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Novela ganadora del XIV Premio de Novela Histórica Ciudad de Úbeda, dotado con 20.000€. Pasó a la Historia como la madre del primer emperador de China. Pero antes de eso fue mucho más: una superviviente en un mundo convulso. Un fénix que se alzó sobre un mar de traiciones. En el año 263 a. C. China está sacudida por el violento Período de los Reinos Combatientes, una guerra que se prolonga desde tiempos ancestrales. Los dos mayores enemigos en esta larga contienda son el refinado reino de Zhao y el beligerante reino de Qin. El príncipe Yiren, despreciado rehén de Qin en Zhao, abandonado por su pueblo en la capital enemiga, malvive de borrachera en borrachera temiendo el momento de su ejecución. Mientras tanto, la joven Fengying, hija de unos alfareros de Zhao, es vendida como concubina al misterioso mercader Lü Buwei. Una situación que la arrastrará, a su pesar, a vivir en primera persona las grandes intrigas palaciegas. Lü no dudará en unirse a ese joven caído en desgracia al que todos odian en Zhao, aunque eso vincule su suerte a la del aristócrata y aunque Yiren se convierta en un inesperado muro entre Fengying y Lü. Uno que sacudirá la relación que acaban de empezar y amenazará la futura dinastía imperial de China.
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Seitenzahl: 825
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Primera edición: septiembre de 2025
Copyright © 2025 de Fabián Plaza MirandaAutor representado por IMC Agencia Literaria
© de esta edición: 2025, ediciones Pàmies, S. L. C/ Monteverde 28042 Madrid [email protected]
ISBN: 979-13-87787-09-7BIC: FV
Arte de cubierta y mapas: CalderónSTUDIO®
Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.
Para Gore, Sofía y Nuria. El Hanfeizise equivoca:
ninguna calamidad me espera a vuestro lado.
In memoriam:
Para David Codosero. Dondequiera que estés, maese,
espero que la disfrutes. Te dedico el premio, amigo.
Y para Antonio, el «Abu Pa», al que tanto echamos de menos.
Nuestro cariño sigue a tu lado.
Guía de pronunciación y tratamientos
Personajes
Libro primero
第一章. Capítulo 1
第二章. Capítulo 2
第三章. Capítulo 3
第四章. Capítulo 4
第五章. Capítulo 5
第六章. Capítulo 6
第七章. Capítulo 7
第八章. Capítulo 8
第九章. Capítulo 9
第十章. Capítulo 10
第十一章. Capítulo 11
Libro segundo
第十二章. Capítulo 12
第十三章. Capítulo 13
第十四章. Capítulo 14
第十五章. Capítulo 15
第十六章. Capítulo 16
第十七章. Capítulo 17
第十八章. Capítulo 18
第十九章. Capítulo 19
第二十章. Capítulo 20
Nota histórica
Glosario
Agradecimientos
Página de título
Página de copyright
Dedicatoria
Apéndice
Apéndice
Epígrafe
Parte
Capítulo
Parte
Agradecimientos
Glosario
Palabras finales
Los hechos de esta novela transcurren en el siglo III a. C. En la China de esa época no se hablaba igual que en la actualidad, ni las sílabas tenían la misma pronunciación. Aun así, con la sencillez en mente, en este libro he usado uno de los métodos de transcripción más extendidos para el chino moderno, el pinyin.
A fin de facilitar la lectura a la gente castellanoparlante, creo oportuno adjuntar esta pequeña —y para nada exhaustiva— guía.
En general los sonidos se pronuncian como en castellano, con algunas salvedades:
•Q: Se pronuncia «ch». Así, «Qin» se leería «Chin».
•ZH, CH: Para simplificar diremos que también se pronuncian como «ch».
•C: No es el sonido /θ/, como en «cena», ni el sonido /k/, como en «cama», sino un sonido similar a «ts».
•X: No es un sonido fuerte (/ks/) como en «extra», sino algo parecido a «sh».
•J, Z, H, SH: Se pronuncian como sus equivalentes en inglés, por ejemplo, «jockey», «zoom», «home» o «show», respectivamente.
•G: Siempre se pronuncia /g/, como en «gato», nunca como «Gijón».
•W: No se pronuncia como «v», sino como «u».
Quien lea estas páginas también notará un uso no convencional de los tratamientos. Dependiendo del momento, los personajes tanto pueden hablarse de tú como de usted e incluso de vos. Esta mezcla no es tan caótica como parece, sino que está utilizada a propósito.
En la antigua China, influida por el confucianismo, las jerarquías eran muy importantes. Las fórmulas de cortesía se adaptaban a la posición social de los hablantes y las personas ponían mucho esfuerzo en hablar en el tono que les correspondiera por su estatus.
Mi intención al usar distintos tipos de tratamientos es la de proyectar esta imagen de rígidas jerarquías estratificadas. No es una traducción del todo correcta, porque aunque hay casos extremos (los emperadores tenían, por ejemplo, un pronombre y un tratamiento específicos), en general las jerarquías se señalaban más con circunloquios honoríficos (como llamar al interlocutor «maestro X»).
Sin embargo, esta forma por la que me he decantado para marcar las diferencias de rango me parece clara y directa. De un vistazo queda claro que «tú», es más informal que «usted» y mucho más que «vos», así que la pirámide social dispone de más escalones en los diálogos.
Fabián Plaza Miranda
法维安
(*Marcados con asterisco los personajes ficticios)
Familia del artesano Bai
*Añil, esclava.
*Artesano Bai, padre de Fengying, alfarero.
*Cerezo, esclava.
*Chun, madre de Fengying.
*Fang, segunda hermana de Fengying.
Fengying, futura dama Zhao.
*Jing, hermana mayor de Fengying, casada con el hijo del señor You.
*Lan, hermana menor de Fengying.
*Qian, hermano mayor de Fengying, heredero del artesano Bai.
Ying Zheng, hijo de Fengying.
Familia de Lü Buwei
*Gran Tigre, escriba.
*Liqiu, esposa de Lü Buwei.
Lü Buwei, comerciante.
*Relámpago, joven esclavo.
*Salitre, esclavo.
*Yong’er, hijo de Lü Buwei y Liqiu.
Familia del príncipe Yiren
Príncipe heredero An Guo, padre de Yiren.
Dama Huayang, esposa favorita de An Guo.
*Oleaje, esclavo.
Príncipe Yiren, noble de la casa real de Qin.
Palacio real de Zhao, ciudad de Handan
*Caballero Dou, noble de Zhao.
Caballero Pingyang, Zhao Bao, miembro de la casa real de Zhao.
Dama Li, esposa del canciller Zhao Sheng.
Mao Sui, asistente del canciller Zhao Sheng.
Rey Xiaocheng, monarca de Zhao.
Su Dai, embajador de Zhao.
Yu, ministro.
Zhao Sheng, señor de Pingyuan, miembro de la casa real y canciller de Zhao.
Militares de Zhao
Lian Po, general al mando de los ejércitos en el paso de Changping.
Zhao Kuo, joven general, hijo del célebre militar Zhao She.
Zhao Jia, hombre de confianza de Lian Po.
Zhao She, antiguo y renombrado general de Zhao.
Otras personas de Zhao
*Hei Ma, sobrino del caballero Dou.
*Señor Lei, dueño de la fonda de los sacos.
*Señor Liu, comerciante de Qin.
*Señor Long, vendedor de especias.
*Señor Xie, propietario de carpintería.
*Señor You, propietario de hospedería, suegro de Jing.
*Xue Yan, vendedora de licores de Handan.
Palacio real de Qin, ciudad de Xianyang
Canciller Fan Ju, primer ministro de Qin.
*Dama Yaochun, hermana de la dama Huayang.
