Picadura de Barcelona - Adrià Pujol - E-Book

Picadura de Barcelona E-Book

Adrià Pujol

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Beschreibung

Barcelona ya no es nuestra. Ni tuya, ni mía. Es del turismo, de la marca, del decorado. En Picadura de Barcelona, Adrià Pujol sale a caminar por las calles de una ciudad que reconoce pero que ya no le pertenece. Pasea entre ruinas vivas: un idioma desgastado, plazas transformadas en escaparates, esquinas ocupadas por lo útil, lo bello y lo rentable. Fuma, observa, se incomoda. Y escribe. Este no es un libro nostálgico de crónica urbana. Es una digresión licérgica y afilada sobre lo que se pierde cuando una ciudad deja de ser vivida para empezar a ser consumida. Entre el ensayo, la autoficción y el monólogo interior, Pujol ofrece una cartografía personal y crítica de la Barcelona que queda cuando se borra la experiencia cotidiana. Con un epílogo de Juan Pablo Villalobos —también caminante, también periférico— que acompaña como una conversación al borde del mapa, esta inyección de realidad nos invita a preguntarnos ¿cuándo fue que la ciudad dejó de ser nuestra?

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Seitenzahl: 331

Veröffentlichungsjahr: 2025

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ADRIÀ PUJOL

PICADURA DE BARCELONA

ANDANZAS POR UNA CIUDAD AJENA

TRADUCCIÓN DE ANNA CARRERAS AUBETS

EPÍLOGO DE JUAN PABLO VILLALOBOS

Derechosreservados

© Adrià Pujol Cruells, 2014

Derechos negociados a través de Asterisc Agents

© 2025, Almadía Aljosan S.L.

Calle Alberto Bosch, 9

28014, Madrid, España

Traducción: ©Anna Carreras Aubets

Epílogo: © Juan Pablo Villalobos

www.almadiaeditorial.com

@EdAlmadiaEs

@edalmadiaes

Edición digital: noviembre de 2025

isbn: 978-607-2631-40-3

Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento.

Hecho en España.

El primero que llegue, con tal que sepa divertir, tiene derecho a hablar de sí mismo.

CharlesBaudelaire, Mi corazón al desnudo

Después de haber querido ser poeta(soñando con vivir como una especiede héroe mitológico),habré acabado siendo el autor de honestosensayos autobiográficosque tal vez sirvan como defensa e ilustraciónde ese género literario.

MichelLeiris, Fibrillas

Picadura de Barcelona

Las farolas de la plaza del Sortidor rezuman una luz mórbida. Yo fumo. Hay hombres dormitando en los bancos. Los operarios de la limpieza bañaron los pavimentos con aguas freáticas, de ahí el hedor que flota por el barrio del Poble-Sec. Leo, en voz alta, un lema en el flanco del camión de riego:

El sábado lavamos la ciudad a fondo

No serán judíos. Vengo de arreglar el mundo con un amigo. Bien hallados, después de La Mercè, pasada la plaga de turistes gamba que celebran la fiesta mayor de la capital. Cerramos la bodega que nos gusta y hace un rato nos despedimos en una calle vacía. Me iré a mi casa paseando, más o menos en la otra punta de la ciudad. La Barcelona primordial puede patearse en una hora. “A un tiro de piedra”, suele decir mi amigo, que siempre va andando, como yo. En su caso, la piedra suele ser de hachís.

La noche es apacible. Para alargarla, en la plaza de la Bella Dorita le compro una cerveza a un paquistaní rezagado, una de esas latas que no apetecen, es el automatismo de la cogorza. Todo el mundo la conoce como la plaza del Molino. Torcidos, los aspersores del vergel rocían sin criterio. Me salpico los pies. Bautizo de mugre. Me siento en un banco. Limpio la tapa con un guiñapo de la camiseta, abro la lata, pienso en cuándo llegué a la ciudad.

Tenía dieciocho años cumplidos, el acné oculto tras la greña y un billete de sarfa para el conductor. Él se mordía la lengua mientras lo picaba con la uña podrida del pulgar. Estaba rollizo. Dentro de la camisa de la compañía de autocares, de manga corta y blanca a rayas granates, la carne le bajaba en pliegues hinchados desde la papada hasta amontonarse en la bragueta. Parecía un merengue humano. A menudo pensé que ser conductor de línea engorda por narices y a menudo me imaginé que el autocar le cabía entre la sotabarba y el sobremuslo. Era un bombardini que tenía calor todo el año. Y me regañó:

–Aquí arriba solo vives tú. Tengo que subir a buscarte a propósito. ¿Tanto te cuesta hacer dedo hasta Palafrugell? Los de Begur siempre tocáis la moral. Además, ¿qué se te ha perdido en Barcelona? Todo aquello está lleno de maricones.

Dijo más cosas. Yo me encogí en los asientos del fondo. El autocar exhalaba el tufo del primer viaje, recién limpiado, un exceso de lejía que se mezclaba con el hedor de gasoil y de los Ducados que se había fumado el rollizo mientras venía a buscarme. Cabrón de dimensiones extremas que siempre me amonestaba. Según él, vivir en Begur y pretender usar el servicio de autocares comarcales era cosa de aristócratas –o de criminales. Me esperaban, hasta Barcelona, dos horas y media de ventanear con el walkman en el regazo. Fuera, el frío lo mataba todo. Fumo.

