Pacto con el diablo - Katy Evans - E-Book

Pacto con el diablo E-Book

Katy Evans

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6,99 €

Beschreibung

 Aunque el diablo se vista de seda, ¿diablo se queda?  Lizzy Banks está decidida a llevar las riendas de la empresa familiar, una firma de moda masculina. Para ello, creará una colección espectacular, pero un lanzamiento de este calibre requiere un modelo a la altura. El elegido es James Rowan, un youtuber  descarado, muy atractivo y sin modales.  ¿Podrá Lizzy hacer de James el caballero perfecto sin caer en la tentación del diablo?

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Pacto con el diablo

Katy Evans

Traducción de Eva García

Contenido

Portada

Página de créditos

Sobre este libro

Prólogo

El hombre perfecto

Una mujer con una misión

El hombre en mi sofá

Crear a un caballero

El primer día del resto de la vida de James

Un día en el spa

El bar de Tim

Prometedor

Salir con el Diablo

YouTube

Uniforme

Etiqueta

El volante

Llamada telefónica

Suerte: cuando la preparación y la oportunidad se encuentran

Hogar

Sesión de fotos

La colina

La Costa Oeste

Cena

James Rowan

Fuera

Vuelta a casa

Niño bonito

Encuentros fortuitos

Alta costura en Nueva York

Día del juicio final

El canal

Epílogo

Agradecimientos

Lista de reproducción

Sobre la autora

Página de créditos

Pacto con el diablo

V.1: junio de 2021

Título original: Million Dollar Devil

© Katy Evans, 2019

© de la traducción, Eva García Salcedo, 2021

© de esta edición, Futurbox Project S.L., 2021

Todos los derechos reservados.

Esta edición se ha gestionado mediante un acuerdo con Amazon Publishing, www.apub.com, en colaboración con Sandra Bruna Agencia Literaria.

Diseño de cubierta: Letitia Hasser

Publicado por Chic Editorial

C/ Aragó, 287, 2º 1ª

08009 Barcelona

[email protected]

www.chiceditorial.com

ISBN: 978-84-17972-43-1

THEMA: FRD

Conversión a ebook: Taller de los Libros

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.

Pacto con el diablo

Aunque el diablo se vista de seda, ¿diablo se queda?

Lizzy Banks está decidida a llevar las riendas de la empresa familiar, una firma de moda masculina. Para ello, creará una colección espectacular, pero un lanzamiento de este calibre requiere un modelo a la altura. El elegido es James Rowan, un youtuber descarado, muy atractivo y sin modales. ¿Podrá Lizzy hacer de James el caballero perfecto sin caer en la tentación del diablo?

Una novela ardiente de la autora best seller de las series Real y Pecado

«Leer los libros de Katy Evans es como montarse en una montaña rusa de emociones.»

Kylie Scott

A todo

Ella convertiría al diablo en el hombre perfecto.

Prólogo

El único hombre de la sala

Lizzy

La sala está abarrotada: todas las personas importantes de la ciudad están aquí. Todos los líderes de opinión. Los más influyentes: periodistas, blogueros… Le aprieto más el brazo mientras me acompaña al salón de baile del hotel de cinco estrellas que hemos alquilado para el lanzamiento. Diría que estoy más nerviosa que él. Miro a la izquierda y noto un calambre en el estómago cuando veo ese perfil tan masculino. Hasta ahora, su rostro solo existía en mis sueños. Una mandíbula robusta y cincelada a la perfección. Unos labios firmes, suaves y apetecibles. Unos ojos de un azul cristalino y penetrante que se me clavan como rayos láser. Me pilla observándolo; la sonrisa traviesa que asoma en sus labios bien vale un millón de dólares.

Que es justo lo que me cuesta. Lo que me cuesta este tío. Habría pagado mucho más.

Es como si fuera el único hombre de la sala. Como si este fuera su hábitat natural. Rezuma confianza por todos los poros del cuerpo. Desprende un aura varonil que le sienta tan bien como ese traje negro hecho a medida. Se mueve como si fuera el dueño del hotel. El corazón me va cada vez más rápido por su culpa.

No puedo creer que lo convenciera.

Las mujeres compiten por su atención. Sus movimientos fluyen. Son sofisticados. Elegantes.

—¿Me firmas un autógrafo? —le pregunta una chica con timidez.

Coge la libreta y el bolígrafo que le tiende y garabatea su nombre.

—Ten —le dice en voz baja y ronca.

Bajo ese aspecto refinado, se halla una energía salvaje y varonil. La determinación que lo ha traído aquí.

—James… —Lo detengo antes de que vayamos más lejos—. Pase lo que pase…

Me mira. Veo mil palabras en sus ojos.

—Lo sé.

¿Seguro? Me he enamorado de mi propia creación. He pulido un diamante hasta dejarlo perfecto. Pero no me lo puedo quedar.

No puedo quedarme a James.

Él no nació en este mundo elitista al que está a punto de entrar. Si estas fans lo conocen es gracias a mí. ¿Su lugar en la cima? No fue ahí donde lo encontré.

El hombre perfecto

Lizzy

Tres meses antes…

Mi padre se ha pasado los últimos tres minutos mirándome de una forma de lo más estresante. Prácticamente, ni siquiera oigo mis pensamientos. Me siento ante su enorme escritorio de roble con los nervios a flor de piel. No recuerdo haber estado tan nerviosa en mi vida. Llevo toda la semana preparándome para esta reunión, desde que me dio permiso para presentarle mi propuesta para el lanzamiento de nuestra nueva colección de trajes de diseño para hombre, un acontecimiento muy esperado. Pero una cosa es hablar con mi reflejo en el espejo y otra muy distinta que Harold Banks esté frente a mí dispuesto a escucharme. No siempre es fácil complacer a mi padre —mejor dicho, nunca—, y su despacho es intimidante. Sirve como recordatorio de una cosita de nada que no puedo sacarme de la cabeza: no soy lo que quería.

