Parecía primavera - Gustavo Bussot - E-Book

Parecía primavera E-Book

Gustavo Bussot

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"Quince cuentos —unos de impronta fantástica, otros de corte realista— que se proponen ahondar en experiencias tan iluminadoras como perturbadoras. De esto trata Parecía primavera, de Gustavo Bussot. Un libro intenso, irónico, vertiginoso, y al mismo tiempo melancólico y lúcido, en el que los personajes conciben el mundo como un inexplorado territorio cotidiano. A pesar de que mis cuentos preferidos son los que desgarran la parte más oscura del alma, no quiero predisponer al lector, sino dejarlo deslumbrarse por el despiadado manejo de la literatura de Bussot, quien ha decidido narrar desde las entrañas, narrar con autenticidad y hondura, como todo buen escritor. No es un equívoco decir que con Parecía Primavera no hay modo de equivocarse" (Mario Zegarra).

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Seitenzahl: 175

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Bussot, Gustavo

Parecía primavera / Gustavo Bussot. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Bärenhaus, 2021.

(Biblioteca Elegida / di Marco, Marcelo)

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-8449-14-2

1. Narrativa Argentina. 2. Cuentos. I. Título.

CDD A863

© 2021, Gustavo Bussot

Corrección de textos: Nomi Pendzik ([email protected])

Diseño de cubierta e interior: Departamento de arte de Editorial Bärenhaus S.R.L.

Todos los derechos reservados

© 2021, Editorial Bärenhaus S.R.L.

Publicado bajo el sello Bärenhaus

Quevedo 4014 (C1419BZL) C.A.B.A.

www.editorialbarenhaus.com

ISBN 978-987-8449-14-2

1º edición: julio de 2021

1º edición digital: julio de 2021

Conversión a formato digital: Libresque

No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446 de la República Argentina.

SOBRE ESTE LIBRO

Quince cuentos —unos de impronta fantástica, otros de corte realista— que se proponen ahondar en experiencias tan iluminadoras como perturbadoras. De esto trata Parecía primavera, de Gustavo Bussot. Un libro intenso, irónico, vertiginoso, y al mismo tiempo melancólico y lúcido, en el que los personajes conciben el mundo como un inexplorado territorio cotidiano. A pesar de que mis cuentos preferidos son los que desgarran la parte más oscura del alma, no quiero predisponer al lector, sino dejarlo deslumbrarse por el despiadado manejo de la literatura de Bussot, quien ha decidido narrar desde las entrañas, narrar con autenticidad y hondura, como todo buen escritor. No es un equívoco decir que con Parecía Primavera no hay modo de equivocarse.

Mario Zegarra

SOBRE GUSTAVO BUSSOT

Gustavo Bussot nació en Buenos Aires en 1963. Estudió Ciencias de la Comunicación en la UBA. Se desempeñó como periodista, actor, productor y creativo publicitario, hasta que entendió que su vocación era escribir. Estudió en el taller literario de Osvaldo Beker en la Escuela Superior de Letras Eduardo Mallea, y con Agustina Gatto y Guido Gallo en Laboratorio de Guion.

Parecía primavera es su tercer trabajo literario. Anteriormente, publicó dos libros para niños: Las lunas de Simón (2018), y El mágico zoo de Simón (2019).

ÍNDICE

CubiertaPortadaCréditosSobre este libroSobre Gustavo BussotDedicatoriaLa camioneta de la lavanderíaFrente a frenteCómo se escribeEl enviadoCepillosFestejoEma lo sabíaLa casa de la calle ZabalaLa sesiónLas fauces del leónLas migajas del platoLlamada de auxilioSiéntese, por favorLa jaula del elefanteParecía primavera

A mis hijos: Juan, Maia y Simón

LA CAMIONETA DE LA LAVANDERÍA

No recuerdo si fue en mayo o junio de 1986. Pero seguro que fue en 1986. De eso no me cabe ninguna duda. Lo sé porque ese año habíamos ganado el segundo Mundial de fútbol en México, y Diego hizo el gol del siglo: dos cosas difíciles de olvidar. Además, fue el año de mi vida: había ganado una beca para un posgrado en Columbia, logré que me dieran la licencia en la cátedra —sin goce de sueldo, pero conservando mi puesto—, y económicamente empezaba a levantar la puntería. No podía pedir más. No podía pedir más, hasta que una rubia alta de unos veintitantos y curvas adorables —que yo notaría segundos después— se asomó en el aula y preguntó:

—¿Es la cátedra de Economía de Pedro Mollán?