El año 1992 se deshacía, daba sus últimos bostezos. Mi madre menguaba en Begur la obstinación de un cáncer de cerebro. Decía que un perro de color azul cloro la acechaba desde la ventana de su habitación, desde el lado desconocido. Era un barquero inhóspito y muy profesional que la esperaba, fabuloso, para llevársela a la otra orilla del mar de los desdichados. A veces, las visiones de mi madre gozaban de una electricidad irresistible. “Le quedan dos meses”, había dicho el médico del hospital de Bellvitge, donde la habían trepanado. Y haragán de la vida, mientras duraba la agonía de mi madre me instalé en Barcelona, con la que era mi novia desde el instituto, en un piso situado en la frontera entre Sants, L’Hospitalet y Les Corts. Paraje policromo porque, declaradas o no, las fronteras son espacios de horcajo. Aquella se convertía, sobre todo los días de partido del Barça, en un batiburrillo de quillos, camellos y putas fiduciarias de gran parte de los socios del equipo catalán. Y, como en todas las fronteras, lo que terminaba y lo que empezaba, a un lado y a otro, solo era una manía administrativa. Los camareros del lado de L’Hospitalet eran idénticos a los camareros del lado de Barcelona. El aceite con el que freían los chocos y los pimientos tenía el mismo bouquetde requemado y sus juicios sobre la política local flojeaban en direcciones parecidas. Lío otro cigarrillo, antes de apagar el que tengo encendido.

Mi novia me dijo: “Me voy a Barna a estudiar”. A mí no me apetecía demasiado seguirla, fui a parar allí por inercia, o por no perder el lecho acogedor, el sexo postadolescente. Tenía menos voluntad que una piedra. Antes de la enfermedad de mi madre, la perseverancia no me costaba demasiado. Fabricaba ideas, planes a futuro, me ponía a ello, insistía. Por arduo que fuese, aprendía a tocar un instrumento, escribía un cuento, interpelaba a los mayores en los bares y lograba, campo a través, un monte no conquistado, visto desde una carreterucha a ritmo de ciclomotor. Pero el cáncer de mi madre me estaba liquidando la capacidad de acción. La muerte ineluctable, tratar con ella, su olor, las garras, esperarla y no poder hacer nada, para un chaval que hasta entonces se había acostumbrado a ganar. Jamás me la he sacado de encima, por más que me aleje de ella viviendo.

Apago el cigarrillo viejo y enciendo el nuevo. Barcelona aún no se había levantado de la larga, larguísima siesta postolímpica. La capital se pegaba a las sábanas del sueño reciente, perezosa y con la tripa llena o, mejor pensado, ensimismada –y un poco crispada. Ensimismada y crispada como una joven cajera de supermercado que el domingo se ha gastado media semanada en un centro comercial con el maromo, se ha transformado en una princesa deslumbrante, y después a primera hora del lunes teme, odia y se estampa contra su vida real. Un tabernero que tenía doble nacionalidad –él no sabía que la frontera le seccionaba el establecimiento– lo resumía mucho mejor, sin metáforas campanilla:

–Durante los Juegos Olímpicos la gente venía y pedía vermú y sifón, uno y namás, y entonces se espachurraba delante de la tele del bar con la boca abierta y el vaso vacío en la mano, y se tragaba el mensaje de que todo aquello pasaba en la ciudad. Pero se terminó, y al menos ahora vuelven a pedir como antes, con garra, y vuelven a hablar de lo de siempre, de política y de futbol, ¡todo en su sitio!

La gente, un manojo de nervios. Y Barcelona se negaba a ser la de siempre. Rehuía regresar a la concreción de un agolpamiento humano abigarrado y popular. Desde los barrios altos actuaba de ciudad empingorotada, con elefantiasis del yo, pero en realidad presentaba un centro pudibundo, y catacumbas y barriadas. Una amalgama social abracadabrante. Un popurrí que, en el fondo, componía su esencia. Y la gente en general era tantomedanista, con aquella indiferencia mediterránea hacia lo demasiado barnizado. Pero también estaba apabullada. Estaba agotada, pasados los fastos, como cuando se estrena el primer día laborable después de una fiesta mayor, aquel momento en el que el confeti ensucia el alquitrán.

Llegué a una ciudad extenuada. Los estamentos oficiales se habían propuesto reanimarla con una especie de determinismo provinciano. Teníamos un mamotreto dirigido por vendedores profesionales de ilusión que, fatalistas, nos decían que Barcelona estaba destinada a ser el centro del mundo para siempre. Yo no me lo creí, porque me topé con una ciudadanía desorientada, atrapada entre un presente un poco empañado y un futuro tanto o más incierto que la meteorología ampurdanesa. La gente normal esperaba, por decirlo de algún modo, instrucciones. Con los Juegos se había acostumbrado a recibir consignas. En las cabezas de los vecinos repicaba un “y ahora, ¿qué hacemos?”. Desde arriba, sin embargo, retumbaba el eco de los chistes de sobremesa, de quien digiere una comilona. Por una parte, pues, los olímpicos, pocos, los que aún no habían oído el despertador. Por otra, los de siempre, la multitud primitiva.

Había satisfechos a la baja y desafectos en aumento. En medio, un ejército de voluntarios olímpicos todavía correteaba por la ciudad. Eran como un pelotón errático que ignora el fin de la guerra. Un grupo intencionado, pero sin nada que hacer, nadie a quien ayudar, ninguna misión salvífica para cumplir. Sin acritud: eran el remanente de unas treinta y cinco mil personas. Y el Ayuntamiento quiso hacer un trasvase con ellos, prolongar el sueño. Los ofreció a todas aquellas entidades que necesitaban una mano. Pero la demanda fue escasa, porque en general los voluntarios mostraban un exceso de empeño.

