Pasión a primera vista - Candace Schuler - E-Book

Pasión a primera vista E-Book

Candace Schuler

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Beschreibung

Jo Beth Jensen era una mujer práctica que, después de haber sufrido por un cowboy, había jurado no volver a acercarse a ningún otro. Pero el sexy Clay Madison era diferente. Clay sólo buscaba algo de diversión mientras se recuperaba de una lesión... y Jo Beth parecía la mujer perfecta para acompañarlo. Era evidente que necesitaba relajarse un poco y, ¿quién mejor que él para demostrarle que la mejor manera de hacerlo era a la manera de un cowboy?

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Seitenzahl: 238

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Créditos

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Avenida de Burgos 8B

Planta 18

28036 Madrid

www.harlequiniberica.com

 

© 2005 Candace Schuler

© 2025 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Pasión a primera vista, Elit nº 453 - abril 2025

Título original: The Cowboy Way

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Harlequin Deseo, Bianca, Jazmín, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 9788410745865

 

Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L.

 

Índice

 

Capítulo 1

 

 

 

 

 

—¡Ah, al diablo con todo esto! —Jo Beth Jensen se apartó bruscamente de su escritorio y se levantó del sillón. Descolgando sin detenerse el sombrero vaquero de la puerta, se lo caló con energía y salió del despacho—. Me voy a montar —le dijo a la mexicana de cara redonda que salió de la cocina al oír los gritos.

Esperanza Diego asintió comprensiva y volvió a desaparecer sin pronunciar una palabra. Ninguno de los mozos con los que se cruzó de camino a las cuadras se atrevió tampoco a dirigirle la palabra. Cualquiera con un poco de vista y dos dedos de frente se habría dado cuenta de que la jefa del rancho Diamond J se encontraba de un humor pésimo.

Un humor recurrente, al menos desde hacía algún tiempo. Por supuesto, nadie se lo echaba en cara. Con tres de sus mejores trabajadores ocupados con el torneo veraniego de rodeo, convertida la casa principal del rancho en una cómoda y elegante mansión para tipos finos de la gran ciudad, y los preparativos de la boda de su mejor amiga… todo aquello bastaba para desquiciar a cualquiera. Todos sabían, además, que había pasado la mañana encerrada en el minúsculo despacho contiguo a la cocina, batallando con columnas de números y cifras.

De manera que todo el mundo comprendía perfectamente el estado en que se encontraba. No era de extrañar que las cuadras estuvieran desiertas para cuando llegó.

—¡José! —gritó, deteniéndose un momento en el umbral para que la vista se le adaptara a la oscuridad—. ¡T-Bone! Maldita sea, ¿dónde se ha metido todo el mundo?

Un solitario caballo relinchó en respuesta.

—¡Vaqueros! —sacudió la cabeza—. Buenos para nada. Siempre corriendo al menor problema. Irresponsables hijos de… —se interrumpió al acercarse al único pesebre ocupado—. Hola, Bella. ¿Cómo te va, corazón? —se sacó del bolsillo de la camisa uno de los caramelos de menta que tanto le gustaban.

La yegua relinchó de nuevo. Jo Beth extendió la mano, con la palma hacia arriba, y el animal aceptó encantado el regalo. Luego bajó la cabeza, apoyándola cariñosamente en el pecho de su ama.

El mal genio estaba empezando a desaparecer. Bella era su mejor y más querida amiga, una yegua pinta de color fresa y temperamento apacible, con la nariz y las patas blancas. Había sido campeona de salto de valla en sus mejores años, y todavía conservaba una buena forma física.

—¿Qué te parece si salimos a correr un poco? —le susurró Jo Beth al oído—. Así respiraremos aire puro y estiraremos las piernas, ¿de acuerdo?

Quince minutos después, empuñaba las riendas y montaba en la yegua ensillada. Bella inició un pequeño trote ladeado, ligeramente impaciente.

—Dile a Esperanza que no me espere a comer —le dijo al único mozo que se había atrevido a asomar la cabeza por el patio.

