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"Hay libros en los que es importante no saber el final, ya que el factor sorpresa es imprescindible para disfrutarlos. Pero hay otros libros en los que, aunque sepamos el final, aunque no haya algo inesperado esperándonos en su última página, la conmoción nos atraviesa de todos modos. Para tu piel de verano, muchacha, de Nicolás Scheines, es uno de esos libros. La historia se va cocinando a fuego lento, como la carbonada que preparan Julián y su mamá. La minuciosidad en la descripción de situaciones y sentimientos nos habla de un autor que observa la vida como si tuviera un radar que percibe más detalles de lo habitual, con una lente que aumenta lo que sucede dentro de los personajes y alrededor de ellos. Y nos atrapa. Y nos conmueve. Y hace que la columna vertebral se estremezca como si recibiera descargas eléctricas emocionales. ¿Sabemos lidiar con la muerte? El protagonista afirma que son muy pocos quienes saben hacerlo, pero después de leer el libro, de encariñarnos inevitablemente con la mamá de Julián, con él, con su familia, sabemos un poco más, nos volvemos más empáticos, nos transformamos. Y el arte, en cualquier de sus manifestaciones, cuando nos transforma, se vuelve vital e inolvidable" (Diana Gamarnik).
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Seitenzahl: 680
Veröffentlichungsjahr: 2025
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PARA TU PIEL DE VERANO, MUCHACHA
NICOLÁS SCHEINES
Scheines, Nicolás
Para tu piel de verano, muchacha / Nicolás Scheines. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : OyD Ediciones, 2024.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-631-90140-6-8
1. Novelas. I. Título.
CDD A860
© 2024, OyD Ediciones
© 2024, Nicolás Scheines
No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446 de la República Argentina.
Diseño de tapa y maquetación: Adriana Llano
Conversión a formato digital: Estudio eBook
[email protected] García del Río 4645 2º4, Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
A Eduardo, Andrés y Liliana, que también caminan con sus ropas rasgadas
Los hijos son los detectives de los padres, que los arrojan al mundo para que un día regresen a ellos para contarles su historia y, de esa manera, puedan comprenderla.
Patricio Pron, El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia
Cáncer. A Julián no le queda claro por qué la palabra está casi prohibida. Nadie la menciona, nadie la nombra por fuera del núcleo familiar. Su mamá sí lo hace, y su papá también; Santiago un poco menos, pero claro, él no vive en esa casa donde el cáncer circula por todos lados. «Enfermedad de mierda», le comentan muchos a Julián al referirse al cáncer, y él no entiende bien por qué otras enfermedades serían menos «de mierda». ¿Porque no te matan? Pero si hay otras enfermedades que sí matan, y otras que debilitan. Al fin de cuentas cada enfermedad cumple su rol, piensa, no hay algunas más «de mierda» que otras, a lo sumo las hay más o menos dañinas, más o menos tratables. A los viejos los mata la gripe; a los pobres, la tuberculosis, y no por ello nadie se refiere ni a una ni a otra como «enfermedad de mierda», se convence a sí mismo, moviendo los labios casi sin querer, en un colectivo cualquiera, mientras va y viene de la psicóloga. El pensamiento lo mastica en viajes continuados, aunque estén separados entre sí por semanas. Es como si cada vez que se subiese a casi cualquiera de las líneas que circulan por la avenida Cabildo entrase en un mundo donde se le ha asignado una misión: comprender la palabra «cáncer» y todo lo que la circunda. Ha llegado a preguntarse si existirían estadísticas verificables que hayan estudiado el comportamiento de las personas del signo Cáncer en relación con la palabra «cáncer», que las distinga del modo de percibir la palabra de los sujetos pertenecientes a los otros once signos. Creía que algunas variables se debían atender de forma especial, a saber: toda la muestra debía corresponder a personas que creyesen en el zodíaco. O, mejor aún, debería existir, pero diferenciado, el estudio con los casos testigo de las personas de Cáncer que no tuviesen en cuenta el zodíaco, como los chinos, que tienen su propio horóscopo, o los escépticos. En la maraña de su estudio, muestreo, potenciales preguntas, grupos sociales delimitados y otras elucubraciones de corte netamente sociológico y metodológico, Julián tocaba el timbre pasando Sucre y se bajaba en Cabildo y José Hernández, y al momento de poner una zapatilla en la vereda (o más preciso sería decir en el asfalto, porque rara vez un colectivo lo acercaba hasta la vereda) ya se había desconectado de su pensamiento, de la encuesta y de los mil problemas que esta le traía, y que volverían a preocuparlo apenas pronunciase «ochenta» al subirse al colectivo que lo llevase de vuelta, una vez más casi sin mirar el número, porque prácticamente todos lo dejaban bien.
«Cáncer», se repetía una y otra vez, como intentando comprender de qué se trataba. ¿Mitosis? ¿«Mitosis» era la palabra? Buscaba en el recuerdo clases de Biología olvidadas, esos dibujos de la célula que la profesora siempre le elogiaba, no por su calidad técnica, que dejaba mucho que desear, sino por su nivel de detalle en la observación (si había catorce puntitos en la imagen, él siempre iba a copiar catorce puntitos, aunque le salieran mal). Teniendo a su papá médico, la búsqueda de enfermedades en Internet la consideró siempre sacrílega, un acto impuro que jamás cometería. Héctor le respondía sus preguntas y, basándose en sus explicaciones, sus recuerdos escolares y las deformaciones que hacía de toda esa información, Julián se armaba un esquema en la cabeza, que no tenía por qué estar bien, porque era un simple esquema para racionalizar la palabra, para darle cierta estructura, incorporarla a un sistema.
Entonces el cáncer era eso que él quería llamar la mitosis de células —una reproducción de células en cualquier caso, con ese efecto mágico de los seres que se parten a la mitad para ser dos— de cierto tejido, que poco a poco iba forjando una pelota, y lo que parecía algo de la teoría, de software, se volvía un tema mecánico, algo de hardware, porque claro, si tengo una pelota en el pulmón parece lógico no poder respirar. ¿Y el cáncer en la sangre —se preguntaba—, explotará venas y arterias? Julián se quedaba absorto ante sus propios planteos, sus dientes se veían apenas entre sus labios levemente abiertos, como queriendo soltar una pregunta que aguardara por la señal del profesor para autorizarla. ¿Por eso se quebró la vértebra de mi mamá?, parecía querer decir. El colectivo le brindaba un espacio inmejorable de reflexión, porque era amo y señor de todo lo que sucedía en su cabeza, y se podía olvidar de las preguntas que le molestaban como si nunca hubiesen existido. Continuaba entonces con su teoría sobre lo que era el cáncer, con su certeza absoluta e incuestionable de lo que era y no era esa palabra. La pelota, entonces, se forma, pero hasta ahí todo bien. Se opera y chau pelota, chau problema, un poco de rayos para matar lo que haya quedado dando vueltas, una revisión anual para chequear que no haya otras células malditas reproduciéndose más de lo que es debido por las leyes de la biología, la moral y el orden, como si fuese un buen censor de películas en tiempos de alguna fuerte dictadura. Problemas que impiden la cirugía: que la pelota sea demasiado grande o que esté en un lugar incómodo para operar porque compromete otra cosa (pasa mucho en la espalda y en la cabeza eso); que el cuerpo esté ahora lleno de distintas pelotitas y que haya tomado protagonismo una palabra mucho más tabú que cáncer: metástasis. La metástasis, le explicaría Julián a un hijo suyo, es cuando el cáncer viaja por la sangre de un lugar a otro del cuerpo. La metástasis, le ocultaría Julián a un hijo suyo, es un certificado de defunción con plazos variables pero definidos. Lo que sabe Julián (lo que cree que sabe Julián) es que hay tumores benignos y tumores malignos. Los benignos se sacan (a menos que sea demasiado complicado) y ya fue, es como un error del sistema, como eliminar un bug con un antivirus. Los malignos son el cáncer, y lo que hacen es crecer, reproducirse, viajar por el resto del cuerpo, contaminar otras partes, otros órganos, hasta que ya no digas de alguien «Tiene cáncer de pulmón», sino que empieces a decir «Tiene un cáncer muy avanzado», lo que es igual a decir «Tiene cáncer y le quedan X meses/años de vida». Y ahí se detiene una vez más, pero sabe que eso, eso es irremontable, es un lugar de donde no se vuelve. La certeza de la muerte —que todos la tenemos—, cuando tiene una fecha exacta es inapelable, ese es el momento en el que el paciente muere, y no cuando se le dice que se espera que muera. Desde que hay un pronóstico y un límite fijado, esa persona deja su condición de ser vivo para transformarse en un muerto que, casi por casualidad, y apenas para una despedida fugaz y ordenada, está en el mundo de los vivos.
