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Belén Galain

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Beschreibung

N.11 PARTI(DO) de Belén Galain 

"Somos un montón,
Una invocación, Eros.
La revolución del fuego.
Somos tantos que nos volvemos imbatibles.
Nos volvemos flama, fuga y canción.
Pero algo se está por desprender."

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Veröffentlichungsjahr: 2023

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La épica del montón

Paula Fanelli

Hace tiempo que a Belén Galain le interesan las reverberaciones de la palabra partir, de la experiencia del exilio. Cuando se enteró de la existencia de Elena la contactó de inmediato. Elena es una persona de carne y hueso que tuvo un ideal por el cual luchó y que la forzó al exilio. Es la inspiración que tomó Belén para la escritura de Parti(do). Allá por el 2018 tomaron un té. Pero pasarían varios años hasta que le pusiera palabras a ese encuentro.

Las palabras son una herramienta misteriosa. ¿Cómo es posible que una serie de signos unos junto a otros, amontonados, a veces separados, sean capaces de emocionarnos, de generar un puente entre quien las dice y quien las escucha? Bien combinadas son capaces de quebrar eso que somos por un rato, individuos atrapados en nuestra soledad, y de repente seamos unx con el otrx, podamos acceder a esa historia otra como si fuera propia y así expandir eso que somos, y de a poco eso que parece individuo se ensanche y seamos un montón de otras experiencias.

Pero las palabras también pueden ser una trampa, se pueden volver un laberinto. Elena se enreda en el lenguaje. Cree que la cuestión pasa por ser precisa, por lo clínico, “si logro hacer entender qué significa partir, entonces me entenderán”, y se interna en ese laberinto que la aleja cada vez más de lxs otrxs. Y ahí aparece el humor de Belén también, sabe que las palabras son traviesas. Que no se trata de la precisión lingüística, que no basta con usar las palabras correctas para que algo pase, que hace falta magia: se trata de combinarlas en esa forma misteriosa que hace que, de repente, el acontecimiento suceda. Belén sabe que las palabras pueden ser hechiceras, tienen esa capacidad de atravesar cuerpos, y generar experiencias sin haberlas vivido. La Elena de ficción y Belén Galain están frente al mismo drama, cómo traer la experiencia al presente.

El 24 de marzo del 2023 Claudia Cantero hizo una lectura performática de Parti(do) bajo la dirección de la autora. En esa oportunidad, entre el público, estaba Elena. La Elena de inspiración. Al final de la lectura, se acercó al micrófono y con suavidad dijo que le alegraba lo que había acontecido, lo que habíamos presenciado en esa lectura, la historia de una persona del montón, una del montón que hizo un montón de historia, pero que quizás los nombres de ese montón no los encontremos en los manuales escolares.

Hace poco escuché a un actor decir que le pasaba con las películas épicas que salía encantado, pero triste. Ahí, sentado en la butaca mientras pasaban los créditos, el sabor que le quedaba era agridulce. Cuánto mejor, cuánto más valioso habría sido ser parte de una gesta heroica. Ahí acontecía el drama. Su vida al final, sentía, no era tan interesante. No tenía épica. Hasta que se cruzó con un director de historias mínimas. Donde los dramas les pasaban a personas como él. Y ahí, por primera vez, al terminar la película no solo se sintió fascinado sino parte. Sintió por primera vez que su propia vida tenía interés.

Y es justo ahí, en ese mismo lugar, donde está la singularidad de Parti(do). No se acerca al hecho histórico desde un lugar central, heroico. No retrata lo ocurrido desde la sala de armas, desde los operativos. Se sumerge en la cotidianidad, en conseguir un papelito, en encontrar la ropa que les permita pasar desaparcibidxs, y entre todo eso acordarse de lavar esa ropa, de comprar la comida, de pensar en qué van a comer, en que los chicos aprendan a escribir, que jueguen, en que el bebé no llore.

Estamos lejos de la acción épica. Se escapa de ese camino y se desvía hacia lo cotidiano, hacia lo pequeño, acá es la épica del día a día. Esa base que sostiene todo lo demás. Belén logra que un hecho de nuestra historia tan trascendental, tan traumático –tanto que podría parecernos lejano–, se vuelva totalmente cercano, se vea tal como se veía Elena frente a ese micrófono, como unx de nosotrxs, como dice la Elena de ficción: “Cambien la cara si piensan que voy a hablar de cosas enormes, no voy a poder complacer. […] La cosa se reduce a que me levantaba todos los días sin saber dónde iba a poder lavar la ropa”.

PARTI(DO)

Belén Galain

 

 

 

 

 

Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo.

A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.

–El mundo es eso —reveló—. Un montón de gente, un mar de fueguitos.

Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros, otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.

Eduardo Galeano, El libro de los abrazos

 

 

( / ) indica una interrupción

PARTI(DO)

Belén Galain

Pieza para una actriz

Personajes

 

ELENA

HORACIO

MERCEDES

NICOLÁS

PRELUDIO

 

 

Encuentro en el aula de la facultad. Elena frente a un grupo de jóvenes.

Hubo un partido, antes, antes de ustedes. Antes de que muchas de ustedes hubieran nacido, quiero decir. Hubo una parte de mi historia en la Historia más grande que es la del territorio, la del país y también la de un continente. Quiero decir que yo fui parte, antes de partir, de un partido muy acalorado, muy idealista, muy fascinante, para eso me trajeron hoy acá. Partí, sí, porque tuve que hacerlo. No es que yo quisiera, porque quise mucho a todo ese montón, de verdad, los quise tanto. Lo que quiero decir es que está el verbo partir, está también el partido que no tiene nada que ver con esto, o sí, pero de otro modo: a nivel semántico nada que ver. Y del otro lado, la palabra partida, que es otra cosa, se trata de un momento. La RAE resuelve muy fácil, ponen sin más: ‘finalizar, concluir o acabar algo’. Pero nada se termina al partir. La partida arrastra las partes con vos. Al mismo tiempo definen por el contrario: ‘tomar algo como punto inicial’, en eso sí estoy de acuerdo. Algo nació en mí con todo eso de tanto partir. Igual la acepción trece, ‘ponerse en camino’, es más justa. Eso debería decir solamente el diccionario. Eso podrían decir entre ustedes cuando hablen de aquella parte. De la parte de nosotros en toda esta cuestión. Nos pusimos en camino. No nos fuimos, nos encaminamos para otro lado nada más. Yo de todos modos no quería. No elegí. O sí elegí, pero no por libertad de elección, nunca quisimos. Sostuvimos la vigilia en los oleajes de transición. La palabra partir no deja de transformar su campo semántico. Es curioso lo dinámico, lo transoceánico. En la palabra, digo, a eso me refiero. Y también en mí, en el cuerpo, en el pensamiento al tratar de decir, de desenmarañar el comienzo, es huidizo el decir, es dinámico el recordar una época, una manera de ser, de pensar.