Una vez fuera del cercado, subió a medio galope la colina que se levantaba detrás de las cuadras. Sólo entonces, ante la gran llanura, fue soltando rienda. Corrió a galope tendido durante unos minutos.

Jo Beth se inclinaba sobre el cuello de la yegua, con la gruesa trenza al viento. Le habría gustado no detenerse jamás. Pero Bella se estaba cansando y tuvo que frenarla. Del galope la puso de nuevo al trote, y finalmente al paso.

Pese a la cabalgada, seguía sintiéndose inquieta. Agitada, descontenta, nerviosa. Y no sólo por culpa de los tres vaqueros que la habían dejado para incorporarse al campeonato de rodeo, dejándola corta de mano de obra cuando más necesitada estaba. Ni tampoco por la media docena de petimetres que invadirían el rancho en pocos días, o por la boda de su mejor amiga, en la que ella había aceptado participar, muy a su pesar… de dama de honor. No. Todo aquello no bastaba para explicar su estado actual. ¡Era el maldito Clay Madison!

Si hubiera tenido algunos escarceos recientemente, si hubiera hecho el amor de una manera regular, no habría sido para tanto. Pero habían transcurrido ya más de seis meses desde aquel fin de semana que pasó en Dallas con Jim, el tratante de ganado, y ya antes llevaba más de cuatro en blanco. Había pasado tanto tiempo que casi se había olvidado de cómo se hacía. Fue entonces cuando apareció en escena Clay Madison, con aquel contoneo de caderas tan característico, recordándole con extremada precisión el estado de abstinencia en que se encontraba y todo lo que se estaba perdiendo. Lo habría evitado si hubiera podido, pero como acompañante de una de las damas de honor, concretamente de ella, ignorarlo no constituía una opción.

Lamentablemente, tener relaciones sexuales con él tampoco constituía una opción. Por lo que se refería al sexo, Jo Beth tenía dos reglas fijas. Nunca lo hacía cerca de casa. Y jamás con vaqueros.

En cualquier caso, tampoco podía decirse que Clay se hubiera quedado deslumbrado por ella. Jo Beth no era mujer en la que los hombres se fijaran especialmente. Tenía un cuerpo que no estaba mal, quizá algo flacucha, pero aceptable, y una cara medianamente guapa.

No era una belleza. Y eso era precisamente lo que querían los hombres como Clay Madison: no una mediocridad, sino una belleza. Querían cuerpos voluptuosos, grandes melenas, batir de pestañas, sonrisas de carmín. Querían adorables y sumisas chicas de busto generoso que se dejaran deslumbrar por un trofeo de rodeo y no montaran una escena cuando la fiesta terminara.

Los hombres como Clay Madison querían ese tipo de mujeres y las conseguían. En cada pueblo o ciudad por la que pasaba el campeonato itinerante de rodeo, las chicas hacían cola a la espera del revolcón con algún vaquero. Si ese vaquero resultaba ser más guapo que un pecado, cuatro veces campeón del torneo de rodeo, con unos hombros de un metro de anchura y un trasero duro y apretado y con un brillo malicioso en sus preciosos ojos castaños… ese vaquero, inevitablemente, elegía primero. Y, desde luego, jamás elegía a una mujer como ella.

Aunque tampoco Jo Beth lo elegiría a él, por supuesto. Al menos para una relación estable y permanente. Otra cosa era acostarse: eso sí que no le habría importado. Una vez, al menos. Una sola vez para saber si era tan bueno como parecía…

—Apostaría lo que fuera a que sí —masculló.

Podía imaginarse a sí misma deslizando las manos por sus anchos hombros mientras se dejaba besar hasta perder el sentido. O apretándose contra su pecho desnudo mientras le acariciaba la espalda, descendiendo cada vez más hasta clavar los dedos en su duro trasero. Aquella imagen mental tuvo un efecto inmediato. Los pezones se le endurecieron contra la tela del sujetador, y se removió incómoda en la silla.

Para colmo, ni siquiera le gustaban los vaqueros. Bueno, claro que le gustaban, pero sólo como trabajadores, empleados, colegas y amigos, no en el sentido romántico de la palabra. Había aprendido una dura lección, y de la peor manera posible. Y ahora estaba fantaseando con uno.

