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Nita, la payasa protagonista de esta novela, vive en el barrio de mala muerte de Declivetown donde las drogas y la chatarra son parte de la moneda local. Aunque está rodeada de delincuencia, trabaja cada día para alcanzar el sueño de ser una artista reconocida y poder vivir de su arte en las filas de Payasos Sin Fronteras. Inspirándose en la obra de grandes artistas universales como Charlie Chaplin o da Vinci, ensaya sus números y prepara sin descanso la adaptación clown de La metamorfosis de Kafka, la obra con la que espera ser lanzada al estrellato y salir de las calles y de la pobreza. Sin embargo y, a pesar de todos sus esfuerzos, Nita tropieza una y otra vez con sus pequeñas desgracias domésticas que, además de minarle el ánimo, parece que la dirigen irremediablemente a tener absurdos malentendidos con la policía local.
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Seitenzahl: 490
Veröffentlichungsjahr: 2022
Biografía de la autora
Monica Drake (Michigan, 1967) se graduó del programa MFA de la Universidad de Arizona en escritura creativa.
Actualmente vive en Portland y, desde allí, desarrolla su trabajo como escritora. Es miembro del cuerpo docente en el programa de escritura en la Pacific Northwest College of Art.
Monica Drake debutó en la literatura con Clown Girl y, gracias a esta novela independiente, logró ser finalista en 2007 del prestigioso premio literario Ken Kesey Award. Otros certámenes en los que ha participado y obtenido premios son el Independient Publisher Book Award y el Eric Hoffer.
Con Payasa, la autora realiza una crítica social llena de humor negro en la que su protagonista tiene que luchar consigo misma y contra sus propios prejuicios.
Medios escritos, como el New York Times, definen Payasa como una tragicomedia sobresaliente.
Descubre una obra trepidante en la que lo extraño, lo gracioso y lo descarnado se combinan con una asombrosa soltura.
Payasa
Monica Drake
Título original: Clown Girl
Primera edición: marzo de 2018
© 2006, Monica Drake, por el texto: Clown Girl
© 2018, Rocío Gómez de los Riscos y Marina Mena Guardabrazo, por la traducción
© 2018, de la presente edición en español para todo el mundo:
Carmot Press, S.L.
Calle Madrid 123, 1B
28903 Getafe (Madrid)
cicelyeditorial.com
Diseño y collage de cubierta: Carmot Press / Adriana Bermúdez
ISBN: 978-84-124608-8-9
Depósito legal: M-30476-2017
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, en todo o en parte, solo puede ser realizada con la autorización escrita de los titulares de la propiedad intelectual, salvo excepción prevista por la ley. Reservados todos los derechos de edición en español para todo el mundo.
Payasa
Monica Drake
Traducido del inglés por: Rocío Gómez de los Riscos y Marina Mena Guardabrazo
INTRODUCCIÓN
Bienvenidos al libro de mi archienemiga. «Rival» sería una palabra más amable, pero seamos sinceros.
En 1991, en la cocina de Tom Spanbauer, cuando todavía éramos todos principiantes del taller de escritura y cabíamos sentados en aquella mesita cutre, Monica Drake era la estrella todas las semanas. Las historias que nos leía… historias en las que pasaba toda la noche encerrada en el Museo de Arte de Portland, guardando en soledad la antigua momia de una emperatriz china mientras contemplaba un plato repleto del contenido de su estómago preservado (en su mayoría, antiquísimas semillas de calabaza). Cuando Monica nos hablaba de estar encerrada tras puertas de acero, rejas y plexiglás antibalas, los demás pupilos de Tom nos olvidábamos de respirar.
Cada jueves por la noche, Monica nos hablaba sobre ir a la caza de tiques de compra en los aparcamientos de los supermercados, de pedírselos incluso a los compradores que estaban cargando las bolsas de comida en el coche, y todo porque el establecimiento, si se presentaban tiques por un valor de veinticinco dólares, vendía los huevos a veinticinco centavos la docena. Monica escribía sobre un mundo en que los personajes solo comían huevos baratos que se iban volviendo cada vez más malolientes en apartamentos donde todo se había roto al menos una vez. Todas las lámparas, platillos desportillados o sillas astilladas se mantenían pegados gracias al alambre o a la cola. La pobreza y la violencia estaban presentes en todas las situaciones. La gente compraba y vendía cupones de comida por el dinero suficiente para pasarse el día bebiendo jarabe para la tos y haciendo eses por la calle con un bigote verde permanente. Los personajes de Monica, como los mejores personajes, estaban basados en gente real, de su vida.