Shang Yang, antiguo sabio que reformó el aparato estatal de Qin.
Rey Zhaoxiang, monarca de Qin.
Militares de Qin
Bai Qi, Caballero Wuan, general, conocido como «el Carnicero de hombres».
Meng Wu, general.
Sima Cuo, antiguo general, responsable de la conquista de los reinos de Shu y Ba.
Wang He, general.
Wang Ling, general.
*Wu Yang, capitán.
Otros personajes
Dama Zhuohua, reina de Wei.
Feng Ting, gobernador de la comandancia de Shangdang al servicio del reino de Han.
Jin Bi, general del reino de Wei.
Jin Tao, gobernador de la comandancia de Shangdang al servicio del reino de Han.
Rey Kaolie, monarca de Chu.
Rey Anxi, monarca de Wei.
Caballero Xinling, príncipe del reino de Wei, hermano de dama Li.
*Zhu Hai, soldado de Wei.
«Puedes prepararte contra quienes te odian, pero la calamidad te llegará de aquellos a quienes amas».
Hanfeizi,capítulo 17
El yin es un principio taoísta vinculado a lo femenino, la pasividad y la absorción
Capítulo 1
El maestro Kong nos enseña a respetar a nuestra madre. La doctrina también aparece en el Liji, el ancestral registro de ritos de los Zhou, y así sabemos que esta obligación es una muestra de sabiduría observada en todo el mundo. Por ello nos inclinamos ante la autora de nuestros días. Por supuesto, no con la misma intensidad que ante nuestro padre, la persona a quien el orden divino colocó a la cabeza de la familia, como un rey está a la cabeza del reino. Igual que no hay dos soles en el cielo, tampoco hay en una familia dos personas en la posición de más alto honor.
Aun así, el amor y el respeto en acciones y palabras debe ser igual para padre y madre. Un hijo digno también muestra la debida consideración a la mujer que lo gestó y nutrió en su infancia. De este modo se honra no solo a la madre, sino también a la interminable lista de antepasados que vivieron en épocas pretéritas, que vigilan a su clan desde las altas instancias celestiales y que sin duda juzgarán con dureza a aquellos descendientes que ofendan al honor familiar.
Un hijo lleno de piedad filial no cae en esas trampas. Al hablar con su madre da sugerencias con discreción, y si ella no le hace caso, sigue respetándola sin desobedecer ni quejarse. Se asegura de que su cama esté caliente en invierno y fresca en verano. Por la mañana pregunta por la salud de la madre y por la tarde prepara el descanso de esta. Si debe ausentarse informa con presteza de su destino y, en todo caso, no lleva a cabo acciones peligrosas o que puedan deshonrar a sus padres. A la hora de comer espera a que la madre termine antes de servirse. Si ella está enferma, su hijo no usa peine, ni habla de cosas ociosas, ni ríe hasta enseñar sus dientes ni muestra enojo. Cuando llega el triste día en que el espíritu de la madre abandona su cuerpo y vuela hacia el oeste a los eternos jardines celestiales, el hijo no pronuncia su nombre durante el período de luto. Tampoco bebe de los recipientes usados por la madre, puesto que el aliento de su boca aún permanece en ellos.
Fengying, como cualquier hija de familia respetable, había crecido abrigada por tan nobles enseñanzas. Sabía que era su deber cumplirlas, tanto con sus padres de sangre como con los de su futuro marido, del mismo modo que sus hijos las cumplirían con ella. Aunque años después —llena de rencor, desengaño y frustración— descubriría la fragilidad de tales creencias y le parecerían un pozo seco, en su juventud fueron los cimientos de su vida.
Por eso, cuando su madre le ordenó vivir en una pesadilla, Fengying obedeció.
Acababa de cumplir los diecisiete años, esa edad en la que todas las chicas solteras se obsesionan fantaseando con su ceremonia de la aguja del pelo: hablan con sus amigas de cómo les sentará ese colorido shenyi que han visto bordar con esmero durante años, en los escasos ratos muertos que permite la rutina de tareas domésticas; bromean sobre las serias palabras de bienvenida a la edad adulta que les regalarán las otras mujeres del clan; imaginan cómo será el hombre bajo cuya familia quedarán, a qué se dedicará y cómo las tratará; se preguntan si lo elegirán sus padres o si tendrán la oportunidad de conocer por su cuenta a un joven apuesto y amable por el que surja esa extraña llama en el pecho de la que hablan los poetas. En definitiva, le dan mil vueltas a cómo serán su casa, su suegra, sus hijos y su futuro en su nuevo hogar. Cualquier cosa para no pensar en el miedo a acabar solas.
Fengying no. No había espacio en su cabeza para todas esas ideas. No era que mirara con desdén tales ensoñaciones, como a veces hacen algunas chicas que quieren darse aires de importancia. Tampoco, que se despreocupara por su futuro o la familia a la que acabaría migrando como una golondrina. Fengying tenía la misma curiosidad por la vida que cualquier otra adolescente.
Lo que le faltaba era tiempo para soñar despierta.
No había llegado la hora del almuerzo y ya estaba fatigada. Había pasado una noche terrible, pero quejarse no era digno. Aquel día tocaba ordenar el almacén para la remesa de artículos que estaban terminando padre y hermano mayor. Eso significaba recolocar casi pieza por pieza, pero con cuidado para que no se rompieran, lo que resultaba más extenuante que si hubiera podido trasladarlas a empujones. Además le había correspondido preparar la comida y lavar la ropa, dado que madre y sus hermanas menores habían salido al mercado a buscar leña para el horno del taller. El resultado era que el cansancio y el aburrimiento se estaban mezclando a su alrededor en una opresiva salsa.
Como segunda hija del artesano Bai tenía una agotadora cantidad de obligaciones. Sobre todo porque su hermana mayor, Jing, hacía ya tres años que estaba casada y, por supuesto, se encargaba de las tareas de su clan de acogida. El señor You era dueño de una conocida hospedería de Handan, un lugar limpio y respetable de buena comida, por lo que el matrimonio concertado de Jing había sido sin duda afortunado. Jing se dedicaba con devoción a su nuevo hogar, tanto por gratitud ante su estabilidad material como por el hecho de que sus suegros eran buenas personas. Jing solía alardear de que nunca la habían golpeado con una vara; ni siquiera en aquella ocasión en la que había tropezado y derramado el caldo de verduras sobre uno de los huéspedes, nada menos que un escriba de palacio.
Con Jing fuera de casa, el peso de la responsabilidad había ido creciendo sobre los hombros de Fengying. Incluso por encima de lo que ella misma había esperado. Sí que tenía claro que, hasta que llegara el momento en que sus padres pactaran su boda, el orden natural de la vida la obligaba a cumplir con las tareas que Jing había dejado, igual que sus hermanas menores, Fang y Lan, la suplirían a ella en el futuro. Pero ni ella ni su familia habían contado con el mordisco de la voraz guerra.
Cuando se paraba a pensarlo, Fengying se daba cuenta de que resultaba extraño. Por lo que ella recordaba, el reino de Zhao, su hogar, siempre había sido rival de los bárbaros de Qin. Los enfrentamientos, escaramuzas, victorias y derrotas se habían sucedido casi con la regularidad de las estaciones. La guerra para Fengying no era un inesperado fantasma que se aparece en la noche por el bosque, sino el monótono croar de los sapos que te acompaña mientras paseas: algo que puede resultar molesto pero a lo que te acabas acostumbrando.
No era raro que los jóvenes de Zhao fueran reclutados a veces para alguna batalla repentina. De hecho, su propio hermano mayor, Qian, primogénito y heredero, había servido en el ejército en dos ocasiones y —alabados fueran los dioses y los antepasados— en ambas había logrado volver sano y salvo. Handan, en tanto que capital del reino, se había acostumbrado a que su vida, igual que la arcilla sobre el torno, girara alrededor de lo militar. Y otro tanto habían hecho sus habitantes, entre ellos Fengying.