Lo que significaba que tenía que planificar una visita a Dallas para encontrarse con Jim, su tratante de caballos favorito. O quizá, dada la urgencia de su caso, debería llamar a ese banquero bonachón del condado vecino. Sí. Decidió que al día siguiente, después de la boda, llamaría a Todd y le propondría que se vieran en el Holiday Inn de la autopista 81. Había pasado demasiado tiempo sin satisfacer sus necesidades fisiológicas. Una buena noche de sexo era justo lo que necesitaba para despejarse la cabeza y serenarse un poco.

Diablos, quizá ni siquiera esperara hasta después de la boda para llamar a Todd. Él siempre estaba dispuesto a verse con ella cuando y donde quisiera, tanto para un rápido revolcón como para un maratón nocturno. Con eso solucionaría el problema antes de la boda.

Sólo que no podía. Esa noche era la despedida de soltera de Cassie. Como dama de honor, ella estaba obligada a participar, pese a que la idea la atraía casi tan poco como la perspectiva de asistir a la boda. La única diferencia estribaba en que la boda sería una tortura pública. Ya se imaginaba la mirada burlona de los invitados cuando la vieran avanzar hacia el altar ataviada con un flotante vestido de seda y flores en el pelo.

La despedida de soltera, gracias a Dios, sería un evento privado. Completamente estúpido, desde luego, pero afortunadamente privado, porque la novia había decidido que quería una fiesta íntima con sus amigas, anticuada más que tradicional. En las invitaciones se había especificado la obligación de asistir vestidas con camisón corto, a ser posible de fantasía. «Ni loca», masculló Jo Beth. Una vez reunidas, la idea era charlar como cotorras, preparar palomitas y helados, hacerse la manicura unas a otras y acicalarse recíprocamente para la boda. Como sorpresa especial para la novia, la dama de honor LaWanda Brewster, que recientemente había abierto un sex shop, había amenazado con hacerles una demostración de sus productos más solicitados.

Jo Beth se estremecía de sólo imaginárselo. Ignoraba qué era lo que tenían las bodas que terminaban convirtiendo a las mujeres razonables en verdaderas lunáticas. O quizá la culpa la tuviera ella. Quizá fuera ella la lunática y el resto se estuviera comportando con perfecta normalidad, dadas las circunstancias. Todas las demás damas de honor, las otras cinco, habían aceptado entusiasmadas la invitación. Habían acogido entusiasmadas la idea de viajar de compras a Dallas para elegir sus vestidos y sumarse a las interminables discusiones sobre las flores más apropiadas o la mejor receta de la tarta de boda, entre otros preparativos.

No era que Jo Beth no se hubiera sentido honrada de que la propusieran como dama de honor. Después de todo, Cassie y ella habían sido grandes amigas desde la infancia. El problema era que, si tenía que reunirse con todas ellas para hablar de todas esas cosas… mucho se temía que iba a salir corriendo y chillando de la habitación.

—Menos mal que todo acabará mañana —le dijo a Bella mientras tiraba de las riendas y desmontaba.

Los tacones de sus botas levantaron sendas nubes de polvo, con un tintineo de espuelas. Levantándose con un dedo el ala del sombrero, barrió con la mirada el horizonte vacío. Un leve suspiro de satisfacción escapó de sus labios. En aquel momento estaba en mitad de la nada… y al mismo tiempo dentro del territorio del rancho Diamond J.

En aquella remota esquina del rancho, no había nada más que viento y tierra, unos pocos robles retorcidos y el viejo molino de madera, con sus aspas chirriando rítmicamente encima de la alberca de agua.

La alberca estaba construida con cemento y apenas tenía medio metro de profundidad por tres de largo. El agua estaba fresca y limpia. Conforme avanzara el verano, cuando el ganado empezara a pastar en aquellas praderas, los alrededores se llenarían de barro y el agua se enturbiaría. Pero en aquel momento, al menos hasta que la nueva piscina de la casa del rancho estuviera llena… aquella alberca era lo más parecido que había en todo el rancho.

