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Querido hijo: Todavía no has nacido, pero ya me resulta fácil confiar en ti. Necesito desesperadamente aclarar mis confusos pensamientos. Por motivos que algún día comprenderás, siempre había planeado que tú y yo pudiéramos formar nuestra propia familia, pero la clínica de fertilidad ha cometido un terrible error y ahora tu padre biológico quiere formar parte de nuestras vidas. Matt Hanson es un importante empresario... pero la experiencia me hace recelar. Ojalá estuvieras aquí ya, sé que sabría si dejarme llevar por lo que mi corazón siente por Matt en cuanto lo viera tomarte en sus brazos... Te quiere, mamá.
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Seitenzahl: 192
Veröffentlichungsjahr: 2017
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2005 Karen Potter
© 2017 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Papá por error, n.º 1999 - julio 2017
Título original: Daddy in Waiting
Publicada originalmente por Silhouette® Books.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-9170-078-4
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Portadilla
Créditos
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
QUÉ DIRÍA su bisabuela sobre su decisión de tener un bebé sin encontrar primero un marido?
Jenny Ames orientó la silla giratoria hacia la ventana y observó el soleado día de otoño de Cincinnati. Suspiró al divisar la nube que, sospechaba, albergaba el espíritu incansable de su bisabuela.
La vieja mujer, muerta hacía casi diez años, seguía persiguiendo a Jenny. Siempre se había metido con su postura, con la ropa que llevaba, la comida que comía, los amigos que tenía.
Jenny sonrió. La bisabuela habría sufrido un infarto al oír hablar de un banco de esperma, así que, todo lo que hubiera venido después, habría sido una pérdida de saliva.
Para bien o para mal, nunca conocería a su tataranieta.
En cuanto a sus propios padres, Jenny los consideró de pasada. Probablemente estuvieran demasiado ocupados recorriendo el desierto australiano disfrazados de directores de documentales como para preocuparse por su bebé.
Si Jenny les hubiera hablado del bebé.
Que no era el caso. Ellos no tenían ni idea de cómo cuidar o proteger a un niño, ¿así que por qué molestarse? Ella y Alexis serían una familia de dos, y serían la familia más feliz sobre la tierra. Jenny había aprendido de unos expertos lo que no tenía que hacer, y estaba decidida a no volver a colocar su felicidad en manos de otros.
La puerta del despacho se abrió, sacándola de su ensimismamiento. Jenny giró la cabeza y vio al hombre alto y bronceado que entraba. Tenía el pelo y los ojos marrones, irresistibles como una chocolatina. Sintió una excitación nada familiar pero trató de controlarse. El séptimo mes de embarazo no era el momento adecuado para dejarse llevar por hombres guapos y desconocidos.
Su extremado sex-appeal era casi perfecto con aquel traje Armani y el maletín hecho con la piel de algún desafortunado reptil. Jenny se preguntó si lo habría cazado él mismo. Sus ojos oscuros no mostraban emoción alguna; ni placer, ni bienvenida, ni amistad. Parecía poderoso, seguro de sí mismo y decidido. Muy decidido.
Jenny se sintió al instante intimidada. Rara vez tenían visitantes inesperados en la fundación Prescott. Aunque la placa de la puerta de su despacho decía «directora ejecutiva», ese día ella hacía de recepcionista. En aquella oficina para dos personas, ella y su ayudante se intercambiaban los puestos a menudo, sin importarles el aspecto que pudieran darle al mundo exterior, siempre y cuando el trabajo se realizase.
Jenny se enderezó y se colocó la chaqueta del traje de trabajo cubriéndole la tripa. Sonrió. Él no.
–¿Puedo ayudarlo? –preguntó ella.
–Estoy aquí para ver a Genevieve Marie Ames –dijo él con brusquedad–. ¿Está aquí?
Jenny tuvo que controlar el escalofrío que recorrió su espalda. ¿Quién sería aquel hombre tan serio e inquietante y qué tendría que ver con ella?
–¿Está aquí? –repitió él.
–Perdone, ¿está quién?