Bajo la amenaza de la guerra la gente se casaba. Bajo la amenaza de la guerra los albañiles construían nuevos edificios. Bajo la amenaza de la guerra nacían bebés, se ejecutaban los preceptivos sacrificios y ritos religiosos, se viajaba, se contaban chistes, se celebraban fiestas y se cuidaba de los campos. Los habitantes de Handan seguían con su vida, hubiera guerra o no. También solían comprar. Por ejemplo, alfarería.
Bai, el padre de Fengying, era el propietario de uno de los mayores talleres alfareros de la capital de Zhao. Su artesanía ya era famosa tres generaciones atrás, y el hombre llevaba ese legado con placer. Al menos una o dos veces cada estación recordaba a sus hijos que la palabra «feldespato» —que es la carne de la porcelana, igual que el caolín son sus huesos— empezaba con el mismo carácter bai que formaba su nombre. Su profesión era su orgullo, su única conversación y el motivo por el que los dioses lo habían puesto en el mundo. Al trabajar, los gruesos y sucios dedos de padre, en apariencia desmañados, revoloteaban gráciles como un espíritu elemental sobre la pella húmeda y la transformaban en cuencos, jarros, figuritas o réplicas de artículos de bronce. Decenas de objetos acabados con la habilidad de un maestro como los que atestaban el almacén con olor a moho que Fengying estaba tratando de ordenar, sin mucho éxito. Chascó la lengua. Padre y hermano mayor no podían seguir así, fabricando piezas como si estas siguieran vendiéndose. Era cierto que la cerámica no se echaba a perder, y que una vez encendido el horno bien valía aprovecharlo, pero aquello era un error. Todos los artículos de ese almacén, artículos no vendidos desde hacía meses, eran la prueba palpable.
La gente ya no compraba alfarería.
Por lo menos, no tanto como antes. El negocio familiar en gran medida había sido un éxito porque todo el mundo necesitaba lo que ofrecían. Los platos, fuentes o contenedores de todas formas y tamaños eran imprescindibles. Quizá la porcelana no tenía tanto peso en el día a día, donde los sustitutos de madera resultaban más prácticos, pero sí en un evento social. Si vienen invitados a casa no los puedes agasajar con recipientes astillados o de colores desvaídos; sería una vergüenza. Por eso todo el mundo se aseguraba de tener algo de cerámica en casa. No era tan suntuosa como los bronces ceremoniales de templos y palacios, pero para las posibilidades de la gente común eran un buen reemplazo.
Sin embargo, desde hacía cosa de un año los clientes cada vez se dejaban ver menos por el taller. Ya no había tantos encargos, y desde luego casi ninguna compra espontánea, de esas de alguien que pasara por la calle, viera la exposición de padre y se encaprichara de algo.
Cada vez menos clientes, cada vez menos ingresos…, y la culpa recaía sobre la guerra.
Esa era la palabra que brotaba en todos los susurros. Guerra.
Por la guerra la gente gastaba menos. Por la guerra los hogares no reponían las piezas dañadas. Por la guerra las familias habían perdido la vergüenza y no les importaba recibir a visitas con recipientes agrietados, aunque luego sus invitados fueran a hablar mal de ellos. Ni siquiera los más adinerados pedían nuevas tejas para reparar las deterioradas por el tiempo.
Sí, era extraño. La guerra siempre había estado ahí, pero de repente los vecinos de la familia parecían tenerle más miedo. Como si intuyeran que las cosas pronto irían a peor.
Fengying sacudió la cabeza. ¡Las cosas llevaban siendo iguales desde hacía años! ¿A qué venía aquello? Daba la impresión de que alguien hubiera decidido que todo había cambiado y el reino entero se hubiera contagiado de aquel pesimismo sin necesidad de pruebas.
Absurdo. Pero ahí estaban.
Un plato decorado con rojos motivos florales se le resbaló y estuvo a punto de caer encima de varios cuencos para el licor. Fengying se recuperó del susto y trató de centrarse más en lo que estaba haciendo.
Aunque seguía sin saber por qué lo hacía. Acumular platos y vasos no lograría que se vendieran. Ella no osaría desobedecer a padre, claro, pero le parecía evidente que el camino que había elegido estaba lleno de zarzas. Fabricar más implicaba gastar más. Y dinero era lo que no tenían.
El negocio llevaba meses en decadencia, como un tronco derribado por leñadores. Con menos ingresos y más impuestos —¡guerra, siempre la guerra!— no habían tenido más remedio que reducir los gastos superfluos. Lo primero había sido vender con gran tristeza a Añil y Cerezo, las dos esclavas que vivían con la familia desde la próspera época de abuelo paterno. El dinero vino bien para resistir algún tiempo, aunque a costa de aumentar el trabajo. Las esclavas, además de respetuosas, eran muy diligentes en todo lo que hacían. Gracias a ellas las mujeres de la familia habían podido librarse de las tareas más duras. Además Añil había aprendido pronto varios trucos para aprovechar bien el calor del horno, con lo que también padre había podido relajar su ritmo de actividad mientras ella lo relevaba.
La marcha de las dos sirvientas fue un gran golpe. Y además sirvió de poco: meses después volvían a tener dificultades de dinero.
La solución que se le había ocurrido a padre era seguir trabajando. En su mente no existía la posibilidad de dejar de producir su artesanía; para él habría sido lo mismo que rendirse y deshonrar con ello la memoria de abuelo paterno. Pero el dinero seguía sin entrar y las tareas aumentaban. El horno, sin ir más lejos, empezaba a necesitar un poco de mantenimiento. Si llegara a fallar, si por ejemplo no conservara bien el calor, significaría el cierre del taller, lo quisiera padre o no. Y la reparación sería otro gasto que añadir a los demás.
Lo único que sostenía a la familia a duras penas era la fabricación de ornamentos fúnebres. La gente no compraba platos, pero sí que se esforzaba por honrar a sus difuntos. Padre seguía creando copias en miniatura de los objetos usados por los fallecidos, o de sus lugares de trabajo, para que fueran enterrados con ellos.
La gente les daba más importancia a los muertos que a los vivos. Fengying no quiso pensar mucho en las implicaciones de esa idea.
—¿Se puede saber qué haces ahí parada?
Fengying dio un respingo y otra vez estuvo a punto de tirar el plato que seguía en sus manos. Un pequeño tifón en forma humana trotó hacia el interior de la estancia a la máxima velocidad que le permitía su gastado —e inadecuado para el lugar— shenyi terroso. Pasó junto a Fengying entre resoplidos, con el bamboleante moño aferrándose temeroso a la larga aguja de hueso tallado que lo sustentaba. Tras tres zancadas Fengying empezó a ordenar vasijas con presteza, como si no acabara de cargar un buen montón de jin de leña desde el mercado.
—Perdón. —Se inclinó la joven con humildad al tiempo que intentaba imitar el apresurado ritmo de la recién llegada.
La mujer le dirigió un agrio alzamiento de cejas y se limitó a usar el pesado silencio como respuesta. Se trataba de Chun, la madre de Fengying, aunque a simple vista pocos habrían podido adivinarlo. Una era bajita, regordeta y colorada como una manzana; la otra era esbelta, alta y pálida como el bambú. Una se hacía notar con aires serios y dignos tan pronto entraba en cualquier habitación; la otra se esforzaba por pasar desapercibida. Una tenía un rostro accidentado que recordaba a una tortuga; el semblante de la otra era ovalado y de rasgos suaves como un lago en calma. Solo podía notarse su parecido cuando hablaban, pues ambas poseían una voz ligeramente grave con un tono algo áspero capaz de acariciar los oídos o arañarlos con ira.
