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Queridos lectores: Esta novela los llevará de la mano a otra época, con hazañas épicas. Hay un pueblo de nombre Byblon que está a orillas del mar. Una casa se engarza en la pared de algún acantilado, simulando ser una extensión más. Allí vive Owenk, un niño introvertido, enfermizo, de bajos recursos, cuyo único pasatiempo es estar en la biblioteca. Los invito a recorrer el camino del siglo XVII, caminar entre carruajes, muelles y grandes galeones y vivir una historia llena de aventuras.
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Seitenzahl: 556
Veröffentlichungsjahr: 2023
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Morel, Aníbal Marcelo
Owenk, el niño escarlata / Aníbal Marcelo Morel. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2022.
434 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-987-817-881-3
1. Narrativa. 2. Novelas. 3. Novelas de Aventuras. I. Título.
CDD A863
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2023. Morel, Aníbal Marcelo
© 2023. Tinta Libre Ediciones
Owenk, el niño escarlata
Marcelo A. Morel
Yaka
Prólogo
El autor viaja en el tiempo hacia el pasado, y se detiene en el año mil seiscientos; al ver a un niño caminar en la playa y a orilla del mar, el agua espumosa crepita y muere bajo sus pies y la arena. Observa al joven desde las alturas, pues este viste ropa de la época y piensa: «le pondré de nombre Owenk»
Un pantalón corto, una camisa blanca que cae sobre ella un chaleco de color negro, su boina tapa parte de su cabellera rojiza. El niño camina con pasos lentos y pensativos, ríe en su soledad porque vive a merced de sus fantasías y sueños.
Su figura se aleja hasta mixturarse entre el inefable paisaje patagónico con matiz céltico. Las olas le brindan uno de los mejores conciertos. Su morada está ahí a orillas del mar, modesta y se engarza en la pared de un acantilado.
En la campiña dónde vive: se llama Byblon, lleva ese nombre en honor a un gran guerrero que murió defendiendo con valentía esas tierras. El poblado está protegido a sus alrededores por montañas y una porción del gran mar.
Una única plaza muestra a su alrededor a los mercaderes que exponen sus distintos productos. Al frente y del otro lado de la calle, hay un reloj de arena que está a lo alto de un templo; este reloj tiene una particularidad…
Una humilde biblioteca se asoma en una esquina, es el lugar predilecto de Owenk, ahí él, se pasa gran parte del tiempo. Su pasión es la literatura también es amigo de Celtc el dueño.
Owenk es un niño enfermizo, y nadie quiere jugar con él, porque se cansa cuando corre. Entonces sus compañeros lo llaman Owenk el débil o el raro…
Es huérfano y vive con su tía Belzer, ella es de profesión modista y trabaja en la única tienda del pueblo. Tiene ansias de progreso a pesar de no tener estudios, más al ver a su sobrino que quiere ser escritor y cantar canciones épicas, ir a un gran colegio.
A Owenk se lo ve sentado y de noche bajo la luz tenue de una bujía, un cuaderno está presto sobre la mesa, intenta escribir su libro tan ansiado. Se esfuerza para que surja la imaginación, pero nada sale. Desiste, una atrevida ráfaga ingresa raudamente golpeando la puerta con violencia, y la golpea contra la pared. Él al ver tal evento quedó sorprendido, el incidente despertó el ave interna de la inspiración y comenzó su aventura sobre el papiro. Así nació, “El Nimguna o maumau”. Monstruo de la noche y ladrón de las almas.
Belzer decide vender la casa e irse del pueblo, a buscar otros horizontes, a buscar…otras oportunidades y hacer estudiar a su Owenk.
Hay un viaje en carruaje, conocen a Holtz un cochero, quien los lleva hasta ciudad de Puerto Deseado. El viaje se vuelve toda una aventura, con hazañas épicas. Si no fuera por la ayuda de su amigo ellos no sobrevivirían; la vida casi se le esfuma en la tormenta. Un percherón muere aplastado por un árbol. Cruzan un río caudaloso, este lo quiere devorar…
Llegan a Puerto Deseado, ahí se embarcan en un galeón hacia su destino final, la ciudad de Moranth.
En una taberna conocen a Vénim el temible capitán de los mares; y viajan sobre el Coloso, galeón imponente como su amo.
El viaje marino se vuelve toda una odisea, son perseguidos por piratas, se someten a una feroz lucha… Luego son atrapados por una temible tormenta, el Coloso quedó malherido. Parte de su cuerpo fue devorado por la bestia climática; han perdido todo cuanto tenían. Vénim da la orden al contramaestre Benjamín que tome el rumbo hacia la isla Calavera. Todos los marinos quedan sorprendidos por tal decisión, saben que ese lugar está lleno de alimañas humanas. Pero es la única opción para cargar provisiones…
En el galeón encuentran a un polizón, es Heber, amigo de Owenk a quien conoció en la pasada. Belzer tuvo que pagar el viaje del joven, porque si no lo hiciera, el capitán seguro lo arrojaría por la borda. Eso le manifestó un marino.
En la isla Calavera el capitán lucha a muerte contra un pirata, para defender el honor de la dama, y mata al adversario. Belzer quedó petrificada al ver con que ferocidad lucho Vénim, pues nunca había visto a un hombre con tal habilidad. El capitán inspira respeto al caminar entre la multitud.
Belzer y Benjamín van a una bodega por provisiones y ahí conocen a Morris el dueño y amigo del capitán. Al salir de la bodega ya con las compras realizadas, una mujer anciana se le acerca y ofrece sus productos, “alhajas” entre otras cosas. Belzer no acepta sus ofrecimientos, Benjamín la ahuyenta con un gesto de mano, luego dice: —Son rom… Tribu de nómades y vendedores entre otras cosas.
En la noche Vénim y Morris se juntan y cenan, hay anécdotas de viejos lobos de mar. Mientras que sus marineros andan de figón en figón, beodos, y bailan con todas las damas. Benjamín sale de una caverna tambaleando a tomar aire, en eso ve una dama no muy lejos de él; refriega ambos ojos con sus manos y se percata que es la dama a quien había perseguido en el muelle sin éxito de atrapar, porque se había esfumado entre la multitud.
Él se aproxima y la dama se mueve como para huir. Se anticipa con su poca lucidez presentándose, ella miró al hombre detenidamente y dice: —Mi nombre es Maritza.
Benjamín invita cortésmente la dama a unirse a la fiesta, pero ella no acepta. Manifiesta que no es correcto para su comunidad. Entonces Benjamín propone acompañar a la joven hasta su hogar, ella acepta. Caminan por un sendero arenoso hasta llegar a la playa, a lo lejos se divisa un fogón y a su alrededor hay personas bailando, la briza trae una alegre melodía. Ellos se acercan, los hombres al ver al intruso interrumpen su fiesta, y se enojan con Maritza por haber traído a un extraño. Ella sabe cuáles son las reglas de la comunidad…
Benjamín ofrece su botellón de bebida y carne que traía en una bolsa. Ellos con desconfianza aceptan la ofrenda, y así nace una amistad. Una anciana sale del interior de una tienda, Benjamín al verla se percata que es la misma anciana a quien él había ahuyentado por la mañana. Se presenta diciendo: —Mi nombre es Estrella.
El joven marino se sorprende al darse cuenta de que Maritza es una rom, pero a él eso no le importa porque está embrujado de su belleza. Benjamín invita a la dama a que viaje con él, pero le pide discreción. Ella no obedece y anuncia a sus hermanos de la propuesta, todos gritan, ¡sí! Iremos en el galeón. El marino sabe que el capitán lo desollara…
Así la noche paso entre bebida y baile.