Más de una vez Julián agradece descender del colectivo, poder salir de ese cacharro de metal lleno de lugar para pensar y volver al mundo del aire libre hasta que sus pies lo conduzcan al consultorio de su psicóloga, una zona del todo diferente a la del medio de transporte. Cuando emprende el regreso, el hilo de pensamientos continúa, pero la angustia ya no lo atormenta, puede seguir por otro lado, salirse por la tangente, volver a sus disquisiciones sociolingüísticas sobre la palabra «cáncer», que lleva implícito el dibujo pequeño de un escorpión simpático y modelado por tantos horóscopos, nada que ver con aquel bicho espantoso que lo tuvo en vilo un verano de su niñez, cuando los noticieros alertaban de una invasión de escorpiones en La Plata. Esos animalitos eran un degradé de dorado, bermellón y transparente, con un fondo de arena o de acrílico que volvía obvio que no se trataba de los que se encontraban en La Plata, adentro de zapatillas, en recovecos de los patios, en bañaderas, debajo de las camas. Sus ojitos de niño no le alcanzaban para circundar todo el dormitorio, para asegurarse de que no lo fuesen a pinchar con uno de esos aguijones amenazantes que los dibujantes de horóscopos solían elidir. Su mamá lo consolaba, lo cuidaba, quería protegerlo diciéndole que no pasaba nada, que La Plata quedaba lejos, que ella estaba segura de que en su casa de la zona norte de Buenos Aires ellos estaban libres de escorpiones. «Pobre, ella no sabe», se decía Julián sin haber soplado todavía más de ocho velitas. «Ella no sabe, no lo vio como lo vi yo». Se refería al noticiero, a las imágenes que transmitían, a la certeza de que los escorpiones eran una plaga que todavía no estaba controlada, que cualquier cosa podía pasar. Encima de una imagen fija sobreimprimían unas letras de molde con «Consejos para asegurarse de que no hay escorpiones en la casa», seguida de otra que decía: «¿Qué hacer si hay un escorpión en la casa?» y una tercera, que era el final de la tragedia anunciada: «Cómo actuar en caso de una picadura». Julián se desesperaba, no llegaba a leer, las letras iban demasiado rápido, se le diluían entre los ojos y entonces no podía asegurarse nunca de que no haya escorpiones en la casa porque no podía seguir todos los consejos que el noticiero daba. Él tiene para sí que todo ese año revisó las zapatillas antes de ponérselas, para cerciorarse de que estuvieran libres de escorpiones, pero no supo más consejos para asegurarse de que no aparecieran. Ni su mamá ni Héctor ni Santiago parecían preocupados por el caso de los escorpiones que habían acechado la ciudad aquel verano. Y sin embargo ahora, que no hay bicho con aguijón asesino, que no hay colores que son claro designio del Diablo (de algún diablo), que no hay una amenaza concreta, que no hay más que células reproduciéndose a montones y apretando el cuerpo de su mamá desde dentro de a poquitito, ahora sí parecen estar todos muertos de miedo.
Eso pensaba Julián en el colectivo, y miraba para abajo, afinando la vista en ese agujerito que se forma entre el calzado y el pie a la altura de los maléolos externo e interno, pensando que esa mañana —ni ninguna mañana de los últimos diez, quince años—, que esa mañana no había chequeado que no hubiese un escorpión en su zapatilla. Por fin lo invadió el miedo, un terror inexplicable, el miedo de ver asomar unas pinzas que trepasen por sus medias, seguidas de un cuerpo alargado y un aguijón y se le metiesen por la botamanga del pantalón. Dio gracias al dios en el que no creía por ver el cartel de Sucre, saber que tenía que tocar el timbre, salirse de ese colectivo lleno de pensamientos y escorpiones amenazantes.
A tres años de ese año, Julián se sienta y escribe. Titula el Word «Un año para toda la vida» (es la primera vez que comienza por el título, la primera vez que ya sabe de qué va lo que escribe) y empieza a escupir todos los relatos que horadan su cabeza y que le impiden avanzar. Se miente que si lo escribe entonces sí podrá seguir, que una vez en el papel (en la pantalla) esos recuerdos ya no le molestarán. Y sin embargo ahí está él, con un título que pregona eternidad, o, al menos, una eternidad confinada a su propia existencia.
¿Cuándo es que se deben leer los presagios, los oráculos, los signos que indican el porvenir? Eso es lo que se pregunta Julián a menudo, oscilando desde siempre entre la observación fina y la sobreinterpretación de todo.
El hecho es que ese año comenzó con fuego, con el temor de que un incendio desmorone una casa, con la certeza de que bastaba apenas una leve brisa para que una llamarada entre por la ventana, encienda una cortina y el fuego se propague por la planta alta primero, y por la baja después. Dos años antes un edificio pequeño donde él había estado viviendo en Europa se consumió por el fuego y dejó cinco vecinos muertos (entre calcinados, intoxicados y escapes fallidos): sus ex compañeros de cuarto habían logrado saltar por la ventana con éxito y sus amigos del tercer piso estaban sentados en ronda, con sus manos tomadas y con el calor más fuerte que sintieron en sus vidas, esperando que la Muerte les tienda un dedo huesudo cuando los bomberos extinguieron las llamas que subían por las escaleras y golpeaban a su puerta. Un incendio es algo que nunca pasa hasta que pasa, piensa Julián desde entonces.
En los festejos que decían hasta siempre al anodino año que se iba, en el que casi nada significativo había acontecido para Julián, el fuego aparecía otra vez indicando el presagio que solo entendió en la despedida del año siguiente: una «torta» de fuegos artificiales fallaba y las cañitas voladoras que explotaban en pelotitas de colores varios (fuego) salían en las siguientes direcciones: una recta y erguida, formando un ángulo de 90 grados con el piso y explotando en pleno cielo; otra en diagonal hacia el sur, impactando en la copa de un árbol añoso, mezclando sus colores azules con el verde oscuro de las hojas; una más, en dirección paralela al piso, estallando contra la medianera más lejana a los comensales; la otra, en dirección opuesta, formando un crisol rosado al lado de la abuela que hasta recién había encabezado la cena; volvía a salir una hacia el cielo, y luego otra ni se molestaba en salir de la caja y estallaba ahí mismo, provocando más llamas de las que ya había en el papel esmaltado de colores. La que más asustó a Julián fue precisamente la que se dirigía a la casa, porque estalló contra la pared de uno de los dormitorios, a nada de entrar por la ventana.
