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"No me acuesto con alguien por deporte. Me acuesto por pasión. Lo que pasa es que mis pasiones son sinceras, reales, apasionadas, pero son eso: pasiones. Intensas pasiones". Así piensa Bea, la protagonista de esta novela, que trabaja como creativa en una agencia de publicidad y cuyo extraño don consiste en ver en sueños la campaña perfecta para cada cliente. Su vida se divide entre la oficina y Lesbianápolis, una exclusiva tertulia de mujeres regentada por el duque y la duquesa en un caserón de Flores. Pero la vida de Bea da un giro inesperado cuando se choca –literal y metafóricamente– con Silvia, una arquitecta que está comprometida con Bárbara, con quien vive desde hace años. ¿Podrá Bea adaptarse al papel de amante? Como en Cris & Cris, María Felicitas Jaime nos ofrece en Pasiones una novela llena de personajes memorables que nos deslumbrarán con sus diálogos y aventuras cargadas de humor, amor y pasión.
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Seitenzahl: 177
Veröffentlichungsjahr: 2024
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PASIONES
María Felicitas Jaime
Cubierta
Portada
Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
Capítulo VI
Capítulo VII
Sobre la autora
Créditos
Tabla de contenidos
Soñó. Una mujer rubia, con el pelo hasta la cintura, los ojos verdes (o celestes), un cuerpo escultural cubierto con una túnica transparente, corría por la playa. La brisa (suave, casi imperceptible) movía el pelo haciendo que acompañara los movimientos del cuerpo perfecto. Había sol (no un sol deslumbrante, sino el sol de la tardecita: tibio, acogedor, romántico). La mujer corría con los brazos extendidos, una semisonrisa permitía ver los dientes de una blancura extraña de tan blanca. Los ojos de la mujer se perdían en el horizonte, que no era una línea indefinida y ajena sino un hombre en traje de baño, con el cuerpo de un deportista, el pelo castaño con unas canas entremezcladas, los ojos verdes (o celestes), la piel tostada, los brazos extendidos y una semisonrisa atrayente. Por fin ambos detuvieron su carrera, convirtieron la semisonrisa en sonrisa seductora, tierna, con el deseo (sano, constitucional, legal) agazapado tras los ojos verdes (o celestes), hubo un momento de tensión; el mar dejó de rugir, la arena fina, limpia, sin un solo turista importunando el momento, crujía bajo sus pies. El pelo de ella tembló con la última carrera y los dos se fundieron en un abrazo que presagiaba un futuro de vestido blanco, madrinas con sombrero y novio de smoking (o frac) impecable. Pudo ver la frase que cerraba el sueño, pero no pudo discernir si se trataba de un shampoo, una colonia fresca, un aceite de oliva o el último modelo de lavadora automática.
Cuando estaba decidiendo de qué se trataba, el golpe seco le advirtió que estaba soñando despierta, una vez más se había llevado trabajo a casa. Laura la tenía harta con la cuenta de García Hnos. y Alejandra no estaba dispuesta a participar. El plomo le caía a ella solita, era un trato tan antiguo como los años que las tres llevaban en la agencia de publicidad: Laura coordinaba, Alejandra y ella creaban pero no tenían por qué hacerlo siempre juntas; cuando a una la cuenta le caía mal, la otra se hacía cargo. Pero Laura era una cruz que Bea y Alejandra debían soportar fuera quien fuera el cliente. Y ahora estaba obsesionada con García Hnos. y sus intentos de imponer algo nuevo en el mercado.
¿Qué querrían imponer los hermanos García? Se preguntaba Bea mientras bajaba del auto y miraba resignada el choque en el paragolpes trasero. Evaluó la posibilidad de enfurecerse con el tonto que la había chocado pero recordó que su registro estaba vencido desde hacía tres meses y el seguro no le reconocería un peso. Cuando iba a estallar, la vio bajar de su último modelo. Las vio, porque eran dos y las dos tan lindas, tan distinguidas, tan de sport informal que pensó que no utilizarían los productos de los hermanos García aunque ella consiguiera un Clio con la campaña que preparara. Dos, demasiado para ella sola. El enojo se le fue como por arte de magia.
