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Pasivo Ambiental es una novela de género policial ambientada en el maravilloso y profundo Sur argentino. Pero también es una denuncia que nos lleva a tomar conciencia de los métodos utilizados por las compañías transnacionales en connivencia con los operadores locales. Sean estos burócratas del ámbito político o eclesiástico, su objetivo es obtener ganancias extraordinarias vendiendo los bienes comunes de las naciones. Una intriga que se teje a espaldas de la ciudadanía. «Se ama lo que se conoce y se defiende lo que se ama», escribe con acierto Héctor Vico, autor de esta ingeniosa trama. Tal vez el lector advertido pueda identificar, por asociación y leyendo entrelíneas, los peligros que en la actualidad se ciernen sobre nuestros valiosos recursos naturales.
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Seitenzahl: 444
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Héctor Darío Vico
Pasivo Ambiental
www.robalir.com
Todos los derechos reservados.
Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recopilación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro medio, sin permiso previo por escrito del autor.
Descargo de responsabilidad: Esta es una obra de ficción. A menos que se indique lo contrario, todos los nombres, personajes, empresas, lugares, eventos e incidentes de este libro son producto de la imaginación del autor o se utilizan de manera ficticia. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, o con acontecimientos reales es pura coincidencia.
Queda hecho el depósito que previene la ley 11.723
© 2023, Héctor Darío Vico
© 2023, Robalir
Primera edición, octubre de 2023
Diseño de tapa: Franco Vico
Imagen de tapa: Rolf Dobberstein a través de Pixabay
Imagen de contratapa y solapas: Piotr Arnoldes, Karl Gerber y Tom Fisk a través de Pexels
ISBN: 978-987-8912-19-6
Para vos Patricia, mi compañera en la vida y en tantos viajes al sur.
A la memoria de Graciela, mi querida hermana, cuyo tiempo de permanencia en este mundo, no fue suficiente como para que leyera esta novela. A ella, todo mi amor y recuerdo.
«He hablado con Vicente Fox, el nuevo presidente de M éxico, para tener petr óleo que enviar a Estados Unidos. As í no dependeremos del petr óleo extranjero».
George W. Bush.
«Hacia el a ño 1500, los galeones cargaban el oro y la plata con la experiencia del observador, no hab ía m ás tecnolog ía que la del ojo para detectar las vetas. En cinco siglos exprimieron la tierra con la exclamaci ón “Vale un Potos í”, calificaci ón suprema de cosa o persona de incalculable valor. Toda Am érica era un Potos í. Durante 500 a ños de extracci ón, los minerales del planeta se fueron agotando. Entender y razonar este dato es imprescindible. Estados Unidos reconoce que cada uno de sus habitantes consume anualmente 19 toneladas de minerales. En el resto de los pa íses consumistas del Norte el derroche es igual, y se expresa en los vol úmenes de uso energ ético e h ídrico. Una peque ña parte del mundo dominante concentra el 80 por ciento de la energ ía del planeta, mientras que los llamados pueblos del Sur, que componen el 80 por ciento de la poblaci ón mundial, apenas consumen, en n úmeros redondos, el 20 por ciento de la energ ía que se utiliza en el mundo. Esta falta de equidad rige en un planeta que no resiste la explotaci ón descontrolada de los bienes comunes justificados por quien depreda con el concepto vulgarizado de recursos naturales».
Javier Rodr íguez Pardo.
Con los años aprendí que la gratitud, es una poderosa fuente de energía que redunda en el bienestar de quien la emite y profesa. Ahora bien, ese agradecimiento debe ser amplio, en el sentido de que no solamente las cosas buenas de la vida deben agradecerse, sino el otro aspecto, lo aparentemente malo que nos sucede, dado que generalmente esas situaciones son las que nos hacen crecer. Son pruebas, son lecciones que, de no aprobarse o sortearse, se repetirán hasta el infinito, hasta que, por fin, más conscientes, maduros y evolucionados, pasemos a ocuparnos de otras circunstancias.
También aprendí que el azar no existe y lo que sucede en nuestro vertiginoso día a día, sin nosotros advertirlo, es lo que nos trae a nuestro presente. Me refiero a las decisiones que tomamos y a las personas que nos encontramos, a quienes llamo, cariñosamente, los actores de reparto de la película de nuestra vida. Aquí me quiero detener.
Un gran emprendedor, en un discurso memorable, en la Universidad de Stanford, me refiero a Steve Jobs, puso nombre a este proceso, lo nombró como «el unir los puntos hacia atrás».
A manera de agradecimiento, les mencionaré las razones y los eventos que concluyeron en esta novela.
En los años 70 nuestra Escuela Normal, a modo de premio, fue distinguida con un viaje al Lago Puelo, y del cual participé. Allí conocí ese paraíso, y es precisamente en ese lugar donde se desarrolla la trama de este libro.
Sin el burócrata que me dejó sin trabajo, no hubiera tenido un valioso tiempo de ocio y lectura que despertara mi interés por la minería a cielo abierto y sus consecuencias.
Ese tiempo libre me permitió viajar durante muchos años a San Martín de los Andes, lo que posibilitó que conociera la cultura de los habitantes originarios y su sabiduría, la cual tiene protagonismo en esta historia.
De no haber sido convocado a trabajar en la Municipalidad, no hubiera conocido a la Sra. Senadora Cristina Berra que, como habitualmente hace, facilita que los escritores vean plasmadas en hojas impresas sus historias. Mi paso por la administración pública, hizo que generara amistad con la Sra. Malena Marionsini, pieza fundamental en la edición del libro, puesto que me facilitó los instrumentos necesarios para que el proceso de subsidios pudiera plasmarse.
Mi afición a la escritura hizo que coincidiera con Rubén Rosso, quien gentilmente escribió el prólogo de la novela. En varias presentaciones y charlas, algunas en el Museo Municipal, pude conocer a una persona silenciosa y eficiente que se ocupó de que todo funcionara como debiera, y posibilitó que las presentaciones salieran impecables. Me refiero a Noelia Banchio.
En la ya mencionada etapa municipal, trabajé y construí amistad con Andrea Canalis y todo el staff de la Secretaría de Cultura, quienes amablemente y en horas extemporáneas, me asistieron en la difusión y preparación de cada evento literario en los que participé.
Por último, en párrafo aparte, debo mencionar a la primera coincidencia relevante de mi vida, y ahora piedra angular de nuestro hogar, a Patricia, cuya inteligencia, su criterio, y los conocimientos sobre hierbas y plantas medicinales, sumados a sus acertados comentarios y críticas, hicieron que esta novela quedara mejor que como la escribí. Tarea que compartió con Nelvis y Mauricio, los editores, y Franco, el responsable del arte de tapa.