Para empeorar los jueves aún más, las historias de Monica nos hacían reír a todos los alumnos. Eran carcajadas tan sonoras y sinceras que, para los transeúntes que pasaban por la acera, en la oscuridad, podríamos haber sido simios aullando o perros ladrando.
Daba igual lo que uno llevase para leer: Monica siempre escribía algo mejor, más divertido, más sorprendente y sexi. Todas las semanas, Monica Drake nos mostraba lo buenas que podían ser las historias. Tom nos enseñaba el arte de la escritura, pero Monica nos mostró la libertad, la valentía. Si mejoré como escritor fue porque Monica siempre me superaba con su trabajo. Si una historia que yo había escrito hacía gracia, la de ella siempre era más divertida. Monica se mudó de Portland para estudiar con Amy Hempel y Joy Williams y ahora tiene una primera novela: Payasa. Y, con ella, nos está demostrando lo divertida, alocada y triste que puede ser la narración.
No le estoy haciendo un favor a una vieja amiga al escribir esta introducción, le estoy pagando una deuda de una década. Esto no es ni caridad ni adulación, es sinceridad.
Los escritores no son más que rivales, pero competir con una autora tan buena como Monica Drake es una bendición.
Payasa es más que un gran libro: es una realidad propia.
Todos deberíamos tener un archienemigo tan brillante como ella.
Chuck Palahniuk
Autor de El club de la lucha
Para Kass y Mavis
«La gente hará cualquier cosa, por absurda que sea, para evitar enfrentarse a su propia alma».
Carl Jung
«Sucedió que en un teatro se originó un
incendio fuera del escenario. Salió el payaso
a decírselo al público. El público creyó que era una broma y aplaudió. Volvió a decírselo y les pareció aún más divertido. Así se destruirá el mundo, supongo: entre la hilaridad universal de ingeniosos bromistas que creen que todo es de guasa».
Søren Kierkegaard
1.
La payasa cae; o, Narizotas se tropieza
Globoflexia por el Señor fue el manual de globos más barato que encontré. El día que lo compré, estaba escondido en la casilla más baja de un polvoriento expositor giratorio en Regalos de Callan, acurrucado entre los manuales desvencijados: ¡Viaja por Europa en circuito payaso!, Potas falsas de goma para principiantes y Látex: la belleza de los cortes, cardenales, cicatrices y contusiones.
¿Quieres hacer una Virgen María? Comienza con un globo azul claro. Para Jesús, usa uno verde lúpulo. Hay trucos sobre cómo hacer un crucifijo, un cordero y hasta un Sagrado Corazón en dos tamaños, grande y pequeño. ¡Oh là là! Los trucos son sencillos pero acertados. El espectáculo final es la pietà, María con un Jesús adulto desmadejado en el regazo, una obra de cuatro globos con pinta de ristra de salchichas enredada o truco de bondage japonés. Pietà o bondage, lo sagrado y lo profano: en la globoflexia, la distancia que separa lo uno de lo otro es así de corta, una leve torsión.
Estudié las veinte páginas del fino cuadernillo grapado a mano. Y así, ¡tachán!, gracias a los precios baratos me había convertido en una especialista en trucos religiosos, iconografía payasa y argucias extraordinarias. Pero la mayor parte de la gente miraba mis obras de globoflexia y veía lo que quería ver. Eran arte performativo, abstracto y expresionista. ¿El gran plan? Ya lo tenía: algún día sería capaz de hacer con globos todas las obras maestras, comenzando por La Virgen de las rocas de Da Vinci al completo, con el niño Jesús, san Juan Bautista y un angelillo de globos retorcidos apiñados sobre un saliente rocoso. Ya había pergeñado mi propia versión de la Capilla Sixtina, la imagen de Dios insuflándole vida a Adán de Miguel Ángel. Dos globos unidos darían forma a los famosos dedos estirados.
El sábado por la mañana, en pleno corazón de una multitud callejera, hice una corona de espinas y se la di a una niñita que llevaba un vestido de tirantes de estampado de leopardo. Se puso la corona en la cabeza a modo de tiara. «Preciosa, preciosa», murmuró la madre de la niña, y le dio unos golpecitos a la corona con una mano enjoyada.
Una auténtica princesa con la corona de un mártir.
La madre alejó a su hija diminuta de la marabunta de guardería; niños de cinco años que habían salido a celebrar la feria callejera de King’s Row. La manada siguió avanzando en tropel. Se me estaba corriendo el maquillaje por el sudor, y mis pies, calzados con unos zapatos baratos y descomunales, golpeaban de lleno el asfalto. El sol estival daba más calor en la ciudad del que me hubiera gustado, incluso siendo sábado. Dentro de la sauna que era mi bolso bandolera de vinilo rosa los globos nuevos, adheridos los unos a los otros, viajaban junto con las pelotas de malabares, una brillante pistola plateada y el suave roce de una gallina de goma. Saqué un puñado de globos pegados como espaguetis.
«Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el Reino de los Cielos…». Lo que dice la Biblia es eso, pero, en el mundo de la globoflexia, el viejo truco de pasar el camello por el ojo de la aguja es más fácil de lo que parece. Empieza con un globo poco inflado. Haz un camello muy pequeñito. Rodea la joroba del camello con un globo largo (esa es la aguja) y cíñelo como si fuera una faja.
Entregué el camello con su aguja al puño sucio del mejor postor, una mano anónima extendida con una propina de cinco dólares arrugados. ¡Bingo! Un niño de cinco años con un billete de cinco fue lo suficientemente rico para comprar, en la tierra, el reino de los cielos temporal hecho de globos. Me metí el dinero en la manga de la camisa de rayas y saqué otro globo.
Una vez comienzas con la globoflexia ya no puedes escapar. Siempre hay un río de niños. Me habían contratado como payaso itinerante, pero no podía moverme de ninguna manera. Los niños me habían acorralado, me habían ido empujando hasta un lateral de la tienda Haz Tu Propia Cerámica, que antes había sido una lavandería Lavadito Ligerito con desayuno veinticuatro horas y apuestas ilegales. El establecimiento de al lado solía ser un Empeños y Adornos, nuestra pequeña casa de empeños local, pero la habían reconvertido en una tienda de galletas para perros, y por ello King’s Row estaba de celebración. El aire estaba cargado de la grasa de las patatas onduladas de los vendedores callejeros. Silbé, tra la la, e intenté escabullirme. Los niños me bloquearon el paso como centinelas, con las manos en el aire, pidiendo globos.
Matey y Crack estaban haciendo malabares en pareja. Crack hacía equilibrios sobre una boca de incendios. La saludé con la mano. ¡Yuju! De la manga de la camisa me saqué un silbato automático y lo probé. Al presionar el botón, el silbato emitió los sonoros compases oscilantes de un silbido de admiración.
Me miraron. Las saludé otra vez con la mano.
Dejaron de hacer malabares y se quedaron inmóviles. Matey echó mano rápidamente de su vieja rutina de Incompetencia Creativa: se volvió hacia Crack, miró por encima del hombro y del loro de peluche morado que tenía cosido en él y adoptó un gesto de cómica confusión, rascándose la cabeza ladeada con una mano. Crack se echó hacia atrás y agitó una pierna larga y cubierta por una media a rayas en mi dirección: su versión de un número en la cuerda floja era una fulana sobre una boca de incendios. Se encogieron de hombros con un gesto idéntico y siguieron haciendo malabares.
Estaba sola. No había espacio para escurrirse, correr, escaquearse. No quedaba otra que continuar con el espectáculo. Para hacer un rey mago, comienza con un globo amarillo; hazle un nudo al cuello como si fuera una arteria colapsada; la cabeza, un pene henchido. El amarillo es el color de la sabiduría. Eso no lo pone en el libro del cristianismo, pero Buda era amarillo, todo buen budista lo sabe, y en el siglo xix un conocido vidente anunció que el aura de una persona sabia era, en gran parte, amarilla. Los indios hopis creen en la sabiduría de los payasos amarillos. Le hice a un niño de pelo grasiento una oveja raquítica y otro ocupó su lugar como un torrente de agua.
Con la punta del gigantesco zapato, tracé una línea imaginaria en la acera, una línea que no debían traspasar, y los niños la cruzaron.
Con las manos en las caderas y los globos en el puño, volví a trazar la línea. Un niño hizo que otros tres la traspasaran de un empujón y se echaron a reír. Apreté la flor de broma, una margarita, que tenía prendida de la solapa deshilachada. Un chorro de agua le dio en la cara al crío. «¡Oye!», dijo, y se limpió la mejilla con la mano. Otro chaval lo empujó.
Apreté otra vez la margarita sin borrar la sonrisa.
Aquellos niños, aquellas bestezuelas, ansiosos por hacerse con los globos, eran el público habitual de Dios, según Globoflexia por el Señor. Pero, por el momento, eran mi público, lo que me daba de comer, y se aferraban a mis pantalones de payaso, al bolso, a los globos calientes y flácidos.
Se me cayó la gallina de goma de la bolsa de accesorios. Me agaché para cogerla, ahuyenté a un niño regordete, me puse en pie y volví a trazar la línea rápidamente.
