Pantanal - Patricia Isabel Rodriguez - E-Book

Pantanal E-Book

Patricia Isabel Rodriguez

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Beschreibung

En un viaje al corazón del humedal más grande del mundo, el Pantanal, se conocen Vicente, un biólogo de Puerto Varas que deja atrás Chile para realizar su soñada tesis, Lorenzo, un periodista y fotógrafo argentino que busca distracción antes de continuar su carrera, Sofía, una médica argentina cargada de desarraigo y sensibilidad intentando encontrarse a sí misma luego de la más dolorosa pérdida, y su colega Juan, un brasileño impregnado de historias de favela. Tras años de seguir caminos distintos, vuelven a contactarse para rescatar a una joven musulmana. Y casi sin proponérselo, van conformando una cadena de ayuda para personas con derechos vulnerados, a la que ellos denominan "Pantanal". Todos participan, menos Lorenzo, que inmerso en un laberinto de poder y corrupción abandona sus ideales. Empoderados y con poca experiencia, dan con una peligrosa red de trata que pone en jaque sus vidas. En una trama que conjuga paisajes, diversidad cultural, supersticiones, magia, romances, con desencuentros, sospechas, traiciones, ecocidio y muerte, se resaltan los vínculos humanos como únicos y el atravesamiento que en ellos tienen los espacios naturales dándoles sentido de pertenencia. Pantanal une en un mismo grito la lucha de algunas minorías con la de los ecosistemas hoy amenazados.

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Seitenzahl: 203

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Rodríguez, Patricia Isabel

Pantanal / Patricia Isabel Rodríguez. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2022.

212 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-817-737-3

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2022. Rodríguez, Patricia Isabel

© 2022. Tinta Libre Ediciones

Agradezco a José y a nuestros hijos, Matías, Evangelina, Guillermina y Malena. A mis hermanas Cristina y Gaby. A mis madres. A mis amigas Viviana, Ana y Jesi. A Geor, la mirada objetiva. A cada emoción que me moviliza y a las sillas invisibles.

Dedicada a todos los humedales de este planeta, y a ella, mi abuela Lucía.

Pantanal

Capítulo 1

Lorenzo

Un nuevo apagón adelantaba la noche. Llevaba horas frente a la pantalla intentando avanzar en aquel informe. Un estudio minucioso que debía describir cada detalle de los humedales que convertían ese lugar en un paraíso, ahora en peligro. La mente dispersa. Adormecida su capacidad de concentración. Cansancio. Un calor húmedo agobiante estaba siendo interrumpido por fuertes ráfagas de viento que adentraba las cortinas de manera insurgente, desordenando todo sobre el escritorio. La tormenta inminente apuraba su regreso a casa. Cerró muy rápidamente la ventana de su oficina, decidido a olvidar el asunto hasta el día siguiente. Al salir, saludó a Vera, la joven secretaria que también estaba dispuesta a dar fin a la jornada, pero alguien la había detenido.

—Te buscan —dijo ella, con gesto de no saber de qué se trataba, y abandonando el lugar con prisa.

Una voz gruesa entonces abrió camino a una sombra que se acercaba.

—Buenas tardes, señor… ¿Lorenzo Sadif?

Él asintió con la cabeza, sin ánimos de regresar a su oficina ni demorarse un instante más.

—Es solo un momento —insistió—. Debo darle este presente. Solo quería asegurarme de que usted lo recibiera en mano. —Y entregándole un paquete, se retiró velozmente, sin dejar posibilidad de continuar la conversación.

