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Manuel es un estudiante malagueño de periodismo que viaja a Buenos Aires con un poder para vender una propiedad heredada que está ubicada en un pequeño pasaje de la ciudad, con particular historia. Es aquí, al hurgar en las pertenencias del finado, cuando rescata una carta olvidada. Su lectura lo inducirá a viajar en el tiempo y acompañar a su abuelo Juan a lo largo de una vida difícil. Personaje contradictorio y de dudosa ética, sin embargo lo atrae tanto que establece con él una comunicación atemporal. La delincuencia, la corrupción, los movimientos guerrilleros y la brutal represión militar argentina, serán los escenarios de algunos capítulos de este relato, alternados con amores a primera vista, traiciones y engaños. Historias dramáticas que dejan asomar algunas pinceladas de humor rioplatense. Las historias de ciertos personajes secundarios que se van entrelazando darán un vuelco radical al final del libro que asombrará al lector.
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Seitenzahl: 318
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Cubierta y diseño editorial: Éride, Diseño Gráfico
Dirección editorial: Ángel Jiménez
Edición eBook: mayo, 2025
Pasaje Seaver y el fotógrafo de la mirada triste
© Andrés Montesanto
© éride ediciones, 2024
éride edicionesEspronceda, 528003 Madrid
ISBN: 979-13-87643-09-6
eBook producido por Vintalis
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares,salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algúnfragmento de esta obra.
...nace en Buenos Aires en 1948. Termina su carrera de Medicina en 1969 y la especialidad de SaludPública en 1974, radicándose en la Patagonia. La inestabilidad del país lo lleva a trasladarse a una zona rural de la Pampadonde ejerce como médico de familia hasta que en 1989 emigra con su familia a Málaga, donde, ya jubilado, vive hasta ahora.En esta ciudad, además de ejercer su profesión se desempeñó unos años como Profesor invitado de la Universidad de Málaga.
Escultor autodidacta, es autor de varias obras urbanas de hormigón en Málaga, Bilbao, Madrid y una docena depueblos de las provincias de Málaga y Cádiz. Sus pequeñas esculturas abstractas, también de hormigón, han obtenidoalgunos premios. A lo largo de 20 años realizó numerosas exposiciones individuales y colectivas y dictó conferencias endiversas localidades españolas.
En el aspecto social, fundó la Asociación Italo-argentina de la Costa del Sol y cofundó la Dante Alighieri de Málaga.Fue elegido Consejero del Comité de Italianos en el Extranjero de Madrid, cargo que ejerció durante 10 años.
Fue nombrado Caballero de la Orden de la Estrella de Italia por el Presidente Sergio Mattarella; recibió la Distinción porsu trayectoria profesional y artística en Andalucía, del Consulado Argentino de Cádiz; la Mención de Honor por la Obra deMemoria Histórica del Ayuntamiento de Grazalema y el Premio CheAmigo, del Pabellón Argentino de la Feria Internacional dePaíses de Fuengirola.
Se inició en la escritura durante el confinamiento, publicando su primera novelaBuscando a Elenaen 2021 y segunda,La Apostilla,en 2022. Participó en libros colectivos de relatos, siendo seleccionado en el I Certamen Nacional de RelatoErótico de la Editorial Anáfora.
www.andresmontesanto.es
El comunicado del comandante italiano lo arrancó del sopor en que había caído, enmarañado en los recuerdos del viaje a Buenos Aires realizado unos meses atrás. Luego oyó a una tripulante española anunciando el inminente aterrizaje del vuelo AZ116 en el aeropuerto de Reggio di Calabria. Miró por la ventanilla y pudo intuir el estrecho de Mesina contorneado por miles de luces puntiformes. El chaval sentado a su lado se ajustó los casquitos, se acomodó la mascarilla, tocó el móvil y enderezó la butaca.
Manuel recordó cómo había decidido ese viaje. En aquella visita a Argentina para vender el apartamento de su abuelo había descubierto un suceso familiar oculto, una historia dramática surgida de una carta olvidada. Encontró un abuelo desconocido y, recién terminada su carrera de periodismo y antes de empezar a trabajar como becario en un periódico de Málaga, estaba resuelto a escribir un relato inspirado en su propia familia. Por circunstancias y lo que vivió, asumía que el destino lo había designado depositario de ese legado. Y ahí estaba, disfrutando de una escapada en enero de 2021, dispuesto a descender un peldaño más en la historia familiar, viniendo a buscar las raíces de sus bisabuelos paternos. El origen de la familia Soriano.
El avión de Alitalia aterrizó suavemente aunque no hubo aplausos como en Argentina. Descendió por la escalerilla trasera con la mascarilla puesta y al no haber facturado equipaje, se dirigió directamente a la puerta de salida para encontrarse con el encargado del alojamiento donde tenía reservada una habitación. Eran las 23:30 y el albergo se situaba a poca distancia de la entrada. Se trataba de un piso de tres habitaciones en la segunda planta. El joven italiano cobró por adelantado e indicó dónde estaban los elementos del desayuno. Se duchó y cenó los bocadillos preparados por su madre, que lo había llevado en coche hasta el aeropuerto de Málaga. Ya en la cama, demoró un rato largo en quedarse dormido pensando en Mariana.