El problema era que, por reglas autoimpuestas, no podía hablar. No podía gritar. No creo que exista una buena voz de payaso salvo, tal vez, si se habla tras una bocanada de helio o se imposta un estridente acento italiano. Cualquier voz humana que provenga del rostro de un payaso rompe la ilusión. Mi tipo de payaso no dice ni mu. Si Matey, Crack y yo fuéramos los hermanos Marx, yo sería Harpo. Si fuera disfrazada de mimo, lo que hago podría parecer mímica. ¿El resultado? Los niños no te escuchan, pero, mirándolo por el lado bueno, nunca en la vida había ligado tanto.
Hice otra oveja y, al hacer el mismo animal dos veces seguidas, incumplí una de las reglas de los payasos. Mientras anudaba la oveja y trazaba la raya en el suelo para contener a la multitud de manitas pegajosas, un hombre me dio su tarjeta. «¿Quién eres?», había escrito en el anverso. «¿Me das tu número?».
Era arquitecto, según la tarjeta. «Asesor del uso y la planificación del espacio».
Un fetichista de los payasos. Un coulrófilo. Metí la tarjeta en el bolso y le di un tirón rápido y profesional a un globo nuevo. Inflar globos me mareaba, pero era un mareo pasajero. Aprender a inflar un globo largo, tirante y estrecho es, en sí mismo, un truco: todo consiste en usar el diafragma, y no las mejillas. Tal vez sea eso lo que les guste a los fetichistas, el uso de los labios. Le lancé una sonrisa al arquitecto, sudoroso bajo su traje de verano. Tenía el rostro encendido. Sus manos acababan en una fila de dedos gomosos y rosados como globos mal inflados.
Otro hombre me lanzó una mirada lasciva con alzamiento de cejas, descubriendo una fila de dientes brillantes. Era alto y tenía la cabeza cubierta de cabello rubio casi blanco, como una semilla de diente de león.
Le devolví el guiño. Le lancé un rápido silbido de admiración con el pito que tenía escondido en el bolsillo. Comenzó a avanzar hacia mí con una pobre imitación de los andares de un payaso, dando grandes zancadas con las rodillas dobladas y pegado al suelo, como uno de esos antiguos carteles de Robert Crumb que decían «Sigue dándole». Buen intento. Le salpiqué un chorrito con la margarita. Un hilo plateado de agua recorrió con un arco la corta distancia que nos separaba y cayó sobre la entrepierna caqui del hombre diente de león. ¡Tachán! Retrocedió, amagó una carcajada y volvió a dar un paso adelante.
Los fetichistas no se dan por vencidos.
Le lancé un segundo chorrito de advertencia, saqué un globo nuevo con un aleteo de pestañas, me incliné hacia delante y después me eché hacia atrás y, con el globo hacia arriba, me puse a inflarlo como si estuviera tocando un saxofón lastimero. Me volví hacia los niños. El globo creció y se tensó hasta ser largo y arqueado como una polla excitada. Una polla que retorcería hasta convertir en una figura religiosa, tal vez un Sagrado Corazón o el rebaño del Señor, un ángel o una cruz.
El niño Jesús en el pesebre es un truco fácil y rápido de color rosa pálido. Pero los niños nunca lo pillan. Algunos lo hacen volar como un abejorro, otros se lo ponen en los nudillos a modo de mano hinchada, mientras que lo que parece es más bien un cúmulo de gruesos pliegues vaginales rosados.
En ese momento volvió la niña de la corona de espinas, la princesa con su vestido de leopardo. Se abrió paso a empujones entre niños y coulrófilos, con la madre a la zaga. La niña chillaba y lloraba, y llevaba un montón de goma húmeda y rota en la mano libre.
Menudo estruendo de voz para venir de una niña tan pequeña.
—Cariño, no pasa nada. El payaso te hará otra —le dijo la madre, que me subió al carro como si no hubiera visto la cantidad de críos que estaban esperando.
Tenía que actuar deprisa. Cuando los niños empiezan a volver a ponerse en la cola, la globoflexia es una batalla perdida. El siguiente sería el crío de la oveja, con el globo estallado por el calor, hinchado por el sol, retorcido hasta la rendición hasta salir flotando a la gran fiesta de globos del cielo.
Nada es para siempre, ¿verdad?
Había llegado la hora de moverse, de perderse entre la multitud. Los críos me habían atrapado como a Nuestra Señora de los Perpetuos Estallidos. Hice una tercera oveja y dejé llorar a la del vestido de leopardo. Alcé un dedo y señalé a otro niño. Esperatuturno, en el lenguaje de signos payaso. Pretendía empezar a hacer cualquier otra cosa (a Jesucristo en la cruz, al rey mago, un miembro del ganado vacuno, o incluso un clásico pato aconfesional y ecuménico, un somorgujo o un ánade común), pero todo a lo que mis manos conseguían dar forma era otra oveja. Los niños gritaban: «No».