Nadie parecía observar el milagro; quienes organizaban ese festival de fuego amigo nunca sintieron que estuvo en peligro la integridad de ninguno de sus familiares y amigos, ni siquiera cuando manguerearon la caja, de unos cuatro metros cuadrados, y al retirarla observaron el enorme cuadrado negro que había quedado en la grama bahiana, ese pasto ancho que minutos antes, hacia el fin de ese año, había estado verde y reluciente.
El año nuevo se iniciaba con fuego, pero Julián no pudo verlo, no pudo anticipar que ese año sería el año que sería. De haberlo sabido, claro, habría hecho algún esfuerzo para pasarlo con su familia, y no en tierras remotas del sur de la provincia, con un par de amigos y con gente que apenas conocía, llamando recién a la una de la mañana para entablar su último diálogo de primero de enero con su mamá:
—¡Ma!
—…
—¡Ma! ¿Ma? ¿Me escuchás?
—¡Juli! Sí, se escucha, pero hay como una lluvia…
—Ah, es que estuve intentando llamar y no me daba, se ve que todos llaman en las Fiestas. ¡Feliz año!
—Sí, sí, es imposible, se escucha muy mal.
—¿Cómo están todos? ¿Quiénes fueron al final?
—¿Hola? ¿Qué?
—Que cómo están to…
—Bien, muy bien, todo muy lindo por acá, aunque hubo pocos fuegos.
—Buen, nunca hay muchos fuegos por casa. Siempre es lo mismo, hay que volver a pasar Año Nuevo en lo del tío, que por Martínez sí que hay plata. ¿Quiénes están en casa?
—¿Cómo? ¡No te escucho nada! ¿Vos me escuchás?
—Sí, te escucho. No se puede así.
—Acá estamos, con Santi, Papi, la abuela, la tía Norma y el tío Osvaldo…
—¿Nadie más fue?
—No, cada uno con su familia política. ¿Querés hablar con Papi?
—Bueno, pasame que lo saludo.
—Dale, te paso.
—¡Feliz año!
—Héctor, es Julián —escuchó el hijo a su mamá. Ella no le deseó feliz año: ¿otro presagio?
Julián se preparaba para un verano atípico. Atípico para él, que se había acostumbrado a los grandes planes, usualmente estructurados en torno a un viaje. Hacía dos años había sido Europa, solo, la aventura, tiempo indefinido. El año anterior había sido el viaje familiar —el último, supo después, aunque desde el comienzo fue planteado como «el último», un intento final de hacer un tipo de viaje que ya había caducado para una pareja con hijos grandes—. Él lo vivió como un retroceso a su independencia ganada, no se quiso ir. Al final, le pagaron todo y se fue a regañadientes, porque no consiguió ningún trabajo que lo atara a quedarse durante el verano completo en Buenos Aires.
Este año, en cambio, sus perspectivas habían cambiado. Primero planeó conocer Machu Pichu con un amigo, pero al momento de sacar los pasajes, se dio cuenta de que el trabajo freelance mermaba durante el verano y que no iba a poder costear los quince días en Perú. Entonces sus vacaciones transcurrirían en Buenos Aires, con «escapadas» de fin de semana. La primera había sido a Bahía Blanca y Monte Hermoso, que había durado unos días más por los feriados de las Fiestas. Luego vendrían Rosario y el carnaval de Gualeguaychú, en viajes espontáneos esbozados un jueves y ejecutados un viernes. En medio de eso, la nada, otro verano en casa como si fuese un estudiante secundario con tres meses de vacaciones.
Los días transcurrieron entre trabajos a distancia para el exterior, a través de plataformas, creando pequeños artículos en inglés o revisando traducciones de artículos que escribieron otros, a razón de un dólar el artículo de ciento cincuenta palabras. No tenía que ser original, ni novedoso, ni nada. La información ya venía dada, así que era algo así como reordenar palabras. Podía generar hasta quince artículos por día, lo que no parecería mal, pero a veces se demoraban demasiado en entregarle el material, o exigían demasiadas correcciones, o algún artículo se perdía en el proceso, con lo que rara vez lograba ganar más de diez dólares por día en promedio. Algo es algo, se decía Julián, mientras penaba con otro trabajo del exterior, que pagaba más pero para el cual había que activar un aplicativo que filmaba la pantalla, lo que volvía imposible llegar a la hora «neta» de trabajo. Julián, en resumidas cuentas, asomaba la cabeza a lo que luego se llamó la precarización del freelancismo, y confirmaba lo que le decían en la facultad: que el capitalismo estaba mal, que era inviable.
Por otro lado, disfrutaba de la otra cara del capitalismo: el derecho a la herencia —en su caso, en vida, porque sus padres no habían muerto—, con lo cual usufructuaba el bienestar al que ellos —trabajadores y beneficiarios en partes iguales de un capitalismo aún en un estadio inferior que permitió el ascenso social de una primera generación de profesionales— habían accedido, elevándose ellos mismos de su clase media de origen, nietos de inmigrantes, a una posición pequeñoburguesa más distinguida, producto de una ganancia y ahorro en dólares a la que buena parte de los profesionales de la salud pudo acceder durante la convertibilidad, el proceso económico que fue el correlato de «los noventa», como trascendieron en la cultura popular —o «menemato», como intentó instalar un profesor muy reconocido en la alta casa de estudios a la que empezó a asistir Julián desde sus veinte años—.
Ese disfrute implicaba muchas cosas, pero en el verano se podía sintetizar en una sola: la pileta. Julián dormía —a veces, hasta tarde—, despertaba, y fuese la hora que fuese, encontraba a su mamá en dos lugares: o en su consultorio, con la puerta cerrada y un ruido de voces saliendo del interior, o acostada en una reposera dispuesta en la zona de más sol del jardín, justo al lado de la pileta. Eso podía suceder a las nueve de la mañana, en pleno mediodía o a las seis de la tarde; cualquier momento era válido para que ella, en dos minutos, se cambiase su ropa de trabajo por su bikini para tomar sol. Solo en casos de calor extremo decidía sumergirse (nunca más allá del cuello, para no arruinarse el pelo). Julián la miraba desde la cocina, mientras desayunaba, almorzaba o merendaba, y a veces —solo a veces— la acompañaba. Nunca le divirtió meterse a la pileta solo, y su mamá no era entretenimiento suficiente, porque ella apenas la usaba para refrescarse. A Julián la pileta le daba nostalgia de la infancia, cuando meterse significaba jugar, y no solo bajar la temperatura corporal. A veces se metía con algún amigo y charlaban al sol. Otras, con alguno de los hijos de sus primos, y entonces sí se divertía, jugaba, como lo había hecho con su perro, antes de que lo mordiera y lo regalaran. Pero así, meterse por meterse, ¿qué sentido tenía? La casa era fresca, y en última instancia estaban los ventiladores y los aires acondicionados. No había necesidad de cambiarse, juntar calor —y valor— para zambullirse, padecer los primeros minutos de frío extremo, aclimatarse, y luego, al fin, iniciar el proceso de secado al sol, un poco de frío primero, calor después, y al final, la ducha necesaria para quitarse el olor a cloro. Todo un ritual que no tenía sentido a menos que fuese un fin de semana y el tiempo estuviese a disposición para perderse.
