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Hay vidas que se comprenden solo cuando se miran con la paciencia del amor. Todos llevamos dentro dos búsquedas: la de un lugar donde arraigar y la de un horizonte hacia donde caminar. Entre esas dos fuerzas –el anhelo de pertenecer y el deseo de abrirse al futuro– se teje la vida. Este libro se abre en dos etapas. Primera parte: "Hasta dónde uno se conoce"… El tiempo de dudas y silencios, donde la vida parecía cerrarse sobre sí misma. Segunda parte: "Lo que de la vida aún no sabía", el descubrimiento de que en la fragilidad humana germina una fidelidad nueva, una certeza que transforma. Pertenencia y horizonte no solo la vida de Catalina y Evaristo, ni la memoria de una casa, ni la crónica de un hogar; es también la certeza de que un legado puede vivirse más allá de la herencia y que lo humano, cuando se entrega, se vuelve futuro. "Las raíces también dan alas"…
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Seitenzahl: 291
Veröffentlichungsjahr: 2026
BEDA
Beda Pertenencia y horizonte / Beda. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2025.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-87-7073-4
1. Novelas. I. Título. CDD A860
EDITORIAL AUTORES DE [email protected]
Esta obra está inspirada en hechos reales. Algunos nombres, lugares y situaciones fueron modificados para preservar la privacidad de las personas involucradas.
PRÓLOGO
PRIMERA PARTE - “HASTA DÓNDE UNO SE CONOCE”
Capítulo 1 - El principio de todo Catalina
Capítulo 2 - La estación del libre albedrío
Capítulo 3 - El regreso a casa y la espera
Capítulo 4 - El reencuentrola debilidad en la fortaleza
Capítulo 5 - La llegada
Capítulo 6 - Una nueva viday una forma nueva de amar
Capítulo 7 - Pertenencia y estabilidad
Capítulo 8 - Lo que permanece… y un río en remanso
Capítulo 9 - El otoño de la vida
Capítulo 10 - Más allá de los muros
SEGUNDA PARTE - “LO QUE DE LA VIDA AÚN NO SABÍA…”
Capítulo 1 - Como quien regresa…
Capítulo 2 - Lo que brota después…
Capítulo 3 - La oblación
Capítulo 4 - Donde se muestra la confianza y la fortaleza
Capítulo 5 - La casa
Capítulo 6 - El trasfondo de la vida cotidiana
Capítulo 7 - Los hilos invisibles e invisibles de la amistad
Capítulo 8 - Los colores del tiempo
Capítulo 9 - “Yo también tengo una vida…”
Este libro va dedicado a todas las personas, a todos los corazones, sin importar cuánto amen ni hasta dónde alcancen a valorar la vida.
Y mi agradecimiento va:
A mis hijos, a mi yerno y a mis nietas y al tío Riki que me muestran día a día distintas formas de amar.
A nuestra mascota T. que nació y murió en nuestra casa y quien compartió todos los momentos vividos.
A mi esposo, que siempre me ha apoyado en todos mis proyectos.
Y a los monjes benedictinos, por abrirme un horizonte más hondo bajo la RB.
“Hasta donde uno se conoce…Lo que de la vida aún no sabía
Toda vida guarda un comienzo que desconoce y un futuro que aún no sabe nombrar.
Entre dos orillas se mueve la existencia: el tiempo en que uno cree conocerse y el tiempo de descubrir lo que estaba escondido en lo más hondo.
Este libro narra ese tránsito: no habla de conquistas ni de méritos, sino de “tatuajes en el alma”, de búsquedas y de fidelidades que se fueron gestando en lo cotidiano.
Habla de dos casas, de dos hogares que marcaron un destino y un río que corría…
La casa de la niñez de Catalina, con grietas y nostalgias y la otra casa, levantada junto a Evaristo, hecha de ladrillos y silencios compartidos que aprendía a ser hogar, herencia y lugar de encuentro.
El río nunca se detuvo. Al comienzo corría con corrientes dispersas, como si nada pudiera permanecer unido.
Más tarde, junto a Evaristo, en la confluencia de dos corrientes distintas, se hizo un cauce común: turbulento, sí, pero con un fondo capaz de sostenerlo todo con amor.
Y en ese fluir buscaron siempre un horizonte hasta abrirse al mar de Dios, donde toda agua encuentra sentido y descanso.