Hice un bailecillo con la oveja y después se la pasé a una niña de aspecto tímido. Ella se metió las manos bajo las axilas y dijo:
—Una flor. Quiero una flor.
¡Solo me salían ovejas! No podía pensar. Esto no me había pasado nunca. Era como un derrame, se me estaba apagando el cerebro. Los chillidos y los gritos y los llantos de los niños formaron una pared de ruido blanco que me seccionó el cerebro del cuerpo. Ovejas, ovejas y más ovejas. Azul claro, una oveja. Verde, otra. Incluso amarilla; una oveja sabia.
La del vestido de estampado de leopardo berreó y se agarró a la madre. Le dije adiós con la mano. Márchate en el lenguaje de signos payaso. El arquitecto fetichista rondaba cerca de allí. El otro, el dandi con cabeza de diente de león y sonrisa de dientes prominentes, había desaparecido.
Empecé a hacer una corona de espinas para sustituir la rota, pero se acabó transformando en otra oveja. Apilaba ovejas a mis pies, todas con las mismas torsiones, las mismas burbujas voluminosas. La fuerza cálida del sol recorría los millones, billones o trillones de kilómetros, los que fueran, para posarse como una mano sobre mi piel y derretir el poliéster de mis pantalones de rayas de la tienda de segunda mano, del traje de payaso improvisado. El sol, los críos, los gritos… Me sentí aturdida, vacía, pequeña como un insecto a punto de ser aplastado por la suela de un zapato. El mundo se encontraba sobre el escenario y yo era la única asistente repantigada en los asientos baratos.
Esa no era la payasa que pretendía ser.
Mi plan en el mundo payaso era vencer a la física y desafiar la gravedad haciendo equilibrios aparentemente imposibles en el mundo newtoniano mediante el puro uso de la fuerza. Coreografié una adaptación muda de La metamorfosis de Kafka, con el vestuario y la iluminación de un equivalente en directo a una película en blanco y negro. ¡El espectáculo era soberbio, de una belleza física y melancólica!
¡La metamorfosis, el relato de un hombre convertido en insecto, era la historia de toda la humanidad! «Al despertar Gregor Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, se encontró en su cama convertido en un monstruoso insecto». Expresarse era el antídoto a convertirse en un bicho; ensayé sin parar hasta ser la encarnación del relato de Kafka.
Pero producir una obra es caro. Necesitaba dinero. Una empresa de software salió de la nada y me metió el dedo en la llaga. Me ofrecieron mucha pasta por unas cuantas horas de trabajo, por unos cuantos trucos. Una fiesta. A las corporaciones les dan igual los cuerpos que desafían la gravedad, los balancines humanos y la literatura traducida. No. Quieren pasos ridículos, globos y malabares. Ahí es donde está el dinero.
«Qué cansada es la profesión que he elegido», escribió Kafka, «un día sí y otro también de viaje…».
Me compré la primera bolsa de globos y la finísima edición en rústica de Globoflexia por el Señor para tener una forma segura de llenar horas de trabajo contratadas. Y, sin darme cuenta, me convertí en una payasa corporativa. Trabajaba para una empresa internacional de galletas, una cadena de hamburguesas y un banco hipotecario y de inversión. Conocí a Matey y Crack en el curro. Crack tenía agente. Agitó un dedo, me enseñó unos cuantos cheques y, a su lado, me convertí temporalmente en una payasa comercial en toda regla. El trabajo de la feria callejera nos lo había conseguido por la Asociación de Negocios del Barrio.
Retorcí otra cabeza de oveja, otro cuerpo mullido; los niños empezaron a chillar. Me pesaban los brazos. El mundo se me acercó, los sonidos se tornaron más fuertes y los colores se intensificaron con el típico resplandor de una migraña. Caí de rodillas, sobre mi rebaño de ovejas. Los globos, con un chirrido, salieron disparados bajo mi peso y danzaron en el aire. Giraban y flotaban sin rumbo en torno a mí. Los niños se echaron a reír. ¡Pues claro que se reían! La gallina de goma asomó una pata por la bandolera cuando esta se me resbalaba del hombro.
Manos diminutas me rozaron la ropa. Sus voces parecían una sola, la carcajada de un regalo cutre amplificado, una caja de risas agudas. Apretaron la flor de broma, tiraron de los pompones que usaba por cabello. Uno de los niños agarró la gallina y se la puso en la cabeza. Extendí la mano para cogerla, pero apenas podía respirar en aquella nube claustrofóbica de alientos de mantequilla de cacahuete, mermelada de uva y leche un poco agria. Busqué al arquitecto, mi grupi, con la mirada. Un coulrófilo serviría.