Por la mañana el Coloso y con todas sus provisiones emprenden el viaje. Los marinos suben al galeón borracho, tan solo el cocinero y el capitán están sobrio. De a poco se van despertando con el pasar las horas, algunos están vomitados sobre sí. El panorama en cubierta es aterrador. Después de varias horas de navegar, los hombres comienzan a padecer una extraña enfermedad—, —al parecer grave—. Van cayendo de uno sobre la cubierta. Algunos pierden la vida, —¿¡Qué sucederá!? El capitán enferma grave…
Belzer, Owenk, Heber y Benjamín cuidan de los enfermos que están en la bodega. Belzer busca cuál es la causa de la enfermedad, hasta que al fin lo detecta…
Hay peste y muerte, los hombres son arrojados al mar. El amigo de Owenk, Heber, fue llevado por la sombra hacia la eternidad…
Estrella canta una canción mientras pasa un paño húmedo por la frente de un marino que dice:
Gelem, gelem lungone dromensar maladilem
baxtale Rromençar A Rromalen kotar tumen aven
e chaxrençar bokhale chavençar A Rromalen, A chavalen…
Ver traducción en el libro.
Estrella comenta que sus antepasados usaban una hierba para curar todo tipo de mal. Belzer al escuchar, recuerda que tiene una medicina que es para curar a su sobrino de su enfermedad. Sale de la bodega para ir a buscar las hierbas.
Regresa y ordena que hagan té para dar de beber a los enfermos. El capitán se cura y toma el mando de su amigo el Coloso, anuncia el rumbo hacia Moranth. Vénim proclama capitán a benjamín, con ese rango podrá pagar a los familiares por la libertad de Maritza, y así poder casarse con ella.
En el viaje hay: muerte, amor, peleas, guerra, tormenta, entre otras cosas.
Llegan a Moranth y vana a vivir a una posada, allí surgen aventuras.
Owenk finaliza de escribir su libro. Mata a los Nimgumas con una oración vasca.
“Nimguma, maumau.
Henauk hire bildur, jinkoa eta, Andre
Artzentiat lagun.
Zeruan izar, larrean belar, kostanhare,…
“Nimguma, no te temo. A los dioses tomo por protectores.
En el cielo estrellas, en la tierra yerbas…
Continúa…
Los invito a viajar con Owenk “el niño escarlata”, hay más aventura por descubrir.
Yaka
Capítulo I
La campiña
Corre el año mil seiscientos, el verano casi se acaba. Se retira día a día, llevándose consigo la calidez para dar paso al otoño. Las montañas y los acantilados rodean una porción de tierra, mar y playa. La estación otoñal pregona al viento su libertad, la brisa es fría pero suave, atrapa a cada cuerpo por un instante, luego la suelta para seguir su camino.
Las hojas de los árboles seducidas se tornan carmesí, quedan dormidas a merced de la brisa y luego caen al pie de su madre. Los días se volverán ventosos y consigo traerán remolinos de arbustos que bajarán de las montañas para visitar la campiña. El mar ondula con aristas blanquecinas que parecieran tener escamas. El cielo se ploma anunciando la llegada del frío; sus batallones blancos de gélidos soldados caerán de a poco sobre toda la extensión en unos días.
En este lugar hay una campiña pintoresca, los pobladores que la habitan son pocos. A la gran mayoría de ellos se los puede ver muy temprano caminar en la niebla subiendo la montaña; a otros yendo a las planicies hacia el mar. Las casas, que están construidas de madera y engarzadas en las rocas o en la pared de alguna montaña para poder soportar las grandes tempestades, son bajas y se misturan entre la vegetación. Las albinas arenas besan el labio aguado y terroso de la orilla, que más arriba se torna dorada. La costa se encuentra salpicada por casas que se desvanecen de a poco antes de llegar a orillas del mar. Los acantilados son imponentes y en su cuerpo hay cavernas sombrías y deformes que albergan a cuantos animales quepan en él. El suelo está cubierto en su gran mayoría por la inmensurable floresta: flores, helechos gigantes, zarzamoras, entre otras...
Desde el filo de las montañas se puede apreciar el verde que deslumbra simulando ser una de las mejores alfombras de la naturaleza. Las cascadas caen cual cabellera al vacío y, al golpearse contra las rocas, lanzan una de sus mejores melodías que resuenan a la distancia, son imponentes, altivas y reinan desde las alturas. Los pequeños arroyos recorren como venas regando y nutriendo todo el lugar, dando vida a cuantos seres encuentran en su camino, y luego caen rendidos a los pies del gran océano. De esta unión mágica nacen remolinos que son cortejados por las olas que se agolpan contra los acantilados y luego son llevados, mansamente, mar adentro. Se percibe el aroma salitral y vegetal. Cada sendero es cortejado por las plantaciones de tabaco y otras plantas frutales que están regadas a cada lado. Una laguna solitaria enjaula, en el fondo, algas y seres acuáticos.
En este paisaje inefable se mimetiza un niño que aún está en plena adolescencia: sencillo, inquieto y de clase baja. Su casa está a pocos metros de los acantilados; es más, una cara de un risco hace de pared, simulando ser una extensión más de las rocas.
A él lo verán caminar por las laderas de los arroyos, solo; misturándose a los brincos como una cabra sobre las rocas o a orillas del mar para luego ser devorado por el bosque. Quizás lo vean con un cuaderno entre sus manos, haciendo equilibrio sobre algún tronco. En ocasiones, se acuesta sobre la arena a soñar; se para en lo alto de alguna vieja corbeta que haya encallado. Ahí hace zarpar su imaginación desde esa costa, pues surca lugares de fantasías y de ensueños, sumiso a merced del mar y su sonido.
Les presento a Owenk: tiene catorce años, es de contextura flaca, de mediana estatura, tez blanca, de grandes ojos verdes, pelirrojo y de cabellos ondulados; su rostro está salpicado de pecas que se acentúan aún más en los pómulos, cejas anchas y mentón estirado. Viste un pantalón de color marrón, que deja ver los parches en la parte posterior, camisa y chaleco. Completa su rústica vestimenta una boina de color negra; sus zapatos son de cuero ya muy deteriorados por el tiempo. Este par en especial deja ver parte de algunos de sus dedos por las rendijas de las puntas. A él casi siempre lo verán andar distraído e ideando historias gran parte del tiempo, historias épicas, gloriosas en su cabeza. Pareciera estar ausente del mundo en esos momentos de ilusión.
Su salud es frágil, pues sufre de una enfermedad llamada “espasmos bronquiales”, según dijo el anciano del pueblo. Esta enfermedad es una de las principales causas de su falta de amigos, dado que en los ejercicios físicos o en las largas corridas, Owenk se agita. Los niños, al ver su debilidad, lo dejan de lado y lo llaman “Owenk, el débil”. Pero a él poco le importa el qué dirán.
En la escuela es aplicado, pero sí es la burla de sus compañeros, que lo llaman también “el raro”. Su más amado pasatiempo es estar en la única biblioteca, sumergido en el apasionante mundo de la literatura. Leyendo historias de corceles, dragones, que lo llevan casi a la locura por unos instantes y que logran desconectarlo del mundo real.
Owenk no está interesado en hacer otra cosa, tampoco le interesa ser aprendiz de algún campesino, pescador, o de algún viejo fabricante de barcazas. La mayoría de sus compañeros van de pesca con sus padres por varios días y otros, de cacería; como preparándose para el futuro. Están aislados y lejos de toda nueva civilización, si la hubiera. Ocultos entre lagos, montañas, riscos y el gran mar. El valle duerme plácidamente en la orilla. Por las mañanas, se ve levantar de la costa cual sábana una estela de niebla, que de a poco se va transformando en una espesa bruma que tapa al pueblo. Esta neblina se posa sobre el suelo y las plantaciones, que brinda sin mezquindad su polvo de vida. La bruma cubre al pueblo por completo y llega a cada rincón, pareciera querer sofocarlo cual espíritu. Con la llegada de los primeros rayos del sol, estas desaparecen como por encanto divino.
