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¿Y si además de alzar la voz paramos la oreja? ¿Y si corremos la percepción de que la potencia política está en la voz y nos entregamos a la potencia política de la escucha? "En medio de esta ola de aturdimiento, provocaciones y aceleración, que se sostiene en nuevos silenciamientos y cristaliza nuevas formas de lo indecible y lo inescuchable, nadie como Gabriel Giorgi para reconocer cómo el ejercicio crítico de la escucha puede alimentar y transformar las luchas del presente. Para desentramar los modos en que trabaja la lengua pública y buscar fugas en los subsuelos de la lengua. Para poner el oído en el día a día de la calle y en el tiempo a tiempo de la literatura. Literatura, no como un lugar donde escribimos lo que escuchamos, sino donde aprendemos a escuchar. Parar la oreja para activar otras resonancias, para batallar por nuestra atención, para reconocer otras temporalidades, para inventar otros tiempos" (Dani Zelko).
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Seitenzahl: 171
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Colección Avenida Independencia
Parar la oreja
Notas para una política de la escucha
Gabriel Giorgi
Giorgi, Gabriel
Parar la oreja : Notas para una política de la escucha / Gabriel Giorgi. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Tenemos las Máquinas, 2025.
(Avenida Independencia)
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-3633-48-5
1. Ensayo Político. I. Título.
CDD A864
Primera edición: noviembre de 2025
© Tenemos las Máquinas, 2025
© Gabriel Giorgi, 2025
EDICIÓN
Edgardo Dieleke y Julieta Mortati
DIAGRAMACIÓN
Lara Melamet
ASISTENCIA EDITORIAL
Camila Drincovich
CORRECCIÓN
Mariana Gómez Masía
CONVERSIÓN AFORMATO DIGITAL
Estudio eBook
Hecho el depósito que establece la Ley 11723.Libro de edición argentina. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra sin la autorización por escrito de los titulares del copyright.
EDITORIAL TENEMOS LAS MÁQUINAS
www.tenemoslasmaquinas.com.ar
IG: @tenemoslasmaquinas
For there are infrasonic signals around me everywhere I go1
HAYTHAM EL-WARDANY
Mesmo assim, continuarei tentando dar conta do que ouvi2
VERONICA STIGGER
1 «Porque hay infrasonidos alrededor mío adonde sea que vaya». [Traducción del autor].
2 «De cualquier manera, continuaré intentando dar cuenta de lo que oí». [Traducción del autor].
Una crisis de hegemonía es una crisis de la escucha. Es, en primer lugar, una crisis de las formas discursivas, de los modos de producir sentido común, de los pactos y las interlocuciones validadas y también de los silencios concertados. Pero es también una crisis de los tonos, de los modos en que las lenguas públicas suenan y en que los sonidos ambiente se anudan a sentidos compartidos. En general, hemos pensado estas crisis de la hegemonía en torno a los reordenamientos de lo «decible», de lo que una sociedad valida como discurso legítimo en un momento dado, y de las disputas sobre los límites de lo que puede y no puede ser dicho. ¿Qué pasa si situamos también la escucha en esas mutaciones colectivas? ¿Qué pasa si hacemos de la pregunta por lo audible y lo inaudible —por lo que una sociedad puede, quiere, tolera escuchar, y lo que empuja hacia lo inaudible— una especie de método para entender los modos en que se trabaja la lengua pública? ¿Qué sucede si ponemos el oído en el centro de las disputas por el sentido común? Sería, creo, imposible (aunque desde luego tentador, como todo proyecto deliberadamente delirante) catalogar cómo «suena» una sociedad en un momento histórico dado: sería un catálogo incierto y seguramente infinito. Más asequible, aunque ciertamente provisorio y arbitrario, intentar poner el oído en algunas mutaciones de la lengua pública y en los modos en los que sentido, tonos, inflexiones, silencios, sonidos ambiente se imantan y se anudan en un momento de mutación social radical. En este libro me propuse ese ejercicio tentativo, como primer momento de un proyecto, desde luego, más vasto.