Dos excepciones lo hacían romper esta especie de máxima sobre la pileta.
Una era la lectura: encontraba en el hecho de leer una novela al sol una oportunidad única de disfrute, completamente distinta a leer sentado en una silla de la mesa de la cocina. Era como leer acostado en el sillón del living al calor del sol invernal. Leer era una actividad reconfortante, en un sentido literal, físico. Por eso, si quería leer durante el verano, hacía todo el ritual, y el momento de «juntar calor» se hacía con el libro en la mano. Luego, una vez sumergido, comenzaba la danza: seguir leyendo dentro de la pileta sin mojar el libro. Los dedos eran un riesgo, pero más lo eran las gotas que caían de su pelo o de su nariz. La alternativa clásica era la que había consumido en diversos modelos culturales: acostado en una colchoneta inflable, disfrutando. Lo había probado infinidad de veces: no servía. El inflable se desinflaba, se movía para zonas de la pileta con sombra, era difícil bajarse, no se podía remar con las manos porque se le mojaban y entonces no podía agarrar el libro. La experiencia le había enseñado que era una epopeya sin sentido, un esfuerzo inútil por mostrarse como la imagen del placer, cuando en realidad disfrutaba más leyendo parado, apoyando los antebrazos en el borde de la pileta y calzando el libro a la altura de sus anteojos oscuros.
La otra excepción era hablar con su mamá. ¿De qué? De cualquier cosa. Podía escuchar una historia familiar, podían comentarse los libros que estaban leyendo, podían reflexionar sobre cómo era el panorama de amistades de Julián en un momento dado. Siempre era «tema libre», Julián nunca se acercaba a hablar de algo en específico, y su mamá tampoco parecía tener nada en mente, pero enseguida algo surgía y la charla fluía, derivaba de una cosa a otra, y si no había pacientes en vista, podían pasarse incluso un par de horas hablando, en la intimidad de la pileta, los dos solos, mientras Héctor estaba en el trabajo. Los fines de semana eran distintos, porque por lo general iba también Santiago y se daba un clima familiar, muchas veces con otra gente invitada también. Pero los días de pileta durante la semana eran de Julián y de su mamá, sin excepción. Julián no abusaba de esos encuentros, no los saturaba ni los recargaba ni los rutinizaba. Eran naturales, sucedían más o menos una vez por semana (otra vez él leía, y los tres días restantes, ni siquiera salía al jardín), pero nunca un día fijo, ni con un tema fijo ni en el mismo tono. Así Julián conoció la historia de «mi abuelita la puta», como la llamaba su mamá, o la de su «novio el baterista» o de cuando se «hacía la rata» en el secundario, o de la nena triste y fea que había sido. También supo de las historias del kibutz, de su vínculo con sus padres o con la mamá y la hermana de Héctor, de la relación que ella misma había tenido con su hermana, de psicoanálisis, de amigas del pasado, y muchas otras cosas, que armaban un caleidoscopio, en todo caso, pero que lejos estaban de conformar una línea del tiempo con indicaciones precisas. También hablaban de cosas de Julián: las lecturas, los cambios de carrera, los amigos, la familia, los viajes, los deseos para el futuro, los aprendizajes, las cosas de la vida. Dos temas eran tabú de la vida de Julián: ella no quería saber nada de su vida nocturna y su relación con el alcohol, el tabaco y otros psicoactivos, y él no quería saber nada con contarle sobre su relación con las mujeres. Los temas se salteaban, simplemente, y no había demasiado para hurgar en ello. Sobre la vida de ella, él poco sabía acerca de sus pacientes —aunque algo le contaba, como por ejemplo, que al hijito de una paciente suya le habían encontrado un tumor en el cerebro y que eso la tenía destrozada— y sobre la relación en general de su mamá con el sexo —por supuesto, esto último no le interesaba en lo más mínimo, como imagina que le pasa a cualquier hijo; ni siquiera se lo planteaba—. Y seguro había muchas otras cosas de su mamá que él no sabía que ella le ocultaba, consciente o inconscientemente. A él le bastaba con escuchar las historias familiares y con charlar sobre todo lo que charlaban, y ni siquiera le molestaba volver a escuchar una historia: siempre tenían matices distintos, algo que se modificaba y una base que se mantenía idéntica, con las mismas expresiones, las mismas palabras (por caso, «mi abuelita la puta» nunca fue «mi abuela la puta» ni «mi abuelita la prostituta»).
Julián disfrutaba de esas charlas tanto como de leer en la pileta, y durante ese último verano que no sabía que iba a compartir con su mamá, repartió su tiempo entre los trabajos mal pagados, la lectura de libros que no eran para la facultad y esas charlas con su mamá, acompañadas de frutas frescas de verano, como cerezas y frutillas, duraznos, damascos y pelones, uvas verdes y ciruelas gotitas de miel, sandías y melones rocío de miel. Ese es el recuerdo que le queda a Julián de esos días normales, esos días en los que se incubaba algo que nadie sabía que se incubaba, esos días en los que de pronto, y como al pasar, su mamá se quejaba de algún dolor de espalda, algo que «seguro ya se va a pasar».
Eso recordaba Julián, y los viajes. Fueron fugaces, pasajeros, con muy poco turismo y mucho descontrol nocturno. Los tres los hizo con los mismos amigos, en el mismo auto de su mamá, que ella le prestó en cada caso. Los recuerdos son flashes, postales que duran un segundo en su retina, como el fuego en la casa de Bahía, o la noche de borrachera en un boliche de Monte Hermoso.
En uno de esos recuerdos, en Rosario, está bailando desaforado una canción de rock nacional, solo, completamente solo en la pista, a medida que iban echando a todos del boliche. Al salir, encuentra a sus amigos y sigue la fiesta, bajo una lluvia torrencial que los hace caminar por calles inundadas y vacías de taxis, con un nivel de euforia poco habitual en él.
De Gualeguaychú tiene algunas imágenes mentales más breves y menos felices. Llegar y no encontrar alojamiento. Buscar dónde comer y no encontrar lugar. Tomar en la calle bebidas calientes. Perderse de sus amigos y pasar la noche solo en un boliche abarrotado, sin comprender dónde está la salida ni por dónde ingresó. Luego, con las playas inundadas, manejar hasta un balneario cercano, seguro de que todos están tan borrachos en la ruta como lo estuvo él la noche anterior. No tomar nada en la playa para poder manejar de vuelta, de noche por una ruta sin luces. Cuidarse los pies en la arena para no cortarse con las miles de botellas rotas. Dormir apenas un par de horas junto con ocho personas en una habitación estándar con una cama matrimonial y un par de colchones tirados en el piso. Decidir un regreso anticipado y comer un asado rutero como despedida de ese fin de semana caótico. Reconocer que ya no está en edad para esos trotes, que lo mejor del viaje fue ese asado. Decirse a sí mismo al regresar: «De esto en casa no voy a contar nada». Y decirse, también: «Creo que estuvo bien, pero me parece que ya estoy un poco grande para todo esto».
