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Secretos y engaños La reportera Ramona Tate tenía una misión que cumplir, pero Paul Armstrong, director del Instituto de Fertilidad Armstrong, era un serio obstáculo para destapar los secretos de la famosa clínica. ¡Y para colmo, Ramona se encontró con que estaba enamorándose de él! ¿Qué pasaría cuando descubriese quién era? Hijos soñados Ser esposa y madre era lo que Olivia siempre había querido. Su matrimonio de cuento de hadas con Jamison Mallory la había colmado con el amor y la dicha que tanto había ansiado, pero no podían tener hijos, y se estaban distanciando cada vez más. Jamison sabía lo mucho que Olivia quería un hijo. Tenía que encontrar la manera de que volvieran a ser felices. Hija del escándalo Enamorarse del jefe era algo casi prohibido, y la jefa de enfermeras Sara Beth O'Connell estaba perdidamente enamorada del suyo, Ted Bonner; un médico moreno, alto y guapo. Por eso, cuando Lisa Armstrong le pidió que actuara como espía la asaltaron los nervios. Y no sólo porque temiera ser descubierta, sino también porque aquello implicaba que tendría que trabajar muy, pero que muy estrechamente con el dedicado médico. Cenicienta por un día Cuando el guapísimo Chance Demetrios la invitó al baile del año, Jennifer Labeaux se imaginó una velada mágica en la que se sentiría como Cenicienta. El reloj dio las doce y todavía estaba en los fuertes brazos del doctor, pero sabía que aquel donjuán no podría ser jamás el padre que necesitaba su hijita... Mi adorable vecino Samantha Keating siempre había querido tener un hijo y, a pesar de haber enviudado, con la ayuda de la clínica de fertilidad Armstrong, su sueño estaba a punto de hacerse realidad... ¡por triplicado! Contrato de matrimonio Para salvar la clínica de su familia, Lisa Armstrong había accedido a tener un bebé del arrogante inversor Rourke Devlin. Pero primero tendría que convertirse en esposa...
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Seitenzahl: 1413
Veröffentlichungsjahr: 2013
Secretos y engaños by Marie Ferrarella
Portada
Créditos
Secretos y engaños
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Promoción
Hijos soñados by Nancy Robards Thompson
Portada
Créditos
Hijos soñados
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Promoción
Hija del escándalo by Susan Crosby
Portada
Créditos
Hija del escándalo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Promoción
Cenicienta por un día by Lois Faye Dyer
Portada
Créditos
Cenicienta por un día
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Promoción
Mi adorable vecino by Judy Duarte
Portada
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Promoción
Contrato de matrimonio by Allison Leigh
Portada
Créditos
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Epílogo
Promoción
Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A. Núñez de Balboa, 56 28001 Madrid
© 2010 Harlequin Books S.A. Todos los derechos reservados. SECRETOS Y ENGAÑOS, N.º 49 - enero 2011 Título original: Prescription for Romance Publicada originalmente por Silhouette® Books. Publicada en español en 2011
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV. Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia. ® Harlequin, logotipo Harlequin y Bianca son marcas registradas por Harlequin Books S.A. ® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
I.S.B.N.: 978-84-671-9746-4 Editor responsable: Luis Pugni
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El doctor Paul Armstrong estaba muy preocupado. Su hermana Olivia, una joven de aspecto frágil y enfermizo, estaba sentada frente a él en su despacho. Había acudido a verle en busca de ayuda, no sólo como hermano mayor, sino también como director del Instituto de Fertilidad Armstrong de la ciudad de Cambridge, en el estado de Massachussets.
Sabía que hablar de aquello no era fácil para su hermana, que le había explicado su historia entre sollozos, mientras apretaba un pañuelo de papel sobre su regazo.
¿Cuántas veces habría oído esa misma historia desde que había empezado a trabajar allí? Demasiadas, aunque no las suficientes, según parecía, como para volverse insensible a ella.
Olivia quería quedarse embarazada, pero hasta la fecha, le había confesado, todos sus intentos habían fracasado. Sin embargo, mientras ella le contaba sus cuitas con voz entrecortada, Paul empezó a sospechar que había algo que no estaba diciéndole, algo que iba más allá del ansia de tener un hijo.
—Olivia —le dijo con suavidad—, estás siendo demasiado dura contigo misma. Sólo tienes veintinueve años...
Ella lo miró angustiada, con los ojos llenos de lágrimas.
—Y llevo cinco intentando quedarme embarazada, Paul, cinco largos años de decepciones.
Aquello era algo que también había visto un sinfín de veces: la angustia en el rostro de mujeres que se sentían frustradas, mujeres que le suplicaban ayuda para hacer realidad el sueño de ser madres. Sin embargo, jamás había imaginado que un día vería esa expresión en el rostro de una de sus hermanas.
—Olivia, hay otros medios. Podrías adoptar un niño —le sugirió, con el mayor tacto posible.
Pero era evidente que para su hermana aquélla no era la solución.
—Quiero sentirlo crecer dentro de mí, Paul —le dijo apretando el puño contra su liso vientre.
Aunque Paul comprendía por lo que estaba pasando, se vio en la obligación de decirle lo mismo que le decía a todas las mujeres y parejas que acudían a él por el mismo problema.
—No es tan bonito como lo pintan, Livy. Un embarazo no es un camino de rosas.
Y eso asumiendo que pudiera ayudarla a quedarse embarazada, añadió para sus adentros.
Olivia sacudió la cabeza con obstinación.
—¿No entiendes que eso no me importa? —alargó los brazos por encima de la mesa que los separaba para tomar sus manos, suplicante—. Quiero tener un hijo. Ayúdame, Paul. Cueste lo que cueste, ayúdame.
Su vehemencia hizo que volviera a preguntarse si no habría algo más.
—Olivia, ¿va todo bien?
Ella soltó sus manos y se irguió en el asiento.
—Perfectamente.
—Livy, soy tu hermano. Si tienes algún problema me gustaría que hablaras conmigo con confianza.
—Estoy hablando contigo —replicó ella—. Estoy diciéndote que quiero tener un bebé. Como director de esta clínica deberías entenderlo —exhaló, esforzándose por contener las lágrimas, y le preguntó—: ¿Crees que podrías ayudarme?
A Paul no le pasó desapercibida la ironía de aquella situación: la hija del famoso experto en técnicas de fertilidad, el doctor Gerald Armstrong, era infértil. Era como si los dioses estuvieran riéndose. Por supuesto que intentaría ayudar a su hermana.
—Claro, seguro que podemos hacer algo.
En los últimos meses, sin embargo, se les había acusado de mala praxis, supuestamente por rumores difundidos por un antiguo empleado descontento. Se hablaba de cambio de óvulos y esperma, de cuestionables investigaciones, y de demasiados embarazos múltiples, todo lo cual había hecho que una nube de sospechas se cerniera sobre la clínica y el trabajo que habían desempeñado durante años.
Paul había centrado sus esfuerzos en poner remedio a aquella situación, y lo primero que había hecho había sido robarle a una importante escuela de medicina de San Francisco el tándem de investigadores Bonner-Demetrios, famoso en todo el mundo. «Y justo a tiempo», pensó mirando a su hermana.
—Acabamos de apuntarnos un tanto fichando a dos expertos de altos vuelos para que entren a formar parte de nuestra plantilla. Son la máxima autoridad en el campo de las investigaciones de técnicas de fertilidad. Te derivaré a uno de ellos.
Olivia asintió, aferrándose desesperada a las palabras de su hermano.
—¿Cómo se llama?
—Es el doctor Chance Demetrios. Si hay alguna posibilidad de que acabes teniendo náuseas por las mañanas, te aseguro que él la encontrará —le prometió Paul con una sonrisa. Hizo unas anotaciones en su libreta, arrancó la hoja, y se la tendió—. Sé que ahora mismo está libre; ¿quieres ir a hablar con él?