Lo despertó la claridad que entraba por la ventana y a pesar de haberse desvelado un lapso interminable, se levantó excitado con la aventura que estaba por iniciar. Desayunó solo en la pequeña sala donde convergían las tres habitaciones. Después del esmerado cepillado de dientes, como le indicó la odontóloga argentina amiga de sus padres, recogió la maleta y se dirigió a la oficina de alquiler de autos, a dos calles. Tuvo suerte, ya que lo atendió una empleada joven, simpática, que no escatimó sonrisas, imaginadas a través de sus ojos asomados por encima de la mascarilla blanca y verde, regaladas al bello spagnolo. Utilizó la tarjeta Visa Oro del banco de Paysandú y la brava ragazza insistió acompañarlo hasta el Renault azul para indicarle dónde estaban las luces y los documentos, y escribir el destino en el navegador. Dejó atrás el aeropuerto y tras la rotonda ingresó a la autopista del Mediterráneo, dirección Scilia, Cosenza, Nápoles.
Se distrajo mirando el paisaje que de forma intermitente se asomaba a los espacios de carretera, cuando la secuencia de túneles que atravesó lo permitían. Vio los indicadores de Gioia Tauro, donde se había informado existía el mayor puerto de contenedores de Italia, en una zona de particular historia y por donde, decían, ingresaba una cantidad importante de droga. Cuando el navegador le indicó el desvío, lo cogió y siguió la dirección Rosarno, y luego, surfeando en varias rotondas, dirección Nicótera.
Antes de llegar se desvió a la izquierda, hacia la Marina de Nicótera, cuna de su bisabuela, sitio en el cual comenzaría la novela que se había propuesto escribir. Ingresó a la localidad por la Via Vittorio Emanuele y a poco vio el hotel que tenía reservado. Pudo aparcar junto al establecimiento, registrarse y subir a la habitación de la primera planta, con dos camas. No era grande pero tenía una mesa y un sillón junto a la ventana que daba al balcón, desde el que se veía, ahí arriba, la segunda etapa de su periplo, la ciudad de Nicótera donde nació el bisabuelo. Dejó la maleta, miró la lista de WhatsApp, comprobó que no había nada importante ni urgente, como siempre, y salió intrigado a conocer la población.
Caminó curioso hasta la playa vacía. La encontró en total abandono, llena de basura, todos los chiringuitos completamente cerrados y con las aberturas cubiertas con paneles de maderas. Más tarde se enteraría que un temporal ocurrido dos meses atrás fue el que llevó la basura a la playa, y las circunstancias que ocurrían en Calabria impidieron que se recogiera. Se descalzó y caminó por una arena gruesa, besada por olas incansables que dejaban un rastro de espuma al abandonarla, para dar paso a la siguiente ola, como un péndulo marino que medía el tiempo que transcurría inexorable desde milenios atrás, cuando fenicios, griegos, cartagineses, romanos, normandos, galos y todos los que siguieron hasta los actuales cruceristas, surcaron las aguas y pisaron esas playas.
De repente, como aquella mañana en Buenos Aires, oyó un «clack» y se encontró viendo una de esas películas italianas de los años 60, en blanco y negro, con Sofía Loren, Marcelo Mastroiani o Vittorio De Sica que solía alquilar su padre en el videoclub o grabarlas directamente de la tele, y oyó las voces de tres niñas que se desafiaban a ver quién nadaba más lejos. Se lanzaron las tres al agua y bracearon con ganas hasta que dos de ellas, al comprobar que el mar no estaba como otros días, se asustaron y dieron la vuelta, gritando para advertir a Rosita del peligro. Pero la niña estaba tan decidida a ganar la apuesta que en su esfuerzo no las oyó. Al sentirse cansada y vapuleada por las olas intentó regresar, pero no pudo. El mar la arrastraba cada vez más lejos.
Las compañeras dieron la alarma a otros niños, entre los que estaba su hermano mayor, Andrea, que con un amigo se lanzó al agua y nadaron hasta alcanzar a Rosita, extenuada e incapaz de mantenerse a flote. La arrastraron hasta la playa con un esfuerzo que los dejó completamente agotados, los tres tendidos en la arena durante largos minutos hasta que fueron recuperando el aliento. Rosita lloraba, consciente de la gravedad de su imprudencia y de la reprimenda que le llegaría en su casa.