Su despacho es un santuario de piezas de coleccionista. Entre estas cuatro paredes hay artefactos precolombinos, tapices antiguos y sellos enmarcados. Mi padre colecciona de todo, lo mejor de cada categoría, excepto lo que más quería coleccionar: hijos. En su primer intento, mis padres me tuvieron a mí. Y antes de que pudieran seguir intentándolo, mi madre lo abandonó. Dejó a mi padre y a mí, solo con él.

Tengo veinticinco años, el pelo oscuro y los ojos verdes. Estoy delgada gracias a mis buenos hábitos alimentarios y al ejercicio, y cuido mi imagen gracias a los hábitos que me inculcaron mis niñeras. Soy una niña buena que nunca se ha metido en líos. Sería la hija perfecta para cualquiera. Pero seguiría siendo una mujer, una mujer que hace todo lo posible por prosperar en una empresa que produce ropa principalmente para hombres.

Llevaba tiempo esperando una oportunidad para demostrar a mi padre, por fin, que puedo ser una mujer valiosa en su empresa… Bueno, en nuestra empresa.

Pero, para un hombre como él, las palabras no valen nada. Él espera resultados, y los espera rápido.

De ahí mi nerviosismo. No quiero arriesgar más de la cuenta. Y nuestra nueva colección de trajes ha supuesto una gran inversión para la empresa.

Sé que mi padre quería a alguien más experto al frente de este lanzamiento. Yo, en cambio, tengo unos planes y unas expectativas diferentes.

—¿Ya has puesto en marcha esa organización sin ánimo de lucro para ayudar a los niños enfermos en Uganda? —pregunta al fin. Sigue confundido por el hecho de que quiera dedicarme a la empresa familiar en vez de hacer cosas «de mujeres»—. ¿No tienes que decorar tu casa nueva? ¿O ir de compras?

Finjo que lo que acaba de decir no me afecta.

—Empecé con la organización el año pasado, está yendo de maravilla y mi casa está perfecta, no necesita nada. —Se hace el silencio. Tras un instante de duda, me lanzo a la piscina—. Estoy capacitada para trabajar en tu empresa. Solo porque un montón de estirados chapados a la antigua manden aquí no significa que yo no pueda mandar también. Mi título universitario de Stanford es tan válido como los suyos. Además, no hay nadie tan capacitado como una mujer para saber cómo tiene que ser el hombre perfecto.

Frunce el ceño y se hace otro silencio incómodo.

«Di que sí», trato de pedirle por telepatía.

—No me decepcionarás, ¿no, Elizabeth? —pregunta al fin.

El corazón me da un vuelco y de pronto comprendo que ¡lo tengo en el bote!

Asiento rápido y, con un tono de voz serio y formal, ese tono con el que suele hablarme él y con el que me han enseñado a contestar, digo:

—No, papá. Sé que en el pasado te decepcioné, pero ahora soy más prudente…

—¿Seguro? El capullo ese con el que salías no era precisamente una joya. Era rico, sí, pero digamos que le faltaba bastante educación. Mira que dejar plantada a mi hija el día en que iba a conocer al que podría ser su futuro suegro…

—Y por eso rompimos. Solo me conformaré con lo mejor, como tú siempre me has dicho.

Asiente satisfecho y se aprieta el nudo de la corbata. Creo que me ha pegado su TOC. No hay ni una sola reunión en la que no se arregle la corbata varias veces.

—Eres perfecta. Mereces al hombre perfecto —me asegura.

Mi padre siempre me ha dicho que soy perfecta y cada parte de mí, desde la cabeza hasta los tacones de marca que llevo, es la prueba del esfuerzo que pongo para estar a la altura.

Su cumplido me hace sonreír, pero desearía que lo hubiese dicho con más cariño y que las palabras «perfecta… para ser una chica» no resonaran en mi cabeza.

Quiero que mi padre me mire con orgullo, algo que apenas hace. Quiero que diga: «Mi hija es la mejor, la mejor hija, la mejor en todo». Quiero darle un motivo para sonreír. Sé que está buscando a alguien para ocupar su puesto cuando se jubile y no quiero que contrate a un director ejecutivo que, a diferencia de mí, no haya crecido con nuestra empresa ni respire y viva Banks LTD. Soy una Banks y si alguien va a heredar el legado de mi padre, merezco ser yo.

—Si quieres demostrarme que puedes ser una directora ejecutiva competente, entonces esta tiene que ser la mejor colección que hayamos lanzado al mercado. No quiero chapuzas.

—Entendido. No encontrarás a una directora ejecutiva mejor que yo hasta que decidas jubilarte.

—Así me gusta. Estoy dispuesto a darte una oportunidad para que me demuestres que puedes hacerlo, pero si no estás a la altura, te seré sincero: empezaré a preparar a LB para el cargo. —Deja que asimile el jarro de agua fría y da una palmada como para zanjar el asunto—. ¿Y bien? ¿Quién va a ser el rostro de nuestra nueva colección?

Me concentro y rebusco en mi maletín. Saco unas carpetas.

—He hecho una lista con los empresarios solteros, atractivos y exitosos que encarnan los valores de nuestra colección: vitalidad, masculinidad, poder, dinero y clase.

—Ferdinand Johnson. Me gusta —dice mientras observa la primera fotografía y lee los datos que he escrito en el reverso.

Sonrío triunfante mientras me hincho de orgullo.

—He quedado con él a las tres.

—Gregory Hutchinson. Podría servir.

Asiente de nuevo en señal de aprobación y me hincho todavía más.

—Me reuniré con él a la una y media.

Alza una ceja, claramente impresionado, pero se reserva los elogios. Mi padre nunca me ha mimado. Cuando mi madre nos dejó, yo solo tenía cuatro años y crecí rodeada de hombres. He hecho todo lo que ha estado en mi mano para prosperar, como tener encontronazos con la flor y nata del sector.

—Déjamelo a mí —le digo mientras evalúa las demás fotografías sin mediar palabra.

—Está bien. Pero, Lizzy, sabes que no te exigiré menos porque seas mi hija. El trabajo es trabajo, tal y como…

—Tal y como me dices siempre. Sí, padre —concedo en voz baja. Guardo las fotos en una carpeta perfectamente etiquetada y la meto con cuidado en el maletín.

