Oveja Negra - Cynthia Wrigth - E-Book

Oveja Negra E-Book

Cynthia Wrigth

0,0

Beschreibung

Oveja Negra es una autobiografía del proceso de sanación de Cynthia Wright durante varios años de trabajo personal, donde narra algunos eventos traumáticos que le sucedieron, como el suicidio de su hermano Allan. Esto marcó su vida y la de su familia. Más allá de victimizarse, encontró el significado y optó por el aprendizaje. En este libro, Cynthia muestra que los problemas de pareja, enfermedades, traumas dolorosos, falta de abundancia, entre otros, no son producto del destino o la casualidad; en realidad, son eventos que se repiten de forma inconsciente, ya que necesitamos aprender de ellos para despertar y trascender. En cada capítulo entrega al lector ejercicios con herramientas para lograr su propia transformación y despertar. Una «Oveja Negra» no es la persona descarriada ni la vergüenza de la familia, no es quien no conoce el camino, sino todo lo contrario, es alguien auténtico y honesto que, aún sin estar seguro de cómo hacerlo, busca la sanación propia y de la humanidad.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 218

Veröffentlichungsjahr: 2022

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Oveja negra

Cynthia Wright

© Oveja negra

© Cynthia Wright

ISBN:

Editado por Tregolam (España)

© Tregolam (www.tregolam.com). Madrid

Av. Ciudad de Barcelona, 11, 1º Izq. - 28007 - Madrid

[email protected]

Todos los derechos reservados. All rights reserved.

Ilustración de portada: Deborah Morillo 

Diseño de portada: © Tregolam

1ª edición: 2022

Las llamadas ovejas negras de la familia son en realidad buscadores natos de caminos de liberación para el árbol genealógico, evitando historias repetitivas que frustraron a generaciones enteras. Ellas reparan, desintoxican y crean una nueva y florecida rama en el árbol.

BERT HELLINGER

Para Sidney y Lola, mis padres perfectamente imperfectos.

En memoria de Allan.

PRÓLOGO

Sí, en efecto, este libro recoge la biografía de una oveja negra llamada a redirigir los patrones ancestrales, los dolores que se repiten y descubrir las capas ocultas por el misterio del silencio pesado de su familia. Pero, sobre todo, este libro honra a la vida misma, a su naturaleza liviana e impermanente que, atravesada plenamente y en escucha del propósito interior, se ordena perfectamente y en trascendencia de las circunstancias.

Las palabras se unen en oraciones y estas en hechos biográficos de los cuales los lectores no estamos separados, ni de la historia ni de la autora; al contrario, los hechos se van tejiendo con sentido y sincronía a la vez que también va cobrando sentido para los lectores. Los eventos más dolorosos de su biografía, algunos brutales, otros bellos e incluso mágicos, van conduciéndose así como el agua llega al mar desde distintos ríos, fragmentados y diversos para desembocar en un solo mar. Así, los aparentes y desmembrados eventos de su vida se encauzan en una profunda y unificada comprensión de que no son estos hechos, ni por ser abruptos ni por ser miel para el individuo, los que determinan la vida.

Este es un libro para honrar, con ojos gratos, todo lo que ocurre o no en nuestras vidas, sin exclusión a ningún momento, a ninguna persona, a ninguna enfermedad ni a ningún vacío de ignorancia, porque todo en nuestra vida forma parte de la unicidad del gran mar. Con valentía y destapando todo lo que corría por su mente y sangre (la literal y la simbólica), la autora nos extiende su historia para que la nuestra sea mirada completamente y podamos reconocer los tiburones salvajes, la contaminación de nuestro océano interior, la invasión de los barcos externos, las medusas luminosas y la belleza de la flora del fondo del mar con el entendimiento de que todo forma parte de nuestro propósito y de quiénes somos hoy.