Y Jo Beth estaba decidida a aprovecharla. Después de atar las riendas de Bella en la barandilla del molino, se dispuso a desabrocharse los vaqueros.

 

 

Sin desviar la mirada de la escena que se estaba desarrollando ante sus ojos, Clay Madison dejó las riendas sobre la silla de su caballo y sacó de la alforja los prismáticos que le había prestado su amigo Tom Steele, el dueño del rancho Second Chance. Alguien estaba en la alberca. Quizá no fuera más que algún jinete deseoso de refrescarse o de abrevar su montura, pero se aseguraría de todos modos.

El agua era un tesoro en las praderas de Texas, y un ranchero previsor siempre velaba por conservarla. Clay no era ranchero, pero su anfitrión sí, por lo que consideraba una obligación investigar lo que estaba haciendo aquel jinete.

Se llevó una buena sorpresa cuando un desnudo trasero femenino apareció en su campo de visión. Se quedó mirando durante un segundo o dos antes de bajar los prismáticos y parpadear varias veces. Volvió a levantarlos. Sí, no había ninguna duda de lo que estaba viendo: definitivamente se trataba de un trasero de mujer. Blanco y redondeado, asomaba por debajo del borde de una vieja camisa azul. Montado en el pinto que le habían prestado, se quedó paralizado, hipnotizado por aquella tentadora y excitante visión. ¿A quién pertenecería un trasero tan delicioso?

Desde luego a nadie que hubiera conocido durante aquella interminable semana, eso era seguro. Un trasero así no era como para olvidarlo. Aunque lo hubiera visto vestido. Porque, lamentablemente, los únicos traseros que había visto durante aquel último par de meses habían estado vestidos.

Volvió a levantar los prismáticos diciéndose, o más bien prometiéndose, que sólo continuaría observando el tiempo suficiente para satisfacer su curiosidad sobre la identidad de su dueña, y que luego espolearía a su pinto y se volvería por donde había venido. Era lo correcto, lo caballeroso.

Pero la mujer, casi como si supiera que la estaban observando, se mantuvo tercamente de espaldas a él mientras terminaba de desvestirse. Una vez desabrochada la camisa, se la deslizó por los hombros para dejarla sobre la silla del caballo, donde también estaban sus vaqueros. Era medianamente alta, con un cuerpo esbelto y fibroso.

Se inclinó hacia delante mientras se llevaba las manos al broche del sujetador y se bajaba los tirantes. Cuando se irguió para dejar la prenda, se echó al mismo tiempo la trenza sobre un hombro. Una trenza gruesa como la muñeca de un hombre y larga hasta la cintura. La visión disparó un resorte en su memoria. Había visto a una mujer con un cabello así. Recientemente. Estaba casi seguro. ¿Pero dónde?

De pronto se volvió hacia él y pareció como si sus miradas se encontraran a través de las lentes de sus prismáticos.

—¡Jesús! —exclamó, bajándolos rápidamente como si pesaran demasiado.

Era una falsa impresión. Situado donde estaba, en un campo de matorrales justo detrás de la cresta de una colina, con el inclemente sol de Texas a la espalda, era imposible que lo hubiera descubierto. Aun así, se quedó paralizado durante unos segundos.

Para su asombro, la había reconocido. Por lo que sabía de la seca y flaca ranchera Miz Jo Beth Jensen, que era más bien poco, era una mujer seria y práctica, de aquéllas que parecían estar perpetuamente enfadadas con los hombres en general y con los vaqueros en particular. Ambos habían coincidido varias veces durante la última semana, por culpa de sus respectivas obligaciones como miembros destacados de la boda de Cassie y Rooster, y Clay había percibido su hostilidad desde el principio.

En su primer encuentro, cuando Rooster lo presentó a la dama de honor principal de la novia, él la había saludado a la manera vaquera, llevándose dos dedos al sombrero y soltando su inevitable y risueño «¿qué hay, querida?» en un esfuerzo por empezar con buen pie. Pero ella le había devuelto el saludo con una sonrisa tan fría, que habría congelado los testículos de un toro a veinte pasos. Era como si la frase «ni se te ocurra» hubiera aparecido escrita con letras de neón en su pecho inexistente. Y él había accedido gustoso a sus deseos y no había vuelto a pensar en ella para nada que no estuviera directamente relacionado con los preparativos de la boda.

