Persiguiendo el amor - Betsy Eliot - E-Book
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Persiguiendo el amor E-Book

Betsy Eliot

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Beschreibung

Aquella era una mansión propia de una película de miedo. Aquel brusco desconocido que le dijo a Abby Melrose que se fuera a casa parecía sacado de una película. Pero ella había acudido al doctor Jeremy Waters en busca de ayuda para su excepcional hijo y no se iba a dar por vencida tan fácilmente. Quizá aquel tipo fuera un auténtico genio, pero algo le decía a Abby que la necesitaba tanto como ella a él. Jeremy era un genio, pero también era un hombre de carne y hueso, y los argumentos de aquella impetuosa madre soltera... por no mencionar su belleza, estaban resquebrajando los muros con los que protegía su corazón. Pronto se dio cuenta de que hasta a él le quedaban cosas por aprender... especialmente si estaban relacionadas con el verdadero amor...

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Seitenzahl: 170

Veröffentlichungsjahr: 2016

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2002 Elizabeth Eliot

© 2016 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Persiguiendo el amor, n.º 1383 - mayo 2016

Título original: The Brain & the Beauty

Publicada originalmente por Silhouette® Books.

Publicada en español en 2003

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-687-8212-6

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Portadilla

Créditos

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

Sonaba como si alguien estuviera enterrando algo detrás de la casa.

Abby Melrose no hizo caso y llamó a la puerta. Esperaba que la abriera un sirviente o un mayordomo llamado Igor, pero no hubo respuesta. Volvió a llamar, mientras pensaba que una casa de aquellas magnitudes debía tener cocineros y guardianes, o al menos un científico loco.

Observó el edificio alto y de piedra oscura y sintió un escalofrío. Aunque no era un castillo, parecía sacado de una de las novelas góticas que solía leer antes de nacer Robbie. Pero no estaban en ninguna novela de misterio ni ella había leído nada que indujera a pensar que el doctor Jeremy Waters tuviera tendencias homicidas. Aunque el hecho de que lo hubieran declarado un genio a los siete años ya la ponía nerviosa.

El doctor Waters no había respondido a ninguna de sus cartas o llamadas ni había mostrado interés alguno en ayudarlos. Abby había viajado más de novecientos kilómetros sin ninguna garantía de que accediera a verlos. Pero la cuestión era que no tenía repuestas a su problema, y apenas tenía tiempo.

Cuando meses antes había encontrado un artículo viejo sobre un antiguo niño prodigio, supo que había encontrado a quien pudiera ayudarla. La foto mostraba un niño de pelo oscuro con gafas gruesas. Más tarde, aquel niño había abierto la escuela Still Waters para niños superdotados, que había tenido mucho éxito, pero que, según la carta que recibió Abby, había cerrado hacía algunos años. Habría sido más fácil para ella que hubiera seguido abierta, pero no iba a dejar que aquello la detuviera.

Se volvió hacia el coche en el que Robbie esperaba con más paciencia que cualquier otro niño de cinco años que hubiera visto. Lo saludó y levantó el dedo indicándole que esperara. Entonces siguió el ruido que provenía de la parte trasera de la casa.

Vio que alguien había removido la tierra al otro lado de los árboles y ya no le pareció una novela gótica. De repente, se le aceleró el pulso. Había un hombre, pero no estaba cavando la tumba de su esposa recién fallecida; más bien le recordó a uno de aquellos libros en los que una inocente mujer, frustrada sexualmente ante la falta de atención de su marido, se abalanzaba sobre el jardinero. Suspiró, pensando que al menos ella no era inocente; tenía un hijo para probarlo. Pero consideró que no había nada malo en mirar.

El hombre estaba de espaldas y cavaba un hoyo en la tierra. El pelo, largo y negro, le caía por los hombros. Llevaba unos viejos vaqueros cortados que se ajustaban a sus nalgas cuando se agachaba. De hombros anchos y espalda robusta, su cuerpo era característico de un hombre de campo, más que de gimnasio. La camiseta sin mangas dejaba ver los músculos de sus brazos. Durante un momento, Abby se dejó llevar por el encantamiento de aquellos músculos y la perfección casi poética de aquel cuerpo. A pesar de que había aprendido a no fiarse de las apariencias, no pudo evitar una respuesta esencialmente femenina. Se aclaró la garganta y se concentró en el asunto que la había llevado hasta aquel lugar.