En la Argentina, con el ascenso de la ultraderecha, «justicia social», «soberanía» y «derechos humanos» parecieron volverse palabras malditas o risibles; los tonos de la lengua política se trabajaron sobre un continuum entre la crueldad y el chiste; el aturdimiento se quiso imponer como modo de gestión —negativa, podríamos decir— de la conversación pública. La pregunta por lo que se puede tolerar y por lo intolerable en la escucha emerge con nueva fuerza. Y, con ello, la de la atención y la distracción como campo de batalla político y subjetivo del presente. La lengua —y los mundos sonoros que se adhieren a ella— empieza a trabajar señales que la escucha tiene que navegar. Para hacerlo necesita reacomodarse y reentrenarse.
Entre diciembre de 2023 y la primera mitad de 2025 me propuse escribir unas notas de escucha como ejercicio para entrenar el oído y a la vez como intento de reorientación en la mutación radical que atravesamos. Se trata de una serie de registros arbitrarios de lo que entra por los oídos, a veces directamente, a veces mediado por textos: una práctica de escucha escrita a partir de una escucha pública.
Retomo en este ejercicio algo que comenzó tiempo atrás, cuando me pregunté por el tipo de oralidad que venía junto con las escrituras del odio en territorios electrónicos. Entonces estaba enfocado en las inflexiones del odio en la lengua colectiva a partir de los Diarios del odio de Roberto Jacoby y Syd Krochmalny.3 Algo que pasaba por esa intervención decisiva que paraba la oreja y que pescaba un afecto político que mutaba de naturaleza y escala: las señales del presente ya aparecían ahí, y venían de la mano de una práctica o un experimento de escucha.
Quiero seguir ese ejercicio ahora por la vía de estas notas de escucha. No se trata de un diario, tampoco de una investigación; evita cualquier atisbo de escucha de tipo etnográfica o sociológica. Me interesa más ejercitar la escucha de aquello que no se termina de articular como palabra y como sentido: el ruido, los tonos, lo que recorre en, por así decirlo, el subsuelo de la lengua y también lo que hace a sonidos ambientales que hablan de una mutación de las atmósferas, de los climas y la textura de lo cotidiano. Quiero ensayar también herramientas para pensar la escucha a partir de esta inflexión histórica, herramientas que vienen de los estudios sonoros, la filosofía y, siempre, la literatura, que es el gran laboratorio de escucha de la lengua.
Brandon LaBelle habla de la escucha como un «trabajo de reorientación»: dice que la escucha siempre tiene lugar en el umbral (que es algo más que un «límite») entre lo audible y lo inaudible, y que ese umbral es zona de disputa jugada sobre formas y estructuras de dominación que distribuyen lo que una sociedad puede escuchar y lo que se descarta hacia lo inescuchable.4 Los cuerpos tratan de reorientarse en ese campo de batalla sonoro: lo que suena y lo que se silencia en un mundo compartido. Parar la oreja, poner el oído es ese gesto corporal: el cabeceo para orientarse en las señales ambiente; es además un gesto de desaceleración, de interrupción y de apuesta a otro tiempo. En ese gesto se juega, también, la pelea por la atención, que es una de las arenas políticas, culturales y subjetivas del presente.
Entro a la pregunta por la escucha en el momento en que en la Argentina se disputan los tonos de la política. La ultraderecha del siglo XXI (la llamaré también neofascismo, y también «el experimento en curso») irrumpe con lo que podríamos nombrar como un «régimen de lo audible». Es un régimen que, como decía, trabaja los límites de lo que una sociedad puede y quiere escuchar, y lo que descarta o reprime hacia lo inaudible; lo que tolera y lo que decide silenciar; un régimen hecho de palabras, tonos, ruidos y silencio. Cambia el diagrama de la escucha: nuevos tonos, otros decibeles, otro modo de modelar y de colonizar la escucha. Emerge incluso otro folclore del meme político que tiene que ver con una zona de la escucha transformada. Se incrustan nuevos modos de la ficción (desde el gótico hasta la sci-fi) en el día a día de la política. Me interesa mucho intentar situar las disputas por lo decible dentro de una mutación más amplia de lo que se da a escuchar: entre el sentido y lo que le pasa y hace el cuerpo que escucha.
