Pedaleando en el purgatorio - Jorge Quintana - E-Book

Pedaleando en el purgatorio E-Book

Jorge Quintana

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Beschreibung

La segunda parte de Pedaleando en el infierno, la novela en la que Jorge Quintana se mete en la piel de un ciclista profesional de los años 2000. Pedaleando en el purgatorio narra la evolución y madurez de Lucas Castro, el ciclista que protagonizó Pedaleando en el infierno. Lucas se ha asentado en la categoría profesional, pero vive inmerso en un mundo convulso: para empezar, el ciclismo está cambiando por completo gracias a la instauración del pasaporte biológico y los controles fuera de competición. Además, la economía española se desmorona con la misma velocidad con la que explota la burbuja inmobiliaria. Es hora de que Lucas tome la decisión definitiva en su carrera y en su vida. Es hora de que asuma las consecuencias de esa decisión.

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Seitenzahl: 490

Veröffentlichungsjahr: 2021

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PEDALEANDOEN EL PURGATORIO

© Jorge Quintana Ortí, 2021.

© Libros de Ruta Ediciones, S.L., 2021.

Bilbao-Galdakao errepidea 10-3

48004 Bilbao

[email protected]

www.librosderuta.com

Primera edición: febrero 2021

Autor: Jorge Quintana Ortí

Edición: Eneko Garate Iturralde

Portada y maquetación: Amagoia Rekero García

ISBN: 978-84-121780-8-1

eISBN: 978-84-121780-9-8

Depósito legal: BI-287-2021

Impreso en España por Leitzaran Grafikak

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 45).

CON LA VERSIÓN IMPRESA, GRATIS VERSIÓN DIGITAL DEL LIBRO. Si ha comprado este libro y quiere disponer también del mismo en formato digital, escriba su nombre y apellidos en la primera página con bolígrafo o rotulador. Saque luego una foto de dicha página y envíela a [email protected]. Una vez recibamos su email con la foto, le enviaremos la versión digital del libro a su dirección de correo electrónico.

Este libro se ha beneficiado de las ayudas a la edición promovidas en el año 2020 por el Departamento de Cultura y Política Lingüística del Gobierno Vasco.

Para todos los que un día

se han subido en una bici,

han pedaleado sintiendo

que un pelotón imaginario

venía detrás de ellos

y han sentido la euforia de ganar

una carrera que no existía

más que en sus mentes

«No soy el mejor en nada,pero puedo mejorar en todo»

Ricky Rubio

(jugador español de baloncesto)

ÍNDICE

Prólogo

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V

Capítulo VI

Capítulo VII

Capítulo VIII

Capítulo IX

Capítulo X

Capítulo XI

Capítulo XII

Capítulo XIII

Capítulo XIV

Capítulo XV

Capítulo XVI

Capítulo XVII

Capítulo XVIII

Capítulo XIX

Capítulo XX

Capítulo XXI

Capítulo XXII

Capítulo XXIII

Capítulo XXIV

Capítulo XXV

Capítulo XXVI

Capítulo XXVII

Capítulo XXVIII

Capítulo XXIX

Capítulo XXX

Capítulo XXXI

Capítulo XXXII

Capítulo XXXIII

Capítulo XXXIV

Capítulo XXXV

Capítulo XXXVI

Capítulo XXXVII

Capítulo XXXVIII

Capítulo XXXIX

Capítulo XL

Capítulo XLI

Capítulo XLII

Capítulo XLIII

Capítulo XLIV

Capítulo XLV

Capítulo XLVI

Capítulo XLVII

Capítulo XLVIII

Capítulo XLIX

Capítulo L

Capítulo LI

Capítulo LII

Capítulo LIIII

Capítulo LIV

Capítulo LV

Capítulo LVI

Capítulo LVII

Capítulo LVIII

Capítulo LIX

Capítulo LX

Capítulo LXI

Capítulo LXII

Capítulo LXIII

Epílogo

Agradecimientos

PRÓLOGO

Es hora de darle sabor a la vida. La frase quedó grabada en mi cerebro desde el mismo instante en que el cocinero nos presentó un plato de macarrones con trufa. O eso decía él, porque sinceramente nadie notó la menor diferencia entre la pasta de esa noche y los miles de platos de macarrones que habíamos probado antes. Eso sí, le dijimos que estaban buenísimos y que jamás habíamos degustado un manjar tan delicioso. Y nos fuimos a dormir. La carrera no había hecho más que empezar y por delante teníamos una veintena de días. Todo el mundo necesita ánimos. También los cocineros. No solo los ciclistas disfrutan del aplauso.

Tres semanas más tarde, conseguía imitar a mi ídolo, Marco Pantani, y proclamarme vencedor final de una gran carrera. Tantos años soñando con ser como él y, por fin, lo había logrado. ¡Era el mejor ciclista del mundo! Desde el peldaño más alto del podio pude tocar la gloria y sonreír a mi novia, mis padres y mi suegro, quienes habían viajado para disfrutar conmigo de la cara más amable del deporte. En ese instante mágico entendí que era el hombre más feliz del planeta.

A partir de ese día, el móvil no dejó de sonar con nuevas propuestas de patrocinio. Es curioso: jamás me habían propuesto nada que no fuera darme un par de zapatillas. Y ahora todas las marcas estaban dispuestas a pagarme cifras astronómicas. Pero a pesar del ruido, eso no formaba parte de mis preocupaciones. Mi cabeza estaba obsesionada con un tema: los controles antidopaje. Nunca había pasado tantos como en esa última carrera. Sabía que era normal. Siempre sucede en las pruebas de tres semanas, sobre todo, si estás en la pomada de los que pelean por el triunfo. Pero había visto movimientos extraños y mi tensión había subido enteros: pasé controles a última hora de la tarde y también a primera hora de la mañana siguiente; los tuve antes, durante y después del día de descanso… Era obvio que me estaban siguiendo de cerca y que los médicos de la Unión Ciclista Internacional (UCI) no confiaban en mí. No entendía el motivo cuando todos usábamos las mismas armas.

Tal vez a los gerifaltes de la UCI no les gustaba mi historia, la de Cinderella, tal y como repiten con entusiasmo los americanos. O dicho con nuestras palabras, la historia de una cenicienta humilde y andrajosa que después de correr en Portugal, ficha por un equipo español de nivel medio y, en su debut, se convierte en la reina más bella del baile. También era posible que nada de eso sucediera y que los controles fueran los habituales. La imaginación me podía estar jugando malas pasadas. A esas alturas me había vuelto paranoico y empleaba la mayor parte de mi vida escrutando sombras. La alternativa, mirar de frente hacia la luz de la verdad, no era viable. ¿Por qué? Si lo intentaba, no podría soportar el reflejo que mis ojos verían en el espejo.

Esa mañana me levanté y, como siempre hacía, empecé descargando el buzón del correo electrónico. El primer mensaje me heló la sangre. Venía de la UCI y llevaba como tema una numeración: «TF53.08». Aquello no pintaba bien. La UCI jamás escribe a un ciclista. Y si lo hace, no es para felicitarle. A ellos hace mucho tiempo que dejó de preocuparles el deporte. Solo piensan en dinero y poder. Y el dopaje también es una forma de alcanzar dinero y poder. Con ese mal presagio, me puse a leer mientras mi cuerpo empezaba a temblar:

Dear Mr. Castro.

Please find attached a letter addressed to you which you will

also receive by mail promptly.