—Perdone.

El hombre no parecía querer escucharla y continuó con su labor. Ella se acercó.

—Perdone —repitió—, estoy buscando al doctor Jeremy Waters.

El hombre dejó caer con furia el azadón sobre la tierra y la miró de un modo que le hizo pensar que ya sabía desde el principio que estaba allí.

Abby estaba acostumbrada a que la gente la observara. Su largo cabello rubio y sus ojos verdes, tantas veces comparados con la esmeralda que había llegado a odiar aquella piedra, causaban estragos en el sexo opuesto. Pero no en aquel hombre, que era cualquier cosa menos suave. Su rostro era un cúmulo de contradicciones, largo y afilado, con mandíbula cuadrada y pómulos muy marcados. Parecía haberse roto la nariz en varias ocasiones y una cicatriz le recorría la barbilla. No podía ver el color de sus ojos, pero eran oscuros, al igual que el cabello.

Abby sintió la extraña necesidad de revisar su aspecto. Su antigua costumbre de maquillarse la había tomado por sorpresa. Durante los últimos años, habitualmente lo único que hacía era sujetarse el pelo en una coleta y aplicarse brillo en los labios cuando se acordaba. Un gran cambio para una mujer que antiguamente consideraba que su mayor baza era su aspecto físico. Pero aquello había sido hacía mucho, antes de que Robbie le enseñara lo que realmente importaba.

—¿Quién es usted? —preguntó él al fin.

El tono duro la sobresaltó, pero no quiso dejar que la intimidara.

—Me llamo Abigail Melrose, Abby. He venido a ver al doctor Waters, ¿está por aquí?

El hombre continuó contemplándola como si quisiera echarla con la mirada, y ella habría estado tentada de hacerlo si hubiera tenido a dónde huir.

—Me he puesto en contacto con él por mi hijo, Robbie. Esperaba poder hablar de él con el doctor.

El hombre se quedó mirándola durante tanto tiempo que Abby llegó a preguntarse si la habría entendido.

—Ha venido al lugar equivocado —dijo al fin—. Debe irse.

Ella respiró profundamente mientas se preguntaba qué sería lo que tenía que todo el mundo le decía siempre lo que debía hacer. Su ex marido había hecho de aquello un arte, continuamente explicándole que debía dejarlo pensar a él. Pero no estaba dispuesta a rendirse fácilmente.

—¿No es esta la Escuela Still Waters?

—No.

Ella frunció el ceño hasta que comprendió que efectivamente aquello ya no podía ser una escuela.

—¿Está el doctor Waters?

—Yo soy el único aquí.

—¿Lo espera pronto?

No era una pregunta complicada, pero el hombre parecía tener problemas para responder. Cuando se convenció de que no iba a contestar, este lo hizo.

—No va a volver.

—¿Nunca?

—Supongo que si se ha ido, tendrá que volver —repuso él, encogiéndose de hombros.

—Ya veo. Quizá podría volver más tarde. Quiero hablar con él acerca de…

—Hablar no le va a hacer ningún bien. Váyase.

No le habló simplemente con malos modales, sino de forma grosera. A Abby no le extrañó que aquel hombre estuviera trabajando solo en mitad de ningún sitio.

—Solo pido un minuto de su tiempo. ¿No cree que podría dármelo?

—El tiempo no se puede dar.

Abby meditó. Era extraño, pero había sido una respuesta típica de Robbie.

—Es cierto, supongo —repuso al fin—. Quizá me lo podría prestar.

—¿Se está burlando de mí?

—¡Claro que no! Solo trato de explicar…

—¿La han invitado? —la volvió a interrumpir.

—Bueno, no, pero…

—Entonces no es problema mío.

Y se volvió, dando por terminada la conversación, pero Abby se resistió.

