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NOSTRADAMUS predijo que ese niño, el príncipe de Navarra, alcanzaría un día el trono de Francia, cuando el joven rey reinante, Francisco II, tenía tras él tres hermanos varones. Y para llegar a reinar, con el nombre de Enrique IV, ¿tuvo algo que ver la ayuda de Barón, su amigo de la infancia, el hijo de la bruja de las cuevas de Bethàrram? La trágica Noche de San Bartolomé -24 de agosto de 1572-, culminación de las largas y sangrientas Guerras de Religión en Francia. Catalina de Médicis, Enrique IV, el primer rey Borbón. Margarita de Valois, Pierre de Ronsard, el cantor del amor. Sarrazine, la bellísima zíngara, Barón. Madre Balberithe. La Maligou. El Almirante Coligny y el siniestro Maurevert. Juana III de Albret, reina de Navarra y líder del partido protestante francés. Carlos IX y Maria Touchet. Domezain. Personajes reales y ficticios que se mueven para recordarnos una historia real, fratricida y cruel, descrita con un gran rigor histórico.
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Veröffentlichungsjahr: 2019
© Javier Díaz Húder
© París bien vale una misa
ISBN ePub: 978-84-685-3487-9
Impreso en España
Editado por Bubok Publishing S.L.
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ÍNDICE
PERSONAJES HISTÓRICOS
PERSONAJES FICTICIOS.
1. En las cuevas de Bétharram. Montes Pirineos. Año 1565
2. Un mundo exterior diferente al soñado
3. La primera herida
4. En contacto con la religión
5. La traición de Ludovico de Nassau
6. Batalla de Montcontour. 3 de octubre de 1569
7. Médico de príncipes
8. La princesa Margot
9. Encuentro con el diablo
10. El Tratado de Las Damas. San Germán en Laye. 8 de agosto de 1570
11. El rey Carlos IX también tenía una amante
12. En la capital del reino
13. Sarrazine ve como sus sueños comienzan a cumplirse
14. Abastecedora de Catalina de Médicis
15. Enrique de Navarra es incapaz de rechazar un duelo
16. La musa de Ronsard, el rey de los poetas
17. Un padre inesperado
18. Una joya única y... mortal
19. Un obstáculo menos
20. Unas bodas teñidas de sangre
21. La matanza de la noche de San Bartolomé. 24 de agosto de 1572.
BIBLIOGRAFÍA
PERSONAJES HISTÓRICOS
Enrique III de Navarra. Más tarde Enrique IV de Francia. El primer rey de la dinastía de Borbón.
Margarita de Valois. Su esposa. Madame Carlota de Sauve.
Juana III de Albret. Reina de Navarra.
Carlos IX. Rey de Francia.
María Touchet. Su amante.
Catalina deMédicis. Reina madre de Francia,
Agrippa d´Aubigné.
Gaspar de Coligny. Gran almirante de Francia. Caudillo hugonote. Duque Enrique de Guisa. Caudillo católico. Creador de la Santa Liga. Carlos de Louviers, señor de Maurevert. Asesino profesional.
PERSONAJES FICTICIOS.
Valentín de Monein. Llamado Barón en el primer capítulo.
Sarrazine. Joven y bella zíngara.
Madre Balberithe. Margot.
1.En las cuevas de Bétharram. MontesPirineos.Año 1565
No, a Barón no le gustaba la vida que llevaba, tan solitaria, sin compañeros con los que poder jugar, como veía que lo hacían los muchachos de los poblados de las cercanías de aquel lugar tan solitario. Unas escarpadas montañas que se había acostumbrado a considerar como propias, ya que constituían el mundo en el que siempre había vivido y cuyos barrancos, bosques y arroyos conocía al detalle.
Desde las alturas de su escondite, recorrió con la mirada el lugar donde correteaban, por entre los árboles del bosque, aquellas pandillas de intrusos. Muchachos de su edad, la mayoría provenientes del poblado de Coarraze, que podía divisarse allí, en la lejanía, en el comienzo de la gran llanura que se extendía hasta el infinito, donde el paisaje se hacía tan plano que llegaba a unirse con la inmensidad del cielo.
Sin amigos, ni nadie con quien poder hablar, en medio de esas salvajes montañas, su única patria conocida desde sus más lejanos recuerdos de la niñez, en una de cuyas cuevas vivía con la sola compañía de la madre que lo trajo al mundo y de varios animales de compañía, los únicos seres vivos con los que se relacionaba.
-Barón, acércate al bosque y mira si puedes traerme unas cuantas citrullas. Una docena, más o menos -masculló, al observar el gesto interrogatorio de su hijo-. Y ya sabes que me gustan bien maduras, ya que si no me las traes como yo quiero las tendré que tirar y habrás hecho el viaje en balde. Pero antes pasa por el almacén y coge un puñado de hongos secos, ¡que sean longuis -le espetó, levantando la voz-, eh, no vuelvas a confundirte!
Le había ordenado esa mañana, su progenitora, cuando se disponía a desayunar, un melón salvaje y un cuenco de leche de cabra recién ordeñada, nada más abandonar el montón de hierbas y hojas de roble secas que le servía de lecho. Claro -se dijo-, ¿dónde iba a encontrar hongos, en esta época de principios del verano, si no era en el almacén? Hasta el ser más obtuso sabía que los hongos, de cualquier especie, no comenzaban a salir hasta que comenzaban a caer las últimas lluvias del verano.
La conocía bien y con el fin de que no continuara gritando, le dejara en paz y se mantuviera entretenida, lo primero que hizo fue llevarle los hongos y luego, tras comerse el melón y terminar con el cuenco de leche, se fue al bosque, en busca de las citrullas, o tueras, como él denominaba a esa especie de pequeños melones de color verde y amarillo, que, mezcladas con miel salvaje, un poco de zumo de manzanas silvestres y algún otro ingrediente secreto, unas hierbas secas que la madre Balberithe guardaba en el almacén y que él ya había logrado descubrir, utilizaba para fabricar un bebedizo. Un brebaje con el que las imprudentes muchachas, que habían permitido que algún joven afortunado jugara con su cuerpo, pudieran interrumpir su embarazo y librarse de un hijo no deseado antes de que su estado fuera descubierto por la familia.
En esta ocasión, Barón ya sabía quien era la muchacha en cuestión, la que se había acercado a la cueva la noche anterior con intención de adquirir el brebaje, ya que, como tenía por costumbre, bien escondido en su rincón favorito, la había visto entrar en la caverna de la bruja, hechicera o servidora del Gran Dragón, como prefería ser conocida, el noble oficio al que se dedicaba, también conocida por el apelativo de madre Balberithe.
Una bella jovencita a la que ya había echado el ojo, poseedora de una excitante anatomía, un cuerpo casi de mujer, y que, a partir de este día, debería mostrarse condescendiente y permitir que la besara y acariciara, si no quería que se extendiera, por la región, el rumor de que había visitado de noche a la bruja de las cuevas de Bétharram.
Porque nadie dudaría de las razones que podía llevarle a realizar una visita a un lugar tan siniestro y conocido, cuya triste fama se había extendido, al menos, hasta la ciudad de Pau, la capital, donde vivían en sus castillos los reyes y los grandes señores que, de vez en cuando se llegaban por aquellos parajes en busca del oso y de los salvajes y sabrosos sarrios o cabras montesas.
