Pecado de silencio - Damian Francisco Murphy - E-Book

Pecado de silencio E-Book

Damian Francisco Murphy

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Beschreibung

En la Patagonia, en un barrio tranquilo, los Pardo se ven conmovidos de repente por un acontecimiento histórico sucedido en Buenos Aires el 1 de mayo de 1974 cuando Perón desde la Plaza de Mayo define su apoyo a la CGT y señala a los "imberbes" (en general, los estudiantes de izquierda de la JP) que se creían con derechos sobre los trabajadores. La familia, muy comprometida socialmente, cree que debe tomar una resolución y Luis resuelve pasar a la clandestinidad sin el apoyo de Ana, su esposa, que no estaba de acuerdo con poner en riesgo a toda la familia por una ideología violenta. De esta manera, Pecado de silencio describe la vida familiar durante diez años de ausencia, siguiendo el crecimiento de los hijos y de una mujer que asumió ambos roles —padre y madre— aun con la incertidumbre del paradero de su esposo. Ante el dolor causado por el desamor y el silencio irresponsable de años, esta familia se enfrenta al perdón, basado en la paciencia y en una mirada que abarca el ayer, el hoy y el después. La novela pretende afrontar con una base histórica la constante lucha entre la razón y la ideología, que enceguece la mente y no permite ver con claridad toda la realidad. Por otro lado, se encuentran el corazón, los sentimientos, el amor y el sentido común, que dan al tiempo su lugar de serenidad y paciencia

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Seitenzahl: 144

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Murphy, Damián Francisco

Pecado de silencio / Damián Francisco Murphy. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2022.

140 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-817-779-3

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas de la Vida. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2022.

© 2022. Tinta Libre Ediciones

PECADODE SILENCIO

Damián Francisco Murphy

1974, Patagonia argentina

Un barrio tiene su vida propia: sus costumbres, sus calles, las esquinas y los negocios. Los árboles y hasta los charcos de las veredas en días de lluvia conforman el paisaje cotidiano.

La estepa: infinita mirada de un horizonte abismal.

—¿Mamá, qué es esto?

—Desde acá no distingo, pero puede ser…

—Necesito estar seguro para seguir mi camino.

—Entonces dame tiempo, que termino de lavar y te digo.

—El tiempo y tu vista son trabas a mi curiosidad. Cuando veo los árboles, tan despojados de sí mismos, desnudos, sin una hoja, sin colores, como esqueletos pacientes y algunos pájaros, que tratan de sobrevivir al frío, se cubren en la sombra de ramas y troncos, hacen equilibrio con sus alas, a la espera de tiempos mejores, tengo ganas de invitarlos a casa, a compartir nuestras vidas y que desarrollen lo mejor de ellos: sus colores, su alegría, su música, su vuelo.

—Qué lindos sentimientos, hijo. ¿Pensaste en tus mascotas? Los gatos. Son de pocas palabras y también de pocas pulgas.

—Les hablaré, mamá. Hablando se entiende la gente.

Todos los niños no son iguales. Fácil concluir que se parecen porque tienen la misma edad.

Se fue diseñando una personalidad. El lugar, su familia, los amigos y gente que lo rodearon. Todos concurren a la presencia de Kely, para agregar algo a su incipiente perfil. Él los deja hacer. Es así, simple y está convencido de que todos le quieren dar una mano en esta vida: quieren que sea feliz. Es un niño, será mañana un hombre, rodeado de situaciones nuevas, desafíos cotidianos. Como estudiante, como joven lleno de proyectos, como romántico, imaginando castillos de plenitud, y un Dios cercano que lo acompaña sin ser visto. Cree en el destino que se construye día a día, con voluntad, esfuerzo, esperanza y mucha alegría de saber que está compartiendo la historia con otros, desde la misma situación común: con sufrimiento, pero acompañado.

Quien conoce a Kely, tiene dos caminos a seguir en sus conclusiones: que es un pequeño malcriado o simplemente un niño que sabe lo que quiere a su edad, sin muchas pretensiones. Lo dijo, o al menos de diferentes modos, expresó su meta para cuando “sea grande”: seré feliz, con todas las letras.

Se levantó como siempre: con pocas ganas de cambiarse para ir a la escuela. Lo que más le costaba era dejar la comodidad, el calor de la cama, la obligación de hacer muchas cosas que no entraban en su voluntad: ir al baño, lavarse la cara y los dientes, peinarse, ponerse antisudoral, saludar a todos con un beso y sonreír sin ganas y desear “buenos días” con alegría y optimismo. Hay que atarse los cordones y hacerse el nudo de la corbata. Ya desayunó, medio dormido, medio enojado, ¿con quién?, consigo mismo. Buscar las cosas del colegio, que no están en la mochila ni en los lugares de siempre: debajo de la cama, sobre la mesa del comedor, en el piso, cerca del calefactor, mezclado con los libros de la biblioteca.

