Pequeños monólogos para mujeres - Afonso Nilson - E-Book

Pequeños monólogos para mujeres E-Book

Afonso Nilson

0,0

Beschreibung

El libro consta de seis textos teatrales breves destinados a elencos femeninos. Temas como las desilusiones y obsesiones amorosas, los prejuicios de género, la maternidad y la violencia contra la mujer son ejes narrativos. Los textos han sido utilizados permanentemente por universidades y escuelas de teatro para producciones académicas, pero también han sido adaptados por actrices profesionales para producciones comerciales y audiovisuales. Una de las razones del reconocimiento del libro como fuente de numerosas producciones, lecturas dramáticas y ejercicios de escena para actrices profesionales y en formación es la amplia gama de emociones contradictorias y el rico material para la construcción de personajes complejos y memorables. Los monólogos que componen el libro pueden ser útiles tanto para actrices que buscan papeles desafiantes para su repertorio, como para directores y docentes que buscan material contemporáneo de alta calidad y actualidad para ofrecer a sus elencos y alumnos. Romualdo Angelo - La nada común historia de una mujer que amó más de lo que fue amada y terminó demostrando más amor del necesario. Y después de esto ¿qué hacer con los tatuajes no deseados?  La mujer de las flores - Asesinato, ocultación de cadáver y jardinería. Una comedia dramática sobre el deseo, la obsesión y los fertilizantes extraños. Una historia de amor a flor de piel, expectativas frustradas y semillas desperdiciadas. Suíte n. 02 - Una mujer y su abrumadora pasión por la música. Un matrimonio acabado, un cuerpo que ya no es el mismo y un deseo enorme de no sentir nada más. Nada, excepto la música. Mucho menos que un pollo - Una metáfora humorística sobre las relaciones románticas y las expectativas que se crean cuando una mujer espera que la imagen que los demás tienen de ella sea mejor que la imagen que ella tiene de sí misma. Simpatía - Hay días en que uno explota. Para el simpático personaje de este texto, explotar es un estilo de vida. A veces no es muy productivo, especialmente en las entrevistas de trabajo. Pero como ella lo sabe, y tú lo descubrirás, ¡qué alivio es dar rienda suelta a nuestra furia diaria! Cuidado para no enamorarse - Entender las razones por las cuales uno ama o deja de amar es siempre un misterio. ¿Y qué hacer cuando, de repente, de un momento a otro, descubrimos que nuestro afecto se ha desperdiciado? Un texto para decirlo mirando a los ojos de quienes nos desprecian. Una abrumadora declaración de amor.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 65

Veröffentlichungsjahr: 2025

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Índice

Romualdo Ângelo

La Mujer de las Flores

Mucho menos que un pollo

Simpatía

Suite nº 2

Cuidado para no enamorarse

Sobre el autor

Sobre el traductor

Para Fernanda, con amor.