Y también con el fin de diezmar las manadas de lobos, terror de los ganaderos, que atacaban los bueyes y ovejas que por aquellos prados pastaban durante la época en que no se hallaban cubiertos por la nieve y el hielo, al menos durante la mitad del año.
Lobos que, acuciados por el hambre durante los largos y fríos inviernos, se atrevían a acercarse hasta los lugares habitados por el hombre, en busca de algún incauto solitario que no había tomado las medidas oportunas para resguardarse de tan temibles depredadores.
Porque a Barón, recién entrado en la pubertad, podía rondar los catorce años, un detalle que ni siquiera quien lo trajo al mundo conocía con exactitud, ya se le había despertado el instinto sexual y comenzaba a sentir una dulce y desconocida excitación cada vez que se acercaba a una mujer, sin poder evitar pensar en el placer que sentiría al acariciar la suavidad de sus curvas. Sueños que no lograba apartar de su pensamiento durante las largas noches del invierno.
Y a partir de entonces su diversión preferida, la que más tiempo le ocupaba, consistía en vigilar los pequeño lagos, siempre desde un escondite seguro, formados por los numerosos arroyos que descendían desde las cumbres, llenas de nieve durante casi todo el año, donde acudían a refrescarse las muchachas de los poblados cercanos en los calurosos días estivales.
En un principio su timidez le impedía acercarse, pero al fin pudo más la ansiedad y, poco a poco, consiguió vencerla. Y pronto no sólo se mezclaba con ellas en el agua, sino que, para su sorpresa, vio como también disfrutaban con esos juegos y alguna comenzaba a permitirle ciertas libertades, especialmente cuando se enteraron de que era el hijo de la bruja y de que tenía acceso a las extrañas hierbas de las que, más tarde o temprano, casi todas terminarían teniendo necesidad.
Por lo que eran conscientes de la conveniencia de tenerlo de su parte. Y por otro lado, Barón, aparte de ser poseedor de una buena planta, tenía otra cualidad muy interesante, el de ser consciente de que para continuar disfrutando de sus favores debía ser discreto, por lo que nadie se enteraría jamás de lo que podía llegar a suceder allí arriba, en la soledad de las montañas.
Sin embargo no le gustaba abusar. Tenía demasiado miedo de que la madre Balberithe llegara a enterarse de que había comenzado a hacer negocios por su cuenta. No, no podía arriesgarse a que utilizando su inmenso poder, le echara el mal de ojo, o cualquier otra maldición en las que era tan experimentada, para convertirlo, durante un espacio de tiempo, en uno de esos animales inmundos que tanto odiaba, y tenerle así hasta que decidiera devolverle su perdida condición humana, como tantas veces le había amenazado hacer.
Unos gritos conocidos le sacaron de sus pensamientos y en un abrir y cerrar de ojos trepó por las rocas, ayudándose en los resquicios y allí, ya sobre la cima, se tumbó en su escondite favorito, en un lugar en el que no podían verle desde abajo. Conocía quienes eran los autores de los gritos, aquella pandilla de Coarraze tan acostumbrada a jugar por aquellos lugares, armados con espadas, arcos, y flechas de madera.
Sintió envidia, porque aunque la mayoría iban vestidos con harapos, todos iban calzados. Y eso era algo que él no había conseguido todavía, si no era con alguna especie de alpargatas que se fabricaba él mismo con las pieles de los animales que lograba cazar, en especial con las de algún lobo que se había dejado sorprender en una de sus trampas, la piel que más calor producía. Sin embargo no todos vestían andrajosamente ya que, entre ellos, se dejaban ver grandes diferencias y algunos vestían calzas y camisas y uno, calzas y un jubón de buena calidad que, en los días fríos, cubría con una capa.
Y ese era precisamente el más respetado, a quien el resto acostumbraba a obedecer, el que siempre hacía el papel de jefe. Un muchacho cercano a su edad a quien Barón tenía echado el ojo, muy fácil de distinguir en la lejanía y no sólo por la vestimenta, sino porque era el único que no se cubría la cabeza con la habitual caperuza, sino con un sombrero adornado con una blanca pluma de ganso.
Calculó que podía ser uno, o a lo más, dos años más joven que él. No era muy alto, pero si tan fuerte y diestro en la pelea, tanto con los brazos desnudos como con las armas en la mano, que nunca le había visto morder el polvo ante ninguno de sus contrincantes.
La curiosidad le había llevado a preguntar por él, una curiosidad satisfecha por una de sus nuevas amigas, que le había explicado que su nombre era Enrique, el príncipe Enrique y era hijo de los reyes de Navarra, que vivían en la ciudad de Pau y que había pasado su primera infancia en el castillo de Coarraze. Un castillo que pertenecía a los señores de Miossens, adonde continuaba viniendo con frecuencia, especialmente durante los meses de verano.
Y, de la misma forma, ante sus preguntas, le había explicado que los reyes eran los dueños del país y que tenían derecho sobre las vidas y propiedades de todos los que allí vivían. Y que, algún día, ese muchacho sería el dueño de todas las tierras que desde allí se abarcaban con la vista. Y que mandaría sobre todos los hombres y mujeres que en ellas vivían.
Pensar que un solo hombre podía juntar tanto poder era un asunto que a Barón le fascinaba y desde que lo supo, no podía apartar los ojos de su figura, sintiéndose desbordado de admiración al observar que no sólo manejaba la espada con pasmosa habilidad, sino que tampoco fallaba con el arco.
De eso sí que entendía. También él se fabricaba flechas. Y arcos. Espadas no, ¿para qué, si las de madera sólo servían para jugar? Eso sí, se había jurado a sí mismo que, cuando fuera mayor, se haría con una buena espada, pero de las de verdad, de las de acero, de las que cortaban más que un cuchillo. Y de un escudo, con su correspondiente armadura. Y ya, así armado, se uniría a algún ejército de verdad, uno de esos en los que los soldados iban vestidos de hierro y al mismo tiempo que lanzas y espadas llevaban unos tubos de hierro que producían un ruido infernal y eran capaces de terminar con la vida, no sólo de los lobos, sino también con del más salvaje y gigantesco de los osos.
Porque él ya había visto alguno de esos ejércitos. No era extraño que un par de veces al año, e incluso más a menudo, pasasen por allí grupos de hombres armados que venían, o a veces iban, de un lugar denominado Aragón, que se encontraba al otro lado de las montañas más altas, cuyo rey debía de ser muy malo ya que quería matar a los reyes, padres del príncipe Enrique, a quienes iba a buscar en su castillo de la lejana ciudad de Pau.
Y también era capaz de fabricar mortales cerbatanas, algo de lo que se sentía sumamente orgulloso, el arma más certera y mortífera de todas si se sabía utilizar con precisión, con las que disparaba las diminutas flechas fabricadas con la madera más dura, la de boj, tan afiladas que eran capaces de perforar la piel e introducirse en las carnes de un animal tan grande como un lobo y terminar con su vida en escasos segundos.
Y es que poseía un secreto. Un secreto que había conseguido descubrir a madre Balberithe, sin que ella lo supiera. Una fórmula en la que utilizaba unas hierbas que producían un veneno mortal que terminaba con la vida del animal alcanzado al que, la herida producida nunca, por sí misma, lo hubiera logrado.