Allí en ese cruce de pertenencia y horizonte, se revela lo más hondo: que todo ser humano necesita raíces, pero también un camino que lo lleve más allá de sí mismo.
¿Quién soy yo realmente cuando la vida me pone a prueba,class="citacentradafilete">cuando el amor se transforma,cuando los vínculos se reacomodan,cuando el tiempo pasa?…
Catalina nació en una familia de clase media en la década del 60, en la ciudad de Buenos Aires, cerca de la estación Mitre, en un barrio de la zona norte considerado como prestigioso, con partes residenciales mezcladas. En una época en que el país no encontraba su centro dentro del escenario geopolítico mundial. Un país que parecía un péndulo oscilando entre la democracia herida y el autoritarismo que acechaba por todas partes. El aire de la ciudad y del interior se llenaba de incertidumbre: elecciones anuladas y el eco de una tendencia política silenciada pero latente en la memoria popular. Había muchas diferencias ideológicas entre los gobiernos civiles y militares que se alternaban en el poder.
A pesar de la inestabilidad reinante, una parte importante de la sociedad vivía en condiciones urbanas, con empleos estables y acceso a la educación pública. La clase media aspiraba al progreso, aunque vivía con miedo de retroceder. Y la Iglesia católica con mucha influencia en la vida cotidiana, en la educación y en el discurso moral dominante, comenzaba a tener fuertes críticas dentro y fuera de las iglesias que cultivaban su rol conservador. Y en la cultura popular, el tango empezó a convivir con la llegada del rock.
Una sociedad que también tenía sus oscilaciones entre clases sociales. Con una dimensión que no solo era económica, sino que también eran como fronteras culturales. Cómo se hablaba, cómo se vestía, qué música se escuchaba, con quién se relacionaba cada uno, marcaba la pertenencia social “dime con quién andas y te diré quién eres”… Estas clases sociales estaban muy marcadas en la vida cotidiana y cargadas de prejuicios y resentimientos.
Los padres de Catalina habían venido del interior y curiosamente ambas familias no venían de la misma clase social. La madre era de una familia muy respetada y económicamente bien sostenida en el pueblo. Y su padre de una familia modesta, trabajadora muy querida en la esfera popular. Al casarse se fueron a la ciudad de Rosario por trabajo –él en una sedería, y ella como maestra jardinera en un colegio de hermanas– vivían en una casa que pertenecía a su abuelo. Allí la vida era muy distinta a la del pueblo y con muchas oportunidades de crecer económicamente y formar una familia. Pero también con más tentaciones. Su padre con formación muy simple, por alguna razón creía que cuando la mujer quedaba en cinta, tenía la licencia de satisfacer sus necesidades sexuales por otro lado. Y así lo hizo cada vez que esperaban a un hijo. Por su parte, la madre soportaba, como una ley de vida, esa conducta impuesta socialmente.
Después de tres años y con el nacimiento del tercer hijo, la situación laboral no daba para mantenerse. Fue entonces que decidieron irse a la gran ciudad, donde tendrían el resto de sus hijos. Él iba con muy buenas recomendaciones para trabajar en una sedería muy prestigiada de la calle Santa Fe. Cada mañana vestía con mucho esmero su traje gris y sus zapatos lustrados con la dedicación de quien sabe que la apariencia también es parte del trabajo. Se peinaba con gomina, y antes de salir repasaba mentalmente el nombre de las clientas. En la tienda no solo se vendían telas, también distinción hacia esas mujeres de apellidos largos que pasaban a ver las novedades de París. Nunca llegaba tarde al trabajo ni faltaba. No se quejaba, y al llegar a la casa, se notaba el cansancio y el peso de haber estado todo el día de pie. Pero esa no era su única responsabilidad. Antes de salir hacia el trabajo, trataba de aliviar a su esposa de las tareas domésticas más dura –lavar los platos de la noche, ir a la feria para comprar los alimentos, lavar la ropa de toda la familia– porque sabía que no llegaría hasta la cena y ella debía cargar con todo el peso de la jornada hogareña. Ese era su padre cuando ella nació. Un hombre de clase media que sostenía la casa con el hilo invisible de su trabajo.