La playa alberga grandes barcazas que son utilizadas para la pesca. En esa orilla se hacen ofrendas después de cada cosecha; hay fogatas, bailes y cánticos. Los pobladores quedan cautivos por el alcohol y tirados sobre la arena por doquier hasta el amanecer. De esta forma dan gracias a los dioses por la abundancia, o tal vez no...
En el pueblo no viven más de quinientos habitantes; es una comunidad pequeña pero unida. Su única ruta de escape hacia otro lugar es por mar abierto. De lo contrario, deberían hacer largas travesías en carruajes hasta el puerto más cercano, a más de 4500 leguas, y luego embarcarse.
La villa tiene más de medio siglo y su nombre es Byblon, en honor a un gran guerrero, quien ha defendido con bravura estas costas a filos de espadas y de lanzas, para luego afincarse y fundar la ciudad.
La gran mayoría de los pobladores se dedican a la agricultura y a la pesca, que son las dos principales actividades. Ante la llegada del crudo invierno, los pobladores organizan grandes cacerías grupales, para luego ir a las montañas. En ese lugar se cazan grandes piezas que son despellejadas para el consumo, y sus cueros son comercializados o se utilizan para hacer abrigos.
El poblado tiene un pequeño puerto, en el que una vez por año atraca un galeón con mercancías. Estos viajeros dicen venir de otros continentes y se hacen llamar “musulmanes”, pues ellos traen cosas novedosas de otros mundos.
Los pobladores están atentos cuando se aproxima la fecha de su llegada, expectantes todos desde el muelle, al ver asomarse las velas o sus banderas flamear ya conocidas. Y al momento del avistamiento pregonan con énfasis: “¡Mercaderes, mercaderes!”, haciendo resonar con ímpetu un gran cuerno como trompeta que alerta con entusiasmo a los lugareños, que acuden al lugar. Este grito musical se hace eco y recorre todo el valle, y llega a los oídos de los montañeses, quienes al rato se avecinan y bajan con carruajes y en caravanas desde los riscos.
Los lugareños esperan ansiosos con manos en alza a este galeón imponente y majestuoso. Los tripulantes, al atracar, bajan desesperados y sedientos de venta. Se siente un hedor casi putrefacto, que emanan sus cuerpos en cada paso. En el muelle el gentío corre con sonrisas esperando ver las novedades traídas por los visitantes. La zona se transforma en una intensa romería, luego aparecen músicos y juglares bailando por doquier, recitando grandes poemas. Los niños corren sobre la plataforma de madera mientras festejan y observan los cofres que bajan.
Se asoma un capitán en la borda y observa; tiene una gran barba tupida y negra, su cinturón es ancho, cuelga de él una gran espada. Su mano está aferrada firme sobre ella. El capitán espera a que sus marineros pongan la tabla para bajar al muelle, y espeta con bravura y sonrisas a la vez, acariciando su larga barba que finaliza en trenzas: “¡Hagan lugar, hagan lugar, que bajaremos las mercancías! Vayan preparando las monedas”. La muchedumbre se hace a un lado y se empujan unos a otros. Con el primer paso del capitán sobre la tabla, que simula un puente, esta se queja por el peso.
Un cofre muy grande cae sobre el muelle, el jolgorio de los lugareños aumenta, esperan quedar fascinados por los nuevos productos. Los mercaderes permanecen en el puerto por semanas hasta vender casi la totalidad de sus mercancías o intercambiarlas por cueros. Por las noches, acuden a las tabernas y, después de varias horas de beber sin parar, ya muy alcoholizados, regalan parte de sus mercancías tras ser embrujados por alguna de las bellas damas que bailan y canta sonrientes a su alrededor. En ocasiones, participan de grandes peleas con los lugareños. El galeón, al partir, es despedido por una gran multitud, algunos de los pobladores se aventuran y se embarcan con ellos para un mejor futuro. Todos ahí parados, con brazos agitados, ven desaparecer a la embarcación en el horizonte, llevado por el ocaso. En el pueblo nuevamente la vida se torna apacible y gran parte de sus botines vendidos quedan en las casas de los lugareños.
En el pueblo hay una pequeña plaza, situada en el corazón, adornada por un collar de árboles y de flores. También está rodeada por comerciantes, quienes despliegan sus mercancías e inician el bullicio en las mañanas con gritos, dando a conocer sus productos. Frente a esta plaza se encuentra el templo, lugar de oración a los dioses y de meditación por las mañanas. Este templo tiene una gran cúpula con ventanales que dan a los cuatro vientos, y en su interior hay un gran reloj de arena que está en las alturas. A este reloj lo deben dar vuelta cada vez que se termina la arena, eso significa el transcurso de una hora. La regla es que el poblador que pasa y ve la arena por terminar debe ingresar y jalar de la cuerda para dar vuelta el reloj. Luego, debe poner el número correlativo de la hora. Estos números están tallados sobre maderas y deben ir colgados en la pared para que se vean desde abajo o a lo lejos. El reloj es antiguo y fue hecho por los sabios del templo hace muchos años, que fueron asesinados en la lucha por el pueblo. Desde entonces se lo viene girando generación tras generación.
Como en todo pueblo, siempre hay un personaje. Pues este no será la excepción, tiene el suyo; es un mendigo que vive en la plaza, que compite con los pobladores por la cuerda para ser el primero en girar el reloj. Si él no está y quieren girar la cuerda, deberán mirar primero a su alrededor, porque en ocasiones lo ven venir corriendo eufórico hacia la cúpula, “dando un poco de miedo al pasar a su lado para ingresar al templo”.
Capítulo II
El susto
Owenk va camino a la escuela, es de tarde. Mientras se acerca, escucha el sonido del instrumento triangular que es golpeado por la maestra con frenesí. Entonces, apura sus pasos para llegar a tiempo.
La clase diaria ha finalizado, las niñas se ponen de pie, agarran sus útiles y salen. Owenk espera un tiempo prudente y arrebata sus útiles y su boina con ligereza, sale presuroso hacia la puerta. Pero su apuro no es por llegar a su casa, es para evitar que sus compañeros se burlen de él. Todos se agarran sus gargantas simulando tener falta de aire y luego largan unas risotadas burlonas.
Ya fuera de la escuela, se dirige a la calle principal que lo llevará hasta la única biblioteca, situada frente a la plaza. En su corrida por llegar, siente que le falta el aire, se detiene al toparse con la imponente puerta casi sin aliento. Resopla y se recuesta en el cuerpo robusto de la madera; se agacha para poder respirar y reponer sus fuerzas. Luego, mira hacia atrás y ve que nadie lo sigue, tan solo unos cuantos carruajes que se pierden tras el polvo. Owenk levanta la cabeza y observa el reloj de arena, que aún tiene la mitad, y piensa: «¡La tabla marca las cinco y tengo media arena, así que tendré tiempo para leer!».
Más aliviado, abre la puerta, hace dos pasos y se detiene frente al gran mostrador, detrás está parado el bibliotecario, quien viste un traje de color negro, una camisa blanca con encaje y cuello alto. Un pañuelo adorna su lado izquierdo, una galera negra de alas grandes está imponente y firme, deja ver su cabellera de color blanquecina a su alrededor. Su barba roja es larga y cubre casi toda la cara, de su labio inferior parte un surco de color marrón hacia abajo con aroma a tabaco; su pipa de hueso y madera tallada se encuentra humeando continuamente en su boca.
El bibliotecario, Celtc, al mirarlo agitado exclama:
—¡Otra vez corriendo, Owenk!
Cada palabra es acompañada por bocanadas de humo. Lo observa ir presuroso, perdiéndose tras los estantes en la zona de los cuentos e historias épicas, ese es su pasillo predilecto.
Al llegar, Owenk levanta la vista, pero no ve su libro en el estante, pregunta desde la distancia, ofuscado:
—Señor, ¿mi libro no está?