—Escuche, vengo desde muy lejos…

—Novecientos seis kilómetros, para ser exactos —aclaró Robbie, que se aproximó a ellos—. A una velocidad media de setenta y seis con seis kilómetros por hora, hemos tardado siete horas y treinta y ocho minutos, con paradas incluidas. Habrían sido solo quinientos noventa y nueve si hubiéramos venido en avión.

Abby se volvió a mirar a su hijo, mientras pensaba que este veía el mundo de forma muy diferente a cualquier otro niño de cinco años. Notó el orgullo que sentía por él, al mismo tiempo que el eterno impacto de saberse capaz de haber traído al mundo un niño tan extraordinario. Se acercó a él y le colocó automáticamente una mano en el hombro. No se había dado cuenta de su acción protectora hasta que vio cómo el hombre los observaba como si fueran una amenaza.

—Cariño, te he dicho que esperaras en el coche.

No quería exponer a su hijo a otro desengaño y ya había notado que aquel hombre no iba a ayudarlos.

—Me aburría.

No le sorprendió. Había terminado con todos sus rompecabezas en la primera hora de viaje y, a pesar de tener la mente de un adulto, no era más que un niño.

—Hola —saludó Robbie al hombre.

—Hola —respondió él, con menos hostilidad.

—Me llamo Robbie Melrose. Hemos venido a ver al doctor Jeremy Waters.

—¿Para qué lo queréis?

Robbie pensó la respuesta durante un momento, sin retirar su mirada de la del hombre.

—No estoy muy seguro, mi madre ha decidido mantenerme al margen de sus razonamientos. Pero lo que sí sé es que, sean cuales sean sus razones, está haciendo lo correcto. Mi madre siempre sabe qué es lo mejor.

A Abby se le abrieron los ojos ante el cumplido. Su hijo no tenía ni idea de lo abrumada que se veía, y pretendía que continuara siendo así. Nunca permitiría que su hijo pensara que era una carga. Ella era todo lo que él tenía y nunca lo iba a abandonar.

—De todos modos, no creo que sea coincidencia que hayamos escogido esta zona de Berkshires para nuestras vacaciones —continuó Robbie—. Aunque es un lugar maravilloso, creo que tiene más que ver con el cociente intelectual del doctor Waters, que es de doscientos, el más alto que se haya comprobado. El mío está solo en el rango del ciento ochenta.

El hombre lo observaba, sin palabras. Abby sintió la necesidad de defender su demanda.

—Tengo los resultados de exámenes y evaluaciones. Es un niño extraordinario.

—Esos números no significan nada para mí —dijo el hombre, con el ceño fruncido, casi enfadado.

—Son subjetivos, es cierto —asintió Robbie—, pero al menos les dan algo que hacer a los investigadores.

Abby podría haber jurado que vio al hombre mover los labios hacia algo cercano a la sonrisa, antes de volver el rostro a su apariencia inicial.

—Lo siento, no puedo ayudarlos. Pero les deseo la mejor suerte en lo que estén buscando.

—Gracias —contestó Robbie.

La madre no se molestó en despedirse y, tomando a su hijo de la mano, volvió al coche para dirigirse a la ciudad en la que iban a pasar las vacaciones.

—¿Volvemos a Pittsburgh, mamá? —tanteó Robbie.

Abby se tomó un momento para asegurarse de que su voz sonaba calmada.

—No me voy a rendir en nuestros planes de verano tan fácilmente. Habrá otra oportunidad de hablar con el doctor en otro momento.

—El doctor Waters no parecía tener muchas ganas de ayudarnos.

Abby asintió, sin sorprenderse de que su hijo también hubiera intuido quién era el hombre con el que habían hablado.

—Bueno, si cree que nos vamos a ir así es que no es tan listo como piensa.

 

 

Jeremy Waters escuchó cómo desaparecía el coche y dejó caer la azada. Por fin había conocido a la molesta señora Melrose, que había estado mandándole cartas durante meses en las que le describía lo extraordinario que era su hijo. Ya lo había oído antes. Ni una sola vez la madre había preguntado al niño si le gustaba el fútbol o los sellos. Siempre era igual, como si el niño no fuera más que un cerebro y nada más importara.