El barrio en el que vivían era una mezcla de historias. Empleados como su padre o de algún banco, médicos, comerciantes, farmacéuticos y familias que habían estado desde siempre. No se hablaba tanto de política, todos sabían quién era de un partido o del otro, pero se guardaban las opiniones. Era un barrio donde la discreción valía más que la confrontación. Si bien no eran ricos, se sabían parte de esa clase y mandaban a sus hijos a un colegio bilingüe, poniéndolos entre dos mundos: aquel en que la mayoría llegaba en auto y el de ellos que bajaban de un colectivo. Era como si flotaran entre dos aguas sin llegar del todo a ninguna orilla, pero aprendieron a moverse con cuidado, con respeto, con la pequeña astucia de los que observan más de lo que dicen. Más allá del uniforme, del apellido, de las marcas de los cuadernos, aprendieron que pertenecer no siempre es estar, sino saber desde dónde uno está parado.
Habitaban dos mundos al mismo tiempo: el del colegio con sus reglas elegantes, y el del hogar con los silencios cuidados. Y aunque las diferencias sociales estaban, compartían la idea de un futuro, pero también una constante sensación de no encajar del todo en ninguno. Esa experiencia les marcó una forma de estar siempre atentos a cómo se los miraba. Una mirada externa que los fue moldeando no desde el rechazo, sino desde la sensación de ser medidos constantemente. Con el tiempo esas distancias entre lo aprendido afuera y lo vivido en la casa le dieron la capacidad de traducir códigos, de adaptarse sin perderse, de habitar en mundos distintos sin pertenecer ni de un lado ni del otro, pero podían caminar entre ambos.
A eso se le sumaba un país que no dejaba de temblar. Donde los adultos hablaban en voz baja, temerosos de las nuevas rupturas. Y mientras Catalina aprendía a caminar y a nombrar las cosas, los presidentes seguían yendo y viniendo. Se intentaba sembrar justicia en un suelo revuelto, pero el sueño duró poco. Los militares tomaron otra vez las riendas: universidades intervenidas y voces reprimidas, el país se convirtió de marchas, resistencias obreras y un futuro incierto–. Un escenario con un paisaje contradictorio, un país desorientado y un entramado social que trataba de no dejarse moldear por esa inestabilidad.
Catalina no quedó exenta ni de esa experiencia del colegio ni de lo que sucedía en el país. Pero aun ajena a ese drama mayor, tejía su niñez entre juegos sencillos en una familia numerosa y cálida donde el amor no faltaba… padres presentes, con lazos visibles, con sus reglas de convivencia muy firmes y una formación católica bien pronunciada –al principio solo por su madre y luego por ambos–, ya que a su padre la conversión le llegó mucho después de aquello que el tiempo, silenciosamente, iba haciendo en él. Pero la historia del país y la de su familia la acompañaba como una corriente subterránea.
A medida que iba creciendo, la vida familiar no era tal como parecía ser, ya que se vivían dos realidades paralelas bajo el mismo techo, como dos maneras de entender la vida y la religión. Esa convivencia ambivalente se reflejaba en los detalles cotidianos de la casa y fuera de sus paredes; una imagen que se terminaba de completar en eventos sociales o en reuniones de beneficencia, donde la familia aparecía como un retrato perfecto de apariencia de unidad y sin grietas, como símbolo de participación y compromiso, ejemplo de “familia católica modelo”.
Con el paso de los años, la convivencia en esa dualidad, fue construyendo algo invisible pero presente en el aire de la casa. No se hablaba de eso y la madre, acostumbrada a moverse en esa ambigüedad, mantenía la tarea del equilibrio. El silencio y la ambigüedad formaban la armonía. Sabía cuándo ceder y cuándo resistir, cuándo mostrarse y cuándo ocultarse. Mientras que el padre, convencido de que cumplía con su rol, controlaba todo procurando que nada alterara la armonía aparente de lo que ellos creían estar formando un “hogar”. Pero lo que ellos no sabían era que, en sus hijos, –aunque no supieran poner en palabras la incomodidad de esa sensación, de que en su propio hogar convivían dos versiones de la misma historia, una pública, ordenada e intachable y otra privada, más frágil y contradictoria– ese espacio ambiguo les había enseñado a observar, a preguntarse, a intuir que la verdad suele ser más compleja que las apariencias y que la vida no siempre se ajusta del todo a una sola forma.
