Paseador de perros - Sergio Galarza - E-Book

Paseador de perros E-Book

Sergio Galarza

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Beschreibung

Esta es la historia de un tour de force por las calles de Madrid y su periferia, una novela sobre aquello que no se ve en las postales turísticas, el relato de una vida contaminada por el odio y la desesperanza. Pero también hay lugar para otros sentimientos. Y para la música. Sergio Galarza rescata del anonimato las tragedias y los placeres de una ciudad que tiene mucho que contar, desde Malasaña hasta Coslada, desde Alcorcón hasta La Moraleja. El narrador, un joven inmigrante, viaja en metro y en autobús de un lado a otro para llegar a tiempo a su trabajo: pasea perros. Así sobrevive. Parece un oficio sencillo, pero el desamor y la sensación de esclavitud del que trabaja de lunes a domingo, lo hacen tan vulnerable y frágil como lo son, por otros motivos, algunos de los personajes con los que se cruza: un anciano con un mapache enjaulado, una mujer adicta a la autoayuda y aterrada por su rostro, un matrimonio que espera su final y, sobre todo, perros, de todas las razas y tamaños. Sergio Galarza reflexiona sobre los cambios que se han producido en las grandes ciudades tras la llegada masiva de nuevos vecinos de otras latitudes. La suya no es una visión "políticamente correcta", pero se acerca a la verdad que se respira en las calles. Paseador de perros es la primera novela de lo que Galarza ha llamado su "Trilogía Madrileña".

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Seitenzahl: 142

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Sergio Galarza Puente

Estudió en el Colegio San Agustín. Se licenció en Derecho por la Universidad de Lima, pero nunca ejerció dicha profesión. Fue redactor de noticias para un canal de televisión y editor de cultura para una revista. Tiene publicados cuatro libros de relatos. El primero fue Matacabros (Asma, 1996) y el último La soledad de los aviones (Estruendomudo, 2005). El 2005 se mudó a Madrid. El 2006 obtuvo el segundo lugar del Premio Copé de Cuento con El Mapache. El 2007 la editorial Periférica reeeditó Los Rolling Stones en Perú, reportaje coescrito con Cucho Peñaloza, cuya primera versión se había publicado el 2004 en Perú. El 2008 ganó el I Concurso de Narrativa del Migrante Peruano en España por su cuento Teleoperadores. El mismo año se publica en Perú su primera novela, Paseador de perros, reeditada el 2009 en España por la editorial Candaya, y merecedora del premio Nuevo Talento FNAC. Paseador de perros es la primera parte de su Trilogía Madrileña. En 2012 publico JFK, segunda parte sobre su trilogía sobre Madrid y la soledad en las ciudades contemporáneas, que ahora completa La librería quemada.

Candaya Narrativa, 15

PASEADOR DE PERROS

© Sergio Galarza

Primera edición: diciembre de 2009

© Editorial Candaya S.L.

Camí de l’Arboçar, 4 - Les Gunyoles

08793 Avinyonet del Penedès (Barcelona)

www.candaya.com

facebook.com/edcandaya

Diseño de la colección:

Francesc Fernández

Imagen de la cubierta:

Francesc Fernández

BIC: FA

ISBN:978-84-15934-78-3

Actividad subvencionada por el Ministerio de Cultura y Deporte

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier procedimiento, sin la previa autorización del editor.

PASEADOR DE PERROS

Para José Manuel Silvestre y Julio Manzanares,

por su amistad y los perros, los perros y los perros.

Índice

1

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Postdata desde Malasaña

1

Trabajo paseando perros, también cuido gatos y limpio la jaula de un mapache, ese mamífero gris plataque lleva un antifaz negro como los osos panda. He realizado toda clase de trabajos desde que iniciara este peregrinaje por la ruta incierta de los anhelos, pero nunca imaginé que me haría cargo hasta de un mapache. Al comienzo pensé que pasear perrosme alejaría de la gente y sus taras. Cuando era lavaplatos el dueño me apuraba a gritos aunque no hubiera muchos clientes y encima tenía que ahuyentar a las ratas del Deep South para podertirar la basura en un contenedor que emanaba gases tóxicos. Cuando limpiaba la piscina de un hotel los huéspedes se quejaban siempre: habían encontrado un pelo o la hoja de un árbol flotando a su alrededor. Y cuando fui teleoperador tuve que soportar los discursos motivadores de un colombiano que no paraba de preguntarme cómo me sentía.