Yo era alguien que no soy más.

No sé cómo traerme.

No sé cómo empezar para decirles algo que sea cercano

y cierto,

y pueda hacer el ejercicio de contar

y/

La capacidad de poder comenzar a decirles algo de toda esa época y el fervor es huidiza. Partí y logré hacer traducciones de idioma, de pensamiento. Logré adaptarme a los usos de la lengua y del decir, que en verdad decir siempre es pensar y pensar es amoldarse a algún esquema para poder traducir. Yo partí y cambié mi forma, me traduje en otra cosa. No soy más. Cambien la cara si piensan que voy a hablar de cosas enormes. No voy a poder complacer. No soy una heroína de nada, un pedacito de ninguna parte. Logré respirar, amoldarme a las cosas y seguir. Ponerme los tacos altos cuando tuve que hacerlo y seguir. Continuar caminando sin fuerza de reparo.

La cosa se reduce a que me levantaba todos los días sin saber dónde iba a poder lavar la ropa. Mis hijos eran chiquitos y se ensuciaban ellos, al resto y a su alrededor, todo el tiempo. Era levantarme y pensar: “Dónde hay un almacén en este barrio”. Un almacén de precios bajos, casi miserables, lo único que podíamos costear para sacar ligerito el vómito y seguir el camino sin oler nauseabundo.

Quiero decir,

la palabra partir/

Volviendo,

sería/

Esto del latín/

Esto de la raíz y la extranjería/

Esto que me enreda es lo partido

y después

el partido.

O antes.

Lo primero fue el partido.

Aunque hubo otro antes.

Voy a compartírselos desde el comienzo, voy a hacerlas parte, a ver si logro rearmar alguna de las partes, pero no creo hacerle justicia al partido. Aunque el presente reclama que lo sean, no me creo capaz de entusiasmar a nadie. Hay una necesidad grande de repaso, eso sí, así que vayamos todo de nuevo. Sé que van a armarse alguna idea de mí, de lo que soy, de lo que fui parte. O peor, ya tienen una idea sobre mí, sobre quién era en esa época, tienen algún pensamiento de mí incluso antes de que haya abierto la boca. Entonces un pedido: no usen las palabras como algo hueco. Algo de toda esta nebulosa social reclama implicancias.

Me voy a ordenar, voy de nuevo, comienza aquí. Bueno, acá no precisamente, la raíz está en San Juan, era en un lugar común a este, un lugar así; todo comienza así, en un punto de reunión como este, con compañeros como ustedes, con esa mirada que/

Esa chica que está atrás, cerca de la baranda, ella ahí. Miren a esa compañera sentada en el banco con su puchito. Esa historia vuelve y vuelve a empezar, una y otra vez, al menos en mi memoria/

I

EL RITMO

 

 

A causa de las fragmentaciones bárbaras.

Nos partimos

dentro, con o sin partido.

Nos parten.

Y después,

partimos.

Nos ponemos en camino.

Uno nuevo.

Uno disimulado.

Nos ponen en caminos encaminados, rectos, derechos.

Partir nos parte.

Y así vamos

partiendo, siendo partidos, volviendo a partir

para hacer

recorrer

ese camino de olvidar y volver a pasar.

Recordar.

Me llamo Elena.

Ahora puedo decirlo.

Todo pasó muy rápido.

II

LA TRINCHERA

 

 

Termino el bachiller y me anoto en la facultad. El último año de escuela empiezo a tener un gusto insistente, una curiosidad amplia, un advenimiento específico sobre lo humano. Siento curiosidad por saber qué es, qué me hace ser parte de eso llamado humanidad. Qué es lo humano, qué hace que yo también lo sea, eso quiero saber. Qué hace que todos los que son parte se sientan así. El profesor de Sociología me habla de su época de estudio, de su trayecto, pero sobre todo de sus amigos del patio, de su participación en esa parte. Me habla del profesor de Geografía, se conocen de ahí, por su pertenencia. Se paran todos los recreos en el mismo punto, fuman un pucho y debaten con terquedad. Se miran, se piensan –entre ellos y a sí mismos–, “se pertenecen”: los miro y pienso en eso, en que se pertenecen. Es un gusto sentarse en el banco cerca de su sector y escucharlos pelear por sus ideas. Mi hermana, apenas más grande que yo, viene a la misma escuela. En los recreos nos sentamos juntas, muy cerca de ellos, para observar todo ese acaloramiento político. Creo que arranca ahí nuestro gusto por compartir lo participativo y las ideas. Terminando el trimestre del último año me acerco y les cuento mis inquietudes, mis deseos, mis ganas de ser parte de algo así, de estar en el lugar donde suceden las cosas, de participar, eso, mis ganas de ser partícipe, de querer participarlo todo. Estos profesores se miran, se piensan, me miran, me observan, inhalan tabaco y exhalan riendo con complicidad. Abren los ojos y el pecho se les va para adelante. Durante ese recreo me alientan a inscribirme en la misma universidad a la que ellos fueron. Yo quiero ser así, como ellos, tener amigos así, como se tienen entre ellos. Ellos no lo saben, pero no fue cosa de ese día. Mi elección había sucedido antes, durante años lo supe, al oírlos.

EL PRECURSOR DE LA PARTE: Elena, ahora sos una de las nuestras. Contá con nosotros, para lo que quieras, para la parte que sea. Nos tenés. Y visitanos también, las veces que quieras, para compartirnos alguna parte. Vamos a estar acá.

Entonces crezco, crecemos, y mi hermana se anota también. Vamos a la facultad. Se repite el ritual, nos sentamos en el patio en un banco y escuchamos los debates. Mi hermana usa mucho una pollera roja que tiene, es así livianita, se la pone siempre. Nos reunimos diariamente en el patio. Cada una prende su pucho y hablamos, nos implicamos, somos partícipes. Nos hacemos grupo, nos hacemos lema. Nos volvemos defensa, revancha, trinchera. Nos hacemos lucha común. Muy rápido todo se acalora y somos muchos. Una manada. Muchos más, tantos más que al comienzo. Nos volvemos abrigo. Somos un montón, hablando, mirando, pensando, debatiendo. Un montón, un montón. Nos gusta esto del montón. Pensamos que podríamos llamarnos así, usar esto de ser un montón y agregarle un sufijo, algo que indique acción, compromiso, alguna letra que nos haga sentir parte, algo que represente esto de ser un montón y sentir el fuego.

