Payaso - Luis Maura - E-Book

Payaso E-Book

Luis Maura

0,0

Beschreibung

Miki es un actor disfrazado de payaso que huye de la policía en un centro comercial. Acumula castings fallidos y fracasos amorosos, mientras malvive en una diminuta buhardilla. Lo que nadie sabe es que Miki esconde en su nevera un terrible secreto que podría acabar con sus planes de éxito. Para librarse de él, acude a su amiga Loreto, una excéntrica artista del croché con el pelo verde, y a la Butcher, una carnicera gaditana de temperamento explosivo y afilado sentido del humor. Juntos se embarcarán en un caótico plan, lleno de persecuciones y malentendidos, donde este trío disfuncional intentará encontrar la manera de salir indemne de una situación que, cuanto más intentan arreglar, más absurda se vuelve. Payaso es un thriller con tintes de comedia negra que trata temas como la obsesión por el éxito, el desamor, la conciencia de clase o el valor de la amistad. En esta novela, la desesperación y el humor más ácido se entrelazan enuna historia tan delirante como divertida, protagonizada por unos personajes únicos e impredecibles.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 200

Veröffentlichungsjahr: 2024

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Payaso

Editorial Dos Bigotes

Payaso

Luis Maura

Primera edición: noviembre de 2024

Payaso © 2024 Luis Maura

© de esta edición: Editorial Dos Bigotes, s.l.

Publicado por Editorial Dos Bigotes, s.l.

www.dosbigotes.es

isbn: 978-84-128622-5-6 eisbn: 978-84-128622-7-0

Depósito legal: M-23531-2024

Impreso por Kadmos

www.kadmos.es

Diseño de colección: Raúl Lázaro

www.escueladecebras.com

Todos los derechos reservados. La reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio, deberá tener el permiso previo por escrito de la editorial.

El papel utilizado para la impresión de Payaso es cien por cien libre de cloro y está calificado como papel reciclable.

Impreso en España – Printed in Spain

A mis amigas Cati, Clara y Espe, por ser y estar.

A mis hermanas Malena y Almudena, por resistir.

«Estoy seguro que a cualquiera le gusta un buen crimen, siempre que no sea la víctima».

AlfredHitchcock

«Todo fracaso es el condimento que da sabor al éxito».

TrumanCapote, Desayuno en Tiffany’s

«Todos estamos en la cuneta, pero algunos de nosotros estamos mirando las estrellas».

OscarWilde, El abanico de Lady Windermere

Índice

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

12

13

14

15

16

17

18

19

20

Agradecimientos

TÍTULOS DE DOS BIGOTES

1

Soy un actor disfrazado de payaso huyendo de la policía. Soy un payaso atado a un montón de globos de helio, corriendo por un centro comercial. Huyo para que no me vean, para pasar desapercibido. Disfrazado de payaso. Atado a un puñado de globos de Frozen y Peppa Pig, entre otros. Me sujeto la peluca con una mano y, con la otra, me coloco bien la mochila. Corro lo más rápido que puedo, esquivando carritos de bebé y saltando bancos mientras, de fondo, suena una canción de La Oreja de Van Gogh. La gente piensa que forma parte del espectáculo, pero no se dan cuenta de que el único show que están presenciando es el de mi ridícula vida. Tengo treinta y tres años y llevo un traje de raso holgado en pleno mes de julio. Un traje de rayas de colores. De raso. Es vergonzoso. Se me derrite el maquillaje por el sudor y mi rostro da auténtico miedo. Lo veo en los ojos de los niños. Noto espanto en su mirada. Se apartan a mi paso asustados, como si fuera el payaso de It.

Nunca debí aceptar este trabajo. Desde que firmé el contrato con Gloria Stars, solo me ofrece curros que tienen muy poco que ver con la profesión de actor. He hecho de todo: animaciones infantiles, cámara oculta para televisión, monólogos mal pagados en centros culturales, escape rooms, concursos, karaokes de empresa…, pero esto ya es el colmo. Repartir globos en un centro comercial disfrazado de payaso no se parece en nada a Chéjov, que digamos. Está en las antípodas de Lorca. Debí negarme desde un principio, y más con la que tengo encima.

