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La ciudad, suspendida a doce metros de altura, daba cierta seguridad y solía librarse de los impactos de las rocas, ruinas de otras edificaciones y demás objetos que la Tierra arrastraba o expulsaba de sus entrañas…
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Seitenzahl: 30
Veröffentlichungsjahr: 2020
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ÓXIDO
© Pedro Lobato Mancebo
© de las imégenes interior y de cubiertas: Pedro Lobato Mancebo
Iª edición
© ExLibric, 2020.
Editado por: ExLibric
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ISBN: 978-84-17845-92-6
Nota de la editorial: ExLibric pertenece a Innovación y Cualificación S. L.
EXLIBRIC
ANTEQUERA 2020
A mi hija Blanca.
Tras la Tercera Guerra Mundial, el mundo está sumido en un caos: menos del 1 % de los humanos ha sobrevivido e intentan reagruparse. Al problema de obtener comida y agua no contaminada se suma la amenaza de violentos robots, cuyo único propósito no es otro que exterminar por completo al hombre en la Tierra. Pero quizá el mayor peligro es que el planeta está roto: cada pocos días se agrieta un poco más, amenazando con engullir todo cuanto esté en la superficie.
Un pequeño ruido fue lo que me despertó; abrí los ojos tras varios intentos, ya que el sol, muy alto, me deslumbraba con fuerza. Volví a escuchar aquel sonido y, dolorido, miré hacia mi derecha: un roedor parecía entretenerse mordisqueando una rama seca. Me miró unos segundos y rápidamente se ocultó entre la maleza.
Me puse en pie con lentitud y, al hacerlo, pude atisbar que eran varias las zonas de mi cuerpo que estaban maltrechas por la caída; nada grave. Observé el saliente de roca: unos cuatro metros de altura. Había tenido suerte, ya que podría haberme herido mucho más. Me toqué la parte posterior de la cabeza y noté un pequeño bulto. Tenía sangre seca y una brecha no muy grande, por lo que decidí no darle importancia: se cerraría sola sin necesidad de puntos de sutura. Sacudí el polvo del pantalón y me quité la chaqueta y comprobé que no estaba rota, pero sí el forro algo manchado; volví a ponérmela. Noté entonces un intenso dolor en el hombro derecho.
Me acerqué al acantilado y un fuerte viento me golpeó de frente; a punto estuve de caer de espaldas, débil como me encontraba. Desde esa altura pude ver la inmensidad del páramo y el cielo de un azul apagado, con esa extraña tonalidad que lo caracterizaba tras la última gran guerra. Podía contemplar con claridad la ciudad, muy pequeña desde aquella distancia que podría rondar los treinta kilómetros.
Con cuidado, me acerqué un poco más al saliente y miré hacia abajo: allí estaba, completamente destrozado, mi coche o lo que quedaba de él; al parecer, tras impactar contra el suelo, había ardido. Tardé unos minutos en llegar hasta él. El olor a quemado, unido a la alta temperatura, era insoportable; nada de lo que había guardado en su interior se había salvado a excepción de algunas herramientas metálicas. Hice un hatillo con un trozo de mi camiseta y me las eché al hombro. Me esperaba un duro camino.