We remain at your disposal for any additional information

you may require in this regard.

Yours sincerely

No me dio tiempo a traducir mentalmente aquel texto ni a abrir el documento adjunto. Una llamada entró en el móvil. Miré la pantalla. Había un +41 y detrás aparecía un número bien largo. Por debajo podía leer una palabra: Suiza. Aquello se estaba convirtiendo en una pesadilla. Me faltaba el aire y ni siquiera había contestado. Intenté calmarme. Mi mano temblaba. Le di a la tecla de responder.

Al otro lado sonó la voz del jefe de los servicios médicos de la UCI, Giorgio Corloni. Hablaba un español más que correcto, aunque mezclado con términos italianos. A esas alturas, por desgracia, empezaba a asimilar lo que iba a suceder. Mi cuerpo ya sudaba y mi cabeza estaba a punto de estallar. Al final, llegó la palabra maldita: eritropoietina. Luego, ese término quedó convertido en tres siglas: EPO. Las lágrimas corrían por mi rostro. Me sentía al borde del desmayo. La habitación entera daba vueltas. No podía ser. ¿EPO? No lo podía creer. La sensación de asfixia se había convertido en insoportable. No podía respirar. Dejé el teléfono sobre la mesa y grité con todas mis fuerzas. No podía soportarlo. Mi vida se había ido a…

Una mano me agarró con fuerza del brazo.

—Tranquilo, tranquilo. Ha sido una pesadilla.

Miré a mi alrededor. Era de noche. Estaba en la cama y a mi lado sentí la presencia de mi novia, Clara Pellicer. Me había agarrado el brazo y estaba pasando su mano por mi rostro. Me susurraba palabras al oído que apenas podía entender mientras trataba de controlar mi respiración.

—Calma, calma… Estás en casa. No pasa nada. Ha sido una pesadilla.

—Vale —fue lo único que acerté a responder.

—He estado hablando con mi amiga María Luisa.

A pesar de la oscuridad, estoy convencido de que Clara sintió la intensidad de mi mirada. ¿Había dicho María Luisa? No tenía ni idea de quién era.

—Es una psicóloga. Trabajé con ella durante una temporada de mucho estrés en la que, además, casi siempre soñaba con exámenes de la Universidad. Lo más curioso es que había finalizado la carrera, pero soñaba que me faltaba una asignatura.

—Ahora es cuando me vas a hablar de Sigmund Freud.

—No, no es eso.

—No creo en el psicoanálisis ni la interpretación de los sueños, Clara. Ese iluminado decía que los sueños son la realización de los deseos. ¿De verdad crees que mi deseo es dar positivo con EPO?

—No te iba a hablar de Freud, pero si quieres, lo hacemos. Acepto el reto. Y, además, tengo la solución para tus pesadillas. Otra cosa es que tú eres muy orgulloso y no vas a escucharme.

—Inténtalo —le dije aceptando que debía callarme.

—Los ciclistas sois unidireccionales. Piénsalo por un segundo: vivís en un deporte en el que nadie puede salirse de la ruta. Tenéis una salida y una meta. Y un único modo de viajar de un sitio a otro. Para vosotros, no hay alternativa. Ni podéis dar marcha atrás ni buscar un atajo o un rodeo. ¡Nunca! Y aplicáis esa fórmula a todo lo demás: de la salida a la meta sin importar que llueva o nieve. Pero la vida no es así. Debes abrir la mente. Por una vez, piensa en las alternativas.

—¿Me estás diciendo que deje el ciclismo? —pregunté cada vez más alterado por el tono de la conversación.

Clara se levantó de la cama. Ella tampoco estaba contenta con el tono. Encendió la luz, se sentó junto a mí y me miró a los ojos. Con dulzura, me explicó:

—Te estoy diciendo algo que tal vez no quieres escuchar, pero alguien debe hacerlo: abre bien tus oídos y elimina tus prejuicios. Y, por favor, tranquilízate. ¿Puedes escuchar un consejo y no ponerte a la defensiva?

—Sí, puedo —mentí.

—Pues bien, llevas bastantes semanas con la misma pesadilla. Ganas el Giro, el Tour o la Vuelta y das positivo con EPO. La pesadilla comenzó el 1 de enero, cuando vinieron a hacerte un control antidoping a casa por sorpresa. ¿Correcto?

—Sí, correcto.

—Pero no estás tomando ninguna sustancia rara y mucho menos EPO. Te has asustado tanto con este nuevo sistema de controles fuera de competición que estás convencido de que solo es posible afrontar el ciclismo de forma limpia. ¿Voy bien?

—Correctísimo. Te lo conté la misma noche de Reyes, después de mi primera pesadilla. En aquel control del 1 de enero estuve tan cerca de la catástrofe que he tomado la decisión de ir limpio hasta el final, aunque eso suponga quedarme en la calle cuando acabe mi contrato con Gigaset. Pero, ¿por qué repites lo que ya sabes?

—Pues porque la solución a tus problemas es obvia. Pero no la quieres ver. Está delante de ti.

—Pues no la veo. No me estoy dopando. Es imposible que dé positivo. Por eso no entiendo qué significa el sueño ni por qué siento esta presión.

—El problema no lo tienes con la EPO. Lo tienes con la otra parte del sueño. Piensa un poco, por favor.

—No te sigo —dije.

—Marco, tienes que dejar de soñar con ganar el Tour, el Giro o la Vuelta. Eso es lo que te está matando. En el fondo, sabes que si no te dopas y asumes riesgos, nunca ganarás una de esas carreras, así que deja de una vez de soñar con la gloria. Admite tus limitaciones. Eres un simple ciclista. Nada más. No intentes ser un superhéroe. Olvídate de ser el número 1. Eso no está a tu alcance. Disfruta de la vida con tus limitaciones. También se puede ser feliz así. Créeme.

Aquella frase me dejó sin palabras. Y hoy, muchos años después, puedo decir que en ese instante comenzó el primer día del resto de mi vida.

CAPÍTULO I

Nadie desea conocer la verdad. Nos pasamos la vida entera diciendo lo contrario. Pero es mentira, valga la paradoja. Como en tantas otras cosas, expresamos lo que menos daño nos supone desde un punto de vista emocional. En otras palabras, los humanos estamos creados para evitar el dolor. Por eso decimos amar la verdad… y por eso vivimos en la mentira, siempre más cómoda. Eso sí, analizamos bien los errores del prójimo y somos capaces de detectar a la primera cualquier mentira en la que los otros se hayan instalado y cuya red no sean capaces de romper. Yo no era ninguna excepción. No encontraba soluciones para mi pesadilla con el dopaje hasta que Clara me señaló el camino. Pero, al mismo tiempo, tenía identificados los problemas y las soluciones del imperio de la familia Pellicer: Magic Resort.

Las palabras de Clara supusieron un mazazo para mi conciencia. Llevaba tantos años con ese mismo martirio que, de repente, llegué a la conclusión de que había llegado la hora de olvidarme del dopaje y de la gloria como una opción para la vida. Clara tenía razón y yo debía seguir su punto de vista: disfrutar del día a día. En cambio, la sensación de agobio que durante semanas me había engullido, era la misma que veía todos los domingos en el rostro de Clara y, sobre todo, de su padre, Miguel Pellicer. Ellos me habían escuchado, pero mi mensaje no calaba… del todo. Ambos empezaban la comida familiar del fin de semana intentando hablar de otros temas superfluos, pero terminaban debatiendo sobre una palabra que aún no se había hecho socialmente tan famosa como lo acabaría siendo: la burbuja.