Una de las cosas que más odio es que alguien me interrumpa para preguntar cómo me siento. He llegado a creer que mi rostro refleja a un tipo huraño. ¿Acaso necesitoayuda? ¿Será por eso que los amigos de mis amigos me miran raro y me hablan con timidez?, como si acabara de salir de un centro de rehabilitación para drogadictos o de un manicomio. A veces no me interesa hablar en las reuniones. Si llego de trabajar, lo único que necesito es el descanso en una cama hecha a la perfección. Que por dentro me carcoma una calamidad, es lo de menos. Lo que importará siempre es que la cama esté bien hecha y limpia, como la jaula de Odo, el mapache.

Llegué a Madrid en compañía de Laura Song, mi novia. Madrid es como una maternidad para los viajeros. Aquí todo empieza y yo tenía ganas de borrar el Lado A de un disco sin éxitos. El Lado B es éste que empieza, como todo aquí, en Madrid. Convencí a Laura Song de que no valía la pena quedarse estacionado en una misma ciudad, y menos en Lima. Le dije que siempre tendría a su familia como un mapa de afectos que podría visitar cuando quisiera, y me creyó. Evitaré caer en el recuento amoroso de nuestra relación, lo intentaré pero ya verán que es imposible, las cicatrices y los vicios siempre atraen a los reflectores del morbo.

Confieso que el día en que nuestra relación empezó fue el más feliz que he tenido hasta ahora, sobre todo con la escasez de alegrías que atravieso. Sucumbí, hay que reconocerlo, a los temblores que ocasiona una chica frágil escondida bajo el caparazón de la indiferencia. Esa madrugada nos quedamos dormidos en el sofá de su salón con el televisor prendido. La dejé desayunando en la cocina y en la calle una 4x4 llena de jóvenes me sopló en la cara a toda velocidad. Adiviné que unas cuadras más allá una patrulla de la policía los detendría y así fue, yo los vi desde la combi. Quería contarle a los noctámbulos que viajaban conmigo que había dormido en un sofá junto a mi nueva chica. No me atreví. Y le dije a la cobradora de la combi que yo había adivinado que esos policías pararían a la 4x4. La señora me miró desconfiada y exigió que le pagara el pasaje de inmediato. Tenía la mirada de un mapache aquella mujer.

2

Vivo en Malasaña, antes lo hice en La Latina, el barrio al que me mudé con Laura Song después de unos meses de ocupargratis una habitación en el piso de un amigo en la Concepción, frente al parque Calero, ese ex hogar de yonquis donde hoy sólo queda el cadáver de sus leyendas. Después de la ruptura,unos parientes tan lejanos que recién conocí aquí, me alojaron por unos días a unas calles de la habitación que alquilamos, pero no soporté cruzar a diario por delante del edificio donde todo terminó. Tuve la suerte de que unas estudiantes danesas me eligieran como compañero de piso al lado de la Plaza del Dos de Mayo, el alma de Malasaña, donde los niños corretean y trepan entre los juegos de un pequeño parque infantil, mientras bandas de adolescentes latinos matan las horas disfrazados de pandilleros del Bronx y los gringos convertidos en madrileños artificiales comparten las terrazas de los bares con los jóvenes españoles que se mudan al barrio de moda (para siempre). La habitación de La Latina quedaba en un sótano, lo que nos emparentaba con los topos. En invierno el sol apenas se asomaba por las ventanas a ras del suelo y para saber si era de día o de noche había que mirar el reloj, aunque la hora nos tenía sin cuidado porque entonces éramos dos jóvenes desempleados y deslumbrados por el bullicio de una ciudad que respiraba el polvo de las construcciones y el humo de la fiesta perpetua.

Al principio La Latina me deslumbró. Sus calles apretadas, empedradas, y los balcones, despertaban mi imaginación y activaban esa central nostálgica que la distancia y el odio son incapaces de borrar. Lima no tiene balcones como Madrid, los que aún resisten la humedad quedan en el distrito del Cercado y sólo sir ven como testigos de la decadencia que impera en esa zona de la ciudad. Ésa es la nostalgia que me invadía: la certeza de que todo se iría a la mierda más temprano que tarde.