Abandono la estancia. Se oye el repiqueteo constante de mis zapatos mientras cruzo el pasillo a grandes zancadas. Con toda la confianza que puedo reunir, paso junto a sus dos secretarias y les sonrío agradecida. Les resultó difícil que mi padre me concediese una cita, igual que concertar una reunión con cada uno de los ocho millonarios. No sé cómo, pero elegiré al mejor y lo convenceré para que sea el rostro de mi colección… Bueno, de nuestra colección. Este lanzamiento es mi bebé. Para mí, supone un reto personal conseguir que nuestros trajes de vestir sean sinónimo de clase y elegancia, cualidades básicas de los mejores hombres de nuestra especie.

Mi padre quiere al hombre perfecto. Y pienso dárselo.

* * *

«Lo siento, Lizzy, pero no aceptaría ni por todo el dinero del mundo», dijo Ferdinand Johnson mientras se acababa el café. Dejó la servilleta a un lado y me quedé mirando la cuenta con cara de tonta.

«Solo aceptaría si triplicases la oferta», dijo Gregory Hutchinson. «Bueno, quizá no. Es que me parece una pérdida de tiempo».

Keith Halls prácticamente no me dejó ni acabar. Se pasó toda la cita hablándole a mi escote, y eso que llevaba la blusa abrochada hasta arriba para transmitir que iba en serio. Tuve que contenerme para no decirle que mis ojos estaban más arriba.

En cuanto a los demás, no es que fueran mucho mejores…

—«Gracias, pero no tengo tiempo para jugar a ser Ken con las Barbies del mundo». ¿En serio te ha dicho eso? —pregunta Jeanine, mi mejor amiga. La he llamado al salir de la reunión de las ocho y media. Era la última.

—¡En serio! Y eso es solo lo que me ha dicho uno de ellos. Qué desastre, madre mía. Es que… ¡alucino con lo mal educados y creídos que son! ¡Y cómo han reaccionado a mi propuesta! ¿Qué hago ahora? ¡Es la primera oportunidad —y la única— que me ha dado mi padre, y ya estoy en un lío!

Ocho reuniones. Ocho. No les interesa ser el rostro de nuestra nueva colección de trajes para hombre de Banks LTD. Les importa una mierda. Uno me ha pedido cinco millones. Otro no dejaba de mirarse el reloj. Otro me ha escuchado, asentía y va y me pregunta: «¿Hemos terminado? Es que en media hora tengo un partido de tenis».

Malditos millonarios consentidos. Sigo sin creer lo mal que han ido las entrevistas.

Me mortifico cada vez que cometo un error porque me han enseñado que el fracaso no es una opción. Mi padre, el mismísimo Harold Banks, cree que la famosa cita que dice que el fracaso es lo que nos hace madurar es una mierda. Según él, solo los tontos que no aciertan a la primera ensalzan el fracaso.

Será difícil estar a la altura, pero lo conseguiré.

Tras mis desastrosas entrevistas, camino por la calle mientras pienso que detesto la idea de volver al despacho de mi padre con las manos vacías.

¿Qué esperaba? Como si no hubiera conocido a hombres como estos antes. Son los mismos que mi padre consideraría dignos para mí. Hombres como estos ocho son la razón por la que estoy destinada a quedarme para vestir santos. Tan engreídos que les habría ofrecido el mundo y no les habría bastado. A eso súmale mi padre… Entre unos y otros, mi vida sería más entretenida si fuera una monja.

—¿Acaso no quedan hombres decentes en el mundo interesados en trabajar duro y ganarse un buen pellizco? —le pregunto a Jeanine por teléfono mientras me miro los pies con furia—. Joder, que les he ofrecido un millón contante y sonante por las molestias. Solo tenían que presentar la colección conmigo, ser el rostro de los trajes, llevarlos en un par de eventos y punto.

—Quizá tu objetivo no debería ser un hombre que ya ha triunfado. —Hace una breve pausa—. Un millón de dólares es calderilla para Ferdinand Johnson. A lo mejor deberías apuntar más bajo.

Tiene sentido.

—Más bajo. Mmm… ¿Y dónde encuentro a un tío así?

—No sé. Date una vuelta por el centro. Busca en las tabernas. Encontrarás el modo. Siempre lo haces.

Parece olvidar que vivo en el centro de Atlanta. Y nadie de por allí cumpliría los requisitos que necesito. Ni por asomo.

—Además, me preocupa que apuntar más bajo suponga toparme con alguien como Daniel.

—Uf —gime Jeanine al oír el nombre de mi ex. Resulta que mi padre le daba tanto miedo que Daniel ni siquiera se atrevió a conocerlo—. No todos son tan pusilánimes. Hay hombres de verdad por ahí, te lo prometo. Bueno, ¿qué? ¿Qué vas a hacer?

—¿Ahora? Quiero cogerme una buena, como hacía Ernest Hemingway. Se dice que escribió sus mejores obras con una botella en la mano. Habrá que probar.

—Te acompañaría, pero no puedo. Un interno la ha cagado, así que necesitan toda la ayuda posible.

Sigo manzana abajo. No sé a dónde voy, pero no puedo volver a casa así, y mucho menos presentarme ante mi padre con las manos vacías mañana.

—Buf. A lo mejor no estoy hecha para este trabajo. Quizá me iría mejor si tuviera otro jefe, alguien que fuera más fácil de complacer.

—Nena, eres una Banks. Eres clavadita a tu padre. Al final se te ocurrirá algo, Liz.

Pese a que Jeanine me intenta animar, me cuesta creer sus palabras.

—Ya se me ha ocurrido algo: me emborracho y mañana no voy a trabajar —propongo.

Ella se ríe y dice:

—Vale. Tómate una copa. Invito yo. Luego vete a casa y ponte a trabajar, ya darás con algo.

—Mira, un bar. Y es de mala muerte. ¡Qué bien! Porque ahora mismo no me apetece en absoluto encontrarme con algún conocido estando en horas bajas. Te llamo mañana…

—Lizzy, ¿estás segura de…?