Tropiezo por culpa de los zapatones gigantes y se me escapan los globos. Intento cogerlos. Salto para atraparlos, pero se elevan hacia el techo a una velocidad absurda. Todo el mundo mira arriba y suelta un «Oooohhh». Me acuerdo del sacerdote brasileño que quiso batir un récord Guinness viajando en una silla atada a mil globos de helio. Ojalá ser ese cura y desaparecer para siempre de la faz de la tierra.

Aprovecho la confusión para esconderme en el pasillo que lleva a los baños. Me apoyo en la pared e intento recobrar el aliento. Nunca debí borrarme del gimnasio. Lo único que hacía era ir a clase de yoga y pedalear un rato en la elíptica, pero al menos ese ejercicio me habría ayudado a estar en forma. Uno no sabe cuándo le va a tocar correr. Detrás de un autobús, delante de la policía… Hay que estar preparado para todo.

Me quito la peluca y me asomo con sigilo para ver si los agentes me han seguido. Parece que les he dado esquinazo. Me adentro un par de metros y me apresuro hacia el baño. En ese momento sale un señor con bigote que, sin soltar el picaporte, me juzga con la mirada.

«Bastante tengo con lo que tengo, caballero. Hágase a un lado y déjeme vivir», pienso, pero no digo nada.

Cuando voy a entrar, en vez de sujetarme la puerta, se aparta de un salto, como si ser payaso fuera algo contagioso.

Por suerte en el interior no hay nadie. Mi imagen proyectada en el espejo es patética. Llevo unos tirantes irrisorios y un tul alrededor del cuello. Me lo quito todo y me lavo la cara a dos manos con saña, dejando escapar gemidos nerviosos. Esparzo el jabón del dispensador sobre mis mejillas y las froto mientras trato de borrar de mi mente las imágenes del último día: Bosco trajeado atusándose el flequillo pelirrojo después de meterse una raya. Chema manoseándome en el baño mientras hago pis. Bosco y Chema besándome el cuello, mordiéndome la oreja. Chema frotando su cuerpo contra el mío. La barba roja de Bosco, sus labios carnosos. Las gotas de sudor aferradas al vello del pecho. La carne de gallina, rosa y desnuda. La nariz perfecta, el perfil griego. La polla dura en el fondo de la garganta y la imposibilidad de respirar.

El ruido incesante del frigorífico de mi buhardilla.

Oigo hablar a alguien en el pasillo y corro a ocultarme en una de las cabinas. Creo que me va a dar una taquicardia. Me quedo inmóvil, muy callado, sin respirar siquiera. La puerta se abre y me quiero morir. Se oyen unos pasos, un grifo que se abre y el agua que salpica contra la porcelana. Nadie habla. De nuevo, los pasos. Alguien se ha parado frente a la puerta de mi cubículo. ¿Será uno de los agentes? Estoy cagado de miedo. Me sorprende tener el humor suficiente para pensar: «¿Qué mejor lugar que este?». Vuelvo a oír unos pies que caminan y, de repente, una puerta que se abre.

Estoy solo otra vez.

Suelto de golpe todo el aire que había estado reteniendo y comienzo a respirar de manera rápida y entrecortada, como un perro al que hace mucho que no sacan a correr al parque. Aprovecho que no hay nadie para recuperar de la mochila mi ropa de persona normal. Me falta espacio para cambiarme. Me falta oxígeno en los pulmones. Me falta valor para abrir la puerta y salir.

Ya vestido de calle, con un pantalón corto y una camiseta de Los pájaros, saco el móvil para llamar a Loreto, mi mejor amiga.

–La policía está en el centro comercial. ¡Vienen a por mí!

–No digas tonterías. ¿Cómo van a ir a por ti?

–Lo saben, Loreto. ¡Lo saben!

–Es imposible, Miki. La policía no es tan rápida, estamos en España.

–Necesito tu ayuda.

–Es que me pillas haciendo croché.

–¡Loreto!