Cuando capté la mirada de un desconocido, me llevé un vaso invisible a los labios. Agua. Necesitaba agua. El tipo siguió caminando. Otro me miró. Me señalé la boca con el pulgar, la mano en un puño y el meñique estirado. Algo de beber. Necesitaba beber algo.
Gracietas de payasos.
Nadie me sostenía la mirada. Al menos, ningún adulto lo hacía. Curioseaban el escaparate por encima de mi cabeza, la cerámica, las tazas y la ropa de bebé. ¿Dónde estaban los fetichistas cuando hacían falta? No existe forma más fácil de ser invisible que mezclando la vergüenza por el disfraz de payasa con una súplica de intervención al público. Finalmente, mientras me hacía un ovillo sobre mi lecho de ovejas escurridizas, un hombre me pasó su tarjeta. Esta me cayó en la mano. Había escrito «Llámame» y su número de teléfono.
Un diseñador de campos de golf. Asesor del uso y la planificación del espacio de campos de golf.
Lo agarré por la muñeca e incumplí la regla de los payasos: hablé.
—Algo de beber —susurré.
—Algo de beber. Suena bien, tú dime cuándo —me dijo con una sonrisa.
No le solté. Apreté con más fuerza el acordeón metálico de la correa de su reloj de pulsera.
—No, necesito algo de beber ahora mismo. Agua… —le dije—. Me encuentro mal.
Volvió a coger su tarjeta y se libró de mi agarre con un tirón. ¡Adiós, cita de ensueño! El fetiche se había roto, la fantasía se había esfumado: solo era una chica enferma con un disfraz de payaso improvisado.
—Oye —dijo en voz alta sin dirigirse a nadie en particular mientras se alejaba. El reloj plateado relució bajo el sol—. La payasa está enferma.
Este acosador de payasos, barra diseñador, no tenía nada de Florence Nightingale.
Matey y Crack se dieron la vuelta. El loro de peluche se bamboleó en el hombro de pirata-payasa de Matey y el mundo se transformó en una estela de colores claros. El llanto de la niña con el vestido de estampado de leopardo se fue atenuando. Oía un incesante zumbido. Cerré los ojos, tenía la mejilla apoyada en la gravilla dura y caliente de la acera. Venía a por mí: la vida corta y sin sentido de un insecto. Los cuerpos de las ovejas me prodigaban caricias suaves, atentas, como los últimos ritos de un sacerdote, como besos delicados. Nadar o ahogarse; no hay mucha diferencia. Estaba inundada por el aire del festival, cargado de grasa; por los cuerpos, por el calor, por el peso del mismo aire. Comencé a elevarme hacia el cielo de los globos. Era un ser transitorio, una oveja poco inflada, una carcasa vacía que no debía durar.
Se me vino a la mente W. C. Fields. Agitó un habano y con su acento lento y ebrio, dijo, arrastrando las palabras: «Oye, no te preocupes por tu corazón… durará mientras vivas». Le dio un trago a una petaca, se dio la vuelta y desapareció.
—¡Mi corazón! —dije en voz alta, repentinamente preocupada.
—Te vas a poner bien —dijo otra persona, una voz del mundo real.
¿Rex Galore? Mi compañero payaso, mi salvador. Una palabra de Rex y volvería a la vida. Rex me había encontrado en la calle. Había vuelto a la ciudad. Una mano me acarició la cara, seguida por un penetrante olor a canela.
—Relájate —dijo—, y respira hondo. Vas a salir de esta.
Quería creerle, ser la verdad de la historia que estaba contando.
Abrí los ojos para ver el azul de la manga de una camisa, una mano extendida. No era Rex. Era un madero. Un madero había despejado la zona y apartado a los niños.
Regla número uno de la casa donde vivía: «No hables con la pasma».
Pero el poli me tomó el pulso con los dedos. Yo estaba como grogui. El madero me dio agua. La forma en que sacó el vaso de papel de entre la multitud fue como un truco de magia: de repente, el vaso estaba en la mano del poli y después en la mía.
—La ambulancia viene de camino —dijo, y me envolvió la mano con la suya para sujetar el vaso. Un poli mágico. Tenía algo de vello, dorado como una joya, en los dedos. Sus ojos eran de un color azul claro. Con la otra mano, me sostuvo la cabeza. Me apoyé contra su palma, como si fuera una almohada—. ¿Cómo te llamas? —me preguntó.
El anonimato. Ya lo dice el Código Ético del Payaso: «Siempre que pueda, procuraré mantener el anonimato mientras me encuentre disfrazado y maquillado, aunque pueda haber ocasiones en las que esto no resulte posible dentro de lo razonable». Eso era lo que había jurado: no hablar con la pasma y no hablar disfrazada.