Manuel dejó la playa y regresó a la realidad, a ese día de invierno tímidamente soleado. Se internó por una de las calles desiertas, estrechas, de aceras más estrechas todavía. Tuvo que esperar que pasara un coche conducido por un joven, que si no se aparta, se lo lleva por delante. Y ahí la vio. Su intuición le decía que era esa esquina, con la puerta y las ventanas cubiertas por unos paneles de madera «para que la gente no tire basura adentro», según le indicó una vecina que se le acercó curiosa. La pintura desconchada, trozos del enfoscado ausente, los postigos marrones cubiertos de tierra y mugre. Las ventanas y las puertas de la planta superior daban a un estrecho balcón que cubría toda la fachada sobre las dos calles. No tenían postigos y mostraban algunos cristales rotos. Una hilera de plantas secas se entremezclaba con los hierros oxidados de la larga barandilla. La casa debía llevar muchos años vacía, deteriorándose día a día, abandonada por unos herederos que trabajaban en alguna ciudad del norte de Italia, sin tiempo ni ganas para arreglarla y ocuparla o venderla, aunque según dijo la vecina curiosa cada vez valían menos. Ella y su marido formaban un matrimonio de jubilados de Milán, que atraídos por la extensa playa y la tranquilidad del lugar invirtieron sus ahorros en una casa en ruinas, la reformaron y la convirtieron en su hogar, el último refugio. No contaron con la falta total de civismo y el abandono en que cayó esa y otras poblaciones de la zona. Hoy no recuperarían ni la mitad de lo invertido. Se lamentaba no haber seguido el consejo de una prima, que al jubilarse se fue a vivir a una playa de Kenia.
Se despidió de la mujer y se quedó contemplando el edificio abandonado. Recordó cuando su padre introducía el videocasete en aquel aparato negro y volvieron las imágenes de esa comedia ambientada en los años treinta en aquellas calles. La cámara se coló en el gentío del Ferragosto, la procesión de la Virgen que se celebra en agosto, en la que participan todos los vecinos y gente llegada de pueblos cercanos. Y lentamente se aproximó a un grupo de jóvenes que hablaba con un acento más cerrado que el resto.
El muchacho que iba adelante, bien trajeado, destacaba del montón de compañeros que lo observaban con envidia. Excitado por la música, en un momento levantó la vista y la vio en el balcón, junto a dos hermanas mayores. Bellísima. Compartió su descubrimiento con los que le acompañaban, quienes pusieron coro a los mensajes de amor que elevó al cielo, aprovechando el tirón de las plegarias.
—¡Ti voglio sposare! —le gritaba con ademanes en el centro de la pandilla.
Teresa, una de las hermanas de Rosita, le tocó el codo y le señaló al Romeo. La destinataria de la declaración de amor le miró las pintas y susurró:
—Io voglio di meio, un dottore, un avocato, un ingeniero, no un pòvero del paesello —y entre risas, se escupió en la mano e hizo un gesto como si lo enviara. Alta, guapa, con 23 años tenía otras ambiciones.
Ciccio (Chicho), un año menor, buscaba novia para llevársela a Buenos Aires. Había perdido a su madre a los tres años en el parto de su hermanita, su padre se volvió a casar con una viuda con cuatro hijos y la nueva pareja tuvo tres más. Desde esa corta edad se dedicó a proteger a su hermana menor, aguantándose un padre muy exigente y una madrastra distante. Con solo dieciséis años se embarcó con uno de sus tíos en el vapor América, rumbo a Argentina. Allí comenzó vendiendo pescado por las casas con dos canastas al hombro como los famosos cenacheros de Málaga. Mal comido, mal abrigado y sin los cuidados de una madre, se pescó una tuberculosis que décadas después le facilitaría el acceso a la tumba.
Volvió a su pueblo para cumplir el servicio militar en el Tercer Regimiento de Infantería y de paso lucirse por las calles con un impecable traje azul, camisa blanca y corbata haciendo juego. Un dandy. Como solo vestían los altos funcionarios y algún capo mafioso. Fue la envidia de todo el pueblo, un triunfador que volvía expresamente a cumplir con su deber como patriota, mostrando con su atuendo que en aquel remoto país estaba haciendo fortuna. Así lo recordaría siempre el único hermanastro que no pudo emigrar por haber perdido una pierna en un accidente, ya que no volvieron a verse nunca más.
Las familias que tenían una hija soltera, al ver al rico ´mericano comenzaron las aproximaciones. Pero él se mostraba ausente, quería una belleza que no existía en la aldea para llevarla al palacio que compraría en unos años, cuando sus negocios prosperaran.
Durante todo ese día pensó en la bella marinense. Con apoyo de sus amigos se lo contó a su padre, que designó un embajador para que pidiera la mano de la señorita que llenaba sus sueños. Aunque le advirtieron que era de nariz parada. El padre de la chica, un activo pescador, tenía un nivel de vida bastante superior al suyo, cuya familia se dedicaba a la recolección manual de aceitunas.
Y se apareció por la casa de la damita deseada el emisario, habló con el pescador que prometió consultar a la menor de sus hijas, la única niña soltera que quedaba. L´ambasciatore volvió a la semana siguiente para recibir y posteriormente transmitir, que la señorita no deseaba casarse todavía. Que el candidato no le llenaba el ojo, por más traje y corbata que vistiera.
Oyó el clack del botón de pausa.
Al volver Manuel pensativo al hotel, no encontró ningún sitio donde almorzar y recordó que su protectora madre lo había provisto de una ingente reserva alimentaria, de la que persistían un bocadillo de jamón serrano y un par de piezas de fruta. Tuvo que comprar una botella de agua en un bar ya que no encontró otro comercio abierto. Era pleno invierno y la población estaba más desierta y abandonada de lo que parecía a primera vista.