Lorenzo no tardó un minuto en acelerar el paso y bajar las escaleras apoyando casi apenas las puntas de los pies. Notó al salir del edificio cómo el aire denso se convertía en una intensa lluvia que lo obligó a correr para resguardarse dentro de su camioneta. Llevaba el paquete en la mano y una mochila con la cámara de fotos que ya formaba parte de su cuerpo. Respiró profundo y decidió esperar que el ritmo de sus latidos enlentezca nuevamente antes de encender el motor. Estaba bastante mojado y agitado. Secó sus lentes y su cara con un pañuelo de papel y ordenó con movimientos toscos sus cabellos grises, que daban paso por detrás a una incipiente calvicie. Observó el paquete. ¿Sería una serie más de imágenes de sus alumnos del curso de fotografía? ¿O quizás algún presente del club de cata de vinos, donde solía reunirse con amigos cada viernes por la noche, permitiéndose bromear y participar de conversaciones y comentarios machistas que en otros espacios condenaría? Pero algo parecía inusual esta vez. Creyó conveniente abrirlo antes de llegar a casa, donde Elena estaría atenta a cada detalle.

Lo fue desenvolviendo con movimientos suaves, como una filmación en cámara lenta y con la sensación de estar dentro de una película de suspenso. De a poco su respiración volvía a la normalidad y recuperaba el aliento. Era una caja de cartón muy simple, sin ningún tipo de decoración. Adentro había tres cosas: auriculares inalámbricos, un neceser confeccionado con una combinación perfecta de un cuero costoso y un lienzo muy rústico color natural, del que sobresalían sus iniciales bordadas a mano, y un anillo. Acompañaba una nota manuscrita, con una letra que no reconocía:

Son momentos, no cosas… sino momentos mi verdadero regalo.

Auriculares. Necesitaba caminar. El pecho me oprimía y la garganta dolía en cada intento. Tu ausencia me pesaba. Me costaba avanzar. Te imaginé andando por esos senderos de sol y vida. Tus ojos, la laguna. Quizás con ellos en tus oídos podría llegar a ese lugar.

El anillo. Una tarde de carcajadas y tragos. Toda la felicidad vestía de colores ese día, y la playa ruidosa de gente anticipaba una noche de fiesta y brillos. Compras con amigos. Calles repletas. Me detuve cuando lo vi. Lo imaginé en tu mano. No pude hacer otra cosa que entrar por él. Alguien vio que por el tamaño no sería para mí e insinuó una broma. Una sonrisa en mi cara y nadie más se atrevió a opinar.

El neceser. Fue en esa ventana mía que deja pasar la magia del cielo cuando enrojece, el sonido de pájaros y la montaña donde bordé tus iniciales. Así de cursi, así de hermoso.

Tres lugares distantes. Tres lugares distintos. Tres momentos de mi vida… Continualos en la tuya.

Eso era todo. No había firma. Leyó una y otra vez la nota tratando de buscar señales, alguna pista que aclarara su desconcierto. Repasó posibilidades. Había un deseo totalmente velado que pedía a gritos tomar vida. Pero él no pudo sentirlo.

Siguió camino confundido, hasta llegar a su ostentosa casa de barrio privado, que desentonaba con la realidad del lugar. En el frente, un enorme jardín con fuentes y esculturas. Dos pisos con enormes ventanales y balcones dispuestos de una manera que daban a la propiedad una asimetría y un toque de majestuosidad particular. En uno de ellos, la piscina se insinuaba hasta el borde. Era el lugar favorito de Elena, donde solía esperarlo en las tardes. Dejó el paquete en la camioneta, no tenía idea de su significado y mucho menos de cómo explicarlo. Prefirió saltear esa parte.

Su mente, que había decidido tomar descanso al salir del estudio, no podía evitar volver a ese misterioso regalo. Había, de repente, despertado algo en su interior que se encontraba oculto entre esos lujos adoptados sin proponérselo y le estaba suplicando libertad. Comenzó otra vez a extrañar su esencia. A necesitar desesperadamente resguardarse de ese entorno tan superfluo, al que ya pertenecía, aunque se negara a reconocerlo. Esa parte suya que se resistía como el lienzo en ese neceser entre medio de un cuero de tanta finura, el lado más sencillo con sus iniciales plasmadas, concediéndole individualidad y el verdadero valor.