Olivia bajó la vista al papel que su hermano le había dado, y no entendió una sola palabra de lo que había escrito. Esperaba que el doctor Demetrios fuera capaz de descifrar aquellos garabatos.
—¿Estás seguro de que puede recibirme ahora?
La tímida sonrisa de chiquillo que Olivia recordaba tan bien de su niñez asomó a los labios de Paul. Derek, su otro hermano, era el que siempre acaparaba la atención de todos, el hermano sociable, chistoso y encantador, pero Paul era alguien con quien sabía que podía contar para cualquier cosa, alguien en quien se podía confiar y que, aunque no hablaba mucho, siempre que lo hacía era sincero.
—Pues claro —le aseguró él—. Soy su jefe. Chance te recibirá ahora mismo —se levantó, rodeó el escritorio y apretó la mano de su hermana—. ¿Seguro que no hay nada más que quieras decirme?
Olivia se puso en pie y se obligó a esbozar una sonrisa.
—Seguro.
Aquella respuesta no lo convenció.
—¿No habrá alguna cosa que no quieres decirme pero deberías?
—Sólo que te quiero —respondió Olivia poniéndose de puntillas para besarlo en la mejilla. Luego se apartó y, levantando el papel que le acababa de dar, añadió—: Gracias.
Paul deseó de todo corazón que Chance pudiera obrar el milagro que Olivia ansiaba.
—No hay de qué.
Su hermana salió del despacho cerrando la puerta tras de sí y Paul regresó a su asiento.
Apenas acababa de sentarse cuando volvió a abrirse la puerta, estaba vez sin que llamaran, aunque sólo fuera por guardar las formas. Fue su otra hermana, Lisa, la gerente administrativa de la clínica, quien irrumpió en su despacho como un torbellino.
Por lo general se la veía estresada, o satisfecha cuando otra pareja abandonaba la clínica feliz, habiendo conseguido el ansiado embarazo, pero en ese momento parecía dispuesta a arrancarle la cabeza a alguien.
—¿Sabes lo que ha hecho? —le espetó enfadada, cerrando de un portazo.
Ante un arranque de ira como aquél, Paul siempre trataba de mantener la calma porque así podía analizar mejor el problema.
—¿Quién? —le preguntó muy tranquilo.
Lisa lo miró como si pensara que estaba haciéndose el tonto.
—Derek, naturalmente.
—Oh. Naturalmente —repitió él. Inspiró y, pacientemente, y no era la primera vez, apuntó—: Lisa, a pesar de lo que se cree y de que sea un recurso muy manido en las películas, el que Derek y yo seamos gemelos no significa que tenga una conexión psíquica con él, y no, no sé qué ha hecho esta vez —le sonrió de manera indulgente—. Pero estoy seguro de que me lo vas a contar.
Lisa resopló con tal irritación que Paul no habría sabido decir si en ese momento estaba más enfadada con Derek o con él.
—Pues que ha contratado a alguien para... Espera, quiero escoger bien las palabras —dijo levantando la mano, por si Paul pensaba interrumpirla—. Me ha dicho que lo ha hecho porque necesitábamos a alguien que nos ayudara a «reparar» nuestra imagen —puso los brazos en jarras con los puños apretados—. Soy la gerente de la clínica, y Derek ha contratado a una jefa de prensa sin decirme nada.
Paul suspiró.
—¿A qué te refieres?
—Una jefa de prensa, Paul —repitió ella, cada vez más enfadada—. ¡Derek ha contratado a una condenada portavoz para que hable en nombre de la clínica!
—¿Y qué problema hay? —inquirió él, confundido. Lisa lanzó las manos al aire en un gesto de desesperación.
—Para ser tan inteligente como eres, Paul, a veces puedes ser bastante espeso. La cuestión es que Derek es el director financiero, y que no puede contratar a nadie sin consultarnos antes. Se supone que, cuando se trata de un puesto importante, tenemos que evaluar a los posibles candidatos entre los tres, ¿recuerdas? —sin esperar una respuesta, siguió hablando—. A mí me parece que Derek está empezando a creerse Julio César.
Lisa era la pequeña de la familia, y como tal era muy dada a la exageración.
—¿No crees que te estás pasando un poco, Lisa? A mí tampoco me parece bien que Derek haya hecho algo así sin consultarnos, pero de ahí a compararlo con Julio César...
—No lo estoy comparando con Julio César —replicó ella—: estoy diciendo que se cree que es Julio César. Pero la cuestión de fondo es —añadió con una sacudida de su corto cabello negro— que no necesitamos una jefa de prensa.
Paul asintió.
—Bueno, al menos estamos de acuerdo en eso.
—Bien, pues arréglalo —le exigió Olivia. Y cuando él enarcó una ceja a modo de interrogación, le presionó—: Despídela.
Aunque estaba de acuerdo con su hermana, Paul quería ser justo, y para eso tendría que hablar con Derek y averiguar cómo se le había ocurrido hacer algo así.
—¿Dónde está Derek?
Lisa suspiró.
—No tengo ni idea. Ya sabes cómo es: todo el día de un lado a otro, con esa agenda tan apretada que tiene. Pero sí sé dónde está la chica a la que ha contratado —le dijo triunfante—. Está en el despacho que ocupaba Connie Winston —le informó. Connie era un miembro de la junta directiva que se había jubilado hacía poco. Y como si no hubiese dicho aún todo lo que quería decir, añadió—: Derek no tiene derecho a pasar por encima de nosotros.
Paul, que siempre estaba dispuesto a concederle a todo el mundo el beneficio de la duda, respondió:
—Probablemente ni siquiera es consciente de haberlo hecho. Ya sabes cómo se impacienta cuando las cosas no van tan deprisa como le parece que deberían ir —se encogió de hombros con filosofía—. No tiene la paciencia de un científico.
—Suerte que tú sí —dijo Lisa—. Y ahora deshazte de esa mujer y cuando encuentres a Derek y cántale las cuarenta.
Paul se rió y sacudió la cabeza.
—Si le cantara las cuarenta a todos los que se lo merecen, me quedaría sin voz.
Lisa frunció el ceño.
—O sea, que no piensas decirle a Derek que deje de tomar decisiones sin consultarnos.
—¿Acaso he dicho yo eso? —se quedó mirando a Lisa hasta que ella negó con la cabeza—. Hablaré con él —le dijo, y luego añadió—: Aunque no creo que sirva de nada.
—Supongo que tienes razón —se vio obligada a admitir ella—. Pero nunca se sabe, a lo mejor esta vez hay suerte. Pero antes tienes que enseñarle la puerta a esa mujer —recalcó.
Había veces que Lisa se comportaba como un perro hambriento con un hueso: se negaba a soltarlo, y Paul sabía que no lo dejaría tranquilo hasta que la hubiese complacido. Se levantó de su silla.
—¿Has dicho en el antiguo despacho de Connie Winston?
Lisa asintió.
—Se supone que dirigimos la clínica entre los tres. Es el Instituto de Fertilidad Armstrong, no el Instituto de Fertilidad Derek Armstrong. Y en todo caso debería llevar el nombre de papá, no el de Derek.
Paul le puso las manos en los hombros e intentó apaciguarla.
—Inspira, Lisa, y cálmate. Hay problemas mucho más graves que ése en el mundo. En comparación el que Derek tenga delirios de rey es una nimiedad.
—De emperador —corrigió Lisa obstinadamente. Paul cerró los ojos irritado; no iba a dejarse vencer por una cuestión semántica.
—Lo que tú digas.