Este es un relato autobiográfico para minimizar la carga emocional que le hemos puesto a través de nuestras creencias e improntas a ciertos hechos, clasificándolos de buenos y malos, y transformarlas en aprendizajes que se comparten como el servicio más puro que es lo que en la sabiduría védica conocemos como Dharma. Es un libro para aceptar que nuestra vida, con circunstancias de alto o bajo voltaje, es la que tenemos, la que nos llegó a través de la fuerza de nuestros padres y que encubre nuestro propósito. Transformando nuestra percepción y atando los cabos con gratitud y confianza, el código oculto que nos conduce de regreso al amor y al recuerdo de nuestra voz interior, puede ser mágicamente revelado y los ecos del pasado se resignifican en el presente y las emociones sentidas honestamente diluyen su carga cuando la luz del entendimiento entra en la profundidad de la oscuridad.

Cuando se completa la historia al final del libro, una parte interna en los lectores se ordena porque la lectura nos permite identificarnos no tanto con los hechos, sino con la humanidad de la autora. Se encuentra el sentir y sed de liberarnos que se fortalece tras la lectura. Comprendemos que solo en la unificación de los fragmentos comenzamos a vivir y que todo lo anterior había sido un intento desde la sobrevivencia. Al cerrar el libro, una fuerza será reconocida por el alma para avanzar y tomar la vida tal cual es. Las señales le llegaron a la autora, un ser humano como cualquiera, y nos alientan a reconocer las que llegan a nosotros para que podamos perdonar y sanar. Las palabras que se articularon en oraciones en Oveja negra, que se armaron en hechos que se tejían en su vida como esos ritmos que venían sonando transgeneracionalmente y al inicio vividos como ecos monótonos, al final no se silencian, porque simplemente en el orden espiritual y del amor no podemos borrar memorias, no podemos callar a nuestros antepasados ni arrancar ninguna parte del océano. Al contrario, se ordenan en una canción, en una vida reconocida y vivida donde la autora hace su camino para tomar su lugar, integrando todo eco y toda melodía, dándole el suyo a cada persona, a cada dolor, a cada instante de gozo, a cada sonido que vibra. Es una simple y humana inspiración para que los lectores no nos privemos de esta posibilidad.

María Fernanda Bueno

La gran tragedia de la vida no está en cuánto sufrimos, sino en cuánto perdemos. Los seres humanos nacen durmiendo, viven durmiendo y mueren durmiendo.

ANTHONY DE MELLO

PREFACIO

Dicen que hay personas que nacen con estrella y otros que nacen estrellados. Siempre me he preguntado: «¿Por qué hay quienes tienen vidas tranquilas y en paz, y otros que tenemos que afrontar miles de luchas y tormentas?» Esta es quizá una pregunta que nunca podré responder a ciencia cierta, pero tengo mi teoría. Creo en la reencarnación y pienso que durante cada vida nuestras almas van aprendiendo y emprendiendo el camino hacia la iluminación. En este camino, lleno de obstáculos, podemos decidir encontrar el para qué de los acontecimientos que nos suceden y aprender, o podemos quedarnos pensando en el por qué nos sucedió algo, sufriendo mientras recordamos todos los días las emociones del pasado reviviéndolas cada vez más y creando un futuro similar, repleto de miedo.

Soy una persona como cualquier otra, que ha vivido momentos muy especiales y otros muy fuertes y decepcionantes. Recuerdo que hubo días en que pensé que tenía muy mala suerte, que Dios había decidido vengarse de mí y mi familia enviándome maldiciones, que el universo y el destino me estaban jugando una mala pasada. Solía comparar mi vida con otras personas y, cuando lo hacía con algunos que estaban siempre felices, me daba contra las paredes y me victimizaba pensando que a mí me había tocado una «vida de mierda», pero otras veces me comparaba con quienes estaban igual o peor que yo y concluía en que, dentro de todo lo malo, a mí me había tocado una «vida de mierda, pero vivible». Al igual que la mayoría de las personas que conozco, también tenía muchos sueños, deseos, anhelos, pero sobre todo miles de emociones que no sabía cómo manejar y una vida que transcurría en piloto automático.