—Increíble. La ciudad entera sin luz. Tuve que dejar ir a Elsa sin que haya siquiera organizado la cena —comentó Elena con tono quejoso—. Desesperada por irse estaba. Como si su casa fuera a desaparecer por dos horas más. Si tanto miedo le da inundarse, ¿por qué no se muda? La gente se queja, pero nada hace para cambiar.

—Podemos arreglarnos hoy —respondió él, dándole un suave masaje sobre los hombros y acariciando sus cabellos recientemente alisados y con reflejos dorados—. Aprovechemos para charlar y planificar las vacaciones. Pensaba algo tranquilo esta vez. Recorrer juntos el país. Tomar fotografías de lugares a donde iba en esos años de estudiante. Esteros del Iberá, Bañados de Guanacache. Vacaciones diferentes. Descansar de verdad. Se vienen meses intensos después. Obras públicas, reuniones, notas, informes. Otra campaña política más. Tu padre, tu tío, tu hermano… no van a dejarme un minuto en paz. Va a ser un infierno.

—¿Recorrer el país? ¿Bañados del qué? Claro, vos sacás fotos y a mí me comen los mosquitos. No, mi amor. París. Yo había pensado París. Las lagunitas las podemos recorrer en cualquier otro momento. Este año vayamos a Europa. Tengo ganas de galerías de verdad y después playa. Costa Azul… Niza, Cannes. Los Freuler fueron el año pasado, alquilaron un yate. La pasaron sensacional. Podemos hacer eso nosotros. Ahí podés tomar también unas fotos fabulosas.

Sin dudas, Francia era un plan tentador para cualquiera. Pero él no necesitaba eso. Deseaba volver a sentir esos lugares de juncos y río marrón. Los humedales. Impregnarse de ellos. Rebalsar de sensaciones y volcar cada detalle en su trabajo. Una organización de ecologistas preparaba un gran proyecto que tenía como principal objetivo la defensa de estos ecosistemas en Latinoamérica, denunciando y deteniendo muchas de las acciones que los ponían en riesgo. Vicente, un biólogo chileno, a quien llamaba su mejor amigo, era el responsable de la investigación. Llevaban años sin verse, pero el tiempo no había diluido su cercanía. Le había encargado personalmente obtener imágenes. Fotografías. Describir minuciosamente ese mundo lleno de energía y conexiones. Visibilizar ese tesoro esencial para la vida y que el ser humano no logra valorar. “El mundo sin humedales no será un mundo vivo”, le dijo aquel día en que se conocieron en Brasil. La biodiversidad, la seguridad del agua, la protección contra desastres naturales, los depósitos de carbono estaban en manos de un grupo de poder que priorizaba sus negocios de manera inescrupulosa.

Lorenzo conocía perfectamente la importancia del proyecto y de los humedales. Sabía bien que el desconocimiento de muchos y la avaricia de otros eran su gran amenaza. Y él amaba esos lugares. Los había sentido en carne propia. Sus aromas, sus sonidos, sus colores y superficies lo habían cautivado y ayudado a conocer su propia naturaleza, su sensibilidad y la intensidad del amor. Debía registrar esa belleza. Pero también debía mostrar la cara oscura, la mano del hombre que se encargaba de su destrucción. Y eso no podía saberlo Elena. Era su propia familia la que lideraba toda una trama de negocios inmobiliarios y tantas actividades ganaderas y agropecuarias, con zonas de deforestación y uso de plaguicidas y fertilizantes agrotóxicos, sin el mínimo reparo por su impacto en el medio ambiente, el cambio climático y la salud de la población. Generaciones de políticos con corrupción en la sangre. Incapaces de abandonar sus egos y ver más allá de sus beneficios económicos. Amigos de los jueces y dueños de casi todos los campos de la zona que mantenían el suntuoso estatus social en el que Elena había crecido. Ella portaba una visión muy sesgada del asunto y lucía una hermosa venda en los ojos cuando era conveniente. Creía compensarlo todo con actos de beneficencia que ella misma organizaba junto a otras mujeres de buena posición. Y eso la hacía sentir una generosa y solidaria mujer.