—Madre, he estado pensando —dijo Fengying al poco, como excusa por justificar su inactividad; por toda respuesta Chun le pasó un par de platos, así que la chica siguió hablando mientras los colocaba—. Quizá sería buena idea…, creo…, esperar a vender todo esto antes de seguir fabricando más. No sé qué opinas. ¿Tal vez ir a lo seguro? ¿Liberar mercancías y mientras tanto hacer mantenimiento? Fang y yo podríamos ayudar a hermano mayor a reparar un poco el horno, y así cuando lo volviéramos a encender no habría riesgo de que perdiera calor. Mientras, padre podría retocar las decoraciones de todas estas piezas. Ahora nos podemos permitir una pausa, ¿no?
Chun vació sus manos, puso los brazos en jarras y frunció el ceño.
—¿Qué pasa? ¿Esto te cansa?
—No es eso, madre. No te pido trabajar menos. Te pido hacer un trabajo… más urgente.
Fengying apretó los dientes y se preparó para el clásico sermón de «tu padre sabe lo que le conviene al negocio», «muestra un poco de respeto» o «este taller existía mucho antes de que tú nacieras». Sin embargo, su madre se mantuvo en silencio durante unos instantes. Luego, en un gesto que no casaba ni con el lugar ni con la conversación, esbozó media sonrisa y le dio una suave palmadita en la mejilla.
—Eres una buena hija —contestó al cabo—. Después de la cena tu padre y yo hablaremos contigo.
Acto seguido, salió de la habitación y dejó a una confusa Fengying tratando de asimilar el sentido de aquello.
La piedrecita cayó al estanque y su minúsculo estrépito sobresaltó a una libélula que reposaba sobre un nenúfar. El iridiscente insecto se alejó zumbando de la misteriosa amenaza y Fang se rascó la cabeza, ajena a la crisis que había provocado su lanzamiento.
—Quizá es que la has convencido.
—¿Sin más? ¿A la primera? ¿Madre dándome la razón?
—¿Por qué no? Eres mayor que Lan y yo. Quizá madre quiere escucharte. Quizá está cansada de organizarlo todo y quiere que tú te vayas encargando de las cosas de la casa. Tiene sentido.
—No sé…
Fengying acarició distraída la nuca de Hollín, el gato familiar, sin creerse del todo las optimistas palabras de su hermana. El animal se dejó hacer y ni se tomó la molestia de abrir los ojos, demostrando que para él era más importante su siesta que la sierva que le rendía pleitesía. A modo de gratificación para la humana que lo tenía en brazos se limitó a emitir un suave ronroneo.
Se suponía que Fang y Fengying debían pasar la tarde trenzando esterillas de paja que renovaran las del salón, ya demasiado secas y gastadas, pero habían parado para charlar un rato. En caso de que madre apareciera le dirían que necesitaban desentumecer los dedos; aquello no las libraría de la regañina, pero al menos podrían fingir que era injusta.
El riesgo parecía ridículo, de todos modos. El pequeño estanque —de cuatro pasos de diámetro— se encontraba en el patio trasero de la casa, justo entre la pared del almacén y el muro de piedra que separaba el taller alfarero de la carpintería de su vecino, el señor Xie. Había muy pocos sitios de la residencia desde donde se pudiera ver, ni siquiera desde las ventanas de la planta superior, y los arbustos que casi la rodeaban aumentaban la sensación de privacidad.
Por eso aquel fragante rincón lleno de insectos había sido siempre el lugar elegido por las chicas de la casa para esconderse cuando lo necesitaban.
Aun desde su refugio les seguía llegando el alboroto de la calle cercana, donde docenas de personas se afanaban en sus quehaceres diarios. Había un constante barullo de conversaciones, peleas y risas, el crujido de los carromatos y el mugido de los bueyes. A pesar de eso las dos hermanas podían percibir casi con total claridad los berridos del señor Long, el comerciante de especias que vivía frente a ellos y que se pasaba la jornada alabando su género a voz en grito para atraer a los clientes, quienes, por su parte, solían acabar entrando, aunque Fengying no tenía claro si era por la calidad de las especias o porque resultaba la única manera de hacer que Long se callara.
Fang cogió otra piedrecita y la arrojó también al estanque.
—Hay otra posibilidad —dijo con el entrecejo arrugado.
Fengying miró a los ojos a su hermana, preocupada por la repentina seriedad de su voz.
—¿Cuál?
Tras una larga inspiración, Fang sacudió la cabeza.
—No creo que te guste saberlo.
—Me estás asustando.
—Es que es algo que da miedo.
Fengying tomó la mano de su hermana.
—¡Fang, por favor, dímelo! ¿Qué crees que pasa?
Durante unos instantes Fang dudó, pero al final pareció darse por vencida.
—Está bien. Te lo diré, aunque sé que no te gustará. Es posible que madre no sea madre.
—¿Qué? —fue lo único que logró replicar Fengying.
—Lo que digo. Puede que no hablaras con madre. Puede que un demonio la haya poseído.
Tras un par de latidos, justo antes de que Fang empezara a reírse, Fengying le dio un manotazo en el hombro. Hollín despertó de golpe y salió corriendo.
—¡Eres idiota!
—¡No, piénsalo! —insistió Fang, todavía entre carcajadas—. ¡Eso explicaría sus rarezas! ¡No es ella, es un demonio! ¡Expulsemos al espíritu que la domina! ¡Dicen que hacen falta excrementos de perro, tú ve a buscarlos!
Fengying siguió golpeando entre bromas el hombro de su hermana. Los movimientos se fueron espaciando y acabaron siendo un abrazo.
—Gracias —le dijo, con la cabeza enterrada en su pecho. Fang comenzó a acariciarle el pelo.
—Siempre piensas que lo peor va a ocurrir. Tienes que dejar de preocuparte por todo —respondió Fang en un tono más serio—. Es como si disfrutaras sufriendo y angustiándote. La vida es bonita. Permite que ella te lo muestre.
Fengying asintió sin apartarse del abrazo. Ambas habían tenido desde su nacimiento un mar de complicidad. Fang solo era un año menor que Fengying; eso las convertía en las hermanas más cercanas. Jing, seis años mayor que Fengying, siempre había sido demasiado mayor para sus juegos de niñas, y aunque los tres años de distancia de Fengying con Lan ya no importaban mucho, cuando Fengying tenía seis habían sido un viaje de diez mil li. De forma natural las dos hermanas del medio habían compartido durante mucho tiempo juegos, conversaciones, confidencias, alegrías y miedos. Cuando cualquiera de las dos necesitaba hablar, la primera elegida era la otra.
Fengying se sentía muy afortunada de poder contar con Fang, a la vez tan parecida y tan diferente a su madre. Parecida sobre todo en lo físico: igual de bajita, regordeta y redondeada, con ella no había duda alguna sobre el parentesco. Sin embargo, la forma de ser no podía ser más opuesta. Era difícil que Fang se tomara las cosas en serio o que se dejara importunar por el acechante qué dirán. De hecho, había elegido aquel preciso momento de conexión emocional para hurgarse a fondo los dientes y sacar un resto de comida que tiró también, como había hecho con la piedrecita de antes, al estanque.
—Ojalá los dioses me hubieran dado tu yin—dijo Fengying, en gran medida para distraerse de lo cochina que era a veces su hermana—. No sé estar sin preocuparme. Te envidio.
Fang se encogió de hombros.