Pero eso había sido antes de ver su trasero desnudo y darse cuenta de que la seca y flaca ranchera escondía un cuerpo precioso debajo de sus vaqueros polvorientos y sus camisas de franela. Olvidada completamente su promesa de retirarse de inmediato, alzó de nuevo los prismáticos y volvió a enfocarla.

 

 

Apoyándose en el borde de la alberca, Jo Beth se metió en el agua. Pese a que el implacable sol de Texas la había calentado un tanto, disfrutó de la sensación de su delicioso frescor en la piel acalorada y sudorosa de sus muslos, su vientre, sus senos. Se inclinó hacia atrás, dejando que el agua le llegara hasta los hombros, y levantó la cabeza al cielo con los ojos cerrados.

Se obligó a relajarse. Debería haberle resultado fácil. El aire estaba caliente y seco. El silencio era casi absoluto, solamente turbado por el chirrido de las aspas del molino y el susurro del viento entre las hojas del viejo roble. Estaba completamente sola por primera vez en varios días, con su yegua por única compañía.

Pero seguía tan tensa como siempre. Se sentó y golpeó el agua de un manotazo, irritada, disgustada… y frustrada por haber tenido que recurrir últimamente a la autosatisfacción sexual tan a menudo. La masturbación estaba bien, pero no era tan satisfactoria como…

Volvió a apoyar la cabeza en el borde de la alberca, cerró los ojos y comenzó a acariciarse los senos, cediendo a la fantasía que tanto la había estado acosando durante la última semana.

 

 

A punto estuvo Clay de soltar de nuevo los prismáticos. Aquella mujer no podía estar haciendo lo que él creía que estaba haciendo… No, las rancheras secas y flacas no hacían esas cosas, especialmente a la luz del día y expuestas a que las viera todo el mundo. Allí estaba, la viva imagen de la lascivia, con la cabeza apoyada en el borde de la alberca, acariciándose los senos con sus pequeñas manos. No eran unos senos grandes, desde luego, pero tampoco eran inexistentes. Pequeños, firmes, redondeados, flotaban levemente en el agua, con su lechosa blancura reflejando la deslumbradora luz de Texas. Sus pezones eran de un color castaño rosado, pequeños pero deliciosamente erectos. Continuó contemplándola mientras se los acariciaba una y otra vez hasta que adquirieron un tono rojizo, como el de las jugosas fresas de verano.

El cuerpo entero de Clay se endureció en respuesta. Apretó la mandíbula. Y su miembro se excitó dolorosamente contra la bragueta.

 

 

Jo Beth se pellizcó suavemente los pezones, gimiendo mientras se imaginaba otras manos manipulando su cuerpo. Manos más grandes. Más fuertes. Las manos de Clay Madison.

Convocó mentalmente aquellas manos, morenas y callosas, de palma ancha y dedos fuertes. Tenía las uñas limpias y bien cuidadas, algo infrecuente en los vaqueros. Recordaba la irregular cicatriz del dorso de su mano izquierda, típica herida ocasionada por la manipulación del alambre de espino. La noche anterior, durante la cena de ensayo, había advertido unas marcas rojizas en la palma de su mano derecha: las de la quemadura de una cuerda.

Sería maravilloso sentir unas manos así, grandes, toscas, de trabajador, contra su piel tersa. Le acunarían los senos, sopesándolos, abarcándolos completamente. Le frotaría los pezones con los pulgares en círculos lentos, enloquecedores, una y otra vez. Hasta dejarla dolorida, deseosa, hasta que ya no pudiera soportarlo más…

Se arqueó hacia delante, gimiendo, y bajó una mano para deslizarla por el fino y rizado vello de su sexo, mientras continuaba acariciándose los senos con la otra…

 

 

Clay apretaba los prismáticos con tanta fuerza que estaba dejando las huellas de los dedos en la carcasa de plástico. El sudor perlaba su rostro. ¡Santo Dios! Acababa de bajar una mano a la entrepierna. No podía distinguir nada a través de la superficie del agua, pero resultaba obvio lo que ella estaba haciendo, a juzgar por sus reacciones. Tenía la nuca apretada contra el borde de la alberca, con los labios entreabiertos. Y jadeaba ligeramente.