Todos percibían que algo en el aire se hacía más denso y tenso, como si las paredes mismas contuvieran una respiración reprimida hacía tiempo. Y sin romper abiertamente con el modelo familiar, cada uno de los hijos comenzaba a adaptarse a su manera; cada uno a su modo iba encontrando la forma de sobrevivir dentro ese estilo de vida. No había rebelión abierta ni quiebra definitiva sino como un proceso para habitar esa tensión sin dejar que los quebrara por dentro. Habían aprendido a leer las señales, a acomodarse, aunque dudaban cuánto quedaba de sí mismos en ese reflejo y habían tejido en silencio sus propias estrategias. Esa historia familiar, como muchas otras, se mezclaba dolorosamente con la historia del país y de una sociedad que aún mantenía una mentalidad que no dejaba crecer. Pero una cosa era la esencia de la familia y otra el escenario social donde vivían.
En ese momento la familia de Catalina pasaba por un hecho frágil. La hija mayor había quedado embarazada, con apenas diecisiete años; cursaba el cuarto año del secundario en una institución prestigiosa; logró llegar al cuadro de honor por su condición brillante de estudiante, una posición que mantenía a sus hermanos con una beca concedida por su maravilloso esfuerzo y conducta. Pero eso no bastaba; sin compasión la echaron, la hicieron abandonar sus estudios. Como si la maternidad, por error de inmadurez juvenil, fuera una falta imperdonable, un motivo de vergüenza. En esos años, las Instituciones privadas y la sociedad no ofrecían piedad, al igual que las familias. Esa noticia había sido recibida con miradas duras, susurros hirientes y una condena silenciosa que la acompañaría todos los días de su vida.
Fue entonces que Catalina se dio cuenta, a pesar de su corta edad, que además de las injusticias que sacudían al país, existían otras igual de crueles: las que juzgaban bajo la apariencia de la moral, el escándalo doméstico y las convenciones sociales de la época que no le dejaron alternativas a su hermana –debía casarse, sin importar sus sentimientos ni la inmadurez evidente–. La presión y el estatus social implicaban “salvar el honor”. Ese episodio y otras exigencias, por alguna razón, solo les llegaban a los más grandes, como si ya estuvieran condenados a sufrir las consecuencias y no hubiera vuelta atrás para ellos.
Esa situación le había hecho ver a Catalina que algo no encajaba, que las decisiones podían imponerse como mandatos y que la libertad aún era una promesa lejana. Que la vida podía ser trazada por otros bajo la excusa del deber o de la corrección social.
Al llegar la adolescencia, aún no comprendía las grietas profundas de su familia y menos aún las del país. Su mundo era más pequeño y seguro: la escuela, las calles del barrio y meriendas compartidas. Pero en esa etapa en que todo le da vueltas, el vacío se hacía escuchar. Para los jóvenes ya no había referentes más que los que los adultos podían decir según de qué lado de la historia estaban. Ella sin embargo seguía bordeando los márgenes de ambos torbellinos.
Con el tiempo parecía que el país iba recuperando la esperanza. Una esperanza breve, porque en el 74, nuevamente el país volvía a caer en una inestabilidad, y poco a poco la violencia se mostró más inquietante: secuestros, atentados, represión, desapariciones que empezaban a mencionarse en voz baja. Ella percibía el temor en las miradas de los adultos, en los cambios repentinos de temas, en calles menos transitadas al atardecer. Y aunque no se implicaba, la atmósfera ya no podía serle indiferente. La gente parecía contener la respiración cuando la historia daba un nuevo y brutal giro –otro golpe militar– un tiempo marcado por la censura, el miedo y el silencio forzado. Ella, como tantos otros jóvenes, aprendió a moverse con prudencia y el callar se volvió una forma de protegerse. A pesar de lo que se estaba viviendo socialmente, había que seguir adelante.
Esos años fueron un largo suspiro contenido, habitados por un miedo colectivo, un miedo que se ocultaba incluso de sí mismo.
De puertas adentro, también seguían los problemas. La familia no se recuperaba y en la casa, la esperanza se diluía. Y ya nadie esperaba que algo cambiara, tampoco sabían cómo sería empezar de nuevo. No había nostalgia sino como una resignación, eran como habitantes de una historia que no se sabía escribir. Nadie imaginaba, quizás, que esa historia familiar podía tener giros y que podría llegar a rearmarse. Se habían quedado en un guion impuesto, viviendo en una historia que no se podía corregir, ni cerrar, ni empezar de nuevo. Se quedaron como sombras en sí mismas. Nadie había hecho daño con intención. Pero tampoco había vínculos cimentados como para mirarse de frente y decir que las cosas podían cambiar. Dejaron pasar los días como quien deja pasar trenes sin subirse a ninguno. Y la esperanza, cuando se va, simplemente se borra.