Por un momento me siento en el banco y cierro los ojos, los escucho hablar. Quiero que esto dure para siempre. Sostenida por estas miradas, contenida por estos brazos, lo tengo todo. Abro los ojos y veo a alguien nuevo sentado a mi lado. Él abre los ojos un segundo después y nos encontramos ahí, en ese segundo de posar las miradas hasta volver al foco. Nos reímos por habernos atrapado. Confieso en mi mirada algo de esto que siento, pero no digo nada y él tampoco. Pero lo sabemos, lo sé, está disfrutando de lo mismo. Su amigo trae cervezas y las hace girar. Muy rápido nos emborrachamos, nos reímos, nos miramos de vuelta.

HORACIO: Me llamo Horacio.

ELENA: Elena.

HORACIO: ¿Me acompañás a buscar mi mochila?

Fue enseguida. Un instante después nos llevamos una cerveza y caminamos abrazados por los pasillos. Leemos los carteles: “LUCHE Y VUELVE”. Me dice algo al oído que no entiendo bien, pero prefiero permanecer en su juego así que me río y le sigo el cantito. Corremos medio a las carcajadas hasta un aula que está clausurada hace un montón. Es sabido, pero nos hacemos los que estamos descubriendo algo. A él no le importa nada, abre de un empujón la puerta y nos mandamos, no le teme a las fuerzas. Me dice que le gusta eso del montón y la acción, que es un buen nombre para nuestras ganas. Busca y saca algo de la mochila, un poco tosco él. Muy, muy… muy churro.

Me agarra y arrancan los besos, las caricias, lo obvio. Todo pasa muy rápido. Mi hermana se enamora también en esa época, es que entre tanta efervescencia romantizar a los amigos es muy fácil. La cosa es que somos todos del mismo grupo de combate, y acá empieza la historia.

Algo estalla.

HORACIO: Elena, vos sabés lo que estamos haciendo, ¿no?

III

LA REVOLUCIÓN

 

 

Tiempo de la vorágine.

Soy parte.

Partícipe de lo importante.

Horacio también.

Somos parte, y estamos juntos.

Muy juntos.

Tanto, que nace Mercedes.

Y así seguimos, siendo parte, cada vez más parte.

Parte de una gran parte de la facultad.

Parte de la lucha,

de lo más importante.

Más juntos, así seguimos

y nace nuestro segundo hijo.

Llega Nicolás.

Somos un montón.

Sigo, seguimos.

Estamos en la facultad

componiendo un colectivo exorbitante

elocuente

bullicioso.

Componemos una familia,

un familión.

Seguimos cursando, queda poco.

Son los últimos tiempos

de este tiempo.

Nos tapamos la cara

le ponemos el cuerpo.

Compartimos entre paredes y viento

palabras urgentes.

Algo tempestuoso suena.

Somos un montón,

Una invocación, Eros.

La revolución del fuego.

Somos tantos que nos volvemos imbatibles.

Nos volvemos flama, fuga y canción.

Pero algo se está por desprender.

Empieza en la facultad todo esto: el gusto por las etimologías, la necesidad de dar batalla. De un momento a otro empieza lo otro. Las apariciones. Las amenazas, las corridas, los gritos en el pasillo, la angustia, los abrazos, el escondite. Horacio ya lo sabía, algo de él lo intuyó muy bien. De algún modo la vio venir. Me refiero a todo esto del montón, el amor, la carne, los besos, el sudor, el sacudón, el calor, las caricias, el roce de los muslos, la fricción. Y también la caída. Él algo de esto lo sintió venir. Corrí por el pasillo mientras escuchaba los trotes de los borcegos y los palitos. Hay un lugar muy chiquito que nos refugia de quienes deberían cuidarnos. Cuidarán a otros, a las tierras extranjeras y andá a saber a qué más. A nosotros nos buscan adentro de la facultad. Incluso dentro no hay reparo. No hay descanso. No hay nada más que correr y gritar, huir y que no te sientan. Horacio estaba adentro cuando llegué, lo recuerdo así, escondido y sudado dentro de este cuartito. Entro y tiro todo atrás del mueble. Vacío la mochila detrás de la vitrina. Escondo la travesura para conservarla. Fusionamos, él también hace sus descartes. Nos arrinconamos en ese sucuchito del subsuelo y disimulamos sudando. Escuchamos gritos afuera y gritamos dentro. Horacio apura. Sostenemos las carnes alertas. La sangre circula cada vez más rápido, siento el corazón estallar y grito. Gritan por todos lados, gritan afuera también. Gritamos y apuramos.

ELENA: Corré, Horacio. Saltá y corré.

Todo pasa/

abrimos la ventana,

saltamos al vacío.

Muy rápido.

Pasa de un momento a otro,

salimos disparados por el edificio.

Nos alertaron los gritos.

Fueron llegando cada vez más cerca,

cada vez más fuerte.

Cada vez con más peligro.

ELENA: Horacio, tirate, corré. Muy rápido, corré, más, más, más. Agarrame. Más rápido.

Todo pasa.

Así.

IV

LAS PARTIDAS

 

 

Tengo la edad que tenés vos ahora.

Tengo dos hijos. Un auto. Un compañero de ruta.

Tengo que cambiar este papelito.

Tengo que poner otra cosa, otro nombre, otra jurisdicción.

Tengo que partir.

Mi cuerpo cae, muy rápido. Siento el tapizado de cuerina marrón del auto, el olor a humedad, el aire muerto. Me inunda una sensación inaudita de lluvia, miro el cielo esperando que caiga, pero no hay ni una sola gota por desprenderse.

Los chicos suben al auto también. Mi hijo, Nicolás, adopta una costumbre muy de la época, empieza ese día: después de jugar guarda todo en su mochila de los mil bolsillos. Mercedes es más despistada, llora en la ruta por los juguetes que escondió en el patio y no se acordó de guardar. Llora mucho, me cansa. Es agotador el llorar. El ver llorar, el sentir llorar, el llorar a primer cuerpo. Llorar, gritar: es agotador. Aunque sea otro quien llore y grite, cansa lo mismo.

Horacio maneja sin pausa. Traga y maneja. Saliva. No hay otra cosa. Traga reivindicaciones, ganas de disputa. Horacio traga y yo desespero, pero trago también y así vamos, un camino largo de tragos, llanto y grito ahogado. Miro por la ventana con la mirada fija en el inminente tantantan, me anticipo a ese ronroneo sobre el vidrio, pero nada. Toda esta contención del cielo da náuseas. La literalidad del clima me deja pasmada pensando en todo eso de la sed, la saliva y el tragar el espanto. Raspa, es así. Hay ciertas cosas que raspan por más que tragues con cantidad de saliva, aunque la reúnas en tu mandíbula por ratitos y tragues todo junto raspa lo mismo. Horacio maneja y suelta algo de eso del idealismo. Se resiste a tragar. Es un empecinado.