Por mi parte, llevaba meses hablándoles de las preocupantes noticias que llegaban desde Estados Unidos. Yo no solo era un casi licenciado en Ciencias Empresariales, también era un fanático seguidor de la escuela austríaca del ciclo. Por eso mismo entendía que estábamos a las puertas de una crisis mundial por exceso de deuda, pero en un país que en la primavera de 2007 había marcado el mínimo de paro jamás registrado (7,95% y 1 760 000 parados), mis ideas sonaban absurdas. En el fondo, volvemos a la teoría de que nos gusta vivir en la mentira. Durante esos meses de final del ciclo más dulce de la economía me sentía como el músico de Asterix y Obelix: tocaba el arpa para que mis acordes sonaran en el centro del pueblo, pero veía cómo era despreciado y, a la menor posibilidad, amordazado para que mi música no rompiera la armonía y felicidad. La falsa felicidad. Sin embargo, la crisis de las hipotecas subprime de Estados Unidos provocó una primera grieta en los oídos sordos de los constructores nacionales y Miguel se empezó a interesar por mi visión económica.

Las alarmas locales saltaron poco después. Astroc cayó un 60% en bolsa. Era una de las grandes empresas del sector de la construcción en España. Pero Miguel decía que su problema era que la gestión estaba en manos de un advenedizo, de un Mario Conde de los ladrillos, de un tipo surgido al calor del pelotazo… Esa fue su reacción inicial: ¡negar la realidad! Unos meses después, la guillotina de la crisis caía más cerca y se llevaba por delante a Gramán y Llanera, dos constructoras valencianas que habían querido consolidarse como colosos cuando sus pies eran de barro. De repente, bajaba la marea y las constructoras mostraban al mundo que habían nadado desnudas. En los primeros días del mes de enero de 2008, Miguel rompió con la red de mentiras en la que se había instalado y se sinceró conmigo:

—La cosa se está poniendo muy negra, de verdad. Cada día estoy más preocupado y me acuerdo más de tus palabras sobre la deuda de las empresas. En el caso de nuestro holding empresarial, cada compañía es independiente y eso nos permite poner cortafuegos ante una crisis. De momento, hay una empresa que ha comprado los últimos solares y que creo que vamos a tener que matar. No tenemos liquidez ni forma de conseguirla para empezar con el proceso: pagar a los arquitectos, pagar a la constructora… No tiene sentido comenzar con esa empresa desde cero cuando tenemos muchos apartamentos casi acabados y que no se venden ni a tiros.

La seriedad del tono de Miguel hizo que no me plantease repreguntar. Sabía que el hombre me lo acabaría contando todo y mi única función en ese instante era permanecer callado y dejar que fuera desgranando sus ideas a la velocidad que él considerase oportuna.

—Nunca había visto nada igual. No se vende ni un piso. Pero es que ni uno. Y los bancos nos llaman cada día para pedirnos más avales. No nos permiten saltarnos ni un día en los pagos y nos ponen mil problemas para renovar las líneas de crédito que siempre hemos tenido a nuestra disposición. Esto va a acabar mal. Me lo habías dicho, pero jamás lo habría imaginado.

—No es el momento de los reproches, Miguel.

—Bueno, te lo agradezco. Eres de la familia y quiero que sepas lo que estoy haciendo porque antes o después te afectará. Clara me ha vendido las acciones de Magic Resort. He sido generoso con el pago. En realidad, he pagado lo que no valen. Pero los dos estamos de acuerdo. Ella se ha llevado el dinero lejos de aquí. Y en los próximos días abandonará sus cargos directivos en Magic Resort. Diremos que quiere iniciar una nueva vida profesional y creará una pequeña empresa de marketing. Queremos que desaparezca de los focos y que lleve una vida discreta. Los abogados son tajantes en eso. No sé cuánto tiempo aguantaremos antes de que Magic Resort explote…

—¿Hablamos de semanas, meses, años? —pregunté más que nada para frenar el aluvión de información que estaba recibiendo.

—No, no serán años. Al ritmo que vamos, esto explotará antes. Tal vez si consigo cerrar la refinanciación de la deuda con el Banco de Castellón, pueda alargarlo e incluso salvar todo el imperio. No lo sé, si te soy sincero. Todo dependerá del nivel de la crisis en el que nos estamos metiendo. Estoy usando todos mis contactos. Y presionando como nunca al presidente del banco, Juan Ignacio Gual. Si el Banco de Castellón traga, podemos respirar durante una buena temporada. Pero no soy muy optimista. A estas alturas comprenderás que no estoy jugando limpio, pero ni siquiera así soy capaz de pasar los filtros de la comisión de riesgos. Hay un hijo de puta que han traído desde Madrid y que no pone su firma. Dice que él no depende de criterios políticos porque solo rinde cuentas ante el Banco de España. La última esperanza es que el presidente se pase por el forro al niñato y firme incluso contra el criterio técnico. Mañana tendré la respuesta definitiva.

Clara había permanecido en silencio durante toda la noche. En ese momento, cogió de la mano a su padre y le dirigió unas palabras:

—Seguro que firma. Si alguien puede levantar un imperio como Magic Resort, seguro que puede encontrar una solución a esta crisis.

—¿Habéis pensado en vías alternativas al negocio promotor y constructor? —pregunté recordando el consejo que Clara me había dado para superar mis miedos frente al dopaje.

—Sí, estamos trabajando en sacar al mercado más apartamentos en alquiler. Tenemos muchos apartamentos vacíos y los estamos reenfocando. Pero, sobre todo, he frenado cualquier construcción, incluso pararemos los apartamentos que están casi acabados. Llevo semanas sin dormir bien y no es por la edad. Me duele el estómago y cada vez con más intensidad, igual que las migrañas. La tensión arterial la tengo disparada y una mañana perdí parte de la visión de un ojo durante una hora.

Las palabras de Miguel sonaban preocupantes. En el fondo, me enfrentaba a un hombre que había arrojado la toalla. Tal vez fuera solo una mala noche, pero aquella velada vi por primera vez al patriarca como un señor mayor, casi un anciano. Jamás lo había visto desde ese ángulo.

Al día siguiente y cuando subía por tercera vez el Desierto de las Palmas, una llamada de teléfono interrumpió mis pedaladas. No quise hacer caso al teléfono. Debía acabar la serie en la que estaba metido. Y así lo hice. Pero el teléfono no dejaba de sonar. Al final, busqué el móvil en el bolsillo y contesté. Era Clara.

—Lo hemos conseguido. Tenemos el dinero —gritó.

—¿A qué te refieres? —respondí mientras intentaba ordenar mis ideas.

—El Banco de Castellón ha firmado la refinanciación de la deuda. Ha salido por cinco votos contra cinco, pero se ha ganado gracias al voto de calidad del presidente. ¡Vamos a salvar Magic Resort!

Clara estaba eufórica. Me limité a felicitarla de la forma más efusiva posible mientras intentaba recuperar la respiración. Colgué. Tenía por delante dos horas más de entrenamiento en solitario y de pensamientos obsesivos. Llevaba meses diciéndole a la familia Pellicer que estábamos a las puertas de una crisis financiera enorme y que era cuestión de meses que se convirtiera en la crisis económica más grande desde 1929. Había sacado mis pocos ahorros de la bolsa y los tenía en el banco esperando acontecimientos. E incluso la decisión de comprar un pequeño adosado para vivir con Clara me parecía temeraria, aunque sabía que lo podíamos afrontar sin problemas.