Su madre intentaba tender puentes, entre sus hijos que no se entendían, entre un pasado que tiraba hacia atrás y un presente con normas que se imponían en la casa –el esfuerzo, las correcciones de las conductas, la disciplina–. Había trabajado toda su vida, como maestra jardinera, profesora en un conservatorio, costurera… cada oficio había sido una herramienta más en su caja de recursos, pero nunca un fin en sí mismo. Sabía que tenía que ayudar a sostener un nivel de vida que cada día exigía más. Pero se había dado cuenta que la casa se había convertido en un cruce de caminos, y por más que intentaba ser el hilo sutil que unía las rutas divergentes, y aunque a veces sentía el cansancio hasta los huesos, no sabía cómo construirlos. Tampoco sabía cómo pedir ayuda, tal vez por vergüenza o tal vez por la sensación de que “esto no se cuenta”. Y con los años, ese cansancio acumulado, ese desgaste de sostén sin pausa y sin resultados visibles, fue ganando terreno. Y de repente, sin quererlo, dejó que su ser se fuera sin ella.
Ante esa situación familiar y social que se estaba viviendo, el mayor de los hermanos varones tomó la opción más viable para él en ese momento, había aprovechado la oportunidad para irse del país, buscando su propio refugio sin cerrar definitivamente su relación con ellos; y los otros varones quedaron a la deriva de unos padres, que no sabiendo cómo sostenerlos, bajaban poco a poco sus brazos… Catalina tampoco lograba enraizar del todo en ese entorno familiar, pero al igual que sus hermanos y, así como así, la empezó a aceptar tal cual era, sin reproches ni pedir explicaciones. Tal vez porque creía que ese lugar de pertenencia no se elige y que uno no decide nacer…
Y mientras ella veía que sus amigas armaban como podían sus vidas con salidas y novios, y soñaban con una carrera, ella seguía bajo sus incertidumbres, sus vacíos llenos de deseos desconocidos, como si hubiera dentro de ella una Voluntad que no le pertenecía, pero se resistía a aceptar. No quería ser diferente. Y así, fue que se inclinó hacia lo que le parecía no tan complicado: se puso de novia, intentó probar ese camino que parecía tan claro, fácil y divertido, sin preocupaciones y que a sus amigas tanto les gustaba. Pero la cosa no iba por ahí, ella sentía una completa desconexión.
Todo ese contexto le estaba indicando algo. Tal vez, que no debía dejarse llevar por la corriente de ese río tan revuelto, o tal vez preguntarse, leerse por dentro y escuchar ese silencio que ya conocía, pero trataba de evitarlo. La cuestión era, por dónde empezar… Todo se le dio vuelta en un instante sin poder mantenerse estable –dejó sus estudios secundarios, buscó trabajo, frecuentó otros entornos de amigos; volvía a retomar los estudios y volvía a dejarlos. Su letra se entrelazaba con las de aquellos que la rodeaban en ese completo caos y con el complejo entorno familiar donde permanecía siendo invisible, menos para su madre.
Una madre que nunca le cuestionó, pero que entendía por lo que estaba pasando; una madre que silenciosamente le decía que su vida estaba escrita de otra manera, con otra letra. Esa relación de madre e hija estuvo siempre muy ligada al cariño con que se apoyaban, una relación donde las palabras no tenían renglones para escribirse con ningún trazo, solo se leían a trasluz, como marcas de agua, donde lo no dicho a veces dolía más que lo dicho –Catalina, con sus preguntas sin responder aún y sus emociones a flor de piel, y su madre, con el amor intacto pero sus propias cargas a cuesta– se empezaron a ver desde dos orillas diferentes de un mismo río, donde la corriente las iba moldeando según cómo golpeaba el agua sobre ellas. Pero a su madre ese golpeteo del agua le había corrido algo de lugar, como si se hubiera sentado a descansar y mirar cómo el cauce se la llevaba. Tal vez nadie había notado ese momento exacto en que dejó de estar en sí misma, o tal vez sí, lo cierto era que en ella había una mezcla de amor y distancia donde se iba vaciando sin ruido.