Asentí con la cabeza en el más caótico silencio. Ni siquiera pude decirle que Pedro Mollán era yo. Había entrado empezada la clase; todavía quedaban unos asientos vacíos en la primera fila. No sé bien por qué, nadie que llega a tiempo ocupa los primeros pupitres. Existe una especie de pánico entre los alumnos a ser identificados, a verse expuestos frente a los docentes. Como si no supiéramos quién se sienta en el último rincón.

Ella no tuvo ningún problema en poblar la hilera del frente. Aunque hubiera elegido la última, yo no habría podido dejar de mirarla. Supuse que había corrido para llegar a tiempo: un tenue rubor en sus mejillas me lo hizo sospechar. Parecía caminar en cámara lenta mientras se dirigía hacia un asiento libre. A cada paso que daba, era como si las fotos de los candidatos del centro de estudiantes de la Facultad de Sociología, que empapelaban desprolijamente las paredes del austero salón, se dieran vuelta para mirarla. No sé si alguien más notó eso. No importaba si alguien más se había dado cuenta. Sólo me importaba su breve y etéreo desplazamiento, la estela brillante que yo veía en su recorrido y la manera de pronunciar su nombre cuando se lo pregunté para ponerle el presente:

—Di Pietro, Delia Di Pietro —respondió con una amplia y resplandeciente sonrisa, tan blanca y brillante que me recordó los afiches de Kolynos. Dijo su nombre y se sentó con un solo movimiento tan ágil como un paso de ballet. Sacó un cuaderno, una birome, acomodó su cartera y la colgó en el respaldo del asiento. Después se colocó los lentes y se dispuso a participar de la clase. Los segundos que estuve en silencio mientras ocurría toda la escena desde que Delia había entrado parecieron congelarse. Una insistente pregunta de un alumno me hizo volver de la ensoñación. Le respondí como pude al molesto. Creo que no lo hice tan mal, porque no tuve ninguna réplica.

Cada jueves, ella hacía su entrada triunfal exactamente siete minutos después de comenzada la clase. Yo los tenía perfectamente cronometrados: eran minutos que se transformaban en un tiempo muerto mientras me debatía entre el disgusto de su posible ausencia o la alegría de verla sentada tomando notas, pensativa, con la birome atrapada en sus labios y mirando mis garabatos en el pizarrón. De verla vestida con sus faldas cortas de jean y sus remeras ajustadas o pulóveres entallados. Nunca faltó. Los dos exámenes que rindió conmigo fueron muy buenos, aunque en el segundo agregó una cita que me obligó a consultar con una amiga que daba clases de Semiología:

—Claudia —le pregunté con cierta desesperación desde el otro lado del auricular—, ¿conocés a un tal Ronald Barnes?

—No —respondió—. ¿Quién es?

—Un semiólogo francés, creo.

—Barthes, Pedro. Roland Barthes —sentenció con tono didáctico y marcando exageradamente el acento francés, como una profesora de idioma de la secundaria—. Es uno de los mejores ensayistas y semiólogos de esta época. Es complejo. No creo que lo entiendas. No es fácil para alguien que viene de la Economía, como vos. Seguí con Malthus y David Ricardo, que con eso vas muy bien.

—¿Podés decirme algo de El sistema de la moda? —insistí, casi sacudiendo el tubo del teléfono.

Claudia me explicó un poco a qué se refería Delia con su cita francesa. La nota fue un 7. Estaba para un 8, pero le bajé un punto por intentar desafiarme con su apelación a otras ciencias. No reclamó nada cuando vio la calificación. Tampoco se lo hubiera concedido. Terminada la entrega de exámenes, todos se retiraron. Delia tardó más de lo habitual en acomodar sus cosas. Yo hice lo mismo: guardé de a una mis pertenencias desparramadas sobre el académico escritorio y las acomodé con parsimonia dentro de mi maletín de cuero marrón. A cada cosa que Delia guardaba, levantaba la mirada hacia mí. A cada cosa que yo guardaba, levantaba la mirada hacia Delia. Finalmente cerró su cartera y se acercó. Apoyó una mano sobre el escritorio y me miró el alma:

—Pensé que no iba a gustarle mi cita de Barthes —dijo con aire sobrador.

—¿Por qué no iba a gustarme? —respondí buscando seguridad en el último rincón de mi cerebro.

