Palabras Vacías - Juan Pavón - E-Book

Palabras Vacías E-Book

Juan Pavón

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Beschreibung

Kainor, un antiguo vagabundo, se encuentra al frente de
una librería tras la marcha de la mujer que le enseñó el
valor de las palabras.
Viejas deudas llaman a su puerta.
Su sangre se evapora al contacto con el aire.
Secretos del mundo se esconden tras paredes de agua.

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Veröffentlichungsjahr: 2024

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Dedicatoria

A todos los que me dieron un empujón. Es gracias a ellos que hoy puedo caminar solo.

Los reyes nos temen. Por eso nos engañan, nos atraen a sus cárceles disfrazadas de castillos haciéndonos creer que somos enviados de Dios. ¡Cobardes! No piensan en las cosas que podríamos hacer juntos, en la bendición que portamos.

Solo nos quieren por el valor de nuestra sangre.

Pero todo eso va a cambiar. Yo me encargaré de ello.

Gritos de desesperación

Llevar la cabeza bien alta. Eso es lo único que puedes hacer cuando vas de camino al final de tu libertad.

Lacistiver erguía la espalda más de lo habitual. Le habían ofrecido asiento en el camarote, pero lo había rechazado. Quería demostrarse a sí misma que no tenía miedo, que estaba orgullosa de todo lo que había dejado atrás y no necesitaba volver para saber que todo estaría bien.

Vítores y gritos de júbilo llegaban desde todas partes. “El honor de servir a dios”, así lo llamaban todos. Pero Lacis sabía la verdad. La querían por su sangre, todo lo demás les daba igual, empezando por ella misma.

Una aguda campana replicó y todo quedó en silencio. Tan solo se oía el caer del agua.

Empezaron las oraciones. Miles de voces se unían en lo que parecía ser una súplica lenta y grave.

—Rezan por ver vuestros rostros —dijo un remero.

Lacistiver no se lo pensó dos veces, aquella podía ser su última oportunidad de saborear el aire fresco, no podía dejarla escapar. Abrió la puerta del camarote y avanzó hasta la punta de la proa. Todos los ciudadanos de Círit estaban allí. Inclinados sobre las aguas, mostrando sus palmas desnudas. La oración cambió. Las voces se volvieron alegres, llenas de júbilo y gratitud.

Por ella.

Cerró los ojos y se dejó llevar por aquella emoción, era una de las últimas cosas que viviría antes de estar atada a una pared.

De haber mirado le hubiese llamado la atención una persona, la única que no estaba postrada ante él ni rezándole.

Era mucho más importante que un rey. Estaban venerando a un paladín de El Eterno. Una enviada de Dios que traería prosperidad al país.

-A costa de mi vida.

Un enorme chorro de agua la mojó por completo cuando el barco atravesó la cascada. Las oraciones se apagaron lentamente.

Al abrir los ojos, Lacis tuvo que contener su asombro ante lo que iba a ser su cárcel. Solo con ver el exterior podrías pensar que los que vivieran dentro serían enviados del mismísimo Eterno. -Eso es lo que reyes y nobles quieren que creas.

Los murostapaban por completo la entrada de la cueva. Construidos uno a uno por rectángulos de leche cuidadosamente esculpidos con intrincados patrones, círculos rojos de todo tipo de tamaños se unían para crear delicados mosaicos incrustados en los ladrillos blancos. Lacis apenas era capaz de separar la mirada de lo que serían sus enemigos el resto de su vida. Su belleza parecía susurrarle al oído que entrara, que guardaban incontables riquezas y honores tras ellos. Pero no era así, una vez dentro, Lacistiver nunca saldría.

Mantener en pie una obra tan inmensa costaría miles de millones de gotas carmesí cada medio ciclo. No importaba. Las propias gotas salían del castillo que los muros protegían.

Al otro lado de la cascada, la multitud aplaudió cuando las trompetas de los soldados anunciaron la apertura del portón. Era lo suficientemente grande como para que cogierandos botes en paralelo y estaba hecho de alguna sustancia tan negra como el azabache. Las bisagras, los pomos y los bordes eran de oro puro. Encima, grabado con letras rojas ponía: Castillo de Círit, El motor del país. Al abrirse provocaron una ola que zarandeó el barco.

A su espalda oyó cómo uno de sus compañeros gritaba de alegría.

–¡Alabada sea mi suerte!

No se dignó a girar la cabeza para mirarlo. -Dentro de unas horas su expresión será la opuesta.

Las puertas se abrieron con un chirrido y los guardias empezaron a dar paso a “los héroes del pueblo”.

Lacis sabía que lo que se acababa de abrir era la entrada al infierno. Pero no le importaba. Estaba preparada. Había tenido todo un ciclo para prepararse. Todo por lo que había luchado en la vida, su librería, estaba en buenas manos. Jamás se hubiera esperado ser capaz de dar todo cuanto tenía, y mucho menos a aquel niñato maloliente que encontró en la calle.

Había sido la mejor decisión de su vida.

¿Cómo estará mi pequeño fénix?

