaje científico e incomprensible: «Lo suyo es pura mala suerte!». Soportar la burla principalmente de los niños inocentemente crueles, ya no constituía un problema anímico que atentara contra su autoestima, la salud psicológica o el sano equilibrio emocional. Alardeaba diciendo que la vergüenza extraviada por esta y otras causas peores, no podía ser recuperada.
Lo que rotundamente le exasperaba era la actitud de los adultos ante la risa que provocaba en los infantes… Con frecuencia recodaba a esa madre castigando al pequeño hijo, ocultando en aquel acto de reprobación conductual sus propias morbosas e hipócritas ganas de reír.
—Mira, mamá —había señalado el pequeñito—, ¡un enano viejo, cojo y curco!
En realidad, tenía algo de joroba y cojera, luego la estatura no era tan baja… Debido a su carácter malhumorado se decía: todo viejo chico es prepotente y atrevido. Murillo sabía de la inexistencia de la piedad, su presencia incomodaba a las personas educadas, las hacía avergonzar, ellas bajaban la cabeza simulando mirar hacia otra parte, sin embargo; la mayoría deseaba escudriñarlo por entero e inspeccionarlo intrusamente hasta la saciedad con miradas ebrias de malicia.
«No soy enano —pensaba—, mido un metro treinta y tantos. La desviación de mi columna vertebral me hace ver contrahecho y la pierna defectuosa disminuye mi real estatura. Pero estoy bien dotado de masculinidad, soy el mejor cliente de las muchachas del burdel». Con sarcasmo, se decía a sí mismo: «Lo peor que suele sucederle al enano del circo es crecer…». En ocasiones le comentaba a Ovanid: «Así pues, amigo mío, a las muchachas les cuesta un poco hacer el amor conmigo, la pierna sana siempre queda colgando de la cama y se me acalambra, pero mi falo divino que es más ancho que largo, las deja satisfechas». Ovanid, en cambio, era pudoroso al comentar las actividades sexuales. Pasaba largas temporadas en abstinencia, un celibato laico, no obstante; había noches de extrema soledad, entonces se autocomplacía dejando a la imaginación la triste tarea de sentir besos y caricias, la boca de Marina recorriéndolo por entero. Murillo continuaba sus confidencias amatorias:
—Después del acto delicioso… je, je, je… las pobres muchachas tienen que hacerme masajes con “ungüento la Virgen”. Todo yo quedo sudado y adolorido pero triunfante. Por eso prefiero a la Juany, tiene manos de ángel para los masajes con pomada milagrosa en mi pantorrilla. ¡Ah! Visitar de tarde en tarde la casa de placeres pecaminosos es mi venganza de la vida. Actos impuros a precio razonable… Querido Ovanid, no sabes cómo envidio a los lisiados, a los ciegos… ¡Son tan respetables! Nadie osaría enjuiciar sus desgracias lucidas tan dignamente. Yo soy el justo término medio entre lo normal y lo esperpéntico ja, ja, ja, ja… Correspondo al ideal griego de armónico equilibrio. ¡Ay Dios! Cómo envidio a los paralíticos totales… Y no me digas que vomito veneno… Ellos suscitan en los demás, emociones asquerosamente religiosas, punitivas, que propenden a la caridad, merced a las cuales se organizan funciones de teatro, bailes de sociedad, colectas nacionales y esplendidas cenas. Y para cerrar el círculo caótico, tú deberías envidiarme a mí. Tu esfuerzo por parecer gracioso, divertidamente grotesco a costa de tanto truco en las escenas de la vida resultan patéticos. Yo soy el que causa espontaneas risas, las peores, las que cuesta acallar. Yo soy el bufón original que la naturaleza creo, el arquetipo de Rigoletto… Lo que de veras me apena hasta las lágrimas, es la superstición de cierta gente; tocan mi joroba creyendo que les traerá buena suerte y sus manos me causan repugnancia. La superstición de las ignorantes amigas de la Juany, me repulsa. ¡Féminas estúpidas! Cuando camino por la calle del burdel, desde las ventanas altas, esas tontas me lanzan mensajes escritos en pequeñas bolas de papel, si éstos caen en mi espalda encorvada, tendrán éxito amoroso con el tipo de sus sueños, ese que se acuesta gratis con ellas, ese cuyo nombre han escrito en el solemne documento que se deposita en la joroba de la suerte… ¡Vaya mujerzuelas ingenuas!
—Las mujeres son románticas en toda circunstancia —le respondía Ovanid, pensativo.
—¡Oh sí! No me hagas reír. ¿Qué diría mi ilustre antecesor, Toulouse Lautrec, de tanto vejamen? Las meretrices no deben soñar con un ángel caballeroso que las rescate del lodazal… Además, sus sueños necios dependen de la rapidez de mis reflejos para esquivar las bolas de papel. Gozo diabólicamente cuando el mensaje de los corazones flechados rueda por el suelo y ellas lo quedan mirando abrumadas por la decepción.