El doctor Waters llevaba tiempo esperando la visita de la pesada señora Melrose, pero nunca esperó que tuviera aquel aspecto. Era más joven de lo que había imaginado, probablemente tendría veinte y algunos, si es que no había tenido al niño siendo ella misma una niña. Unas enormes pestañas adornaban sus luminosos ojos. Y su deslumbrante melena rubia flotaba como una nube alrededor del rostro, de modo que había tenido que reprimirse para no pedirle que se diera la vuelta y ver si le cubría toda la espalda. Cuando se había girado para marcharse, había podido ver que en efecto era así.

Y en cuanto al chico, había sido como mirarse en un espejo. Físicamente no se parecía mucho a la pequeña computadora que él había sido de niño, pero tenía los mismos ojos, abiertos y curiosos, sedientos de conocimiento. Su rostro desprendía inteligencia, que lo marcaba diferenciándolo de los niños considerados «normales». Reconoció también el ángulo defensivo en sus hombros, como si de esa forma pudiera protegerse.

Jeremy sabía lo que era sentirse examinado y mostrado continuamente; había acabado harto de ser una atracción de feria.

No quería tener gente alrededor, y menos una mujer como Abby Melrose. Aunque no quiso admitirlo, no podía negar que le había provocado una reacción física. Y el hecho de saber que era una respuesta condicionada, programada en su ADN para preservar la especie, no hacía que la sintiera menos. Supuso que en cierto modo tenía suerte de no poder ayudarla, para proteger no solo su propia salud, sino a los dos. Porque nunca se iba a implicar con otra persona con tanto potencial. No podría soportarlo si fallaba, de nuevo.

 

 

Capítulo 2

 

Cuando dos días más tarde regresó a la Mansión Tenebrosa, como le gustaba llamar a la casa, tuvo que llamar cinco veces antes de que el doctor Waters abriera la puerta, de muy malos modos. Abby tuvo la impresión de que debía haber interrumpido algo, pues llevaba unos guantes de goma hasta los codos, una bata de hule y unas gafas protectoras de plástico.

No quiso preguntar. En primer lugar porque él no parecía muy dispuesto a hablar y en segundo, porque estaba convencida de que tampoco lo iba a entender. De lo que sí estaba segura era de que si tenía intención de parecer un científico loco, lo conseguía.

—¿Qué hace aquí? —preguntó el dueño de la casa.

—He venido a hablar con usted.

—No capta las indirectas, ¿no?

—¿Se refiere a la indirecta del jardinero?

—Así que lo ha adivinado —dijo él con aire despectivo—. Eso no le hace ser una científica.

—Pero Robbie sí puede serlo. Un científico o un neurocirujano o quién sabe qué.

—Eso no es asunto mío.

Abby se acercó con la mirada fija en el hombre al que una vez habían llamado «computadora humana», aunque para ella no tenía la apariencia del típico empollón. Tenía el rostro arrugado y unos labios anchos y sensuales, aunque en aquel momento mostraran una mueca. Pero fueron los ojos los que más llamaron su atención. A corta distancia, pudo ver que eran marrones, y que le hacían querer acercarse en lugar de alejarse, como si guardaran un secreto vital para ella.

No había nada en él que resemblara un supergenio, pero solo de pensarlo se dio cuenta de que aquel comentario era de una persona estrecha de miras. Abby supuso que no era más que un intento vano de explicar la extraña reacción física que sentía hacia él. Le sudaban las palmas de las manos y el corazón le latía más rápido de lo normal, pero su reacción no tenía nada que ver con la mirada de odio que le estaba lanzando. Sin querer admitirlo, su respuesta hacia el doctor Waters el día anterior había sido la auténtica razón por la que había huido en lugar de enfrentarse a él respecto a su identidad. Tenía que convencer a aquel hombre de que la ayudara.

—Doctor Waters, tengo que hablar con usted de mi hijo, Robbie. Como le escribí en mis cartas, es un genio certificado. Su cociente intelectual rompe todos los récords. Cuando empezó la guardería, sus profesores pensaban que tenía una incapacidad de aprendizaje hasta que descubrieron que era lo contrario. Le hicieron un montón de exámenes con resultados cada vez más impresionantes.

—Señora Melrose.

Abby no le dio oportunidad de seguir.