—Fue culpa tuya. No tengo ganas de discutir, me temo que ibas dormida —dijo la que manejaba—. Hace veinte años que manejo y jamás he chocado.
—Lástima, porque es una experiencia notable. Yo hace quince y ya perdí la cuenta de las veces que choqué.
—Ibas dormida —concluyó la que no manejaba.
—Asumo toda la responsabilidad. Intentaba estacionar y jamás recibí la última carta de la academia con las instrucciones correspondientes.
¿De dónde vendrían tan monas, tan contentas y con alguna copa de más un jueves a la una de la mañana? Entre semana y a esa hora la gente seria está durmiendo, viendo el último noticiero o haciendo el amor. Y últimamente lo único que quedaba en Buenos Aires era gente seria, formal, con un cierto toque de angustia a fin de mes; ya ni siquiera quedaban intelectuales que destriparan alguna película de Bergman o el último ensayo de Portantiero sobre sociología y clases políticas. De domingo a jueves Buenos Aires era un páramo habitado por fantasmas de otra época que vagaban en busca de un futuro utópico. Apenas quedaban dos o tres librerías, algún café trasnochado y la sensación de que la calle Corrientes ya no tenía encanto. ¿De dónde vendrían las dos tan animadas y tan sin marido a esas horas?
—¿Tenés los papeles del seguro?
—Seguro que no. Además tengo el registro vencido. Siendo mía la culpa de este desastre, supongo que me toca correr con los gastos. A tu coche no le pasó nada, está como si nunca se hubiera topado con el mío… ahora los hacen de acero blindado, en cambio este es de lata… me parece un abuso que a mí me toque correr con todos los gastos y a vos no te haya pasado nada; es la historia de la humanidad: los pobres tenemos la culpa de todo y por eso le pagamos los gastos a los ricos.
—¿Y eso qué tiene que ver? Estás reconociendo tu culpa. Ibas dormida, intentaste estacionar en el mismo momento en que yo intentaba salir, ni siquiera miraste para atrás…
—Si vos ibas tan atenta, podrías haberme avisado. No iba dormida, estaba pensando en los hermanos García. No cualquiera está a la una de la mañana pensando en ellos, por lo menos podrías reconocerme ese mérito.
—Me parece que dimos con una loca —murmuró la que no manejaba—. ¿Por qué no lo dejamos así? Si no tenés seguro, tendrás que pagar el arreglo. Nosotras nos vamos a dormir. Que tengas suerte.
La que no manejaba tenía aspecto de manejarlo todo. La que manejaba tenía aspecto de reírse todo el tiempo, estaba divertida con el choque y con Bea. Y no tenía ningunas ganas de irse a dormir. Ella tampoco, dormir le parecía una forma lamentable de perder el tiempo, hasta que caía rendida y dormía quince horas seguidas. ¿De dónde vendrían? Y ahí, justo cruzando la calle, el bar abierto, el mozo con cara de aburrido y el frío que se estaba intensificando. La charla en la calle no daba para más. La que no manejaba se subió al coche y le ordenó a la que manejaba que hiciera lo mismo. La otra seguía parada con las manos en los bolsillos, paseando la mirada de Bea al paragolpes.
—Fue culpa tuya, pero te choqué yo. Me hago cargo del arreglo. Podés llevarlo a mi mecánico mañana temprano y en unos días lo tendrás listo. Anotá la dirección.
—Tomemos un café y negociemos, no creo que a tu amiga le parezca justo el trato.