Aspiró sus últimos segundos de libertad antes de que el barco traspasara el umbral de la puerta. Al otro lado, toda la majestuosidad se había desvanecido. Lacis bajó del barco caminando lentamente, muy recta. Pisaba tierra árida, llena de helechos secos por todas partes que crujían a cada paso que daba. Estaba oscuro, tan solo unos tenues rayos de luz conseguían llegar hasta allí. Se escuchaban gritos lejanos, lamentos, susurros de locura. Todos ellos provenientes del edificio a donde se dirigían. La entrada era una verja de metal verde, custodiada por dos soldados y… Mi padre.

No pudo contener su sorpresa. Las arrugas de su cara, a menudo inexpresivas, se movieron formando todo un sistema montañoso. Sus músculos se tensaron y contuvo el aire, incapaz de relajarse ni un poco.

Dando unos pasos más llegó a su altura, justo enfrente de la verja de metal. Desde ahí se escuchaban con claridad los lamentos y súplicas de los presos. La mayoría de ellos apenas tenían significado, parecían una manera de ahogar las penas del día a día.

Romur Heldemhorn se acariciaba las manos, inquieto ante la fría mirada de su hija.

—¡Lacis! Mi pequeña ¿Dónde has estado todo este tiempo? —su voz se había vuelto ronca con el paso de los años.

Solo le quedaban algunos pelos blancos alrededor de la cabeza. Estaba muy viejo, pero mantenía la codiciosa mirada de siempre.

Al ver que Lacis no contestaba miró hacia abajo, dejó pasar unos segundos y prosiguió.

—Te perdono por habernos abandonado. El Eterno acabará poniendo en su sitio a esas ratas de biblioteca que te apartaron de nuestro lado. Estoy aquí para llevarte conmigo. La familia debe apoyarse.

Lacistiver parpadeó, incapaz de dar crédito a lo que estaba oyendo. Habían pasado tantos días desde la última vez que lo vio que había perdido la cuenta, pero no había cambiado nada. La palabrería barata y las promesas falsas seguían siendo su arma.

—Tu apellido te ha salvado. Seguro que piensas que vas a servir a El Eterno, pero no es así. No eres una enviada divina que ha llegado para hacernos la vida más fácil a todos. Eres una cuajadora. Solo te quieren por tu sangre. Lo que le hacen a los que son como tú ahí dentro…

—Lo sé —lo interrumpió Lacis. Su voz sonó firme, autoritaria. Lo miró a los ojos, atreviéndose a desafiarlo a la cara por primera vez.

Romur dejó escapar un suspiro de alivio y dibujó en su rostro una enorme sonrisa. Se dirigió hacia el caballero que custodiaba la puerta.

—Transmítele a su majestad, el rey Torul, que acepto las condiciones de su oferta, así como pagar la comisión acordada y…

Lacis inspiró hondo. Otra prueba más de la vida, otro obstáculo que superar. El Eterno siempre había sido muy caprichoso con ella. Sería otra persona si su vida hubiese sido más fácil. “Estoy orgullosa de ser quien soy.”

Hasta su último día en libertad tenía que luchar por sus valores.

Hinchó los pulmones y gritó.

—Me diste la espalda cuando viste que yo no era lo que tú querías. Nunca me cuidaste y aun así quisiste aprovecharte de mí. Ahora que mi sangre vale más que todas tus tierras, vienes arrastrándote, perdonándome por algo de lo que no me arrepiento. –Sonrió. —Mi familia está a salvo. Nunca fuiste tú.

Le dio la espalda a su propio padre y caminó hacia los gritos de desesperación.

La persona con dinero siempre va primero

 

Kainor abrió lentamente los ojos. Estaba en su cama. La cama de Lacis. Bien calentito gracias al grueso edredón y a Garritas. El gran gato dormía justo a su izquierda, con la espalda encorvada y dos patas hacia arriba, no sabía cómo era posible estar cómodo en esa postura, pero el felino ronroneaba, a gusto. Kainor le acarició un poco la panza, fue correspondido con un ligero ronroneo. No olía mal, lo cual era extraño teniendo en cuenta los sitios en los que buscaba comida, pero normal, dado que pasaba todas las horas del día lamiéndose.

Sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la cama, dormía Chip, el pequeño tenía la boca tan abierta que parecía que estuviera bostezando. De vez en cuando lanzaba un par de sonidos nasales que se podían hacer pasar por ronquidos.

Kainor sonrió, aquellos dos no estaban allí cuando se había ido a la cama la noche anterior, pero siempre despertaba a su lado. Ver a sus únicos amigos al levantarse siempre lo animaba. Las heridas de la marcha de Lacis habían empezado a cicatrizar, pero aún dolían horrores. Algunos días eran mejores que otros, encontrarse con un cliente habitual, hacer buena caja, leer una historia interesante, salir a corretear por ahí con Chip y Garritas… Todo ayudaba a su estado de ánimo, sin embargo, otras veces, sentía un fuerte dolor en el pecho con solo abrir los ojos por la mañana. Por suerte, ese día no era uno de esos.