En el medio de una vida dividida entre el estudio y el trabajo freelance, Julián tuvo una oportunidad única de ganar un monto de dinero fijo, aunque sea por un mes: iba a ser vendedor en la Feria del Libro.
No hay por qué repasar su derrotero en la feria, su condición de «vigilante que asegura que no se roben libros» en lugar de «asesor literario» que él imaginaba, ni los veintiún días en continuado que pasó inmerso en el microclima de delirio que se vivió en La Rural, el bochorno de las luces y el constante murmullo de la gente que se sumaba a la gente para hacer que cualquier espacio libre fuese ocupado siempre por alguna persona. Ni siquiera hace falta aclarar cómo su bien más preciado, el libro, se reproducía y multiplicaba por millones, se apilaba como ganado en feedlot, se desprestigiaba cada vez que entraban cajas con mil ejemplares del mismo libro que alguna vez él pudo haber considerado único. No, no hace falta repasar esto, porque en su recuerdo brillan tres o cuatro hitos que vuelven a la feria el nodo central de aquel año, el comienzo de todo, podría decirse, o más específicamente el comienzo de su adultez, ya promediando sus veintitrés años.
Los hitos comienzan por el más obvio dada la locación: los libros.
Hasta esa Feria del Libro, para Julián los libros nuevos siempre fueron un lujo, un bien casi inaccesible. Julián nunca se olvida de cuando cursó la materia Economía en el CBC para Letras, una materia a todas luces sin sentido para aquella carrera. Pese a las enormes dificultades que le presentó la materia, que lo hicieron estudiar más que para ninguna otra y así y todo verse obligado a rendir examen final y a aceptar con humildad un discreto seis en la libreta, con el tiempo Julián descubrió la centralidad del concepto de Economía, tanto para los estudios literarios como para la vida en general. La idea de «Sistema» fue la que lo fascinó. A medida que avanzaba en la carrera se iba dando cuenta de que la economía era mucho más que números, mucho más que plata: era un sistema de valoraciones por la cual determinada cosa tenía un valor respecto de otra, un sistema de relaciones para concebir el mundo. El «costo de oportunidad», otro término netamente económico que siempre le había sonado estúpido por la obviedad que planteaba (a grandes rasgos, según las limitaciones de Julián en la materia, lo podría describir como que «comprar X cuesta el valor de X y, además, el valor de dejar de comprar Y»), también iba adquiriendo cuerpo a medida que pasaban los años. La revelación paulatina que se iba dando es que hablar de Economía no es hablar de ministros, de políticas económicas o de plata, sino un modo de ver un sistema de relaciones y valoraciones que es equiparable a teorías del lenguaje planteadas por Saussure y compañía (lingüística), y también equiparable al andar más cotidiano, a evaluar escritores puestos en relación con otros escritores, situaciones de vida que cuestan ni más ni menos que pedazos de vida que no se habrán de vivir («vivir solo cuesta vida»), un entramado que al fin de cuentas es mucho más que el propio dinero, pero que también es dinero.
Dicho esto, Julián considera —según una enseñanza de su papá, quien paradójicamente ya no la aplica— que tener dinero cumple la principal función de no tener que preocuparse por él, y para ese entonces el dinero era algo que a Julián le preocupaba. Por eso es que la Feria del Libro se presentó como una oportunidad ideal para sumar unos pesos a su enflaquecida cuenta, y también para aprovechar un ahorro considerable en sus erogaciones: trabajando como vendedor en una de las dos megaeditoriales del país, que degluten editoriales locales año a año y manejan el portfolio de los bestsellers más ridículos junto con los longsellers más destacados y con un sello dedicado a lo más relevante de la literatura joven, Julián tenía la posibilidad de comprar libros nuevos (no usados, ¡nuevos!) a mitad de precio.
En ese momento las lecturas de Julián estaban diagramadas de un modo preciso: de chico, los libros infantiles (pocos) que heredó de su hermano o que le compró su mamá (algunos a su pedido, otros elegidos juntos, los más, traídos directamente por ella como un regalo; siempre, con la leyenda pertinente: «De 6 a 8 años», «De 8 a 10 años», «De 10 a 12 años», «A partir de 12 años»). En su primera adolescencia, los libros que su mamá le recomendaba de la biblioteca familiar. Cuando ya fue un poco mayor, los libros que él sacaba de la biblioteca familiar, sin la recomendación explícita de su mamá (incluso leía algunos que eran directamente desrecomendados por ella). Sus tres primeros libros que no estaban en la biblioteca familiar y que tampoco eran de lectura obligatoria en el colegio los recuerda bien. El primero fue una incursión a una librería para cambiar un regalo, de donde terminó llevándose Cien años de soledad. Le costó muchísimo esa lectura, así que para el siguiente, se le ocurrió buscar uno donde ya conociese la historia: quería leer El Padrino porque ya era fan de la película. Su mamá le dijo que lo buscó por todos lados, pero que no se conseguía. Tuvo que comprárselo usado, en Plaza Italia. Ella quería regalárselo nuevo, pero él estaba feliz sabiendo que se podían comprar libros así. Cuando lo terminó de leer —mucho más rápido que el anterior—, fue él mismo a elegir su próxima lectura. No sabía qué quería, pero pasó por una pequeña librería a la que nunca le había prestado atención, a pocas cuadras de su casa, y vio otro título de una película: Plata quemada. Esta vez no sabía nada más, ni sobre la película ni sobre el libro, pero no podía creer el precio, lo mismo que había gastado en el almuerzo de ese día. Fue entonces que lo supo: no hacía falta tener dinero para leer; podría leer toda la vida.
Julián reflexiona hoy que el primer contacto de las personas con los libros siempre resulta anecdótico, un hito en su vida, porque es el momento en el que descubre la potencialidad del mundo, la cantidad de cosas que han pasado antes de que el sujeto llegue a la cultura. Desde entonces, ver un libro es para él un símbolo de esta sedimentación, de la acumulación de capas y capas de pensamiento de distintas generaciones, de años de años, la historia de la humanidad que viaja en símbolos y páginas y, encuadernada, se guarda en anaqueles no para ser leída, sino para ser observada como la construcción de la sociedad. No fue el contenido de esos tres libros el que marcó a fuego la afición de Julián a la literatura, sino el objeto en sí, y el acto mismo de la compra del libro, de asignarle un valor en su vida a ese objeto para, a partir de ese momento, descubrir que sería principalmente a través de él el modo en que se conectaría con el resto de los seres humanos, su forma de relación. Porque descubría que podía hablar con todos sus amigos, pero que ninguno sería capaz de decirle tanto como un hombre que dedicó cuatro o cinco años a inventarse una historia, una historia que necesariamente le iba a contar mucho más del mundo que sus treinta compañeros de clase, que sus profesoras y profesores, que sus familiares, que la TV, que sus padres inclusive. Leía El Padrino y conocía la Sicilia de la Cosa Nostra, el Estados Unidos de la primera mitad del siglo XX, las relaciones intrafamiliares, los códigos de silencio, el respeto por lo propio, el desprecio por lo ajeno, un mundo nuevo. Leía Cien años de soledad y enseguida estaba en una tierra inverosímil de Colombia, calor agobiante, familias que repetían nombres en un árbol genealógico que crecía sobre sí mismo mientras había chicas que comían el yeso de las paredes. Leía Plata quemada y empezaba a enterarse de refilón la historia de su país, a conocer algunas calles de Buenos Aires, la trama oculta de un robo, la oscura reflexión de un ladrón a quien por primera vez no juzgaba con la moralina pacata que le habían enseñado toda su vida.
