Perlefter - Joseph Roth - E-Book

Perlefter E-Book

Joseph Roth

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Beschreibung

Perlefter es un fragmento de novela que fue descubierto entre los papeles del autor tras su muerte. El libro narra la vida de Alexander Perlefter, un acomodado urbanita austríaco con quien su pariente, Naphthali Kroj, un narrador de provincia, ha ido a vivir tras quedarse huérfano. Rico en ironía, Perlefter es una incorporación importante al canon del autor.

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Seitenzahl: 150

Veröffentlichungsjahr: 2026

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JOSEPH ROTH

Perlefter

Relato de una vida burguesa

EDICIONES RIALP

MADRID

Título original: Perlefter: Die Geschichte eines Bürgers

© 2025 de la versión española de David Cerdá,

by EDICIONES RIALP, S. A.

Manuel Uribe 13-15 - 28033 Madrid

(www.rialp.com)

Preimpresión: produccioneditorial.com

ISBN (edición impresa): 978-84-321-7229-8

ISBN (edición digital): 978-84-321-7230-4

ISBN (edición bajo demanda): 978-84-321-7231-1

ISNI: 0000 0001 0725 313X

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita reproducir, fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

ÍNDICE

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

Navegación estructural

Cubierta

Portada

Créditos

Índice

Comenzar a leer

I

Me llamo Neftalí Kroj.

El pueblo donde nací no era un pueblo según los estándares de Europa Occidental. Vivían en él mil quinientas personas. Entre ellas había mil comerciantes judíos. Una larga calle unía la estación de ferrocarril con el cementerio. El tren paraba una vez al día. Los viajeros eran comerciantes de lúpulo. Porque nuestra ciudad estaba en una región que lo producía. Teníamos un hotel grande y otro pequeño. Wolf Bardach había construido el grande.

Su madre había sido la dueña de los baños turcos. Murió a los cincuenta y cuatro años de una misteriosa enfermedad de la piel, víctima de su profesión. Su hijo, que había estudiado Derecho en el oeste y quería ser notario, vendió los baños turcos para construir el Hotel Esplanade. El hotel debía tener un aspecto completamente europeo occidental, incluso americano. Para lograrlo, debía tener al menos seis plantas y cuatrocientas habitaciones.

Los sensatos comentarios de muchos judíos de que cuatrocientos extranjeros nunca vendrían a nuestra ciudad cayeron en saco roto. El señor Bardach elaboró él mismo los planos. Hizo venir a muchos hombres de las grandes ciudades vecinas. Derribó la pequeña casa de un comerciante de brandy. Él mismo supervisó las obras. Era alto, gordo y miope, como muchas personas cultas. Llevaba unos quevedos dorados, la insignia de la educación, en una ancha cinta negra de muaré. Iba con la cabeza descubierta, su gruesa figura embutida en su bata gris, con un bastón en la mano cuando brillaba el sol y un paraguas cuando llovía. Hizo construir andamios tan fiables que podía subirse a ellos con su gran peso sin dañarlos.

Cuando terminó la tercera planta, se dio cuenta de que ya no le quedaba dinero.

Vendió la propiedad y sus planos al rico señor Ritz, a quien no le importaban unos pocos miles, y partió a Viena, en secreto y profundamente avergonzado, para hacerse notario.

El señor Ritz mandó llamar a un ingeniero que quería ganar mucho dinero y no se conformó con seis plantas. Construyó siete. Cuando los siete pisos estuvieron terminados, los albañiles de todo el barrio celebraron una fiesta. El ingeniero bebió aguardiente, se acercó al borde del andamio y se cayó. Quedó tan destrozado que fue imposible saber si había sido cristiano o judío. Fue enterrado en el estrecho camino que separaba el cementerio cristiano del judío. Más tarde, el acaudalado señor Ritz le regaló una hermosa tumba de mármol para compensarlo.

El hotel recibió el nombre de Hotel Esplanade, que fue rotulado en letras doradas. Al señor Zitron, procedente de Estados Unidos, de quien se rumoreaba que había sido en su tierra tratante de blancas, lo pusieron al frente del hotel. Tenía por entonces cuatrocientas cincuenta habitaciones. Pero, como todo el mundo sabía que quien lo había construido había muerto al precipitarse al vacío, solo venían unos pocos viajeros.

Volviendo a mí: soy hijo de un cochero. En nuestro barrio había veinticuatro de esos vehículos, uno por cada hora. Mi padre tenía el que hacía el número 17, un número que todavía hoy me encanta.