Clara me decía que era un cenizo, ya que ella tenía dinero para pagar la casa y todas las de la calle. En la familia Pellicer el concepto del miedo no era conocido. Tampoco el de la prudencia. En el fondo, Clara sabía aconsejarme sobre el dopaje. Pero no entendía sus riesgos: la compra y venta de acciones de Magic Resort, la presión a los consejeros del Banco de Castellón para garantizarse la refinanciación de la deuda del holding… eran maniobras que podían hacer descarrilar el tren.

Cuando llegué a casa, me esperaba mi padre. Estaba con su coche en la puerta del garaje. Me hizo un gesto con la cabeza. Era su particular forma de saludarme.

—Tu suegro lo ha conseguido. Hoy no se habla de otra cosa.

—Sí, eso parece.

—No te veo contento —replicó mi padre.

—No, la verdad es que no. A ver, no soy tonto. Entiendo que en el corto plazo se ha salvado una situación dramática para la empresa. Pero el análisis fundamental del negocio es el mismo.

—O sea, que lo ves jodido.

—Refinanciar la deuda no arregla el problema. Solo significa darle una patada hacia delante pensando que lo que no puedes pagar hoy, lo podrás pagar mañana. Pero miro a mi alrededor y veo muchos negocios cerrando. Estamos en una fase negra y no veo a la gente comprando apartamentos en la playa ni hoy, ni mañana, ni pasado.

—Vale, entonces no ves la forma en que la familia Pellicer pueda pagar esa montaña de deuda, la verdad.

—No la veo.

Mi padre se tomó unos segundos antes de retomar la charla. Ese gesto era habitual en él. Le gustaba más pensar que hablar.

—Dicen que los padres tenemos que proteger a los hijos, incluso de la verdad. Tú y yo nunca hemos sido así. Nos hemos dicho lo que pensábamos sin rodeos ni mentiras. Por eso sé que somos unos tipos muy raros. Eso sí, jamás le contaré esta conversación a tu madre. Ella sufre demasiado.

—Harás bien, papá.

—A veces pienso que somos demasiado realistas, hijo.

CAPÍTULO II

La temporada 2008 comenzó, una vez más, con la Challenge de Mallorca. Ese invierno había entrenado con la motivación extra de saber lo que quería y, sobre todo, de saber lo que no quería que formase parte de mi vida. Por ejemplo, amaba a Clara Pellicer y ella era imprescindible. Su sola presencia calmaba mis inseguridades. También amaba mi profesión de ciclista y, al mismo tiempo, había renunciado para siempre al dopaje y al sueño de ganar las grandes carreras. Todo se resumía en cumplir con el reto más difícil de la vida: ser feliz. Yo, por una vez en la vida, lo era.

No todos compartían mi visión del nuevo ciclismo en el que habíamos entrado en enero de 2008. El equipo Gigaset era un monstruo en pleno proceso de transformación, con las turbulencias que eso genera. Cada uno vivía en su burbuja y no se parecían en nada las inquietudes del neo que llegaba del campo amateur con las del ciclista que llevaba una década dopándose y al que ahora, de repente, le decían que tenía que cambiar su esquema de valores.

En mi caso, aterricé en Gigaset después de correr en Portugal y pensar que mi carrera iba a estar siempre vinculada a equipos pequeños. José Luis Calasanz, el mánager del equipo, me había recuperado con un contrato razonable y el mejor calendario posible. Estaba rozando el cielo con la punta de los dedos y no lo iba a echar a perder. Es cierto que había estado cerca de caer en el infierno antes incluso de comenzar a correr. El mismo 1 de enero de 2008 había pasado un control antidopaje por sorpresa en mi casa. Esa inesperada visita formaba parte del nuevo sistema de localizaciones impulsado por la UCI y la Agencia Mundial Antidopaje.

En el fondo, los organismos estaban cansados de ver cómo los corredores llegábamos limpios a las carreras y habían decidido que el control se desplazara a la intimidad de las casas para que nadie pudiera dormir tranquilo… si hacía trampas. El proyecto se venía gestando desde 2007, pero a partir de 2008 pasó a ser obligatorio y bien organizado para todos los equipos Pro Tour, es decir, para los que formaban la primera división del ciclismo mundial. Los equipos profesionales continentales aún tardarían varios meses en incorporarse a este nuevo sistema de trabajo. Pero no había vuelta atrás. La nueva red de controles había llegado para quedarse.

Aquel 1 de enero de 2008 tenía la casa llena de sustancias dopantes y la duda de si debía emplearlas había rondado mi cabeza durante días. Cuando decidí doparme, una extraña coalición de benditas casualidades me impidieron pasar por casa para materializarlo. Entre otras, me frenó el deseo de mi novia, Clara, de pedirme que formalizásemos nuestra relación con una boda en el otoño. Esa Nochevieja nos quedamos a dormir fuera de casa y cuando llegué a mi domicilio en la mañana del día 1, tenía al comisario antidopaje esperándome. Pasé el control sabiendo que, de forma milagrosa, mi cuerpo estaba limpio, pero al mismo tiempo teniendo claro que había puesto los dos pies en el aire y que si no me había caído por el precipicio, había sido solo por suerte. En cuanto el comisario se marchó, tiré todas las sustancias a un contenedor de basura y me juré que nunca volvería a pasar por una experiencia así.

Sin embargo, en Gigaset eran muchos los que no habían hecho ese proceso de transformación. Les avisé de que había pasado un control el día 1. Pero nadie escarmienta en culo ajeno. Ya se sabe qué es una crisis: lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer. Así éramos los ciclistas. El mánager, José Luis Calasanz, nos insistía en que el ciclismo había entrado en una nueva dinámica y nos exigía cambios. Los jóvenes parecían asimilarlo o, al menos, lo afirmaban. Y, curiosamente, algunos de los más veteranos eran los más radicales en la lucha contra el dopaje: parecían cansados de jugarse el pellejo y abrazaban con la fe del converso esta nueva forma de trabajar.

Pero había otros veteranos y, por supuesto, algunos líderes que estaban en su momento y no querían desaprovechar la oportunidad de ganar dinero y fama. Esos no manifestaban su opinión en las charlas de grupo y optaban por hablar solo en pequeños grupúsculos. Tenían otra visión. Cobraban por ganar y eso es lo que iban a seguir haciendo: correr y ganar. En cuanto se calentaban, llamaban hipócritas al resto de ciclistas e insistían en que nada iba a cambiar y que en Mallorca íbamos a chocar con la realidad. En otras palabras, las nuevas reglas nacidas de la entrada en vigor del pasaporte biológico no parecían ir con ellos.

El pasaporte biológico había comenzado sin grandes titulares y no éramos conscientes de la revolución que eso iba a suponer. Para empezar, teníamos muchas preguntas y pocas respuestas en las cabezas. Nosotros habíamos hecho una reunión de grupo para empezar a clarificar conceptos en una primera concentración invernal, pero ahora fue la propia UCI la que nos envió a un abogado para darnos las claves más importantes en una charla que formaba parte del proceso pedagógico necesario para que asumiéramos las nuevas reglas: debíamos estar localizables todos los días, al menos durante una hora; la responsabilidad era exclusiva del ciclista; los análisis serían comparados con nuestros análisis pasados, presentes y futuros, por lo que el límite del 50% de hematocrito máximo desaparecía para trabajar con límites individualizados… En definitiva, si un corredor cambiaba drásticamente de valores sanguíneos, podría ser sancionado. Por primera vez en la lucha contra el dopaje, el ciclismo iba a sancionar sin dar positivo en un control antidopaje. La desviación de los valores medios era suficiente. Lo llamaban método indirecto. Nosotros pensábamos que la palabra inquisición se ajustaba mejor.