¿Te ha pasado que llegas a tu casa y de repente te das cuenta de que estás sentado en el sillón cambiando los canales de la televisión, tomando un vaso de cola, pero realmente no tienes idea de cómo llegaste hasta allí y qué hiciste en el trayecto? Esto se da porque en nuestro día a día dejamos que el cuerpo actúe por repetición, mientras la mente se ocupa de pensar en aspectos del pasado o en otros que queremos que sucedan en el futuro. Mientras manejamos a casa, llegamos, buscamos las llaves dentro de la cartera, abrimos la puerta, saludamos al perro, abrimos la refrigeradora, sacamos y servimos la cola, caminamos hacia el sofá, nos sentamos, prendemos la televisión y cambiamos los canales, estamos pensando en lo tristes que estamos porque no tenemos pareja, o en lo enojados que estamos porque no nos pagan bien en el trabajo, o en el miedo que tenemos de que mañana nos vaya mal en un examen. Durante todo ese trayecto no tenemos realmente consciencia de nada de lo que sucedió, simplemente repetimos lo mismo que conocemos durante todos los días. Vivimos con la nostalgia del pasado y la angustia del futuro sin estar ni un solo minuto en el presente y dejamos que el cuerpo actúe de manera repetitiva. Somos víctimas de nuestras propias mentes, soñando en que llegue una pareja, un trabajo, o se termine el sufrimiento de una enfermedad. Repetimos patrones: todas las veces escogemos el mismo tipo de pareja, conseguimos los mismos trabajos, nos volvemos a enfermar y creemos que es porque tenemos muy mala suerte.

Pensaba que llegamos a esta vida con un destino trazado y que no hay nada que podamos hacer al respecto. Si mi abuelo y mi papá tuvieron cáncer, seguro que yo también lo tendré. Si mi abuela y mi mamá no consiguieron trabajo, yo tampoco lo conseguiré. Si todos tuvieron mala suerte, ese también será mi camino. No me daba cuenta de que vamos transformando el camino según nuestra propia decisión. No era consciente de que iba a continuar repitiendo patrones negativos y no iba a lograr cambios a menos que primero transformara mi interior.

Está comprobado que nuestros padres, abuelos y ancestros en general nos traspasan los genes, pero existe una nueva rama dentro de la biología que cree que estos pueden activarse o desactivarse dependiendo de nuestra salud mental y espiritual. Esto significaría que enfermamos no por los genes que tenemos, sino porque dejamos que se activen al vivir en una atmósfera inconsciente.

Tengo 46 años y he vivido momentos muy duros. Tuve que enfrentar un divorcio muy complicado de mis padres, dos accidentes muy traumáticos, el suicidio de un tío y el de mi hermano, mi propio divorcio, una enfermedad muy dura de mi madre. Creía que era diferente o especial por estos eventos y que había sufrido más que otras personas. Ahora sé que simplemente no puedo comparar porque solo conozco mis propias emociones. Lo que sí puedo afirmar es que he aprendido muchísimo de cada uno de estos eventos a través de los años y he conseguido cambiar. Una es la Cynthia que, por ejemplo, trabajaba en televisión y otra es la que actualmente escribe este libro. Estoy segura de que en diez años también habrá otra Cynthia con muchos más aprendizajes, porque en eso consiste la vida: pasas una prueba, aprendes y pronto el universo te pone otras, pero en esencia somos la misma alma. Lo cierto es que durante estos años he vivido una transformación impresionante, un renacimiento y luego una metamorfosis, porque logré aceptar cada uno de los eventos que me ocurrieron, pero sobre todo, conseguí encontrar un «para qué llegaron» y un «cómo puedo cambiar y mejorar» a raíz de ellos. He hecho varios cursos y he tenido la oportunidad de conocer a psicólogos y maestros de vida que me han ayudado y me han enseñado cómo lograr esta transformación. Ha sido un camino muy difícil donde he tropezado, pero también he tenido aciertos y descubrimientos: finalmente sé que mi alma lo único que ansía es amor, paz y libertad.