Se acomodó en el sillón, satisfizo sus necesidades energéticas mientras ponía la clave de la wifi y observó a través de la ventana la imponente mole del castillo, la catedral y la iglesia de Santa Clara allá arriba, en la ciudad de Nicótera. Descartó abrir el portátil, sus pensamientos corrían demasiado deprisa como para poder expresarlos. Solo pudo apuntar unas notas en la libreta. Su cabeza era una olla efervescente en la que por más que metía el cucharón, no sacaba nada con forma.
Salió a caminar hacia la playa y sin darse cuenta volvió a pasar por la casa de color ocre y marrón. Levantó la vista. El tímido sol lo encandiló. Ahí estaban en el mismo sitio las tres mujeres, la de la izquierda alzó la mano y le sonrió. Él contestó moviendo la suya como si fuera un limpiaparabrisas.
—Ciao ragazzino —gritaron las tres a coro, amortiguando la risa.
Cogió el móvil y sacó unas fotos, las tres posando graciosamente. Se refugió en la sombra del edificio de enfrente y miró qué tal habían salido. Solo vio una barandilla oxidada con una hilera de plantas secas entrelazadas.
Caminó distraído por las calles vacías. De pronto, se detuvo frente a una hilera de papeles pegados en una cartelera municipal y en una caseta de alumbrado contigua. Eran carteles que anunciaban las condolencias por la muerte de tal o cual persona, entre ellos los que nombraban a la madre o a la cara mamma de un vecino al parecer muy conocido. Eran similares a los que se pueden ver en cualquier periódico español. Seguramente el pueblo no contaba con prensa escrita, lo que obligaba a recurrir a esta singular publicación urbana.
Al pasar por una gelateria artigianale se tentó con el aroma a café y se sentó en una mesa exterior. Acababa de llegar un mensaje de su madre. Quería saber cómo estaba porque el recién estrenado periodista no cumplió la promesa de confirmarle que había llegado. Escribió: «Llegué bien, estoy en la Marina de Nicótera. Esta noche hablamos». Cuando pudo ver el fondo de la taza aún caliente, reconoció que el café italiano es exquisito. Al regresar se desvió para conocer la iglesia de la Inmaculada Concepción, abierta por ser horario de misa vespertina. Recorrió en silencio el templo y acarició la pila bautismal donde fue bautizada su bisabuela.
Aparecieron otra vez las imágenes en blanco y negro, con esas típicas rayas horizontales que dificultaban la percepción de algunos detalles. Entraron dos adolescentes que luego de persignarse pasaron junto a él. Venían con una promesa para hacer a la virgen. Querían emigrar a Argentina donde ya estaban sus hermanos mayores, ahí cada una conocería un muchacho bello, con título de doctor o abogado, y tendrían una casa grande y muchos hijos que hablarían italiano y también la lengua local. Y al visitarse se reirían de los campesinos que las andaban pretendiendo, que no sabían ni hablar ni mucho menos tratar a una chica educada como ellas. Y si la virgen les concedía la gracia, le pondrían a la primera hija el nombre de Concheta. Cumplida la misión, se levantaron tratando de disimilar la risa provocada por un comentario sobre unas ancianas que estaban rezando en un rincón, y cogidas del brazo abandonaron la iglesia.
Manuel salió a la calle fría y vacía bajo la noche que se desplomaba.
Después de cenar en el hotel, se sentó en el sillón de la habitación mirando las luces de la ciudad que parecían suspendidas en un fondo negro infinito. Como si estuviera flotando entre esas estrellas amarillas que iluminaban la fachada, destacaba el castello. Cogió el móvil y vio que tenía un audio de Mariana. Sabía de su viaje, quería saber cómo estaba y que le gustaría un montón acompañarlo en esa excursión de buceo de profundidad que había iniciado. Ella no se lo podía quitar de los pensamientos, claro que tampoco se esforzaba por hacerlo. Comprobó que había entrado en otra dimensión. Su consciencia se había desdoblado, decía, eran dos personas en un mismo cuerpo. Sentía que él se había introducido en ella y convivían en una rara armonía.
—Te extraño —finalizó—, te mando el beso que no me atreví a darte.
Se pasó la manga de la camisa por los ojos y la vio descender corriendo de ese escenario mágico que lo hipnotizaba, con la falda al viento, el pelo suelto y los brazos abiertos. Y una nube de tristeza lo envolvió apretándolo contra el sillón. Cuando se repuso habló con su madre, ella le notó la voz rara, por lo que tuvo que explicarle que estaba un poco afónico por los cambios de temperatura. Ante su relato ficticio, la progenitora se concentró en recomendaciones para recuperar la salud, medidas de higiene, recomendaciones de una buena nutrición, olvidándose de escarbar en el motivo del viaje.