Un veneno cuyo ingrediente principal era una planta a la que la hechicera unas veces denominaba conia maculata y otras cicuta, no difícil de encontrar en aquellos bosques, con el que se impregnaba la punta de la flecha, que envenenaba la sangre en escasos segundos.
El efecto era inmediato y el cuerpo de la víctima, que adquiría desde los primeros momentos una gran rigidez, con los ojos vidriosos y perdida la visión, era incapaz de mover las articulaciones y no tardaba en caer muerto.
¡Ah, esa cerbatana, que siempre llevaba consigo, le había salvado la vida en más de una ocasión! Lástima que no sirviera para cazar jabalíes, o cabras, o algún otro grande y sabroso pájaro de los que por allí pasaban un par de veces al año, ya que, por lo que había observado, el veneno se introducía en la sangre, emponzoñando la carne que, naturalmente, no se podía consumir.
Ya que Barón, que para creer en algo tenía que haberlo experimentado antes por sí mismo, había hecho la prueba con alguno de los gatos con los que convivía, dándole de comer un buen pedazo de alguna de sus víctimas. Y eso era lo que había sucedido, que el animal no había tardado en morir con los mismos efectos que si hubiera sido herido por la flecha.
Durante todo aquel tiempo no había dejado de mantener su mirada, fija, en el muchacho de la pluma blanca en el sombrero que, situado en un claro del bosque, con las espaldas resguardadas contra un viejo roble, había ido desafiando, uno por uno, a todos sus compañeros, a los que no había tardado en vencer en medio de grandes carcajadas.
Se prometió a sí mismo que un día aprendería a manejar así las armas, por lo que trataba de no perderse ni un solo detalle de la pelea, empeñado en descubrir su técnica, que no tardó en considerar muy superior a la del resto de los participantes. Y no tardó en darse cuenta de los detalles que la hacían diferentes. Uno, por ejemplo, la postura empleada por el príncipe, quien era capaz de fijar con fuerza las piernas en el suelo hasta conseguir un equilibrio perfecto. Y era entonces cuando cruzaba la espada con habilidad, defendiéndose de los alocados ataques de sus contrincantes hasta que, llegado el momento oportuno, decidía atacar para colocar la punta en un lugar que hubiera sido mortal si las armas empleadas, en lugar de madera, hubieran sido de acero.
O sea que el secreto está en las piernas. Mientras los demás pelean sólo con los brazos, él lo hace con todo el cuerpo -masculló en voz alta-, algo que solía hacer a menudo y que le servía para hacerse la ilusión de no hallarse solo.
En una ocasión en la que, con toda limpieza, vio como la ponía en el cuello de su contrario que, tras tropezar con un tronco, había caído al suelo, se le ocurrió pensar: “Si esa punta hubiera sido impregnada con mi veneno, ese idiota ya estaría muerto, aunque sólo le hubiera hecho un simple rasguño. Bien, Barón, tienes que ganar su confianza y hacerte su amigo. Es preciso que me enseñe, recalcó, y me lleve con él cuando seamos mayores y mande ejércitos en sus guerras de verdad”.
Lo que ignoraba era que los hijos de los nobles, para quienes la guerra era su único oficio, comenzaban a aprender el arte de la esgrima al mismo tiempo que a dar sus primeros pasos, para lo que contaban con los mejores profesores, lo que les hacía diferentes al resto de los mortales.
Cuando, en alguna oportunidad, lo había encontrado por aquellos parajes, siempre le había dirigido la palabra, al contrario que el resto de sus compañeros, entre los que había varios que no dejaban de increparle y de lanzarle piedras, al tiempo que le insultaban, llamándole maldito hijode la bruja, hijo del diablo y otros apelativos de similar naturaleza.
No, no debía continuar con esa forma de vida. Debía salir de allí, abandonar aquel lugar y habitar una vivienda de verdad, no una cueva. Algo que se prometía cada vez que se acercaba a alguno de los poblados de las cercanías y veía aquellas enormes casas de madera y hasta de piedra, como el inmenso castillo de Coarraze. Y aquellos caballos, tan veloces, adornados con bellos correajes. Y a los hombres y mujeres, vestidos con tanta elegancia, con ropajes y capas de colores. Y especialmente cuando hubo probado esa bendita comida que era el pan:
¡ah, el pan, ese pan blanco todavía caliente, recién hecho!
Y el vino, que un día consiguió en una taberna a cambio de un queso de cabra y que le alegró el corazón de forma similar a como lo hacían cierta clase de hongos, que tan bien conocía, que le daban ánimos para acercarse a alguna de aquellas muchachas a las que le gustaba abrazar y acariciar despacio.
Al dejar de oír voces miró de nuevo hacia abajo y al ver que los guerreros se alejaban, volvió la vista hacia el sol que ya estaba en lo más alto del cielo. Era tarde... ¡por el Gran Dragón, qué corto se le había hecho el tiempo! Se figuró a su madre enfadada por haber tardado tanto tiempo en llevarle las citrullas.
Se encogió de hombros, en realidad no le preocupaba, pero como no tenía ganas de discutir ni de verla todo el tiempo rezongando, bajó rápidamente de las rocas y se dirigió a un lugar del bosque donde sabía que, en esa época, se encontraban las mejores, no tardando en distinguir un grupo de matas, cuyas características y sinuosas hojas eran tan semejantes a las de un melonar. Debía de tener cuidado de no pisarlas para que no se secaran ya que, en el sombrío del bosque, todavía no se había ido del todo el rocío de la mañana. Levantó unas hojas bajo las que había una buena cosecha de diminutos melones de colores verdes y amarillos, de los que recogió una docena de los más maduros y los introdujo en la bolsa de piel de cabra que siempre llevaba atada a la cinta de cuero que le servía de cinturón.
Volvió a mirar al sol, debía darse prisa aunque por mucho que corriera, sabía que su espalda no se iba a librar de los golpes de una vara de fresno.
Por una vez se equivocó, ya que, a pesar de recibir una mirada que casi le atravesó de parte a parte, madre Balberithe se limitó a quitarle la bolsa y recoger los frutos. Y sin decir palabra y tras mirarlos con detenimiento, una vez que pareció satisfecha de su calidad, los introdujo en un viejo mortero de piedra y comenzó a triturarlos hasta que los redujo a una densa papilla.
Barón la dejaba hacer, sin dejar de observarla. Necesitaba conocer al detalle los secretos de fabricación de las variadas fórmulas que la habían hecho famosa. Unas fórmulas que algún día podrían ayudarle a ganarse la vida, pensó, en aquel excitante mundo exterior que le rodeaba.
Un conocido gruñido le sacó de sus pensamientos y se volvió a saludar al recién llegado, a Monein, el oso con el que convivía en la misma cueva desde que comenzara a tener sus primeros recuerdos de la infancia, que tras levantarse sobre las dos patas traseras le restregó su hocico en el hombro, su habitual saludo de bienvenida.
-¿Por qué se llama Monein?
Preguntó, señalando al animal. Estaba convencido de haber hecho una pregunta inútil, conocía a su madre y sabía que no era muy generosa con sus palabras, en especial cuando trabajaba, un tiempo en el que no dejaba de murmurar y desgranar extrañas invocaciones a su patrono Satán, el Gran Dragón, para que bendijera su trabajo.
Sin embargo, en esta ocasión, se vio sorprendido.
-Hace unos años -escuchó- conocí a un hombre que cambió mi vida por completo. Le llamaban el barón de Monein.