Un día hace unos años desperté del piloto automático en el que vivía y entendí que todas las almas vienen al mundo con sed de aprendizaje emocional. Desde pequeña quería poseer a personas y objetos materiales. Pasaron los años y descubrí que en el fondo lo que necesitaba era conseguir un propósito de vida que va más allá de estudiar una carrera, tener posesiones materiales, viajar por el mundo, casarme y formar una familia. Ahora sé que la vida es algo más.

¿Te has preguntado alguna vez para qué estás en este mundo? Me lo he preguntado muchas veces. En algunas ocasiones con decepción, en otras con miedo y, actualmente, con sincera emoción al entender mi razón de estar aquí. Sé que las almas estamos en este mundo con el propósito de aprender y trascender, que todas tenemos un don especial que podemos descubrir o no durante este pasaje terrenal, y que nuestro propósito de vida consiste en encontrarlo y utilizarlo para el bien común.

Este libro marca para mí el inicio de mi propósito de vida. Lo escribí pensando en que mi pasado y aprendizajes podrían cambiar la vida de otras personas. Los seres humanos funcionamos a través de la empatía, y pienso que algunas historias que me sucedieron podrían resultar parecidas a las tuyas y podrías utilizarlas para aprender y darle un giro a tu vida. La mía, aunque no lo creas, no ha sido nada fácil. He tenido momentos muy duros, pero gracias a ellos he logrado aprender, crecer, disfrutar, amar y ahora estar en paz.

Quiero inspirarte para que utilices todas esas experiencias como ejemplo y encuentres tus propios aprendizajes, descubras el para qué te sucedieron, sanes varios aspectos de tu vida que te mantienen atascado y puedas disfrutar de una vida plena. Aunque sea duro, aprendemos de las experiencias dolorosas y siempre van a llegar a nuestras vidas. Es inevitable enfrentarnos a la muerte, a la tristeza, inclusive a la ira y al miedo. Lo maravilloso es que de ti depende cómo enfrentar cada uno de los obstáculos, tú tienes el poder de que tus genes se activen y enfermes o estés sano, de ti depende repetir o no conductas o traumas de tus ancestros, tú eres dueño de tu felicidad y tu paz interior.

Quiero dejar claro que no estudié psicología. Soy una comunicadora que ha hecho varios talleres y cursos de conocimiento personal y colectivo que me han ayudado a crecer y sanar. Tengo aprendizajes terrenales y otros bastante mágicos que quiero compartir contigo. Espero de corazón que lo disfrutes y que te sirva para enfrentar y, sobre todo, disfrutar de este misterioso camino llamado «vida».

Si no te gusta dónde estás, muévete. No eres un árbol.

JIM ROHN

La vida solo puede ser entendida mirando hacia atrás, pero tiene que ser vivida hacia adelante.

SØREN KIERKEGAARD

CAPÍTULO 1: EL SUICIDIO

Son las 2 o 3 de la mañana. Duermo en el cuarto de mi mamá desde que me acuerdo. Mis papás se divorciaron hace poco, pero igual siempre he dormido con ella. No sé exactamente en qué momento asumí el rol de esposo o de mamá de mi madre. Mi papá en algún momento durmió con ella, pero casi no tengo ese recuerdo. Suena el teléfono. Mi mamá se despierta asustada. Entre sueños la escucho hablar con una voz de terror. Conversa con Verónica, una exnovia de mi hermano. Me despierto también de forma agitada. «¡¿Qué dices?!», grita aterrada. Bota el teléfono y corre a la habitación de Allan. En el camino grita: «¡Allaaaaaaan! Mijito lindo, ¿dónde estás?» Me levanto y voy detrás de ella. Tengo un dolor punzante en el corazón, un miedo que me recorre la espalda, un vacío en el estómago. No tengo la seguridad de qué sucede, pero por la voz y la cara de mi mamá, sé que es algo muy, muy grave.