¿De dónde vendrían? volvió a preguntarse cuando iban por el segundo café y ya estaba decidido que el arreglo lo pagaría la que manejaba. Silvia, así se llamaba. La otra, Bárbara. Las dos monísimas y Bea tan despierta como solía estarlo cuando los demás dormían. Un intento de seducción múltiple no le desagradaba en absoluto. Bárbara era más seducible que Silvia, la típica antipática que se aflojaba en el transcurso de la charla y que si en vez de dos cafés hubiera tomado dos wiskis ya le estaría contando su vida. Silvia era mucho más atractiva, tenía una algo misterioso, una sonrisa de “aquí te pillo, aquí te mato”, pero fuera como fuera, Bea se cuidaría muy bien de intentos de seducción: todavía le dolía la mejilla del bife que le habían dado quince días atrás por creerse que la mujer del subte estaba con ella. Años seduciendo mujeres y todavía caía en esos errores. Pero la mujer la había mirado todo el viaje, la había invitado a tomar un café cuando bajaron en la misma estación, le había contado una historia extrañísima de abandonos y soledades y le había atravesado la cara de una cachetada cuando ella le insinuó cierto acercamiento para derrotar a la soledad.
Se acarició la mejilla con melancolía, sonrió como una estúpida, anotó la dirección del mecánico y se despidió abruptamente. Terminaría por hacerle caso a Celeste, convertirse en lesbiana teórica y hacer votos de castidad y celibato; lo que tenía sus ventajas: si lograba la abstinencia se salvaría del infierno… y se moriría de aburrimiento durante toda la eternidad.
Solamente a García Hnos. podía interesarles la imagen de la rubia de ojos verdes (o celestes) corriendo por la playa para anunciar un nuevo detergente. “Ahora, con Brill detergente, ella tiene tiempo para disfrutar el amor” y los hermanos García firmaron el contrato por un año y para toda la línea de sus productos hogareños. J. Ramírez, el dueño de la agencia, felicitó a Laura por el equipo “femenino”; todo estaba perdido, volverían a subirles el sueldo y ellas seguirían allí creando para los hermanos García y todo cliente que se acercara para promocionar sus mierdas. La publicidad es buen negocio en tiempos de crisis.
—Y la prostitución y el juego. Eso dicen los sociólogos: cuando hay crisis aumentan las putas y los jugadores. ¿No viste la cantidad de bingos que han instalado en la provincia de Buenos Aires?
—¿No sabés si hay putas lesbianas? Quiero decir señoras que se acuesten con otras por dinero.
—Hay una que cobra una barbaridad. ¿Estás muy necesitada? —preguntó Alejandra—, tengo alguna amiga en banda que no tendría problema en acostarse con vos. Es más: yo misma podría hacerte el favor con la condición de que después no me persiguieras con una relación estable para amarnos toda la vida, para tener hijitos adoptados y pasar juntas nuestra vejez en la costa oeste…
—¿Costa oeste? ¿De qué hablás? Acá no tenemos costa oeste.
—¡Qué importa! Los únicos libros gays que se editan son yankis y todas las minas terminan su vida felizmente instaladas en la costa oeste, en unas casitas rodantes que son casi de juguete y acunadas por algún mozalbete que ellas han criado en una familia no tradicional. ¿Y si nos dedicamos a escandalizar a J. Ramírez con publicidades lesbianas nada más? Por ejemplo la mina del detergente termina dándole un baño de espuma bioenergética y destructora de grasas a una negra monumental, que podemos traer de las Antillas holandesas y mientras suena el Himno a la Alegría, la rubia se zambulle en la bañera y una voz sensual susurra: “el detergente plim plim mata las grasas solo… mientras ellas se aman juntas”.
—Me gusta. Es muy sutil, muy fino, muy alegórico. El Movimiento te va a agradecer una publicidad antirracista, no sexista, que nos haga quedar bien frente a la sociedad. Y Laura va a aceptar nuestro acoso sexual y terminará abandonando a su marido y pasando sus fines de semana en Lesbianápolis. ¡Estoy harta de la publicidad!