A todos los mencionados, y a los involuntariamente olvidados, mi eterna gratitud.
«¿Y qu é dir ás
cuando termines el bocado
de tu propia flor?»
Luis Alberto Spinetta
Atahualpa Yupanqui decía que el camino está compuesto de infinitas llegadas. Viajar, entonces, resulta una buena invitación para la reflexión, para la introspección, para hacernos las preguntas que la rutina y la vorágine del día a día nos impiden hacer. Un viaje al sur de Argentina, tal vez, donde una parte importante de esta novela transcurre y donde las distancias son lo suficientemente extensas como para que surja algún cambio en nosotros, puede que sea un buen plan para lograr ese objetivo.
Conocer lugares nuevos también es beneficioso para entrar en contacto con otras culturas; con otra forma de entender el mundo. Una mujer mapuche llamada Calfuray, por ejemplo, puede ser una puerta de entrada a una nueva cosmovisión (nueva para nosotros, ancestral y sagrada para ella y los suyos), y un cambio en el pensamiento dominante que vino con la mal llamada conquista de América.
Una vez que entendamos que existe otra forma de ver el mundo, aprovechemos, también, para preguntarnos acerca de la Naturaleza. ¿Qué podemos hacer para protegerla? En principio, respetarla y conocer nuestro lugar en ella; luego, evitar que seres inescrupulosos la destruyan.
«Aún tenemos un paraíso, y debemos defenderlo», dice Alberto, uno de los personajes de esta novela, cuando empieza a tomar conciencia del peligro que se avecina al enterarse que empresarios de una minera transnacional, en complicidad con cierto sector corrupto de la política, pretende adueñarse de algo más valioso que el oro y decide actuar en consecuencia.
Alberto no estará solo, por cierto. Juan, desde Buenos Aires, hará su aporte, lo mismo que Owen Striker, el Doctor Maidana y Pedro con sus dos hijos, desde la Estancia Amancay, en Puelo.
Héctor Vico nos cuenta, con lujo de detalles, la historia de una lucha desigual que se viene dando desde tiempos lejanos, donde los poderosos se valen de todos los métodos posibles para intentar salirse con la suya y donde la resistencia se basa en la unión de los pueblos y las razas.
Pasivo Ambiental es una novela que no pasará desapercibida a sus lectores. En ella podrá verse de lo que son capaces de hacer quienes caen en las garras de la ambición, de la corrupción, de la traición, dejando como resultado un siniestro collage, fruto de la depredación humana.
Rubén Darío Rosso.
La historia que cuenta esta novela la escribí en una etapa algo complicada de mi vida. En ese entonces solamente contaba con dos cosas: Patricia con su inmenso amor y bondad y mi imaginación. Fueron meses de mucho trabajo, pero las palabras fluían y la novela fue tomando forma. Todavía hoy me sorprendo de algunas de las cosas que escribí y de lo vigente que todavía está el tema sobre el cual trata, dado que median varios años entre la redacción y la publicación.
El título Pasivo Ambiental hace mención a dos cosas. Pasivo se refiere a la inacción, estar inmóvil cuando la adversidad golpea y la vida nos presenta su más feo rostro. Esa era la situación y desde allí, con el amor y la imaginación, surgieron las primeras líneas del libro. El otro motivo del título se refiere a los residuos que quedan en el medio ambiente cuando la minería a cielo abierto se retira de los terrenos explotados. La contaminación residual no es un tema que preocupe a las empresas, no la tienen en cuenta en su ecuación de costos. Reparar el daño causado es tarea de quienes vivimos en estas tierras. La novela empieza en la etapa previa a las explotaciones mineras y hace mención a los métodos utilizados para lograr acceder a las riquezas minerales y al agua.
Esto es ficción, pero no tanto.
El autor.
Baltimore, Maryland, Estados Unidos de América, octubre de 1969.
Hambriento y humillado, ingresó, con pasos vacilantes, a la suntuosa obispalía. La figura que lo aguardaba de pie en medio de la sala, casi sin mirarlo, extendió su mano y Tomás, con lágrimas en los ojos, aferrándose a ella, la cubrió de besos, implorando:
—¡Perdón, perdón, perdón! Por el amor de Dios, perdóneme Reverendísimo.
—¿Te arrepientes?
—¡Pídame lo que quiera, me arrepiento, me arrepiento!
—¿Eres consciente de lo que has hecho?
—¡Fue un momento de locura! ¡Lo siento! ¡Por favor...! ¡Monseñor! ¡Piedad... piedad!
Sin trabajo estable, en un país extraño, Tomás, aceptaba cualquier castigo que le impusieran, y de buen grado, con tal de poder salir de ese atolladero en que se había convertido su vida. Las lágrimas que vertía no alcanzaban para lavar todo el daño causado. El egoísmo más que el amor, lo había llevado a esta situación de humillación y culpa que solo, de eso estaba muy seguro, podría salvarse regresando con sus pares.
El torrente que caía de sus ojos no redimiría, ahora ni nunca la atroz injusticia cometida.
—Deberás regresar. ¿Lo sabés?
—No me importa... estoy dispuesto. ¡Iré a dónde me pida! —respondió Tomás suplicante, hecho un guiñapo tendido sobre la brillante porcelana del piso.
—Esto es lo que haremos...
Tres meses después, habiendo jurado no revelar jamás las circunstancias por la que había atravesado, con dolor, pero aliviado, Tomás, con una pequeña valija llegaba a Posadas, provincia de Misiones, en la República Argentina.
Muy lejos y con destino de olvido, quedaba su joven esposa embarazada. No volvería a pensar en ella, ni en el bebé... lo había jurado.
***
Buenos Aires, julio de 2009.
Cuando Arturo Fonseca supo que debía ocultarse y desaparecer, hacía mucho frío, aunque él comenzaba a transpirar copiosamente. El parte meteorológico que reproducían todas las emisoras de radio y televisión atribuían las bajas temperaturas al ingreso de una masa de aire polar proveniente de la Patagonia. Arturo se estremeció al escuchar el informe y presintió con gran amargura, que tal vez, dentro de algunos años sería imposible oír noticias semejantes. Cualquier información sobre el extremo sur tenía un efecto devastador sobre su estado de ánimo, en especial ahora que tenía conocimiento que el agua vale más que el oro y que había quienes estaban dispuestos a terminar con su vida con tal de callarlo.
A medio camino entre el miedo y el terror, con unos cuantos manotazos juntó papeles, fotografías, recortes de diarios, fotocopias, y en total desorden los introdujo en un sobre que cerró con broches. Del mismo modo procedió con su ropa, metió al descuido algunas prendas esenciales en un bolso para viajes y, dando una última mirada a su departamento, salió a la calle en búsqueda de su amigo Juan.