Camino despacio hacia el cuarto de Allan. Decido no entrar. Tengo miedo y al mismo tiempo curiosidad. Quiero escuchar qué pasa, siento el morbo ese que normalmente sentimos los seres humanos cuando algo nos aterra pero al mismo tiempo nos atrae. Quiero saber cuál es la situación, ¿qué pasa con Allan? ¿Qué hizo que sea tan malo esta vez?

Es que Allan ya tenía un sinnúmero de eventos a sus 17 años. Una vez, por ejemplo, lo metieron a la «Cordero» (Centro de Detención Provisional en Quito) porque se chocó borracho contra un poste en la bajada de la González Suárez y dejó sin luz a todo el barrio durante el fin de semana. Varios policías estaban fuera de una embajada que se ubicaba ahí cerca, por lo que no tardaron ni cinco minutos en esposarlo y meterlo en el auto. Yo tenía 14 años y comía con amigos en el restaurante Tropi Burguer después de la fiesta de carnaval del Colegio Americano. Un amigo se acercó y me dijo: «¿Te enteraste?» Lo miré con curiosidad. «No, ¿de qué?» A lo que me respondió: «Tu hermano, Allan». Me comentó que se había chocado y que estaba preso. No sé cómo les avisé a mis papás, ya que en esa época aún no tenía celular. La cuestión es que llegaron a la Cordero poco tiempo antes que yo. Mi mamá estaba hablando con un policía quien se enamoró de ella a primera vista. Es que era conocida en Quito por ser la mujer «más guapa de la ciudad». Intentaba que no lo metieran preso y negociaba con el policía. Su idea era perfecta: iba a cambiar el parte de Allan con el del primer borracho que llegara, Allan salía libre y su parte iba para el pobre desgraciado. La mala suerte fue que el siguiente ebrio en aparecer fue un general, quien también se enamoró de mi madre, le empezó a coquetear descaradamente, ella lo mandó a la mierda y todo el acuerdo terminó. Allan acabó en la cárcel.

Esa noche de la llamada de Verónica es diferente. Siento en mi corazón que hay algo más. Tengo una certeza horrible de que desde ese día nada va a ser igual. Mi madre balbucea: «Mijito, ¿qué te pasa? ¿Qué te pasa? ¿Por qué hablas tantas estupideces? Estás muy borracho. Tú no puedes hacerme esto, tú eres mío, yo te amo con mi corazón, si tú te mueres, yo me voy contigo». Pienso que estoy dentro de una pesadilla. «Ya mismo te despiertas, Cynthia, no te preocupes. Allan está bien, ¿cómo pude soñar algo tan terrible?» Pero los minutos pasan y me doy cuenta de que estoy despierta. Pienso en la posibilidad de ver muerta a mi mamá y otra vez me recorre el escalofrío por la espalda. Luego, lo visualizo a él muerto. «No, imposible, esto tiene que ser una pesadilla». Entiendo pero no entiendo. Quiero gritar y quiero estar callada. «Mami, perdóname, pero es que en serio no quiero vivir», dice Allan. «Oigo una voz que me dice que lo haga. Estoy cansado, no quiero seguir con esto, no entiendo qué hago aquí, me quiero morir, me quiero morir, me quiero morir, me quiero morir…»

Esas palabras se quedan guardadas como tatuaje en mi alma. Horas más tarde descubro que Allan había llamado a su exnovia para despedirse. Le había contado que iba a suicidarse, que odiaba su vida y que había tomado la decisión de terminarlo todo. A partir de esa noche, Allan pasó por varios intentos de suicidio, psicólogos, psiquiatras, tratamientos, pastillas, pesadillas, y hasta un exorcismo. Y así, de un momento a otro mi vida cambió para siempre. Todos los días con miedo, siempre pensando qué va a pasar, muy atenta a las llamadas durante la noche, pendiente de si el teléfono suena y llega esa tan esperada y odiada llamada de «Me voy a suicidar».