Cuelgo antes de que empiece a sermonearme y me quedo mirando el cartel. «Bar Tim».

¡Anda! Me habré despistado y me habré metido en otra calle sin darme cuenta y ahora estoy en una zona de la ciudad que no es precisamente bonita con mi bolso Hermès y mis zapatos Louboutin. Echo miradas furtivas a izquierda y derecha. Está oscuro. Algo se mueve entre las sombras del estrecho callejón que hay a este lado; lo más probable es que sea una figura siniestra, muy típico de estos barrios. Ay, madre. De pronto me siento desnuda. Solo me falta llevar un cartelito que diga: «atrácame».

Nunca me he puesto pedo en un bar por miedo a avergonzar a mi padre. Aquí, en cambio, en el bar del bueno de Tim, apuesto a que nadie habrá oído hablar de él o de nuestros trajes. Justo lo que necesito.

Pero no debería entrar, ¿no? Quién sabe qué clase de rufianes terribles tendrá por clientes. A medida que me hacía mayor, la persona más agresiva que conocí fue el sensei Tim, mi profesor de judo de martes y jueves. Vivía en las afueras y, además de ser mi profesor, también tenía una tienda de velas aromáticas.

Mientras medito si entrar o no, don siniestro emerge de entre las sombras. No tiene dientes y sus ojos son dos rendijas. Por increíble que parezca, es incluso más siniestro a la luz de las farolas.

—Hola, encanto —dice.

Ay, Dios, no.

Exhalo, abro la puerta del bar de un empujón y entro con tal ímpetu que patino. Freno y echo un vistazo a mi alrededor.

Un montón de cabezas se giran hacia mí como si fuera el espectáculo de la noche. Es como si el disco que sonaba se hubiera rayado de repente.

Me coloco un mechón detrás de la oreja. La barra es larga y está prácticamente vacía. En las mesas hay un par de clientes comiendo nachos con patatas fritas bañadas en salsa.

Mientras camino por el suelo de cemento desnivelado, todas las miradas están puestas en mí.

Vuelvo a preguntarme qué hago aquí.

Ah, sí. Será que estoy buscando que me roben.

No, es un establecimiento tan normal como cualquier otro. Seguro que estarán encantados de que sea su clienta.

Me armo de valor, me siento en un taburete y me dirijo al barman, que está entretenido mirando algo en el móvil.

—Tequila, el mejor que tengas, solo —digo con una voz ronca que espero que transmita que me las sé apañar solita, sobre todo por si hay alguien mirando mi bolso fijamente.

No alza la vista, se limita a sonreír por lo que sea que esté mirando mientras me sirve el contenido de una botella en cuya etiqueta pone Montezuma y me lo ofrece con su mano libre. ¿Qué demonios es Montezuma?

Menudo servicio.

—Mmm… He dicho el mejor que tuvieras.

Al fin me mira. Frunce los labios, molesto.

—Es el mejor, princesa. Además del único.

No me conviene hacer enfadar a esos brazos como troncos llenos de tatuajes.

Me lo bebo de un trago. Está asqueroso, sabe a disolvente. Se me saltan las lágrimas. Da igual. Le doy golpecitos a la barra para pedir otro. Cuando me puede la curiosidad, le pregunto:

—¿Qué miras en el teléfono?

—A Jimmy.

—¿Jimmy qué?

—Jimmy Rowan. Un loco que se juega la vida y lo cuelga en YouTube. Algún día se matará.

—Esperemos que no sea hoy. —Frunzo el ceño y miro la pantalla—. ¿Y qué tonterías hace? Eso es peligroso.

Gira el móvil hacia mí. Un chico con casco y traje de nailon se va a tirar de un avión. Le dice a la cámara: «Me retasteis a que abriera el paracaídas quince segundos más tarde que cualquier ser humano en su sano juicio. Y la cuenta atrás empieza… ¡ya!».

Abro los ojos de par en par y se me retuercen las entrañas de lo preocupada que estoy por el imbécil de la cámara.

Catorce…

El viento le obliga a desgañitarse.

—Trece —cuenta el barman.

Observo al tonto caer en picado. Cada vez está más cerca del suelo.

—Qué idiota —digo entre dientes. Aun así, no puedo dejar de mirar.

—¡Cinco! —exclama el barman.

Aparto la vista.

—Dime que está vivo.

—Sí, sí.

Me enseña el momento en que el tío por fin abre el paracaídas y, segundos después, se come el suelo. «Ay», dice, y se echa a reír con carcajadas sonoras. No puedo evitar sonreír y menear la cabeza.

—Y todo esto porque…

—Lo retaron. Quinientos pavos.

—¡¿Hizo eso solo por quinientos pavos?!

—Gana más con las visitas. De algo habrá que comer. —Me mira de arriba abajo—. Y más si no vas a tener fideicomiso.

Y yo que solo quiero a un hombre que se ponga mis trajes y vaya guapo a unos cuantos eventos…

—¿Por qué no encontraré a un hombre así? —pregunto en voz alta. Meneo la cabeza mientras empujo el vaso vacío—. Camarero. Otro, por favor.

Será el tercero.

Me lo sirve.

—Un tío con clase, ese Jimmy.

—¿En qué diccionario?

Frunce el ceño mientras se guarda el móvil en el bolsillo y se pone a limpiar un vaso.

—¿Eh?

—Que qué diccionario diría que tiene clase.

Pone los ojos como si acabara de blasfemar.

—No tendrá tu clase ni un Rolls, pero aquí es como si fuera de la realeza. Se pasa todo el día aquí. —Señala con la cabeza una cabina oscura a la derecha de la barra—. Ahí está su despacho.

Veo el batiburrillo de cosas que hay sobre la mesa y me pregunto qué clase de hombre se deja un trípode, una cámara y un portátil viejo en un bar. Debe de confiar en los parroquianos de este lugar. Eso o, alternativamente, los clientes le temen.

—Jimmy Rowan haría cualquier cosa si lo desafían, es un hombre de palabra.