-¡Ah, por eso me llamo yo Barón! -exclamó, pero antes de recibir la respuesta, continuó-. ¿Y qué hizo ese hombre para cambiarte la vida?
-Sí... por eso te llamas Barón. Y él... Monein -dijo señalando al oso que, sentado entre ambos, parecía mostrarse seriamente interesado en la explicación-.
Pero la madre calló y durante los segundos que siguieron continuó machacando la masa, hasta que debió parecerle que los frutos ya estaban lo suficientemente molidos y vertió la papilla en un puchero que hervía en el fuego, con otros ingredientes ya en su interior y mientras lo removía con un cucharón de madera, se volvió hacia su hijo y comenzó a contar:
-Yo, aunque no lo parezca ahora, en aquel tiempo era una muchacha muy atractiva.
Miró a su hijo, de frente, casi provocándole a que hiciera algún comentario, pero al ver que no, que continuaba pendiente de su explicación, continuó:
-Y allí abajo vivía -señaló con el dedo-, donde viven los hombres, en una cabaña cercana al castillo de los barones de Miossens, en Coarraze.
El enorme gato negro que jamás se separaba de su lado parecía dormir, acostado junto al fuego.
Barón que nunca había hecho buenas migas con aquel animal y que siempre que pasaba a su lado intentaba darle una patada, sabía que no era cierto, que siempre tenía un ojo abierto y estaba dispuesto a saltar sobre quien tratara de hacer daño a su ama.
Pero en ese momento ni siquiera le prestó atención, ya que sintió la sensación de que en aquella ocasión el tono de voz era diferente, de que daba a entender de ser capaz de tener sentimientos, algo que nunca recordaba haber percibido anteriormente, ni siquiera cuando todavía era un niño. Por lo que decidió escuchar con atención, convencido de hallarse a punto de recibir una revelación que podía tener repercusión en su futuro.
-Una mañana, un grupo de cazadores se detuvo en la puerta de nuestra choza. Pedían agua y vino. Vino no había y yo misma saqué el agua de la tinaja, llenando una jarra que entregué a quien parecía ser el jefe, que no dejaba de mirarme desde lo alto de su caballo. Un apuesto muchacho... me pareció y esa fue mi desgracia. Los otros hombres le llamaban barón y en su escudo figuraban dos leones y dos urracas. Los dos leones rojos y las dos urracas de plata que tantas veces vi más tarde. Sí, el caballero era el barón de Monein.
Guardó silencio, como si sólo le importara el pasado, hasta que, tras la pausa, volvió a abrir la boca para decir:
-Una vez que hubo saciado su sed y de pasar la jarra a uno de sus hombres, me preguntó:
-¿Cómo tellamas, muchacha?
-Yo... señor, me... me llamo Catalina.
-Eres muy bella,Catalina. Volveré a buscarte.
-Y volvió, ¡ya lo creo que volvió!. Y me llevó al bosque. Y allí me dijo unas palabras muy bellas. Unas palabras que yo nunca había oído antes. Y me hizo muy feliz. Y volvió otra vez. Y otra... y otra... Y hasta una docena de veces, volvió.
Calló de nuevo.
-Y yo siempre esperaba, impaciente su llegada, hasta que un día ya no volvió más. Casi al tiempo en que sentí que en el interior de mi cuerpo se producía algo extraño y al sentir que ya no sangraba pregunté a mi madre la razón. Claro... ¿cómo iba a sangrar, si estaba esperando un hijo? Que... ¿qué pasó? Que cuando se enteró mi padre, me dio una paliza y me echó de casa. Dijo que bastante difícil lo tenía para dar de comer a seis hijos, como para alimentar ahora a otro. Y que, si al menos, hubiera conseguido algunas buenas monedas de mi seductor... Que ya había hablado con el padre de un muchacho vecino, con quien pensaba casarme, pero que ahora... ¿cómo iba a aceptarme, si llevaba un hijo de otro?
Barón no podía creer que, por primera vez en su vida, le estuviera haciendo confidencias.
-Sin saber qué hacer y desesperada, me lancé al monte. Quería morir y pensé que lo mejor sería tirarme de una de esas altas montañas. Pero, la verdad, no me atreví y fui dejándolo de un día para otro. ¡Ay... debía de haberme quitado la vida el primer día! ¡Para lo que me ha servido! Y naciste tú. No, no creas, no fuiste ninguna alegría para mí. Nunca te quise. Y ahora tampoco te quiero.
Le miró fijamente a los ojos, como si el muchacho fuera el causante de todas sus desgracias.
-Me refugiaba en estas profundas cavernas. Y un día, para parirte a ti caí en una que, al parecer, también había sido elegida por una osa con intención de realizar los mismos menesteres, pues también estaba de parto. Y las dos parimos al mismo tiempo y a la vez que llegabas tú, nacía un osezno -señaló al oso con la barbilla-, al que llamé Monein. Nos hicimos amigas. Y me traía miel. Y bayas y frutos salvajes que recogía por el bosque. Y a ti te dio de mamar más de una vez. Hasta que un día aparecieron los cazadores con un grupo de perros medio salvajes, que la sorprendieron y allí mismo la mataron. Yo logré esconderos a los dos, que tan sólo teníais unos pocos meses de vida.
-Entonces... Monein es casi mi hermano.
-No digas tonterías. ¿Cómo vas a ser hermano de un oso? Bueno, hermano de leche, sí... eso sí que eres. Cuando más desesperada estaba, caímos en esta gruta, donde vivía una vieja que se hacía llamar madre Balberithe. Por lo visto le hizo mucha gracia vernos a los tres juntos y aseguró que nos había mandado el Gran Dragón. Ella fue la que me enseño todo lo que sé.
Se detuvo un instante, rememorando...
-Hasta que una mañana -continuó- apareció muerta y decidí quedarme a vivir aquí, heredando al mismo tiempo su oficio y... su nombre.
Barón la miró con fijeza, intentando adivinar si había tenido alguna parte en aquella muerte.
-¿Por qué me cuentas todo eso?
Sólo recibió un encogimiento de hombros.
-No lo sé, supongo que, a veces se hace necesario hablar.
-¿Y el barón de Monein? Sabes algo de él... ¿dónde se encuentra ahora?
A esta nueva pregunta no le dedicó ni el más mínimo gesto ni muestra alguna de interés. Se volvió hacia el fuego, agarró el cucharón y comenzó a dar vueltas al brebaje, recomenzando sus extrañas jaculatorias, acompañada, en su ritmo, por las cabezadas del felino.
De las siete cabras y un macho que componían el rebaño, orgullo de la hechicera, dos acababan de parir recientemente y les sobraba leche. Al ver que su madre no tenía ninguna intención de responder a sus preguntas, se dirigió al rincón de la cueva que les servía de establo, donde se guarecían desde las primeras horas del atardecer hasta la madrugada, agarró a una de ellas y la ordeñó hasta que consiguió llenar el recipiente.
Y a continuación se dirigió a un rincón, donde el oso había encontrado asiento y se sentó a su lado. Y mientras bebía la leche a pequeños sorbos, pensaba y pensaba. No, no podía permanecer más tiempo en la montaña, donde... ¿qué podía esperarle? ¿Continuar con el oficio y hacerse brujo? No, ni hablar, no le gustaba ese futuro. Quería, necesitaba acercarse al mundo, en busca de la buena comida, de disfrutar de la comodidad de sus casas, de sus bellas mujeres. Y ahora con más razón, ya que, de pronto, había sentido el deseo de conocer al hombre que le había engendrado y de quien ahora conocía el nombre.