Nada de esto es, podemos pensar, realmente nuevo, salvo, quizás, el aumento espectacularizado de los decibeles de la violencia verbal y una mezcla de tonos inédita —«¿es joda?», «¿es en serio?»: podríamos llamarlo «el efecto Joker» evocando la sordina tonal del personaje del film de Todd Phillips— ante los cuales hay que reacomodar las formas de escucha. Me corrijo: quizá reacomodar sea demasiado ambicioso o prolijo para el tipo de mutación en curso. Más bien pugna permanente por la atención y por lo decible y por lo tolerable en la escucha.
Siento que me lleva una enorme energía mental y afectiva la cotidianeidad de la provocación diaria; esto se vuelve tema de conversación frecuente con amigxs, sobre todo en los primeros meses del nuevo gobierno. A la vez, la pregunta práctica, que sigue abierta, sobre cómo navegar este tiempo me conduce a otra pregunta que me interesa mucho: la de la naturaleza de la atención, algo que en general había dado por supuesto, y que ahora sube a la superficie como una interrogación conceptual y política.
El gobierno de la atención como campo de batalla del presente; la escucha como herramienta central por el entrenamiento que supone. Nacemos a la escucha a la vez en la distracción y la atención: oír y escuchar son sus dos polos. Incapacitados, en principio, para cerrar los oídos («los oídos no tienen párpados» es la consigna repetida), estamos expuestxs a todos los estímulos acústicos que entran en nuestro rango de audición (e incluso a los que están en el límite mismo de ese rango —volveremos sobre esto—).5 En ese campo sonoro heterogéneo debemos ser capaces, todo el tiempo, de fijar la atención en alguno/s de ellos: llamamos «escucha» a ese ejercicio siempre precario e inestable. En ellos se juega la batalla por la atención: el sujeto de la escucha viene entrenado para ese ejercicio.
Claire Bishop argumenta acertadamente que el contraste entre atención y distracción es moral: lo que llamamos «distracción» es, en realidad, una atención puesta en lugares que consideramos equivocados.6 Y eso permite concebir la atención como el privilegio y el monopolio de un sujeto disciplinado, racional, centrado (uso el masculino deliberadamente) sobre sí mismo. Bishop prefiere hablar de «atención híbrida» para desmontar ese binarismo, y analiza ejemplos del arte contemporáneo como campo de ensayo para este tipo de atención ya modelada por la era digital. Creo que la escucha también nos puede servir para pensar ese tipo de atención. A la vez, también me interesa conservar la idea de «distracción» en la medida en que puede ser pensada como capacidad para moverse entre puntos de atención, justamente como desafío (precisamente por estar moralizada) y como oportunidad para estrategias de fuga y desobediencia.
Estas notas de escucha juegan con la idea de que el experimento en curso de la ultraderecha es en gran medida un experimento —como todo experimento, asediado por su falla y su veta ridícula— sobre el gobierno de la atención. Es un experimento que, afirmándose en tecnologías digitales que venían modelando subjetividades y cuerpos (el hecho de que la pantalla se vuelve un centro de gravedad mental y corporal, incluso postural), y que tuvieron su enraizamiento definitivo en la pandemia, trabaja sobre nuevos modos de aturdimiento, de saturación de estímulos —provocaciones, irritaciones del humor colectivo, el bait como metodología de captura de la vida pública— y con una aceleración cotidiana que es parte del gobierno de la atención.
A medida que el primer año de Javier Milei progresaba se hizo evidente que algo de este experimento y este gobierno de la atención pasaba por la escucha, por una gestión de los decibeles efectivos e imaginarios, por las modulaciones del grito, el «rugido», el desconcierto por saturación y exceso de réplicas, la cacofonía. «Flood the zone with shit» («llenar la zona de mierda»), la frase de Stephen Bannon, es su estribillo. Y también la idea de «muzzle velocity» («velocidad mordaza»), la velocidad o aceleración que obtura las respuestas por la misma saturación de incitaciones. Esa estrategia pasa por la atención y, aunque no exclusivamente, sí significativamente por el campo, amplio, de la escucha.