Sé que está intentando darme largas y no la culpo, la situación es bastante peliaguda. Entonces me acuerdo de nuestra cadena de favores. Hace años que no la usamos, pero es el momento perfecto para reactivarla. Una vez, de adolescentes, nos prometimos que siempre estaríamos dispuestos a ayudarnos, sin tener que dar explicaciones. Bastaba que uno lo pidiese para que el otro le echara una mano. El favor podía consistir en hacerle los deberes al otro, ayudar con las tareas domésticas, pedirle salir a alguien en nombre de la otra persona o, ya más de adultos, pasear al perro, ayudar con una mudanza o incluso tramitarle el borrador de la declaración de la Renta. Para sellar nuestro compromiso y evitar que alguno se negase a llevarlo a cabo, elegimos una palabra que obligaba a cumplir sin rechistar los deseos del que la pronunciaba, una especie de comodín que ha ido pasando de sus manos a las mías, y viceversa, durante todos los años que llevamos siendo amigos.

–MacGuffin –pronuncio masticando cada sílaba, sin pestañear.

Loreto y yo hemos crecido viendo juntos películas de terror y los dos somos fans de Hitchcock. MacGuffin es como el maestro del suspense llamaba al elemento que hace que los personajes avancen en la trama, pero que luego resulta ser irrelevante, como cuando, en Psicosis, el personaje de Janet Leigh huye con dinero robado y decide hospedarse en el motel Bates, que es, en realidad, donde empieza la mandanga. El robo solo es una excusa para llevar hasta allí al espectador.

Siempre nos ha hecho mucha gracia esa palabra, como si fuera el nombre de una hamburguesa con la cara de Goofy, el perro antropomórfico amigo de Mickey Mouse.

–No me puedo creer que quieras usar el MacGuffin para esto.

–¿Y para qué quieres que lo use si no?

Silencio.

Abro la puerta con cautela para ver si los policías merodean los baños, pero, por suerte, el pasillo sigue vacío.

–¿Vas a ayudarme entonces?

Loreto suspira y, tras un par de segundos, que parecen minutos, dice:

–Vaaale… Nos vemos en tu barrio dentro de una hora.

–Eso si no me detienen, claro.

–No seas paranoico. Es imposible que te estén siguiendo.

–Loreto, he matado a un hombre.

2

Otra vez llego al casting creyendo que voy a ser el primero y, nada más entrar, me doy cuenta de que me va a tocar esperar más de una hora. Y eso que he venido con tiempo. Me apunto en el listado. Soy el número dieciocho. Mientras me siento en la única silla libre, pienso que esos son los años que tenía cuando decidí ser actor. ¿Me imaginaba esto? Salas de casting abarrotadas y sin aire acondicionado. Rellenar el mismo formulario una y otra vez. Ser un número, una oveja más que espera su turno para ser esquilada. Desear con todas tus fuerzas que te seleccionen para hacer un anuncio de salchichas porque, de lo contrario, te las vas a ver putas para pagar el alquiler. No, definitivamente no era esto con lo que soñaba.

Maldigo a Shakespeare mientras me lleno un vaso de agua de la máquina. Cuando me doy la vuelta, me han quitado el sitio. Respiro profundamente mientras me debato entre reclamar mi silla o dejarlo estar. Opto por lo segundo. Al apoyarme en la pared noto que tengo la espalda empapada en sudor. El pelo me chorrea como si acabara de correr una maratón. Voy a estar guapísimo para el casting. Precioso. Seguro que me cogen.

Me he olvidado en casa el libro que estoy leyendo (Extraños en un tren, de Patricia Highsmith) y mi móvil se ha quedado sin batería, así que no tengo nada mejor que hacer que entretenerme mirando las caras de anuncio de mis compañeros. Algunas me suenan de la tele o de obras de microteatro. Otras, de Tinder. Hay tíos muy guapos. Tíos guapos estándar, carne de publicidad. Qué pena no saber ligar, porque hay más de uno con el que me iría de aquí sin mirar atrás. Pero no digo nada. Tengo la mala costumbre de creer que todo el mundo es más guapo, tiene más talento y más suerte que yo.