–¿Está aquí la señorita Ames?
–Lo siento. La señorita Ames no está en su despacho –técnicamente no lo estaba, pero él no tenía por qué saber eso–. ¿Querría dejar algún mensaje?
Cuando Jenny se estiró para tomar papel y lápiz, las solapas de su chaqueta se separaron y dejaron ver su avanzado estado de gestación. El hombre se echó hacia delante para ofrecerle la tarjeta y su mano se quedó suspendida en el aire cuando sus ojos se fijaron en el estado de Jenny.
Ya se habían quedado mirándola antes, pero nunca con tanta intensidad. Era como si la tocaran unas manos invisibles, pero daba más miedo.
La puerta del despacho se abrió y, por el rabillo del ojo, Jenny vio entrar a su ayudante.
–Tengo que ir volando a la oficina de correos, pero enseguida vuelvo, Jenny.
–¿Jenny? ¿No será ése el diminutivo de Genevieve, por casualidad?
–¿Quién es usted? –preguntó Jenny.
–Mi nombre es Matt Hanson –dijo él mientras dejaba caer la tarjeta, que aterrizó sobre el escritorio. Señaló la tripa de Jenny con un dedo–, y creo que ése es mi bebé.
Matt observó cómo desaparecía el escaso color de la cara de Jenny. Era pálida en cualquier caso, con el pelo rubio platino y los ojos azules, pero, si le quedaba algo del color del verano recién acabado, desde luego había desaparecido. De pronto temió que fuese a desmayarse, pero no sería la primera persona en caerse redonda ante esa situación.
Ella se puso en pie lentamente e indicó con una mano temblorosa hacia la sala de conferencias de la fundación.
–Quizá debiéramos hablar en privado –dijo ella.
Cuando cruzaron la puerta, Jenny se acercó a una ventana que había al otro lado de la sala. Matt se colocó junto a la puerta, bloqueando la entrada y la salida.
En los minutos que transcurrieron antes de que Jenny dijera algo, Matt tuvo la oportunidad de estudiar a la mujer que había puesto su vida patas arriba. Él siempre se había carcajeado cuando la gente decía que las mujeres embarazadas tenían un brillo especial y, sin embargo, Jenny Ames era el epítome de la belleza maternal.
Llevaba el pelo recogido y su traje azul era el complemento perfecto a la seriedad que representaba su puesto en la fundación. Con sus pechos redondos y su voluminosa barriga, era difícil imaginar qué aspecto habría tenido antes, pero apostaría a que era una mujer despampanante.
Parecía serena y cautelosa, una mujer que cualquier hombre estaría feliz de llevar a su lado, embarazada o no, y sexy, extremadamente sexy.
Matt se dijo a sí mismo que debía controlarse. Observó cómo Jenny se daba la vuelta para mirarlo, tragaba saliva nerviosa y se humedecía los labios. Estudió su aspecto como él lo había hecho con ella. No se quejó. Creía que lo justo era lo justo. No había nada en su expresión que denotara apreciación, pero al menos no hizo ningún chiste.
Jenny colocó una mano sobre su tripa y lo miró a los ojos. Entonces preguntó:
–¿Podría decirme otra vez su nombre?
–Hanson. Matthew Robert Hanson.
–¿Lo conozco?
–No, señorita Ames. No nos hemos visto nunca.
–¿Entonces por qué piensa que el bebé que llevo dentro es suyo?
–Supongo que conoce al doctor Horace Bentley, de la clínica Morningstar.
–Sí, pero no entiendo lo que tiene que ver él con usted.
–Hubo una confusión en la clínica.
–¿Qué tipo de confusión? –preguntó Jenny abriendo mucho los ojos.
–En pocas palabras, le dieron a usted mi esperma.
–Eso no es posible –dijo ella con un tono de conclusión que estuvo a punto de sacarlo de sus casillas–. A mí me inseminaron con esperma de donante.
–Y yo era el donante –dijo él.
–No me lo creo –contestó Jenny furiosa–. ¿Por qué iban a decirle a usted algo así y a mí no?