La reunión la realizamos en la semana previa al inicio de la Challenge y fue un foco de debate en el equipo. Nos sentíamos violentos con el tono de la charla. Por un lado, la UCI nos insinuaba que era consciente de que todos nos habíamos dopado hasta el 31 de diciembre de 2007. Pero lo más importante es que nos decía que no iba a aceptar ningún escándalo más y que el que alterase sus valores a partir del 1 de enero de 2008, sería sancionado. La Operación Puerto había desvelado hasta qué punto habíamos creado un deporte podrido. Muchos dedos habían apuntado a España, pero todos sabíamos que eso era una fórmula para esconder la realidad: el problema era global. Algunos equipos poderosos estaban creando un sistema interno de controles. En esos años se hizo famoso y rico Rasmus Damsgaard, quien aconsejaba a equipos como Astana y analizaba los valores de sus ciclistas con un presupuesto de casi medio millón de euros. Era un segundo pasaporte biológico, pero de carácter interno.

Con tanto escándalo, el ciclismo se estaba desangrando en el punto clave de cualquier espectáculo: la credibilidad. Desde la Operación Puerto, todos habían pensado estrategias para propiciar un cambio. El poder había buscado una respuesta adecuada y este nuevo pasaporte biológico era el golpe definitivo encima de la mesa. Ya no era necesario dar positivo con una sustancia. Ahora íbamos a ser sancionados por las sospechas, si tres científicos coincidían en dar el visto bueno al castigo. El abogado de la UCI insistió en que era un sistema lleno de garantías: podríamos defender nuestra inocencia con argumentos científicos ante tribunales deportivos independientes. Pero todos sabíamos que la justicia deportiva ni es justa ni es deportiva. En el fondo, entendíamos que si la UCI te abría un expediente, era para no perderlo.

Para mí, la Challenge supuso el regreso al calendario de primer nivel. En 2007 había competido en Portugal y me había desvinculado de España y de las estrellas del pelotón corriendo pruebas pequeñas y casi siempre al otro lado de la frontera. Ahora volvía a ver caras de ciclistas famosos. Lo que no cambiaba era la velocidad: en todos lados se va rápido.

En Mallorca me limité a cumplir el expediente y trabajar para mis compañeros, especialmente para un velocista que había incorporado José Luis Calasanz y en el que tenía mucha ilusión depositada: Kenny Strauss. Mi tarea era sencilla: subir y bajar bidones y dejarle en manos de los rodadores en los kilómetros finales. Allí se peleó contra Steegmans o Brown. Lo hizo bien, pero jamás tuvo opciones reales de victoria.

La carrera también estuvo marcada por una escena tan surrealista como el ciclismo de aquellos años. Un día, y en mitad de una etapa sin demasiada chicha, vivimos la escapada estéril pero rabiosa de Alberto Contador y su reivindicación ante la cámara de televisión con una frase que ha pasado a la historia: «Astana, al Tour». Aquello fue un terremoto. Los organizadores, ASO, habían decidido que el vencedor del Tour de 2007 no iba a tener la opción de defender su título al vetar a su equipo para la edición de 2008 y el madrileño había contestado atacando. Contador había ganado el Tour 07 con Discovery Channel. Pero para la siguiente campaña se había marchado al Astana. Ese equipo había protagonizado un doble escándalo en el Tour de 2007, con el positivo de sus dos estrellas: Alexandr Vinokourov y Andrey Kashechkin. Y ASO demostraba que no estaba dispuesto a olvidar de forma tan rápida, aunque vinieran con otras figuras. Fue una manera potente de reafirmar una idea sencilla: el ciclismo no podía soportar más escándalos.

Mi mente estaba muy lejos de esos problemas. Leí la nota oficial del Consejo Superior de Deportes contra la organización del Tour y no dejé de sonreír. Yo quería limitarme a correr en bici y disfrutar. Nada más. Nada menos. Para mí, todo volvía a ser emocionante en ese mes de febrero como jamás debió haber dejado de ser. La decisión de no volver a doparme había conseguido quitarme de encima el peso de los nervios y el estrés.

Tras la Challenge, fui hasta el aeropuerto de Son Moix con Vicent López. Era uno de los masajistas más veteranos y castellonense como yo, así que por norma general íbamos a viajar juntos muchas veces. Vicent solo daba masajes a las estrellas del Gigaset, así que no había podido sentarme en su tabla de masaje y tampoco él me conocía mucho. Sin embargo, era extrovertido y resultaba imposible aburrirse a su lado. Además, cultivar las relaciones con los auxiliares es uno de los puntos que un ciclista debe anotar en su agenda. Yo lo sabía.

—El jefe está contento contigo —me dijo Vicent en cuanto nos sentamos en el avión y nos abrochamos el cinturón.

—¿José Luis? —pregunté yo.

—Sí, claro. Está contento desde que te fichó. Ya nos avisó de que eres diferente. Para empezar, tienes un nivel superior al nuestro. Y eso está bien. Necesitamos… sangre nueva, aunque ahora esté feo decirlo —comentó mientras se reía.

—Sí, lo de la sangre mejor no lo tocamos.

—José Luis pasa por un momento complicado. Hay ciclistas que no quieren cambiar. Y está viviendo broncas. Por eso está contento con tíos como tú, que habéis venido a sumar. Yo le digo que nosotros somos otra generación, apenas fuimos a la escuela y jamás aprendimos idiomas. En cambio, tú… eres un cerebrito.

—¿Broncas? —pregunté esquivando los elogios fiel a mi filosofía de que el elogio debilita.

—Eso es algo que pronto comprenderás. Aquí los trapos se lavan dentro. Es más, José Luis no le dice la verdad ni al médico. Pero no te equivoques: no es un mentiroso. Simplemente, es reservado. No quiere escándalos ni, por supuesto, enfrentamientos personales. Prefiere que todo se resuelva de forma pacífica, sin que llegue a oídos de nadie. Y si se enfada con alguien, opta por apartarlo, darle carreras de segundo nivel y a final de año, no ofrecerle una renovación. Pero siempre con palabras de apoyo. Es importante que entiendas esta filosofía. Si te adaptas, puedes echar toda tu vida en Gigaset.

—Entonces me parece que tengo equipo para el resto de mi vida.

—Eso pensé cuando te vi entrar en el hotel. Viniste a saludar a todos los auxiliares.

—Pero eso es lo normal, ¿no?

—Ahora ya no sabemos qué es lo normal, Lucas. Los jóvenes muestran poco respeto. Hazme caso: entiende dónde estás. Solo así durarás en este negocio. Estamos en un momento en el que tenemos a muchos intentando decirle a José Luis cómo gestionar su negocio.

—Eso es ridículo. Él sabe mejor que nosotros cómo se…

—No tengas ninguna duda. Es indeciso hasta lo patológico y pregunta incluso a la señora de la limpieza… pero no es un síntoma de debilidad. Es, únicamente, que le gusta escuchar mientras en su mente va formándose la decisión. Nunca tiene prisa. Sabe que no es el más listo e intenta dedicarle más tiempo que los demás. Pero de todos los mánager de España, te garantizo que es el único que estará aquí dentro de diez años, tendrá un buen patrocinador y contará con buenos ciclistas.