El final de ese libro estuvo por fuera de su comprensión: si el dinero se quemaba, ¿desaparecía o debía reimprimirse? ¿Cuánto? ¿Cómo? A veces Julián se enfrentaba a preguntas sin respuesta, preguntas que en todo caso él no se podía responder. Entonces emprendía la búsqueda de la respuesta en un libro, otro libro más. Los usados y los que estaban libres de derechos de autor se habían vuelto accesibles; comprarlos era completar piezas de un rompecabezas imaginario, una biblioteca que empezó siendo una repisa para dejar los libros ya leídos y, con el tiempo, se transformó en una maqueta donde había huecos para colocar allí los que faltaban leer. El plan de Julián ese año, en la Feria del Libro, era completar algunos de esos huecos.
A Julián no le gusta contar esta parte, no querría tener que involucrar a Victoria y su nombre ridículo con el recuerdo de su mamá, pero ese momento aparece tan relevante en aquel año que es ineludible, no tanto por lo que sucedió, sino por la significación que le dio Julián a lo sucedido.
En el primer día de la feria, al armado del stand y las indicaciones del trabajo se le sumó el conocimiento del predio, ubicar los stands de las distintas editoriales, saber dónde comer, dónde ir al baño, conocer por dónde se mueve la gente, conocer a sus compañeros, ver qué hay más allá. El detrás de escena de la venta de libros, que comenzaría a las dos de la tarde.
En ese primer día, Julián tuvo un pantallazo de sus compañeros: era fácil identificarlos, todos con la misma chomba turquesa. Los había de todas las edades, desde chicos de diecinueve a señoras de cincuenta. Casi todos hacían el trabajo por primera vez, pero un selecto grupo de tres representaba la voz de la experiencia —junto con la coordinadora, claro—. Florencia, Marcos y Miguel eran treintañeros o casi, tenían un espíritu joven y formaban un grupo cerrado, de mucha simpatía con el resto, y de cariño inigualable entre ellos. El trabajo full time de Marcos era pasear perros, pero todos los abriles desde hacía cinco años, hacía la pausa y con enorme parsimonia se dedicaba a vender libros —o, mejor, a recibir una inyección de dinero para «pegar buen faso», según informaba a quien lo quisiese saber—. Miguel, el más responsable de los tres, vivía en un pueblito del interior de Buenos Aires, y se acercaba a la capital para hacer un sueldo extra mientras su mujer atendía el negocio familiar. Florencia era mamá a tiempo completo y hacía algunas changas. Habían acordado con su ex que mientras ella trabajaba él se quedaba con el nene, tal como habían hecho los dos años previos, cuando todavía estaban juntos. A ella eso le permitía ganar unos pesos adicionales, y a él, sentir menos culpa por la miseria que le pasaba todos los meses para los alimentos del chico. Desfachatados, alegres y amables, los tres hablaban entre ellos y con los nuevos, para divertirse y transmitir su conocimiento en partes iguales.
—¿Alguno leyó un libro alguna vez? —preguntaba al aire Marcos—. Porque miren que no es necesario, eh… Yo no leo desde la escuela y acá me tienen, cinco años al hilo.
—Cinco al hilo… —repetía Florencia—, ¡qué bien que me vendría eso! Marquitos, ¿hace cuánto no metés ese número?
—No, lo mío es el amor, la paciencia, la tranquilidad…
—O sea que no llegás ni al segundo. Bárbaro, lo tengo en cuenta. Y de acá —se dio vuelta Florencia, ahora sí mirando a los nuevos, entre los que aparecía Julián, un tanto incómodo por el tono de la conversación— ¿quién se la banca?
El silencio fue rotundo. Julián examinó a Florencia mientras ella escrutaba al más joven de todos los vendedores, un grandote de 1,90 y 100 kilos, con una cara de nene adornada con una pelusa sin afeitar que pretendía ser un bigote. En la observación atenta, Julián descubrió en Florencia unas caderas muy distintas a las de sus amigas, a la de las chicas de los boliches a los que iba, a cualquiera de las (pocas) chicas con las que él había estado. También le vio en detalle los dientes —amarillos, chuecos— y la cara, quemada por el sol, con algunos principios de arrugas, un pelo rubio teñido, pajoso y algo ondulado que no cuadraba con el estilo «arreglado» que Julián estaba acostumbrado a ver en sus compañeras.
—¿Y vos, flaquito? —le dijo Florencia—. Vos no estás nada mal, eh. Tenés pinta de que podés durar.
Ante el silencio absoluto de Julián, Miguel intervino.
—Basta, Flor, ¿no ves que los estás incomodando a los chicos? Dejalos tranquilos, es su primer día, ya suficiente cagazo deben tener…
—Bueno, bueno —dijo mirándolo a Miguel, y luego volteó una vez más en dirección a Julián—. Igual con vos me quedó algo pendiente. Pensá si estás para más de un round, porque en serio que lo estoy necesitando.
Julián, inocente niño grande, no dijo nada: no estaba acostumbrado a que lo encaren, y menos en ese tono, una propuesta sexual directa, cuando para él, salir con una mujer era querer tener sexo y tener que aguardar, el recato, el respeto, todo lo que había ido aprendiendo a los tumbos hasta ese momento. La mujer no encaraba, no controlaba, ni siquiera quería tener sexo, o al menos, no del modo en el que lo quería Florencia, y menos aún si era una madre. Además, ¿le gustaba ella? No se parecía en nada a lo que Julián entendía que era una «mina linda», es decir, una mujer parecida a la de las revistas, a la tele o a lo que sus amigos, desde que entró en la pubertad, definieron como «linda».
Las que sí eran «minas lindas» eran las que estaban enfrente del stand de Julián: al ingresar al pabellón central de la feria, un pequeñísimo puesto se ubicaba a la derecha de la puerta, y su conexión con los libros era, como mínimo, remota: dos promotoras ofrecían a los visitantes un suplemento que «ayudaba a la memoria», y el visitante debía interpretar que eso estaba vinculado con los libros porque el logo incluía un cerebro gigante, que sería lo que uno desarrolla al leer (y que mantiene a través del consumo de la bendita pastilla). Las promotoras lucían ambo blanco y a una de ellas, un botón estratégicamente desabrochado le permitía mostrar su voluptuosidad propia de las vedettes de los años ochenta. Al lado, más discreta pero mucho más «linda», la chica que enamoró a Julián a primera vista: morocha, ojos negros y almendrados, cara grande de cutis perfecto y rasgos sutiles, con una sonrisa blanca que solo había visto en publicidades de pasta de dientes. Ese era el tipo de mujer que le gustaba a Julián, y no Florencia, que se ofrecía como en un mercado de antigüedades. Para él, solo contaba si era inalcanzable, lo que le permitía desear lo deseado por todos, sufrir en silencio por no obtenerlo, no tener nunca que enfrentarse con la materialidad de acercarse a su objeto de amor. En resumidas cuentas, piensa Julián a la distancia, no estaba para que le cuenten cuántos polvos era capaz de echarse, sino para fantasear con los que no se echaría nunca.