–Les dije que no lo hicieran –repuso él, dejándola de piedra–. Quería disfrutar del placer de decírselo yo mismo.
Jenny expresó su incredulidad con una risotada.
–Si no me cree, llame a la clínica –añadió él.
–No sé el número –dijo Jenny volviéndose hacia la ventana en un intento evidente por terminar la conversación.
Matt recitó el número de memoria.
–Llame ahora, señorita Ames –al ver que vacilaba, añadió–. Hágalo.
Jenny descolgó el auricular y marcó con rapidez. El doctor Bentley estaba allí, como Matt sabía de antemano. Era una de las ventajas de tener una docena de abogados sedientos de sangre esperando la orden para abalanzarse. Le aseguraba la ayuda instantánea de cualquier persona.
–¿Doctor Bentley? –comenzó Jenny suavemente–. Sí, el señor Hanson está aquí ahora. Dice que hubo una confusión en la clínica. ¿Por qué no me advirtieron de ello? Sí, recibí el mensaje de que había llamado usted, pero pensé que era para concertar una cita. ¿No cree que al menos podría haberme vuelto a llamar?
Matt se imaginó la explicación del doctor, si en realidad hubiese una explicación para semejante incompetencia.
–No me importa si lo amenazó con mil abogados –dijo Jenny finalmente.
–Sólo fueron doce –susurró Matt.
–No deberían haberle dado mi nombre. Si la única conexión entre él y yo es un número en una lista, y su muestra ya no existe, ¿cómo saben que fue a mí a quien se lo dieron? Había otras mujeres allí aquel día.
Matt escuchó los argumentos de Jenny pero se negó a considerarlos. No era que no se hubiera puesto en esa situación cientos de veces en su cabeza. Él sabía la verdad. Y pronto, la señorita Ames también la sabría.
–No, no lo entiendo. No tiene ningún sentido. Vuelva a comprobar sus archivos y verá que ha cometido otro error. Ya hablamos sobre mi decisión de hacerlo con un donante desconocido, y pensé que usted había comprendido mis razones.
–¿Sin padre no hay complicaciones, señorita Ames? –dijo Matt en voz baja.
Mientras la observaba, Jenny levantó una mano para apoyarse contra el marco de la ventana. Notó que le temblaban los dedos. Matt se puso en pie para sostenerla en caso de que fuera a desmayarse, pero dudaba que fuese necesario. Aquélla era una pequeña mujer fuerte.
Jenny cerró los ojos y escuchó, luego meneó la cabeza suavemente.
–No –dijo con firmeza–. No.
Matt se preguntó lo que le estaría diciendo el doctor. Esperaba que no tuviera nada que ver con su comportamiento en la clínica. No quería que nadie se enterara de eso. Él había ido allí para corregir el error de haber almacenado su esperma en primer lugar, luego había amenazado con pleitear a la clínica por la redirección de su preciado esperma. Cuando el doctor le había dicho que iba a ser padre, se había caído redondo.
–No tengo abogado –dijo Jenny con una voz que evidenciaba su fuerza de voluntad–. No necesitaré ninguno a no ser que usted insista en darles mi número y mi dirección a hombres desconocidos.
Matt se resintió al ser llamado desconocido, pero no dijo nada. Podía imaginarse cómo iba a acabar esa conversación y no le gustaba en absoluto.
–Como ya he dicho, no acepto este supuesto error. No habrá amniocentesis, ni pruebas de ADN. Es mi hija. ¿Comprende que no pienso regresar a la clínica para hacer visitas prenatales? Muy bien. Al menos comprende eso.
Jenny colgó el auricular de golpe y miró a Matt.
A juzgar por el rojo de sus mejillas, estaba furiosa.
–Esa gente es una incompetente.
–Entonces está de acuerdo en que hubo un error.
–No soy estúpida, señor Hanson. Si su esperma se ha perdido, obviamente algo ocurrió. No creo que nunca sepamos eso. Siento que se haya visto implicado, pero se trata de mi bebé. Está sana y eso es lo único que me importa.