Cogió una novela que le había regalado Mariana. Era de un argentino y relataba la búsqueda de la salida en el laberinto de la vida, en la que él tenía consciencia de haberse metido unos meses atrás. Lo volvió a cerrar enseguida. Los «patitos», como decía ella, seguían desenfilados. Se acostó. En algún momento de la noche se desveló, pero no intentó moverse ni siquiera para ver la hora. Mariana estaba sentada en la cama. Se quedó inmóvil, escuchándola.
—¡Me encantó el café! Los tanos son unos genios. Y ahora que me enteré que tengo un abuelo tano, voy a empezar los trámites para conseguir la nacionalidad, ¿me vas a ayudar, no? Así me puedo ir a España y te voy a visitar. ¿Me vas a mostrar Málaga? ¿Vas a ser mi guía? Ojo pibe, guía turístico nada más. No vas a querer bajarme la caña, eh. Una relación estrictamente profesional, a lo sumo, como dos amigos.
Siguió inmóvil disfrutando cómo ordenaba la habitación.
—Las camisas se tienden, para eso se inventaron las perchas. Los pantalones se doblan así, ¿ves?, así a la mañana están sin arrugas. ¿Cuando seas un periodista famoso y viajes por todo el mundo, no vas a necesitar una secretaria? Una mina seria, responsable, reservada, y que siempre soñás en levantártela. Pero ella no te da bola. Es una profesional. Dale, ¿me contratás?
Desayunó y partió en su coche encarando el camino de subida hacia la ciudad que se asomaba desde lo alto al Mediterráneo. En el parabrisas se proyectaba la peli del vídeo.
Pasó junto a un chiquillo que portaba sobre el hombro un saco bastante pesado, caminando con dificultad por el suelo pedregoso e irregular. Al acercarse al señor mayor que llevaba un burro cargado con dos grandes sacos, dijo:
—Babbo, ho fame.
El padre, concentrado en volcar la bolsa de aceitunas que traía el pequeño en una de las canastas, respondió en voz baja:
—Ha pasado un soldado y se ha llevado nuestra comida, venía de la guerra y tenía más hambre que nosotros.
El niño, con los pies llagados por desgaste del viejo calzado, al que le habían cortado la punta para que los dedos pudieran seguir creciendo al aire libre, con el tiempo pensó que el frente bélico estaba muy cerca porque todos los días pasaba un soldado hambriento que se llevaba la comida. «Passó o sordato» diría años más tarde, siempre que sus hijos se abalanzaban sobre la comida.
Superada la segunda curva cerrada y en ascenso, dejando atrás el verde olivar, volvió el color al paisaje. El navegador lo introdujo en la vía San Francesco, como se llamaba su bisabuelo, aunque todos lo conocían como Chicho. Dobló por Largo Duomo y la calle se convirtió en un balcón sobre el mar. Al ver un hueco aparcó, se puso el abrigo y contempló el panorama. Abajo mismo estaba la Marina, podía distinguir las calles que había pisado el día anterior y el hotel, y al fondo la extensa playa. A la derecha, se veía a lo lejos la ciudad turística de Tropea. A la izquierda, un complejo hotelero y más allá el puerto y la ciudad de Gioia Tauro. En el horizonte, justo frente a él, la isla de Stromboli, que por las noches ofrecía un espectáculo luminoso al vomitar fuego por la boca del volcán.
Siguió las indicaciones del móvil después de escribir la dirección que había encontrado en Internet, caminando junto al imponente castello y la enorme y rica catedral, para seguir bajando por una callejuela quebrada que se estrechaba por momentos y cambiaba de nombre, hasta desembocar en Piazza del Popolo. Antes de llegar a la Chiesa di San Giuseppe, oyó: «Ha llegado a su destino». Buscó el traductor español-italiano y escribió: «Conoce usted la casa de la familia Soriano», y encaró a la primera persona que vio.
—¿Sai la casa de la famiglia Soriano?
La mujer, con muchos almanaques pasados, dejó de barrer la angosta acera y le indicó con el dedo una estrecha fachada. Dos escalones, una puerta relativamente nueva y una pequeña ventana ocupaban el frente de la vivienda. En la planta superior una puerta acristalada daba a un estrecho balcón.
Mientras dudaba llamar y pensaba lo que iba a decir, se abrió la puerta y apareció un joven. Le mencionó el apellido y fue capaz de comunicarle que estaba tratando de contactar a su familia. El italiano lo miró extrañado y llamó a su madre, una señora mayor con una simpatía que la desbordaba, que lo hizo pasar. El muchacho se despidió de su madre y le dijo en voz baja y en calabrés cerrado, que el español no oyó ni comprendió:
—Es otro que viene a reclamar la herencia del nonno —refiriéndose a la casa y el huerto que muchas décadas atrás compró su abuelo a los hermanos y que según afirmó alguno, por tan poco dinero que lo consideró una apropiación. Décadas atrás y en un dinero que ya no existía. Ni en Italia ni en Argentina.
Luego del baño, que estaba en el frente de la casa posiblemente para facilitar las conexiones hidráulicas en una vivienda con más de un siglo de antigüedad, desembocaron en un pequeño salón, donde en la punta de la mesa se encontraban dos ancianas conversando, diálogo que interrumpieron al aparecer el desconocido. Su anfitriona, que se presentó como Teresa Soriano, después de un exhaustivo interrogatorio le aseguró que Juan Soriano, su abuelo, era primo hermano de ella. Y lo presentó en voz alta y alegre:
—É il nipote del mio cugino.