Sabía que Lisa no lo dejaría respirar hasta que hubiese despedido a aquella mujer, y aunque tendía a ponerse hecha una furia por nada, tenía razón: Derek no debería haber contratado a esa persona sin siquiera habérselo comentado. Antes ese puesto ni había existido. ¿De verdad pensaba que necesitaban a alguien para devolver a la clínica su prestigio? ¿Lo habría hecho por salvaguardar el buen nombre de su padre?
El doctor Gerald Armstrong se había convertido prácticamente en un mito. A Paul no le avergonzaba admitir que lo reverenciaba, y que admiraba el revolucionario trabajo de investigación que había llevado a cabo, pero durante su infancia y adolescencia siempre había tenido la impresión de que su padre tenía tiempo para todo el mundo excepto para su propia familia. Y sabía que su madre se había sentido igual. Gerald Armstrong siempre había estado demasiado ocupado labrándose un nombre en su profesión como para disfrutar de aquél por el que sus hijos lo llamaban: «papá».
Sin embargo, todo aquello era ya agua pasada. Un hombre era lo que era, y Gerald Armstrong era un médico excelente, un visionario, y la última esperanza para tantas y tantas mujeres a quienes les habían dicho que jamás podrían tener un hijo en sus brazos.
El resto: sus defectos, sus escarceos con otras mujeres, sus obsesiones... en fin, todo eso podía perdonárselo, se dijo Paul momentos después, mientras avanzaba por el pasillo hacia el despacho donde según su hermana encontraría el último error de su hermano. Y no podía estar más de acuerdo en que era un error. No podían malgastar dinero en algo así; traer a aquellos investigadores de San Francisco no les había salido precisamente barato.
Al llegar a la puerta del despacho en cuestión, Paul llamó a la puerta, y al no recibir respuesta, volvió a llamar. Estaba a punto de volver a intentarlo cuando una voz melodiosa contestó desde dentro: «Adelante». Parecía que el objeto de la ira de su hermana sí estaba allí después de todo.
No se le daba bien despedir a la gente. De hecho, nunca había despedido a ningún empleado. Estaba satisfecho con el personal que había contratado hasta el momento y no había visto motivo para despedir a nadie.
Giró el pomo, empujó la puerta y entró, sin saber qué esperar. No estaba preparado para lo que vio. Sentada tras la mesa había una esbelta rubia con unas curvas que harían flaquear las rodillas de cualquier hombre. Cuando levantó la cabeza los ojos más límpidos y azules que había visto nunca se posaron en él, y de inmediato la palabra «preciosa» surgió de entre las telarañas que habían tomado a su mente como rehén. Tardó un momento en darse cuenta de que estaba conteniendo el aliento.
No daba la imagen de una mujer preparada para lidiar con las sabandijas que intentaban difamar a la clínica. Era más como una princesa de un cuento de hadas, salida de la imaginación de un enamorado.
Su rostro pareció iluminarse cuando vio quién había entrado en el despacho, y se deshizo en sonrisas.
—Hola, señor Armstrong —se irguió en su asiento, como si estuviera dispuesta a levantarse como un resorte para hacer lo que le pidiera—. ¿Qué puedo hacer por usted?
Paul hizo de tripas corazón, y en el tono más amable posible, porque era incapaz de ser cruel, le dijo:
—Me temo que tendrá que recoger sus cosas y marcharse.
La sonrisa se desvaneció del perfecto rostro de la joven, para ser reemplazada por una expresión de perplejidad.
—¿Perdón?
Paul odiaba tener que hacer aquello. Volvió a intentarlo, esa vez en un tono aún más amable.
—Creo que ha habido un error —dijo incómodo. Desde luego aquello no era su fuerte—. Lo que quiero decir es que no necesitamos una jefa de prensa.
La joven, sin embargo, no parecía dispuesta a irse sin presentar batalla.
—Pero si acaba de contratarme —protestó airada.
Pero curiosamente no parecía enfadada, y eso lo extrañó. Más bien daba la impresión de que estuviera decidida a no ceder ni un ápice. Sólo entonces cayó en la cuenta de que pensaba que con quien estaba hablando era con su hermano. Debía aclarar eso antes de continuar.
—No, no es verdad —comenzó, pero ella no le dejó seguir.
—Pues claro que sí —insistió—. Ayer. Estábamos en su despacho y me dijo que estaba contratada —sus ojos azules escrutaron su rostro—. ¿Ha pasado algo? —quiso saber—. Ni siquiera he empezado a trabajar, así que no puedo haber hecho nada para que me despida.
—Yo no quiero despedirla —replicó Paul, y era verdad—. Pero es que para empezar ni siquiera la habría contratado...
—¡Pero sí lo hizo! —le recordó ella con el mismo ardor.
—No, no fui yo —le dijo él de nuevo—. Fue mi hermano.
Ella entornó los ojos y por el modo en que frunció el ceño era evidente que no se lo tragaba.
—Ya, su gemelo malvado, ¿no? —le espetó con sarcasmo.
«Por fin», pensó Paul.
—Bueno, no suelo pensar así de él, pero ahora que lo dice... sí.
La joven se quedó mirándolo como si estuviera loco.
—¿Eh?
Paul, que creía que por fin había entendido, vio que sus intentos se dispersaban como semillas de diente de león empujadas por el viento.
—Quizá debería explicarle...
—Sí, creo que debería —asintió ella, como si le estuviera costando mantener las formas.
Y visto desde su perspectiva, Paul no podía culparla por ello.
Ramona Tate podía fingir descaro y arrogancia con total naturalidad. Nunca le había costado lo más mínimo, y el campo que había escogido en su trabajo, el del periodismo de investigación, no había hecho sino afinar esa habilidad. Podía engañar a quien se lo propusiera y conseguir prácticamente cualquier cosa.
Como no había pasado por la fase del patito feo, sino que había sido un cisne desde el día de su nacimiento, Ramona había tenido que demostrar su valía constantemente a lo largo de toda su vida. La gente solía pensar que sólo porque era guapa no tenía cerebro, y que se había acostado con un montón de tipos para llegar donde había llegado. Y no podían estar más equivocados.
Aunque había sido bendecida con un coeficiente intelectual que casi la clasificaba como superdotada, Ramona tenía que esforzarse en su trabajo el doble que cualquier otra persona para que la tomasen en serio y no la despreciasen, poniéndole la etiqueta de «otra cara bonita de cabeza hueca». Y no sólo eso; más de una vez tenía que poner a los hombres en su sitio, con educación, pero de un modo firme y claro, cuando se tomaban demasiadas licencias con ella. Además, libraba sus batallas sin ayuda de nadie, y protegía su vida privada con gran celo.
Como las injusticias y los abusos, fueran del tipo que fueran, la indignaban, en el periodismo de investigación se había encontrado desde un primer momento como pez en el agua. De hecho, a sus veinticinco años ya había destapado varios casos importantes de prácticas fraudulentas. Entre ellos, por ejemplo, estaba el de una de las aseguradoras de mayor peso en el país, y el de un médico que había defraudado al Estado a través del programa de asistencia sanitaria a personas mayores de sesenta y cinco años, cobrando por el tratamiento de supuestas enfermedades de pacientes inexistentes. En ambos casos había tenido que infiltrarse como reportera encubierta para conseguir la información necesaria para probar sus acusaciones.
Y por eso mismo estaba allí, en el Instituto de Fertilidad Armstrong. Antaño encumbrado por haberse convertido en un bastión de esperanza para las parejas infértiles, el éxito de la clínica había generado una considerable envidia entre la competencia que había hecho que se la empezase a mirar con lupa. Ese escrutinio, a su vez, había dado paso a oscuros rumores, algunos de los cuales probablemente eran fundados, y otros que casi con toda seguridad no lo eran.