Anónimo, mezclado entre la gente, algo más tranquilo ahora, cerró su gastado sobretodo, buscó un locutorio y llamó al último número que conservaba de Juan. Por suerte logró comunicarse.
—Soy Arturo, es urgente, te veo en el Bar Suárez en media hora, no faltes. ¡Es urgente!
Cortó la llamada y, asegurándose de no ser seguido, se encaminó al encuentro más importante de su vida.
¿Mentía?, ¿se había drogado o estaba loco? ¿Cómo saberlo? Hablaba a borbotones, agitado, mirando hacia atrás en todo momento. Cuando llegó al Bar Suárez me hizo una seña para que nos ubiquemos en una mesa retirada, oculta de la vista de los transeúntes. El abrigo raído, el ceño fruncido, la desolación en su rostro y la voz temblorosa.
—¡Me persiguen, Juan! ¡Me la quieren dar!
—¿Quiénes te persiguen, por qué?
—Es largo de contar. Estoy en peligro. ¡Ayudame!
—Para que te ayude tenés que explicarme —a pesar de no querer hacerlo alcé la voz—, ¡calmate!
Los parroquianos se dieron vuelta, pero a una seña mía, indicando que todo estaba bien, dejaron de prestarnos atención. Insistí.
—Decime Arturo, ¿qué te está sucediendo?
—Mirá, las cosas se pusieron feas. Acá, en este sobre, está toda la explicación. Si algo me pasa ya sabrás qué hacer —y agregó, con tristeza en el rostro— no puedo confiar en nadie más.
Diciendo eso, me entregó un voluminoso sobre de papel madera, cerrado con broches de manera descuidada y apresuradamente, al tiempo que miraba en rededor para asegurarse que nadie nos estuviera viendo. Con gestos temblorosos se secaba una transpiración nerviosa que brotaba de su frente, a pesar de estar soportando, en ese mes de julio, el más crudo invierno de los últimos diez años.
No agregó nada más. Me recomendó poner a buen recaudo el sobre y se marchó. Me dejó solo en ese café de Buenos Aires y se perdió entre la multitud que abrumaba las calles.
Habría de pasar mucho tiempo antes de que volviéramos a encontrarnos.
Luego lo de siempre. Ese lunes helado me atrapó con sus rutinarias obligaciones por lo que pronto olvidé el incidente con Arturo Fonseca, antiguo amigo del Normal, con quien compartí mi adolescencia y algunos pasajes de mi vida adulta. Lo había reencontrado en la boca del subterráneo hacía un par de años atrás y de tanto en tanto coincidíamos para tomar o comer algo. Esto sucedió hasta el 2007, en que otra vez desapareció. Hoy me sorprendió llamándome por teléfono y suplicándome para que nos encontráramos en Corrientes y Maipú.
Cuando se fue, o tal vez debería decir huyó, lo vi alejarse y pensé en dónde se había quedado aquel adolescente desgarbado y curioso, dueño de una despreocupación y desparpajo legendarios, que acostumbraba a tomarse todo a risa y sin inquietarse por el futuro. ¿Qué recodos habría tomado su vida para devenir en este atado de nervios y elegirme para hacerme entrega, según sus dichos, el más preciado de sus tesoros y depositar en mí toda su confianza?
En ese momento no lo supe. Me enteraría a la hora de la cena que también yo incursionaría por los mismos oscuros caminos que hicieron de Arturo Fonseca, un consumado paranoico.
Olvidé el incidente hasta que llegué a mi departamento. Luego de poner una bandeja de comida congelada en el microondas, empecé a vaciar los bolsillos de mi sobretodo y reparé en el maletín, lo abrí y allí apareció el sobre.
Lo miré con curiosidad. Lo dejé sobre la mesa, vería su contenido mientras cenaba.
Cuando la alarma del microondas anunció que los riñones a la provenzal estaban listos, dispuse todo para comer y leer tranquilo. Abrí el sobre.
Al cabo de unas pocas líneas, volví a preguntarme si mentía o estaba loco.
Pasé la noche en vela. Me serví un whisky y tomé varios cafés. Mis estados de ánimo recorrieron toda la escala de sentimientos y sensaciones, desde el asombro a la ira, pasando por la incredulidad y el temor.
Debo confesar que me irrité muchísimo con Arturo. ¿Por qué carajo tuvo que elegirme a mí, entre tanto papanatas que está suelto por Buenos Aires? ¿Le había hecho algo en la juventud para que me pegara semejante bofetón? ¿Era una broma, un desquite? ¿Qué mierda era todo esto?
La claridad de la mañana comenzó a filtrarse por el ventanal del living. Miré la hora, quedaba poco para salir hacia la publicitaria. Me bañé apresurado, apuré el primer café del día, vacié el cenicero que había soportado los agravios de una noche sin sueño. Preso de una incipiente inquietud, me asomé al balcón como si esperara encontrar a alguien atisbando hacia mi departamento y luego, con exceso de cuidado, puse el sobre bajo llave, en mi escritorio.
No pude evitar preguntarme si la paranoia era contagiosa.
El ascensor llegó rápido, bajé los cuatro pisos hasta la vereda. Decidí tomar un taxi, no había tiempo para ir en coche y buscar estacionamiento. Creo que fue una buena decisión porque no lograba sacarme de la cabeza, el contenido del condenado sobre.
«Maldito seas Arturo —pensé—. ¿Por qué a mí? ¿Por qué entregarme un maloliente asunto que tiene sus raíces hace dos mil años?».
Cuando Alberto Pereyra decidió combinar sus vacaciones con la búsqueda de material para su blog sobre medio ambiente, consideró que sería buena idea visitar el sur argentino, más allá del Paralelo 42. Como buen capitalino, su conocimiento del país se reducía a Mar del Plata y la letanía de ciudades y pueblos que conforman la costa atlántica. Nunca había visitado el país profundo; para él, el interior eran Rosario y Córdoba. Muchas veces, cuando escuchaba de las inundaciones en Santa Fe y tomaba contacto telefónico con alguien de esa provincia, le preguntaba si el agua estaba cerca, ignorando que la mayoría de las veces la distancia de la zona anegada distaba a más de doscientos kilómetros. Inocentadas e ingenuidad de los porteños que miran demasiado a Europa y olvidan la patria grande.
Lo que nunca supuso fue que, luego de este viaje, aprendería de la peor forma, lo valioso que es el suelo que ignoramos y hasta dónde están dispuestos a llegar quienes sí saben de qué se trata.
El blog estaba funcionando bien, tenía especial habilidad en seleccionar los temas. La ecología, gracias a la tarea de muchos grupos y ONG, ganaba adeptos y conciencias, lo que trajo aparejado que el sitio tuviera numerosas visitas y suscriptores. La afluencia de visitantes hizo que la publicidad, tanto de Google AdSense como la que él vendía directamente, le reportara ingresos suficientes como para permitirse estas vacaciones de quince días visitando los lagos de la cordillera.