La ruptura con Laura Song sucedió al comienzo de esta primavera, cuando vivir en La Latina ya no me llamaba la atención, pues me parecía un barrio para gente adulta contemporánea, esa edad que se corresponde con un periodo de capitulaciones, sobre todo la aceptación de que las sorpresas desaparecen para ceder su lugar a la planificación. Los adultos contemporáneos escuchan la música a volumen bajo. Por ese entonces yo ya había conocido a Odo. Mi jefe, un español que decía haberse hartado de trabajar para otrosdesde muy joven y quehabía puesto una empresa de servicio para mascotas que maneja desde su piso, pensaba que si perros y mapaches tienen cuatro patas, daba lo mismo que yolo cuidara. Mi jefe se llama JFK. Jotaefeka, como el presidente asesinado y miembro principal de una dinastía desgraciada. Mi jefe no pertenece a ninguna dinastía y prefiere que lo llamen Jota. La F es por Fernández y la K por Klimkiewicz. La primera impresión que me dio fue que era un tipo muy pesado. Llevaba el cabello engominado y largo, vestía botas de vaquero, jeans y una camisa negra dentro del pantalón y remangada hasta los codos. Lucía como un midnight cowboy perdido en Madrid, la clase de personaje que en mis pesadillas se robaría a mi chica y se la tiraría mañana, tarde y noche, uno de esos hombres que se creen dueños del mundo.

La primera vez que nos vimos, Jota me recibió en una oficina diminuta. Por un error infantil (el cartel en la puerta, letras doradas, “Marketing y consultoría”), pensé que se trataba deuna megacompañía de servicios para mascotas. Al presentir mi extrañeza, Jota me aclaró que la oficina se la había prestado un colega que trabajaba allí. La entrevista duró cinco minutos. Respondí todas sus preguntas de manera afirmativa. Estaba dispuesto a cualquier sacrificio por el dinero que nos salvaría a mí y a Laura Song. Luego añadí que soy un maniático de la puntualidad, odio que la gente no llegue a la hora indicada. Nos despedimos y, mientras esperaba el ascensor, me dio un ataque de risa. ¿Se podía caer más bajo? Siempre se puede y yo aún no lo sabía.

Laura Song no tenía trabajo y lo que yo ganaba con los perros no alcanzaba para cubrir los gastos. Así que porlas mañanas, después de que me marchaba, ella iba a un locutorio y enviaba su currículum a las ofertas de empleo que encontraba en las páginas de internet pese a que no tenía papeles de trabajo, ninguno de los dos los tenía. Aquello se convirtió en nuestra rutina, en un método de desgaste, como conducir un camión a través de un desierto en busca de agua.

Cuando uno se enamora escribe un diccionario de tonterías que nadie imagina que es capaz de pronunciar. Los diminutivos se convierten en un lugar común, se pierde la vergüenza y se reivindica el derecho al ridículo. Con Laura Song escribimos un bestiario que usábamos para poner en práctica nuestro amor, ese que me faltó para estar con ella su último cumpleaños, cuando aún manteníamos el título de novios, o más bien yo el de sponsor, porque, es cierto, me sentía como su sponsor. Cada vez que regresaba del supermercado con el yogur equivocado Laura Song me desquiciaba con esa expresión recriminatoria, de frustración, como si mi equívoco fuera a costarle la vida. Era una egoísta.

Llevaba dos semanas visitando a Odo en su casa de Pozuelo, una zona de gente adinerada, con casas que me recordaban a La Planicie, en Lima, alejadas del ruido y rodeadas de jardines enormes donde las podadoras de césped parecen coches deportivos. Por las mañanas me iba a La Moraleja, otra zona residencial, donde los dos labradores de una treintañera divorciada que acumulaba una biblioteca de autoayuda en el salón, me recibían entre arañazos y lametazos. Luego paseaba a los perros que fueran apareciendo en la semana y, por la tarde, Odo me bufaba desde un rincón de su jaula amenazando atacarme. Que yo recuerde, el mapache no es un animal que se nos ocurriera incluir en nuestro bestiario sentimental ni siquiera una vez. Pero creo que hubiera sido la elección más certera.

3

Para mí el mapache es una rata, aunque haya quienes lo emparienten más con un gato o un oso. Es más grande que una rata, quizás como la que una tarde de fútbol dispersó a una horda de barristas del Alianza Lima que amenazaba vengar la derrota de su equipo en las calles aledañas al Estadio Nacional. Una rata más eficiente que la Policía. Empecé a ir a la cancha solo, todos los sábados, cuando entendí que ésta me proveía de la dosis justa de sufrimiento que yo necesitaba, porque el Alianza es un club fundado sobre desgracias. Los barristas portaban varas de fierro y piedras, asaltaban a los vendedores ambulantes que aceptaban resignados su imprudencia, desquitaban su furia contra cualquier desprevenido que se cruzaba por su camino, abollaban los coches que quedaban atrapados en esa telaraña de frustración y robaban lo que hubiera en su interior, destrozaban las ventanas de casas y edificios. Hasta que la rata saltó de un desagüe sin tapa. Empezó a correr entre los barristas como un misil que los despedazaría. Ellos se dividieron y yo aproveché para correr a casa porque habían empezado a asaltar a cualquiera que no reconocieran.