Ésa iba a ser su misión: separar la verdad de la mentira, aunque tuviera que escarbar para dar con la primera. Sin embargo, Ramona también estaba haciendo aquello por una razón personal: para poder tener acceso a los archivos de la clínica, donde esperaba encontrar algo que quizá pudiera salvar la vida a la mujer que la había traído al mundo y que la había criado sola.
A su madre, Katherine, le habían diagnosticado leucemia hacía seis meses, y no tenía un buen pronóstico. Si no se hacía algo pronto para atajar el avance de la enfermedad, no sobreviviría mucho tiempo.
Necesitaba con urgencia un trasplante de médula ósea, y Ramona habría hecho gustosa de donante, le habría dado cualquier órgano de su cuerpo, pero por desgracia, como solía suceder, las células de su médula no eran compatibles con las de su madre.
Sin embargo, había un hálito de esperanza, algo que Ramona había recordado al reencontrarse cierto papel en una caja guardada en un armario. Su madre era una de esas personas que no tiraban nada; sólo cambiaban las cosas de sitio de cuando en cuando. Y en una caja, de las muchas que tenía en su casa, entre un montón de papeles de hacía al menos veinte años, Ramona había vuelto a encontrar un viejo recibo del Instituto de Fertilidad Armstrong por el pago de una donación de óvulos.
Su madre se había decidido a hacer aquello acuciada por la necesidad, pues no ganaba suficiente dinero con los trabajos que le iban saliendo para sacarlas adelante a ambas. «Además, pensé que así alguna pobre pareja sin hijos conocería la felicidad que tú me diste», le había explicado el día que lo había descubierto y le había preguntado sobre aquel recibo.
La única esperanza que le quedaba a Ramona era que la clínica hubiera utilizado los óvulos, y que en algún lugar tuviese un hermano o hermana que pudiese ser un donante compatible. Eso era para ella muchísimo más importante que destapar un escándalo.
Pero no podría hacer ninguna de las dos cosas si aquel tipo, que parecía tener un trastorno de personalidad, la echaba. Si no estaba dentro no podría acceder a los archivos. Antes de embarcarse en aquello había llamado a la clínica para preguntar si podrían ayudarla, y la mujer al otro lado de la línea le había contestado en un tono brusco que eso sería una violación del derecho a la privacidad de sus clientes. Ya, como si a los Armstrong y a sus empleados les importase lo más mínimo la gente que se ponía en sus manos...
—El problema es que la persona que la contrató no tenía las competencias necesarias para hacerlo.
Ramona estaba empezando a perder la paciencia.
—No entiendo nada —le dijo esbozando una sonrisa que esperó que no resultara muy falsa.
Paul se dio cuenta de que no había aclarado la cuestión principal, lo que desembrollaría al instante el resto... o eso esperaba, y dio marcha atrás.
—Lo que ha dicho antes... sí, tengo un hermano gemelo, Derek, que es quien la contrató.
—¿Entonces no es usted Derek Armstrong? —inquirió ella con incredulidad.
«Por fin; algo de luz al final de túnel», pensó Paul aliviado.
—No, yo soy Paul, Paul Armstrong.
Gemelos... ¿Cómo se le podía haber pasado eso?, se preguntó Ramona irritada. Había estado tan ocupada reuniendo toda su artillería pesada, y la había enfadado tanto que se hubieran negado a darle la información que necesitaba, que no se había parado a averiguar, antes de ir allí, quién era quién en la familia Armstrong. Tenía que ser más concienzuda en su trabajo, se reprendió.
Ladeó la cabeza y estudió al hombre frente a ella, haciendo un esfuerzo por parecer dulce y encantadora. Sabía que si se lo proponía podía ser irresistible, y acalló la voz de su conciencia recordándose que si estaba haciendo aquello era por su madre.
—Ahora que lo dice, parece un poco más robusto y atlético que ayer... que su hermano, quiero decir.
Ella no era precisamente bajita con su metro setenta y cuatro, pero aquel hombre era mucho, muchísimo más alto que ella. Y de pie como estaba, mientras que ella permanecía sentada, parecía más alto aún.
Ramona fijó sus ojos en los de él, suplicante, con una mirada de estudiada inocencia a la que había recurrido en más de una ocasión.
—Entonces... su hermano... ¿no puede contratarme?
Bueno, parecía que al fin empezaba a entenderlo, pensó Paul.
—No, no puede tomar él solo esa clase de decisiones.
Ella volvió a ladear la cabeza y lo miró de un modo provocador.
—¿Y si usted estuviera de acuerdo? A Paul de pronto le pareció que hacía calor allí.
—No, yo... También es necesaria la aprobación de Lisa —se oyó decir a sí mismo con voz ronca.
¿Cuántos miembros de la familia trabajaban en la clínica?, se preguntó Ramona, y sin perder la sonrisa, repitió:
—¿Lisa?
Haciendo un esfuerzo por no quedarse mirándola embobado, Paul asintió.
—Mi hermana pequeña. Es la gerente administrativa de la clínica. Ésa debía ser aquella mujer tan seca que la había atendido por teléfono.
—¿Y hay alguien más que tenga voz y voto en esas decisiones?
Él sonrió. Tenía una sonrisa bonita, pensó Ramona, una sonrisa que suavizaba sus facciones y lo hacía parecer menos hostil y distante.
—No, sólo nosotros tres.
Ella asintió despacio, como si estuviera digiriendo toda aquella información, cuando lo que estaba haciendo en realidad era pensar cómo podría persuadirle para que la dejara quedarse.
—Bueno —dijo con voz acariciadora—, ya sabemos que cuento con el voto de su hermano. ¿Y con el suyo?
Paul no podía negar que sentía una fuerte atracción hacia aquella joven, pero no podía permitir que aquello nublara su mente, sobre todo cuando se trataba de un asunto de trabajo.
Claro que, después de todo, una jefa de prensa podría resultarles útil.
—Tendría que pensarlo —le respondió, queriendo ser sincero.
Ella no pareció desanimarse con su respuesta.
—Bueno, eso es mejor que un «no».
Su optimismo hizo que Paul se inclinara un poco más en aquella dirección que sabía que Lisa desaprobaría.
—Le diré qué haremos. Hablaré con Lisa y con Derek y nos pondremos en contacto con usted para comunicarle nuestra decisión.
Ramona sonrió, y la imagen de un amanecer, cálido y lleno de promesas, acudió a la mente de Paul.
—Entretanto... ¿le parece bien que haga un borrador de un comunicado de prensa? —le preguntó ella con cierta timidez.
—¿Un comunicado de prensa? —repitió él sin comprender—. ¿Sobre qué?
—Sobre la incorporación de los doctores Demetrios y Bonner al equipo médico de la clínica —le explicó ella—. El señor Armstrong... El señor Derek Armstrong —se corrigió— me dijo que aún no se ha hecho público, y creo que sería buena publicidad para la clínica y atraería a posibles clientes —añadió, aunque tampoco lo necesitaban. La gente rica y famosa acudía a ellos, y la gente de a pie los seguía—. Son dos investigadores muy famosos en su campo.
—Lo sé —respondió él divertido.
Tenía gracia que le hubiese dicho aquello como si él no lo supiese.
—Oh, sí, por supuesto —respondió ella, y contuvo el aliento para que sus mejillas se tiñesen con un ligero rubor. Sabía por instinto que Paul Armstrong era de esos tipos a los que les gustaban las mujeres que se sonrojaban... aunque fuese algo tan pasado de moda como las bolas de espejo plateadas de las discotecas—. Lo que quería decir era que debería dársele publicidad, porque es un estímulo positivo para la clínica —le dirigió otra sonrisa inocente—. Le prometo que no haré nada con ese borrador hasta que tenga su... bueno la aprobación de ustedes tres.