Decidió salir el viernes por la noche. Quería cruzar la provincia de Buenos Aires a esas horas, pues era la parte del camino que más conocía. Pensaba estar cerca de Santa Rosa de la Pampa para cuando comenzara a amanecer. Su idea era llegar a El Bolsón, antiguo reducto de hippies descastados y soñadores de los setenta, lo más rápido posible. Dudaba si ir directo a Bariloche o pasar por San Martín de los Andes. No le preocupaba demasiado, lo decidiría después.
Los días previos a su partida, además de preparar su valija y alistar toda la ropa de abrigo posible, puso en condiciones su 207, recopiló toda la música que pudo y varios mapas, más el GPS. Repasaba a cada instante, la lista de los elementos que consideraba indispensables para el viaje: CD, linterna, rueda de auxilio, agua, equipo de mate, algún analgésico, los anteojos para el sol, la cámara digital, su libreta de notas, la laptop, bolígrafos, pilas, la reserva de los hoteles y hosterías, y un largo etcétera.
Luego de muchas idas y vueltas, el viernes por la noche, tomó el camino hacia su encuentro con el Paralelo 42.
Salió para Luján y enfiló hacia Carlos Casares, Trenque Lauquen y Santa Rosa. Podría haber tomado un vuelo directo a Bariloche, a Neuquén o Chapelco, pero pensó que era hora de conocer de cerca los campos sembrados de soja, la zona productora de trigo, el desierto y las plantaciones de manzanas, peras, vides, arándanos, frutos rojos, petróleo y minería.
Estaba muy excitado por este viaje, en parte por el descanso merecido y además, porque iba siguiendo una corazonada. Mucho se hablaba de la venta de vastas riquezas en el sur. Se hablaba mucho y luego silencio. Alguna investigación y luego la nada, nadie desmentía, nadie actuaba, como si de tanto en tanto alguien arrojara una piedra en un estanque y después del alboroto inicial sobrevenía la calma.
«Como siempre —reflexionó—, tenemos doscientos años de lo mismo».
No obstante, concluyó que era hora de ver las cosas más de cerca.
Había decidido que estaría por quince días, al menos, sin actualizar el blog. Se había despedido por una temporada de sus seguidores, prometiendo retomar la actividad en dos semanas. El hecho de trabajar por internet le permitía, si se encontraba con algo jugoso, actualizar la publicación desde el lugar en donde se hallara, de manera que no estaba obligado a regresar en el tiempo previsto. La web otorga esa flexibilidad.
Tras unas breves paradas en el camino, arribó a Santa Rosa de la Pampa. Una vez ubicada la salida hacia Neuquén, se detuvo en la YPF que está sobre mano derecha, próxima al canal de televisión. Cargó combustible, desayunó y llenó el termo con agua caliente. El cielo estaba más claro, el incipiente amanecer lo animó. Una brisa helada terminó de despejarlo. Se dijo, y es el sentimiento de todo viajero que llega desde el norte, que allí comenzaba el verdadero viaje hacia los confines del continente.
Con la luz del día, conduciendo más relajado, por rutas menos transitadas, fue tomando notas mentales del paisaje y de las particularidades de la región. Todo era muy distinto, había otro ritmo, otras urgencias y también otras necesidades. Las distancias comenzaron a agigantarse. Desde Santa Rosa los carteles viales le decían: neuquén 541 km.
El país tomaba otra entidad, la tierra, su tierra, adquiría proporciones inconmensurables.
Llegando a la ciudad de Neuquén, entrando por Barda del Medio, pensó en lo distinto que se veía y se sentía todo. Una cosa era mirar el mapa desde la comodidad de su oficina en Buenos Aires y otra experiencia, mucho más rica y reveladora, era transitar esos caminos polvorientos, muchas veces desiertos y, sin embargo, tan nuestros.
Hubo un momento en su solitario viaje en que la inmensidad de la Patagonia lo abrumó. Fue saliendo de Chacharramendi para encarar la Ruta del Desierto. La vastedad de esos parajes, con el viento trasladando polvo y el silencio solo interrumpido por el sonido de esas ráfagas heladas que le dieron la bienvenida al portal del sur, lo empequeñecieron. Varias veces se detuvo para escuchar la nada. Sacó fotos y poco a poco, empezó a amar esas soledades. Experimentó la agradable sensación de regresar a casa luego de siglos de ausencia, sintió que a pesar del frío y el viento, su hogar lo recibía con las puertas abiertas.
Se detuvo en un hotel sobre la ruta, luego de sobrepasar la ciudad. Comió algo muy ligero y, cansado de tantas horas de viaje, se durmió soñando con lagos y montañas, con las machis y los conquistadores españoles. El sur extremo empezaba a invadirlo.
Bajé del taxi bastante malhumorado y para colmo de males, el ambiente de la oficina no ayudó a mejorarlo. Las mismas caras, las mismas quejas y la misma, en apariencia, cordial camaradería en donde cada uno acecha al prójimo luchando por sobrevivir a costa de los demás. Nada que no supiera, pero cada vez que lo pensaba me revolvía las entrañas haciéndome sentir una incomodidad desbordante.
Giménez se quejaba de Fernández que a su vez defenestraba a Rodríguez y los tres, en alegre reunión le miraban la cola a Laura que se contoneaba adrede y los sobraba. En fin... ¡Siempre lo mismo! Devanándome los sesos entre el pedido urgente de la Gerencia de Arte para entregar a tiempo los bocetos de la campaña del último celular de Claro y tratando de que se me ocurra el nombre de algún experto en historia para consultar quienes eran Orencio, Paciencia y Michelangelo Merisi. Fue tal el celo que puso Arturo que esos nombres aislados, por sí solos, no daban ninguna pista. Al menos, con mis conocimientos de historia no iría a ninguna parte.
Tratando de acortar camino, en mi departamento, había acudido a internet. Google me respondió que esos nombres se correspondían con santos de la iglesia católica y con un pintor italiano, mundialmente conocido como Caravaggio. Lo curioso es que entre ellos había unos 360 años de distancia. Ese era un interrogante, después estaba lo otro, lo que hacía más increíble la historia de Arturo y que me llevó a temer por su salud mental. Mencionaba, cada vez con mayor asiduidad, mientras se avanzaba en la lectura del informe, la Orden de los Jesuitas, el brazo intelectual de la iglesia católica.