Él mismo también se había puesto a jadear. El corazón le latía a toda velocidad, con el pulso latiendo dolorosamente en su sexo, contra la bragueta de sus vaqueros. Casi podía saborearla, sentir su boca caliente y ávida, su cuello fino y suave bajo la caricia de su lengua, sus erectos pezones de color fresa entre sus labios. Casi podía sentir su fibroso y esbelto cuerpo bajo el suyo, la sedosa suavidad de su vulva bajo sus dedos, el húmedo calor de sus pliegues mientras los apartaba para acariciar las paredes de su vagina. El pequeño y duro botón de su clítoris mientras lo rodeaba con su pulgar, su cuerpo tenso y ávido mientras alcanzaba el orgasmo…

—Oh, cariño —murmuró—. Estás tan caliente…

 

 

Jo Beth continuó acariciándose mientras se imaginaba otra mano haciéndole eso mismo, su mano bajando cada vez más, entreabriendo los sedosos pliegues de su sexo, rodeando hábilmente su clítoris con un dedo. La fantasía había alcanzado ya tal nivel de realidad que casi podía sentirlo a su lado, su boca contra la suya, su lengua en sus pezones… O sus fuertes dedos introduciéndose en su vagina, frotando, acariciando rítmicamente hacia dentro y hacia fuera…

Casi podía escuchar su voz ronca, diciéndole que la deseaba, anunciándole lo que estaba a punto de hacerle…

—Sí —aceleró el movimiento del dedo contra su clítoris, incrementando la presión, excitándose cada vez más, hasta que empezó a jadear de deseo, todo el cuerpo vibrando de febril pasión, con cada nervio y cada músculo tenso a punto de estallar, asomada al mismo borde del orgasmo—. ¡Oh, sí! —gimió de nuevo, abriendo las piernas—. ¡Sí!

 

 

A través de los prismáticos, Clay vio moverse sus labios.

—Sí —la oyó pronunciar tan claramente como si lo hubiera dicho al oído—. Sí, sí… ¡Oh, sí!

Ya casi había alcanzado al orgasmo. Podía sentirlo como si él mismo estuviera entre sus muslos, hundiéndose en su ardiente y ávido sexo. Podía sentir su cuerpo enroscado al suyo, las piernas rodeando su cintura, los dedos clavados en sus nalgas, exigiendo y demandando lo que él le estaba dando… Más fuerte. Más rápido.

Mentalmente, estaba allí, con ella… encima de ella, dentro de ella. El corazón golpeaba contra las paredes de su pecho, le faltaba el aire, su cuerpo entero estaba duro como una roca, suspirando por darle lo que quería. Lo que ambos querían.

Se esforzó por contenerse hasta que la vio alcanzar el clímax. Las damas primero. La caballerosidad ante todo.

 

 

La imagen de Clay reverberó detrás de los párpados de Jo Beth, con su cuerpo grande y fuerte cerniéndose sobre el suyo, cubriéndola por completo, sus estrechas caderas encajadas entre sus muslos, su miembro duro empujando contra su sexo. Ella misma acudió a su encuentro arqueándose hacia él, frenética, exigente, pero el hombre imaginario aminoró el ritmo para profundizar la sensación, para detenerla en el tiempo. Sus movimientos eran medidos y deliberados, exactamente como le gustaba a ella: se retiraba lentamente para hundirse de nuevo, así una y otra vez hasta dejarla ebria y enloquecida de pasión y deseo.