Ir a la cancha era una aventura no siempre salvaje. Mi padre me acompañó algunas veces, pero sólo a partidos que sabía que ganaríamos y a la tribuna de occidente, nunca a la popular de sur, donde hay que estar atento a las bolsas llenas de orín que los barristas lanzan desde la última grada, a las ratablancas que pueden estallar en tus narices, a los robos y a las palizas si no demuestras que la camiseta del equipo es tu verdadera piel. Me hubiera gustado tener un amigo barrista. Me hubiera gustado ser parte de eso. Dicen de sí mismos, los barristas, que son presos de un sentimiento y tienen razón. Yo también era preso de ese sentimiento, a mi manera, muy silenciosa, muy sola. Nunca me he preocupado de cultivar un mejor amigo. Nunca me han preocupado las cenas familiares ni los innumerables compromisos que acarrea participar de una familia, esa institución que ha perdido sus valores según los alarmadosespecialistas, como si el mundo fuera a acabarse por su desintegración. El único valor para un barrista: la fidelidad a su equipo. No creo que la gente sea más fiel a una familia que un barrista a su equipo. ¿A quién puedo ser fiel si Laura Song ya no está? Jota dice que él sólo es fiel a sí mismo, más que un perro a su amo.

4

Faltando unos días para el cumpleaños de Laura Song ya no la reconocía como mi chica. Compartíamos la cama y escuchábamos las mismas canciones antes de dormir, aún habitábamos el diccionario que habíamos escrito como si se tratara de una biblia para las generaciones futuras, pero nos daba igual pronunciar la z como s y que los monosílabos gobernaran los diálogos como una dictadura dispuesta a matar de anorexia al lenguaje. Para no hacerme líos con lo mal que iba la relación me concentré en el trabajo.

Jota había impreso miles de hojas que detallaban los servicios de la empresa y que yo debía repartir entre los dueños de perros que me cruzara. Jota me dio una charla sobre la importancia de mi trabajo, exigiendo que me involucrara al máximo siendo responsable con los horarios y amable con las mascotas, aunque no tuviera un buen día. Me explicó un par de trucos para despejar la rabia y sobreponerme a los bajones de ánimo. Eran la clase de consejos que los libros de autoayuda repiten con distinto título para ejecutivos, amas de casa y demás categorías de la especie humana, que las editoriales han sabido inventar y vender. Estábamos en su piso, un estudio con un balcón que miraba hacia un parque. No había ninguna película interesante entre todas las que decoraban sus estantes. Eran comedias norteamericanas. Yo había dejado de prestarle atención a Jota sin que lo notara. Soy un experto en simular atención mientras mis pensamientos están ocupados en otras cosas. Había visto varias de esas comedias y admito que las disfruté, pero necesitaba reírme por un motivo propio. Regresé a la charla de Jota a tiempo. Había dejado de explicar los consejos para sentirse bien y me preguntaba si había comprendido cada parte de su discurso, ante lo cual mi cabeza se balanceaba de manera afirmativa. Jota llevaba el cabello despeinado, sin gomina, vestía una camiseta blanca, jeans y estaba descalzo.

5

Pasear perros es un trabajo a tiempo completo, se trabaja todos los días, incluidos los feriados, no hay vacaciones ni excusas por enfermedad. Los perros no entienden razones, y sus amos a veces tampoco. Es una labor sacrificada. Si el servicio lo exige hay que levantarse a las seis de la mañana de lunes a domingo. Hubo una clienta que quería que paseara a su perro a las cinco y media de la mañana. Jota la convenció de que lo más temprano que yo podía llegar era a las siete. Jota tiene un don especial para tratar a los clientes, su voz suena autoritaria pero amable. Cuando hay un cliente nuevo él me acompaña casi siempre para presentarme, les dice que me ha elegido a mí porque soy el más antiguo de los paseadores. Logra que esos extraños le tengan confianza de inmediato y, al contarle por qué contratan el servicio, le revelan parte de sus tragedias. Luego Jota los consuela y les explica los detalles del servicio mientras yo juego con la mascota. Al rato nos retiramos callados.