Y si bien, Catalina y ella se miraban desde orillas muy diferentes, estaban unidas por el amor de madre y de hija, algo tan fuerte que cualquier diferencia o desacuerdo; un amor que jamás se rompería, y aunque sus caminos se desprendieran nunca se olvidarían. Un amor incondicional, porque las dos sabían que de eso se trataba, aceptarse con las diferencias, saberse que son únicas e irrepetibles, que no vienen con páginas en blanco…
Como un miembro más de esa familia desmembrada interiormente, y como testigo de un país roto, Catalina se fue adaptando a vivir en la discreción. Las palabras se elegían, las preguntas se evitaban y los gestos de rutina se volvían una forma de resistencia silenciosa. Ya las noticias llegaban filtradas, deformadas o simplemente no llegaban. La ausencia de algunos rostros conocidos, el cierre repentino de espacios culturales y las miradas tristes en las calles, indicaban que algo irreversible estaba ocurriendo.
Catalina llevaba adentro no solo su dolor familiar sino también uno colectivo, porque también le pertenecía como parte de su tiempo. Una letra escrita que no podía borrar. La sociedad seguía siendo sacudida, y la realidad, esta vez, había entrado sin permiso a sus vidas: las noticias daban las listas de soldados que debían incorporarse al servicio militar para enfrentar una guerra absurda. En esa lista estaba el nombre del menor de sus hermanos varones con tan solo 18 años y aún con restos de infancia en la mirada. Esa mañana, el silencio en la casa no había sido el de siempre, había una tensión, por saber si estaría en el frente o solo como refuerzo.
La llegada de una pequeña carta daba las primeras señales de vida. Solo pisó el suelo en conflicto, y había observado, desde las trincheras, cómo sus compañeros no regresaban. A los pocos meses todo había terminado; volvió a la casa, con las cicatrices y la angustia vivida, y una mirada distante y suspendida. Rehízo su vida como pudo tomando sus propios caminos, tal vez inciertos y erróneos, pero eran los suyos. A los pocos años, esa experiencia de vida que solo él conocía, se la llevó guardada en la juventud de su alma. Fue la primera vez que el dolor los alcanzó a todos al mismo tiempo y sin diferencias. Y si bien cada uno tenía una forma de sentir esa angustia, por primera y única vez, el dolor los había alineado.
En ese suelo turbulento, donde Catalina veía que su vida se diluía entre sus dedos como agua que se niega a ser contenida, se escapaba en silencio lo que ya no podía retener por más que intentara cerrar la mano. Quedó despojada de todo adorno y defensa, hasta quedarse simplemente en sí misma. Y fue en ese momento, cuando la vida le ofrecía la oportunidad de alejarse por un tiempo sin necesitad de anunciarlo como un acto de rebeldía sino como una pausa.
Un día como tantos otros le llegó una invitación para participar de un encuentro espiritual de un fin de semana en un lugar apartado de la ciudad. Pero ese fin de semana no duró dos días sino dos años. Esa misma noche Catalina pensaba “que era como estar en una estación sin nombre y ver llegar un tren largamente esperado sin que anunciara destino. Se había detenido con ese silbido agudo que parecía decir “es ahora”, abriendo las puertas a una oportunidad. Y con el corazón en la mano y los ojos fijos en el horizonte. Sentía que ese era el momento de subirse, confiando, no en el camino sino en ese “Silbido que llama”… Y con su mirada hacia atrás veía el andén, y pensaba en los que no habían subido y observaban cómo ese tren se alejaba; tal vez, pensando que había otro momento más claro, más seguro; o tal vez habían sentido el tirón en el pecho, ese pequeño dolor que nace cuando se deja pasar algo que quizá era único. Ese viaje le estaba mostrando que llevaba más equipaje del que creía”.
Lo cierto era, que en el fondo, ella sabía que ese tren no volvería a pasar. Que no podía dejar pasar esa oportunidad que la vida le estaba dando. Había sentido el vértigo del paso que iba a dar, el desgarre leve pero necesario de dejar ese andén.