Celtc lo mira, levanta una de sus manos, lleva un dedo al labio y hace señas de silencio, luego sonríe; abre la pequeña puerta de madera de color caoba con suavidad y se dirige con pasos silenciosos hacia el pasillo certero. Al llegar se detiene, levanta uno de sus brazos —que, por cierto, son muy largos y grandes—, su mano rodea al libro mientras que con la otra sostiene la pipa que está en su boca. Owenk está muy próximo y siente el aroma del tabaco, esto complace al niño, que cierra los ojos como soñando. El libro está entre sus manos y acaricia su tapa observando con placer, está abrigada con madera y forrada en cuero de color marrón, y resalta detalles de su caballero en relieve de bronce.
—¡Qué bueno, señor, lo tenía bien guardado!
Se sienta, deja sus útiles sobre un banco de madera. Abre el libro de par en par, contempla sus letras dibujadas de color negras, que llenan aún más su cabeza de imaginación.
«Amigo mío», piensa. Hojea con cuidado hasta llegar al lugar señalado por él, apoya un codo en la mesa, su mano en el pómulo, estira el otro brazo al costado del libro como separando su territorio, tipea en su cabeza las letras con frenesí. Con la primera frase, sus ojos impresionan salir de sus órbitas, una de sus manos es agitada al vacío como expresando la acción. Celtc lo observa y sonríe moviendo la cabeza de un lado al otro.
Owenk está impactado por las hazañas de su caballero justiciero y guerrero. Por un instante levanta la cabeza mirando el espacio vacío y piensa: «¡De seguro el guerrero Byblon era así!». Luego vuelve a la realidad y prosigue con la lectura.
Él está sumergido de cuerpo y alma entre ilusiones y salvatajes, reacciona exaltado y dice:
—¡Huy, debe ser hora de irme!
Cierra el libro, pero no sin antes señalar con el cordel la página, y lo lleva a un lugar donde nadie lo pudiera encontrar. Sale presuroso por entre los mesones y estantes hacia la puerta de salida. De pasada, saluda a Celtc, que lo mira sonriente agarrando la pipa que está en su boca para que no se caiga; luego lo ve desaparecer tras el umbral.
Owenk, con apuro, toma la calle y no se percata de que viene un carruaje a toda velocidad, tan solo alcanza a escuchar el grito del cochero:
—¡Sal del camino, niño, eres bobo!
El cochero estira las riendas para poder frenar a los percherones. Se levanta y tira hacia atrás haciendo más fuerza para así poder esquivarlo.
Owenk escucha la voz repentina de alerta, reacciona con ligereza y retrocede unos pasos. De esta forma evita que los corceles no lo pasen por encima. Uno de los caballos relincha y mira de costado, como retándolo por su torpeza. Cruza la calle, se detiene, su pulso y su respiración están acelerados al máximo, su visión se torna borrosa y cree desvanecerse. Se agita al extremo, debe agacharse para inspirar profundo, su cabeza le duele.
—¡Uf, estuvo cerca!
Owenk queda parado ahí por un rato, expuesto a los curiosos que lo miran detenidamente mientras que las mujeres llevan sus manos a la boca en forma de expresión y de asombro. Escucha un susurro entre su confusión que dice:
—Ese chico es el raro, sobrino de la costurera.
Se recupera y sigue su camino por el borde de las casas. Se cruza con un hombre de traje muy galán que le dice:
—¡Chico, debes de tener cuidado y ser más atento!
—Sí, señor —contesta amablemente Owenk.
Pasa por enfrente del templo, levanta la vista, se acomoda su boina y mira el reloj; faltaba muy poco para que terminase la arena.
—¡Estoy en horario!
Y prosigue silbando una melodía alegre. A los pocos minutos, está en la puerta del trabajo de su tía.
Owenk vive con su tía Belzer desde los cinco años debido a que sus padres fueron asesinados por un grupo de rebeldes durante un robo. Pero él no lo sabe; sí está al tanto de que fallecieron en un terrible accidente. Belzer es costurera, trabaja para la pequeña tienda del pueblo.
Owenk llega a la tienda y se detiene frente a la gran puerta de madera. La secuela del susto aún persiste; de repente, se escucha el sonido grave de la cerradura y el tintinar de una cadena. Una hoja se abre y detrás se apersona la figura inconfundible de su tía tan querida. Ella, al verlo, esboza una sonrisa y exclama:
—¡Hola, Owenk!
—Hola, tía —responde él.
Belzer acota:
—¡Estoy segura de que estuviste en la biblioteca!
—¡Sí, tía! —afirma Owenk.
—Owenk, nunca vas a tener amigos si no juegas con ellos, te pasas sumergido en la biblioteca gran parte del día —comenta Belzer.
Owenk levanta la vista, ya que su tía es de estatura alta, corre su boina y sonríe mostrando su dentadura blanca y perfecta.
—Es que, cuando sea mayor, quiero escribir grandes canciones de guerras y poemas; además, con ellos nada bueno sacaré.
Owenk, como de costumbre, es atento con ella. Le solicita el bolso para poder aliviar su cuerpo cansado; ella, con gentileza, accede. Van rumbo a su hogar. Las casas muestran su arquitectura de madera y piedras con adobe, son de poca altura para poder dar resguardo frente a las grandes nevadas y los vientos que azotan sin clemencia a la comarca. Las casas invitan, con sus diversos colores, a ser miradas obligadamente, pues de esta forma enfatizan aún más el ambiente de la villa. Algunas casas están abandonadas y desgastadas por el clima y el tiempo. Tal vez el galeón visitante los atrapó para llevarlos quién sabe a dónde.
Caminan bajo el murmullo de la tarde, el horizonte y las grandes montañas les ofrecen sus picos nevados como escenarios, el señor Febo las seduce con iridiscencia, cae suavemente sobre ellos como un amante en el ocaso.
Entre pasos y saltos, Owenk ve unos zapatos y se detiene frente al comercio, que expone sus mercancías en una de las tantas repisas. Mira un par de zapatos color negro. En eso se le acerca el vendedor y le dice:
—¿Quieres probarlos?
—¡No, señor, gracias, tan solo los miraba! —responde casi en el acto.
Prosigue su camino, ve a su tía que gana terreno, y se ve obligado a caminar más rápido para alcanzarla.
—¡Cuando sea grande y un gran profesor de Literatura, me voy a comprar cuantos zapatos quiera! —exclama.
Se queda atrás, ya que un pensamiento lo detuvo. Al reaccionar, observa a su tía que va unos pasos adelante otra vez; su figura es flaca y se la nota cansada, ve que sus zapatos están muy usados, casi sin colores. Tiene puesto un vestido celeste que ella misma ha confeccionado, su sombrero hace juego con el color de sus ojos azules; su pelo es largo y de color rojizo. Owenk adora a su tía, sabe el sacrificio que hace para poder sostener la economía.
Owenk toma aire y apura más sus pasos; al estar a su lado nuevamente y a pocos metros de la casa, dice:
—¡Tía Belzer, te veo muy cansada!
—¡Cansada, sí, de tanto trabajar por muy poca plata, pero la necesitamos!
Llegan al portón y Owenk observa a su tía, está muy pensativa, se intriga porque seguramente debe estar ideando alguna salida de esta penosa situación.
El cuadro de su casa es rústico, deja ver su arquitectura de piedras y maderas sin pintar, tiene adobes entre juntas, techo de madera y pajas con algunas tablas encima para que no se vuele. Hay dos ventanas, una atrás y la otra al frente, son de maderas con hojas pesadas. Hay un viejo género que hace de cortina, la puerta de ingreso es también de madera robusta.
Traspasan el umbral del portón e ingresan por el sendero que hace de guía hasta la humilde casa. Ya en el interior, Owenk deja la bolsa sobre la mesa de madera hecha por ellos y va a su habitación.