Él ya era parte de ese mundo. Desde su casamiento, muy joven, estaba ahí instalado y trabajaba para ellos. Años atrás había imaginado un futuro bastante diferente. Fotógrafo y, tras obtener el título de periodista en la capital, estaba decidido a dedicarse a la fotografía documental y cursar la licenciatura en Historia. Unos nueve meses que faltaban para el comienzo de esta fueron la oportunidad para realizar un soñado viaje de mochila por Brasil. Una aventura que abrió su mente y su corazón. Pero al regresar, una serie de eventos truncaron sus proyectos. En una fiesta de amigos conoció a Elena y quedó cautivo con su atractivo singular. Ella era estudiante de decoración de interiores de una universidad privada y vivía en un lujoso departamento, donde pasaron los siguientes días y las noches ciegos de enamoramiento. Un embarazo inesperado los sorprendió. Y fue él quien, asegurando que no era el momento oportuno para ocuparse de un bebé, la convenció de abortar. Elena no deseaba elegir ese camino, pero el miedo a enfrentar a su familia y la presión que sentía por alterar los planes de su novio la impulsaron a tomar la decisión. Una intervención que pareció sencilla al principio se complicó con una hemorragia y shock a las pocas horas, y Elena ingresó en grave estado al quirófano de la clínica, donde tuvieron que optar por extirparle el útero para salvar su vida. En profunda depresión, abandonó los estudios y le creció el deseo de regresar a su ciudad. La culpa torturaba a Lorenzo, que accedió a mudarse aceptando ese trabajo como asesor de su cuñado, candidato a intendente en ese momento. Pensó que su carrera podría esperar algún tiempo y Elena se recuperaría. Pero algo que creyó transitorio fue lentamente convirtiéndose en una especie de laberinto sin salida. Pasaron los años, y quedó involucrado en una maraña política que se convertiría en su vida cotidiana. Solo respiraba aire fresco en sus cursos de fotografía del instituto de artes y durante sus paseos de laguna y cielo azul.

—Quizás sea buena idea que esta vez vayas con tu hermana. Desde que se separó no se subió más a un avión, ¿no? Y yo realmente me encuentro agotado, no quiero un viaje tan largo. Tres semanas y volvemos a la normalidad —le propuso ansioso de que ella aceptara.

—No estaría mal y, pensándolo un poco, nos daría la chance de revivir momentos de cuando éramos chiquitas. Las horas aburridas de museos, donde jugábamos imaginando una rayuela. Ella podría dejar atrás toda esa angustia que tiene encima. Se lo voy a proponer. Me copa la idea. Si no te molesta…

—Para nada. Y creo que la van a pasar muy bien. Aprovechá. Aprovechen.

La posibilidad de recorrer solo el país empezaba a transformarse en obsesión para él. Temía que algún imprevisto hiciera cambiar de opinión a su esposa. Quería concentrarse en el informe. Entregarse y darlo todo. Se lo debía a Vicente, y a sí mismo.

Capítulo 2

Sofía

Paisaje nuevo. Uno más. Así fue su vida de pequeña, mudarse cada dos veranos. Comenzar cada vez. Y de cada lugar llevaba algo adentro.

Santa Cruz, bien al sur, para ella estuvo bien. Un paraje seco y agreste con tierra suspendida en el aire y en sus labios. El viento presente como un dios.