Mi padre iba todos los días a la estación a recoger viajeros. Era un hombre fuerte y barbudo que no había aprendido nada. Solo se le veía la nariz roja y bulbosa y la barba rojiza. Su frente estrecha y sus ojos azules y húmedos quedaban a la sobra de la visera de cuero de su gorra deportiva. Por desgracia, bebía mucho, a causa de su trabajo. A veces tenía que llevar viajeros por nuestra zona durante días enteros, donde no había ferrocarril. Parábamos en todas las posadas. Mi padre bebía aguardiente para entrar en calor. Como era barato, fiable, audaz y fuerte, era el que más clientes tenía. No temía a los lobos ni a los ladrones. Y cuantos más viajeros conseguía, más bebía. Una noche, viniendo de vuelta a casa de vacío de una posada remota, se cayó en la nieve con su trineo y su caballo y se durmió enseguida.

A la mañana siguiente se había congelado.

Mi madre llevaba mucho tiempo muerta. Me hubiera gustado hacerme cargo del trineo y el caballo, aunque había aprendido a leer y escribir con mi maestro Tobías. Era un ancianito. De joven andada dando saltitos. De viejo seguía andando de puntillas, pero se arañaba las suelas. Como no había material para escribir en las casas del pueblo, llevaba él la tinta y la pluma, que pasaban de un alumno a otro. En casa, escribíamos las tareas con el carbón para la estufa. El maestro Tobías era el único que llevaba sombrero de copa en nuestro pueblo. Como tenía agujeros en los bolsillos, tenía que llevar sombrero de copa. Llevaba el tintero y la pluma cómodamente en la cabeza, con el inconveniente de que no podía saludar a nadie. Lo que hacía siempre era poner el dedo índice en el borde del sombrero de copa, a modo de saludo.

Como ya he dicho, me hubiera gustado ser cochero. Pero a los veintitrés colegas de mi padre ya les iba bien quedarse ellos sin ningún añadido. El más rico de ellos, el cochero Manes, compró nuestro caballo, nuestro trineo y nuestro coche. A partir de entonces, viajó con dos caballos. Se compró un látigo nuevo con mango barnizado y empuñadura de paja trenzada. Todos los demás tenían látigos de madera de cerezo común. En la correa del látigo del cochero Manes había no menos de seis nudos. El látigo restallaba como un fusil.

Recibí la mitad del dinero por el carro y el caballo, la otra mitad fue para el posadero Grzyb, uno de los acreedores de mi padre. Los cocheros celebraron una reunión y decidieron que no debía hacerme cochero porque había estudiado. Dijeron que lo mejor sería que me fuera con mi pariente rico, el señor Perlefter, que dirigía un gran negocio maderero en Austria. Se rumoreaba que el señor Perlefter era millonario. La gente pronunciaba su nombre con reverencia. Un día, los cocheros se bebieron cuarenta y seis aguardientes y se armaron de valor. Mandaron llamar al escribiente Tobías y le hicieron redactar una larga carta a mi pariente Perlefter. El rico señor Ritz conocía la dirección y se la dio. Enviaron la carta y esperaron respuesta. Yo comía cada día en casa de un cochero distinto.

Pasó el invierno, y cuando los carámbanos de los tejados empezaron a derretirse y las primeras lluvias vinieron a poner fin a la nieve, me entraron unas ganas locas de vagar por el mundo. Sabía con certeza que llegaría una carta de Perlefter.

A primeros de marzo llegó una escueta carta del señor Perlefter. Estaba encantado de acogerme.

Tardé un mes en hacer mi equipaje. Mientras tanto, negociaban con Tewje, el contrabandista de tabaco, que debía llevarme al otro lado de la frontera. Ya había pasado la Semana Santa cuando se cerraron las negociaciones. Mi equipaje estuvo listo casi al mismo tiempo. Una noche lluviosa crucé la frontera con Tewje y cinco desertores. El guardia de aduanas esperó a que desapareciéramos y luego, por sentido del deber, disparó tres veces al aire.

Llegué a Viena el veintiocho de abril de 1904. Eran las seis de la mañana. Las calles de la gran ciudad se estaban despertando. Primero las grandes y luego las pequeñas. Era como el amanecer en una familia: primero se levantan los adultos y después los niños.