Cuando se cobra por trabajar, y más si se cobra lo justo pero correcto, el ímpetu del trabajador es moderado, asumible por parte del dueño. A la inversa, cuando se desarrolla una tarea por voluntad, a veces se peca de extralimitación. Eres un burgués. Los unos se reciclaban en agentes cívicos, con chalecos fluorescentes: “¿Necesita algo?”, “¿Quiere que le ayudemos a cruzar la calle o que le llevemos el carrito de la compra?”, “Ojo: el plástico va al contenedor amarillo”, “¡Alto!, que va a chocar con el coche de atrás, gire, ¡gire el volante!”. Los otros hacían de escudos humanos en las zaragatas de órdago, las maratones y los conciertos multitudinarios. Y a pesar de todo ese chorro de voluntarismo, ya se veía que el espíritu del 92 andaba de capa caída. No era lo mismo tener que parar a los coches delante de un colegio a la hora de la estampida, que explicar a los nietos lo del arquero y el pebetero olímpico. Estampida no, desbandada. Un voluntario sin la tarea que sotierre la hondura de su motivación, me recuerda al niño a quien los Reyes le han traído unos patines de ruedas, tan y tan soñados, y resulta que fuera está todo nevado. Un burgués no, eres un impertinente. Sin duda.

Los Juegos Olímpicos habían duplicado Barcelona. La habían hinchado de jetas. La ciudad sacaba pecho, sus albaceas y algunos testaferros a juego. Y los ciudadanos estábamos obligados a sentir cosas, pero algunos no sabíamos muy bien cuáles. Se nos había prescrito que sintiésemos Barcelona, como cuando leemos u oímos el nombre de una persona que nos trae de cabeza. Teníamos que amarla sin reservas. Teníamos que promoverla. Nos íbamos de vacaciones y decíamos que veníamos de Barcelona. Nada de Catalunya o España –ese dilema, en el extranjero, tan habitual. Éramos de Barcelona y punto. En este sentido, los vendedores de ilusiones acertaron. Solucionaron con sagacidad el problema de explicar qué número de pie calzábamos, aunque a veces no fue suficiente: “Where are you from? ”, me decían un día, en Constantinopla. “From Barcelona”, apuntaba yo, convencido de mi nueva identidad. “Ah, ¡from Spain!”, me decían, claro. “Chimpón”, constataba yo. La cerveza se calienta.

Por culpa del espíritu del 92, era como si los barceloneses tuvieran un doppelgänger esperándoles en la puerta de su casa. Una réplica mejorada del latino imaginativo y sensual, y un poco holgazán, modernizada a base de ropa insólita y del dominio del inglés. Y salías a la calle y esta sombra, caricatura de ti mismo, se te pegaba a los talones. Pero ningún ciudadano, excepto los adalides del Modelo Barcelona, nadie sabía qué quiere decir adalides, nadie quería oír hablar más de los Juegos Olímpicos. La odisea había terminado. Esta vez, el barcelonés de toda la vida, el Odiseo involuntario no podía ahuyentar a los pretendientes de su palacio. Al contrario, los pretendientes relegaban al héroe, lo convertían en un papel amontonado en el despacho del Instituto de Cultura. Lo federaban, lo asociaban a los grupos de cultura popular y lo dotaban de un vitalicio a base de subvenciones. Eran tiempos en que los socialistas se agarraban a las butacas consistoriales, como los pretendientes rondando a Penélope, servidos pero insaciables. Y Odiseo se volvía un adulterado progresivo. Le decían que recibía parné desde todas partes y ni lo olía. Parné que servía para operar la ciudad con nuevos edificios icónicos y nuevos hoteles, peatonalizaciones y rampas en las aceras. Inversiones destinadas a cambiar el decorado para pasar de la obra de una compañía amateur a la gran representación cosmopolita, pero que no llegaban para las clases de dicción y proyección de voz de los actores de reparto. Fumo.

En el piso de la frontera vivíamos mi novia, su hermana, la mía, y yo. Dejaré la cerveza. Ha perdido el poco frío que tenía. En el descansillo había dos dedos de polvo. Mi novia cursaba primero de Historia en la Universidad de Barcelona. También cultivaba otra materia: se escribía con un recluso de la Modelo. Las misivas destilaban una poética garcialorquiana, rebajada por el estilo yonqui de Extremoduro. Eran el esqueleto del sueño del enchironado, bocanadas que le llegaban desde afuera, ¡y qué prosa que gastas! ¡Respira! Para. A mí no me apetecía escribirme con reclusos, pero también quería una carrera. La nota de corte me había dejado con pocas opciones, pardiez. Tenía que esperar a las matriculaciones del año siguiente.

¡Pardiez! Tiro la tacha dentro de la lata. Para matar el tiempo, mi hermana y yo nos apuntamos a la Escuela Joso, una academia que llevaba por lema Centro de cómic y artes visuales de Barcelona. Pagaba nuestro presto progenitor. “Es muy buena, la escuela. Tiene prestigio. Aprenderemos un montón, a garabatear, seremos artistas”, le decíamos, bitongos, cuando la Joso le pasaba las nefandas facturas trimestrales. “¿Y cuándo os ganaréis el pan, hijos?”, preguntaba él, a menudo. Y me desapunté. Después de la clase de aprender a dibujar superhéroes, pero no por eso. Desde Begur nos pedían a mi hermana y a mí que nos dejásemos de monsergas y fuésemos al pueblo a pasar más tiempo para ayudar a la familia a preparar los llantos de la despedida inminente. Desde entonces, hasta que mi madre traspasó barrizal adentro, no hice nada de nada. Durante los meses de la negrura ni trabajé demasiado, ni estudié ni pizca. “Un año y medio no son le quedan dos meses”, quería decirle yo al médico que la trataba. Me había hecho a la idea de un adiós inmediato y esa prolongación me mortificaba. Mi madre empequeñecía, aelgazaba, se arrugaba. Y yo iba y venía de Barcelona a Begur con el rollizo de la sarfa, como un espectro. No leía. Cuando mi madre murió, en el mes de diciembre del año siguiente, regresé a vivir por completo a Barcelona, al cabo de solo tres días, sin planes. No huía del pueblo, sino de la dama oscura que proyectaba una nube de desolación en mi casa y en la calle, en toda la comarca de mi infancia y de los primeros salpicones de mi adolescencia.