Desde muy pequeño Allan era muy metódico. Le gustaba que su cuarto estuviera ordenado, todo en su lugar, que nadie cogiera sus cosas. Recuerdo una vez que mi prima Michelle se encerró en su habitación porque se había peleado conmigo y Allan estaba desesperado tratando de sacarla de ahí ya que en su closet estaban sus «mocasines nuevos» que ya le quedaban pequeños y nunca había usado porque no quería que se ensuciaran. Le gustaba lavarse las manos varias veces porque sentía que estaban sucias, amarrarse los zapatos hasta que estuvieran perfectamente alineados, que le dijeran que su mamadera estaba «calientita» y no «caliente» porque si no, no se la tomaba.

A los 8 años entró a clases de catecismo. Estuvo dos años aprendiendo todos los misticismos del catolicismo. Creo que nunca fue de su interés entender qué pasaba con Jesucristo, la Virgen o el Espíritu Santo, pero en cambio le llamaban mucho la atención todos los temas del diablo, el Anticristo que ya mismo viene y el 6, el número de la Bestia. Por esa misma época en la casa de mis tíos vio la película El exorcista, en la cual el diablo tomaba posesión de una niña pequeña. Años más tarde, después de su primer intento de suicidio, entendimos, según su psiquiatra más querido, el doctor Edgar Orejuela, que esos dos eventos desencadenaron en Allan su enfermedad mental: OCD (Obsessive Compulsive Disorder) o TOC (Trastorno Obsesivo Compulsivo). Esta es una enfermedad neurológica cuya característica es una ansiedad muy fuerte y pensamientos obsesivos recurrentes. Todos tenemos pensamientos obsesivos durante nuestra vida. Sin eso, quizá no funcionaríamos. Pensamos, por ejemplo, una y otra vez que debemos llegar a una reunión importante y por esta razón nos obsesionamos con llegar a tiempo. La diferencia con un enfermo de TOC es que tiene obsesiones que no son de la vida «normal»; se obsesionan con ideas que no son reales y escuchan voces que les dicen que repitan ciertas acciones o que «algo muy malo va a suceder». Hay enfermos que se aseguran una y otra vez de que hayan apagado la estufa ya que tienen ideas obsesivas sobre su casa en llamas. Otros se lavan las manos cientos de veces al día porque creen que hay muchos gérmenes contaminándoles. Y algunos, como mi hermano, repiten una y otra vez acciones porque tienen miedo de que si no hacen lo que su mente les ordena, algo malo sucederá.

En el caso de Allan, tenía pánico de que algo nos pasara a las personas a quienes amaba si él no cumplía sus rituales. Además de su miedo aprendido hacia el diablo, decidió que debía repetir siempre todo más de seis veces. En su cabeza escuchaba una voz que le decía que debía ir al baño, lavarse las manos o prender y apagar las luces más de seis veces, pero la enfermedad le jugaba sucio y, cuando ya había repetido el ritual seis veces, le contaba la novedad de que ya no eran seis sino más de dieciséis. Y, por ejemplo, podía quedarse durante horas prendiendo y apagando las luces. De hecho, en mi casa se quemaban los focos a diario.

Hay varias evidencias de que el TOC es heredado, ya que en muchos casos varias personas de la misma familia lo padecen. Además, se cree que una de las causas es un bloqueo del cerebro en el flujo de serotonina1. Allan nació con esta predisposición, así lo demostraba su comportamiento desde pequeño. Según estudios científicos realizados en la clínica Mayo (Rochester, Minnesota, EE. UU.) si has experimentado eventos traumáticos o estresantes, tu riesgo de padecer la enfermedad puede aumentar drásticamente. Allan pasó por varios eventos durante su vida que prendieron sus genes para que la enfermedad empezara a invadir su mente. Según su psiquiatra, Edgar Orejuela, le traumó mucho la película, el miedo al diablo que adquirió durante sus clases, el divorcio de mis padres y la inestabilidad emocional de mi mamá. Estoy segura de que los genes heredados están ahí dentro de nuestros cuerpos, pero se apagan o se prenden según el ambiente en el que vives, los traumas que te suceden, y si logras sobrepasarlos o te quedas sumergido en ellos.