—Quizá no lo conoce —dijo, levantando una ceja que seguro fue la derecha.

—Lo conozco —fanfarroneé—: apunta a ser uno de los mejores semiólogos del mundo. Si sigue así…

—¿Usted cree que va a seguir escribiendo algo bueno todavía? —me preguntó como quien le consulta a un verdadero mentor.

—Por supuesto —respondí con dos talles más de porte.

—Yo también —dijo Delia como desilusionada—. Lástima que ya murió, atropellado por una camioneta que hacía el reparto de la lavandería.

Sentí que la mandíbula se me desplomaba de la vergüenza. La resolución tenía que ser inmediata y simple:

—Hay gente que nunca muere —dije— y cuya obra se redescubre permanentemente.

Sonrió. Yo sentí que había recuperado terreno con esa respuesta. Entonces ataqué:

—Me gustaría conocer tu visión sobre él, pero fuera del aula. No como alumna: como admiradora.

—Ahora tengo tiempo —me desafió—. Si quiere, vamos a tomar un café.

 

Caminamos dos cuadras en silencio. No quisimos ir al bar de la esquina de la facultad ni al de la cuadra siguiente. Fuimos hasta Santa Fe y Pueyrredón, entramos en Ebro y elegimos una mesa que daba a la calle. Pedimos dos cortados y un alfajor para ella. Yo no hubiese podido probar ni un bocado.

Delia me contó de su encanto por el intelectual francés, de su pasión por la moda, sus estudios de sociología, la familia en Villa Allende y un exnovio que se había exiliado en Berlín hacía un tiempo. Yo le conté sobre mi divorcio, mi hijo de diez años que vivía con su mamá en Río Negro, mi beca para estudiar en Columbia y mis fracasos y éxitos laborales. De todo eso hablamos el primer año que estuvimos juntos. Todo eso lo repasamos en nuestro segundo año. El tercero nos encontró alquilando un departamento a cuatro cuadras de la facultad. Yo le decía “princesa”, ella me llamaba “Barthesito”. Yo seguí dando clases de Economía, ella terminó su licenciatura. Yo empecé como asociado menor en la financiera Romero Horvath, asesorando a pequeños y medianos inversores, y ella fue contratada por Ardamelle, una empresa francesa dedicada a la moda, para dirigir el área de Recursos Humanos en la sede de Buenos Aires. Ella pensaba en un posgrado para el manejo de personal jerárquico. Yo, en lo contento que estaba de haber cancelado mi beca para Columbia. Una cosa se sucedía con la otra, al ritmo exacto de la vida: esa clase de ritmo que no aturde sino que acompaña, que encaja perfectamente en cada tema que se toca, en cada frase que se dice, en cada proyecto que se encara.

Sin embargo, con el tiempo entendí que hay momentos de proyectos diferentes: mis ganas de tener un hijo con Delia no coincidían con sus ganas de libertad. Entonces ese ritmo compartido empezó a desarticularse, demostrándonos que no es eterno, sino efímero, frágil y ciclotímico. Un ritmo histérico y caprichoso, igual a un chico que quiere una golosina y estalla en un segundo cuando se la niegan. Un ritmo que en algún momento —no se sabe cuándo— da un giro, y se vuelve denso y monótono. A tal punto que llega a ser letal, y se transforma en el verdugo de cualquier relación. A mí, economista, me gustaba definirlo como el default de la pareja.

Y después vino lo de París.

 

Una noche —de esas que escaseaban en los últimos meses— estábamos desnudos sobre la cama, en silencio, exhaustos, con el velador encendido y apoyado en el piso, entre la mesa de luz y la pared. La figura de Delia se veía tenue, difusa, perfecta. Acariciándome el pecho, me dijo:

—Nunca leíste a Barthes.

—¿Quién te dijo?

—Vos.

—¿Cuándo?

—El primer día que hablamos, cuando nos quedamos solos en el aula.

—No te dije que no lo había leído. No te dije nada.

—No hizo falta. Tus ojos me lo dijeron. Se abrieron como los ojos de un búho, de un búho que dijo una mentira. Después miraron al techo buscando una respuesta y, cuando encontraron la salida, sonrieron achinándose.

Delia siempre se daba cuenta cuando yo mentía, o cuando inventaba una excusa, o cuando decía la verdad. Se daba cuenta de todo. Quizá no era mérito suyo, sino que yo no podía dejar de ser transparente con ella.

—Es verdad —respondí, culpable.

—Hace un rato tus ojos me hablaron otra vez.