El sonido del teléfono interrumpió mis pensamientos, era el Gerente de Arte, reclamando por enésima vez los bocetos. Tuve que abocarme a mi trabajo y por un par de horas deseché toda intención de bucear en el pasado. Después de terminar algunos detalles respecto del tipo de letra, colores e imágenes corporativas, alcé mi abrigo, palpé en el bolsillo del sobretodo para cerciorarme que los cigarrillos estuvieran en su lugar y me dispuse para almorzar. Dejé mi trabajo en la oficina de García, es decir el capanga que la empresa designó para todo lo referente a arte.
En el ascensor me encontré con Laura, estábamos solos. La hora pico para el almuerzo hacía rato que había pasado.
—¿Vas a comer, Laura?
—Sí, recién pude escaparme, hoy fue una mañana terrible.
—¿Me acompañás? —Me atreví sin pensar mucho en su respuesta.
—¡Dale! ¿Te copa ir a Starbucks?
—Vamos —dije un tanto asombrado.
Laura es una hermosa morocha llegada de Misiones, vino a Buenos Aires a trabajar apenas terminó la secundaria. Dueña de una tonada simpática y de excelente buen humor, se integró pronto al, por a veces hostil ambiente laboral, sabiendo adaptarse a los vaivenes del humor testicular de los jefes.
Con el tiempo nos fuimos enterando de los motivos por los que tomó la decisión de recalar en la capital, tan lejos de su tierra natal. Se vino escapando de un hogar disfuncional, de padres separados y hermanos que andan en «cosas raras», como ella los definía. En especial, llamaba la atención que en días festivos o feriados como Navidad o Año Nuevo, siempre se quedara en la capital, incluso en sus licencias laborales.
—No tengo nada que ir a hacer a Misiones —decía—, aquí estoy mejor.
Nadie volvía a preguntar. Una vez que aprendimos eso, respetábamos sus silencios y sus motivos. De tanto en tanto contaba algún que otro pormenor, pero todos sabíamos cuáles eran los límites; y en ese acuerdo tácito de respetar el dolor y sus ojos tristes, fue haciéndose una amiga confiable de la mayoría de los empleados de la agencia.
Hablando de los chismes de la oficina, llegamos a la cafetería. Por suerte encontramos el lugar algo desierto, nos ubicamos en una mesa contra el vidrio que da a la vereda.
—Aquí está más calentito —dijo en un tono que me hizo suponer que añoraba su ardiente tierra natal.
—¿Extrañás?
—A veces, pero es mejor así. Aquí hay más oportunidades, en el interior y más en las provincias periféricas, tenés pocas opciones, salvo que te integres al poder político de turno.
—¿Cuánto hace que estás en Buenos Aires?
—Dos años. Me costó horrores cuando llegué. Viví tres meses en lo de una amiga, hasta que conseguí mi primer trabajo en un bar de Palermo —sonrió—, después de eso todo fue mejor.
—Con nosotros hace apenas un año que estás.
—Sí. Cuando dejé el bar, entré de recepcionista en un hotel del centro, pero fueron un par de meses, luego en una copistería hasta que apareció lo de la Agencia, eso me permitió alquilar un departamento que comparto con mi amiga.
—¿Dónde alquilaste?
—En Parque Chacabuco, sobre la calle Asamblea.
—Lindo lugar, tranquilo.
—Es de dos dormitorios, nos acomodamos bien. Además, los horarios nos coinciden e incluso empezamos a estudiar juntas.
—¿Empezaste a estudiar?
—¡Sí! ¿No te conté? ¡Estoy recontenta! Voy por la noche, la semana se me hace interminable pero me gusta.
—¿Qué estás estudiando?
—Bellas Artes, en la UBA.
—¡¿No me digas?! Me venís de perlas.
—¿Por qué?
—Desde anoche estoy obsesionado con el nombre de un pintor, Caravaggio, y quisiera saber algo más. Me refiero a saber más de lo que pude encontrar en internet hasta ahora. Más jugoso. Para que me entiendas, algún chisme, alguna miseria. ¡¿Qué sé yo?, algo así!
—Mirá, yo empecé recién este año, lo conozco de nombre al chabón, pero para darte precisiones todavía no sé. Me gusta el tema, lo voy a investigar. Después te cuento.
—¿Qué querés comer?
—Mirá, con este frío, me gustaría un submarino y alguna torta. ¿Te parece?
—Para mí eso es excelente. No tenía ganas de comer ningún sándwich frío ni tampoco una hamburguesa grasosa.
De regreso a la oficina cada uno fue por su lado. Había sido un almuerzo agradable. Laurita es una buena piba.
«¿Qué edad tiene?... ¿Veinte? ¡Juan, veinte!», me reprendí.
El resto del día transcurrió sin novedad. A medida que avanzaba la hora estaba cada vez más inquieto, me urgía volver a casa y continuar indagando en Google sobre el rompecabezas que me tiró mi amigo. Minutos después de las dieciocho saludé y bajé rápido para tomar el subte.
Decidí no hacer la compra habitual en la despensa que está frente a mi edificio. Recordé que tenía algo de fiambre, una lata de jardinera y un par de cervezas, con eso sería suficiente para otra noche en vela. Luego café y cigarrillos. El plan ideal para una noche perfecta.
«¿Tenés pan, Juan? —me pregunté— Sí —me respondí aliviado—, pan lactal, una bolsa a medio terminar».
No me gusta demasiado, pero me saca de apuro. Con mi intriga histórica y el frío no quise bajar por un poco de pan fresco.
Terminada la cena, amontoné el plato y los cubiertos en la pileta de la cocina. Un plato más no hacía diferencia.
—Este fin de semana voy a lavar —me dije.
Desparramé el contenido del sobre encima de la mesa.
«¿Qué tenemos hasta el momento, Juan? —me pregunté, y traté de ordenar mis pensamientos y... ahora, mis papeles».
Por un lado, tenía a dos santos o mejor dicho un santo, Orencio, y una santa, Paciencia. Padres de Orencio y San Lorenzo. Me iba guiando por internet. San Lorenzo ostentaba el trágico privilegio de ser uno de los primeros mártires de la iglesia, al que literalmente, asaron.
Sus padres se casaron en Huesca, Aragón, España. Ella era de familia acomodada, pero decidieron vivir con modestia y ayudar a los pobres. Luego de fallecer Paciencia, su esposo y sus hijos marcharon a Francia. La leyenda cuenta que inició el viaje, pues un ángel le dijo que emprendiera el camino hasta encontrar el lugar donde debía vivir. Lorenzo terminó en Roma.
A simple vista, de acuerdo a la información que surgía de la red, la vida de este matrimonio no ofrecía demasiado misterio. Piadosos, preocupados por los pobres. Una muerte temprana y un exilio por órdenes celestiales. Daba más para el misterio teológico y de fe que para volver paranoico a mi amigo.