—Si hizo eso por quinientos pavos, ¿qué haría por medio millón o más? —refunfuño. Sonrío y niego con la cabeza al pensarlo. Al menos todavía soy capaz de sonreír.

—Hostia puta, señorita, haría cualquier cosa. ¿Le va a ofrecer esa suma? —Me observa con renovado interés y aire adulador, como si pensara que voy a adquirir los servicios de Jimmy. ¿Quién narices se cree que soy?—. Las damas van detrás de él.

Madre mía, que lo piensa de verdad.

—No, gracias —mascullo—. ¿Damas o mujeres? No me imagino a muchas damas yendo detrás de un tío tan idiota.

Mira detrás de mí. Se hace el silencio y el barman murmura:

—Hablando del rey de Roma…

Se produce un estruendo al que sigue un alboroto.

—¿Qué pasa?

Me giro sorprendida por el escándalo que se ha formado.

El barman sonríe.

—Jimmy Rowan.

Miro a la puerta y el corazón me da un vuelco. Ese dios del sexo con pinta de malote al que se refiere el camarero no se parece en nada a Jimmy. Es demasiado alto, llama demasiado la atención y está demasiado bueno.

No se parece en absoluto al chico que acabo de ver en YouTube. Es cierto que iba con casco. Ahora, en cambio, veo su cabello oscuro despeinado, lleva unos vaqueros raídos que se ajustan a la perfección a su cinturita de avispa y una camiseta negra y vieja hecha jirones que le marca los músculos que solo tienen los deportistas de verdad.

Caigo en la cuenta de que lo estoy mirando como si no hubiese visto a un hombre en mi vida y frunzo los labios, asqueada conmigo misma. Culpo al tequila barato y vuelvo la vista a mi bebida.

Alguien silba con fuerza.

—¡Luke!

—¡Jimmy! —lo saluda el barman a su vez.

Vuelvo a echar un vistazo por encima del hombro. Sigo notando los nervios en el estómago. Clavo los ojos en él, no pienso apartar la mirada. Tiene el pelo demasiado largo, le llega por el cuello de la camiseta y se le riza en las puntas. Es negro como la medianoche. Saluda con una sonrisa a los chicos que se le acercan. Las mujeres se estiran o se ponen en pie y se abren paso usando las tetas o las caderas. Algunas hasta se le acercan en actitud seductora. Rezuma confianza y fuerza, y, al mismo tiempo, alza la comisura de la boca con aire juguetón, lo que le hace parecer joven y travieso.

Está… sucio. Despeinado.

Y les da igual. Alucino.

Es como si fuera famoso.

Le miro el pecho. No me pasa desapercibido cómo la camiseta le ciñe esos hombros tan anchos. Tiene unos buenos bíceps, eso es evidente por cómo se le tensa la camiseta al caminar. Los vaqueros se le amoldan a esas caderas tan estrechas. El tío tiene piernas largas. Con esos pantalones, se le marcan los muslos. Un escalofrío algo molesto me baja por la espalda cuando, como si hubiese notado que lo estaba mirando, alza la vista.

—¡Jimmy! —lo llama una chica que viene desde la esquina.

Resoplo y meneo la cabeza. Frunzo el ceño por lo tontas que se vuelven estas chicas. Jimmy me oye resoplar y me mira. Le aparece un hoyuelo bajo esa barba tan descuidada cuando cruzamos la mirada.

Barba. Sonrisa pícara. Piel bronceada. Dientes blancos. Y ojos de un azul tan brillante que casi me da algo cuando los posa en mí.

¿Por qué me pone tanto? Estará muy bueno y todo lo que tú quieras, pero no es mi tipo en absoluto. Yo soy yo, y él es… un malote. Es el hombre más primitivo que he visto en mi vida.

Me remuevo en el taburete y doy un sorbo rápido a mi bebida mientras me preparo para contemplarlo de nuevo.

Lo miro de reojo y se me encoge el estómago. Me está mirando descaradamente. Ay, madre.

Alza una ceja. Me envaro y me centro en mi bebida. Oigo a un hombre reírse por lo bajo.

—¡Jimmy, cabrón! —grita alguien.

Me doy la vuelta. Ahora Jimmy está mirando a un tío que le está dando patadas al respaldo de su silla.

Jimmy arquea una ceja.

—Te dije que te encontraría —responde Jimmy en tono amenazador. No sé por qué, pero su voz grave me pone la piel de gallina.

—Pues aquí me tienes —replica el otro.

Se ponen cara a cara. Rodean las mesas y se colocan en el hueco que hay en medio.

—Me lo pones muy fácil —murmura Jimmy con sorna.

Flexiona los brazos. Los bíceps se le marcan tanto que no me extrañaría que reventara la camiseta.

¿Qué narices hago aquí? ¿En medio de una pelea de bar? Jeanine me diría que saliera cagando leches, pero antes me habría dicho que no entrase aquí ni loca. Sin embargo, por alguna extraña razón, estoy pegada al taburete. En un abrir y cerrar de ojos, Jimmy se abalanza sobre el otro tío.

Su contrincante cae encima de la mesa que tiene detrás. Las patas crujen con fuerza y se rompen. El tío acaba de espaldas en el suelo con Jimmy Rowan encima.

—¡Me cago en todo, Jimmy! —se queja el barman mientras sale de la barra y se le echa encima—. Arregladlo fuera. ¡Fuera! ¡Joder, James, que lo arregléis en la calle!

Un momento. ¿Se llama James?

Como… Bond. ¿James Bond?

El barman y otro hombre sujetan a James. Este menea la cabeza mientras frunce el ceño y fulmina con la mirada al hombre en el suelo.

—Estoy bien, estoy bien.

Lo sueltan. James, inquieto, se pasa una mano por la nuca. Levanta la cabeza y me mira de nuevo. El corazón, frenético, me da un vuelco mientras me observa. La ira se apodera de él de nuevo y vuelve a abalanzarse sobre el hombre.

La gente observa cómo se pegan y ruedan por el suelo. Y, mientras la pelea continúa, yo sigo paralizada. A pesar de lo impactante que es, soy incapaz de apartar la mirada. Es como ver dos trenes a punto de chocar.