—¿Por qué lo tienes tan claro?

—Tiene dos virtudes que escasean: paciencia y prudencia. No necesitas más para hacerte viejo en este trabajo.

CAPÍTULO III

La Vuelta a la Comunidad Valenciana fue mi segunda carrera en 2008. Para esa cita, el equipo decidió apostar por el madrileño Enrique Jiménez. Era el líder de Gigaset y uno de los escasos españoles de relumbrón que había salido indemne de la Operación Puerto. Su nombre jamás había aparecido en la prensa vinculado a Eufemiano Fuentes ni a ningún otro doctor de mala reputación. Además, había sabido quedarse en un discreto segundo plano mediático mientras acumulaba puestos de honor, lo que encajaba en la filosofía del equipo.

José Luis Calasanz decidió que compartiéramos habitación durante toda la carrera, ya que su habitual compañero de cuarto, Juan Carlos Aguado, se había puesto enfermo a última hora y no iba a correr. Y así me convertí en el escudero de Enrique. Por mi condición de valenciano, conocía bien las carreteras y los finales en alto, por lo que dediqué los cinco días a dejarme la vida por ayudarle. No pudimos pasar de un meritorio quinto puesto. No estaba mal, pero tampoco nos permitía sacar pecho. Aún no habíamos ganado una carrera en 2008 y eso a pesar de ser uno de los equipos grandes del pelotón. ¿Nervios? Aún no. Pero una inquietud asomaba en la mente de todos: ¿qué estarán haciendo los demás?

La barrera de los controles todos los días y a todas horas ya había generado un serio conflicto en la concentración de un equipo ProTour italiano. Los médicos de la UCI se habían presentado por la noche y nadie supo explicar lo sucedido a continuación. Decenas de rumores surgieron alrededor de un test que no pasaron todos los corredores, lo que incitó las maledicencias. En el fondo, los controles fuera de competición lo cambiaban todo. Durante años estábamos acostumbrados a doparnos en casa en los períodos sin competición y acudir a las carreras con los efectos visibles, pero con las sustancias eliminadas. A partir de la nueva ley, tocaba cambiar. Pero no había consenso. Gigaset quería limpieza, y yo también.

Enrique Jiménez me demostró que teníamos una forma similar de ver el ciclismo e incluso la vida. Y esa visión partía de la prudencia. Por eso llevaba tantos años en Gigaset. No quiso desvelar sus cartas haciendo uso de una discreción que yo también había empleado en el pasado.

—Somos un deporte de bocachanclas. Aquí hace falta gente discreta y prudente. Todos sabemos lo que está bien y lo que está mal. E incluso lo que está regular. No hace falta airearlo y hay que acabar con los que disfrutan meando en la piscina y haciéndolo desde el trampolín.

Aquellas palabras eran parte del código de sobreentendidos que manejábamos: no confirmaba que se dopara, pero tampoco lo desmentía. Ese silencio saltó por los aires en la penúltima etapa. Enrique recibió una llamada. Y estuvo más de una hora hablando. Bueno, en realidad, estuvo más de una hora escuchando en silencio y con cara de preocupación. Cuando cortó, solo pudo resoplar y pasarse las manos por la cara.

—Vaya movida —fue lo primero que dijo.

—¿Se puede contar? —pregunté.

—A ti, sí. Pero al resto, ni una palabra. ¿Está claro?

Asentí, me coloqué cómodo sobre la cama y esperé en silencio a que Enrique ordenara su cabeza.

—Me ha llamado Juan Carlos. Sí, Aguado. Sé que entrenaste con él antes de Navidad. Me contó las broncas que había tenido contigo respecto a… lo que ya sabes. Juan Carlos está insoportable. Cree que nada va a cambiar y quiere estar con los buenos. Le dije que pensaba que tú estabas siendo inteligente y que él estaba siendo estúpido, sobre todo, cuando el equipo nos pide que cambiemos el chip. Así que discutió conmigo y llevamos un tiempo con una relación… tensa. Ahora, de repente, me dicen que no puede correr porque está enfermo. Le llamo y no me contesta. Y, lógicamente, empiezo a mosquearme. No es normal. Al final, me ha contestado y me ha contado la movida.

—¿Y qué ha pasado? —pregunté mientras me temía lo peor.

—Le hicieron un control por sorpresa después de Mallorca. Y ha dado 48,5% de hematocrito.

—¿Cuál es el problema?

—Pues que tiene los valores sanguíneos alterados: el hematocrito, la hemoglobina y los reticulocitos están descompensados. La fórmula australiana ha dado 127.

—El máximo son 133 o por ahí, ¿no?

—Sí, no es un tema por el que pueda ser sancionado. Ni ha pasado de 50 ni de 133. Es decir, no pisa la línea roja ni por el hematocrito ni por la fórmula australiana. Pero eso no es suficiente. Es lo jodido del tema: es una analítica descompensada. Desde ese control, los vampiros han ido dos veces a su casa para hacerle controles antiEPO por sorpresa. Y el médico, Marcelino Sacristán, le ha llamado para pedirle explicaciones.

—¿Explicaciones?

—Le ha dicho que tiene muchas analíticas suyas de otros años con 40 y 41 de hematocrito y que no se cree que ahora esté en 48,5%.

—¿Y qué dice José Luis? Es como un padre para Juan Carlos, ¿no?

—Me gusta esa expresión. Pero no olvides que no es su padre. Ni el tuyo ni el mío. Si tiene que elegir entre el equipo o un corredor, no dudará. De momento, no le contesta. Y en un mensaje le ha dicho que es un tema que el médico debe gestionar. El cabrón de Marcelino le ha contestado que lo mejor es esperar a ver la evolución y tomárselo con calma.

—¿Eso qué significa?

—Pues que le han jodido, pero no tienen los huevos de decírselo.

—Joder, no das positivo y ni siquiera superas la regla australiana… y ya estás manchado. Esto es una caza de brujas.

—Sí, pero la cuestión ahora es que debemos adaptarnos a las nuevas reglas.

—Bueno, pues a correr a pan y agua —dije intentando reafirmar mi decisión del 1 de enero.

A partir de ahí comenzamos un debate intenso sobre la función de la Unión Ciclista Internacional. Enrique y yo teníamos un torbellino de ideas y de dudas: la UCI podía usar el pasaporte para imponer sanciones y para freír a controles a los sospechosos, pero debía empezar a actuar. Cada día sin noticias, era un día de desesperanza para la gente limpia. Enrique, siempre pesimista, concluyó:

—Espérate al Tour y verás el espectáculo completo. Es la gran carrera para lo bueno y para lo malo. Muchos ciclistas hemos cambiado. Pero no todos. En cambio, los patrocinadores lo han hecho. ¡Todos! Yo no veo marcas que quieran ganar a toda costa. Es más bien justo lo contrario. En cuanto oyen la palabra positivo, cierran el chiringuito.

—Ojalá no aciertes. Voy a rezar para que tengamos un Tour tranquilo —le contesté.

—No es un tema de fe. Es mucho peor. Lucas, la estupidez humana no tiene límites.