Su tía se quita el sombrero y lo coloca en un clavo detrás de la puerta, luego se dirige a la cocina y se detiene frente a la mesa, toma una jarra y pone agua en su interior; pero, al hacerlo, cae un chorro sobre sus zapatos, sacude su pie y suelta una mala palabra. Belzer es una mujer amable y educada, aunque no ha completado sus estudios; todo lo que aprendió fue de su madre, quien le inculcó las buenas costumbres. Es de mente abierta a nuevas ideas. Es raro escucharla maldecir, solo lo hace en casos extremos. Ya con el recipiente lleno, lo coloca sobre el fogón. Se agacha, levanta unos leños y los echa sobre el vestigio de fuego, con sus pies arrima unas cuantas hojas secas que, al primer contacto con las pequeñas brasas, estallan y tiran sus chisporroteos por doquier. Belzer dice:
—Listo.
Ahora solo debe esperar a que la vieja jarra comience a chillar. Se sienta en su mecedora y mira fijamente las llamas que juegan con su visión. Sus ojos se entrecierran embrujados por el calor del fuego y el crujir de los leños. El humo, con su esencia, acompaña por generaciones haciendo el ambiente aún más familiar; su pelo escarlata dorado resplandece con las llamas de azufre que enfatizan su rostro carmesí y cansado.
Owenk se asoma para hacerle compañía, pero, al verla quieta, camina despacio, y al llegar a su lado la ve dormida, arrullada con su manta al hombro.
El muchacho observa por la ventana y percibe que la noche se aproxima, gira en sí y ve sobre la mesa una bujía. En silencio y con pasos de lana se aproxima al fuego, se agacha, agarra un pedazo de leño y la enciende, luego la deja sobre la mesa. La jarra avisa su hervor, pues escupe parte de su contenido sobre las llamas, las gotas largan gemidos al caer sobre las brasas.
La tía se despertó y se levantó exaltada en ese mismo momento. La mecedora sigue su trabajo, pero sin ella; toma la jarra y las tazas de metal, vierte el agua para preparar el té. Una vez que está el brebaje, le dice a Owenk:
—¿Vas a tomar el té?
—¡Sí, tía!
Sentados, compartiendo el té, apenas iluminados por la única lámpara y dejando caer sobre ellos su luz tenue que se mistura con olor al aceite de ballena, en lo profundo del silencio se escucha el concierto que brinda el fuego con sus distintos acordes, sumándose a la distancia el golpe de las olas contra el acantilado.
Belzer rompe el silencio sepulcral:
—¡Owenk, estuve pensando y he decidido que nos vayamos del pueblo!
Owenk la miró con ojos desorbitados, sorprendido, y respondió:
—¡¿Por qué debemos irnos tía?, si acá estamos bien!
—Mira, Owenk, trabajo todo el día y no veo el progreso, además... necesitas una buena educación, ¡tú mismo dices que quieres escribir canciones que recorran el mundo!
Owenk desvía la vista hacia el horizonte, pasando por la ventana, y queda pensativo. Mientras mastica un pedazo de pan, otra vez imagina aventuras de caballeros. Sacude su cabeza volviendo a la realidad.
—¿Dónde iremos, tía? —preguntó Owenk.
—Buscaremos una ciudad más grande donde haya escuelas y bibliotecas —contestó Belzer.
Ella sabía que de esa forma lo convencería, era lo mejor para su futuro.
El rostro de Owenk ya comenzaba a iluminarse y a cambiar de forma. Su expresión mutaba en alegría.
—¡Bibliotecas, tía, y muchas! —exclamó con tono eufórico y alegre.
La noche fue historia.
Al amanecer, Owenk, entre sueños, escucha a su tía andar por la cocina. En efecto, es ella, ¡quién más sería! Se estaba preparando para ir a su trabajo. Antes de partir, se aproxima a su cama y anuncia:
—Owenk, el fuego ya está prendido, me estoy yendo.
Se detiene en la puerta, vuelve a insistir y recomienda:
—¡Que no se apague!
—Bien, tía —responde Owenk con un suave movimiento de cabeza.
Se escucha la puerta cerrarse, él se acomoda para seguir durmiendo. Inmerso y nadando en lo profundo de sus sueños, se ve jugando con libros, riéndose a carcajadas, hojea con demencia. Luego observa un carruaje correr tirado por cuatro percherones de pelaje largo azabache. La carroza rueda sin control y Owenk se ve parado sobre ella. Mira adelante, el camino finaliza en un precipicio y cae… Se exalta y se sienta en la cama casi dando un grito. Si bien se da cuenta de que es tan solo un terrible sueño, su corazón está por estallar. Owenk se encuentra sudoroso, agitado y agotado. Ya más tranquilo y recuperado, se sienta al borde de la cama, se despereza, toma su ropa y se viste.
—¡Estará prendido el fuego! —dice en voz alta.
Camina hacia la cocina y se percata de que aún los leños tienen buena brasa; con uno de sus pies arrima algunos para que estos prendieran en llamas, luego toma la jarra con agua que está sobre la mesa y la pone sobre el fuego para preparar su desayuno. Exclama:
—¡Uff, qué calor…!
Luego, vierte agua en un recipiente para lavarse la cara, toma un género que está colgado en la pared y se seca. Se acerca al fogón y se detiene. El humo amigo envuelve su cuerpo, todos los días lo acaricia. Gira su rostro, mira por la ventana y se pierde hipnotizado por el cuadro que le brindan sus montañas, bosques, acantilados y el inmenso mar.
—¡Tendré que dejar todo esto! —habló en voz alta llevándose el tazón a la boca, da un gran sorbo acompañado por un mordisco de pan.
Ahí sentado, su imaginación se eleva una vez más; piensa cómo será su nuevo pueblo. Abre los ojos y se levanta de un salto, pone el tazón sobre la mesa y exclama:
—¡Tengo la certeza de que debe haber muchos carruajes, bibliotecas y escuelas!
Termina el desayuno y lava su taza, luego se dirige a la pieza y tiende su cama como de costumbre. «Voy a ir a la biblioteca, quizás unas horas», piensa.
Se pone la chaqueta, la boina, y sale corriendo dando un gran portazo. Esto provoca la exaltación de su perro, que comienza a ladrar el por el susto; al mismo tiempo, se escucha el aleteo repentino de un pájaro que estaba en el patio y que huye buscando su libertad. Owenk corre, pasa el portón y toma la calle que lo lleva hasta la biblioteca. Camina y, mientras lo hace, canta una alegre melodía, como de costumbre. De repente, se detiene al sentirse agitado, se enoja consigo mismo y maldice:
—¡¿Cuándo pasará esta maldita enfermedad?! —gruñe.
Se agacha, renueva el aire y prosigue su camino. A metros de la biblioteca, observa que la puerta está cerrada. Se para frente a ella, apoya uno de sus brazos como atajándola para que no caiga, pero, en realidad, es la puerta la que sostiene al niño. Owenk se sorprende al no ver a Celtc. Gira su cabeza y mira el reloj, observa que marca las siete y dice:
—Uf, ¡qué temprano he venido, no me di cuenta!
Decide esperar a Celtc y se sienta en el escalón de ingreso, saca su boina y, con una de sus manos, seca el sudor de su frente; a pesar de ser temprano, los rayos del sol ya queman. Sentado ahí, observa las montañas, sus montañas, que se tiñen con el amanecer, siente la brisa de la mañana que acaricia su rostro suavemente; saborea la vida, su interior le sonríe. «Cómo te extrañaré…», piensa en voz alta.
Levanta la vista y ve que se aproxima un anciano empujando su carro de mano. Owenk se da cuenta de que se trata del lechero, que lo saluda cordialmente.
—¡Buenos días, señor! —responde Owenk.