–He oído que no piensa hacerse la amniocentesis.
–No lo haré.
–¿Entonces cómo sabe que se trata de una niña?
–Por la experiencia. Soy la última de una larga lista de chicas. Hace tanto tiempo que no nace un niño en mi familia, que ya nadie recuerda cuál era el apellido familiar.
–Es el padre el que determina el sexo del bebé, no el pasado familiar de la madre.
Jenny cerró los ojos y tomó aliento tratando de calmarse. Cuando los abrió, la mirada que le dirigió fue letal.
–Si hace que se sienta mejor, me hice una ecografía hace unos meses. No era una imagen muy clara, pero estoy muy feliz con los resultados. Tiene que comprender una cosa. No me importa quién sea el padre. Yo no le hago responsable a usted de ningún error que haya habido en la clínica.
Era evidente que, cuando estaba furiosa, sabía razonar muy bien. Matt esperaba no tener que encontrársela nunca en una negociación. Esos ojos que antes habían sido suaves y serenos, se habían vuelto brillantes y amenazadores.
–Pero el bebé podría ser un niño. Mi hijo.
Jenny comenzó a sacudir la cabeza una vez más. Matt sabía que se estaba resistiendo a la posibilidad de que el hijo fuera de él y, aunque su cabezonería lo irritaba, también lo fascinaba porque, como su madre siempre decía, «cabezón» era su segundo nombre.
–Creo que deberíamos casarnos –dijo Matt finalmente.
–¿Qué? –dijo Jenny como si estuviera hablando en un idioma extraño.
–Que deberíamos casarnos.
–Yo no quiero casarme –dijo estirando la espalda y mirándolo fijamente–. No necesito casarme. Es mi vida, mi propia vida, que es perfecta y, créame, Matthew Robert Hanson, usted no está en ella.
–¿Por qué? –insistió él, ignorando la satisfacción que había sentido al escuchar su nombre en su boca–. No me diga que es usted una de esas mujeres a las que no les gustan los hombres.
–Me gustan los hombres, aunque no entiendo qué puede importarle a usted eso. Simplemente no planeé involucrar a nadie más en este embarazo. Fue elección mía ser madre soltera, y sigo opinando igual.
–No permitiré que mi hijo sea ilegítimo –gritó Matt.
Jenny se quedó callada y él supo que se movía en terreno pantanoso.
–Hay cosas peores en el mundo que ser ilegítimo, señor Hanson.
–¿Como qué?
–Como no ser deseado. Que te dejen al cuidado de alguien a quien no le gustan los niños. Ser menos importante que los deseos de tus padres.
–Si habla por experiencia, Jenny –dijo él con suavidad–, lo siento.
–Disculpa aceptada –dijo ella estirándose la chaqueta–. ¿Ahora le importa marcharse? Tengo trabajo que hacer.
–¿Cuánto?
–¿Perdón?
–¿Cuánto quiere por el bebé? Podríamos firmar un contrato y considerarla a usted una madre de alquiler. Le pagaré todos los gastos hasta el parto y luego estableceremos una suma cuando haya tenido al bebé y me lo haya vendido.
–¿Vendido?
Matt vio cómo Jenny apretaba los puños y los nudillos se le volvían blancos mientras trataba de controlar su ira. A pesar de que admiraba su temperamento, le molestaba bastante el hecho de que no considerara sus derechos como padre. Derechos que él se tomaba muy en serio.
–Mi hijo no está en venta. ¿Qué tipo de mujer cree que soy?
–¿El tipo de mujer que se queda embarazada con el esperma de un donante y luego no le importa quién sea el padre? –dijo él, y en ese mismo instante se arrepintió.
Vio cómo Jenny entornaba los párpados y cómo su respiración se aceleraba al ritmo en que abría y cerraba los puños.
–Puede que no sepa quién es el padre de mi bebé, pero sé quién es la madre, y no es una mujer que aguante bien a los tontos. Lárguese.