«Me quiero largar de aquí. No sé por qué he venido. No me lo van a dar».

Si mi madre oyera estos pensamientos, me echaría una buena bronca. Ella siempre intentó ayudarme a construir una autoestima sólida, tirando de libros de autoayuda para lograrlo. Parece que ha servido de poco. Yo la llamo la Oscar Wilde, porque tiene una cita para cada ocasión. Por eso y porque los dos tienen pelazo. Si estuviera aquí, me diría algo como: «Abandonar es perder la batalla antes de librarla». Así que decido quedarme y esperar mi turno, aunque solo sea por ella.

De tanto en tanto llega algún chico nuevo con camisa planchada y olor a perfume. ¿Te imaginas? Una camisa planchada. ¿Qué tacto tendrá eso? Para llegar aquí desde el metro hay que dar un buen paseo…, ¿por qué no se le ha arrugado por el camino? ¿Esta gente no suda? ¿Por qué están impolutos? ¿Por qué todos parecen sacados de un anuncio? Me cabrea mucho.

«Aunque la mona se vista de seda, mona se queda». Gracias, mamá.

«No es oro todo lo que reluce». Gracias, he dicho.

Por fin llega mi turno y entro en un mundo paralelo, un universo blanco con aire acondicionado. Me sitúo sobre la marca en el suelo frente a la cámara. Digo mi nombre y el de mi agencia y muestro las palmas de mis manos. No sé muy bien para qué. Luego, el dorso. Perfil izquierdo, sonrío a cámara. Perfil derecho, me pongo algo más serio. Doy una vuelta sobre mi propio eje, procurando no tropezar, porque sería bastante ridículo y, además, quedaría grabado. Interpreto el acting que me piden: sonreírle a mi hijo imaginario, que está sentado a mi lado, y cantarle una canción divertida mientras le hago el avión para que se coma la merienda. El niño está merendando salchichas. Salchichas a las cinco de la tarde. Mi hijo tiene el colesterol alto y solo tiene ocho años. Quiero sacar de ahí a mi hijo imaginario. Creo que debería merendar fruta en lugar de salchichas, pero no digo nada. A mí tampoco me gusta la fruta. Siempre se me acaba poniendo mala y la tengo que tirar. Lo habrá heredado de mí. Me limito a hacer el avión con un tenedor: «¡Brrrrrrrrrr!».

–¿Cuáles han sido tus últimos trabajos?

–Soy taquillero en un teatro, pero solo entre semana.

–En televisión, me refiero. –Sonríe de manera condescendiente la directora de casting.

–Ah, claro. Eh… Salí en Centro Médico, pero no tenía texto y me moría enseguida. También estuve en Amar es para siempre, haciendo de guardia civil. Me robaban la pistola y me dejaban inconsciente de un golpe. ¡Pero tenía frase! Agradecido.

–¿Cómo?

–Agradecido. Esa era mi frase. Bueno, es una palabra más bien. Yo propuse decir algo más, porque si no, el personaje parecía medio tonto. Solo asentía a lo que le decían, pero no contestaba cuando le hablaban. Nadie hace eso. Y luego simplemente decía: «Agradecido». Pero claro, si me daban una frase más…, con una palabra más…, ya estaban obligados a pagarme como personaje y no como figuración especial. Así que…, mi gozo en un pozo

–concluyo, con una de las frases favoritas de mi madre.

La directora entorna los ojos y arruga el morro pintado de rojo. No le interesa lo más mínimo lo que le estoy contando.

–¿Algo de publi?

–No. –Niego con la cabeza y sonrío mientras me limpio el sudor de la sien derecha con la mano.

–Pues ya estaría.