—No lo veas así. Tú eres mayor. Tu matrimonio será mejor, padre y madre te escucharán más que a mí, y yo ni siquiera tengo la ventaja de ser la niñita pequeña de padre, como Lan. Soy yo quien te envidia a ti.
El salón principal de la casa se había convertido en un templo. Qian, como al final de cada jornada, ya reposaba en su casa con su esposa. Fang y Lan, por su parte, estaban en el dormitorio compartido de la planta de arriba, lugar al que madre las había mandado tan pronto hubieron terminado la cena. Lan obedeció sin dudar, pero, a diferencia de Fang —bien informada de los pormenores del día—, no entendió a qué venía la inesperada exigencia de intimidad.
En el salón, que ocupaba la práctica totalidad de la planta principal (salvo por la pequeña cocina junto al patio) y que por la mañana hacía las veces de tienda en la que se vendía la artesanía, solo habían quedado tres personas en silencio arrodilladas junto a la mesa ya recogida.
Una polilla revoloteaba alrededor del candil. Un perro ladró a lo lejos.
Fengying tenía la mirada gacha y aguardaba, como le correspondía hacer en presencia de sus mayores. Frente a ella, padre y madre la observaban. Llevaban haciéndolo un rato, y ella no veía a qué venía la espera. Pero notó que padre se revolvía sobre su esterilla y se recolocaba varias veces, incómodo, el basto copete pardo que cubría su moño. Entonces comprendió lo que ocurría: no lo estaban haciendo a propósito; padre, no tan hábil con las palabras como con la arcilla, intentaba encontrar la manera de dirigirse a ella.
Fengying no lo exteriorizó, pero aquello le provocó un escalofrío. Dijera Fang lo que dijera, no cabía mucho optimismo ante semejantes dudas de su progenitor. Las palabras solo son difíciles de hallar cuando tienen aristas puntiagudas.
El corazón se le aceleró y tuvo ganas de pedir a gritos que hablaran, o de salir huyendo de cualesquiera amenazas invisibles que se cernieran sobre ella en aquel momento. Pero apretó los dientes, controló su respiración y siguió aguardando. Era su deber.
Padre acabó aclarándose la garganta con un grave acorde similar a un zumbido. Juntó las enormes manos de dedos tiznados y fijó en ella sus ojos pequeños.
—Eres una buena hija.
Fengying contuvo el alzamiento de cejas que empezaba a formarse en su rostro. Eran las mismas palabras que había usado su madre. Padre estaba hablando al dictado. Una nueva señal de que se trataba de un mensaje difícil de entregar.
—Gracias, padre —lo animó con humildad, deseando que terminaran los preámbulos. Cuando te clavas una astilla es mejor sacarla rápido que menearla.
El artesano Bai respiró hondo y pareció tomar todo el yang del aire de la habitación. Su voz halló por fin la resolución que buscaba.
—Eres una buena hija —repitió— y estamos orgullosos de ti. Ayudas, te comportas y obedeces. No replicas. También eres mayor ya. Lo bastante para entender cómo funciona el mundo.
Fengying asintió con lentitud y se abstuvo de responder. Si pretendían contarle algún secreto relacionado con su supuesta madurez, habían elegido mal sistema. Por mucho que Fang y Lan estuvieran en la planta de arriba, su ausencia se basaba tan solo en las apariencias: desde el dormitorio sus hermanas podían cotillear lo que se hablara abajo casi como si estuvieran allí.
—Las cosas no van bien, ya lo sabes. Vendemos poco. Tu madre ya me ha dicho que te has dado cuenta. Supongo que es evidente. Esto ya no es como en tiempos de tu abuelo. Pero todos necesitamos comer, y ropa, y pagar impuestos y… Bueno. Vivir es caro. Yo pensaba que las cosas mejorarían, pero no. —Desvió la mirada como si le avergonzara lo que estaba a punto de revelar—. Hija, las cosas no van nada bien. ¿Entiendes?
—Sí, padre —dijo Fengying, lacónica. Sabía que el artesano no buscaba respuesta, sino que era otra manera de organizar sus pensamientos.
El hombre se acarició la barba que cubría su mandíbula cuadrada.
—Debemos dinero —se limitó a decir, y aquellas dos simples palabras fueron una ventisca en los huesos de Fengying.
«Debemos dinero». Entonces no era que estuvieran ganando poco. Era que no ganaban en absoluto. La situación era tan grave que había obligado a padre, deshonor entre deshonores, a no cumplir con alguna promesa de pago. Quizá a proveedores de material; quizá a los dueños de puestos del mercado; quizá a todos un poco. Padre, nada menos que padre, quedando como un mentiroso sin palabra. Quizá hasta había tenido que pedir dinero prestado a gentes de baja calaña. Y si había acabado confesándoselo a su hija, el problema debía de haberse prolongado durante mucho tiempo.
Fue el turno de Fengying de enmudecer.
—No es culpa tuya —intervino, apaciguadora, madre; pero a Fengying eso ni siquiera se le había pasado por la cabeza, de modo que su frase lo que logró fue intranquilizarla más.
—No, no lo es —ratificó padre, levantando las manos en gesto conciliador—. Y… Bueno, hay una solución. Por eso queríamos hablar contigo. Verás, en el mercado… En tus salidas… —Carraspeó; estaba claro que le costaba seguir—. Un hombre se ha fijado en ti.
La ventisca volvió y arrastró alegría y miedo, sin que Fengying supiera a cuál de los dos sentimientos se estaba aferrando. Un hombre. Padre había recibido una propuesta de matrimonio. Un desconocido la quería a ella como esposa. Era lo que estaba tratando de decirle, ¿no? Era una manera de librarse de una boca que alimentar. Por eso era una solución. A pesar de las bonitas palabras de sus padres, Fengying empezaba a convencerse de que querían deshacerse de ella por lo poco que colaboraba. Por eso padre veía con buenos ojos una propuesta de matrimonio. Si un buen hombre estaba dispuesto a pagar a su familia el precio de la novia, aquello sería un respiro. Como cuando vendieron a las esclavas.
Pero, aunque Fengying conocía sus obligaciones, el miedo pronto batalló con la alegría: ¿y si no era un hombre bueno? ¿Qué criterio había seguido padre para elegir al pretendiente? ¿Solo el dinero? Sabía que debía callarse y aceptar sin más, pero necesitaba esa respuesta.
—Entiendo, padre. ¿Y cómo es el hombre con el que me casaré?
La reacción de sus padres sorprendió a Fengying. Padre y madre se intercambiaron pesadas miradas henchidas de seriedad. Fue madre la que tomó la iniciativa de contestar.
—Hija mía, no es eso. No hemos recibido una oferta de matrimonio. Ese hombre que se ha fijado en ti ya tiene esposa, y no es eso lo que busca. Solo te quiere como concubina.
Cuando Fengying tenía cinco años, un grupo de artistas itinerantes montó un pequeño espectáculo en las calles de Handan. Sobre todo eran malabaristas y acróbatas, junto con algunas exóticas bestias enjauladas. Padre estaba de buen humor y decidió que no pasaba nada por ir a echar un vistazo. Aunque el entretenimiento era para todo el mundo, cada uno de sus vástagos acabó recordando con más ilusión algún aspecto concreto. Qian, por ejemplo, se pasó días hablando sin parar de los enormes lagartos que había visto, grandes como perros, y pidiendo a padre que convenciera a los artistas para que les cedieran uno como animal protector del hogar. Jing había mostrado sentimientos contrapuestos con el anciano cuentacuentos: le habían embelesado sus historias, pero las había vivido con tanto corazón que se pasó varios días teniendo pesadillas en las que aparecían los malvados fantasmas que poblaban los relatos.
Para Fengying fue la danza.