ELENA: Horacio, manejá, mirá el camino. Están los chicos. Tragá y manejá.

El clima es horrible, está todo comandado por un cielo armado que no deja caer ni una de esas gotas gordas sobre el parabrisas. Internamente me obsesiono también. Quisiera capturar algo bueno durante el camino, una buena imagen del barrio, un detalle del jardín vecino, recordar a ojos cerrados mi paseo por estas baldosas. Hubo tiempos de caminatas tranquilas en las que tuve el privilegio de contemplar y disfrutar la observación precisa del recorrido hasta mi casa. Ninguna calle es como otra aunque se asemejen muchísimo. Hay como huellas… clavadas en los pavimentos. Horacio maneja y yo pienso nuevos idealismos. Me hago autopropuestas leves. Entonces miro para atrás. Mercedes detiene el llanto, se entretiene silenciosamente andá a saber con qué. Mira por la ventana con los ojos sostenidos en algún recuerdo, pareciera lograr capturar las imágenes del camino. Cada cual se empecina con lo suyo en su interior, cada cual maneja su camino, y traga lo propio lo extranjero la novedad y lo incierto.

De un momento a otro el auto frena. Llegamos. De lejos alguien nos mira llegar. Nos miran bajar. Nos miran entrar. Nos miran. Nos observan. Nos vigilan caminar. Alguien siempre está mirando. A toda hora, cada día, siento la mirada respirándome en la nuca.

ELLOS: ¿Cómo te llamás?

Aparece de la nada. Así, como una chispa de pólvora, este vecino con su inquisición.

ELENA: Horacio, ¿cómo me veo? Vos no te ves tan de acá. Te ves más, como/

como de/

como así,

de otra parte,

como/

HORACIO: Estás bien, Elena.

ELENA: Pero yo no pregunto eso, no es bien o mal. Vos no, Horacio. El tema de la moralidad. Toda esa cuestión que nace ahora, en esta época. No, Horacio. Vos no.

Me doy cuenta. Mis esfuerzos de nada sirven: no soy de acá. Disimulo adoptando hábitos que observo. Me levanto y voy a la cocina del patio, me hago un mate, pateo las pelotas que rebotan cerca de mis pies. Levanto a los chicos, intento que lean, que jueguen, que sean chicos. Que su infancia se parezca a una infancia normal, común, corriente. Una infancia estable. Con una madre estable. Con un padre estable. Una familia simple, estabilizada, implicada en las cuestiones domésticas. Implicada en los leves chismes vecinos y nada más. Entonces para parecerme arrugo la ropa que queda demasiado bien colgada. El trajín nos hizo ir perdiendo cosas, me visto con lo que encuentro olvidado en el tender del conventillo, lo hago un bollo, lo sacudo y lo visto con desdén. Encontré una sillita muy ahuecada en la esquina y la entré. Me siento a tomar el té, apoyo la taza en el estómago y algo de ese calor calma la dialéctica con mis entrañas. Entonces recuerdo mi casa de antes, caigo en sueños ideales. Veo los papeles lisos de los cuadernos, a mi hermana mojando la punta de su índice para cambiar de página. La sueño bailando en todas las fiestas del partido. Sueño con el amanecer siguiente, preparadas para comernos el mundo.

ELLOS: No son de acá.

Susurran, pero yo escucho, aunque dormite estoy alerta, escucho todo.

ELLOS: No son de acá. Mirala.

Otra vez me sacan del descanso. No dan tregua.

ELLOS: ¿Vistes cómo hace?

¿Y ellos qué saben? Si me veo igual a cualquier vecino, si no tengo nada más que este bollo puesto. ¿Qué emerge de mí?

ELLOS: Estos no son de acá, mirá cómo cuelgan lo´ mantele´.

ELENA: Horacio, te dije. Hay que salir como sea, con el papelito que sea. Agarrá a los chicos, calzalos en el baúl.

ELLOS:

Gooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo/

GOL

GOL

GOL.

Los gritos resuenan, retumban paredes, estremecen el barrio.

ELENA: Es ahora, Horacio, nadie está mirando. Agitá la bandera. Agarrá esa cerveza, la del pasillo. Simulemos, Horacio, seamos parte.

Está lleno de ellos, caras largas buscando el momento oportuno para/

ELENA: ¡Qué alegría, señores, qué alegría! Vamos, chicos, muevan la banderita. Así, mirá, con fervor patrio.

Más soledad que sentirse ajena de lo popular/

Nos metemos al auto fingiendo ser parte del festejo.

Nos vamos/

de ciudad a ciudad,

de pueblo a conventillo,

de casa a campo,

de auto a auto,

a micro,

a caminata nocturna,

a escondite en un baúl.

Vamos sin llegar/

Intentando actuar la naturalidad de ropas ajenas.

ELENA: ¿Encontraste algún papelito nuevo? Alguno en desuso, alguno bien blanco puro, blanco limpio, blanco derecho, blanco bien, blanco tipo. ¿Hay? Un papelito que no sea descarte, uno bien chequeado, no vigilado. ¿Tenemos? Cuatro papelitos, Horacio. Hacen falta cuatro, o hace falta un baúl más grande, y ropas más blancas más puras más derechas más tipo. Bajito, Horacio, tragá y manejá despacio, de a poco.

HORACIO: Cierren los ojos. Yo les aviso cuando llegamos.

Entonces cerramos los ojos durante todo el camino. Horacio va contando algo sobre los árboles y los pozos que tiene que esquivar. Con los chicos preferimos adivinar un recorrido fantástico.

MERCEDES: Está esquivando un cocodrilo.

NICOLÁS: Hay mucho barro, las serpientes salen del barro. Se enredan en las ruedas del auto, quieren hacernos parar.

MERCEDES: Sale toda la jungla y papá esquiva, dobla rápido. Dale, pa, nos va a alcanzar el cocodrilo, ¡más rápido!

NICOLÁS: Pa, cuidado con los dinosaurios, está corriendo un Rex hacia acá. Mueve sus manitos, viene así a toda velocidad. Nos va a atrapar.

MERCEDES: El Rex sacude sus manos graciosas pero en verdad es malo, pa, nos quiere tragar. ¡Doblá, pa, doblá!

NICOLÁS: ¡Eso fue una serpiente! ¡Están en las ruedas!

MERCEDES: ¡Dale, pa!

NICOLÁS: ¡Cuidadoooooo!