3

Necesito coger un autobús y dos metros para alejarme de ese centro comercial perdido en medio de la nada. La gente del vagón me mira con descaro porque tengo restos de maquillaje y el color amarillento de mi piel seguramente les recuerde al de un minion. Siento que el corazón se me va a salir del pecho, así que no me extrañaría que también me haya subido la bilirrubina. Estoy a dos paradas de Chueca, pero no veo el momento de llegar a casa. Golpeo una y otra vez mi pie contra el suelo en un tic nervioso que saca de quicio a la señora sentada a mi lado. Lleva quince minutos atascada en la misma página de una novela de María Dueñas. Mira mi pie, que no deja de moverse, observa mi cara con desdén y luego vuelve a intentar concentrarse en la lectura. Yo me abrazo a la mochila como si fuera el último paracaídas de un avión a punto de estrellarse. Me aferro a ella como si dentro hubiera algo valioso. Un disfraz de payaso, unos zapatones y una peluca rizada es lo que contiene. Nada más.

Me suena el móvil y doy un respingo que asusta a la lectora. Casi se le cae el libro de la impresión. Se lleva la mano al pecho y se gira para darme la espalda, mientras miro la pantalla. Es Gloria Stars. Ya deben de haberle contado que me he ido antes de tiempo y que los globos se han quedado flotando en la bóveda acristalada del centro comercial. Una masa uniforme y colorida de Elsas, Peppa Pigs, Doras y perros disfrazados de policía pegada al techo, haciendo perder dinero a gente que ya tiene demasiado.

Ignoro la llamada, le bajo el sonido y abro el WhatsApp.

«Te estoy esperando en la boca del metro», dice Loreto.

«Dale a cada día la posibilidad de ser el mejor día de tu vida», sugiere mi madre.

«Cógeme el teléfono, Miki. Es importante», escribe Gloria Stars.

Me levanto de mi asiento, esquivo a un músico ambulante que está cantando «Despacito» y, mientras se abren las puertas, contesto a la llamada de mi agente.

–¿Qué tal está yendo lo del payaso?

Salgo con especial atención para no introducir el pie entre coche y andén, porque sería ya lo que me faltaba. Me preocupa que Gloria escuche los pitidos del metro, así que tapo el micrófono unos segundos, antes de responder.

–Bien –miento.

He aprendido que a una agente, al igual que a una directora de casting, nunca hay que decirle la verdad, sino solo lo que quiere oír.

«Sí, estoy disponible para las fechas de rodaje».

«No, no he hecho nada para la competencia».

«Por supuesto que no tengo nada en antena».

«Claro que no me importa ser secundario y cobrar esa puta mierda que me queréis pagar por una jornada de doce horas».

«No, no me avergüenza hacer este anuncio del que se avergonzaría cualquiera en su sano juicio».

–¡Te han opcionado para lo de las salchichas!

Me vuelve de golpe el tic en el ojo que me apareció cuando hice los exámenes de Selectividad, hace ocho siglos. El párpado derecho se mueve de izquierda a derecha, como si hubiese llegado a la fase REM del sueño. Es tan rápido que apenas se nota, pero me doy cuenta de que mis nervios están tan destrozados como cuando, de adolescente, lloraba en mi cama porque creía que iba a suspenderlo todo.

–¡A ver si esta vez te cogen! –continúa Gloria Stars.

Noto cierto tono de reproche en su voz. Que te opcionen es como pasar a la final de un casting. El cliente se queda con tres o cuatro actores para decidir, más adelante, quién rodará el anuncio. A veces te piden que vuelvas para hacer un callback. Si les gusta tu acting y al final te cogen, te avisan para el fitting. Y después ya vendría el shooting.

Idiomas, querida.

Sin embargo, otras veces prescinden de ti sin avisar. Cuando uno está a punto de ser seleccionado y acaban cogiendo a otro la sensación de fracaso se intensifica. Ya es la cuarta o quinta vez que me opcionan y, al final, nada. Tanto Gloria Stars como yo hemos perdido la ilusión.

–¿Puedes grabar en esa fecha?

–Sí –digo, algo descolocado. He olvidado qué día se supone que se rueda. De todas maneras, no creo que salga.

–Me lo confirman mañana o el lunes.

–Mañana es domingo –digo. Y sueno como Forrest Gump: «Tonto es el que hace tonterías».