Dos de las muchachas del grupo, mientras sus compañeros se preparaban entre números para mostrar nuevas y audaces cabriolas, ejecutaron un pequeño baile a dúo. No fue nada refinado, y seguro que sus movimientos eran más torpes de lo que recordaba, pero Fengying quedó maravillada.
No podía explicarlo con palabras. Aquella coreografía al son de las cuerdas de un guzheng aporreadas sin mucho estilo le pareció lo más bello que había visto nunca. Fue como si aquellos brazos flotando igual que ramas de sauce le hubieran abierto una ventana al reino de los dioses.
Al volver a casa, mientras Qian parloteaba sin parar de lagartos capaces de devorar a los enemigos de la familia, Fengying se escondió y practicó. Así siguió, día tras día, en cada momento libre que lograba encontrar. Rebuscaba en sus recuerdos y trataba de repetir lo que había visto. Cuando no era capaz de rememorarlo se limitaba a inventarse el movimiento. Los días se convirtieron en semanas, meses y años, y Fengying siguió hechizada por la danza.
Nunca recibió una educación formal, nunca pudieron permitírsela (incluso si a padre le hubiera parecido sensato semejante despilfarro). Sus bailes nunca tuvieron la clase de una hija de noble. Pero a Fengying no le importó; siguió practicando y fijándose en otras bailarinas que pasaron por la ciudad. Daba igual que no hubiera música: tan solo ejecutar el rítmico balanceo de su cuerpo le relajaba. Así que lo hacía siempre que podía. En especial cuando se sentía especialmente agobiada por algún revés de la vida.
Como en aquella ocasión.
Al poco de levantarse, todavía envuelta en el eco de la conversación que había tenido con sus padres horas atrás, se había escabullido hasta el estanque y allí llevaba no sabía cuánto tiempo, bailando al son de una melodía que solo ella podía escuchar. Tratando de tranquilizarse. Tratando de alcanzar la paz que no le había venido durante el escaso sueño de la noche anterior. Tratándolo y sin lograrlo.
Concubina.
La palabra golpeaba su cabeza como un martillo de herrero desde la conversación con sus padres. Concubina. Fengying habría entendido, incluso aceptado y agradecido, que sus padres hubieran preparado un respetable matrimonio. Concubina. Incluso se habría dejado llevar por el ensueño de una boda con todo el ceremonial y las bendiciones rituales. Concubina. Pero ¿cómo iba a ser eso posible? ¿Cómo iba padre a conseguir que una casamentera encontrara un buen partido para ella, siendo la hija de un artesano lleno de deudas?
Concubina.
Sus manos, al son de la música inexistente, oscilaron como huyendo la una de la otra. Con los ojos cerrados, Fengying hizo que su cuerpo girara y diera pequeños pasos con ritmo.
Concubina.
Eso era todo lo que podía aspirar a ser. Una mera concubina, sometida a la voluntad de la esposa principal. Un objeto de placer y de deseo para un hombre que no sabía nada de ella, que tan solo se había encaprichado de su cara y de su cuerpo al verla en el mercado. Que, por tanto, dejaba claro qué esperaba obtener de ella. No una esposa, no un pilar para su clan, no una mujer con digna y respetable autoridad, con luz en su futuro. Una concubina.
¡Y de un comerciante, nada menos! Eso era lo único que le habían dicho sus padres de él, aparte de que se llamaba Lü Buwei. Lü Buwei el comerciante. ¡Comerciante! Uno de esos haraganes parásitos que se aprovechan del esfuerzo de los demás sin trabajar ellos mismos. Padre había tenido en ocasiones tratos con algunos. Le compraban sus piezas, las llevaban a otro lugar y las vendían por el doble o el triple de su valor. ¡Menuda desfachatez! ¡Darse un paseo, viajar por el mundo y encima cobrar por ello! ¡Y sin sudar, sin esforzarse como hacían padre y hermano mayor cada día! ¡Comerciantes! ¡Vividores, gandules, innobles, caraduras!
Ese era su destino. Acabar en manos de uno de ellos. Iba a convertirse en la prostituta de un aprovechado.
Al abrir los ojos Fengying se dio cuenta de que Fang había llegado y la contemplaba en silencio, sentada sobre una roca. No detuvo su baile y su hermana no hizo ademán de pedírselo. Tan solo la miró. Tan solo estuvo ahí. Tan solo dejó que Fengying lo supiera.
Varios compases imaginarios después, se dio por vencida y regresó del reino de la danza.
—¿Sabes? —dijo Fang como si tal cosa—. Ya no te envidio tanto.
Fengying compartió la desvaída sonrisa de su hermana y se sentó a su lado.
—No sé por qué —suspiró, sin lograr imitar el aire casual de Fang. Ella tomó su mano—. ¿Ya no me vas a decir que la vida es bonita?
—Pues sí te lo voy a decir. Tú al menos tienes una propuesta. ¿Crees que Lan y yo recibiremos alguna? Con suerte envejeceremos cuidando de padre y madre. Tú vas a tener algo.
—No me voy a casar. Me van a entregar a un hombre que lo que quiere es meterse entre mis piernas.
—Será difícil, no te digo que no. Pero podría haber sido peor. Serás concubina, no esclava. Eso te dará algo de protección.
Fengying agachó la cabeza.
—Supongo. Pero bueno, da igual. No tengo alternativas. Padre es quien decide. No le voy a llevar la contraria. Solo necesito tiempo para… aceptarlo.
Fang soltó a su hermana y se acarició la barbilla, pensativa.
—A ver… Quizá podrías huir y vivir como bailarina itinerante.
—No me tientes.
—No, tienes razón. Creo que no es tan bonito como suena. No sé si bailar te protege de la lluvia y de los bandidos.
Fengying suspiró.
—Si ese fuera el único problema…
—No lo es, no. Si te vas, padre quedará humillado ante la gente. Y sin dinero. Dudo que ese tal Lü me quiera a mí como sustituta. No se me da tan bien bailar.
Las manos de Fengying se entrelazaron por voluntad propia, como si la mención de la danza les hubiera hecho recordar lo mucho que les gustaba.
—Eso es lo peor. Que ni siquiera sé nada de ese hombre. Si fuera mi futuro marido, lo entendería. Respetaría el ritual. Pero para ser su… —escupió la palabra— concubina…, creo que merezco saber algo sobre él.
Fang asintió.
—Tienes razón. Deberías preguntar.
Madre estaba en la cocina, pelando judías con los ademanes expeditivos de un experto leñador. Las vainas eran desgranadas con rapidez, en un creciente montón del que se trataba de aprovechar cualquier resto. Fengying se la encontró como tantas otras veces, sentada en el viejo taburete que colocaba junto a la puerta del patio trasero porque decía que le gustaba sentir la brisa mientras cocinaba.
Aquella era una de las pequeñas confidencias familiares que ella se perdería cuando se convirtiera en la concubina del comerciante.
Sacudió la cabeza y aceleró el paso para darse coraje ante el previsible enfrentamiento que se avecinaba. No le resultó sencillo. La tradición decía que la pernera de un shenyi debía ser lo suficientemente corta para permitir el movimiento cómodo, pero lo bastante larga para cubrir cualquier atisbo de piel de miradas impúdicas. Ante la duda, madre solía optar por excederse en lo segundo, cosa que resultaba en prendas con las que era difícil caminar. Aunque madre lo definía como «moverse con elegancia». Era el mismo argumento que usaba para hacer caso omiso a cualquier reparo basado en el hecho de que el shenyi fuera una ropa demasiado formal para trabajar. En su opinión, una señorita siempre debía aparentar clase y estilo, hasta pelando verduras.
Tomó un taburete y un cuchillo, y se puso a trabajar las judías. No hubo ninguna palabra. Ni un saludo, ni un reproche, ni una referencia a que llevara toda la mañana sin mover un dedo para ayudar. Fengying no sabía si era buena o mala señal.