El episodio más trágico era el del pobre Lorenzo, que fue cocinado por decisión de Valeriano, César de Roma por el año 258 d. C. Si había algo que llamara la atención era ese pasaje religioso, y aún no hallaba la relación.
Con respecto a Caravaggio, esperaría la información de Laura. Por ahora me alcanzaba con saber que era un clásico de la pintura, de vida tumultuosa y artífice del claroscuro. Visité virtualmente muchas de las imágenes de sus cuadros, en su gran mayoría religiosos. Ese era un rasgo en común y, dicho sea de paso, excelentes cuadros.
«¿Cuadro de los jesuitas?», reflexioné.
Y se me ocurrió de pronto hablar con el padre Podestá.
«¿Se acordará de mí? —pensé—. Hace tiempo que tomé la Primera Comunión. ¿Estará en la Iglesia de la Asunción, todavía?»
Después de darle vuelta al asunto por un rato, tomé la decisión de ir al día siguiente, ya que estaba de camino a la oficina.
Me apoltroné en el sillón y me dormí.
Se levantó temprano. Estaba de muy buen ánimo, el frío de la mañana era vivificante. Tomó un copioso desayuno, alistó el termo para el mate, consultó por internet la distancia a San Martín de los Andes vía Zapala: 434 kilómetros y revisó su correo electrónico. Echó una breve mirada a los diarios online. Las noticias se repetían, páginas enteras relatando las actitudes de los personajes públicos generando los mismos desatinos de siempre y que ahora, a la distancia, con una perspectiva distinta y caminando el país real, se le hacían cada vez más tontos.
Satisfecha su curiosidad mediática tomó la ruta rumbo a Zapala. Cruzó Plaza Huíncul y Cutral Co. Recordó que fueron el origen de los cortes de ruta, tan populares ahora como medio de presión, pero viendo lo riguroso del clima y la soledad de los trabajadores de la región, comprendió el porqué de esa actitud. El viento perenne que solo permite una vegetación achaparrada, es amo y señor de esos parajes. El petróleo y las actividades comerciales son los únicos medios de subsistencia y cuando la justicia y la equidad están tan lejanas, las medidas de acción directa son los únicos medios posibles de hacerse oír.
El pueblo mapuche sabe mucho de eso.
Cruzó, con alguna dificultad por el nutrido tránsito las dos poblaciones petroleras, tierra de dinosaurios, y aceleró decidido a hacer un alto en Zapala, a poco menos de la mitad de su viaje, pues pensaba detenerse dos días en la aldea de montaña a la orilla del lago Lácar.
Aparcó su automóvil frente al pequeño parque de la estación de servicios, se bajó, se estiró con indolencia y se dispuso a preparar el mate. Se recostó sobre la parte trasera del coche, depositó el termo sobre el techo y se dedicó a observar la actividad del lugar y el paisaje. La planicie se prolongaba hasta el infinito, de tanto en tanto el viento levantaba nubes de polvo. A la distancia se observaba, tras una niebla azulina, un cordón montañoso el cual, concluyó, debería cruzar para llegar al final de la etapa de ese día.
Mientras se encontraba entretenido viendo el ir y venir de turistas y lugareños, hizo su entrada y estacionó junto a un surtidor de combustible una combi Volkswagen con una extraña inscripción. En sus laterales, con coqueta pintura verde decía: américa sustentable: viajando por américa y debajo la dirección de su blog: http://americasustentable.blogspot.com.
Le llamó la atención y más aún cuando del vehículo bajaron dos niños y su madre, mientras el padre se quedó para reabastecer el tanque de combustible. Le costó creer lo que declamaba la leyenda de la combi, pero siguió con sus mates.
Fue al baño, compró unos paquetes de cigarrillos y de retorno a su 207 descubrió que la combi había aparcado a su lado. La curiosidad pudo más. La familia estaba en la zona de juegos infantiles tomando mates y comiendo galletitas. Se acercó para hablar, con cierta timidez preguntó:
—Disculpen chicos. ¿En verdad están viajando por América?
Lo recibieron con una franca sonrisa:
—Sí, es verdad. Salimos de Bariloche y nos vamos para el norte, hacia Bolivia.
El hombre tendió su mano se presentó:
—Diego, ella es mi esposa Analía, un gusto.
Alberto Pereyra también se presentó y luego preguntó:
—¿Cuánto tiempo piensan estar en la ruta?
—Un año, o algo así —respondió Diego.
La charla se prolongó más o menos media hora. Le contaron que habían alquilado su casa de Bariloche por un año y que por ese tiempo, su interés era visitar las aldeas autosustentables de América. Comunidades que viven con un sentido ecologista, preservando el medio ambiente y abriendo su conciencia a sistemas de vida en armonía con el planeta y con el cambio de paradigmas.
Alberto se dio cuenta de que había entrado en contacto con lo que parecía ser un movimiento subterráneo de gente que «causalmente» se estaba conectando a partir de necesidades e incomodidades compartidas y poniendo manos a la obra en los problemas importantes del género humano. Lo más relevante y encomiable era que vivían de acuerdo a lo que pregonaban.
Un tema trajo otro y de pronto Alberto se encontró hablando de las casualidades y las causalidades, de la información que te llega cuando la necesitás y todos esos conceptos de la new age que tanta gracia le causaban en su vida, tan lejana ahora, de la capital. Veía, de una manera incontrastable, que existía gente, y por lo visto cada vez más, que se plegaba a ese modo de vida, sin demasiada preocupación por el futuro. El común denominador de todos ellos era que jamás venderían sus convicciones para ingresar en la carrera del consumo y el estrés.
Cuando se despidieron, Diego comentó algo que tiempo después, Alberto recordaría:
—Cuando uno da un paso en el abismo, aunque no lo vea, debajo de tus pies está el escalón que te sostiene.
Se desearon buena suerte y cada uno prosiguió su viaje.
Los 250 kilómetros hasta San Martín de los Andes se le hicieron por demás breves.
A un par de decenas de kilómetros de Zapala, el paisaje cambia, el camino se vuelve sinuoso. Las curvas y contra curvas reclaman la atención del conductor, pero poco a poco se empiezan a ver montañas, ríos transparentes, chacras y desde luego inmensidades deshabitadas.
Ahora bien, hay un punto en el camino en donde el alma brinca de alegría y es en ese momento, cuando luego de una trepada del camino, llegando al punto culminante de la subida, el viajero se encuentra de frente con la Cordillera de los Andes y sus picos nevados. En ese momento, la Patagonia te roba el corazón.
Así le sucedió a Alberto que, en ese momento y muy contrario a su temperamento, dejó caer unas lágrimas. Algo parecido le aconteció, pero esta vez sonrió, cuando el volcán Lanín, el padre Lanín para los mapuches, con su cono casi perfecto cubierto de nieves eternas que juega a las escondidas con los viajeros, salió a saludarlo en el horizonte y lo acompañó hasta llegar a San Martín.