Abrí la boca y dije:
—Nita.
—¿Necesitas…?
—Nita —volví a susurrarle con la energía que me quedaba. Era la mano del policía alrededor de la mía la que sostenía el vaso. Se nos calentó la piel de las manos, nuestro sudor se entremezcló. Se inclinó. Olía a streusel de canela, a tortitas de manzana. Delicioso.
—¿Qué necesitas?
Su mano y su ayuda me hicieron sentir al mismo tiempo alegría y tristeza, y no fui capaz de aferrarme a la combinación de ambas; sentí cómo algo dentro de mí se elevaba. Seguía en el suelo, pero en mi interior había un fuego que luchaba por trepar. La sensación se me quedó atascada en la garganta y allí se cerró, como un sollozo. Coagulada. No habría podido hablar aunque quisiera.
El poli entornó los ojos, se tambaleó y logró mantener el equilibrio poniéndose en cuclillas. Su aliento me rozó la piel. ¡Ah! Fue demasiado. Respiré hondo, inhalando su aliento a streusel de canela. Estaba tan cerca que podría haberlo besado. Durante un momento, no lo vi como a un policía, sino como a un hombre, preocupado, todo piel dulce y cabello dorado. Entornó los ojos mientras esperaba a que hablara. Con paciencia.
—¿Te conozco? —le pregunté.
Era bastante joven pero, aun así, cuando movió los ojos la piel en torno a ellos se convirtió en un radiante arco de arrugas. Negó con la cabeza.
—No —dijo—, no nos conocemos.
Volví a ver el azul del uniforme. Era un poli cumpliendo con su deber. Y yo, una ciudadana en apuros.
A quien yo necesitaba era a Rex Galore. A mi Príncipe Payaso. A aquel gigante fuerte, Rex, mi querido chamán y showman; una caricia suya lo arreglaría todo. Rex estaba lejos. Todo lo que tenía era un madero, un polizonte, ajeno a nuestro extraño modo de vida.
—¿Sangrando? —le pregunté, y se me rompió la voz mientras atravesaba aquel nudo de tristeza mezclada con esperanza que tenía en la garganta. Una palabra en un murmullo. Después dos—: ¿Estoy sangrando?
—No estás sangrando —dijo—. ¿Llevas el carné?
Tenía el carné del sindicato de payasos embutido en el sujetador de lunares. No me moví para cogerlo.
El madero me quitó el vaso de la mano (de nuestras manos) y lo puso en el suelo. El aire que llenó el espacio vacío que había dejado nuestra sudorosa calidez, de donde había despegado su mano de la mía, se tornó súbitamente fresco. Quería que volviese a agarrarme la mano, que me dijese que iba a ponerme bien, que me anclara al mundo. En lugar de eso, me metió la mano en el holgado bolsillo de los anchos pantalones pesqueros de poliéster, en la ropa de payasa, y me envolvió su aliento a canela. Sus dedos de madero me palparon el muslo por encima de la fina tela del forro del bolsillo. Sacó un pañuelo anudado a otro pañuelo anudado a otro pañuelo anudado a otro pañuelo, infinito.
Los niños eran una manada silenciosa, observante. Los adultos también miraban, porque ver a un poli en acción es la versión adulta de ver un espectáculo de payasos y capta la atención de todo el mundo. Me metió la ristra de pañuelos otra vez en el bolsillo. El sol era un halo dorado en torno a su cabeza, y pude ver su frente arrugada y nerviosa. Golpeó el pito que llevaba en el bolsillo y este aulló las dos notas, una ascendente y otra descendente. El silbido de admiración.
La multitud estalló en carcajadas. Me entraron náuseas. Me recosté contra el brazo del policía.
—¿Cómo se llama? —preguntó otra vez mirando alrededor—. ¿Sabe alguien cómo se llama? —Una pelota de malabares salió rodando de mi bandolera de accesorios hasta llegar a los pies de la muchedumbre. Un niño salió corriendo a por ella, persiguiéndola como lo haría un perro.
—¿Narizotas?
Una voz entre el gentío. Era Matey. Matey hablando en voz alta. Matey, mi compañera, que ni siquiera sabía mi nombre real.
3.