Con un caminar indeciso, la cabeza gacha, la mirada atenta —¿a qué?—, Kely se perdió en el camino, se salió de la huella, se internó entre unos matorrales para él conocidos. Quería volar, esa es la impresión.

Se dio cuenta de que se estaba escribiendo sobre su vida, o al menos entendió que su persona se volvía pública con rasgos bien definidos de su humanidad. No le gustó conocer esta noticia y se alejó de todo lo que insinuara proximidad a su biografía.

Yo solo quería presentarlo en público, que lo conozcan, que descubran los sentimientos atesorados en la simplicidad de hoy, de un niño. Mañana será hombre, con otros valores que lo determinarán.

Normal, es la calificación de su relación en la casa.

—¿Por qué tengo que ser así? Voy a ser lo que se me da la gana, por propia decisión y sin ninguna presión, ni familiar, ni escolar, ni de mis amistades. Estoy seguro que se puede ser uno mismo y llegar a la felicidad tan ansiada por todos, sin depender de la “sabiduría” de los grandes.

Salió como siempre, muy determinado hacia su obligación, eso parecía. Lo atrajo la soledad del campo, las distancias amplias, la inconmensurable estepa, que no se cansa de gritar al silencio. Él escucha la armonía de lo natural, le habla, aunque nadie advierta su conversación.

—¿Tan difícil es imaginar lo que hay después del horizonte? Si esto que ahora toco: polvo, arena, tierra y algún bichito, y esta flor, son tan bellos, cargados de misterios, no es tan complicado creer que lo hermoso e inaudito, están más allá de nuestra mirada.

No sé cuánto tiempo se quedó sentado, pero cuando quiso ponerse de pie, le dolía la cola y apenas movía las piernas: tenía “hormiguitas” que lo paralizaban en su caminar.

—¡Kelito! —Escuchó la voz lejana de su madre, que se dio cuenta de que no fue al colegio, por la hora y su ausencia. Seguro que no lo retará, acostumbrada a desplantes inocentes: hablando se entenderán.

—Mami, necesitaba hablar solo y escuchar al silencio, que sin ruido se comunica desde muy adentro.

Con lágrimas, ella, la madre, mientras cocinaba, de espaldas al niño, pensaba, sorprendida de sus respuestas, de cada actitud, tan diferente a los niños normales. Siempre dispuesto a dar una mano, atento a servir en lo que sea a quien sea. Pero lo más llamativo es que siempre estaba contento, y pocas veces se lo notaba triste o enojado y a la madre le costaba preguntarle. Temía sus respuestas. Una vez, tendría diez años… lo vio a la tarde, de rodillas atrás del bañito, como rezando, o asombrado ante el hallazgo de algo que lo distrajo. «Nunca le pregunté qué hacía… Con el tiempo supe, que sí, estaba rezando, arrodillado sobre granos de maíz», pensaba Ana. En realidad, le había oído a la catequista que algunos santos lo hacían para agradar más a Dios, ofreciendo el sufrimiento por alguna necesidad. En este caso, Lito lo hizo por la curación de su madre, que tenía un embarazo de riesgo, por eso la derivaron a Buenos Aires. Además, realizaba otros sacrificios domésticos por el mismo motivo (su madre): tomar la leche sin azúcar, llenar las palanganas de agua con la bomba sin que se lo pidieran y no querer tener la razón siempre cuando discutía con sus hermanos.

—Mamá, ¡voy a jugar!

—Andá, pero no vuelvas muy tarde.

—No, mami. —Salió como loco hacia la canchita.

Ahí lo esperaban para elegir los equipos. No era el mejor, no sobresalía ni por el físico, ni por el manejo de la pelota. Su virtud: pacífico, casi nunca peleaba, y cuando le pegaban o lo tiraban con full, no exageraba, se levantaba como podía y seguía jugando. No se le pasaba por su cabeza la venganza en la primera oportunidad que tuviera. Es cierto que le gritaban porque se quedaba parado, sin ver la pelota que pasaba frente a él.

—Estaba pensando —decía.

Una vez, en ese estado de intimidad, le pegaron un pelotazo en pleno rostro que lo sacó de su quietud y le sangró la nariz. Fue motivo suficiente para estar atento a lo que estaba haciendo. No se puede estar ausente, cuando muchos dependen de vos. Esa conclusión le sirvió para siempre.

¡Qué despacio pasa el tiempo! Deseaba que los dieciocho llegaran rápido, no por los regalos y la fiesta, sí por la tranquilidad de ser mayor y no depender siempre de la opinión de los grandes.

—¡Kely!

—Sí, mamá.

Era obediente y atento a las necesidades de la casa, en especial a lo que pedía su madre. Así, le surgía la pregunta constante. ¿Por qué yo? ¿Y sus hermanos, no pueden dar una mano?