Pero a la vez me di cuenta de que la escucha permitía también fugas, desobediencias, desaceleraciones. Quise intentar pensar eso; pensar en el sentido de evaluar sus posibilidades y naturaleza. Algo en la escucha que permite saltar entre tiempos, eludir la trampa del puro presente, activar ecos, es decir: otros tiempos.
Parar la oreja, entonces, para empezar a pensar y ejercitar la escucha en un contexto de mutación radical de los modos, los regímenes, las reglas de la atención. Implica a la vez prestar atención y desacelerar el flujo de estímulos: un ejercicio para activar otros tiempos. Subrayo ejercicio: una práctica en el tiempo para aprender una capacidad o una destreza que se albergaba, latente, en el cuerpo. Un modo de (re)aprendizaje de destrezas: reaprender a hacer lo que ignorábamos que sabíamos hacer. Habitar esa vacancia de saber, junto a la desorientación y a las posibilidades que vienen con ello, es parte central del ejercicio.
Me propuse situarme ahí, en lo que me parecía que alteraba el campo de lo audible. No (o al menos no solo) como testimonio personal ni como catarsis, sino como ejercicio crítico, como ensayo de herramientas y de modos de la atención. Es decir: como trabajo de reorientación en medio de la mutación en curso. Para ello combino el registro directo de algunas escenas con materiales estéticos o teóricos: una especie de diario intercalado. Sin seguir una secuencia temporal lineal, las notas sí están, en muchos casos, adheridas a eventos, situaciones, momentos del primer año “largo” del experimento en curso. Quieren guardar una cierta memoria cotidiana de esta primera etapa y de algunas mutaciones sensibles que vienen con ella, reteniendo las vacilaciones e incertidumbres de ese proceso. Y también las capacidades que pudimos desarrollar y cultivar.
Cierro estas notas a principios de septiembre de 2025, en medio de un nuevo tembladeral en la economía argentina, y donde la aceleración de procesos de desposesión y de entrega de soberanía —pilares de la apuesta libertaria— enfrentan distintas formas de respuesta colectiva. La credibilidad del experimento parece encontrar un límite: una inflexión. En este umbral de fluctuación las herramientas de escucha que se ensayan aquí son vías a través de las cuales el cuerpo explora, en el día a día —y, nunca más apropiadamente, a tientas—, modos de la atención que son siempre la posibilidad de dividir el presente para desbloquear otros tiempos. Esa es, finalmente, la tarea clave de toda política de lo sensible.
3 Gabriel Giorgi y Ana Kiffer, Las vueltas del odio. Gestos, escrituras, políticas (Buenos Aires: Eterna Cadencia, 2020).
4 Brandon LaBelle, Acoustic Justice. Listening, Performativity, and the Work of Reorientation (Nueva York y Londres: Bloomsbury Academic, 2021). Hay traducción al español: Justicia acústica. Escucha, performatividad y trabajo de reorientación (Santiago de Chile: Metales Pesados, 2023).
5 Steve Connor, «The Modern Auditory I», en Roy Porter, Rewriting the Self. From the Middle Ages to the Present (Londres: Routledge, 1993).
6 Claire Bishop, Disordered Attention. How We Look at Art and Performance Today (Londres y Nueva York: Verso, 2024). Ver también: Yves Cytton, The Ecology of Attention (Londres: Polity, 2018).
Los tonos de la política en el experimento de ultraderecha son los de una saturación incitada de la escucha: es una suerte de régimen de lo audible que busca instaurar una nueva tolerancia hacia altísimos decibeles de violencia verbal, estrategias de aturdimiento colectivo y movilización de plataformas digitales que impactan en las formas de la lengua. Incluye también, por supuesto, nuevos silenciamientos, nuevas obturaciones, nuevas formas de lo indecible y de lo inescuchable. Aturdimiento es una palabra que me sirve para pensar la gestión de los tonos: se mueve entre lo auditivo y lo cognitivo, y va directamente a la cuestión de la atención, que aparece como una cuestión tanto política como cultural y subjetiva.