Decidió hacer lo contrario que padre la noche anterior y fue al grano.
—Todo esto… yo… no me lo esperaba.
Madre no la miró al contestar, centrada en los repetitivos cortes del cuchillo.
—Ni tú ni nosotros. La vida no siempre te deja elegir.
—Elegir… Aquí no, desde luego —Como vio que madre no añadía más, siguió hablando—. ¿Es así? ¿No hay elección?
Madre se detuvo. Apretó los labios, soltó el cuchillo sobre la mesa y la miró por fin.
—No.
—¿Tan mal están las cosas?
—Sí.
Fengying trató de ahogar su frustración. Madre no estaba facilitando la charla. Intentó una nueva aproximación.
—¿Cómo es él? Ese Lü Buwei.
—Rico.
Fengying perdió todo amago de compostura y resopló.
—Claro. Eso es lo único que importa.
Madre clavó más hondo su mirada y se cruzó de brazos.
—No seas estúpida. Lü Buwei es un hombre inteligente. Tiene propiedades y contactos en varios reinos. Se ha ganado el respeto de mucha gente, en muchos lugares. Pero lo más importante es el dinero, sí. Eso es en lo que nos hemos fijado tu padre y yo —Levantó la mano para impedir que Fengying soltara la pulla que ya le nacía en el pecho—. Sí, el dinero. Eso es lo que importa. Estarás con un hombre con dinero. No te faltará de nada. No pasarás hambre. No tendrás deudas que te quiten el sueño. No tendrás… —se le humedecieron los ojos— no tendrás que vender a una hija al primero que pase.
Las lágrimas le impidieron seguir. Se cubrió la cara con las manos y Fengying se notó morir por dentro. Se dejó caer, de rodillas, y bajó la cabeza hasta tocar la tierra con la frente, en la reverencia de máximo respeto posible. Desde el polvo del suelo, lugar que se le antojó extrañamente cómodo, emitió un tímido hilo de voz.
—Madre, seré digna de vosotros. Cumpliré vuestros deseos.
Capítulo 2
Una jaula, incluso una de ciento cincuenta mu de grande, siempre será una jaula. La del príncipe Yiren, miembro de la casa real de Qin en línea directa a la sucesión del trono, ni siquiera era una jaula de oro. Era una apestosa cloaca infestada por una colonia de despreciables cucarachas. Por mucho que sus habitantes se pavonearan al hablar de sus redes de comercio, de sus templos centenarios, de sus escuelas, de sus pensadores o de sus héroes legendarios, para Yiren la metrópolis de Handan no dejaba de ser un cenagal que merecía ser barrido por alguno de sus insoportables monzones.
Y las gentes que la habitaban… ¡Malditas ratas! ¡Ratas inmundas! ¡Algún día pagarían por lo que habían hecho! ¡Lo pagarían con creces! ¡Les enseñaría la agridulce lección de la venganza!
Así pensaba hasta que la frustración le revolvía la bilis en el estómago. Porque en cuanto le venía a la mente, sabía que aquella promesa era una botella de licor al final de la noche: tenía un fuerte aroma, pero estaba vacía.
En incontables ocasiones había pronunciado los sanguinarios juramentos de revancha. Se tiraba ebrio sobre su camastro desvencijado y, mareado por los vapores del vino, contemplaba durante horas las bastas vigas del techo, en un trance fruto del odio. Fijaba su mirada en las telas de araña y flotaba fuera de su cuerpo. Se veía a sí mismo tejiendo una densa y pegajosa red, una urdimbre invisible en la que quedaban encerrados sus adversarios, todas las personas que le hubieran causado algún mal. Era una malla trenzada con paciencia, hilo a hilo, sin prisas, con la metódica premeditación de quien sabe que el tiempo le sobra tanto como el rencor. De forma inexorable sus maltratadores se veían inmovilizados, a la merced de Yiren, uno a uno, y entonces caían en la más completa desesperación al anticipar su cercano —aunque largo y doloroso— final. En ese momento el príncipe saboreaba cada súplica de clemencia, cada ruego, cada petición de perdón, cada vacua disculpa, justo antes de devorar a los insectos poco a poco, con la dedicación que merecían por sus largas e insultantes ofensas.
Luego la borrachera le hacía dormir y al despertar no había ni rastro del sabor de la victoria. Solo el neblinoso eco de lo que habría podido ser. Aquello, y la pastosa realidad de lo que era.
Handan estaba llena de detalles. Yiren ya llevaba casi ocho años allí atrapado, desde que apenas era un niño de once, pero el lugar todavía lograba sorprenderlo de vez en cuando con algo que se le hubiera escapado. Y no era porque no prestara atención. Un prisionero poco puede hacer aparte de contar las piedras de su celda y mirar sus imperfecciones para entretenerse. Yiren trataba de la misma manera a la capital de Zhao: pasaba sus horas explorándola y buscando cada uno de sus recovecos. Lo hacía porque no tenía otra cosa que hacer.
No podía cazar, no podía cabalgar por las cercanas llanuras, no podía peregrinar a las montañas, no podía celebrar fiestas con amigos, no podía relacionarse con otras familias nobles. Solo podía estar en la ciudad. Así que estaba. Estaba y paseaba. Estaba, paseaba e investigaba. Y a veces se topaba con imprevistos.
No eran cosas asombrosas, por descontado. Yiren ya no era el chiquillo que llegó por primera vez a uno de los ejes del mundo para quedar por siempre entre sus murallas. El tiempo de dejarlo con la boca abierta había pasado hacía mucho. Handan jamás volvería a provocarle asombro.
Pero los pequeños detalles también pueden romper la monotonía. Del mismo modo que un reo es capaz de pasar la mañana en éxtasis tras ver que una de las piedras provoca una sombra idéntica a un melocotonero, Yiren podía disfrutar con las banales irregularidades de la ciudad. Nada sorprendente, pero cualquier cosa que quemara la rutina era bien recibida.
Como la apresurada forma en que aquellos chiquillos se habían apartado esa mañana de su camino. Cualquier otro día habrían cuchicheado y reído a sus espaldas. El más osado de ellos quizá habría querido mostrar su valía gritándole algún insulto desde lejos (los preferidos de Yiren eran «cara de cerdo» y «saco de mierda»; ¿se habían visto y olido esos patanes?). La reacción de los criajos le pareció interesante por lo diferente. Tal vez se estaban haciendo mayores y entendían que desafiarlo —contrariamente a lo que pensaban— no era una audacia, sino un peligroso juego en el que tarde o temprano lo perderían todo.
Para darse fuerzas acarició la empuñadura de la jian que colgaba de su cintura. Sus captores podían quitarle muchas cosas, pero nunca la capacidad de defenderse si él elegía hacerlo. Era parte del acuerdo tácito, del contrato que regía su destino hasta que el rey Zhaoxiang de Qin decidiera otra cosa1. Hasta que lo liberara de su posición de rehén.
Las intrincadas normas de diplomacia que existían entre los siete reinos habían marcado su destino casi desde que nació. Todos los gobernantes sabían que la intención del resto era unificar los territorios de China bajo su mandato. Sin embargo, todos fingían que no era el caso y que en realidad deseaban vivir en paz. Como los hechos pisoteaban con demasiada frecuencia tan bella pintura, a lo largo de los siglos se había desarrollado un método por el que todo el mundo podía seguir aparentando sin demasiado miedo a que esa mentira se resquebrajara como el hielo de un lago: tomar rehenes.