Allan visitó a varios doctores quienes al principio no entendían qué le pasaba, hasta que el doctor Orejuela dio con su TOC. Recuerdo a Allan durmiendo muchas horas, prefería dormir y no oír, no sentir. Su enfermedad y las pastillas que tomaba le generaban mucho sueño, además de depresión. También tomaba alcohol para sentirse libre, pero evidentemente el alcohol y las pastillas no iban de la mano, lo que generaba en él violencia, y normalmente cada salida terminaba en pelea, drama o choque seguro. Eso de libertad no tenía nada. Vivía preso en su propia cárcel. El doctor Orejuela le ayudó mucho. Allan mejoró increíblemente y decidió irse a estudiar a Estados Unidos. Mis padres se sentían felices y aliviados. Pensaron que el maleficio había terminado. No sabían que recién empezaba.

Ya en Estados Unidos vino el fracaso y tuvo que dejar los estudios y regresar. No sé con exactitud cuánto tiempo después de que se fue a su universidad llegó el siguiente intento de suicidio, pero recuerdo nuevamente una llamada en la mitad de la noche, mi mamá gritando desesperada, presa del miedo y de la amargura, porque un océano y miles de millas la separaban de su hijo. Tampoco me acuerdo si fue ella o mi papá quien fue a recogerlo, pero lo cierto es que poco tiempo después, Allan estaba de regreso, con sus pastillas, su depresión, sus miedos, sus repeticiones y su TOC.

A su vuelta nos contó que intentaba estudiar para un examen importante pero que cada vez que trataba de memorizar algún concepto, se le venía a la mente la idea loca de que nuestra mamá iba a fallecer en un avión. Desechaba la idea razonando que eso era imposible, ya que ella estaba en Quito. ¿No se iba a subir a un avión, verdad? Pero luego pensaba: «¿Y si decidió venir a visitarme a escondidas? ¿Y si realmente se subió en el avión y se mata? Sería mi culpa, porque no estoy obedeciendo las órdenes que me dan y no hago las repeticiones». Entonces empezó todo otra vez. Después de la primera idea, aparecieron otras más. Y cada vez empezó a obedecer más y más a su cabeza, preso de sus ideas obsesivas y de sus reincidencias sin fin.

A partir de ese momento ya la historia fue una serie de repeticiones y cambios de doctores. Algunas veces tomó pastillas, otras se cortó las venas y hasta hubo un intento de saltar por la ventana del séptimo piso. Lo internaron en un centro en Estados Unidos y varias veces estuvo en hospitales de Quito. Llegaron, inclusive, a aplicarle electrochoques, buscando una activación neuronal. El problema es que muchas veces estos generan complicaciones graves como pérdida de la memoria, desorientación o daños cerebrales. Estoy segura de que este último fue el caso de Allan. En esa época yo estudiaba en Barcelona y me acababa de graduar de mi Máster en Comunicación. Tuve que regresar de apuro ya que Allan había intentado suicidarse y le habían aplicado varios electrochoques. Hasta ese momento, él había ocupado su lugar de hermano mayor en mi vida. Cuando llegué y hablé con él sentí una tristeza inmensa al verlo como otra persona. Recuerdo haber pensado: «¿A dónde se llevaron a mi hermano? Seguro se fue a otro planeta y me trajeron a su clon». Es que era distinto, hablaba de forma diferente, actuaba como si fuera otra persona. En ese instante dejé de verlo como mi hermano mayor. No sé qué exactamente pasó, pero se convirtió nuevamente en un niño y lo vi como un hermano pequeño a quien debía cuidar o hasta como a un hijo. Quizá en mi inconsciente parí a mi segundo hijo. El primero era mi propia madre.