La entrada a la aldea se le hizo muy animada. Algunos kilómetros después de pasar el aeropuerto de Chapelco, comenzó a ver una serie de barrios. Estos se fueron formando en la vega del glaciar, es decir, la parte baja del terreno de la «V» que labraron los glaciares millones de años atrás y ahora forma parte de esa porción del paraíso enclavado en la montaña.
Siguiendo la fila de automóviles, poco a poco fue ingresando en la localidad por la Avenida San Martín, rodeó la rotonda y se metió en el tránsito del centro de la ciudad. Construcciones de piedra y madera le dieron la bienvenida. Veredas bordeadas de canteros y árboles añosos atestadas de turistas y lugareños mostraban la febril actividad diaria. Ofertas de chocolates, excursiones, hoteles, comedores, librerías, recibían a los visitantes de buen grado y le daban a la aldea andina un toque de color y simpatía.
Prosiguió hasta el final de la avenida para encontrarse y maravillarse, puesto que frente a él apareció el Lago Lácar, rodeado de montañas y de un intenso azul. El muelle albergaba dos catamaranes y un sinnúmero de pequeñas canoas mecidas por el manso oleaje del lago. Una delgada cortina de niebla le permitía imaginar en los contornos que se traslucían, que había más maravillas naturales por descubrir. La aldea tenía mucho por mostrar.
La oficina era un caos, todo el mundo corría. Apenas entré, Sepúlveda, desde el otro extremo del salón me gritó:
—¡Juan, por fin llegás! ¿En dónde te habías metido? Vení que te necesitamos.
—Buen día —le contesté marcando las palabras a modo de reproche—, ¿qué pasa que están como locos?
Moviendo las manos en señal de que baje la voz me dijo:
—Llegaron dos yanquis, quieren contratar a la agencia. Si firman salvamos el año.
—¿Cómo los consiguieron?
—Vinieron solos. Son amigos del cuñado de uno de los capos. De Llorente, que vive en Nueva York. ¡¡¡No es fantástico!!!
—¿Qué necesitás?
—Mirá, en unos minutos más, van a presentar a todo el equipo creativo. Quedate por acá y cuando empezamos te llamo. ¡¿No se te ocurra irte?!
—Quedate tranquilo, aquí estaré.
Seguí camino a mi oficina. Le levanté la mano a Laurita a modo de saludo, ella me respondió con una sonrisa y agregó una seña girando una mano dándome a entender que después me veía.
Al cabo de cinco minutos, Sepúlveda por teléfono me avisa que suba a la sala de reuniones. El encuentro con los yanquis nos entretuvo hasta el mediodía. Luego Llorente y dos directores se los llevaron a comer haciendo los comentarios habituales.
—Van a conocer la mejor carne del mundo. ¿Probaron el bife de chorizo?
Me escabullí como pude. Debo reconocer que estaba más relajado. En apariencia, habíamos conseguido una cuenta importante y eso despejaba el horizonte.
Regresé a mi cubículo y apenas me senté entró Laurita.
—¿Puedo? —preguntó con su amabilidad provinciana.
—Sí, pasá, sentate.
—Estuve investigando a Michelangelo Merisi —dijo cuando se hubo sentado— más conocido como Caravaggio.
—¿Y qué tal?
—El tipo era un groso. Mal llevado, parece, pero un capo, tenía un carácter de los mil demonios, se agarraba a trompadas con frecuencia.
—¿Pero... qué hizo?
—Mirá, salvo en sus primeros años, se dedicó a la pintura religiosa. Fue resistido por algunos, debido a su inclinación a elegir modelos entre ladrones, vagabundos y prostitutas. A la iglesia del 1600 no le caía bien.
—Claro, todo tenía que ser bello, inmaculado.
—¡Exacto!, parece que Caravaggio no pensaba igual.
—¿Qué más tenés? —insistí interesado.
—Aplicó las técnicas del claroscuro de los pintores flamencos e italianos, pero con él alcanzó la perfección dando lugar al Tenebrismo. Hay quienes dicen que Caravaggio inventó la pintura moderna.
—¿Salvo la reseña de su obra y esos comentarios sobre su carácter, no hay nada más? ¿Nada que llame tu atención? ¿Algún hecho curioso?
—Además de que mató a un hombre en una reyerta y que vagabundeó de ciudad en ciudad, no, nada más.
Miré a Laurita y dudaba si contarle o no sobre la historia de Arturo. Temía involucrarla en algo de lo que desconocía sus derivaciones, pero siguiendo un impulso, la puse al corriente de todo. Luego, tal vez más relajado, al haber compartido mi carga con alguien más, quedé callado y como pensando en voz alta, pregunté:
—¿Por qué será importante en todo este rompecabezas?
—La verdad es que no tengo idea. Lo que sí sé es que tengo hambre. ¿Comiste?
—No. ¿Vamos?
***
Mientras conducía entre el alocado tránsito de las dieciocho, ya de regreso a casa, pero hacia la parroquia de la Asunción para tratar de hablar con el padre Podestá, me sentía alegre. Más allá de todo este misterio de pintores y santos, hoy había sido un excelente día. El contrato nuevo, el pequeño avance con los datos del pintor y el almuerzo con Laurita me pusieron de buen ánimo.
Esperaba poder hablar con mi antiguo catequista, tal vez él podría echar algo de luz y ubicarme en el rumbo correcto para poder develar las razones por las que Arturo había perdido la calma o quizá la cordura. Estacioné en la dársena de la placita que está frente a la iglesia y me dirigí a la entrada lateral, que usábamos cuando niños, para ingresar a catecismo. Me encontré con un sacerdote joven que me recibió con una sonrisa.
—Buenas tardes, soy el padre Ricardo, ¿en qué puedo ayudarlo?
—Busco al padre Podestá. ¿Se encuentra?
—¿A quién debo anunciar?
—Dígale por favor, que soy Juan, un viejo discípulo, él me va a recordar.
—Aguarde un momento...
Se alejó con paso rápido y me dejó a solas con mis recuerdos. El patio al costado de la iglesia, el cual tuve que cruzar para ingresar a la Parroquia, me había transportado a mi niñez. Me parecía escuchar el bullicio, la algarabía de chicos y chicas corriendo antes de entrar a catequesis. La despreocupación de la infancia, cuando todo puede suceder y las fantasías más extravagantes se cumplen por el solo hecho de que a esa edad se es omnipotente. Jugar a «la escondida» o a «la cachada», correr, reír, soñar. Quién mejor que un niño para tomar la vida como un gran juego, como en definitiva es, pero que al crecer olvidamos.