¡Un noble, nada menos!
Pero para ir a ese mundo necesitaba dinero. Porque allí se necesitaba buena ropa y la comida no se podía coger libremente, como en el bosque. Y una vivienda donde guarecerse.
¡Dinero! Nunca le había preocupado el dinero. Sí que había observado que así como unos clientes pagaban con alimentos, otros lo hacían dándole unos discos metálicos que, al preguntar a su madre, extrañado, al no comprender cual podía ser su utilidad, como lógicamente era la de un queso, una buena morcilla o uno de esos maravillosos panes blancos, le contestó que precisamente servían para eso, para cambiarlos por ropa o alimentos.
-¿Y en dónde se pueden cambiar?
-En los pueblos.
Barón se daba cuenta de que no le gustaba contestar a sus preguntas, pero, sin embargo, insistió:
-¿En los pueblos como Coarraze?
-Sí, allí.
-¿Y si yo voy con uno de esos discos me darán, un queso? ¿O vino?
-¿Tú, ir a comprar al pueblo? Si tú, el hijo de la bruja, vas con una de esas monedas pensarán que la has robado, te obligarán a decir de donde la has sacado y te la quitarán. Eso con suerte, porque lo más probable es que antes te den una buena docena de latigazos.
Ya había observado que los clientes, cuando se acercaban a la cueva, lo hacían con el mayor cuidado, como temerosos de ser vistos, por lo que no tardó en deducir que el oficio de bruja no estaba bien visto. Una sospecha que no tardó en ser confirmada cuando la última vez que se acercó a Coarraze fue perseguido por varios muchachos. ¡El hijo de la bruja, el hijo de la bruja!, le gritaban al tiempo que le lanzaban piedras, que le hubieran alcanzado si no se hubiera apoyado en la velocidad de sus piernas, tan acostumbradas a saltar por entre riscos y pendientes.
En aquel momento no lo entendió, pero ahora sí. Bien, ya sabría cuidarse, pero tenía que hacerse con el mayor número posible de esas monedas con las que parecía que podía conseguir todo lo que le gustaba.
Decidió estar sobre aviso hasta encontrar el escondrijo donde las guardaba, para lo que no podía perder de vista ninguno de sus movimientos y así, cuando llegó el siguiente cliente, que precisamente fue la joven embarazada que vino a recoger su brebaje y pagó con un pan y alguna moneda, le siguió y pudo ver como levantaba una piedra en uno de los rincones de la cueva, en el suelo. Una piedra extraña, plana y de más de dos palmos de ancha, a la que había pisado en muchas ocasiones sin saber que servía de tapadera a un hueco.
Y en la primera ocasión en que se quedó solo, la levantó y sí, lo vio. Allí había un recipiente, un puchero, roto y desportillado, de barro cocido, cuyo contenido era el que había buscado, un buen número de esos atractivos discos metálicos, unos oscuros y otros más claros, sobre los que, mirando por uno y otro lado con detenimiento, pudo ver grabadas cabezas de hombre, cruces y otros objetos que no supo descifrar.
Cuando, antes de aquel día había visto alguna moneda, nunca se había parado a pensar que pudieran tener otro valor más que el de su forma redondeada o el brillo reflejado por la luz, pero ahora las apreció más, ya que era consciente de que se podían cambiar por cosas útiles y sabrosas.
-Son diferentes. Unas pesan más que otras. Y el tamaño también es distinto. Por lo que -razonó-, deben tener diferente valor. Ya, ya me enteraré.
Y allí mismo, sobre aquellas rocas en las que solía esconderse para vigilar las sendas que subían del valle y observar los juegos -que tanto admiraba y de los que le hubiera gustado formar parte, de los muchachos de su edad-, con la vista puesta en dirección a la llanura, a las comarcas habitadas, hacia ese mundo que consideraba tan excitante y que tantas ganas tenía de conocer, exclamó en voz alta:
-No, a Coarraze no puedo bajar. Soy demasiado conocido, muchas gentes me han visto cuando han venido a ver a mi madre. Para ellos sólo soy el “hijo de la bruja” y no sé por qué, pero eso debe de ser muy malo. Pero si es cierto que por allí -señaló la lejanía-, existen muchos más pueblos. Iré a alguno en los que no me conozca nadie ni hayan oído hablar de la bruja de Bètharram. Y llevaré monedas, todas las que pueda conseguir.
Un día, ya a finales de verano, vio como, por la senda, subía, corriendo, el muchacho que tanto le atraía y admiraba, el que siempre vencía al resto. El llamado Enrique, el hijo de los reyes, que llegaba acompañado por dos enormes perros mastines, que Barón no pudo menos que admirar.
Bajó de las rocas dispuesto a seguirle hasta donde fuera, para lo que se colocó en el lado contrario al que soplaba el viento, con la intención de pasar desapercibido al olfato de los canes, mientras corría en paralelo a la senda, al resguardo de los árboles. Y así continuó hasta que, de pronto, se dio cuenta que había perdido de vista al grupo. Se detuvo para mirar con más atención, sin ningún resultado positivo y ya había decidido volver sobre sus pasos, para tratar de encontrar sus huellas e iniciar una nueva búsqueda, cuando tras recibir un enorme empujón se vio derribado por una fuerza hercúlea.
Sin tiempo a reaccionar sintió que una afilada dentadura le ceñía el cuello y unas garras enormes le sujetaban la espalda, impidiéndole realizar el más mínimo movimiento.
Un lobo ya le hubiera mordido -me han descubierto, es uno de los mastines, se dijo, que sólo me tiene inmovilizado-. Esperó con paciencia, convencido de que no le haría daño, de que sólo esperaba una orden de su dueño para soltarle y cuando sintió que los dientes dejaban de hacer presión, levantó la cabeza para encontrarse con la divertida mirada del príncipe que, al reconocerle, exclamó:
-¡Vientre de san Gris, Malet, déjalo ya! ¿No ves que es el hijo de la bruja? ¿O es que piensas que nos puede hacer algún daño?
El perro, tras obedecer sin objeción alguna, se colocó al lado de su compañero que, situado junto a su amo, se había limitado a observar el incidente tan sólo preocupado por si, en algún momento, hubiera sido necesario su concurso.
-Parece que nos seguías.
-No, no, sólo quería saber adónde ibais.
-¿Y por qué?
-Yo... yo te conozco. Y te he visto pelear en muchas ocasiones. Y sé que eres el único capaz de vencer a todos. Y me gustaría, me... gustaría que... ¡me enseñases a manejar la espada!
-¡Por el vientre de san Gris! -rió el príncipe de buena gana-. ¡Pues no dice que le tengo que enseñar! ¿No sabes que soy el hijo del rey?
-Sí que lo sé. Me lo dijo una amiga.
-¿Tienes amigas? ¿Qué, te gustan las chicas? Y qué... cuenta, cuenta lo que haces con ellas.
-Vienen a bañarse. Y a buscar frutos del bosque y si les enseño los mejores lugares, a veces me dejan que les toque... los pechos y... y otras cosas.
-A mí también, a mí también me gustan esos juegos. ¿Y si te enseño esgrima, me dejarías jugar con tus amigas?