Romualdo Ángelo

Sí, lo hice. Me tatué el nombre de mi marido en la cola. Bien en la cola no, un poquito para arriba, en el coxis. Ahí mismo, todos saben dónde es. No, no sé muy bien el porqué. En aquella época me pareció que era una buena demostración de amor. Pensaba que cuando él me agarrase por atrás siempre pensaría que yo era, de verdad, su mujer. Romualdo Ángelo. Pensé que no iba a querer poner el apellido. Iba a parecer como un cinturón, qué sé yo, como todos aquellos Pérez y González. Mejor los dos nombres. Romualdo Ángelo. Con letras grandes, como el titular de un diario. Después cuando ya no estábamos juntos, mismo que yo tuviese la esperanza de volver con él, pensaba que todo hombre que me agarrase por atrás, al ver aquellos dos nombres, llenos de “as” tónicas, Romualdo Ángelo, sabría enseguida que: esa mujer tiene dueño. Si fuese así, ¿no? Si fuese suficiente escribir el nombre, en la piel, de quien nos gusta para que el amor no acabe nunca… Debería ser así. Que el amor dure mientras duren los tatuajes. Pero no es. Y ahora, cada vez que me miro al espejo, de espalda, noto cuánto amé a Romualdo Ángelo. Qué loco, ¿no? Una hace cada estupidez por amor. Y la peor de todas es demostrar nuestro amor. Debería venir en el manual de instrucciones del amor, caso existiese uno, que, para una mayor duración del producto, todas las demostraciones deberían ser con moderación, de hecho, con absoluta moderación. Por lo menos es lo que yo pienso. Y cada vez que me miro la espalda estoy más segura de esto. No es solo porque el dinero de los regalos no vuelve, el tiempo de espera no vuelve, y los tatuajes son para siempre, o casi. Es porque, de hecho, seamos francos, no valorizamos aquello que no pensamos que podemos perder. Cuando escuchás todo el día, te amo, pueden pasar dos cosas: nos cansamos de toda esa mierda, o lo encaramos como algo tan usual como decir un, buen día, ¿qué tal? En serio. ¿Cuál es la gracia de ser amado incondicionalmente? Esto solo funciona con padres e hijos, y mismo así, a veces es una mierda. Cuando uno escucha “te amo”, todos los días, uno piensa que puede hacer cualquier cosa que va a ser perdonada, porque en realidad la persona nos ama tanto que no puede vivir sin uno. No siempre es verdad, no todas las personas piensan como yo, pero hablando de mí, es eso mismo. Yo pienso en Romualdo. Cogiéndome todos los días y viendo su nombre en mi cola. Agarrándome de la cadera, leyendo y releyendo, Romualdo Ángelo, Romualdo Ángelo, Romualdo Ángelo, mientas jadeaba en mi espalda, mientras acababa dentro de mí, murmurando el propio nombre una y otra vez, Romualdo Ángelo, Romualdo Ángelo, Romualdo Ángelo… Esa mujer es mía, es lo que debía pensar. Y era eso mismo. Me consideraba de él. Quería ser de él a cualquier precio. ¿Pero y él? La mierda es que nunca supe si él me quería de verdad para sí. Uno se cansa de nuestros juguetes. Podemos soñar toda la vida con la muñeca cara de la vitrina y olvidarnos completamente de las que tenemos en nuestro estante. Romualdo, por ejemplo. Creo que nunca me dijo, así con todas las letras, en la cara, mirándonos fijamente, que me amaba. Y, a veces, yo imploraba por eso. ¡Decime que me amás! Decime que me amás, por favor. Por el amor de Dios, decime que me amás, ¡desgraciado! Y él nada. Se limitaba a sonreír. Eludía el asunto y decía que sus sentimientos eran claros. ¡Sus sentimientos! Tan difícil era decir, te amo. ¡Hijo de puta! Me extenuaba intentando que aquél desgraciado manifestase cualquier tipo de afecto. No necesitaba mucho. Como él no daba nada, o casi nada, ese casi nada valía mucho. A veces alcanzaba con una sonrisa de satisfacción después de cogerme para llenarme de alegría. Él me ama, pensaba después que él acababa. Y hasta hoy no sé si me amaba o era cosa mía. Y es por eso que hasta hoy no paro de pensar en ese hijo de puta. Con el paso del tiempo ya no estaba tan loca por él, pero la obsesión en hacer con que él me amase hacía que cada vez más implorase por su amor. Yo me pregunto, si al revés de parecer frío como una roca, cuando se trataba de alimentar mi amor, él me dijese todos los días que me amaba, si lo continuaría amando tanto como cuando estábamos juntos. No consigo imaginarme una respuesta. ¿Cómo voy a saber sobre lo que podría haber sido? No tengo perspectiva para saber cuál sería mi reacción. Tal vez lo hubiese dejado. Tal vez pensase que después de tanto esfuerzo, de tanto trabajo para conseguir un mínimo de retribución para todo el cariño que yo demostraba, hasta que al final él dijese: te amo; capaz que en ese momento creyese que nada de aquello había valido la pena, que había desperdiciado mi tiempo, y que, de hecho, todo era un terrible engaño de mi parte, y que en realidad yo lo odiaba profundamente. Podría ser, ¿no? Pero, ¿cómo lo voy a saber? Estoy presa en la duda. Y por eso digo: ¡toda y cualquier demostración de amor es una mierda! ¿Quiere ser amada? Nunca diga que ama. Amantes perfectos: dos almas presas en el silencio y en la duda. El único remedio para un amor saludable, no demostrarlo. Si el amor fuese un bicho, y estuviese en una jaula, debería tener un cartel bien grande: “Cuidado, al ser alimentado, muere”. Esa es mi experiencia. Es sobre eso que sé. Después de Romualdo hubo otros. Varios que cada vez que me agarraban por atrás, leían y releían, incansablemente, la infame frase, Romualdo Ángelo, Romualdo Ángelo… Y todos unos divinos, decían que era una delicia, que les gustaba, y algunos que me amaban. Nunca, ninguno me ha dejado tan en duda como Romualdo. Y tal vez ese sea el motivo por el que ni siquiera me acuerdo de los nombres. Ya de Romualdo, al que nunca olvidé, el muy hijo de puta se casó. Se casó con una zorra, que después del segundo hijo engordó como una vaca. Y yo lo sé, porque toda mujer que se precie lo sabe, sabe sobre la vida de los hombres que la abandonaron, la mujer lo castiga. Romualdo, aquél que yo amaba por ser un hombre de verdad, macho y misterioso, que nunca se dejaba dominar, es golpeado, por la mujer. Y también engordó como un cerdo. Un cerdo pronto para el matadero. (pausa) Dios mío, cómo engordó aquel hombre. Eran tan altivo, tan orgulloso. Hoy parece un rumiante, siempre con la cabeza