Lío otro cigarrillo. El mechero se muere. No tengo fuego. Acuño el piti en la oreja, lápiz de carpintero. Me instalé a solas, pero otra vez con la novia de toda la vida en el barrio de Gràcia. Para pagarse sus estudios, ella trabajaba de camarera en bares y restaurantes y yo, maquinalmente, me matriculé a destiempo, pero con éxito, en la carrera de Historia. Turno de tarde, por si encontraba trabajo por las mañanas. Me acicalaba para ir a clase y me escondía en la última ristra de sillas, alambroso y amedrentado. En los lugares con asientos alineados me sentaba al final, en la sarfa, en el cine, en las salas de espera de las cosas.

El paquistaní me pregunta si quiero más cerveza. No, pero quiero fuego. También vende mecheros. Compro uno de esos con luz. Es azulina. Pronto entendí que Gràcia era la cuna de un tipo barcelonés dulce y calmoso, campechano, nada sofisticado. Y en paralelo ese barrio tan bonito se convertía en el refugio de los progresistas que no osábamos huir de la civilización urbana radical, a pesar de que la denostásemos. Progresista ya no quiere decir gran cosa. Gràcia se encarecía y los vecinos de toda la vida empezaban a desfilar hacia otras partes de la ciudad. En un parpadeo se convertía en la coartada de los pijoprogres que no teníamos la gallardía de irnos a vivir a un pueblo del Pallars. Hinchaba el espejismo de los que decíamos amar la vida ruraloide, la proximidad social aldeana que tan mitificada teníamos –y tenemos–, y que encontrábamos o fabricábamos en la antigua villa natal de Pompeu Fabra. En suma, esos estetas de masía restaurada necesitábamos cerca todas las martingalas urbanitas. Los cines Verdi eran nuestra Meca. Y así como en un libro escribí que los catalanes del norte nos excitamos apuntando al Canigó, cómo te gustas, el barcelonismo intelectualizado y sensibilizado con la naturaleza –que en gran parte vivía en Gràcia–, nos palpábamos en dirección a la taquilla de los cines Verdi, nuestro seno de Abraham. El zenit de la realización era zamparnos cine iraní, romancero y de temática famélica, escasísima.

Empiezas un nuevo periplo –me receté un día, después de verter mucha lágrima. Como Robinson Crusoe en el instante de embarcar en su primer naufragio, cuando se dice que él ha nacido para ser su propio destructor, a mi me tocaba inventarme un paisaje nuevo. Un hombre nuevo. Escribí un programa vital, notas. Un decálogo lagrimoso armado en el jardín romántico del Ateneo Barcelonés, y a continuación olvidado en un cajón lleno de libretas. Mentira: perdido y punto. No era socio del Ateneo, entraba por la cara. Iba porque mi padre me había llevado allí cuando era pequeño, a ver a la tortuga y a los señores importantes, y siempre me decía que era un lugar para concentrarse en uno mismo, salvo que se buscase tertulia, y más barato que una celda en Montserrat. Iba, también, a sentirme mayor. Pero ahora ya no se puede entrar olímpicamente, porque una máquina detecta las huellas dactilares de los asociados. Y un segurata, tridimensional y fornido, en la puerta se quita de encima a los moscones como yo.

Me he cansado de estar sentado. Eso pasa. Abollo la lata y la arrojo a la papelera. Animo el cigarrillo con la linterna-mechero. Compraré otra lata, ahora sí quiero una, al paquistaní tardón que ya dormita en el banco de al lado, rodeado de ramos de rosas mustias. Le hago una foto antes de despertarle. ¿Eres el héroe de las redes? El flash le inquieta. Eres un sinvergüenza. Parece un muerto en tránsito de homenaje, antes de ser enviado, encendido y flotante, con el catre y las flores, Indus abajo. Los paquistanís hacen esto. Un euro. Está caliente, pero andando pasa mejor.

Cruzo el Paralelo. Apoyado en la escultura de La Violetera, fumo y cuelgo dos tuits que ahora me parecen ingeniosos y mañana descubriré que son una porquería. Después ensarto Nou de la Rambla, a paso lento. Ramón Enric Bassegoda nació en La Bisbal en el año 1856. Tiene un verso que resume muy bien cómo me sentía, recién llegado: “Tienes la lengua en entredicho, el terrero se te descuartiza y tus códigos se han proscrito”. Rematada la catarata de mocos y sollozos, enterrada mi madre ante todo el pueblo, la cabeza se me desanubló.

NOTA MENTAL: Los pueblos pequeños caben enteros en su cementerio cuando hay tema. Así el muerto pasa a ser un poco el muerto de todos. Es un asunto comunitario, como la fiesta mayor, una violación, las peleas, un festejo, las infidelidades explicadas en las tiendas antes de ir a preparar la comida.