Matt se sintió como un idiota. Había construido un negocio averiguando lo que la gente pensaba, sus emociones, sus sueños y esperanzas, sus vulnerabilidades. Y, sin embargo, había reducido a Jenny Ames al símbolo de un dólar sin conocerla en absoluto.
Hizo una pausa antes de volver a hablar, preguntándose si habría algún modo de arreglar todo lo que había dicho y hecho desde el momento en que había entrado en su despacho.
–Señorita Ames. Jenny –dijo caminando hacia ella lentamente. Se detuvo cuando sólo había un paso entre ambos, considerando si sería seguro hablar con ella desde tan cerca.
Al ver que no gritaba ni salía corriendo ni lo abofeteaba, le tomó la mano.
Le frotó la palma con el pulgar en lo que creyó que era un gesto tierno. Ella se estremeció, pero Matt no creía que sintiera rechazo ante su tacto.
Fue su propia reacción la que lo sorprendió. Con sus manos tocándose, sintió una conexión, una inyección de algo inesperado. ¿Sentiría ella la electricidad que recorrió todo su cuerpo y que casi lo dejó sin aliento?
–Lo siento –dijo él–. Ha sido una estupidez. La he ofendido cuando lo único que quería era expresar mi preocupación por el bebé. Espero que me permita recompensarla. Tengo recursos que están a su entera disposición si necesita algo que no pueda permitirse.
–Lo único que quiero de usted, es su ausencia –dijo ella apartando la mano.
–¿Me está echando?
–Es usted muy listo –dijo ella sarcásticamente–. Una cosa más antes de que se vaya. En alguna parte, allá fuera, hay una mujer que estaría encantada de casarse con usted y tener sus hijos. Váyase, señor Hanson. Vaya a encontrarla y déjeme en paz.
–Sigo pensando que el bebé que lleva dentro es mío.
–Piense lo que quiera. No cambia nada.
–Se equivoca –contestó Matt–. Lo cambia todo, para los tres.
Con una última mirada, Matt se dio la vuelta y se dirigió hacia la puerta. Puede que la batalla estuviera perdida, pero la guerra acababa de empezar.
QUÉ QUERÍA Matt Hanson de ti?
Jenny trató de levantar la cabeza para mirar a Nancy. Lo hizo y vio la cara de pánico de su ayudante.
–¿Jenny, estás bien? Madre mía, estás blanca como la leche.
Nancy entró corriendo en la sala de conferencias y se arrodilló frente a la silla de Jenny.
–Estás temblando. Toma mi chaqueta. Por favor, dime algo. Me estás asustando.
–Estoy bien –dijo Jenny con labios temblorosos–. Un poco sorprendida, quizá.
–¿Qué quería Matt?
–¿Lo conoces?
Nancy asintió y dijo:
–Crecimos en el mismo vecindario.
Jenny había olvidado la razón por la que había contratado a Nancy Patterson como su ayudante. En principio la había contratado para utilizar sus contactos y conseguir colaboradores para los programas que la fundación tenía para ayudar a mujeres y niños, pero finalmente se habían hecho amigas. En ese momento Jenny deseaba que su amiga pudiera ayudarla a aclarar lo que parecía ser un lío monumental.
–¿Quién es? Cuando me dijo su nombre, pensé que me era familiar, pero en este momento no caigo. Dijo que no nos conocíamos.
–Me sorprende. Es dueño de Hanson Associates. Ya sabes, la compañía que posee prácticamente todo el centro.
–¿Por qué iba alguien a querer poseer el centro? Está bien como está.
–Porque eso es lo que hacen los multimillonarios.
–¿Multi?
–Súper multi. Dicen que no hay nada que Matt Hanson quiera y que no consiga.
Jenny sintió cómo la sangre se le iba de la cara y se cubrió el rostro con las manos.
–Esto va a acabar mal. Muy mal.
–¿Por qué? ¿Qué quería?
–Mi bebé –dijo Jenny.
–¿Tu qué?
Jenny levantó la cabeza y sonrió al comprobar que Nancy compartía su sorpresa.
–Dice que Alexis es suya.