Aunque estuviera harta seguiría allí. Tenía casi treinta y cinco años y hacia diez que se dedicaba a la publicidad. Nunca tuvo vocación de nada, excepto de lesbiana, y cuando terminó el secundario, ingresó en la facultad porque su familia pretendía hijos universitarios (y heterosexuales, claro) y si ingresaba en la universidad evitaría tener que empezar a trabajar. Le pareció un buen negocio y la cosa funcionó hasta que su madre comenzó a sospechar que la nena era universitaria pero de heterosexual, nada. Vivía estudiando con compañeras, yéndose de fin de semana con amigas, rechazando las invitaciones de los amigos de los hermanos, negándose a usar tacones y maquillaje y militando políticamente en la izquierda. Sin embargo, nadie que la viera en aquellos días, y hoy mismo, podría definirla como una lesbiana; huía del modelo masculino porque le encantaba ser una mujer amada y amante de mujeres. Le gustaba lo femenino, lo esencialmente femenino, algo indescriptible que sólo es hallable en otra piel de mujer, en la mirada, en la sonrisa.
A los veinte años dejó la teoría y comenzó con la práctica. Por si las moscas y para evitar arrepentimientos tardíos, antes de acostarse con Julia, tuvo una relación bastante prolongada con un compañero de la facultad. En ese momento le pareció prolongada, con los años comprendió que quince días de prácticas intensivas heterosexuales no podían definirse como relación prolongada, pero ya era tarde: había sucumbido al encanto de sus congéneres.
Julia fue fantástica. Se estrenaron juntas y por lo tanto se permitieron todo. No existía la censura, el miedo o la represión. Julia era de la Patagonia y sus padres le pagaban un departamento minúsculo cerca de la Facultad de Ciencias Económicas en la que estudiaba. Al principio se veían con una cierta prudencia. Nada de que Bea durmiera fuera de casa, nada de provocar enfrentamientos familiares. Cuando al departamento de Julia llegaba algún hermano, o la madre o la abuela, Bea apenas aparecía a tomar un café y a besarla compulsivamente en el baño o en la puerta del ascensor. El problema era que un beso resultaba de una escasez dolorosa y diez de una abundancia cargada de presagios imposibles de cumplir. Alguna vez hicieron el amor en el hueco de la escalera pero se negaban a las urgencias y a la falta de desnudez, entonces decidieron privarse durante las visitas familiares.
Al poco tiempo no tenían ganas de separarse después de hacer el amor. Les molestaba la sensación de clandestinidad, el apuro, porque los escándalos de la madre de Bea eran cada vez más intensos, le imponía horarios rígidos, absurdos para alguien que sale de la facultad y se va a estudiar. Los padres se pusieron inflexibles: si quería estudiar en grupo, muy bien podía hacerlo en casa. A Bea la facultad le importaba un pito, ya había descubierto que jamás tendría vocación de nada y que lo que debía hacer era conseguirse un puesto en algún ministerio, cobrar a fin de mes y dejarse de joder con la universidad, la profesión y el futuro liberal. Tampoco soportaba los escándalos familiares, las presiones para que saliera con fulanito o menganito, las sonrisitas despectivas de los hermanos varones y el espanto en la mirada de las hermanas. Lo mejor era que hablara con su madre y le dijera toda la verdad: amaba a una mujer y, lo que era aún más grave, amaba a todas las mujeres; las flacas, las gordas, las rubias, las morochas, las teñidas, las profesionales, las estudiantes, las mucamas, las funcionarias. Amaba a las mujeres y a su mundo. Se regocijaba en él, se sentía plena y feliz cuando estaba rodeada de mujeres. No era que rechazara o negara a los hombres, era mucho peor, según le explico su madre: no los necesitaba, le eran indiferentes.