—¿Ah, sí? ¿Qué te dijeron?

—Que ya no pueden mirarme como el primer día.

—No es eso.

—Es eso.

—No, no lo es.

—¿Entonces? —dijo como quien necesita desesperadamente una respuesta.

—Te preguntaron qué vas a hacer.

—¿Con qué? —disparó a la defensiva.

—Con tu promoción. El otro día, cuando fui a buscarte al trabajo, me crucé con esa compañera tuya. Marga.

—Sí, Maggi —corrigió.

—Me preguntó si me iba a mudar con vos a París. Quedé tan sorprendido que no pude seguir escuchándola. Me sentí un boludo. El más boludo. El campeón de los boludos. Ella hablaba y yo la miraba. Horrible.

A Delia —según me contó ella después con más detalle— la empresa le había propuesto una capacitación en Recursos Humanos: tres meses en París, y después la posibilidad de ir a Nueva York para hacerse cargo de esa área. Indudablemente, una oportunidad que no se podía dejar pasar: la habían elegido entre cinco candidatos de otros países.

—No te dije —se excusó infantilmente— porque estaba buscando la mejor forma de negarme. Es la oferta de mi vida —admitió haciendo comillas en el aire, con los dedos índice y mayor de cada mano—, pero no tengo ganas de que estemos separados tanto tiempo. Además sé que no vas a dejar todo para irte a Francia por tres meses.

Tenía razón. Delia, una vez más, tenía toda la razón: yo no iba a dejar nada.

 

La incertidumbre se mantuvo durante más de un mes. Un día se iba, al otro día no. Una semana estaba obligada, a la siguiente la necesitaban más en Buenos Aires. Ese tiempo fue una tortura. Finalmente, ya con las valijas hechas, me pidió que la acompañara. Una propuesta por compromiso, para quedar bien, para expiar la culpa: Delia sabía que no podía irme en plena crisis financiera, y mucho menos dejar mi cátedra de la facultad.

—Tres meses pasan pronto —dijo, acariciándome la mejilla—. No nos van a separar ni París ni noventa días. Vamos a estar más fuertes. Vamos a superar este desafío.

—¿Estás segura? —dije, buscando algo de esperanza.

—Muy segura. Tanto, que cuando vuelva vamos a poder planear algo juntos.

—¿Algo como qué?

—Como hacer que dos se transformen en tres.

No recuerdo si lloré. Sí recuerdo haberla abrazado con todas mis fuerzas.

 

Delia subió las escaleras rumbo a Migraciones de la misma manera que hacía su entrada en mis clases. La imaginé pasando por el Duty Free, tomando un café mientras espera el llamado y recorriendo los pasillos de embarque plagados de ansiedad. Entonces vi cómo su estela, esa estela que dejaba su andar en cámara lenta, se iba desvaneciendo en el aire. Igual que se desvanecería en un rato el avión que la llevaba a Europa.

 

La llamé muchas veces a su departamento de la Rue de Rivoli. La única vez que me llamó ella fue para darme su número de teléfono, no bien se instaló. Los primeros días conversábamos mucho. Nos decíamos palabras dulces, de esas que habíamos dejado de usar. Pero el romance telefónico duró poco. Después sólo me hablaba de su trabajo y de lo agotada que estaba. Siempre encontraba alguna excusa para cortar la comunicación.

Al cabo de un par de semanas, empecé a tener una escatológica relación con su contestador automático. Un jueves la llamé para dejarle un mensaje: que la extrañaba y la amaba. Quería que le quedara grabado, y pudiera escucharlo cuando lo necesitara. En la cinta, la voz de Delia recitaba en francés:

—Mon petit Roland, je serai chez nous a sept heure. Je t´aime, mon amour.

Hija de puta, pensé. A pesar de no hablar una sola palabra de francés, entendí perfectamente que ese mensaje no era para mí. Tenía un tono diferente, un destinatario diferente: yo era Barthesito, siempre había sido Barthesito, no Roland. Roland era alguien más, y me juego la cabeza que no se llamaba Roland. Probablemente ese era el nombre con el que ella lo llamaba. El apodo cariñoso —en el idioma barthesiano— con el que había rebautizado a su nuevo amor. Indudablemente era así. Sé que era así. Hija de puta.

Nunca más la llamé. Nunca más la vi. Nunca más la olvidé.