Menos ofuscado, tenía tiempo para pensar. Y a plomo, una evidencia despertaba: la barcelonitis de pro tenía a la campiña mistificada. A base de fines de semana y vacaciones de verano. Y este no era un descubrimiento mayor. Siendo nativo de un pueblo turístico, eso ya lo sabía. Pero desde el huevo de la serpiente las cosas se evalúan con más claridad. En Barcelona desembaulé, porque no paraban de decírmelo, que yo era un sumo ampurdanés. Cuando aún me sueltan que “estáis tocados por la tramontana” me dan escalofríos. Algunos se reían de mi argot. También me di cuenta de que los comarquenses hemos sacralizado a la capital catalana a base de un aluvión incesante. Pero esto debe pasar en todas partes donde haya ciudades solares y villas satélite. Y también debe pasar que a los que venimos de fuera se nos vea el plumero. Ropa pasada de moda, acentos estrambóticos, vocabulario marciano y una cierta ingenuidad que por ende la ciudad se encargará de borrarnos del torus supraorbitalis –si nos quedamos a vivir allí.

Los primeros meses me acoplé con los de comarcas, versión ampurdanesa. Los exiliados catalanes siempre han bailado sardanas con los exiliados catalanes, porque la diáspora multiplica las ganas de mover el esqueleto con entreparientes. Gran parte de los lugareños que atracamos en la capital empezamos nuestra estancia así. Y el destierro fabrica comunidades insólitas, y no hay nada más triste que un cónclave de provincianos empapados de lugares comunes. Me acuerdo de un grupo de ampurdaneses que se reunían para cenar y hablar de la tramontana. Se deslizaban por el tobogán de los tópicos, hasta más no poder. Remedaban el acento hasta lo grotesco, como una caterva de actores de poca monta. Actuaban igual que sanchopanzas al cuadrado e iban de un ratipiplan de aldeano endomingado –ergo entorpecidos. Y en esta especie de vestíbulo del infierno urbano, los indolentes y los deportados esperaban el final de los tiempos, la terminal de la travesía urbana. Sin darse ansia. Es decir, que barceloneaban, aunque mentalmente se revolcaban en el pueblo como las cochinas en la pocilga. De lunes a viernes se quedaban en las puertas de la ciudad, y le echaban pestes los fines de semana, cuando regresaban a las guaridas maternas. Eran ni carne ni pescado.

NOTA MENTAL: En Begur has dedicado media vida a combatir el odio gratuito a Barcelona y la persistente batracomiomaquia entre las salamandras de pueblo y las ratas de ciudad. Palabras. Y no has salido adelante, para nada. El primer intento fue un pequeño artículo, escrito a los dieciséis años, en el folletín local Es pedrís llarg, donde argumentabas que las críticas a Barcelona solo cebaban nuestra futilidad.

Calada. Y, en fin, en el vestíbulo había bastante gente, los foráneos anteriores a la mixomatosis del Cap i Casal. Por tanto, no sabían nada de la Barcelona paraíso, propuesta por los gestores, ni de la Barcelona grotesca, practicada por los gestionados, porque solo se encastillaban en la antesala. La estancia en la ciudad se dilataba, como mucho, lo que duraban la carrera, un trabajo esporádico. Y no creían en la nueva Barcelona, incluso le habrían pegado fuego. Hacían una parada que según ellos era poco o nada nutritiva. Esperaban, en definitiva, pareado, que les llamasen para encargarse de las tiendas, las empresas y los terruños de sus padres. Lío un cigarrillo sin terminar el anterior, que se ha humedecido demasiado por la parte del filtro. Me estuve un tiempo entre fríos y exiliados. Poco tiempo. Pronto me cansé de ir de campesino, a pesar de que nunca he sido campesino. Iba de, eso sí, para gustar desde el exotismo y para disparar la confianza de los demás.

Saco humo por la nariz. Nací en Begur, un pueblo nada campestre, en comparación con los del país subrepticio. El periódico franquista Los sitios de Gerona, en un breve de finales de 1974, certifica mi ya estoy aquí:

En Bagur, la joven esposa de nuestro

amigo Jorge Pujaol Cofan, de soltera

Elisenda Cruells, ha dado a luz un

niño que fue bautizado con los nombres

de Adrià, Miquel, Antón y Cristià.

Pujaol y bautizado, esto es mentira, salvo que me despabilaron en Begur, cerca de Navidad. Los Sitios era una especie de gran hermano, un periódico franquista. Guardo retazos que reseñan cuándo mis padres se iban de vacaciones y a dónde, cuándo regresaban, las apariciones públicas de mi progenitor, todo porque él estaba fichado por el Servicio de Inteligencia Militar. Y el pequeño nuevo begurense, a causa del trabajo de mi padre y de la ascendencia materna, de renacuajo fue barcelonés. Un tiempo breve, a mediados de los setenta, porque en seguida le llevaron al pueblo, a regarle para que creciera robusto. En el año 93 simplemente regresaba a la ciudad, pasados diecinueve años, en un acto a medio camino entre la carrerilla, el reclamo y el espigueo de la memoria.

Fueron tiempos extraños. No me acordaba demasiado de mi escasa infancia barcelonesa. Guardaba pocas imágenes: un colegio de Sant Gervasi que se llama Nausica, y yo solo en una sillita, el último niño, porque mi madre llegaba tarde y malhumorada a recogerme; un piso gigante en la plaza de Cardona, con un pasillo más largo que un día sin pan, un piso donde mis padres discutían en la cocina y yo les escuchaba desde la otra punta del mundo, en el comedor, entreteniendo a mi hermana; un día que en la televisión salían unos tanques en Valencia, y unos tricornios y unas pistolas, y mi padre embutiendo maletas, demoníaco, mientras mi madre le gritaba que no pensaba irse al exilio; y mi abuela, que una vez por semana me hacía rellenar la quiniela, porque decía que los niños traemos suerte; y una finca de la calle Madrazo donde una noche el conserje, el hombre de la bata azul que siempre me daba un caramelo, se suicidó precipitándose desde la azotea. Nada de valor.