—¡Owenk, es muy temprano para leer! —dice mientras camina con pasos lentos siguiendo su trayecto. Vuelve a decir de espaldas:
—¡Qué chico raro! —y grita—: ¡Lecherooo!
A lo lejos, se escucha una voz fuerte y conocida que da órdenes a sus percherones. Owenk mira y ve la figura de su amigo Celtc, que viene en su carruaje y diciendo:
—¡Oh, oh, oh!
A medida que se acerca a él, su figura va creciendo más y comienza a notarse el humo de su pipa. Celtc, parado, estira las riendas y detiene a los caballos. Ata las riendas a un costado del asiento y con uno de su pie aprieta una palanca que hace de freno y procede a bajarse; mientras lo hace, sostiene su galera con una de sus manos. Una vez en el piso, gira su cuerpo, también su capa negra lo hace cortando el aire, su pañoleta blanca cubre por completo su cuello; mira al chico sorprendido.
—¡Owenk!, ¿qué haces? Es muy temprano, ¿te ha sucedido algo, amigo? —preguntó mientras se sacaba sus guantes negros y los dejaba sobre el coche.
—Nada, señor —dijo mirando con un ojo cerrado, pues el sol le obstruía un poco su visión—. Es que quiero terminar de leer mi libro, sé que es temprano, no me he dado cuenta de la hora, disculpe usted.
Celtc rodea el coche y luego se detiene en la parte de atrás.
—¡Owenk!, ¿me ayudas a llevar los libros nuevos adentro?
Owenk contesta de inmediato con tono alegre, y con los ojos casi encendidos:
—¡Sí, señor!
Celtc saca un baúl de madera y lo deja en el piso, su interior está lleno de libros de distintos tamaños y colores. Toma unos cuantos y los pone sobre los brazos extendidos de Owenk, que estaban prestos para recibirlos. Al tenerlos entre sus brazos, los rodea y los lleva contra su pecho. Luego agacha su cabeza, olfatea su aroma y exclama:
—¡Señor, se siente el aroma de sus tintas, están frescas!
—Tal vez te regale uno… —contestó Celtc.
Owenk siente el peso y hace más fuerza para sostenerlos. Exclama:
—¡Sí, son nuevos, señor, de seguro que los voy a leer a todos!
Celtc, presuroso, va adelante con unos cuantos libros debajo de uno de sus brazos, tiene el otro libre para poder abrir la puerta. Owenk, al ver la puerta abrirse, se arremete hacia adentro con ligereza, pues él no quería que los libros se cayeran desplomados de sus manos. Una vez adentro, los deja a todos sobre la mesa de madera, muy bien acomodados y seguros. Luego se dirige hacia el pasillo en busca de su libro, llega, levanta la vista y lo ve a lo alto, acerca una pequeña escalera de madera, sube y lo toma entre sus manos. Baja y se sienta en su lugar de costumbre, toma con cuidado una de sus tapas y lo abre. Al instante, siente el aroma del cuero y de la tinta pegada al papel; sus letras están cinceladas a pluma y con perfección. Hojea con cuidado, no las quiere lastimar. Llega al lugar señalado por él con un listón de tela de color marrón. Lee el primer párrafo y ¡zas!, ya está sumergido en la fantasía. Realiza los gestos y movimientos de costumbre con sus brazos y cabeza, como peleando con los bandidos; todas estas acciones son observadas por Celtc, que, al verlo, mueve su cabeza de un lado para el otro, negando, como así también lo hacen otros espectadores.
Finaliza su lectura y cierra el libro. Queda pensativo, con sus manos sobre la tapa, y mira el techo e imagina grandes hazañas con su caballero.
—¡Ya deben ser casi las diez, es hora de irme y de hacer las compras para el almuerzo! —dijo.
Esa es la misión que realiza todas las mañanas para que su tía pueda cocinar a tiempo, ya que debe regresar al trabajo por la tarde; el tiempo de descanso es corto. Deja el libro en su lugar, agarra su boina y sale apurado entre los mesones ante la mirada de los lectores. Saluda a Celtc de pasada, que le responde con un adiós.
Owenk se detiene en la puerta, mira hacia ambos lados pensando qué debería hacer primero. Ve al verdulero e intenta cruzar la calle, pero, al ver un carruaje, lo deja pasar primero. Ya con la experiencia anterior fue suficiente. Estando del otro lado, se aproxima hacia uno de los cajones de hortalizas y se detiene en frente.
—¡Señor, Oth, quiero unas cebollas y papas! —dijo Owenk saludando, luego señala un cajón.
Don Oth saca las verduras y las envuelve en un papel. Owenk pregunta:
—¿Cuánto sale, don?
—Son cero veinte Byblon.
Owenk introduce una de sus manos dentro de la chaqueta y saca de su interior una bolsita de cuero. Al volcarla, caen en sus manos las monedas. Elige alguna de ellas, paga y prosigue su camino. Mientras va por la vereda lentamente, entre el tumulto de la gente, observa todos los puestos al pasar; ve unos pescados colgados en un cordel, se detiene y se pregunta: «¡Seguro le gustará a la tía cocinar el pescado!, pero… ¿cuál será el ideal?».
Owenk se detuvo frente al puesto del mercader, que estaba hecho de varios palos, uno al lado del otro. Mira detenidamente a los pescados colgados, señala uno y pregunta:
—¿Cuánto sale, don?
El pescador lo mira y exclama:
—¿Eres el sobrino de Belzer?
—Sí, señor —afirma Owenk.
El pescador baja una de las piezas y le muestra.
—Llévate este que es el más grande, tu tía tiene un precio especial, pues siempre viene a comprar.
—¿Cuánto le debo, señor?
—Son cero quince Byblon.
Paga y va hacia su casa. Pasa por la plaza principal, levanta la vista hacia el reloj y ve que marca las once. En eso, divisa a unos compañeros de la escuela, acelera su paso y se tapa con su boina para que no lo vean, pero es en vano. Uno de ellos, al verlo a la distancia, grita:
—¡Ahí va el raro!
Y lanzan una carcajada burlona. Owenk sin mirar sigue su camino, ya falta muy poco para llegar a su casa, es cuestión de bajar hacia la costa, solo eso.
Se detuvo frente al portón y se agachó por unos instantes para poder tomar aire. Con una voz forzosa dice:
—Qué suerte que no me han seguido.
Antes de continuar su marcha, y en la misma posición, levanta la cabeza y observa que sus riscos están más iluminados que nunca por los rayos del sol; el naranja predomina. La dosis de naturaleza finalizó. Toma el angosto sendero que va hacia la puerta principal, en su andar distraído piensa que sería bueno dejar su pueblo. Con un leve golpe de pie, abre la puerta; una vez adentro, pone sobre la mesa todo el botín. Se queda pensativo unos segundos, reacciona y camina hacia su habitación en busca de su libreta que le había regalado su tía. En ella anota todas las palabras nuevas o aquellas que no conoce cuando lee su libro para luego preguntarle a su maestra, o a Celtc, que sabía, tal vez, más que la maestra, pues él siempre tenía las respuestas sin mirar los libros.
Ya sentado a la mesa, murmura:
—¿¡Si escribo un libro de terror!? ¡Oooh! ¡Tal vez una aventura de caballeros, como la que estoy leyendo!
Con los codos apoyados sobre la mesa, juega con el lápiz y lo lleva de paseo entre sus dedos de un lado al otro, así lo hace recorrer mientras escarba en su imaginación. Observa a través de la ventana su paisaje favorito, pero no se le ocurre nada. Piensa que su imaginación lo ha traicionado. Irritado, dice:
—¿¡Qué me pasa!?