-¡Seguro que les gustarás! Y si yo se lo digo... más, ¿no ves que yo les doy las cosas que necesitan?
-¿Las cosas que necesitan?
-¡Claro, unas hierbas que les calman los dolores, cuando sangran! Otras que evitan que nazcan los bebés no deseados. Bueno, ya sabes, cosas de esas.
-¿Los bebés no deseados? ¡Pero eso es pecado! ¿No tienes miedo de ir al infierno? Y además está prohibido por las leyes.
-¿Las leyes? ¿Pecado? No sé, no sé lo que son esas cosas. Yo sólo les doy lo que me piden y... ¡te aseguro que se quedan muy contentas!
Barón se encogió de hombros. Nunca había oído esas palabras. Leyes, pecado... Del infierno sí. Aquel era el lugar donde vivía el Gran Dragón. Y a su madre eso le parecía muy bien. ¿Es que no se estaría a gusto en el infierno? Se lo preguntaría cuando volviera a la cueva.
-Ya entiendo -razonó el príncipe-. Como eres el hijo de la bruja a ti no te puede pasar nada, porque sois amigos del diablo. Bueno ¿y qué otras cosas me puedes enseñar?
El interpelado pareció pensar un momento.
-Tengo... tengo un oso.
-¿Un oso, de los de verdad? ¿Vivo? Vamos... vamos a verlo.
Y los cuatro comenzaron a correr hacia las cuevas, pero antes de llegar oyó el comentario del príncipe Enrique.
-Me interesa eso que dices de que puedes calmar los dolores. Mi madre siempre sufre del pecho y si eres capaz de curarla, te... te regalaré una espada de verdad. Y a lo mejor te nombro
caballero.
Durante las siguientes jornadas se vieron varias veces, hasta que un día dejó de venir -¿qué le habrá pasado?, se preguntaba una y otra vez, ¿y mi espada?-. No podía creer que hubiera olvidado su promesa, la de nombrarle caballero, algo que le igualaría con su padre, Valentín de Domezain, el barón de Monein. Y los caballeros eran muy ricos y poseían muchas tierras y castillos. Y monedas, como las que tanto le gustaban y que, poco a poco, fue conociendo a medida que las iba pasando por sus manos, cuando la bruja se hallaba ausente.
La espera fue en vano, ya que nunca se produjo un nuevo encuentro porque, aunque él no lo sabía, el príncipe había sido llevado a una ciudad muy lejana llamada París, a la corte de unos reyes más
poderosos que sus propios padres, con quienes ya había convivido antes,
para, encerrado en una jaula de oro, servir de rehén contra la política religiosa de sus padres, partidarios de la nueva religión reformada, los reyes de Navarra, duques de Borbón, de Vêndome y de Albret, condes de Armañac y de Foix y vizcondes soberanos del Bearne, por citar algunos de los más significativos de sus numerosos títulos.
Pero Barón nunca pudo olvidar aquellos días, en que le enseñó esgrima y juntos jugaban con Monein, el oso. Y con los mastines, Malet y Mulet. Y sus banquetes de queso de cabra. Y las moras y manzanas agrias. Y tantos otros de los frutos del bosque. Y compartido el mismo recipiente para beber la leche, recién ordeñada, de las cabras.
2.Un mundo exterior diferente al soñado
No tardó en darse cuenta de que, en el mundo exterior, decir mentiras era rentable siempre que el mentiroso supiera disimular y no se dejase sorprender en contradicciones. Y no tardó en aprender sobre todo a fingir en esos cerca de cuatro años pasados desde que abandonara la vida de las montañas, en las que había permanecido durante toda su existencia.
Escondiéndose en los bosques y evitando los caminos, a los que sólo se asomaba, para verlos sin ser visto, cuando escuchaba el ruido del paso de gentes a pie, o montados en caballerías o variados carromatos, evitó pasar por Coarraze u otros poblados cercanos en los que podía ser reconocido. Los primeros tiempos los pasó en una continua observación de las personas, preocupándose por ver como vestían, su forma de hablar y de expresarse, ya que era consciente de que, al haber llevado una forma de vida tan diferente, no le sería fácil presentarse, de improviso, en este mundo nuevo.
Un mundo nuevo en el que, tal como había llegado a comprender había unas pocas personas que mandaban y muchas que obedecían. Y los que mandaban no tenían ningún reparo en someter a suplicios físicos, hasta la pérdida de la vida, en algunos casos, a quien no cumpliera unas leyes que ellos mismos promulgaban.
Y una de esas normas consistía en la prohibición de apoderarse de las cosas buenas, que tanto abundaban, porque todas tenían un dueño, un asunto que no lograba comprender, habituado a tomar de los bosques, sin que nadie se lo impidiera, todo aquello que necesitaba.
Al haberse apoderado del tesoro, tan celosamente guardado en aquel escondrijo, en un principio pensó que esa ley no debía preocuparle ya que, con tanta cantidad de monedas en su poder, podría adquirir todo cuanto quisiera. Sin embargo no tardó en darse cuenta de que no era así, de que la mayoría, las pequeñas y oscuras valían muy poco y allí no había muchas de las mayores, más pesadas y de colores más claros, es decir las más valiosas.
Un día de mercado en el que, en la gran plaza de la ciudad de Pau, se congregaba una gran multitud de personas ocupadas en comprar y vender, tras haber sacado una moneda de buen peso y con un brillo superior a las otras -en aquel tiempo no sabía que se trataba de un valioso metal llamado plata, del que ignoraba su valor, lo que ahora, a punto de cumplir los dieciocho años, sí que conocía de sobra- para pagar medio pan y un trozo de queso, fue interpelado por un soldado, portador de amplios mostachos, espada al cinto y que sostenía una puntiaguda alabarda en sus manos, sobre como era posible que un arrapiezo tan mal trajeado pudiera ser poseedor de aquel tesoro que, con total seguridad, había robado.
Y si no hubiera sido por la velocidad de sus piernas, lo más posible era que se hubiera quedado sin sus valiosas monedas, tan trágicamente adquiridas.
Trágicamente, sí, porque en una de las ocasiones en las que encontrándose a solas en la gruta, había abierto el escondrijo y cogido el recipiente que las guardaba, fue sorprendido por madre Balberithe, que, al verle, comenzó a lanzar alaridos como si estuviera poseída por el diablo, tal como sólo la había visto en alguna ocasión en que, habiendo entrado en trance, invocaba al Gran Dragón.
Y no sólo se limitó a gritar, sino que añadiendo la acción a la palabra y con un enorme cuchillo en las manos, se lanzó contra él, clamando que le estaba robando sus ahorros, los ahorros que tanto trabajo le había costado conseguir y que destinaba para el tiempo en que, a causa de la edad, ya no fuera capaz de valerse por sí misma.
A Barón no le quedó otra opción que defenderse, se confesó, más tarde, tantas veces a sí mismo, y sin intención de hacerle daño, en un acto reflejo, levantó el puchero de barro con el ánimo de frenar la embestida, con tan mala suerte para la mujer que se golpeó la cabeza contra él, rompiéndolo en mil pedazos que, al igual que las monedas, quedaron desparramados por el suelo.
El menudo cuerpo femenino también cayó, con tan mala suerte que, ante la mirada atónita de su hijo, se clavó el cuchillo en el vientre, quedándose allí, quieta, boca arriba, con la mirada de sus ojos vidriosos, fija en el techo de la cueva.