Alguna vez paso a propósito por delante de estos sitios. La identidad es materia oscura, loca. Debe entenderse que algunos advenentizos, oh yeah, despojados de las bridas de la costumbre, en Barcelona vivimos escondidos. Al principio fingimos. Ser un miedoso y ser de pueblo es lo mismo. Sin ningún truco, a pesar de ser noble, se nos ve el deje. Luego, si al besugo le sacas la traílla no parece un pez. ¡Poeta!

La barcelonomía condiciona el talante. A los no patrios y de poco carácter nos pide un nervio nuevo, a la manera de un equipo de supervivencia o de primeros auxilios. Indiferencia inherente al medio urbano, la masa circundante nos ignora, pero siempre está, y nos remite a la molestia de los tábanos donde hay ganado. Un anónimo nos dice “Hola”, pero parece que nos aguijonee. Y nos espeluzna que no nos reconozcan, aunque quizás diremos que nos gusta. Porque los ampurdaneses no queremos no ser nadie, no estamos acostumbrados a ello. Por eso algunos parecemos tan simpáticos en las tiendas. Y nos parece, sobre todo al principio, que nos derretiremos, que nuestra personalidad se perderá por el alcantarillado. A ciertos turistas les pasa lo mismo, es así como sudan dentro de camisetas con la bandera de su país.

En la faena de existir, en el fondo se trata de tener siempre un cabo atado al bolardo de la identidad. Oooooh, esta frase merece ser colgada en las redes, pero bah. Lejos de casa nos inventamos formas insólitas de progresar. Llegar a la ciudad nos tiene, durante un tiempo, en estado permanente de novilunio. Y antes del cuarto creciente, giba a poniente, tenemos que armarnos de temperamento, salvo los irreductibles, los indolentes que conocí al principio. Y sin embargo llegaba el momento catastrófico. Desde hace un tiempo dominamos los modismos. Somos unos integrados y ya no somos apocalípticos. Ya nos hemos familiarizado con el anonimato y ya hemos escogido una identidad plausible cuando, plas, por la calle nos apunta un correligionario, un coterráneo, el amigo del pueblo. Lo pasaremos mal, porque es como si un pariente nos descubriese robando, fornicando al margen de un contrato de fidelidad. En la capital, los del mismo pueblo nos esquivamos un poco, nos ignoramos un poco, incluso diría que nos avergonzamos de algo comunal, el cisma de partida. Pero tarde o temprano nos encontramos, los infiltrados. Y como nos conocemos las flatulencias y las familias, se nos hace indeliberado charlar sobre nuestra Materia de Bretaña. Esto, o peor, que a menudo y deprisa y corriendo activaremos una pugna. Los ampurdaneses diremos nombres de calas y pinares que no existen, hablaremos de personajes localísimos, apuntaremos escolios de importancia, a ver quién gana el concurso de sabiondos locales. Hablaremos salado, los de Begur, no menos que en las cocinas de Menorca. Y nos pavonearemos, exhibiendo nuestra falsa adaptación al medio, acosados por una especie de comedia que sin embargo nos repele. Encontraba uno de casa:

–¿Qué cuentas, Carlos?

–Ya lo ves, Pujol, aquí, subiendo unos días a la city.

–¿La familia bien, Carlos?

–Bien: ¿y la tuya, Pujol, que tu madre pasó a mejor vida, no?

–Hace unos años, Carlos, pero ¿y tu hermano, que se estrelló con la moto bajando a playa Fonda, me han dicho?

–Bueno, lo que no sube, baja, y por allí arriba todo el mundo se estampa con la moto, no es muy original, pero ya hace unos años, de lo de mi hermano, y se ha quedado medio ciego, pero ¿ya nos veremos, eh, Pujol?

–Él seguro que no demasiado.

–No me jodas, Pujol, que estamos solos…

–Sí, Carlos, ya nos veremos: que vaya bien y recuerdos al axioma.

–¡Pujol, no me marees o cobrarás!

Porque, cuando alguien tirando a joven se iba a Barcelona –a estudiar, a trabajar–, después tenía el salvoconducto del que había visto mundo. Podía regresar al terruño y pasearse por la plaza con ropa nueva, taimado, con los cojones entre paréntesis, como un cowboy. Podía explicar y demostrar que se había vuelto un perro cosmopolita, refinado, un poco pichafina. Pero, no obstante, si alguien lo había pescado deambulando por la ciudad, si nos habían cazado nuestro alter ego siempre aparecía aquel conterráneo tan inoportuno que siempre negaba nuestras hazañas. Nos jodía, si a caso nos descubría explicando chinchorrerías el fin de semana, cuando habíamos subido al pueblo a desconectar.

–Ahora he entrado en el gremio de la cultura, pequeños encargos, y tal.

–Claro que sí, Pujol, que te hemos visto hecho trizas, repartiendo los dos por uno del zoo. ¡Eres un monstruo!