«¡Jimmy!», vitorea la mitad del bar. Los demás se limitan a observar, como yo. Eso sí, debo decir que aquí hay mucha gente con cara de estar pasándoselo bien. No soy una de ellos.

Lo vuelven a agarrar dos hombres para separarlos. Enfadado, empieza a insultar mientras lo sujetan. De pronto, me mira a los ojos.

Me observa con las fosas nasales dilatadas. En esa mirada tan sensual y descarada no hay disculpas ni arrepentimiento. No aparta la vista, como si quisiera que lo supiera.

Me humedezco los labios. Con manos temblorosas, saco dinero del bolso y lo dejo sobre la barra. Le cuesta respirar. Se le infla el pecho, lo que hace que se le estire la camiseta. Me cuelgo el bolso del brazo rápidamente, cojo la chaqueta y me dirijo a la puerta.

Sigue con la mirada todos y cada uno de mis pasos. Recuerdo vagamente que voy vestida para trabajar. Tengo la chaqueta en la mano y la camisa que llevo es demasiado blanca, se me marcan los pezones. Siento como si la falda fuera más corta y algo más ajustada de lo que recuerdo.

Necesito largarme de aquí cuanto antes.

¿Qué me está haciendo este hombre?

—¿Ya estás más tranquilo? —le pregunta una y otra vez el camarero al tal James Rowan. El youtuber temerario.

James asiente con brusquedad y me mira con el ceño fruncido.

El camarero sonríe mientras sigue su mirada, como si supiera algo que yo ignoro.

No sé si quiero saberlo.

Es como si a todo el mundo le sorprendiese que la mirada de James siempre acabara sobre la mía.

Estoy tan impactada que no puedo quitarle los ojos de encima. Me flaquean las rodillas. A medida que me acerco a la puerta, noto los muslos cada vez más flojos.

De pronto, el otro hombre murmura:

—¿Le tienes ganas a esa chavalita? Pues le ha faltado tiempo para salir por patas. Cincuenta pavos. Te reto a que intentes fo…

De pronto, James vuelve a abalanzarse sobre él, apartando a los dos hombres que intentan sujetarlo. Chillo y corro a abrir la puerta, lista para irme, pero algo me detiene. Algo, un murmullo persistente, me impide abrir la puerta. Miro atrás y lo veo atacar.

Este tío haría lo que fuera por dinero.

Lo que fuera.

La idea hace que me replantee si debería marcharme. «Madre mía, Elizabeth, dime que no estás pensando lo que estás pensando. Imposible. No funcionaría. No estás pensando con la cabeza, todo es fruto del tequila».

Pero sí, eso es justo lo que estoy pensando. Tomo aire para armarme de valor y regreso a la barra. Me acerco más y más al lugar del caos.

—¡Señores! —les grito para que paren. Me interpongo entre ellos sin estar cien por cien segura de que no me vayan a dar un puñetazo en la cara por este acto tan temerario—. Seguro que podemos resolver este asunto como caballeros y hablar.

Los hombres se detienen y me miran como si estuviera loca. Solo entonces caigo en la cuenta de lo tonta que he sido. Los hombres como ellos no hablan; solo gruñen como cavernícolas y resuelven sus problemas a puñetazo limpio. Punto.

—Eh —me susurra. Se fija en mi collar de perlas y sigue bajando la mirada—. Hillary Clinton. Bonito traje. Quítate de en medio.

Me miro. Ni que fuese un traje de chaqueta y pantalón. No me parezco en nada a Hillary Clinton. Ya sé que voy demasiado arreglada para este sitio, pero…

James lanza una mirada asesina al otro tío cachas.

—No te lo voy a repetir. Como el maleducado de tu hijo se vuelva a acercar a Charlie… —le suelta James, que aprieta los puños.

—Jódete, Rowan.

James se pone delante de mí y me aparta a tal velocidad que me deja sin aliento. Se gira y le da un puñetazo en la mandíbula al otro tío. Y venga a pegarse. Y yo aquí de pie, grogui y con el corazón a mil por la adrenalina.

Hacen falta tres hombres para sujetar a James y dos más para retener al otro. Por fin, apartan a este último lo suficiente para que pueda hablar con James.

Hay algo sobrecogedor en el silencio que se ha creado que me pone incluso más nerviosa mientras me las apaño para que me vuelva a prestar atención.

Me mira en cuanto lo sueltan. Me repasa otra vez de arriba abajo. Sonríe y vuelve a mirarme a los ojos. Pero, de pronto, frunce el ceño.

—¿Qué coño te crees que haces? —gruñe con una voz grave y profunda que me hace temblar las piernas de miedo y de emoción. Da un paso al frente con actitud amenazadora y frunce todavía más el ceño—. ¿Quieres que te maten o qué?

—Que me maten no, que me vean. —Como me pone nerviosa que esté tan cerca, le tiendo la mano—. Hola, James. Soy…

—Jimmy para los amigos —interrumpe el barman.

Me paro a pensarlo un momento. ¿Quiero ser su amiga? No. ¿Quiero ser su socia? Puede.

—Con «James» vale —digo.

El temerario se limita a mirarme con los ojos entornados.

—Acabo y estoy contigo —me susurra James.

Me sonríe con picardía, asiente como para tranquilizarme y se vuelve hacia el otro hombre. Me deja boquiabierta.

No estoy acostumbrada a que me ignoren. Y menos todavía un capullo buenorro que se jugaría la vida por quinientos míseros dólares.

Pataleo y me cruzo de brazos.

—¡No! O hablas conmigo ahora o me voy. —Me enderezo y añado—: Tengo una oferta muy jugosa para ti.

No sé si esto último lo digo para mí o para James, pero como soy yo quien tiene la palabra, quiero justificar la necesidad de que este hombre me haga caso.

Madre mía, voy a hacerlo. ¿Me habré vuelto loca?

Sí, loca de remate.

