Para Pandora - Federico Gastón Zanetto - E-Book

Para Pandora E-Book

Federico Gastón Zanetto

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Beschreibung

Para Pandora es una selección de cuentos, relatos e inclasificables. Viejos y nuevos. Se trata de catorce textos que tratan de gente común y corriente, con sus miedos, sus dudas, sus cambios. La obra muestra modos de ver el mundo y aceptarlo (y aceptarnos). Sin hilo conductor, hablan de la vida, de nuestro interior, de nuestro exterior, de la literatura y la lectura, de lo que buscamos y a veces encontramos.

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Seitenzahl: 44

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Imagen de tapa: Thomas Kennington - Pandora, 1908.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Zanetto, Federico Gastón

Para Pandora / Federico Gastón Zanetto. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2022.

64 p. ; 22 x 14 cm.

ISBN 978-987-817-088-6

1. Narrativa Argentina. 2. Antología de Cuentos. 3. Microrrelatos. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2022. Zanetto, Federico Gastón

© 2022. Tinta Libre Ediciones

Para Ine.

Para los que están.

Para los que no.

Para los que sabían de la existencia de estos textos.

Para los que no.

Para quienes me enseñaron a no aceptar lo impuesto .

Para Pandora

Federico Zanetto

¿Qué me importan a mí las leyes de la naturaleza y la aritmética, si tengo los motivos para odiarlas, incluso la que dice que dos y dos son cuatro? Es claro que si no soy lo bastante fuerte no voy a derribar la pared con la cabeza. Pero no estoy obligado a aceptar una pared de piedra solo porque está ahí y yo no cuente con la fuerza suficiente para derribarla.

Fiódor Dostoievski, Memorias del subsuelo (1864)

Primera parte

Cuentos

La ventana

La remodelación era necesaria. El comedor no era luminoso y perdía por goleada el partido contra la humedad. Pedía a gritos que se pusiera una ventana que diera al recodo del patio y ya no podía patearse para adelante. No porque fuera lindo mirar ahí. Un rincón que solo se usó para tener un par macetas con plantitas fosilizadas y una bicicleta con más telarañas que kilómetros, pero el solcito de la mañana rebotaría contra las paredes blancas y el desayuno sería menos deprimente. Manos a la obra.

La típica: un albañil que quiere aprovecharse del sobreescolarizado cliente, creyendo que si me presta el fratacho voy a buscarle el enchufe. Un segundo albañil cuyo servicio parece figurar en los precios cuidados, que no promete plazos pero va a trabajar todas las tardes, religiosamente. A los pocos días, la ventana y las rejas —porque sí, las rejas son necesarias, acordamos— ya están colocadas y pintadas. Ahora sí el comedor (bah, la cocinita-comedor-living-etcétera) tiene otra cara a la mañana.

Silencio matinal. La pava con el clásico ruidito previo al primer hervor. La yerba contra un costado y el primer chorrito de agua pidiendo permiso, haciéndose lugar en ese mate demasiado campero para tanta urbanidad, una calabaza que contrasta entre tanto cemento. El paquete de galletitas abierto desde ayer, que por suerte no se telgoporizaron en las últimas 24 horas.

Y se escuchan risas. ¿Quién se ríe si acá no hay nadie? Sofía no está, pero no importa, porque esas risas en definitiva son conocidas. Tienen dueño. Las risas que llegan desde la ventana son las risas de mis viejos. Pero cómo se van a reír si la última vez que los vi estaban demacrados, dormidos. La misma situación repetida en el mismo año. El choque que condujo primero a esa terapia aséptica donde todo pasó como en un sueño, ayer estaba bien y ahora no, ¿estás? No, no estás. Las caras de circunstancia, la mentira de que todo va a mejorar, esa esperanza vana de la mejoría antes de lo inexorable, el viaje de vuelta en el colectivo haciéndote el duro porque eso te enseñaron de chico. Y enseguida el otro sueño, ese sentimiento de irrealidad al estar parados junto a ese pedazo de madera, los motores regulando y las balizas en esa caravana lenta al ritmo de los suspiros, las lágrimas, personas tocando esa cruz dorada antes de la oscuridad, las flores y la tierra. Pero ahora son risas. Desde la ventana se los ve, joviales, rejuvenecidos, con más metas que penas, ajenos a todo eso que nos pegó después como una patada en el pecho.

Llamada al trabajo. No, no quiero ir. Que no puedo, eso quise decir. El viernes pasa ahí, sentado en la ventana. Y el sábado. Y el domingo. Desde que te enteraste estás cambiado, dice ella a la pasada, mientras agarra la campera del respaldo de la silla. No, eso no. Es esa imagen que se sigue repitiendo. No te entiendo, me dice. La de las risas, las charlas agarrados de la mano. No tienen que estar ahí. Pero están. No existe una palabra para ese sentimiento. No te entiendo, me dice. Ya sé, veo.

El lunes ni siquiera hubo llamada. No hubo mate ni galletitas. Ni almuerzo, ni nada. Solo la ventana. Solo la representación continua de una escena, como si la ventana fueran los bordes de una foto que captó más de un momento, más de un instante. Está reflejando movimientos, sonidos, recuerdos. La felicidad de lo que estaba por llegar.

Viernes. El bolso está en una silla. No importa. La ventana hipnotiza, retiene, atrapa. Paraliza. Eso, paraliza. La puerta que se cierra despacio porque el llanto y el dolor ya impiden el portazo. Y el sonido del cierre como un clic.