Le ofreció un café y subió al piso superior para volver al momento con una caja de cartón llena de fotografías y las empezó a desplegar sobre la mesa. Rebuscó y sacó una mediana, en blanco y negro, con dos niños tomando la primera comunión y le preguntó cuál era su abuelo. El más pequeño se parecía a las fotos que había visto en Buenos Aires. La tía abuela lo acribilló a preguntas, que el español trató más o menos de contestar, traduciendo ella a una de las dos ancianas, cuñada del bisabuelo Chicho, los motivos de su visita.
Mientras Teresa le servía un té a las viejas, entrecerró los ojos. Oyó el «clack» y volvió a ver el documental gris. En el otro extremo de la mesa se encontraba el hombre que había visto en el camino cargando el burro, con unos años más. A su lado un joven con ropa militar le explicaba que había visto una muchacha que lo había deslumbrado. No existía en el mundo otra ragazza como aquella. Él se animó a cantarle una canzonetta napolitana y ella, asomada al balcón de su casa, le había sonreído. Le gritó en el medio del ruido de la fiesta callejera que la iba a pedir y entonces ella le mandó un beso con la mano. Era hija de un conocido pescador y sus hermanos habían emigrado a Argentina. El joven tenía la intensión de casarse y llevársela a Buenos Aires, donde se forjaría un futuro brillante. Convinieron que enviarían al tío Salvador, amigo del pescador, para que pidiera la mano. El soldado Soriano salió corriendo a la calle para contárselo a sus amigos.
Al notar signos de cansancio en la visita, la tía Teresa lo cogió del brazo y le mostró el orto, una respetable superficie a medio camino entre lo horizontal y lo vertical. Le indicó que su padre, discapacitado, utilizaba un sistema de cuerdas para descender y sobre todo, ascender de vuelta a la casa. Le dio a probar unas naranjas y lo acompañó al interior de la iglesia de San Giuseppe, a metros de la casa, sitio de bautismo y bodas de toda la familia desde hacía generaciones.
Manuel sacó varias fotografías, incluso al pequeño grupo familiar, antes que la tía Teresa se lo llevara a su casa a almorzar y presentarlo a su familia, como si hubiera ganado un trofeo en una sudorosa competencia. Le mostró la cocina desde cuya ventana se veía el Etna en el horizonte y se puso a preparar el menú, espaguetis al pomodoro casero, mientras no paraba de preguntarle algunas cosas y explicarle otras.
Se sentaron a la mesa en medio de una charla con un apático marido y una curiosa hija, que luego de un rápido cálculo designó como tía lejana, aunque le llevara unos pocos años. La chica le estuvo preguntando sobre España y le comentó que soñaba con viajar algún día a conocer el país. Luego de una conversada y bilingüe sobremesa, mientras el marido de Teresa miraba una película de vaqueros por la tele, se despidieron con cariño tía abuela y nieto emocionados, con abrazos y besos virtuales para mantener cierta prevención. Volvió hasta donde había dejado el coche, fotografiando algunos rincones de la ciudad que al caer la oscuridad había cobrado un interesante aspecto. Se extasió con la vista del volcán y regresó al hotel de la Marina.
Ya en el cuarto se volvió a acomodar en el pequeño sillón, con el portátil y el móvil a mano, y se quedó absorto mirando en lo alto las luces de la ciudad que había recorrido horas antes. Lamentó no fumar, porque hubiera sido un momento ideal para disfrutar un cigarrillo mirando el humo ascender hasta alcanzar la imagen de Nicótera. «Fumar es un placer, genial, sensual, fumando espero a la que tanto quiero...» era la letra de un tango que oía de pequeño en su casa, en plena campaña antitabaco y no entendía nada. ¿Por qué se quería prohibir un placer? Y entre las volutas del humo imaginario se presentó Mariana. Se sentó en sus rodillas y le acarició dulcemente la nuca y el cuello. Acercó su rostro, sus ojos pardos fijos en los suyos, los labios entreabiertos... Sonó el móvil. Su madre lo llamaba para saber de sus pasos.
No le había gustado para nada la idea del joven periodista en bucear por un pasado turbio, que ella siempre trató de ocultar. Quizás por influencias de su marido trató de mantener bien lejos el recuerdo de su suegro, así como de su propia familia. Eran muy tóxicos, como se dice ahora. Y trató de convencer a su único hijo que en vez de Italia se fuera a París o Viena, ciudades más cultas que esos pueblos calabreses que a él se le antojó conocer. O por lo menos Milán, Venecia, pero esa aldea del sur...