Una parte de mí quiere que diga que no y que se ría en mi cara. Así podría irme a casa a lamerme las heridas. Y mañana me levantaría y me reiría de lo desesperada que estaba que hasta intenté sobornar a un guapito de cara que no conoce ni Dios y que seguramente ni siquiera sabe qué son unos gemelos para que fuera la imagen de Banks LTD. Y luego me pondría manos a la obra y trataría de encontrar una solución realista para mi problema.

Pero eso no es lo que pasa.

James se gira y me mira arqueando una ceja. Se ríe. Se lame la sangre de la comisura de la boca y el movimiento hace que mi mirada vaya directa hacia ahí. De repente, fantaseo con hacerlo con él. Mis labios sobre los suyos, bajo los suyos, todo mi cuerpo sintiendo la fuerza del suyo…

Trago saliva y destierro esos pensamientos, sorprendida por el mero hecho de haberlos tenido. Esta no es la Elizabeth que conozco. Ni siquiera me creo que este tío me mire así, con esas cejas superfruncidas y superoscuras, esas pestañas negras a más no poder, y esos ojos brillantes y azules que me atraviesan como si no hubiera nadie más en el bar.

¿Se sentirá tan atraído por mí como yo por él?

Me da miedo averiguarlo.

Esboza una sonrisa mientras pone cara de loco, como si fuese a hacerme alguna jugarreta aquí mismo, delante de todo el mundo. Los pezones se me endurecen todavía más, como si quisieran recordarme que no me opondría ni un poquito.

Carraspeo y me aliso la camisa con manos temblorosas. En realidad, solo quiero asegurarme de que aún la llevo puesta.

—Me llamo Elizabeth.

No menciono mi apellido.

James observa mis facciones con tanta intensidad que me pongo roja.

—Como ves, Elizabeth, tengo asuntos pendientes…

—Pues yo… tengo otro asunto que proponerte —insisto para no perder su atención—. Creo que te resultará mucho más interesante.

—Ah, ¿sí? Pues venga, dime.

Me pregunto si estaré demasiado borracha para pensar con claridad. Le indico con un gesto que vayamos a la barra. Soy plenamente consciente de que tengo su cuerpazo detrás. Reparo en que el camarero nos mira con cara de pasárselo pipa. Me sirve otro tequila y me lo bebo de un trago. Jadeo cuando la quemazón me llega al estómago. Me vuelvo hacia el youtuber temerario.

James Rowan —o Jimmy— me observa con chulería. Me ha mirado el culo nada más girarme. ¿Cómo he caído tan bajo? ¿Por qué me sigue alterando tenerlo cerca? Frunzo los labios en un intento por tranquilizarme. No puedo creer que esté buscando al rostro de nuestra nueva colección en un bar de mala muerte y en un temerario barbudo apodado Jimmy.

Pero estoy desesperada y no me gusta esa sensación.

Observo sus hombros anchos. Su pelo oscuro y rebelde. Levanta la cabeza como si sintiera mi escrutinio y atrapo su mirada. Parece listo. No se habrá graduado en Harvard, pero con un poco de preparación… Bueno, vale, con un montón de preparación, quizá podría funcionar. De pronto, noto otro retortijón de lo más molesto.

Seguro que aceptará.

Me lo llevo a casa.

Le doy cien dólares de propina al barman.

—Gracias.

—¡Hala! De nada. ¡Vuelva cuando quiera!

—Venga, vamos —lo apremio.

James frunce el ceño y mira a Luke con desconcierto, pero me sigue.

Jimmy

Antes que nada, no había planeado esto. Estaba de camino a mi despacho cuando me topé con Denny y compañía. Me entraron ganas de arrancarle las extremidades de una en una. Pero no he podido hacer ninguna de las dos cosas porque aquí mi amiga Hillary Clinton tenía una propuesta para mí.

Pues vale.

Sigo a cuadros. Y me imagino la propuesta que tendrá en mente. No es la primera vez que una chica elegante y de alta cuna entra en el bar de Tim y se cree que yo o mi amigo Luke somos una especie de Magic Mike personal.

Me gusta follar como al que más, pero uno tiene su orgullo y siempre rechazo a ese tipo de tías. Entonces ¿por qué no he mandado a esta y su traje a paseo?

Me fijo en su perfil mientras hace algo con su móvil. Supongo que estará pidiendo un taxi. Le tiembla la mano. Es diminuta, por lo menos le saco cabeza y media. Pelo oscuro a la altura de los hombros. Piel de porcelana. Se parece a las típicas muñecas que la gente guarda en las vitrinas. Se mira pero no se toca.

¿Y por qué coño mis manos se mueren por tocarla de arriba abajo? Cuanto más la observo, más tiembla. Es como si notara que la estoy mirando. Sonrío para mis adentros. Me gusta ponerla nerviosa.

Una parte de mí quiere ponerla todavía más nerviosa, pero la otra solo quiere pasar a la parte en que nos quitamos la ropa.

Apuesto a que eso es lo que quiere. Y yo nunca apuesto a la ligera.

—¿Te has perdido cuando volvías de… —Entorno los ojos mientras me decido en silencio—… tomar el té?

—¿Tomar el té? ¿En serio? —Me mira sorprendida—. ¿Y tú qué sabes si vivo calle abajo?

Diría que le ha molestado que le haya insinuado que no pega aquí ni con cola.

Me río.

—No creo. Lo sabría.

—¿Porque conoces a todos los que viven aquí?

Me estudia. Diría que me está haciendo ojitos.

—A las guapas sí.

—Seguro que te sabes hasta sus apellidos.

—Hasta sus motes —digo. Frunzo los labios y le guiño un ojo—. Que pueden cambiar entre que nos ponemos con los preliminares, le damos al tema y hablamos luego.

Se enfada un poco. Me pregunto si será tan mimada como rica. La miro y me planteo si será una dama en la cama o una guarra. Alza un poco más la barbilla.

—Ya viene el coche —dice mientras se alisa el traje con delicadeza.

—Tengo toda la noche —digo alargando las palabras, y me cruzo de brazos.

—Yo también —dice ella como si nada.

—Justo lo que me gusta oír. —Le dedico una sonrisa torcida—. Me gustan las mujeres pacientes. Significa que no me meterán prisa cuando me ponga manos a la obra.