Inviernos de fríos extremos acechando, con días muy cortos. Pero a ella levantarse sin sol no le molestaba. Era feliz. Patinaba temprano sola, en zapatillas y sin abrigo, sobre el hielo que cubría las calles, danzando ensimismada como si en su mente realmente creyera estar en otro lugar. Pocos eran sus momentos tranquila. Incipiente adolescencia en que no estaba un minuto quieta. Incapaz de ver una película hasta el final. Todo parecía interesarle y en instantes todo parecía aburrirle. Pasaba largos ratos en los que nadie sabía dónde estaba ni qué hacía. Particularmente sociable. Poseía una gran habilidad para relacionarse con aquellos que por alguna razón eran de desagrado para sus padres. Rocío, su amiga inseparable, tenía marcas en los brazos por autoagresión y numerosas internaciones por un trastorno de alimentación. Martín, un chico del barrio, era el encargado de conseguir alguna sustancia para adornar las reuniones que solían tener en el galpón de leñas del club del pueblo. Con ellos supo de la amistad y aprendió la mayor lealtad. Los conocía bien, podía sentir sus heridas y desangrarse con ellos. Una red de sucesos invisibles ensamblados, que solo revelaban entre sí, eran suficientes para defenderlos siempre. Una unión compacta, que solamente dejaba a un lado a veces para desaparecer fascinada por el campo. Aire frío, piedras, nubes, matas, liebres, choiques y guanacos eran su amparo. Sin reloj, disfrutaba esos momentos que la hacían revivir, desesperando a los demás.

—No es normal —repetía su mamá, a quien perseguía una permanente preocupación y necesidad de compararla con otras chicas de su edad—. No para, no escucha, no ve los límites. Algo en su cabeza no está bien.

Repetidos llamados de atención desde el colegio por conducta desafiante provocaban furia en su padre. Intentaron cambiarla con diferentes métodos. Largas charlas. Retos. Amenazas. Castigos. Nada nada había dado resultado. Entonces vino la resignación y llamaron “hiperactividad” a eso que más se parecía a la locura.

Alguien, sin embargo, la veía de una manera diferente. Su abuela Lucía, que le serviría de refugio aun cuando ya no estuviese en este mundo. Tenían especial conexión. Tan solo mirándola a los ojos, podía saber de ella un poco más. Una mujer serena, que mientras todos se alarmaban, la observaba tranquila, insinuando una sonrisa. Confiaba en Sofía y en su sensibilidad. Una muy intensa y diferente forma de sentir la vida. Eso la salvaría, como la había salvado a ella. Se adoraban. Se entendían sin hablar. Algo casi sobrenatural.

El siguiente destino la abarrotó de cambios. Unos kilómetros más arriba en el mapa, sin dejar Santa Cruz.

Las hormonas dispararon sin pausa y de repente se vio mujer. Lejos de traerle algo de calma, sintió haber aterrizado en un planeta que no era el suyo, lleno de acosos naturalizados y disfrazados de mil maneras. Un mundo que ella desconocía, donde la verdad era inventada y los privilegios, masculinos. Su forma de vestir y moverse, sus ratos de caminar sola, su reloj inexistente, se vieron condicionados por esa asimetría que empezaba a percatar. Detestaba correr más riesgos solo por haber nacido mujer. Y se indignaba al escuchar que su protección se la daría el mismo género que la amenazaba y ponía en permanente desventaja. Un sentimiento nuevo comenzaba a batallar con la realidad en su interior. Extrañaba horrores a Rocío y a Martín. Y sus paseos por el campo.

Empezó de a poco a ofrendar largos silencios al nuevo paisaje. A esa zona que debía su esplendor a los veranos. Estos traían un sol que parecía nunca querer irse, alargando los días y eso le encantó. El pueblo se vaciaba y, sobre la caleta, tomaba el poder el mar. Se imponía acariciando una playa sin testigos. El mismo mar que solía retroceder muchísimos metros para dejarse conocer y desnudar un piso de piedra negro de mejillones. Piletones donde podía meterse tolerando el frío. Estrellas, peces, caracoles. Un mundo distinto, otras formas de vida. Adoraba ese lugar. Dedicaba horas y horas a explorarlo. Tanta belleza se apoderaba de sus ojos y su piel, podía sentirla hasta los huesos. El cielo por encima se volvía infinito. Una sensación que no podía definir calaba cada vez más profundo y deseaba que nunca terminara. Cada día, cuando las olas volvían y la marea comenzaba a subir, se tornaba peligroso porque la envolvía y quedaba como en una isla. Hacia la orilla, todo era profundo en unos instantes y ya no podía apoyar sus pies. Ese mundo mágico de pronto parecía querer adueñarse de su vida. No sabía cómo, pero ella reconocía el momento exacto en que debía salir. Y confiaba tanto en esa percepción que no tenía miedo. Fusionaba libertad, asombro, intuición, coraje. Sin saberlo, estaba aprendiendo a amar.