—¿Por qué si te hemos criado como al resto de tus hermanos? ¿No te das cuenta de que esto es una rebeldía infantil, adolescente? Sos monísima, sos inteligente, también sos normal aunque ahora no quieras aceptarlo.
—Acepto las tres cosas: soy mona, soy inteligente y soy normal. Pero desde chiquita me siento más a gusto con las mujeres y no me digás que es una novedad para vos. Simplemente no quisiste enterarte.
Sus padres eran muy progres, muy influenciados por los sesenta, eran de izquierda, antimilitaristas profesionales, y su madre tenía cierto toque feminista pero había cosas, “anormalidades”, con las que no estaba dispuesta a transar.
—Esto se arregla con una buena terapia. No te voy a coaccionar pero mañana mismo vamos a ver a una terapeuta, ella te hará entender que es una crisis de la edad, pasajera y hasta corriente.
—¡A una terapeuta, nunca! ¡Jamás!
—¿Por qué no? Te puede ayudar; aceptá hacer terapia y si no resulta, ya veremos.
—Acepto hacer terapia pero con una terapeuta jamás: me enamoraría de ella a la segunda sesión.
Y la madre, tan progre, se hartó. Era indudable que su hija estaba muy contenta con ser como era, hasta le parecía que se enorgullecía de su anormalidad y decidió cortar por lo sano:
—Prefiero verte muerta antes que lesbiana.
A Bea le pareció un tanto exagerada la propuesta. Exagerada e injusta. Tenía veinte años, amaba la vida, el futuro, todos los caminos que se le abrían. No tenía ganas de morirse por ser lesbiana. Y tampoco hubiera querido enfrentarse con su familia. Se acabó la buena convivencia, las discusiones políticas, los juegos con los hermanos. Sentía la lejana complicidad de su padre pero sabía que él no se enfrentaría a su madre. De pronto y sin previo aviso se sintió sola, abandonada y arrepentida de ser quien era y de haberlo dicho. Hubiera sido mejor guardar silencio, disimular, hacer lo que hacían las pocas amigas gays que tenía. Pero había abierto la boca y no pensaba volverse atrás.
—Tenés un mes para buscar empleo e irte —le informó su madre unos días después de la charla. Ante los silencios en la mesa, ante los reproches de sus hermanos, ante la incomodidad de convivir en un ámbito hostil, agresivo, inseguro, Bea decidió no esperar a conseguir un empleo. Se fue con un atado de cigarrillos, su ropa y sus libros. En una sola valija metió su infancia, su adolescencia, su sexualidad diferente y llegó a lo de Julia.
—Vivamos juntas; eso es lo que tendríamos que haber hecho desde el principio.
—¿Y cuando vengan tus padres o tu abuela?
—Una excusa formidable para que duermas en mi cama, les digo que compartimos el departamento. No me van a mermar la mensualidad por vivir con otra chica… si fuera con un tipo ¡me matarían! No tenés sentido de la estrategia. Deberías haberte callado hasta terminar la carrera, por lo menos.
—¿La carrera? A mí me importa un carajo la carrera. Soy universitaria porque ellos querían. Lo que tengo que hacer es encontrar laburo con urgencia porque con lo que te mandan tus viejos, moriremos de hambre y de tanto hacer el amor… hablando del tema: ¿No quisieras consolarme un poco? Siento como una tensión, una urgencia anormal por abrazarte y por besarte.
—¿Sabés algo de contabilidad? —le preguntó Julia una mañana en que ella desayunaba leyendo el diario en busca de trabajo.
—Sé lo esencial, aquello que guarda el secreto supremo de la contabilidad, lo único que hace que los balances cierren siempre: “Todo lo que entra se acredita; todo lo que sale se debita”.