Abandonó con cautela el calor de las sábanas. Se arrastró por la cama para esquivar a Garritas, no quería despertar al gato montés. Tanto él como Chip llevaban una vida muy dura, no necesitaban volverla peor madrugando.

La calle era un lugar que te rompía, no solo físicamente, sino también por dentro. Bien lo sabré yo. Pero, por mucho que Kainor se había empeñado en acoger a Chip el chiquitín, este no le había dejado.

—Salvaste mi vida una vez. Lo hiciste para que me volviera fuerte, no para depender de ti. —le decía el pequeño cada vez que Kainor mencionaba el tema.

Chip se negaba a recibir cualquier tipo de ayuda, ya fuera comida, ropa o dinero. Al menos había aceptado dormir en la librería. Aunque daba la sensación de que lo había hecho más por Kainor que por él mismo. Ni siquiera había tocado la cama ni una sola noche, prefería el suelo, como si se sintiera más cómodo, más cerca de su hogar, las calles.

Quedaba poco del niño indefenso que Kainor había encontrado escondido en una estatua de la ciudad.

Luego estaba Garritas, Kainor no tenía ni idea de dónde había salido el enorme felino pardo. Chip apareció un día en la librería con él y desde entonces se habían vuelto como uña y carne.

No pudo evitar sonreír al verlos a los dos durmiendo. Era el único apoyo que le quedaba en la vida. La medicina con la que poco a poco se estaban curando las heridas causadas por la marcha de Lacis. Los primeros días fueron los más difíciles. De la noche a la mañana se quedó sin su mayor apoyo, sin su mentora, sin la persona que le dio la oportunidad de salir de la calle, de ser alguien.

Tuvo que encargarse de la librería él solo. Al principio se vio abrumado por la cantidad de tareas que tenía que desempeñar y su estado de ánimo no ayudaba. Pero Lacis le había dejado su posesión más valiosa, el oficio que había cuidado con tanto mimo durante años. Todavía quedaban libros copiados de su puño y letra. Todos ellos denotaban un esmero inigualable. No podía fallarle.

La lucha contra sus demonios internos no fue fácil, la herida que dejó la marcha de Lacis fue muy profunda.

—Ahora está en un lugar mejor. Es una cuajadora, una envidada del mismísimo Eterno. Está cumpliendo con su cometido. Gracias a ella el pueblo goza de gotas carmesí —así era como todo el mundo consolaba a Kainor. Pero él no quería que fuese una paladín, le daba igual, él solo la quería a su lado.

Había días en los que se desmoronaba mientras escribía cualquier manuscrito. Que empapaba las hojas con sus lágrimas y se veía obligado a empezar de nuevo. Que no tenía fuerzas ni para levantarse de la cama. Pero todo eso ya había quedado atrás. Más o menos. Llevaba varios días consecutivos abriendo las horas correctas. Trabajando a buen ritmo, incluso sonriendo a los clientes.

Bajó con cuidado la escalera de mano, aún estaba un poco somnoliento y no quería añadir otra cicatriz a su cuerpo. La vida en la calle ya le había dejado bastantes.

Kainor inspiró profundamente. Olía a papel, a tinta, a libros viejos y a cuero nuevo. Había desarrollado un cariño enorme por ese olor, le inspiraba tranquilidad, felicidad y un lugar donde estar seguro. Nunca me cansaré de esta sensación de hogar.

La librería no era muy diferente a un pasillo, lo suficientemente ancho como para que dos personas en paralelo pudieran moverse con soltura. No había un solo hueco de pared al descubierto, todas se escondían, tímidas, tras montones y montones de libros. La madera de las estanterías demostraba la vejez de estas, estaban repletas de arañazos, lo cual no hacía más que añadirle un toque agradable a toda la estancia.

Una triste sonrisa se dibujó en la cara de Kainor al recordar a su maestra.

“A más vieja la librería, más conocimientos guarda” le recordaba Lacis cada vez que Kainor insistía en darle un lavado de aspecto al negocio.

Introdujo la llave en la cerradura de la puerta y la abrió con un leve chirrido. Se quedó mirando el cartel que colgaba tras el cristal, el mismo que no entendía en su primera visita, el día que robó “El caballo volador”, un libro escrito y dibujado por el puño de Lacis. Giró el trozo de cartón, dejando ver al otro lado la palabra “abierto”.

Kainor se dio la vuelta para atravesar toda la estancia. Era al final donde se encontraba la mesa donde cobraba a los clientes. Un mueble simple, con tan solo dos cajones, uno para la tinta y otro para el papel y el cuero. Barnizado a la perfección, importante si querías pasar muchas horas copiando manuscritos. Coronado con una pluma que se alzaba imponente sobre su soporte, su color rojo atraía la atención de todo el que la mirara y sus círculos amarillos enamoraban a todo aquel que tuviera un mínimo de aprecio por la literatura. Había sido, durante muchos años, el arma de Lacis, pero ahora era de Kainor. Como todo su legado.