—Hola Ma. —Se preparó para mentir sobre sus sentimientos y así evitaba una discusión estéril—. ¿Cómo están por ahí? Te cuento, estuve en la ciudad del bisabuelo, conocí la casa en que nació y me di una vuelta. Me pareció mucho más atrasada que cualquier ciudad española —intuyó el suspiro de alivio de la madre—, así que mañana me dedicaré a hacer turismo por la costa y pasado, la vuelta. Qué quieres que te diga, el viaje me ha desilusionado. —Podía imaginar la sonrisa de su madre—. No me siento para nada identificado con los italianos. —La alegría de su progenitora le llegó a través de un montón de palabras cariñosas y protectoras, felicitándolo por la percepción tan positiva. Cortó la comunicación y sonrió.
El cigarrillo se había consumido y no se preocupó por las cenizas ni la colilla. Estaba más tranquilo. Un zumbido le anunció un mensaje de WhatsApp. Un compañero de facultad estaba organizando una excursión, respondió que no se encontraba en España. Revisó la lista y vio uno sobre un curso presencial con aforo reducido sobre periodismo deportivo. Lo borró. Miró el portátil, hizo un amago de cogerlo pero se quedó estático, la mirada perdida en la negrura de la noche que se expandía más allá de los cristales. Mariana siguió acurrucada a su lado, en silencio.
El tercer día lo dedicó a conocer Tropea, una bonita población turística sobre el mar, donde caminó por sus callejuelas meditando sobre sus orígenes y como le adelantó a su madre, se sentía un turista más. No le había mentido. Solo le había ocultado que la historia de su bisabuelo le resultaba muy interesante, y que esa historia condicionó la vida de su abuelo, el objeto de su investigación. Realizó una parada para conocer el Capo Vaticano y volvió a la solitaria localidad donde había instalado su base.
El último día, después de desayunar y cancelar el hotel, y con la promesa del dueño de hacerle la factura con el impuesto local que no incluía la tarifa, y enviársela al correo porque tenía el ordenador averiado, salió con el coche rumbo a la autopista. Se imaginó que la factura jamás llegaría, como pasó, y que el impuesto cobrado era una propina obligada.
Volvió a ver los paisajes montañosos que ya le resultaron familiares y entró en el centro de Scilla, donde aparcó. Se acercó a la barandilla de una gran explanada para contemplar el majestuoso castillo Ruffo, bajo un cielo azul intenso que le recordó a su Málaga natal. Según la leyenda, en Scilla residía un monstruo de seis cabezas, que junto a su gemelo de Caridi, en la costa siciliana, se zampaban a los barcos que cruzaban el estrecho de Messina. Claro, eso decían los griegos y Homero lo contó en La Odisea. Caminando sin rumbo por las estrechas calles, sin darse cuenta llegó a la plaza donde estaba el coche. Volvió a la carretera y enfiló hacia Reggio.
Siguiendo el tráfico apareció en el famoso Lungomare, el kilómetro más bello de Italia, aseguran, donde encontró un hueco para dejar el coche. Era un paseo marítimo con un amplio bulevar de anchas aceras, con edificios más que bonitos y que en verano estaría muy concurrido por vecinos y foráneos. No pudo encontrar un bar donde le permitieran usar el servicio, ya que los públicos que anunciaban varios carteles estaban cerrados por la pandemia. Satisfecho de las vistas urbana y marítima y con la vejiga en alerta roja, se apresuró a llegar al Museo Nacional de la Magna Grecia, pasando directamente delante de la taquilla para preguntar ansioso: «¿Dov´è il bagno?». Evacuada la emergencia, se dispuso a disfrutar las numerosas e interesantes piezas arqueológicas distribuidas en varias plantas, para terminar en una sala con acceso restringido y muy custodiada, en la que se erguían majestuosas dos estatuas de guerreros griegos perfectamente conservadas, los Bronces de Riace, el mayor hallazgo submarino del siglo XX. Manuel se quedó boquiabierto admirando esas obras artísticas y de la milagrosa conservación a través de los siglos.
Sacó varias fotos con el móvil para enviárselas a Mariana, que a su lado comentaba lo extasiada que se hallaba ante esa maravilla. Desandando el camino, esta vez lentamente, cogió el coche y partieron hasta el hotel, frente al cual aparcó. Entraron a la pizzería que su acompañante descubrió cuando se acercaban. Las dos mesas junto a la ventana estaban ocupadas, ella eligió una en un rincón del fondo.
—Aquí vamos a estar tranquilos, así me podés contar todo lo que viste en el viaje.
Pidió una Margheritta y dos birras Peroni. El camarero lo miró extrañado y rectificó:
—Mi scusi, soltanto una, molto fredda.
Al marcharse con la comanda, observó que de la mesa contigua lo miraban con curiosidad, y se dio cuenta que estaba sonriendo y moviendo los labios.
Ya de vuelta en la habitación, se ducharon juntos y prepararon la maleta para salir bien temprano hacia el aeropuerto. No pudo hablar por WhatsApp, así que estuvo chateando un rato con Mariana, su acompañante en la distancia, que seguía su viaje a través de Google Maps.
Ella escribió que al día siguiente iba a recoger el resultado del análisis de ADN. Ante la sorpresa de Manuel, le explicó que llevó las dos bombillas con las que estuvieron mateando para que se extrajeran las muestras. No se fiaba de lo que decía su madre, a la que últimamente la veía un poco piantada. Cuando tuviera el resultado se lo comunicaría.