Un estado que desconfiara de las intenciones de otro podía exigir que su rival le entregara algún prisionero de alto nivel. Si el adversario veía la propuesta con buenos ojos (quizá porque le interesara evitar los enfrentamientos por el momento, o para lograr la retirada de tropas enemigas de su territorio), podía acceder a ella. En ese caso se designaba a algún aristócrata al que se le encomendaba la tarea. A partir de entonces esa persona era la prueba viviente de que no había dobles intenciones por parte del reino que la enviaba. Si, por ejemplo, ese reino iniciaba una invasión, la tradición indicaba que el rehén podía ser ejecutado en represalia; aquel era un destino que, siendo el prisionero de elevada familia, se prefería evitar. Por su parte, el reino receptor acogía al rehén no como un reo, sino como un invitado: tenía libertad de desplazamientos, era alojado con los máximos lujos y podía desarrollar las actividades que deseara siempre que no conspirara contra el estado que lo acogía.
En realidad ser rehén solía tener mucha más importancia de la que parecía. La persona designada era como un pilar esencial de las relaciones de su reino con los demás estados. De este modo, el cautivo tenía claro que su principal deber era mantenerse bajo la custodia del país de acogida mientras no le ordenaran lo contrario. Ello impedía, como es natural, la posibilidad de escapar; hacerlo sería lo mismo que decir que ya no había rehén y que, por tanto, se podía dar por sentado que el reino de origen pretendía atacar. En otras palabras, era una declaración tácita de guerra.
De ahí que cualquier estado considerara una terrible ofensa interna que uno de sus emisarios rehuyera sus obligaciones. Si alguno osaba regresar a su capital sin permiso se encontraba con un duro castigo por la desobediencia. Solía ser más recomendable quedarse en su destino y ayudar a mantener la paz entre ambos reinos. Para ello los rehenes también debían evitar cualquier acto que insultara al estado de acogida, o que provocara un conflicto entre los dos países.
Como contrapartida, el lugar en el que se hospedaba se aseguraba de que nada perturbara la integridad física de su invitado, o de que se le ofendiera de alguna forma (cosa que también podía acabar llevando a la guerra).
Era lo que solía hacerse.
Con todos los rehenes salvo con Yiren.
No podía ser de más alta cuna. Nada menos que el hijo de An Guo, príncipe heredero y futuro rey de Qin. Pero él mismo no estaba precisamente en las posiciones más cercanas a suceder a su padre: An Guo tenía dos docenas de hijos legítimos, y por desgracia Yiren —decimoséptimo— estaba más cercano a la cola que a la cabeza.
Aquel había sido el problema.
Cuando Zhao pidió un rehén Qin se lo dio. Lo hizo con grandilocuentes promesas de que pertenecería a la estirpe del mismísimo rey. En Handan estuvieron satisfechos… hasta que comprobaron quién había sido el elegido.
La mera designación de Yiren era un insulto. Una burla con la que Qin confirmaba su naturaleza de reino deshonorable cuya palabra no tenía valor y que cumplía con la letra de los acuerdos, pero no con su espíritu. Con su jugada, Xianyang había conseguido un compromiso de paz de Zhao a cambio de nada. Porque todos tenían claro que el decimoséptimo hijo de un príncipe, por mucha sangre real que llevara, no tenía ningún valor para Qin. O lo que era lo mismo: las amenazas de muerte contra su principesca persona serían tan eficaces como desafiar a una ventisca con una vela encendida. De hecho, Qin no dejó de hacer incursiones menores en territorios de Zhao.
Muchos se mesaron las barbas y, en efecto, exigieron a gritos la ejecución de Yiren como castigo. Sin embargo, hasta en eso estaba Zhao atado de pies y manos. Por mucho que el rey Zhaoxiang se hubiera reído de ellos, formalmente había cumplido su palabra. Matar al rehén sería una afrenta que justificaría la marcha de los ejércitos de Qin hasta la mismísima Handan; y nadie en la corte de Zhao quería encontrarse con esas tropas asediando su ciudad. Sobre todo porque estarían solos en aquella contienda: al quebrantar la inviolabilidad física de un rehén, los demás reinos interpretarían que Zhao había provocado la guerra, que Qin tenía la autoridad moral para la invasión y que, por tanto, era un asunto de honor entre ambos estados en el que no debían inmiscuirse. Unas escaramuzas de frontera no cambiarían esa opinión sobre la importancia de un rehén de sangre real.
Con el paso de los años Yiren se había convencido con resignación de que Zhaoxiang en el fondo quería la muerte de su nieto. No podía haber deseo que anhelara más. Porque así le darían una excusa de oro y jade para un ataque a Zhao sin otros adversarios por medio.
Ese fue el motivo por el que en Handan supieron contenerse y decidieron, a regañadientes, mantener con vida a aquel mocoso, rehén envenenado, que les habían encasquetado a modo de fruta podrida dentro de una cesta de aparentes manzanas frescas. Mientras Yiren siguiera con vida sabían que Xianyang no tendría una excusa para invadir Zhao sin repercusiones. Así que cumplieron su palabra.
Eso sí, también lo hicieron de forma literal y prescindiendo de las cortesías de la buena fe.
Acogieron a Yiren, pero lo metieron en una fría y húmeda casucha de una planta, llena de goteras y pequeña hasta para un porquero. No le proporcionaron ropa, caballos, carro, ajuar ni sirvientes más allá de un demacrado esclavo llamado Oleaje y un ridículo sueldo para su manutención. No le ofrecieron un tutor aparte de los conocimientos que el sirviente —quien al menos estaba cultivado e intentaba ser amable con su nuevo señor— tuviera a bien compartir. Los palacios no estaban cerrados para él, pero todos en su interior fingían que Yiren no existía. Debían facilitarle comida, pero solo lo hacían para evitar que pereciera de inanición; los alimentos que le daban eran prácticamente pienso para animales. La gente que lo reconocía en Handan le lanzaba miradas de odio. Incluso le escupían. Escupían a un niño de once años. Un niño que pretendía ser un hombre pero apenas lograba entender lo que estaba ocurriendo. Y mucho menos por qué su familia permitía que lo trataran así.
En ocasiones incluso se preguntaba si alguien en Qin se acordaba de él. Dos o tres veces al año Handan recibía emisarios de Xianyang. Estos pasaban a visitarlo, pero solo para asegurarse de que seguía vivo; de que por desgracia su abuelo todavía no tenía el pretexto para iniciar una guerra a gran escala. No le ofrecían respuestas a sus preguntas ni le procuraban ningún tipo de ayuda; y cuando se marchaban volvía a ser objeto de inquina y víctima de ultrajes.
El paso de la infancia a la adolescencia había sido para Yiren el momento más amargo de su vida, un fuego ácido que forjó su alma en el crisol del desprecio.
Pero a medida que fue creciendo, la semilla de una idea germinó en su pecho. Se dio cuenta de su error, y descubrirlo le trajo un remedo avinagrado de paz interior: no tenía por qué quedarse de brazos cruzados esperando a que lo sacaran del pozo.
Había algo que sí podía hacer.
La llovizna caía con mansedumbre. Quizá aquel era el motivo de que los chiquillos no lo hubieran increpado como de costumbre. Tal vez insultarlo bajo el agua no tenía para ellos el mismo sabor que hacerlo en el calor del sol. En cualquier caso, el resto de sus conciudadanos se desenvolvían con soltura en aquel tiempo. Estaban más que habituados a los descontrolados chaparrones que solían desplomarse sobre ellos en aquellos meses veraniegos; un insignificante chubasco no les debía de suponer impedimento para sus tareas habituales. Yiren pasó varios puestos que vendían fruta y verdura bajo la lluvia con total naturalidad, haciendo caso omiso al goteo de caras, ropa, manos y el propio género.
En otro tiempo se habría preocupado de que las mangas de su yishang