Se ríe con sorna.

—Uy, sí, ¿por qué iba a tener yo prisa estando aquí plantada —¿dónde estamos, por cierto?— con un hombre al que no he visto en mi vida frente a un bar del que no había oído hablar nunca?

Me río y le toco el collar de perlas. El gesto la deja sin aire. Lo suelto.

—Nadie te ha obligado. Y si no, dime dónde están los que te han obligado y me encargaré de ellos. Pero diría que has entrado en el bar por iniciativa propia. No te han traído a rastras. Y el desconocido que se va contigo soy yo. —Le acaricio el labio inferior con el pulgar y la observo—. Porque me has obligado. ¿Por qué lo has hecho? Sigo esperando a que me lo digas.

Traga saliva, deja de mirarme los bíceps y se muerde el labio inferior.

—Mientras esperamos, te voy a hacer algunas preguntas.

—¿Como cuáles?

—Como por qué saltas de aviones por un puñado de dólares.

—¿Un puñado de dólares? Querida, quinientos dólares no son moco de pavo. Supongo que para alguien de tu estatus un cero más un cero menos no supone ninguna diferencia, pero para la mayoría de mortales quinientos es bastante. —Señalo su zapato con la barbilla—. Apuesto a que solo uno de esos ya vale más de quinientos pavos.

Parece que se esté acogiendo a la quinta enmienda en silencio.

Se muerde el labio otra vez.

Maldita sea, ¿por qué tengo tantas ganas de ser yo quien se lo muerda?

Me paso una mano por la nuca y le cuento algo de lo que no suelo hablar con desconocidos. Pero no me culparéis por intentar impresionar a la chica. ¿La habéis visto? Está como un tren. Y tengo tantas ganas de tirármela como antes de machacar a esos dos tíos.

—He conseguido algunos anunciantes para mi canal, pero no logro que me paguen más, así que tengo que llamar la atención. Visualizaciones y suscriptores. En cuanto mis cifras aumenten, ellos aumentarán la pasta.

Me observa con gran interés, como si en ningún momento se le hubiese pasado por la cabeza que podría haber un cerebro bajo este montón de músculo.

—Y bien, ¿vas a darme más dinero tú? —le pregunto.

No estoy seguro de que quiera acostarse conmigo. Si fuera así, no le cobraría ni un centavo. Pero tengo curiosidad por saber qué querrá de mí y si será un polvo o una propuesta de negocios, de esos que se hacen de puertas adentro y en los que hay contratos y mucho dinero de por medio.

Me pregunto si verá mi canal a menudo. Si habrá venido a buscarme porque sabe que nadie tiene los cojones de Jimmy Rowan.

Elizabeth asiente y, como si pensara tan mal como yo, se le ponen las mejillas de un rojo precioso.

—Eso seguro. Si aceptas mis condiciones.

Un coche se detiene frente a nosotros. El conductor se baja del vehículo.

—¿Señorita Banks?

—Esa soy yo. Bueno, los dos —dice mientras me indica con un gesto que suba al Lexus negro y trata de disimular que se ha ruborizado.

Se me pone dura solo con pensar que la tendré toda para mí en el asiento de atrás.

Justo en ese momento, me doy cuenta de que sé perfectamente quién es este sueño húmedo de mujer. Pero ¿acaso me va a detener eso? Para nada.

Una mujer con una misión

Lizzy

«Se te ha ido la olla, Elizabeth. Con la de veces que el psiquiatra te ha dicho que te puede el estrés, y tú vas y haces esto».

En vez de seguir discutiendo conmigo misma, me vuelvo hacia el tío que tengo al lado. Parece contento y a la vez enfadado de que lo haya traído aquí. Pero también percibo su curiosidad.

Bien. Me vale con eso.

Pero ¿y si no es tan bueno como insinuaba el barman? ¿Y si Luke no tiene ojo para la gente?

Mientras le doy vueltas al tema, James avanza al fin, abre la puerta trasera del coche y…

Se mete dentro y se mueve para dejarme sitio.

Hum.

Lo miro altanera y orgullosa mientras me siento a su lado y me estiro para cerrar la puerta. Una vez cerrada, digo:

—No se te da muy bien lo de ser un caballero, ¿no?

Sonríe con picardía y me dedica una mirada sensual que me da a entender que se le han ocurrido un montón de ideas para los veinte minutos que dura el trayecto.

—¿Cuándo te has dado cuenta, después del primer puñetazo o del segundo? Si buscabas un caballero, te has equivocado de sitio.

Me envaro cuando veo que me mira fijamente, busco el gel desinfectante en el bolso y me froto las manos con él.

—¿Quieres un poco? —le ofrezco cordialmente.

—De eso no.

Su voz grave, aquí encerrados, me hace dar un respingo.

Al parecer, el chófer se ha creído con derecho a mirar. Mueve el retrovisor para vernos hasta que lo fulmino con la mirada y vuelve a ponerlo bien.

¡Será pervertido!

Mientras me esfuerzo por relajarme y respirar, le doy mi dirección y me concentro en mi idea. Mi locura, mejor dicho: si no puedo encontrar al hombre perfecto, lo crearé.

Cuando el chico con barba y ojos azules me devuelve la mirada, no puedo evitar sonreírle.

—Tendrías que haber dicho a lo que ibas desde el principio.

La voz del temerario suena extrañamente ronca mientras estira el brazo detrás del asiento, me mira la boca y me acaricia la nuca con sus enormes dedos.

Me acerca un poco más a él. Entro en pánico y le paro los pies.

—Eh, eh… Un momento. No es eso. Quiero proponerte un trato. Pero para hablar de negocios, primero habrá que limpiarte.

Me mira confundido y vuelve a contemplarme los labios con una avidez mal disimulada. Me los humedezco. Una vez. Dos.

—¿No quieres que lo hagamos? Yo diría que te molo bastante.

Mira fijamente mis pezones. Me van a agujerear la camisa.

—Yo… Eh… —Intento cubrirme el pecho y, cuando oigo una risita suave, miro hacia arriba—. ¿Podrías dejar de mirarme el pecho?