Nos turba tanto encontrarnos, que si ocurre no sabemos si tomarnos el pelo o darnos a entender que nos hemos librado de la mala costumbre. Fumo. No sabemos si hablar fabriano, prefabriano o posmonzoniano, con esas inefables y barcelonísimas expresiones “abantes n’hi havia menos ient pels puestus”, “sa m’ha caigut el boli”, “llavons es possava de peu”, “tenia que anar-hi al centre”, “tira la basura” y “l’event será un rato”. Expresiones, en cualquier caso, que se han extendido hasta los confines de las tierras catalanas conocidas. Y no nos decidimos, pero basta de teorías, pesado. Toda la pesca podría ser de otro pescado y podría venderse en otra lonja, y tú mostrabas jergón en Barcelona porque precisamente huías de la usanza, aquella que en el pueblo se basa en los apellidos y el cotilleo sistémico: “de letra y gandul, como todos los de can Cruells”. Buscabas vivir a escondidas, que nadie supiese que se había muerto tu madre, ni tu pasado.

NOTA MENTAL: Etimológicamente, ¿can viene de clan? Mirar el diccionario Corominas, pero ya sabes que no sale y divagas. Bajas la guardia y el río de lo chabacano te sepulta de imbecilidad.

Arrojo lo que queda del cigarrillo y escondo la lata debajo de la camiseta cuando paso por delante de la comisaría de Nou de la Rambla. En la entrada dos mossos atienden a un moro iracundo y ensangrentado que gimotea. Un moro solo puede pensarse, no puede decirse. Quizás lo digo en un tuit. Paso de largo. Saco la lata. Cuanto más catalogaba los bares del barrio, de la ciudad los tugurios, más hacía amistad con algunos representantes de la Nave de los Locos. Intimaba con truchimanes aplicados, los evangelistas de la metropolidad y grandes traductores de aquel nuevo lenguaje, para mí tan obtuso. La peña que tenía tiempo para charlar, pero con un plus de sofisticación rara, y no con esa descarnadura rural de hablar sin tapujos. Sofisticación urbana. Cuando el tema era delicado, las elipsis y las comillas empantanaban la conversación. El racismo, la misoginia y los juicios gastronómicos, todo se trataba con algodón, con ismos. Eran tiempos en los que en la ciudad titilaban el multiculturalismo, el antipatriarcalismo y el nutricionismo exótico. Ideas que abracé con ganas de aprender y de quedar bien. Y recuerdo que pronuncié por primera vez las palabras sushi y skater.

Y Barcelona se me ofrecía canalla y creyente. Aún lo pienso, pero entonces me lo parecía al por mayor. Veía que entre sus dobleces hay las barcelonas de Ocanya y de la Moreneta, de los motivados y de los petancalímpicos harapientos. Mi particular Virgen de la Leche, te quería vestida de novia y de meretriz, travestida y arrodillada, virgen hallada, oráculo y antro que abastecías al anorak planetario. Sagrada y familiar, eucarística y milagrosa, eras la ciudad que me veía renacer. De carambola, yo era una emanación tuya, un producto de tu gestación perpetua. Pura miseria mental. Caso fuera de serie, gárgola desafiante, refugio de Josafats y de Onofres –los peludos gigantes de comarcas–, eras el ou com balla de mis sueños imperecederos y truculentos. Miseria total irremisible. Disparo centellas con el mechero-linterna. Eras para venir de bombas, y de rebajas. Éramos la hostia consagrada por el obrero y para el burgués, la rayuela donde lanzar la piedra, encoger la pata y jugar y jugar hasta el infinito, intentando llegar al cielo. Horror. Debe ser la cerveza caliente. Estos pensamientos, ese tono de aquella época. Pedante.

Qué cerveza. La tiro a medias. Cervezólogo. La novia de toda la vida me abandonó porque yo había tocado fondo y solo incomodaba. Sin madre y lejos de mi casa, no servía ni para pegar etiquetas en una cadena de montaje. Iba a los cines Verdi, a veces a pimplarme sesiones dobles. Fumaba porros y esnifaba siempre que me invitaban. Me arrastraban a conciertos, dedicaba hecatombes de alcohol a los dioses del underground. Y que la novia me dejase me pareció el fin del mundo. Pero ella fue más valiente que yo. Se salvó de la barca horadada, y de rebote me salvó a mí. Por suerte conocí a un Virgilio, diestro en el desasosiego y gran compañero de piso. Apuntalé una camarilla. Y debuté con los remos. La costa no estaba lejos, pronto el naufragio solo sería una pesadilla para explicar –o para escribir.

Elucubraba, escribía. La muerte lleva a pensar en el destino. Escribir sobre todas las cosas. Me detengo a fumar en un banco de Nou de la Rambla con la avenida de las Drassanes. Efluvios de salazón. Todavía se remece bastante gente por aquí, con la hora que debe ser. Escribir sobre todas las cosas, formas que respiran, como esta pareja que me pasa cerca, casi me tocan, risueños, bien vestidos y beodos, que me recuerdan otros tiempos. Había vestigios de dandismo en la primera Barcelona que conocí. Ahora no sé muy bien si aún existen, porque trasnocho menos. Cuando el sol cae por detrás de Collserola, casi siempre estoy en casa. La reventada de hoy es rara, típica del cuarentón, o tal vez es un tañido de las vacaciones de hace poco. Qué final de septiembre tan bueno. El calor justo, una noche agradabilísima, poco bochornosa. Y dentro de un año cumpliré los cuarenta. ¡No corras! Me parece que tengo más recuerdos de los que puedo administrar.