Barón había visto los suficientes cadáveres de animales para saber que había muerto. No podía dejarla allí. Algo le decía que no podía permitir que fuera pasto de las alimañas cuando él se fuera. Porque ya tenía decidido abandonar aquel lugar, antes de que pudiera presentarse algún cliente intempestivo y descubriera lo sucedido. Tras echar una ojeada a la cueva en busca de un lugar adecuado donde enterrarla, decidió ahondar el agujero donde habían estado guardadas las monedas.
No tardó mucho tiempo en remover la tierra. Afortunadamente no era necesario un hueco muy grande, y tras depositar el cadáver, lo cubrió con tierra y piedras, tras lo que se dedicó a recoger las monedas esparcidas por el suelo, que metió en su bolsa de piel de cabra procurando que no faltara ninguna. A continuación recogió el cuchillo, alguna ropa y un par de quesos y abandonó la gruta sin volver la vista atrás, con el fin de evitar la triste mirada de su viejo amigo, el oso Monein, que, testigo presencial del suceso, parecía sospechar sus intenciones de dejarlo abandonado.
A partir del incidente en aquel mercado decidió que debía cambiar de aspecto y hacerse con una ropa adecuada, similar a la utilizada por los muchachos de su edad.
¿Y cómo lograrlo? Tras la reciente experiencia, era consciente de que, en tanto no dispusiera de un nuevo atuendo, no debía volver a enseñar sus riquezas. Por lo tanto sólo le quedaba la solución de robar a algún incauto. ¿Pero dónde? No en Pau, la ciudad en la que, que por ser la capital y la que más riquezas poseía había decidido vivir, ya que la ropa
podía ser reconocida y él detenido por alguno de aquellos fieros alguaciles.
No tuvo mucho tiempo de duda. Hacía tiempo que había decidido acercarse hasta el poblado de Monein, el pueblo donde, al llevar ese título, se figuraba que vivía su padre, el barón, a quien tenía intención de presentarse y darse a conocer. Y una vez que logró enterarse de cual era el mejor camino para llegar hasta allí, se puso en marcha. No estaba lejos y a pesar de sus precauciones no tardó en llegar más que una jornada, por lo que, ya sin prisas, decidió posponer la entrada y ocultarse en una de las colinas que lo rodeaban, en espera de ver pasar a algún viajero solitario con una conformación física similar a la suya.
Era consciente de que se iba a ver obligado a matar a un ser humano. A un semejante. Y también de que no le quedaba otro remedio. Se encogió de hombros, las circunstancias le obligaban. Eligió un lugar adecuado desde donde vigilar el camino que venía de Pau, que resultó bastante concurrido y por el que llegaban bastantes caminantes, pero que, en unas ocasiones por hacerlo en grupo o, en otras, por no quedar satisfecho con sus indumentarias, no logró encontrar la víctima adecuada. Hasta que, ya avanzado el atardecer del segundo día, vio aproximarse, jinete sobre un borrico, al hombre que le pareció apropiado.
Escondido entre las ruinas de un viejo establo, preparó su cerbatana con la pequeña flecha envenenada en la punta y con gran calma, apuntó a través de uno de los agujeros de la destartalada pared. Con sumo cuidado, inspiró profundamente hasta que sus pulmones se llenaron de aire y cuando se sintió seguro de sí mismo y comprendió que no podía fallar el tiro, sopló con todas sus fuerzas.
El incauto jinete, que a la vista de las primeras casas del pueblo, acababa de comenzar a tatarear una alegre canción, no tuvo tiempo más que de lanzar una maldición y de llevarse una mano al cuello donde, si hubiera tenido tiempo para hacerlo, hubiera jurado haber recibido la picadura de una enorme avispa.
Pero no lo tuvo y ya sin fuerzas, no le quedó otro remedio que deslizarse suavemente, desde su montura, hasta quedar tendido sobre el barro del camino.
El borrico fue el único que pareció no inmutarse y continuó su marcha hasta que, sintiendo que le faltaba peso, decidió detenerse sin poder comprender la sonrisa de satisfacción que cruzaba por el rostro del hombre que se acercaba, tanto por su puntería como por la eficacia del veneno, por él mismo había elaborado a partir de las blancas y al parecer, inocentes flores de la conia maculata.
Sin embargo no esperó largo tiempo, ya que al observar que el recién llegado agarraba al caído por los sobacos y lo arrastraba hasta unas ruinas situadas al borde del camino, que nadie se preocupaba por él y comenzar a sentir en sus narices, al mismo tiempo, el conocido efluvio de su establo donde le esperaban una buena ración de heno y su pareja, tras levantar la cabeza e iniciar un suave rebuzno de aviso, comenzó a andar en la tan conocida dirección.
Entre tanto, el homicida había comprobado que a su víctima todavía le quedaba un leve hálito de vida, que no le dudaría mucho tiempo ya que los ojos se habían vidriado y los músculos adquirido la rigidez de la muerte y ya no eran capaces de realizar el más mínimo movimiento.
-No está mal -exclamó satisfecho-, me gusta, me gusta tu equipo, sobre todo las botas. ¡Buenas botas y... he acertado, son de mi talla!
En primer lugar le descalzó, para, acto seguido quitarle las calzas, la camisa y el jubón, el sombrero y una bolsa donde vio con alegría que había alguna moneda de cobre y hasta cinco de plata -vendrá de vender alguna mercancía, pensó-, de las más pequeñas.
Y un afilado puñal, con el mango algo herrumbroso, pero con el filo brillante y en muy buen estado de conservación.
Una vez finalizados los trabajos, por encima del muro lanzó una mirada en dirección al camino, donde pudo ver que el borrico, tal vez afectado por el remordimiento, se había detenido y volvía la cabeza, posiblemente esperando a su amo. Y tras mirar en todas las direcciones, por si se acercaba alguien, decidió acercarse con el fin de averiguar si todavía quedaba algo de valor. Tuvo suerte, ya que sujeta a la albarda, pudo ver una capa, que no dudó en recoger y sin pensarlo dos veces golpeó el lomo del animal que con un trote ligero partió, decidido, en busca del calor del pesebre.
Debía evitar ser visto en compañía de un animal que, sin duda, sería reconocido por la gente del pueblo y no dejaría de delatarle. Con evidente pena, ya que se trataba de un hermoso ejemplar que podía haberle servido de gran utilidad.
Con calma, cubrió con unos buenos puñados de hojarasca el cuerpo desnudo, del ya cadáver, que yacía en el suelo, hizo un paquete con la ropa, que envolvió en la capa y despacio se dirigió al pueblo en busca del lugar donde vivía el barón de Monein, ya que era consciente de que en aquel lugar no debía llevar puesta su nueva ropa, que podía ser reconocida.
Tras dormir en otro establo abandonado en la otra parte del pueblo y ya en la mañana siguiente, se dirigió directamente a la parte más alta, donde siempre se hallaban los castillos de los nobles. Y así fue, pronto se encontró enfrente de un enorme edificio que le llenó de orgullo al pensar que pertenecía a su padre.
-¡He aquí el solar de mis antepasados, lo cual quiere decir que por mis venas corre sangre noble!
Pronunció en voz alta, teniendo cuidado de no ser oído. Y a continuación, sin encomendarse ni a Dios ni al diablo, se dirigió al puente levadizo e hizo un intento de penetrar en el interior, intento impedido por una alabarda que le golpeó en los hombros.