Parecía tan animada que Paul no se vio con fuerzas para decirle que esperara a que hubiera convencido a Lisa. A veces su hermana podía ser un poco difícil, y más aún cuando consideraba que alguien estaba invadiendo su territorio y se sentía amenazada. Y tenía la impresión de que la pataleta que le había formado en el despacho era sólo la punta del iceberg.
—Está bien —le respondió. Y salió del despacho antes de que acabara accediendo a alguna otra cosa.
Tenía que encontrar a Derek. Iba a tener unas cuantas palabras con él por ponerlo en aquella situación.
Encontró a su hermano parado justo delante de su despacho, conversando con una de las nuevas auxiliares administrativas. Daba la sensación de que la joven y él estaban teniendo una conversación bastante íntima, y que Derek estaba preparando el terreno para hacer con ella algo más que conversar.
Paul reprimió un suspiro y se interpuso entre su hermano y la sonriente pelirroja.
—¿Nos disculpa un momento, señorita...?
No tenía ni idea de cómo se llamaba la chica.
—Danielle —respondieron ella y Derek a la vez.
Los dos se miraron con complicidad, y la auxiliar ahogó una risita.
—Danielle —repitió Paul—, si no te importa tengo que hablar con mi hermano.
—Cómo no.
La auxiliar se despidió con una inclinación de cabeza y se alejó, pero no sin antes dedicarle una mirada atrevida a su hermano, que era también el director financiero de la clínica.
Paul entró en el despacho de Derek, recientemente remodelado, y esperó a que éste lo siguiera. Derek lo siguió de mala gana, y Paul cerró la puerta y empezó a hablar.
—¿Se puede saber en qué estabas pensando? ¿Por qué has contratado a esa chica?
Derek se volvió hacia él con una expresión confundida.
—¿Qué chica?
—La que está sentada en el antiguo despacho de Connie Winston. Ésa a la que has nombrado «jefa de prensa» —contestó Paul con retintín.
Derek no pareció advertir el sarcasmo en su voz.
—Ah, te refieres a Ramona Tate —dijo con una amplia sonrisa, muy satisfecho consigo mismo—. Eso fue un verdadero golpe de suerte.
Derek no era tonto, y se daba perfecta cuenta cuando estaba molesto con él por algo. Quizá en aquel caso pensaba que se iría de rositas si se hacía el loco, pero estaba muy equivocado. Cuando menos, Paul iba a dejarle unas cuantas cosas claras.
—Pues me temo que no todos lo vemos así —le dijo.
Derek se rió.
—Supongo que con «todos» te refieres a Lisa y a ti.
Sabía perfectamente que su hermana pequeña estaba detrás de aquella confrontación. Ya de niña, Lisa siempre tenía que quedar por encima y esperaba que todo el mundo hiciese lo que ella decía que había que hacer.
—Paul, eres un gran médico —le dijo Derek con paciencia, poniéndole una mano en el hombro—, y el mejor director que podría tener la clínica. Y en mi opinión no tienes el reconocimiento que mereces, pero no puedes negarme que necesitamos ayuda.
—Y la he conseguido —apuntó Paul con aspereza—. Convencí a Demetrios y a Bonner para que dejaran el hospital en el que trabajaban y se incorporaran a nuestro equipo. Por si no lo sabes, son dos de los investigadores más brillantes que...
—Lo sé —lo cortó Derek—, pero lo más probable es que sea el único.
Paul no entendía nada.
—¿Qué?
—Exacto —respondió Derek, como si Paul hubiera dado en el clavo—. ¿En qué periódico salió la noticia de que se iban a incorporar a nuestro equipo? ¡Ah, espera, no salió en ninguno! —exclamó, como si hubiera sido repentinamente iluminado—. ¿Y por qué? Porque no había nadie que se ocupara de hacer comunicados de prensa. Pero ahora tenemos a alguien —concluyó con una sonrisa triunfal.
Paul era comprensivo, pero incluso él tenía un límite, y en ese momento decidió plantarse. Si no le ponía a Derek las cartas sobre la mesa, sería como echarse al suelo y dejar que pasase por encima de él.
—Lisa y yo no hemos dado nuestra aprobación.
—Pues tendréis que darla —contestó Derek, tratando de controlar su irritación—, porque ya está contratada.
—Más bien no.
—¿Qué quieres decir con «más bien no»? —quiso saber Derek—. La contraté ayer.
—Y yo le he dicho que está suspendida temporalmente.
La sonrisa se evaporó de inmediato de los labios de Derek, que explotó.
—¡Por amor de Dios! ¿Por qué?
Paul se esforzó por no perder la paciencia con él. Derek estaba acostumbrado a hacer lo que le viniera en gana sin la oposición de nadie, pero en lo que se refería a las decisiones importantes que concernían a la empresa familiar, debían tomarlas entre los tres. Eso era lo que habían acordado cuando habían relevado a su padre enfermo al frente de la clínica.
Como si no se lo hubiera dicho ya más de una vez, Paul le respondió con mucha calma:
—Porque no puedes hacer estas cosas cuando se te antoja sin al menos consultarlo con Lisa y conmigo.
—¿Así que vas a dejar que Ramona se vaya sólo porque estás enfadado conmigo? —le preguntó Derek con incredulidad, y sacudió la cabeza—. Sólo tú podrías hacer algo tan estúpido.
La mirada de Paul se endureció.
—¿Perdón, cómo dices?
Derek frunció el ceño, exasperado.
—Lo que digo es que estás tirando piedras contra tu propio tejado y no te das cuenta.
Paul tenía la impresión de que a su hermano iba a darle un berrinche de un momento a otro.
—Lo estás poniendo como si hubiera despedido a alguien de la talla de Woodward o Bernstein. Esa chica parece que acabe de salir de la facultad. Aquí implantamos embriones, Derek, no los contratamos.
Derek alzó la voz por encima de la suya.
—Ramona Tate tiene veinticinco años y unas referencias impresionantes...
—Ya. Y supongo que las has comprobado concienzudamente —lo interrumpió Paul sin poder evitar el sarcasmo. Lo más probable era que la hubiera contratado después de mirar por encima su currículum.
—Estaba a punto de hacerlo —replicó Derek indignado.
«Seguro», se dijo Paul para sus adentros.
—¿Quieres saber cuál es tu problema? Que siempre vendes la leche antes de ordeñar la vaca —le espetó.
No le cabía la menor duda: había contratado a aquella joven e iba a sellar sus referencias sin haberlas comprobado siquiera. Y eso si de verdad las tenía.
Derek se rió entre dientes.
—Tal vez no te hayas dado cuenta, pero esa chica tiene unas curvas que harían frenar en seco a un rinoceronte a punto de embestir.
Paul suspiró y sacudió la cabeza.
—De modo que la decisión de contratarla la tomaron tus hormonas.
Derek puso los ojos en blanco.
—Pues mira, yo al menos las tengo, al contrario que tú, pero te equivocas: la contraté pensando en la clínica.
Paul apoyó la cadera en el borde del escritorio de su hermano.
—Esto no me lo pierdo.
—No veo que haya nada de malo en que una mujer extremadamente atractiva... y capaz nos represente, que sea la cara visible de la clínica —dijo Derek, y al ver que no estaba convenciendo a Paul, se apresuró a añadir—: ¿A quién preferirías para que te informara: a un tipo bajo, gordo, contrahecho y calvo, o a una atractiva joven que hace que se te suba el pulso y que te hace pensar en la fertilidad con sólo mirarla?
—Preferiría que me dejaran un informe sobre la mesa y punto.
Derek levantó las manos.
—Eres un caso perdido, ¿sabes?
Paul no respondió a eso. Sus pullas no le afectaban, y no se trataba de él, ni de Derek, sino del legado de su padre.
—¿Por cuánto nos ha salido la broma?
—No tanto como piensas —respondió Derek, poniéndose a la defensiva—. Además, la chica vale su peso en oro.