—Hacia el final del curso me llamó el director del colegio al que iba a llevar a mi hijo el próximo año. Supuse que querrían que se saltara un par de años, pero en lugar de eso me dijo que sería mejor que lo llevara a otro sitio. Me dijeron que de acuerdo con sus resultados podría saltarse toda la educación básica e incluso el instituto si pasaba algunos exámenes. ¿Puede imaginárselo en la universidad? Ni siquiera le dejo ir solo a comprar.

Sin poder estar segura, le pareció ver algo de solidaridad en la mirada del médico.

—Me sugirieron que lo educara en casa —continuó, luchando contra las lágrimas—. Aunque usaron esas palabras tan bonitas, el fondo de la cuestión es que no tienen ningún programa para él. No se lo he dicho a Robbie, lo destrozaría. Está deseando ir a un verdadero colegio desde que anda.

—Yo tampoco puedo hacer nada aquí.

—Eso no es verdad. La mayor parte de los colegios de secundaria están en contra de aceptar alumnos tan pequeños como Robbie, y los de primaria tienen miedo de que sea más inteligente que la mayoría de sus profesores, por no hablar de los alumnos. Entonces leí el artículo sobre su escuela y supe que usted ya se había enfrentado a esta situación.

—¿Qué decía?

—Era una historia sobre Still Waters. Creo que lo escribieron nada más abrirla. Robbie habría entrado directamente. Es muy distinto a los otros niños. Tiene necesidades distintas, y un futuro distinto por delante.

—Qué terrible para usted tener que enfrentarse a esa carga.

—¡No es una carga! —exclamó ella, horrorizada por que hubiera entendido lo que no era—. Haría cualquier cosa por mi hijo. Es un niño tan extraordinario; es brillante, sí, pero también tiene un maravilloso sentido de la aventura y de las travesuras. Es un niño muy sensible, se preocupa por el futuro de cualquier persona del planeta, y hace las preguntas más meditadas. Desgraciadamente, yo no tengo las respuestas.

—¿Y qué le hace pensar que yo sí?

—Hay muchas semejanzas entre Robbie y usted. Los dos eran muy jóvenes cuando les descubrieron el don, los dos tienen un coeficiente intelectual muy alto —explicó, e hizo una pausa para encontrar las palabras adecuadas—. Y los dos saben lo que es sentirse diferente.

—Déjeme explicárselo de forma que lo entienda. Es mejor que vuelvan a Pittsburgh; yo no puedo ayudarlos.

Abby se enfureció por el tono condescendiente, tan familiar para ella. De todas formas, se había dado cuenta de que el hombre, al contrario de lo que había dado a entender, debía de haber leído las cartas, pues sabía desde dónde habían ido. Debía de saberlo todo desde el principio, y ella había estado perdiendo tiempo al ponerlo en antecedentes cuando ya los conocía.

—No voy a volver hasta que sepa qué hacer con Robbie este otoño. Vamos a pasar el verano aquí en Wharton, así que será mejor que vaya acostumbrándose.

—¿Han recorrido novecientos kilómetros sin ningún plan alternativo?

—Novecientos seis —le corrigió, recordando los cálculos de Robbie—. Estamos en el Sunshine Lodge.

—¿Donde Edith Crawley? —preguntó, levantando las cejas—. ¿Y aun así han vuelto? Una de dos; o está usted muy convencida o es estúpida.

La señora Crawley le había advertido, al comentarle que iba a ir a visitarlo, acerca de un montón de historias terroríficas que lo acusaban de todo tipo de crímenes, desde lavado de cerebro de niños hasta de tener una secta. Abby había preferido decidir por sí misma, pero hasta el momento todo lo que su anfitriona le había contado podía ser cierto.

—No nos vamos a echar atrás. La vida de Robbie va a cambiar en el otoño de todas maneras. Tengo suficiente dinero ahorrado para mantenernos una temporada.

—No me importa lo que hagan, siempre que sea lejos de aquí. Ahora váyase.

—No me iré hasta que escuche lo que tengo que decirle.

—No me importa lo que tenga que decir.

—Pero usted era profesor. Su escuela…

—Mi escuela cerró. Ya no soy profesor.