Llegamos a una nueva casa. Mis hijos juegan con tranquilidad, entonces me siento en el zaguán y me animo a abrir ese libro. Lo había encontrado tirado semanas antes al sacar la basura, camuflado entre el verdín de la zanja. Ese rincón de basural era un embute a cielo abierto. No le conté a Horacio. Quise regalarme un secreto. Volver a sentir lo propio, las autopromesas, la conexión con algo íntimo que solo me perteneciera a mí. Cuando nos fuimos de la primera casa, mi casa, no sabía qué agarrar y me llevé una pollera y la plancha. Qué inutilidad. Una plancha que no plancha nada. Es que la plancha, en su momento de esplendor, recién comprada, te hace mantener la forma. Algo me hizo elegir la conservación de lo propio. Viste ese momento en que ponés la mano por arriba de la prenda para sentir la temperatura, ese momento que casi quema. Elegí conservar el fuego. Esta plancha tiene unos tornillos algo sueltos en la base. Los había desenroscado con la punta del cordón para convertir la base en un baúl de tesoros. Su capacidad de guardado le devolvió la magia de su primera época de plancha súper-plancha-todo, su cualidad de aglomerar el calor dentro. A Horacio ya no le importa que funcione la plancha, ya casi no me mira, paso por al lado y nada, tal vez tampoco se busque a sí mismo en un reflejo. Hay algo que pasó en su gesto,

su garganta,

su cuerpo entero.

Algo empieza a bajar en él/

algo tuvo que tragar hasta llegarle a las entrañas/

algo surtió para dejar de empeci/

La cosa es que me siento en el zaguán, desarmo la plancha para obtener mi libro-tesoro y me dispongo a leer. Nicolás encuentra un palito en el jardín y dibuja sus primeras palabras en imprenta mayúscula. Practica el nombre de su hermana: MER. Ella lo alienta, lo ayuda con el trazo de la R, el más virtuoso de los trazos. Llena de MER todo el jardín. Se vuelve un empecinado. Cuando la tierra está yerma corre a la cocina por un poco de agua para lograr el barro que le permita escribir. Se implican, dibujan juntos lo que imaginan. Horacio y yo estamos sentados mirando su revolución mayúscula. Este instante es de ellos, es su momento de descubrimiento, de pruebas, de hermandad, de pequeña libertad.

NICOLÁS: ¿Mamá, Mer es Mer, o cómo nos decimos hoy?

ELENA: Sí, Mer es Mer. Son quienes son. Vos, Mer, nosotros. Somos quienes somos, solo que a veces jugamos a algo distinto. Es temporal, lo de ser otros. Somos quienes somos, eso es así, no cambia. ¿Horacio?

Trago e intento no marearlos. No sé cómo explicarles los cambios.

HORACIO: Hice estos panfletos, Elena.

Panfleto. La palabra me paraliza.

HORACIO: Hice unos panfletos para repartir acá cerca, alrededor de la cuadra, para arreglar cosas. Una changa, Elena. Algo hay que hacer.

ELENA: Algo hay que hacer. Sí.

“Algo hay que hacer”, nos decíamos día tras día en la facultad. Nos indignábamos y amontonados decíamos así, todo el montón: “Algo hay que hacer”. Y lo hacíamos, valentía había de sobra. Lo que faltó fue conciencia de la magnitud.

Horacio sale a repartir sus panfletos. Yo me quedo con los chicos. Tomo cerveza y leo en el zaguán. Mercedes se entusiasma con las hormigas, elige una y la acompaña en su recorrido. Nicolás hace su tarea sobre la tierra. Escribe mayúsculo “CAER”. Me paro, voy hacia él, le saco ese palito. Necesito ampliar la polisemia. Quisiera que “caer” sea algo más para él, algo/

algo lindo.

ELENA:(Jugando) Mirá, Nicolás, hacemos así… y mirá… nos caemos al barro. ¡Ay, esa hormiga! Me cae tan-tan-tan bien. Vení, vení, acercate que vamos a caer en la reunión de las hormigas. ¡Sh, bajito!, no sea cosa que caigan en la cuenta de que estamos acá. Sh… caigamos bajito, Nico. Vení, vamos a acercarnos hasta que caigan en sueños.

Él me sigue en el juego y me mira así como… con esos ojos de hijo. Con esa cara de… Me mira así, confundido… Y así vamos, bajito, intentando inventar un juego de escape. Mercedes nos interrumpe. Se acerca con el cuaderno.

MERCEDES: Ma, me pegaron una nota. La seño dice que es urgente.

Abro su mochila y veo el cartel enorme en el cuaderno. Piden documentación, un papelito con nombre chequeable, los de sus padres, direcciones, pedido de contacto.

ELENA: Horacio, a panfletear a otro lado, nos vamos. Abrí el baúl.

Entonces agarro mi plancha cofre, Nicolás elige uno de los palitos y lo lleva de recuerdo. Mercedes escoge una compañera y nos vamos todo el trayecto con los ojos cerrados pensando en la partida de la hormiga, en su nuevo auto-hábitat, en su compañera de gran tamaño humano, en sí sabrá de su diminuta existencia.

Nos reciben unos compañeros. Nos señalan una casa desocupada y nos advierten del tiempo, del ritmo, del cuidado. Nos acomodamos con ceremonia apresurada, bajamos lo poco, observamos la novedad. Los chicos me miran e intento no reparar demasiado en su confusión, yo tampoco entiendo bien qué nos está pasando. Horacio esquiva también. Nos tomamos de la mano y cerramos la puerta. La mañana siguiente se acerca una pareja y nos regala un mate, yerba, pava, todo. Nos regalan todo y no preguntamos de dónde viene, cómo lo obtuvieron, quién lo dejó al desamparo. Nos regalan una oportunidad de calzar lo ajeno y empezar de nuevo. La tomamos. Compartimos unos breves instantes, hablamos de cosas de agenda, algo leve, algo amigable. Pero en los entrecruces de objetos nos entendemos, nos miramos y sabemos. Nos pertenecemos. Con esta mujer nos miramos, me pasa el mate, me convida un pucho y nos pertenecemos, es así, lo veo en su mirada.

V

LA CAÍDA

 

 

¿Cómo se soporta en la boca? ¿Cómo se dice el horror en la jerga cotidiana? La costumbre tiene necesidad de liviandad.Caer es desaparecer.

HORACIO: ¿Elena, te acordás de la chica que estuvo ayer? Bueno. “Cayó”.

Nicolás comienza el juego, le propone a Horacio caer juntos en su universo, armar el barro. Pero no se trata de eso.

ELENA: “Cayó” ¿Quiere decir/

HORACIO: Me lo dijo su compañero, él vio todo, cayó, Elena.