Paul le lanzó una mirada socarrona a su gemelo.
—Seguro.
—Tienes una mente bastante calenturienta. Estaba pensando en el comunicado de prensa que le he pedido que prepare.
—¿Un comunicado sobre qué? —le preguntó Paul con cautela para ver si su versión coincidía con lo que la joven le había dicho.
—Sobre tu «dúo dinámico», por supuesto. Bonner y Demetrios son dos de los mejores investigadores del panorama internacional, y si conseguimos atraer la atención de la gente sobre ellos, se olvidarán de los rumores —resopló y miró a su hermano esperanzado—. ¿Y bien? ¿Podemos olvidarnos de esto y dejarla trabajar? —rodeó los hombros de Paul con el brazo—. Te prometo que no te arrepentirás.
Paul lo miró vacilante; no podía garantizarle eso.
—¿Y si me arrepiento?
Derek se rió.
—Vamos, Paul, tienes que tomarte las cosas un poco menos en serio —le dijo golpeándolo en el pecho con el dorso de la mano—. No sólo vivirás más, sino que también disfrutarás más de la vida.
—Estoy muy contento con mi vida, gracias —replicó Paul.
Y era verdad, disfrutaba continuando la labor de su padre y haciendo realidad los deseos de esas parejas que no podían tener hijos. Para él aquello era más que suficiente.
Derek se limitó a sacudir la cabeza.
—Lo que tú digas. ¿Le darás un voto de confianza a Ramona?
—La pondremos en periodo de prueba, pero deberías disculparte con Lisa.
Derek suspiró.
—Lo sé, lo sé... ¿Sabes dónde está?
Paul se rió por lo bajo.
—Probablemente afilando su lengua para decirte un par de cosas.
—Probablemente. Y por eso será mejor que vaya a su encuentro para aplacarla antes de que venga a por mí —le confesó Derek—. Trataré de hacerle entrar en razón.
Paul pensó en el chaparrón que le había echado en su despacho.
—Pues buena suerte.
Derek se alejó. Ramona Tate iba a quedarse, y no había más que hablar, pensó. No iba a tolerar que Lisa anulara sus decisiones. Si no querían que la clínica acabase cerrando, no podían dejar que sus clientes volasen. Tenían que ofrecer una imagen positiva, y Ramona Tate parecía la persona idónea para esa tarea.
Ramona estaba segura de que no había nada en aquel pequeño despacho que pudiera ayudarla en su investigación. Si había documentos que pudieran incriminar a uno o más empleados de la clínica por la sustitución fraudulenta de óvulos o esperma, no estarían al alcance de cualquiera. También estaba segura de que no encontraría nada que pudiera servirle para demostrar las acusaciones de que se implantaban muchos embriones simplemente para elevar las tasas de éxito.
Y si se quedaba allí sentada tampoco averiguaría cómo acceder a los registros que habían sido archivados. A decir verdad ni siquiera estaba segura de que esos archivos existieran. Si de verdad podían incriminar a determinadas personas, tal vez hubieran sido destruidos, y sería una ingenua si pensase que podrían formar parte de una base de datos.
Su única esperanza era que Gerald Armstrong, que había dirigido la clínica hasta que se había visto obligado a jubilarse por problemas de salud, hubiera dejado, por vanidad, constancia de todo, ya fuera bueno o malo, lo que pudiera dar fe de sus logros y de su genio. Y por lo que había leído y oído, tenía un ego de proporciones considerables.
Si jugando a ser Dios el señor Armstrong había implantado los óvulos de su madre en alguna mujer, pensó, sintiendo cómo la adrenalina corría por sus venas, tenía que haber algún documento que lo atestiguara. Tal vez fuera como buscar una aguja en un pajar, pero si esa «aguja» existía...
Se levantó y se puso a pasearse arriba y abajo por el pequeño despacho, buscando alguna excusa plausible para ponerse en contacto con él. Había averiguado que ahora llevaba una vida tranquila y discreta, que apenas salía de casa, y que estaba bajo el cuidado de su sufrida esposa.
Debía estar siendo un infierno para ambos, pensó. Emily Stanton, la mujer de Gerald Armstrong, provenía de una buena familia, y antes y después de casarse con el brillante médico se había dedicado casi exclusivamente a organizar y acudir a eventos benéficos.
Y él, según parecía, había sacado muy buen provecho a los éxitos profesionales que había obtenido con la clínica. Los rumores aseguraban que Gerald Armstrong, un hombre guapo, dinámico, y con mucha labia, había tenido más de una aventura, y que su esposa había mirado para otro lado y había intensificado aún más su vida social.
Y ahora eran casi dos reclusos en su propio hogar: él prácticamente confinado a una silla de ruedas, y ella cuidando de un hombre al que muy posiblemente había llegado a detestar.
Por el momento, sin embargo, no tenía otra opción más que quedarse allí y esperar a que uno de los hermanos Armstrong, ya fuera Paul, Derek, o Lisa, fueran a comunicarle si podía quedarse o no.
Pero como no estaba acostumbrada a perder el tiempo, decidió hacer exactamente lo que le había dicho a Paul Armstrong que haría: redactar el borrador de un comunicado de prensa sobre los dos investigadores que se habían incorporado al equipo médico de la clínica.
Aunque sólo tenía veinticinco años, contaba con contactos en diversos medios de comunicación, y tirando de algunos hilos podía hacer que se diese publicidad a aquella adquisición.
Y por lo que respectaba a la opinión pública, hacía ya tiempo que había aprendido que era algo muy voluble. La gente estaba tan presta a reverenciar a una persona o institución como a denostarlos. Lo único que se necesitaba para conseguir una reacción u otra era servirles la información de la manera adecuada. Y en ese momento lo que le convenía era darle a los Armstrong algo que les hiciera sumar puntos.
Sus labios se curvaron en una sonrisa. Aquello sería la calma que precede a la tormenta, porque si los rumores resultaban ser ciertos, hundiría al Instituto Armstrong y la pomposa familia acabaría ahogándose en el polvo que se levantaría cuando su prestigio se derrumbase.
Volvió a sentarse y se puso manos a la obra. Sus dedos volaban sobre el teclado, y estaba tan concentrada que no oyó que llamaban a la puerta, ni se dio cuenta de que ésta se abrió un instante después y que entró Paul, que no pasaba desapercibido precisamente con su metro ochenta y seis.
Claro que, como era un hombre callado y tranquilo, tenía una cierta facilidad para no hacerse notar, todo lo contrario que su hermano gemelo, que en toda su vida, jamás se había quedado en segundo plano. Para Derek aquello habría sido como ir contra natura.
Se la veía tan aplicada, pensó Paul, tan concentrada en su tarea... Era evidente que estaba poniendo todo su esfuerzo en hacer un buen trabajo.
Quizá Derek hubiera hecho lo correcto al contratarla. Quizá una jefa de prensa fuese el estímulo que la clínica tanto necesitaba. De poco servía que hiciesen bien las cosas si nadie se enteraba, y no podían esperar atraer nuevos clientes si no les daban motivos para escoger su centro antes que otros.
Dio un paso adelante y carraspeó.
Ramona alzó la vista y apretó los labios para ahogar un gemido de sorpresa. ¿Cuándo había entrado?
—¿Cuánto tiempo lleva ahí?
Él esbozó una media sonrisa.
—El suficiente como para fijarme en que se muerde el labio inferior cuando está pensando. ¿O es cuando algo la turba?
Turbar... No había usado esa palabra desde... Bueno, tal vez nunca. Cada vez estaba más convencida de que aquel hombre era del siglo pasado. Probablemente de la primera mitad del siglo.