El juego del escondite; o, Amor en Las Ruinas
Fui andando a casa desde el hospital vestida con las rayas dispares de los sudorosos acontecimientos del día anterior. Tenía prendida la margarita de broma en la solapa. El pito me repicaba en el bolsillo. Llevaba la bandolera de vinilo rosa al hombro, y el hospital había añadido algunos artículos nuevos: una botella de plástico vacía y una cuña de orina. La botella era de plástico naranja, como si estuviese lista para contener un litro de zumo de naranja genérico. La cuña era blanca y tenía la forma de una herradura de la suerte gigante, para que encajara sobre el asiento del inodoro. El centro de la herradura era lo que formaba la cuña, y tenía marcas de medidas: onzas y centímetros cúbicos, ¡y un montón además! Uno de los laterales acababa en punta, como el pico de una jarra, para verter el contenido con facilidad: orina recién exprimida de la vejiga a la cuña y a la botella. ¡Voilà! Me la metí bajo el brazo.
La botella y la cuña eran pareja, un dúo, un equipo de trabajo como Matey, Crack y yo. Juntas formaban mi nuevo kit de recolección de orina, a la espera del tercer jugador: el pis.
El mundo resplandecía, brillante y reluciente, bajo la luz del sol. Era una fiesta para celebrar la vuelta a casa tras los estertores de muerte del hospital. Pero oía un murmullo dentro de mi cabeza y tenía la piel frágil; necesitaba que el mundo fuera amable. Más que resplandeciente, me hacía falta que fuera lento y blando. Necesitaba un colchón de plumas, una cortina de terciopelo, una red de seguridad. Un lujo. Pero, sobre todo, necesitaba la de Rex, que me prescribieran una dosis de su magnífico espectáculo de amor.
Seguía notando el zumbido dentro del cráneo, aquel enjambre de abejas, el rumor de los insectos que se interponían entre los pensamientos claros y yo. Pero no me sentía débil. Balanceé la botella vacía de la orina y era ligera como un globo. El primer pis de la mañana, según el plan del hombre del laboratorio, podía irse por el váter al mar con total libertad. Todo lo que meara el resto del día tenía que ir a la botella, y parar en la primera hora de la segunda mañana. La botella tenía que estar en frío, en hielo o en la nevera, desde la primera recolección hasta que volviera al laboratorio. ¡Parecía tan sencillo! Engañosamente sencillo. Me eché la cuña al hombro y lancé la botella al aire. Esta tapó el sol mientras giraba, hasta que la atrapé entre la palma de las manos.
El barrio que solo un día antes albergaba la feria callejera de King’s Row ahora estaba casi vacío, las aceras aún estaban coloreadas por globos rotos y confeti pisoteado. Una mujer con una nube azul pálido por cabello llevaba en brazos a un miniterrier, con lacitos en el pelo. Su maquillaje en tonos turquesa y rosa contaban el resto de la historia: resultaba evidente que yo no era la única payasa de la manzana.
Me paré en un puesto de zumos. Eran caros. Cuando llegó mi turno, dije:
—Ponme un zumo verde. El más grande que tengas. Por eso de que es saludable.
—La taza del váter… ¿forma parte de tu número? —dijo el tipo de los zumos. Tenía una frambuesa atrapada en la perilla y los labios de un naranja resplandeciente por una sobredosis de zumo de zanahoria.
¿Quién era el payaso principal ahora?
—No es una taza de váter. —Me recoloqué la cuña en el hombro.
—Pues lo parece —dijo—. ¿Cuál es tu truco?
Cogí una pajita y me di golpecitos con ella en el sombrero.
—La orina. Mi truco es orinar. Ahora mismo, estoy un poco falta de inspiración.
Me dio un zumo verde recién exprimido que costaba tres dólares con cincuenta. Seguí mi camino.
Las macetas colgantes, las banderolas y las paradas de autobús decoradas del distrito de King’s Row desembocaron en una estrecha franja de vecindario donde las calles eran un río de carteles naranjas y negros. se vende, se alquila, se construye a medida. Todos los coches, las casas, los edificios y las bicicletas. Una carretilla: se vende. Un montón de neumáticos. Incluso dalias, cortadas del jardín: se vende.
Villa Se Vende marcaba el esperanzador margen entre la gentrificación magnificada y la decadencia económica de mi territorio: Declivetown. Ese era el nombre que le daban a esta zona, donde la basura era todo el bistec que alguien podía permitirse.1
Entre Villa Se Vende y Declivetown había dos manzanas, y en ellas, dos extensos almacenes derruidos. Uno de los edificios estaba destrozado. Una fachada solitaria, el antiguo MasXMenos Surtido, que ya no estaba unida a ninguna tienda; solo quedaban vigas, barras de acero y pilas de ladrillos. La pared frontal del otro edificio estaba derrumbada y su interior albergaba solo polvo y oscuridad. Las dos ruinas tenían sus carteles de se vende. prohibido el paso, y ponían una multa astronómica por entrar de forma ilegal. Los grafitis de las paredes de ladrillo y yeso demostraban que muchos habían pasado de eso, muchos se habían arriesgado a la multa.