Al rato este tipo aparece, de nuevo. Toca la puerta, pero esta vez no con un mate, sino con un bebé, tenía un año o algo así. Estaba solo con el bebé porque su compañera había caído, nos lo explica con gestos. Nos detalla muy poco. La misma mujer que ayer me perteneció con la mirada había caído, hacía un rato, ella, la de ayer, la misma, acá muy cerca.

ELENA: No se puede seguir en esta casa, esto es una alarma, nuestro porvenir está en peligro. Este tipo zafó porque las circunstancias le fueron favorables, pero llegado este punto el reloj empieza a ir para atrás. Está marcado para ser el siguiente. Estamos todos demasiado cerca.

Entonces deciden por mí que lo mejor es que viaje con mis dos hijos y este bebé a Buenos Aires. Yo no conozco Buenos Aires y este chiquito no tiene papelito, ni siquiera de ficción, nada.

ELENA: ¿Por qué tengo que ir yo?

Me suben a un micro y viajo con todos los pibes encima en un mismo asiento hasta Temperley. El bebé se retuerce todo el viaje en mi pecho. Intento contenerlo, pero no logro engañarlo ni por un rato, se da cuenta de que no soy yo quién puede refugiarlo. Mercedes me mira en silencio, entendiendo que no podría con otro berrinche. Le toma las manitos al bebé para jugar, pero nada. El bebé mueve sus piernitas, se golpea la cara con esas manitos, hace esos movimientos que hacen los bebés cuando tienen fastidio y nadie sabe leer su lenguaje. Me bajo en la avenida principal y camino hacia adentro con el bebé a upa y mis hijos de la mano. Caminamos hasta una casa de fotografía. Hago una pausa, respiro agitada en la puerta, recorro con la mirada los retratos de toda la vidriera. La veo, ahí está, esa nena es –era– ella. Tomo aire, coraje, y toco el timbre. El dueño de la casa de fotografía abre la puerta, un señor no muy alto, medio gordito, con cara amable. Me ve, ve al bebé. Lo toma en brazos.

Me mira esperando explicaciones.

Me mira con esa cara que ponen los padres

cuando no saben nada de su hija.

Me mira con los ojos suspendidos en mis palabras.

Es una pausa imposible.

Él espera que diga/

Pone esos ojos de esperanza y socorro.

Lo miro y no quiero decirlo.

No quiero decirlo.

Señor, no me haga decirlo.

ELENA:

Su hija/

Su hija/

Su hija cayó.

El señor se queda tieso, ahueca el pecho, yo le entrego al bebé. Algo de su cuerpo se parte, vislumbro la inminente debacle. Mientras se le desparraman las lágrimas por toda la cara, el bebé encuentra un lugar seguro en el pecho hundido del hombre. Relaja sus contorsiones por primera vez en toda la travesía, es un gusto ver lo que se distiende. Yo sostengo la pausa, pero no lloro.

ELENA: Chau, señor.

El señor no responde.

Se queda parado.

Giro y me voy.

Cuando miro hacia atrás lo veo cerrar la puerta.

Entonces elijo dejar mis ojos ahí, en esa vereda.

Algo se me está escapando, un sentido, una parte. Algo se está derrumbando. Yo observo como si pasara todo de costado. No me doy mucha cuenta. Me doy cuenta de los peligros, estoy atenta, pero trato de vivir. En el camino hago un enorme esfuerzo por mantenerme receptiva. Estar alerta. No perder la vigilia. Intento caminar como si estuviera en un lugar conocido.

Hago algo como que/

como que sé a dónde voy.

Tengo necesidad de tocar algo áspero, rasparme con alguna textura para sentir el cuerpo, sentir algo, sentir algo más que esto que tengo, que siento, que llevo acá/

sentir algo de mi humanidad/

sentir que siento/

que todavía puedo que/

podría/

Pero los tengo a ellos, mis hijos, entre las manos. Los aprieto firme y camino. Los sostengo, o al revés, no importa. La cosa es que caminamos y logramos seguir. Ellos proponen y yo participo, me acoplo a sus ideas. Entonces tengo siete años y camino y sonrío y juego y practico cosas que tienen que ver con saltar baldosas y buscar piedritas. Mercedes dice algo de las manitos, de cómo se acurrucó y encontró refugio, vuelve para atrás. Pero Nicolás se distrae con algo que está por delante y seguimos. Entonces corremos y encontramos un palito. Yo ya no sé muy bien quién soy en este juego de roles.

Lo que sí/

No/

Lo que no me doy cuenta/

que yo después me doy cuenta/

es de cómo voy perdiendo,

sin darme cuenta,

voy perdiendo toda mi forma: la de ser.

Se están estancando/

un montón de cosas.

Algo se estanca.

Unos días después Horacio viene a Buenos Aires. Es como que llega para… más bien como para/

HORACIO: Elena, nos vamos a subir a otro coche. Uno que vuela, chicos. Vamos a hacer un nuevo camino, hacia otro hormiguero, Mer. Tu hormiguita puede venir.

ELENA: ¿Horacio, qué hormiguero, qué camino?

HORACIO: Conseguí una salida, Elena. Nos vamos al país vecino hasta que nos vengan a buscar.

Meses al lado del mar viendo como la gente baja y sube de los barcos de altamar. Nosotros nada, en espera. Somos algo minúsculo, un problema menor, una pequeña vergüenza social. Puntitos insignificantes en la escena global. No hay refugio en la incertidumbre. Todo puede volver para atrás, no hay garantía de no caer. Hay un auto que está muy cerca, no sé si es el mismo de antes, otro. Ya no sé, todos usan los mismos/

HORACIO: Elena, nos vamos. No sé todavía a dónde, pero nos vamos.

ELENA: Horacio, tomá, explicá vos nuestros cambios de nombre. Así, sencillo, como te salga.

HORACIO: No, Elena. Ya está. Tenemos. Tenemos cada cual su papelito, el correcto, tenemos todo, todo bien.

En el avión hay otros como nosotros. Nos miramos, pero nadie se anima a hablar, hay un suspiro colectivo, un suspiro silencioso, aún vigilado, aún temeroso. Un miedo a la cercanía, a la palabra, a la reunión por causa. Subimos y nos sentamos, nos mantenemos alertas hasta el despegue. La vigilia. El piloto del avión habla por el parlante, dice algo sobre el tiempo y también sobre el clima. Dice algo sobre la valentía, sobre la ayuda, sobre la fortuna de estar ahí arriba. La gente aplaude cuando el capitán dice que nos vamos a París, la ciudad del amor. “La ciudad de Eros” pienso yo, la del fuego.

ELENA: ¿Me traés un whisky, por favor?