–Sí, hijo, ya sé que mañana es domingo, pero esta profesión es así. ¿Qué te voy a contar que no sepas? Bueno, te dejo, que todavía te queda un rato repartiendo globos…

Debería estar contento, pero hice tan mal el casting que me sorprende que me hayan opcionado. Si vuelve a llamar en un par de horas para decir que me han seleccionado, pensaré que, en realidad, ha estado en contacto con la policía y todo forma parte de un plan para detenerme. Me gustaría preguntárselo abiertamente, saber si me está tendiendo una trampa, después de todas las veces que le he salvado el culo con trabajos que nadie más estaba dispuesto a hacer, pero no digo nada.

Subo las escaleras de la boca del metro como si fueran las del patíbulo. Loreto, que ha vuelto a teñirse el pelo de varios colores, esta vez de verde y amarillo, me espera en la plaza de Chueca. Mi amiga, la artista, lleva un top de leopardo y sujeta un cigarrillo en una mano mientras se muerde las uñas de la otra.

–¡Ole ese payaso de moda! –exclama con los brazos abiertos.

Me desplomo sobre ella. Nunca he necesitado tanto el contacto físico como en este instante. Es más baja que yo y bastante delgada, pero aprieta con fuerza sus brazos alrededor de mi espalda para que me sienta mejor.

–Me han opcionado para el anuncio de salchichas –susurro con tristeza en su oreja repleta de piercings.

–¡Genial! ¡Seguro que esta vez te cogen! ¡Con lo que a ti te gustan las salchichillas!

Decido ignorar su broma porque no estoy de humor. Soy incapaz de pensar en otra cosa que no sea en lo que pasó anoche. En lo que me espera hoy. En la solución urgente que necesito para mi problema.

Se separa, tira el cigarro y me coge la cara con las dos manos. Me aprieta las mejillas como lo haría una abuela. Se me escapa una sonrisa, la primera en todo el día. Vuelvo a abrazarla.

–He matado a un hombre, Loreto –le digo al oído.

Se aparta de mí con brusquedad y me da un puñetazo en el pecho, de repente.

–¡Eso sí que no! ¡Sabes que no ha sido así! ¡Deja ya esa culpa cristiana! Llevas igual desde el instituto…

–Pero… –intento justificar lo que acabo de decir, pero sé que lleva razón, que lo que pasó no fue culpa mía. No del todo, al menos, pero eso no evita que me sienta como la mayor mierda del universo, una mierda seca vestida de payaso que, con suerte, muy pronto saldrá por la tele anunciando salchichas. Entonces no iré disfrazado, claro, pero es como si la ropa de payaso que he llevado hoy se me hubiese quedado adherida a la piel.

–¡Ni pero ni pera! ¡Esto lo vamos a arreglar tú y yo juntos!

4

Les deseo suerte a todos los que esperan en la sala de casting y salgo a toda prisa. Deshago el camino hasta el metro y me sumerjo en las profundidades de la tierra para recorrer Madrid a través de laberintos subterráneos, como la rata que soy. He perdido demasiado tiempo para hacer una prueba que no voy a superar. Tal vez no les guste mi flequillo, el tamaño de mi nariz o el lunar de mi mejilla. Puede que no haya dicho bien mis frases o que prefieran a alguien con la barba mejor cuidada. Sea por el motivo que sea, presiento que no van a llamarme. No pasa nada, estoy acostumbrado. Sé que lo normal es que no te cojan, que somos muchos los que nos presentamos, que siempre habrá alguien que lo haga mejor, etcétera, pero lo cierto es que ya estoy un poco harto. Mi felicidad, mi dinero y mi satisfacción personal dependen siempre de los demás, de que alguien me elija. Me pasa en el mundo actoral y me pasa también en el amor, en aplicaciones como Tinder, donde uno tiene que esperar a ser elegido para poder iniciar una conversación, o en Grindr, donde si no envías una fotopolla directamente te bloquean. Ir a un casting es como ir a una cita donde sabes de antemano que lo más probable es que te quiten del medio de un empujón hacia la izquierda. O donde, tras bajarte los pantalones para enseñar tu potencial, si no les gusta lo que ven, te van a pedir que te vayas.

«La felicidad es una decisión que debemos tomar cada día», me dice la Oscar Wilde