—Hijito, vos sos el más rápido para los mandados. —Esto es suficiente incentivo para agarrar la bolsa y salir a comprar, con el papelito en la mano, con todo lo necesario para la comida—: Decile que lo anote, a fin de mes arreglamos.

Durante el camino al almacén, se tentó desviarse una cuadra y jugar un partidito al fútbol en la canchita del barrio. Aguantó las ganas y siguió derecho a comprar, no le hizo caso a su gusto. La mamá estaba esperando sus compras para cocinar y ya era un poco tarde. A Kely le había costado dejar de jugar con sus hermanos para hacer los mandados.

—¡Hola, mami! Llegué. No había todo, pero casi todo.

—¿Qué faltó?

—Harina, nada más.

—¿Y ahora? Vas a tener que ir a la otra esquina, siempre tienen de todo, aunque es un poco más caro.

—Pero, ma, yo quería seguir jugando; decile a uno de ellos que vayan, no están enfermos.

—Dejá nomás, voy yo. Comeremos más tarde y tu padre cuando llegue de trabajar esperará un poco para almorzar.

—Está bien, voy. —Salió corriendo, sin muchas ganas, pero se fue a comprar.

Algo, después, le decía que valió la pena el sacrificio de dejar de lado sus juegos y también el fútbol en la canchita: hizo lo que tenía que hacer. Cumplir con lo que pedía su mamá. A la noche, como siempre, rezó el Padre Nuestro y el Ave María. Era una costumbre, desde muy niño: todos rezaban antes de dormir y a veces antes de comer, para agradecer y pedir por los que no tenían ni trabajo, ni comida. Fue distinta esa noche. No era de memoria ni automática el rezo. “Hágase tu voluntad…” La frase quedó flotando viva en su cabecita. ¿La voluntad de quién? ¿De Dios o de mami? ¿Será la misma? «Y yo pido tener ganas de hacer lo que ellos quieren. Y quieren lo mejor para mí. Antes que yo acepte lo que ellos me ofrecen, si ya lo decidieron y está en sus deseos, que con toda libertad yo diga sí y me una al camino que sus huellas van marcando. Lo lindo es que si bien cuesta asumir “hacer su voluntad”, deja un sabor a paz, una serenidad inigualable, apenas acepto y realizo ese querer. Perdonen, si alguno está leyendo esto, pero es tarde y mañana tengo colegio. ¡Chau, hasta mañana y buen sueño!»

Los días pasaron con toda serenidad: sin novedades.

—Jorge me preguntó si quería ser su amigo. ¿Qué le digo? Dudo mucho de que la amistad sea un contrato de dos o más personas, que acuerdan caminar juntos y tener los mismos proyectos o al menos los más importantes. No quiero caer en el romántico concepto de amistad, como lo que aflora desde muy adentro y se comparte con el otro.

Lito —así llamaban también al pequeño Kelito— dejó por unos instantes de filosofar. Salió de sí mismo y tomó el atajo que fue a dar justo frente a sus deseos de niño común: tiempo para jugar, para compartir, para ser niño alegre, contento con lo que hace y tiene: fútbol y amigos. Está convencido de que todo tiende a un destino. Algún lugar donde van nuestros pensamientos y estos mueven al resto de nosotros. Lo empujan a realizarse. Lograr que el deseo de cada momento se concrete, es el núcleo más perfecto de la vida, lo que da sentido a las actividades cotidianas. ¡Qué vacío salir y no tener interés en llegar!

Mucho frio. Es pleno invierno y parece todo nevado: es el rocío que blanquea todo el paisaje. Lito, estará en el colegio. Dudo que haya ido a otro lado a esta hora y con este clima. Es mejor pensar lo acostumbrado. La rutina de lunes a viernes: colegio, hasta las doce y media, camina hasta la casa, (seis cuadras), saluda y se sienta a comer. Está seguro de tener el plato caliente esperándolo. Mejor dicho, es su madre que lo espera, lo abraza, lo besa, y le hace las preguntas de costumbre.

—¿Cómo te fue hoy, vieron algo nuevo? ¿Te comiste todas las galletitas?

La respuesta no se hace esperar:

—Sí, mamá, todo igual, todo bien; hasta la seño gritó como siempre.

—¿Grita mucho?

—Sí, y culpa de dos o tres que no quieren hacer nada y se la pasan jugando en el aula. La seño no los aguanta y se pone nerviosa, queda ronca de gritar y hasta a veces se pone a llorar de impotencia.

—¿Y no les dice nada?

—Son repitentes, y se sienten importantes, porque hay chicas que se ríen y les hacen sentir grandes y poderosos. Yo trato de no seguirle la corriente, pero son muy graciosos y a veces me distraigo, como todos.