Un día, al regresar, su madre la estaba esperando muy seria.

—Sofía, la abuela… —dijo, con voz entrecortada. No estaba segura de cómo podía reaccionar.

—Ya sé —contestó con tono seco y sin demostrar el mínimo sentimiento. Salió entonces de su casa y comenzó a correr una distancia que no pudo precisar, pero no fue lo suficientemente larga como para mitigar tanta pena.

La anciana no había despertado esa mañana. Sofía lo supo sin ver. Una breve despedida en la sala velatoria del lugar y la vida pareció seguir con normalidad. Pero no. Nada era igual. Y ella tampoco. Durante un tiempo, dejó caer sus lágrimas sobre las piedras de aquella playa, con su mirada fija en esa línea que une los celestes del cielo y el mar. Necesitaba a sus amigos más que nunca.

—Es hermoso. Yo no sé por qué no hay postales de este lugar —dijo de golpe un joven que apareció de la nada con voz relajada y se sentó a su lado, mirando también el mar. No hizo comentario alguno del llanto de Sofía, como si conociera la razón de este. Era un chico de facciones finas, ojos verdes, cabello castaño y desprolijo. Músculos marcados, sonrisa seductora, firmeza al hablar.

—Y vos ¿sos?

—Esteban. Me llamo Esteban. Acabo de mudarme. Pero no estaré mucho por acá. En dos años me voy a capital a estudiar Abogacía y después me espera la carrera de diplomático, sigo los pasos de mi viejo.

Hijo de padres divorciados, era un chico sencillo, criado principalmente por la madre y los abuelos en un pueblo sureño. Sus viajes al extranjero acompañando al padre le habían generado una especie de adicción. Deseaba ser como él.

Sofía creyó estar soñando. De repente todo se iluminaba. Le parecía ver a su abuela sonriendo allí mismo. Olvidó las lágrimas, y sus tardes se fueron llenando de la mejor compañía y de complicidad. Caminatas, charlas, juegos comenzaron a entremezclarse con caricias y besos infinitos. Y un proyecto en común: Capital.

Capítulo 3

Capital

Palidecían las hojas de aquel tilo que cada mañana las resguardaba de los rayos del sol. Sofía y Cata, con sus apenas 14 meses, pasaban largos ratos en la plaza. El otoño comenzaba a traer días más frescos y largas lecturas, mientras la niña exploraba con cortos pasos todo el lugar.

Habían transcurrido unos años de intenso estudio. Esteban, ya con su título de abogado y un excelente promedio que lo había ubicado en primer lugar del cuadro de honor de la universidad, gozaba de la beca tan deseada para su carrera de diplomático. Era un trabajo duro, que lo mantenía ocupado de la mañana a la noche. Ella preparaba sus últimas materias de la carrera de Medicina. Pasaba los días entre apuntes, juguetes, papillas y pañales. Ya no le quedaba tiempo para compartir con amigos. Tampoco para extrañarlos. Sus pocas salidas se limitaban a dejar la casa sencilla donde vivían para continuar estudiando bajo la sombra de ese árbol favorito. Estaba inmensamente feliz por esa pequeña que había cambiado por completo su mundo, y por esa carrera que había elegido. No lograba darse cuenta de qué era esa sensación que la acosaba a veces, tan parecida a la soledad, cuando creía tener el cielo entre sus manos.

Ansiosa, esperaba cada viernes por la noche de pizza y helado, un recreo merecido, lleno de música y risas para los tres. Juntos formaban un gran equipo. No temían los contratiempos y celebraban cada logro.