Esta frenética actividad se prolongaba con la complicidad del padre Podestá quien luego de dejarnos transpirar a gusto, venía con su afable sonrisa para que ingresáramos a la iglesia. Una etapa hermosa, muy distinta a esta en que regreso para preguntarle al cura de mi niñez si me pude ayudar a conectar a la familia de San Lorenzo con un pintor italiano y la orden de los jesuitas. Temo que me mire extraño, y me recomiende ver a un médico.
Tengo el mejor de los recuerdos del Padre. Un hombre corpulento, de andar pausado, sonrisa franca, calva incipiente y si tuviera que mencionar un rasgo característico, ese sería su voz. No tenía el hablar afectado de los sacerdotes, hablaba con bondad, en tono grave, saboreando las palabras, acentuándolas con el movimiento de sus manos. Se le entendía la importancia de las cosas mirando sus manos. El padre Podestá comunicaba con todo su cuerpo y sus ojos acompañaban el mensaje. Sabía utilizarlos, los agrandaba, los achicaba y nosotros sus niños, como nos llamaba, sabíamos cuando bromeaba o cuando debíamos guardar silencio, solo con mirar sus ojos.
Cuando nos contaba sobre el misterio de la cruz, su voz tomaba un tono distinto, se podía sentir el dolor del Cristo y la piedad de la Virgen. Sonaba como un arrullo, tenía cierto poder hipnótico. Después de escucharlo quedábamos como embelesados, en paz y asombrados al ir desmenuzando la historia del Mesías.
—¡Juan, qué alegría! —gritó desde el otro extremo.
Muy contrario a su costumbre, venía con un andar alegre, apurado, con los brazos extendidos, directo a darme un abrazo.
—Hola Padre —le respondí sonriendo—, está cada vez más joven.
—¡Pamplinas, apenas puedo con mis huesos! Demasiados años de catequesis —dijo lanzando una carcajada—, ¿qué te trae por aquí?
—Quería hablarle, hacerle una consulta.
—¿Sucede algo? ¿Es un asunto serio? ¿Tenés problemas?
—No... no lo sé, por eso vengo a verlo.
—Bien, hagamos una cosa —dijo tomándome del brazo—, acompañame a la sacristía y hablamos tranquilos.
Me condujo a un cuarto muy sobrio, de mediano tamaño, en el que un desvencijado escritorio ocupaba el centro. Sobre él, papeles, folletos de las actividades de la iglesia, carpetas, cuadernos, todo en desorden. Sin dejar de sonreír fue amontonando todo e hizo algo de espacio. Yo lo miraba hacer. Estaba muy viejo, si bien conservaba su energía habitual, se notaba el paso de los años y sus ojos revelaban una tristeza que antes no se advertía.
Cuando terminó de lidiar con los papeles, me miró y dijo:
—Contame qué te sucede.
—Hace unos días me encontré con un viejo compañero de la secundaria. Estaba muy alterado, temeroso, nervioso. Me entregó un sobre, me dijo que yo sabría qué hacer.
—¿Qué contenía el sobre?
—Cosas incoherentes. Recortes de diarios, papeles manuscritos. Referencias a la familia de San Lorenzo en Huesca y en Francia. Un nombre italiano que luego supe era un pintor, Caravaggio. Detalles de la Orden de los Jesuitas en Argentina.
Trataba de organizar mis pensamientos y palabras para ser lo más claro posible.
—No sé —continué suspirando—, un sin fin de datos que me cuesta ordenar. Menciona, y hay fotos, de algunas personas, del extranjero y de aquí, gente muy rica al parecer con negocios importantes, en especial estancias, campos en el Sur.
—Por lo que contás parece un collage sin sentido. ¿No hay nada que te dé el hilo de algo como para investigar?
—Lo único son los nombres de los empresarios que tienen esas tierras en el Sur, pero eso siempre pasó. Benetton, Stallone, Ledesma, muchos de esos famosos compraron tierras. No sé qué tendrán de particular estos.
—¿Y de los Jesuitas qué dice?
—Nada, los menciona, habla de la Orden. Hay una reseña histórica que se refiere a los Jesuitas de San Miguel.
—Siempre fueron muy poderosos, en Santa Fe están desde hace 400 años.
—Arturo, mi amigo, hace mucho hincapié en el martirio de San Lorenzo, da muchos detalles.
—Juan, te seré sincero —dijo el sacerdote con gravedad—, hablo más por experiencia que por otra cosa. Lo que me contás no me dice nada, no veo nada que indique la razón del nerviosismo de tu amigo, no obstante, teniendo en cuenta los elementos que mencionás: un ícono de la Iglesia como San Lorenzo, un pintor de renombre y empresarios poderosos, ¿qué querés que te diga? Como mínimo andá con cuidado.
Se produjo un silencio, aunque breve muy tenso.
—Veré si puedo ayudarte —volvió a decir el padre Podestá—, voy a hablar con algunos sacerdotes algo más viejos que yo.
—¿Haría eso Padre?
—Desde luego —respondió ahora socarrón— a mis años me aburro sobremanera en esta Parroquia. Ahora contame de tu vida.
Cuando me despedí del padre Podestá faltaban pocos minutos para las nueve de la noche. Mientras volvía a casa, un viejo dolor de estómago, que hacía mucho no sentía, me indicó que la referencia del Padre de andar con cuidado, era para ser tenida en cuenta.
Cuando el padre Gabriel Soso, llegó a Roma, lo hizo precedido de un inmenso prestigio. Su bien ganada reputación estaba cimentada en las piadosas labores humanitarias desarrolladas en Haití y Colombia, como miembro de La Compañía de María de los Misioneros Montfortianos.
Esta orden surgida en Francia por inspiración de Luis María Grignion de Montfort. Solo recibe a sacerdotes ya formados en los seminarios, aunque cuenta en París con un instituto donde los jóvenes eclesiásticos que tienen vocación para las misiones se preparan, por la ciencia y la virtud, para ingresar en ella.
Requiere de sus miembros una verdadera vocación para las misiones en contraposición con los denominados sacerdotes sedentarios, como los define la misma congregación, que pasan la mayor parte de su vida en sus residencias de la ciudad o el campo, buscando reposo. Su propósito, como el de San Pablo, es poder decir toda la verdad y no tener un domicilio fijo. Otras de sus peculiaridades es que no reciben religiosos mayores de sesenta años o enfermos, incapaces de ejercer su misión, aunque cuidan de aquellos miembros que en razón de su edad o salud, estén imposibilitados de trabajar.
La hermandad admite a laicos para custodia de los bienes temporales con la única condición que sean desapegados de las cosas terrenas. Si los miembros cuentan con patrimonio al momento de su ingreso, deberán desprenderse de ello, donándolos o legándolos a los pobres o parientes según su conciencia.