Bebo y caigo en un sueño profundo, le entrego la vigilia al cielo. Mi cuerpo cae. Acá. Cae y cambia de forma. Hay una mujer que intenta conectar con mi mirada para entrar en conversación. Me hace unas preguntas como para que yo le pregunte, pero no tiene suerte, en todo este tiempo aprendí a callar. Ahora lo propio en mí es la mesura. Soy sobria en mis miradas, medida con las palabras, templada en mis gestos. Sí que tenía mucha necesidad de palabra esta chica. Y yo al fin y al cabo necesidad de amistad. Anotamos un signo de recuerdo y ahí empezamos. En verdad ella habla, yo escucho. Me adapto. Me cuenta sus recorridos, sus olores favoritos, su nostalgia. Intento recordar algo específico: los surcos de las baldosas, las trayectorias del camino, no me sale. Me habla sin parar de sus miedos, y de su esperanza. Me atormenta con sus caídos, sus objetos perdidos, su militancia. Me habla y me habla, me habla y me habla, me habla y me habla, y me habla, y me habla, y me habla. Y yo, bueno, trago, me acoplo.

VI

EROS COMO CIUDAD

 

 

Nos refugian con dedicación europea, nos regalan algo que se parece al remanso. Nos ayudan con los papelitos, nos dan todo. La gente nos va tendiendo manos, entre ellos se tocan y logran armar puentes, refugios, redes. Yo caigo. La vida filial es una exigencia que… Bueno, hay días en los que quisiera irme, no puedo sostener a nadie. Caigo. Quisiera volver atrás, haber podido tomar otras decisiones. ¿Cómo llegué hasta acá? ¿Cómo terminé tan pero tan hasta el fondo, tan pero tan envuelta entre el montón? Corro hasta mi plancha cofre, busco el libro y encuentro una dirección. Me asocio a personas nuevas, encuentro a la chica del avión, pronto me presenta a una mujer local y empezamos una relación. Un día me proponen cosas de antes. Reuniones, plazas, revueltas, desorden. Me animo a unas cervezas mientras los chicos están en la escuela, me acerco a conocer su alboroto.

No logro estar en condiciones de integrarme/

ser parte.

No puedo,

no soy de esta parte.

No soy de acá,

no tengo partido.

No pertenezco a ninguna de todas estas partes de ellos/

No soy/

esto/

acá.

Igual salgo.

Más soledad que esta/

Me pregunto cómo hacer.

Me pregunto cómo hacía/

Esta cuestión de lo desconocido/

No sé quién estoy siendo en este lugar.

Creo que algo en mí/

o yo/

o no sé cómo decirlo/

alguien está naciendo acá dentro.

Esta que estoy siendo acá es otra.

Entonces me digo: “Hay que poner el cuerpo,

hay que salir”.

Y listo.

Frecuento.

Me encuentro.

Intento.

Es la hora de buscar a los chicos,

que vaya Horacio,

yo no puedo.

Las marchas son una fiesta, pero una fiesta en serio, hay conjuntos musicales y todo. Nunca había visto algo así, intento, me acoplo. Quiero que me cueste un poco menos caro todo esto de salir y andar. Así que salgo, doy el primer paso, me subo al auto. No doy muchas explicaciones, que Horacio se haga cargo de los chicos. La individualidad es carísima, me voy igual. Me subo al auto con esta francesa y su amiga, un Citroën rojo rumbo al norte, emocionante. Me subo con lo puesto, no quiero ni pasar por mi casa, salgamos. Estoy acostumbrada a la nada. La francesa me dice que soy minimalista, yo le digo que sí pero su visión europea en verdad se llama fuga-escape-terror en mi territorio. La francesa arma un porro y lo enciende. Hace años que no tengo la oportunidad de relajarme un poco. Su amiga, la conductora, es otra compatriota. Maneja y canta canciones de antes, hay algo en su rostro que mantiene la mirada de huida, algo de esa costumbre le quedó impregnada para siempre, como si hubiese gestos que una vez impresos en la cara no se pudieran borrar. Ella canta, nosotras fumamos. Suelto el humo y disfruto su partida. Se aleja de mí por la ventana y se vuelve nube flotante. Abro bien los ojos durante todo el recorrido. Disfruto el color que tiene el cielo frente a la inminencia del rocío, ese aroma a tierra mojada. Le doy vueltas con la lengua al paladar que quedó seco del gusto a porro, me encanta la sensación áspera del goce. “Llegamos, Elena”. Salgo y piso la tierra seca de un pueblo viejo con mis sandalias de veranito. Entramos a la casa de la tía de la francesa esta. Esa señora tenía la misma edad que tengo yo ahora, más o menos. Era mayor, más o menos. Nos sorprendió sentada debajo de un parral. Nos sentamos también. Estábamos todas en un patio debajo de la parra. Ver eso ya me impactó, el parral es algo muy típico en las casas de Mendoza. Hay hamacas también, de esas como de paja, la señora está sentada ahí. Nos pregunta algo… como de dónde venimos, algo así. Pero no de dónde venimos ahora, sino más atrás. Entonces le cuento sobre mi hermana y su pollera roja. Y fue muy… porque esa escena era lo más cercano a ver a mi hermana mendocina en su patio.

ALGUIEN PARTE: Yo tengo un hermano que cayó hace treinta años.

Así me dice. En seco. Nunca pude olvidar su gesto. Me impactó la cosa similar. Treinta años y sigue con el hermano a cuestas. Yo pensé que a esa edad una olvidaba, o no olvidaba, pero como que tomaba más distancia. Naturalizás. O no sé si naturalizás, pero qué, no sé, como que casi… Viste como cuando alguien mayor te dice algo y pensás: “¿Cómo viviría yo eso?”. Creo que la señora tenía razón. Sí, la señora tenía razón. Eso pienso. Yo lo digo también, por primera vez, digo la misma frase que la señora, frente a ella, en ese momento logro decirlo, me roban de la boca una declaración.

ELENA: Solo que pasó hace menos/

Hace menos años,

mi hermana,

hace menos tiempo,

también,

ella,

mi hermana/

CAYÓ.