Había discípulos de los antiguos dandis urbanos. Entonces salíamos mucho por la noche, cuando los barceloneses lucen su mejor cara. Y siempre acabábamos teniendo uno en la conversación, un dandi que nadie recordaba haber invitado. Los dandis hablaban, por defecto, en castellano. Eran altaneros y un poco cursis. Habían dejado de cursar la carrera de Filosofía, como mucho la habían terminado sin ir a clase. Eran escurriduras de bohemios jóvenes, ilustrados y muy fletados, normalmente altos y delgados, parientes de San Delgado que se sentaban en las terrazas de los bares con posturas estudiadísimas, bien peinados, impertinentes, fumando puritos y bebiendo licores, pero sibaritas desde los chocos con D.O., y siempre asqueados por la –decían– vulgaridad de las tertulias y por la amarga vida de los otros mortales, porque ellos eran inmortales, y sublimes hasta el ridículo, patitiesos, melancólicos, antimodernos, viciosos del verbo barroco, afiliados a un decadentismo enano y pederasta, rogando para que se les maldijera, macabros noctámbulos, solitarios pecadores laterales contra todo y contra todos –y muy pesados.

Figura interesante, la del dandi. Hoy en Barcelona aún tienen retintines en algunos líderes de bandas musicales subterráneas, en sendos escritores crepusculares y en artistas del oportunismo, y en los razonados sembradores de escándalos: los arlequines que a menudo trabajan como periodistas, pero que, ya lo decía George Orwell: “se limitan a las relaciones sociales”. Vampíricos de punta en blanco, liberados y misóginos, son los misántropos que matarían por una botella del brandi de la excelsitud. Pero, en general, lo único que les pasa, lo mejor que puede pasarles es terminar cediendo su apellido a una marca de colonia para maduritos casposos. Una cucaña. O una modalidad de la carroña.

La pareja borracha pide un taxi. ¡Hasta la vista! Os apunto con mi mechero láser azul. Sonrío. Y yo no tenía perdidas las ilusiones y soñaba aparejarme un cercado en la Barcelona trágica. Una fortaleza modesta. Ya lo escupen las Homilies d’Organyà: “Qan om es macip penssa aixi com macip e sab aixi com macip”. Francachelas a parte, me recuerdo como si fuera otro, aquél.

Con determinación, mussiú Adrià hizo de todo. La mesada de su padre servía para pagar el piso, pero no llegaba para nada más. Por lo tanto, el maestro, el mago, el subnormal traficó y se enzarzó con todo tipo de tareas de precio pactado y sin condiciones ni derechos laborales. Conoció a los virtuosos del estraperlo, un círculo henchido, de urbanizados de verdad. Rapsodas de la anemia, chorizos de provincia, estetas de los piojos y vagabundos del espíritu. En resumen, almas marinadas en Barcelona, pero siempre antes o al margen del Relato Olímpico. Los barcelonólogos. Y estos le pasaron trabajos. Uno de los primeros que recuerda el insigne era exactamente denigrante. El dueño de un restaurante oriental esclavizaba a jóvenes sin contrato. El puta les enviaba a despanzurrar las porterías con folletines de su local infecto. Y repartió la propaganda de un empresario nada marrón, que era oriental. Dos pesetas la ganga, por cada folleto en cada buzón, impreso muy mal. Era necesario, pues, aspirar a más.

Fumo. El ilustre había trenzado contactos en el sector del ocio. Uno de los trabajos mejor remunerados –pensaba, el paisano domesticado–, era el de descostillarse montando escenarios y espectáculos. La empresa se llamaba Genco, curiosamente el nombre del consejero personal de Vito Corleone en la novela El padrino, de Mario Puzo. Los de la Genco eran una mafia literal, un círculo de incontinentes iracundos. Para empezar, el imbatible fue enviado a montar el espectáculo denominado Patinaje de Gnomos sobre Hielo, en el Palacio de Deportes. A partir de ahí, el abanico de servicios se engrandeció. Teníamos que llenar y vaciar tráileres al lado de punkis de dos metros para levantar toda la parafernalia del Circ du Soleil. Recibíamos órdenes de vigilar calles de noche, callejuelas hediondas donde al día siguiente se rodarían anuncios de perfumes. Debíamos transformar una planta del FNAC en una selva tropical. Debíamos, finalmente, no desfallecer. A la mínima, si resoplabas más de la cuenta, los punkis te llamaban lenteja. O si te pasabas de listo, cargando bultos entre cuatro, o sea, aprovechando para disimular y para no esforzarte, un cavernícola con aliento de cerveza barata te decía: “Oye, niñato, no me hagas playback, que te parto la ceja. ¿Está clarinete?”.

En contacto con la intelligentsia, el gran Adrià se aristocratizó. Y ganó dinero. Pero al cabo de un tiempo se percató de tres evidencias. Una, era un enclenque que no podía aguantar el ritmo de aquella especie de gulags. Dos, era dinero rápido, claro está, pero la cosa rozaba la explotación entre hombres en las minas de diamantes en el Congo, tan conocida. Y tres, no pensaba que el quehacer y los peinados del punki paradigmático ensamblaran con su talante tirando a flojo –ni con su falsa pasión por la poesía de patrón provenzal.

Montó espacios de algazara, escenarios, inauguraciones, shows y bodas. Vigiló, a la intemperie, urinarios, bellos astros y alodios, desde las calles. Pero a base de insistir en querer trabajar en el ramo de la sangre azul, al final le llegó su primer trabajo agradable. El sagaz entró a trabajar como monitor en un colegio, monitor de comedor, de patio y de talleres. Además, ganose el pan acompañado por la banda incipiente de conocidos. Trabajar entre homónimos siempre se digiere mejor. Y no sé si es por las circunstancias o por la edad en la que los amarré, pero de esa época salen los poquísimos amigos verdaderos que tengo. Sumando un par más de la etapa ampurdanesa, los podría contar con los dedos de una mano, no, de ambas. Son personas –la amistad pertenece a los fenómenos extravagantes– con las cuales lo que me dolería más del mundo sería que dejasen de acordarse de mí. Humo.