—No, cuando estoy pensando —le contestó, haciendo un esfuerzo por mantenerse seria—. Es sólo que estaba repasando un párrafo. No he escrito nada que pueda causar ningún tipo de problema, no se preocupe. De momento sólo he puesto información sobre el bagaje profesional de los doctores Demetrios y Bonner, y un breve perfil personal de cada uno.
¿Un perfil personal? A Paul nunca le había interesado el perfil personal de sus empleados. Lo que importaba era que trabajasen bien.
—¿Le parece que eso es necesario?
Ramona asintió. Siempre había pensado que la historia de una persona era lo que la hacía interesante. Siempre le había provocado curiosidad el porqué los demás actuaban cómo actuaban, y cómo habían llegado a ser la clase de personas que eran. Y estaba segura de que no era la única.
—A la gente le gusta saber con quién están tratando, y en este caso creo que al ver que los médicos son personas de carne y hueso, los tratamientos de fertilidad no les parecerán tan... de ciencia ficción.
Se echó hacia atrás intentando mostrarse relajada, a pesar de que los nervios le atenazaban el estómago, entrelazó los dedos y en un tono pretendidamente alegre, le preguntó:
—¿Y bien? ¿Cuál es el veredicto?
Técnicamente aún no había un veredicto, así que le dijo lo que estaba ocurriendo.
—He conseguido que Derek vaya a disculparse con Lisa.
Eso no parecía muy esperanzador, pensó Ramona.
—¿Por haberme contratado? —le preguntó.
En otras circunstancias se habría levantado y le habría dicho que podían irse al infierno, pero se suponía que estaba interpretando el papel de sumisa empleada, y estaba dispuesta a seguir fingiendo si con ello conseguía quedarse y lograba, de algún modo, acceder a los archivos.
—Por haberla contratado sin consultarlo antes con nosotros —la corrigió Paul.
Ésa tampoco era la respuesta que había esperado oír.
—¿O sea, que van a dejarme ir? —adivinó. Si la decisión dependía de la seca mujer con la que había hablado por teléfono, dudaba que fuese a darle el aprobado. Pero fuera como fuera no iba a rendirse sin pelear—. Porque si es así, doctor Armstrong, le aseguro que se arrepentirán.
—¿Está amenazándome, señorita Tate? —le preguntó él sin alterarse.
—No, estoy diciéndole que me necesitan —respondió ella con pasión—. Soy muy buena en mi trabajo —añadió irguiéndose—. Me gustaría que leyera el borrador que he estado escribiendo antes de que llame a seguridad para que me echen a la calle.
Paul alzó una mano para interrumpirla. Estaba hablando tan deprisa que casi no podía seguirla. Tenía la sensación de que, como su hermano Derek, aquella joven sería capaz de ganar cualquier discusión agotando a su oponente.
—Nadie va a echarla a la calle, señorita Tate —le aseguró—. Está en periodo de prueba.
Ella parpadeó sorprendida.
—¿Por cuánto tiempo? —quiso saber, tratando de contener su impaciencia.
—Eso está por decidir —le respondió él. Todo dependía de los resultados que diese su trabajo. Por el momento estaba dispuesto a concederle el beneficio de la duda—. Vayamos poco a poco, ¿le parece?
—Por mí perfecto; es lo único que he querido desde el principio: una oportunidad para demostrarle que valgo, señor Armstrong —le dijo Ramona—. Ya sea usted el señor Paul Armstrong o el señor Derek Armstrong —añadió con una sonrisa divertida. Se puso de pie, escrutó su rostro con la cabeza ladeada, y anunció triunfal—: Es Paul.
Él reprimió una sonrisa.
—¿Qué le hace estar tan segura?
Aunque Paul veía multitud de diferencias entre su hermano y él, a la gente le costaba mucho distinguirlos a menos que vieran al uno al lado del otro. Sólo entonces se fijaban en que Derek era más delgado, y él más musculoso.
De hecho, mientras habían sido niños sus propios padres los habían confundido más de una vez. Paul lo achacaba a que no habían pasado el suficiente tiempo con ellos, pero tenía la sensación de que si las cosas hubieran sido distintas, Derek habría acaparado toda su atención.
Ramona le sonrió, y su sonrisa penetró hasta sus huesos.
—Sus ojos.
Él se quedó esperando, pero la joven no elaboró su respuesta.
—¿Qué pasa con mis ojos? —la instó.
Estaba seguro de que le iba a decir que eran unos ojos apagados o algo así, y que los de Derek eran unos ojos cargados de secretos y la promesa de vibrantes emociones.
—Usted es el de los ojos amables —dijo—. Los de su hermano son... insondables.
—De modo que le parece que Derek es un hombre misterioso y a mí me ve como un tipo sin sustancia y bidimensional —murmuró él, interpretando sus palabras.
La joven frunció sus perfectas y finas cejas, como sorprendida.
—No, en absoluto —protestó—. Sería de usted de quien la gente se fiaría, señor Armstrong, no de su hermano. Él da la imagen de ser alguien muy divertido, y usted la de un hombre honrado.
Ramona veía como algo prioritario el ganarse a Paul Armstrong. Con uno de los Armstrong de su parte su misión tendría más posibilidades de éxito, y Paul, aunque reservado, le parecía más accesible que Derek. Tenía la impresión de que éste se movía únicamente por sus propios intereses, y a un hombre así no se le podía manipular.
Paul sacudió la cabeza.
—Aunque esté en periodo de prueba no le servirá de nada adularme, señorita Tate.
Irritada consigo misma por haberse mostrado tan obvia en su intención, Ramona reaccionó deprisa.
—No pretendía adularlo; estaba siendo sincera.
Paul admitió para sus adentros que tal vez se hubiera equivocado, pero tenía la impresión de que había algo que Ramona Tate estaba ocultándole, y aquello lo intrigaba.
—Por cierto, respecto a sus referencias... —dijo cambiando de tema.
Ramona ni le dejó acabar la frase; hacía tiempo que había aprendido que la mejor defensa era el ataque.
—Las tengo aquí mismo —alargó el brazo para tomar su enorme bolso—. Su hermano me dijo que no había prisa, que ya las revisaría más adelante, pero si quiere usted verlas... —sacó una carpetilla azul que contenía un buen número de cartas de recomendación, y se la tendió—. También encontrará una copia de mi expediente académico, mi currículum y el informe de vida laboral.
Paul tomó la carpeta, la abrió, y echó un vistazo a algunas de las hojas. Había cartas de recomendación redactadas por catedráticos y editores de periódicos y cadenas de televisión locales. Incluso había una con el sello del Washington Post. Había esperado encontrar una carta, o dos como mucho; era demasiado joven para una experiencia laboral tan amplia.
—¿Y sólo tiene veinticinco años? —inquirió incrédulo.
Quizá Monty se había pasado un poco, pensó Ramona. Monty Durham era un genio de la informática con el que había trabado amistad en su primer año de universidad. No había nada que Monty no pudiera hacer con un ordenador, como hacer pasar un puñado de certificados y documentos falsos por auténticos.
—Es que me licencié dos años antes que el resto de mi promoción —le dijo a Paul, a modo de explicación.
Y era la verdad. Ansiosa por empezar a dejar su huella en el mundo, había escogido un plan de estudios intensivo que le había permitido acabar el instituto en tres años en vez de cuatro, igual que su carrera universitaria. Para poder lograrlo había llegado a hacer cursos durante el verano, y había compaginado sus estudios con pequeños trabajos dentro de su campo y Monty había hecho el resto, adornando lo que había podido. De hecho, él le había hecho la mitad de las cartas de recomendación que había en la carpeta.
—¡Y yo que creía que todos, de haber podido, habríamos alargado nuestros años de libertad como estudiantes!