CAPÍTULO IV

El 1 de marzo de 2008 saltó la noticia. Sucedió alrededor de las nueve de la mañana y, al principio, fue únicamente un titular, tal vez llamativo, eso sí: «El paro se dispara». Luego llegaron los detalles del tsunami al que se enfrentaba la sociedad española y las alarmas empezaron a sonar: era el mayor incremento en el número de parados en los últimos 25 años. A pesar del dato, el gobierno seguía negando la existencia de una crisis económica en el país. Es más, ni siquiera empleaba esa palabra. Estaba prohibida y parecía como si, fruto de un pensamiento mágico, el hecho de no pronunciar el término borrase la realidad. No era así.

Al llegar a casa me esperaban caras largas. Cada semana era peor que la anterior, pero mejor que la posterior. Esa noche Clara me pidió que, al día siguiente, la acompañase a las oficinas de Magic Resort. Miguel quería hablar con ella y le había pedido que yo también acudiese. Así que fuimos hasta allí. Al circular por los pasillos de la empresa, me di cuenta de que algo no funcionaba. Apenas había movimiento. Todos los empleados estaban cruzados de brazos o, como mucho, mirando las pantallas del ordenador y accionando de forma robótica el ratón. Ese silencio era catastrófico. Si entras en una empresa como Magic Resort y no escuchas decenas de conversaciones de comerciales vendiendo o alquilando apartamentos… es que algo va muy mal.

Miguel parecía haber envejecido otros diez años. Lucía unas ojeras espantosas e incluso tenía los ojos completamente rojos, fruto de la cantidad de horas que se había pasado frente a los documentos excel intentando cuadrar los números de sus empresas. Para la cita, nos había preparado una presentación en la pantalla de la sala de juntas. No había nadie más. Solo nosotros y los gráficos. Con cautela, fue pasando las diapositivas dejándonos el tiempo justo para que las digiriésemos. Todas se explicaban por sí mismas. No necesitaban de aclaraciones. Los datos no eran malos. Eran aterradores. En noviembre, diciembre y enero se habían vendido dos apartamentos. Tenían más de 200 acabados sin comprador, otros 150 en la fase final de construcción y otros 150 con la estructura finalizada, sin contar los más de 1000 que se habían planificado sobre el papel y para los que se había empezado la labor de movimiento de tierras después de realizar todo el trabajo de diseño con sus correspondientes proyectos de los arquitectos. ¡Y todo ello cuando solo habían vendido dos en el último trimestre! Aquello no era un pinchazo. Era un reventón.

—¿Estos son los números? ¿Se han vendido dos en tres meses? —pregunté como resumen ante lo que acabábamos de ver. Sinceramente, no me podía creer esas cifras.

—No, en realidad, son peores. De los que vendimos en verano, diez compradores nos han pedido que les devolvamos el dinero porque no pueden pagar los plazos. Evidentemente, les hemos dicho que no hay nada que hablar y que han firmado un contrato de arras para lo bueno y para lo malo. Uno ya nos ha remitido un burofax para decirnos que renuncia al contrato y que pierde el dinero dado a cuenta, así que en realidad no hemos vendido dos. Hemos vendido dos y nos han devuelto uno. Creo que alguno más seguirá el mismo camino y perderá la entrada para evitarse la deuda. Como comprenderéis, así es imposible mantener una empresa.

—¿Qué tienes en la cabeza? —preguntó una Clara que estaba cada vez más preocupada ante el tono de su padre.

—Podemos bajar precios. Pero no es un problema de Magic Resort. Es global. Mirad los datos del paro en febrero. ¿Quién piensa en comprarse una casa en la playa cuando hay despidos generalizados? El que no ha perdido su trabajo tiene miedo de perderlo. Me han dicho que Don Piso lleva tiempo sin pagar y está al borde de la quiebra. Tienen 400 oficinas inmobiliarias y es posible que no lleguen al verano. Sinceramente, os he llamado para deciros que… me siento perdido.

—Pronto tenemos elecciones, ¿no intentarán que esto mejore?

—No hay nada que hacer. Intentan taparlo con los cheques bebé. El presidente ha llamado antipatriotas a los que se atrevan a utilizar la palabra crisis. Pero la realidad es que están maquillando el cadáver. Nada más. La economía está podrida.

—¿Qué alternativas hay? —pregunté.

—He hablado con los abogados y les he pedido un plan de viabilidad. Esto es lo que me proponen.

A partir de ese momento Miguel desglosó un plan de gestión de la crisis. Partía de una base clara: no había un futuro razonable para Magic Resort con la estructura actual. La idea de los abogados era eliminar una parte importante de la constructora y de la promotora, negociar con los bancos daciones en pago masivas para compensar las deudas y reforzar la desvinculación entre las diferentes empresas del holding intentando que las partes más corrompidas no se lleven por delante a las que aún podían ser saneadas. Las consecuencias para la cotización en bolsa iban a ser dramáticas, aunque ya llevaba meses cayendo. La parte de los hoteles y los apartamentos para alquilar era la única que podía tener futuro. En definitiva, el holding de la familia Pellicer era un conglomerado empresarial con dos bloques: el promotor-constructor y el hotelero. El primero parecía muerto. El segundo estaba muy enfermo. El dinero de la refinanciación del Banco de Castellón se iba a dedicar casi de forma exclusiva a la parte hotelera.

—¿Y los bancos qué dicen?

—Si debes 100 000 euros, tienes un problema. Si debes un millón, el banco y tú tenéis un problema. Pero si debes 100 millones, es el banco el que tiene un problema.

—Nosotros también lo tenemos, papá —respondió Clara.

—Hija, he sido tajante con los abogados. Los jueces nos van a mirar de arriba abajo y no quiero riesgos, aunque eso suponga perder mucho dinero. No quiero jugar con fuego. Nos refinanciaron hace poco y eso nos ha dado aire. Pero con este nivel de ventas, pronto volveremos a la situación en la que estábamos: asfixia absoluta. Vamos a acabar con una suspensión de pagos y asumo que perderemos una gran parte de la fortuna.

—Pero… —trató de interrumpir Clara a su padre.

—Te he pedido que vengas porque necesito que me ayudes. Debes viajar a Andorra y Panamá. Y hay que hacerlo ya. Tenemos que poner las cuentas en limpio. En este sobre hay una carta con las instrucciones. Necesito que la leas y lo memorices antes de destruirla. Yo no puedo ir. Tengo la lupa encima. También me gustaría que fueras acompañado por Lucas. Sería más fácil de explicar si alguien pregunta: unas vacaciones románticas con tu pareja o unas vacaciones para entrenar o lo que se te ocurra. Además, ya no trabajas para Magic Resort.

—Tengo que correr… no puedo salir de España y mucho menos para irme de vacaciones.

—Lo sé, pero esto es importante. No quiero que Clara ande sola por el mundo y menos en determinados países.

—No hay ningún problema, papá. Hablaremos con José Luis Calasanz y lo entenderá. Estoy segura.

No supe contestar. Estaba seguro de que José Luis no lo entendería. De hecho, ni siquiera yo lo entendía, por lo que no sabía muy bien cómo plantearle la cuestión. Así se lo expresé a Clara en cuanto salimos de las oficinas. Ella me sonrió y me miró con la cara de superioridad que en ocasiones lucía. Tenía un plan. Pero no lo iba a compartir conmigo.

—No te preocupes. José Luis es el menor de nuestros problemas.

Al llegar a casa, me dio un cálido beso. Había mantenido la calma frente a su padre, pero estaba al borde del colapso.