Fue curioso. Lito al volver del colegio, se pasó de largo. Sí, vaya a saber en qué estaba pensando. Una cuadra, más tarde, se volvió sobre sus talones, en busca de su casa. Nunca la había perdido. Él estaba fuera de contexto o algo parecido: confirma que es un verdadero ser humano en uso de sus facultades. En este caso, no las usó.

No lo dije, me parecía que no era el tiempo adecuado y esperaba la oportunidad para hacerlo público. Estoy casi seguro de que no es secreto. Él tiene en su almita de niño, guardado y muy bien, un extraño tesoro. Depende desde donde se lo mire, es una bendición o para muchos, alejados de la fe, una verdadera maldición, que lo catapulta para siempre al dolor, al sufrimiento y paulatinamente hacia la muerte: Lito está enfermo. Sí, ella, su mamá, tiene razón.

—Mamá me dijo que estoy enfermo, dice que estoy enfermo. Yo me siento bien, como siempre. Mucho no les creo a los médicos, aunque hayan estudiado un montón para decirte lo que tenés y por qué sentís lo que sentís. Me parece que cuanto más pensamos en nosotros, peor nos sentimos. Como que la enfermedad se siente importante al llamar la atención y contenta que le dediquemos nuestro tiempo y nuestros miedos. No me voy a arrodillar ante ella; tendrá que esforzarse si quiere vencer mi optimismo ante la vida. Tampoco me asusta y lo va a saber, la amenaza del dolor y de la muerte.

Lito, pasa horas en silencioso estado de soledad, quizás ensimismado en su “enfermedad” que hasta ahora solo está escrita en resultados de laboratorio y no se hizo presente ni en su cuerpo ni en su alma.

Hoy salió el sol verdadero. El que ilumina y da calor, el que surge de allá y se escabulle por atrás del paisaje. Es cierto o parece, que durante el día, mientras dura la luz, el mal se desintegra, se achica, casi se vuelve indiferente ante la vida. No es aquel, que asomado a cada instante, se regocija con inspirar temor ante la inminencia del fin de nuestros días. Nos da una oportunidad de continuar optimistas y con alegría, sin dejarnos amedrentar por posibilidades, por la terquedad del tiempo.

—¿Qué estás haciendo con ese pájaro, Lito? —preguntó Jorge, ahora su amigo.

—Es mi mascota y no quiero que se vaya, por eso lo até con este hilo. Así lo saco a pasear y me acompaña a todos lados. Cuando quiere se pone a volar, entonces le dejo el hilo bien largo, para que se saque las ganas. El otro día me asusté: se quedó enredado en un árbol y no sabía cómo liberarlo. Se quejaba y con la intención de soltarse, se complicaba más. Hasta perdió algunas plumitas en el forcejeo. Yo lo miraba desde abajo sin saber cómo sacarlo. Estaba alto y las ramas nada seguras, como para subirse.

—¿Y cómo lo sacaste? Contame. —Jorge siempre cerca de su amigo. Lito se quedó en silencio, como buscando una respuesta, que sea creíble.

—Mirá Jorge, no me vas a creer si te digo que no tengo la respuesta segura. Creo que se zafó solo. De tanto luchar por su libertad, se cortó el hilo y se cayó con las alas despeinadas, y muy cansado al piso. Y pude levantarlo enseguida y lo llevé hasta casa, acariciándolo, protegido bajo la campera, con el calor de mis manos. No pasó más que un buen susto.

—Te creo, Lito.

La casa acostumbrada al silencio se sacudió de pronto.

—¡Mamá, mamá!

—¿Qué te pasa, hijo, qué son esos gritos? Parece que te estuvieran matando.

—Por ahí pasó recién una rata, grande así.

—Estás exagerando, nunca vi una rata o una simple lauchita dentro de la casa.

—Mami, yo no miento y tampoco estoy loco.

—Está bien, si la ves de nuevo, avisame, porque con ese animal, no podré dormir a la noche.

—¿Mamá, cuándo vuelve papá?

—Si la que viste es chiquita, tiene que estar escondida entre la ropa o la basura.

—¿Sabés cuándo viene papá, mamá?

La madre rehuía de la pregunta y la difícil respuesta. Lito insistió, calculó que su madre no prestó atención a su duda.

—Con seguridad no sé, él tiene sus tiempos, sus prioridades, sus obligaciones…

—¿Y nosotros en qué puesto estamos en la lista de sus “prioridades”? —Lito no se guarda nada. Es irónico, mordaz, y con dudas profundas sobre la vida familiar.

—Hijo, no seas así. Si te animás, preguntale a él directamente.

—Se va a enojar. Me va decir que no me meta en sus cosas, que soy muy chico para esas preguntas… y que me vaya a jugar.

—Muy posible que esa sea su respuesta, aunque no perdés nada si sos sincero. Que él vea la necesidad de su presencia en casa —cerró el diálogo, s