 

Todavía quedaba algo de ropa de esa turra en mi casa, pero ahora abollada dentro de unas cajas que apilé, sin el menor cuidado, en la baulera del edificio. Marga, su ex compañera de trabajo, empezó a quedarse conmigo más o menos al año de mi resignación.

Unos meses más tarde me enteré de que Delia vivía con un tal Henri —su famoso Roland, supongo— en el departamento de ella, en la Rue de Rivoli. Al parecer, él era un politólogo de consulta en Francia. Un chanta, diría yo. Un tipo al que después vi en varias notas en uno que otro pasquín, junto a algunos presidentes. Incluso creo que estuvo en Argentina como agregado cultural, a mediados de los noventa. Sé que tuvieron una hija llamada Sophie. Según me dijeron, ellos se habían conocido a los pocos días de la llegada de Delia a Francia. Si no recuerdo mal, me contaron que el primer encuentro había sido en un seminario que él daba sobre Mythologies. Entonces me pregunté si ella habría llegado a tiempo a la clase, o se habría retrasado sus siete minutos reglamentarios. Si él la habría visto desplazarse mágicamente por el aula con movimientos ralentizados, dejando una estela luminosa en el trayecto. No me importaba. Creo que no me importaba. Lo que sí me importaba era que, aparentemente, había sido un deslumbramiento instantáneo entre ellos y que desde ese primer momento no se separaron nunca más. Ya no me acuerdo de quién escuché todo esto. Sin embargo, me acuerdo exactamente de cada palabra.

 

Una noche, cuando llegué de la facultad, Marga me recibió con la noticia: Delia había muerto. Un conductor distraído la había atropellado a cien metros de su casa parisina.

—Murió instantáneamente —me dijo impresionada.

Una muerte tan inmediata como inevitable, pensé yo.

Fue una muerte que llegó sin previo aviso, sin tiempo para que se diera cuenta de nada. Una muerte certera que no le permitió a su familia despedirse de ella con el fatal beso de la agonía. Me la imaginé sola, estática en el pavimento francés frente al Jardín de las Tullerías. ¿Cuál habrá sido su último pensamiento? Sentí un dolor que me dio escalofríos. Seguro que, a su lado, también estaba sin vida una parte de Pedro Mollán.

No sé por qué morbosa complacencia, a mí me tranquilizaba imaginar que había sido atropellada por la camioneta de una lavandería. La misma, la mismísima camioneta de la lavandería que privó a mi —ahora— autor favorito de seguir con su trabajo. Ese día yo había terminado de leer Lo obvio y lo obtuso.

FRENTE A FRENTE

Bajaban juntos por la solitaria Sucre. En Barrancas de Belgrano no se veía un alma a esa hora de la noche. Roberto se detuvo. Eso hizo que Mariela, que caminaba a su lado, también se detuviera. Él se acercó a ella, y la tomó de las manos. Ella sonrió. Era el momento que los dos venían esperando desde hacía mucho. Él la atrajo hacia sí, y cuando bajó la cabeza para besarla, sintió que ella se derrumbaba.

La abrazó para sostenerla. Mariela estaba inconsciente, y el peso muerto de su cuerpo lo obligó a recostarla, con el mayor de los cuidados, en la vereda. Intentó hacerla volver en sí golpeando suavemente sus mejillas. No lo logró. Le tomó el pulso, y entonces intentó varias maniobras de reanimación que había aprendido en el curso de guardavidas. No hubo caso. Agarró el celular y marcó el 911. Cuando le preguntaron dónde era la emergencia, el celular se apagó y no hubo forma de hacerlo funcionar.

Roberto miró hacia un lado y otro de la calle, que seguía vacía. Ni siquiera pasaban autos. Nadie a quien pedirle ayuda. Buscó con manos temblorosas, en el bolsillo de la campera de Mariela, y apareció el iPhone. Pero la batería estaba muerta de tanto que habían hablado, antes de encontrarse. Roberto pasó de la desesperación a la ira.

Alzó la cabeza, y me miró fijo a los ojos, tras el vidrio de la pantalla. Con más odio que ira. Se levantó de la vereda y vino hacia mí a toda velocidad, sin que yo alcanzara a bajar la tapa de la notebook. Fue un zoom, un rayo, un holograma que se rehizo de este lado de la pantalla de mi computadora: el protagonista de mi nuevo relato acababa de saltar hacia nuestro mundo. ¿Y la chica? Pude verla: del otro lado del monitor de la Mac, Mariela yacía inerte sobre la oblicua vereda de la plaza.