—Gracias por venir al viaje. Te necesito a mi lado.

Yo seguía pensando que era imposible que el equipo me autorizara a viajar por medio mundo en mitad de la temporada. Iba a comenzar con mis protestas. Clara se dio cuenta de cuál era mi intención. No me dejó seguir.

—Te lo repito: ¡no te preocupes! Vete preparando la pasta y yo arreglo lo demás —dijo mientras me guiñaba el ojo y cogía el móvil.

Me quedé sin palabras. Busqué una botella de vino, la abrí y me serví media copa de mi tinto favorito: Marqués de Cáceres. Un par de minutos más tarde, decidí que debía cumplir con las órdenes de Clara. Quería hacer un entrenamiento corto por la tarde, aunque fuera solo para soltar piernas, así que debía comer lo antes posible. Puse a hervir el agua mientras buscaba los macarrones integrales y el tomate frito. No era día de florituras. Prefería algo básico y rápido. Justo cuando eché la pasta en el agua, Clara apareció en la cocina.

—Listo.

—¿Listo?

—Sí, ya está arreglado. He hablado con José Luis y le parece bien.

—¿Con José Luis? ¿Mi jefe?

—Sí, ¿acaso no recuerdas que fuimos patrocinadores de un equipo profesional? Vaya, tú fuiste ciclista de Magic Resort, si no me falla la memoria —dijo con ironía.

—Clara, por favor…

—Tengo su número desde hace años. Le he llamado y, por supuesto, acepta cambiar tus planes. Le he prometido que no perderás la forma. Vuelves a competir en abril. Por cierto, también me ha dicho que tienes opciones de correr el Tour y que te quiere a tope para el verano.

Acababa de recibir demasiada información. Siempre que estaba con la familia Pellicer tenía el mismo sentimiento extraño: manejaban mi vida. Una sombra de enfado cruzó mi rostro. Clara lo detectó.

—No te enfades. Tú y yo somos un equipo. Yo viajé a Portugal para ayudarte y…

—Lo de recordarme lo que pasó en Portugal es un golpe bajo —protesté mientras me ponía serio de verdad.

—Cállate, por favor. Lo hice por ti y lo volvería a hacer. ¡Sin dudarlo! Ahora te pido que me ayudes, pero no quiero presionarte. Esto no es como en los viejos tiempos. Si no quieres venir, llamo a José Luis, le digo que ha sido un malentendido y sigues con tu temporada. Yo viajo sola y lo arreglo. Además, lo haré con una sonrisa y no te reprocharé nada. No quiero que digas que manejo tu vida, que no te escucho… Esa es la cara de desagrado que me ponías antes y que me estás poniendo ahora. No me gusta verla. Nuestra relación es tan importante que no quiero que se rompa. Por nada en el mundo. De verdad, no hay nada más importante…

No dejé que siguiera hablando. Le di un beso y le susurré.

—Voy contigo a Andorra, a Panamá y al final del mundo, si hace falta.

CAPÍTULO V

Clara abrió la carta de su padre, la leyó con mucha atención e incluso subrayó dos líneas mientras parecía recitarlas en voz baja como si de una oración se tratase. Luego, fue hasta la máquina trituradora de papel que tenía en el despacho y pasó el folio por las cuchillas hasta dejarlo convertido en virutas ilegibles. Seguí todos los gestos desde la distancia. También en silencio. Ella había sido tajante y debía respetar su criterio.

—No me preguntes. Cuanto menos sepas, mejor para ti. Voy a buscar los vuelos a Panamá —como siempre, la cabeza de Clara funcionaba a mil por hora.

El viaje a Andorra fue rápido y lleno de facilidades. En realidad, no supe muy bien qué hacíamos en el país de los Pirineos y me limité a ejercer de ciclista en busca de puertos mientras esperaba a que Clara resolviese todos los problemas en los que andaban metidos. Para mí, fue una oportunidad de conocer nuevas ascensiones, debido a que lo difícil allí era encontrar terreno llano. Ese cambio de rutina incluso me sentó bien desde el punto de vista mental.

Unos días más tarde, regresamos a España e iniciamos el viaje a Panamá, un país que nos recibió con calor y humedad. Para muchos europeos, Panamá es un pedazo de tierra pegado a un canal. Pero en realidad tiene el tamaño de Castilla y León y más bancos que niños en la provincia de Teruel. Desde el principio, comprobé que el viaje no iba a ser sencillo. O, al menos, no para mí. Un coche oficial nos esperaba en el aeropuerto, cortesía de Jorge Páez, exmarido de Clara. Sinceramente, me dolían ese tipo de detalles. Hubiera preferido que la relación entre ambos estuviera rota. Pero pronto tuve que asumir que no era así y que nunca lo iba a ser. Jamás he sido celoso, pero esa cordialidad exquisita me superaba.

La primera mañana en Panamá arrancó con la visita de Jorge Páez a nuestro hotel. Lucía el mismo bronceado y la misma sonrisa que le recordaba de nuestro anterior encuentro, cuando coincidimos durante la presentación del equipo Magic Resort. También mostraba, como en aquella ocasión, un destacable don de gentes, así como la virtud y la paciencia de detenerse con todas las personas que le querían saludar. Ser el hijo del presidente de Panamá hacía que la vida de Páez no tuviera un atisbo de anonimato en ninguno de los pasos que daba por el país. Vivía en un escaparate continuo y disfrutaba de ello.

Con nosotros estuvo encantador. Fue respetuoso y no dijo ni hizo nada que me pudiera sentar mal, por mucho que estuviera esperando cualquier gesto fuera de tono para lanzarme sobre su yugular. Era evidente que Clara le había pedido que nos ayudara en Panamá y él estaba dispuesto a ejercer como el perfecto anfitrión. El plan que nos había diseñado era sencillo: coches a nuestra disposición y visitas bien coordinadas a los diferentes bancos y abogados. Todo estaba preparado y se cumplió con puntualidad propia de Suiza.

Comimos en el hotel y justo cuando apurábamos las infusiones, Jorge Páez volvió a hacer acto de presencia. En este caso, para invitarnos a una cena en la casa de su padre, es decir, el palacio presidencial. Resoplé. Aquello era demasiado. Por un lado, era una experiencia que me apetecía. ¡Por supuesto! Pero no era el presidente de Panamá. En realidad, era el exsuegro de Clara. Y no quería situaciones incómodas. Mi novia, como es lógico, contestó en su nombre… y en el mío y dijo que era un honor visitar al padre de Jorge. Yo respondí con el silencio. Asumí que la discreción formaba la esencia de mi papel.

La cena, sin embargo, fue agradable. Entre plato y plato, comprobé que los panameños saben escoger la palabra adecuada. Y los panameños que se dedican a la política son especialmente hábiles en ese arte. De nuevo, me marché con la frustración de que nadie había lanzado ninguna pullita sobre el pasado común de Clara y Jorge. Todos habían sido exquisitos en las formas y el fondo. En nuestro hotel, uno de los mejores de la ciudad, me decidí a contarle a Clara cómo me sentía.

—No te preocupes. Son así. Por eso me enamoré de la familia Páez. Cuando quieren, son encantadores. Como has visto, cuando estás con ellos, todo es maravilloso. Te dicen lo que quieres escuchar.

—No como yo.

—Exactamente. No son como tú. De ti me enamoré por lo contrario: me dices lo que no quiero escuchar.

—No sé si eso es bueno.