—Se dice que la salud de la Juany no es buena —le comentó Ovanid.
—Así es, está muy flaca. Malas lenguas la han convencido que la delgadez aumenta sus escasos atractivos, ella desconoce que está desnutrida; come poco y bebe mucho. Es todo lo contrario de la Lucy, esa bola de grasa tampoco se alimenta bien. Comer bien significa comer caro… ¡Mira tú los absurdos de la vida! Como los niños del África, negros de pelo rubio porque el hambre les destiñe el pelo...
Y Murillo seguía su discurso de quejas sociales.
—Las autoridades de nuestra salud pública sólo previenen, controlan y hasta sanan eso que a cierta sociedad interesa… Lo epidémico, lo contagioso, lo venéreo. A la sociedad culta y civilizada le asusta la trascendencia masiva de sus pecados e ignominias, de la concupiscencia que enferma los cuerpos y las almas. En mi brutal concepción de la fe… ¡Maldito sea Adán! Si hubiese renunciado, cual vil funcionario, a su inalienable derecho a conocer, ni tú ni yo estaríamos compartiendo su exilio. Me cuesta entender el amor de Dios, me cuesta entender la batalla de sus ejércitos, me cuesta entender al ser humano cada vez que miro al espejo o te miro. Querido amigo, mi viejo Ovanid, perdóname, hoy amanecí de mal genio. Me siento muy cansado, debilitado en extremo, anciano más que nunca, soy un limitado físicamente… Anoche vieron a mi asistente vestido de mujer en el cabaret americano; significa que el muy bellaco hijo de puta no vendrá hoy a trabajar conmigo… Aún estará entre sábanas sodomitas. ¡Y no me importa! Pero, tengo que visitar a un cliente en el cementerio y llevarle una pesada lápida, puro mármol…
—Has hecho un trabajo hermosísimo —elogió Ovanid, al contemplar la placa que se hallaba en el mesón.
—¿Te parece? —le preguntó Murillo, socarronamente— Trabaje varios días esculpiendo en ella el epitafio deseado por la familia del difunto: “El viento trajo a nuestro amadísimo y el viento se lo llevo”. ¡Qué hipocresía más siútica! Todos sabemos la clase de canalla que era el difunto y cómo odiaba a su propia gente.
—Tu misión no es juzgar a la clientela, es atenderla —acotó Ovanid.
—¡Hombre, no me recrimines! Soy un enano incorregible. Je, je, je… afirmo que el epitafio es de una cursilería insostenible. Toda esa fraseología “snob” que encadena a los vivos con los muertos me convierte en un sedicioso. Si yo pudiese ser un paladín de la dignidad de los muertos… Ejecutaría a todos los partícipes de los cortejos fúnebres y condenaría a cadena perpetua a los autores intelectuales de las boberías que se inscriben en las lápidas. ¡Es tan elegante el silencio, la soledad, la sencillez! Yo debería ser la conciencia moral de la humanidad moderna, una conciencia rigorista, honesta basada en la ética kantiana del deber; implantaría una ética más allá de los valores religiosos.
—¿Acaso no eras tú un aristotélico tomista, un escolástico?
—Estoy en un revisionismo vitalizante, redefiniendo mis antiguos postulados filosóficos. Ciertamente estoy acentuando mi sentido crítico. Ovanid querido, nunca pienses que formulo sentencias crueles, mis enunciados son frutos de largas disquisiciones conmigo mismo, tú sabes cómo funciona la dualidad; este adefesio posee una mente brillante y cultivada con esmero, cuyo enorme ego intelectual la protege del desvarío y el delirio criminal… je, je, je… Jamás expreso juicios exentos de autoridad moral. Mi tremendo dolor me confiere categoría verdadera. Soy un artista, un escultor, discípulo de los grandes medievales… ¡Aunque en decadente desgracia y fracasado! Hundido por el arrogante dedo de Dios… Fui dotado por él con belleza interna, con la suficiente sensibilidad para verla en otros, menos en mí…Tengo un sentido de la estética que me obliga a rechazarme a mí mismo… Desde mi perspectiva yo puedo valorizar todo cuanto me rodea, subjetivamente, dirás tú ¡Claro! Subjetivamente, pero, ¿no es acaso la objetividad, la suma de varias subjetividades aceptadas razonablemente? Yo soy el juez del mundo…Un crítico ácido pero objetivo.
Murillo miraba al cielo raso mientras encendía un cigarrillo, era un gran fumador, por eso su voz era ronca y tosía expectorando flemas amarillas. Reflexionaba con una mezcla de pena y rabia acerca de su condición física, pero, disfrazada de aticista desdén.