Enormes carros venían del campo cargados de verduras y campesinos. Las latas de leche tintineaban en otros carros. Las casas me parecían inmensas. El sol asomaba detrás de ellas lentamente. Todavía hacía fresco. Mujeres con escobas barrían delante de las puertas. Los primeros tranvías chirriaban de mala gana sobre los raíles. Los conductores tocaban el timbre, aunque las vías estuvieran despejadas. Tocaban con el desbordante entusiasmo de la mañana. Los policías parecían tan dignos como orgullosos príncipes. Llevaban deslumbrantes guantes blancos. Algunas calles eran regias, anchas y tranquilas y limpias y estaban custodiadas por árboles. Había mucho en el aire; una quietud rural y la voz gigante y dormida de todo un mundo. El aroma se derramaba desde los jardines hacia las calles. Por primera vez en mi joven vida, vi el codeso. Nunca había leído cuentos de hadas. Sin embargo, supe de inmediato que aquellos arbustos dorados eran árboles de cuento. En casa no había codesos. Cuando abandoné mi ciudad, aún no había llegado la primavera. Allí la nieve apenas empezaba a derretirse. Aquí ya se oía cabalgar el verano.

II

Creo que ha llegado el momento de decirles el nombre de pila de Perlefter: se llamaba Alexander. Sin duda es una coincidencia sin sentido que se llamara así, y no me gusta ceder al seductor impulso de establecer una forzada relación entre el nombre de mi protagonista y su carácter. Sin embargo, no puedo evitar admitir que perdí por primera vez el respeto por Alexander Perlefter cuando oí hablar del gran rey macedonio Alejandro, que cortó el nudo gordiano con su espada, pensando que el señor Perlefter nunca habría hecho algo parecido. Al contrario, a Alexander Perlefter, como ya he dicho, no le gustaban las acciones decisivas ni las resoluciones irrevocables. No le gustaba ir a lugares en los que no hubiera caminos rectos y cómodos que condujeran de vuelta. Le gustaba detenerse en los puentes que unen el aquí con el allá y permiten a quienes los cruzan no tener que escoger ni lo uno ni lo otro. Alexander Perlefter siempre estaba cruzando puentes. Todo lo que había conseguido se lo debía a su precavida naturaleza. Él era el resultado de sus propias experiencias. Nunca dejó de ser precavido.

Debería haberse llamado Florian, Ignatz o Emanuel; en tal caso mi respeto habría durado más tiempo. Era el primer Alexander que había conocido en mi joven vida. Me gustaba ese nombre, como todo lo que el señor Perlefter poseía. Pero, a medida que crecía mi entusiasmo con el gran rey macedonio Alejandro, la comparación tenía por fuerza que perjudicar al señor Perlefter. Sí, solo mirarlo me hacía reír. A primera vista, era tan discreto como podría serlo una persona cualquiera. Pero al observarlo con más detenimiento, analizando las distintas partes de su rostro, examinando su perfil derecho y su izquierdo, me di cuenta de que había muchos secretos ocultos en él que merecería la pena tratar de desvelar; sobre todo, me di cuenta de cómo el nombre de Alexander no le pegaba en absoluto y de que no había ningún nombre que le hubiera sentado bien. Tendría que ser una palabra, tierna y suave, que se desvaneciera más allá de sus propios límites en sonidos extraños, una palabra irreconocible y verdaderamente especial y de una banalidad desusada. Por desgracia, no existe tal nombre, no existen tales palabras.

El volumen corporal de Perlefter era indeterminado. Podía parecer muy bajo y luego muy alto. Cuando no estaba contento, pero también cuando fingía estarlo, se hundía como un cuerpo de goma blanda. Unas veces podía sentarse en una pequeña silla infantil y otras en un gran sillón de cuero. Sí, no lo pasaría nada bien si tuviese que decir si el señor Perlefter era alto, bajo o mediano.

También podía parecer fuerte y débil, según fuese necesario, frágil o poderoso; podía, probablemente sin darse cuenta, meter la barriga de alguna forma, y como tenía el pecho estrecho y los hombros delicados por naturaleza, pero había ganado grasa y carne con el paso del tiempo, quedaba la duda de si era realmente ancho de hombros o de complexión estrecha.

Tenía la cabeza redonda y calva y una pequeña protuberancia brillante en la nuca, de modo que parecía como si el cerebro no hubiera encontrado sitio en su cavidad natural y se hubiera procurado por su cuenta una especie de articulación lateral. No se sabía dónde terminaba la frente y dónde empezaba el cabello. La calva confería a toda la personalidad de Perlefter un aspecto crudo, brillante, innecesariamente expuesto, como si se hubiera desnudado y como si uno debiera avergonzarse al verlo. Sus orejas sobresalían mucho, eran pequeñas, como de mujer, y habrían sido delicadas si hubieran estado más pegadas al cráneo. Se erguían como dos mirones que contemplasen el mundo desde una posición muy avanzada.