Esa tarde de viernes, a fines de abril, su abuela Lucía la había visitado insistentemente en pensamientos. Pudo verla y oírla, como en un ensueño. No llevaba la sonrisa de siempre.

—No te vas a ahogar, mi chiquita. No te vas a ahogar. El mar comenzará a subir. Hora de resistir y erguirse. Tendrás que estar atenta y saber salir.

Una serie de escalofríos la recorrían. Necesitaba trocar esa incomodidad con tranquilidad y alegría. Decidida a planificar y asegurar el relax del fin de semana, cambió su camino de regreso, desviándose a la enoteca para comprar una botella de vino tinto de bodega boutique y convertir esa noche en algo especial. Dos cuadras más y pudo verlo. Esteban, dentro de un auto estacionado, con una mujer que, en llanto, lo abrazaba, lo soltaba y lo volvía a abrazar. Y siguió un beso no muy largo, pero a Sofía le duró el resto de su vida.

Paralizada, creyó que ya no era dueña de sus piernas. Con la niña en sus brazos, su cuaderno de estudio y la botella, tuvo que emprender camino a casa soportando una intensa puntada en el pecho. Llegó enseguida y comenzó a amasar las pizzas.

No mucho después, Esteban abrió la puerta. Sonriente, algo nervioso, saludó a ambas y se dispuso a jugar con la nena en el suelo, más contento que cualquier día.

—Compré el vino que te gusta —dijo ella, sin saber cómo decirle que pudo verlo en ese auto, o si debía hacerlo.

—Excelente. Nunca tan oportuno. Tengo una noticia que te va a encantar. ¡Hoy hay que brindar!

—¿Encantar?

—Nos vamos. En dos semanas. Nos vamos. Me adjudicaron el primer destino, Brasil. São Paulo nos espera. Podés preparar allá las materias que te faltan y venir a rendir. El sueldo es bien alto y nos darán muchos beneficios. Nos va a cambiar la vida. Podremos ahorrar, viajar, darnos los gustos que queramos. La mejor educación para Cata. Llegó el momento, mi amor, vamos a saltar.

Sus miradas estaban fijas en una sola emoción. Ambos deseaban y sabían que llegaría ese momento, creyendo que sería más adelante. Sofía no alcanzaba a procesar todo lo ocurrido ese día. Supo enseguida que lo de aquella mujer del auto había sido una despedida. Sintió que pudo haberse ahogado, pero había llegado a la orilla sin necesidad de nadar. Respiró hondo y en un abrazo se encendió de perdón.

Cenaron imaginando historias de su nueva etapa. Hacían bromas en portugués. Tanta felicidad y carcajadas habían excitado a la pequeña, que no paraba de hacer monerías.

Sofía, como en un ritual, destapó el vino. Miró firme a Esteban y le dijo:

—Brindemos así, mirándonos a los ojos y con la mano izquierda. La misma que usaban los guerreros para sostener el escudo y defenderse. Dejar el escudo a un lado para levantar la copa es confiar, mostrarse vulnerable y valiente a la vez. Es leyenda, claro. Pero a mí me gusta.

Chocaron las copas y ella volvió a confiar.

Al quedar dormida la bebé, encendieron siete velas y comenzaron a acariciarse sin decir una sola palabra, como descubriendo nuevamente cada centímetro de sus cuerpos. Tan intenso fue lo que sintieron, que el aire se hizo espeso de placer, y se amaron hasta caer rendidos.

La abuela seguía ahí, junto a Sofía, sin que ella lo perciba. No iba a dejarla sola esa noche. Y cuando la luz del sábado comenzó a filtrarse por la ventana, el planeta se detuvo por un momento, generando el vacío más profundo que pueda existir, sacudiéndola hasta que abrió los ojos para despertar y comenzar a sentir el peor dolor en cada una de las células de su cuerpo entero. Lo supo al instante: Cata ya no respiraba más. Y a ella, la comenzó a tapar el mar, como en la caleta. Y se dejó llevar.