Nancy se sentó de pronto. Abrió la boca para hablar pero volvió a cerrarla.
–¿Y lo es? –preguntó.
–No –dijo Jenny–. No lo sé. El doctor que hizo la inseminación dice que sí. Matt Hanson está convencido de ello.
–¿Qué vas a hacer?
–Nada.
–¿Qué quieres decir con nada? No puedes despreciar a un hombre como Matt Hanson.
–Mira cómo lo hago.
–Jenny, eso no es sensato. Alguien le ha dicho a ese tipo que va a ser padre. No puedes subestimar algo así.
–Probablemente tengas razón. Hablaré con un abogado –dijo Jenny vacilante.
Nancy pareció escéptica.
–Lo haré –insistió Jenny–. Te lo prometo.
Jenny se puso en pie y se acercó a la pequeña cocina que había en la sala. Se sirvió un vaso de agua y se lo bebió lentamente.
–¿Nancy, por qué iba a querer un mega multimillonario hacer una donación de esperma?
–Vas al grano, ¿verdad? Es un cotilleo. Un cotilleo jugoso, lo admito, pero Matt estuvo prometido con Krystal McDonnough durante más de un año.
–¿La modelo?
–La misma, pero rompieron hace cosa de un mes. Los rumores dicen que el motivo fue que ella no quería tener hijos –Nancy, extrañamente nerviosa, se retorció las manos–. Dios, no puedo creer que esté hablando de esto. Nunca he repetido nada tan personal sobre alguien en toda mi vida.
–¡Dime!
–De acuerdo, pero necesito empezar diciendo que yo no me hago responsable de esto. Matt Hanson es una persona que valora mucho su privacidad, Jenny. Si supiera que conoces sus asuntos, creo que no le haría ninguna gracia.
–Pues su amor por la privacidad no le impidió husmear en mi historial médico y encontrarme –dijo Jenny furiosa.
–Supongo que tienes razón. Ojo por ojo, ¿no? –dijo Nancy colocando las manos sobre el escritorio y suspirando, obviamente vacilante ante el hecho de tener que revelar lo que sabía–. La mejor amiga de Krystal es una arpía llamada Cherie. Va a la misma peluquería que mi hermana.
–¿No se tratará de una de esas historias en las que el primo de la cuñada del hermano de tu madre vio un platillo volante?
–¿Quieres oírlo o no?
–Adelante –dijo Jenny, y se sentó con un lápiz, dispuesta a tomar múltiples notas.
–Cherie y Krystal engañaron a Matt con el compromiso diciéndole que ella quería tener una familia. Entonces, cuando consiguió el anillo, fingió tener miedo de quedarse embarazada porque dañaría su carrera. Decidieron posponer el tema de los bebés. Matt fue a la clínica de planificación familiar y Krystal iba a congelar sus óvulos, por si acaso esperaban demasiado. Entonces rompieron. Supongo que el resto es historia.
A Jenny le daba vueltas la cabeza. No hacía falta ser un genio para sumar dos más dos y obtener un cuatro. El esperma de Matt Hanson y los óvulos de Jenny Ames eran igual a un bebé.
–No –dijo Jenny poniéndose en pie.
–¿No?
–No hubo ningún error. Alexis no es hija de Matt Hanson.
–Yo no lo rechazaría tan pronto si fuera tú, tiene reputación de ser un despiadado hombre de negocios. Si cree que el bebé es suyo, podría causarte muchos problemas.
–¿Qué puede hacer? ¿Quitarme a mi bebé? No creo. En ese caso, la ley se encargaría de él.
–No sé, Jenny. Recuerdo cuando el padre de Matt murió. Él sólo tenía once o doce años por entonces. Quedó devastado. Sabiendo lo que fue para él crecer sin padre, no creo que quiera lo mismo para su hija.
–No es su hija.
–¿Cómo vas a demostrar eso?
–No tengo que demostrar nada. Voy a ocuparme del tema ignorándolo por completo.
–¿Crees que eso funcionará? La cara que llevaba cuando ha salido de aquí era la de un hombre dispuesto a pelear.