Nunca he podido determinar el color de sus ojos. No es que cambiase, no, siempre permanecía igual, pero no era un color, era como los restos de diferentes colores que se mezclan en una vieja paleta. Marrón, gris, verde y amarillo ámbar en los bordes. De día, de noche y en el crepúsculo, estos ojos eran siempre así, de color indeterminado, redondos, pequeños, rasgados y abiertos como si no los vistiesen los párpados. Eran verdaderamente los ojos de alguien a quien le costaba comprender, siempre bonachón y desconcertado. Estaban muy separados, de modo que el nacimiento de la nariz tenía espacio para extenderse; y, sin embargo, exhibía al mundo una nariz de muchacha, estrecha, bien formada y algo achatada, que brillaba blanca, como el marfil, entre las mejillas redondas y sonrosadas. Su boca también era pequeña y redonda; sus labios eran rojos. Aún más notable era la amplia barbilla, con su hoyuelo en el centro, en la que descansaba toda la majestuosidad de Perlefter y de la que irradiaba.

Majestuosidad, efectivamente; porque, a pesar de todo, Perlefter poseía una especie de majestad, como la mayoría de las personas a las que les va bien. No era la majestad de la grandeza, sino simplemente la de la prosperidad. Parecía muy inocente cuando estaba contento, como un niño mofletudo. Pero, con todo, la amargura ya acechaba en su alegría. Y así como no amaba las acciones decisivas, tampoco tenía sentimientos decisivos. Cuando se alegraba, se preocupaba al mismo tiempo. Cuando estaba profundamente triste, se esperanzaba. No podía amar ni odiar; le gustaba o le disgustaba alguien, eso era todo. Sin embargo, sí que temía por sus hijos, aunque no los amara. Porque temía la pérdida. Quería conservar lo que poseía. Incluso quería conservar a su mujer, aunque le aburría y solo sentía por ella lo que se siente por un ama de llaves. La gente como él suele amar a los animales. Pero Perlefter les tenía miedo, ya fueran grandes o pequeños, e incluso habría evitado a los pájaros si no estos no saliesen volando cuando él aparecía en su camino. Miraba con ojos tímidos a los pobres caballos que tiraban de los carros y él se encontraba por la calle, porque no se fiaba de las criaturas a las que no entendía. Y apreciaba a la policía, no solo porque perseguía a ladrones, atracadores y asesinos, sino también porque le encantaba encerrar a los perros. En la casa había gatos que pertenecían a Perlefter; pues bien: le habría gustado dispararles si hubiera tenido un arma y no le hubiera dado miedo manejarla.

No, Perlefter no amaba a los animales y no le importaban las personas. Sin embargo, se le consideraba el padre de familia más cariñoso, la persona más solícita y el ciudadano más sensible, porque las lágrimas le brotaban fácilmente, podía llorar como un actor cuando la situación se lo exigía. Podía regocijarse en la felicidad de otros, podía interpretar el amor, el odio, la amistad, la enemistad, la excitación, la pasión, la enfermedad, incluso la embriaguez cuando solo había bebido un poco. No bebía mucho, bebía muy rara vez y el alcohol no le gustaba. Sin embargo, servía buenos vinos a sus invitados y presumía de conocerlos. Chasqueaba la lengua cuando alababa tal o cual variedad y, si había que creerle, era mucho lo que había bebido en su vida. Tal vez habría podido llegar a disfrutar del alcohol si no hubiera temido constantemente perder la compostura y decir cosas inconfesables, y probablemente el dinero, por estar borracho. Por eso, últimamente esgrimía la enfermedad como excusa; pero no estaba enfermo. Tampoco es que estuviera sano. Podía estar enfermo cuando quería o cuando temía la enfermedad.

Porque su propia vida le era aún más querida que la de sus hijos. En las horas tranquilas de la noche, oía galopar a la muerte. Su imaginación le amenazaba con imágenes aterradoras. Cuando el señor Perlefter tenía dolores reumáticos en la pierna, ya sentía la amputación, veía una muleta, una silla de ruedas, una mesa de operaciones y cuchillos afilados. Y a menudo tenía dolores reumáticos en la pierna y otros en otros lugares. «¡Cuídese!», le aconsejaban sus amigos. «¡Cuídate!», le gritaba su mujer, y había terror en su voz, igual que las voces de sus amigos temblaban de compasión feliz y amistosa. Perlefter se cuidaba, pero su miedo superaba con creces a su cuidado. En pleno período de reposo, le invadía el miedo y los dolores se manifestaban de nuevo. Por eso su familia se quejaba: «¡No se cuida!».