¿Qué le pasa al sujeto de la escucha en ese contexto? ¿Qué hace? ¿Cómo navega estos mundos sonoros, estas atmósferas cargadas? El sujeto de la escucha es un personaje interesante porque está siempre, de movida, distraído: no podemos, en general, cerrar los oídos y, por lo tanto, estamos siempre expuestos a estímulos sonoros que nos arrastran y nos ocupan. Y por eso está peleando siempre por su atención. Ese supuesto déficit —la tendencia a la dispersión— le da, quiero creer, un saber práctico para moverse en este universo de saturación incitada. Pelear por nuestra atención: ahí la escucha como herramienta.
Todo esto es un experimento abierto y con derivas inciertas, pero quiero registrar una cotidianeidad, sobre todo en la primera etapa del nuevo gobierno. Entro por ahí intentando activar otras formas de atención y de resonancia, que es el principal trabajo de la escucha.
—Ao menos, ele é daquí.
«Ele» es Bolsonaro. «Daquí» quiere decir, supongo, de Brasil.
—E Lula não é daquí? —pregunto.
—Lula é um ladrão.
La figura del conductor («socio») de Uber se me volvió un personaje insistente: todos parecen repetir lo mismo. Es el tercero que salta de alegría cuando se entera de que soy argentino: que si estoy contento con el nuevo presidente. Es el 10 de diciembre de 2023, el día de la asunción de Milei como presidente. Estoy en San Pablo. Este conductor insiste mucho en la esperanza y en la libertad («viva la libertad, caralho», dice, entre lenguas, con risa muy genuina). Le resulta absolutamente incomprensible mi desasosiego. Le explico los motivos, aun sabiendo que es en vano. Pero le cuento igual, en primer lugar, porque él me pregunta. Creo que se asusta un poco con mi intensidad.
La conversación en ningún momento se detuvo: calculo la cartografía de la distancia entre nosotros: el Uber se fue volviendo una burbuja de no-escucha en la escucha misma. Me interesa eso. Todo amable: incluimos chistes, chicanas, alguna risa. Obvio: él quiere su viaje, yo quiero llegar a destino. Soy, además, extranjero: gran filtro. Pienso que debo aprender a convivir con esto: con la no-escucha como textura de la vida cotidiana. Están muy bien las promesas cívicas que vienen con la escucha, su hospitalidad, su capacidad para trabajar con las diferencias. Pero no siempre funciona. Hay que vivir con eso también. Y eso inescuchable o inaudible es, pienso, parte esencial de la escucha. Primer paso: saber reconocer la frontera entre lo audible y lo inaudible. Segundo paso: entender que esa frontera está hecha de tiempo, que es cuestión de tiempo. Llego hasta ahí.
Un protocolo de distancia aural, digamos. Escucho las señales atmosféricas. Guardo las distancias.
Brasil, dicen, siempre se pensó como el país del futuro;7 bueno, lo es, al menos en esta inflexión histórica. El futuro que empezó hoy en la Argentina es un futuro viejo. En una revista de aquí juegan en estas semanas con el nombre «Javier Delay»: esto ya lo vimos, dicen los brasileños.
En la escucha, me digo, está el futuro.
7 La frase, se sabe, pertenece a Stefan Zweig, y le da título a su libro de 1941.
En sus primeros momentos, el gobierno de ultraderecha argentino se jugó en torno a dos escenas de escucha. Por un lado, el ruido. Un gobierno deliberadamente ruidoso no solo por el tipo de semiótica aural que cultiva (el grito, el «rugido», la masculinidad caricaturesca de la voz), sino fundamentalmente porque busca desorientar, saturar de señales contradictorias el espacio público, confundir y agotar las mentes y los cuerpos. Meter ruido para desorientar todo el tiempo como método de gobierno. Se mueven entre la tele y las plataformas digitales, con las variaciones, reinterpretaciones, la cacofonía del ruido gubernamental. El gobierno de los cuerpos agotados por la vía del ruido, de la captura incesante de la atención. Si en otro momento la tarea crítica era develar las trampas de la ideología, creo que en nuestra época el trabajo crítico es intentar desmalezar el ruido que el gobierno inyecta en la vida cotidiana. Un arte de la atención y una política de los decibeles en contexto de aturdimiento deliberado de lo social: estrategias críticas en la sociedad aturdida.
A su vez, la otra escena de escucha pasa por lo inarticulado