Decide levantarse, corre la silla hacia atrás, hace un impulso para pararse, pero en ese mismo instante siente que la puerta se abre abruptamente y se golpea contra la pared con furia. La ráfaga atravesó la pequeña casa de lado a lado y se llevó consigo parte de las cenizas. Ahí, a media acción de pararse, gira su cabeza de inmediato y se queda mirando, sorprendido, tal evento casi fantasmal. Expresó en voz alegre:
—¡Esto es una señal para escribir mi libro!
Su imaginación se enciende y comienza a surcar el océano de la fantasía a toda vela. Sus manos tiemblan, no las puede frenar, el lápiz baila sobre el papel amarillo dejando surcos profundos, tallándolo como embriagado de emociones. Desaparece del mundo.
Capítulo III
El nimguma
Owenk comienza a escribir su libro…
El ocaso abraza a la tarde, la noche se corona con la luna lentamente; el viento, cual tridente, atormenta a la pequeña casa de frágiles cimientos como un verdugo disfrutando del flagelo, el paisaje es blanco, cubierto de cristal, las casas de la villa también.
Un silbido nace de la nada afuera, una ráfaga azotó y embistió la puerta, esta se dispara y se golpea contra la pared. Sus bisagras de cuero no la pudieron retener, quedó atravesada, trémula. La débil casa tiembla, pareciera tener vida propia; la nieve, curiosa, ingresa lentamente. El morador es un anciano y duerme, se exalta por tal evento. Se sienta en la cama y observa a la robusta puerta, que está atravesada y goleándose, ¡pla, pla, pla!, contra la pared. La luz de la luna se filtra entre las rendijas de las tablas y corta al anciano en varias partes. Toma una pequeña lámpara que está en el piso, se pone de pie, agarra una vieja cobija y abriga su espalda, camina con pasos lentos hacia la cocina, y en el trayecto ve que el fuego está moribundo. Con uno de sus pies arrima un leño y unas cuantas hojas secas, estas crepitan y dan nacimiento a las llamas. Con un pequeño leño prende la lámpara, luego va hacia la puerta, se detiene e intenta cerrarla, pero es imposible. Sin previo aviso, una ventisca apaga su vela. En eso, se escucha un grito escalofriante que proviene de los acantilados. El anciano se queda petrificado al oír tal grito. Muy despacio, asoma tan solo su cabeza cual tortuga, pasando el marco de la puerta. Gira de un lado al otro, sus ojos están tan grandes que parecieran salirse de sus órbitas. Escucha un grito o aullido animal que proviene de las montañas, mira hacia el lugar, pero le es imposible ver, la espesa bruma y su escasa visión no lo favorecen. Apoya su espalda contra la pared, con expresión de susto, y se queda pensativo por unos segundos. Parado ahí, tiritando, observa todo a su alrededor, ve la vieja mesa de madera y piensa que debe ponerla contra la puerta. Después camina hacia unos estantes y saca de su interior un viejo pergamino; enciende la bujía al pasar cerca del fuego. Extiende el pergamino sobre la mesa y lo despliega con ambas manos, se agacha, arruga su rostro para poder ver las anotaciones, pues estas están borrosas por el pasar de los años, los dibujos fueron delineados con metal candente por sus abuelos. Este pergamino fue heredado por generaciones en su familia, y señalan el año en que despertarían…
El anciano poco creía en los mitos antiguos que le fueron contados en su infancia. Vio el dibujo de una bestia y el año, quedó sorprendido. Pasa una de sus manos por sus pocos pelos despeinados y blancos. El anciano dice en voz baja, mirando la puerta:
—Según las escrituras, este es el año en que despertarán los “nimguma”.
Queda aterrado porque sabe que estas bestias, según cuentan los antiguos pobladores, se llevan las almas de los humanos en tan solo una noche, y finalizan su cacería al amanecer, refugiándose en las cuevas que se encuentran en las montañas, y caen dormidos.
La leyenda dice que los nimguma vuelven a la vida después de estar dormidos por quinientos años.
Owenk escucha una voz a lo lejos que lo llama.
—¡Owenk, Owenk! Despierta, tienes que ir a la escuela, deja de soñar, niño.
Regresa en sí y, al hacerlo, se pone muy contento porque pudo escribir, lo ha logrado. Descubrió que sí puede viajar al mundo de las letras, a esos momentos de inspiración, al fin lo había conseguido; solo bastaba que sucediera un evento para navegar hacia las aguas de la fantasía. ¡Quién diría que el mentor sería una brisa...!
Se pone de pie y mira a su tía, que está apurada para cocinar.
Owenk gira y dice:
—¡Hola, tía, discúlpeme, es que me entretuve con mis anotaciones! —Agarra su cuaderno y se dirige a su habitación.
Vuelve a repetir al regresar:
—¡Perdón, tía, no he prendido el fuego, pero no se preocupe que ya lo enciendo!
Sale corriendo hacia el fondo de la casa y se detiene junto a los leños. Toma unos cuantos y los tiene entre sus brazos, en ese instante una ventisca lo envuelve y acaricia su rostro. Cierra los ojos para así poder sentir su delicia. El tiempo se detiene, está regocijado por las ilusiones; siente soñar.
Regresa en sí, corre hacia adentro y deja los leños sobre el fogón con algunas hojas secas, luego lo enciende.
Mientras la tía cocina, exclama con alegría:
—¡Tenemos comprador para la casa, mañana vendrán a verla; así que debemos de dejarla limpia y confortable! Cuando le mencioné a la dueña de la tienda que quería vender la casa, ella de inmediato me dijo: “¡Tengo un comprador, es un hombre que vive no muy lejos de acá!”. De inmediato, mandó a un chico hacia el lugar para que se lo comunicara.
Owenk saca los pocillos. Mientras los lleva a la mesa, pregunta:
—¿De dónde son, tía?
—Vienen de las montañas para intentar vivir en la ciudad.
Owenk, atento a la conversación, continúa con su labor. Al finalizar, se sienta y pregunta:
—¿A qué hora vendrán mañana?
—Por la tarde —responde Belzer.
—¡Estaré para conocer a los compradores! —contestó alegremente Owenk.
—Ya está la comida —anunció su tía.
Belzer lleva la fuente con el pescado a la mesa, acompañado con verduras hervidas. Owenk ve la jarra vacía, vierte leche fresca en su interior, la apoya sobre la mesa y se sientan a comer.
Al finalizar con el almuerzo, Owenk le solicita permiso a su tía para poder levantarse, a lo cual ella accede. Y se dirige a la habitación.
—Es hora que vaya a la escuela —dijo en su andar apurado.
—Ve con cuidado y no corras porque te agotarás —aconseja su tía.
Owenk agarra sus útiles, los ata con un cordel y sale de prisa hacia la calle. Saluda a Belzer con un beso al pasar. También se despide de su perro, que le contesta con ladridos y lo sigue un trecho. Owenk, en su camino hacia la escuela, se entretiene con cada cosa que surge a su paso, hace un alto y piensa que dentro de poco dejará a su pueblo y a su escuela, y asistirá a otra en algún pueblo lejano, con nuevos compañeros. No parece importarle, ya que su tía le ha dicho que es para el bien de los dos.
—¡Conoceré nuevas bibliotecas y muchas cosas más! —exclama en voz alta.
Pasa frente a la plaza y mira hacia la cúpula, ve que la tabla apunta la una. Ve a Celtc parado, imponente y humeante en la puerta de la biblioteca. Levanta uno de sus brazos y saluda. Owenk siente más profunda la espina que clava en su corazón. Traga saliva amarga, prosigue su camino con pasos lentos. Se siente triste y, a la vez, contento.
Luego ve al mendigo que está sentado, rodeado de palomas y de otros pájaros, atento al reloj. Owenk lo saluda.
—Buenas tardes, caballero. —El hombre mira al niño y muestra su boca desdentada.