A punto estuvo de sacar el cuerpo del agua mientras alcanzaba el clímax. Apretaba la nuca contra el borde de la alberca mientras sus dedos se movían frenéticamente entre sus piernas. Él aceleraba sus movimientos al ritmo de la necesidad de ella. Podía sentir sus caderas acelerándose también como los émbolos de un motor, sus labios contra su cuello, sus anchas manos alzándole las nalgas a cada embate…

 

 

—Vamos, Jo Beth —murmuró Clay con voz ronca de deseo. Estaba jadeando tanto como ella. Su falo estaba a punto de estallar. Se refrenaba por un puro acto de voluntad, esperándola, animándola a que terminara… —. Venga, desahógate, cariño. Hazlo. Para mí.

—Oh, sí, sí… —la oyó gemir un instante antes de precipitarse al abismo del orgasmo—. Oh, Clay… ¡Sí!

Capítulo 2

 

 

 

 

 

Clay bajó los prismáticos y se apoyó contra el flanco de su caballo, tan saciado como si acabara de hacer el amor. Él también había alcanzado el orgasmo. Sin manos y en los pantalones, algo que no le había vuelto a suceder desde que tenía dieciséis años y se lo hacía con Tish Bradley en el asiento trasero de la camioneta de su padre.

Y, de manera increíble, aquel orgasmo sin manos había sido mucho más satisfactorio que la última vez que había mantenido relaciones con una mujer.

Por supuesto, aquella vez había sido muy especial: tumbado en una cama de hospital y atiborrado de analgésicos, así que no había sido una ocasión muy brillante. Aunque tampoco su compañera de lance había expresado queja alguna, más bien al contrario. El aturdimiento provocado por las medicinas había opacado sus sensaciones y retrasado convenientemente su reacción… hasta el punto de que su pareja había caído felizmente agotada antes de que pudiera reunirse con ella en la meta final.

Su pareja se había mostrado muy expresiva durante el acto. Tanto que con sus gritos había alertado a la enfermera de turno. Del escándalo resultante, así como del orgasmo previo, todavía guardaba un nebuloso recuerdo. Al igual que de muchas cosas sucedidas en aquel tiempo, empezando por el accidente que lo había llevado al hospital.

Lo había arrollado y pateado un toro. No recordaba directamente aquel revolcón, pero todo el mundo le había asegurado que había sido mayúsculo. Su último recuerdo de aquel día, el único de hecho, era el que tenía cuando se acercó a la oficina de rodeo en compañía de Rooster para recoger sus números de competición. Todo lo demás estaba completamente en blanco. Sabía que había pasado los tres días siguientes en la Unidad de Cuidados Intensivos del hospital porque se lo había dicho Rooster, ya que lo único que recordaba de su estancia era una serie de sueños inconexos, el eco de voces lejanas y la imagen borrosa de unos rostros preocupados entrando y saliendo de su campo de visión.

Cuando estuvo lo suficientemente recuperado como para que lo trasladaran a una habitación normal, la secuencia de aquellos días se había aclarado y había cobrado coherencia, pero seguían siendo algo neblinosos. Sobre todo en aquellos minutos vaporosos justo antes y después de que actuara la morfina.

A los dos meses del accidente, el dolor había comenzado a ceder y la cantidad de medicación había menguado considerablemente, pero la sensación de irrealidad no lo había abandonado, lo cual había acarreado un brusco cambio en su estilo de vida. Estaba acostumbrado a vivir rápido y al día, a pasar de un campeonato al siguiente, siempre en movimiento, siempre pensando en el siguiente torneo, en la siguiente buena oportunidad, en la siguiente mujer. El hecho de que se hubiera visto obligado a detenerse, aunque sólo fuera provisionalmente, lo había vuelto un tanto «gruñón y taciturno», como solía echarle en cara Rooster.

Y así había estado hasta hacía unos instantes, cuando salió a montar en solitario antes de la despedida de soltero de aquella noche, con la idea de animarse un poco. Y vaya que se había animado. Por primera vez desde el accidente, cada célula y cada nervio de su cuerpo se habían activado en alerta roja. Había vuelto a la vida. Y todo porque había visto masturbarse a una mujer a la que apenas conocía. Una mujer, además, en la que apenas se había detenido a pensar antes, a la que ni siquiera se había dignado a mirar dos veces.