Desde su posición de custodio de libros en el stand, Julián tenía vista directa al puesto de la memoria. Las veía actuar a las chicas: alguien se acercaba al stand, ellas sonreían, explicaban el producto y entregaban una muestra gratis. La persona seguía caminando con la bolsita del producto, y a continuación venía otra y preguntaba. Era sorprendente ver cuánta gente se interesaba. Y no solo hombres —por obvias razones—; la mayoría eran mujeres, según calculaba a ojo Julián. Mientras las observaba trabajar, imaginaba posibles estrategias para acercarse a la chica que le gustaba, que le informaron que se llamaba Victoria —porque había otros hombres en el stand de Julián, mucho más pillos y directos que él, con los mismos intereses, más espurios y también más claros que los suyos—.
Entre las fantasías de cómo acercarse a ella, se le ocurrió la más obvia en ese lugar: regalarle un libro. Un libro sería ideal, sí, claro, pero ¿cuál? Miraba la esquina que le tocaba custodiar y no había nada muy tentador. Un nuevo libro sobre la dictadura se vendía como pan caliente, al punto tal que ocupaba toda su columna, pero para sorpresa de Julián, no era necesariamente «en contra» de la dictadura, sino, en el mejor de los casos, «neutral» (que era lo mismo que decir «a favor»). En la otra se exhibía mayor variedad, pero nada interesante: un libro sobre nombres graciosos en el fútbol, una novela de tapa violeta a la que todos los días una señora vestida de violeta se le acercaba para acomodar y preguntar si se habían vendido ejemplares —era la autora—, la última novela de David Viñas, una investigación sobre los Lubavitch en Argentina… Novedades, en una palabra. En los otros pasillos se encontraban otras cosas, pero nada que le llamase la atención. O sí: la figura estelar de ese año era el nuevo tomo de la saga Juego de tronos, y el stand tenía un trono enorme en una de sus esquinas. En la otra esquina se veía el stand de la editorial rival, y allí, durante dos semanas, a Julián le tocó ver a Moria Casán pelada (¿otro presagio?) en la tapa de su libro. No había nada de nada para regalar, hasta que su mamá le dio la idea. No explícitamente, claro está, pero gracias a su visita, se le ocurrió cómo podría hacer para hablar con Victoria.
Su mamá apareció uno de los primeros días de la feria, cuando Julián apenas se había acomodado en su stand y recién estaba conociendo a sus compañeros. Era un día de semana tipo cuatro de la tarde, con lo cual el predio estaba casi vacío. Sin embargo, Julián no la vio venir a la distancia, y recién la reconoció cuando la tuvo a un metro. Él estaba hablando con Florencia en su puesto, y se sorprendió con su visita. Para su propia incredulidad, su reacción fue de agrado, y le presentó a Florencia como si fuese lo más natural del mundo —que lo era, pero que para el Julián de dos minutos antes habría sido sacrílego tener en la misma escena a una mujer que le declaró su intención de «volteárselo» con su mamá—.
Después de una charla de unos minutos entre los tres, la mamá de Julián les dijo «Los dejo solos» como si fuese un guiño, y se puso a recorrer los pasillos en busca de libros. Cuando se fue, Florencia le dijo que era «muy mona» su mamá, pero que le parecía demasiado pronto para conocerla. Después se rio a carcajadas, mientras Julián permaneció en silencio. Se preguntaba qué hacía su mamá allá, por qué había ido a visitarlo, para qué. Se dio cuenta, también, de que tenía su descuento de empleado, con lo cual le ofreció un fin práctico a su visita, y la alcanzó para decírselo. No sabía él qué recomendar ni ella qué elegir, hasta que apareció un diván en una tapa. Un señor estaba acostado en él y un globo blanco y enorme salía de su boca; el presumible terapeuta estaba parado sobre su silla, investigando qué había en el globo blanco. Un chiste. Un chiste sobre psicólogos. Un libro de chistes sobre psicólogos. Tuterapia, por Tute, el que hacía los dibujos en la contratapa del diario. Un regalo ideal para comprar a mitad de precio.
—Te regalo este —le dijo Julián a su mamá, a quien nunca le regalaba nada por fuera del cumpleaños y el Día de la Madre.
Fue a la caja, feliz con su elección, lo pagó y se lo dio. Y cuando su mamá salió con la bolsa prometiéndole verlo a la noche «en casa», él se dijo: «¡Eso!», y pensó que el libro ideal para regalarle a Victoria era un libro de chistes de Tute, lleno de personajes dubitativos que tan bien expresaban su sentir. Ahora solo le faltaba pensar el cómo, el cuándo, el dónde. El qué y el quién estaban definidos (y ni hablar del por qué y para qué).
Todas las editoriales invitan a sus autores a presentar sus libros en la feria. Muchas presentaciones son de libros publicados a propósito para la fecha de la feria, y muchas otras simplemente se dan porque se organizan mesas redondas o cualquier otro evento que luego hace que se promocione: «El autor firmará ejemplares en el stand». Julián buscó la fecha: era ideal, en pocos días Tute iba a estar en el stand. Quedaban claras las respuestas que faltaban: el día de la firma, en el stand, con un mensaje del autor.
En los días previos Julián estuvo nervioso. Todos los mediodías él llegaba y ordenaba su puesto en el stand, media hora antes de que abriera la feria, como era la norma para él y sus compañeros. Diez minutos antes de la apertura, llegaban Victoria y su compañera, con «ropa de calle» (Victoria con su campera negra de cuero, siempre). Se metían las dos debajo de su pequeño aparador y salían con sus ambos blancos, listas para trabajar. Marina —así se llamaba la compañera de Victoria— se quedaba en su stand, pero Victoria iba al stand de la editorial y saludaba con un beso a todos, Julián incluido. Hablaba con los más veteranos, que se la chamuyaban sin escrúpulos. Con Julián alguna vez cruzaron un par de palabras en un grupito de esos que se formaban al comienzo o al final del día. No tenían relación entre sí, salvo alguna vez que ella lo había agarrado mientras él la miraba desde su puesto.