—Bueno, es lo natural, sí —concedió ella—, pero yo estaba impaciente por empezar mi carrera profesional. Lo pasé muy bien en la universidad —se apresuró a añadir, para que no se pensara que pretendía pasar por una santa—, pero la vida está aquí fuera —giró la pantalla del ordenador hacia él, y repitió su oferta—: ¿Quiere leer lo que llevo escrito?
Paul se dijo que probablemente sería la mejor manera de decidir si Derek la había contratado porque podría serles útil, o sólo para regalarse la vista.
—Pues sí, me gustaría.
Ramona sonrió y pulsó la tecla de «imprimir». Poco después, las cuatro páginas que había escrito salían por la bandeja de la impresora. Ramona se levantó para tomar las hojas, y volvió al escritorio para entregárselas a Paul.
Fue entonces cuando éste se dio cuenta de que se había quedado embelesado mirándola. No podía culpar a Derek por encontrarla atractiva; tenía que admitir que el movimiento de sus caderas era algo hipnotizador.
Ya de vuelta en su despacho, Paul leyó con atención el borrador que le había dado Ramona, y no encontró en él fallo alguno por más que lo intentó. No cabía duda de que era eficiente en su trabajo.
Quizá Derek tuviera razón después de todo, pensó dejando los papeles sobre la mesa. En ese momento llamaron a la puerta, que se entreabrió antes siquiera de que pudiera decir «adelante», y Derek asomó la cabeza por el hueco. «Hablando del rey de Roma...».
Paul se fijó en que tenía la mano sobre el pomo, como si no tuviera intención de quedarse mucho tiempo. ¿Le ocurriría algo? Últimamente parecía nervioso. ¿Sería por la tensión que se respiraba en la clínica, o habría algo más?
—Ya puedes dejar de contener el aliento —le dijo su hermano con una sonrisa.
—No sabía que estuviera haciéndolo —replicó Paul, y se quedó esperando una explicación.
—Claro que sí. Estás con el alma en vilo, preocupado por el destino de la señorita Tate, no lo niegues —lo picó Derek—. He conseguido que Lisa se ponga de nuestra parte.
—¿De «nuestra» parte? —repitió Paul. ¿Quería que compartieran la culpa o la victoria?
—Sí —asintió Derek, como sorprendido de que pusiera en duda que estaban en el mismo bando—. Tú también quieres que Ramona se quede, ¿no?
—Bueno, sí, ahora estoy de acuerdo —admitió Paul—, pero...
Derek no le dejó continuar.
—He convencido a Lisa de que necesitamos a alguien, a una profesional como Ramona, que nos ayude a disipar los rumores que han empañado la reputación de la clínica. Ramona se queda.
Paul recordó el enfado de Lisa, y sacudió la cabeza.
—Cómo eres... Capaz de convencer al mismísimo diablo.
Derek se encogió de hombros.
—Supongo —dijo. Y una sonrisa traviesa acudió a sus labios—. Por cierto, supongo que no habrás querido decir que nuestra hermana pequeña es el diablo, ¿verdad?
Paul palideció. Lo único que le faltaba era que Lisa pensase que estaba metiéndose con ella a sus espaldas.
—No, yo jamás... Derek se rió y, agitando la mano, lo tranquilizó.
—Relájate, Paul, sólo bromeaba. Eres tan diplomático que ni al diablo lo llamarías «diablo» a la cara.
—¿Estás diciendo que no tengo carácter?
Derek se puso serio.
—No, te estoy diciendo que todo el mundo te considera el hermano «bueno», un buen tipo —respondió en un tono desprovisto de cualquier cinismo o sarcasmo. Incluso parecía un poco triste.
Era la segunda vez en el día que Paul tenía la sensación de que un miembro de su familia le estaba ocultando algo. Estaba seguro de que tendría tan poco éxito como con Olivia tratando de sonsacarle, pero al menos tenía que intentarlo.
—¿Te preocupa algo, Derek?
La seriedad se desvaneció de los ojos de su hermano como por arte de magia, y Derek recobró su habitual chulería y la suprema confianza en sí mismo que lo caracterizaba.
—Lo de siempre: responsabilidades, responsabilidades, responsabilidades —le respondió con un guiño—. Tengo que dejarte. Estaré fuera toda la semana. O quizá algunos días más. Iba a ayudar a Ramona a familiarizarse con nuestra línea de trabajo, a enseñarle la clínica, contestar las preguntas que pudiera tener... esa clase de cosas, pero como no voy a estar te agradecería mucho que lo hicieras por mí.
—¿Pero dónde vas? —quiso saber Paul.
—Ha surgido algo —fue todo lo que le dijo su hermano—. ¿Harás eso por mí?
Paul frunció el ceño. Nunca había tenido don de gentes, y se le daba fatal entablar conversación. Además, a pesar de que él tenía treinta y seis años y Ramona sólo veinticinco, ella parecía tener más mundo que él. Con las personas como ella se sentía fuera de su hábitat.
—¿No puede ocuparse Lisa?
Derek se rió.
—Bastante tiene ya Lisa. Además, estaría todo el tiempo poniendo a prueba a Ramona y la agobiaría. Ya sabes lo competitiva que puede llegar a ser nuestra hermanita.
Paul no podía negarlo, pero hasta la fecha Lisa sólo se había mostrado competitiva en familia, nunca con extraños.
—¿Por qué iba a hacer eso?
Derek suspiró y sacudió la cabeza.
—Porque es una mujer, y por si no te has fijado, querido hermano, Ramona también lo es.
Ése era el problema, que sí se había fijado. Vaya si se había fijado. Ramona Tate era una joven despampanante, justo el tipo de mujer detrás de la que solía ir Derek... y su padre en sus tiempos mozos.
—¿Dónde has dicho que ibas? —le insistió a Derek, sin decir que haría lo que le estaba pidiendo.
—No lo he dicho.
Y con esa respuesta, que no era una respuesta en absoluto, su cabeza desapareció y la puerta se cerró.
Paul suspiró. Aquello era tan típico de él... Había veces en las que Derek se comportaba como si fuera un crío y la clínica el patio del colegio. Aparecía por allí un día, formaba algún revuelo, y luego tomaba un avión y volvía a Nueva York, donde vivía, aunque Paul no estaba tan seguro de que en esa ocasión fuese allí donde iba.
Tenía gracia que él, precisamente, hablase de responsabilidades. En los últimos meses no había hecho otra cosa más que eludir las suyas y pisarle el terreno a los demás, al tiempo que los obligaba a cargar con los problemas de los que él se desentendía.
Paul bajó la vista al borrador de Ramona. No tenía tiempo para esa visita guiada por las instalaciones de la clínica que Derek le había endosado; al menos no ese día. Sin embargo, podría decirle a la joven que no iban a despedirla, y que había hecho un buen trabajo con aquel texto que había redactado.
No era partidario de la lisonjería barata, pero le parecía que era importante felicitar a alguien cuando hacía un buen trabajo. Su padre nunca había reconocido sus esfuerzos, aunque no creía que fuera porque no hubiera querido hacerlo, sino porque apenas había ejercido de padre. Difícilmente habría podido felicitarlo por sus logros cuando ni siquiera se había enterado de ellos, siempre demasiado ocupado con su trabajo, siempre ausente.
Paul se hizo la solemne promesa de que si llegaba a tener hijos, cosa que dudaba a esas alturas, nunca dejaría pasar una oportunidad de decirles lo orgulloso que estaba de ellos cuando hiciesen algo bien. Se lo diría incluso aunque fracasaran, por el solo hecho de haberlo intentado. A la gente había que alentarla, y más aún a los niños. De hecho, ése era el motivo inicial por el que había decidido hacerse médico, para conseguir la aprobación del gran Gerald Armstrong, para conseguir su atención, aunque fuera sólo durante cinco minutos.
No ocurrió ni lo uno ni lo otro, pero poco a poco empezó a amar su trabajo, y se sentía afortunado por ello.