Al despedirse, Manuel se quedó muy preocupado. Necesitaba saberlo pero le daba miedo el resultado del análisis. Había estado soñando con Mariana, ignorando la historia de la carta y las lágrimas de su madre. Intentó dormir, pero fue imposible. Se imaginaba el veredicto y la decisión a tomar, y surgían sus dudas y sus complejos.
Chicho regresó a Buenos Aires en la primavera del 32 en el vapor Conte Verde, con el traje prolijamente guardado en la maleta y junto a una ilusión que no quería descartar. Y comenzó su carrera como comerciante en diversos intentos que no terminaron de prosperar. Hasta que un día se enteró por un conocido común, que la soñada fidanzata había podido por fin emigrar con su madre y vivía a pocas calles de su conventillo. La mujeres no podían viajar solas a Argentina, lo debían hacer como complemento de un hombre o mejor dicho, de un par de brazos, que era lo que necesitaba un país en pleno desarrollo. Cuando la joven tenía todo preparado para embarcarse con sus padres, un infarto del pescador enviaron a madre e hija a la casilla de salida. Otra vez tuvieron que juntar papeles que justificaran que todos los hijos estaban radicados en Buenos Aires. La hija al final viajó como cuidadora de la anciana.
Francisco Soriano buscó otro ambasciatore respetado por las dos familias que se reunió con la madre y la señorita, ya con 27 años, una edad alarmante para continuar soltera en ese entonces. El no es no, dijo la altiva joven, esperando la llegada de un príncipe azul, no por el color del traje precisamente, un dottore, un gerente de banco, un avocato, como eran los clientes que en verano alquilaban la planta alta de la casa de la Marina, desocupada por la familia que se achuchaba en la planta baja. Un piso turístico de un siglo atrás.
Siguieron pasando los meses, cambiaron el calendario, y una realidad subyacente se manifestó. El hermano que antecedía a Rosita, Andrea, de treinta años y con algunos de noviazgo con una agraciada paisana, estaba a punto de sufrir un estallido de testículos. Por esas leyes tradicionales del sur italiano, en caso de ausencia del padre, el último varón no podía casarse hasta no llevar al altar a todas las hermanas solteras de la casa. Menuda faena.
Para el lector millennial hay que aclarar que sin casamiento nanai de la china. Ni que tampoco se podía ver porno en el móvil. La única llave para el desahogo era una libreta obtenida en el Registro Civil, pero bendecida horas después en una ceremonia religiosa como Dios manda, o mandaba. Terminado el correspondiente festejo se podía acceder en una habitación de conventillo, a un cuerpo revestido en un camisón (de los de antes, cuando no existía Intimissimi). Quizás era por eso que el país crecía a un ritmo acelerado. Había que evacuar rápido el deseo porque no era muy divertido revolcarse en una cama con una sábana rellena. Una especie de blanca empanadilla que de vez en cuando dejaba entrever el deseado contenido.
Así que la cosa quedó clara en una reunión familiar. A la soltera se le había caducado el arroz y su casamiento ya no era una opción, era una cuestión de estado (del estado testicular del pobre hermano soltero). Ante la presión familiar, la bella, orgullosa y altiva Rosita expresó una heroica decisión: «Me caso con el primero que aparezca». ¿Sobreprotección, irresponsabilidad, capricho, inmadurez, qué la llevó a tomar esta irracional actitud de la que se iba a arrepentir toda su vida?
Y se dio la circunstancia que el futuro empresario de éxito, que había alquilado una tienda de ultramarinos con una habitación anexa, alertado por un soplo, reenvió al embajador con el mismo propósito pero actualizando la información comercial. Y la orgullosa joven que aseguró cumplir la promesa, dijo que el «no», podría ser ahora «sí». La familia del aspirante aseguraba que era un buen muchacho y muy trabajador (esto era cierto). Y llegó una tarde el pretendiente con su traje azul, de impecable figura, con un anillo de compromiso de platino y brillantes y unas masas para la merienda. Fue la primera vez que se sentó junto a ella. Quizás pensó que si la hubiera esperado un día en la Marina a que saliera en la procesión y le hubiera estampado un beso delante de la gente, hubiera accedido a ella más rápidamente y con menos gastos, porque las reglas morales exigían al que deshonraba a una mujer soltera a casarse con ella.
Cuando él preguntó la edad de su novia, la madre mintió y le quitó dos años, para que fuera menor que el marido como era costumbre en Calabria. No sea cosa que el pretendiente reculara por ese pequeño detalle. Chicho se iba a enterar de la jugarreta después de la ceremonia. La novia acompañó al novio hasta el portal, el que disfrutó de los primeros momentos de cierta intimidad, ya que suegra y cuñadas estaban con las orejas pegadas a la puerta que daba al salón. Al despedirse, el joven amagó un tímido acercamiento para besar la mejilla de su prometida, pero se encontró con una mano en su camino, donde no le quedó más remedio que depositar su ósculo.