Catalina aceptó la invitación y a medida que se alejaba de la estación, había percibido en el rostro de la gente sentada en el vagón, una serie de cambios profundos que estaban marcando el final de una dictadura, pero con un equipaje lleno de marcas de una época y una de guerra que no había terminado ni en la ciudad ni en las islas, sino en las calles, en aquellos que habían vuelto con miradas perdidas, en los diarios que empezaban a escribir lo que antes había que callar. Esa guerra terminó en un grito colectivo de “Nunca Más”. Y esa dictadura, que por años había gobernado a fuerza de miedo, comenzaba a deshacerse. Una derrota visible que ya no podía sostenerse en el vacío de un poder sin legitimidad.
Y por primera vez en mucho tiempo, la sociedad empezaba a tener “permiso para vivir”. Las plazas se habían llenado de voces pidiendo elecciones y los pañuelos blancos de las Madres de Plaza de Mayo se habían hecho más visibles. La radio comenzaba a recuperar su voz. Y la democracia, que hasta entonces era solo un deseo reprimido, había empezado a tomar forma en la expresión de la gente.
En octubre del 83 las urnas volvían a abrirse y el país entero había escuchado emocionado, cómo se recitaba el Preámbulo de la Constitución como una promesa. Se comenzaba a sentir la brisa de un nuevo aire, pero con la difícil tarea de aprender a vivir en libertad. Y a su vez, ese aire se mezclaba con el duelo, porque había que nombrar lo innombrable y mostrar aquellas heridas abiertas de una generación marcadas para siempre.
La estación en la que había bajado Catalina, era una casa de retiro. En ese lugar la vida la estaba esperando con un obsequio, un tiempo de “Kairós”. Ese tiempo, real que solo se mide con el alma y muestra si uno lleva más equipaje del que creía, que a veces, no todo lo heredado debe conservarse. Ese tiempo le exigía firmeza para adentrarse en sí misma con los pies bien apoyados en la tierra, y tomar la libertad de perdonar cuando los recuerdos, muchas veces, empujan al rencor, pero a su vez, le mostraría que no era dueña del tiempo ni las circunstancias, pero sí responsable de las respuestas.
No se trataba de avanzar o retroceder, la cuestión era habitar esa pausa fuera del reloj y encontrarse con esa fuerza interior que impulsa y se roza con su propia voluntad. Para Catalina, fue un umbral al que había sido conducida cuando la vida, con su sabiduría, decide que es tiempo de detenerse y escuchar, que es tiempo de “inclinar el oído”. No significaba ni destino, ni partida, solo una invitación silenciosa a contemplar, a permanecer, a ser, donde la luz y la sombra se encuentran en un equilibrio, mostrando que la vida tiene tiempos oportunos de elección y de transición.
Fue entonces que empezó a leerse entre líneas, entre una mezcla de letras que se fueron escribiendo con ella, la de la vida familiar, lo que se cruzó sin avisar o que simplemente se le pegó de aquel país sin sentido, que su vida no tenía que ser escrita solo por ella, con trazos claros, firmes y sin tachones, sino que además, en esos trazos inseguros en las palabras prestadas y en los silencios que otros dejaron, no era necesario borrar nada, tan solo mirarse con otros ojos. Porque cada renglón –propio o ajeno– era reconocer el respeto hacia el suelo en el que había crecido, hacia quienes la educaron y la amaron a su manera, hacia quién fue, e incluso, hacia quién no supo ser. Un proceso que le haría sentir el aroma de la esencia.
Con el paso de los días, Catalina, se estaba dando cuenta que algunas palabras se quedaron grabadas como tatuajes en el alma, otras se fueron desvaneciendo. Pero todas, –incluso las que dolieron– formaron puentes hacia quién llegó a ser. Y es, en ese momento, que ella, al tomar el lápiz –su lápiz– buscó continuar, con su trazo imperfecto, tal vez, pero suyo. Y si bien en ese momento no tenía todas las respuestas, tenía la claridad de decirse a sí misma “esta soy yo”, “acá empiezo de nuevo”, sin dejar nada atrás, sino leer con otra perspectiva lo que ya estaba, lo que antes era confusión ahora se volvía esperanza, y lo que dolía empezó a hablarle. Y si bien no entendía ese idioma, empezaba a traducir en esperanza la incertidumbre.