-¿Qué quieres ver al barón? -preguntó el centinela- ¿Un indigente como tú? Lo siento, pero no se encuentra en casa. ¿Qué dónde está? ¡Y a ti que te importa! ¿Dónde va a estar? Donde siempre, en la guerra. De todas formas no te recibiría. Al margen del día de Jueves Santo no es muy aficionado a recibir pordioseros.
Fue la noticia que recibió. Bien, pues si su padre se hallaba ausente y ya que le era imposible conocerlo, volvería a Pau, donde podría vestirse con sus ropas nuevas, algo en lo que ardía en deseos de hacer. Y de adquirir una espada que hiciera compañía al puñal. En aquella ciudad no sería fácil que le reconocieran con un atuendo tan diferente, en estos tiempos, en que en los últimos meses se veía cada vez más gente extraña que llegaba con la intención de alistarse en los ejércitos de su majestad, la reina.
Pero, por si acaso, se dejaría crecer la barba y el bigote, que ya le habían comenzado a salir, cada vez con más fuerza. Y cambiaría de nombre, ya que el nombre de Barón sólo producía hilaridad entre quienes lo escuchaban.
-Barón no es un nombre cristiano -le decían-. ¿Quién ha oído alguna vez hablar de un santo llamado San Barón? ¿No ves que es un título nobiliario? Y desde luego tú... tú no tienes ninguna pinta de pertenecer a la nobleza.
Una vez en el figón en el que entró a comer una sopa de coles, se enteró que el verdadero nombre del barón de Monein era Valentín de Domezain, por lo que decidió que Valentín sería el nombre que usaría en el futuro, pero en lugar de Domezain, que no le terminaba de convencer, su nombre de familia sería Monein. Así siempre recordaría el nombre del lugar en el que se hallaban sus orígenes.
Y ahora, tres años más tarde, cuatro desde que abandonara las grutas de Bètharram, había logrado realizar grandes progresos y aprender lo suficiente para lograr desenvolverse en la vida. Ahora conocía que, en su nuevo mundo, existían tres clases de personas: los nobles, que eran los que mandaban y vivían en buenas casas y castillos y que sólo se dedicaban a hacer la guerra y a cazar, en los tiempos de paz y los pobres, las gentes de los pueblos. Y los campesinos, que eran los más numerosos y que estaban obligados a trabajar si querían comer.
Y otra clase, la de otros hombres y mujeres, llamados clérigos, o curas, y monjas, pero que no se casaban entre ellos y sólo se dedicaban a hablar con Dios. Y también pudo saber que estos últimos se hallaban divididos en dos bandos que se odiaban a muerte, algo que él, Valentín de Monein, no lograba entender por mucho que se lo explicaran.
Porque no sólo no se mostraban de acuerdo en la forma de servir al mismo Dios, sino que siempre estaban en guerra, matándose entre ellos. ¿Quién tenía razón? ¿El bando que vencía en el campo de batalla? Monein no podía comprender una solución tan simple, que decía que la verdad estaba de parte de quien tenía más guerreros, más caballos y más cañones. ¿Y qué opinaba el Dios que ambas partes decían adorar, de todo esto? Nada. Al parecer nunca decía nada Y, eso, tampoco lo comprendía.
Lo que si comprendía era que ambos se dedicasen a expoliar los templos de la parte contraria, unos lugares donde se guardaban enormes riquezas, amasadas a través de los siglos, unos templos que mientras unos utilizaban para decir la misa, los otros lo hacían para predicar y decir el sermón.
Sí, eso si que lo comprendía Monein. El asunto era muy claro. En el fondo ambos bandos luchaban para quedarse con las riquezas del otro, lo cual sí que tenía sentido.
Y no sólo robaban las riquezas de las iglesias. Como la sociedad se había dividido, los componentes del partido más fuerte en cada momento, expoliaban y robaban las viviendas de los que pensaban de forma diferente. Algo que a él también le gustaba hacer, sin importarle cual era el bando al que se había unido, pues siempre se podía pillar algo como ropa, comida y con suerte alguna joya o dineros. No mucho, la verdad, porque cuando se presentaba alguna oportunidad, la competencia era tan fuerte que todos los participantes se pegaban entre ellos para intentar sacar la mejor tajada.
¡El dinero, el gran problema con el que se encontraba a diario! Porque a los pocos meses de su llegada a la ciudad de Pau, las monedas que con tanto cuidado había ahorrado madre Balberithe, habían desaparecido.
Lo cierto es que pecó de ingenuidad, ya que, en aquellos primeros tiempos creía de buena fe que en una ciudad tan grande, en la que él no conocía a nadie, al resto de la gente le pasaría lo mismo. Y no era así, al contrario, casi todo el mundo se conocía e incluso a través de varias generaciones se sabía quienes eran unos u otros y a que familia se pertenecía. Y cuando apareció él, un muchacho desconocido y pobremente vestido y que, sin embargo pagaba los alimentos que compraba, no tardó en ser seguido por un grupo de pordioseros. Y allí, en el viejo pajar abandonado que le servía de refugio, fue golpeado con tal saña que no tuvo otro remedio que entregarles la bolsa con sus tesoros.
Tras lo cual, le pegaron un golpe tan fuerte en la cabeza que le dejaron por muerto.
Pero, sin embargo, su joven naturaleza se impuso y logró sobreponerse y continuar la vida, eso sí, con la lección bien aprendida, aunque entonces fue cuando se vio obligado a comprobar la dureza de su nueva vida, de lo difícil que era sobrevivir, llegando a añorar la existencia de las montañas, donde, al menos, no escaseaba la comida.
De igual forma aprendió que la vida de los delincuentes, en aquella ciudad, no tenía mucho futuro, ya que por lo general terminaban por ser descubiertos y entregados al señor verdugo para recibir el castigo.
Había asistido tantas veces a los suplicios en la plaza pública, un espectáculo que congregaba a toda la población, que conocía de memoria las penas que debían sufrir los condenados. Desde una docena de latigazos por un delito menor, hasta ser colgado en la horca con un letrero en el pecho, en el que se explicaba el nombre del reo y la causa que le había llevado al suplicio, pasando por el corte de diversos apéndices corporales, pies, manos, orejas, nariz..., dependiendo de la gravedad del delito cometido.
Por lo tanto había llegado el momento de cambiar, de empezar una nueva vida. El trabajo no le faltaría, ya que, durante el último año, se habían recrudecido las hostilidades y la reina Juana III de Navarra, cabeza de la religión llamada protestante -a veces hugonote- calvinista y
también reformada, necesitaba soldados. Un oficio en el que parecía que se podían obtener muy buenos beneficios, ya que, según había oído contar, muchos habían logrado hacer una fortuna e incluso ser nombrados caballeros, como premio a sus acciones en el campo de batalla.
Y ser caballero significaba tierras y castillos, honores y riquezas. Y la riqueza, comida, caballos y mujeres.
Con esas ideas en la cabeza el nuevo Valentín de Monein, ataviado con su ropa recién adquirida, parecía una persona diferente, especialmente por la prestancia que le confería la capa. Una prenda que había aprendido a manejar con soltura y que tanto le ayudaba para camuflarse tras ella y desembarazar de su bolsa a algún caminante distraído o soldado borracho solitario, que tenía la mala suerte de cruzarse en su camino.