—No necesitás más. A las diez tenés que estar en Tarjetas Buenaventura. Necesitan una encargada de cuentas corrientes. El puesto es tuyo si primero: no intentás seducir a la hija del dueño; segundo: obviás comentarios sobre el espanto de madrugar; tercero: evitás cualquier tipo de ironía sobre las tarjetas que la firma lanza al mercado con frases de salutación diversas y que dicen, por ejemplo: “Eres mi amiga y por eso mi corazón se siente alegre”…
—¡No jodás! ¿Quién va a mandar semejante tarjeta?
Pasó cinco años en Tarjetas Buenaventura. Los mismos que vivió con Julia, los mismos en que no supo nada de su familia, excepto comunicaciones imprescindibles, como el nacimiento de sus sobrinos mayores, a los que no le permitieron conocer; una probable enfermedad grave de su padre, al que no le permitieron ver. Se acostumbró a no darle cuentas a nadie de lo que hacía o dejaba de hacer. Pese a la oposición de Julia, terminó por largar la facultad.
Fue en esos años cuando conoció a los duques. En realidad conoció a Teresa y se enamoró perdidamente. Era la mujer más bella que se le había cruzado en el camino.
—Julia: la amo. A vos te quiero pero a ella la amo. Sigamos siendo amigas pero no me pidás nada porque sólo puedo pensar en Teresa. Sólo la deseo a ella. Doy mi vida por ella, me dejo matar y destripar por ella, me tiro del último piso del Sheraton por ella. Me hago heterosexual si fuera necesario. Vuelvo a la facultad y soy una alumna excelente, voy a ver a mi madre y le digo que me he regenerado. Lo que sea por una mirada de Teresa, ni siquiera una cama con ella. Me basta con mirarla y que, de vez en cuando, ella me mire a mí.
—Nena, te quiero un montón pero es más que evidente que hace tiempo que nosotras somos excelentes amigas y nada más. Lo único que deberías saber es que Teresa es inaccesible. Vive para el duque. Creo que hace años que están juntos y jamás se fueron infieles. No tenés ninguna posibilidad con ella.
—¡Pero qué duque ni duque! ¡Es más lesbiana que nosotras dos juntas! —No estaba enterada de nada. Años que practicaba la homosexualidad, años que recorría San Telmo todos los domingos a la tarde, años que conocía el City y todos los lugares de encuentros, y todavía creía que el duque era un señor. Todavía no había aterrizado en Lesbianápolis. Y a Teresa en vez de conocerla en su caserón de Flores como la conocía todo el mundo, la había conocido en la empresa cuando fue a encargar unas tarjetas un tanto cutres para una reunión “familiar”. Absurdo. Todo era absurdo. Hasta enterarse que su relación con Julia no era más que amistosa. ¡Tanta culpa desperdiciada cada vez que se había acostado con otra!
Ese fin de semana Julia la llevó a Lesbianápolis. Un caserón típico de Flores, con un jardín umbroso rodeando la casa inmensa. Mármoles y maderas, estatuas y fuentes. Un art decó que casi no se veía ya en Buenos Aires. Las dos plantas habían sido decoradas en persona por los duques y no había nada que desentonara. El empapelado y los tapizados, el lustre de la platería y el del roble de Eslavonia de los pisos. Y ellos no desentonaban con nada. Como si se hubieran mimetizado con la casa que habitaban desde el día en que se conocieron. Eran espléndidos. El duque y Teresa, la duquesa.
No se necesitaba tarjeta de invitación. Lesbianápolis no era un club, un bar o un restaurante. Era la casa de los duques, era el hogar. Y lo habían convertido en lugar de encuentro informal de todas las lesbianas que no sabían qué hacer, que sufrían la marginación, la falta de sitios para conocerse, para hacer amigas, para disfrutar en un mundo de mujeres soñado pero imposible. Nadie sabría nunca cómo lo habían conseguido pero las dos mucamas que tenían y la cocinera también eran homosexuales. Un reino fascinante y con reglas estrictas que era imprescindible conocer y respetar si una quería ser bienvenida.