Digo por primera vez esas palabras. Las escucho, salen de mi boca, las digo para afuera, están en la extranjería de mi cuerpo, las pronuncio claro, las digo y duelen como una astilla clavada en el hueso. Lo digo y enmudezco con un grito ahogado, como un pecho hundido, como un señor en una casa de fotografía cayendo con un bebé en brazos. Me aparto después, necesito salir y atrapar algo. Arranco el pasto, lo muerdo, me vuelvo voraz y hacia dentro, trago tierra y escupo sangre. La francesa pone cara triste y prende otro porro. La libertad a veces es poder fumar un porro y que todas pongan la misma cara de comprensión. Pero en ese momento tengo la necesidad de ponerme los tacos altos y no reflexiono mucho más; ponerme los tacos altos, en eso pienso. Trago, escupo y me pongo los tacos aunque no me los ponga. Quiero aprovechar para sentirme un poco libre de… de todo. Entonces hablamos sobre cosas de antes, sobre la cosa leve del principio. Nos contamos las risas. Compartimos algo sobre lo atrevido, cada cual su salvajada. Hablamos de cuando nos animábamos a la exploración, a los saltos, a todas las canciones. Les muestro la pollera que tengo en mi cartera. Esta pollera roja no me entra, jamás la usé, pero la llevo siempre conmigo, mi hermana es, o era, de cinturita muy chiquita. La francesa enciende lo que queda del porro y me habla de cosas que… Inaugura en mí otras preguntas. Me instala consignas. Son temáticas que no había escuchado nunca. Me habla de la libertad, de la autonomía, de la unión. Pero no con palabras del montón, me habla de miradas distintas y nuevas alertas. Me convence sobre unir fuerzas y dar pelea.

OTRA PARTE: A la mierda todo eso, Elena; la revolución está en nosotras.

Lo soltó así, en medio de otro tema. Y ella qué sabe sobre revolución, qué sabe sobre unir fuerzas. Cómo alguien que no sostuvo va a saber lo que es caer. Me molestó su interrupción, pero no dije nada.

VII

EL RETORNO

 

 

Así arrancó la cosa, por eso estoy hoy acá. Algo se prendió en mí ese día, en ese viaje: una chispa comenzó su recorrido en mi interior. Más allá de lo inoportuno, del poco tacto que tuvo la francesa… Lo que pasó, ese decir, esas ideas que escuché por primera vez debajo de la parra me fueron calando, logrando hacer eco, acá, adentro. De un momento a otro todo cambia, de nuevo y para siempre. Nuestro papelito europeo cambia de carátula, cambia nuestra definición, cambia algo que nos hace tomar otra vez decisiones. No estamos más por refugio, comienza a ser una elección. Pasa así, rápido. Entonces desarmamos la casa y preparamos el retorno.

Estar acá parada, no sé, frente a ustedes. No sé qué reflexión decirles. Yo soy esto, acá. Eso lo entendí al llegar. Pero no de un momento a otro. Volver lleva su tiempo. Mi cuerpo llega, pero yo no vuelvo enseguida. Las imágenes me van pasando como diapositivas. Los caminos, los surcos, los ganchos de colgar la ropa, la mochila con los mil palitos, el volante presionado, la flexibilidad del baúl. El pasado es un monstruo insistente. Vuelve, habita, y hace eco. Insiste en ser presente. Se me mete en la boca, en los pensamientos, en todo eso de ser y decir. Llego y estoy en una casa que no es mi casa y que difícilmente camine como hogar. Me arrojan a un lugar que no es. Vuelvo con la plancha, que no plancha nada, plancha muy poco. Vuelvo con la pollera, una pollera que no me pasa, que no cierra, que no uso. Vuelvo y tengo estas dos cosas que son lo que no son. Tengo amigos que no están. Y me tengo a mí, también, sin tenerme.

Al tiempo me doy cuenta.

De a poco llego/

logro traerme.

Y veo.

La distancia hace que una observe.

Había cosas que aún no se estaban diciendo acá, de eso me doy cuenta, hay algo que necesita movimiento y voz. Entonces busco y me acoplo a una organización. Todo ese fuego que se había encendido lejos fue encontrando acá su campo de batalla. Creo que en los nuevos encuentros algo empieza a nacer en mí, algo bueno, algo que me ayuda a llegar y encontrar un sentido. Todas esas ideas que me atormentaron el día de la vid fueron encontrando sitio entre las mujeres, es que “el tema de las mujeres”, así decían, ese tema empieza a armar su propia trinchera y yo encuentro madriguera en su interior. Me gusta fijar el inicio de algo nuevo ese día en esa parra, la vid. Todo empieza y termina ahí, con la hermandad. Algo de ese encuentro me quedó clavado para siempre y me dio motivos para volver a estar acá sosteniendo algo. Ahora puedo decir lo que es partir. Puedo decir que soy Elena, que más allá de todas las partes yo soy acá, con ustedes.

Miren.

Mirá, sí/

Somos un montón/

Estamos siendo ahora

acá/

puf/

Un montón.

Perdón que me… que me pase esto así. Es que acá, en un lugar parecido a este, comenzó todo. Algo de reparación siento en mi alma, creo que algo hice, algo pasó, al contar, muchas gracias.

(FIN)

 

 

 

A Sasu, por su mirada compañera. A Claudia Cantero, por su interpretación precisa. A Enriqueta Nacif, por compartir el entusiasmo. A Claudia Porto, por su dedicación. A Mariana Molina, por saltar a la aventura.

A quienes colaboraron durante el proceso con sus lecturas y sugerencias.

A Paula Fanelli y Gabriel Fernandez Chapo, por guiar la búsqueda y darme confianza desde el primer comienzo.

A la travesía por encender el fuego.

Al montón, por hacer historia.

Especialmente a Elena Zunino, por compartirme recuerdos que desgarran y encienden ganas de amontonarse para transformarlo todo.

Gracias a mis amigxs-hermanas por enseñarme lo sutil del mundo y del amor.

Gracias a mis padres, Walter y Laura, por acompañarme desde la primera ilusión.

Premio a mejor texto modalidad en castellano ACoTaciOneS en la caja negra 3.ª edición 2023.

Gracias a Red escénica, Escalante Centre d’Arts escèniques, Centro Cultural Rambleta y Projecte Inestable.

 

 

Coordinación editorial: Enriqueta Nacif

Corrección de estilo: Eleonora Centelles

Diseño de cubiertas: Nicki Kupczok

 

 

 

 

Galain, Belén

PARTI(DO) / Belén Galain ; Editado por Policarpo Q. - 1a edición - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Enriqueta Nacif, 2023.

Tarjeta de memoria SD ("Secure Digital"), Amazon Kindle

 

Traducción de: Laura Estefanía.

ISBN 978-987-88-9339-6

 

1. Dramaturgia. I. Policarpo Q., ed. II. Estefanía, Laura, trad. III. Título.

CDD A862

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723.

Libro de edición argentina.

Table of Contents

Cubierta

La épica del montón

Portada

Dedicatoria

Epígrafe

Personajes

Preludio

I. El ritmo

II. La trinchera

III. La revolución

IV. Las partidas

V. La caída

VI. Eros como ciudad

VII. El retorno

Agradecimientos

Colofón

Créditos

Landmarks

Cover