En la casa de retiro para laicos donde se alojaba, hacía la rutina en los horarios compartidos, el trabajo y la oración comunitaria, donde ese tiempo que Catalina había dejado suspendido y ese otro tiempo que se había abierto para ella, comenzaron a ensamblarse como piezas, que solo juntas, podían mostrar sentido a lo que estaba viviendo. Empezó a considerar retomar sus estudios, abrir esa puerta que había cerrado y volver a darse una oportunidad como un gesto de reconciliación consigo misma. Cada página, cada palabra, cada pequeño logro era un acto de reconstrucción para con su historia, que ya no era un obstáculo sino una fuente.
Esos trazos que no se soltaron al cerrar sus manos, fueron los que la sostuvieron para seguir, desde lo real, desde lo imperfecto, sin prisa. Estaba aprendiendo que el valor de la vida no solo está en el destino sino en cómo se camina hacia él. Con esa actitud abierta que muchas veces exige dejar de lado las cosas y las ideas que no ayudan a crecer.
Esa experiencia, para Catalina, fue un anclaje que le abrió una grieta cuando uno cae en la ilusión de empezar a creer que tiene el control. Como un llamado al corazón a hacerse cargo de sus decisiones. Y en esa fragilidad y sin buscarlo se le abre el espacio de la oración. Esa oración que nace cuando el alma necesita hablar y ser escuchada en un diálogo íntimo con Dios. Que a su vez la llenaba de grandes preguntas y discernimientos. Como una necesidad de integrar más, en su vida, la voluntad de Dios y la suya.
En esas charlas descubría, día a día, que Dios no impone su paso, pero sí lo insinúa, donde uno tantea, elige, tropieza, ama y se corrige. Que no es un guion rígido, un relato escrito en el que uno debe adivinar cada línea, sino más bien, un horizonte de sentido, donde Él no dirige desde fuera, sino desde dentro de uno mismo cuando uno lo descubre y confía.
Catalina temía perderse en esa confusión de si estaba negando su voluntad o se orientaba hasta que ambas se fundieran. Se cuestionaba cómo saber cuál es cuál. Comparaba esa relación con un músico que, al principio sigue la partitura con esfuerzo, pero luego, con la práctica ya no sabe si es él quien toca o si la música lo toca a él. Pero lo cierto es que desde entonces, con sus dudas, sus preguntas y sus deseos, Dios se convirtió para ella no solo en su amigo íntimo, sino que también, con Él conoció el libre albedrío, ese que está fortalecido por la gracia de Dios, que le hizo ver, que si bien no todo lo que se vive se elige, ni en la sociedad, ni en la familia, uno tiene la capacidad de tomar decisiones, de tomar un camino u otro, una libertad que nos hace ser responsables de nuestros actos, que no podemos dejar de elegir nuestras actitudes con responsabilidad, aunque pensemos que estamos condicionados por el contexto.
Comprendió que no es hacer lo que uno quiere, de no solo mirarse uno mismo sino ver a los demás como parte esencial del camino que uno va construyendo.
Y así, poco a poco comenzó a observar hacia afuera y estar más atenta a ese modo en que el mundo seguía girando en su ritmo y mostraba el rostro de la gente en ese país de contrastes. A una sociedad a la que le volvía la esperanza de recuperarse de las cicatrices de la represión y de las grandes incertidumbres, convencida de volver a escribir sus páginas sin olvidar. Y que la vida siempre da una oportunidad de poder responder en algún momento, en ese espacio entre lo que ocurre y lo que hacemos con eso. Que ahí es donde se puede encontrar el libre albedrío, con esa capacidad no solo colectiva, sino también individual de un pueblo o una familia o una persona, para tomar decisiones sobre el rumbo y los valores sin estar determinados por las imposiciones absolutas del pasado, con esa herencia de estructura, creencias, costumbres y desigualdades, revisando críticamente ese legado y transformarlo sin negarlo por completo. Significaba entrar en esa libertad que conlleva responsabilidades que pueden construir o pueden destruir.
El país durante años vivió bajo una sombra de obediencia muda y se estaba despertando de un largo sueño, donde el miedo había sido una ley y la guerra fue un punto de quiebre, donde la dictadura intentó recuperar su legitimidad apelando al nacionalismo, pero el fracaso bélico y el dolor social expusieron su vulnerabilidad moral y política. Fue el instante en que la máscara del poder se quebró y la sociedad empezó a ver, a sentir y recordar de otra manera.