Julián transpiró de más el día que pusieron en el stand el cartel: «Hoy, firma de ejemplares de Tute, 19 hs», con una foto del autor y un par de sus dibujos característicos, uno de esos «Hugo» que se suele enamorar ridículamente de mujeres con las que no sabe conectar —porque, como notó Julián tiempo después, Hugo tiende a ser un idiota—. En su cabeza, el plan estaba listo, todo preparado. Hasta que colapsó: no tenía sentido. ¿Qué le iba a decir cuando le regalase el libro? «Hola, te traigo este libro». «Ah, ¡gracias! ¿Por qué?». «No sé, me gustás». «Ay, qué tierno». La conversación más estúpida del mundo. Julián no solo sabía que Victoria era más atractiva que él: también sabía que era promotora, que era de verdad médica —por ley debía haber una profesional a cargo de la entrega de las muestras— y que, por lo tanto, también tenía que ser mayor que él, porque quién se recibe de médica a los veintitrés años. «Qué tierno», eso le iba a decir, seguro, como una prima mayor, como una amiga de su hermano, alguien que no lo toma en serio, que lo considera un niño tiernito, simpático. Y es que lo era, claro que lo era, pero en su cabeza Julián quería ser otro, quería ser el semental que Florencia pretendía que fuese, pero seguía sin concretar esa aventura, seguía quedándose en silencio cada vez que ella lo apuraba, seguía en el mundo de fantasía en el que Victoria se enamoraba de él con un libro de Tute. ¿Y si no le gusta Tute? ¿A cuántas personas les gusta Tute? ¿Cuántas lo conocen? Sus dibujos son objetivamente horribles, su página entera en la revista de los domingos de La Nación es bien difícil de comprender, y los chistes de la última página de Espectáculos están bien, pero para eso, primero hay que comprar La Nación —el diario que estuvo en todas las mesas de desayuno de Julián desde que tiene uso de razón hasta ese día en la feria, al menos—, hay que interesarse en los chistes, hay que leer el de Tute, y hay que meterse en sus historias, comprender ese humor que no entra de una, que no se comprende universalmente con la primera tira. Es, sin ir más lejos, lo que le pasa a Julián cada vez que va a un bar y ojea los chistes de la contratapa del Clarín: no los entiende, no le gustan, no está acostumbrado a esos trazos gruesos de la Nelly, ni a esas rayas fuertes de Christ, y mucho menos le gustan las aventuras de Diógenes y el Linyera. Clemente es más conocido, pero no por eso más gracioso, y Yo, Matías sí le gusta, pero por haber leído varias veces unos libros que le regalaron de chico. Ni el recuadro de Fontanarrosa le gustaba, todas esas líneas rectas. No. A Julián déjenlo con Tute, Maitena, los que aparecieron últimamente, Max Aguirre, Diego Parés. Liniers no, aunque lo identifica bien, y Gaturro cuando era chico lo divertía, y más de grande aprendió que eso estaba mal, por otros motivos que no vienen a cuento. De todos, su favorito siempre fue Tute, pero nunca lo compartió con nadie. ¿Con quién comentar lo que lee todas las mañanas en el desayuno o en el baño? Son unos diez segundos de sonrisa, y a seguir el día, fin de la relación con Tute. De pronto, recortar una o dos tiras para pegar en su pared de corcho, verlas cada tanto, volver a reírse, compartirlas con quien entre a su habitación, fin. ¿Qué sabe él de la relación de otros con Tute? ¿Por qué habría de gustarle a alguien más? ¿Y por qué entre esos «alguien más» figuraría Victoria? Si fuese una de esas personas, sería un éxito, un pleno, lo volvería un guiño mucho más significativo entre ambos, un flechazo de dos almas perdidas que se encuentran, Hugo y la otra. Pero ¿y si no? El sudor frío que corría por su espalda no lo dejaba pensar a Julián, que cada tanto era reprendido por su jefa por estar «colgado». El trabajo en el stand era mucho menos gratificante de lo que él se había imaginado: casi nadie le preguntaba nada, y cuando su jefa lo veía hablando mucho tiempo con un potencial cliente, en vez de felicitarlo lo retaba, porque abandonaba su puesto para mostrarle un libro en la otra punta del stand, con el riesgo de robos en su zona que ello implicaba. Nada por hacer.
Un par de minutos antes de las siete, apareció Tute, rodeado de las dos agentes de prensa de la editorial. Lo llevaron a una mesa que le tenían preparada, en diagonal a Julián, bastante lejos. Él no lo alcanzaba a ver a Tute, tapado por una pila de libros, pero sí pudo ver, de frente, la fila que se había armado de fans de Tute —fans, evidentemente, mucho más vehementes que Julián— que querían tener su ejemplar firmado. A esa hora no solo estaba lleno de gente el stand por los aficionados de Tute: también desbordaba de personas que creían que los libros solo se consiguen en la feria, y planeaban hacer sus compras rodeados de otras personas y haciendo filas interminables para pagar, en lugar de ir a cualquier librería y acceder a los mismos libros, al mismo precio, más cerca, con menos fila y mejor atención —y sin pagar entrada, claro, en caso de que alguien allí adentro hubiera pagado su entrada—. Julián estaba atareado controlando su puesto, y usó eso como excusa para no acercarse a Tute. Cada tanto relojeaba la fila; parecía inmóvil: alguien se iba con su ejemplar firmado y de inmediato aparecía una nueva persona al final. La firma de ejemplares suele durar lo que los lectores demanden: es muy raro que la fila sea tan grande que no alcance para que cada quien se lleve su libro firmado, y más habitual es ver la triste escena de autores esperando en vano por lectores que los vengan a buscar —esto pasaba a diario en los stands de editoriales de autopublicación, y también pasaba en editoriales más grandes con autores poco conocidos que solo firmaban ejemplares a familiares y amigos—. Tute tenía su clientela fija, ni muy populosa ni escasa: la medida justa.
A eso de las ocho, Julián vio que la fila se empezaba a acortar. ¿Y él qué iba a hacer? ¿Ejecutaba el plan inicial o mantenía su temor reverencial y se quedaba en el mundo de los «qué hubiese sido si…»? El movimiento en el stand había bajado un poco. Era día de semana, a las ocho y media se moría todo y la feria quedaba abierta hasta las diez de la noche solo para adolescentes y fanáticos. Tute no se quedaría mucho tiempo más. No, el plan no tenía sentido, no habían hablado prácticamente nunca con Victoria, tenían unos quince días más de feria por delante, no se bancaría la vergüenza todo ese tiempo. No le va a gustar Tute, además, pensó Julián para zanjar la cuestión, y se quedó en su puesto.
Y un minuto después, vio que Marina y Victoria cerraban el puesto de pastillas para la memoria, como hacían todos los días a las ocho, y se adentraban en el stand de la editorial de Julián, elegían dos libros sin dudarlo un segundo, los pagaban y se ponían en la fila para hacerlos firmar por el autor. ¡Un pleno!, pensó Julián, y abandonó su puesto sin dudarlo para imitar a las promotoras en cada una de sus acciones.
Cuando llegó a la fila, un par de personas se habían colocado detrás de Marina y Victoria. Julián se paró detrás de ellas y esperó en silencio, hojeando sus libros de tanto en tanto y riéndose en voz baja de los chistes. Había comprado dos, chiquitos, uno de tapa completamente negra, con un cuadro de diálogo que decía «Fijate si se cortó en todo el libro» y otro de tapa blanca, con un corazón grande, rojo y vital en el centro, que en la contratapa aparecía igual de grande y rojo pero todo arrugado. Uno se lo iba a regalar a su mamá (el segundo libro que le regalaría en la semana luego de que el otro le haya gustado; el segundo de Tute, pero esta vez dedicado por el autor) y el otro se lo iba a quedar él. Desde ya, ninguno era para Victoria, que ya tenía el suyo.
La fila era una ele, y recién cuando doblaron en la esquina Victoria y Marina notaron la presencia de Julián.
—¡Hola! —le dijo Victoria—. ¡Mirá quién está acá! —dijo después, mirándola a Marina, y luego volvió a dirigirse a Julián—: ¡No sabía que te gustaba Tute!
—Ah, ¿cómo están? —se hizo el distraído Julián—. Sí, me gusta.
—¡Ay, a mí me encanta, lo amo! —dijo Victoria—. A ver, ¿cuál te compraste vos?
Intercambiaron libros y chistes hasta que llegó el turno de la firma, que no era firma, sino dibujo. Tute llevaba más de una hora recibiendo gente, y seguía tratando a todo el mundo con simpatía y preguntándoles cosas para hacer un chiste a mano alzada y en un minuto, con una lapicera de tinta negra que le permitía hacer trazos sólidos en el papel ilustración.