Owenk, mientras camina, piensa:
«Los chicos siempre lo molestan tirándole piedras y otros objetos, pero a mí me cae bien. Además, mi tía me ha dicho que él fue uno de los mejores marineros de ultramar, según contó un viejo conocido del lugar. Y que, cuando se hundió su galeón, vio a sus compañeros ahogarse, y tan solo se salvó él. Fue encontrado por una embarcación que lo dejó en el pueblo. Este hombre, al no conocer a nadie y no estando en sus cabales, deambula desde entonces por la plaza del pueblo por las tardes, y, después de dar vuelta el reloj, baja a la playa y ahí se queda sentado, observando el horizonte lleno de mar. Triste final».
Ya llegando a la esquina de la plaza, Owenk ve a Don Oth, que lo está observando, y piensa: «¡Se pusieron todos de acuerdo hoy para ponerme mal!».
Reanuda su marcha y lo saluda. Hace unos pasos más y ya está cerca de la escuela. Ve a sus compañeros y se detiene, decide esperar al lado de un árbol no muy lejos hasta que ellos ingresen, después lo haría él. Ese día no se sentía con ganas de soportar a nadie, tampoco burlas.
Solo debía esperar el sonido del triángulo. Parado ahí, pegado contra la corteza del álamo, mira a escondidas a cada tanto. Escucha que resuena cada vez más fuerte el instrumento llamador de la maestra.
Una vez que todos ingresaron al aula, Owenk corre y entra. Le importaba poco la clase de ese día, su mente estaba en los compradores y en su viaje. «¿¡A dónde iremos con mi tía!?», se preguntaba constantemente.
Las horas pasaban y él estaba inquieto dentro del aula. Ansioso esperaba a que sonara el triángulo y pusiera fin a la clase. Inquieto, con el lápiz entre sus dedos, esperaba ese sonido tan ansiado. Al fin, lo oye. Toma sus útiles y su boina, pero antes de salir uno de sus compañeros acerca su rostro casi pegado al de él, y, burlándose, le dice:
—¡Córrete, rarito!
Owenk mira el piso, resignado de tantas burlas, y sale corriendo. Saluda a su maestra, quien lo mira extrañada por su poca participación en la clase, ya que es el más aplicado en todo.
Sale a la calle principal y se dirige hacia la biblioteca. Llega, ingresa en forma enérgica, pasa rápidamente por al lado de Celtc y saluda como de costumbre. Al llegar al final del pasillo, se detiene abruptamente, levanta su boina, rasca su cabeza y regresa. Se para frente al bibliotecario y dice:
—¡Señor Celtc!
—¿¡Sí!? —le responde.
—¡Le contaré un secreto! —dice mientras hace señas con una de sus manos para que se agache.
Celtc lo mira asombrado, sujeta su sombrero y dobla el torso hasta llegar a la altura de su amigo. Con la otra mano sujeta su pipa, encarcela una bocanada de humo y, con los ojos muy abiertos, exclama:
—¡Dime!
Celtc señala uno de sus oídos para que en él le hablase; Owenk se acerca, pone una de sus manos apoyada en su boca y contra el oído del señor. Le dice muy bajito:
—Mi tía y yo nos iremos del pueblo a una ciudad mucho más grande, donde habrá más bibliotecas, ¡eso dice mi tía! —confiesa y levanta los hombros.
Celtc se sorprende, vuelve a su altura, sus ojos se agrandan por el desconcierto, ya que eran pocos los que se aventuraban a salir del pueblo. Luego, Owenk prosigue y dice en voz baja:
—¡Nadie se tiene que enterar, señor!
—Bien, niño, nadie lo sabrá.
Owenk se aproxima a la puerta, levanta la vista hacia el reloj y ve que son las cinco. Toma su lugar de costumbre ya con el libro en manos, pone sus útiles sobre el gran mesón de madera. Sentado, hojea con emoción su libro, a medida que sus dedos acarician sus puntas y al ver las letras, comienza a viajar con su imaginación a tierras de fantasía. Al fin, llega a su página señalada y comienza su lectura. Pasan unos minutos y ya está eufórico por las hazañas de su caballero.
—¡Sí, así se hace, sí!
Fue tan alta su voz que el bibliotecario lo tuvo que regañar, ya que había otros lectores, eran mayores y muy quisquillosos.
Owenk se queda inmóvil por un rato, con cierto nerviosismo. Se levanta con mucho cuidado y despacio a la vez para no entorpecer a los lectores; levanta el libro para ponerlo en su lugar ante la mirada fija de los espectadores. Toma sus útiles, sale del lugar y se dirige hacia donde está Celtc, pasa a su lado y lo saluda. Sale de la biblioteca, se detiene y mira el reloj, que estaba a punto de terminar la arena.
—¡No, mi tía ya debe de haber salido de su trabajo! —exclamó en voz alta, desesperado.
Se dirige a la tienda con apuro. Con el solo hecho de ponerse nervioso, su respiración aumenta y se agita. Llega y ve a la dueña que está parada en el dintel de la puerta, a punto de cerrar la tienda. Se detiene agotado y agitado, y le pregunta con voz jadeante:
—¿¡La tía Belzer!?
—¡se ha ido, Owenk! —responde la dama.
«¡Nooo, voy a llegar tarde!», piensa Owenk.
Inspira profundo, toma aire y se dirige a su casa. La señora se quedó mirando a Owenk por unos segundos; luego cerró la puerta, haciendo desaparecer de a poco su figura.
Capítulo IV
La verdad…
Owenk llega a la casa y se detiene en el portón, toma un poco de aire. «Voy a ingresar muy despacio, pero lo haré por el costado de la casa, hasta llegar a la parte de atrás por si los compradores están», piensa.
Camina pegado a la pared y llega atrás. Ve a Bestia, que se le aproxima moviendo su cola en señal de saludo.
—¡Bestia, quédate quieto! —le dice con voz de susurro, poniendo uno de sus dedos sobre los labios.
Ya detrás de la casa, se agacha y queda debajo de la ventana, escucha voces. Se le hace conocida una de ellas. Oye una voz que le dice a su tía:
—¡Qué suerte tiene ese chico de tenerte, qué sería de él sin tu ayuda! ¡Me acuerdo cuando sus padres fueron asesinados por los rebeldes!
Owenk, al escuchar esas palabras, queda inmóvil, sus manos tiemblan, luego sus ojos se empiezan a empañar.
—¿¡Por qué Belzer, mi tía, me ha ocultado la verdad diciéndome que mis padres habían muerto en un accidente!? —se preguntó con voz trémula.
Cerró sus puños, inspiró e ingresó a la casa; al hacerlo, caminó con la cabeza gacha para no mirar a nadie, tampoco saludó. Esa no era su actitud usual, ya que siempre era muy cordial y educado. Tiró sus útiles sobre la mesa y se dirigió a su habitación. Los visitantes se miraron y se dieron cuenta de que el chico había escuchado. Sus vecinas se despidieron y se retiraron con ligereza. Belzer queda observando desde la distancia la habitación de Owenk, toma aire, resopla y va en busca de su sobrino. Ve que está acostado boca abajo en la cama; se sienta junto a él, apoya una de sus manos en la espalda y habla en voz baja, tartamudeando:
—¡Owenk, yo nunca te he mencionado cómo habían muerto tus padres porque eras chico y no lo hubieras entendido! ¡Nunca fue mi intención lastimarte, hijo!
Owenk gira su cabeza y eleva la vista. Ve lágrimas que ruedan por el rostro de su tía. La ama tanto que no la puede ver sufrir.
—Tía, ya no importa; además, han pasado tantos años…, y tú eres como mi madre. Lo importante es que estás a mi lado, ¿qué haría yo sin vos? —dice, y le da un abrazo fuerte.
—¡Ya deben de estar por llegar los compradores! —dijo Belzer resoplando y secándose las lágrimas.
Owenk también seca sus lágrimas con la manga de la camisa, contesta:
—¡Tía, yo te ayudaré a ordenar!
